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Antón Castro

'LA MÍSTICA DEL HUEVO': UN CUENTO DE BASKET DE M. Á. TAPIA JR.

'LA MÍSTICA DEL HUEVO': UN CUENTO DE BASKET DE M. Á. TAPIA JR.

[Hace muy poco la editorial Comuniter publicaba el libro colectivo ’Transiciones rápidas’, un homenaje al baloncesto, al CAI y los grandes momentos de este deporte. Miguel Ángel Tapia, aficionado al fútbol y al baloncesto y al jazz, entre otras debilidades, publica ahí este texto.]

 

LA MÍSTICA DEL HUEVO*

 

Por Miguel Ángel TAPIA JR.

 

Hace escasas fechas cumplí 41 años de edad. El presente me inquieta y el futuro es una incógnita. Mi vida transcurre sin un rumbo fijo. Soy consciente de que el ser humano no debe alimentarse de los recuerdos pero es inevitable no acordarse de los momentos mágicos que viví durante mi infancia. Me aferro a ellos constantemente en estos tiempos tan convulsos.

Uno de los aspectos positivos de las redes sociales es que te permite rescatar artículos y fotografías de situaciones pretéritas. Y es una situación reconfortante poder visualizar crónicas, estadísticas e imágenes de una de mis pasiones como es el baloncesto. Mi madre me obligó a tirar todas las revistas especializadas en este deporte. Gigantes del Basket y Basket 16 eran mi fuente de documentación, pero ocupaban mucho espacio en mi habitación. No tuve elección. Fue un momento duro tener que deshacerme de publicaciones que me permitían soñar con aquellas leyendas europeas y de la NBA de los maravillosos años 80.

Mis primeras experiencias con el mundo de la canasta tuvieron lugar en el antiguo pabellón de la CAZAR. Tenía solamente 6 añitos. Me aterraba entrar a una cancha donde los bombos y tambores retumbaban sin cesar. Era un ambiente infernal para los rivales del Helios Skol. Los sábados por la tarde se convirtió en mi refugio a pesar de ese ambiente irrespirable que se formaba como consecuencia de la humareda que desprendían los puros y cigarros. En aquel vetusto espacio yo apenas disfrutaba del juego porque siempre encontraba a un aliado para jugar a la pelota debajo de una estructura metálica ubicada detrás de una de las canastas. Eso sí, siempre me llamaba la atención la calidad de Hollis Copeland y la garra de Quino Salvo, un tipo que destacaba por su corpulencia. ¡Y cómo se desgañitaba el maestro Pepe Laso desde el banquillo para dar órdenes a sus pupilos! Areslux Granollers, Cotonificio, Joventut, Baskonia, Barcelona, Real Madrid, OAR Ferrol… ¡Qué tiempos! Recuerdo a muchos jugadores que marcaron una época en nuestro país y a los que sigo idolatrando 35 años después: Margall, Epi, Sibilio, Brabender, Manolo Flores, el “lagarto” De la Cruz, Essie Hollis, Nate Davis…

Zaragoza empezaba a tener su cuota de protagonismo en la Liga Nacional. José Luis Rubio fue el artífice de la edificación de un proyecto. Al “presi” le estaré eternamente agradecido por haber conseguido que viviera con pasión, “in situ” y desde las distancia, las hazañas del equipo de mi ciudad natal por el territorio nacional y en míticas canchas del Viejo Continente. Me inyectó en la sangre su amor por un club al que dedicó en cuerpo y alma prácticamente toda su vida. Pero el salto cualitativo se produjo con el cambio de escenario. A tan solo 200 metros de distancia, en nuestro particular Madison Square Garden. Allí se gestó un equipo con hechuras de campeón. O, al menos, un aspirante a incomodar a equipos más poderosos económicamente.

La Copa del Rey de 1983 fue el punto de inflexión de un club que entró en los corazones de todos los zaragozanos. Aquella estampa de Kevin Magee celebrando el título a hombros de los aficionados aún sigue en nuestras retinas. Se desató la locura. Fue un hito. David contra Goliat. La pantera de Indiana dejó varias víctimas por su voracidad en ambas zonas de la pista. Siempre con la complicidad de Jimmy Allen, su perfecto escudero. Marcellus Starks, Mike Davis, Greg Stewart y David Russell se retiraban a los vestuarios desquiciados. Los que estuvimos en el Huevo fuimos muy afortunados de ser partícipes de dos noches perfectas. Manel Bosch, José Luis “Indio” Díaz, los hermanos Arcega, Paco Zapata, Charly López Rodríguez, Raúl Capablo y Rafael Martínez Sansegundo también se disfrazaron de héroes. Todos ellos al cuidado de Paco Binaburo y bajo las directrices del maestro argentino León Najnudel. Desde entonces no falté a ninguna cita del CAI en ese recinto municipal. Ni las citas musicales de Miles Davis o sir Elton John me sobrecogieron tanto como aquellos épicos partidos que sucedieron al torneo copero. La Recopa o la Korac empezaban a formar parte de la historia de un club con pedigrí.

En esa época, la NBA entró en los hogares españoles con el programa “Cerca de las estrellas”. Ramón Trecet nos introdujo la encarnizada rivalidad entre Lakers y Celtics, el “showtime” de Los Ángeles contra el pragmatismo de las huestes de K.C. Jones, las asistencias imposibles de Magic Johnson, los contraataques de James Worthy, los lanzamientos exteriores de Larry Bird, los vuelos sin motor de Julius Erving, la espectacularidad de Dominique Wilkins, el poderío de las “torres gemelas” de Houston (Olajuwon y Sampson), la facilidad reboteadora de Charles Barkley, la intimidación de Patrick Ewing, el “pick and roll” de John Stockton y Karl Malone… Todos ellos se convirtieron en nuestros ídolos. Desconocía qué era un “draft”. Hasta que el “presi” empezó a reclutar jugadores para su ambicioso equipo. Con el paso del tiempo me doy cuenta de lo privilegiado que fui al disfrutar de jugadores que procedían de esas latitudes. Tipos a los que admiraba por sus ilimitados recursos. ¡El Huevo era mi paraíso! Desfilaron “jugones” de la talla de Kevin Magee, Leon Wood (¡qué calidad!), Pete Myers, Dennis Hopson, Mark Davis, Lemone Lampley, Mel Turpin, José “Piculín” Ortiz, Claude Riley o Eugene McDowell. En definitiva, logré familiarizarme con la NBA. Entonces parecía un sueño inalcanzable.

Pero las competiciones europeas me atraían especialmente. Equipos intimidantes por su historial. El día del partido me resultaba eterno. Solamente pensaba en ir al pabellón para ver a mis ídolos ganar contra “gigantes” del mapa europeo: el Tracer de Milán de McAdoo, Meneghin y D´Antoni, el KK Zadar de Vrankovic, el Zalgiris Kaunas de Sabonis y Kurtinaitis, el Partizan de Belgrado de Divac o el PAOK Salónica de Fasoulas. La élite europea se instaló entre nosotros. A pesar de mi permanente asombro por la trayectoria de estos “cracks”, no suponía ningún impedimento para que en ocasiones el fanatismo hiciera acto de presencia en estos partidos. ¡El Huevo era una olla a presión! Era muy difícil que claudicaran, pero no nos resistíamos.

En los años 90, el panorama deportivo cambió radicalmente. Nuestro pequeño fortín cerró sus puertas al baloncesto. El pabellón Príncipe Felipe, con mayor capacidad de aforo, sería el nuevo lugar de peregrinación. El club agonizaba por sus acuciantes problemas económicos. El “presi” luchó hasta la extenuación para salvarlo. Yo presumía de conocerle por su gran amistad con mis padres y, ante la desesperación por su anunciada desaparición, cogí el teléfono y le pregunté en pleno proceso de ampliación de capital: “¿Qué hay que hacer para que el club no desaparezca?”. Él me contestó con resignación: “La situación es insostenible”. Y, sin pestañear, le espeté lo siguiente: “Quiero contribuir con todos mis ahorros por si existe la posibilidad de una hipotética salvación”. Me replicó con contundencia: “No. Bajo ningún concepto”. Eran 30.000 de las antiguas pesetas a fondo perdido. No soportaba la idea de que hubiera una prolongada ausencia de baloncesto en la ciudad. Incomprensiblemente, las instituciones le dieron la espalda al “presi”. José Luis Rubio no se merecía esta salida.

Nunca he hecho público que en muchas ocasiones me siento en las escaleras de acceso al interior del Huevo pensando que alguna vez me encontraré con algunos de esos jugadores que me hicieron disfrutar del baloncesto en los años 80. Sí, lo reconozco. Soy un soñador. Lo seguiré haciendo. Permitidme soñar aunque suene utópico.

 

Miguel Ángel Tapia

 

*En la foto, Kevin McGee y Jim Allen se fajan con jugadores del Joventut. He tomado la foto de aquí.

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UN CUENTO PARA ÁNGEL ARANSAY

UN CUENTO PARA ÁNGEL ARANSAY

LA PINTURA A TI DEBIDA

 

 

 

(Narración con Dama y enigma)*



Al pintor lo llamaban “El señor de las tabernas”. Si querías encontrarlo, debías buscarlo en las plazas, en las callejas, en las librerías o ante algún palacio. Siempre le gustaba descubrir algo nuevo: un poniente que filtraba sus redes de oro en una esquina con gatos, el fulgor inédito del suelo tras la lluvia, el aroma salobre de una tarde de manifestaciones y rebeldías. Y entonces, en esos lugares, a los que se encaminaba impulsado por el capricho, era prácticamente imposible de localizar. Si querían saber de él y de sus tormentos, debías buscarlo en tal o cual taberna. Allí, ante los periódicos o el primer café del mediodía, estaba “El señor de las tabernas”. El pintor de rostros singulares. El buscador de tesoros, y para él la palabra tesoro quería decir cobijo, atmósferas humeantes de café, tertulias, silencio ideal para garabatear sobre el papel o derramar un minúsculo mar de tinta. O sencillamente leer un nuevo juego de ordenador repleto de cuadros de todos los tiempos. Si se cansaba volvía a casa. Tenía la certeza de que esa fatiga inesperada no era un contratiempo ni hastío de existir: era la señal de que debía pintar, ordenar los bastidores, colocar un nuevo lienzo sobre el caballete. Su estudio era umbrío. A veces, sus amigos más directos decían que quizá tuviese dificultades de visión y que en ese espacio en penumbra la imaginación de sus pinceles deliraba, abría un poro del alma a la luz y adivinaba sus resplandores, sus caricias de fuego, sus aguijones de negra seda de sombra. Uno de sus amigos sostenía que Ángel, ¿o no se llamaba así?, era un visionario.

Un día, quizá en el café “Praga”, levantó sus neblinosos ojos y comprobó que el lugar se había llenado de gente demasiado pronto. Casi todos mezclaban el primer café con un cigarrillo y un vapor oloroso, tal vez algo pestilente y dulzón, se elevaba como un vómito de nieblas. Al fondo, vio algo que le llamó la atención: un rostro claro, casi albino, un pelo más bien negro y ensortijado, y largos pendientes que parecían emular caracolas de nácar. Se detuvo en todo el conjunto: la mujer, con su rebeca, que en ella no parecía una prenda rezagada, los vaqueros ceñidos, que esculpían la cadera exacta para la mano que abraza y aprieta, las nalgas macizas, los muslos. Volvió a la cara: para él, una mujer, el cuerpo del deseo o de la inspiración, la vida íntima de una dama, comenzaba en los ojos, en el óvalo perfectamente encajado en una sonrisa concreta, dibujada en los pómulos vivos, en los dientes que entrechocan. La vio, y quizá no hizo otra cosa que verla, y volver a verla, y remirarla hasta el hartazgo. Sin darse cuenta, sobre un periódico ajeno, la dibujó por vez primera: la faz levemente transfigurada, el pelo tocado de tinta derramada casi a chorro, las orejas, el lóbulo encendido y rosa. Se marchó con alguien, distraída, ajena a la conmoción que había provocado. Apenas media hora después, el pintor, “El señor de las tabernas”, subió a su estudio y buscó en un cajón un bloc sin estrenar y escribió en él: “Cuaderno de dama”. Quizá no se atreviera a pintar o dibujar nada ese día, pero agotó toda la mañana haciendo pruebas: variaciones incesantes de un rostro, modulaciones y bocetos sobre un cuerpo perfecto. 

Sin haber hecho nada, sin esperar nada de la primavera, al pintor se le instaló una obsesión en la sangre y en la mano de artista. Era curioso: ya no iba al bar como antes, con aquel sosiego, con aquel sentido placentero de la conquista de la monotonía. Ahora tenía un nuevo objetivo: quería verla de nuevo. Sentirla cerca al día siguiente y al otro y una semana después, y percibir que estaba adentrándose en el territorio del secreto, del enigma y quizá del mito. La mujer es la mitad del mundo en cuyo vientre tiembla por vez primera el mundo entero. El pintor, silencioso, casi invisible, tomaba nuevos apuntes y les iba poniendo títulos: “Las dos amigas”, “Judith” o “La novia coronada”. Los dibujos eran formas imprecisas, apenas insinuadas, presagios de algo que debía consolidar en la acuarela o en el lienzo. La porfía fue adquiriendo nuevas dimensiones, la seguía, hollaba una y otra vez el rastro de sus pasos, los últimos aromas de su presencia, el traqueteo constante de su belleza y de sus zapatos antes de doblar la esquina y desaparecer como en una calle condenada.

Debía suceder y ocurrió. Cuando caía la tarde, fatigado ya de acumular borradores, figuras envolventes, cabellos, bocas, piernas interminables, colocó un lienzo sobre el caballete, dispersó sus pinturas y sus pinceles y escribió “A Florencia inundada”. Este encadenamiento al enigma duró meses, quizá años. Si preguntaba por la mujer, a la que él la llamaba simplemente la dama (escribía frases así: “La dama vendrá de noche cuando las puertas estén cerradas”; “La dama será virgen y diosa y puta y enamorada”), nadie parecía ni saber dónde trabajaba, ni quién era. ¿De dónde venía, entonces? ¿Sería una de esas apariciones que interrumpe el solaz de un artista y lo condena al desasosiego? ¿Tenía la facultad de atravesar los muros y de habitar los sueños ajenos como en una incómoda pesadilla?

Hacía tiempo que no se sentía tan feliz y a la vez tan desdichado. Era esclavo de una mujer que parecía fugarse a plena luz del sol y a la par recibía de ella un estímulo esencial para crear. “La pintura a ti debida, dama”, anotó. De golpe, merced al milagro de los días y del esfuerzo, era todas las mujeres: Molly Bloom, inquietante y libre, casi sonámbula; las damas de la iconografía cristiana; las damas corrientes, embarazadas, entre flores; las damas antiguas como Antígona o doña Petronila, Magdalena o Atenea, Carmen, la eterna Carmen de la leyenda y el equivocado amor, e incluso inventó una Bella, muerta de golpe ante el estupor de su enamorado, yacente ante el coro de viudos que rezan y le lloran. El “Cuaderno de dama” se llenó de inmediato, y así el siguiente, y el otro, hasta que se completaron ocho blocs numerados. Al cabo de un tiempo, se había vuelto más refinado en la búsqueda y en la persecución: obtuvo su correo electrónico y le remitía una foto de los cuadros que hacía y algún mensaje. Sólo recibió una respuesta: “Gracias, Clara”. Anotó en otra pieza: “Clara y el chal amarillo”. Por fin, ya conocía su nombre. La colección se amplificó de modo increíble, y la dotaba de misterio, de fuerza, de una carnosidad casi ocre y levemente desfigurada que recordaba a El Greco. Pero también era la orgía del color, de la evocación de mundos no siempre contiguos, el gusto de pintar como arte ancestral que se renueva a diario y que siempre es moderno. Heroínas, sibilas, reinas, parcas y madres terribles se amontonaban en su estudio. 

Quizá meses o años después, un camarero del “Praga”, le dijo: “Está a punto de llegar. Hoy voy a presentártela. No debes vivirla sin conocerla”. El pintor, tal vez se llamase Ángel (no estoy seguro del todo), le indicó que no quería conocerla. Se había habituado tanto a soñarla para sus lienzos, a identificarla con el deseo y la hermosura, que no quería estropear una vivencia tan bonita. Apareció la muchacha, se sentó y por vez primera lo miró con detenimiento. “El señor de las tabernas” tragó saliva y observó el papel. Acababa de salirle la figura más bonita que nunca.

 

*Este texto lo escribí para la exposición 'Damas' de Ángel Aransay, que se hizo en el Museo de Zaragoza en 2001.

 

**Esta 'Dama' es Madame Butterfly.

ÁNGEL ARANSAY, POR PABLO J. RICO

ÁNGEL ARANSAY, UN PINTOR ZARAGOZANO, SE FUE PARA SIEMPRE…

Por Pablo José RICO

Recién me entero del fallecimiento de Ángel Aransay, un pintor zaragozano, amigo desde casi siempre… Hacía ya más de diez años que no lo veía, pero Ángel estaba en mi memoria “bonita” y estará así pasen otros cien años sin verlo y charlar con él. Conocí a Ángel en los 70’, cuando inicié mi trayectoria en el mundo del arte en Zaragoza, cómo no. Aunque ya era un pintor local reconocido, lo que más me interesaba entonces de Aransay era su actividad como crítico de arte en Aragón Exprés. Sus críticas eran inteligentes, un poco ácidas, no necesariamente complacientes, muy “aragonesas”, es decir, criticonas y un pelín airadas. Crítico es “quien enjuicia con criterio”, y Ángel lo tenía, además de conocimiento y saber escribir…

Como artista me interesó más su estilo propio que sus asuntos y manera de representar. Si hubiera vivido y pintado en otro lugar que no fuera Zaragoza habría formado parte de cierta tendencia internacional postmoderna que se llamó “nuevo manierismo”; Ángel, desde luego, fue un manierista a sabiendas qué significaba eso, no como otros… Era culto y refinado en la pintura, en el arte y la cultura en general, tanto como algo tosco y “marranillo” en las formas y en su vida cotidiana. Pero ninguna de sus manchas en la camisa, sus proverbiales lamparazos, opacó sus pinceladas sabias y sensibles hasta no más poder. Seguramente no ha habido nadie en Zaragoza desde Berdejo que supiera componer imágenes y pinturas con tanta precisión y templanza…

Durante años traté a Aransay casi diariamente: nos veíamos en exposiciones, en actos culturales de todo tipo, frecuentábamos los mismos sitios, los mismos bares hasta la madrugada. Aunque alguna vez se pasaba, su charla casi siempre era más que gratificante, no sólo culta, también divertida. Lo que le perdía un poco era ese tono airado, fuerte, a menudo hipercrítico por cualquier cosa que para los demás era intrascendente. Bueno, dicen que eso es una forma natural de expresarse de los aragoneses, como una lija del 50 (así lo fueron también Goya y Buñuel, por ejemplo)… Algunas veces viajamos juntos, sobre todo a Madrid, para la Feria de ARCO, y una vez a Italia y Venecia a principios de los 80’; fue una delicia aquel viaje, todo lo que vimos juntos y nos entusiasmaba en común de Tiziano, Bellini, Veronés, Tintoretto. Nadie se ha fijado en que uno de los principales referentes pictóricos de Ángel Aransay fue la gran pintura veneciana…

Ángel Aransay siempre fue “residente fijo” en mis exposiciones colectivas de artistas aragoneses, y mira que recibí críticas por ello. Como dije, me interesaba su estilo personalísimo, su condición postmoderna, su “tercera vía” figurativa… En 1987 escribí para él en el catálogo de su exposición retrospectiva en el Palacio de Sástago: "Aransay. El año de Plata". Mi texto se titulaba “Teoría humanística y pintura en Angel Aransay”, y eso era ni más ni menos Ángel, un humanista del siglo XX… ¿Para qué más?

Ángel, amigo, artista, un abrazo largo allí donde estés ahora…

Ángel Aransay Ortega (Zaragoza, 1943-2015), pintor y crítico de arte: Comenzó sus estudios artísticos en Zaragoza, primero en la Academia Cañada y después en la Escuela de Artes Aplicadas. Posteriormente, obtuvo el título de profesor de dibujo en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando de Madrid. Ejerció también la crítica de arte en diversas publicaciones, como los diarios zaragozanos Aragón Exprés y El Noticiero.

Autor de una vasta obra, inició su pintura bajo la influencia de dos maestros: el Picasso cubista y El Greco. Le interesaron mucho la pintura del Renacimiento y del Barroco, pero también la obra de Francis Bacon. Artista con un notable sentido mural, lo que define su inconfundible línea, y que mantuvo durante toda su trayectoria desde 1969. Colores cálidos, planos lisos y rostros que manifiestan diversas situaciones anímicas. Su temática, muy amplia, comprende bodegones, paisajes y, sobre todo, la figura humana, sin olvidar el énfasis sobre lo social y la figura femenina con retratos de gran relevancia. Pintor “espiritual” fuera de cualquier moda… (referencias biográficas tomadas de Wikipedia y Enciclopedia Aragonesa).

Pablo J. Rico
Fotos: “Retrato de ángel Aransay”, de Rogelio Allepuz; Zaragoza antigua, pintura de Ángel Aransay, 1976

*Este texto lo publicó ayer en su facebook. Pablo J. Rico reside en México y es comisario de arte.

ADIÓS AL PINTOR ÁNGEL ARANSAY

ADIÓS AL PINTOR ÁNGEL ARANSAY

HA MUERTO EL PINTOR ÁNGEL ARANSAY

 

Había expuesto ‘Maneras de pintar’ en la Lonja en 2012, un antológica de 43 años creación artística



Antón CASTRO

Esta noche, en el Hospital Militar de Zaragoza, donde llevaba cuatro o cinco días ingresado, murió el pintor Angel Aransay (Zaragoza, 1943-2005), sin duda uno de los artistas más personales y coherentes del arte aragonés de los últimos años. Había expuesto en el palacio de Sástago en 1987 y en la Lonja en 2012, sin duda sus dos muestras más importantes. Pintor místico y pagano, pintor expresionista y figurativo, le apasionaron la noche, la tertulia, la historia del arte, la belleza y el gran poso de la cultura. Fue crítico de arte en ‘Andalán’, ‘El Noticiero’ y ‘El día de Aragón’, entre otros medios, y compiló, con su habitual sentido del humor, un cancionero de jotas guarras.

Se formó en el Estudio de Alejandro Cañada y luego en la Escuela de Bellas Artes. Obtuvo el título de profesor de dibujo en la Academia de Bellas Artes de San Fernando. Regresó a Zaragoza e inició su pintura con dos maestros claros en la retina: el Picasso cubista y El Greco. Le interesaron mucho la pintura del Renacimiento y del Barroco, pero también la obra de Francis Bacon.

Ha realizado una pintura expresionista y figurativa que ha pasado por diversas épocas: hay en él gusto por el bodegón y el paisaje urbano (Zaragoza fue uno de los motivos fundamentales de su producción: el Pilar, algunos bares, el Arco del Deán...), pero también hizo pintura bíblica y mitológica, y mucha obra de trasfondo religioso, a veces en gran formato, realizó homenajes a personajes que admiraba profundamente como Pier Paolo Pasolini. Apasionado por la figura humana, que en el fondo es el tema fundamental de su labor, también pintó muchas mujeres, o sus ‘Damas’ como él las llamaba. Pintor del color, tendía a un cromatismo cálido y liso, con ecos del arte mural.

Además de ser un pintor con personalidad propia, con una trayectoria muy coherente y una iconografía reconocible, era todo un personaje: poseía una vastísima cultura, tenía una curiosidad insaciable por saber, por conocer nuevos artistas y superó algunas de sus limitaciones (el asma, la sordera, la vista) –tal como señala su gran amigo Santiago Gómez Laguna, que estuvo a su lado hasta el último minuto- con pasión, energía y generosidad. “No tenía un carácter fácil, es cierto, pero era sincero y honesto y de una gran sabiduría. Como pintor hay una cosa muy clara: veías una obra suya y sabías que era un ‘Aransay’”. El cuerpo de Ángel Aransay estará desde esta tarde, hacia las seis, en el velatorio 15 del cementerio de Torrero.

*La foto es de José Miguel Marco, de Heraldo de Aragón. Este texto se reproduce hoy en Heraldo.es.

TRES FOTOS DE NICOLE BURTON

El mundo poético y onírico, de cuento de hadas, de Nicole Burton. 

Puede serguirse aquí: parvanaphotography.com

FOTOS: Las he tomado de aquí.

1. https://36.media.tumblr.com/ee974fa6de881dfedd9d78b208d508f3/tumblr_njiw0vbJTD1qesboko1_500.jpg

2.http://41.media.tumblr.com/dd09f36724b305216ce8665bab58e7c5/tumblr_nix1wbbvcY1qesboko1_500.jpg

3. http://41.media.tumblr.com/be1ed3874b562797cc964d1ddde86d31/tumblr_ndppbpYfxA1qesboko1_500.jpg

PROCESO CREADOR DE PILAR BURGES

PROCESO CREADOR DE PILAR BURGES

LECTURAS. VERANO 2015. PILAR BURGES

 

El proceso vital y creador de María Pilar Burges

 

Historia de una pintora moderna y goyesca que contará con un museo en Fayón

 

María Pilar Burges (Zaragoza, 1928-2008) fue una mujer de lemas y de aforismos. En una de las paredes de su casa, con vistas al paseo de la Independencia, podía leerse la cita de Borges: «No hay otra virtud que ser valiente». Ella lo fue. O quiso serlo: una mujer atrevida, moderna, con ideales, deportista, espléndida nadadora. Adoraba a su padre, Juan Antonio Burges, que había sido saltador de pértiga y cofundador del Iberia, pero además había protegido a jóvenes boxeadores y financiado al cantador de jota José Oto. Y su madre era una gran lectora, que se desvivía con la aviación y con las novelas y ensayos de Simone de Beauvoir.

Un día, el padre la invitó al Teatro Principal a ver una función de ballet de ‘El lago de los cisnes’ y Pilar realizó una serie de dibujos que lo deslumbraron. La llevó a las clases de dibujo y publicidad que impartía Manuel Bayo Marín. Aprendió a rotular, a componer y el arte de la paciencia. La belleza nace de la lentitud, le dijo el gran artista recuperado por el pintor Eduardo Laborda. Luego, durante tres años, fue alumna de la profesora y pintora Joaquina Zamora: le explicó que dibujaba muy bien pero que debía perfeccionar el color. Por eso iba casi a diario al Museo de Zaragoza a copiar a los clásicos y a los artistas del siglo XVIII, y solía encontrarse con Francisco Marín Bagüés. Y de cuando en cuando marchaba a Radio Zaragoza a ver y a escuchar a la pianista Pilar Bayona.

Con una beca de la Diputación de Zaragoza estudió en la Escuela de San Jorge de Bellas Artes. Un día vio en HERALDO una convocatoria para pintar un mural en la iglesia de Fayón y se presentó. Ganó y contó con la colaboración de José Gumí, entre otros. Barcelona fue una escuela de incitaciones: se interesó por la ópera y el teatro, y se convirtió en asidua del Liceo. Y no solo eso: aprendió a hacer figurines para la escena, algo que no abandonaría nunca. De vuelta a casa, fundó en 1957, con Pascuala Lobé, especialista en corte y confección, la Escuela de Arte Aplicado Burges, que se prolongaría hasta 1971. En el curso 1960-1961 cumplió uno de sus sueños: se marchó a Roma a continuar aprendiendo y quemando etapas. «Para mí la pintura ha sido una aventura en la que te podías estozolar o desgraciar porque siempre he pintado de verdad. Pintaba toda yo, entregada y de cuerpo entero. He sido una profesional. Soy pintora por realización y he querido aprender, investigar y conocer las técnicas», recordaba. Allí convivió con artistas de 72 países del mundo y era conocida por ‘España’. Rindió homenaje a García Lorca y a textos suyos como ‘Poeta en Nueva York’ y ‘Diván del Tamarit’. De Roma se trasladó a París y se hizo asidua a las funciones del mimo Marcel Marceau y de otros actores.

Regresó a Zaragoza, a sus clases y a su estudio. Pasó por varias fases, pero quizá lo grueso de su obra sea una pintura expresionista, inspirada en las pinturas negras de Goya en parte, con pasión por el color y próxima en algunos cuadros, por esas raras afinidades del azar, a la de Luis García Ochoa. «Quizá mi mejor época sea la del hiperrealismo situacional», opinaba ella. En 1970 firmó un cuadro perturbador y terrible que tiene mucha actualidad estos días de tanta violencia de género: ‘Puro machismo’, que quizá naciese de una desdichada experiencia amorosa en Canarias. María Pilar Burges confesaba que había tenido varias pasiones, que no fraguaron en el tiempo, quizá porque su verdadero amor fueron el arte, el estudio y la soledad. En 1996 volvió a demostrar su ambición: presentó en Madrid su tesis sobre ‘El proceso creador’. Tenía 68 años y una juventud vital que burlaba cualquier cifra. «Vivo despierta» era otro lema y fue algo más que un deseo: la obsesión incesante de su existencia.

 

LA ANÉCDOTA

Pilar Burges fue una mujer de sueños. Si todo sale bien, se habría cumplido uno de ellos: que su obra, la que no vendió («y vendí mucho, mucho», decía) pueda ser exhibida en un lugar público. En tiempos de Javier Lambán, la Diputación de Zaragoza rechazó su legado y sus condiciones con más silencio que elocuencia. El Ayuntamiento de Zaragoza le hizo una Antológica en la Casa de los Morlanes en 2012. Ahora Fayón le destinará un espacio y mostrará sus cuadros, sus dibujos, sus diseños y sus materiales.

 

 

*La foto es de Oliver Duch, fotógrafo de Heraldo de Aragón.

RAFAEL CHIRBES HA MUERTO

Contar de España lo que está sucediendo a tu lado

 

Antón CASTRO

Rafael Chirbes (1949-2015), que se había vuelto imprescindible y quizá el novelista más citado de los últimos años, encarnó como nadie «la literatura del malestar». O lo que también se llamó «la España de la indignación». Una de sus frases favoritas era «yo que sé», como si él en realidad fuese, más que el dueño de un puñado certezas, un explorador, un observador, alguien que mira en derredor y cuenta lo que ve. «Lo que yo cuento es lo que todos teníamos a la vista», dijo. Para él la literatura era conocimiento y la novela que le atraía es la que está dentro de la historia. Cuando repasaba su trayectoria, sentía la inclinación de inscribirse en una tradición: la de Benito Pérez Galdós, sin duda, pero también la del Juan Marsé de ‘Si te dicen que caí’, la del Juan Goytisolo de ‘Señas de identidad’, la de ‘Tiempo de silencio’ de Luis Martín-Santos y la de ‘El Jarama’ de Rafael Sánchez Ferlosio.

Y no solo ellos: no dejaba de resultar curioso que este escritor más bien huraño y austero, retirado en soledad en Benarbeig con sus dos perros, que vivió durante años viajando y escribiendo para la revista ‘Sobremesa’, hubiese contado con la ayuda excepcional de Baltasar Gracián y ‘El Criticón’ para redactar su última ficción: ‘En la orilla’ (Anagrama, 2013), una radiografía de la España de la crisis, de las contradicciones de una familia, a la que llegaba una inmigrante como la colombiana Liliana, de las relaciones entre un padre y un hijo, y de la irrupción de una forma de miedo o de codicia en plena desesperación. Ese libro, tan ferozmente realista, contiene un elemento más o menos simbólico como es el pantano de Olba, esa zona de marjales donde todo ha sucedido (desde el paraíso de la infancia a los horrores de la guerra civil) y donde sigue sucediendo. Chirbes reincidía en sus juicios: «Se ha escrito poco de lo que ha ocurrido a tu lado».  

Rafael Chirbes, que se reveló en 1988 con ‘Mimoun’, ha sido un novelista coherente en la tarea de contar España. Contarla desde la posguerra hasta los estertores del franquismo, como hace en ‘La larga marcha’ (Anagrama, 1996); abordar la muerte de Franco y la incertidumbre general que se avecina, asunto de ‘La caída de Madrid’ (Anagrama, 2000); describir la derrota de las utopías y del sueño revolucionario, argumento de ‘Los viejos amigos’ (Anagrama, 2003).

‘Crematorio’ (Anagrama, 2007) es la novela que le hizo famoso y le reveló como el gran cronista del país de la corrupción y la especulación, la novela-espejo de una hecatombe en la que se atrevió a burlar el maniqueísmo con algo que le apasiona: las voces subjetivas, intensas y rabiosas. Ahí creó uno de sus grandes personajes, Rubén Bertomeu (Pepe Sancho en la serie de televisión), constructor sin escrúpulos, como en ‘En la orilla’ crearía al paradójico carpintero Esteban. Su narrativa, tensa y despiadada, ha influido en jóvenes como Isaac Rosa, Sara Mesa, Menéndez Salmón y quizá, entre los nuestros, en Manuel Vilas.

 *Este artículo aparece hoy en Heraldo de Aragón. La foto es del archivo de ’El País’.

EL ARAGÓN DE KURT HIELSCHER

EL ARAGÓN DE KURT HIELSCHER

El Aragón incógnito de Kurt Hielscher

 

El fotógrafo alemán estuvo cinco años en España, de 1914 a 1919, y visitó Zaragoza, Ansó, Alquézar o Albarracín

 

PIE DE FOTO. KURT HIELSCHER

Panorámica de la muralla de Albarracín que se convertirá casi en un icono de la villa.

 

PIE DE FOTO. KURT HIELSCHER

A Kurt Hielscher le gustó mucho Alquézar. Así captó la plaza con niños que juegan.

 

Antón CASTRO

España fue uno de los grandes espacios románticos de Europa gracias a viajeros, artistas y escritores que dieron una imagen idealizada y tópica: era un país de bandoleros y contrabandistas, toreros, fantasmas, hombres lobo, mujeres misteriosas y apasionadas como la escurridiza Carmen y paisajes deslumbrantes. Merimée, Laborde, Doré, Briet o George Borrow, el vendedor de Biblias, ayudaron a expandir este mito. Quizá por ello vino a España Kurt Hielscher (1881-1948), un joven maestro alemán, antimilitarista, en un viaje de estudios y quizá con un secreto afán: retratar y atrapar sus tradiciones y su magia.

El azar pareció ayudarle: estando aquí estalló la Primera Guerra Mundial y él decidió quedarse. Al parecer ya había estado en 1911. Permaneció casi cinco años, de 1914 a 1919: recorrió más de 45.000 kilómetros, sin guía, y realizó más de 2.000 fotos. Diría: «Retenía en mis fotos todo lo que llamaba mi atención, obras de arte maravillosas, particularidades geográficas, atractivos paisajes, costumbres populares interesantes». De esa cantidad de imágenes, realizó una selección de 304 para un proyecto: ‘La España incógnita’ (Berlín, 1921), volumen que fue editado de inmediato en español e inglés. Ese mismo año, Hielscher le escribió a Alfonso XII y le decía: «España es un gran museo al aire libre, único en su género, que guarda tesoros de arte, de gentes, de épocas».

Kurt Hielscher habló siempre con mucho cariño de su gran compañera de travesía: su cámara. «Mi cámara Zeiss Ikon fue siempre la inseparable y fiel compañera de mis viajes en solitario (...) Lo que mis ojos convertían en propiedad espiritual, lo fijaba para siempre en la foto el ojo de mi compañera de viaje», revelaría, y subraya que en ese lustro fue «desde los ventisqueros de los Pirineos» y las grandes ciudades hasta Tarifa, Elche o Extremadura.

No se puede precisar en qué años o períodos concretos anduvo por Aragón, pero estuvo en las tres provincias. De Zaragoza capital ofrece tres imágenes muy distintas: una instantánea crespuscular del Pilar y el Ebro, de intenso contraste y dramatismo en las nubes; otra de la basílica y el río, más allá de los árboles, serena, luminosa y equilibrada, y a un ‘Aragonés bebiendo en bota’. También visitó Tarazona y Daroca y realizó dos tomas clásicas de paisaje urbano con gente. Kurt Hielscher no parece exactamente un fotógrafo espontáneo que documenta lo que ve; solía hablar con las personas, les pedía que se vistiesen para la ocasión y que posasen. Teruel siempre ha sido una provincia muy fotogénica: el alemán eligió Albarracín y efectuó dos espléndidas composiciones: una con paisanos en una calle típica y otra de la suntuosidad de la muralla, envuelta en humo. Albarracín tenía un aura medieval. Muy cerca de allí, en Guadalaviar, retrató a una joven con cántaro, el río y la iglesia al fondo. También enmarcó a cuatro paisanos en la hornacina de la calle de San Antonio en Manzanera.

De Hielscher no se conservan fotos de Huesca y Teruel capital. O al menos no en el libro; podría ser que sí existan en el archivo que adquirió en 1923 la Hispanic Society. Sus fotos ofrecen un claro paralelismo con bastantes obras de Joaquín Sorolla, sobre todo en las inspiradas en Ansó. Hielscher se anticipó en el registro artístico y etnográfico de un mundo que luego reflejarían Ricardo Compairé, Violant i Simorra, Ortiz Echagüe o Ruth Matilda Anderson. Hielscher captó ibones, montañas,                                                                                                                                                                                                                                                                                                                             estuvo en el valle de Tena y pareció quedarse deslumbrado por Alquézar. Al fin y al cabo, el maestro buscaba la belleza: «He recorrido España por mi propia cuenta, solo para satisfacer mi sed de emociones artísticas».

 

 

LA ANÉCDOTA

Otros álbumes. Después ‘La España incógnita’ (la última edición es de 2006; a veces se le añaden otros vocablos al título: ‘Arquitectura, paisaje y vida popular’), hizo nuevos álbumes de Italia, Dinamarca, Alemania, Austria, Noruega Yugoslavia o Rumanía. El mote que suele adornar su biografía se lo debe a su estancia entre nosotros: «el último viajero romántico».