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Antón Castro

Temas aragoneses

EVA Y FÉLIX, PORTADORES DE SUEÑOS

[Ayer, en Heraldo Domingo, el suplemento que coordina Picos Laguna, Luis Alegre publicaba este artículo dedicado a Eva y Félix, Los Portadores de Sueños, que cumplen una década.]

LOS PORTADORES DE SUEÑOS CELEBRA SU DÉCIMO ANIVERSARIO. LA LIBRERÍA DE LA CALLE BLANCAS FORMA PARTE DEL MEJOR PAISAJE DE LA CULTURA ZARAGOZANA.

Eva y Félix

 

Por Luis ALEGRE. Heraldo Domingo.

 

Maribel Verdú es una lectora inagotable desde que era niña. En los primeros años que la conocí hablaba de Scott Fitzgerald o Truman Capote. Le hacía ilusión que le regalara libros dedicados de Ignacio Martínez de Pisón, Mariano Gistaín, Javier Tomeo, Antón Castro, David Trueba, Bernardo Atxaga, Enrique Vila-Matas o Antonio Muñoz Molina. Y, luego, aún le hacía más ilusión conocer a los escritores que leía. Maribel siempre va acompañada de un par de libros. Cuando un libro le vuelve loca enseguida nos enteramos todos los amigos. Maribel no es de las que esconde sus mejores emociones. Uno de esos libros fue “Pétalos de luna”, la primera novela en solitario de María Pilar Clau. Para ella fue un placer presentarla en La casa del libro de Madrid, el año pasado, junto a Jorge Sanz. El público que asistió no estaba acostumbrado a escuchar a Maribel detallando el encanto de una novela.

 

A Maribel, cómo no, le privan las librerías exquisitas. Cuando hace teatro en Zaragoza se aloja en el Gran Hotel. Un día, en el paseo del hotel al Teatro Principal, a la altura de la calle Blancas, le dije: “Te voy a enseñar una librería de la que no vas a querer salir”. Fue la primera vez que entró en “Los portadores de sueños”. Conoció a Eva Cosculluela y Félix González y, de inmediato, les nombró sus libreros de cabecera. La librería le caía de paso y allí se metía cada dos por tres. Maribel charlaba y se reía con ellos, intercambiaba sugerencias y se llevaba un montón de libros. Luego, aunque ya estuviera en Madrid, cada vez que leía un libro recomendado por Eva o Félix, les llamaba para comentarlo, para hacer un libro-fórum telefónico. Maribel es un ejemplo buenísimo de los “amigoclientes” que suelen provocar Eva y Félix.

 

Les conocí en Casa Emilio. Los trajo a una cena Félix Romeo, incomparable introductor en mi vida de cosas y de gente que se han quedado. El que no se ha quedado es él, maldita sea, ni Labordeta, ni Tomeo, tres seres a los que a menudo recuerdo a la vez, en el mismo plano secuencia, y cuya ausencia sigo, seguimos, sin digerir.

 

Hace once años Eva Cosculluela, ingeniera informática, y Félix González, estadístico, trabajaban en una consultora informática, de la que Félix era socio. Era un trabajo sin muchas zozobras. Pero algo bullía dentro de ellos. A Eva, de vez en cuando, le cruzaba la cabeza la idea de abrir una librería. Ella aprendió a querer a las librerías cuando era una niña y los sábados por la mañana su madre la llevaba a la librería Alfil de la calle García Sánchez. En un viaje a Guatemala había conocido una que le tocó, la Sophos, en la plaza Fontabella. Sophos era un sitio de citas y de encuentros, un templo sociocultural en el que, además, se podía tomar uno de los mejores cafés de Latinoamérica. Eva se dijo que si algún día abría una librería ya tenía el modelo.

 

El día llegó. Eva y Félix dejaron la empresa consultora y se lanzaron al mar de los libros. Pronto hubo que enterrar la idea del café dentro de la librería: demasiadas pegas burocráticas y económicas. Esa pequeña frustración la compensaron, quizá de forma inconsciente, al encontrar un local en Blancas 4, enfrente de El Ángel Azul, el café más literario, o eso me parecía a mí, de la Zaragoza de los 80 y 90. Eva y Félix abrieron la librería en 2004. Para bautizarla eligieron el título de un poema anticenizo de la escritora nicaragüense Gioconda Belli, un canto al poder de los soñadores para desafiar los infiernos del mundo. No había café pero Eva y Félix tardaron muy poco en hacer de su librería el lugar que imaginaron.

 

Tampoco ha habido que esperar mucho para que el mundo literario español la haya encumbrado: en 2012 recibió el Premio Librería Cultural, que distingue a las librerías más interesantes de España. La de Eva y Félix es una de esas librerías de autor que tanto gustan a los autores y editores. Cálamo, de Paco Goyanes, y Antígona, de Julia Millán y Pepito Fernández, en la zona de la Universidad de Zaragoza, llevan décadas en la primera línea de las librerías de autor de España y Los portadores de sueños, en el cogollo del centro de la ciudad, ha prolongado la tradición por todo lo alto. Vila-Matas entró y dijo: “Esta librería es el abismo”. Eva y Félix se han empeñado en que en Blancas 4, una o dos veces por semana, pase algo especial. Durante estos diez años se han presentado cientos de libros y se han encontrado miles de personas cuya aspiración es abandonarse a algunas de las mejores cosas de la vida: la cultura, la inteligencia, la belleza, la tolerancia, la amistad, el roce, el cara a cara. La luz y la fiesta de los libros.

 

Eva y Félix no solo arropan presentaciones en su local. También lo han hecho en el Teatro Principal, en el Paraninfo de la Universidad, en el Teatro Romano, en la Facultad de Económicas, en Casa Pascualillo, en Capitanía o donde haga falta. He tenido muchas ocasiones de presentar libros a su lado. Que ahora recuerde, dos a Juan Cruz, Marcos Ordóñez, Mara Torres y José Luis Melero y uno a Raquel Martos, Raúl Lahoz, María Gómez y Patiño, Ramón Fontseré, Pisón, Nativel Preciado, Borau, Iñaki Gabilondo, Felipe González, Jonás Trueba, José Luis Cuerda, Miguel Mena, Santi Giménez, Lu Martín y David Trueba, aquel 3 de marzo de 2008 que tan a menudo evocamos: ese día, además de Daniel Gascón, intervino en la presentación Pep Guardiola, poco antes de convertirse en uno de los hombres más célebres del planeta.

 

Eva y Félix forman una pareja muy potente. Son idénticos y totalmente diferentes. Félix nació en Soria pero enseguida le pilló el punto a la somardería. Eva es una alegría de chica, empática como ella sola. En estos diez años les ha dado tiempo a educar el paladar lector, por ejemplo, de mis sobrinos Pablo y María, que se fían de ellos casi desde que empezaron a leer. Por si fuera poco, ahora Eva y Félix cuentan en la librería con una cómplice estupenda, Iguázel Elhombre, escritora, activista cultural y compañera de Sergio del Molino en “Preferiría no hacerlo”, el programa de libros que acaba de arrancar en Aragón Radio.

 

No he estado en la Sophos de Guatemala. Pero si alrededor de esa librería han creado un micromundo en el que da tanto gusto vivir como en el de Los portadores de sueños, ellos también están de enhorabuena.

 

La foto la tomo de aquí:

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CAMPANA DE LOS PERDIDOS SOS

A todos los amigos y seguidores de La Campana de los Perdidos en solicitud de ayuda: La programación en La Campana de los Perdidos, después de 25 años, corre serio peligro y el cierre está encima de la mesa. La actual crisis y el bajón de clientes nos ha llevado a una situación insostenible y se ha creado una comisión de voluntarios que están estudiando una serie de acciones para ver de reflotar la situación y poder seguir con las actividades culturales que nos caracterizan.

Mucha gente, sabedores de la situación, preguntan cómo pueden colaborar y esto es lo que la comisión de voluntarios ha pensado: colabora con 50 euros comprando un talonario de 10 copas(o 20 cervezas), este dinero anticipado servirá para poder hacer frente a las deudas existentes. Si eres de Zaragoza podrás tomarte tú las consumiciones o bien invitar a los amigos que quieras. Si eres de fuera de Zaragoza y quieres colaborar con la causa podrás regalarle esos tickets a amigos que sepas que van a venir por estas tierras.

Para pedir el talonario de copas lo puedes hacer a través del mail: rodo@campanadelosperdidos.com, a través del móvil/whatsApp 606692858 o bien a través de la página web: www.campanadelosperdidos.com. Nos mandas una dirección postal y nosotros te enviaremos el número de cuenta bancaria donde deberás hacer el ingreso, en cuanto lo recibamos te mandaremos el talonario personalizado con los tickets en los que pondrá que la invitación es por gentileza tuya. Gracias por ayudarnos a mantener este emblemático sitio. Comisión de voluntarios “Mantengamos La Campana de los Perdidos”

 

La Campana de los Perdidos

www.campanadelosperdidos.com

 

EN EL DÍA DE LAS LIBRERÍAS

[Hoy, la librería Los Portadores de Sueños, celebra su primera década. Lo hará, a partir de las 20.00, entre amigos. Lectores, artistas, escritores, compañeros de viaje. Recupero hoy este texto, en el Día de las Librerías, que publiqué en 2011 con motivo de un día como el de hoy. Especial para los libreros, que hacen una labor cultural constante e impagable. De difusión, de pasión, de revelación, de apoyo... Mil gracias a los libreros. Y enhorabuena a todos ellos y, hoy, en su decenario, a Félix González y Eva Cosculluela.]

 

Mi primera librería se llamaba Arenas y estaba, y está, en el Cantón Grande La Coruña. Allí compré algunos de mis primeros libros: dos de ellos, ‘Poesía completa’ de San Juan de la Cruz y ‘Sombra del Paraíso’ de Vicente Aleixandre, me han acompañado desde 1976. Y seguramente, la primera vez que vi la Librería General, en el verano de 1978, mientras buscábamos en un viaje de estudios el hotel Los Molinos, esos volúmenes venían conmigo. Eran compañeros inseparables: en aquel instante, el técnico en electrónica que yo era solo anhelaba convertirse en poeta. La Librería General me deslumbró. Se parecía en muchas cosas a Arenas con sus diversas plantas. Allí parecía estar todo. Ya instalado en Zaragoza, seguiría visitándola, descubriendo los tesoros de cada planta; allí adquirí ‘Hacia un teatro pobre’ de Jerzy Grotowski, en un tiempo posterior en el que también quería ser dramaturgo y actor de teatro. 

Pronto descubrí que El Tubo significaba muchas cosas: una Zaragoza castiza y libre que tendía un puente con la vida nocturna, el cabaré, el erotismo un tanto lacio a través de El Plata. Allí, cerca de los billares, había dos locales casi complementarios: Librería Pérez, donde me surtía de biografías, de restos de serie y de algunas rarezas en fascículos, y la librería de viejo de Inocencio Ruiz. Acabaríamos siendo muy amigos, pero al principio era difícil entrar allí: siempre tenía la impresión de molestar, de estar en un lugar donde el dueño, que escribía a mano y a máquina, no quería vender. Allí compré, entre muchos otros, algunos libros quemados sobre Galicia de la editorial Akal y un volumen que me impresionó: ‘Rilke en España’ de Jaime Alemparte. 


No recuerdo cómo entré ni qué me llevó a Hesperia, la librería de Luis Marquina en la plaza de los Sitios. Fue como penetrar en un sueño. Allí, al alcance de la mano, tenía todo el tesoro del Hispanismo y, dentro, había una colección de libros gallegos, sobre todo del sello Castrelos, que fui comprando semana a semana, mes a mes. 

Pero la que iba a ser la librería más determinante de los años 80 sería Muriel, tanto en Giménez Soler como en la plaza de San Cayetano. Cada vez que iba era para mí un acontecimiento: era la visita a un santuario de incitaciones constantes, de autores, de libros, de sensibilidad, una historia del mundo en papel, que eso son las librerías. José Fernández y Julia Millán ya empezaban a ser pareja, y Alfonso Sánchez y Paisa, fallecida hace no demasiados meses, tutelaban mi aprendizaje; Julia y Pepe lo siguen haciendo ahora desde Antígona: una casa hechizada de libros, un auténtico bazar de sorpresas que es también una formidable librería con fondo, con mucho fondo. 


Mi otra librería de los 80 fue Contratiempo: iba al menos una vez a la semana y allí me hice con todo Kafka y Mercè Rodoreda. Y con los poetas del Niké. Ha habido otras muchas librerías y libreros: José Alcrudo de Pórtico, donde trabajaban Javier Delgado y Luis Ballabriga y algunas libreras bonitas de las que era muy fácil enamorarse; Central, Círculo, Paco Pons, París, ANUE, los hermanos Vidal, lugares que he ido recorriendo con auténtica pasión, como Cálamo, como Estilo o Anónima en Huesca. También visité mucho la librería de Galerías Preciados: allí adquirí la ‘Poesía completa’ (Aguilar) de Gabriela Mistral tras ver un documental sobre ella que me impresionó y ‘Trópico de Capricornio’ y ‘Trópico de Cáncer’ de Henry Miller: cuando leí, casi al azar, algunas páginas de un sexo tan explícito, entre desenfadado y brutal, me quedé temblando. Nunca había leído nada igual. 


Zaragoza es una ciudad de espléndidas librerías, y eso lo reconocen todos los editores. Me sigue gustando mucho frecuentarlas a cualquier hora. Y ahora, además de Antígona, que está vinculada a mi propia biografía y al terreno de los afectos, encuentro solaz, los libros soñados y un clima ideal en Los Portadores: estoy como en casa, pero con mucho más orden. 


Las librerías son un manantial incesante de conocimiento, de estímulos, de viajes, de grandes libreros. Las librerías son una invitación a uno los placeres más estimulantes y frondosos de todos los tiempos: leer. Leer para soñar, para aprender, para querer y para ser libres. Leer para vivir.

 

*La foto la tomo de internet de aquí: 

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'PRIMERA MEMORIA' DE J. N. AZARA

'PRIMERA MEMORIA' DE J. N. AZARA

El embajador José Nicolás de Azara se cita

con Pio VI y con Napoleón Bonaporte

María Dolores Puyol publica la edición crítica de la ‘Primera memoria’ (IFC) del gran diplomático aragonés

 

FICHA

Primera memoria de José Nicolás de Azara. Edición crítica y notas de María Dolores Gimeno Puyol. Institución Fernando el Católico. Zaragoza, 2014. 245 páginas.

 

Antón CASTRO

María Dolores Gimeno Puyol es una de las grandes especialistas de José Nicolás Azara (Barbuñales, Huesca, 1730-París, 1804), el ilustrado oscense que fue embajador en Roma y París. Editora de su ‘Epistolario (1784-1804)’ (Castalia, 2010), ahora publica la edición crítica de la ‘Primera Memoria de José Nicolás de Azara’ (IFC. Zaragoza 2014). Afirma que su “compleja figura” contempla dos polos: “su formación y dedicación diplomática -muy inclinada a la acción política- y el humanista, hombre de letras y experto en artes, que siempre usaba una lengua elegante y clara, largos párrafos y una sintaxis impecable”.

Editor de Garcilaso, de los clásicos latinos en las prensas de Bodoni, entre ellos la biografía de Cicerón, y de los escritos del pintor Antonio Rafael Mengs, Azara escribió en ocasiones hasta ocho horas al día. Quizá así se explique que compusiera hasta tres volúmenes de memorias. Explica la profesora aragonesa de la Universidad Rovira i Virgili de Tarragona: “Esta primera refiere sus negociaciones con los generales y comisarios franceses que invadieron Italia en 1796 hasta firmar el armisticio de Bolonia (23 de junio de 1796), así como el incumplimiento del mismo hasta la Paz de Tolentino ( 19 de enero de 1797)”. Azara era conocido como ‘Il Cavalieri’, el Caballero, y se sentía a sus anchas en Roma: frecuentaba a artistas y eruditos y edificó una sólida reputación como coleccionista de arte.

Empezó a redactar sus recuerdos a finales de 1796 cuando se hallaba en Florencia, donde se encontraba, desterrado, en un “ostracismo pasajero” tras su fracaso como negociador del Papa Pío VI ante los franceses, y las concluyó antes de febrero de 1798, cuando ya estaba en París. Su texto participa de una doble visión: la memoria histórica y la memoria personal. O con palabras de Gimeno: es un híbrido que integra “las memorias de quienes querían dejar un testimonio excepcional a la posteridad y las justificativas de una acción política”. Azara incluye en su texto una preámbulo crítico sobe la historia de la Iglesia católica desde su fundación, cuenta la vida y el pontificado de Pio VI, que incluye su retrato personal y político, y por último desliza “la memoria propiamente dicha sobre su actuación como diplomático. El bloque principal –señala María Dolores Gimeno- lo configuran sus negociaciones con los franceses en 1796; la aproximación de Bonaparte hacia el sur, sus entrevistas con él y sus comisarios en Milán y Bolonia, y la firma del armisticio”. Azara se revela como un buen contador: tiene “un plus de eficacia narrativa: lo verdadero ha de ir con lo bello”. Agrega la profesora: “El estilo directo transmite sensación de realidad y, además, aporta color y vivacidad a la escueta memoria cronológica”.

Las memorias están llenas de grandes personajes. Uno de ellos es Pio VI, del que hace un retrato hipercrítico. Dice Azara: “Podría añadir millares de anécdotas picantes y curiosas de su persona y gobierno, porque nadie sabe cuanto yo de esas materias, habiéndole estado siempre tan cerca y tratado tan íntimamente”, dice. Y le atribuye un traspiés político grave por “haberse inmiscuido en cuestiones internacionales sin estar preparado”. A la par, Azara se acerca a algunos de sus colaboradores como el tesorero Ruffo, que es, con su amante la marquesa Lepri, uno de “los máximos exponentes de inmoralidad personal y de corrupción política”. Sin duda el otro gran personaje es Napoleón Bonaparte, “cuyo físico peculiar apuntaba las maneras del gran personaje”. El título del capítulo XVIII insiste en el varapalo al Sumo Pontífice, a quien le gustaba mucho acicalarse: ‘El ejército del Papa huye vergonzosamente sin pelear a la vista del francés mandado por Napoléon, que avanza hacia Roma’. Describirá así el diplomático oscense la paradoja en que se encontraba: “Roma electrizada por estos medios no respiraba sino guerra contra los franceses y odio contra los españoles”.

No aparece aquí su hermano Félix Azara, el militar, ingeniero y botánico que pintó Francisco de Goya. Los dos hermanos se habían visto por última vez en 1776 y volverían a reencontrarse en París en 1802. Compartieron muchas cosas en los dos últimos años. José Nicolás Azara, magnífico escritor de cartas y amigo del ministro Manuel de Roda, moriría en 1804.

 

 

LA CÓLERA DEL ACTOR

 

José Nicolás de Azara y Napoleón Bonaporte tuvieron varios encuentros. El segundo fue en Bolonia y así describe el aragonés, que ejercía de mediador, lo que ocurrió: “Al día siguiente conocí la importancia del aviso que se me había dado, pues habiéndome recibido Bonaparte al principio con muy buena manera, apenas le propuse que tratásemos de hacer un armisticio para el Papa, que se volvió como un león descomponiéndose más de lo que convenía a un jefe de su mérito y representación. Negó querer tratar conmigo porque yo no podía, según él pensaba, ser representante del rey de España y del Papa; que respetaba mucho el primero y con los diputados del segundo sabía cómo había de tratar”. Y aquí surge un emperador inesperado: “Se acaloró tanto contra Roma que le vi mascar y tragarse efectivamente un cuadernillo de papel blanco que casualmente tenía en la mano”. Al parecer, Napoleón lo trataba con esa dureza para ganar tiempo. La cólera era un registro de actor.

 

*Este texto se publicó ayer en Heraldo de Aragón. la foto de María Dolores es mía y el retrato de José Nicolás de Azara es de Rafael Antonio Mengs, cuyos escritos publicó el aragonés.

PERTEGAZ: ARTE Y ARREBATO

PERTEGAZ: ARTE Y ARREBATO

El artista arrebatado

 

«Soy muy activo y todo lo que sea arte me arrebata», dijo en Manuel Pertegaz, ese artista que embellecía a la mujer. Él mismo confesó que en su pueblo turolense, Olba, le conmovía misteriosamente la misa de doce de los domingos porque las mujeres se vestían con sus mejores galas. Quizá ahí, en ese gesto cotidiano y ritual, intuyó su destino: querría diseñar trajes «pensando siempre en la mujer elegante». También declaró: «Soy bohemio. Odio el reloj. Me gusta trabajar, vivir de noche». Solía hacerlo, con música de Bach, impregnado de ideas. Ha sido detallista y refinado, ha buscado la perfección y la naturalidad; quizá por eso celebraba que Balenciaga confesase en una ocasión que no le interesase nadie de la moda salvo «un chico joven que trabaja en Barcelona y se llama Pertegaz». Antes, el gran maestro se había presentado en su casa; Manuel y su hermana probaron un traje y un abrigo ante él. De repente, le contaba Pertegaz a Margarita Rivière, «tanto en el traje como en el abrigo hizo unas marcas con una tiza para trazar un pinzado, un pinzado estupendo, que luego yo he repetido otras veces».

Pertegaz vistió a muchas señoras. Fueron su inspiración y con ellas quiso desarrollar su concepción de la hermosura y del glamur, basados en la intemporalidad, el equilibrio y la sencillez. Una de sus preferidas durante años fue Audrey Hepburn: encarnó para él la mujer cisne. «Era tan preciosa que la miraba y no me la creía. Tan joven, tan bien hecha... Sabía muy bien lo que le iba... Yo me dejé llevar... Tenía tanta calidad... Vestirla fue el delirio». Jackie Kennedy adquiría sus ropas en Chez Ninoz en Nueva York: se conocieron hacia 1954, cuando él hizo un viaje por Estados Unidos con el periodista y escritor Ángel Zúñiga, y luego ella vino a verlo a Madrid. Le hizo «uno de esos pequeños trajes negros que ella llevaba tan bien». Jackie Kennedy se ajustaba a una máxima del modisto: «La elegancia debe ser natural, lo contrario puede ser insolencia». Adoraba a Greta Garbo, «excelsa, enigmática, un icono, siempre sorprendía», pero no logró vestirla. Si lo hizo con Lilian Gish, a la que veía en Barcelona en el cine mudo y luego le encargó varios trajes. Igual que Cyd Charisse, la duquesa de Winsor, Deborah Kerr, Marisa Berenson y, entre otras muchas, Ava Gardner. «Qué guapa. Fue una clienta muy fiel, se vistió hasta que fue mayor. Tenía unos ojos rasgados, una sonrisa..., podía haber sido española. Flirteaba como nadie», decía.

 

PLENAS PINTA LOS OFICIOS DE AYER

PLENAS PINTA LOS OFICIOS DE AYER

 

[A PLENO SOL. La localidad zaragozana del campo de Belchite rinde homenaje a las faenas agrícolas y a un músico como Benito Luño mediante una decena de murales.]

 

Plenas pinta los oficios del pasado

 

Plenas es una localidad llana que pertenece al campo de Belchite. Allí nació la heroína de los Sitios Manuela Sancho (Plenas, 1784- Zaragoza, 1863), y aún se conservan restos de un aeródromo de la guerra civil española. Es un pueblo minúsculo, que apenas supera el centenar de habitantes, pero que este verano ha cobrado una vida especial a través de unos murales que recuerdan los oficios del pasado y a algunos personajes del pueblo, como al gaitero y tamborilero Benito Luño y a su hermano Marcelino; ambos vivían de las faenas del campo, en particular del pastoreo, aunque su pasión era la música.

Explica el gaitero y diseñador Ignacio Navarro, coordinador de la revista ‘Gaiteros de Aragón’: «Hace un par de años con el profesor de dibujo y artista Ángel Tomás, cuya madre es de Plenas, decidimos hacer un primer mural en una de las paredes de mi cochera. Esperábamos críticas o reticencias, pero fue exactamente al revés. Por nostalgia o lo que sea, la gente del pueblo visitaba el mural asiduamente y observaba con detenimiento los dibujos que le recordaban oficios desaparecidos». Uno de los oficios extinguidos en Plenas es el de pastor. Recuerda Ignacio que un día se encontraron ante el mural a la viuda del último pastor, fallecido hace algunos años. «Emocionada, nos dio las gracias por recordar a su marido y a este oficio totalmente desaparecido del lugar»

, revela.  

Benito Luño fue el último gaitero y tamborilero del pueblo. Cuenta Ignacio que, por sus convicciones de izquierda, fue detenido y llevado a la cárcel al acabarse la contienda del 36. «Su mujer y sus hijos sufrieron mucho, tanto que tuvieron que abandonar el pueblo. Es una de esas terribles historias de la guerra. Antes de su partida tuvieron que oír una de las coplas que solían cantar ante su puerta, mientras su esposo estaba en el calabozo: “Gaiteros y gaitericos, /qué mal lo vais a pasar, /la ‘magra’ que habéis comido /la ‘tendráis’ que ‘gomitar’”». Una copla cruel que ya ha pasado a los libros.

La historia de Benito Luño, alias ‘El Manco’, es conmovedora: tiene algo de ese antiguo relato del candor abatido de golpe, casi antes de que el agredido y humillado se dé cuenta de nada. «A Benito Luño lo apodaban así porque tenía parte de una mano paralizada. Cuando salió en libertad, en la década de los 40, estaba muy deteriorado y murió pronto. Se decía que tocaba muy bien. Nos lo dijo al músico e investigador musical Luis Miguel Bajén y a mí, hace unos 25 años, un gaitero de El Villar de los Navarros llamado Benito Pujala, al que fuimos a visitar a una residencia de ancianos. Se acordaba perfectamente de sus cualidades». 

 Una de las melodías de Plenas que Benito Luño tocaba era ‘El reinao’, un baile carnavalesco que tuvo muchos problemas durante siglos, «ya que hacía mofa a los reyes o poderes establecidos de la época. La letra, de carácter popular, no era generosa con la monarquía», señala Ignacio Navarro. Benito Luño tocó con su hermano Marcelino en las fiestas del zaragozano barrio de la Magdalena, tal como señalaba ‘La Voz de Aragón’ del 14 y 15 de agosto de 1929; decía que «los dulzaineros de Plenas habían tocado con gran brillantez». Ignacio Navarro rescata otro detalle: «Ese viaje a Zaragoza tuvo algo de excepcional, sin duda. Plenas está a 80 kilómetros de Zaragoza. Al gaitero y tamborilero hizo referencia Luis Miguel Bajén en su libro ‘Músicas de la tierra’, (DPZ. Zaragoza 2010), que maqueté yo mismo».

El efecto del primer mural, en la casa de Ignacio, cuajó en Plenas y desde entonces han varios vecinos («pleneros», los llama Ignacio Navarro) los que han cedido paredes de sus casas, muros o parideras. «Hace unos días regresó a Plenas Ángel Tomás con sus hijas Claudia y Fátima, que también son artistas. En pocos días, con mucho trabajo y entusiasmo, han hecho más de diez murales. Los demás les echamos una mano en lo que podíamos. Esperamos hacer más en cuanto tengamos tiempo libre», dice Navarro, y recuerda que se ha elegido el color negro porque «impacta más. La elección está haciendo efecto». Agrega: «Creemos que esta forma de arte popular es una manera de recordar viejos oficios y darle vistosidad a un pueblo que cuenta con pocos habitantes. También es una bonita forma de que los más pequeños sepan qué es lo que había en tiempos pasados».

¿De qué labores está hablando exactamente? Agrega Ignacio Navarro que «en los diez murales hay representaciones de gaitero y tamborilero, pastor, herradores de caballerías, diversas faenas del campo como segar, acarrear la mies, trillar, aventar, ‘porgar y exporgar’; hay, además, un acordeonista y un cantador de jotas en una bodega, perros, gatos, pájaros, una vaca (porque había vacas en la casa), animales de la zona… Nuestro deseo es seguir haciendo cosas». Por ahora lo están logrando: no hay más que mirar aquí y allá. Plenas cuenta, en forma de pintas, los trabajos y los días de sus antepasados.

 

EL ANECDOTARIO

 

El novillero y el pasodoble. Ignacio Navarro ha dado con otro personaje particular de Plenas. Explica: «Un descendiente de aquí fue un afamado novillero en Valencia: Francisco Villanueva. Contó con peña taurina y se retiró de los toros por un accidente en la pierna. Hace 50 años, un maestro musical valenciano le compuso un bonito pasodoble. El pasado año, recibí las partituras de parte del novillero. Estuve en la SGAE e intenté que se recuperase la música. Se la cedí a la Banda de Alagón y, desinteresadamente, pasaron  a un sistema informático la extensa partitura que estaba hecha a mano. En noviembre de 2013, la Banda de Alagón interpretó el pasodoble como primicia en la Sala Alaún de Alagón. ¡Una pasada! Grabaron el pasodoble en vídeo y lo metimos al blog de Plenas». Este Francisco Villanueva, que ronda los 80 años, fue hijo de un tal tío Servando que se dedicaba «a comprar azafrán por este territorio».

 

 

CORRAL: LA CORONA DE ARAGÓN

José Luis Corral desmonta los falsos

mitos que adornan la Corona de Aragón

 

El historiador publica un libro de “esa formidable aventura de la historia europea” que duró 577 años, donde rechaza términos como “Corona catalano-aragonesa”

 

FICHA

La Corona de Aragón. Manipulación, mito e historia. José Luis Corral. Doce Robles. Zaragoza, 2014. 198 páginas. (El libro consta de 16 capítulos y varios apéndices con bibliografía, mapas y microbiografías de los reyes).

 

 

Hace algunos años, José Luis Corral (Daroca, Zaragoza, 1957) y algunos historiadores publicaron una breve guía de ‘La Corona de Aragón’. Desde entonces, Corral –calificado por la revista francesa ‘Actualité de l’Histoire’ como “uno de los historiadores españoles de mayor repercusión internacional”-, quiso “hacer una monografía de historiador, no de escritor”, que dejase las cosas en su sitio: que no se usasen terminologías ni nomenclatura como “la de Corona catalano-aragonesa o reyes de Cataluña, que no han existido jamás”. Ese empeño cristalizó en su libro ‘La Corona de Aragón. Manipulación, mito e historia’ (Doce Robles).

Corral dice que no ha escrito este libro contra nadie ni que tampoco se trata de un volumen que explique su postura política, “soy partidario de que los pueblos decidan su futuro”, pero sí está en contra “de la utilización y de la manipulación de la Historia para justiciar el presente. La Historia explica el presente, no lo justifica; el presente no lo justifica ningún nacionalismo o supranacionalismo sino otros conceptos como los derechos humanos, el estado del bienestar, la justicia social, etc. En este sentido este es un libro de historiador contra los mitos: de tanto insistir en diversos mitos y leyendas se convierten en credo contra la realidad de la historia. Los nacionalismos necesitan rotundos hechos fundacionales para asentar sus posiciones políticas”.

Corral considera que la Corona de Aragón ha sido un ejemplo de tergiversación del pasado para “adecuarlo a la ideología que sustenta ese ‘sentimiento nacional’ de algunos nacionalismos”. El libro por tanto se desmarca de algunos tópicos que han dejado aquí y allá los cronistas de la época y que siguen vertiendo “interesados historiadores catalanistas o españolistas” para justificar opciones de ahora.

¿Qué fue, entonces, la Corona de Aragón? El historiador ensaya esta definición: “La Corona de Aragón, denominación que no aparece hasta mediados del siglo XIV, es una entidad supranacional, formada por diversos reinos y Estados cuya composición concreta cambiará a lo largo de sus 577 años de existencia. Desde 1137, que es cuando se producen las capitulaciones matrimoniales de Petronila y Ramón Berenguer IV, hasta 1714, cuando Felipe V ocupa Barcelona –señala-. La monarquía es el único nexo de unión entre los territorios que la configuran”. La Corona de Aragón es un territorio que se va modificando por las herencias, las adquisiciones, las conquistas y los repartos de sus monarcas, “aunque siempre se mantienen en ellas los tres grandes Estados: el reino de Aragón, el de Valencia y el condado de Barcelona”.

La boda de Petronila, hija de Ramiro II ‘el Monje’, y Ramón Berenguer IV,  “conde de Barcelona y Príncipe de Aragón, pero jamás rey ni de Aragón ni de Cataluña”, marca el inicio de una aventura política, social, económica. Los Estados mantuvieron sus propias leyes –los ‘Fueros’ en Aragón, los ‘Usatges’ en Catauña y los ‘Furs’ en Valencia- y sus instituciones, bajo el mando de un único soberano. Los primeros reyes, Alfonso II, Pedro II y Jaime, accedieron al trono en minoría de edad. “Para algunos, el gran monarca de la Corona de Aragón fue Jaime I, a quien el cronista Bernat Desclot describió como ‘el hombre más hermoso del mundo’; para Aragón fue un auténtico desastre porque desintegró el reino. A mí me gusta mucho Pedro IV ‘el Ceremonioso’ porque poseía una sensibilidad hacia la Corona, quería integrar a todos los Estados y estaba en contra de la disgregación”, dice.

Para Corral algunos hechos son especialmente emotivos: por ejemplo, en el Partenón de Atenas ondeaba la bandera de Aragón. “Me parece un hecho muy hermoso: el otro lado del Mediterráneo, Aragón estaba presente. Hay muchas otras cosas valiosas que recordar: el rey convocaba Cortes Generales en Monzón (Huesca) y allí acudían todos. Y, por supuesto, que es determinante la unión de Petronila y Ramón Berenguer. Ahí empezaron más de cinco siglos de una formidable historia en común sin que cada pueblo perdiera ni su lengua, ni su moneda, ni sus instituciones, ni su sistema económico, etc.” Hay muchos otros detalles: el Compromiso de Caspe, el reinado de Fernando el Católico... Se desmonta la leyenda de Wifredo ‘el Velloso’ y el relato de los cuatro dedos ensangrentados que trazan las cuatro barras rojas sobre el escudo amarillo del rey de Francia.

José Luis Corral ha escrito una monografía detallada. Condensa la bibliografía y dialoga con ella, ofrece una minuciosa cronología, hace inventario de instituciones, monarcas (incluidos los “reyes privativos” de Mallorca) y territorios (Cerdeña, Nápoles, Atenas y Neopatria o Montpelier, entre ellos), traza las genealogías y, finalmente, muestra los diversos mapas del reino.

 

*La primera foto la tomo de aquí:

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**La segunda de aquí:

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ADELL & GARCÍA Y SUS BANDOLEROS

JOSÉ ANTONIO ADELL Y CELEDONIO GARCÍA

PRESENTAN HOY EN ÁMBITO ‘BANDOLEROS’

 

Los bandoleros están impregnados de idealización y romanticismo. Era delincuentes, asesinos, estaban al margen de la ley, pero el bandolero también “es, casi siempre, un héroe para las gentes humildes, quienes los admiran por haberse rebelado contra un orden social opresivo y caciquil”, tal como escriben los historiadores y profesores José Antonio Adell y Celedonio García, que publican ‘Bandoleros’ (Ediciones de la Torre), una mirada a eso que se denominó el mundo de gavilla de los siglos XIX y XX. El bandolerismo, salvo algunas excepciones como Luis Candelas y otros en Madrid, es un fenómeno rural, que no pertenece a un país específico ni a una época concreta, sino que se “trata de un fenómeno social y universal”.  

Adell y García, que ya habían firmado un libro específico de bandoleros aragoneses, recuerdan que el término ‘bandolero’ define al “bandido, malhechor o salteador de caminos”. Y recuerdan que una de las características del bandolero es que usa “el robo a mano arma y el secuestro”, casi siempre en cuadrilla o en un descampado. A menudo incurre en el crimen. El bandolero nacía de la inadaptación, de la rebeldía contra un sistema injusto (ahí surge el concepto de “ladrón noble” o justiciero), del hambre o de los estertores de las guerras carlistas o Guerra de la Independencia, pongamos por caso.

La intensa actividad de los bandoleros en todo el país dio lugar a que Francisco Javier Girón, el Marqués de Ahumada, fundase la Guardia Civil. Adell y García recuerda que ese nuevo cuerpo “acabó con muchas bandas de salteadores” y citan a las partidas del ‘Vivillo’ o del ‘Pernales’, que pertenecen a esa lista interminable de bandidos andaluces, o de Mariano Gavín, ‘el Cucaracha’, que era el bandolero aragonés más famoso.

Los autores repasan los ‘fueras de la ley’ (término que acuñó el estudioso Bernardo Quirós) de todo el país. Citan a ‘Patakón’ de Galdácano, cuya existencia se resumía en el dicho popular: “Patakón, quitárselo al que tiene y dárselo al que no tiene”; por el País Vasco también se movían Jacinto Olariaga, hijo de molinero y carpintero, y ‘Boadilla’, que era un justiciero clásico. En Andalucía había tipo de historias y de personajes: José María Hinojosa, ‘El Trempanillo’, apenas vivió 28 años y encarnó la audacia y la caballerosidad. Celebrado por doquier, una de sus frases era: “En España manda el Rey, pero en la sierra ya”. Se reinsertó en la sociedad, pero una bala traidora acabó con su vida. Por allí también se movía Juan Caballero, que se murió de anciano y colaboró con la justicia.

Por tierras de Tortosa y Beceite se hace fuerte Juan Pujol Fontanet, ‘Pancha Ampla’, que también murió ejecutado a los 28 años. Iba solo, se movió durante seis años por las estibaciones de la sierra, marchó a Francia y se casó allí; las historias de amor estaban al orden del día, como le sucedía al asturiano Bernabé. Pancha Ampla fue extraditado y fusilado y sus aventuras circulan en libros y leyendas.

Mamed Casanova, 'Toribio'.

 

En Galicia, entre otros, hubo dos bandoleros muy literarios: Pepa a Loba, a quien visitaría en la cárcel la propia Concepción Arenal, y de la que escribirían Valle-Inclán o Carlos Reigosa. Y Mamed Casanova, ‘Toribio’, que responde al modelo de bandolero justiciero: cometió varios crímenes y fue encerrado durante veinte años. Cuando volvió pidió limosna por los caminos y asumió una actitud pacífica, tan enigmática y ejemplar.

La presencia de bandoleros aragoneses es importante. Mariano Gavín, ‘el Cucaracha’, nacido en Alcubierre (1838), es todo un personaje: jornalero, mozo de mulas, carbonero, era analfabeto “pero un hombre de bien”, y participó en muchos hechos delictivos (secuestros, crímenes, extorsiones) en Los Monegros: Perdiguera, Farlete, Sariñena, o en Zuera. Murió en 1875 tras una emboscada donde intervino un vino envenenado. La vida y la leyenda de Cucaracha se convirtió en materia de ficción. A él hay que sumar a Victoriano Teixidó Mayoral, fue conocido por ‘Teixidó’ y por ‘Pregoné’ (era pregonero de Mequinenza), su historia circula en coplas y romances; fue ejecutado ante su propia madre, que presenció “la muerte de su hijo con lamentos desgarradores que conmueven al público”. Otro bandolero fue Ramón Argensó, ‘Bondades’ de Fraga, víctima de un error policial, y Alejo García Zaragozaga, ‘Mediaoreja’, que se movió en tierras del Jiloca turolense, pero también en Villamayor. Dicen Adell y García que también gozó de aureola de bandido generoso.

Hay otros bandidos aragoneses como ‘El Floro’, Esteban Cisneros, famoso como ‘Capitán’ o Margarita Cisneros, a la que cita Camilo José Cela, en ‘Viaje a la Alcarria’, que se movió en Jaca y Tamarite de Litera, fue obligada a casarse contra su voluntad, y se echó al monte “con su caballo y su trabuco”. La mataron a garrote vil, que fue el destino de muchos de estos personajes de estirpe romántica: aventureros, desafiantes y audaces. Y, por supuesto, delincuentes y justicieros.