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Antón Castro

JAVIER RUIBAL: 35 AÑOS EN ESCENA

JAVIER RUIBAL: 35 AÑOS EN ESCENA

JAVIER RUIBAL:

 

EL GALANTEADOR DE LA ISLA DE LAS MUJERES

 

[El próximo mes de septiembre Javier Ruibal celebra sus 35 años en la música con tres conciertos. Recupero este texto que le dediqué hace algún tiempo para un libro del escritor y experto en música Luis García Gil.]

 

Por Antón CASTRO

“Javier Ruibal no ha llegado a las plazas de toros o ha llegado a muy pocas y, sin embargo, toca por todo el mundo, tiene un prestigio inmenso. Yo llegué un día en Santo Domingo a casa de Juan Luis Guerra y me sacó un disco de Javier Ruibal como si fuera oro. Es magnífico y para serlo no tiene necesidad de llenar el Bernabéu”. Así ha definido en una larga entrevista Joaquín Sabina a Javier Ruibal (Puerto de Santa María, Cádiz, 1955). Este tipo de elogios son frecuentes hacia este trovador sensual y lírico que se afirma en los sonidos negros del flamenco y abraza en cántico apasionado y galante el jazz, el rock o infinidad de sonidos magrebíes, judíos, turcos y caribeños.


Javier Ruibal es un cantante con magia; y la magia vibra en su voz, en su melodía, en su inspiración arrebatada que habla de seres marginados, de prostitutas, de enamorados irremediables, de los gitanos, de la pasión y del mar, ese mar que va y viene y adormece en la bahía con furia tranquila. Paisano de Rafael Alberti, el rumor del oleaje habita en el temblor de su voz y en el corazón salino de sus versos. Para muchos, Ruibal encarna “el músico de culto” (no hay más que entrar en su página web para comprobar el volumen de “ruibalanos” del mundo), y tal vez sea en los conciertos en directo donde mejor llegue su sensualidad. A veces, el público tiene la impresión de que con sus canciones se adentra en un vergel oriental, en un huerto florido de mujeres, de ebriedad, de erotismo y de alegría.
Autor de seis discos (el último de ellos es “Las damas primero”) y de un recopilatorio como “Sahara”, ha escrito canciones para otros como Mónica Molina o Ana Belén, y son muchos los artistas que han popularizado piezas de su repertorio. Además de cantante y letrista, también es un excelente compositor que investiga, que se arriesga, de ahí que en ocasiones haya sido calificado de “heterodoxo”. Igual se atreve con una versión de una canción de García Lorca que se inspira en una composición de Erik Satie. Es, como ha dicho él mismo en alguna ocasión, un trovador montaraz que hunde la fuerza de su canto en la raíz, en el Mediterráneo.
Admiro a Javier Ruibal desde hace muchos años. La primera vez que lo oí en director fue en Zaragoza, hacia 1988 ó 1989, en la Facultad de Ciencias, en un concierto organizado sobre la canción de autor, del que hablé en otro momento a propósito de la muerte de Imanol, con quien tanto quería. Javier Ruibal dio un recital impresionante: hondo, delicado, intenso, con su guitarra que mezclaba el flamenco, la rumba, la música árabe, los sones del Mediterráneo y la voluptuosidad del que absorbe el mundo con luminosos ojos de asombro y de gozo. Entonces ya, Javier Ruibal me pareció un cantante que salía de “Las mil y una noches” o de una noche del sur con fragua y fuego y bandoleros en la serranía y odaliscas. Fue increíble: talento, calidez, energía, llanto y beso, todo a la vez, administrado con belleza, rigor y profesionalidad. Sufrí un deslumbramiento. Y hacia las dos o las tres de la mañana, en un bar que se llamaba La Avenida de la Ópera, conversé con Javier Ruibal. Más que conversar, le hice una entrevista con otros sonidos y voces de fondo. Sus orígenes, sus raíces, las letras, el gusto por el embrujo que te coloca en el umbral de un precipicio de viajes, paisajes o amores locos...


Ruibal entraba en mi modesta discoteca cada vez que publicaba un disco. Y a finales de los 90 estuve con él en el Puerto de Santa María. No sólo era un magnífico cantante, admirado y querido por otros cantantes, venerado por un público quizá no demasiado mayoritario pero muy atento y sensible a su talento, un guitarrista estupendo, sino que también era, es, un tipo extraordinario. Tuvo el detalle de ser uno de los presentadores de mi libro de cuentos “Los seres imposibles” (Destino, 1998), y lo hizo con canciones. Narró nuestro encuentro en Zaragoza, contó a los asistentes aquella loca noche de copas y palabras, y luego hizo lo que mejor sabe hacer: cantó dos canciones “a capella”. Temblaba el salón de actos de aquel colegio. Y un estremecimiento unánime recorrió a los asistentes, un temblor de estrellas, un fogonazo de emoción. Yo me quedé literalmente pasmado y agradecido... Había ido al Puerto de Santa María sólo a eso, a verlo de nuevo, a oírlo en dos temas prodigiosos. Al salir, un paisano me dijo: “Se habrá dado cuenta: esa voz ya lleva la música dentro...”

 

*Este texto apareció en un libro de Luis García Gil, escritor gaditano, especializado en asuntos musicales.

 

LA VIDA DESESPERADA DE ÉDITH PIAF

LA VIDA DESESPERADA DE ÉDITH PIAF

LECTURAS. VERANO 2015

La vida desesperada de Édith Piaf

 

La cantante y actriz (1915-1963) conmovió a las masas con sus canciones y sigue considerándose “la voz de Francia”

 

PIE DE FOTO. ARCHIVO´

Édith Piaff y uno de sus grandes amores: Yves Montand, en 1946.

 

Antón CASTRO

“Cantar es otra forma de escapar. Es otro mundo”, dijo Édith Giovanna Gassion, que se haría famosa como Édith Piaf, la desgarradora musa de los existencialistas franceses de los años 50. No es fácil hallar una vida tan accidentada y dramática como la suya. Ella misma contribuyó a llenarla de consejas: dijo que había nacido en plena calle Belleville y ya se sabe que nació en el hospital de Tenon, en París. Su padre era el acróbata Louis Alphonse Gassion y su madre la cantante de cabaré Annette Maillard, alcohólica y enferma. Tras volver de la I Guerra Mundial, su padre se hizo cargo de ella; la niña sufrió una queratitis (inflación de la córnea) que la dejó ciega un tiempo. Se recuperó y pasó a vivir con su abuela paterna, que regentaba un burdel en la Normandía; por eso casi siempre se dice que fue educada por las prostitutas.

Más tarde, empezó acompañar a su padre en su circo ambulante y llamó la atención con su poderosa voz. Conoció a un joven, Louis Dupont, con quien tuvo una hija, Marcelle, que murió a los dos años. Y a la vez la descubrió un empresario de cabaré Louis Leplée, la contrató y le publicó su primer disco bajo el nombre de Môme Piaf (Pequeño gorrión), por su aspecto desvalido. Un día, tras un incidente no esclarecido, Leplée apareció muerto de un disparo y Édith fue acosada.

Regresó a los bajos fondos, a los cabarés modestos de Pigalle, hasta que se cruzaron en su camino el compositor Raymond Asso, que le regaló canciones y le enseñó a mejorar su técnica vocal, y la pianista Marguerite Monnot. Volvió a enamorar al público y puede decirse que en vísperas de la II Guerra Mundial ya era una cantante famosa con sus temas, desesperados y melancólicos, del París más costumbrista y sombrío. Con ‘Ma legionnaire’ obtuvo un gran éxito: podía oírse como una canción de amor y un canto contra la guerra. La actitud de Édith Piaf en la contienda fue compleja: algunos biógrafos dicen que visitó un campo de internamiento alemán, que estuvo próxima al gobierno pro alemán de De Vichy y a la vez se sabe que protegió y ayudó a muchos judíos. Estaba con los débiles.

En 1944 se cruzó con un joven y apuesto cantante de music-hall que se convertiría en su amante: Yves Montand. Estuvieron casi dos años juntos y en 1946 iniciaron una gira que acabó en ruptura. Édith fue una mujer apasionada, con una sexualidad vibrante, capaz de vivir varias relaciones simultáneamente. En cierto modo, su existencia, puro coraje, era una constante búsqueda de un hombre ideal y una batalla contra el amor imposible. En 1947, conoció al gran púgil Marcel Cerdán, casado y padre de tres hijos, con quien no tardaría en iniciar una relación amorosa. En septiembre de 1948 se coronó campeón del mundo ante Tony Zale. Un año más tarde, ella, que iba de éxito en éxito por Estados Unidos, lo llamó para que acudiese a verla. El avión, con destino a Nueva York, sufrió un accidente en San Miguel de las Azores el 28 de octubre y Cerdán perdió la vida con otros 47 pasajeros.

Édith Piaf sufrió una crisis de tristeza y de ansiedad y se hizo adicta a la morfina, dependencia que ya no abandonaría jamás. A Cerdán le dedicó uno de sus mejores temas: ‘Hymne a l’amour’ (1949), que sucedió en su lista de espléndidas canciones a ‘La vie en rose’. Contaba historias crueles con un sentimiento desgarrador; la gente la oía con fervor, hipnotizada. Poseía sinceridad, hondura, escalofrío, parecía que en cualquier instante estallaría en llanto. Consciente de su capacidad de comunicación, dijo: “Estoy segura de que podría leer a Baudelaire en un cabaré y me aplaudirían”.

En 1950 conquistó el Olympia. Al año siguiente conoció a Charles Aznavour, que lo fue todo para ella: amante, secretario, letrista de temas de como ‘Jezebel’ o ‘Plus bleu que tes yeux’. En 1952 se casó con el cantante Jacques Pills y vivieron juntos, con altibajos, hasta 1956, año en que triunfó en el Carnegie Hall. Dos años después se cruzó en su camino Georges Moustaki; los cantantes jóvenes eran su especialidad; a los ya citados se sumarían Eddie Constantine y Gilbert Bécaud. En 1958, viajando en coche con Moustaki, Édith sufrió un terrible accidente, que le exigió diversos tratamientos. En medio del dolor, era esclava de los opiáceos y del alcohol. No tardó en descubrírsele un cáncer hepático. En 1961, se sobrepuso a todo y aceptó la oferta de cantar de nuevo en el Olympia, que estaba a punto de cerrar. No tenía fuerzas, parecía que iba a desplomarse en cualquier instante; apareció en escena con su vestido negro y su voz trémula y cautivadora, y cantó: ‘Je ne regrette rien’ (No me arrepiento de nada). Louis Armstrong dijo: “Me arrancó el corazón”. Algo que suscribieron el público en general y amigos como Alain Delon, Belmondo, Brassens, Paul Newman o Duke Ellington Gracias a ella, el Olympia sobrevivió.

Se casó de nuevo, esta vez con el joven peluquero y cantante griego Théo Sarapo. Apenas vivió un año más: el 10 de octubre de 1963, a los 47 años, moría en el barrio periférico de Grasse. Se conocía tan bien que dejó este autorretrato: “Todo lo que he hecho durante mi vida ha sido desobedecer”.

 

LA ANÉCDOTA

Amigos y admiradores. Édith Piaf, cantante y actriz de cine y de teatro, tuvo muchos admiradores. Desde Serge Gainsbourg a Marlene Dietrich, desde Sartre a Roland Barthes. Uno de sus mejores amigos fue Jean Cocteau, que escribió para ella ‘Le bel indiferent’. La muerte de ambos se hizo pública el mismo día, el 11 de octubre de 1963, aunque ella había finado un día antes. A Édith Piaf el arzobispo de París le negó el funeral católico por su vida disipada. El abad Leclerc, en cambio, bendijo su tumba de Pere Lachaise. Ella creyó ciegamente en Dios. Marion Cotillard le dio vida en ‘La vida en rosa’ (2007) y conquistó el Oscar. Francia celebra este año el centenario de su nacimiento.

POEMA PARA DEBRA WINGER

 

BUSCANDO A DEBRA WINGER

 

Antón CASTRO

 

Perdí la cabeza por ti,

antes, mucho antes de ‘Tierras de penumbra’.

Mucho antes de que fueras poeta

y una criatura mortal frente a la noche.

No sabría decir por qué. La luz de tu sonrisa,

tu picardía, tu fuerza, la manera en que bebías

la claridad del mundo en cada abrazo.

Me gustabas siempre: en cada diálogo,

en cada beso, en esa alegría incontenible

de estar a punto de irte para siempre a otra playa.

Pero cuando te vi en ‘El cielo protector’,

me sentí enfermo, poseído de amor.

Entendía, y no entendía, tu pasión por el desierto,

el helado rescoldo del plenilunio en la arena,

la muerte inesperada de un amor disipado.

Y luego, llegaste a aquel villorio,

a otra forma de prisión. Y a la violencia

del anhelo. Aún te veo: extraña y extranjera,

arrebatada y muda, mientras te acariciaban

y sorbían el sudor de tus muslos. Aún te veo:

lejana y sola contra la tiniebla y la escarcha.

Aún te veo: a horcajadas, a punto de estallar

como el maremoto de todos los deseos.

¿Recuerdas? Tú eras la piel del escalofrío.

 

Luego te esfumaste. A otro mundo,

a otras formas del olvido y del silencio.

Incluso salieron a buscarte. Querían, como yo,

saber de ti: buscaban a Debra Winger.

Esa película perseguía a un fantasma,

una ninfa de antaño, vulnerable y sensual.

Ese rescate imposible enerva todos mis sentidos.

Cierro los ojos e imagino que estás ahí,

en el interior de la pantalla a punto de decirme:

“Ven. A veces solo en el cine se cumplen

los mejores sueños, peligrosamente juntos”.

 

De 'Seducción'. Antón Castro. Olifante, 2014. 

 

 

1.FOTO. La tomo de aquí: 

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2. FOTO. La tomo de aquí:

http://i.telegraph.co.uk/multimedia/archive/01209/debra_winger_1209269c.jpg

 

MARIO ORNAT: 'TIERRA Y LIBERTAD'

MARIO ORNAT PUBLICA 'BIENVENIDO MR. LOACH'


Les informamos que este próximo sábado 15 de agosto en el Salón de Actos del Ayuntamiento de Mirambel tendrán lugar los siguientes actos:
-A las 18:00h, proyección de la película “Tierra y libertad”.
-Mario Ornat presentará el libro 'Bienvenido Mister Loach, Historia del rodaje de Tierra y Libertad...o de como la revolución llegó a Mirambel'. Está previsto que participe alguno de los actores del rodaje. 
Este acto servirá de inicio de una serie de acciones que la localidad de Mirambel junto con la Comarca del Maestrazgo quiere realizar para recordar los 20 años del rodaje de esta película. 



NOTA
'Tierra y libertad', de Ken Loach, fue uno de los grandes hallazgos de 1995. Habla de una revolución social, de una guerra, de una tierra que aspiraba a un futuro mejor. Habla de sueños, de amor, de lucha y, por supuesto, de libertad. Loach eligió la bella localidad de Mirambel, en el Maestrazgo turolense, como principal escenario de este drama que nos sitúa en los dos primeros años de la guerra civil española. Durante casi dos meses, los vecinos de la comarca vivieron con entusiasmo una experiencia irrepetible.

'Bienvenido, Mister Loach' es un fascinante y exhaustivo análisis de una de las mejores películas del cine español. Además de las divertidas vivencias que se produjeron en el rodaje, el autor ofrece un apasionante estudio del film gracias a una laboriosa investigación; el libro es producto de largas entrevistas al director, a los productores, responsables del equipo técnico, asesores, principales intérpretes y a muchos de los extras que participaron en esta inolvidable aventura. El resultado es toda una invitación a amar el cine. [Nota de Cristina Mallén y Doce Robles.]

 

Foto 1. La tomo de aquí: http://4.bp.blogspot.com/-27Pfn-ohRUI/T8akiPBMoII/AAAAAAAABxU/e0SOvoQKmMc/s1600/land.jpg

 

Foto2. La tomo de aquí. 

http://2.bp.blogspot.com/_EpHhRAwb_FA/TK3fgIKWjpI/AAAAAAAAA9w/mvwSZ3zjxEk/s1600/Tierra+y+Libertad.jpg

CARMIÑA: LA MUJER IDEAL DE LETRAS

CARMIÑA: LA MUJER IDEAL DE LETRAS

CARMEN MARTÍN GAITE:

LA MUJER IDEAL DE LETRAS

 

Se cumplen quince años de la muerte de esta escritora versátil que practicó todos los géneros

 

Antón CASTRO

Carmen Martín Gaite (Salamanca, 1925-Madrid, 2000) encarna un deslumbrante ejemplo de vocación literaria desde la niñez. A los ocho años ya escribía cuentos y a los diez firmó un cuaderno que tituló ‘Redacciones’. Su infancia transcurrió entre Salamanca, Madrid y San Lorenzo de Piñor, en Orense. Su  padre, notario liberal, le regaló una pluma, que conservó siempre, y una frase: “olvidaos de la ambición de poseer y, en cambio, no perdáis nunca, hasta el fin de vuestros días, la ambición de saber”; Carmiña la cumplió al pie de la letra.

Estudió Filosofía y Letras en Salamanca y allí conoció, entre otros, al narrador Ignacio Aldecoa (1925-1969), que frecuentaba poco las aulas y mucho las tabernas, y poseía un maravilloso oído para captar el idioma popular al vuelo. Al principio, Carmen Martín Gaite hizo algunas tentativas como actriz: siempre tuvo algo de melodramática; como dijo el profesor y crítico Santos Sanz Villanueva podía ser “vital, presumida, provocadora”, pero también era irónica, divertida, reflexiva, rebelde, trabajadora hasta la extenuación, y le gustaba llevar aquellas boinas que le daban un aire parisino y a la vez intemporal.

Tras una pequeña crisis universitaria y de salud –que dio lugar al inédito ‘Libro de la fiebre’, de literatura fantástica más bien-, se trasladó a Madrid. En 1950 inició su relación con el joven escritor Rafael Sánchez Ferlosio, que le recomendó que no publicase aquel trabajo. Rafael y Carmen se casaron el 14 de octubre de 1953, y tuvieron un primer hijo, Miguel, que murió a los siete meses. Carmen, desolada, decidió que debían tener otro hijo; su hija Marta nació en 1956. Para entonces Carmen ya había publicado cuentos en varias revistas y, en 1954, había obtenido el premio Café Gijón con ‘El balneario’. Coincidiendo con el nacimiento de Marta, Sánchez Ferlosio ganó el premio Nadal con ‘El Jarama’, una novela realista de prosa objetiva y minuciosa que narraba una tarde en el río y un accidente funesto. Carmen Martín Gaite escribía siempre que podía, como le contó en una conmovedora carta a Asunción Carandell, esposa de José Agustín Goytisolo, que Carme Riera publica en un libro recomendable: ‘Un lugar llamado Carmen Martín Gaite’ (Siruela, 2013), en el que escriben los zaragozanos José-Carlos Mainer y María Dolores Albiac. En 1958, la propia Carmen Martín Gaite ganó el Nadal con ‘Entre visillos’. Luego aparecerían ‘Ritmo lento’, quizá una de sus novelas más ambiciosas, de discreta acogida, ‘Retahílas’, ‘Fragmentos de interior’, ‘Las ataduras’… Y empezó a dar muestras de su versatilidad: fue guionista de televisión, escribía ensayo, artículos, teatro, poesía, traducía de al menos cinco lenguas (gallego, portugués, italiano, inglés, francés), se obsesionó con el siglo XVIII a través de la figura de Melchor de Macanaz y del estudio de los usos amorosos, entre otras cosas. En 1961, cuando Marta ‘La Torci’ tenía cinco años, le regaló a su madre una libreta con un título premonitorio: ‘Cuaderno de todo’. Desde entonces, Carmen redactó una larga treintena de cuadernos que contienen reflexiones, confidencias, notas de lectura, cartas, etc., algo muy parecido a un personal diario íntimo o las notas del taller de la escritora; se publicarían en 2002 en Debate en edición póstuma de Maria Vittoria Calvi. En 1970, ella y Rafael Sánchez Ferlosio se separaron; él se volvió a casar con Demetria Chamorro y ella solo se desposaría con la soledad, la literatura y el amor hacia su hija Marta, que falleció en 1985 de sobredosis. Dos años antes había publicado un libro capital, en el que trabajaba de manera explícita desde 1973: ‘El cuento de nunca acabar. (apuntes sobre la narración, el amor y la mentira)’. En 1988 compartió el premio Príncipe de Asturias de las Letras con su amigo José Ángel Valente. La última década de su vida fue especialmente intensa.

Se convertiría en una escritora popular, querida y galardonada, una de las más vendidas de la Feria del Libro de Madrid. Publicó sus novelas de mayor éxito, ‘Caperucita en Manhattan’ (1990), ‘Nubosidad variable’ (1992),  ‘La reina de las Nieves’ (1994). Ese año recibió el Premio Nacional de las Letras Españolas), ‘Lo raro es vivir’ (1997), ‘Irse de casa’ (1998)..., salvo la primera, todas en Anagrama. En ellas se mezcla la glosa de cuentos clásicos y su mundo obsesivo de secretos de la memoria. El 23 de julio de 2000 falleció de un cáncer fulminante en la Clínica Rúber. Pidió que le llevasen sus ‘Cuadernos de todo’, que definió como su “murmullo del vivir cotidiano”, y cerró sus ojos abrazada a ellos. Carmen quizá no pudo oír el ruego de su hermana mayor Ana María: “No te mueras todavía”. Han pasado quince años desde entonces: la importancia de esta novelista de la introspección, de la evocación y de “la búsqueda del interlocutor” sigue creciendo.

 

LA ANÉCDOTA

Carmen Martín Gaite fue una mujer muy generosa con los jóvenes, como han recordado Antonio Muñoz Molina, Belén Gopegui o Marcos Giralt Torrente. Fue la guionista de la serie sobre Teresa de Jesús de Josefina Molina. Varios aragoneses han estado vinculados con ella. Firmó el guion de ‘Celia’ (1993), que rodó José Luis Borau, que le dio un cameo como monja; fue una gran amiga de la actriz y modelo, y también escritora en su madurez, Mayrata O’Wisiedo, novia en los 50 de Alfonso Sastre, como cuenta en su libro ‘Esperando el porvenir’ (Siruela, 1994), sobre Aldecoa. La actriz Ana Labordeta fue una de las protagonistas de su obra teatral ‘La hermana pequeña’, que se estrenó en 1999.

 

*Esta fotografía es de Rogelio Allepuz y se la tomó al lado del Gran Hotel de Zaragoza en 1991.

RETRATO DEL TORTUOSO EGON SCHIELE

Egon Schiele, el pintor de un erotismo tortuoso

 

El artista austriaco, procesado por escándalo público y muerto a los 28 años, protagoniza una novela gráfica de Xavier Coste

 

 

Antón CASTRO

Egon Schiele (1890-1918) es uno de esos pintores inquietantes, un tanto anómalos, cuya vida se mueve entre el tormento, la exaltación del desnudo y un erotismo de atmósfera torturada que él desarrolla con una mirada expresionista. Dijo: “¡Para mí pintar es como respirar! ¡Es mi vida!”. El artista francés Xavier Coste (Bayeux, Normandía, 1989) le ha dedicado una novela gráfica: ‘Egon Schiele. Vivir y morir’ (Norma editorial, 2014. Traducción de Amaiur Fernández) y explica que para él es “un personaje complejo, enigmático, pero al mismo tiempo frágil y apasionante. Y ante todo, lo que he intentado es transmitir mi pasión por este gran pintor”.

Coste elude en todo momento la hagiografía: es consciente de que Egon Schiele fue un pintor frenético y turbio, de hábitos sexuales y estéticos chocantes, no siempre fáciles de asimilar. Sintió una gran atracción por las prostitutas, fue promiscuo y mentiroso, tal vez desleal o cuando menos ambiguo en sus relaciones con otros artistas. Tenía un sentimiento trágico de la vida, un aura de misticismo, y tres de las palabras que definen su biografía son dolor, desesperación y soledad.

Egon Schiele era hijo del jefe de estación Adolf Schiele. Vivió en distintas casas de la estaciones en las que trabajaba su progenitor y el mundo de los trenes fue la fantasía de su infancia. Le encantaba dibujar y adoraba a su padre; cuando este falleció en 1905, se sintió desamparado. Gertrude, una de sus tres hermanas, era su consuelo: posaba desnuda para él. Años después, ella diría de él: “Egon no ha tenido nunca el alma de un gran romántico”.

A los 16 años, Egon convenció a su madre y a su tutor que le permitiesen ingresar en la Academia de Bellas Artes de Viena. No logró adaptarse; oía demasiadas veces de sus profesores: “como de costumbre el trazo es chapucero y el dibujo inestable”. Al año siguiente, quizá en uno de aquellos cafés donde se reunían los artistas, conoció a Gustav Klimt (1862-1918) y se convertiría en su discípulo, hasta el punto de que sus primeras obras eran “una pobre imitación de Klimt”, según escribió un crítico. El maestro, en cambio, admiraba su trabajo, le compró dibujos y le cambió una serie de piezas por otras suyas. Entre ambos se estableció una corriente de complicidad y quizá de rivalidad. Egon Schiele, un tanto desafiante, dijo a los 20 años: “Ya he recorrido el camino de Klimt”. El pintor de ‘El beso’, famoso y con influencias, lo recomendó a sus galeristas, le ayudó a hacer sus primeras exposiciones y le advirtió que tomaba un camino peligroso, mucho más erótico que el suyo. No solo pintaba cuerpos entrelazados, tensos y nerviosos, escenas lésbicas, mujeres obscenas que mostraban su sexo o que se masturbaban, sino que también quiso pintar a niños desnudos (era un tema, no una perversión) y para ello puso un anuncio en los periódicos. Klimt decía que sus elecciones eran “un poco dudosas (…) te aventuras peligrosamente” y le sugería: “intenta calmar tus ardores”.

En abril de 1912, la policía entró en su estudio y requisó sus obras; le había denunciado el padre de la joven de trece años Tatiana von Mosjig, peripecia que se cuenta la película ‘Exceso y castigo’ (1981), de Herbert Vesely, con Jane Birkin en uno de los papeles principales. Fue juzgado por corrupción de menores y por incitar a la pornografía. Al final solo lo condenaron por dejar sus obras al alcance de los niños. Estuvo 25 días en prisión, dibujó y escribió un pequeño diario de trece hojas.

Schiele le robó a Klimt una de sus modelos, Wally Neuzil, que fue su compañera más estable durante varios años, aunque la compartía con otras amantes, especialmente con las hermanas Adele y Edith Harms. Cuando se vio obligado a elegir se quedó con Edith. Poco más tarde fue llamado a filas, en la I Guerra Mundial, y estuvo en una zona cómoda, en Praga, donde vigilaba a los soldados rusos. Llevaba una libreta de dibujos en la que dio rienda suelta a su imaginación: mujeres, autorretratos (que fue el otro asunto esencial de su obra); alguien le confirmó la muerte de Wally hacia 1917 y le dedicó una de sus mejores obras.

Al regresar a casa, Edith le estaba esperando con dos malas noticias: la muerte de su madre, con quien nunca se llevó bien, y la grave enfermedad de Gustav Klimt, que moriría poco después. Fue el principio de una nueva cadena de desgracias que ni le dio tiempo a disfrutar su condición de heredero natural del maestro. Edith se quedó embarazada, pero falleció a consecuencia de la gripe española. “Nunca he dejado de amarte”, fueron sus últimas palabras. Egon Schiele murió a consecuencia de la misma epidemia en octubre de 1918. Para el coleccionista Heinrich Benesch, a pesar de su tumultuosa existencia, tenía “la seriedad apacible de un ser convencido de su misión espiritual”.

 

LA ANÉCDOTA

 

Egon Schiele fue contemporáneo de Oskar Kokoschka, Alfred Kubin o el ya citado Klimt, entre otros. Admiró con locura a Vincent Van Gogh, que murió el año de su nacimiento. Aunque centró su obra en los óleos, dibujos y acuarelas sobre el cuerpo y el autorretrato, también le interesaron muchos los paisajes. En sus últimas palabas, recogidas por su amigo Arthur Roessler, pareció entonar un mea culpa: “Es triste y es difícil morir, pero mi muerte no me parece más lamentable que mi vida, mi vida que ha ofendido a tanta gente”. En 2012, el Guggenheim de Bilbao le dedicó una gran exposición. Para muchos es uno de los grandes artistas de la modernidad.

-Autorretrato: 

http://www.artsunlight.com/artist-photo/Egon-Schiele/self-portrait-by-Egon-Schiele-0065.jpg

-Foto de Egon y Wally: 

http://www.textezukunst.com/uploads/images/malerei/schiele/Egon_Schiele_und_Wally_Neuzil.jpg

-Foto de Wally: la tomo de aquí

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NUEVA NOVELA DE PEDRO JUAN GUTIÉRREZ

NUEVA NOVELA DE PEDRO JUAN GUTIÉRREZ

Pedro Juan Gutiérrez cuenta

la persecución de Cuba a los gais

 

El narrador de Matanzas publica ‘Fabián y el caos’ (Anagrama), la dramática historia de un músico acosado por el régimen de Castro

 

 

Antón CASTRO

Pedro Juan Gutiérrez (Matanzas, Cuba, 1950) ha sido llamado en muchas ocasiones el ‘Charles Bukowski’ cubano. También tiene cierto parentesco con el canto a la vitalidad sexual de Henry Miller. Es un escritor descarnado y visceral al que le encanta explorar el sexo, la sordidez y la miseria de un país en permanente contradicción. En el mundo de Pedro Juan Gutiérrez el sexo es lo más importante que hay: cuando todo va mal, cuando la hambruna atosiga, cuando ni hay trabajo ni otras expectativas, siempre queda eso: una cita en cualquier parte con esas mujeres ardientes, de cualquier edad, dispuestas al amor y a sus tenebrosas apariencias.

Pedro Juan Gutiérrez dejó constancia de esta visión en libros como ‘Trilogía sucia de La Habana’, muy especialmente, pero en realidad en casi toda su obra: acostarse es una redención, un placer, una huida hacia adelante y quizá una condena. Y, casi siempre, en el fondo, da igual donde sea y con quien sea. Pedro Juan Gutiérrez, que también le ha dedicado una novela a la presencia de Graham Greene en la isla, ‘Nuestro G. G. en La Habana’, ha creado una especie de antihéroe de los bajos fondos, nihilista, huraño, corrosivo, más bien cabreado y dispuesto para el goce de una manera primitiva, casi animal, aunque a veces posea fogonazos de romanticismo. Para él, el romanticismo y el deseo caminan de la mano.

Ese personaje central de sus libros que es Pedro Juan, que tiene mucho de ‘alter ego’ suyo, reaparece en ‘Fabián y el caos’ (Anagrama, 2015. 235 páginas), que llegará a las librerías con el nuevo curso. Es un libro parecido a sus títulos anteriores, críticos con Cuba, que ofrecen una visión demoledora de su situación social, laboral y política, pero incorpora una novedad: se centra en la historia de un homosexual, con grandes capacidades para la música, al que el sistema revolucionario pondrá en su punto de mira con un trabajo brutal de demolición. Pedro Juan Gutiérrez cuenta dos vidas paralelas: la de Pedro Juan, que descubrirá el sexo con Regina y Tita la loca, entre otras, y la de Fabián, hijo de Lucía Ramírez, madrileña, y Falipe Cugat, barcelonés, que viven una fugaz historia de amor. Felipe y Lucía se conocen, se casan, se marchan a Matanzas; él trabajará en una tienda de tejidos de su tío y ella dará clases de música. Lucían será madre por accidente a los 44 años; su marido se entendía con diversas prostitutas y se controlaba muy bien en el tálamo nupcial, hasta que un día cometió un error.

Así nació Fabián –la novela arranca con esta frase: “Fabián empezó a escuchar la música del piano cuando aún era un feto flotando en el vientre de su madre”-, escasamente agraciado, que llegará a dominar la música clásica, el bolero y el jazz. Su padre le dije un día a su esposa: “Te dije que lo mantuvieras alejado del piano. Eso está bien para las mujeres. Y punto. Los hombres tienen que trabajar. Trabajar duro. ¡Y hacerse hombres, joder!”. Fabián se sentirá un solitario profundo. Un hombre invisible y descolocado. Pese a todo vivirá intensas historias de amor: con el joven Roberto, con quien pasea por la solitaria playa de Varadero, con Manolo (conmueve su destino final), con el carnicero Antonio, con quien explora el lado más salvaje e insoportable del erotismo.

“Tenía que seguir caminando y atravesar la furia y el horror”. Eso hace Pedro Juan y aún más Fabián, que pasará de las ‘Variaciones Goldbrerg’ de Bach, del ‘Concierto número uno para piano’ de Chaikovski y de los ‘Nocturnos’ de Chopin a una fábrica de carne, donde todos roban. Recuerda el narrador: “Las mujeres se amarraban un pedazo [de carne] bajo el vientre, sobre el pubis. Y, si podían, llevaban otro trozo en una bolsa. Todos robaban cada día. Para comer en casa o para vender”. Alguien le dice a Fabián, en medio del éxito, que él no es un personaje idóneo para trabajar en cultura. El narrador reflexiona sobre la situación: “Fabián era un artista total. Un soñador. No tenía capacidad pragmática para la vida”. Y el propio artista, que parece no percatarse del nuevo estado de cosas, confiesa: “No me interesa buscarme la vida. Lo que me interesa es la música. Ir hasta el final (...) No quiero tener hijos ni nada. Solo quiero hacer música. Escribir una sinfonía, no sé..., hacer algo. Ir hasta el final de algo que no sé bien, no sé”.  

Pedro Juan Gutiérrez describe a un país que se inclina hacia el comunismo, que intenta sobrevivir en una nueva retórica de convivencia y que acaba levantando un muro de espionaje (encarnado en una mujer, Celeida), de cerrazón, de miedo y de intolerancia, que le afecta no solo a su amigo, sino a mucha otra gente, entre ellos los escritores José Lezama Lima, autor de ‘Paradiso’, libro bajo sospecha, el narrador y dramaturgo Virgilio Piñera o Reinaldo Arenas, que dejará su testimonio estremecedor en ‘Antes que anochezca’.

 

LA ANÉCDOTA

El beso más largo. Cuba ha sido un país de cines y de cine. Lo ha recordado Cabrera Infante en su libro ‘Mea Cuba’, que es una crítica feroz del castrismo. Cuenta muchos casos de represión contra los homosexuales. En los cines de La Habana pasaban muchas cosas. Aquí, Pedro Juan Gutiérrez cuenta algunas: los besos eran tan largos como una película, el acoso sexual se volvía más que insoportable. Y, a la vez, la oscuridad era el reino de todas las fantasías sexuales. Para Pedro Juan y Fabián el cine es como un reino de iniciación.

 

*La foto es de Eve Arnold, y está tomada en 1954.

 

500 DÍAS. CASI UN CUENTO Y UN VIAJE

500 DÍAS. CASI UN CUENTO Y UN VIAJE

500 DÍAS. ECOS DE FABEIRO E GUITARRAS Y UN VIAJE A ZARAGOZA


El pasado siempre vuelve. No se sabe por qué. A menudo para avanzar se necesita retroceder, inspeccionar la memoria, tomar aliento en los recuerdos. Ocurre no solo en la vida cotidiana sino en la política. En un viaje a La Coruña y a los mares nativos, me enteré de que un compañero de pupitre llevaba más de 500 días desaparecido, como ya he contado aquí. Su apodo era Fabeiro, un puro talento futbolístico, un goleador nato que probó en el Fabril y el Deportivo juvenil. Allí le prometieron el oro, el moro y algo de dinero hasta que le dieran un empleo, pero pronto se desesperó: quizá pensase que el mundo estaba contra él. En vez de aplicarse y de exigirse más, mucho más, buscó culpables en el entorno, se dejó arrastrar por los cantos de sirena y acabó jugando en el Campanal de Loureda, un conjunto modesto donde se desvaneció su ambición poco a poco. Fabeiro vivió de prisa, fue padre, volvió a serlo y un día se convirtió en una promesa interrumpida. En 1980, con Lamas, su compañero de equipo y un extremo virtuoso que se ondulaba el pelo rubio con un peine de cuchillas, y algunos jóvenes más de Arteixo –ya saben, el pueblo de Arsenio Iglesias, de Zara, de ‘La Voz de Galicia’-, se vino al Pilar. Todos fueron a las carpas, disfrutaron y acabaron por todo lo alto en las vaquillas. Pernoctaron en una fonda de San Pedro Nolasco, El Descanso, que aún existe. El sábado anterior al partido, tal vez, Lamas –que lleva media vida viniendo a las fiestas del Pilar y es el perfecto enamorado de Zaragoza; el amigo Xabier Maceiras me acaba de poner en contacto con él- recibió una llamada del presidente del club, Paco ‘El Cubano’. Él sí había anunciado su ausencia, pero no la joven estrella. “¿Está Fabeiro contigo?”, le dijo. “Sí, está aquí a mí lado. Y dice que llegará para jugar”. El presidente le dijo que no se diese prisa, que le daba descanso ese domingo y tres o cuatro más. Lamas había sido el conductor del coche y acaba de revelarme que aún no tenía carné. Aquella fue una hermosa y loca aventura y quizá una epifanía de la juventud perdida de Fabeiro. Y quizá de la mía: estábamos los dos muy cerca, en la misma ciudad y quizá en el mismo concierto, no nos vimos y aún no hemos vuelto a vernos.

*La foto no es de Fabeiro, pero sí de otro gran goleador: Just Fontaine. Este texto apareció hace un par de domingos en mi sección 'Cuentos de domingo'. Confirmé algunos dato en conversación telefónica con José Antonio Lamas, 'Guitarras'.