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Antón Castro

EDUARDO LABORDA: UN DIÁLOGO

[En el catálogo de la exposición de Eduardo Laborda, que se presentó en la Lonja de Zaragoza, entre octubre y noviembre, publicaba este extenso diálogo con él. La traigo aquí por si alguno de sus seguidores, que son muchos, tuvieran interés en poder leerla.]

“Soy un pintor contemporáneo e intemporal”

 

Antón CASTRO

Eduardo Laborda Gil (Zaragoza, 1952) es un manojo de nervios. La vida para él es pasión, inquietud y desvelo constante. Creación. Por eso hace tantas cosas: pinta y pinta con la lentitud del cartujo que encierra el tiempo y la belleza en cada pincela; colecciona cuadros, juguetes y fotografías; rastrea los pasos perdidos de artistas condenados al olvido; busca revistas; patrocina exposiciones de gentes casi inadvertidas como Pedro García Aznar, Luis Germán, Antonio Ruiz, entre otros; escribe libros sobre sí y sobre los otros, como es el caso de Manuel Bayo Marín o Zaragoza. La ciudad sumergida, y hace cine: casi una docena de películas de distinta índole. Igual se preocupa de José Bueno y Félix Burriel, del citado Bayo, una de sus criaturas más amadas, que del bar Bonanza o del músico Alfonso Isasi. Iris Lázaro, su compañera desde hace cuarenta años, es una cómplice silente y laboriosa: trabajan en cuartos contiguos, y la música –la del tocadiscos, la de la  ciudad- suena para ambos. A menudo comparten los maniquíes, algunos rostros y un retrato fetiche: el de Francisco Marín Bagüés, que parece tutelar sus trazos, sus emociones y dar, desde el más allá, el aprobado final a piezas como ‘Iris del Coso Alto’, ‘La ciudad blanca’, ‘Mediterráneo’ o ‘Belchite’. La vida para Eduardo es memoria e imaginación, sedimento y sueño. Y a la vez tiene algo de artista apuntalado con fantasmas: teme al viento, a los maizales y a las serpientes. Y de cuando en cuando, como un sortilegio, recibe mensajes del azar, embajadas del misterio. Quizá por ello, porque tiene intuiciones y habla con el envés de la realidad, le dedica esta exposición a su madre, Victorina Gil. Victorina de Trasobares, aquella mujer que tuvo un sueño: quería que su hijo menor fuese artista. Y lo es, claro: Eduardo Laborda Gil es un artista de los monstruos, de las máquinas, de las ciudades y sus tejados, un pintor de mitologías y de desnudos.

-Nací en la calle Cortes de Aragón y con unos meses mis padres me llevaron a la Ciudad Jardín –dice Eduardo-. De ahí tengo muchísimos recuerdos. Uno de los primeros es una instantánea pictórica e imprecisa: habían traído un bebé, una niña recién nacida, y me hizo mucha gracia porque la trajeron en una banasta de fruta. Nunca volví a Cortes de Aragón porque aquella atmósfera de campos y fábricas me parecía más bien peligrosa y triste. Tenía pánico a los sifones de agua y a las acequias.

¿Cómo era la Ciudad Jardín?

Era un espacio muy bonito. Tenía algo romántico. Estabas en la calles todo el día, controlado por los vecinos. Era fantástico. Muchas parcelas tenían en el jardincillo unos emparrados de moscatel y a mí me encantaba ver su evolución. En nuestro jardín, mi madre tenía sobre todo un gran rosal blanco en la verja, que lo cubría todo, tenía azucenas, que me encantaban porque olían muy bien, y había margaritas grandes y campanillas de un azul intenso. Y teníamos un albergero: me encantaba y me subía a él y me comía la fruta. Era mi refugio: allí me sentía como los monos y a menudo me disfrazaba de indio.

-¿Cómo era su niñez allí?

-Yo era el pequeño de seis hermanos. Estabas como en el campo. Me llamaron la atención detalles: cuando inauguraron la plaza de Santo Dominguito de Val pusieron fluorescentes verdes en los jardines, que duraron poco porque los rompieron pronto. Me acuerdo mucho de los regatos. Soltaban el agua e íbamos los críos locos perdidos con las maderas, con las que hacíamos barcos y seguíamos su curso. Estábamos esperando a que regaran al atardecer...

-¡Qué juguete tan sencillo!

Yo tenía un saxofón, el juguete más fascinante que he tenido nunca. Estaba obsesionado con todo lo que brillara. Sobre todo, el saxofón, que era de plástico duro. Se lo había traído a mi hermana María un compañero que adquiría juguetes de la Base Americana en navidades, a precios muy baratos. Aquel era un regalo excepcional, insólito, como un sueño. A mí siempre me regalaban lápices de colores, cuentos infantiles y cuadernos para pintar. A mi vecina Asunción le regalaron una caja de pasteles Goya: la vi y me pareció una maravilla.  En su casa tenía una piscina, que a mí me parecía fantástica pero que en realidad era una poza. Echábamos un palo a modo de barco y en una ocasión jugamos con un barco de plástico.

-¿Desde cuándo le gustaban tanto los barcos?

-Los barcos me encantaban no sé por qué. No sabría decírselo. Igual que las naves espaciales. [Eduardo se levanta y regresa con fotografías, papeles y un cuaderno]. Este era un librico, ‘Elementos de Aritmética y Geometría’, en el que están mis primeros dibujos, los más antiguos que tengo. Garabatos. Y curiosamente aquí ya se ven mis obsesiones. En primer lugar, el albergero. Otro asunto: las explosiones. Me llevaban al cine para no dejarme en casa y me chocaba que cuando explotaban las montañas, ponía siempre un cartel que decía ‘Dangerous’ o ‘Peligro’, y yo que no sabía leer ni escribir imitaban frases que no existían. Por ejemplo escribía ‘Danilo’. Se supone que era peligro de muerte o explosión. Más obsesiones: este era el robot famoso que yo debí ver en la Feria de Muestras, con una espada y los planetas. Aquel robot, que fue famoso, era un monstruo de hojalata, se le encendían unas luces y te quedabas petrificado de miedo. Este es un tren. Me han gustado las máquinas de viajar: el barco, el avión, el tren, un camión, artilugios... Qué bonitos. También están las ferias y los helicópteros. Alucinaba.

-¿Cree que ahí ya estaban sus temas, con cuatro o cinco o seis años?

-Desde luego. Parece extraño, pero lo miras con serenidad y es así. Y luego está la culebra, que es el animal al que más miedo le he tenido siempre. Les tenía terror: era una fobia heredada de mi madre, que a su vez la heredaba de la suya. Miedos ancestrales. El miedo a la serpiente. Me contaban leyendas... Y además estaba obsesionado con escribir; como veía a mi hermana María escribiendo siempre. No tardó en entrar en la Base Americana, y tomaba clases de taquigrafía.

Hablemos un poco de sus padres.

-Mi padre, Rosalío, era un personaje totalmente desconocido para mí, era un fantasma que aparecía y desaparecía. Era un misterio. Y cuando aparecía provocaba mucha angustia. Montaba broncas y era imprevisible. Era persona que no hablaba con nadie, era un solitario, no se comunicaba, aunque a veces estábamos con él en la torre del Abejar en Garrapinillos. Mi madre solía decir que antes de la Guerra Civil era diferente. Fue mi madre quien me inculcó la pasión por la pintura...

-¿Cómo lo hizo?

-Mi madre es la estrella de la exposición, porque con esta muestra, de alguna manera, se materializa el sueño de mi madre de tener un hijo pintor. Para ella, si viviera, sería lo máximo. Había nacido en 1912 y murió en 1994. Me vio una vez en la televisión y me dijo: “Ya me puedo morir tranquila. Ya sé que eres famosete”. Venía de Trasobares, era hija de labrador. Pero era una soñadora, de las pocas personas que estaban suscritas a Lecturas, al Hogar y Moda, a Heraldo de Aragón, también. Ella siempre me dijo que no se había casado enamorada, aunque mi padre sí, le echaba los tejos continuamente. Se casaron en 1936, y al poco tiempo se llevaron a mi padre a la guerra. Estuvo en Barcelona, en Galicia, y de ahí se trajo un libro del siglo XIX, el único libro que debió tener mi padre. Y estuvo en la zona del Ebro. Combatió en primera línea de fuego. Mi madre se quedó en el pueblo con mi hermano Higinio que ya había nacido...

-¿Qué hizo su madre estos tres años en casa?

-Mi padre aparecía unos días, tuvo algún permiso sí, y se volvía al frente. Después de Higinio, vinieron María, Carmen, Teresa, y luego Lola, la cantante de Los Napoli, que nació en Trasobares, como los demás, en 1944 y se murió, a golpes, en 1981, a los 37 años recién cumplidos. Mi madre escribía muy bien, tenía una letra preciosa, leía mucho, le gustaba la música, en la radio, y era una gran aficionada al cine. La volvía loca. En mi casa, aunque no tuviéramos un duro se las apañaba siempre para ir al cine, para que fuéramos mis hermanas y yo al cine. La primera película que vi fue ‘Luces de la ciudad’, sí que conservo el recuerdo, me llevaron al Cine Iris, lo supe después, un barracón de madera, me acuerdo sobre todo por la música. Y la segunda película que me impactó fue ‘Vacaciones en Roma’ de William Wyler, con Audrey Hepburn y Gregory Peck... Luego empecé a ir al cine Salamanca. Me gustaban las de romanos: ‘Maciste, el coloso’, ‘Los últimos días de Pompeya’. Las corazas de los soldados pasarían a mis cuadros. Mi madre y mis hermanas cosían, hacían trajes y vestidos para fuera y así forjaban una pequeña economía sumergida.

-¿Por qué le regalaba siempre lápices Alpino?

-Era un regalo general para la mayoría de los niños: era una forma de tenerlos quietos y yo era muy inquieto. Y a la vez era temeroso. Mi madre me contaba cuentos de brujas: era como su forma de hacerse querer también y sospecho que yo le pedía esas narraciones. Siempre me ha interesado lo fantástico, el terror, el romanticismo. Edgar Allan Poe es uno de mis escritores favoritos. Ella no me presionaba. Te dejaba hacer cosas. Te facilitaba el juguete y tú desarrollabas la habilidad, pero no te obligaba a dibujar. Te daba el instrumento. Creo que ese es un buen sistema educativo: no presionar al hijo.

-¿Fue ella quién lo matriculó en la Escuelas de Artes y Oficios?

-En el curso 1963-1964. Mi padre desapareció casi, se diluyó, se quedó en la torre y murió en 1978. Vivíamos más tranquilos en casa. Yo realmente no tuve la sensación de pasar apuros. Mi madre jugó la baza del hijo artista y conmigo ya quemaba el último cartucho. Yo iba con mucha pasión a clase. Me gustaba muchísimo. ¡Madre mía! Aquellas escayolas en el salón grande, todo de madera, impresionaba, el caballete, el tablero, el difumino. Yo salía de Escolapios, más tarde del Instituto Goya, e iba allí, me pegaba desde las seis hasta las nueve y media.

-¿Quiénes fueron sus profesores? 

-El primero que fue Luis Esteban y luego don Manuel Navarro López, que fue una especie de profesor protector.  Me cogió aprecio y me dedicaba mucho tiempo. Había una sala enorme de gente, sobre todo porque no existía el plan antiguo y había gente que trabajaba en joyería, eran artes aplicadas y oficios artísticos. Era la forma de iniciarte en los oficios artísticos. Las artes plásticas estaban muy vivas. Entre los profesores estaban Luis Pellejero, Virgilio Albiac, Manuel Navarro López, Luis Esteban, que creo que luego se fue a Galicia, y en modelado tenía a Luis Martínez Lafuente. Fui a su estudio y me quedé asombrado. Hacía tebeos, y los hacía en un mes.  Decía que tan importante es cuando dibujas el objeto como el vacío que generas a su alrededor. Tenía un mural grande, que iba avanzando muy lentamente, con unos desnudos de mujeres y hombres, nunca lo llegó acabar, y había cuadritos pequeños del Pirineo. Yo no había pintado nunca a óleo, el primer cuadro al óleo lo pinté allí. El primer pintor que yo conocí fue Murillo. Me acuerdo de que un maestro organizó un concurso, lo gané y dijo: “Aquí tenemos un futuro Murillo”. Es el primer nombre que oí. Estaba de moda, más que Velázquez. Y entre los artistas contemporáneos también le debo algo especial a mi madre: me llevó mi madre a la Fosa Común y allí conocí el trabajo de José Bueno.

-¡Qué cosa más extraña!

-Curiosamente, yo la llevaría al Museo de Bellas Artes de Zaragoza y le enseñé el vaciado en escayola de esa escultura... Yo iba al museo por mi cuenta, y llevé a mi madre para que lo viera  y ella me llevó al cementerio para ver escultura contemporánea.

-¿El primer pintor, de su edad, que conoció?

-José Luis Madrazo. Era compañero mío del Instituto Goya. Compartía estudio con Antonio Cásedas, en la calle Santiago, y entonces visité el segundo estudio que conocí. Luego Madrazo se fue a Barcelona. Hacía algo que estaba de moda entonces: la nueva figuración. Un representante de esa nueva figuración sería Juan Barjola. Era una abstracción reconocible, como una especie de Francis Bacon español. Me dije: hay otras cosas que los bodegones, el cubismo de Vázquez Díaz, lo que conocía de Berdejo y Marín Bagüés. Marín Bagüés y Berdejo, que había sido profesor en la Escuela de Artes y Oficios, eran los pintores que más me gustaban del Museo de Zaragoza. Vi una exposición de Barjola en Libros, y ya me gustaba Bacon, que lo había visto sin saber quién era en una revista americana. Empezabas a empaparte de muchas cosas, tenías un cierto oficio y todo eso había que canalizarlo hacia algo que era un poco la clave de ser artista: tener un estilo propio.

-¿Cuánto tiempo estuvo en la Escuela de Artes?

-Desde 1963-1964 hasta 1971. Muchos años. Por libre. No me saqué nunca ningún título. Y tuve estudio propio en la calle Santa Cruz, en el Prior Hortal, con Carlos Roldán. Y luego con Iris Lázaro. Carlos se pasó con Valtueña a uno que había al lado.

-¿Cuándo practicó atletismo?

-Entre 69 y 71. Hacía 400 metros y luego pasé a 800. En 400 tenía una marca de 51.2. Y en 800 1.56. Fui campeón de Aragón junior varias veces. Tuve dos récords: uno de 1.000 metros junios, que era una carrera que se hacía pocas veces, y luego fui campeón de Aragón de 400 metros. No había ningún mérito: estábamos pocos. El atletismo fue algo muy importante: significó disciplina para superarme, luchar, mejorar, el atletismo es un deporte muy sano. Es un deporte muy especial, porque es un deporte solitario, y los deportes solitarios te ayudan a encontrarte contigo mismo. La superación no consiste en competir y vencer a los demás, sino en vencerte a ti mismo. Un día si haces 1.58, al día siguiente tienes que hacer 1.58, ganes o no ganes, tienes que ir superándote. No solo valen las cualidades, hay que entrenar, hay que esforzarse. La vida es eso. Y el arte también es así: si dedicas diez horas, con plenitud y conciencia, es mejor que si dedicas dos. 

-Sigamos. ¿Cómo iba el joven artista?

-Ya quería ser artista. Empecé a vender cuadros desde 1969. Cuadros comerciales, paisajes. Se los vendía a amigos de mi hermano Higinio que querían un paisaje, a una americana de la Base, casada con un militar, que me dio un cheque de 5.000 pesetas, 30 euros, todo un dineral....

-¿Cómo conoció a Iris Lázaro?

-Lo conocí en el curso 1971-1972, en la Escuela de Artes y Oficios, en la clase de modelado. Y en la clase de dibujo. Ella nació en 1952 como yo. Nos llevamos medio año. La conocí en la clase de modelado... Era mi primer amor correspondido. Cada vez que empezaba un nuevo curso, te fijabas en las chicas. Me fijé en su carácter: tímido, introvertido, y vi que tenía mucha habilidad. Me fijaba no solo en la belleza de las mujeres, no solo me enamoraba, sino que me fijaba en sus cualidades. Iris era la que mejor asimilaba todo. Me acerqué. Y sintonizamos. Ella vivía en casa de unos tíos en Vía Pignatelli y yo con mi madre y mis hermanos en la calle Tarragona... Compartimos estudio a partir de del año 1973 o 1974, cuando se fue Carlos Roldán... Yo le dije que se olvidara de la decoración: empezó a pintar en su pueblo, Trébago. Estaba muy marcada por la huella de su padre, del paisaje y de las nieves, e improvisó allí su primer estudio. Nos casamos en 1977...

-¿Qué pintaban entonces?

-Los famosos paisajes cubistas. ¿Por qué? Porque estaban de moda, sí, estaba la Escuela de Madrid. Exponía Agustín Redondela, en la sala Libros, era cubista. Y todo ese tipo de pintura: paisaje cubista, estructurado en planos, como el de Redondela... Y en Zaragoza teníamos a Virgilio Albiac, que me gustaba mucho, tenía un escaparate en su tienda de marcos de la calle de Fuenclara con sus cuadros y los iba cambiando continuamente. Empecé por un cierto cubismo, empecé a considerarlo como algo mío, era algo que estaba muy presente en la pintura española...

-Yo no he visto esta tipo de pintura por ahí. Era muy zaragozana...

-Eso es algo que no se ha estudiado y algún día alguien tendrá que hacerlo... Si ha existido una escuela zaragozana de pintura en general. Yo creo que sí... Si existe esa escuela estaría formada partiendo un poco de Marín Bagüés, Berdejo, Martín Durbán, del Estudio Goya, todos estos pintores que usaban colores terrosos y esa pincelada suelta, plana, como de espátula. Decía don Manuel Navarro que “la pincelada plana nos hundió a los pintores. Hizo mucho daño”. Nos salía una pintura muy fría...

-¿Por qué le apasiona tanto Francisco Marín Bagüés?

-Ese cubismo paisajista -en esa presumible escuela de artistas aragoneses- tiene su origen en esa admiración que siempre se ha sentido hacia Marín Bagüés, sobre todo... Al final de su vida, le montaron una salita en el Museo de Zaragoza y era nuestra referencia. Todos los pintores pasábamos por allí. O pasábamos muchos. Yo iba al museo a ver para aprender. Yo iba directamente a los pintores del siglo XIX. Me encantaban ‘El príncipe de Viana’, de Moreno Carbonero y ‘La copla alusiva’ de Gárate, entre otros. De los cuadros de historia me impresionaban muchísimo el tamaño, me parecía desbordante. No pensaba yo que eso se pudiera pintar. El ritual consistía en bajar las escaleritas, meterte en una salita abajo, en la planta calle, que no estaba nada organizada, llena de cuadros por todas partes, y era de Marín Bagüés. Podía haber 60, 80, 100 cuadros, todo amontonado. Tenía todo allí... Hablo de 1967, 1968 y 1969. No sabía nada de su vida... Antes había ido a ver a Berdejo, sus cuadros de las bañistas, que eran mis favoritos, hermosísimos. En una ocasión, el bedel me dijo: “Hace un momentico ha estado el pintor viendo los cuadros”. Yo siempre he respetado mucho a mis antepasados. En Marín Bagués captabas una energía especial, lo veías todo con autenticidad. Pasan los años y me sigue gustando igual. Y curiosamente tengo, tenemos, su mejor autorretrato en casa. Es el premio a nuestra admiración por él.

-A la par iba usted a Barcelona... ¿Le marcó de alguna manera?

-Me marcó mucho. Aprovechaba para ver museos, el Museo de Arte de Cataluña, ahí descubrí a Pablo Gargallo. No sabía si era o no era aragonés, y me encantaban sobre todo las figuras, los desnudos académicos. Esa estética mediterránea de mujeres macizas, que también es lo que yo he intentado hacer en la pintura... Y luego me atraían Joaquín Sunyer, Isidre Nonell, que era un pintor de drama, de las gitanas, de cuadros oscuros, bohemio... Creía que el arte auténtico era el sufrimiento. Lo que transmitiera cierto dolor. Vi el museo de Picasso recién inaugurado, y me decepcionó... Picasso no me interesa nada como pintor y, en cambio, me parece un extraordinario grabador. Y me pasa un poco parecido con Goya: lo que más me gusta de él son los grabados, bueno, y las Pinturas Negras. Creo que si no hubiera hecho los grabados no tendría la dimensión universal que tiene en la actualidad. Ni mucho menos. Los grabados de Goya son algo fantástico.

-¿No le gusta el Goya retratista de mujeres y de niños?

-Reconozco que hay retratos de Goya que son extraordinarios, me gusta ‘La maja desnuda’. Goya hacía maravillas cuando quería, era un pintor irregular, pero tenía rasgos geniales. Mis dos pintores del siglo XX son Anglada Camarasa y Zuloaga. Y por supuesto Francisco Pradilla, que es mi ídolo: soy más de Pradilla que de Goya. Si miramos en la historia del arte, tengo que citar a dos genios: Rembrandt y Vermeer. Son insuperables.

-Sigamos: se une con Iris Lázaro y hace cubismo matérico, estructurado, delicado y lírico, con toda esa poética de las rocas... ¿Cómo evoluciona?

-Siempre he querido transmitir algo poético. El paisaje abstracto de rocas fue mi primera exposición, en la CAI. Fue en la sala Barbasán y en el Pilar. La gente no iba a la exposición... Paisajes rocosos, casas, nocturnos; un día le di la vuelta al lienzo, y al poner el horizonte al revés ya lo titulé ‘Abstracción’. Este es el origen de la etapa de los relieves a la manera de Salvador Victoria o de Amadeo Gabino. Lo que se llamaba Escultopintura, lo que hacía también Lucio Muñoz, y como era joven la moda te influía. Quería estar a la moda como todos los jóvenes, y ya me pasé a la abstracción cuyo origen eran estos paisajes cubistas invertidos.

-En 1978 siempre habla de un viaje con Iris a Londres...

-Sí, con Iris. Le daban la beca del Bartolomé Esteban Murillo y nos vamos los dos. Hemos viajado muy poco. Entonces: descubrimos otro mundo, la pintura simbolista, de los prerrafaelitas, nos gustaba mucho, a todos los pintores, y al escultor Henry Moore; me gustaron la potencia, la fuerza y la monumentalidad de su obra, esos bronces tan fantásticos. De repente, descubrí una cosa que me ha influido, el Museo de Ciencias Naturales, los fósiles en vitrinas fue un poco lo que me inspiró hacer esos monstruos que yo hago, aunque tuviera influencia de otros pintores concretos como José Hernández. En su obra todo es muy carnoso, muy cálido y humano, y yo había optado por la frialdad, por los tonos azules, por las cabezas de gato… José Hernández era una referencia fundamental para mí: era el pintor que más me gustaba esos años. Y Luis Sáez también.

-Esa etapa de los monstruos se prolongó casi una década.

-Sin casi. La etapa de los monstruos dura desde 1977 a 1987. Una década. Que es mucho. Me llevé los premios de casi toda España. La Bienal de Zamora, Burgos, Pontevedra, gané un montón de premios en Pego, Andújar, Sevilla, etc. Nos pasábamos a lo mejor tres meses danzando de un sitio para otro. En el aspecto económico, las ciudades y premios que más me apuntalaron el poder ser pintor y dedicarme a la pintura fue Pontevedra y Logroño. La ciencia ficción siempre me ha encantado. La historia de las naves espaciales, las catástrofes, los fósiles, todo eso. Las momias me impresionan. Y también he querido hacer una reflexión sobre el paso del tiempo y nuestra condición efímera. Las momias es la vanitas barroca llevada ya al extremo. El miedo a la muerte siempre me ha impresionado. Soy un poco paranoico, un poco neurótico, un poco paranoico crítico como Dalí. ja, ja, ja, que me interesa mucho como personaje. Hay algún cuadro de sus primeras etapas que es maravilloso. Me interesa mucho más que Picasso. Dalí y Buñuel me han parecido los más brillantes de esa generación, sin duda. Los dos genios intelectualmente. Dalí supo crear el prototipo popular de artista. Él se creó su personaje, lo diseñó, lo desarrolló, se le apoderó y popularmente la gente piensa que un artista tiene que ser un poco como Dalí: un pirado. Eso ha quedado ahí. Esta fase del monstruo estaba basada también en el cine fantástico y de terror. La obra clave de esta serie, ‘La muerte en el aire’, es Androide (1984).

-A partir entra en crisis. ¿O no?

-En cierto modo. A raíz de la compra de unos libros de elementos clásicos y decorativos, empecé a mezclar los monstruos, los elementos fósiles, con los motivos clásicos. Fundí lo clásico y lo futurista, y fueron naciendo obras como ‘La dama de Fuentes’, que es una de las piezas claves de la serie ‘Alegorías en piedra y bronce’. La fecha es algo tardaría, está realizada en 1996. Al final de esta etapa, por un lado, quedé saturado, quemado, fue una etapa prolífica de casi diez años. Pinté muchos cuadros. Por otro lado veía que era un camino agotado: en el creativo y en el económico, hablando claro. Me encontré en una encrucijada. O renovarse o morir. Y aprovechando esos libros que me salieron, aprovechando esos elementos decorativos, clásicos, me dije: vuelvo a los orígenes. A la escultura. Era como un volver a empezar. Vi que en la mitología tenía mucha salida. Y era original, por primera vez no me parecía a nadie. Me dejó de interesar la moda y me dediqué a pintar lo que me apetecía. Fue una cuestión de búsqueda y de estrategia. Estoy cómodo, disfruto, me planteo retos, me planteo conseguir calidades de piel, abordo el desnudo. Y ahí sigo.

-Algunos le reprochan que realiza una obra muerta, arqueológica.  ¿Cómo se defiende de eso?

-No me tengo que defender. En primer lugar cada obra tiene un lector, un intérprete, un punto de vista, una crítica... Con los desnudos no creo que sea arqueológico precisamente. No dejan de ser vanitas barrocas, donde está esa muerte esencial que es lo que yo persigo. Es la moralidad, la constante barroca... Los monstruos son vanitas.

-Perdone la insolencia o la provocación. ¿Tiene la sensación de que es un pintor contemporáneo?

-Totalmente. Un pintor de mi tiempo. Soy contemporáneo intemporal. El pintor no debe tener complejos. El artista –y no me gusta esta palabra– debe hacer lo que le produzca placer, lo que sienta, lo que mejor le defina. Si además ese trabajo, esa obra le da de comer, mejor todavía. Yo me considero realizado en el sentido de que llevo años viviendo de lo que me gusta y haciendo lo que me gusta, con los condicionamientos que todos tenemos. Nadie es absolutamente libre.

 

-Llegamos a ‘La ciudad herida’: en esa serie están sus visiones y alegorías de Zaragoza.

-Empecé pintando desde la zona de la Estación del Norte. Y ahí jugué con el simbolismo y con lo arqueológico: la ciudad como una ruina, y luego me pasé a los tejados... Me subí a las terrazas más bonitas del centro. Primero fue una visión industrial de las fábricas y luego una visión casi aérea desde las terrazas del centro... Y ahí, se alzaban los tejados y las torres. Siempre es así: arriba y abajo, nunca al nivel de calle. Está así a nivel medio es ‘Iris del Coso Alto’.  Desde abajo, desde la Estación del Norte, la arqueología, el tiempo, porque ya me había interesado. Ya había metido en ‘Lluvia ácida’ las ciudades... La contaminación, la fábrica, la industrialización frente a lo bucólico y al mito clásico, y había metido ese sentido arqueológico...

-¿Hay como un intento de darle a la ciudad una dimensión más noble, más grandiosa?

-Sí, hay unos guiños a la pintura orientalista del siglo XIX. A Eugene Delacroix, a Jean-León Gerome, a los pintores que captaron las ruinas de la Guerra de la Independencia, el mundo de Piranesi, el mundo de los esqueletos. La ciudad como vanitas, como un bodegón o un cuerpo que se descompone...

-En los últimos tiempos se ha obsesionado mucho con los desnudos que conforman ‘El mito humanizado’. ¿Por qué?

-Es un género difícil. Muy difícil. Pienso que hay poca gente que haga buenos desnudos. Y me puse a hacer desnudos mitológicos. ¿Por qué? Por lo mismo, por esa identificación con el Barroco español, que utiliza mucho la mitología.

-En esta exposición habrá bastante obras que no se han visto: ‘Iris del Coso Alto’, ‘Mediterráneo’...

-‘Iris del Coso Alto’ refleja uno de los lugares más emblemáticos y simbólicos de Zaragoza. Es un cuadro muy cinematográfico. Hay muchas películas dentro y homenajes explícitos. A Iris Lázaro, claro, y a Francisco Pradilla, que fue rechazado para pintar en el Palacio de Sástago. Zaragoza está herida con escorchones que hablan de su degradación y de un cierto aire de catástrofe. Con ‘Mediterráneo’ por primera vez meto tres figuras femeninas juntas. Dos de carne y hueso y la esfinge, otro de mis personajes. Ese contraste de la carne con el bronce visualmente choca mucho, inquieta...

-Hablemos de ‘Belchite’. ¿Qué ha querido hacer ahí?

-‘Belchite’ es el argumento del documental. El cine es una de las pasiones de mi vida. Como protagonista de mi propia obra, ha sido muy agradable, está siendo un proyecto muy gratificante. José Antonio Fandos y Javier Estella, los Nanuk, son amigos y grandes profesionales. Nadie me había visto pintar un cuadro desde el principio, todo el proceso. Empezaron desde el encargo; luego me fui a hacer fotos a Belchite con el artista Oscar Sanmartín. Lo van captando todo: el boceto, el collage, el fotomontaje, la cuadrícula, ese proceso intelectual y mecánico... Empiezo a dibujar como los antiguos: encuadrando con lápiz blanco en el lienzo y luego empiezo a dibujarlo. Y a colorearlo. Y paralelamente viene Óscar a casa, y me reprocha que no utilice el photoshop, las nuevas tecnologías... Hace una portada con el ordenador, y es muy chulo ese contraste, es la clave de la película...  Yo estoy en otro mundo, todavía, y él en el actual. Eso me define. Al final de la película yo destruyo el collage. ‘Belchite’ es otra vanitas. Es un homenaje al cielo de Pradilla sacado del cuadro de Juana la Loca y a los pintores que hacían ruinas. Ha sido muy agradable y a la vez intenso y laborioso: han sido por lo menos 40 días de grabación.

-¿Qué es lo que más le emociona ante la muestra? ¿Qué balance hace de 40 años de trabajo?

-La gente me da la enhorabuena. Hay expectación. No he notado ningún síntoma de recelo o de envidia... Tengo la sensación de que los pintores desde que escribó ‘Zaragoza. La ciudad sumergida’ (Onagro, 2008) me miran de otra forma: con mi libro he reivindicado a esos pintores que hemos estado ahí, en la trastienda, en los años 70, que no se nos ha hecho mucho caso, y ha reforzado a una “generación perdida” y su autoestima. Y no solo eso: creo que es un viaje hacia una porción de la historia del arte de Zaragoza y Aragón.

-Ha dicho en alguna ocasión que esta muestra sería la última en Zaragoza...

-Quiero que sea mi última: no tanto una despedida como una llegada a la meta. Una metáfora de los 400 metros o de los 40 años de trabajo. Está dedicada a Victorina de Trasobares. Victorina Gil, mi madre. Recuerdo que, mientras se recuperaba de un infarto cerebral, me dijo: “Chico: ¿sabes lo que te digo? Zaragoza me ha decepcionado. A mí lo que me gusta es mi pueblo”. Me quedé helado. Me impresionó. Siempre me había dicho lo contrario. Tengo sueños con ella. Hace pocos días fui a verla a la casa del pueblo. Y ella estaba allí, feliz, como si no se hubiera muerto en 1994. Me pareció un sueño muy bonito. Por eso a veces le digo que me llegan mensajes desde los oscuros confines.

 

*La primera foto es de Apudepa; la tercera de Trébago. La segunda, con Eduardo tumbado en el suelo, es de Vicente Almazán.

MARIANO CARIÑENA, UN HOMENAJE

MARIANO CARIÑENA, UN HOMENAJE

Arbolé Editorial presenta la publicación de cuatro obras
del autor y director teatral aragonés Mariano Cariñena

 

  • El martes a las 19 horas, en un acto en el que se reconocerá al dramaturgo, recientemente fallecido, y se colocará una placa con su nombre en el hall del Teatro Principal

 

  • En el mismo acto, Mariano Cariñena recibirá a título póstumo la Medalla de Honor de la Sociedad General de Autores y Editores (SGAE)

 

El Teatro Arbolé y el Ayuntamiento de Zaragoza han organizado un homenaje al autor y director teatral Mariano Cariñena, recientemente fallecido, en el que se presentará la publicación de cuatro obras del dramaturgo aragonés, y se colocará una placa con su nombre en el hall del Teatro Principal. A este reconocimiento se ha sumado la Sociedad General de Autores y Editores con la entrega, a título póstumo, de la Medalla de Honor de la SGAE. El acto se celebrará mañana martes, a partir de las 19 horas, en el Teatro Principal de Zaragoza.

 

Mariano Cariñena Castell (Zaragoza, 1932-2013) es figura clave de la escena aragonesa contemporánea y fundamental para el teatro independiente de España. Titulado en Dramaturgia y Dirección Escénica por el Instituto de Teatro de Barcelona, en los años 60 fue fundador y director del Teatro de Cámara de Zaragoza y del TEU. Ya en la década de los 70, al frente del Teatro Estable, ejerció un papel esencial en el desarrollo del teatro independiente. Fue, asimismo, uno de los impulsores de la creación de la Escuela Municipal de Teatro de Zaragoza, centro que dirigió desde 1984 hasta su jubilación, en 2002.

 

ARBOLÉ EDITA SUS OBRAS COMPLETAS. Qué mejor reconocimiento para un dramaturgo que publicar las obras de teatro a las que dedicó su vida. Arbolé Editorial presentará mañana en este homenaje la publicación de cuatro de las obras que escribió Mariano Cariñena, reunidas en dos volúmenes de la colección Titirilibros Serie Roja: los libros 16 (“La ensalada” y “La fuente y la raposa”), con prólogos de Iñaqui Juárez y Joaquín Melguizo, foto de portada de una de las representaciones de “La ensalada” y diseños del autor de las escenografías de ambas obras; y 17 (“Dúo a cuatro voces”  y “La reunión”), con prólogos de Rafael Campos y Francisco Ortega, e ilustraciones de Mariano Cariñena.

 

La editorial del Teatro Arbolé inició en 2009 la edición de las obras completas de Mariano Cariñena con  la publicación de los dos primeros volúmenes: “Seis piezas teatrales”, número 10 de Titirilibros Serie Roja, con prólogo de Mariano Lasheras y Jesús Pescador e ilustraciones del propio Cariñena,  y "Tiranía y derrota del rey Don Barrigota", nº21 de Titirilibros Serie Verde, con prólogo de Francisco Ortega e ilustraciones de Vicente Villarrocha.

 

SU NOMBRE, EN EL HALL DEL TEATRO PRINCIPAL. A continuación, se colocará una placa en la entrada del Teatro Principal, que dará “nombre al hall del que fue siempre su teatro”, en un acto que contará con  la presencia del consejero de Cultura del Ayuntamiento de Zaragoza, Jerónimo Blasco, de la viuda de Mariano Cariñena, Marisol Albiac; y del gerente del Teatro Principal Rafael Campos.

 

MEDALLA DE HONOR DE LA SGAE. Finalmente, Mariano Cariñena recibirá a título póstumo la Medalla de Honor de la Sociedad General de Autores y Editores (SGAE). Entregará la medalla a su viuda, Marisol Albiac, el vicepresidente del Colegio de Gran Derecho de la SGAE, Fermín Cabal.

 

Mariano Cariñena desarrolló a lo largo de más de 40 años una intensa y decisiva labor en la escena aragonesa como autor, director, traductor, adaptador, profesor o actor. Era socio de la SGAE desde 1971 y en su haber consta un total de 23 obras propias y 40 adaptaciones. Puso en escena más de 60 montajes, con obras propias como “El cuento al revés”, “Tesorina” y ’”De brujas, moras y diablos”; o adaptaciones de autores como Pirandello (“Enrique IV”), Sanchis Sinisterra (“Los figurantes”), Bernard Shaw (“Amores, prejuicios e intereses”), Jardiel Poncela (“Cuatro corazones con freno y marcha atrás” o Miguel Labordeta (“Oficina de horizonte”).

 

 

 

“LA ENSALADA” Y “LA FUENTE Y LA RAPOSA”. Libro 16 de la colección Titirilibros Serie Roja con prólogos de Iñaqui Juárez y Joaquín Melguizo, foto de portada de una de las representaciones de “La ensalada” y diseños del autor de las escenografías de ambas obras. Fueron escritas entre 1976 y 1978, en plena transición política y son un ejemplo de teatro de urgencia, un teatro pegado a la tierra y a su gente, que quiere intervenir en la vida social y política del momento.

 

 “Mariano Cariñena, que tenía una idea bastante definida del compromiso y la función social del teatro -escribe Joaquín Melguizo-, tras la prohibición del Teatro de Cámara, reaparece al frente del Teatro Estable en 1971. Cinco años después, momento en el que escribe La ensalada, había consolidado dos líneas de trabajo: una centrada en grandes producciones y otra dedicada a obras de pequeño formato con reparto más limitado. Para la segunda escribió estas dos obras, textos que buscan el acercamiento a un público popular y rural, muy pegados a la realidad aragonesa… Se trataba de salir a recorrer los pueblos, de llevar a sus gentes un teatro que les hablase de sus problemas y que, de alguna manera, les incitase a la participación”.

 

“La ensalada, Historias de antaño para gente de hogaño” (1976) es un divertido entremés, ambientado en el siglo XVI. Sus protagonistas son gente de campo que trabajan mucho y cavilan más. “Escrito con un muy buen lenguaje de la época que, a juicio de Iñaqui Juárez, posee una temática simple, directa y tremendamente eficaz que busca el juego y la comicidad y pretende, sobre todo, divertir; pero no está exento de mensajes comprometidos. Lo que en el siglo XVI podían ser sentencias y moralejas, en el XX se convierte en ideología y ansias por cambiar el mundo. ¿Qué pasará en el XXI?”

 

“La fuente y la raposa” (1978) es una obra más extensa y con una estructura algo más compleja. No abandona el carácetr popular, pero tiene un aire más de fábula. “De forma clara y directa, es un alegato en defensa de la tierra, de los pueblos y de sus gentes”, expresa Joaquín Melguizo. “Esta obra trasmuta la vieja fábula para adaptarla a los tiempos, actualiza su moraleja para unirla al clamor popular”, sotiene Iñaqui Juárez.

 

“DÚO A CUATRO VOCES” Y “LA REUNIÓN”. Libro 17 de la colección Titirilibros Serie Roja con prólogos de Rafael Campos y Francisco Ortega, e ilustraciones del propio Mariano Cariñena. “En este volumen mostramos sus escritos realizados para trabajar con los alumnos de la Escuela Municipal de Teatro, su escuela –escribe Esteban Villarrocha en la contraportada del libro-. Mariano Cariñena sabía que es responsabilidad de todos como grupo la construcción en el aula de un clima de respeto mutuo, confianza y cooperación; los tres elementos imprescindibles para consolidar una comunidad capaz de indagar, pensar y dialogar en vistas de imaginar y construir nuevas y mejores formas de convivencia, que unido al humor inteligente, lúcido y comprometido que le caracterizaba, ha dejado huella en varias generaciones de actores y actrices que tuvieron la suerte de recibir sus enseñanzas”.

 

Dúo a cuatro voces. Rafael Campos define este texto como “un ejercicio de generosidad y de entrega de Mariano Cariñena a su labor de profesor. Una obra para padres e hijos que empieza como un juego ingenuo de descubrimientos infantiles y termina en un final abrupto, bastante inesperado y radical. Y añadiría que muy del gusto de su autor, que parece señalar en la obra una especie de resumen, en el que una vez más, la ignorancia y la mentira desencadenan la tragedia de una comedia aparente, en la que no hay inocentes sino ignorantes…”. Pero esta obra habla de “cómo su pasión por el teatro, vivida como una verdadera y absoluta vocación le llevaba a añadir a su enseñanza toda su capacidad de teatro en todas las dimensiones, autor, director, escenógrafo; y cómo esa misma pasión contribuyó a hacer de Mariano Cariñena un maestro cada vez mejor”.

 

La reunión (1996). En la ya larga vida de la Escuela Municipal de Teatro de Zaragoza, este texto fue el taller número 41 que representaban los alumnos de tercero, concretamente en 1998 en el Teatro del Mercado. “Aquel año le tocó dirigir el taller a Mariano y eligió su propio texto, relata Francisco Ortega. Mariano no sólo adaptaba magistralmente textos de otros –de autores como su querido Arrabal, Shaw o Fassbinder, sino que escribía… de todo… Y todo lo hacía con un estilo propio, meticuloso, perfeccionista, producto de su sabiduría, su intuición y su conocimiento de las leyes internas de la dramaturgia. Y, además, con persistente tendencia a proyectar en lo que hacía, un desbordante sentido del humor….”.

 

“La reunión es… una reunión de personas citadas de un modo absurdo, que están en un lugar absurdo por una razón absurda con el objetivo de hablar de algo que desconocen. Situación teatral sencilla y, a la vez, compleja, que obliga al actor y a la actriz a crear un personaje desde las desnudas palabras que le tocó decir. En este texto descubrimos “el aroma del mejor teatro del absurdo, de Ionesco en particular, de Beckett, o del propio Fernando Arrabal, a quien Mariano ya había estudiado en profundidad”.

 *Nota de prensa de Tìteres Arbolé y de Ana Rioja. La foto es de José Miguel Marco, fotógrafo de Heraldo de Aragón. La revista 'Rolde' le hace un homenaje en su último número.

 

LUIS PASTOR Y OCTAVIO PAZ

LUIS PASTOR Y OCTAVIO PAZ

[El pasado jueves conocí a Carmen Peire, que fue representante de cantautores, entre ellos de Labordeta, y compañera durante varios años de Luis Pastor. Hablamos de una de mis canciones preferidas de Luis, ‘Voy por tu cuerpo’, tomada de ‘Piedra de sol’ de Octavio Paz. Encuentro esta versión más moderna (con Lourdes Guerra) que la que yo conocía, que pertenece a sus primeros discos, en concreto a uno estupendo como ‘Fidelidad’. En spotify puede oírse la primera versión, más lenta, con un especial sonido de flautas. Carmen Peire ha trabajado durante casi cuatro años en la edición de ‘Luis Buñuel, novela’ (Cuadernos del Vigía) y ha editado otros trabajos de Max Aub.]

 

http://www.youtube.com/watch?v=mDfrv953bsI

 

POR TU CUERPO

 

 

Voy por tu cuerpo como por el mundo,

tu vientre es una plaza soleada,

tus pechos dos iglesias donde oficia

la sangre sus misterios paralelos,

mis miradas te cubren como yedra,

eres una ciudad que el mar asedia,

una muralla que la luz divide

en dos mitades de color durazno,

un paraje de sal, rocas y pájaros

bajo la ley del mediodía absorto,

 

vestida del color de mis deseos

como mi pensamiento vas desnuda,

voy por tus ojos como por el agua,

los tigres beben sueño de esos ojos,

el colibrí se quema en esas llamas,

voy por tu frente como por la luna,

como la nube por tu pensamiento,

voy por tu vientre como por tus sueños,

 

tu falda de maíz ondula y canta,

tu falda de cristal, tu falda de agua,

tus labios, tus cabellos, tus miradas,

toda la noche llueves, todo el día

abres mi pecho con tus dedos de agua,

cierras mis ojos con tu boca de agua,

sobre mis huesos llueves, en mi pecho

hunde raíces de agua un árbol líquido,

 

voy por tu talle como por un río,

voy por tu cuerpo como por un bosque,

como por un sendero en la montaña

que en un abismo brusco se termina

voy por tus pensamientos afilados

y a la salida de tu blanca frente

mi sombra despeñada se destroza,

recojo mis fragmentos uno a uno

y prosigo sin cuerpo, busco a tientas...

 

Octavio Paz

 

ADIÓS A JOSÉ ANTONIO NOAIN

ADIÓS A JOSÉ ANTONIO NOAIN

 

María Ruiz-Calvente, gran amiga y antigua alumna de José Antonio Noain, hermano de La Salle que tradujo las memorias de Rubinstein, al que le publiqué una entrevista en HERALDO: http://www.heraldo.es/noticias/suplementos/artes_letras/rubinstein_fue_musico_integral.html me escribe y comunica que acaba de fallecer. Dice María: “Fue mi profesor de Latín durante el Bachillerato en el colegio La Salle Franciscanas Gran Vía (ubicado en la Plaza San Francisco). Ayer recibí una triste llamada de otro hermano de La Salle, exprofesor mío, diciéndome que se lo encontraron ayer por la mañana en su cuarto... Llevaba un tiempo más delgado y débil y creen que tendría cancer pero como era muy reservado se lo callaba...

El funeral se celebrará esta tarde en San Asensio (La Rioja) a las 16.00h. Y el domingo a las 12.00h habrá una misa en el colegio La Salle Gran Vía (plaza San Francisco)”.

 

Reproduzco aquí la entrevista de nuevo.

 

 

 

¿Qué es lo que le atrajo de Arthur Rubinstein? ¿Era uno de tus pianistas favoritos o algo así?
Le ‘conocí’ en Salamanca en 1958 oyendo su vinilo del concierto ‘Emperador’ de Beethoven. En Eibar, tres años después, volví a escucharle en otros vinilos con los conciertos de Grieg en la menor y el número 2 en do menor de Rachmaninov. Pero le descubrí verdaderamente cuando tuve en mis manos el disco con los ‘Scherzos’ y ‘Baladas’ de Chopin. Entonces casi sólo se oía hablar de él y de Wladimir Horowitz. Éste era arrebatador; Rubinstein sin serlo menos, añadía un touché aterciopelado y conseguía hacer cantar al piano como nadie. Era totalmente contrario a considerarlo un simple instrumento de percusión, según Stravinski.

La música clásica está llena de grandes maestros. ¿Cómo definiría al pianista polaco?
Ante todo es un músico integral. Él mismo se considera así. No tocó exclusivamente obras escritas para piano solo sino que dominó de memoria grandes óperas, transcripciones de sinfonías, de obras para órgano, de operetas, algunas de ellas realizadas por él mismo. Wagner estuvo en su punto de mira desde que era jovencísimo estudiante en Berlín a sus diez años. Padecía de ‘wagneritis’. ‘Tristán e Isolda’ fue la obra que le produjo la mayor satisfacción en aquella temprana edad. Rubinstein era absolutamente contrario a clasificaciones en el mundo de la interpretación, y se enfadaba cuando en alguna entrevista le consideraban el mejor pianista de la historia. Es muy interesante la entrevista que le hizo en inglés Robert McNeil, titulada ‘Rubinstein at 90’.

Rubinstein tiene una pequeña leyenda zaragozana: dicen que fue determinante en la carrera de Luis Galve, tocó varias veces en Zaragoza, en el Teatro Principal.
Llegué a Zaragoza el 31 de julio de 1964. Llevaba ya seis años siguiéndole la pista, pues. Tocó en el Teatro Principal en 1973 pero me fue imposible escucharle en directo; no conseguí entrada, ya que entonces yo no era socio de la Filarmónica. En la Sala Rono hay (o, al menos, había) una fotografía del gran pianista dedicada a Mariano García. En Zaragoza he adquirido, sin duda, el 95% de las interpretaciones de Rubinstein grabadas en diversos soportes, más de 200 obras diferentes.

¿Cómo llegan a tus manos sus memorias?
Iba yo detrás de ellas desde que me enteré de su existencia a través de una emisión de 50 programas en RNE de 45 minutos de duración cada uno. Hay que remontarse a 1980-1981. En esas emisiones se intercalaban textos de las ‘Memorias’ con interpretaciones de Arthur. No creo que sobrepasaran las cinco páginas de texto cada vez. A partir de ahí fui tras la totalidad de las mismas. Enseguida supe que no estaban traducidas al español, pues el propio Rubinstein lo dice en el segundo de los tomos de la edición inglesa, ‘My many years’, y en una entrevista posterior; sin embargo, indica: «Pero ya saldrán». Y mira por dónde tuve finalmente la suerte de hacerme con los tres tomos de la edición por medio de una profesora de francés del Instituto de idiomas de nuestra Universidad, que conocía a personas francesas poseedoras de esos volúmenes. Nunca agradeceré suficientemente su gestión. La autobiografía completa estaba en mis manos en enero de 2010.

¿Qué ocurrió cuando vio la edición francesa?
Lógicamente, leí con avidez los tres libros, casi 1.400 páginas muy densas, unas 2.000 en una edición actual al uso. Mientras lo hacía, me rondaba insistentemente la idea de traducir. Fue en abril cuando comencé la versión al español, y a principios de octubre, tras cuatro relecturas, la traducción completa era un hecho. Siempre tuve presente que Rubinstein fue quien de verdad dio a conocer por el mundo entero la música clásica española, con algunas obras emblemáticas que prácticamente llevaba siempre en el zurrón de sus programas.

¿Qué tipo de memorias son, qué destaca de ellas? ¿La pasión, la memoria, la minuciosidad, el hecho de que Rubinstein conociese a casi todo el mundo, su inmensa curiosidad?
Todo eso y algo fundamental: la vitalidad. Él lo decía y lo repetía de sí mismo: «Soy el hombre más feliz que he tenido la suerte de encontrar». Ya en su vejez muy avanzada, dos periodistas franceses hicieron una película sobre él, totalmente espontánea, pues se dedicaron a seguir simplemente sus pasos fuera donde fuera; el filme se tituló ‘L’amour de la vie’. Estuvo varias semanas en los cines comerciales de muchas ciudades, con gran éxito de público. También en Zaragoza. Eran otros tiempos.

Recuérdenos las tres partes y háganos una pequeña síntesis...

La primera corresponde íntegramente al primer volumen en inglés, ‘My young years’, que en francés han titulado ‘Les jours de ma jeunesse’, ‘Los días de mi juventd’. Termina en 1917, a sus treinta años, a punto de acabar la Primera Guerra Mundial. Habla de su infancia en Polonia, de cómo creció en Berlín, de un largo periodo en que estuvo prácticamente solo en la vida entre París, Londres, Polonia, Estados Unidos, Italia, España, aunque, paradójicamente, muy rodeado de gente, buena en general, pero no siempre.

¿La segunda?
La segunda parte de la edición inglesa es ‘My many years’, que en francés la han dividido en dos volúmenes: ‘Grande est la vie’, (‘La vida es grande’) y ‘Ma jeune vielleisse’ (‘Mi joven vejez’). En el primero se describen los años locos de la posguerra, la disipación del virtuoso para quien todo se le presenta demasiado fácil, tanto la existencia como el arte. Río de Janeiro, Buenos Aires, Montevideo, México, New York, París, Londres, España de nuevo ... En el torbellino de fiestas, mujeres e innumerables conciertos, Rubinstein descubre la disciplina en la soledad, lo que hizo de él el gran artista que hemos conocido. Llega hasta el comienzo de los años 30.

Vayamos con el tercer volumen...
En el último libro, se casa con Nela, asienta definitivamente la cabeza. Hay en él medio siglo de vida. Estamos ante un músico que vive la guerra. Como judío, le afecta en gran medida la persecución nazi, pues muchos de sus familiares (hermanos, cuñados, sobrinos) perecieron en los campos de concentración. El suyo es un testimonio contra el holocausto judío. A pesar de todo, ‘Mi joven vejez’ es una magnífica lección de optimismo, de fe en la música, que abre los oídos de los hombres y los lleva a entenderse. Y aún mejor que el amor de la vida, la fidelidad a la vida.

Una de las cosas que más me ha sorprendido de Rubinstein era que siempre ha tenido una vocación asombrosa, desde que se va a Berlín con su madre.
Fue un músico innato, que confió enteramente en sus condiciones naturales. Él dice que no le gustaba trabajar, sobre todo porque las obras que le obligaba a preparar su profesor berlinés Heinrich Barth le parecían muy poco interesantes, rutinarias, una pérdida de tiempo. Tuvo una vocación asombrosa hacia la cultura en general, no exclusivamente la música. Le encantaba y le enseñaron de muy niño a leer obras importantes clásicas, frecuentaba los teatros, visitaba las exposiciones pictóricas o escultóricas, todas las pinacotecas importantes, hablaba con normalidad ocho lenguas, le encantaba el latín, entendía el serbio y el croata por su parecido con el ruso y el polaco respectivamente... Aunque se le atragantaban las matemáticas.

Rubinstein y España. Hay un libro que se titula así de 1990. ¿No se ha llevado una decepción al ver qué poco habla de España?
No creo que hable poco de nuestra nación. Hay que tener en cuenta que visitó los cinco continentes y que siempre tenía algo que decir sobre los países y ciudades donde se encontraba, lo que hacía con gran generosidad y detalle. No sólo existe España. Sobre ella, su música e identidad “hablaba” suficientemente a través de las obras de Albéniz, Falla, Granados, Mompou, que constantemente tenía en dedos y en programas.

Rubinstein tenía fama de ser muy mujeriego...
Lo de mujeriego se sustancia sobre todo en el primer volumen. Arthur tuvo la “desgracia” de contarlo. Hay un artículo periodístico de 1980 del gran musicólogo padre Federico Sopeña titulado ‘Las cochinadas de Rubinstein’ referidas al asunto. Acababan de publicarse las ‘Memorias’ ya completas en ocho idiomas. Resumir los centenares y centenares de páginas de las mismas con ese título no sólo no las reflejan adecuadamente sino que es coger, como se dice vulgarmente, el rábano por las hojas. Se casa en 1932 y, sí, Nela, su esposa, pone orden en su vida, tienen cuatro maravillosos hijos, y ella le inspira y acompaña con mucha frecuencia.

Ha traducido del francés. ¿Cómo fue la experiencia, qué dificultades ha tenido?
De haber conseguido las ‘Memorias’ en inglés, las habría traducido una persona de mi confianza con mi constante apoyo por el conocimiento que tengo del personaje y de la música en general. Cuando las leía yo en francés me parecía muy problemática la versión española. Al ponerme a ello, no es que todo fuera un camino de rosas pero sí mucho más sencillo de lo que pensaba. He sido profesor de francés y, sobre todo, muchos años de latín, por lo que estoy acostumbrado a traducciones de libros originales. No me parece ninguna hazaña lo que he hecho. Si algo hay que valorar es el empeño en la labor.

¿Y ahora qué? ¿Cuál es su sueño: publicarlas, colgarlas en la red? ¿Qué se aprende de una tarea titánica como esta?

Pretendo publicarlas con motivo del 30 aniversario de su muerte. Habrá que hacer previamente el trabajo de campo necesario: permiso de quien tiene los derechos de explotación, con lo que eso supone, editor que se anime a hacerlo, etc. ¿Colgarlas en la red? El tiempo lo dirá. He aprendido que no hay nada imposible y que con constancia y adecuada preparación se puede conseguir todo.

CIERRA EL PEQUEÑO TEATRO DE LOS LIBROS EN LAS FUENTES

CIERRA EL PEQUEÑO TEATRO DE LOS LIBROS EN LAS FUENTES

Ha cerrado El Pequeño Teatro de los Libros. Por un tiempo imaginamos hasta que Ciro Soriano y Carolina Peláez, Carolina y Ciro, encuentren otro lugar, otro empeño, otro campo de sueños. Allí hemos grabado muchas veces (con Ana Catalá, con Yolanda Liesa, con Teresa Lázaro, con Carlota Muñoz) para ‘Borradores’, en ese escenario teatral que hacía pensar en la librería Ateneo de Buenos Aires, y hemos grabado allí desde hacía dos años los libro para la sección de ‘Por amor al arte’, el programa de Montse Alcañiz, Adriana Oliveros y Laura Oliva, entre otros, de Aragón Televisión. He notado día a día la pasión por el oficio de ambos: Carolina, siempre atenta a libros, autores, a proyectos, a revistas; a menudo pendiente de tal o cual presentación o de un libro que aún no les había llegado. Ciro, más concentrado en sus cosas (pedidos y búsquedas), en sus estudios, en sus charlas que daría en CMA Armas, en el Observatorio de Literatura Infantil y Juvenil de Jorge Gonzalvo y otros. Siempre querían saber, siempre quieren contar qué habían descubierto, qué libro les había impresionado. A Carolina, recuerdo ahora, le impactó mucho ‘Stoner’ de John Williams. Allí han organizado conciertos, cuentacuentos, cursillos, charlas, conferencias, audiciones de ópera para niños y el Pequeño Teatro de los Libros también ha querido ser un espacio cálido para exposiciones (Lou Lou, Javier Hernández, Agnes Daroca, la lista es muy extensa...) con una apuesta por la literatura infantil y juvenil.

Allí han tenido su espacio Ignacio Escuín y Javier López Clemente, Agnes Daroca y Jessica Aliaga y Víctor Gomollón, Roberto Malo, Patricia Esteban Erlés, y muchos, muchos otros. El Pequeño Teatro de Los Libros ha querido ser una librería de barrio, en Las Fuentes, y una pequeña fantasía que ensanchaba la imaginación y el imaginario cultural y creativo del barrio. Son muchos los que lamentan el cierre. Somos muchos los que perdemos ahí un espacio de acogida. Desde aquí, mi gratitud, los mejores deseos, todo el afecto y el reconocimiento.

Los Portadores de Sueños ganaron el premio a la mejor librería cultural de 2012 y el Pequeño Teatro quedó finalista con una librería cántabra. Era un primer reconocimiento nacional a su trayectoria; su trabajo calaba en la ciudad y había empezado a ser reconocido fuera. Jot Down, revista que recomendaba, las había saludado como una librería con encanto. Ciro y Carolina, Carolina y Ciro estaban ahí y ahí siguen en nuestra cabeza, en el menú de los buenos recuerdos, de los maravillosos instantes entre libros.

 

*Esta foto es de la revista Jot Down.

SAM LEVINGER EN ARAGÓN

SAM LEVINGER EN ARAGÓN

[Hoy miércoles, a las 20 horas, en la Biblioteca de Aragón se rendirá homenaje a San Levinger, un brigadista norteamericano que combatió con la II República y que pereció en La Puebla de Híjar. Viaja a Zaragoza su hermana Laurie. Aquí se cuenta su historia: este texto apareció en las páginas centrales de 'Artes & Letras' hace algunos meses.] 

Un idealista poeta de Ohio

 

SAM LEVINGER

 

 Antón Castro

 El idealismo es uno de los instrumentos más revolucionarios: puede ser la llama, el camino, la tentativa o la espiral inicial para transformar el mundo. Algo así le ocurrió a Sam Levinger , un joven de Ohio, hijo de un rabino y de una escritora. La historia de su breve vida tiene mucho que ver con el arranque de la historia de 'Tierra y libertad' (1995), la película que Ken Loach rodó en las tierras del Maestrazgo, entre Mirambel y Morella. Un día, el padre de la escritora Laurie E. Levinger, hermano de Sam (1917-1937), le habló de una caja que yacía en el sótano y que contenía «cartas de mi hermano, Sam, cuando estaba en España, me parece. No les he prestado mucha atención. Creo que hay una novela, o puede que dos, que mi madre escribió sobre la vida de Sam».

 

Esas novelas, por razones políticas tal vez, no se publicaron. La anécdota ocurría en la primavera de 2001. Pasaron muchas cosas en la vida de Laurie, se jubiló, publicó su primer libro, y de repente descubrió que «me encontraba a la deriva», sin inspiración. Y se acordó del cajón. «Leyendo su contenido descubrí la historia (muchas historias, en realidad) de un joven lleno de fervor idealista que abandonó su hogar para unirse a un ejército voluntario y luchar contra el fascismo en un país extranjero». En esa narración será determinante Elma, la madre de Sam , que se lamentaba de que abandonase sus estudios universitarios y que interrumpiese una prometedora carrera como periodista y poeta, que abandonase a la familia y a su novia Clara. Elma será su interlocutora desde la distancia.

 

Además, Elma le dedicó dos libros a su hijo, que se encontraban con las cartas, los poemas y las crónicas de Sam en el interior de la caja. Laurie E. Levinger publicaría algunos años más tarde la historia de una obsesión, de una pesquisa, de una sombra: 'Amor y saludos revolucionarios. Un chico de Ohio en la guerra civil española' (Asociación de Amigos de las Brigadas Internacionales, AABI, 2013. Traducción de Agustín Lozano de la Cruz).

 

Sam, se dice, «era un observador cuidadoso y astuto, también era un poco manipulador, cambiaba su relato en función de su la audiencia que tenía en su hogar». En los primeros capítulos, se narra cómo era Sam antes de volverse un «revolucionario». Hiperactivo, podía irse detrás de un organillero ambulante, se interesó mucho por la I Guerra Mundial, luego por el paficismo, le encantaba desviarse por el camino más largo del bosque y oír historias. Un médico reveló a sus padres: «El chico necesita aventura, en cantidad». Y no tardaría en tenerla. Por ejemplo, en 1931, su madre ganó un premio de mil dólares con su libro 'Grapes of Canaam' y la familia decidió hacer un viaje por Egipto, Siria, Palestina y varios países de Europa.

 

Recuerda su madre que «en Múnich, Samuel se puso un uniforme de 'boy scout' y fue a la Brown House, donde pidió ver a Hitler, pero no se lo permitieron». Con 17 años sería arrestado y casi a la vez le confesaría a su madre que deseaba ser escritor. No tardaría en colaborar en 'The Columbus Citizen' con una crónica, incorporada al libro.

 

«A finales de diciembre de 1936, un pequeño grupo de voluntarios norteamericanos partieron hacia Francia, planeaban infiltrarse en España para unirse a las Brigadas Internacionales. Muchos de los voluntarios eran miembros del Partido Comunista americano. Sam no lo era, pertenecía a la Liga Socialista Juvenil y tenía su carnet de miembro, aunque estaba en minoría. Otros se unirían pronto a estos voluntarios. Más adelante llegarían a ser dos mil ochocientos. Se autodenominaron la Brigada Abraham Lincoln», cuenta Laurie. Se explica cómo Sam se trasladó a Francia -se embarcó el 16 de enero de 1937 en el 'SS Paris'- y finalmente llegó a España.

 

No tardaría en mandar cartas a casa, especialmente a su madre, con la firma de R.P., para despistar. Cuenta cómo era el saludo del Frente Popular, cruza los Pirineos en ferrocarril y luego en autobús. Más adelante anota diversas anécdotas, recuerda la muerte de Durruti y finalmente recorre Valencia, el frente de Albacete, más tarde pasará a El Jarama. Con el paso de los días, tras recibir sus primeras heridas, llegará a una batalla crucial: la de Belchite. Eso sí, antes de esa empresa terrible, en todos los sentidos, escribirá a su familia, a su amada Clara, firmará crónicas en 'The Nation' y hablará de sus compañeros, del miedo, de la desesperación y de un fusil llamado Mary que llevaba su camarada Jim. En uno de sus conmovedores relatos desde la trinchera, confiesa: «No había luna, solo un atisbo de la luz de las estrellas. Busqué entre las viñas, no encontré nada. Jim solía decir que yo era el mejor guardián del frente, porque siempre estaba muerto de miedo». De vez en cuenta miente: «Querido padre: todo va bien, de maravilla».

 

Lírica de la contienda, cartas

 

Tras ser herido en la batalla de Brunete escribió el poema 'La guerra es larga', que empieza así: «Camaradas, la batalla es cruenta, la guerra es larga, / Grises columnas adelante se escucha el grito de las armas; /Sobre nosotros planean aviones blancos preñados de dolor, / Mirad los tanques sombríos y salvajes, odian la carne; / Y escuchad: los fusiles muestran a los hombres el camino del olvido».

 

Entre el 24 de agosto y el 5 de septiembre participó en la batalla de Belchite. Un compañero brigadista describió así sus últimos instantes: «Rodeando la catedral por todos lados, los americanos, apoyados por batallón español, intentaron cruzar la plaza hacia el edificio, pero fueron rechazados por un fuego enemigo fulminante. Se reagruparon en edificios cercanos y entonces intentaron un segundo asalto que también fracasó. Eran maniobras gravosas, entre los hombres que cayeron muertos estaban Henry Eaton y Samuel Levinger ».

 

Sam fue alcanzado, pero no murió en Belchite: falleció el 5 de septiembre de 1937 en el hospital de campaña de La Puebla de Híjar (Zaragoza). Redactó una carta para sus padres que solo se les debía entregar si fallecía. Les decía: «Ciertamente, no me entusiasma la idea de morir (…) Si volviera a vivir creo que me uniría de nuevo a esta lucha (…) Escribí una vez un pésimo poema: 'Si lo que aguarda es oscuridad dormiré, si es luz despertaré'. Así que, si volvemos a encontrarnos, será genial; si no, hemos disfrutado de muchas alegrías juntos mientras duraron». A su novia le dijo: «Habría sido genial estar a tu lado. (…) Amor, salud, alegría».

 

Laurie E. Levinger llegó en 2010 a La Puebla de Híjar siguiendo el rastro de su tío, que fue objeto de transfusión de sangre y que oyó la melodiosa voz de Miss Silverstine antes del fin. Laurie recompuso la historia, visitó la fosa común del cementerio donde reposan sus restos y compuso este libro conmovedor.

 

Gracias a la iniciativa del escritor y periodista Luis Granell, de Susanna Anglés y Javier Díaz, activos y concienciados libreros en Mas de las Matas, más de una treintena de personas rindieron homenaje a Sam Levinger: leyeron sus poemas y sus cartas. El periodista y escritor Luis Granell describe así el acto para HERALDO: «El clima del acto fue íntimo; yo diría que íntimo, romántico y emocionante; así lo queríamos los amigos que lo pensamos. Asistieron algunos vecinos del pueblo, miembros de la Asamblea local de IU, que lo respetaron. Volví a conmoverme escuchando al fotógrafo Pedro Avellaned leer la carta que Sam había preparado para que la enviasen a su familia si moría. Cuando la leí en el libro lloré».

 

Hay una página web: www.levinger.net

AUB Y BUÑUEL, EN 'LA BUENA ESTRELLA'

AUB Y BUÑUEL, EN LA BUENA ESTRELLA

 

[Nota de Luis Alegre y la Universidad de Zaragoza] La Buena Estrella dedica el jueves su sesión número 133 a la presentación de "Luis Buñuel, novela" (Cuadernos del Vigía), el monumental libro de Max Aub sobre el cineasta aragonés

Agustín Sánchez Vidal, Antón Castro, la investigadora Carmen Peire y el editor Miguel Ángel Árcas participarán en el acto, que tendrá lugar a las 20 horas en la Sala Pilar Sinués del Paraninfo. Una hora antes, a las 19 horas, mantendrán un encuentro con los medios de comunicación

(Zaragoza, martes 14 de enero de 2014). El jueves 16 de enero el ciclo de coloquios “La Buena Estrella”, organizado por el Vicerrectorado de Proyección Cultural y Social de la Universidad de Zaragoza dedicará su sesión número 133 a la presentación del libro de Max Aub “Luis Buñuel, novela”. La presentación contará con la intervención de la investigadora Carmen Peire –encargada de la edición-, el editor de Cuadernos del Vigía, Miguel Ángel Arcas, el escritor y periodista Antón Castro  y el catedrático de la Universidad de Zaragoza Agustín Sánchez Vidal, el mayor experto en la personalidad y la obra de Luis Buñuel.

El acto se celebrará a las 20 horas en la sala Pilar Sinués del Paraninfo de la Universidad de Zaragoza (Plaza Basilio Paraíso, 4) y será moderado por el coordinador del ciclo, Luis Alegre, escritor, periodista y profesor de la Universidad de Zaragoza. Una hora antes, en el mismo lugar, los participantes en la sesión mantendrán un encuentro con los medios de comunicación.

 

“Luis Buñuel, novela” es la última gran obra que quedaba inédita de Max Aub, fallecido en México en 1972. El origen del libro fue un encargo que el escritor recibió en 1967 de la editorial Aguilar para que escribiera una biografía de Buñuel. Durante esos cinco años Max Aub acumuló un material que sobrepasaba las cinco mil hojas y que incluía cintas magnetofónicas con las conversaciones de Aub con Buñuel y con personas que le conocieron. Parte de ese material dio lugar a un primer volumen que Aguilar editó en 1985 con el título “Conversaciones con Buñuel”.

 

“Luis Buñuel, novela”, recién editado, es resultado del trabajo de la investigadora Carmen Peire, que ha empleado cuatro años en ordenar y estructurar esas cinco mil hojas, que se guardaban en la Fundación Max Aub de Segorbe (Castellón). El libro es un volumen mestizo que sobrepasa las 600 páginas y que incluye textos de Maux Aub sobre diferentes aspectos de la vida y personalidad de Buñuel, las conversaciones de Aub con el cineasta – en las que éste habla sobre su vida o sobre política, cine o religión - y un extraordinario ensayo de Max Aub sobre las vanguardias artísticas de la primera mitad del siglo XX El volumen incluye también un tesoro: un DVD que recoge las conversaciones de Luis Buñuel con Max Aub

 

Según Carmen Peire el libro es un texto “imprescindible para la recuperación de la memoria colectiva de un pueblo, desde los tiempos de la República, pasando por la Guerra Civil y el exilio, vivencias que compartieron Aub y Buñuel”.

 

Según Agustín Sánchez Vidal “Luis Buñuel, novela” era el único libro sobre su obra que interesaba a Luis Buñuel.

 

Max Aub fue una personalidad muy singular. Nació en París en 1903. Su padre era alemán y su madre francesa de origen judío alemán. Desde sus 11 años residió en Valencia, lugar en el que se encontraba su padre –representante comercial- al estallar la Primera Guerra Mundial. Desde 1916 Max Aub y su familia tuvieron la nacionalidad española. Desde 1922 vivió en Barcelona. En 1928 se afilió al PSOE. En los años 20 comenzó a escribir sus primeras obras, adscritas al teatro de vanguardia. Al poco de estallar la Guerra Civil fue enviado por el gobierno de la República a París y ejerció labores diplomáticas, entre las que destacaron el encargo y la compra del Guernica de Picasso. 

 

Durante la guerra colaboró con André Malraux en la película “Sierra de Teruel”. En enero de 1939 se exilió en París pero, denunciado por comunista, fue detenido, recluido en campos de concentración y luego desterrado a Marsella, y después de una nueva detención, deportado a Argelia. En 1942 se exilió en México, lugar donde murió en 1972. Dejó una obra literaria espléndida, que incluyen obras maestras como la serie “El laberinto mágico” –seis novelas ambientadas en la Guerra Civil-, “Las buenas intenciones”,  “La gallina ciega” o “Diarios”. Con Luis Buñuel colaboró en “Los olvidados”.

 

 

 

ARTE ORIENTAL EN UTEBO

ARTE ORIENTAL EN UTEBO

José Antonio Giménez Mas, médico y coleccionista de arte oriental y buen amigo, me envía esta carta y esta pieza que pertenece a su colección ‘Pájaro Profeta’: “El próximo jueves 16 de enero de 2014, a las 7 de la tarde, en el Centro Mariano Mesonada de Utebo (Zaragoza), se inaugurará una exposición de pintura oriental organizada por el profesor David Almazán de la Universidad de Zaragoza, al que muchos de vosotros conocéis. Adjunto el catálogo en pdf. Si tenéis tiempo, el día de la inauguración, o en otro momento si lo organizamos, él mismo nos explicará estas obras algunas de las cuales proceden de la Colección 'Pájaro Profeta' de la que ya tenéis referencia previa por los Cuadernos de Oriente que tuve el privilegio de compartir con vosotros el años pasado.

Me encantaría compartir con vosotros este momento aunque entiendo la dificultad que puede suponer desplazarse a Utebo. En cualquier caso, disfrutad del catálogo y si surge algún comentario será un placer compartirlo. Aprovecho el momento para desearos un feliz año”.

 

 

http://webmail.unizar.es/upload/download.php?file=1392139555.almazan.php2mT7aY%26name=PAISAJES%2520ORIENTALES%2520Utebo.pdf

 

*La pieza que se reproduce aquí pertenece a la colección 'Pájaro profeta' de José Antonio Giménez Mas.