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Antón Castro

OLGA BERNAD: DOS POEMAS

OLGA BERNAD: DOS POEMAS

'PERROS DE NOVIEMBRE': DOS POEMAS DE OLGA BERNAD
En la próxima primavera la poeta Olga Bernad publicará un nuevo poemario, ‘Perros de noviembre’, en el sello Isla de Siltolá, de Sevilla, dirigido por el poeta, editor y dietarista Javier Sánchez Menéndez. Se trata de un libro intenso, trabajado, al que le ha dado muchas vueltas. He aquí dos poemas, ‘La vida extrema’ y ‘Duermevela’, en los que asoman, de vez en cuando, el surrealismo (“¿por qué se suicidaban los caballos?”), los poros secretos de la memoria, la fuerza telúrica de las imágenes, la pasión de vivir. Y vivir y vivir con puro arrebato. 
[Ilustro los dos poemas con uno de los cuadros más fantásticos de Ingres en la exposición del Museo del Prado: este 'Sueños de Ossian' de 1813, realizado a los 33 años.]

LA VIDA EXTREMA

Soñé que un animal me perseguía,
¿Has tropezado en sueños con tu miedo,
con la esquina voraz de tu locura?
Y tal vez has caído
al suelo como yo mientras notabas
ese aliento en tu nuca,
su olor caliente a sexo, a vida extrema
viciada por la muerte. 
¿Has masticado
ese miedo al huír? Me perseguía
un animal aullando. Yo era ella,
la pequeña que muere,
yo era ella, la del final,
la de los cuentos tristes.
No podía esconderme, soy la sombra
de la luz que él respira. Recordaba
una lucha en el centro de una cama. 
Sobreviví al abrazo, llegué al bosque
para morir corriendo. 
El corazón me ataba la garganta,
metálico sabor de hierro, río
de mi lengua a la tierra, de su boca
caían mis aullidos, sus canciones. 
Grité para no oírlo, tragué sangre
y me paré por fin. Sobre los charcos
vi el horror de verdad. Me había atrapado
mi memoria borrosa.
Decía que fui yo quien robó algo
esa noche en su cama.
Fui yo quien robó algo; yo, la sombra;
yo, el animal y el luto y el secreto;
y yo, la inexplicable
criatura que lleva entre los dientes
su breve corazón de terciopelo.

DUERMEVELA

Las noches de los pensamientos ciegos
avanzan 
aterradas de mar.
La vela que navega, 
la que ya se ha apagado para siempre;
el mar, como un fantasma,
cede su sangre al viento y la marea
tira y tira de mí.
Mi corazón y el mundo hipnotizados,
los niños en el vientre de sus madres,
la arena de las playas,
los días de verano:
todo acaba danzando,
buceando,
moviendo las caderas de la tierra
agotada e impúdica.
Penélope, perdida la esperanza y el nombre,
es una mujer lenta que recuerda
un baile que olvidó.
Y el baile es ley y número y misterio.

El principio del sueño tiene una voz de coro
de doncellas, caballos y muchachos
que buscaban su muerte en ese mar.
Mis pensamientos dejan su costura,
como bellas y ajadas putas ensimismadas,
sacerdotisas presas
cuyo destino el tiempo envileció,
que no saben si esperan o descansan o son
más allá de este mar y de esta noche larga.
Como si todo fuese una tormenta 
a punto de caer 
sobre una plaza llena
de músicos rotundos y cobardes
(tan rectos, jesuíticos, soberbios)
los condenados santos del reino del rencor.

¿Y de qué me acusaban esos músicos?
¿Y qué les hice yo?
¿Por qué se suicidaban los caballos?
¿Por qué me puse alegre cuando el viento
se llevaba muy lejos los papeles?
Y por qué vuelve ahora la mirada tristísima
de aquel amigo al que insulté en mi infancia,
aquel dolor tan limpio en otros ojos
(si luego ha habido tantos otros ojos).
La carita de niña de la virgen
en los cuadros antiguos.
La mirada de hambre de aquel hombre
que inundó de palomas mis pulmones.
(Fumaba 
como si él estuviera bebiéndose mi alma,
y respiraba yo de su ansiedad asmática
como si el aire fuera de cal caliente y vino).
La vez que me perdí sobre una cama.
La vez que me perdí dentro de un bosque.
Todas las veces que alguien me buscaba.
La vez que te encontré.
La vez que yo miraba fijamente
tu copa de cristal y se hizo añicos.
Sé que me asusté tanto que quería
pensar en otra cosa. Pero nunca
paraba de llover. Nunca paraba.
No sé, todas las veces
que no me has visto hundirme en estas aguas.
Un millón de caballos angustiados
cansados de callarse,
viniendo en avalancha y aún callados,
parecen pronunciar con la mirada
que todo tiene fin salvo el silencio
y las olas del mar.

Y por qué regresar si no podré salvarlos,
si al sueño viene todo menos tú.
Mira otra vez y duerme.
Todo se va cayendo sin ruido al mismo pozo
acogedor y oscuro
como el beso de un príncipe,
como la suavidad de su tiniebla.

OLGA BERNAD

GARCÍA-BADELL, POR SU HIJA OPHÉLIE

[El pasado viernes, Olga Pueyo leía su tesis doctoral sobre Gabriel García-Badell en la Universidad de Zaragoza. La hija del escritor, Ophélie García-Badell, ha escrito este texto para este blog y me lo envía. Aquí está este texto tan entrañable.]

 

NOTAS SOBRE MI PADRE 

 


 Ophélie García-Badell


Hoy te imaginé a mi lado, padre, una tarde de verano, sentado en la terraza de Casa Marraco, con tus ojos negros de azabache, tu nariz aguileña, tus viejas botas de pelo y tu camisa negra de Rimbaud. Sujetabas en tus manos, elegantes y alargadas, un cartapacio azul de cartón que contenía parte de tus pensamientos manuscritos.

 

Canfranc era un lugar atemporal donde no ocurría nada y ocurría todo."Pequeñita, nos vamos a comprar un melón a Benedé, que nos vamos a los neveros del Aspe"- me dijiste.

 

El río Aragón discurría frente a nosotros, junto al camino de Santiago, mientras el calor se instalaba en las faldas de Collarada, con su luminosidad todopoderosa, de diosa griega. Era agosto, un día de sol intenso. Estábamos allí, envueltos los dos, sin apenas darnos cuenta, en un mundo mágico, el tuyo.

 

Divisamos los altos prados de la caseta del Vasco. Luego, después de un rato de silencio, me introdujiste en el teatro de lo absurdo de Beckett, de Pirandello y de Ionesco.

 

Y yo tomaba mi coca cola infantil y mis patatas fritas, al tiempo que te escuchaba atentamente. Como lo hacen conmigo ahora mis hijos -tus nietos- Gabriel y Jimena. Hoy les explico que yo era tu discípulo socrático, que me conducías a tu mundo de estrellas, de búsqueda del sentido de la vida, sin mentiras, sin respaldos, en esa dramática lucha existencial, trágica, contradictoria.

 

Como cada día, me dejaba mecer por tus palabras. Siempre quedaba pendiente un viaje interior nuevo. Viaje a Vallejo, viaje a García-Lorca, Miguel Labordeta, Unamuno, Kierkegaard, Heiddeger, Camus, Jung, Theilard de Chardin, Chejov, Rilke y Bergson.

 

Creaste tu universo propio, heterodoxo, innovador, revolucionario, que ahora es mi legado. Me enseñaste que había que dejar de lado la culpa causada por la conducta impropia, la falsa moral. No quedaba otra opción que desnudarse ante la verdad que abrasa. Y en cuanto a la vida cotidiana, nada más ridículo que presumir de que se trabaja mucho, -¿te acuerdas?. Porque de lo que se trata es de comprar tiempo libre para vivir a cielo abierto. Porque la grandeza consiste en romper con la armonía, lejos de querer encarnarse en ese ser triunfador, tan equilibrado como virtuoso.

 

Hoy también recuerdo, padre, el día que te fuiste. Yo tenía veinte años y no fui a tu entierro. No podía con esa tierra pesada de nicho amargo.

 

Te acompañé a mi manera, y juntos nos sumergimos lentamente en un nuevo mundo, sin perder la identidad compartida con otros miles de hombres prehistóricos. Te transformaste en agua y tierra, viento, árbol, boj. Ese día, recuérdalo, comulgamos los dos, mientras tu ascendías, entre la lluvia de fuego, hacia el Valle de Izas y el ibón de Iserias. Querías “decrocher la lune” y Brassens te propuso un “petit coin de parapluie”, a cambio de “un petit coin de paradis”.

 

Arriba, en las cumbres, el viento agitaba la hierba y los lirios de color añil florecían por las praderas. De entre ellos, un lirio blanco, distinto, crecía solitario. Te fuiste, así,  con un fragmento del concierto para violín y orquesta de Brahms, con nuestras historias compartidas de la casita de Jacobita y el lobo bueno, con un poquito de los Mallos de Riglos y esa luz anaranjada grabada sobre la roca.

 

Nos despedimos, sin angustia. El vaho del fin de la tarde nos adormeció. Me pusiste una flor en el pelo, y me diste tu último beso.

Ophélie García-Badell

AGUIRRE, MORALES, UBÉ: EL PROYECTO LITERARIO Y ARTÍSTICO 'MICROCLÍMAX'

[Me escribe Javier Aguirre acerca del nacimiento de un nuevo proyecto poético, narrativo y artístico: "Te envío el anticipo de la última locura que estamos componiendo entre el padre Ubé, hijo natural del padre Ubú (aunque no aspira a rey, republicanete él), la madre Angélica y yo mismo, que voy de cuentista.]

Francisco Javier Aguirre

Angélica Morales

José Manuel Ubé

 

MICROCLIMAX

 

A la memoria de Sófrates,

el armenio,

y de su primer discípulo,

Alfred Jarry.

 

 

ACLARACIONES

En abril del año 2000, el Collège de Pataphysique, creado en Francia en 1948 por los amigos de Alfred Jarry, organizó una exposición de Agujeros, Nadas y Espejismos que nadie ha logrado encontrar todavía. Han pasado los años. La muestra sigue expuesta en algún lugar y ha incrementado su catálogo con nuevas obras. Estos son sus títulos:

Vara de física

Sales de hojaldre

Hombro apuntado

Sombra sin dueño

Sol de madera

Pez en la estepa

Rizos del aire

Uña de monje

Clavo sin sangre

Brujo en el fuego

Viña del tiempo

Barco en la plaza

Santo sin seña

Río de espuma

Miel inocente

 

Sus reproducciones aparecen en las páginas de este libro. Los textos poéticos y narrativos son compañeros de fortuna de estas aportaciones, siguiendo en disimetría las propuestas de la Pataphysique. Tanto el paradero de los originales de esta segunda serie, como el de los pertenecientes a la primera, sigue siendo una incógnita.

(Textos e ilustraciones de muestra)

 

Poemas de Angélica Morales

 

CUALQUIER HISTORIA

Soy una niña crecida

en el alcohol.

Habito un arcón

que, de noche,

planta la simiente del miedo

en la garganta del pan.

 

EL NACIMIENTO DE UN RÍO

Ella es una mujer recién nacida a la libertad,

por eso ha decidido soltarse los ojos

y abrir su canto en el agua.

Ella podría llamarse Ofelia

pero ya no.

Sabe respirar bajo las flores,

sabe dejar la locura en la orilla de un ala

para que cualquier pájaro con piernas

venga a recogerla después.

 

ABUELA

Sí, abuela,

el mármol tiene dientes

y se come lo pequeño.

Pequeños restos de manos.

Pequeños restos de tristeza.

Pequeños tambores en el sexo.

Pequeña sangre entre los ojos.

Pequeño amor en el aire.

Pequeña muerte en los zapatos.

 

 

Prosas de Francisco Javier Aguirre

AGILIDAD. Coger una bala al vuelo es la mejor manera de evitar que te dé.

CEBRA. Siempre cruzaba el paso de peatones dando saltitos de raya en raya hasta que un día se despertó la cebra y huyó al galope.

CONQUISTADOR. Se dedicaba a visitar castillos de arena y se aburría, así que decidió ir a conquistarlos o, en el peor de los casos, a defenderlos.

DENUNCIA. Un semáforo rojo se vuelve inmediatamente negro cuando presencia un delito de sangre.

DIETA. Después de mucho comer y de mucho trabajar, consiguió pasar de la

clase media baja a la clase media ancha.

DUELO. Se dispararon de frente con tan poca puntería que las balas les dieron por la espalda.

ENCONTRONAZO. Entró al bar y pidió siete cafés, uno para cada día del mes. El camarero le dijo irritado que el mes solo tenía 24 horas. El cliente soltó un eructo. El camarero golpeó con furia la barra provocando un erupto. La cafetera huyó despavorida.

EQUIPAJE. Cinco maletillas fracasados se subieron al tren y quisieron viajar

gratis en los altillos de los equipajes.

EXIGENCIA. Los empleados municipales cerraron la piscina pública el 11 de

agosto porque reclamó sus 20 días de vacaciones reglamentarias.

GATOS. Cinco gatos sumaban un total de diez patas y once pies porque a uno de ellos se los habían buscado y se los habían encontrado.

HUMILDAD. Un ciempiés decidió volverse humilde y no alardear de velocidad ante los demás insectos terrestres, así que se arrancó una pata.

INSOLENCIA. Cumplió los 90 y dijo adiós a la vejez, que siguió su camino.

KGB. Cuando la matriculación de los automóviles iba a alcanzar las letras KGB, se habló sobre la prevención que podrían provocar esas siglas. Entre las soluciones barajadas para no herir susceptibilidades, prevaleció la de ponerlas en inglés.

LEJANÍA. Después de caminar horas y horas le apretaban tanto los zapatos que decidió quitarse los pies. No los encontraba. Recordó. Al cabo de un rato los vio venir a lo lejos.

MENDIGO. Aquel mendigo se había vuelto tan sibarita que pedía limosna con la voz en off.

ÓRBITA. Dio tres vueltas completas alrededor del mundo contando los pasos. No coincidían. La cuarta vez lo quiso hacer al revés para cotejar los resultados, pero sus zapatos dieron marcha atrás.

PARADOJA. Cuando se escribe un relato, el parecido de la ficción con la realidad no siempre es inevitable.

PRECAUCIÓN. Puso un limpiaparabrisas en la luneta trasera del coche por si

llovía al regresar.

PRONUNCIAMIENTO. Yo soy el culo del rey, dijo un trono con mucha

personalidad.

PROVOCACIÓN. Una gacela en celo besaba en la boca a un manantial que se

estremecía de gusto.

RECORTE. Como no cabía por la puerta de la casa recién comprada, tuvo que amputarse las dos piernas antes de firmar la escritura notarial.

RELOJ. El reloj del Ayuntamiento adelantaba cada día 2 minutos porque se

trataba de una corporación progresista. El del alcalde adelantaba 3 para resaltar su autoridad.

SEMÁFOROS. En el kilómetro 430 de la autopista, en medio del páramo, sin que hubiera una población cercana y sin que estuviera anunciada salida, derivación, desdoblamiento o desvío alguno, había un semáforo. En el kilómetro 431 existía otro y en el 432 un tercero. Alguien los había dejado tirados en la cuneta.

TIJERA. Enloqueció el rosal al encontrarse de frente con los ojos de la tijera.

VELOCIDAD. Un suicida demasiado lento está condenado a fallecer de muerte natural, pero un suicida demasiado rápido puede llegar al cementerio antes que su féretro.

ZIG-ZAG. Un taxista taurófilo escuchó un olé y lo celebró con un volantazo en zig-zag al cruzar por delante de la plaza.

 

*Esta obra de José Manuel Ubé no pertenece a este proyecto. La tomo de aquì: http://www.arteinformado.com/documentos/eventos/03/38746/Ube.jpg

HOY, CITA DE LETRAS EN LA ALMOZARA

CHARLA-COLOQUIO EN LA BIBLIOTECA DE LA ALMOZARA

 
Hoy martes, en la Bbilioteca de la Almozara, a partir de las 19.00, participo en una charla coloquio organizada por el Club de Lectura Las Huellas del Círculo. El diálogo girará en torno a mi novela 'Cariñena' y otros libros. La escritora Estela Alcay dice que es "una obra autobiográfica, que ahonda en la importancia de la cultura, la amistad, el vino y la poesía. Antón Castro relata en la novela la experiencia vital de un joven de 19 años, objetor de conciencia y víctima de la incertidumbre, que escapa de su Galicia natal y se va a la vendimia de Cariñena".

Estela informa que habrá vino. En cuanto termine habrá vino. Y yo me iré a Madrid. Mañana hacia las once salgo hacia Moscú, en compañía de algunos escritores españoles como Ada Salas, Fernando Marías, Juan Bas, Clara Sánchez. Es mi primer viaje a Moscú.

 

UN CAPÍTULO DE 'CARIÑENA'.Antón Castro

(Ediciones 94 y Denominación de Origen de Cariñena).

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He transcrito aquí la única carta que redacté en mis días en Alfamén y Cariñena. Entonces no había teléfonos móviles, creo que mis padres ni tenían teléfono en casa y mis compañeros tampoco. Nadie sabía dónde estaba; pienso que mis compañeros objetores, Jesús y Ramón, se imaginarían que me habrían dado trabajo. No volví a tener una noche tan agitada ni tan accidentada como la primera. Me adapté a aquella forma de vida, que me parecía tan provisional. Con el paso de los días, vislumbré que Andrés y Miguel no hacían buenas migas. A Andrés le molestaba un poco la pose de Miguel: parecía saberlo todo. Siempre tenía un punto de vista, una opinión, una apostilla interminable, conocía una anécdota específica y se extendía explicándola como quien da una clase magistral o realiza una exhibición. No era su intención, pero se comportaba como quien se pasaba de listo y se tomaba a sí mismo demasiado en serio en aquel ambiente de hombres rudos.

Yo ya me había acostumbrado a él y encajaba su suficiencia, su ansiedad, sus prisas. Su incontinencia verbal. Vi que a Andrés le molestaba que exagerase sus aventuras sexuales, que magnificase las dimensiones de su piso y la libertad de costumbres que se vivía en él. A mí también me sorprendía: había sido testigo de su tentativa de seducción de Mar y le había visto naufragar, igual que él me había visto zozobrar a mí ante Cris. Si Miguel se tomaba a sí mismo en serio, Andrés no era para menos. Su vida era fabulosa y enardecida, las mujeres con las que había estado eran excepcionales, había conocido a Nikki Lauda y Mario Andretti en una carrera en el circuito del Jarama y les había dado la mano, superaba cualquier circunstancia o adversidad con ingenio y con desinhibición. “Este es un mundo para listos y para pillos, sin remordimientos”, solía decir. Sin saber muy bien por qué en menos de tres días había nacido entre Andrés y Miguel una pequeña rivalidad, que acabó de una extraña manera: Andrés también se alejó de mí. Y Miguel y yo dejamos de estar de golpe bajo su protección. Todo lo bueno se acaba: ¡adiós, adiós, picadero de Palma! Andrés se aferró al guiñote, donde parecía aburrirse, salía de “caza” y de juerga por los bares de Alfamén, creo que sin éxito. Un par de veces coincidimos en la tienda y en el bar donde preparábamos nuestros bocadillos.

En cierto modo, Miguel y yo habíamos convertido el bar en nuestro nuevo cuartel de operaciones: allí preparábamos nuestros bocadillos, ahora yo compraba latas de sardinas, de atún y de pimientos rojos, comprábamos yogures, y aprovechábamos para hablar, para leer un poco, para hacer planes. Miguel, que era tan disperso como yo, repasaba a Braudel, a Antonio Ubieto, a Tuñón de Lara y leía una biografía de Friedrich Nietzsche, que era el filósofo que se había puesto de moda, entre otras cosas por una película sin mucho argumento de Liliana Cavani, Más allá del bien y del mal. Earland Josephson daba vida al filósofo y una actriz que yo veneraba, Dominique Sanda, la bella de Novecento, encarnaba a Lou Andreas Salomé, envuelta entonces en la aureola del mito: era la mujer moderna, libre de cuerpo y de mente, que había enamorado al filósofo y a su discípulo Paul Rée, al psicoanalista Sigmund Freud y al poeta Rainer Maria Rilke. El cuarto o quinto día le pregunté a Miguel qué había de esa novia de la que le había hablado a Andrés.

         -Algo hay...

-Hombre, no me dejes así.

-Se llama Paula. Pero ella no parece estar convencida de lo nuestro. Estudia Letras y va a clases de danza. Y a la vez es bailarina de un grupo de música y poesía, El Silbo Vulnerado o algo así; ha tomado el nombre de un poema de Miguel Hernández. Me dice que no la dejo vivir: que soy impulsivo y que solo la quiero para él. Ahora las chicas utilizan mucho la palabra posesivo. En menos de nada te dicen: “No soy tuya. Ni soy tu novia, ni tu querida, ni tu amante. Puedo ser tu amiga, una compañera”. Es muy jodido que te diga eso la tía con la quieres salir, ir al cine, a una playa solitaria y con la que querrías follar a todas horas.

         -¿De veras que te dice esas cosas?

         -Y una peor: me dice que soy un vicioso. Que me pasaría la vida entre sus piernas.

         -Tratándose de una bailarina, no debe ser un mal lugar –dije, de broma.

         -Puedes estar seguro. Sus piernas son largas y afiladas, y huelen extraordinariamente bien.

         -¿Huelen? ¿Has dicho huelen, Miguel? ¿Te refieres a las piernas o a otra cosa?

         -Te parecerá raro, chico, pero a mí las mujeres me vuelven loco por el olor.

Pensé que Miguel también era un poco raro. La conversación quizá hubiera dado para más, incluso para la materia de un libro de éxito titulado El perfume de las mujeres; yo quizá lo habría titulado entonces El olor de las damas. Era así de sutil o de sofisticado: ya había leído a Álvaro Cunqueiro. Miguel lo llevó a su territorio de historiador y dijo: “Quizá haga mi tesis doctoral sobre el olor de las mujeres a lo largo de la historia. ¿Cómo olerían Cleopatra, Safo de Lesbos, Juana de Arco, la Gioconda, Eva Duarte, Indira Gandhi o Sofía Loren? También podría ser una historia de la moda, de los afeites, de la importancia del cuidado del cuerpo femenino, del baño. Dicen que Isabel la Católica no se bañaba nunca. ¿Te imaginas? Chico, por fin una tesis doctoral divertida”. Sentado enfrente de Miguel, yo seguía enfrascado con mis lecturas de Vicente Aleixandre, con Ocnos y Variaciones sobre un tema mexicano de Luis Cernuda y con la poesía completa de Miguel Hernández, que habían editado Leopoldo de Luis y Jorge Urrutia. Miguel Hernández, en aquel contexto campesino, me parecía un poeta espectacular: el poeta del amor y del dolor, de la muerte, de la raíz, de la tierra milenaria, el poeta torrencial que era en sus versos campesino y pastor, y un hombre devorado por el deseo.

         Me daba un poco de rabia cómo había evolucionado la convivencia, pero tampoco quería entrar de lleno en sus turbulencias ni quería abandonar a Miguel. Habíamos llegado hasta allí juntos y lo más probable es que a lo mejor nos viésemos en Zaragoza, en una conferencia, en un concierto o en un cineclub. En mi primer mes en Zaragoza me había dado un atracón de cine de autor: fui hasta tres días por semana a ver películas de Pasolini, Visconti, Ferreri, Bergman, Woody Allen; vi dos veces Furtivos de José Luis Borau en el cineclub Goya, donde analizaban la película con rigor y calificaban el desnudo de Alicia Sánchez de “gratuito e innecesario”. Yo debía seguir centrado en mi faena y descansar bien; a veces descubría el gesto de contrariedad del encargado, que no podía imaginarse las terribles agujetas que llevaba. Por ahora había sido incapaz de asimilar en la práctica los consejos de Pepe Mainar.

Miguel no tenía ningún conflicto en la viña: trabajaba bien, acababa entre los diez primeros, y se permitía mandarle de vez en cuando un mensaje a su paisano Eliseo el Riojano por su capataz. Y aún se permitía el lujo de explicarme las distintas clases de uva. Pepe Mainar le corregía con suavidad y le explicaba qué diferencia existía entre una garnacha y la uva Cariñena –por la tonalidad, por la forma y la densidad del racimo, por el hollejo: esa piel que envuelve la carnosa pulpa, por el sabor-, y nos enseñaba a todos a distinguir las variedades de uva blanca. Uno de esos momentos especiales para mí eran cuando aparecía una mata o varias de uva moscatel. Me gustaba mucho. Y entonces sí que me retrasaba porque comía uno o dos racimos: eran mi avituallamiento preferido y dulcísimo. Desde niño he sido muy aficionado al misterio de los parrales y a su verde sombra de guirnaldas más o menos espontáneas. Tengo un tío, maestro albañil, que poseía hacienda, caballos y una huerta formidable con cerezas, melocotones, pavías, higos, manzanas, pero lo que más me impresionaba era la parra que se entretejía con unos alambres y trazaba en su interior un ámbito muy uterino. Yo lo llamaba “mi último refugio”.

Pepe era una referencia para mí. Representaba un ideal: era el agricultor que amaba con pasión sus tierras y que conocía todos sus secretos. Era un agricultor por vocación. Le dije: “Pepe: eres el poeta de los viñedos”. Me corrigió: “Aquí todos saben que el poeta eres tú. Y así lo dicen los compañeros”. Miré a Miguel.

-Ya ves –dijo con una sonrisa-. Un tipo tan raro como tú no pasa inadvertido en ningún sitio. Hasta estos brutos te han calado.

Miguel me veía llenar mi cuaderno Sagitario de notas, de palabras, de impresiones. Y, sobre todo, de versos ajenos, como estos de Luis Cernuda: “Libertad no conozco sino la libertad de estar preso en alguien / Cuyo nombre no puedo oír sin escalofrío; / Alguien por quien me olvido de esta existencia mezquina, / Por quien el día y la noche son para mí lo que quiera, / Y mi cuerpo y espíritu flotan en su cuerpo y espíritu / Como leños perdidos que el mar anega o levanta / Libremente, con la libertad del amor,
La única libertad que me exalta, / La única libertad porque muero. / Tú justificas mi existencia: / Si no te conozco, no he vivido; / Si muero sin conocerte, no muero porque no he vivido”.

         Se los leí. Y Miguel fue absolutamente gráfico:

         -Eres un perfecto hijo de puta. Se lo leeré a Paula.


JOSÉ ZANETTI, PIONERO DE LA FOTO

JOSÉ ZANETTI, PIONERO DE LA FOTO

Cuentos de domingo / Antón Castro

 

El enigma

Zanetti

 

 

José Antonio Hernández Latas (Zaragoza, 1967) es uno de los grandes investigadores de la fotografía y la pintura en España. Lo ha demostrado con sus trabajos sobre Ramón y Cajal, Bernardino Montañés, Lucas Cepero, al que mató a la salida del Teatro Principal un marido despechado “por rencores mutuos”, y lo ratifica con José Zanetti, un pintor, litógrafo y dibujante del que se sabía poco. Zaragoza ha sido una de las cunas del cine, y durante años se pensó que la primera película se había rodado aquí, por los Jimeno, padre e hijo, a la salida de misa del Pilar de 1896. Como contó Agustín Sánchez Vidal, se grabó en 1899 y tiene el honor de ser la primera que se conserva del siglo XIX en España. En las historias de fotografía de Lee Fontanella, Marie-Loup Sougez, José María Sánchez Vigil, o de los aragoneses Alfredo Romero y José Antonio Duce, se dice que un pintor zaragozano, José Ramos Zapetti, descubrió la fotografía en 1837, algunos dicen incluso que fue en la misma Zaragoza, pero no siguió por ese camino y no patentó su invento. Dos años después, de modo oficial en París, lo explicó Louis Daguerre. Hernández Latas leyó eso y abrió una carpeta con el título ‘El enigma de Ramos Zapetti’. Indagando, como un detective, ha accedido a casi toda la verdad. José Ramos Zapetti sería, en realidad, el pintor José María Zanetti Paret, nacido en Lérida en 1797, que se trasladó a Zaragoza en 1814-1815. Estudió en la Academia de Bellas Artes de San Luis, luego en Roma y se afincó en Piazza Navona, 101. Tenía un perrillo, Maestrino, y era conocido como “el nigromántico”. Allí, en 1837, les mostró a sus amigos Federico de Madrazo y Carlos Luis de Ribera su invento fotográfico, que le había permitido captar su habitación y su estudio; realizó un autorretrato, que se reprodujo en 1902 y 1903 en dos revistas y que se conserva. En el Museo del Prado puede verse la exposición ‘Effigies Amicorum. Retratos de artistas (1815-1894)’ del citado Madrazo. El cartel de la muestra, espectacular, es un rostro al óleo de Ribera, amigo también de José Zanetti, y hay un precioso y elegante retrato de lápiz al papel del propio Zanetti, fechado en 1842, con capa, pañuelo al cuello y un aire de bandolero melancólico de ojos claros. Sabiendo lo que sabemos, gracias a Hernández Latas, lo miro con inmenso afecto: es un artista, un enigma y un pionero inadvertido que amaba Zaragoza.

 

OROZA: Y AL FINAL... LA PALABRA

OROZA: Y AL FINAL... LA PALABRA

[Ese estupendo periodista cultural, crítico y comisario de arte que es Ramón Rozas Domínguez, publica hoy en 'Diario de Pontevedra' un artículo de homenaje y recuerdo a Carlos Oroza, el poeta oral, el oráculo de una tribu de soñadores y transgresores que acaba de morir. Seguramente con un verso de rebeldía en los labios. Así lo describe Ramón. Antonio Lucas, periodista del 'El mundo' y poeta, le ha dedicado un artículo en su libro 'Vidas de santos' (Círculo de tiza)]
CARLOS OROZA.
Y AL FINAL... LA PALABRA
Por Ramón Rozas Domínguez
Se ha muerto un poeta. Un poeta llamado Carlos Oroza. El chamán de la tribu, el hacedor de una nueva esfera en permanente equilibrio entre la palabra y la realidad, porque al final, al final, siempre está la palabra. Esa que actúa como una gran bóveda celeste bajo la cual invocar a los espíritus, marcar las muescas del camino o, simplemente, expeler por la boca un fogonazo. Y es que Carlos Oroza hablaba a fogonazos, como el hechicero que expulsa fuego por la boca, sus palabras eran luminosas, estrellas fugaces en la noche que había que perseguir con la mirada en una invocación telúrica. Esas bolas incandescentes iban flanqueando su figura enjuta y desvencijada, la del poeta narrador, la del hombre que dialogaba con el pasado para vislumbrar el futuro, y así, con esa luminosidad en torno a su rostro, es como Carlos Oroza caminó entre las mesas del Café Gijón en el Madrid de los sesenta, o como recaló en el Vigo de la Movida en los ochenta o como una noche de verano se adentró en las pontevedresas ruinas de Santo Domingo para incendiar la noche. Allí se produjo uno de los momentos vitales que más me han impactado y que cada vez que regreso a ese escenario parece querer materializarse de nuevo. El ver a ese hombre entre ojivas y sepulcros medievales, con una iluminación que partía la noche en dos mitades, mientras de su boca se iba descorriendo un poemario magmático, una ingravidez que recorría el ambiente para traer hasta nosotros a un hombre desconocido por la mayoría de la ciudadanía, uno de tantos que hicieron de su carácter huidizo la renuncia al aplauso reconfortante o a la caricia beatífica en favor de su libertad.
Era un hombre sujeto al mundo por la palabra, un ser indómito que se acodó en el Vigo del sube y baja y desde el cual se venía a Pontevedra de manera más que habitual a compartir otras realidades, a traducir vidas y paseos en palabras para abocarlas a la poesía. En más de una ocasión me tengo cruzado con él, con ese andar bohemio y aparentemente errante. Incapaz de atravesar su aura, lo observaba durante unos instantes desde mi anonimato, mientras él creía disfrutar del suyo,  como el que asiste maravillado al vuelo de una rapaz. En ocasiones se detenía y levantaba la mirada, en otras le pegaba una calada a su cigarro y ese humo fino y delicado parecía querer anunciar alguna de esas palabras, pero no, las palabras permanecían encerradas a la espera del recital. Porque en el recital es donde Carlos Oroza tenía toda la razón de ser, allí es donde desplegaba toda su hegemonía de poeta oral, de Allen Ginsberg esculpido en granito y envuelto en nieblas, de narrador al lado de la hoguera. Solo pieles sobre la piel, sombras platónicas en las paredes y la palabra, siempre la palabra.
Esa misma palabra vino en su auxilio en los últimos tiempos, no porque él lo pidiera, ni tan siquiera porque se molestase demasiado en hacerla sonar, simplemente porque esta sociedad es así y ella marca sus tiempos, en ocasiones demenciales, pero hasta hace unos pocos años Carlos Oroza era el poeta maldito, ese Leopoldo María Panero que todo sistema literario gusta tener para enseñárselo a sus invitados. Pero de pronto se comienzan a publicar sus poemarios, a hacerse ediciones de calidad de sus escritos, se le contrata para recitales, aparece en suplementos culturales y ¡hasta se le entrevista! Y la gente empezó a acercarse de nuevo a él, como habían hecho antes muchos en busca de la pose necesaria de modernidad, mientras ahora se le buscaba como a un San Juan Bautista con el cuenco de la redención, como no, de la palabra.
Madrid ya se había olvidado de su figura al tiempo que Galicia lo descubría. Lo daban por muerto paleado bajo alguna soflama, algún incendio de excesos o envuelto entre los cartones del olvido, pero Carlos Oroza seguía aquí. Paseando por Vigo y Pontevedra, haciendo de las calles el tubo de ensayo para licuar a una sociedad que no le gustaba, como a tantos, pero él lo decía, con la boca llena, en pleno recital, y muchos lo veían como una pose del artista, o en la cubierta de un barco cruzando la ría, y otros lo reían, inconscientes, como el delirio de un demente. Huía de banderas, o mejor dicho solo ondeaba una, la suya, que era un árbol, un árbol plantado en la tierra mecido por el viento de las palabras. Una pureza ancestral exiliada de cursis contaminaciones, como su poesía. Un caudal de agua limpia, que es en lo que se convierte ese fuego cuando se imprime sobre el papel. Agua, aire, tierra y fuego. Ahí lo tienen, las únicas cuatro verdades que todavía nos rodean desde el principio de los tiempos.
Tomen ‘Évame’ en sus manos, levántenlo como un oferente y déjense arrastrar por esa horizontalidad que nos hace tan pequeños e insignificantes. Línea tras línea sentirán un rugido, la transgresión del lenguaje, la voz enclaustrada invocándonos como el chamán oculto tras la línea del horizonte en un paisaje infinito e inabordable. El canto a la madre, ecos de Whitman. Nunca más lo volveremos a escuchar, ya solo nos queda el signo, la escritura, el despojo de la palabra. Ya no habrá agitación, ni la voz del poeta en la nuca, ni la sombra serpenteante sobre el reflejo de las luces. Ya no habrá más Carlos Oroza. «Salí de mi espantado/Corrí sin alcanzarme/Y comenzó a llover».
Publicado en Diario de Pontevedra 23/11/2015
Fotografía: Recital de Carlos Oroza en las ruinas de Santo Domingo en Pontevedra en 2008. De D. Freire.

JAVIER RAMÓN JARNE: UN DIÁLOGO

JAVIER RAMÓN JARNE: UN DIÁLOGO

ENTREVISTA. Javier Ramón Jarne (Huesca, 1955). Poeta y Psiquiatra.

 

“Escribo poesía de la experiencia

con ecos del mundo clásico”

 

 

Javier Ramón Jarne (Huesca, 1955) es psiquiatra y poeta. O quizá poeta, ante todo, y además psiquiatra. Había publicado ‘Elogio del cíclope’ en el desaparecido sello Eclipsados, en 2009. Ahora edita ‘Libro de los cometas’, un texto personal y a veces laberíntico donde registra los viajes, la pasión por la cultura (la literatura, los mitos, la música y la ópera) y la incertidumbre de existir y de crear o la fugacidad, por no decir la insatisfacción, del amor. ‘Libro de los cometas’, publicado por Olifante, en la colección La Casa del Poeta, se presenta este sábado 21 de noviembre a la una en la librería Antígona.

 

¿Cómo podríamos definir ‘Libro de los cometas’, su segundo poemario? 

Es la historia de los pequeños viajes interiores, de la inmovilidad en que transcurre la memoria, su sensualidad, la de la muerte de los héroes, las moscas de la cotidianeidad arruinando los mitos. Ellos, los mitos y los héroes, nos ocultan la soledad elíptica en la que giran los cometas; nosotros, la soledad que nos devuelve nuestras pérdidas, nuestras almas incendiadas antes de desaparecer.

 

¿Cuáles son sus claves esenciales?

El poemario traduce la experiencia de la provisionalidad, de los instantes que han sido cruciales en la biografía de los paisajes, en la biografía personal, la de las ciudades a las que he viajado. La observación de los cometas su fugacidad, tras una explosión inexplicable, es la que nos da una dimensión cósmica de la existencia. Escribo: “Mi madre recuerda, cuatro hombres inocentes, y en su pupila veo un hilo de araña que la atraviesa sondeando el vacío… Vivo en la sonata para violonchelo solo ‘Opus 8’ de Zoltán Kodály”.

 

¿Cómo se combina el binomio mundo exterior con mundo interior?

La sombra del mundo antiguo, la de los héroes homéricos, la belleza en descomposición son el pretexto y el trasfondo donde se proyectan las pequeñas frustraciones y los grandes fracasos y donde nace la desmitificación, mi preferencia por las pérdidas y los perdedores. Confieso: “yo prefiero a esa bestia herida que a mil héroes…”

 

Una de sus obsesiones, como viene anunciando en sus respuestas, es el mito. ¿Por qué? 

A través del mito la cotidianeidad parece trascender cogiendo impulso para salirse de su órbita; de la misma manera que, a menudo nos engañamos, llegando a creer en el engaño mirando hacia otro lado cuando todo se desmorona.

 

¿Qué le debe el libro a los viajes, a sus continuos viajes y mudanzas?

He vivido en Tenerife y después en Ceuta muchos años, he viajado a Marruecos muchas veces. El orientalismo, el mar y la mitología están presentes en mi obra gracias a esa experiencia vital. Pero también mi vida en Zaragoza: el asomarme a los barrios donde la emigración está presente. Escribo: “Hombres de paja  llenan los autobuses, / un río de antiguas corrientes poderosas /arrastra la turba densa de exilios, / de ramas rotas del árbol americano”.

 

¿Cómo define su poesía?

‘Libro de los cometas’ es un mapa de la memoria o un cuaderno de viaje donde no dura el placer, tampoco el dolor, por eso no sé si ni siquiera existo… Digo: “Ese otro que veo soy yo, y, cuando se enciendan las luces, me habré ido, detrás de la pantalla, a la nada. No sé si me levantaré  de la butaca inmediatamente”. Diría que mi poesía es ecléctica, hay en ella poesía de la experiencia y ecos del mundo clásico.

 

¿Quiénes son sus referencias? 

Me han inspirado poetas tan diversos como Cesar Vallejo o Saint-John Perse; Rilke, Neruda y Gil de Biedma, y más recientemente Antonio Gamoneda, de quien soy deudor en mis últimos libros. Antonio Gamoneda ha tenido la delicadeza de enviarme un poema a modo de prólogo.

 

*La foto es de Lydia Soláns.



'AMIGO LABORDETA', EN MADRID

'AMIGO LABORDETA', EN MADRID

El auditorio Marcelino Camacho acogió el pasado jueves 19 la presentación del libro “Amigo Labordeta”, que congregó a más de 500 personas. En el libro se recogen más de 80 firmas de amigos y compañeros del “Abuelo”, amigos anónimos o con nombre, que no habían tenido oportunidad de escribir sobre él todavía, y que sentían la necesidad de hacerlo.

El acto fue conducido por la periodista Pepa Bueno, que es coautora del libro, y en él intervinieron otros coautores como Alfredo Pérez Rubalcaba, Miguel Ríos, Pilar Bardem y Elena Gusano, que habló en aragonés. También quisieron estar presentes Ana Labordeta y Juana de Grandes, hija y mujer del polifacético aragonés. La presentación fue acompañada por la elegante y contundente voz de Mª José Hernández y el violoncelista Daniel Escolano, que interpretaron  “Caminaremos”, “Quién te cerrará los ojos” y “Somos”. Fue un acto muy emocionante, donde el toque emotivo lo pusieron Juana y Pilar, y todos recordaron diversas anécdotas con el cantautor, destacando su integridad, compromiso, y su bonhomía.

El broche final lo pusieron la Orquesta y Coro “Solfónica”, la banda que surgió durante el 15M y que acompaña las marchas por la dignidad, interpretando el “Himno a la Libertad”, que hizo que todo el público, emocionado y entregado, se pusiera en pie y acabase acompañando al coro con sus voces.  (Nota de Lorenzo Lascorz y su equipo).