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Antón Castro

POEMA PARA DEBRA WINGER

 

BUSCANDO A DEBRA WINGER

 

Antón CASTRO

 

Perdí la cabeza por ti,

antes, mucho antes de ‘Tierras de penumbra’.

Mucho antes de que fueras poeta

y una criatura mortal frente a la noche.

No sabría decir por qué. La luz de tu sonrisa,

tu picardía, tu fuerza, la manera en que bebías

la claridad del mundo en cada abrazo.

Me gustabas siempre: en cada diálogo,

en cada beso, en esa alegría incontenible

de estar a punto de irte para siempre a otra playa.

Pero cuando te vi en ‘El cielo protector’,

me sentí enfermo, poseído de amor.

Entendía, y no entendía, tu pasión por el desierto,

el helado rescoldo del plenilunio en la arena,

la muerte inesperada de un amor disipado.

Y luego, llegaste a aquel villorio,

a otra forma de prisión. Y a la violencia

del anhelo. Aún te veo: extraña y extranjera,

arrebatada y muda, mientras te acariciaban

y sorbían el sudor de tus muslos. Aún te veo:

lejana y sola contra la tiniebla y la escarcha.

Aún te veo: a horcajadas, a punto de estallar

como el maremoto de todos los deseos.

¿Recuerdas? Tú eras la piel del escalofrío.

 

Luego te esfumaste. A otro mundo,

a otras formas del olvido y del silencio.

Incluso salieron a buscarte. Querían, como yo,

saber de ti: buscaban a Debra Winger.

Esa película perseguía a un fantasma,

una ninfa de antaño, vulnerable y sensual.

Ese rescate imposible enerva todos mis sentidos.

Cierro los ojos e imagino que estás ahí,

en el interior de la pantalla a punto de decirme:

“Ven. A veces solo en el cine se cumplen

los mejores sueños, peligrosamente juntos”.

 

De 'Seducción'. Antón Castro. Olifante, 2014. 

 

 

1.FOTO. La tomo de aquí: 

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2. FOTO. La tomo de aquí:

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MARIO ORNAT: 'TIERRA Y LIBERTAD'

MARIO ORNAT PUBLICA 'BIENVENIDO MR. LOACH'


Les informamos que este próximo sábado 15 de agosto en el Salón de Actos del Ayuntamiento de Mirambel tendrán lugar los siguientes actos:
-A las 18:00h, proyección de la película “Tierra y libertad”.
-Mario Ornat presentará el libro 'Bienvenido Mister Loach, Historia del rodaje de Tierra y Libertad...o de como la revolución llegó a Mirambel'. Está previsto que participe alguno de los actores del rodaje. 
Este acto servirá de inicio de una serie de acciones que la localidad de Mirambel junto con la Comarca del Maestrazgo quiere realizar para recordar los 20 años del rodaje de esta película. 



NOTA
'Tierra y libertad', de Ken Loach, fue uno de los grandes hallazgos de 1995. Habla de una revolución social, de una guerra, de una tierra que aspiraba a un futuro mejor. Habla de sueños, de amor, de lucha y, por supuesto, de libertad. Loach eligió la bella localidad de Mirambel, en el Maestrazgo turolense, como principal escenario de este drama que nos sitúa en los dos primeros años de la guerra civil española. Durante casi dos meses, los vecinos de la comarca vivieron con entusiasmo una experiencia irrepetible.

'Bienvenido, Mister Loach' es un fascinante y exhaustivo análisis de una de las mejores películas del cine español. Además de las divertidas vivencias que se produjeron en el rodaje, el autor ofrece un apasionante estudio del film gracias a una laboriosa investigación; el libro es producto de largas entrevistas al director, a los productores, responsables del equipo técnico, asesores, principales intérpretes y a muchos de los extras que participaron en esta inolvidable aventura. El resultado es toda una invitación a amar el cine. [Nota de Cristina Mallén y Doce Robles.]

 

Foto 1. La tomo de aquí: http://4.bp.blogspot.com/-27Pfn-ohRUI/T8akiPBMoII/AAAAAAAABxU/e0SOvoQKmMc/s1600/land.jpg

 

Foto2. La tomo de aquí. 

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CARMIÑA: LA MUJER IDEAL DE LETRAS

CARMIÑA: LA MUJER IDEAL DE LETRAS

CARMEN MARTÍN GAITE:

LA MUJER IDEAL DE LETRAS

 

Se cumplen quince años de la muerte de esta escritora versátil que practicó todos los géneros

 

Antón CASTRO

Carmen Martín Gaite (Salamanca, 1925-Madrid, 2000) encarna un deslumbrante ejemplo de vocación literaria desde la niñez. A los ocho años ya escribía cuentos y a los diez firmó un cuaderno que tituló ‘Redacciones’. Su infancia transcurrió entre Salamanca, Madrid y San Lorenzo de Piñor, en Orense. Su  padre, notario liberal, le regaló una pluma, que conservó siempre, y una frase: “olvidaos de la ambición de poseer y, en cambio, no perdáis nunca, hasta el fin de vuestros días, la ambición de saber”; Carmiña la cumplió al pie de la letra.

Estudió Filosofía y Letras en Salamanca y allí conoció, entre otros, al narrador Ignacio Aldecoa (1925-1969), que frecuentaba poco las aulas y mucho las tabernas, y poseía un maravilloso oído para captar el idioma popular al vuelo. Al principio, Carmen Martín Gaite hizo algunas tentativas como actriz: siempre tuvo algo de melodramática; como dijo el profesor y crítico Santos Sanz Villanueva podía ser “vital, presumida, provocadora”, pero también era irónica, divertida, reflexiva, rebelde, trabajadora hasta la extenuación, y le gustaba llevar aquellas boinas que le daban un aire parisino y a la vez intemporal.

Tras una pequeña crisis universitaria y de salud –que dio lugar al inédito ‘Libro de la fiebre’, de literatura fantástica más bien-, se trasladó a Madrid. En 1950 inició su relación con el joven escritor Rafael Sánchez Ferlosio, que le recomendó que no publicase aquel trabajo. Rafael y Carmen se casaron el 14 de octubre de 1953, y tuvieron un primer hijo, Miguel, que murió a los siete meses. Carmen, desolada, decidió que debían tener otro hijo; su hija Marta nació en 1956. Para entonces Carmen ya había publicado cuentos en varias revistas y, en 1954, había obtenido el premio Café Gijón con ‘El balneario’. Coincidiendo con el nacimiento de Marta, Sánchez Ferlosio ganó el premio Nadal con ‘El Jarama’, una novela realista de prosa objetiva y minuciosa que narraba una tarde en el río y un accidente funesto. Carmen Martín Gaite escribía siempre que podía, como le contó en una conmovedora carta a Asunción Carandell, esposa de José Agustín Goytisolo, que Carme Riera publica en un libro recomendable: ‘Un lugar llamado Carmen Martín Gaite’ (Siruela, 2013), en el que escriben los zaragozanos José-Carlos Mainer y María Dolores Albiac. En 1958, la propia Carmen Martín Gaite ganó el Nadal con ‘Entre visillos’. Luego aparecerían ‘Ritmo lento’, quizá una de sus novelas más ambiciosas, de discreta acogida, ‘Retahílas’, ‘Fragmentos de interior’, ‘Las ataduras’… Y empezó a dar muestras de su versatilidad: fue guionista de televisión, escribía ensayo, artículos, teatro, poesía, traducía de al menos cinco lenguas (gallego, portugués, italiano, inglés, francés), se obsesionó con el siglo XVIII a través de la figura de Melchor de Macanaz y del estudio de los usos amorosos, entre otras cosas. En 1961, cuando Marta ‘La Torci’ tenía cinco años, le regaló a su madre una libreta con un título premonitorio: ‘Cuaderno de todo’. Desde entonces, Carmen redactó una larga treintena de cuadernos que contienen reflexiones, confidencias, notas de lectura, cartas, etc., algo muy parecido a un personal diario íntimo o las notas del taller de la escritora; se publicarían en 2002 en Debate en edición póstuma de Maria Vittoria Calvi. En 1970, ella y Rafael Sánchez Ferlosio se separaron; él se volvió a casar con Demetria Chamorro y ella solo se desposaría con la soledad, la literatura y el amor hacia su hija Marta, que falleció en 1985 de sobredosis. Dos años antes había publicado un libro capital, en el que trabajaba de manera explícita desde 1973: ‘El cuento de nunca acabar. (apuntes sobre la narración, el amor y la mentira)’. En 1988 compartió el premio Príncipe de Asturias de las Letras con su amigo José Ángel Valente. La última década de su vida fue especialmente intensa.

Se convertiría en una escritora popular, querida y galardonada, una de las más vendidas de la Feria del Libro de Madrid. Publicó sus novelas de mayor éxito, ‘Caperucita en Manhattan’ (1990), ‘Nubosidad variable’ (1992),  ‘La reina de las Nieves’ (1994). Ese año recibió el Premio Nacional de las Letras Españolas), ‘Lo raro es vivir’ (1997), ‘Irse de casa’ (1998)..., salvo la primera, todas en Anagrama. En ellas se mezcla la glosa de cuentos clásicos y su mundo obsesivo de secretos de la memoria. El 23 de julio de 2000 falleció de un cáncer fulminante en la Clínica Rúber. Pidió que le llevasen sus ‘Cuadernos de todo’, que definió como su “murmullo del vivir cotidiano”, y cerró sus ojos abrazada a ellos. Carmen quizá no pudo oír el ruego de su hermana mayor Ana María: “No te mueras todavía”. Han pasado quince años desde entonces: la importancia de esta novelista de la introspección, de la evocación y de “la búsqueda del interlocutor” sigue creciendo.

 

LA ANÉCDOTA

Carmen Martín Gaite fue una mujer muy generosa con los jóvenes, como han recordado Antonio Muñoz Molina, Belén Gopegui o Marcos Giralt Torrente. Fue la guionista de la serie sobre Teresa de Jesús de Josefina Molina. Varios aragoneses han estado vinculados con ella. Firmó el guion de ‘Celia’ (1993), que rodó José Luis Borau, que le dio un cameo como monja; fue una gran amiga de la actriz y modelo, y también escritora en su madurez, Mayrata O’Wisiedo, novia en los 50 de Alfonso Sastre, como cuenta en su libro ‘Esperando el porvenir’ (Siruela, 1994), sobre Aldecoa. La actriz Ana Labordeta fue una de las protagonistas de su obra teatral ‘La hermana pequeña’, que se estrenó en 1999.

 

*Esta fotografía es de Rogelio Allepuz y se la tomó al lado del Gran Hotel de Zaragoza en 1991.

RETRATO DEL TORTUOSO EGON SCHIELE

Egon Schiele, el pintor de un erotismo tortuoso

 

El artista austriaco, procesado por escándalo público y muerto a los 28 años, protagoniza una novela gráfica de Xavier Coste

 

 

Antón CASTRO

Egon Schiele (1890-1918) es uno de esos pintores inquietantes, un tanto anómalos, cuya vida se mueve entre el tormento, la exaltación del desnudo y un erotismo de atmósfera torturada que él desarrolla con una mirada expresionista. Dijo: “¡Para mí pintar es como respirar! ¡Es mi vida!”. El artista francés Xavier Coste (Bayeux, Normandía, 1989) le ha dedicado una novela gráfica: ‘Egon Schiele. Vivir y morir’ (Norma editorial, 2014. Traducción de Amaiur Fernández) y explica que para él es “un personaje complejo, enigmático, pero al mismo tiempo frágil y apasionante. Y ante todo, lo que he intentado es transmitir mi pasión por este gran pintor”.

Coste elude en todo momento la hagiografía: es consciente de que Egon Schiele fue un pintor frenético y turbio, de hábitos sexuales y estéticos chocantes, no siempre fáciles de asimilar. Sintió una gran atracción por las prostitutas, fue promiscuo y mentiroso, tal vez desleal o cuando menos ambiguo en sus relaciones con otros artistas. Tenía un sentimiento trágico de la vida, un aura de misticismo, y tres de las palabras que definen su biografía son dolor, desesperación y soledad.

Egon Schiele era hijo del jefe de estación Adolf Schiele. Vivió en distintas casas de la estaciones en las que trabajaba su progenitor y el mundo de los trenes fue la fantasía de su infancia. Le encantaba dibujar y adoraba a su padre; cuando este falleció en 1905, se sintió desamparado. Gertrude, una de sus tres hermanas, era su consuelo: posaba desnuda para él. Años después, ella diría de él: “Egon no ha tenido nunca el alma de un gran romántico”.

A los 16 años, Egon convenció a su madre y a su tutor que le permitiesen ingresar en la Academia de Bellas Artes de Viena. No logró adaptarse; oía demasiadas veces de sus profesores: “como de costumbre el trazo es chapucero y el dibujo inestable”. Al año siguiente, quizá en uno de aquellos cafés donde se reunían los artistas, conoció a Gustav Klimt (1862-1918) y se convertiría en su discípulo, hasta el punto de que sus primeras obras eran “una pobre imitación de Klimt”, según escribió un crítico. El maestro, en cambio, admiraba su trabajo, le compró dibujos y le cambió una serie de piezas por otras suyas. Entre ambos se estableció una corriente de complicidad y quizá de rivalidad. Egon Schiele, un tanto desafiante, dijo a los 20 años: “Ya he recorrido el camino de Klimt”. El pintor de ‘El beso’, famoso y con influencias, lo recomendó a sus galeristas, le ayudó a hacer sus primeras exposiciones y le advirtió que tomaba un camino peligroso, mucho más erótico que el suyo. No solo pintaba cuerpos entrelazados, tensos y nerviosos, escenas lésbicas, mujeres obscenas que mostraban su sexo o que se masturbaban, sino que también quiso pintar a niños desnudos (era un tema, no una perversión) y para ello puso un anuncio en los periódicos. Klimt decía que sus elecciones eran “un poco dudosas (…) te aventuras peligrosamente” y le sugería: “intenta calmar tus ardores”.

En abril de 1912, la policía entró en su estudio y requisó sus obras; le había denunciado el padre de la joven de trece años Tatiana von Mosjig, peripecia que se cuenta la película ‘Exceso y castigo’ (1981), de Herbert Vesely, con Jane Birkin en uno de los papeles principales. Fue juzgado por corrupción de menores y por incitar a la pornografía. Al final solo lo condenaron por dejar sus obras al alcance de los niños. Estuvo 25 días en prisión, dibujó y escribió un pequeño diario de trece hojas.

Schiele le robó a Klimt una de sus modelos, Wally Neuzil, que fue su compañera más estable durante varios años, aunque la compartía con otras amantes, especialmente con las hermanas Adele y Edith Harms. Cuando se vio obligado a elegir se quedó con Edith. Poco más tarde fue llamado a filas, en la I Guerra Mundial, y estuvo en una zona cómoda, en Praga, donde vigilaba a los soldados rusos. Llevaba una libreta de dibujos en la que dio rienda suelta a su imaginación: mujeres, autorretratos (que fue el otro asunto esencial de su obra); alguien le confirmó la muerte de Wally hacia 1917 y le dedicó una de sus mejores obras.

Al regresar a casa, Edith le estaba esperando con dos malas noticias: la muerte de su madre, con quien nunca se llevó bien, y la grave enfermedad de Gustav Klimt, que moriría poco después. Fue el principio de una nueva cadena de desgracias que ni le dio tiempo a disfrutar su condición de heredero natural del maestro. Edith se quedó embarazada, pero falleció a consecuencia de la gripe española. “Nunca he dejado de amarte”, fueron sus últimas palabras. Egon Schiele murió a consecuencia de la misma epidemia en octubre de 1918. Para el coleccionista Heinrich Benesch, a pesar de su tumultuosa existencia, tenía “la seriedad apacible de un ser convencido de su misión espiritual”.

 

LA ANÉCDOTA

 

Egon Schiele fue contemporáneo de Oskar Kokoschka, Alfred Kubin o el ya citado Klimt, entre otros. Admiró con locura a Vincent Van Gogh, que murió el año de su nacimiento. Aunque centró su obra en los óleos, dibujos y acuarelas sobre el cuerpo y el autorretrato, también le interesaron muchos los paisajes. En sus últimas palabas, recogidas por su amigo Arthur Roessler, pareció entonar un mea culpa: “Es triste y es difícil morir, pero mi muerte no me parece más lamentable que mi vida, mi vida que ha ofendido a tanta gente”. En 2012, el Guggenheim de Bilbao le dedicó una gran exposición. Para muchos es uno de los grandes artistas de la modernidad.

-Autorretrato: 

http://www.artsunlight.com/artist-photo/Egon-Schiele/self-portrait-by-Egon-Schiele-0065.jpg

-Foto de Egon y Wally: 

http://www.textezukunst.com/uploads/images/malerei/schiele/Egon_Schiele_und_Wally_Neuzil.jpg

-Foto de Wally: la tomo de aquí

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NUEVA NOVELA DE PEDRO JUAN GUTIÉRREZ

NUEVA NOVELA DE PEDRO JUAN GUTIÉRREZ

Pedro Juan Gutiérrez cuenta

la persecución de Cuba a los gais

 

El narrador de Matanzas publica ‘Fabián y el caos’ (Anagrama), la dramática historia de un músico acosado por el régimen de Castro

 

 

Antón CASTRO

Pedro Juan Gutiérrez (Matanzas, Cuba, 1950) ha sido llamado en muchas ocasiones el ‘Charles Bukowski’ cubano. También tiene cierto parentesco con el canto a la vitalidad sexual de Henry Miller. Es un escritor descarnado y visceral al que le encanta explorar el sexo, la sordidez y la miseria de un país en permanente contradicción. En el mundo de Pedro Juan Gutiérrez el sexo es lo más importante que hay: cuando todo va mal, cuando la hambruna atosiga, cuando ni hay trabajo ni otras expectativas, siempre queda eso: una cita en cualquier parte con esas mujeres ardientes, de cualquier edad, dispuestas al amor y a sus tenebrosas apariencias.

Pedro Juan Gutiérrez dejó constancia de esta visión en libros como ‘Trilogía sucia de La Habana’, muy especialmente, pero en realidad en casi toda su obra: acostarse es una redención, un placer, una huida hacia adelante y quizá una condena. Y, casi siempre, en el fondo, da igual donde sea y con quien sea. Pedro Juan Gutiérrez, que también le ha dedicado una novela a la presencia de Graham Greene en la isla, ‘Nuestro G. G. en La Habana’, ha creado una especie de antihéroe de los bajos fondos, nihilista, huraño, corrosivo, más bien cabreado y dispuesto para el goce de una manera primitiva, casi animal, aunque a veces posea fogonazos de romanticismo. Para él, el romanticismo y el deseo caminan de la mano.

Ese personaje central de sus libros que es Pedro Juan, que tiene mucho de ‘alter ego’ suyo, reaparece en ‘Fabián y el caos’ (Anagrama, 2015. 235 páginas), que llegará a las librerías con el nuevo curso. Es un libro parecido a sus títulos anteriores, críticos con Cuba, que ofrecen una visión demoledora de su situación social, laboral y política, pero incorpora una novedad: se centra en la historia de un homosexual, con grandes capacidades para la música, al que el sistema revolucionario pondrá en su punto de mira con un trabajo brutal de demolición. Pedro Juan Gutiérrez cuenta dos vidas paralelas: la de Pedro Juan, que descubrirá el sexo con Regina y Tita la loca, entre otras, y la de Fabián, hijo de Lucía Ramírez, madrileña, y Falipe Cugat, barcelonés, que viven una fugaz historia de amor. Felipe y Lucía se conocen, se casan, se marchan a Matanzas; él trabajará en una tienda de tejidos de su tío y ella dará clases de música. Lucían será madre por accidente a los 44 años; su marido se entendía con diversas prostitutas y se controlaba muy bien en el tálamo nupcial, hasta que un día cometió un error.

Así nació Fabián –la novela arranca con esta frase: “Fabián empezó a escuchar la música del piano cuando aún era un feto flotando en el vientre de su madre”-, escasamente agraciado, que llegará a dominar la música clásica, el bolero y el jazz. Su padre le dije un día a su esposa: “Te dije que lo mantuvieras alejado del piano. Eso está bien para las mujeres. Y punto. Los hombres tienen que trabajar. Trabajar duro. ¡Y hacerse hombres, joder!”. Fabián se sentirá un solitario profundo. Un hombre invisible y descolocado. Pese a todo vivirá intensas historias de amor: con el joven Roberto, con quien pasea por la solitaria playa de Varadero, con Manolo (conmueve su destino final), con el carnicero Antonio, con quien explora el lado más salvaje e insoportable del erotismo.

“Tenía que seguir caminando y atravesar la furia y el horror”. Eso hace Pedro Juan y aún más Fabián, que pasará de las ‘Variaciones Goldbrerg’ de Bach, del ‘Concierto número uno para piano’ de Chaikovski y de los ‘Nocturnos’ de Chopin a una fábrica de carne, donde todos roban. Recuerda el narrador: “Las mujeres se amarraban un pedazo [de carne] bajo el vientre, sobre el pubis. Y, si podían, llevaban otro trozo en una bolsa. Todos robaban cada día. Para comer en casa o para vender”. Alguien le dice a Fabián, en medio del éxito, que él no es un personaje idóneo para trabajar en cultura. El narrador reflexiona sobre la situación: “Fabián era un artista total. Un soñador. No tenía capacidad pragmática para la vida”. Y el propio artista, que parece no percatarse del nuevo estado de cosas, confiesa: “No me interesa buscarme la vida. Lo que me interesa es la música. Ir hasta el final (...) No quiero tener hijos ni nada. Solo quiero hacer música. Escribir una sinfonía, no sé..., hacer algo. Ir hasta el final de algo que no sé bien, no sé”.  

Pedro Juan Gutiérrez describe a un país que se inclina hacia el comunismo, que intenta sobrevivir en una nueva retórica de convivencia y que acaba levantando un muro de espionaje (encarnado en una mujer, Celeida), de cerrazón, de miedo y de intolerancia, que le afecta no solo a su amigo, sino a mucha otra gente, entre ellos los escritores José Lezama Lima, autor de ‘Paradiso’, libro bajo sospecha, el narrador y dramaturgo Virgilio Piñera o Reinaldo Arenas, que dejará su testimonio estremecedor en ‘Antes que anochezca’.

 

LA ANÉCDOTA

El beso más largo. Cuba ha sido un país de cines y de cine. Lo ha recordado Cabrera Infante en su libro ‘Mea Cuba’, que es una crítica feroz del castrismo. Cuenta muchos casos de represión contra los homosexuales. En los cines de La Habana pasaban muchas cosas. Aquí, Pedro Juan Gutiérrez cuenta algunas: los besos eran tan largos como una película, el acoso sexual se volvía más que insoportable. Y, a la vez, la oscuridad era el reino de todas las fantasías sexuales. Para Pedro Juan y Fabián el cine es como un reino de iniciación.

 

*La foto es de Eve Arnold, y está tomada en 1954.

 

500 DÍAS. CASI UN CUENTO Y UN VIAJE

500 DÍAS. CASI UN CUENTO Y UN VIAJE

500 DÍAS. ECOS DE FABEIRO E GUITARRAS Y UN VIAJE A ZARAGOZA


El pasado siempre vuelve. No se sabe por qué. A menudo para avanzar se necesita retroceder, inspeccionar la memoria, tomar aliento en los recuerdos. Ocurre no solo en la vida cotidiana sino en la política. En un viaje a La Coruña y a los mares nativos, me enteré de que un compañero de pupitre llevaba más de 500 días desaparecido, como ya he contado aquí. Su apodo era Fabeiro, un puro talento futbolístico, un goleador nato que probó en el Fabril y el Deportivo juvenil. Allí le prometieron el oro, el moro y algo de dinero hasta que le dieran un empleo, pero pronto se desesperó: quizá pensase que el mundo estaba contra él. En vez de aplicarse y de exigirse más, mucho más, buscó culpables en el entorno, se dejó arrastrar por los cantos de sirena y acabó jugando en el Campanal de Loureda, un conjunto modesto donde se desvaneció su ambición poco a poco. Fabeiro vivió de prisa, fue padre, volvió a serlo y un día se convirtió en una promesa interrumpida. En 1980, con Lamas, su compañero de equipo y un extremo virtuoso que se ondulaba el pelo rubio con un peine de cuchillas, y algunos jóvenes más de Arteixo –ya saben, el pueblo de Arsenio Iglesias, de Zara, de ‘La Voz de Galicia’-, se vino al Pilar. Todos fueron a las carpas, disfrutaron y acabaron por todo lo alto en las vaquillas. Pernoctaron en una fonda de San Pedro Nolasco, El Descanso, que aún existe. El sábado anterior al partido, tal vez, Lamas –que lleva media vida viniendo a las fiestas del Pilar y es el perfecto enamorado de Zaragoza; el amigo Xabier Maceiras me acaba de poner en contacto con él- recibió una llamada del presidente del club, Paco ‘El Cubano’. Él sí había anunciado su ausencia, pero no la joven estrella. “¿Está Fabeiro contigo?”, le dijo. “Sí, está aquí a mí lado. Y dice que llegará para jugar”. El presidente le dijo que no se diese prisa, que le daba descanso ese domingo y tres o cuatro más. Lamas había sido el conductor del coche y acaba de revelarme que aún no tenía carné. Aquella fue una hermosa y loca aventura y quizá una epifanía de la juventud perdida de Fabeiro. Y quizá de la mía: estábamos los dos muy cerca, en la misma ciudad y quizá en el mismo concierto, no nos vimos y aún no hemos vuelto a vernos.

*La foto no es de Fabeiro, pero sí de otro gran goleador: Just Fontaine. Este texto apareció hace un par de domingos en mi sección 'Cuentos de domingo'. Confirmé algunos dato en conversación telefónica con José Antonio Lamas, 'Guitarras'.

VIAJE AL CORAZÓN DE LA PRENSA

VIAJE AL CORAZÓN DE LA PRENSA

VIAJE AL CORAZÓN DE LA PRENSA

 

Prólogo al libro 'Así nacen y mueren los periódicos en España'. Roberto Pardos. Doce Robles. Zaragoza, 2015.

 

Antón CASTRO

Hay hombres de carácter, sinceros, casi desabridos o provocadores, capaces de decirle a un ciclista como Miguel Induráin: “Tú nunca ganarás un Tour de Francia”. Y quedarse tan anchos, al menos al instante. Aunque luego, dándole vueltas a las cosas y a ese desaire que ha dado pie a más de un chascarrillo de redactores, serían capaces de descolgar el teléfono y decir: “Soy un patoso. Me he pasado tres pueblos y medio y algunas ciudades. Te pido disculpas”.

Roberto Pardos es un hombre de genio y a la vez un compañero ideal, cómplice, pero parece tener muy claro un principio: allí donde hay un conflicto, un malentendido, una sombra, va directamente a la comezón para que estalle. Lo hizo a menudo con esa aparente brutalidad que en Aragón se llama franqueza, como dijo Rafael Cansinos Asséns. Eso es algo que queda muy claro en este libro que es una historia de la prensa española y que es un formidable autorretrato, lleno de paradojas, de experiencias maravillosas, de compañeros de viajes, de sueños y también de tragedias difíciles de digerir. En un libro lleno de conmociones y escalofríos, uno se queda tieso al leer cómo una noche, al salir de la sala de fiestas Gala, un coche arrolló a su compañero Juan Molina Cobo; iba en un grupo en el que también estaba Roberto y este, como impulsado por un resorte de supervivencia, logró eludir el impacto. Luego tuvo que llamar a su mujer y contarle algo que supera a la ficción más dramática y brutal.

Hay otros hechos así, espeluznantes, pero también hay camaradería, fraternidad, travesías compartidas: el mejor ejemplo sería, sin duda, la relación de hermanos que mantuvieron y mantienen Roberto y su dilecto jefe de talleres Florencio Nogués; en una ocasión los dos pugnaban sin saberlo por un puesto en El Noticiero y eran estrechamente vigilados para saber a cuál debía hacerse jefe. El elegido fue Roberto y Florencio el primer en felicitarle: “Han acertado, Roberto, tú tienes cosas que yo nunca llegaré a tener”. Luego formarían “un tándem casi perfecto, porque nos entendíamos a las mil maravillas en pocas palabras”.

Este es un libro con nombres, con muchos nombres y cabeceras y con gratitud. Por ejemplo dice Roberto: “Mi trabajo en Egin fue una aventura formidable. (...) Los dos primeros años, que son los que conozco, fueron para enmarcar”. Y desliza una de las tesis centrales del volumen: “Estoy convencido de que los lectores compran los periódicos únicamente por los contenidos que escriben sus periodistas; el crecimiento de las tiradas se consigue con la credibilidad de los periódicos y estos solo se pueden mantener económicamente con la publicidad”.

Roberto Pardos amaba desde niño el papel impreso: los libros y la prensa. Aquí recuerda que su padre era responsable de pastelería en Panticosa y que él pasó veranos inolvidables en un tiempo en que Perico Chicote visitaba el balneario. Le gusta recordar que fue flecha de Falange, que fue actor de guiñol y que voceaba, cuando la gente salía del cine, la Hoja Deportiva por unas cuantas perras gordas. Fue un chico travieso y feliz. De repente, entró los talleres de Librería General, donde se editaban monografías científicas y Clásicos Ebro. “Desde el momento en que conocí la linotipia, ya no tuve otra aspiración que no fuera ir destinado a la sección de linotipias”, confiesa. Al abrigo de Sandalio Martínez, José Pablo y Félix Belloch aprendió el oficio y vio escenas que parecen de Berlanga: “Un año, durante las Navidades, llegó a la puerta del taller una furgoneta cargada con pollos vivos y coles, para repartir a cada uno de la plantilla. Al ser yo el último mono de la empresa, me ordenaron vaciar la furgoneta y atar a los pollos por las patas en una barandilla, a la entrada del local. El pollo, con las patas trabadas, te lo llevabas vivo a casa de tus padres, en el tranvía. Y nadie protestaba, aunque la presencia del pollo desataba la envidia general de los viajeros. Las coles más gordas eran para los oficiales y jefes de sección, y bajaban de tamaño hasta llegar a las de los aprendices, que nos llevábamos las peores”. La historia sigue y sigue, y deriva hacia un divertido capítulo de picaresca y apropiación indebida.

Con apenas 18 años, en 1960, Roberto Pardo entró de linotipista en El Noticiero, sito en el Coso 71. Y algún tiempo después fue nombrado jefe de talleres y regente. Cuenta cómo era la redacción, cómo trabajaban los novatos y las bromas que les hacían Roberto y Florencio, habla del batallón de colaboradores. Dice, entre otras cosas, a propósito de los redactores que llegaban a media mañana a la sala de lectura: “Era un espectáculo verlos leyendo en silencio, fumando cigarrillos o algún puro por la mañana, para, al final, entablar sus discusiones diarias, que concluían con el vermú en cualquier bar de las calles más cercanas”. Y también extrae una conclusión general sobre la rentabilidad de la prensa: “Mi empresa disponía de espacio suficiente para, además, tener dentro del mismo recinto una editorial en marcha para componer e imprimir toda clase de trabajos comerciales. Esta era la muleta en la que se podían apoyar las empresas periodísticas para evitar pérdidas económicas”. Y eso también sucederá con El día de Aragón y con El Periódico de Aragón, donde volvería a ejercer de regente o director técnico, con ese sexto sentido que él tenía.

Tras el cierre de El Noticiero, Roberto Pardos participará en la aventura de “parir el Egin”, que nació el 29 de septiembre de 1977. Estuvo en dos etapas y en la primera le expuso al director Mariano Ferrer un decálogo para fundar un periódico. Antes de salir a la calle, recomendaba en el capítulo 7: “Tendremos que seguir haciendo más números cero mientras no estemos suficientemente preparados”. Salió el primer número y el director incluyó una dedicatoria inolvidable: “Roberto, gracias a ti, Egin ha nacido hoy”.

La vivencia de Egin es fascinante y compleja: de la felicidad inicial se pasó a la tensión, a las amenazas de ETA, al debate político puro y duro. “Presencié situaciones sorprendentes, al menos para mí. Igual nos venían a visitar los desterrados de ETA, los cuales pasaban tranquilamente delante de los guardias civiles de guardia, y no ocurría nada, que acudía a nuestras instalaciones Fran Aldanondo, que era el último preso que salió de la cárcel de Martutene, que fue aclamado por el camino durante el trayecto de su visita al diario”, confiesa.

Tras Egin trabajó en Barcelona, en Pamplona, en el Grupo Mundo, habla de la llegada del ‘offset’, “un sistema de impresión directa que daba mejor calidad, pero del que en España se desconocía casi todo”, y luego fue decisivo en la fundación de El Diario de Valencia, que, recuerda, fue voceado en las calles, en sus orígenes, por vendedores ciegos. Allí, entre otras peripecias, vivió la intentona de golpe de Estado de 1981. “Nunca olvidaré el impacto, la impotencia y el miedo que pasé dentro del periódico con el intento de golpe de Estado del 23-F. No niego que en el resto de España se tendrían estas sensaciones, pero había que estar allí, en Valencia, y dentro del periódico para sentirlas de verdad, de cerca”, dice y recuerda otro motivo para el pánico: tenía un ejemplar dedicado del libro Operación Ogro, cuyos autores eran, “al parecer miembros del comando etarra que asesinó a Carrero Blanco”.

De Diario de Valencia pasó a El Día de Aragón, que se abrió, con Fernando García Romanillos al frente, el 28 de mayo de 1982. Roberto permaneció allí hasta 1990 que se incorporaría a El Periódico de Aragón. En ambos dejó profunda huella y vivió sensaciones inolvidables con la redacción, en los talleres, con la distribución y en una intensa labor editorial. Dice Roberto: “El Día de Aragón fue, con el inestimable apoyo del consejero Vicente Sánchez, el primer periódico de España que puso en marcha un equipo de Macintosh en una redacción”; recuerda otras cosas: la rivalidad con Heraldo de Aragón, la importancia de Andalán, la creación de La Hoja del Lunes (por cierto, Roberto recomienda a los periódicos que dejen de salir un día) y de El Punto Deportivo, y glosa, sobre todo, a una redacción espectacular y variada, quizá la mejor y la más completa que conoció jamás, según sus declaraciones. El Día de Aragón daría para un libro. Roberto recuerda con cariño a sus hacedores, desde la administración y el sello empresarial, y a la redacción y a sus noctámbulos compañeros de taller.

Glosa sus vínculos con El Adelanto de Salamanca y se despide con El Periódico de Aragón y Equipo. Revela, por ejemplo, su nueva condición en el diario del Grupo Zeta de Antonio Asensio: “Mi papel en esta espectacular empresa, como se puede suponer, ya no sería como el que había desempeñado en otras hasta el momento. En todas las anteriores yo había sido la ‘estrella’ durante algún tiempo, y en esta había muchas personas importantes y preparadas que lo decidían todo. En nómina iba a ser el director técnico, pero, a la hora de la verdad, solamente era hombre de confianza de Zaragoza para el día a día”. 

INGRID BERGMAN EN SU SIGLO

INGRID BERGMAN EN SU SIGLO

Ingrid Bergman, la actriz que escandalizó al mundo por amor


Se cumple un siglo del nacimiento de la intérprete sueca, ganadora de tres Oscars y musa de Hitchcock y Rossellini

 

Antón CASTRO

Ingrid Bergman, calificada alguna vez en los años 40 como “la actriz más amada de Hollywood”, dijo que “la interpretación me eligió a mí”. Asombrosamente tímida, confesó: “Soy más yo misma cuando soy otra persona”. Nació en Estocolmo el 29 de agosto de 1915. Hace un siglo. Su madre, de origen alemán, murió cuando ella tenía tres años y su padre, el fotógrafo sueco Justus Bergman, la dejó huérfana del todo a los doce. La cuidaron sus tíos y pronto les hizo saber sus intenciones. Era realmente buena en las tablas y quería ser actriz. Estudió en el Liceo Femenino y se aficionó, casi por igual, a la lengua francesa y a Juana de Arco, a la que encarnaría en la pantalla muchos años después. El azar la llevó al cine y trabajó en varias películas suecas y alguna alemana; llegó a conocer a Goebbels. Su presencia en ‘Intermezzo’ no pasó inadvertida para Kay Brown, que la recomendó a su jefe, David O’Selznick. Este la llamó y la dirigió en la versión norteamericana del filme junto a Leslie Howard. Ahí ya estaban su naturalidad y su elegancia, su belleza etérea e hipnótica. En los años 40 participó en películas como ‘Casablanca’ (1942) de Michael Curtiz, toda una revelación con su rostro de luz, ‘Por quién doblan las campanas’ (1943) de Sam Wood, donde encarnaba a una republicana española, María, ‘Luz que agoniza’ (1944) de George Cukor, donde estaba radiante, suave y malherida a la vez, acosada por un hombre sin escrúpulos y por sus recuerdos; obtuvo su primer Oscar. En esa década rodó, además, ‘Recuerda’ (1945), ‘Encadenados’ (1946) y ‘Atormentada’ (1949), tres títulos de Alfred Hitchcock, que la convirtió en una de sus musas y en una de sus rubias peligrosas: esas mujeres enamoradas, de turbio pasado, una hermosura femenina que desarma, capaz de realizar grandes desafíos y sacrificios. A François Truffaut le encantaba ‘Encadenados’, casi tanto como ‘Vértigo’, y el trabajo de la actriz: decía que era “el sueño filmado”.

Ingrid Bergman estaba casada con el médico Peter Lindström, con el que tuvo una hija, Pia. Con el paso del tiempo fueron distanciándose. Durante la II Guerra Mundial, como hicieron otras actrices, estuvo en Alaska animando a los soldados, donde cogió una neumonía, y viajó a diversos frentes europeos. En uno de ellos conoció al reportero de guerra Robert Capa, con quien vivió una intensa historia de amor; Capa llegó a presentársela a su madre y quizá fuese él también quien le recomendase la película ‘Roma, ciudad abierta’ (1945) de Roberto Rossellini. De su visión surgió una carta y quizá la experiencia más intensa de su existencia. Ingrid Bergman le escribió al realizador italiano, compañero de Anna Magnani: “He visto sus películas y me han gustado mucho. Si necesita una actriz sueca que sabe hablar bien inglés, que no ha olvidado el alemán, que no resulta muy comprensible en francés y que en italiano lo único que sabe decir es: ‘Ti Amo’, estoy dispuesta a hacer una película con usted…
Afectuosamente, Ingrid Bergman”. Se conocieron fugazmente en Londres (o en París, según otros) y luego Rossellini la visitó en Hollywood para que colaborasen juntos en ‘Strómboli’, en cuyo rodaje nacería una gran pasión que convulsionó a Suecia, Italia, el Vaticano o Estados Unidos, donde fue vituperada y recibió multitud de cartas llenas de odio. Tuvieron tres hijos, Robertino y las gemelas Isotta e Isabella, e hicieron seis películas. La relación acabó enfriándose –a pesar de que rodaron ‘Te querré siempre’– porque iban de fracaso en fracaso: ninguno de los dos estaba a su mejor altura y estaban cerca de la ruina. En 1956, su gran amigo Jean Renoir acudió en su ayuda y le ofreció protagonizar ‘Elena y los hombres’. Y poco después compartiría reparto con el joven Yul Brinner en ‘Anastasia’ (1956) de Anatole Litvak: su trabajo fue tan convincente que ganó su segundo Oscar; su gran amigo Cary Grant recogería su estatuilla en medio de un gran ovación. Estados Unidos la había perdonado.

Poco después se casó con el productor teatral Lars Schmidt, que la acompañó hasta el final de sus días, aunque se separasen en 1975, poco después de que ella obtuviese su tercera estatuilla, como actriz de reparto, por ‘Asesinato en el Orient Express’ de Sidney Lumet. En esa fecha se le descubrió un cáncer de pecho. En los últimos años alternó teatro, televisión y cine, y cumplió un antiguo sueño: trabajó de nuevo en sueco y además con uno de los grandes cineastas de todos los tiempos, Ingmar Bergman, en ‘Sonata de otoño’ (1978). Enferma, resistió en su casa de Londres, hasta el 29 de agosto de 1982, el mismo día en que había nacido 67 años antes. “Nunca miro atrás. He intentado vivir al máximo”, le dijo a Liv Ullmann. Su familia arrojó al mar Báltico sus cenizas, las de una de las mujeres más adorables, bellas y versátiles de la historia de Hollywood.

LA ANÉCDOTA

Ingrid Bergman fue muchos personajes en el cine, en el teatro y en la televisión. A Juana de Arco la encarnó en varias ocasiones. Su último trabajo fue el telefilme ‘Una mujer llamada Golda’, sobre la que fuera primera ministra israelí, ya enferma. Realizó un trabajo soberbio por el que recibió un Emmy y un Globo de Oro. En su centenario ha sido homenajeada en Cannes y Jeremy Irons y su hija Isabella llevarán a escena sus cartas con Rosellini. Y el sello Schimmer / Model publica ‘Ingrid Bergman. A Life in Pictures’.

 

 *Ingrid Bergman en ’Luz que agoniza’ de George Cukor. Ganó el Oscar.