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Antón Castro

ÁNGEL ARANSAY, POR PABLO J. RICO

ÁNGEL ARANSAY, UN PINTOR ZARAGOZANO, SE FUE PARA SIEMPRE…

Por Pablo José RICO

Recién me entero del fallecimiento de Ángel Aransay, un pintor zaragozano, amigo desde casi siempre… Hacía ya más de diez años que no lo veía, pero Ángel estaba en mi memoria “bonita” y estará así pasen otros cien años sin verlo y charlar con él. Conocí a Ángel en los 70’, cuando inicié mi trayectoria en el mundo del arte en Zaragoza, cómo no. Aunque ya era un pintor local reconocido, lo que más me interesaba entonces de Aransay era su actividad como crítico de arte en Aragón Exprés. Sus críticas eran inteligentes, un poco ácidas, no necesariamente complacientes, muy “aragonesas”, es decir, criticonas y un pelín airadas. Crítico es “quien enjuicia con criterio”, y Ángel lo tenía, además de conocimiento y saber escribir…

Como artista me interesó más su estilo propio que sus asuntos y manera de representar. Si hubiera vivido y pintado en otro lugar que no fuera Zaragoza habría formado parte de cierta tendencia internacional postmoderna que se llamó “nuevo manierismo”; Ángel, desde luego, fue un manierista a sabiendas qué significaba eso, no como otros… Era culto y refinado en la pintura, en el arte y la cultura en general, tanto como algo tosco y “marranillo” en las formas y en su vida cotidiana. Pero ninguna de sus manchas en la camisa, sus proverbiales lamparazos, opacó sus pinceladas sabias y sensibles hasta no más poder. Seguramente no ha habido nadie en Zaragoza desde Berdejo que supiera componer imágenes y pinturas con tanta precisión y templanza…

Durante años traté a Aransay casi diariamente: nos veíamos en exposiciones, en actos culturales de todo tipo, frecuentábamos los mismos sitios, los mismos bares hasta la madrugada. Aunque alguna vez se pasaba, su charla casi siempre era más que gratificante, no sólo culta, también divertida. Lo que le perdía un poco era ese tono airado, fuerte, a menudo hipercrítico por cualquier cosa que para los demás era intrascendente. Bueno, dicen que eso es una forma natural de expresarse de los aragoneses, como una lija del 50 (así lo fueron también Goya y Buñuel, por ejemplo)… Algunas veces viajamos juntos, sobre todo a Madrid, para la Feria de ARCO, y una vez a Italia y Venecia a principios de los 80’; fue una delicia aquel viaje, todo lo que vimos juntos y nos entusiasmaba en común de Tiziano, Bellini, Veronés, Tintoretto. Nadie se ha fijado en que uno de los principales referentes pictóricos de Ángel Aransay fue la gran pintura veneciana…

Ángel Aransay siempre fue “residente fijo” en mis exposiciones colectivas de artistas aragoneses, y mira que recibí críticas por ello. Como dije, me interesaba su estilo personalísimo, su condición postmoderna, su “tercera vía” figurativa… En 1987 escribí para él en el catálogo de su exposición retrospectiva en el Palacio de Sástago: "Aransay. El año de Plata". Mi texto se titulaba “Teoría humanística y pintura en Angel Aransay”, y eso era ni más ni menos Ángel, un humanista del siglo XX… ¿Para qué más?

Ángel, amigo, artista, un abrazo largo allí donde estés ahora…

Ángel Aransay Ortega (Zaragoza, 1943-2015), pintor y crítico de arte: Comenzó sus estudios artísticos en Zaragoza, primero en la Academia Cañada y después en la Escuela de Artes Aplicadas. Posteriormente, obtuvo el título de profesor de dibujo en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando de Madrid. Ejerció también la crítica de arte en diversas publicaciones, como los diarios zaragozanos Aragón Exprés y El Noticiero.

Autor de una vasta obra, inició su pintura bajo la influencia de dos maestros: el Picasso cubista y El Greco. Le interesaron mucho la pintura del Renacimiento y del Barroco, pero también la obra de Francis Bacon. Artista con un notable sentido mural, lo que define su inconfundible línea, y que mantuvo durante toda su trayectoria desde 1969. Colores cálidos, planos lisos y rostros que manifiestan diversas situaciones anímicas. Su temática, muy amplia, comprende bodegones, paisajes y, sobre todo, la figura humana, sin olvidar el énfasis sobre lo social y la figura femenina con retratos de gran relevancia. Pintor “espiritual” fuera de cualquier moda… (referencias biográficas tomadas de Wikipedia y Enciclopedia Aragonesa).

Pablo J. Rico
Fotos: “Retrato de ángel Aransay”, de Rogelio Allepuz; Zaragoza antigua, pintura de Ángel Aransay, 1976

*Este texto lo publicó ayer en su facebook. Pablo J. Rico reside en México y es comisario de arte.

ADIÓS AL PINTOR ÁNGEL ARANSAY

ADIÓS AL PINTOR ÁNGEL ARANSAY

HA MUERTO EL PINTOR ÁNGEL ARANSAY

 

Había expuesto ‘Maneras de pintar’ en la Lonja en 2012, un antológica de 43 años creación artística



Antón CASTRO

Esta noche, en el Hospital Militar de Zaragoza, donde llevaba cuatro o cinco días ingresado, murió el pintor Angel Aransay (Zaragoza, 1943-2005), sin duda uno de los artistas más personales y coherentes del arte aragonés de los últimos años. Había expuesto en el palacio de Sástago en 1987 y en la Lonja en 2012, sin duda sus dos muestras más importantes. Pintor místico y pagano, pintor expresionista y figurativo, le apasionaron la noche, la tertulia, la historia del arte, la belleza y el gran poso de la cultura. Fue crítico de arte en ‘Andalán’, ‘El Noticiero’ y ‘El día de Aragón’, entre otros medios, y compiló, con su habitual sentido del humor, un cancionero de jotas guarras.

Se formó en el Estudio de Alejandro Cañada y luego en la Escuela de Bellas Artes. Obtuvo el título de profesor de dibujo en la Academia de Bellas Artes de San Fernando. Regresó a Zaragoza e inició su pintura con dos maestros claros en la retina: el Picasso cubista y El Greco. Le interesaron mucho la pintura del Renacimiento y del Barroco, pero también la obra de Francis Bacon.

Ha realizado una pintura expresionista y figurativa que ha pasado por diversas épocas: hay en él gusto por el bodegón y el paisaje urbano (Zaragoza fue uno de los motivos fundamentales de su producción: el Pilar, algunos bares, el Arco del Deán...), pero también hizo pintura bíblica y mitológica, y mucha obra de trasfondo religioso, a veces en gran formato, realizó homenajes a personajes que admiraba profundamente como Pier Paolo Pasolini. Apasionado por la figura humana, que en el fondo es el tema fundamental de su labor, también pintó muchas mujeres, o sus ‘Damas’ como él las llamaba. Pintor del color, tendía a un cromatismo cálido y liso, con ecos del arte mural.

Además de ser un pintor con personalidad propia, con una trayectoria muy coherente y una iconografía reconocible, era todo un personaje: poseía una vastísima cultura, tenía una curiosidad insaciable por saber, por conocer nuevos artistas y superó algunas de sus limitaciones (el asma, la sordera, la vista) –tal como señala su gran amigo Santiago Gómez Laguna, que estuvo a su lado hasta el último minuto- con pasión, energía y generosidad. “No tenía un carácter fácil, es cierto, pero era sincero y honesto y de una gran sabiduría. Como pintor hay una cosa muy clara: veías una obra suya y sabías que era un ‘Aransay’”. El cuerpo de Ángel Aransay estará desde esta tarde, hacia las seis, en el velatorio 15 del cementerio de Torrero.

*La foto es de José Miguel Marco, de Heraldo de Aragón. Este texto se reproduce hoy en Heraldo.es.

TRES FOTOS DE NICOLE BURTON

El mundo poético y onírico, de cuento de hadas, de Nicole Burton. 

Puede serguirse aquí: parvanaphotography.com

FOTOS: Las he tomado de aquí.

1. https://36.media.tumblr.com/ee974fa6de881dfedd9d78b208d508f3/tumblr_njiw0vbJTD1qesboko1_500.jpg

2.http://41.media.tumblr.com/dd09f36724b305216ce8665bab58e7c5/tumblr_nix1wbbvcY1qesboko1_500.jpg

3. http://41.media.tumblr.com/be1ed3874b562797cc964d1ddde86d31/tumblr_ndppbpYfxA1qesboko1_500.jpg

PROCESO CREADOR DE PILAR BURGES

PROCESO CREADOR DE PILAR BURGES

LECTURAS. VERANO 2015. PILAR BURGES

 

El proceso vital y creador de María Pilar Burges

 

Historia de una pintora moderna y goyesca que contará con un museo en Fayón

 

María Pilar Burges (Zaragoza, 1928-2008) fue una mujer de lemas y de aforismos. En una de las paredes de su casa, con vistas al paseo de la Independencia, podía leerse la cita de Borges: «No hay otra virtud que ser valiente». Ella lo fue. O quiso serlo: una mujer atrevida, moderna, con ideales, deportista, espléndida nadadora. Adoraba a su padre, Juan Antonio Burges, que había sido saltador de pértiga y cofundador del Iberia, pero además había protegido a jóvenes boxeadores y financiado al cantador de jota José Oto. Y su madre era una gran lectora, que se desvivía con la aviación y con las novelas y ensayos de Simone de Beauvoir.

Un día, el padre la invitó al Teatro Principal a ver una función de ballet de ‘El lago de los cisnes’ y Pilar realizó una serie de dibujos que lo deslumbraron. La llevó a las clases de dibujo y publicidad que impartía Manuel Bayo Marín. Aprendió a rotular, a componer y el arte de la paciencia. La belleza nace de la lentitud, le dijo el gran artista recuperado por el pintor Eduardo Laborda. Luego, durante tres años, fue alumna de la profesora y pintora Joaquina Zamora: le explicó que dibujaba muy bien pero que debía perfeccionar el color. Por eso iba casi a diario al Museo de Zaragoza a copiar a los clásicos y a los artistas del siglo XVIII, y solía encontrarse con Francisco Marín Bagüés. Y de cuando en cuando marchaba a Radio Zaragoza a ver y a escuchar a la pianista Pilar Bayona.

Con una beca de la Diputación de Zaragoza estudió en la Escuela de San Jorge de Bellas Artes. Un día vio en HERALDO una convocatoria para pintar un mural en la iglesia de Fayón y se presentó. Ganó y contó con la colaboración de José Gumí, entre otros. Barcelona fue una escuela de incitaciones: se interesó por la ópera y el teatro, y se convirtió en asidua del Liceo. Y no solo eso: aprendió a hacer figurines para la escena, algo que no abandonaría nunca. De vuelta a casa, fundó en 1957, con Pascuala Lobé, especialista en corte y confección, la Escuela de Arte Aplicado Burges, que se prolongaría hasta 1971. En el curso 1960-1961 cumplió uno de sus sueños: se marchó a Roma a continuar aprendiendo y quemando etapas. «Para mí la pintura ha sido una aventura en la que te podías estozolar o desgraciar porque siempre he pintado de verdad. Pintaba toda yo, entregada y de cuerpo entero. He sido una profesional. Soy pintora por realización y he querido aprender, investigar y conocer las técnicas», recordaba. Allí convivió con artistas de 72 países del mundo y era conocida por ‘España’. Rindió homenaje a García Lorca y a textos suyos como ‘Poeta en Nueva York’ y ‘Diván del Tamarit’. De Roma se trasladó a París y se hizo asidua a las funciones del mimo Marcel Marceau y de otros actores.

Regresó a Zaragoza, a sus clases y a su estudio. Pasó por varias fases, pero quizá lo grueso de su obra sea una pintura expresionista, inspirada en las pinturas negras de Goya en parte, con pasión por el color y próxima en algunos cuadros, por esas raras afinidades del azar, a la de Luis García Ochoa. «Quizá mi mejor época sea la del hiperrealismo situacional», opinaba ella. En 1970 firmó un cuadro perturbador y terrible que tiene mucha actualidad estos días de tanta violencia de género: ‘Puro machismo’, que quizá naciese de una desdichada experiencia amorosa en Canarias. María Pilar Burges confesaba que había tenido varias pasiones, que no fraguaron en el tiempo, quizá porque su verdadero amor fueron el arte, el estudio y la soledad. En 1996 volvió a demostrar su ambición: presentó en Madrid su tesis sobre ‘El proceso creador’. Tenía 68 años y una juventud vital que burlaba cualquier cifra. «Vivo despierta» era otro lema y fue algo más que un deseo: la obsesión incesante de su existencia.

 

LA ANÉCDOTA

Pilar Burges fue una mujer de sueños. Si todo sale bien, se habría cumplido uno de ellos: que su obra, la que no vendió («y vendí mucho, mucho», decía) pueda ser exhibida en un lugar público. En tiempos de Javier Lambán, la Diputación de Zaragoza rechazó su legado y sus condiciones con más silencio que elocuencia. El Ayuntamiento de Zaragoza le hizo una Antológica en la Casa de los Morlanes en 2012. Ahora Fayón le destinará un espacio y mostrará sus cuadros, sus dibujos, sus diseños y sus materiales.

 

 

*La foto es de Oliver Duch, fotógrafo de Heraldo de Aragón.

RAFAEL CHIRBES HA MUERTO

Contar de España lo que está sucediendo a tu lado

 

Antón CASTRO

Rafael Chirbes (1949-2015), que se había vuelto imprescindible y quizá el novelista más citado de los últimos años, encarnó como nadie «la literatura del malestar». O lo que también se llamó «la España de la indignación». Una de sus frases favoritas era «yo que sé», como si él en realidad fuese, más que el dueño de un puñado certezas, un explorador, un observador, alguien que mira en derredor y cuenta lo que ve. «Lo que yo cuento es lo que todos teníamos a la vista», dijo. Para él la literatura era conocimiento y la novela que le atraía es la que está dentro de la historia. Cuando repasaba su trayectoria, sentía la inclinación de inscribirse en una tradición: la de Benito Pérez Galdós, sin duda, pero también la del Juan Marsé de ‘Si te dicen que caí’, la del Juan Goytisolo de ‘Señas de identidad’, la de ‘Tiempo de silencio’ de Luis Martín-Santos y la de ‘El Jarama’ de Rafael Sánchez Ferlosio.

Y no solo ellos: no dejaba de resultar curioso que este escritor más bien huraño y austero, retirado en soledad en Benarbeig con sus dos perros, que vivió durante años viajando y escribiendo para la revista ‘Sobremesa’, hubiese contado con la ayuda excepcional de Baltasar Gracián y ‘El Criticón’ para redactar su última ficción: ‘En la orilla’ (Anagrama, 2013), una radiografía de la España de la crisis, de las contradicciones de una familia, a la que llegaba una inmigrante como la colombiana Liliana, de las relaciones entre un padre y un hijo, y de la irrupción de una forma de miedo o de codicia en plena desesperación. Ese libro, tan ferozmente realista, contiene un elemento más o menos simbólico como es el pantano de Olba, esa zona de marjales donde todo ha sucedido (desde el paraíso de la infancia a los horrores de la guerra civil) y donde sigue sucediendo. Chirbes reincidía en sus juicios: «Se ha escrito poco de lo que ha ocurrido a tu lado».  

Rafael Chirbes, que se reveló en 1988 con ‘Mimoun’, ha sido un novelista coherente en la tarea de contar España. Contarla desde la posguerra hasta los estertores del franquismo, como hace en ‘La larga marcha’ (Anagrama, 1996); abordar la muerte de Franco y la incertidumbre general que se avecina, asunto de ‘La caída de Madrid’ (Anagrama, 2000); describir la derrota de las utopías y del sueño revolucionario, argumento de ‘Los viejos amigos’ (Anagrama, 2003).

‘Crematorio’ (Anagrama, 2007) es la novela que le hizo famoso y le reveló como el gran cronista del país de la corrupción y la especulación, la novela-espejo de una hecatombe en la que se atrevió a burlar el maniqueísmo con algo que le apasiona: las voces subjetivas, intensas y rabiosas. Ahí creó uno de sus grandes personajes, Rubén Bertomeu (Pepe Sancho en la serie de televisión), constructor sin escrúpulos, como en ‘En la orilla’ crearía al paradójico carpintero Esteban. Su narrativa, tensa y despiadada, ha influido en jóvenes como Isaac Rosa, Sara Mesa, Menéndez Salmón y quizá, entre los nuestros, en Manuel Vilas.

 *Este artículo aparece hoy en Heraldo de Aragón. La foto es del archivo de ’El País’.

EL ARAGÓN DE KURT HIELSCHER

EL ARAGÓN DE KURT HIELSCHER

El Aragón incógnito de Kurt Hielscher

 

El fotógrafo alemán estuvo cinco años en España, de 1914 a 1919, y visitó Zaragoza, Ansó, Alquézar o Albarracín

 

PIE DE FOTO. KURT HIELSCHER

Panorámica de la muralla de Albarracín que se convertirá casi en un icono de la villa.

 

PIE DE FOTO. KURT HIELSCHER

A Kurt Hielscher le gustó mucho Alquézar. Así captó la plaza con niños que juegan.

 

Antón CASTRO

España fue uno de los grandes espacios románticos de Europa gracias a viajeros, artistas y escritores que dieron una imagen idealizada y tópica: era un país de bandoleros y contrabandistas, toreros, fantasmas, hombres lobo, mujeres misteriosas y apasionadas como la escurridiza Carmen y paisajes deslumbrantes. Merimée, Laborde, Doré, Briet o George Borrow, el vendedor de Biblias, ayudaron a expandir este mito. Quizá por ello vino a España Kurt Hielscher (1881-1948), un joven maestro alemán, antimilitarista, en un viaje de estudios y quizá con un secreto afán: retratar y atrapar sus tradiciones y su magia.

El azar pareció ayudarle: estando aquí estalló la Primera Guerra Mundial y él decidió quedarse. Al parecer ya había estado en 1911. Permaneció casi cinco años, de 1914 a 1919: recorrió más de 45.000 kilómetros, sin guía, y realizó más de 2.000 fotos. Diría: «Retenía en mis fotos todo lo que llamaba mi atención, obras de arte maravillosas, particularidades geográficas, atractivos paisajes, costumbres populares interesantes». De esa cantidad de imágenes, realizó una selección de 304 para un proyecto: ‘La España incógnita’ (Berlín, 1921), volumen que fue editado de inmediato en español e inglés. Ese mismo año, Hielscher le escribió a Alfonso XII y le decía: «España es un gran museo al aire libre, único en su género, que guarda tesoros de arte, de gentes, de épocas».

Kurt Hielscher habló siempre con mucho cariño de su gran compañera de travesía: su cámara. «Mi cámara Zeiss Ikon fue siempre la inseparable y fiel compañera de mis viajes en solitario (...) Lo que mis ojos convertían en propiedad espiritual, lo fijaba para siempre en la foto el ojo de mi compañera de viaje», revelaría, y subraya que en ese lustro fue «desde los ventisqueros de los Pirineos» y las grandes ciudades hasta Tarifa, Elche o Extremadura.

No se puede precisar en qué años o períodos concretos anduvo por Aragón, pero estuvo en las tres provincias. De Zaragoza capital ofrece tres imágenes muy distintas: una instantánea crespuscular del Pilar y el Ebro, de intenso contraste y dramatismo en las nubes; otra de la basílica y el río, más allá de los árboles, serena, luminosa y equilibrada, y a un ‘Aragonés bebiendo en bota’. También visitó Tarazona y Daroca y realizó dos tomas clásicas de paisaje urbano con gente. Kurt Hielscher no parece exactamente un fotógrafo espontáneo que documenta lo que ve; solía hablar con las personas, les pedía que se vistiesen para la ocasión y que posasen. Teruel siempre ha sido una provincia muy fotogénica: el alemán eligió Albarracín y efectuó dos espléndidas composiciones: una con paisanos en una calle típica y otra de la suntuosidad de la muralla, envuelta en humo. Albarracín tenía un aura medieval. Muy cerca de allí, en Guadalaviar, retrató a una joven con cántaro, el río y la iglesia al fondo. También enmarcó a cuatro paisanos en la hornacina de la calle de San Antonio en Manzanera.

De Hielscher no se conservan fotos de Huesca y Teruel capital. O al menos no en el libro; podría ser que sí existan en el archivo que adquirió en 1923 la Hispanic Society. Sus fotos ofrecen un claro paralelismo con bastantes obras de Joaquín Sorolla, sobre todo en las inspiradas en Ansó. Hielscher se anticipó en el registro artístico y etnográfico de un mundo que luego reflejarían Ricardo Compairé, Violant i Simorra, Ortiz Echagüe o Ruth Matilda Anderson. Hielscher captó ibones, montañas,                                                                                                                                                                                                                                                                                                                             estuvo en el valle de Tena y pareció quedarse deslumbrado por Alquézar. Al fin y al cabo, el maestro buscaba la belleza: «He recorrido España por mi propia cuenta, solo para satisfacer mi sed de emociones artísticas».

 

 

LA ANÉCDOTA

Otros álbumes. Después ‘La España incógnita’ (la última edición es de 2006; a veces se le añaden otros vocablos al título: ‘Arquitectura, paisaje y vida popular’), hizo nuevos álbumes de Italia, Dinamarca, Alemania, Austria, Noruega Yugoslavia o Rumanía. El mote que suele adornar su biografía se lo debe a su estancia entre nosotros: «el último viajero romántico». 

JAVIER RUIBAL: 35 AÑOS EN ESCENA

JAVIER RUIBAL: 35 AÑOS EN ESCENA

JAVIER RUIBAL:

 

EL GALANTEADOR DE LA ISLA DE LAS MUJERES

 

[El próximo mes de septiembre Javier Ruibal celebra sus 35 años en la música con tres conciertos. Recupero este texto que le dediqué hace algún tiempo para un libro del escritor y experto en música Luis García Gil.]

 

Por Antón CASTRO

“Javier Ruibal no ha llegado a las plazas de toros o ha llegado a muy pocas y, sin embargo, toca por todo el mundo, tiene un prestigio inmenso. Yo llegué un día en Santo Domingo a casa de Juan Luis Guerra y me sacó un disco de Javier Ruibal como si fuera oro. Es magnífico y para serlo no tiene necesidad de llenar el Bernabéu”. Así ha definido en una larga entrevista Joaquín Sabina a Javier Ruibal (Puerto de Santa María, Cádiz, 1955). Este tipo de elogios son frecuentes hacia este trovador sensual y lírico que se afirma en los sonidos negros del flamenco y abraza en cántico apasionado y galante el jazz, el rock o infinidad de sonidos magrebíes, judíos, turcos y caribeños.


Javier Ruibal es un cantante con magia; y la magia vibra en su voz, en su melodía, en su inspiración arrebatada que habla de seres marginados, de prostitutas, de enamorados irremediables, de los gitanos, de la pasión y del mar, ese mar que va y viene y adormece en la bahía con furia tranquila. Paisano de Rafael Alberti, el rumor del oleaje habita en el temblor de su voz y en el corazón salino de sus versos. Para muchos, Ruibal encarna “el músico de culto” (no hay más que entrar en su página web para comprobar el volumen de “ruibalanos” del mundo), y tal vez sea en los conciertos en directo donde mejor llegue su sensualidad. A veces, el público tiene la impresión de que con sus canciones se adentra en un vergel oriental, en un huerto florido de mujeres, de ebriedad, de erotismo y de alegría.
Autor de seis discos (el último de ellos es “Las damas primero”) y de un recopilatorio como “Sahara”, ha escrito canciones para otros como Mónica Molina o Ana Belén, y son muchos los artistas que han popularizado piezas de su repertorio. Además de cantante y letrista, también es un excelente compositor que investiga, que se arriesga, de ahí que en ocasiones haya sido calificado de “heterodoxo”. Igual se atreve con una versión de una canción de García Lorca que se inspira en una composición de Erik Satie. Es, como ha dicho él mismo en alguna ocasión, un trovador montaraz que hunde la fuerza de su canto en la raíz, en el Mediterráneo.
Admiro a Javier Ruibal desde hace muchos años. La primera vez que lo oí en director fue en Zaragoza, hacia 1988 ó 1989, en la Facultad de Ciencias, en un concierto organizado sobre la canción de autor, del que hablé en otro momento a propósito de la muerte de Imanol, con quien tanto quería. Javier Ruibal dio un recital impresionante: hondo, delicado, intenso, con su guitarra que mezclaba el flamenco, la rumba, la música árabe, los sones del Mediterráneo y la voluptuosidad del que absorbe el mundo con luminosos ojos de asombro y de gozo. Entonces ya, Javier Ruibal me pareció un cantante que salía de “Las mil y una noches” o de una noche del sur con fragua y fuego y bandoleros en la serranía y odaliscas. Fue increíble: talento, calidez, energía, llanto y beso, todo a la vez, administrado con belleza, rigor y profesionalidad. Sufrí un deslumbramiento. Y hacia las dos o las tres de la mañana, en un bar que se llamaba La Avenida de la Ópera, conversé con Javier Ruibal. Más que conversar, le hice una entrevista con otros sonidos y voces de fondo. Sus orígenes, sus raíces, las letras, el gusto por el embrujo que te coloca en el umbral de un precipicio de viajes, paisajes o amores locos...


Ruibal entraba en mi modesta discoteca cada vez que publicaba un disco. Y a finales de los 90 estuve con él en el Puerto de Santa María. No sólo era un magnífico cantante, admirado y querido por otros cantantes, venerado por un público quizá no demasiado mayoritario pero muy atento y sensible a su talento, un guitarrista estupendo, sino que también era, es, un tipo extraordinario. Tuvo el detalle de ser uno de los presentadores de mi libro de cuentos “Los seres imposibles” (Destino, 1998), y lo hizo con canciones. Narró nuestro encuentro en Zaragoza, contó a los asistentes aquella loca noche de copas y palabras, y luego hizo lo que mejor sabe hacer: cantó dos canciones “a capella”. Temblaba el salón de actos de aquel colegio. Y un estremecimiento unánime recorrió a los asistentes, un temblor de estrellas, un fogonazo de emoción. Yo me quedé literalmente pasmado y agradecido... Había ido al Puerto de Santa María sólo a eso, a verlo de nuevo, a oírlo en dos temas prodigiosos. Al salir, un paisano me dijo: “Se habrá dado cuenta: esa voz ya lleva la música dentro...”

 

*Este texto apareció en un libro de Luis García Gil, escritor gaditano, especializado en asuntos musicales.

 

LA VIDA DESESPERADA DE ÉDITH PIAF

LA VIDA DESESPERADA DE ÉDITH PIAF

LECTURAS. VERANO 2015

La vida desesperada de Édith Piaf

 

La cantante y actriz (1915-1963) conmovió a las masas con sus canciones y sigue considerándose “la voz de Francia”

 

PIE DE FOTO. ARCHIVO´

Édith Piaff y uno de sus grandes amores: Yves Montand, en 1946.

 

Antón CASTRO

“Cantar es otra forma de escapar. Es otro mundo”, dijo Édith Giovanna Gassion, que se haría famosa como Édith Piaf, la desgarradora musa de los existencialistas franceses de los años 50. No es fácil hallar una vida tan accidentada y dramática como la suya. Ella misma contribuyó a llenarla de consejas: dijo que había nacido en plena calle Belleville y ya se sabe que nació en el hospital de Tenon, en París. Su padre era el acróbata Louis Alphonse Gassion y su madre la cantante de cabaré Annette Maillard, alcohólica y enferma. Tras volver de la I Guerra Mundial, su padre se hizo cargo de ella; la niña sufrió una queratitis (inflación de la córnea) que la dejó ciega un tiempo. Se recuperó y pasó a vivir con su abuela paterna, que regentaba un burdel en la Normandía; por eso casi siempre se dice que fue educada por las prostitutas.

Más tarde, empezó acompañar a su padre en su circo ambulante y llamó la atención con su poderosa voz. Conoció a un joven, Louis Dupont, con quien tuvo una hija, Marcelle, que murió a los dos años. Y a la vez la descubrió un empresario de cabaré Louis Leplée, la contrató y le publicó su primer disco bajo el nombre de Môme Piaf (Pequeño gorrión), por su aspecto desvalido. Un día, tras un incidente no esclarecido, Leplée apareció muerto de un disparo y Édith fue acosada.

Regresó a los bajos fondos, a los cabarés modestos de Pigalle, hasta que se cruzaron en su camino el compositor Raymond Asso, que le regaló canciones y le enseñó a mejorar su técnica vocal, y la pianista Marguerite Monnot. Volvió a enamorar al público y puede decirse que en vísperas de la II Guerra Mundial ya era una cantante famosa con sus temas, desesperados y melancólicos, del París más costumbrista y sombrío. Con ‘Ma legionnaire’ obtuvo un gran éxito: podía oírse como una canción de amor y un canto contra la guerra. La actitud de Édith Piaf en la contienda fue compleja: algunos biógrafos dicen que visitó un campo de internamiento alemán, que estuvo próxima al gobierno pro alemán de De Vichy y a la vez se sabe que protegió y ayudó a muchos judíos. Estaba con los débiles.

En 1944 se cruzó con un joven y apuesto cantante de music-hall que se convertiría en su amante: Yves Montand. Estuvieron casi dos años juntos y en 1946 iniciaron una gira que acabó en ruptura. Édith fue una mujer apasionada, con una sexualidad vibrante, capaz de vivir varias relaciones simultáneamente. En cierto modo, su existencia, puro coraje, era una constante búsqueda de un hombre ideal y una batalla contra el amor imposible. En 1947, conoció al gran púgil Marcel Cerdán, casado y padre de tres hijos, con quien no tardaría en iniciar una relación amorosa. En septiembre de 1948 se coronó campeón del mundo ante Tony Zale. Un año más tarde, ella, que iba de éxito en éxito por Estados Unidos, lo llamó para que acudiese a verla. El avión, con destino a Nueva York, sufrió un accidente en San Miguel de las Azores el 28 de octubre y Cerdán perdió la vida con otros 47 pasajeros.

Édith Piaf sufrió una crisis de tristeza y de ansiedad y se hizo adicta a la morfina, dependencia que ya no abandonaría jamás. A Cerdán le dedicó uno de sus mejores temas: ‘Hymne a l’amour’ (1949), que sucedió en su lista de espléndidas canciones a ‘La vie en rose’. Contaba historias crueles con un sentimiento desgarrador; la gente la oía con fervor, hipnotizada. Poseía sinceridad, hondura, escalofrío, parecía que en cualquier instante estallaría en llanto. Consciente de su capacidad de comunicación, dijo: “Estoy segura de que podría leer a Baudelaire en un cabaré y me aplaudirían”.

En 1950 conquistó el Olympia. Al año siguiente conoció a Charles Aznavour, que lo fue todo para ella: amante, secretario, letrista de temas de como ‘Jezebel’ o ‘Plus bleu que tes yeux’. En 1952 se casó con el cantante Jacques Pills y vivieron juntos, con altibajos, hasta 1956, año en que triunfó en el Carnegie Hall. Dos años después se cruzó en su camino Georges Moustaki; los cantantes jóvenes eran su especialidad; a los ya citados se sumarían Eddie Constantine y Gilbert Bécaud. En 1958, viajando en coche con Moustaki, Édith sufrió un terrible accidente, que le exigió diversos tratamientos. En medio del dolor, era esclava de los opiáceos y del alcohol. No tardó en descubrírsele un cáncer hepático. En 1961, se sobrepuso a todo y aceptó la oferta de cantar de nuevo en el Olympia, que estaba a punto de cerrar. No tenía fuerzas, parecía que iba a desplomarse en cualquier instante; apareció en escena con su vestido negro y su voz trémula y cautivadora, y cantó: ‘Je ne regrette rien’ (No me arrepiento de nada). Louis Armstrong dijo: “Me arrancó el corazón”. Algo que suscribieron el público en general y amigos como Alain Delon, Belmondo, Brassens, Paul Newman o Duke Ellington Gracias a ella, el Olympia sobrevivió.

Se casó de nuevo, esta vez con el joven peluquero y cantante griego Théo Sarapo. Apenas vivió un año más: el 10 de octubre de 1963, a los 47 años, moría en el barrio periférico de Grasse. Se conocía tan bien que dejó este autorretrato: “Todo lo que he hecho durante mi vida ha sido desobedecer”.

 

LA ANÉCDOTA

Amigos y admiradores. Édith Piaf, cantante y actriz de cine y de teatro, tuvo muchos admiradores. Desde Serge Gainsbourg a Marlene Dietrich, desde Sartre a Roland Barthes. Uno de sus mejores amigos fue Jean Cocteau, que escribió para ella ‘Le bel indiferent’. La muerte de ambos se hizo pública el mismo día, el 11 de octubre de 1963, aunque ella había finado un día antes. A Édith Piaf el arzobispo de París le negó el funeral católico por su vida disipada. El abad Leclerc, en cambio, bendijo su tumba de Pere Lachaise. Ella creyó ciegamente en Dios. Marion Cotillard le dio vida en ‘La vida en rosa’ (2007) y conquistó el Oscar. Francia celebra este año el centenario de su nacimiento.