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Antón Castro

VIVIAN MAIER. LA NANNY FOTÓGRAFA

VIVIAN MAIER. LA NANNY FOTÓGRAFA

VERANO 2015. LECTURAS. HERALDO DE ARAGÓN

 

Vivian Maier: la niñera que quiso ser fotógrafa

La increíble historia de esta misteriosa mujer que dejó más de 100.000 negativos de Nueva York y Chicago

 

La vida está llena de enigmas. A veces, según el dictado del azar, surgen pequeños hilillos, imágenes o detalles que conforman un rastro, indican una travesía hacia lo inesperado o el asombro. La realidad es la puerta al misterio más insondable. Y uno de ellos bien podría ser Vivian Maier (Nueva York, 1926-Chicago, 2009), una ‘nanny’ o niñera, de una timidez brutal, que usaba chaquetas y zapatos de hombre, y que iba de aquí para allá con sus niños y con su cámara Rolleiflex. Hacía fotos de casi todo: de mendigos, de borrachos, de gente que pasaba, que va al teatro y, sobre todo, de sí misma. Así, sin que nadie lo supiese, aquella mujer de pelo más bien corto, documentó la existencia cotidiana de Nueva y de Chicago, desde los años 50 hasta principios del siglo XXI. Lo dejaba todo bien anotado: asunto, lugar, etc., llevaba a revelar lo que podía o, sencillamente, guardaba muchos de sus carretes que procedían del extranjero.

Todo empezó en 2007 cuando el joven John Maloof, que estaba preparando un trabajo sobre el Chicago de los 50 y 60, compró en un rastro por 300 dólares un archivo, con positivos y carretes sin revelar, que procedía de un guardamuebles que la familia Ginsberg ya no podía pagar. Se encontró con un curioso material fotográfico (algunos hablan de 30.000 fotos); no le servía del todo para sus proyectos, y decidió rentabilizarlo. Intentó venderlo por internet y además hizo algunas copias. Poco a poco, se olvidó un poco del asunto. Al cabo de algún tiempo, el historiador de la fotografía John Sakula contactó con él, le dijo que era una colección formidable, que la fotógrafa poseía un talento formidable, y que se la compraba.

En ese instante, Maloof decidió seguir el rastro de la misteriosa fotógrafa que tenía parentesco estético con Cartier-Besson, Helen Levitt, Izis o Robert Doisneau, entre otros: preguntó, adquirió una Rolleiflex como la suya, buscó y dio con una de las familias cuyos niños había cuidado, los Gensburgs, durante 17 años, tras pedir un cuarto propio con llave. Había más fotos y recortes y algunos objetos, que adquirió. Incluso llegó a saber cómo había vivido los últimos años: estuvo algún tiempo en la calle hasta que se enteraron los jóvenes, que le alquilaron. Murió pobre; en 2008 sufrió un accidente en la nieve, fue ingresada en un hospital de Oak Park y allí murió en abril de 2009. John Maloof llegó hasta ella dos días tarde.

Tras tantas pesquisas logró recomponer su biografía: supo que Vivian Maier había nacido en Nueva York en 1926. Su padre Charles Maier era austriaco y no tardó en abandonar a su madre, la francesa Marie Jaussaud. Esta se trasladó a su país y se instaló en los Alpes franceses en compañía de una fotógrafa surrealista: Jeanne J. Bernard. Ese hecho ha alimentado la conjetura más que probable de que fuera ella quien le contagiase su pasión por la fotografía.

En 1951 Vivian Maier se marchó a Nueva York, donde vivió hasta 1956, año en el que se desplazó a Chicago. Era socialista, feminista, le gustaba redactar críticas de cine y le apasionaba el inglés. Se sabe que le gustaban muchos los libros de arte y que era lectora y coleccionista de esquelas de los periódicos. De una de esas esquelas, relativas al asesinato de una madre y su hijo, grabó una película en super-8 donde recomponía minuciosamente su biografía a través de los lugares en los que habían estado. Consta que hizo un viaje en 1959 por distintos países como Egipto, Tailandia, Vietnam, Indonesia, Italia... Con un sentido poético y plástico admirable, tiró más de 100.000 fotografías y casi todo se quedó oculto hasta que John Maloof tuvo ese prodigioso golpe de suerte que ya ha hecho correr ríos de tinta. En 2013, Maloof, con Charlie Siskel, produjo y dirigió una película que fue candidata al Oscar: ‘Finding Vivian Maier’ (Buscando a Vivian Maier). No ganó, pero la extraña niñera ya se había convertido en una estrella.

 

LA ANÉCDOTA

Vivian Maier ya no es una desconocida. Su historia ha sido contada incluso en los telediarios. Sus fotos siguen causando admiración y perplejidad y han sido publicadas en varios libros. Era una auténtica cazadora de luz y de contrastes en plena calle. Una mujer que mira de otro modo, con sensibilidad, con un gran sentido de la composición. Quizá lo que más llama la atención de ella son sus autorretratos. Es una maestra de lo que ahora se llaman selfi: se apoya en espejos, en escaparates, en cristales. En 2013 expusieron su obra en Valladolid y en el otoño su archivo visitará Madrid.

 

 

*Este texto corresponde a mi serie diaria de julio y agosto, que concluye hoy con un perfil de Oliver Sacks.

 

EL GRAN DÍA DE MARCELO REYES

EL GRAN DÍA DE MARCELO REYES, PRESENTE Y AUSENTE, EN VERUELA

 


[Si alguien tuviera paciencia para llegar al final, incluyo la elegía de Mohsen Emadi dedicada a Marcelo.]

Fernando Aínsa cuelga en su muro una selección de fotos de la jornada dedicada ayer a la poesía mística y a Marcelo Reyes (1960-2015), que recibió un homenaje impresionante en la iglesia de Santa María de Veruela por la tarde.

Se leyeron muchos poemas, Miguel Mena contó la hermosa historia del futbolín que tenía en casa con el Boca Juniors y el Real Zaragoza, María José Moreno leyó la bellísima elegía de Mohsen Emadi, fue un instante absolutamente mágico y estremecedor, una de las hermanas de Marcelo leyó tres mensajes remitidos por LA familia, Jesús Rubio leyó dos sonetos inéditos de Julio Cortázar, sus alumnos leyeron una carta dirigida al profesor inolvidable, Kike Reyes y otro compañero ejecutaron el 'Canon' de Pachelbel. Luigi Máraez y Alime Hüma cantaron una canción dedicada a él, una canción-retrato (lo hicieron dos veces, con lágrimas en los ojos: por la mañana y por la tarde).

Fue un homenaje entrañable, de veras, sentido, sincero, para el codirector durante trece ediciones del Festival de Poesía de Moncayo... Se mandaron poemas para la ocasión... Se compusieron letras de tango, una de Pepe Alfaro. Chaime Marcuello y compañeros de la Universidad glosaron al compañero. Manuel Forega, fundamental en esta edición de nuevo, le compuso una pieza.

Al final el Silbo Vulnerado -con Carmen Orte y Luis Felipe Alegre en la música y en la poesía- completaron la sesión con Santa Teresa de Jesús, Fray Luis de León y San Juan de la Cruz, y se mezclaron entre el público acompañados de Carlos Herrero y Sole Giménez y un grupo de actrices-monja. No faltó de casi nada. Marcelo Reyes, el enamorado de la música, el profesor de Economía, el gastrónomo, el aventurero del aire, el corredor de maratón, el amigo de los animales, se hizo presente en fotos, en la memoria colectiva y en el afecto unánime. Fue un día inolvidable para Trinidad Ruiz-Marcellán y su gran familia de poetas, escritores, músicos, editores, amigos y gentes del Moncayo.

Cuelgo aquí, de nuevo, la impresionante elegía dedicada por Mohsen Emadi, publicado por Olifante, que leyó ayer la actriz y rapsoda María José Moreno.
Ya lo he dicho: fue un momento increíble, perfecto: la belleza y el temblor de la poesía se mezcló con una hermosa y serena dicción. La voz perfecta.

 

 

MARCELO. UNA ELEGÍA

[Para Marcelo Reyes, 1960-2015]

1

¿Cómo se puede escribir sin fingir
como un actor que se reúne con su acto, 
como un cuerpo que se reúne con su muerte?

¿Cómo se puede regresar a la misma bodega
en el sótano de tu casa,
entre las botellas de vino y los instrumentos rotos
y hombro a hombro, con otros fantasmas,
sentarnos en el sillón 
y fijar la blanca cortina 
de tus sueños?

¿Cómo se puede escuchar la música de tu rechazo, 
tu rechazo a Buenos Aires, 
cuando, al respirar,
bailas tango con la muerte?

¿Sobre ese hilo de viento
cuando hablas con la ausencia de tu madre
en el otro lado del océano, 
cómo se puede, hombro a hombro, 
con tu miedo 
aliviar mi miedo?

2

Pero las lágrimas han de secarse, 
las flores de la tumba se marchitarán; 
tu bodega se encontrará abandonada 
y tu cortina vacía.

Los perros de la casa 
reconocen siempre tu olor,
pero ya no te esperan
detrás de la puerta.

En este lado del océano está lloviendo 
y Buenos Aires no te recuerda, 
pero yo no puedo 
salir del recuerdo de tus brazos. 
La lluvia aún me moja
pero a ti ya no te mojará.

Te quedas ardiendo 
y tu calor 
es toda la intensidad del exilio 
-el doble tartamudeo de la existencia- 
que tú vives sin cuerpo y sin lenguaje. 
Y aún sin cuerpo y sin lenguaje 
abrázame.

3

El corazón de tu destierro 
late en mi cuerpo.
Tu rechazo es mi rechazo. 
Nadie muere dos veces 
y en todas las fotografías 
un solo pronombre nos mira
-hombro a hombro,
borrachos y riendo.-
Un solo pronombre que recuerda 
el calor de nuestras madres,
un pronombre que canta la nana 
y nosotros, perdidos en la música, 
intercambiamos nuestros corazones. 
Tú eras mi lenguaje, Marcelo,
en las noches largas de alcohol y de recuerdos
cuando la palabra no circulaba en mi boca. 
Traducías los sonetos de las distancias 
con la amargura del mate, hasta la mirada y la sonrisa. 
Mi corazón ya no palpita en tu cuerpo 
y tu corazón me hace volar 
por las alturas del abismo.

4

La roca que quebró tus huesos 
era tu infancia. 
Remontabas cada vez más alto 
para caer más duro. 
En la calles de San Juan
el viento sopla como siempre. 
En los campos de Borja 
ningún vino cambia su sabor. 
El tiempo, en cada uno, 
añade algo a la densidad de la ausencia
y la tierra entonces ya no pesa.

Desde la lejanía del lenguaje 
miro tu bodega. 
Los perros vienen y van, 
tu olor está en todo el espacio, 
en la nariz de la poesía 
que mueve su cola, ladra, 
se levanta a dos pies 
y no te encuentra.

5

Toma tu guitarra en la uña del alcohol,
el alcohol en la copa de la pérdida, 
la pérdida en los pasos de la infancia
y los pasos en la antigüedad del lenguaje. 
Toma tu guitarra, 
con cada melodía tu corazón 
bombea sangre a mis órganos.

Remonto el viento 
para caer con más fuerza 
en tus brazos.

(Traducción de Mohsen Emadi y Arturo Loera. Revisión de Ángel Guinda)

 

*La foto de Marcelo Reyes, de 1990, la tomo de aquí: 

http://2.bp.blogspot.com/-g4xOFqUMx0I/VbfQu-6lbfI/AAAAAAAAE2A/Pp6xe0zAlSU/s1600/Marcelo%2BReyes%252C%2B1990.jpg

 

El SILBO VULNERADO, HOY EN VERUELA

[Ayer empezó la XIV Festival Internacional Poesía Moncayo, en honor de Teresa de Jesús y de Marcelo Reyes, codirector del certamen y de Olifante en todos estos años con su compañera Trinidad Ruiz-Marcellán. Hoy habrá ponencias desde las once, una mesa redonda a partir de las once y media con Inés Ramón, Marta Domínguez, José Antonio Conde y Amador Palacios, varias sesiones musicales, un recital de poesía mística, donde distintos poetas, periodistas, actores y rapsodas leerán un poema, y se cerrará el día con otro recital a cargo de El Silbo Vulnerado, que explica abajo su director Luis Felipe Alegre. Hoy es un día especial para la poesía en Veruela, de nuevo.] 

EL SILBO VULNERADO: POESÍA MÍSTICA EN VERUELA, MAÑANA SÁBADO
En Veruela, mañana sábado, a las 19.30 presentaremos un breve recital con poemas de Teresa de Cepeda, Juan de Yepes y Luis de León; carmelitas los dos primeros, signados como santos por la Iglesia Católica y más conocidos como Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz. Luis de León, uno de los más exquisitos poetas del renacimiento español, fue fraile agustino y se le suele anteponer el apócope “fray”.
Comenzaremos la actuación con los versos que destacan en la escasa producción poética atribuida a Teresa, aquellos que glosan la coplilla “Vivo sin vivir en mí / y tan alta vida espero / que muero porque no muero”, ya usada por trovadores como los portugueses Duarte de Brito y Juan Meneses, “el Grande Africano”. También Juan de Yepes compuso otro poema con idéntica estructura partiendo de la misma copla.
De reunir y preparar los escritos de Teresa se ocuparía Luis de León, a quien se sitúa en el territorio, vecino a la mística, de los ascetas. De este admirador de la abulense, se toman tres poemas a los que damos distinto tratamiento. “A la Ascensión” es recitado. Entre las liras de su oda “A Francisco Salinas” se intercala una de las canciones incluidas en ’De Musica libri septem’, el tratado musical dictado por Salinas. “Dictado” decimos, porque el músico había quedado ciego desde niño. Imaginamos a Luis de León en el pasillo de la Universidad salmantina parándose ante el aula vecina de Salinas para escuchar aquellas deliciosas melodías. A la ceguera de Salinas alude la oda: “…que todo lo visible es triste lloro”. Ya con música propia, “A la vida retirada” será representado por el propio fray Luis en su encarnación titiritesca.
“Un pastorcico” , hecho canción por Paco Ibáñez, servirá para recordar al también genial Juan de Yepes. 
En escena estaremos Carmen Orte, Luisfelipe, cantando y recitando. Soledad Jiménez y Karlos Herrero moverán a fray Luis. Y cuatro actrices de la Ribera del Jalón formarán un coro monjil.

El Silbo ha trabajado frecuentemente con la obra de estos autores. Así que tomaremos la música y los elementos escenográficos de nuestro 'Clásicos in versos'. De aquel espectáculo salió el disco (Saga, 1989) de igual título, con canciones y poemas en las voces de Carmen y Luisfelipe.

Y Luis Miguel Bajén se encargó de editar los textos de los poemas en el libro que servía también como guía de la obra.

La edición fue supervisada por Trinidad Ruiz Marcellán. La primera página del libro detalla la ficha técnica del montaje, donde figura como productor ejecutivo Marcelo Reyes, ¡ay!, al que este año en el Festival (que él codirigía con Trinidad) se rendirá homenaje.

*El texto es de Luis Felipe Alegre.  En la foto, lo vemos con la cantante de la compañía Carmen Orte.

PASIÓN LITERARIA DE PILAR SINUÉS

PASIÓN LITERARIA DE PILAR SINUÉS

VERANO 2015. LECTURAS. HERALDO DE ARAGÓN

La pasión literaria de María Pilar Sinués

Historia de la escritora aragonesa del siglo XIX que publicó un centenar de títulos y dirigió ‘El Ángel del Hogar’

 

Antón CASTRO

María Pilar Sinués (Zaragoza, 1835-Madrid, 1893) no pasó inadvertida ni en vida ni después de su muerta. Tenía una gran personalidad, firmó alrededor de un centenar de libros de “narrativa, didácticos y prosa periodística”, según definición del profesor Leonardo Romero Tobar, que equiparaba en un artículo el término didáctico a los manuales de autoayuda de hoy, y fue una mujer leída, conocida, de auténtico éxito, que frecuentó tertulias, que colaboró en periódicos y revistas, que escribió de las mujeres célebres de su tiempo y que mantuvo importantes amistades con los escritores románticos y con la novelista Carolina Coronado, a quien dedicó la novela ‘Premio y castigo’.

De ella, en diferentes momentos, han escrito José Luis Calvo Carilla y Rosa María Andrés, Ana María Navales, que le dedicó varios artículos en HERALDO, Íñigo Sánchez o José Luis Melero, que cuenta en ‘Leer para contarlo’ (Xordica, 2015) su historia de amor y su boda con José Marco Sanchís 81830-1895), el escritor y periodista valenciano, que dirigió ‘La España Musical y Literaria’ y que adaptó su novela ‘El sol de invierno’, antes de que se rompiese la relación.

María Pilar Sinués nació en Zaragoza en 1835 y vivió en su ciudad hasta 1856. Estudió en el convento de Santa Rosa, que estaba en las afueras de la ciudad. Era estudiosa y gran lectora. Pronto se destapó como poeta: en ‘El Avisador’ publicó once composiciones y ‘El Esparterista’ cinco, entre ellos un ‘Poema al Invicto Duque de la Victoria’. Romero Tobar dice que eran poemas religiosos, familiares y levemente políticos. En esa época inicial, según ella recordó, sentía un auténtico fervor literario: se levantaba a las tres o cuatro de la mañana y escribía sus primeras ficciones: sus poemas de ‘Las Vigilias’, leyendas como ‘Luz de luna’, novelas como ‘Margarita’ (1857) y ‘Rosa’ (1857), que ya publicaría en Madrid, aunque al parecer eran anteriores a su partida a la capital de España. En algunos aspectos fue una mujer progresista, que sintonizaba con el sexenio revolucionario (1868-1874). Iba mucho más allá de ese título de ‘El Ángel del Hogar’ (1864-1869), la revista para mujeres que dirigió y que estaba dedicada a su educación moral. Leía a los grandes escritores españoles de su tiempo, como Fernán Caballero, Carolina Coronado o Bécquer, tenía sensibilidad para Heine, y conocía los libros de Chateaubriand, Nodier o el primer Balzac.

Uno de los hechos capitales fue su historia de amor con José Marco. José Luis Melero cita el libro ‘Impresiones y recuerdos’ de Julio Nombela. Cuenta que a “la tertulia del Café de los Ángeles de Madrid, a la que acudían entre otros Gustavo Adolfo Bécquer, José Marco, Julio Nombela y Juan Antonio Viedma, éste llevó una tarde un periódico zaragozano en el que se publicaban unos poemas de cierta poetisa desconocida. Los leyó en alta voz y fueron saludados con largos aplausos. Todos quisieron saber el nombre de la autora. Viedma se lo desveló: se llamaba María Pilar Sinués. Nadie había oído hasta entonces ese nombre”. Coincidieron todos en que sólo una hermosa mujer podía escribir así. “Fue entonces cuando decidieron escribirle una carta en verso. José Marco fue quien se decidió a coger la pluma”. Escribió una epístola rimada, donde le decía que la había leído y que se “había enamorado locamente de ella”. Ella respondió que le había pasado lo mismo, y así, sin conocerse, sin haberse tratado, decidieron casarse por poderes. Esa fue la razón de que María Pilar se trasladase a Madrid en 1856. Se dedicarían algunos libros con los nombres de Pepe y María.

Su carrera fue casi meteórica. Publicó libros de todo tipo, Leonardo Romero habla de un “ciclo de novelas aragonesas”, donde aludió a “mi hermoso y risueño Aragón”. Poco a poco se convirtió en una autora respetada, querida, leída, que reeditaba, moralizante, de grandes éxitos. Vendía sus libros un real más barato que los demás, publicaba en todas partes y fue recibida por los Reyes de España. Con el paso de los años, José Marco la abandonó y su fin fue más bien catastrófico. Federico Sáinz de Robles resumió así el fin de María Pilar Sinués: “Ganó mucho dinero, que dilapidó principescamente en caprichos y romantiquerías. Su última novela fue ‘Morir sola’ y sola murió, pobrísimamente, hallándola muerta su sirvienta al volver a casa”. Era un 19 de diciembre de 1893.

LA ANÉCDOTA

Pilar Sinués empleó el seudónimo de ‘Laura’ en ocasiones. Fue objeto de la atención más bien paternalista de Clarín y vio, como pocos, el lugar de la mujer en la creación, en la tertulia, etc. Además de sus novelas, firmó libros como ‘Un libro para las damas’, ‘Un libro para las madres’, ‘Un libro para los jóvenes’. Y en cierto modo, sin aspavientos pero con solidez, anticipó a figuras de la prensa como Josefina Carabias o Carmen de Burgos, ‘Colombine’. 



VIDA SALVAJE DE CLARICE LISPECTOR

VIDA SALVAJE DE CLARICE LISPECTOR

El alma salvaje de Clarice Lispector

 

Siruela le dedica una biblioteca a esta autora del desarraigo más conmovedor, objeto de más de 10.000 tesis doctorales

 

Antón CASTRO

Clarice Lispector (Chichelnik, Ucrania, 1920-Rio de Janeiro, Brasil, 1977) fue siempre una extranjera en la tierra y en su propia alma. Una palabra como desarraigo, tan dolorosa en todos sus extremos, parece haberse inventado para ella. Ese extrañamiento esencial, mezclado desde niña con una invencible sensación de culpa (su madre quedó paralítica tras el parto, al parecer había sido violada, y murió diez años después), no surgió del cambio de residencia inicial ni tampoco de su vida nómada. Nació en Ucrania, en una aldea minúscula, se trasladó muy pronto a Maceió, y luego a Recife, vivían en la calle Aragão, de ahí a Río y pronto inició su nomadismo físico, tras casarse con un compañero de estudios de Derecho, Maury Gurgel Valente, que hará carrera diplomática: vivió en Nápoles, Berna, Tusquay (Inglaterra), Washington y finalmente regresó a Brasil; siempre se sintió brasileña, de lengua portuguesa, que hablaba con una ‘erre’ afrancesada que jamás quiso pulir.

Allá donde estuvo percibió una soledad inexpugnable. Necesitaba a los amigos y a la par se alejaba de ellos; había un momento en que, más allá de sus cartas, se recluía en el abismo de sí misma para explorar su identidad y la de los fantasmas que la habitaban. Las mujeres de sus libros (Joana, Lucrecia, G. H., Macabea), en el fondo, son un poco como ella y son ella: apasionadas, atormentadas, hipersensibles, obsesivas, luchadoras de instantes de felicidad clandestina. Confesó: “Cuando no escribo, estoy muerta”. Y también anunció: “Soy frágil, incierta, incontrolada”.

La escritura fue su gran pasión y su herida. “Muchas veces escribir es recordar lo que nunca existió”, anotó. Sintió la llamada de la literatura desde muy joven. Aprovechaba cualquier oportunidad de visitar una biblioteca ajena. Cada libro era como una revelación. Junto a los grandes maestros de las letras brasileñas –Machado de Asís, Graciliano Ramos, el joven Jorge Amado...-, se impuso el universo de Katherine Mansfield. Y poco después, tras acabar la universidad, se inició en el periodismo, que fue una de las actividades más constantes de su vida: fue columnista, escribió reportajes, hizo entrevistas, habló de moda y de recetas, usó seudónimos e incluso fue la voz interpuesta de la actriz Ilka Soares. Entonces poseía una belleza salvaje: parece que vivió un romance con el poeta Manuel Bandeira y que se sintió atraída por su gran mentor y cómplice: el escritor homosexual Lúcio Cardoso. Poco antes de casarse en 1943, había escrito ‘Cerca del corazón salvaje’, una novela extraña, un monólogo introspectivo de una mujer, Joana, que se suspende en la lengua (o la poderosa creación verbal), la poesía y la identidad, dentro de una atmósfera perturbadora. El libro fue un éxito, cosechó muchos elogios, le detectaron influjos de James Joyce y Virginia Woolf (cosa que no le gustó mucho) y el poeta Lêdo Ivo, publicado en España por Olifante, la saludó como “una deslumbrada aparición”.

Estuvo casada 16 años, se separó en 1959, fue madre de dos hijos, Pedro y Paulo, siguió publicando: libros infantiles, de relatos como ‘Lazos de familia’ y ‘Felicidad clandestina’, novelas como ‘La araña’, ‘La ciudad sitiada’, ‘La manzana en la oscuridad’, ‘La pasión según GH’ (“Yo miré a la cucaracha viva y en ella descubrí la identidad de mi vida más profunda”, escribe), o ‘La hora de la estrella’, el último de sus textos, la historia de Macabea, una mujer primitiva, pobre y feliz.

Clarice Lispector vivió en condiciones económicas duras. Crió a sus dos hijos con la máquina de escribir muy cerca, apenas reescribía, no volvió a tener un compañero estable; pese a ello dijo: “Fui amada por algunos y conozco la pasión”. En 1966 se quedó dormida con el cigarrillo encendido, se incendió el cuarto y el fuego le dejó rastros en el rostro y en la mano derecha. Un cáncer de útero que se extendió por todo el cuerpo puso fin a sus días en 1977. “El clímax de mi vida será la muerte”, había dicho.

 

LA ANÉCDOTA

 

Siruela siempre ha tenido un amor especial para esta autora que indaga el misterio de la existencia. En 2013, Ofelia Grande y su equipo pusieron en marcha la Biblioteca Clarice Lispector, que iniciaron con sus ‘Cuentos reunidos’, fue una espléndida cuentista y su pieza más famosa se titula ‘Amor’ (el relato de una mujer de 45 centímetros), y con ‘La pasión según GH’. Aparecerán 19 volúmenes, entre ellos una selección de su copiosa correspondencia. En español hay dos biografías recomendables: ‘Clarice. Una vida que se cuenta’ de Nádia Battella Gotlib (Adriana Hidalgo, 2007) y ‘Clarice Lispector’ (Omega, 2001) de Laura Freixas. Carla Guelfenbein se inspiró en ella para su novela ‘Contigo en la distancia’ (Premio Alfaguara, 2015). Se dice que le han dedicado más 8.000 tesis doctorales en Brasil y 3.000 en toda Europa.

LUIS BERDEJO, PINTOR DE LA MUJER

LUIS BERDEJO, PINTOR DE LA MUJER

VERANO 2015. HERALDO DE ARAGÓN

 

Luis Berdejo, el pintor de la mujer

 

Vida y obra de uno de los grandes artistas figurativos aragoneses del siglo XX

 

Antón CASTRO

Si hay en la pintura aragonesa un artista refinado, elegante, con un personal sentido de la composición, un pintor de la mujer, carne hecha luz y materia, ese bien podría ser Luis Berdejo Elipe (Teruel, 1902-1980), a quien el paso del tiempo parece haberlo olvidado, a pesar de la gran exposición antológica en la Lonja de Zaragoza, en 1994, comisariada por Chus Tudelilla. Hijo de un funcionario de Estado de Calatorao y de una turolense, nació en Teruel, pasó dos años en Murcia y regresó su ciudad. Se dice que llegó a ser alumno, jovencísimo, de apenas diez años, de Salvador Gisbert (1851-1912). Su padre murió joven, con 45 años, y él se trasladó, en 1914, a Madrid con su madre y uno de sus hermanos (eran cinco). Se matriculó en la Escuela Especial de Pintura de San Fernando y allí tuvo de profesores a Muñoz Degráin –autor por cierto de un formidable cuadro de ‘Los amantes de Teruel’-, Moreno Carbonero, Romero de Torres y a Joaquín Sorolla, de quien conservaba maravillosos recuerdos por su sabiduría y su proximidad; le decía que tenía alma de escultor más que de pintor. Esa época fue un período de aprendizaje entusiasta. Algunos años después, entre 1922 y 1925, fue becado por la Diputación de Teruel para estudiar en París, en La Grande Chaumérie y en la Académie Colarossi. A su vuelta, participó en la colectiva de Artistas Ibéricos de Madrid y al año siguiente expuso en el Casino Mercantil, con Santiago Pelegrín, piezas de inspiración neocubista. En su ‘Diccionario de las vanguardias en España, 1907-1936’ (Alianza, 1995) Juan Manuel Bonet lo incluye con una foto de sus primeras obras maestras, ‘Cabaret’ (1927) y recuerda que en ese período “trabajó durante un tiempo en una fábrica de tapices en Alicante”. Su crecimiento era indudable: participó en dos ocasiones en el certamen Carnegie de Pittsburgh y en 1931, pensionado por el Estado, se marchó a la Academia de Bellas Artes de Roma: estuvo cinco años, recorrió diversos países de Europa, estudió la pintura al fresco y, poco a poco, se fue inclinando hacia una obra más clasicista, con vínculos con el Noucentisme y quizá con Ramón Casas, Max Sunyer y Arístides Maillol, aunque con su propia impronta y su vitalidad. De esa época es quizá su mejor obra: ‘Clase de dibujo’ (1936), una auténtica maravilla de color, de composición, de atmósfera y de sofisticación poética, que puede verse en el Museo de Zaragoza. Él, modesto y sereno, contempla la escena: ese cuadro es la exaltación luminosa de la belleza del desnudo.

La Guerra Civil lo cogió en Madrid. Se alistó en el ejército republicano y fue herido en dos ocasiones. En una breve autobiografía, redactada a mano, pareció no darle mucha importancia a esa época. Después de la derrota se instaló en Barcelona, tras casarse el día del Pilar de 1939 con la romana Piera Estevan (hija del pintor aragonés Hermenegildo Estevan) y allí residió hasta 1945. Fue entonces cuando se trasladó a Zaragoza para dar clases de dibujo en la Escuela de Bellas Artes, donde permanecería hasta 1962 (entre sus alumnos, figuraron Pascual Blanco y su gran discípulo Francisco Cestero); también fue nombrado conservador del Museo de Zaragoza y académico de Bellas Artes de San Luis.

Pintó mucho, sobre todo retrato, paisaje urbano y bodegón, y perfeccionó su gran obsesión, el desnudo femenino, que es el tema predilecto de su producción. En la exposición de la colección Eduardo Laborda e Iris Lázaro en el Museo Pablo Gargallo vimos dos piezas suyas, de un clasicismo sosegado, casi sobrio, tamizado por el dominio de la luz, el contrapunto, el sentido del color y esa plasticidad en el uso de los diversos matices del ocre o del verde. En 1951expuso una colección de retratos en el Casino Mercantil y se sumó al homenaje al pintor Francisco Marín Bagüés en 1956.

En Barcelona dio clases en la Escuela de Artes Aplicadas y continuó su labor pictórica. Sin perder su vigor expresivo ni la claridad que modula, realizó una amplia serie de cuadros de contenido social y laboral. Falleció en 1980. Algunos artistas actuales, como Laborda, Salavera, el finado Aransay, entre otros, lo valoraban mucho. Jorge Gay le dedicó el cuadro ‘Paisaje de pintor con desasosiego’ (2010).

 

LA ANÉCDOTA

 

El muralista. Luis Berdejo Elipe perteneció a la primera Generación del Niké, que constaba de 18 artistas, según escribió Francisco V. Montalbán en el diario ‘Amanecer’ el 16 de junio de 1946. Sus grandes amigos eran el pintor Pérez Piqueras, el escultor Félix Burriel, el caricaturista y periodista Marcial Buj ‘Chas’. El artista Manuel Navarro López, ingresó en la Academia de San Luis con un discurso sobre su vida y su pintura. En 1954 se inauguró su gran mural del cine Latino, ‘Apolo y las musas’, una obra impresionante y mitológica que aún puede verse. 

20 AÑOS SIN CARLOS LAPETRA

20 AÑOS SIN CARLOS LAPETRA

VERANO 2015. LECTURAS. HERALDO DE ARAGÓN

 

El artista absoluto de la Romareda

 

Se cumplen veinte años de la muerte del mejor futbolista del Real Zaragoza de todos los tiempos: Carlos Lapetra (1938-1995)

 

El fútbol, antes que una identificación, es un juego. A veces hay jugadores que tienen un don: iluminan el estadio con su inteligencia, su fantasía y su clase. Uno de ellos, quizá el mejor zaragocista de todos los tiempos, fue Carlos Lapetra (Zaragoza, 1938-1995): puro ingenio, imaginación, sutileza, magia. Cada jugada al pasar por sus botas ensanchaba sus posibilidades; Lapetra, que enfundaba la camiseta del once, jugaba antes de recibir el balón y jugaba con el balón en el pie. Así lo recuerdan una y otra vez aquellos que vieron y protagonizaron el cuento de ‘Los Magníficos’: Darcy Silveira, ‘Canario’, dice de él que era un genio. Y él creció y se forjó al lado de genios como Pelé, Garrincha, Puskas o Di Stéfano. Y Marcelino, el cabeceador irreductible, señaló en estas mismas páginas: “Esa zurda no era de este mundo”.

Lo era, sin duda, era de este mundo y deslumbraba por doquier: en la Liga española y en Europa. Era una zurda, dicen, que merecía compararse a la del brasileño Mario Lobo Zagallo, a la de Corso, el jugador del Inter que le robó el corazón a la cantante Gigiola Cinquetti, una zurda que anticipó las de Dzajic, Mario ‘Matador’ Kempes y tal vez la del propio Maradona, futbolistas que supieron ser desde el carril izquierdo, o el territorio del diez, auténticos directores de juego. Malabaristas para sí y para los otros.

Carlos Lapetra Coarasa nació accidentalmente en Zaragoza, en 1938, en plena guerra civil. Su padre era agricultor y administrador de fincas, llegó a ser gobernador civil de la capital y tenía un sueño para él: quería que se dedicase a las leyes. Tuvo una infancia feliz y despreocupada. Estudió en San Viátor y luego en el colegio de El Salvador de Zaragoza, donde lo conoció el escritor Javier Fernández de Castro, que suele recordar a “un mozalbete genial en los partidos del recreo: fino, elegante, casi imparable”. Cuando se trasladó a Madrid a estudiar Derecho, fichó por el Guadalajara y jugó allí con su hermano Ricardo, que también iba para figura en la zaga. En la temporada 1959-1960 el Zaragoza lo incorporó a sus filas. Pronto empezaría a lucir.

La Romareda, que se había inaugurado en 1957, descubrió a un futbolista diferente: con un control exquisito, con un regate variado y muy natural, no exactamente veloz pero con gran sentido del ritmo. Poseía plasticidad, virtudes de dirección y sentido de la belleza. Surtió de balones a arietes como Joaquín Murillo, Juan Seminario o el que iba a ser su gran cómplice en el área: el citado Marcelino. En tres semanas de radiante felicidad de junio-julio de 1964 con Luis Belló de míster, el Real Zaragoza de ‘Los Magníficos’ cosecharía dos títulos: la Copa de Ferias y la Copa del Generalísimo, ante el Valencia y ante el Atlético de Madrid. Y no solo eso: Carlos Lapetra era el extremo izquierdo titular de la España que jugó la Eurocopa de 1964 y que se plantó en la final ante la Rusia de Lev Yashine, ‘la araña negra’. Formaba ala con Luis Suárez, el gallego de oro del Inter de Milán. Ambos, técnicamente, eran los fabuladores del balón.

A Lapetra, que participó en trece partidos con la selección, ya lo llamaban “el ingeniero”, “el catedrático”. Era distinto: un jugador moderno que había desplazado levemente su posición, por sugerencia del citado Belló, desde la banda a una zona de organizador y desde allí lanzaba a Canario, a Marcelino, a Reija, a Villa o se internaba él. Si 1964 fue el año de su máximo apogeo, en 1966 el Real Zaragoza conquistó su segunda Copa del Generalísimo ante el Athletic de Iríbar y él participó en el Mundial de Inglaterra-1966.

El equipo estelar del Real Zaragoza, que cosechó elogios y aplausos ininterrumpidos en Inglaterra, se fue desgajando poco a poco. Carlos Lapetra se lesionó en una rodilla ante el Everton y al final, en marzo de 1969, con apenas 30 años, dejó el fútbol. Iba y venía todos los domingos en su Alfa Romeo verde de Huesca y a Zaragoza y viceversa, y ya formaba parte de la leyenda de la ruta.

Se había casado con Clara Lorén en el monasterio de San Juan de la Peña. Años después de la retirada, comentó partidos en Antena 3. Falleció a los 57 años el día de Navidad de 1995, hace dos décadas, tras ver cómo su equipo se coronaba campeón de la Recopa. Zaragocistas de aquí y del mundo lloraron el prematuro adiós de quien había sido el artista absoluto de La Romareda.

 

LA ANÉCDOTA

El pedagogo y zaragocista Víctor Juan recogió en su blog esta anécdota que contó Ricardo Lapetra con motivo del 75 aniversario del Real Zaragoza. Escribe: “Ricardo Lapetra, el hermano de Carlos, dijo que cuando tenían partido en Zaragoza, él y su hermano madrugaban, iban a misa a la catedral y su madre preparaba pronto la comida. Luego recogían a un primo suyo que no se perdía ni un partido y bajaban a Zaragoza en su coche. Casi siempre conducía Carlos. Al llegar a Almudévar se encendían un par de montecristos. Aparcaban el coche junto al campo de fútbol, se cambiaban y jugaban para ser, simplemente, felices”. Desde hoy, el Real Zaragoza busca el camino a Primera y un nuevo Lapetra.

 

*Este aparecía ayer en mi sección de verano en Heraldo de Aragón. 

LA CODICIA DEL AMOR, UN ARTÍCULO DE GUILLERMO BUSUTIL

LA CODICIA DEL AMOR, UN ARTÍCULO DE GUILLERMO BUSUTIL

La codicia del amor

Guillermo Busutil* 23.08.2015 | 05:00

http://www.laopiniondemalaga.es/opinion/2015/08/23/codicia-amor/790342.html

Hace tiempo que una mujer quiere contarme su historia. Me lo dice siempre los últimos días de agosto, enmarcada en la ventana de la heladería donde atiende los sabores del verano. Tiene los ojos azules, al filo de la nieve en el mar. Son hermosos y frágiles. La vida se vislumbra difícil en su fondo. Entreveo que se han roto en cristales rojos y negros en más de una intimidad. No hay rímel ni delineador en gel que logren hacer máscara alrededor del dolor enquistado en una mirada. Ni siquiera cuando sonríe espanta del todo las sombras que jamás cicatrizan en la memoria que contienen. Nunca la apremio a que me cuente. Siempre le digo que aproveche el invierno para grabarla o escribirla en una libreta. Se llama Nieves, como sus ojos. Ha sacado adelante a sus hijos. Transmite educación, humildad y coraje en su manera de trabajar a diario el ajetreo de la vida. Sé que le gusta leer. Incluso mis libros. Su lectura es la que la empuja a prometerme, de vez en cuando, que me entregará su historia para que yo la cuente. Quizás crea que la literatura es una forma de extirpar lo que un día se le murió tan adentro. Tal vez piense que, de ese modo, pueda liberarla del llanto seco y violado que no cesa desde su infancia. Dos veces en familia, su cuerpo forzado por la violencia de la degradación del deseo. Una fiebre con la que los hombres se vencen en despreciables alimañas. La evidencia de la impostura de su hombría. Hoy se le ha derramado encima. No pudo contenerse al oírme decir, a un amigo de paso, que pensaba escribir sobre las mujeres asesinadas. Que estoy harto del delito moral del machismo y sus verdugos.

Conozco más Nieves. Nadie se imaginaría, ante el éxito de sus profesiones o la dulzura que exhiben en la madura felicidad o en la longeva serenidad de sus rostros, que padecieron la grave falta de autoestima y el temblor atónito del miedo golpeado salvajemente. Que en sus labios sangró el silencio reventado. En algunos casos, sus hijos pequeños se entrometieron contra la mano en cólera de un padre y su innoble cobardía. Por este motivo el Parlamento reconoce, desde el pasado 12 de agosto, como víctimas directas a los hijos de las mujeres víctimas de la violencia de género. A los padres, a los maridos, les da igual. Sucede a diario. «Te prometo que voy a cambiar, te quiero, tú lo sabes». Es la consigna del drama. Palabras envenenadas que cada dos días nos desgarran un crimen de género. Mujeres muertas que nos hacen naufragar a todos los hombres que no hemos sabido salvarlas. No basta en la chaqueta el lazo blanco, creado en 1991 por un grupo de canadienses con el objetivo de acabar con la violencia de los hombres hacia las mujeres. Hace falta mucho más. Ellas no dejan de caer a los pies de nuestra vergüenza colectiva y, por si fuese poco, ahora los asesinos sacrifican a sus propios hijos. El más execrable golpe bajo contra la libertad y el amor de una mujer a la que matar en vida.

La macro encuesta de 2015 presentada por el Gobierno hace unos meses era contundente. La violencia de género aumenta en España. No hay tarjeta roja que la expulse de nuestras vidas. Concluía también que la mayoría de las mujeres no interponen denuncia. Un 44% afirma que no lo hicieron porque «no fue lo suficientemente grave» y un 21% por sentir vergüenza. El 21% de las que sí lo hacen terminan retirándola. Lo más lamentable es que ha disminuido el número de mujeres que consiguen la protección que solicitan en los juzgados o la que garantiza la policía. Se debe a que es el único delito en el que el propio sistema judicial cuestiona a la víctima y de ese modo la revictimiza. No es extraño por tanto que en España, donde uno de cada cinco hombres ejerce algún tipo de violencia contra su pareja, sólo una pequeña parte de estas situaciones se denuncie en los juzgados. La mejor manera de solucionar este despropósito es que la atención a las víctimas no estén vinculadas a la denuncia. Y que la Ley sea más contundente con los maltratadores, y los arrincone o los expulse socialmente.

Es prioritario incidir más, a través de la educación temprana en igualdad y en convivencia, en el rechazo de cualquier tipo de violencia y más aún de la ejercida con la coartada del modelo de masculinidad creado por la sociedad. Los malos tratos exigen revisar erróneos valores patriarcales, saber que los celos son un peligroso okupa del corazón. No hay que olvidar el fenómeno de hipersexualización, auspiciado por la publicidad, el cine y las redes sociales, que hace sentir a las niñas que una parte de su valor tiene que ver con la capacidad de seducción por medio del cuerpo. Estas cuestiones, junto a los gestos de desprecio, las humillaciones, las conductas posesivas y los malos tratos, anunciaron el desenlace de muchos casos de violencia de género. Ellas no reaccionaron por la dependencia económica, por los errores del sistema que debería haberlas protegido. Porque no hay cerca una aldea como Umoja, en el norte de Kenia, fundada en 1990 por 15 mujeres víctimas de abusos sexuales por parte de soldados británicos. La aldea acoge a toda mujer que escape del matrimonio infantil, la mutilación genital femenina, la violencia doméstica o la violación. Sólo los hombres criados allí desde niños tienen derecho a vivir en Umoja.

Vendrá la muerte y tendrá tus ojos. No sabía Cesare Pavese que sus versos eran la sangre de la violencia de género. Que a estas horas o más tarde, una novia, una esposa, una hija, una hermana, una madre, morirá de golpe o finalmente del todo. Que sus primeros besos serán cenizas amargas entre los labios. La codicia del amor, tóxico y equivocado, es la raíz de la violencia que decide su muerte.

Contaré un día la historia de Nieves. Y seguiré haciendo lo posible para que el silencio deje de ser el grito de miedo de la mujer que no se atreve a decir NO. Hoy, mañana, siempre. Cada jornada en la que frente a la violencia, yo también soy mujer.

*Guillermo Busutil es escritor y periodista
www.guillermobusutil.com

*la foto es Edouard Boubat.