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Antón Castro

PALABRAS PARA DORIS LESSING

En los años 70, un académico sueco le dijo que ella no les gustaba, que nunca ganaría el Nobel. Lo ganó, y también el Premio Príncipe de Asturias. Fue siempre una escritora radical, inconformista y desconcertante que se atrevió a gritar contra la injusticia y a favor de la mujer, la libertad y la vida.

 

El amor, la memoria y la guerra de una mujer insobornable

Quizá la mejor novela de Doris Lessing sea su propia vida, tan plagada de contradicciones y de aprendizaje. Sintió muy pronto la pasión de la literatura y, tras numerosas convulsiones, decidió largarse lejos del volcán de África. Al poco tiempo de llegar a un “Londres de pesadilla” (así lo escribió en sus espléndidos ‘Cuentos de Londres’, 1987) publicó su primera novela: ‘Canta la hierba’ (1950), un grito ante la injusticia que se vivía en África; ese combate contra el racismo y la opresión no le abandonará jamás. No tardaría ser declarada persona ingrata en Zimbabue y Suráfrica. Trabajando de casi todo (de telefonista, de niñera, de oficinista, de periodista indomable), logró hallar su sitio con nuevos libros como ‘El cuaderno dorado’ (1962), que fue casi un catecismo feminista de la Transición con su defensa de la libertad e independencia de la mujer, con su escritura sincopada y con su vehemencia, que a veces la emparienta con Marguerite Duras.

Con todo, Doris Lessing, que siempre ha sido una mujer insobornable que cuestiona “la función social de la literatura”, forjó una obra literaria variada que aborda la relación entre el hombre y la mujer y la fuerza del amor, como se ve en un libro como ‘De nuevo, el amor’ (1995) (donde dice: “Enamorarse es recordar que uno es un exiliado”) pero también en ‘La grieta’, que se remonta a los orígenes del hombre. Creó series de ciencia-ficción e indagó con energía y reflexión en la fascinante materia de su existencia: ahí están sus libros autobiográficos ‘Dentro de mí’ (1995) y ‘Un paseo por la sombra’ (1997); iba a completar una trilogía, pero dijo que no quería herir a la gente vulnerable y redactó un libro más bien alegórico como ‘El sueño más dulce’ (2001).

Le obsesionó la guerra, “siento ira, ira contra la guerra”: su padre combatió en la I Guerra Mundial y regresó de ella más moribundo que otra cosa. Creía que la memoria y el tiempo, “los recuerdos que nos identifican”, son dos de los temas esenciales de su escritura. Vivía en Londres en una casa con tres plantas, con jardín y flores, llena de periódicos y libros en absoluto y polvoriento desorden. Era contundente en sus opiniones, provocó a más de uno cuando envió una novela bajo seudónimo, y cuando le pedían que analizase los nuevos tiempos, Lessing –lectora de Virginia Woolf, de Yeats, de Dostoievski, Tólstoi o Chéjov- se mostraba inconformista. Solía decir: “Lo que me irrita es que ya nadie se indigna”. Ella, con una dulzura rabiosa, se encolerizaba contra la injusticia. Esa lucidez fue uno de los atributos de su grandeza.

 

De aquí he tomado las fotos.

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ÓSCAR SIPÁN: ALGUNOS MICROCUENTOS

ÓSCAR SIPÁN: ALGUNOS MICROCUENTOS

En la editorial Base de Barcelona, el escritor y editor Óscar Sipán (Huesca, 1974) publica una selección de sus mejores cuentos, casi todos ellos premiados en distintos lugares de España y de Latinoamérica: ‘Quisiera tener la voz de Leonard Cohen para pedirte que te marcharas’. El volumen incluye algunos microrrelatos, en los que es especialista Sipán. La foto es de Katerina Plotnikova. He aquí algunos:

 

1.

MONTAÑEROS

Mi padre desapareció hace veinte años, en la ascensión al Nanga Parbat. He sentido emoción, vértigo y furia al encontrarlo en una grieta de la cara norte, sin una arruga, más joven que yo.

Creo que voy a matarlo.

 

2.

OJO POR OJO

Cuando el grillo se durmió, los vecinos cantaron todo el día.

 

3.

TRAS LA PARED

Los oigo copular a todas horas, tras la pared de mi habitación.

Quizá debí emparedarlos por separado.

 

4.

MAYO DEL 68

Bajo los adoquines de la ciudad estaba la playa, ese infierno de sombrillas y turistas sonrosados.

Mejor no levantar los adoquines.

 

5.

PREMIO

Siempre jugaba al número que le tatuaron a mi abuelo en Mauthausen, hasta que un día me tocó.

Ahora mi abuelo me pertenece.

 

6.

CUENTO DE TERROR

Cuando quisimos darnos cuenta, todos éramos funcionarios.

DIÁLOGO CON LUIS FELIPE ALEGRE

 

El Silbo Vulnerado cumple 40 años en 2013. Luis Felipe Alegre, su director y su miembro más antiguo, recorre en esta entrevista la trayectoria de la compañía dedicada esencialmente a la difusión de la poesía en español. Con diversos espectáculos y poetas ha recorrido España y Latinoamérica.

 

-¿Cómo nace El Silbo? ¿Qué quería ser, qué ideas tenías en la cabeza?

Eran los tiempos de los recitales folk. Allí se juntaban: la canción tradicional en todas las lenguas españolas, onda Joaquín Díaz; el folk americano, desde Peter Seeger a Bob Dylan; y géneros que hoy llamaríamos “canción de autor” y “músicas del mundo”. En ese ambiente yo empecé a leer las traducciones españolas de las canciones y hacer breves recitados entre grupo y grupo. Al poco, algún músico se iba quedando en el escenario y me hacía música de fondo.

La fecha sería ¿1971 o 1973? ¿Por qué esta alusión explícita a Miguel Hernández?

Sí, lo que te digo era en 1971 Ese año un grupo de estudiantes formamos una asociación cultural que se llamaba Ideas con la que nos incorporamos a ese movimiento, en principio musical, siguiendo la estela de Plácido Serrano y sus festivales en el cine Pax. En Zaragoza el polo álgido del folk estaba en Torrero y allí empezamos a ensayar con Francisco J. Gil, Arturo Ansón y Jesús Cerezal. Luego se unirían compañeros míos en la Escuela de Teatro, como José Antonio Porcel y Fernando Bandrés, que también era guitarrista. En 1973 pasamos de actuar con nuestros nombres a llamarnos El Silbo Vulnerado, un título lírico de un poeta combativo. La primera noticia del grupo la dio Alfonso Zapater en el Heraldo.

¿De dónde nacía tu pasión por el recitado?

De muy niño, por un disco de Manuel Dicenta recitando las Coplas de Manrique. Le acompañaba a la guitarra Regino Sainz de la Maza.

¿Quién te enseñó, quiénes eran tus modelos’

Primero fue la imitación de Dicenta. La copla de pie quebrado fue también clave en la educación musical del oído, imprescindible para el recitador. Luego iría admirando las formas de otros recitadores amigos como Pilar Delgado y Mefisto. Otro impacto importante fue en la adolescencia, cuando escuché a Javier Escrivá recitando a Bertold Brecht. Después ¿me dejas extenderme en una anécdota? Yo tenía en el instituto al poeta, y también inmenso teórico de la poesía, Rosendo Tello. Era el jefe de estudios. Una tarde me dice “¿qué haces aquí? ¿no sabes que hoy recita Pío Fernández Cueto? Anda, vete corriendo al Santo Tomás de Aquino.” Mira tú, un jefe de estudios instando a un alumno a marcharse de clase. Aquí se acaba la anécdota, porque ver al actor-recitador no fue anecdótico sino sustancial, definitivo.

Cuando ya llevábamos algunos años de trabajo aparecieron dos personajes que abrieron los nuevos horizontes por los que transitamos. Uno fue Héctor Grillo, que nos dirigió seis montajes entre 1982 y 1996, un hombre de teatro total. Nos obligaba a ampliar nuestros registros y cada montaje ideaba ejercicios más difíciles que superábamos con auténtico dolor. Cosas como recitar boca abajo, llenar el escenario de acciones secundarias sin menoscabar el texto, entrecruzar cantados y recitados, etc.

El otro maestro fue Agustín García Calvo, al que comenzamos a seguir cuando volvió del exilio y se multiplicaban sus recitales-coloquios por España. Lo fuimos siguiendo aquí y allá. En 1985, en un curso de Entonación y Ritmo del Lenguaje, nos atrevimos a mostrarle grabaciones de lo que hacíamos con sus poemas y comenzamos una relación periódica.

Con Héctor aprendimos el grito teatral, con Agustín el suspiro lírico.

Con el tiempo fuimos aprendiendo de otros colegas, dentro y fuera del grupo. Para Carmen Orte son muy importantes Joaquín Díaz y la soprano Esperanza Abad. Federico Martín Nebrás nos introdujo en el terreno de la narración y del mundo infantil. Javier Tárraga reinventó el romance de ciego y nosotros seguimos sus pasos. Chicho Sánchez Ferlosio fue otro maestro inolvidable. Y profesores de Literatura, como Ángel Lahoz, nos han ayudado en muchas ocasiones.

Otros estímulos llegaban de grupos zaragozanos tan variopintos como El Grifo, la PAI, Momo, Medianoche, Teatro del Alba, Dies Irae, el TEZ …

¿Qué te atraía especialmente de la poesía, qué te sigue atrayendo?

Bueno, el buen poema es una flecha que atraviesa sentimiento y pensamiento. O, al decir de Antonio Machado: “Canto y cuento es la poesía / se canta una viva historia / contando su melodía”. Mira cuántos mundos se abren y con qué pocas palabras.

Antes de entrar en los espectáculos, dime ¿cuál ha sido tu relación con la poesía aragonesa?

Muy cordial, con la aragonesa y la de cualquier lugar. Creo que el poeta, al margen de la calidad de sus versos puede, si quiere, ser socialmente muy útil en el barrio, en el pueblo…

En el repertorio tenemos muchísimos poemas de autores aragoneses. Algunos, como Miguel Labordeta o Ángel Guinda los hemos llevado en espectáculos grandes (‘Más margen malditos’, ‘En la aduana’…), a otros poetas, Rosendo Tello y Sánchez Vallés, en disco. Periódicamente hacemos experimentos, como presentar en la Biblioteca Nacional de Buenos Aires un recital de poesía aragonesa recitada por actores argentinos.

Hay un recital, ‘La tribu contra la aldea’, que va reuniendo poesía reciente. Poetas como Gómez Milián y Juan Luis Saldaña, autores de un soberbio poemario sobre la vida de Perico Fernández; Andrei Medeleanu, primer poeta aragonés de origen rumano que despega por aquí; Julio Donoso, que bucea en sus desequilibrios y consigue versos desconcertantes; Pablo Delgado, inmerso en la reivindicación de métricas y estéticas desusadas; o los del grupo Delium Tremens.

¿Cuáles serían los espectáculos fundamentales de la compañía? Y cuéntame algunos, defínelos un poco, claro: ‘Más margen malditos’, ‘Clásicos in versos’, ‘Romanceros’, ‘Poesía latinoamericana’, Nicanor Parra...

Digamos que comenzamos con estética realista. La entrada en el grupo del fotógrafo Jacinto Ramos y del músico Goyo Maestro nos inclinó al expresionismo. Luego, con Grillo, tuvimos dos etapas gloriosas, la primera de “teatro pobre” (los montajes dedicado a Quevedo, a la poesía hispano-hebrea medieval, a la poesía erótica clásica) y después nos acercamos a la posmodernidad (‘Cásicos in versos’, ‘Romanceros’, ‘Goya, poesía circundante’) y eso tuvo repercusión en el mundo teatral. Pero no solo en el teatro: el disco de “Cásicos in versos se sigue usando en centros de enseñanza, pasados 20 años.

Mi mundo como director ha estado siempre limitado por la producción. Con los montajes de Héctor removíamos cielo y tierra para encontrar recursos, yo tiendo a la autosuficiencia. Sé que cada uno de mis trabajos tiene un público y no quiero hipotecarlos con la carga de un montaje desmesurado que los encarezca e inmovilice. Últimamente he dirigido varios monográficos de poetas mayores, como César Fernández Moreno, de quien montamos ‘Argentino hasta la muerte’, que todavía representa por América Martín Ortiz;Memoria de Borges’; ‘Todos contra Parra’; y ‘Cernuda recita a Cernuda’, autores esenciales para comprender los rumbos de la poesía en lengua española.

Muy distinto fue el montaje de ’Entremeses del Siglo de Oro’ que dirigió Alberto Castilla, toda una lección de teatro clásico.

Luego hay trabajos que son fruto de la búsqueda personal, como mi ‘Bululú’, que busca la convivencia de poesía narrativa antigua y formas modernas; o los trabajos de Carmen Orte en torno a la canción tradicional. O el trabajo de José Luis Esteban con poesía beat, que comenzó con el estímulo del grupo.

¿Qué poetas más o menos outsiders, por decirlo así, te han conmovido especialmente?

Sin duda, Leopoldo Mª Panero.

Hablemos de esa mezcla de música en directo, de poesía, de teatro... ¿Cuál sería la mezcla alquímica de vuestros espectáculos? Te pido respuesta general pero podemos descender a lo específico... 

Las claves suelen darlas los propios textos. Decía el arcipreste de Hita: "De todos los instrumentos yo, libro, só pariente: / bien o mal, qual puntares, tal diré, ciertamente..." Pero, bueno, vamos a distinguir entre el recital, el espectáculo y los híbridos. El recital es un intérprete y unos textos, o unas partituras para el músico, si lo hay. El espectáculo moderno es un acto teatral que incluye otras artes. El recital exige más concentración al intérprete. Pero los montajes teatrales son más ricos porque conjuga el trabajo de un grupo de creadores y el resultado es al gusto de muchos. Se puede dar a los elementos escénicos tratamiento de actor o de escenario dentro del escenario; la luz, un títere, la música, etc. no son parte o relleno, conforman el espectáculo. Igual con el técnico. En la obra ‘En la aduana’, por ejemplo, Emilio Casanova y Domingo Moreno nos ayudaron con “escenarios” secundarios que eran tres televisores (entonces era impensable usar proyectores), fundamentales para el diálogo entre los actores y las pantallas. Los circuitos cerrados remedaban el juego de espejos que interrumpían José Agustín Goytisolo y Ángel González con sus admoniciones. Eso, y cosas como que el público escuchara a oscuras la voz de García Calvo recitando a Catulo en latín, daba al operador técnico la condición de actor. O sea que, en este caso, los actores éramos tres, los que salían a escena, Cristina Lartitegui y yo, y el que no salía, Eugenio Arnao.

Desde un principio hemos entendido que el trabajo juglaresco moderno se hace con cuatro personas: uno dice, otro canta, otra toca y otro sube y baja la luz. Y, mira, por ahí andan las claves para recrear la poesía. Cada bajada de luz es una página que pasa el lector. Es el cuarto elemento, el eléctrico, lo que nos diferencia de los griegos, donde la oralidad era la conjunción de memoria, recitación y canto. McLuhan da claves a este respecto, como cuando advierte que en el jazz se dan las técnicas de la poesía oral.

Por otra parte, hay un componente más allá del teatro, la música o la plástica, que es el talante juglaresco, que considera al escenario de los teatros una circunstancia prescindible. Ahí están los trabajos híbridos, por llamarlos de alguna forma, que buscan la comunicación de ideas antes que el aplauso. Esos experimentos son los que hago periódicamente en La Campana de los Perdidos con mis ‘Monólogos Prosaicos’, o en el bar Pequeña Europa con el ciclo ‘Con permiso de Bauman’, donde relaciono la modernidad líquida con la poesía de Nicanor Parra y otros autores.

Hablemos de los compañeros de viaje: desde Lourdes, Alicia a Carmen Orte o quien consideres tú oportuno...

Sin el talento y la energía de Carmen Orte no estaríamos hablando de estos cuarenta años. Mira, en El Silbo han trabajado contratados cerca de doscientos artistas y otros tantos han colaborado desde fuera en distintos aspectos. Si algo hacemos bien hoy es gracias a las aportaciones de cada uno de ellos. Ahora bien, hay artistas que aparecen durante varios años y reaparecen al cabo de otros tantos: Soledad Jiménez, Goyo Maestro, Karlos Herrero, Arelys Espinosa, Ana Continente... Los colaboradores son fundamentales en el acabado de los espectáculos, la creación de objetos, guiones, imagen y documentación: Helena Santolalla, Jesús Lou, Grasa Toro, Antonio Ceruelo, Javier y José Luis Romeo o Germán Díez

En ciertas etapas el trabajo se sustenta en dos personas, así tuve la dicha de compartir como pareja artística a Raquel Arellano, iluminando, actuando, organizando. Como era fotógrafa, en la última gira que hicimos juntos por Brasil y Argentina, llevábamos una exposición suya con retratos de artistas y escritores españoles y americanos que sorprendía porque evidenciaba algo común a todos los retratados: gente que trascendía su oficio, que compartía la generosidad juglaresca.

Una cosa que siempre me ha llamado la atención ha sido que El Silbo Vulnerado ha sido un grupo de agitación cultural que ha promovido ciclos, conciertos, espectáculos, programaciones estables... ¿Por qué?

Hay artistas, como nosotros, cuyo trabajo es difícilmente homologable. No encaja en las catalogaciones y quedan al margen. Se priva al público de su conocimiento y disfrute. No solo artistas escénicos profesionales, también escritores, o gente común que eleva su afición a nivel artístico incuestionable. Bueno ese es un motivo, abrir brechas. Otros hay: creemos que hay que hacer barrio, ciudad, desde el campo que nos corresponde. También es una forma de reflexión. Pensamos que uno no crece solo, que el estímulo de otros es fundamental.

En estas inquietudes aparece, al fondo, una de las funciones que cumplía el juglar medieval, más allá de su arte, como transmisor, una especie de correveydile sentimental, lingüístico, ideológico. Algo de eso hacemos cuando, por ejemplo, acompañamos a Jon Juaristi y Jesús Antonio Cid por países balcánicos conectando los romances carolingios con la épica yugoslava.

El Silbo Vulnerado siempre ha apostado por Latinoamérica: Argentina, Bolivia, Cuba. ¿Qué se os había perdido allí?

Como dice Cernuda, uno no elige el lugar de nacimiento ni su idioma, pero hay que servirlos. Tenemos la suerte de compartir la lengua con cientos de millones de personas y por tanto un patrimonio literario común. Seguimos queriendo actuar en todos los rincones donde se habla español, hacer nuestras cosas y estudiar las ajenas. Empezamos en Guinea Ecuatorial y, aunque llevamos 32 giras internacionales, aún nos falta trabajar en varios países hispanohablantes, amén de otros, como Filipinas, donde la huella del español es aún perceptible.

Por otro lado, la vertiente didáctica de idioma nos lleva a trabajar como herramienta de los profesores de español en países como Marruecos, Francia o EEUU.

De las figuras con las que has ido encontrándote estos años, ¿quién te ha conmovido especialmente, de quién no te has podido olvidar? [te invito a recuerdes desde Leda Valladares a Héctor, Villafañe, etc...]

Buenos Aires y La Habana son mis capitales culturales. Allí aprendes a discutir manteniendo la amistad, cosa que aquí es imposible. Con artistas de ambos países hemos hecho muchas cosas, cursos, festivales, reivindicaciones. De Argentina trajimos a Leda Valladares a quien Carmen y Pilar Trillo acompañaron por España en una gira inolvidable; Javier Villafañe te brindaba con cada vaso de vino una nueva enseñanza; el Cuarteto del “Tata” Cedrón nos sigue marcando el camino del que no hay que desviarse ni en los peores momentos, como el presente. La poetisa cubana Nancy Morejón nos dio alas y, junto a Marta Valdés, nos enseñaron a ver la cultura caribeña desde dentro.

Luego están los colegas, gente muy valiosa con la que seguimos colaborando aquí y allá, los grupos de teatro porteño Periplo y Crisol, Ana Padovani, Ariel Prat, la gente del Teatro Terry de Cienfuegos, que dirige Miguel Cañellas, etc.

Otra gente inolvidable son los historiadores y críticos de la Literatura. Somos deudores de sus estudios y algunos de ellos nos han respaldado generosamente, como la hispanista francesa Marie Laffranque, a la que conocí en 1977 cuando intentaba con Eutimio Martín deslindar Poeta en Nueva York en dos libros distintos; luego, cuando en 1994 hicimos nuestra versión francesa con Ana Continente y Jean Michel Hernandez no se perdió ninguna función en La Digue de Toulouse. En Zaragoza hemos compartido pasiones poéticas y proyectos escénicos con Túa Blesa y con Pedro Rubio Jiménez. En otros lares, con Jesucristo Riquelme, a quien conocimos en Guinea y con el que celebramos en Cuba el centenario de Miguel Hernández. Nial Binns es otro erudito que nos ayuda con Nicanor Parra.

Cuando se celebran 40 años, ¿en qué momento estáis?

Quiero creer que de recuperación, al menos internacional: en abril estuvimos en EEUU, el mes próximo en Chile. Seguimos con nuestros espectáculos para estudiantes de enseñanza media y ahora, con Iberligva, para universitarios de otros países. Por contra, claro, arrastramos el lastre de las últimas temporadas: funciones que cuesta dos años cobrar, la caída de contrataciones, la rebaja de caché. Pero hay amigos y proveedores que nos ayudan, que quieren que sigamos trabajando.

Siempre has sigo crítico. ¿Qué es lo que ha fallado para que vivir de este oficio sea casi una quimera?

Bueno, el arte es así. A veces se vive de él y a veces para él. Según le vaya a la sociedad, así te va. Creo que es tan importante apoyar las reivindicaciones de cualquier gremio de trabajadores que pedir dinero para cultura. Si el dinero se mueve, se compran libros y se llenan teatros.

Por otra parte, la crisis en el sector se ha ido gestando de mucho antes. Se evoluciona a modelos modernos, líquidos, y la transición es compleja. En un sitio te piden que seas clásico y que la obra dure hora y media, mientras que en los cónclaves de contratación te piden 50 minutos y que hagas volar elefantes. En el teatro se tiende a contratar productos digestivos, vistosos y con una cabecera de cartel televisiva. Ojo, que con esos ingredientes también se hace buen teatro, faltaría más. Pero basta releer el artículo ‘La cultura: ese invento del gobierno’ que escribió Rafael Sánchez Ferlosio en 1984 para comprender el punto en que nos encontramos, más allá del caos económico actual.

Acabáis de montar un Cernuda... ¿Se ha muerto en Veruela o tenéis la idea de pasear el espectáculo por ahí?

Ahora lo retomamos para el Festival de Poesía de Almagro. Yo encarno a Cernuda ya mayor, cuando estaba en Los Ángeles. La música es de Carmen, acompañada por Dolos al violonchelo, Vicente Llorente al piano, y Manolo Gálvez como regidor. La empresa de Remolinos El Paragüero lleva la producción y contratación del trabajo.

Da la sensación, por cierto, de que la poesía está más viva que nunca, pero más en la voz de los poetas por decirlo así que en la de un grupo profesional como El Silbo. ¿Es así?

Una cosa es el escenario y otra el libro. Hoy hay confusión al respecto. También en torno a la palabra rapsoda, que antaño implicaba el trabajo de memorización, y que hoy se aplica a cualquiera que lea en voz alta. Zumthor decía, más o menos, que cuando se lee del libro, la autoridad está en el libro, en cambio cuando entre el oyente y el actor no media el libro la autoridad está en el emisor. José Mª Barceló comentaba un día que los poetas no siempre hacen un favor a su poesía subiendo a un escenario. Creo que tenía razones para pensarlo.

 

*la foto de Luis Felipe Alegre es de Vicente Almazán.

 

MAN DE CAMELLE. XABIER MACEIRAS

MAN DE CAMELLE. XABIER MACEIRAS

HOMENAXE A MANFRED GNÄDINGER

 

Por Xabier MACEIRAS

 

     Era o 12 de maio de 1976. Faltábanme só oito días para cumprir seis anos. Daquela, pasaba case todo o día cos meus avós. Mentres eles traballaban as leiras que tiñan na Pedreira, eu facíalle a vida imposible aos grilos e aos escarabellos pataqueiros. Naquelas leiras, onde Milio e Carme -os meus avós- prantaban patacas e millo, hoxe ZARA fabrica camisas e pantalóns para todo o planeta.

     Tiña que pasar o día con eles porque, nesa época, miña nai traballaba na “Salgueiro S.L.”, a conserveira que había no Rañal, a carón da nosa casa. Aquel día, aquel 12 de maio do 76, nada máis entrar pola porta, despois da súa xornada laboral, miña nai díxome:

–                    “neno, imos a Coruña. Imos ver o petroleiro”.

     Para un cativo do rural coma mín, neses anos, o feito de ir a cidade era todo un acontecemento, era unha festa, pois sempre viña de volta con algún xoguete e algunha larpeirada. Mamá facía pouco tempo que tiña coche. Coa axuda dos seus pais, mercara un Seat-127 de cor amarelo do cal aínda me lembro da matrícula: C-9837-E. No “Panchiño”, como lle chamaba o meu avó ao Seat, pasei momentos moi doces da miña infancia ao son de Abba, Bonnie M e sobre todo de Camilo Sesto, o amor platónico de miña nai.

     Ao chegar ao Ventorrillo, quedara abraiado coa inmensa nube negra que se vía ao fondo da cidade. Lembro que mamá estivera a piques de dar volta para a casa. Agora que son pai, sei perfectamente o que se lle pasou pola cabeza naqueles intres. Mais seguro que pola miña insistencia, dirixímonos até a zona da Torre. Unha vez alí, ao baixar do coche, unha sensación de perplexidade, de abraio, de medo...empezou a percorrer polo meu corpo. Quedara pasmado co que estaba vendo, nunca vira nada semellante: o mar ardía no medio de aquela impresionante fumareda negra!. Logo, co paso dos anos, comprendín a magnitude da catástrofe que estaba a presenciar. Aquel petroleiro, era o Urquiola.

     A palabra petroleiro xa me resultaba familiar. Non era a primeira vez que a oíra. Escoitaraa en Camelle na casa de Celia, unha muller que sacara o permiso de conducir na mesma autoescola que mamá e Fina Sanjurjo, outra veciña do Rañal.

     Tras obter o carnet, as tres mulleres seguirían mantendo a amistade, polo que as viaxes a Camelle, naqueles anos setenta, eran moi frecuentes. Celia vivía cos seus pais, José Perez e Virtudes Devesa, nunha pequena casa do centro da vila, un lugar máxico para min, onde escoitei contos increibles e fascinantes, coma aquel duns veciños de Arou que recolleran nos areais uns botes que contiñan algo branco no seu interior, co que logo pintaron as portas e xanelas das súas vivendas. Aquela sustancia branca era leite condensada!, e ao chegar o sol de verán, según os pais de Celia, “as moscas a pouco máis comen á xente”. Ás historias mariñas que me contaba o meu avó Milio xuntábanselle agora ás de José. Nacía así, aos seis anos, a miña relación de amor co océano.

     Dúas ou tres semanas despois do sinistro do Urquiola, fixémoslle unha nova visita a Celia. Aquel día lembroo moi ben. Eu non xogaba, escoitaba a conversa dos maiores. Falaban do que pasara na Torre, e José dicíalles a mamá e a Fina que él xa vivira a praga do chapapote cando era un mozo. Lembraballes que no verán de 1934 vira como o “Boris Sheboldaeff”, un petroleiro ruso que se dirixía cara a Leningrado, embarrancara na costa de Camelle por mor da néboa e contaba tamén, como pouco despois rompía o casco do buque, provocando que as 11.000 toneladas de cru que levaba nas adegas logo se espallaran por toda a Costa da Morte. Según o pai de Celia, os 54 mariñeiros e tres oficiais que formaban a tripulación do buque ruso poidéranse salvar grazas aos veciños de Camelle, uns veciños -entre eles José- que sen sabelo estaban sendo testemuñas da primeira gran catástrofe medioambiental acontecida en Galiza.

     Tras pasar un anaco falando con José e Virtudes, estas tardes de domingo en Camelle sempre remataban do mesmo xeito: paseo pola vila, visita a unha curmán de Celia, unhas Fantas no bar “Miramar” e por suposto, a parada obrigada no porto para ver as marabillas de Manfred.

     A primeira vez que vin a este home, lembro que me causara unha gran impresión. Para un cativo de seis anos como era eu, ver a un individuo tan peculiar, case esquelético, co pelo e barba longa e sen arranxar, vestido únicamente cun taparrabos, descalzo e que tiña por vivenda unha chabola de pouco máis de trinta metros cuadrados, era o máis parecido a ver a Tarzán en persoa. Celia contaba que a historia deste persoaxe non estaba moi clara e seica había varias versións, mais o certo era que Man chegara a Camelle para non marchar nunca máis.

     Manfred Gnädinger nacera a finais de xaneiro de 1936 en Radofzell, preto da cidade de Friburgo (Alemaña) e era o menor de sete irmáns. O seu pai tiña unha panadería que, pese aos malos tempos da guerra para a sociedade alemana, funcionaba bastante ben. A familia era das máis adiñeiradas da vila. Mais todo cambiaría a raiz da morte da súa nai Bertha en 1951. Manfred era un neno tímido e solitario, e quedaría profundamente marcado pola súa ausencia, agravándose aínda máis a súa amargura cando volveu casar o pai, que o faría de contado. A madrastra, a parte do maltrato físico e sicolóxico que exercía sobre o menor dos fillos do seu home, conduciría a familia até a ruina por mor dos seus problemas co xogo. A economía familiar empeorara tanto que tiveran que vender propiedades e terras, unha situación que sería o condicionante para que Manfred decidira irse da casa en 1959 e principiar unha nova vida. Marcha a Suiza, onde empeza a traballar de reposteiro na chocolatería Keller. Alí, a filla do seu xefe namórase del, mais o alemán dalle cabazas, dille que é “espíritu libre”. Ao pouco, e seguramente pola incomodidade do asunto amoroso, fai unha viaxe por Italia que aproveita para ver arte e, a volta, opta por deixar Suiza. Corría o ano 1961. Un ano despois chega a Galiza, e aparece por Camelle o día antes das festas do Espíritu Santo. Chegara até aquí polo seu interés pola preservación do medio ambiente e a curiosidade por coñecer a Costa da Morte. Xa nunca máis marcharía.

     Ao chegar a vila, a Manfred  dalle hospedaxe a familia dunha veciña de orixe alemán que voltara de Arxentina casada cun galego. Nos primeiros tempos de estadía en Camelle, chamaba a atención pola súa imaxe, sempre aseado, ben peinado, elegante e ben traxeado. O porte do alemán recén chegado do corazón da Europa industrial, axiña destacou naquel pobo de mariñeiros, cunha economía de subsistencia e alexado de toda modernidade. Cando moitos habitantes da Costa da Morte emigraban a Alemaña na procura de traballo, Manfred facía o camiño inverso.

     Durante case dez anos viviría nesa casa, pintando, esculpindo, estudando as prantas e os animais e, acomodándose entre a xente cunha mestura de naturalidade e certa extrañeza. Nesta primeira etapa, Manfred Gnädinger non se diferenciaba moito doutros rapaces burgueses que nos anos anteriores ao hippismo, renunciaron a todo na súa terra para atopar aventuras e sosego lonxe da axitación das cidades. Mantíñase grazas á xenerosidade dos veciños e ás axudas que a súa familia lle enviaba periodicamente dende Alemaña, aínda que en calquera caso, Manfred necesitaba pouco para subsistir: un pouco de comida, un teito e pouco máis.

     Foi daquela cando se enamorou de María Teresa, a mestra do pobo coa que mantiña largas conversas...mais ela xa estaba comprometida, e cando esta casa co seu mozo de toda a vida, que era mariño mercante, a vida de Manfred cambiaría de xeito abrupto, empurrandoo este desengano amoroso a abandonar a súa primeira casa e a trasladarse a unha pequena parcela, unha punta rochosa no límite do pobo e xunto ao mar. Así remataba a vida de Manfred Gnädinger e principiaba, a comenzos dos anos setenta, a de Man, o noso Man.

     O primeiro que fai nesta nova etapa da súa vida e desfacerse do seu apelido, de parte do seu nome, dos seus elegantes traxes e do seu pasaporte, que até daquela renovaba convenientemente no cuartel da garda civil. Convírtese no cangrexo máis ermitán, coma un Robinsón. Refuxiase na soedade e nos seus soños. Asume, a partir de agora, a diferencia, a marxinalidade e a excentricidade respeto a norma -como a súa propia ubicación no mundo-, e convírteas en elementos esenciais da súa actividade vital e creativa.

     En 1972 construe, naquel lugar inhóspito aínda que de insólita beleza, un pequeno galpón cúbico e comenza a delimitar o seu territorio de pedra xunto ao mar. Instala daquela un “museo” arredor da súa nova casa, aproveitando as rochas do litoral, ás que lles incorpora todo co que o mar o agasallaba: golfe, madeira, ferros, raices secas...que mezclaba todo con formigón, e cunha vexetación autóctona que él mesmo se encargaba de plantar, iría creando unha pantasmagórica paisaxe, no que a súa propia imaxe de excéntrico ermitán formaba parte consustancial.

     Man non comía nin carne nin peixe. Era vexetariano. Comía plantas, froitas, verduras e fariña de millo. Verán e inverno andaba só con taparrabos e poucas veces con sandalias. Con estas cualidades persoais e o seu atípico museo, o “alemán de Camelle” iríase facendo famoso pouco a pouco, principiando a chegar visitantes de todos os lugares á vila. Prensa e radio estaban pendentes del, e até o famoso presentador José María Iñigo atrevérase a levalo a TVE 1. A popularidade ía en aumento ano tras ano, máis aínda cando aparece un día no Corte Inglés da Coruña, vestido unicamente co seu peculiar taparrabos, e escandaliza “a las señoritas coruñesas”. Nunca máis volvería a pisar xungla algunha do capitalismo. Metade El Bosco metade Gaudí, convertera o litoral de Camelle nun remanso de paz, integrando con maestría as súas figuras redondeadas e as combinacións de múltiples cores no entorno. Rochas, casas, montes e pinturas en pedras, eran o substrato da súa arte. Ás figuras redondas chamáballe “o punto”. “Todo empeza e remata nun punto”, dicía.

     Fun cumprindo anos, e as visitas á casa de Celia seguían sendo frecuentes. Cada vez que íamos a Camelle había que- probablemente pola miña insistencia- ir ver a Man. Lembro que cobraba entrada, como si dun auténtico museo se tratara, e había que facerlle uns debuxos ou escribirlle algunha frase nunhas libretas pequenas. Nestes cadernos, dicía que quedaba o alma de cada visitante e pretendía construir con elas un rascaceos.

     O resultado de todas e cada unha das accións que levaba a cabo, estaban marcadas por un claro compromiso artístico e medioambiental. Man estaba apoderándose simbolicamente de todo un pobo, ao mesmo tempo que tiña conciencia de estar construindo unha obra trascendente.

     Nos lustros seguintes o atractivo turístico da vila vai en aumento. A Camelle seguen indo centos de persoas a ver os esculpidos artísticos das rochas da praia, o museo -no que tamén aproveitara o cambio de moeda para redondear a tarifa, pasando das cen pesetas ao euro- e tamén a ver a un home distinto, un xeito de vida diferente. As súas pequenas libretas seguían enchéndose de debuxos, de frases e de impresións dos visitantes.

     Mais todo cambiaría aquel fatídico 19 de novembro de 2002, cando o petroleiro con bandeira de Liberia “Prestige” afunde fronte ao litoral galego, logo da incompetencia das administracións autonómica e estatal, e provoca o maior desastre ecolóxico do país. Só dous días despois, o chapapote invadía a obra de Man...”o petroleo matoume a vida. Fóronseme as gañas de vivir. Tirei a toalla”, dicíalles a uns xornalistas.

     Cando vín as imaxes nos informativos das televisións, aquela estampa do manto negro púxome a pel de galiña. Inundeime nun sentimento de pena e dor cara a persoa que creara aquela maravilla, cara aquel arquitecto do mar, cara a Man, o noso Man. Xurdiron os recordos daquelas tardes de domingo escoitando a José Perez e a Virtudes Devesa, que xa facía tempo que morreran, dos paseos con Celia polas rochas que agora tiñan unha cor ben distinta e por suposto das lembranzas de Man traballando nese lugar, que cambiaría de aspecto para sempre.

     O ermitán alemán non quería que ninguén limpara o chapapote das súas rochas. Tiña moi claro que había que deixalas manchadas de petróleo para convertelas “nun símbolo da morte que destrozou a costa”, para as xeracións vindeiras. O 28 de decembro, Manfred Gnädinger, Man “o alemán” de Camelle, Man, o noso Man, morría no seu habitáculo de 6x6 m onde pasara os últimos trinta anos da súa vida. O parte médico sinalaba que fora unha insuficiencia respiratoria e a tromboflebitis que padecía quenes acabaron con él, mais moitos compartimos a opinión que o “Prestige” acabou de matalo. Morreu de pena vendo como a súa costa de cores quedaba sepultada baixo un manto negro. Estaba enfermo da alma. Morreu de melancolía. Probablemente foi a única víctima mortal da catástrofe ecolóxica, sen embargo, é case seguro que ningunha estadística relacione xamais a morte de Man co acontecido aqueles días na Galiza... mais eu aos meus fillos, xa lles estou contando a verdade.

 

*A foto é de Generoso Díaz.

CALVO ROY: VIDA DE ODÓN DE BUEN

CALVO ROY: VIDA DE ODÓN DE BUEN

Se presenta la primera biografía de Odón de Buen

 

 

El lunes, 18 de noviembre, se cumple el 150

aniversario del nacimiento del oceanógrafo de Zuera

 

 

Mañana lunes, día 18 de noviembre, a las ocho de la tarde, se presentará en el teatro Reina Sofía, de Zuera, el libro Odón de Buen: toda una vida, escrito por el periodista científico Antonio Calvo Roy. La biografía ha sido publicada por Ediciones 94, empresa editora aragonesa, con la colaboración del Ayuntamiento de Zuera y de la Diputación Provincial de Zaragoza.

Odón de Buen y del Cos (1863-1945), fue un hombre apasionado, una persona a caballo entre dos siglos, y justo entre las dos repúblicas españolas, que se dejó la piel primero en ser él mismo y luego en ayudar a otros a ser ellos mismos, cuando cambió la investigación científica por la gestión de la ciencia. Nacido en Zuera, murió en México, exiliado, tras una vida larga y fecunda, extraordinariamente interesante. Alumno brillante, catedrático en Barcelona y Madrid, concejal del ayuntamiento de Barcelona y se­nador, padre de la oceanografía en España, figura de relevancia internacional y preso político canjeado. Su manera de estar en el mundo, activo y despierto, hacen de él un excelente testigo de su tiempo.

Éste libro es la historia de su volun­tad, de sus luchas, de cómo fue posible enamorarse del mar desde la estepa aragonesa y, sobre todo, enamorarse del conocimiento del mar. Odón de Buen es un personaje desconocido y olvidado, injustamente desconocido y olvidado. Su apuesta política, su muerte en el exilio, su republicanismo insobornable ha impedido que en España su recuerdo esté vivo. Es hora de conocer su obra, su paso por la vida para saber cómo y por qué hizo lo que hizo. Por eso, a los ciento cincuenta años de su nacimiento, su historia merece ser recordada, merece ser conocida porque la vida de Odón de Buen, una vida de novela, es también una vida ejemplar.

Antonio Calvo Roy, Madrid, 1960, es periodista científico y, en la actualidad, presidente de la Asociación Española de Comunicación Científica. Ha trabajado tanto en gabinetes de comunicación de diversas instituciones y empresas como ejerciendo el periodismo en diversos medios. En el año 2000 creó la empresa de comunicación científica y ambiental Divulga, desde la que colabora con artículos científicos para periódicos y revistas y otros proyectos de difusión de la ciencia, como la redacción de guiones para exposiciones de museos de ciencia y documentales de televisión y dando cursos y talleres sobre periodismo científico en diversas universidades de España. Es autor de varios libros de divulgación científica, entre ellos las biografías de otros dos aragoneses, Santiago Ramón y Cajal y Lucas Mallada (‘Cajal, triunfar a toda costa’ (Alianza Editorial, Madrid, 1999); ‘Lucas Mallada, biografía de un geólogo regeneracionista’, Gobierno de Aragón, 2005).

Ediciones 94 es una empresa editora aragonesa con una larga trayectoria de publicaciones (libros, revistas, coleccionables, edición propia, etc.), con numerosas empresas, organizaciones e instituciones españolas.

'LA CASA' DE NESQUENS & M. LÓPEZ

 

Hace algunos años le encargué a Daniel Nesquens un cuento infantil sobre el Real Zaragoza. Me dijo: “Si yo lo que querría es escribir para adultos”. Quizá en realidad no haya dejado de hacerlo nunca, aunque cada vez su literatura tiene más misterio e inquietud y menos humor. Más voluntad de viajar, de conocer, de descubrir mundos que de hallar, en clave más o menos jocosa, las paradojas de la vida. Le importan los afectos, la fuerza de las relaciones, el río de las complicidades. En su último libro, que se presenta mañana sábado a la una en la librería Antígona con Rosa Tabernero, una de las grandes estudiosas de la literatura infantil y juvenil en Aragón, ‘La casa’, ilustrado con imaginación, talento y fantasía por Mercè López, Daniel Nesquens narra una doble relación entre un abuelo y su hijo, y entre este y su hijo, que es quien cuenta la historia.

El abuelo, misántropo y extraño, acaba de morirse y asistimos a su entierro. Eso sí, hay un detalle que lo humaniza y casi lo mitifica: todos los años por su cumpleaños le manda un regalo a su nieto. Padre e hijo lo acompañan en su último adiós. El niño, poco a poco, el niño que es “un  chico listo” quiere saber por qué no se hablaban el abuelo y el padre. Y ahí aparece en medio una casa, una historia fantástica, contada sin énfasis, con parsimonia y brillantez, con precisos diálogos, que tiene algo de cuento de terror y de viaje al fondo de un doloroso enigma. El libro, contenido y elegante, pertenece al género fantástico: importa lo que no se sabe, lo invisible, la atmósfera tensa de sombra, la ambigüedad.

Nesquens, con su habilidad habitual, con ese talento cada vez más parsimonioso, se mueve con comodidad en las estancias informes, ante la estación o en las evocaciones del corredor Jim Hines, citado, la conquista de la luna en 1969, las puertas condenadas, que hay unas cuantas, o esa hoja de un periódico de 1910 que narra un naufragio. El trabajo de Mercè López es excelente: descriptivo y onírico a la vez, maneja el negro y el rojo a la perfección, exalta la complicidad entre padre e hijo y juega muy bien con otro motivo que incorpora Nesquens: el espejo de Alicia, el espejo sin fondo de Lewis Carroll. El libro lo ha publicado el sello A Buen Paso, cada vez más sólido.

 

*Daniel Nesquens en una foto de Vicente Almazán. Una de mis favoritas.

 

 

 

 

DAVID LOZANO: DIÁLOGO DE 'HEREJÍA'

[Ayer, en el Palacio Arzobispal de Zaragoza, David Lozano Garbala presentaba su nueva novela: ’Herejía’ (SM), que  transcurre en la Zaragoza del siglo XV, en espacios como La Aljafería, el monasterio de Santa Clara o distintas calles. Es una novela sobre la Inquisición, la perscución de los judíos, la intolerancia, el espionaje, y contiene una apasionada historia de amor, protagonizada por el joven Ginés, que quizá no sea quien aparenta ser. A David lo acompañaron el historiador Domingo Buela y el director general de Cultura Humberto Vadillo.  Esta entrevista se publicaba ayer, en casi su totalidad, en ’Heraldo de Aragón’.]

-¿Qué ha pasado por tu cabeza para dar ese giro hacia el siglo XV?


La Baja Edad Media siempre me ha atraído pues ofrece escenarios muy sugerentes y un clima donde tienen cabida muchos ingredientes que dan juego: fanatismos religiosos, amores prohibidos, supersticiones paganas, intrigas… En el fondo, el mundo era todavía una gran región inexplorada, llena de misterios. Pero es que además la Inquisición constituye un tema que también me interesa desde hace años. Supongo que cuenta con ese toque oscuro, amenazador, que siempre busco en mis historias.

         

-¿Qué querías contar: una época, una aventura de desdoblamiento, un episodio de intolerancia?

Me apetecía contar un episodio de la Historia donde se viera cómo el fanatismo acaba por engendrar monstruos y cómo, en ocasiones, para luchar contra las injusticias uno tiene que arriesgarlo todo: su vida, sus principios, incluso su propia identidad.

 

-Casi todas tus novelas giran en torno al mal. En cierto modo, aquí sucede lo mismo. ¿Sería la Inquisición sinónimo del mal?

En mis novelas, en efecto, me gusta mostrar diferentes manifestaciones del mal. Dentro del Santo Oficio había religiosos con una honesta –y moderada- preocupación por la salvación de las almas y la ortodoxia católica. Sin embargo, la Inquisición también cobijaba –sigue ocurriendo hoy en otros ámbitos como la política- perfiles mucho más nocivos: los codiciosos, los corruptos, los integristas… individuos que se aprovechaban de su poder para dar rienda suelta a sus excesos, tanto económicos como ideológicos. Amparaban sus actos bajo la cobertura de una justificación “oficial”, lo que les garantizaba impunidad. Eso sí es el Mal, con mayúsculas.  

         

-Aludes al final a la documentación que has manejado y a tus citas con historiadores. ¿Era posible una historia así en aquella Zaragoza?

He procurado ser bastante riguroso respecto a la ambientación de la novela, por eso decidí contar con el apoyo de varios historiadores. No obstante, la historia que narro es ficción y en ese sentido confío en no haberme apartado mucho de lo verosímil. Lo que sí había en la Zaragoza de la época era una atmósfera de miedo hacia la creciente presencia del Santo Oficio, denuncias sin prueba alguna, intrigas, envidias vecinales… El perfecto caldo de cultivo para una severa represión inquisitorial a la que no todos estaban dispuestos a someterse.      

 

-¿Cuál era la importancia que tenían los judíos conversos en la ciudad, por qué suscitaban tanto odio?

 La visión del pueblo judío como amenaza se sustenta en las suspicacias que despierta su poder económico… e incluso político. Hay que recordar que antes de su expulsión los judíos eran los únicos que tenían autorizada la usura, por ejemplo, y su condición frecuente de prestamistas de los monarcas les otorgaba un peso muy serio en la Corte. El hecho de que muchas de las conversiones fueran forzadas no ayudó. En el caso de Aragón es un tema especialmente sensible, porque buena parte de la nobleza tenía raíces conversas.  

 

-Luis de Ortuña, el protagonista o Ginés de Alcoy, son muy jóvenes. Apenas 16 años. ¿Operaban con tanta entera y con tanta lucidez en aquel momento los jóvenes? ¿Cómo los defines?

Los Fueros de Aragón consideraban como mayores de edad a los jóvenes de 16 para determinados actos. A esa edad eran ya prácticamente hombres que debían prepararse para coger las riendas de su destino (o mujeres listas para concertar un matrimonio de conveniencia). Con una esperanza de vida que rondaba los cuarenta años, uno tenía que darse prisa por vivir… 

 

-Has escrito una novela de desdoblamiento y de espionaje... ¿Sigues en tu línea de suspense e intriga o crees que ha cambiado algo en tu opción?

La ambientación histórica y el espionaje no son incompatibles con una narración que incluya intriga. Cambia el escenario, los acontecimientos, incluso el registro de los personajes, pero no el ritmo. Yo he procurado que “Herejía” cuente con suficientes elementos que alimenten la curiosidad en el lector a lo largo de las páginas.

 

-Entre las mujeres hay dos claves: la priora Catalina de Bolea. ¿Por qué actúa así, a favor de la libertad? ¿Qué dirías de ella?

 Me gustan los personajes femeninos fuertes, que se alejan del estereotipo. Es cierto que la mujer pintaba poco en la sociedad aragonesa del siglo XV, pero la Historia siempre nos ofrece muestras de personajes femeninos que se adelantaron a su época, que reivindicaron su papel. No olvidemos a Isabel de Castilla, que reinaba justo en el momento en el que se desarrolla mi novela. Catalina de Bolea, desde su rango de Priora, es una mujer valiente, honesta, dispuesta a no traicionar sus ideales. No se somete al miedo, eso la hace libre y la lleva a luchar por la libertad.

 

-Ana de Saviñán, la enamorada de Luis-Ginés, que también era poeta. ¿Has querido que fuera como una heroína romántica, casi desmesurada en sus pasiones?


Ana de Saviñán sí responde más al perfil femenino típico de finales del siglo XV, sobre todo en familias de clase alta. Con una educación limitada para la vida real y un conocimiento muy deficiente del mundo, sus aspiraciones se limitan a ser una futura buena madre y esposa de alguien digno, de alcurnia. Muy religiosa, es además soñadora, ingenua, inexperta. Lógico en alguien a quien se ha mantenido demasiado protegida de la realidad durante su crianza. Se entrega, confía, pero en el fondo no ha sido educada para pensar por sí misma.    

  

-¿Cómo conviven la historia de amor y la narración de intriga? ¿Has querido hacer una novela de época de atmósfera romántica?

 Pocas cosas generan más suspense que la posibilidad del amor cuando dos vidas se cruzan, sobre todo si el entorno es hostil. El amor surge por sorpresa, no puede controlarse ni predecirse. A menudo inoportuno, es al mismo tiempo muy estimulante. Por eso decidí que lo sentimental iba a desempeñar en mi novela un papel de peso, que incluso amenazaría los planes de los protagonistas. “Herejía” es una novela de aventuras envuelta en una atmósfera romántica, sí.

 

-Hablemos de los malos. El malo malísimo es fray Agustín de Saviñán, inquisidor decano. Es como un buscador de corruptos pero el más parece él, ¿no?

Agustín de Saviñán representa ese Mal al que aludí antes. Es perverso, calculador, estratega. Para ser malo hay que ser consciente y él lo es, conoce bien el alcance de sus actos. Saviñán es un oportunista, se aprovecha del poder que le da su cargo dentro de la institución para satisfacer una codicia insaciable. Se camufla, oculta sus verdaderas intenciones con una tapadera legítima, pervierte la genuina función inquisitorial. No tiene escrúpulos, cualquier precio es válido si le ayuda a conseguir lo que quiere. Es ajeno a los remordimientos y eso le hace muy peligroso; un adversario implacable.   

  

-¿Era tan atrabiliaria y siniestra la Inquisición como se ve aquí? ¿Daban esas palizas hasta provocar la muerte?

Dentro de la Inquisición había de todo. Incluso hay quien afirma que el famoso Torquemada, primer Inquisidor General para los reinos de Aragón y Castilla, era de talante moderado. Lo que no ofrece lugar a dudas es que el Santo Oficio, en su celo por desenmascarar a los herejes, casi convirtió en un “arte” la habilidad para lograr confesiones de culpabilidad. Y ahí entran en juego formas de torturar sumamente creativas… 

 

-¿Qué ha supuesto para ti pasear por aquella Zaragoza de La Aljafería, Santa Clara, etc.? ¿Funciona bien la ciudad como escenario de ficción?


Zaragoza funciona muy bien como escenario a pesar de que tampoco es una ciudad que haya sabido conservar el valioso patrimonio de su pasado. El poder adentrarme en la Aljafería ha sido un auténtico lujo, desde luego. Y gracias al testimonio de varios historiadores, como la doctora Susana Lozano, yo he podido imaginar sus callejuelas, las torres de las iglesias alzándose sobre las casas bajas, el sonido de sus campanas, el ambiente bullicioso, las murallas…

 

-Conocíamos tus pasiones por autores más de ‘thriller’. ¿Quién te interesa en la novela histórica?

No suelo leer novela histórica, o al menos no con la frecuencia con la que me dedico a otros géneros. En nuestra tierra, sin embargo, tenemos nombres propios de prestigio a los que sí me acerco de vez en cuando como José Luis Corral, Ángeles de Irisarri, Magdalena Lasala… 

 

*David Lozano, en el Paseo de Independencia, en una foto de Heraldo.

JAVIER TOMEO: UN ESCRITOR ESTELAR

JAVIER TOMEO: UN ESCRITOR ESTELAR

 

UN ESCRITOR ESTELAR

 

Jorge Herralde, responsable de Anagrama y editor de diecisiete libros de Javier Tomeo (1932-2013), conoció al escritor aragonés en sus inicios. Cuando firmaba como Franz Keller, colaboraba en revistas de cómic y escribía, solo o con otros, manuales sobre la brujería en Cataluña o la esclavitud. Fundó su sello en 1969 y sería una década después cuando Tomeo, que parecía un galán del cine italiano, le ofreció una novela: ‘El castillo de la carta cifrada’. Años después, en 1985, le publicó su novela más famosa: ‘Amado monstruo’. Para muchos lectores y críticos esas son sus dos mejores novelas; otros prefieren su ‘Bestiario’ e ‘Historias mínimas’; otros, como Javier Gurruchaga, ‘Napoleón VII’ y su amigo Félix Romeo parecía inclinarse por ‘El crimen del cine Oriente’. En el homenaje que se le rindió al autor de Quicena en Periferias, con Ismael Grasa, Juan Casamayor y Enric Cucurella, Herralde recordaba sus primeros éxitos en Alemania, donde fue autor de culto, y en distintos países europeos, merced a las adaptaciones de sus obras. Tomeo reinó en los tres teatros de París. En los años 80, el ministerio de Cultura organizó una gira de escritores españoles por Alemania. Allí estaban Juan Benet y Javier Marías, entre otros. Los responsables alemanes echaron en falta a Javier Tomeo y reclamaron su inclusión: lo conocían, lo habían leído, les perturbaba. Al final, fue incluido. Allá donde iban, el aragonés era requerido y entrevistado: tenía que hablar sobre el absurdo, la incomunicación, las psicopatías, las complejas relaciones entre madres e hijos y de su parentesco con Kafka. Jorge Herralde decía que aquello fue algo así como la gira de una vedette y su cuerpo de baile. Fue un momento estelar: el famoso era Tomeo. Al final de aquel trayecto, Juan Benet quiso saber qué tenía el oscense que no tuvieran los demás. Lo leyó y concluyó: “Tomeo no está mal, pero sus novelas son como croquetas. Todas saben igual”. Quizá la historia no fuera exactamente así, pero es muy propia de Tomeo, que repetía la frase con una sonrisa. Deja tres libros inéditos: la novela, breve, ‘El hombre bicolor’ (Anagrama); los cuentos de ‘Vampiros y alienígenas’ (Alpha Decay), y 160 microrrelatos que editará Páginas de Espuma.

*Este texto apareció en mi sección 'Cuentos de domingo' de Heraldo de Aragón. Elr retrato de Javier Tomeo es de Nana Abenoza.