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Antón Castro

El SILBO VULNERADO, HOY EN VERUELA

[Ayer empezó la XIV Festival Internacional Poesía Moncayo, en honor de Teresa de Jesús y de Marcelo Reyes, codirector del certamen y de Olifante en todos estos años con su compañera Trinidad Ruiz-Marcellán. Hoy habrá ponencias desde las once, una mesa redonda a partir de las once y media con Inés Ramón, Marta Domínguez, José Antonio Conde y Amador Palacios, varias sesiones musicales, un recital de poesía mística, donde distintos poetas, periodistas, actores y rapsodas leerán un poema, y se cerrará el día con otro recital a cargo de El Silbo Vulnerado, que explica abajo su director Luis Felipe Alegre. Hoy es un día especial para la poesía en Veruela, de nuevo.] 

EL SILBO VULNERADO: POESÍA MÍSTICA EN VERUELA, MAÑANA SÁBADO
En Veruela, mañana sábado, a las 19.30 presentaremos un breve recital con poemas de Teresa de Cepeda, Juan de Yepes y Luis de León; carmelitas los dos primeros, signados como santos por la Iglesia Católica y más conocidos como Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz. Luis de León, uno de los más exquisitos poetas del renacimiento español, fue fraile agustino y se le suele anteponer el apócope “fray”.
Comenzaremos la actuación con los versos que destacan en la escasa producción poética atribuida a Teresa, aquellos que glosan la coplilla “Vivo sin vivir en mí / y tan alta vida espero / que muero porque no muero”, ya usada por trovadores como los portugueses Duarte de Brito y Juan Meneses, “el Grande Africano”. También Juan de Yepes compuso otro poema con idéntica estructura partiendo de la misma copla.
De reunir y preparar los escritos de Teresa se ocuparía Luis de León, a quien se sitúa en el territorio, vecino a la mística, de los ascetas. De este admirador de la abulense, se toman tres poemas a los que damos distinto tratamiento. “A la Ascensión” es recitado. Entre las liras de su oda “A Francisco Salinas” se intercala una de las canciones incluidas en ’De Musica libri septem’, el tratado musical dictado por Salinas. “Dictado” decimos, porque el músico había quedado ciego desde niño. Imaginamos a Luis de León en el pasillo de la Universidad salmantina parándose ante el aula vecina de Salinas para escuchar aquellas deliciosas melodías. A la ceguera de Salinas alude la oda: “…que todo lo visible es triste lloro”. Ya con música propia, “A la vida retirada” será representado por el propio fray Luis en su encarnación titiritesca.
“Un pastorcico” , hecho canción por Paco Ibáñez, servirá para recordar al también genial Juan de Yepes. 
En escena estaremos Carmen Orte, Luisfelipe, cantando y recitando. Soledad Jiménez y Karlos Herrero moverán a fray Luis. Y cuatro actrices de la Ribera del Jalón formarán un coro monjil.

El Silbo ha trabajado frecuentemente con la obra de estos autores. Así que tomaremos la música y los elementos escenográficos de nuestro 'Clásicos in versos'. De aquel espectáculo salió el disco (Saga, 1989) de igual título, con canciones y poemas en las voces de Carmen y Luisfelipe.

Y Luis Miguel Bajén se encargó de editar los textos de los poemas en el libro que servía también como guía de la obra.

La edición fue supervisada por Trinidad Ruiz Marcellán. La primera página del libro detalla la ficha técnica del montaje, donde figura como productor ejecutivo Marcelo Reyes, ¡ay!, al que este año en el Festival (que él codirigía con Trinidad) se rendirá homenaje.

*El texto es de Luis Felipe Alegre.  En la foto, lo vemos con la cantante de la compañía Carmen Orte.

PASIÓN LITERARIA DE PILAR SINUÉS

PASIÓN LITERARIA DE PILAR SINUÉS

VERANO 2015. LECTURAS. HERALDO DE ARAGÓN

La pasión literaria de María Pilar Sinués

Historia de la escritora aragonesa del siglo XIX que publicó un centenar de títulos y dirigió ‘El Ángel del Hogar’

 

Antón CASTRO

María Pilar Sinués (Zaragoza, 1835-Madrid, 1893) no pasó inadvertida ni en vida ni después de su muerta. Tenía una gran personalidad, firmó alrededor de un centenar de libros de “narrativa, didácticos y prosa periodística”, según definición del profesor Leonardo Romero Tobar, que equiparaba en un artículo el término didáctico a los manuales de autoayuda de hoy, y fue una mujer leída, conocida, de auténtico éxito, que frecuentó tertulias, que colaboró en periódicos y revistas, que escribió de las mujeres célebres de su tiempo y que mantuvo importantes amistades con los escritores románticos y con la novelista Carolina Coronado, a quien dedicó la novela ‘Premio y castigo’.

De ella, en diferentes momentos, han escrito José Luis Calvo Carilla y Rosa María Andrés, Ana María Navales, que le dedicó varios artículos en HERALDO, Íñigo Sánchez o José Luis Melero, que cuenta en ‘Leer para contarlo’ (Xordica, 2015) su historia de amor y su boda con José Marco Sanchís 81830-1895), el escritor y periodista valenciano, que dirigió ‘La España Musical y Literaria’ y que adaptó su novela ‘El sol de invierno’, antes de que se rompiese la relación.

María Pilar Sinués nació en Zaragoza en 1835 y vivió en su ciudad hasta 1856. Estudió en el convento de Santa Rosa, que estaba en las afueras de la ciudad. Era estudiosa y gran lectora. Pronto se destapó como poeta: en ‘El Avisador’ publicó once composiciones y ‘El Esparterista’ cinco, entre ellos un ‘Poema al Invicto Duque de la Victoria’. Romero Tobar dice que eran poemas religiosos, familiares y levemente políticos. En esa época inicial, según ella recordó, sentía un auténtico fervor literario: se levantaba a las tres o cuatro de la mañana y escribía sus primeras ficciones: sus poemas de ‘Las Vigilias’, leyendas como ‘Luz de luna’, novelas como ‘Margarita’ (1857) y ‘Rosa’ (1857), que ya publicaría en Madrid, aunque al parecer eran anteriores a su partida a la capital de España. En algunos aspectos fue una mujer progresista, que sintonizaba con el sexenio revolucionario (1868-1874). Iba mucho más allá de ese título de ‘El Ángel del Hogar’ (1864-1869), la revista para mujeres que dirigió y que estaba dedicada a su educación moral. Leía a los grandes escritores españoles de su tiempo, como Fernán Caballero, Carolina Coronado o Bécquer, tenía sensibilidad para Heine, y conocía los libros de Chateaubriand, Nodier o el primer Balzac.

Uno de los hechos capitales fue su historia de amor con José Marco. José Luis Melero cita el libro ‘Impresiones y recuerdos’ de Julio Nombela. Cuenta que a “la tertulia del Café de los Ángeles de Madrid, a la que acudían entre otros Gustavo Adolfo Bécquer, José Marco, Julio Nombela y Juan Antonio Viedma, éste llevó una tarde un periódico zaragozano en el que se publicaban unos poemas de cierta poetisa desconocida. Los leyó en alta voz y fueron saludados con largos aplausos. Todos quisieron saber el nombre de la autora. Viedma se lo desveló: se llamaba María Pilar Sinués. Nadie había oído hasta entonces ese nombre”. Coincidieron todos en que sólo una hermosa mujer podía escribir así. “Fue entonces cuando decidieron escribirle una carta en verso. José Marco fue quien se decidió a coger la pluma”. Escribió una epístola rimada, donde le decía que la había leído y que se “había enamorado locamente de ella”. Ella respondió que le había pasado lo mismo, y así, sin conocerse, sin haberse tratado, decidieron casarse por poderes. Esa fue la razón de que María Pilar se trasladase a Madrid en 1856. Se dedicarían algunos libros con los nombres de Pepe y María.

Su carrera fue casi meteórica. Publicó libros de todo tipo, Leonardo Romero habla de un “ciclo de novelas aragonesas”, donde aludió a “mi hermoso y risueño Aragón”. Poco a poco se convirtió en una autora respetada, querida, leída, que reeditaba, moralizante, de grandes éxitos. Vendía sus libros un real más barato que los demás, publicaba en todas partes y fue recibida por los Reyes de España. Con el paso de los años, José Marco la abandonó y su fin fue más bien catastrófico. Federico Sáinz de Robles resumió así el fin de María Pilar Sinués: “Ganó mucho dinero, que dilapidó principescamente en caprichos y romantiquerías. Su última novela fue ‘Morir sola’ y sola murió, pobrísimamente, hallándola muerta su sirvienta al volver a casa”. Era un 19 de diciembre de 1893.

LA ANÉCDOTA

Pilar Sinués empleó el seudónimo de ‘Laura’ en ocasiones. Fue objeto de la atención más bien paternalista de Clarín y vio, como pocos, el lugar de la mujer en la creación, en la tertulia, etc. Además de sus novelas, firmó libros como ‘Un libro para las damas’, ‘Un libro para las madres’, ‘Un libro para los jóvenes’. Y en cierto modo, sin aspavientos pero con solidez, anticipó a figuras de la prensa como Josefina Carabias o Carmen de Burgos, ‘Colombine’. 



VIDA SALVAJE DE CLARICE LISPECTOR

VIDA SALVAJE DE CLARICE LISPECTOR

El alma salvaje de Clarice Lispector

 

Siruela le dedica una biblioteca a esta autora del desarraigo más conmovedor, objeto de más de 10.000 tesis doctorales

 

Antón CASTRO

Clarice Lispector (Chichelnik, Ucrania, 1920-Rio de Janeiro, Brasil, 1977) fue siempre una extranjera en la tierra y en su propia alma. Una palabra como desarraigo, tan dolorosa en todos sus extremos, parece haberse inventado para ella. Ese extrañamiento esencial, mezclado desde niña con una invencible sensación de culpa (su madre quedó paralítica tras el parto, al parecer había sido violada, y murió diez años después), no surgió del cambio de residencia inicial ni tampoco de su vida nómada. Nació en Ucrania, en una aldea minúscula, se trasladó muy pronto a Maceió, y luego a Recife, vivían en la calle Aragão, de ahí a Río y pronto inició su nomadismo físico, tras casarse con un compañero de estudios de Derecho, Maury Gurgel Valente, que hará carrera diplomática: vivió en Nápoles, Berna, Tusquay (Inglaterra), Washington y finalmente regresó a Brasil; siempre se sintió brasileña, de lengua portuguesa, que hablaba con una ‘erre’ afrancesada que jamás quiso pulir.

Allá donde estuvo percibió una soledad inexpugnable. Necesitaba a los amigos y a la par se alejaba de ellos; había un momento en que, más allá de sus cartas, se recluía en el abismo de sí misma para explorar su identidad y la de los fantasmas que la habitaban. Las mujeres de sus libros (Joana, Lucrecia, G. H., Macabea), en el fondo, son un poco como ella y son ella: apasionadas, atormentadas, hipersensibles, obsesivas, luchadoras de instantes de felicidad clandestina. Confesó: “Cuando no escribo, estoy muerta”. Y también anunció: “Soy frágil, incierta, incontrolada”.

La escritura fue su gran pasión y su herida. “Muchas veces escribir es recordar lo que nunca existió”, anotó. Sintió la llamada de la literatura desde muy joven. Aprovechaba cualquier oportunidad de visitar una biblioteca ajena. Cada libro era como una revelación. Junto a los grandes maestros de las letras brasileñas –Machado de Asís, Graciliano Ramos, el joven Jorge Amado...-, se impuso el universo de Katherine Mansfield. Y poco después, tras acabar la universidad, se inició en el periodismo, que fue una de las actividades más constantes de su vida: fue columnista, escribió reportajes, hizo entrevistas, habló de moda y de recetas, usó seudónimos e incluso fue la voz interpuesta de la actriz Ilka Soares. Entonces poseía una belleza salvaje: parece que vivió un romance con el poeta Manuel Bandeira y que se sintió atraída por su gran mentor y cómplice: el escritor homosexual Lúcio Cardoso. Poco antes de casarse en 1943, había escrito ‘Cerca del corazón salvaje’, una novela extraña, un monólogo introspectivo de una mujer, Joana, que se suspende en la lengua (o la poderosa creación verbal), la poesía y la identidad, dentro de una atmósfera perturbadora. El libro fue un éxito, cosechó muchos elogios, le detectaron influjos de James Joyce y Virginia Woolf (cosa que no le gustó mucho) y el poeta Lêdo Ivo, publicado en España por Olifante, la saludó como “una deslumbrada aparición”.

Estuvo casada 16 años, se separó en 1959, fue madre de dos hijos, Pedro y Paulo, siguió publicando: libros infantiles, de relatos como ‘Lazos de familia’ y ‘Felicidad clandestina’, novelas como ‘La araña’, ‘La ciudad sitiada’, ‘La manzana en la oscuridad’, ‘La pasión según GH’ (“Yo miré a la cucaracha viva y en ella descubrí la identidad de mi vida más profunda”, escribe), o ‘La hora de la estrella’, el último de sus textos, la historia de Macabea, una mujer primitiva, pobre y feliz.

Clarice Lispector vivió en condiciones económicas duras. Crió a sus dos hijos con la máquina de escribir muy cerca, apenas reescribía, no volvió a tener un compañero estable; pese a ello dijo: “Fui amada por algunos y conozco la pasión”. En 1966 se quedó dormida con el cigarrillo encendido, se incendió el cuarto y el fuego le dejó rastros en el rostro y en la mano derecha. Un cáncer de útero que se extendió por todo el cuerpo puso fin a sus días en 1977. “El clímax de mi vida será la muerte”, había dicho.

 

LA ANÉCDOTA

 

Siruela siempre ha tenido un amor especial para esta autora que indaga el misterio de la existencia. En 2013, Ofelia Grande y su equipo pusieron en marcha la Biblioteca Clarice Lispector, que iniciaron con sus ‘Cuentos reunidos’, fue una espléndida cuentista y su pieza más famosa se titula ‘Amor’ (el relato de una mujer de 45 centímetros), y con ‘La pasión según GH’. Aparecerán 19 volúmenes, entre ellos una selección de su copiosa correspondencia. En español hay dos biografías recomendables: ‘Clarice. Una vida que se cuenta’ de Nádia Battella Gotlib (Adriana Hidalgo, 2007) y ‘Clarice Lispector’ (Omega, 2001) de Laura Freixas. Carla Guelfenbein se inspiró en ella para su novela ‘Contigo en la distancia’ (Premio Alfaguara, 2015). Se dice que le han dedicado más 8.000 tesis doctorales en Brasil y 3.000 en toda Europa.

LUIS BERDEJO, PINTOR DE LA MUJER

LUIS BERDEJO, PINTOR DE LA MUJER

VERANO 2015. HERALDO DE ARAGÓN

 

Luis Berdejo, el pintor de la mujer

 

Vida y obra de uno de los grandes artistas figurativos aragoneses del siglo XX

 

Antón CASTRO

Si hay en la pintura aragonesa un artista refinado, elegante, con un personal sentido de la composición, un pintor de la mujer, carne hecha luz y materia, ese bien podría ser Luis Berdejo Elipe (Teruel, 1902-1980), a quien el paso del tiempo parece haberlo olvidado, a pesar de la gran exposición antológica en la Lonja de Zaragoza, en 1994, comisariada por Chus Tudelilla. Hijo de un funcionario de Estado de Calatorao y de una turolense, nació en Teruel, pasó dos años en Murcia y regresó su ciudad. Se dice que llegó a ser alumno, jovencísimo, de apenas diez años, de Salvador Gisbert (1851-1912). Su padre murió joven, con 45 años, y él se trasladó, en 1914, a Madrid con su madre y uno de sus hermanos (eran cinco). Se matriculó en la Escuela Especial de Pintura de San Fernando y allí tuvo de profesores a Muñoz Degráin –autor por cierto de un formidable cuadro de ‘Los amantes de Teruel’-, Moreno Carbonero, Romero de Torres y a Joaquín Sorolla, de quien conservaba maravillosos recuerdos por su sabiduría y su proximidad; le decía que tenía alma de escultor más que de pintor. Esa época fue un período de aprendizaje entusiasta. Algunos años después, entre 1922 y 1925, fue becado por la Diputación de Teruel para estudiar en París, en La Grande Chaumérie y en la Académie Colarossi. A su vuelta, participó en la colectiva de Artistas Ibéricos de Madrid y al año siguiente expuso en el Casino Mercantil, con Santiago Pelegrín, piezas de inspiración neocubista. En su ‘Diccionario de las vanguardias en España, 1907-1936’ (Alianza, 1995) Juan Manuel Bonet lo incluye con una foto de sus primeras obras maestras, ‘Cabaret’ (1927) y recuerda que en ese período “trabajó durante un tiempo en una fábrica de tapices en Alicante”. Su crecimiento era indudable: participó en dos ocasiones en el certamen Carnegie de Pittsburgh y en 1931, pensionado por el Estado, se marchó a la Academia de Bellas Artes de Roma: estuvo cinco años, recorrió diversos países de Europa, estudió la pintura al fresco y, poco a poco, se fue inclinando hacia una obra más clasicista, con vínculos con el Noucentisme y quizá con Ramón Casas, Max Sunyer y Arístides Maillol, aunque con su propia impronta y su vitalidad. De esa época es quizá su mejor obra: ‘Clase de dibujo’ (1936), una auténtica maravilla de color, de composición, de atmósfera y de sofisticación poética, que puede verse en el Museo de Zaragoza. Él, modesto y sereno, contempla la escena: ese cuadro es la exaltación luminosa de la belleza del desnudo.

La Guerra Civil lo cogió en Madrid. Se alistó en el ejército republicano y fue herido en dos ocasiones. En una breve autobiografía, redactada a mano, pareció no darle mucha importancia a esa época. Después de la derrota se instaló en Barcelona, tras casarse el día del Pilar de 1939 con la romana Piera Estevan (hija del pintor aragonés Hermenegildo Estevan) y allí residió hasta 1945. Fue entonces cuando se trasladó a Zaragoza para dar clases de dibujo en la Escuela de Bellas Artes, donde permanecería hasta 1962 (entre sus alumnos, figuraron Pascual Blanco y su gran discípulo Francisco Cestero); también fue nombrado conservador del Museo de Zaragoza y académico de Bellas Artes de San Luis.

Pintó mucho, sobre todo retrato, paisaje urbano y bodegón, y perfeccionó su gran obsesión, el desnudo femenino, que es el tema predilecto de su producción. En la exposición de la colección Eduardo Laborda e Iris Lázaro en el Museo Pablo Gargallo vimos dos piezas suyas, de un clasicismo sosegado, casi sobrio, tamizado por el dominio de la luz, el contrapunto, el sentido del color y esa plasticidad en el uso de los diversos matices del ocre o del verde. En 1951expuso una colección de retratos en el Casino Mercantil y se sumó al homenaje al pintor Francisco Marín Bagüés en 1956.

En Barcelona dio clases en la Escuela de Artes Aplicadas y continuó su labor pictórica. Sin perder su vigor expresivo ni la claridad que modula, realizó una amplia serie de cuadros de contenido social y laboral. Falleció en 1980. Algunos artistas actuales, como Laborda, Salavera, el finado Aransay, entre otros, lo valoraban mucho. Jorge Gay le dedicó el cuadro ‘Paisaje de pintor con desasosiego’ (2010).

 

LA ANÉCDOTA

 

El muralista. Luis Berdejo Elipe perteneció a la primera Generación del Niké, que constaba de 18 artistas, según escribió Francisco V. Montalbán en el diario ‘Amanecer’ el 16 de junio de 1946. Sus grandes amigos eran el pintor Pérez Piqueras, el escultor Félix Burriel, el caricaturista y periodista Marcial Buj ‘Chas’. El artista Manuel Navarro López, ingresó en la Academia de San Luis con un discurso sobre su vida y su pintura. En 1954 se inauguró su gran mural del cine Latino, ‘Apolo y las musas’, una obra impresionante y mitológica que aún puede verse. 

20 AÑOS SIN CARLOS LAPETRA

20 AÑOS SIN CARLOS LAPETRA

VERANO 2015. LECTURAS. HERALDO DE ARAGÓN

 

El artista absoluto de la Romareda

 

Se cumplen veinte años de la muerte del mejor futbolista del Real Zaragoza de todos los tiempos: Carlos Lapetra (1938-1995)

 

El fútbol, antes que una identificación, es un juego. A veces hay jugadores que tienen un don: iluminan el estadio con su inteligencia, su fantasía y su clase. Uno de ellos, quizá el mejor zaragocista de todos los tiempos, fue Carlos Lapetra (Zaragoza, 1938-1995): puro ingenio, imaginación, sutileza, magia. Cada jugada al pasar por sus botas ensanchaba sus posibilidades; Lapetra, que enfundaba la camiseta del once, jugaba antes de recibir el balón y jugaba con el balón en el pie. Así lo recuerdan una y otra vez aquellos que vieron y protagonizaron el cuento de ‘Los Magníficos’: Darcy Silveira, ‘Canario’, dice de él que era un genio. Y él creció y se forjó al lado de genios como Pelé, Garrincha, Puskas o Di Stéfano. Y Marcelino, el cabeceador irreductible, señaló en estas mismas páginas: “Esa zurda no era de este mundo”.

Lo era, sin duda, era de este mundo y deslumbraba por doquier: en la Liga española y en Europa. Era una zurda, dicen, que merecía compararse a la del brasileño Mario Lobo Zagallo, a la de Corso, el jugador del Inter que le robó el corazón a la cantante Gigiola Cinquetti, una zurda que anticipó las de Dzajic, Mario ‘Matador’ Kempes y tal vez la del propio Maradona, futbolistas que supieron ser desde el carril izquierdo, o el territorio del diez, auténticos directores de juego. Malabaristas para sí y para los otros.

Carlos Lapetra Coarasa nació accidentalmente en Zaragoza, en 1938, en plena guerra civil. Su padre era agricultor y administrador de fincas, llegó a ser gobernador civil de la capital y tenía un sueño para él: quería que se dedicase a las leyes. Tuvo una infancia feliz y despreocupada. Estudió en San Viátor y luego en el colegio de El Salvador de Zaragoza, donde lo conoció el escritor Javier Fernández de Castro, que suele recordar a “un mozalbete genial en los partidos del recreo: fino, elegante, casi imparable”. Cuando se trasladó a Madrid a estudiar Derecho, fichó por el Guadalajara y jugó allí con su hermano Ricardo, que también iba para figura en la zaga. En la temporada 1959-1960 el Zaragoza lo incorporó a sus filas. Pronto empezaría a lucir.

La Romareda, que se había inaugurado en 1957, descubrió a un futbolista diferente: con un control exquisito, con un regate variado y muy natural, no exactamente veloz pero con gran sentido del ritmo. Poseía plasticidad, virtudes de dirección y sentido de la belleza. Surtió de balones a arietes como Joaquín Murillo, Juan Seminario o el que iba a ser su gran cómplice en el área: el citado Marcelino. En tres semanas de radiante felicidad de junio-julio de 1964 con Luis Belló de míster, el Real Zaragoza de ‘Los Magníficos’ cosecharía dos títulos: la Copa de Ferias y la Copa del Generalísimo, ante el Valencia y ante el Atlético de Madrid. Y no solo eso: Carlos Lapetra era el extremo izquierdo titular de la España que jugó la Eurocopa de 1964 y que se plantó en la final ante la Rusia de Lev Yashine, ‘la araña negra’. Formaba ala con Luis Suárez, el gallego de oro del Inter de Milán. Ambos, técnicamente, eran los fabuladores del balón.

A Lapetra, que participó en trece partidos con la selección, ya lo llamaban “el ingeniero”, “el catedrático”. Era distinto: un jugador moderno que había desplazado levemente su posición, por sugerencia del citado Belló, desde la banda a una zona de organizador y desde allí lanzaba a Canario, a Marcelino, a Reija, a Villa o se internaba él. Si 1964 fue el año de su máximo apogeo, en 1966 el Real Zaragoza conquistó su segunda Copa del Generalísimo ante el Athletic de Iríbar y él participó en el Mundial de Inglaterra-1966.

El equipo estelar del Real Zaragoza, que cosechó elogios y aplausos ininterrumpidos en Inglaterra, se fue desgajando poco a poco. Carlos Lapetra se lesionó en una rodilla ante el Everton y al final, en marzo de 1969, con apenas 30 años, dejó el fútbol. Iba y venía todos los domingos en su Alfa Romeo verde de Huesca y a Zaragoza y viceversa, y ya formaba parte de la leyenda de la ruta.

Se había casado con Clara Lorén en el monasterio de San Juan de la Peña. Años después de la retirada, comentó partidos en Antena 3. Falleció a los 57 años el día de Navidad de 1995, hace dos décadas, tras ver cómo su equipo se coronaba campeón de la Recopa. Zaragocistas de aquí y del mundo lloraron el prematuro adiós de quien había sido el artista absoluto de La Romareda.

 

LA ANÉCDOTA

El pedagogo y zaragocista Víctor Juan recogió en su blog esta anécdota que contó Ricardo Lapetra con motivo del 75 aniversario del Real Zaragoza. Escribe: “Ricardo Lapetra, el hermano de Carlos, dijo que cuando tenían partido en Zaragoza, él y su hermano madrugaban, iban a misa a la catedral y su madre preparaba pronto la comida. Luego recogían a un primo suyo que no se perdía ni un partido y bajaban a Zaragoza en su coche. Casi siempre conducía Carlos. Al llegar a Almudévar se encendían un par de montecristos. Aparcaban el coche junto al campo de fútbol, se cambiaban y jugaban para ser, simplemente, felices”. Desde hoy, el Real Zaragoza busca el camino a Primera y un nuevo Lapetra.

 

*Este aparecía ayer en mi sección de verano en Heraldo de Aragón. 

LA CODICIA DEL AMOR, UN ARTÍCULO DE GUILLERMO BUSUTIL

LA CODICIA DEL AMOR, UN ARTÍCULO DE GUILLERMO BUSUTIL

La codicia del amor

Guillermo Busutil* 23.08.2015 | 05:00

http://www.laopiniondemalaga.es/opinion/2015/08/23/codicia-amor/790342.html

Hace tiempo que una mujer quiere contarme su historia. Me lo dice siempre los últimos días de agosto, enmarcada en la ventana de la heladería donde atiende los sabores del verano. Tiene los ojos azules, al filo de la nieve en el mar. Son hermosos y frágiles. La vida se vislumbra difícil en su fondo. Entreveo que se han roto en cristales rojos y negros en más de una intimidad. No hay rímel ni delineador en gel que logren hacer máscara alrededor del dolor enquistado en una mirada. Ni siquiera cuando sonríe espanta del todo las sombras que jamás cicatrizan en la memoria que contienen. Nunca la apremio a que me cuente. Siempre le digo que aproveche el invierno para grabarla o escribirla en una libreta. Se llama Nieves, como sus ojos. Ha sacado adelante a sus hijos. Transmite educación, humildad y coraje en su manera de trabajar a diario el ajetreo de la vida. Sé que le gusta leer. Incluso mis libros. Su lectura es la que la empuja a prometerme, de vez en cuando, que me entregará su historia para que yo la cuente. Quizás crea que la literatura es una forma de extirpar lo que un día se le murió tan adentro. Tal vez piense que, de ese modo, pueda liberarla del llanto seco y violado que no cesa desde su infancia. Dos veces en familia, su cuerpo forzado por la violencia de la degradación del deseo. Una fiebre con la que los hombres se vencen en despreciables alimañas. La evidencia de la impostura de su hombría. Hoy se le ha derramado encima. No pudo contenerse al oírme decir, a un amigo de paso, que pensaba escribir sobre las mujeres asesinadas. Que estoy harto del delito moral del machismo y sus verdugos.

Conozco más Nieves. Nadie se imaginaría, ante el éxito de sus profesiones o la dulzura que exhiben en la madura felicidad o en la longeva serenidad de sus rostros, que padecieron la grave falta de autoestima y el temblor atónito del miedo golpeado salvajemente. Que en sus labios sangró el silencio reventado. En algunos casos, sus hijos pequeños se entrometieron contra la mano en cólera de un padre y su innoble cobardía. Por este motivo el Parlamento reconoce, desde el pasado 12 de agosto, como víctimas directas a los hijos de las mujeres víctimas de la violencia de género. A los padres, a los maridos, les da igual. Sucede a diario. «Te prometo que voy a cambiar, te quiero, tú lo sabes». Es la consigna del drama. Palabras envenenadas que cada dos días nos desgarran un crimen de género. Mujeres muertas que nos hacen naufragar a todos los hombres que no hemos sabido salvarlas. No basta en la chaqueta el lazo blanco, creado en 1991 por un grupo de canadienses con el objetivo de acabar con la violencia de los hombres hacia las mujeres. Hace falta mucho más. Ellas no dejan de caer a los pies de nuestra vergüenza colectiva y, por si fuese poco, ahora los asesinos sacrifican a sus propios hijos. El más execrable golpe bajo contra la libertad y el amor de una mujer a la que matar en vida.

La macro encuesta de 2015 presentada por el Gobierno hace unos meses era contundente. La violencia de género aumenta en España. No hay tarjeta roja que la expulse de nuestras vidas. Concluía también que la mayoría de las mujeres no interponen denuncia. Un 44% afirma que no lo hicieron porque «no fue lo suficientemente grave» y un 21% por sentir vergüenza. El 21% de las que sí lo hacen terminan retirándola. Lo más lamentable es que ha disminuido el número de mujeres que consiguen la protección que solicitan en los juzgados o la que garantiza la policía. Se debe a que es el único delito en el que el propio sistema judicial cuestiona a la víctima y de ese modo la revictimiza. No es extraño por tanto que en España, donde uno de cada cinco hombres ejerce algún tipo de violencia contra su pareja, sólo una pequeña parte de estas situaciones se denuncie en los juzgados. La mejor manera de solucionar este despropósito es que la atención a las víctimas no estén vinculadas a la denuncia. Y que la Ley sea más contundente con los maltratadores, y los arrincone o los expulse socialmente.

Es prioritario incidir más, a través de la educación temprana en igualdad y en convivencia, en el rechazo de cualquier tipo de violencia y más aún de la ejercida con la coartada del modelo de masculinidad creado por la sociedad. Los malos tratos exigen revisar erróneos valores patriarcales, saber que los celos son un peligroso okupa del corazón. No hay que olvidar el fenómeno de hipersexualización, auspiciado por la publicidad, el cine y las redes sociales, que hace sentir a las niñas que una parte de su valor tiene que ver con la capacidad de seducción por medio del cuerpo. Estas cuestiones, junto a los gestos de desprecio, las humillaciones, las conductas posesivas y los malos tratos, anunciaron el desenlace de muchos casos de violencia de género. Ellas no reaccionaron por la dependencia económica, por los errores del sistema que debería haberlas protegido. Porque no hay cerca una aldea como Umoja, en el norte de Kenia, fundada en 1990 por 15 mujeres víctimas de abusos sexuales por parte de soldados británicos. La aldea acoge a toda mujer que escape del matrimonio infantil, la mutilación genital femenina, la violencia doméstica o la violación. Sólo los hombres criados allí desde niños tienen derecho a vivir en Umoja.

Vendrá la muerte y tendrá tus ojos. No sabía Cesare Pavese que sus versos eran la sangre de la violencia de género. Que a estas horas o más tarde, una novia, una esposa, una hija, una hermana, una madre, morirá de golpe o finalmente del todo. Que sus primeros besos serán cenizas amargas entre los labios. La codicia del amor, tóxico y equivocado, es la raíz de la violencia que decide su muerte.

Contaré un día la historia de Nieves. Y seguiré haciendo lo posible para que el silencio deje de ser el grito de miedo de la mujer que no se atreve a decir NO. Hoy, mañana, siempre. Cada jornada en la que frente a la violencia, yo también soy mujer.

*Guillermo Busutil es escritor y periodista
www.guillermobusutil.com

*la foto es Edouard Boubat.

'LA MÍSTICA DEL HUEVO': UN CUENTO DE BASKET DE M. Á. TAPIA JR.

'LA MÍSTICA DEL HUEVO': UN CUENTO DE BASKET DE M. Á. TAPIA JR.

[Hace muy poco la editorial Comuniter publicaba el libro colectivo ’Transiciones rápidas’, un homenaje al baloncesto, al CAI y los grandes momentos de este deporte. Miguel Ángel Tapia, aficionado al fútbol y al baloncesto y al jazz, entre otras debilidades, publica ahí este texto.]

 

LA MÍSTICA DEL HUEVO*

 

Por Miguel Ángel TAPIA JR.

 

Hace escasas fechas cumplí 41 años de edad. El presente me inquieta y el futuro es una incógnita. Mi vida transcurre sin un rumbo fijo. Soy consciente de que el ser humano no debe alimentarse de los recuerdos pero es inevitable no acordarse de los momentos mágicos que viví durante mi infancia. Me aferro a ellos constantemente en estos tiempos tan convulsos.

Uno de los aspectos positivos de las redes sociales es que te permite rescatar artículos y fotografías de situaciones pretéritas. Y es una situación reconfortante poder visualizar crónicas, estadísticas e imágenes de una de mis pasiones como es el baloncesto. Mi madre me obligó a tirar todas las revistas especializadas en este deporte. Gigantes del Basket y Basket 16 eran mi fuente de documentación, pero ocupaban mucho espacio en mi habitación. No tuve elección. Fue un momento duro tener que deshacerme de publicaciones que me permitían soñar con aquellas leyendas europeas y de la NBA de los maravillosos años 80.

Mis primeras experiencias con el mundo de la canasta tuvieron lugar en el antiguo pabellón de la CAZAR. Tenía solamente 6 añitos. Me aterraba entrar a una cancha donde los bombos y tambores retumbaban sin cesar. Era un ambiente infernal para los rivales del Helios Skol. Los sábados por la tarde se convirtió en mi refugio a pesar de ese ambiente irrespirable que se formaba como consecuencia de la humareda que desprendían los puros y cigarros. En aquel vetusto espacio yo apenas disfrutaba del juego porque siempre encontraba a un aliado para jugar a la pelota debajo de una estructura metálica ubicada detrás de una de las canastas. Eso sí, siempre me llamaba la atención la calidad de Hollis Copeland y la garra de Quino Salvo, un tipo que destacaba por su corpulencia. ¡Y cómo se desgañitaba el maestro Pepe Laso desde el banquillo para dar órdenes a sus pupilos! Areslux Granollers, Cotonificio, Joventut, Baskonia, Barcelona, Real Madrid, OAR Ferrol… ¡Qué tiempos! Recuerdo a muchos jugadores que marcaron una época en nuestro país y a los que sigo idolatrando 35 años después: Margall, Epi, Sibilio, Brabender, Manolo Flores, el “lagarto” De la Cruz, Essie Hollis, Nate Davis…

Zaragoza empezaba a tener su cuota de protagonismo en la Liga Nacional. José Luis Rubio fue el artífice de la edificación de un proyecto. Al “presi” le estaré eternamente agradecido por haber conseguido que viviera con pasión, “in situ” y desde las distancia, las hazañas del equipo de mi ciudad natal por el territorio nacional y en míticas canchas del Viejo Continente. Me inyectó en la sangre su amor por un club al que dedicó en cuerpo y alma prácticamente toda su vida. Pero el salto cualitativo se produjo con el cambio de escenario. A tan solo 200 metros de distancia, en nuestro particular Madison Square Garden. Allí se gestó un equipo con hechuras de campeón. O, al menos, un aspirante a incomodar a equipos más poderosos económicamente.

La Copa del Rey de 1983 fue el punto de inflexión de un club que entró en los corazones de todos los zaragozanos. Aquella estampa de Kevin Magee celebrando el título a hombros de los aficionados aún sigue en nuestras retinas. Se desató la locura. Fue un hito. David contra Goliat. La pantera de Indiana dejó varias víctimas por su voracidad en ambas zonas de la pista. Siempre con la complicidad de Jimmy Allen, su perfecto escudero. Marcellus Starks, Mike Davis, Greg Stewart y David Russell se retiraban a los vestuarios desquiciados. Los que estuvimos en el Huevo fuimos muy afortunados de ser partícipes de dos noches perfectas. Manel Bosch, José Luis “Indio” Díaz, los hermanos Arcega, Paco Zapata, Charly López Rodríguez, Raúl Capablo y Rafael Martínez Sansegundo también se disfrazaron de héroes. Todos ellos al cuidado de Paco Binaburo y bajo las directrices del maestro argentino León Najnudel. Desde entonces no falté a ninguna cita del CAI en ese recinto municipal. Ni las citas musicales de Miles Davis o sir Elton John me sobrecogieron tanto como aquellos épicos partidos que sucedieron al torneo copero. La Recopa o la Korac empezaban a formar parte de la historia de un club con pedigrí.

En esa época, la NBA entró en los hogares españoles con el programa “Cerca de las estrellas”. Ramón Trecet nos introdujo la encarnizada rivalidad entre Lakers y Celtics, el “showtime” de Los Ángeles contra el pragmatismo de las huestes de K.C. Jones, las asistencias imposibles de Magic Johnson, los contraataques de James Worthy, los lanzamientos exteriores de Larry Bird, los vuelos sin motor de Julius Erving, la espectacularidad de Dominique Wilkins, el poderío de las “torres gemelas” de Houston (Olajuwon y Sampson), la facilidad reboteadora de Charles Barkley, la intimidación de Patrick Ewing, el “pick and roll” de John Stockton y Karl Malone… Todos ellos se convirtieron en nuestros ídolos. Desconocía qué era un “draft”. Hasta que el “presi” empezó a reclutar jugadores para su ambicioso equipo. Con el paso del tiempo me doy cuenta de lo privilegiado que fui al disfrutar de jugadores que procedían de esas latitudes. Tipos a los que admiraba por sus ilimitados recursos. ¡El Huevo era mi paraíso! Desfilaron “jugones” de la talla de Kevin Magee, Leon Wood (¡qué calidad!), Pete Myers, Dennis Hopson, Mark Davis, Lemone Lampley, Mel Turpin, José “Piculín” Ortiz, Claude Riley o Eugene McDowell. En definitiva, logré familiarizarme con la NBA. Entonces parecía un sueño inalcanzable.

Pero las competiciones europeas me atraían especialmente. Equipos intimidantes por su historial. El día del partido me resultaba eterno. Solamente pensaba en ir al pabellón para ver a mis ídolos ganar contra “gigantes” del mapa europeo: el Tracer de Milán de McAdoo, Meneghin y D´Antoni, el KK Zadar de Vrankovic, el Zalgiris Kaunas de Sabonis y Kurtinaitis, el Partizan de Belgrado de Divac o el PAOK Salónica de Fasoulas. La élite europea se instaló entre nosotros. A pesar de mi permanente asombro por la trayectoria de estos “cracks”, no suponía ningún impedimento para que en ocasiones el fanatismo hiciera acto de presencia en estos partidos. ¡El Huevo era una olla a presión! Era muy difícil que claudicaran, pero no nos resistíamos.

En los años 90, el panorama deportivo cambió radicalmente. Nuestro pequeño fortín cerró sus puertas al baloncesto. El pabellón Príncipe Felipe, con mayor capacidad de aforo, sería el nuevo lugar de peregrinación. El club agonizaba por sus acuciantes problemas económicos. El “presi” luchó hasta la extenuación para salvarlo. Yo presumía de conocerle por su gran amistad con mis padres y, ante la desesperación por su anunciada desaparición, cogí el teléfono y le pregunté en pleno proceso de ampliación de capital: “¿Qué hay que hacer para que el club no desaparezca?”. Él me contestó con resignación: “La situación es insostenible”. Y, sin pestañear, le espeté lo siguiente: “Quiero contribuir con todos mis ahorros por si existe la posibilidad de una hipotética salvación”. Me replicó con contundencia: “No. Bajo ningún concepto”. Eran 30.000 de las antiguas pesetas a fondo perdido. No soportaba la idea de que hubiera una prolongada ausencia de baloncesto en la ciudad. Incomprensiblemente, las instituciones le dieron la espalda al “presi”. José Luis Rubio no se merecía esta salida.

Nunca he hecho público que en muchas ocasiones me siento en las escaleras de acceso al interior del Huevo pensando que alguna vez me encontraré con algunos de esos jugadores que me hicieron disfrutar del baloncesto en los años 80. Sí, lo reconozco. Soy un soñador. Lo seguiré haciendo. Permitidme soñar aunque suene utópico.

 

Miguel Ángel Tapia

 

*En la foto, Kevin McGee y Jim Allen se fajan con jugadores del Joventut. He tomado la foto de aquí.

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UN CUENTO PARA ÁNGEL ARANSAY

UN CUENTO PARA ÁNGEL ARANSAY

LA PINTURA A TI DEBIDA

 

 

 

(Narración con Dama y enigma)*



Al pintor lo llamaban “El señor de las tabernas”. Si querías encontrarlo, debías buscarlo en las plazas, en las callejas, en las librerías o ante algún palacio. Siempre le gustaba descubrir algo nuevo: un poniente que filtraba sus redes de oro en una esquina con gatos, el fulgor inédito del suelo tras la lluvia, el aroma salobre de una tarde de manifestaciones y rebeldías. Y entonces, en esos lugares, a los que se encaminaba impulsado por el capricho, era prácticamente imposible de localizar. Si querían saber de él y de sus tormentos, debías buscarlo en tal o cual taberna. Allí, ante los periódicos o el primer café del mediodía, estaba “El señor de las tabernas”. El pintor de rostros singulares. El buscador de tesoros, y para él la palabra tesoro quería decir cobijo, atmósferas humeantes de café, tertulias, silencio ideal para garabatear sobre el papel o derramar un minúsculo mar de tinta. O sencillamente leer un nuevo juego de ordenador repleto de cuadros de todos los tiempos. Si se cansaba volvía a casa. Tenía la certeza de que esa fatiga inesperada no era un contratiempo ni hastío de existir: era la señal de que debía pintar, ordenar los bastidores, colocar un nuevo lienzo sobre el caballete. Su estudio era umbrío. A veces, sus amigos más directos decían que quizá tuviese dificultades de visión y que en ese espacio en penumbra la imaginación de sus pinceles deliraba, abría un poro del alma a la luz y adivinaba sus resplandores, sus caricias de fuego, sus aguijones de negra seda de sombra. Uno de sus amigos sostenía que Ángel, ¿o no se llamaba así?, era un visionario.

Un día, quizá en el café “Praga”, levantó sus neblinosos ojos y comprobó que el lugar se había llenado de gente demasiado pronto. Casi todos mezclaban el primer café con un cigarrillo y un vapor oloroso, tal vez algo pestilente y dulzón, se elevaba como un vómito de nieblas. Al fondo, vio algo que le llamó la atención: un rostro claro, casi albino, un pelo más bien negro y ensortijado, y largos pendientes que parecían emular caracolas de nácar. Se detuvo en todo el conjunto: la mujer, con su rebeca, que en ella no parecía una prenda rezagada, los vaqueros ceñidos, que esculpían la cadera exacta para la mano que abraza y aprieta, las nalgas macizas, los muslos. Volvió a la cara: para él, una mujer, el cuerpo del deseo o de la inspiración, la vida íntima de una dama, comenzaba en los ojos, en el óvalo perfectamente encajado en una sonrisa concreta, dibujada en los pómulos vivos, en los dientes que entrechocan. La vio, y quizá no hizo otra cosa que verla, y volver a verla, y remirarla hasta el hartazgo. Sin darse cuenta, sobre un periódico ajeno, la dibujó por vez primera: la faz levemente transfigurada, el pelo tocado de tinta derramada casi a chorro, las orejas, el lóbulo encendido y rosa. Se marchó con alguien, distraída, ajena a la conmoción que había provocado. Apenas media hora después, el pintor, “El señor de las tabernas”, subió a su estudio y buscó en un cajón un bloc sin estrenar y escribió en él: “Cuaderno de dama”. Quizá no se atreviera a pintar o dibujar nada ese día, pero agotó toda la mañana haciendo pruebas: variaciones incesantes de un rostro, modulaciones y bocetos sobre un cuerpo perfecto. 

Sin haber hecho nada, sin esperar nada de la primavera, al pintor se le instaló una obsesión en la sangre y en la mano de artista. Era curioso: ya no iba al bar como antes, con aquel sosiego, con aquel sentido placentero de la conquista de la monotonía. Ahora tenía un nuevo objetivo: quería verla de nuevo. Sentirla cerca al día siguiente y al otro y una semana después, y percibir que estaba adentrándose en el territorio del secreto, del enigma y quizá del mito. La mujer es la mitad del mundo en cuyo vientre tiembla por vez primera el mundo entero. El pintor, silencioso, casi invisible, tomaba nuevos apuntes y les iba poniendo títulos: “Las dos amigas”, “Judith” o “La novia coronada”. Los dibujos eran formas imprecisas, apenas insinuadas, presagios de algo que debía consolidar en la acuarela o en el lienzo. La porfía fue adquiriendo nuevas dimensiones, la seguía, hollaba una y otra vez el rastro de sus pasos, los últimos aromas de su presencia, el traqueteo constante de su belleza y de sus zapatos antes de doblar la esquina y desaparecer como en una calle condenada.

Debía suceder y ocurrió. Cuando caía la tarde, fatigado ya de acumular borradores, figuras envolventes, cabellos, bocas, piernas interminables, colocó un lienzo sobre el caballete, dispersó sus pinturas y sus pinceles y escribió “A Florencia inundada”. Este encadenamiento al enigma duró meses, quizá años. Si preguntaba por la mujer, a la que él la llamaba simplemente la dama (escribía frases así: “La dama vendrá de noche cuando las puertas estén cerradas”; “La dama será virgen y diosa y puta y enamorada”), nadie parecía ni saber dónde trabajaba, ni quién era. ¿De dónde venía, entonces? ¿Sería una de esas apariciones que interrumpe el solaz de un artista y lo condena al desasosiego? ¿Tenía la facultad de atravesar los muros y de habitar los sueños ajenos como en una incómoda pesadilla?

Hacía tiempo que no se sentía tan feliz y a la vez tan desdichado. Era esclavo de una mujer que parecía fugarse a plena luz del sol y a la par recibía de ella un estímulo esencial para crear. “La pintura a ti debida, dama”, anotó. De golpe, merced al milagro de los días y del esfuerzo, era todas las mujeres: Molly Bloom, inquietante y libre, casi sonámbula; las damas de la iconografía cristiana; las damas corrientes, embarazadas, entre flores; las damas antiguas como Antígona o doña Petronila, Magdalena o Atenea, Carmen, la eterna Carmen de la leyenda y el equivocado amor, e incluso inventó una Bella, muerta de golpe ante el estupor de su enamorado, yacente ante el coro de viudos que rezan y le lloran. El “Cuaderno de dama” se llenó de inmediato, y así el siguiente, y el otro, hasta que se completaron ocho blocs numerados. Al cabo de un tiempo, se había vuelto más refinado en la búsqueda y en la persecución: obtuvo su correo electrónico y le remitía una foto de los cuadros que hacía y algún mensaje. Sólo recibió una respuesta: “Gracias, Clara”. Anotó en otra pieza: “Clara y el chal amarillo”. Por fin, ya conocía su nombre. La colección se amplificó de modo increíble, y la dotaba de misterio, de fuerza, de una carnosidad casi ocre y levemente desfigurada que recordaba a El Greco. Pero también era la orgía del color, de la evocación de mundos no siempre contiguos, el gusto de pintar como arte ancestral que se renueva a diario y que siempre es moderno. Heroínas, sibilas, reinas, parcas y madres terribles se amontonaban en su estudio. 

Quizá meses o años después, un camarero del “Praga”, le dijo: “Está a punto de llegar. Hoy voy a presentártela. No debes vivirla sin conocerla”. El pintor, tal vez se llamase Ángel (no estoy seguro del todo), le indicó que no quería conocerla. Se había habituado tanto a soñarla para sus lienzos, a identificarla con el deseo y la hermosura, que no quería estropear una vivencia tan bonita. Apareció la muchacha, se sentó y por vez primera lo miró con detenimiento. “El señor de las tabernas” tragó saliva y observó el papel. Acababa de salirle la figura más bonita que nunca.

 

*Este texto lo escribí para la exposición 'Damas' de Ángel Aransay, que se hizo en el Museo de Zaragoza en 2001.

 

**Esta 'Dama' es Madame Butterfly.