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Antón Castro

'LA NOVIA' DE PAULA ORTIZ Y LORCA

'LA NOVIA' DE PAULA ORTIZ Y LORCA

‘LA NOVIA’ DE PAULA ORTIZ

 

Paula Ortiz ha confesado varias veces cuanto le marcó la obra de Federico García Lorca, especialmente su teatro. El pasado martes, en la sala seis de los cines Palafox, hubo un pase privado de su segunda película, 'La novia', basada en 'Bodas de sangre' (!933), la obra teatral que se inspiró en unos hechos reales, dramáticos, en el Cortijo del Fraile, Níjar (Almería), ocurridos en julio de 1928. Lorca exploró la atracción fatal, el desmesurado amor, la fatalidad, las discordias familiares del pasado y ese destino aciago, tan telúrico como irreductible. En este caso, una novia, recién casada con un joven entusiasta y un tanto ingenuo, lo deja todo en plena fiesta para irse con Leonardo, casado con una prima suya. Ambos, la novia y Leonardo vivieron en el pasado una rara e intensa historia de amor que ha dejado rescoldo o demasiadas heridas abiertas. 

Paula Ortiz es una realizadora que busca la belleza, la pura plasticidad y los símbolos, intenta crear una atmósfera, un universo pleno, visualmente complejo. La experiencia de 'De tu ventana a la mía' le ha permitido depurar el lenguaje y los planos, ajustar mucho más la psicología de los personajes (a los que la cámara mira al fondo de los ojos) y el guión, claramente dramático y aún desmedido para cualquier código de ficción. La directora es fiel al texto, lo esculpe y se atreve con él y con todas sus metáforas, y se permite algunas licencias que subrayan la fuerza de la tragedia y la obsesión: el arranque mismo, tan apocalíptico, o esos tres jóvenes que bien podrían ser la novia, el novio y Leonardo en la adolescencia. Leonardo es el único personaje que tiene nombre propio y es la detonación, esa criatura obsesiva, el jinete que fatiga a su caballo (que simboliza el sexo, la energía, la virilidad) en busca de la novia.

Paula Ortiz consigue representar el universo lorquiano y a la vez madurar su propia escritura fílmica. Le confiere un nuevo ritmo a su cine sin obviar su sentido poético ni ese desarrollo de tragedia griega con coro. Está Lorca y está ella: su mundo, su pasión por la fotografía, su vocación pictórica, el homenaje a John Ford y a su ventana abierta al llano. Y está, sobre todo, un ámbito matizado e intemporal de carácter rural, mediterráneo más que andaluz o aragonés.

Las casas están destrozadas por afuera y en su interior hierve el deseo, la mala sangre y el rencor: la autora resuelve la paradoja con enorme sutileza. Es un mundo en ruinas por fuera y por dentro, pero tiene espacios de acogida, de intimidad y de esperanza como el taller de vidrio del padre de la novia, que a la vez define un elemento decisivo en la obra: el cristal-cuchillo que entra hasta la oscura raíz del grito. Le funcionan la lentitud tensa, la luz y la sombra del paisaje, la desolación del espacio que posee gran poder de evocación, ciertos ecos de posmodernidad, la música de Shigeru Umebayashi, compositor de ‘Deseando amar’, las voces de Carmen París, de Soledad Vélez, de la propia Cuesta, la canción de ‘La Tarara’... Le funcionan los personajes: destacan Luis Gavasa, que hace pensar en una Irene Papas más humana y menos mitológica, Carlos Álvarez Novoa, María Alfonso Rosso, Consuelo Trujillo, soberbia y tierna, encarnan a los mayores y están magníficos, con matices muy diferentes; están muy bien los jóvenes: Inma Cuesta, la pura contradicción de la carne, la pasión y la tierra en uno de los papeles más intensos de su carrera, Álex García, Asier Etxeandía, remonta poco a poco Leticia Dolera, posee encanto y gracilidad Manuela Bellés, como responde a una niña casadera, hay variada representación aragonesa, debuta como actriz Carmela del Campo, nieta de José Antonio Labordeta.

Dentro de ese tono tan trabajado y meticuloso, donde conviven el preciosismo y la fatalidad, quizá resulte un poco excesivo el espejismo final de los cristales, un tanto innecesario, es como una ruptura o un énfasis dentro un tono ya muy meditado. Es brillante y variada la larga y secuencia de la boda, subyugante la luna grande que alumbra la tierra sembrada de sangre, amor y triste sino: la muerte que avanza como una maldición en un cuerpo de mendiga.  

 

 

*En la foto, Álex García e Inma Cuesta, Bernardo y la novia.

 

JULIETA ALWAYS DE LOS ESPÍRITUS

JULIETA ALWAYS DE LOS ESPÍRITUS

VERANO 2015. LECTURAS. HERALDO DE ARAGÓN

 

Julieta Always de los espíritus

 

La increíble vida de la pintora barbastrense que fue bailarina, pintora y amante de Primo de Rivera

 

Uno de los personajes más escurridizos del Aragón contemporáneo es Juliana Mariana Juana Aguilar Coscuyuela (Barbastro, 1899-1979), que ha pasado a la historia con epítetos como la pintora mendiga, la loca (“¡Ahí va la loca!”, se decía de ella), y con su seudónimo: Julieta Always. La espiral de su mito empezó en los años 60 cuando el pintor Modest Cuixart, tras la avería de su Citroën Tiburón negro, la descubrió en una bajera de la calle San Julián, vio sus cuadros, se quedó fascinado y habló con ella. Quiso comprarle alguna pieza, no lo consiguió, volvió varias veces y al final, cautivado por su arte rebelde e irreductible, le dedicó un cuadro, ‘Bruixa Barbastro’ (1976), que expuso en la sala Luzán de la CAI en 1977. Allí lo vio el periodista de HERALDO Luis García Bandrés e indagó acerca de su historia. Localizó a Julieta en su pueblo, conversó con ella y publicó una entrevista en el especial del Pilar de ese año que desvelaba una personalidad insólita, mística y pagana, la vida de una mujer increíble que había vivido en los últimos tiempos de la caridad con un séquito de gatos.

Desde entonces, Julieta Always se hizo un personaje literario. Y fue expuesta en la galería Barbasán y en Costa-3. Ana María Navales le dedicó una novela, ‘El regreso de Julieta Always’, que no es exactamente su existencia, “Tu vida no. La que te inventamos”, y escribieron de ella José María Lacoma, Manuel García Guatas, Ángel Azpeitia, el citado Bandrés, los periodistas Ángel Huguet y Lola Campos. Hace unos meses, el anticuario Antonio Buil y el arquitecto Antonio Abarca le dedicaban un libro, el más completo sobre ella, con toda su obra conservada (una treintena de piezas del centenar que realizó): ‘Julia Aguilar, Always (1899-1979). Rebelde y artista’ (2014).

Toni Buil reconstruye su existencia, de la que hay muchas lagunas, y Antonio Abarca se centra en “el arte de pintar sin arte”, intenta despojarla del viejo cliché de que es una pintora naïf y ve en sus cuadros misterio, humor, erotismo y panteísmo. Su vida y su obra son igual de enigmáticas. ¿Cómo aprendió a pintar, de dónde proceden sus intuiciones, su sentido del color, su misticismo? Se dice que en París, donde estuvo de joven y durante la Guerra Civil española, además de ser bailarina del Follies Bergere o del Moulin Rouge debió de ser modelo de pintores y escultores. Allá donde iba no pasaba inadvertida: en Barbastro llamaba la atención por su belleza, su libertad de costumbres y su desparpajo.

En su breve estancia en Huesca, fue discípula de Ramón Acín, las monjas se encontraron con una joven indómita y con carácter, que sedujo al farmacéutico Jesús Gascón de Gotor, ejecutado el 23 de agosto de 1936. Poco más tarde volvió a casa, su padre regentaba una fonda, pero no tardó en marcharse. Estuvo fuera prácticamente veinte años, salvo en una ocasión en que regresó en un coche de lujo bien acompañada. A principios de los años 20 se cree que se trasladó a Barcelona y de ahí a Madrid, donde parece más que posible que viviera sus historias de amor más famosas: con Miguel Primo de Rivera, y tal vez con Perico Chicote, Rafael Gómez ‘el Gallo’ y el propio Manolete, personajes que aparecen en sus lienzos.

Trabajó en un hotel, en algún instante parece que debió preparar el título de enfermera; fue detenida tres días en 1931 por escándalo y estuvo a punto de ir a la cárcel de nuevo por impago en un hotel. Según cuenta Toni Buil, robó en las galerías Lafayette de París para que la deportasen a España tras concluir la guerra. Permaneció unos meses en Madrid y a finales de 1941 o principios de 1942 se instaló definitivamente en Barbastro. Vivió en continuas estrecheces, en lugares cedidos, decrépitos o abandonados, entre ellos el palacio de los Argensola o una bajera en la calle San Julián; luego en el Hospital de Huesca y en el asilo de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados, donde murió en 1979.

Vendió periódicos, cuidó gatos, pintó, escribió y, a hurtadillas y desde Barcelona, contó con la ayuda de su hermano Mariano. Entre sus rarezas está la de haber dormido en alguna tumba del cementerio y la de bañarse desnuda en las aguas del río Vero; a los que la insultaban o le llamaban marrana, les decía: “Lo que enseño es de cristiano, y el que me mira es el marrano”. A pesar de sus viajes y de sus trayectos, creyente y aún visionaria, Toni Buil concluye que nunca fue feliz.

 

LA ANÉCDOTA

“Hacia 1952 o 1953 Julieta apareció en Zaragoza rodeada de su habitual cortejo de gatos. Su presencia no pasó inadvertida para una pareja de la Guardia Civil que la obligó a acompañarlos hasta un cuartel del Arrabal”, dice Toni Buil. El radiotelegrafista del puesto estaba casado con una mujer de Barbastro, Esmeralda, que reconoció a su paisana. Los guardias escoltaron a Julieta “junto con sus gatos, en un entretenido y movido viaje, hasta la estación de Selgua”.

 

*Este artículo ha aparecido en Heraldo de Aragón. La foto, cortesía de Toni Buil y Antonio Abarca, pertenece al archivo familiar.

 

VIDA DE ANNEMARIE SCHWARZENBACH

VIDA DE ANNEMARIE SCHWARZENBACH

Annemarie Schwarzenbach, la aventurera inalcanzable

 

La escritora, fotógrafa, viajera y arqueóloga suiza, adicta a la morfina, vivió solo 34 años y recorrió buena parte del mundo

 

 

Annemarie Schwarzenbach (Zúrich, Suiza, 1908- Sils, Suiza, 1942) es una de esas mujeres que se adelantaron a su época y la vez sufrieron las convulsiones y paradojas de un mundo, la vieja Europa, acosada por el nazismo. Vivió solo 34 años pero parece que tuvo muchas vidas que le permitieron hacer de todo: estudiar, doctorarse en Filosofía e Historia, viajar por medio mundo, y en dos ocasiones por España, amar a varias mujeres con auténtica pasión y a algún hombre, excavar, escribir, hacer fotografías y acuñar una frase que la define: “Dejadme sufrir”.

Rebelde con causa, inadaptada, atrevida siempre, encontró en el dolor una región ambivalente: de alivio, de angustia y, aunque parezca terrible decirlo así, de comodidad y refugio. Annemarie Schwarzenbach, publicada en España por la editorial Minúscula de Valeria Bergalli, fue un volcán de contradicciones, de impulsos ciegos y de locura. Pasó por períodos críticos, de internamiento; en su casa consideraban que sufría esquizofrenia. Padeció brotes de violencia: intentó estrangular dos veces a una de sus últimas amantes entre las sombras de la noche avanzada.

Annemarie Schwarzenbah hace pensar a veces en Stefan Zweig: amó el conocimiento, redactó biografías, crónicas de viajes y reportajes periodísticos y nunca se sintió feliz del todo. El avance del nazismo le produjo tal temor que incluso creó una revista, que se editó en Ámsterdam durante dos años, en la que colaboraron grandes figuras como Hemingway, Gide, Cocteau, Brecht o Einstein, por citar algunos nombres.

Nació en Zúrich, en el seno de una familia noble y desahogada; su madre era melómana, amiga de Arturo Toscanini y la empujó a estudiar piano. Su padre, dedicado a la fabricación e importación de seda, era familiar lejano de Bismarck. Pronto demostró que era díscola e incorregible: se enamoró de una actriz y su madre creyó que era conveniente poner tierra por medio. Se matriculó en la Universidad de Zúrich y en 1928 hizo su primer viaje a París. Dos años después andaba por Berlín y allí conoció a Erika y Klaus Mann, hijos del escritor y Premio Nobel Thomas Mann.

Se enamoró de Erika pero no fue correspondida. Berlín fue una fiesta para ella: frecuentó los bares y clubs nocturnos y dio rienda suelta a sus instintos eróticos contratando prostitutas. La promiscuidad, más que una tentación, era un estado de ánimo y una necesidad que no siempre la dejaba satisfecha. Al contrario, era víctima de sus deseos más o menos turbulentos y de su desdicha: Thomas Mann se prendó de aquella mujer andrógina y larga, de pelo muy corto, y la definió como “un ángel devastado”; Roger Martin du Gard dijo que tenía era “un bello rostro de ángel inconsolable”.

La literatura era una manera de liberar su tormento. Escribió novelas como ‘Los amigos de Bernhard’, que tiene mucho de autorretrato protagonizado por un hombre en crisis, ‘Nouvelle lírica’, el relato de una cantante de cabaré, o ‘Huida hacia arriba’, donde el protagonista se plantea la fuga a las montaña. En un viaje a Escandinavia conoció a Morsa Stenteim, familiarizada con la morfina, a la que se haría adicta para siempre. Uno de sus grandes viajes le inspiró el libro ‘Muerte en Persia’ (Minúscula, 2003): allí entre otras cosas conoció a la joven Yale, de origen turco y enferma de tuberculosis, y vivieron una gran aventura.

Regresaría dos años después y se casó con el diplomático francés Claude Carac, homosexual, con quien estuvo más o menos recluida hasta que no aguantó más. Aventurera y reportera, hizo viajes a Estados Unidos (y los contó) y 1939 se trasladó a Afganistán, en su Ford, con la escritora Ella Maillart (1903-1997): ‘Todos los caminos están abiertos’ (Minúscula, 2008). Regresó a Estados Unidos con un nuevo amor y le surgió otro: la novelista Carson McCullers (que le dedicó ‘Reflejos en un ojo dorado’), pero Annemarie se resistió porque estaba enamorada de Margot von Opel.

En una intensa existencia de travesías constantes, volvió a su tierra de promisión Sils. Una noche salía a caballo y se cruzó con una vieja amiga que volvía en bicicleta. Se intercambiaron el équido y la bicicleta; con tal mala suerte que Annemarie chocó con un obstáculo, voló por los aires y golpeó la cabeza en una piedra. Perdió el habla, y falleció dos meses después, el 15 de noviembre de 1942. No tuvo tiempo de certificar que su pavor a Hitler estaba plenamente justificado.

 

LA ANÉCDOTA

Vida escrita. Annemarie Schwarzenbach es conocida en España desde hace años. En 1991, Circe publicó una biografía suya, redactada por Dominique Grente y Nicole Muller. Y la escritora Melania G. Mazzuco le ha dedicado una extensa novela biográfica: ‘Ella tan amada’, (Anagrama, 2006). Su figura resulta muy contemporánea: encarna la aventura, la ambigüedad, la cultura y el desconsuelo invencible.

LA VIDA CRUEL CONTRA JOAN GARRIGA

LA VIDA CRUEL CONTRA JOAN GARRIGA

LA VIDA CRUEL DE JOAN GARRIGA. CAMPEÓN DE MOTOCICLISMO

Me dan miedo las motos y me atraen lo justo, sobre todo las motos de carreras, aunque en alguna ocasión he imaginado a esa gente que sale de fin de semana, a la aventura, sobre dos ruedas, cortando el viento, arañando la luz del sol. Esa idea del viaje parece excitante: la rapidez, el ritmo, el placer de dominar el asfalto, el horizonte que se conquista y se engulle a una considerable velocidad. Creo que el penúltimo motociclista que admiré, y no sé por qué, fue Víctor Palomo, que suplantó en los héroes de mi infancia: a Giacomo Agostini, tan seductor siempre, y al esforzado Ángel Nieto, astuto y supersticioso. Palomo fue un corredor fugaz que ganó un título del mundo no homologado: el de 300 cc. Cosas atrabiliarias de la mitomanía.
Luego vinieron otros: Freddie Spencer, Kenny Roberts, Eddie Lawson, Doohan, Rainey, etc., y entre los españoles había dos que impresionaban: el ojiazulado Sito Pons y el rubio Joan Garriga, un motero salvaje. Garriga tenía alma de campeón: pilotaba al límite y convertía cada carrera en un tratado de lo inverosímil. Con él en pista el resultado era más bien impredecible: él andaba por ahí, entre hosco y concentrado, dispuesto a poner la pista boca arriba. Vivió una temporada maravillosa (Y rindió bien en otras): la de 1988, en la que estuvo a punto de ganar a Sito Pons. Pelearon hasta el límite de sus fuerzas y pudo suceder cualquier cosa; al final ganó Sito, que tenía un pilotaje más académico y era más sereno; conquistó el título de ese año y el del siguiente.
Garriga, amado por los aficionados, siguió un tiempo bregando: ascendió a la máxima categoría y se volvió una promesa interrumpida. Y, en cierto modo, trágica. Tras cuatro temporadas sin brillo, lo despidieron. Probó suerte en superbikes, pero no había manera. Estaba gafado. El destino le ponía ante los ojos adversidades y a él le faltaba la calma y la lucidez necesarias para sortear las emboscadas. Descubrió las drogas (él mismo dijo que un día de estrés y desesperanza probó: probó y se encadenó), su propia violencia interior, esos gestos de indolencia y pereza que conducen a la debacle.
Perdió todos los carnés y casi toda la credibilidad, aunque en algún momento el mundo del motociclismo se movilizó para echarle una mano. Había llegado a ese estado preparanoico de pensar que todo lo malo que le pasaba era culpa de los otros y en una entrevista anticipó su final, como aquel aviador de William Butler Yeats. El pasado jueves fallecía en un accidente de moto. Da la sensación de que ya hacía algún tiempo que había tenido una terrible certeza: hay instantes en que se encadenan la angustia, el desespero y el vacío, y gritan en los oídos aquello de “la vida no vale nada”. El destino fue cruel con Joan Garriga hasta en su adiós.

*El sábado escribí este artículo. Iba a ser mi texto de 'Cuentos del domingo'; luego se me cruzó el Festival de Poesía de Veruela y el adiós a Marcelo, y no se publicó. Lo dejo aquí por si a alguien le interesase el perfil de este hombre de éxito que acabó en una desdichada existencia y en un trágico final. Las fotos son de 'As' y de 'Todomoto'.

EN LA MUERTE DE OLIVER SACKS

EN LA MUERTE DE OLIVER SACKS

VERANO. 2015. HERALDO. MI RETRATO DE OLIVER SACKS

 

-Murió Oliver Sacks, el explorador de los misterios de la mente y el alma

-El cáncer puso fin a la vida del neurólogo, escritor y especialista en anomalías y desórdenes psicológicos.


Oliver Sacks (Londres, 1933-Nueva York, 2015), el científico de letras, moría ayer en su casa de Nueva York. En dos impresionantes cartas, anunció y explicó que le quedaban pocos días porque un melanoma en un ojo, del que perdió la vista, se había extendido por el hígado. Con un invencible espíritu optimista decía que “no puedo fingir que tengo miedo. Pero el sentimiento que predomina en mí es la gratitud. He amado y he sido amado”. Repetía lo que tantas veces ha dicho, en sus libros y en sus artículos: “mi primera deuda es con mis pacientes”. 
Oliver Sacks era todo un personaje que había dedicado su existencia a estudiar las complejas relaciones entre el cerebro y el alma y a buscar razones para vivir a pesar de cualquier inclemencia o insuficiencia del cuerpo: el autismo, la ceguera, la cojera, la alucinación. Si se permite aquí la aparente frivolidad: era el envés metodológico de Javier Tomeo: un estudioso de las anomalías y de las enfermedades. Se obstinó en decir, y en intentar probar, que “los diferentes eran iguales que los demás”, y lo hacía siguiendo la tradición del siglo XIX a través del estudio y del análisis y recuento de las anécdotas clínicas.  
Su vida no fue fácil. Hijo de médicos, en su infancia sufrió los bombardeos alemanes; fue evacuado con uno de sus hermanos a Midlands y estarían internos en un colegio donde conocerían otras formas de horror: una pobre alimentación a base de nabos y remolacha y el comportamiento sádico de uno de sus profesores. Regresó a Londres, avanzó en sus estudios e ingresó en el Queen College de Oxford en 1951. Se licenció en psicología y biología, y más tarde también lo haría en letras y medicina. Cuando le confió a su madre su condición de homosexual recibió una respuesta desabrida, brutal; algunos dicen que de ella, de tanta intolerancia en su propia familia, derivó su esfuerzo constante por entender al otro, por asimilar sus sentimientos, sus rarezas, la fragilidad humana.
Algunos años después se trasladó a Canadá y de ahí a Nueva York, donde ejerció, entre 1966 y 1991, de neurólogo consultor en varios asilos de ancianos y en el Centro Psiquiátrico del Bronx, se vinculó a la Universidad de Nueva York y a la de Columbia y fue, entre otros cargos y empeños, profesor de neurología en el Colegio de Medicina Albert Einstein, entre 1966 y 2007. Su objetivo han sido los desórdenes neurológicos: el viaje al fondo de los misterios de la mente. Y eso le llevó a indagar en la memoria y los recuerdos inventados, en el sexo, el amor y el deseo sexual, en la locura, en los trastornos del sueño, en el parkinson...
Siempre fue un ciudadano especial. Tímido, padecía prosopagnosia (incapacidad de reconocer los rostros), formó parte de los motoristas de Los Ángeles del Infierno, nadaba un kilómetro y medio al día y fue practicante de halterofilia y de alpinismo: uno de sus libros más conocidos, ‘Con una sola pierna’ (1984), nació de un accidente en 1974 en la alta montaña en soledad: estuvo a punto de perder una pierna.
Inició su carrera científico-literaria en 1970 con la publicación de ‘Migraña’. Conviene recordar que casi toda su obra ha sido publicada en España por Anagrama en su Colección Argumentos. En 1973 apareció ‘Despertares’, sobre la encafilitis letárgica, que inspiraría un documental y una película, de título homónimo de Penny Marshall en 1990, con Robin Williams y Robert de Niro. Luego publicaría ‘El hombre que confundió a su mujer con un sombrero’ (1985), ‘Veo una voz. Viaje Al mundo de los sordos’ (1989), ‘Un antropólogo en Marte’ (1995), la narración del artista autista, ‘Musicofilia. Relatos de la música o el cerebro’ (2007), donde decía “somos una especie tan lingüística como musical”, un tratado sobre la música de las emociones y el pensamiento, o, entre otros títulos, ‘Alucinaciones’ (2012), que nació de su experiencias con las drogas y de sus constantes indagaciones. Poco antes del adiós, entregó sus memorias: ‘On the move’. Fue el penúltimo detalle de “un ser sensible, un animal pensante en este hermoso planeta, y eso, por sí solo, ha sido un enorme privilegio y una aventura”. También elogió a los jóvenes: “Tengo la sensación de que el futuro está en buenas manos”. 

 

LA ANÉCDOTA
A un sector de la comunidad científica, un personaje como Oliver Sacks, la incomodaba. Fue objeto de insultos, caricaturas, menosprecio e incluso esa versión pasó al cine en ‘The Royal Tenenbaums’, con Bill Murray como protagonista. Posee la facilidad de contar: es divertido, entretenido, didáctico, con muchos recursos; un científico rival dijo: “es mucho mejor escritor que clínico”. Su libro ‘Una mujer que confundió a su mujer con un sombrero’, basada en casos reales, inspiró una ópera de Michael Nyman en 1986. Como detalle curioso: recibía 10.000 cartas al año, contestaba a los niños menores de 10 años, a los mayores de 90 y los que estaban en prisión.


*Oliver Sacks, en una foto de Efe. 

**Este texto es mi despedida de los artículos de verano de 2015. Todos los días desde el 19 de julio ha publicado un perfil, un retrato, una noticia sobre diversos temas aragoneses, nacionales e internacionales: desde Joselito en cómic, Pier Paolo Pasolini, Egon Schiele, Van Gogh, Ricardo Lapetra, Ingrid Bergman, Edith Piaf, Billie Holiday, Clarice Lispector, Walter Benjamin, Felipe Abás Aranda, Carmen Martín Gaite, Vivian Maier, Luis Berdejo, Alfonso Buñuel, Federico Comps, María Pilar Burges, María Pilar Sinués, Javier Moracho, Julieta Always, etc.

VICKY MÉNDIZ DISFRUTARÁ DE LA BECA DE LA CASA DE VELÁZQUEZ

VICKY MÉNDIZ DISFRUTARÁ DE LA BECA DE LA CASA DE VELÁZQUEZ

VICKY MÉNDIZ RECIBE LA BECA DE LA CASA DE VELÁZQUEZ

 

La DPZ concede la beca de Artes Plásticas y Visuales Casa Velázquez 2015-2016 a la artista Vicky Méndiz por su proyecto 'Extraños en el Paraíso'.

El proyecto de Vicky Méndiz tiene como finalidad investigar la relación entre el viaje y el arte, y la experiencia de la belleza. En él, la historia, la ficción y el documental dialogan a través de la realización de series de imágenes fotográficas, vídeos y una instalación sonora.

En este proyecto Vicky continúa y crea lazos de unión con su proyecto 'Le Syndrome de Paris', que inició el año pasado durante su estancia en dicha ciudad a través de la beca de Fotografía del Ministerio de Cultura.

Vicky Méndez ha expuesto en los últimos años en Japón, Francia, Portugal y España. Actualmente puede verse en la fachada media de ETOPIA una pieza que ha adaptado para la misma.

En octubre expondrá su último trabajo en la exposición “El bosque interior" en la Sala Juana Francés. Y en el Museo de Zaragoza podrá verse su trabajo 'Honne/Tatemae' desarrollado en Japón que se materializó en un libro con el mismo nombre.

 

*Notas facilitadas por la propia fotógrafa.

 

VIVIAN MAIER. LA NANNY FOTÓGRAFA

VIVIAN MAIER. LA NANNY FOTÓGRAFA

VERANO 2015. LECTURAS. HERALDO DE ARAGÓN

 

Vivian Maier: la niñera que quiso ser fotógrafa

La increíble historia de esta misteriosa mujer que dejó más de 100.000 negativos de Nueva York y Chicago

 

La vida está llena de enigmas. A veces, según el dictado del azar, surgen pequeños hilillos, imágenes o detalles que conforman un rastro, indican una travesía hacia lo inesperado o el asombro. La realidad es la puerta al misterio más insondable. Y uno de ellos bien podría ser Vivian Maier (Nueva York, 1926-Chicago, 2009), una ‘nanny’ o niñera, de una timidez brutal, que usaba chaquetas y zapatos de hombre, y que iba de aquí para allá con sus niños y con su cámara Rolleiflex. Hacía fotos de casi todo: de mendigos, de borrachos, de gente que pasaba, que va al teatro y, sobre todo, de sí misma. Así, sin que nadie lo supiese, aquella mujer de pelo más bien corto, documentó la existencia cotidiana de Nueva y de Chicago, desde los años 50 hasta principios del siglo XXI. Lo dejaba todo bien anotado: asunto, lugar, etc., llevaba a revelar lo que podía o, sencillamente, guardaba muchos de sus carretes que procedían del extranjero.

Todo empezó en 2007 cuando el joven John Maloof, que estaba preparando un trabajo sobre el Chicago de los 50 y 60, compró en un rastro por 300 dólares un archivo, con positivos y carretes sin revelar, que procedía de un guardamuebles que la familia Ginsberg ya no podía pagar. Se encontró con un curioso material fotográfico (algunos hablan de 30.000 fotos); no le servía del todo para sus proyectos, y decidió rentabilizarlo. Intentó venderlo por internet y además hizo algunas copias. Poco a poco, se olvidó un poco del asunto. Al cabo de algún tiempo, el historiador de la fotografía John Sakula contactó con él, le dijo que era una colección formidable, que la fotógrafa poseía un talento formidable, y que se la compraba.

En ese instante, Maloof decidió seguir el rastro de la misteriosa fotógrafa que tenía parentesco estético con Cartier-Besson, Helen Levitt, Izis o Robert Doisneau, entre otros: preguntó, adquirió una Rolleiflex como la suya, buscó y dio con una de las familias cuyos niños había cuidado, los Gensburgs, durante 17 años, tras pedir un cuarto propio con llave. Había más fotos y recortes y algunos objetos, que adquirió. Incluso llegó a saber cómo había vivido los últimos años: estuvo algún tiempo en la calle hasta que se enteraron los jóvenes, que le alquilaron. Murió pobre; en 2008 sufrió un accidente en la nieve, fue ingresada en un hospital de Oak Park y allí murió en abril de 2009. John Maloof llegó hasta ella dos días tarde.

Tras tantas pesquisas logró recomponer su biografía: supo que Vivian Maier había nacido en Nueva York en 1926. Su padre Charles Maier era austriaco y no tardó en abandonar a su madre, la francesa Marie Jaussaud. Esta se trasladó a su país y se instaló en los Alpes franceses en compañía de una fotógrafa surrealista: Jeanne J. Bernard. Ese hecho ha alimentado la conjetura más que probable de que fuera ella quien le contagiase su pasión por la fotografía.

En 1951 Vivian Maier se marchó a Nueva York, donde vivió hasta 1956, año en el que se desplazó a Chicago. Era socialista, feminista, le gustaba redactar críticas de cine y le apasionaba el inglés. Se sabe que le gustaban muchos los libros de arte y que era lectora y coleccionista de esquelas de los periódicos. De una de esas esquelas, relativas al asesinato de una madre y su hijo, grabó una película en super-8 donde recomponía minuciosamente su biografía a través de los lugares en los que habían estado. Consta que hizo un viaje en 1959 por distintos países como Egipto, Tailandia, Vietnam, Indonesia, Italia... Con un sentido poético y plástico admirable, tiró más de 100.000 fotografías y casi todo se quedó oculto hasta que John Maloof tuvo ese prodigioso golpe de suerte que ya ha hecho correr ríos de tinta. En 2013, Maloof, con Charlie Siskel, produjo y dirigió una película que fue candidata al Oscar: ‘Finding Vivian Maier’ (Buscando a Vivian Maier). No ganó, pero la extraña niñera ya se había convertido en una estrella.

 

LA ANÉCDOTA

Vivian Maier ya no es una desconocida. Su historia ha sido contada incluso en los telediarios. Sus fotos siguen causando admiración y perplejidad y han sido publicadas en varios libros. Era una auténtica cazadora de luz y de contrastes en plena calle. Una mujer que mira de otro modo, con sensibilidad, con un gran sentido de la composición. Quizá lo que más llama la atención de ella son sus autorretratos. Es una maestra de lo que ahora se llaman selfi: se apoya en espejos, en escaparates, en cristales. En 2013 expusieron su obra en Valladolid y en el otoño su archivo visitará Madrid.

 

 

*Este texto corresponde a mi serie diaria de julio y agosto, que concluye hoy con un perfil de Oliver Sacks.

 

EL GRAN DÍA DE MARCELO REYES

EL GRAN DÍA DE MARCELO REYES, PRESENTE Y AUSENTE, EN VERUELA

 


[Si alguien tuviera paciencia para llegar al final, incluyo la elegía de Mohsen Emadi dedicada a Marcelo.]

Fernando Aínsa cuelga en su muro una selección de fotos de la jornada dedicada ayer a la poesía mística y a Marcelo Reyes (1960-2015), que recibió un homenaje impresionante en la iglesia de Santa María de Veruela por la tarde.

Se leyeron muchos poemas, Miguel Mena contó la hermosa historia del futbolín que tenía en casa con el Boca Juniors y el Real Zaragoza, María José Moreno leyó la bellísima elegía de Mohsen Emadi, fue un instante absolutamente mágico y estremecedor, una de las hermanas de Marcelo leyó tres mensajes remitidos por LA familia, Jesús Rubio leyó dos sonetos inéditos de Julio Cortázar, sus alumnos leyeron una carta dirigida al profesor inolvidable, Kike Reyes y otro compañero ejecutaron el 'Canon' de Pachelbel. Luigi Máraez y Alime Hüma cantaron una canción dedicada a él, una canción-retrato (lo hicieron dos veces, con lágrimas en los ojos: por la mañana y por la tarde).

Fue un homenaje entrañable, de veras, sentido, sincero, para el codirector durante trece ediciones del Festival de Poesía de Moncayo... Se mandaron poemas para la ocasión... Se compusieron letras de tango, una de Pepe Alfaro. Chaime Marcuello y compañeros de la Universidad glosaron al compañero. Manuel Forega, fundamental en esta edición de nuevo, le compuso una pieza.

Al final el Silbo Vulnerado -con Carmen Orte y Luis Felipe Alegre en la música y en la poesía- completaron la sesión con Santa Teresa de Jesús, Fray Luis de León y San Juan de la Cruz, y se mezclaron entre el público acompañados de Carlos Herrero y Sole Giménez y un grupo de actrices-monja. No faltó de casi nada. Marcelo Reyes, el enamorado de la música, el profesor de Economía, el gastrónomo, el aventurero del aire, el corredor de maratón, el amigo de los animales, se hizo presente en fotos, en la memoria colectiva y en el afecto unánime. Fue un día inolvidable para Trinidad Ruiz-Marcellán y su gran familia de poetas, escritores, músicos, editores, amigos y gentes del Moncayo.

Cuelgo aquí, de nuevo, la impresionante elegía dedicada por Mohsen Emadi, publicado por Olifante, que leyó ayer la actriz y rapsoda María José Moreno.
Ya lo he dicho: fue un momento increíble, perfecto: la belleza y el temblor de la poesía se mezcló con una hermosa y serena dicción. La voz perfecta.

 

 

MARCELO. UNA ELEGÍA

[Para Marcelo Reyes, 1960-2015]

1

¿Cómo se puede escribir sin fingir
como un actor que se reúne con su acto, 
como un cuerpo que se reúne con su muerte?

¿Cómo se puede regresar a la misma bodega
en el sótano de tu casa,
entre las botellas de vino y los instrumentos rotos
y hombro a hombro, con otros fantasmas,
sentarnos en el sillón 
y fijar la blanca cortina 
de tus sueños?

¿Cómo se puede escuchar la música de tu rechazo, 
tu rechazo a Buenos Aires, 
cuando, al respirar,
bailas tango con la muerte?

¿Sobre ese hilo de viento
cuando hablas con la ausencia de tu madre
en el otro lado del océano, 
cómo se puede, hombro a hombro, 
con tu miedo 
aliviar mi miedo?

2

Pero las lágrimas han de secarse, 
las flores de la tumba se marchitarán; 
tu bodega se encontrará abandonada 
y tu cortina vacía.

Los perros de la casa 
reconocen siempre tu olor,
pero ya no te esperan
detrás de la puerta.

En este lado del océano está lloviendo 
y Buenos Aires no te recuerda, 
pero yo no puedo 
salir del recuerdo de tus brazos. 
La lluvia aún me moja
pero a ti ya no te mojará.

Te quedas ardiendo 
y tu calor 
es toda la intensidad del exilio 
-el doble tartamudeo de la existencia- 
que tú vives sin cuerpo y sin lenguaje. 
Y aún sin cuerpo y sin lenguaje 
abrázame.

3

El corazón de tu destierro 
late en mi cuerpo.
Tu rechazo es mi rechazo. 
Nadie muere dos veces 
y en todas las fotografías 
un solo pronombre nos mira
-hombro a hombro,
borrachos y riendo.-
Un solo pronombre que recuerda 
el calor de nuestras madres,
un pronombre que canta la nana 
y nosotros, perdidos en la música, 
intercambiamos nuestros corazones. 
Tú eras mi lenguaje, Marcelo,
en las noches largas de alcohol y de recuerdos
cuando la palabra no circulaba en mi boca. 
Traducías los sonetos de las distancias 
con la amargura del mate, hasta la mirada y la sonrisa. 
Mi corazón ya no palpita en tu cuerpo 
y tu corazón me hace volar 
por las alturas del abismo.

4

La roca que quebró tus huesos 
era tu infancia. 
Remontabas cada vez más alto 
para caer más duro. 
En la calles de San Juan
el viento sopla como siempre. 
En los campos de Borja 
ningún vino cambia su sabor. 
El tiempo, en cada uno, 
añade algo a la densidad de la ausencia
y la tierra entonces ya no pesa.

Desde la lejanía del lenguaje 
miro tu bodega. 
Los perros vienen y van, 
tu olor está en todo el espacio, 
en la nariz de la poesía 
que mueve su cola, ladra, 
se levanta a dos pies 
y no te encuentra.

5

Toma tu guitarra en la uña del alcohol,
el alcohol en la copa de la pérdida, 
la pérdida en los pasos de la infancia
y los pasos en la antigüedad del lenguaje. 
Toma tu guitarra, 
con cada melodía tu corazón 
bombea sangre a mis órganos.

Remonto el viento 
para caer con más fuerza 
en tus brazos.

(Traducción de Mohsen Emadi y Arturo Loera. Revisión de Ángel Guinda)

 

*La foto de Marcelo Reyes, de 1990, la tomo de aquí: 

http://2.bp.blogspot.com/-g4xOFqUMx0I/VbfQu-6lbfI/AAAAAAAAE2A/Pp6xe0zAlSU/s1600/Marcelo%2BReyes%252C%2B1990.jpg