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Antón Castro

JAVIER TOMEO SERÁ ENTERRADO MAÑANA JUEVES EN QUICENA

  

 

Javier Tomeo (Quicena, Huesca, 1932-Barcelona, 2013) reposará para siempre en el cementerio de Quicena, su pueblo irreemplazable, a la sombra de su amado castillo de Montearagón, “una silueta que le obsesionaba y que, alegóricamente, está en su literatura”, tal como ha escrito Ismael Grasa. Instituciones aragonesas, amigos, albaceas y familiares han llegado a un acuerdo para que los restos de uno de los escritores aragoneses más internacionales de todos los tiempos, después de Gracián y Sender, descanse en su tierra, Aragón. El entierro, tras el funeral de este miércoles en Barcelona, será este jueves a la cinco y media de la tarde. 

“Javier Tomeo era un amante del paisaje aragonés de su infancia y siempre quiso que se le reconociese como escritor aragonés, y que así constase en todos sus libros”, recordaban algunos de sus amigos en la propuesta de traslado, que ha sido muy bien acogida por las primas del escritor, por su agente y por las autoridades que han llevado a cabo las gestiones: Humberto Vadillo y Dolores Serrat por el Gobierno de Aragón; Antonio Cosculluela, Elisa Sanjuán y Juanjo Javierre por la Diputación de Huesca; la diputada socialista Mariví Broto; Juan José Vázquez por el Ayuntamiento de Zaragoza, y el concejal de cultura de Quicena, Rafael Blasco, respaldado en todo momento por el alcalde de la localidad, entre otros que han empujado con absoluta generosidad. Al fin y al cabo, como se ve en tantos y tantos cementerios, en tantos y tantos libros, las tumbas de los escritores se convierten a menudo en un patrimonio valioso. Y Tomeo cierra así un ciclo: regresa de la diáspora en su camino hacia la inmortalidad de sus ficciones y su figura.

En 1989, decía Javier Tomeo a HERALDO. “Tierz, Quicena, Siétamo, Nueno... Algunos dicen que son los nombres de las legiones romanas que estaban acampadas allá. En Quicena estaba la quinta; en Tierza, la tercera; en Siétamo, la séptima... Pero otros dicen que eran las unidades de distancia que existen entre el pueblo en cuestión y Huesca, la capital. Nuevo, nueve. Quicena, cinco. Quicena está a la sombra del monasterio de Montearagón, uno de los grandes monumentos históricos de Aragón”.

Javier Tomeo vivió la Guerra Civil en Quicena, y luego partió con sus padres a Barcelona. Intentó ser uno de los arqueros del Huesca en los tiempos en que jugaba el ya legendario Tomás Hernández, Moreno, y pronto firmaría dos crónicas: una sobre un partido San Andrés-Huesca y una nota sobre la Semana Santa. A uno de sus grandes amigos, Ismael Grasa, le contaba: “Hace mucho tiempo que no voy por ese territorio mítico. Yo iba desde mi pueblo, Quicena, a La Corbetera. Recuerdo que una vez, después de estar unos años sin venir, entré en trance cuando regresé. Fui volando, sin pisar el suelo, desde mi pueblo hasta La Corbetera”.

 

MARIFÉ SANTIAGO, UN DIÁLOGO

ENTREVISTA

 

“El mal existe como existe la bondad”

“La memoria es el pilar que nos sustenta”

 

Marifé Santiago Bolaños transforma en poesía su viaje a Auschwitz-Birkenau: ‘Nos mira la piedra desde las alambradas’ (Olifante)

 -¿Cómo nace ‘Nos mira la piedad desde las alambradas’ (Olifante) que tiene algo de viaje a la memoria del espanto?

-Me invitaron, junto a otros poetas y creadores, a ir a Auschwitz. Mi compromiso era estar allí, contar la estancia. Así ha nacido, definitivamente, el libro. Recorrer con el cuerpo además de con la ética y el pensamiento esa “memoria del espanto” es dejar que se grabe sobre la piel de lo humano algo de otros que, de inmediato, se hace tuyo: ser con los otros, com-pasión, y, sin duda, ejercicio de piedad cuando no es mera contemplación estéril, sino “contemplación activa”.

 
-¿Había alguna efemérides específica en ese  agosto de 2011 en que data el libro?

-Hacía años del genocidio sobre el pueblo gitano en Auschwitz-Birkenau. Esa fue la razón de la invitación que me hizo Casa Sefarad. Fui con mi admirado Juan Carlos Mestre, Premio de la Crítica por ‘La bicicleta del panadero’, con mi querida Berta Ojea, con el Lebrijano, con Henar Corbí. Pero me llevaba también la memoria de muchos y muy queridos amigos y amigas por quienes yo iba allí, en cierto modo, peregrinando. Y la memoria de los sin nombre en mi memoria personal que, sin embargo, guían los pasos en este lugar de la infamia.

 
-¿Qué se encontró, qué sensaciones iniciales experimentó?
Las que ya llevan se mezclan con las que intuyes, y las que intuyes acaban desapareciendo ante la constatación de que lo imposible fue, y por lo tanto sigue siendo, perfectamente posible. Saber de la vulnerabilidad de la ley, de la ética, de la decencia moral. Saber que bajar la guardia un segundo es una irresponsabilidad imperdonable. Y sentir que no es una tarea individual solamente, sino un compromiso cívico, a pesar de que, como escribía Giner de los Ríos, las revoluciones se hacen en la conciencia.
 
-¿Es posible encontrar poesía en un campo de concentración?

La poesía, como corresponde a su valor, no actúa aquí como bálsamo, como sueño, sino como una esperanza doliente y entregada, como el desvelamiento desgarrado de la palabra que gime y grita, que se agarra a ti y no te dejará marcharte sin que hayas dejado, a partir de ella, el óbolo que hay que pagar por saberte, también, habitante del otro lado. La poesía aquí es el sendero que te lleva hasta las entrañas de lo que allí se abrió y te exige verlo sin que entrecierres los ojos del alma.
 
-Dice: “Quiero que broten rabia o tristeza desde mi corazón para no sentirme tan sola”. ¿Qué pesa más la tristeza o la rabia?

La perplejidad insistente a pesar de todo lo leído, escuchado, hablado y sentido. Y, desde luego, la rabia y la tristeza aliadas, confundidas la una con la otra. Rabia y tristeza de saber que no hay que buscar razones al espanto, que el mal existe, como existe la bondad: sin causas que la razón explique o justifique. Muy duro esto.

 
-¿Qué fantasmas le rondaron allí? ¿Qué voces?

Las de mis queridos amigos y amigas que llevan en sus biografías células gestadas allí, imposibles de destruir. Los fantasmas de tantos hombres y mujeres valerosos, justos, que dejaron enterradas sus palabras en ese lugar simbólico que ha sustituido a los símbolos y los ha convertido en corporeidades, en “cosas” que son, a su vez, símbolos de otras que habrían de llegar, que han llegado. Las voces podridas en silencios cómplices y duraderos, eficaces como lo son las armas del miedo y la humillación. Y los fantasmas vivos de tantos seres humanos grandes, ejemplares que, desde las alambradas, le hacían sitio a la piedad para que nos mire de frente.

 
-Cita a Primo Levi, a Paul Celan. ¿Cómo alumbraron su su escritura en Auschwitz?

Gelman, Jabès, Primo Levi, Celan, Valente, Gamoneda, Semprún (‘la escritura o la vida’), Daniel Mordszinki, Margalit Matitiahu, Tsvietáieva, María Zambrano, y muchos otros. Estaban todos allí, de un modo u otro, con procedencias distintas, con experiencias vitales distintas, pero haciendo el mismo viaje que yo hacía: mezclada su obra, su vida, su fama ejemplar o su ejemplar anonimato, como luciérnagas “porque en Auschwitz está prohibido encender fuego”. Levi y Celan propusieron, en alguna página del libro, ser nombrados; los otros aceptaron esa decisión, ese coro que es ‘Nos mira la piedad desde las alambradas’

-¿Cuál es aquí la importancia de la memoria?
La memoria no es solo el pilar que nos sustenta como seres humanos, sino la ofrenda que como tales hacemos al tiempo. Desde la memoria establecemos una continuidad respetuosa con los que nos precedieron y reconocemos su valía a la hora de dar testimonio de quienes somos. La memoria es, por lo tanto, un ejercicio de humildad y de encuentro presente. La memoria no es paralización, melancolía o esterilidad, sino todo lo contrario.


-¿Qué quiere decir el título del libro?

¿Qué quiere decir un poema?, ¿qué es escribir poesía?, ¿qué significa poesía?... Alambrada y Piedad, una violenta contradicción, un enfrentamiento que ha de derramar dolor, sin duda alguna. Pero la piedad nos mira, nos mira... A nosotros.

 
-¿Cómo conviven en su obra la poesía y la filosofía?
Como dos buenas y queridas amigas: cada una tiene su espacio, su libertad y su estilo,  y cuando se necesitan están juntas sin pereza, aportando cada una lo mejor de sí para el crecimiento de la otra.


-Últimamente se utiliza mucho el término nazi para definir cualquier conflicto social. Después de estar en Auschwitz, ¿le parece exacto?

Antes de estar en Auschwitz me parecía tan deleznable como me lo parece después de haber estado allí. Y dado que en Auschwitz “como en el meridiano de Greenwich, se pusieron en hora todos los relojes”, es tan reprobable como cuando ciertas palabras nobles por lo que atesoran (cultura, diversidad, justicia, paz, alianza, dignidad...) se usan en contextos que destruyen su poder, que lo aniquilan. Lo más grave es que no se trata de un descuido, sino de un plan urdido para destruir y para ocultar, para reducir a escombros inútiles actitudes que son luz, cerco y barrera para la maldad. Lamentable, muy lamentable.

 
¿Cómo valora la experiencia de editar la correspondencia de María Zambrano con el aragonés Gregorio del Campo?

Como un regalo que me ha hecho, que nos ha hecho a todos los que aprendemos de su obra, María Zambrano, a través de la familia maravillosa de Gregorio del Campo, de esas “hadas nobles”, como las llamo en la dedicatoria del libro, que han custodiado un tesoro que trasciende a sus dueños.

[‘Nos mira la piedad desde las alambradas’. Marifé Santiago Bolaños. Olifante. Zaragoza, 2013. 92 páginas. El libro se presentó en la librería Antígona. La foto es de 'El Correo Gallego'.]

DANIEL GASCÓN ESCRIBE DE JAVIER TOMEO

Ayer sábado, a primera hora de la tarde, fallecía el escritor Javier Tomeo (Quicena, Huesca, 1932- Barcelona). Acababa de publicar ’Constructores de monstruos’, en el sello Alpha Decay de su gran amigo Enric Cucurella, al que él siempre llamaba "el cucu". El pasado septiembre, Páginas de Espuma, la editorial de Juan Casamayor, publicaba casi mil páginas de sus ’Cuentos completos’, algunos levemente reescritos o con pequeñas correcciones. Daniel Gascón fue el responsable de la edición y el prólogo, que cuelgo aquí porque creo que define muy bien la obra de Tomeo.

EL MUNDO DE TOMEO

 

Daniel Gascón

Hay muchos escritores buenos. Pero no son tan frecuentes los que inventan una manera de ver el mundo y consiguen contagiarla a los lectores. Javier Tomeo (Quicena, Huesca, 1932) es uno de ellos. Es también un escritor raro, que produce una literatura “situada en la periferia”, en palabras de Félix Romeo. Ocupa desde hace más de cuatro decenios una posición singular en nuestras letras: es un escritor que prefiere la alegoría al realismo, el zarpazo de la intuición a la reflexión intelectual. Ha creado un universo rabiosamente personal, difícil de incluir en clasificaciones generacionales o sociológicas. Según Rafael Conte, “viene del mundo de las pesadillas, de lo fantástico y lo onírico, recuerda en suave –y subrepticio- a Kafka, a Buñuel, al surrealismo, a Charlot, a Buster Keaton o al gran Ramón Gómez de la Serna”. Esa rareza es también extraliteraria, y se aplica a la recepción de su obra: Tomeo es un narrador que ha tenido grandes éxitos con las adaptaciones teatrales que se han hecho de sus novelas, primero en el extranjero y después en España.

Tomeo ha escrito grandes novelas breves, como El castillo de la carta cifrada (Anagrama, 1979), El cazador de leones (Anagrama, 1989) o El crimen del cine Oriente (Plaza y Janés, 1995). Cuando Christopher Hitchens escribió en Unacknowledged Legislation: Writers in the Public Sphere que La víctima, de Saul Bellow, incluye “la madre de las entrevistas laborales horribles”, probablemente no conocía una entrevista todavía peor: la de Amado monstruo (1985), uno de los libros más poderosos de Tomeo. Pero el aragonés también domina con maestría el relato: la distancia corta es muy adecuada para un escritor que opera a menudo con la sugerencia de una amenaza imprecisa e inminente. Esta recopilación, que reúne textos breves publicados en libros –Bestiario (1988), Historias mínimas (Mondadori, 1988), Problemas oculares (Anagrama, 1990), Zoopatías y zoofilias (Mondadori, 1992), Los reyes del huerto (Planeta, 1994), El nuevo bestiario (Planeta, 1994), Cuentos perversos (Anagrama, 2012), Los nuevos inquisidores (Alpha Decay, 2004)- y dos colecciones nuevas, donde Tomeo ha incluido reescrituras de antiguos relatos y numerosas piezas inéditas, Cuentos de la luna verde y Cuentos de la luna roja, recoge algunos de sus mejores textos.

En muchas de estas piezas, Tomeo se encuentra a medio camino entre Kafka y La Codorniz: José-Carlos Mainer lo ha definido como “un Kafka entreverado de comicidad algo gruesa y esperpéntica y un Camus horro de trascendentalismos”. Para Antón Castro, se trata de “un visionario, un visionario modesto concedamos, que construye alegorías de trasfondo metafísico sobre la modernidad, a través de lo anómalo, la identidad y el absurdo”.

Sus personajes son seres incompletos, incapaces de encajar en el mundo. Escribe sobre animales y, en una afición que lo emparenta con algunos surrealistas, los insectos ocupan un lugar privilegiado en Bestiario (1988) y El nuevo bestiario (1994). Tomeo combina una descripción zoológica precisa con el repaso a la interpretación simbólica y mitológica que se ha dado a la especie. Sin embargo, esos animales parlantes echan a menudo algo en falta. Ser lo que son tiene un componente de condena metafísica, y eso los hace humanos. La mantis flor cuenta:

Más de una vez, contemplándome en el espejo del estanque, me pregunto: ¿Y si yo no fuese ese insecto cruel que pienso ser? ¿Y si yo fuese, en realidad, una flor?

El tisanuro explica:

Lo que nos distingue, sin embargo, es nuestra invencible repugnancia a la luz. En este sentido, algunos podrían tildarnos de ser unos insectos oscurantistas. Sorprendidos por alguna lámpara que se enciende inesperadamente, quedamos como petrificados horrorizados por la idea de que alguien pueda ser testigo de nuestra fealdad. Un instante después, sin embargo, corremos ya en busca de nuestro tenebroso refugio. Porque sólo en la oscuridad que anula los colores podemos pensar en las mariposas sin que nos sintamos morir de envidia.

Atormentada por su “conciencia escrupulosa”, la cantárida teme acabar convertida en un “insecto hipocondríaco”; la salamandra añora el tiempo en que podía enfrentarse al fuego; la luciérnaga se lamenta de que “la injusticia es universal”; el termes explica que “la eficacia y grandeza de nuestra monarquía se basa en la esterilización del proletariado”, y los caracoles de viña se muestran en el amor “lentos como grandes duques abrumados por la gota”.

De manera simétrica, los protagonistas humanos tienen a menudo un elemento animal. En Historias mínimas (1988), un libro de breves escenas teatrales, una acotación describe al Duque diciendo que tiene “algo de cefalópodo” en la mirada. En otra pieza de ese libro, una mujer le dice a un hombre: “La verdad es que, desde el primer instante que le vi, me sentí incomodada por su mirada de fauno”. La mirada de un camarero vuela “como una paloma”; otros tienen “ojos de buitre”; en “El fondo del mar”, a la madre de Carlitos le brillan las piernas “como dos anguilas recién sacadas del agua”. La animalización de los protagonistas alcanza un grado superior en Zoopatías y zoofilias (1992); sin embargo, muchas de las metamorfosis de ese libro son incompletas, frustradas o, simplemente, no creídas por quienes rodean a su protagonista. Ramón, en “El hombre dinosaurio”, explica que esos reptiles tenían cuerpos “de marquesa viuda y sin corsé” y se siente vigilado por un hombre que quizá sospecha que es el último dinosaurio.

En cierto modo, todos los personajes de Tomeo son monstruosos, y en eso el autor aragonés entronca con una larga tradición española, que va desde las Pinturas negras de Goya (con quien Tomeo comparte la fascinación por el mundo de las brujas: “un modesto aquelarre, en un hotel de provincias”) hasta el esperpento. Pero más que en una lente deformante, uno piensa en uno de sus personajes, que cuenta: “con el periódico que había comprado en el quiosco del parque me hice un anteojo de papel para jugar a ver de cerca lo que en realidad estaba lejos”. Esa monstruosidad, advierte Tomeo, puede ser “una vía de purificación” y a menudo está vinculada a la deformidad física. En estos relatos hay protagonistas con seis dedos, miopes, enanos, ciegos, sordos, gente que no soporta los espejos, niñas con dos cabezas, un hombre a quien le crecen la nariz y las manos después de publicar una novela. Historias mínimas contiene textos perturbadores sobre la fragmentación:

            HOMBRE. (Mirando al frente, sin volverse hacia la mujer.) Oye.

MUJER. Qué.

HOMBRE. Dame tu ojo izquierdo.

Pausa. La MUJER se desenrosca su ojo de cristal y se lo alarga al compañero.

HOMBRE. (Recogiendo el ojo, que se guarda en el bolsillo cerillero de la chaqueta.) Ya sabes que te prefiero tuerta, Manuela. 

Esa sensación de falta de completitud está muchas veces vinculada a la soledad, que es uno de los grandes temas de Tomeo. Es un escritor de la incomunicación: en su narrativa abundan los monólogos y los diálogos, pero a menudo da la sensación de que la verdadera interlocución es imposible. (El propio Tomeo ha declarado: “No creo que existan los interlocutores invisibles. No son posibles. Los interlocutores están siempre allí, perfectamente visibles… Para quien los sueña”.) En “Los contertulios”, uno de los testigos de una discusión acalorada cuenta:

Advertí que don Emigdio miraba hacia don Antolín cuando en realidad quería mirar a don Servando, que don Florencio miraba a don Ambrosio cuando pensaba que hablaba con don Roque, que don Roque miraba a don Emigdio cuando pensaba que estaba mirando a don Servando y que don Antonio, a pesar de ser el menos miope de todos, miraba a don Servando, cuando quería mirar a don Emigdio. Descubrí, en suma, que ninguno de mis contertulios dirigía correctamente su mirada, que ya no podían distinguirse los unos de los otros y que ni siquiera eran capaces de reconocerse por la voz.

Uno de los terrenos donde la falta de comunicación se manifiesta de forma más clara es en el amor y el sexo. Aunque él no acaba de creérselo, me parece que Tomeo habla mucho de amor en sus libros. O, más bien, habla de cierto anhelo y de la imposibilidad del amor. Un personaje de Historias mínimas dice:

Todas las mujeres, mi querido amigo, acaban desapareciendo. Y no tienen necesidad de marcharse lejos. Se sientan en mitad de sus pequeños corazones y nadie es capaz de encontrarlas.

La mayoría de las veces, parece que una relación feliz es una fiesta a la que los personajes de Tomeo no han sido invitados. Son frecuentes los acoplamientos difíciles (entre humanos y animales, entre hombres y muñecas, entre gigantes y hombres), y aparece reiteradamente un animal fantástico querido de Tomeo, el gallitigre, “una criatura fabulosa, fruto de la inesperada unión de un tigre y una gallina, y que vendría a simbolizar la unión y la armonía entre los mundos opuestos y contradictorios”. En estos relatos predomina una perspectiva masculina casi paródica, y a menudo los narradores poco fiables de Tomeo atribuyen a las mujeres una sexualidad voraz y amenazadora (“Mientras tanto la vecina de los prismáticos no deja de enfocarme la entrepierna”). En “Ensueños seniles” un anciano conoce a una enfermera que se siente atraída por los hombres mayores y, aunque antes de acostarse con la joven tendrá que quitarse la dentadura postiza y la pierna ortopédica, se cita con ella en un lugar indeterminado del parque de la Reina Elisenda, “el mayor del país”. Incluso en “El reencuentro”, donde el conflicto es menos grave que en otros relatos, la pareja se ve perseguida por un saxofonista y “todo lo que sucedió luego pasó sin pena ni gloria”. Otras veces se apunta a un elemento edípico, que tenía también una presencia importante en Amado monstruo. Historias mínimas contiene un retrato económico y brillante de una madre:

            HIJO. (Descompuesto.) ¡Madre! ¡Madre!

MADRE. ¿Qué ocurre, hijo?

HIJO. ¡El guardia, madre! ¡Me persigue!

MADRE. ¿Te persigue? ¿Por qué?

HIJO. ¡Vio cómo le tiraba piedras a la luna, madre!

MADRE. ¿Y eso qué importa?

HIJO. ¡La hice trozos, madre!

MADRE. (Sonriendo tristemente.) ¿Y eso te preocupa?

HIJO. ¡La partí en cuatro pedazos!

MADRE. (Acariciando la frente del hijo.) Mira, si la luna está rota, rota está, pero tú no me sudes.

HIJO. ¿Y el guardia?

MADRE. No te preocupes, no te encontrará nunca. Sólo puedo encontrarte yo, que soy tu madre. Sólo yo puedo entrar en tu pecho y sentarme en ese extraño corazón tuyo.

Esos personajes de Javier Tomeo, a quienes les sobra o les falta algo, tienen una extraña percepción del mundo. No es extraño que a Tomeo le fascinen los miopes y los ciegos. A veces preguntan a otros que les describan lo que ven, pero puede ser una empresa condenada al fracaso: “Usted no puede ver las cosas que a mí me gustaría ver”, dice uno de los personajes de “El viajero”. En “Homicidio con atenuantes” el narrador elabora una taxonomía: en la primera categoría de miopes, “se incluyen todas aquellas personas para quienes la miopía supone la imposibilidad de encontrar una dirección válida que pueda conducirles hasta la realización de sus sueños más queridos”; en la segunda, “están los que exageran sus miopías para justificar sus tropezones, o para no ser testigos de la maldad del prójimo”, en la tercera, “se encuentran todos esos miopes dulces, tiernos, tal vez algo obesos, pero llenos de buenas intenciones, que andan siempre tropezando contra todas las puertas que encuentran cerradas o, lo que es peor, despeñándose por los abismos que algunos desalmados abren a sus pies”. En cualquiera de los tres casos, el defecto físico se convierte en algo que define su personalidad. A veces, como en “El astrónomo”, los problemas de visión producen escenas que parecen sacadas del cine mudo o de la screwball comedy estadounidense. El narrador va a visitar a un experto miope. Lo conduce un mayordomo también miope. La criada, que tampoco ve bien, le echa una taza de té en los pantalones y cae cuando intenta encontrar la salida.

Supuse que la doncella se había torcido un tobillo. Continuaba sollozando sobre la alfombra y sus lamentos pusieron por fin en movimiento al mayordomo, inmóvil hasta aquel momento. Resultó entonces de lo más patético ver cómo aquel hombrón, mientras su señor hablaba de estrellas, trataba de localizar a su compañera con los brazos extendidos y guiándose, sobre todo, por el oído.

El relato da un giro al final: la escena cómica se vuelve melancólica y levemente siniestra cuando el profesor dice: “Esos pícaros son amantes y por las noches se consuelan recíprocamente. La miopía para ellos es solo una fruslería. Yo no soy menos miope que mis sirvientes, pero le aseguro que en esta casa soy el único que enloquece progresivamente en su soledad”. En otros relatos, una mujer abandona a su amante cuando descubre que tiene mala vista y la cree bella por error, y un miope no sabe si el desconocido jadeante que se ha sentado a su lado en un banco es un ladrón o un policía, o “un hombre aficionado, como tantos otros, a los disfraces, que goza desconcertando a los infelices miopes que, como yo, tratan de ver más allá de sus posibilidades”. Esos personajes con hiperbólicos problemas oculares viven en una situación de desamparo, y comparten con otros personajes de Tomeo una duda radical que Félix Romeo llamó “casi cartesiana”. Al igual que otros protagonistas de estos cuentos, sólo pueden fiarse de su propia percepción y tienden a creer que son los otros, o la realidad, quienes hacen trampas: “No sé si serán figuraciones mías, pero tengo la impresión de que cada día que pasa se vuelve más chata”, dice de su pareja uno de los personajes; el narrador de “El apartamento” está convencido de que las chimeneas que ve desde su piso “se han propuesto volverme loco”. Actúan siguiendo una lógica paranoica que muchas veces tiene consecuencias letales o hilarantes, o las dos a la vez. En 1999 Félix Romeo estableció una distinción que también resulta válida para estos cuentos:

Durante mucho tiempo sus “antihéroes” [de Tomeo] eran personajes desplazados que no lograban, pese a intentarlo, encontrar su propio espacio en la realidad: el noble aislado en su morada de El castillo de la carta cifrada que busca la reconciliación con su viejo enemigo, el hombre de seis dedos secuestrado por el amor de su madre de Amado monstruo que quiere incorporarse al mundo laboral, o el hombre al teléfono de El cazador de leones que desea interesar a su anónima interlocutora. Sin embargo, en sus últimos trabajos, sus protagonistas son personajes que ya no pueden encontrar su lugar en el mundo, se trata de auténticos trastornados.

Este volumen ofrece una visión amplia de la obra de Tomeo. En estos relatos están las preocupaciones más constantes de su literatura: la aceptación de las reglas del azar y el absurdo, la capacidad de sugerencia y la fascinación por lo monstruoso, la animalización de los humanos y la humanización de los vegetales y los animales, la fascinación por los detalles del mundo natural y la desconfianza hacia la tecnología, la vivencia traumática del amor y el sexo, la violencia repentina y esa mirada que a Tomeo le gusta llamar “psicopática”. Como en sus novelas, también es frecuente el uso de escenarios abstractos y simbólicos, desde ciudades señaladas por una inicial a los decorados metafísicos de Historias mínimas, pasando por comunidades inquietantes, en hoteles, residencias de vacaciones o patios de vecinos. Tomeo revisa textos griegos y latinos, tradiciones orientales y egipcias; reescribe cuentos de hadas europeos y episodios bíblicos; introduce leyendas apócrifas y se pregunta en qué tipo de insecto se convirtió el protagonista de La metamorfosis. Con mucha frecuencia, recurre a elementos arquetípicos e imprecisos que forman parte de la cultura popular: en un relato el asesino de una película escapa de la pantalla, y en los cuentos abundan los aristócratas decadentes, los sabios excéntricos, los marineros o los personajes de circo. La narrativa de Tomeo es una narrativa obsesiva, que en buena parte transcurre en el interior de la cabeza de sus protagonistas, y eso lo acerca a una escritora que aparentemente tiene poco que ver con él, como Patricia Highsmith, o al Luis Buñuel de la película Él. Pero la prolongada visita al taller de Tomeo que es este libro demuestra que el narrador de Quicena también es un creador obsesivo, incluso en elementos estilísticos como el uso de determinados refranes. Conjura imágenes de pesadilla, como ciudades en llamas, y situaciones básicas que le inspiran distintas variaciones: la vida cotidiana de un hombre solo que empieza a intuir una conspiración a su alrededor; el encuentro de dos solitarios en un tren, un autobús o un banco en un parque; barberos ansioso por cortarle la yugular a un cliente; varios desastres posibles en una noche de estreno que recuerdan una confesión de Tomeo: “Me obsesiona la idea de perderme en los grandes teatros”. Hay embriones, reescritura y secuelas de otros libros. En algunos de sus cuentos más recientes (que muchas veces protagoniza “un poeta”) su prosa se decanta más claramente por la comicidad. Se ha vuelto más discursiva, frente a la concisión rigurosa de Historias mínimas, más procaz y más gamberra. Sin perder su personalidad, introduce más elementos metaficcionales, algún rasgo autobiográfico y apuntes de crítica social y cultural. Esa nueva vena ha producido relatos tan divertidos como “El apartamento”.

Otra de las características que muestra este libro es que, si Tomeo es un escritor deliberadamente limitado desde el punto de vista temático, también tiene una gran capacidad para incorporar elementos novedosos en sus relatos. Desde Plinio a las invasiones de los extraterrestres, todo tiene cabida en unos cuentos que plantean conflictos universales a partir de tramas anacrónicas y absurdas, y que presentan una admirable libertad formal.

No se puede hablar de Tomeo sin mencionar su sentido del humor, que va desde la greguería y la ironía suave (“El cielo, mi admirable Teodoro, es un inmenso queso Gruyère pintado de azul”, dice un payaso en Historias mínimas) a la brutalidad (como las niñas que le piden a su abuelo un cuento de princesas subnormales). Produce alguna carcajada, pero con más frecuencia provoca una sonrisa triste y cierto estremecimiento. “Después de leer a Javier Tomeo, viejos, jóvenes, mujeres, mayordomos, empleados de banco, conductores de autobús, tal vez no sean lo que parecen”, escribió Lillian Neuman. Con sus parábolas sobre el miedo irracional, la soledad y la incomunicación, Javier Tomeo hace que la realidad se vuelva un poco más amenazadora, pero también mucho más rica y fascinante. Es el mejor servicio que un escritor puede hacer a sus lectores.

 

JONÁS TRUEBA EN ZARAGOZA: DIÁLOGO

¿Por qué dices que 'Los ilusos' es como si fuera tu película cero?

Mientras rodaba "Los ilusos" me he sentido como cuando rodaba cortos caseros en mi adolescencia, con mis amigos del barrio. Nos llamábamos para quedar al día siguiente y nos tirábamos una tarde o fin de semana grabando, improvisando las historias sobre la marcha, riéndonos mucho y tomándonoslo todo muy en serio. Así ha sido de nuevo con "Los ilusos. Los actores y técnicos son mis nuevos amigos del barrio, y rodábamos en nuestras calles, bares y pisos... Después de "Todas las canciones..." no queríamos volver a pasar por el rodillo burocrático, administrativo de una producción convencional. Queríamos sentir que solo dependíamos de nosotros mismos. Y para eso hemos tenido que hacer muchas renuncias, aprendiendo a trabajar con muy poco, sin dinero y sin apenas medios, pero a cambio hemos reconquistado un sentimiento de libertad muy grande, siendo conscientes de lo poco que teníamos pero tratando de hacer virtud de todas estas carencias. Hemos vuelto a rodar como si fuéramos adolescentes, recuperando el amateurismo, la ingenuidad máxima y la felicidad plena, por eso me gusta hablar de película número cero. Ha sido como empezar de nuevo.

Qué pasó por tu cabeza tras haber hecho 'todas las canciones hablan de mí'. ¿Sentiste responsabilidad, miedo, querías experimentar, reflexionar, darle la vuelta a todo lo convencional y lo esperable?

Intento ser un poco inconsciente en todo lo que hago y no reflexionar demasiado sobre el trabajo anterior... Pero siempre se queda un poso después de una película, sales tocado, con sentimientos encontrados. En mi caso, después de "Todas las canciones..." estaba feliz por haberla hecho, pero con ganas de cambiar algunas cosas. El proceso de pre-producción fue muy largo y cansado. Y no quería volver a pasar por eso tan pronto. Necesitaba sentir que podía hacer otra película sin depender de nadie.

-¿Qué le debe esta película, de entrada, a tu inconformismo y a tus dudas?

Partía de mi necesidad de hacer cine sin cortapisas, pero también de un sentimiento nuevo, que fue naciendo, acerca de las expectativas que generan las películas y de mis ganas de contradecir algunos clichés o convencionalismos que todos los espectadores hemos ido heredando en nuestra relación con el cine: de lo que se supone que es una buena película en función de cómo está escrita, interpretada, fotografiada... Quería cuestionar algunos de esos convencionalismos. Y también me doy cuenta de que los cineastas nos eximimos demasiadas veces de nuestra responsabilidad una vez terminamos de montar la película. La ponemos en manos de otros, los distribuidores y exhibidores, y nos desentendemos de ella. Pero creo que tenemos la obligación de acompañarla más y mejor, para que la película llegue al espectador de una manera más directa y menos engañosa. Eso es lo que estoy tratando de hacer con "Los ilusos".

¿Por qué una película sin guión?

En realidad todas las películas tienen un guión. Pero de nuevo tenemos una idea demasiado preconcebida sobre lo que tiene que ser un guión... En este caso el guión se fue haciendo un poco sobre la marcha. Pero finalmente podríamos hablar de un guión. solo que este guión no fue terminado hasta el último día montaje.

¿Qué ha significado en tu vida Rafael Azcona, qué significa?

Bueno, Azcona es alguien al que vi pocas veces, pero tengo la sensación de haberlo conocido bien a través de mi padre, de la admiración y el amor que sentía por él y de todas las historias que le contaba. Desde que murió, mi padre no para de decir que Azcona ha sido quizá la persona más importante, o que más le ha influido, de todas las que ha conocido en su vida. Un día leí "Los ilusos", su primera novela y me pregunté quiénes serían mis ilusos hoy. De esa pregunta sale esta película, de la que tomé prestado el título azconiano, pero nada más. 

 

¿Quiénes serían los ilusos: el director, los actores, el cineasta, el público mismo, la industria?

El problema es de percepción nuevamente, siempre pensamos en un iluso desde el sentido peyorativo. La película no tiene nada que ver con eso. Los ilusos de la película son aquellos que generan ideas y posibilidades de vidas y películas. A todas esas especulaciones las llamo ilusiones. Así que los ilusos serían los generadores de estas ilusiones.

¿Qué hace un realizador como tú en su tiempo libre? [Aludo a una frase, claro, de tu libro]

En realidad creo que no tengo tiempo libre. O todo mi tiempo es tiempo libre, depende de cómo se mire. Cuando trabajo, cuando ruedo, cuando escribo, cuando doy clases... es lo mismo que cuando estoy viendo una película o tomando algo con los amigos. Todo suma y es parte de lo mismo. Trato de vivir sin hacer esas diferencias entre trabajo y tiempo libre.

Aludes a una producción de lujo y a tres términos de semejanza semántica: compañía, camaradería, amistad, ¿por qué?

Lo más importante a la hora de hacer cine es construir un grupo humano. Yo tengo el privilegio de contar con un grupo de amigos, actores y técnicos, ilusos maravillosos, dispuestos a embarcarse en una película incierta como ha sido esta, sin ninguna garantía de nada, solo por el placer de rodar y juntarnos unos con otros, cuando nos venía bien, casi siempre pocas horas. Tomábamos unos vinos y unos pinchos de tortilla y rodábamos unos planos. La única premisa que nos impusimos era rodar tranquilamente y siempre a gusto, sin que aquello se convirtiera en algo de lo que uno se arrepiente, de tal forma que al volver a casa después de cada jornada, tuviésemos ganas de volver otro día, cosa que muchas veces no sucede en ciertos rodajes. El lujo era eso y no contar con mucho dinero.

Sigo, con la película y con el libro, ¿qué hace la gente en la vida y en las películas? ¿En qué se parece la vida a las películas y las películas a la vida?

No me gusta parecer uno de esos cinéfilos que se pasan el día viendo películas y se olvidan de vivir. De hecho, creo que cada vez veo menos películas, o paso largas temporadas viendo más bien pocas. Pero es que para mí el día a día es ya una película. Así trato de contarlo en "Los ilusos". El cine forma parte de la vida y las películas no hacen otra cosa que sumarse a esa vida, condensándola y devolviéndonosla varias veces multiplicada.

Citas varias veces a Julio Ramón Ribeyro, el autor peruano. Dice: “Nuestros estados de ánimo son frágiles”. ¿Nace 'Los ilusos' de tu propia fragilidad?

Nace de una cierta crisis personal y profesional. Creo que en la película se intuye esa crisis, durante los primeros minutos, en los que nos exponemos a un cierto pesimismo y las secuencias apenas se desarrollan, se quedan en bocetos y tachones... Necesitaba poner todo sobre la mesa para al final llegar a contar la historia más simple, la misma historia de siempre. Pero lo cierto es que no me salía contar esa historia desde el primer momento. Necesité cuestionarlo todo. Y luego he decidido no borrar esa cuestionamiento de la primera parte de la película sino dejarlo ahí, como un testimonio valioso de esa crisis, que de alguna forma ilumina o hace más reveladora la segunda parte. Algo de eso tiene que ver con la frase de Ribeyro. A mí sucede casi a diario, que mis estados de ánimos cambian súbitamente. A la película le sucede un poco lo mismo. Cambia de coloración según avanza aunque sea toda en blanco y negro.

En un determinado alude a “una historia que encaje en la película que siento por dentro”. ¿Cómo es esa película en término de emociones, de sentimientos, de estética incluso? ¿Cómo es tu película ideal?

La película ideal es siempre la que te encuentras. Por eso trato de no imaginar demasiado de antemano, incluso prescindo de ese guión demasiado cerrado, para luego no frustrarme. El cine es ir al encuentro de las cosas.

¿Es cierto que el cine lo envenena todo?

Lo envenenan todo y al mismo tiempo lo purifica. Es una sensación que me acompaña siempre. Porque forma parte de la vida. A veces siento que es una condena que arrastro todos los días: el no dejar de sentir el cine en cada conversación, cada paseo, cada cosa que miro... y a veces pienso que es el único verdadero refugio que tengo, a lo que siempre me puedo agarrar y nunca me va a fallar.

¿Qué lugar ocupan las mujeres en tu cine? ¿Y, por extensión, el amor, el sexo, el deseo?

Si el cine es ir al encuentro de las cosas, entonces es evidente que las mujeres tienen que formar parte de él. También el amor, el deseo y el sexo. Y añadiría la amistad, y algunos lugares en los que queremos estar, descansar, emborracharnos y otro largo etcétera.

 Aludes a muchos realizadores, a muchos escritores, a músicos: Truffaut, Godard, Juarroz, Camus, Léve... ¿Por qué siempre hay tanta cultura en tus cosas?

No los pienso ni los pongo ahí como "cultura", sino como parte de la vida cotidiana. Forman parte de mi día a día. Son como los amigos, los mejores consejeros.

 

Citas a Camus, que dice: “Me burlo de mi personalidad”. ¿Se burla Jonás Trueba de sí mismo y del cine?

Claro, siempre hay que burlarse de uno mismo, no tomarse demasiado en serio. En "Los ilusos" tratamos de vernos a nosotros mismos como posibles personajes de ficción, actores y técnicos. Y ahí es inevitable y necesaria la burla, en el sentido más sano y lúdico. Me gusta bordear el ridículo y si hace falta, hacerlo. 

¿En qué medida podríamos leer 'La ilusiones' (Periférica) como el guión no escritor de 'Los ilusos', y a la vez como una novela, como un diario de rodaje, como un dietario íntimo de sueños, aforismos, etc.?

Tiene un poco de todas esas cosas y a la vez no acaba de ser ninguna de ellas. Es un libro extraño, escrito de forma muy inconsciente. No pensaba en publicarlo, lo escribía para mí y cuando lo transcribí todo era un manuscrito mucho más gordo. Julián Rodríguez, escritor al que sigo y admiro, cinéfilo de verdad, lo leyó y quiso publicarlo en su preciosa editorial. Pero además ejerció una verdadera labor de editor, sugiriéndome cortes y animándome a no hacer un libro fácil ni cómodo. Me decía cosas como "no pienses en las películas de Doinel, piensa en "La mujer de al lado". Renuncié quizá a las partes más agradecidas y dejé solo el hueso, evitando posibles interferencias, pensando en un lector ajeno. No reescribí nada, solo hice una labor de montaje y ahí encontré un libro con el que me siento muy cómodo. Ha sido el último regalo inesperado de todo este proceso.

¿Qué significa Zaragoza en tu vida?

  Zaragoza es mi segunda ciudad. Aquí vive mi mejor amigo, el escritor Daniel Gascón, co-guionista de "Todas las canciones..." y consejero artístico-sentimental de todo lo que hago en esta vida. Pero hay muchos otros amigos queridos en esta ciudad. Nombrarlos a todos sobrepasaría las páginas que dedica este periódico a la sección de deportes... Además, en "Los ilusos" hay una deuda muy fuerte con Félix Romeo, que murió dos meses antes de empezar a rodar, y con su amigo de juventud, Chusé Izuel, que se suicidó hace veintiún años, al que nunca conocí. Félix me habló de su historia con Chusé, de los relatos que dejó escritos y que él mismo publicó tras su muerte. Aquel libro póstumo de Chusé, "Todo sigue tranquilo", es quizá la fuente de inspiración más importante para "Los ilusos", porque allí se cuentan historias de personajes en la veintena, personajes que deambulan en un limbo inconcreto, cuando algo parece haberse roto dentro de ellos pero no se sabe muy bien a qué se debe. Aquellos genios o enamorados de los que hablaba Chusé Izuel tienen mucho de nuestros ilusos.

¿Cómo encaras esta doble jornada donde presentarás el libro y la película?

Es un nuevo reto, como en cada ciudad a la que viajo con la película desde hace unos meses. Pero Zaragoza es especial para mí. Me produce una especial ilusión y me pone un poco más de presión. El jueves estaré en el paraninfo de la universidad, presentando "Las ilusiones" junto a Daniel Gascón y Luis Alegre, dentro de su ya mítico ciclo La buena estrella al que se suma el apoyo de la librería Portadores de sueños. Y el viernes proyectaremos la película en la Filmoteca, con presentación y coloquio posterior, aunque habrá un segundo pase otro día. Me gustaría que las filmotecas, los centros culturales, las universidades y las salas alternativas fueran capaces de formar una nueva red de exhibición que diera apoyo a todas estas nuevas películas que estamos haciendo ahora, al margen de los circuitos de exhibición convencionales, que están demasiado sujetos a la rentabilidad inmediata. Quizá no podamos aspirar a un público mayoritario, pero sí creo que podemos aspirar a un público curioso, exigente, que quiere seguir yendo al cine siempre que cada nueva película proponga algo sugerente, que se pueda sentir cercano. Creo que hay una nueva generación de cineastas comprometidos con esto, pero necesitamos de la colaboración de estos espectadores, y si no nos dan salas, tendremos que inventarlas.

CARLOS ALCORTA: DOS POEMAS

CARLOS ALCORTA: DOS POEMAS

[Carlos Alcorta es un poeta de Torrelavega, Cantabria, que posee una sólida trayectoria a sus espaldas. Es un poeta apasionado y lúcido. Un poeta de la memoria y de la invención. Un poeta de lo inmediato, de la sugerencia y del tiempo sedimentado, fértil en vivencias. Acaba de publicar un nuevo poemario, ’Vistas y panoramas’, en el sello Eclipsados que dirige Ignacio Escuín Borao. Con su gentileza habitual me envía dos poemas.

 

VISTAS Y PANORAMAS. Editorial Eclipsados, Zaragoza, 2013

 

Carlos Alcorta (Daniel Pedriza) define así su libro para este blog:


"Es un libro de poemas en prosa, un género híbrido que nace de la mezcla de los métodos narrativos insertados en la meditación del poema. Es, según decía mi admirado Ocatvio Paz, el género moderno por excelencia, y se distingue de la prosa poética tanto por la tensión del lenguaje como por la duración argumental. El libro está dividido en dos partes. En la primera, la titulada ’Vistas’, los poemas tienen un carácter más lírico, con un lenguaje más concentrado, más tenso, en los que importa más que lo expresado, la reverberación del significado en la mente del lector. Las ’Vistas’ son fogonazos, intuiciones inaprensibles, por eso en su escritura el lenguaje actúa sólo como mera aproximación a la realidad poematizada, como sí en el fondo, yo tuviera la sensación de que las palabras, en lugar de ampliar la experiencia en la página, la mutilaran.
’Panoramas’, la segunda parte, se aviene mucho mejor a lo que Steiner llama "El sistema nervioso métrico que hay en la prosa". Conviven en esta sección microrrelatos, entradas de un diario en permanente construcción, fragmentos memoralísticos, transformaciones poéticas de hechos cotidianos que pretenden no quedarse sólo en una simple enumeración, sino que indagan en lo más profundo de esa cotidianidad, buscando ese propio decir que convierta lo dicho, no en un lugar común, sino en una epifanía.
Creo que los géneros disfrutan de unas fronteras muy permeables, lo que permite al escritor vulnerarlas sin demasiada resistencia. Lo que realmente debe preocupar al poeta es escribir manteniendo la fidelidad a uno mismo, sin atender al repertorio de género en el que será incluido lo que escribe. Cada asunto, es algo ya manido pero no por ello menos cierto, busca su propia retórica, por lo tanto, creo que sobran las explicaciones de carácter teórico para justificar el por qué de estos poemas en prosa.
El primer poema pertenece a la sección ’Vistas’ y el segundo a ’Panoramas’."

 

 

 

 

 

[Imán]

 

El centro de la expectativa es un cuerpo en llamas, abrasándose entre mis manos. Lumbre temblorosa, en suspenso, que viene a mí desde su elevación, reflejada en la piel oscura como si fuera un cielo de tormenta, levantando arbitrarias fumarolas evanescentes sobre un horizonte mancillado por el pensamiento. Alzo la vista hacia el mar que me contempla, ondulado y perezoso, solidificando el instante en mis ojos desacostumbrados a tanta plenitud.

A esta hora el sol es un centro que se absorbe ensimismado hasta el origen, se succiona. Desde su altura infinita, desde su puro calor hiriente licúa la inicial consistencia de la carne, y la falta de luz que reina entre sus replegadas formas confunde espacio y volumen con las sombras que provoca su incendio. Cruje la blanca sal espolvoreada en torso y muslos cuando cambia de postura de descanso sobre la toalla, como cuando pasas las páginas de un periódico atrasado; revolotea igual que un insecto entre su curvilínea figura el aire satinado, como el que flota en un espejo antiguo.

La vida parece una burbuja ingrávida, un tiempo sin historia en el que un único deseo trata de encauzarla: sentir más allá de la razón, sentir sin comprender, sin buscar la verdad, sólo gracias al instinto.

Brotan, entre nubes, dentados perfiles luminosos que anuncian un cambio de estación, el ingreso en la realidad, en otro comienzo, pero de qué.

 

 

[Precisión de la adelfa]

Cómo situarse

para contemplar lo sublime.

WALLACE STEVENS

 

 

Se han abierto los pétalos primeros de la adelfa. Inesperadamente, esta mañana. Son de un rojo tímido, desvaído aún por la pereza del sol de resurrección que les alimenta. Será, en unas horas, su color afirmado imán de miel para mariposas y libélulas. Con cuidado me acerco a comprobar esa verdad desnuda que lleva en su seno todo nacimiento. Nace para ser vista. Con asombro y satisfacción compruebo que sus hojas disipan cualquier antigua duda. Yo la había mirado hasta ahora con ansia y recelo, como quien coge de la acera un puñado de nieve y espera que arda en sus manos. Ha florecido la adelfa en una coyuntura adversa ―días de lluvia insistente, días fríos y con una luz impedida, morigerada― y se ha convertido en símbolo de la constancia, del asombro de lo cotidiano. Parecen los cipreses que verdean a su alrededor columnas de un altar que enaltece esa perfección. No son otra cosa que abnegados súbditos esas malas hierbas que menudean en su cercanía. Relumbra ahora el jardín en la cárdena piedad de un mundo en llamas y yo entono un canto de agradecimiento, porque se impone al cielo ennegrecido y al agua encharcada de la maceta, a la inmóvil representación de un florero, el poder de la vida, de la belleza, aunque circule por su savia el veneno de lo perecedero, la morbidez de la extinción, como en mi propia sangre concluyente y yo sea incapaz, mediante estas palabras, de trasladar a mi mujer y a mi hijo, a los lectores, no mi propia gratitud, sino la que ellos deberían sentir, si el poema conserva su poder de seducción, frente al cotidiano florecer de la adelfa.

 

PEPE RIBAS: 'ENCUENTRO EN BERLÍN'

PEPE RIBAS: 'ENCUENTRO EN BERLÍN'

 

«Fueron muchos los alemanes que estaban contra Hitler»

Pepe Ribas (Barcelona, 1951). Escritor y periodista. Publica la novela ’Encuentro en Berlín’, que es un viaje a la ciudad moderna del siglo XXI y a las paradojas de la historia: el nazismo, la matanza de cosacos y la industria del gas

Pepe Ribas (Barcelona, 1951) fue, antes que nada, novelista. Novelista a los 19 años. Luego se hizo conocido como director de la revista ’Ajoblanco’, que fundó en 1974, y con un libro como ’Los 70 a destajo’ (2007), donde exhibía su memoria con un apasionado y crítico periodismo cultural. Después de ese libro, se marchó a Latinoamérica: estuvo en Chile y en Buenos Aires. «El libro me dejó una sensación de vacío. Me quedé un poco mal y, como no soy nostálgico, decidí moverme. El año 1978 fue clave en nuestra vida: un momento en que se pudo cambiar todo, o casi todo, pero la izquierda no se atrevió», dice. El martes presentaba en Cálamo (20.00), en Zaragoza, en diálogo con Concha Montserrat, su nueva novela, ’Encuentro en Berlín’ (Destino)

¿Cómo dio el paso: de ’Los 70 a destajo’ a ’Encuentro en Berlín’?

En el verano siguiente me fui, con las gentes del festival musical Sónar, a Berlín y allí me encontré con Gorka De Duo, uno de los grandes fotógrafos de la ’Movida’, el fotógrafo que eligió Andy Warhol para que le hiciese un retrato. Un día nos metimos por un pasadizo que da al patio interior del Rosenthaler y allí descubrimos el pequeño museo de Otto Weidt, que había dirigido una pequeña fábrica de escobas de ciegos y sordomudos. Me enteré de que han sido muchos los alemanes que estaban contra Hitler... Fueron miles y miles y valientes.

¿A dónde le llevó ese descubrimiento?

Durante mi estancia en Latinoamérica, iba y venía a Barcelona y Berlín, también descubrí a las abuelas, sobre todo judías, que se habían quedado en Europa, como la del protagonista Ernesto Usabiaga, Inge. Por otra parte, cayó en mis manos el libro ’Solo en Berlín,’ de Hans Fallada, y empezó a interesarme mucho ese mundo tan silenciado de los resistentes al nazismo. Me di cuenta de que en España sabemos muy poco de las culturas eslava y centroeuropea, y empecé a descubrir claves que me parecían apasionantes.

Y se fue a Polonia.

Polonia, primero, y luego Ucrania. No llegué a cruzar la frontera, porque me perdí en los Cárpatos... En esos viajes, en camioneta muchas veces, con dos traductores casi siempre (sabían polaco o ruso y alemán), me fueron contando historia de deportados, de guerras civiles, de hambrunas terribles. La historia fue cruel con los pobres polacos: fueron vapuleados por los ingleses, franceses y alemanes. Los ingleses, que tienen mejor fama, practicaron en muchos lugares el juego sucio, y también aquí. En otro orden de cosas, Ucrania perdió 22 millones de personas por todo ello: por el conflicto de 1918 a 1921, por la masacre de Stalin, por la hambruna de 1932 y por la II Guerra Mundial. A la vez seguía leyendo mucho: a W. G. Sebald.

¿Qué otros libros le marcaron?

’El último territorio’ de Yuri Andrujovich, que habla de los años de la revolución en Kiev. Y finalmente, en esa búsqueda, di con otra historia fundamental; la de los cosacos, que fueron maltratados y vapuleados. Con ellos también se produjo una auténtica matanza. A mí siempre me han fascinado los cosacos: cuando venían los circos rusos a Barcelona iba a verlos y me encantaban sus bailes. Con todo ello y con esa inmersión en una cultura riquísima descubrí la riqueza del Imperio Austrohúngaro, del cual había hablado mucho con Eugenio Trías.

¿Que tenía de especial?

Que era un imperio cultural como el romano, no era un salvaje imperio colonial como a los que estábamos acostumbrados. Francisco I favoreció una educación bilingüe y apoyó distintos modelos de convivencia. A ese contexto pertenecen figuras como los escritores Stefan Zweig o Sándor Marai... Ahora hay una reivindicación de sus ideas.

Nos hemos ido acercando un poco al contexto en que sucede la novela. ¿Qué quería hacer?

De entrada, escribir una novela contemporánea. Con las contradicciones actuales y con los personajes de hoy. Y ahí están Ernesto, el joven activista chileno, y su amigo Maksin, un cosaco de Ucrania que está vinculado con las oligarquías y con los servicios secretos. Y todas esas historias del pasado y de lugares estratéticos como Lviv o Galitzia, que es una de las patrias europeas de la literatura. ¿Sabe una cosa?

Díganos...

En España hablamos mucho de los mares. Pero en estas zonas se habla mucho de los ríos: ríos navegables que son auténticos circuitos de comercio y de cultura. Pienso en el Don, en el Danubio, en el Dniéper, tan importantes en la novela. Los ríos me llevaron a los conductos o tuberías del gas, que es algo fundamental en la novela. Son como los nuevos caminos de Europa. Detrás están grupos peligrosos, auténticas mafias. Todo se mezcla en una novela donde los personajes están en peligro, se juegan la vida y a la vez indagan en la memoria de sus familias y en el horror. El caso del cosaco Maksin es muy claro.

Alguien dice que ni la política ni el periodismo pueden cambiar nada. ¿Piensa usted lo mismo?

Este país se está desmoronando; no está peor que en 1978, pero está muy mal. La izquierda sigue pagando su traición, que se vendiese entonces, y tampoco tiene alternativa. No hay regeneración democrática, que es imprescindible, ni existe un tejido productivo. El propio nacionalismo catalán es una reacción a la impotencia y al fracaso del sistema. En este momento, España no ofrece ninguna viabilidad ni ilusión.

 

*La foto de Pepe Ribas es de Joan Alsina. Está tomada de la página de Cálamo.

 

JONÁS TRUEBA EN ZARAGOZA

JONÁS TRUEBA PROTAGONIZA UNA DOBLE SESIÓN DEL CICLO DE COLOQUIOS “LA BUENA ESTRELLA” QUE INCLUYE LA PRESENTACIÓN DEL LIBRO “LAS ILUSIONES” –EL DÍA 20 DE JUNIO- Y, EN COLABORACIÓN CON LA FILMOTECA DE ZARAGOZA, UN COLOQUIO EL DÍA 21 ALREDEDOR DE “LOS ILUSOS”, QUE SE ESTRENA EN ZARAGOZA.

 

El jueves 20 y el viernes 21 de junio se celebrará una doble sesión de “La buena estrella” que tendrá como protagonista al guionista y director de cine Jonás Trueba, que está presentando con gran éxito por diversos lugares de España y del mundo “Los ilusos” –su segundo largometraje- y “Las ilusiones”, un libro que ha escrito alrededor de esa película.

 

El jueves 20, a las 20 h., en el Paraninfo de la Universidad, (Plaza Basilio Paraíso, 4), se presentará el libro “Las ilusiones”. En esa presentación estará acompañado por el escritor zaragozano Daniel Gascón, coautor del guión de “Todas las canciones hablan de mí”, el primer largometraje de Jonás Trueba.

 

El viernes 21, a las 21 h, en la Filmoteca de Zaragoza (Palacio de los Morlanes, Plaza de San Carlos 4) se celebrará un coloquio después de la proyección a las 19.30 de “Los ilusos”. Esa proyección significará el estreno en Zaragoza de esa película, que está recibiendo todo tipo de elogios en los cines y festivales internacionales que se ha presentado. Este acto ha sido posible gracias a la colaboración de la Universidad con el Departamento de Exhibición y Difusión de la Filmoteca de Zaragoza que dirige Leandro Martínez.

 

Esta doble sesión significará la número 124 de “La buena estrella”, el ciclo de coloquios organizado por el Vicerrectorado de Cultura y Política Social de la Universidad de Zaragoza. La presentación del libro y el coloquio después de la película serán moderados por el coordinador del ciclo, Luis Alegre, escritor, periodista y profesor de la Universidad de Zaragoza.

 

La Filmoteca realizará un segundo pase de “Los ilusos” el sábado 29 de junio a las 18 horas.

 

Los ilusos es una película sobre el deseo de hacer cine, o sobre lo que hacen algunos cineastas cuando no hacen cine; sobre perder el tiempo y el tiempo perdido; sobre conversaciones, borracheras, comidas y rutinas; sobre los paseos al salir del cine; sobre estar enamorado; sobre estar solo y estar con amigos, construyendo futuros recuerdos para una película futura.

 

Jonás Trueba se ha revelado como uno de los más estimulantes cineastas españoles. Colaboró en el guión de dos películas dirigidas por Víctor García León (“Más pena que gloria”, 2001; “Vete de mí”, 2006) y en 2010 debutó como director con “Todas las canciones hablan de mí”.

 

Trueba ha escrito algunas cosas sobre su segunda película:

 

Los ilusos es mi segundo largometraje como director después de Todas las canciones hablan de mí, y a la vez es como si fuera mi película número cero.

Los ilusos es una forma de recomenzar, de aprender de nuevo.

Los ilusos es la película más lujosa que podía haber soñado hacer. Ha sido realizada exactamente como quería, con quien quería y cuando quería, sin depender de nada ni nadie, tan solo de unos cuantos amigos cineastas que me han prestado su tiempo, su generosidad y su talento.

Los ilusos es una película de entretiempo porque ha sido hecha en nuestros ratos libres, entre otros trabajos y ocupa­ciones, a lo largo de unos cuantos meses en jornadas más bien reducidas.

Los ilusos es una película sobre nosotros mismos, posibles personajes de ficción, en un tiempo de espera, de in­certidumbre, lleno de posibilidades.

Los ilusos es una película filmada en tiempo presente, mirando hacia el pasado para proyectarnos en un futuro próxi­mo.

 

“Los ilusos” - que ha conocido una distribución al margen de los circuitos convencionales-, ha sido presentada en diferentes festivales nacionales e internacionales y ha recibido grandes elogios de la prensa especializada:

 

 “No hay una película más transparente, ni más directa. Los ilusos se alza, generosa, como una película clave de este entretiempo que nos ha tocado vivir”.

Carlos Losilla, Caimán – Cuadernos de Cine

 

“Una obra surcada de literatura, que es un diario y un ensayo, que se atreve a romper las expectativas en torno a la que supuesta­mente debería ser (o representar) una película”.

Carlos Reviriego, El Cultural

 

“Las películas importantes, ésas que nos cambian el paso y nos gusta recordar con los ojos cerrados, están repletas de vida, y Los ilusos, la nueva película de Jonás Trueba, autofinanciada y deliciosa, se ha convertido, casi sin querer, en una de ellas”.

Andrea G. Bermejo, Cinemanía

 

¿POR QUÉ ESCRIBO? ¿QUÉ, CÓMO...?



Miguel Sanfeliu, en su  blog ’Cierta Distancia’, de Vida y literatura, ha tenido la gentileza de publicar esta entrevista, que él denomina ’Cuestionario Básico’. La foto es de Vicente Almazán.
Aquí se puede ver el blog:

http://ciertadistancia.blogspot.com.es/2013/06/anton-castro-cuestionario-basico.html
1.- ¿Por qué escribes?
Escribo por necesidad, porque me gusta, porque me permite soñar, crear personajes, porque necesito inventar y recordar. Escribo porque no amo como quisiera, escribo por adicción, porque me gustan las palabras, porque entiendo la vida, sobre todo, a través de las palabras. Escribo porque me siento vivo, escribo porque creo en el fututo. Hasta que no escribo lo que vivo, o lo que sueño, o lo que me cuentan, tengo la sensación de que todo es irreal. O provisional.
2.- ¿Cuáles son tus costumbres, preferencias, supersticiones o manías a la hora de escribir?
Soy muy desordenado. No tengo ningún hábito. Escribo a cualquier hora, en casi cualquier sitio, y vivo la escritura como una aventura. A veces no sé nada de lo que voy a contar o decir: solo tengo intuiciones, bosquejos, el nombre de un personaje, barruntos... Cada vez escribo más de día. Ahora me duermo antes.
3.- ¿Cuáles dirías que son tus preocupaciones temáticas?
Esencialmente los sentimientos, el amor, la emoción de las pequeñas cosas, la pasión por contar y oír historias, los fogonazos de la memoria que siempre regresan... Escribo contra la muerte, escribo contra el dolor, como un conjuro.
4.- ¿Algún  principio o consejo que tengas muy presente a la hora de escribir?
Hay que intentar siempre dar lo mejor de uno mismo. Y una vez que crees que el texto ya está, hay que pasarlo a dos o tres personas con criterio y confianza, y oírlos. Y antes de mandar un texto, leerlo en voz alta. Siempre se mejora. Dejarlo enfriar unos días, y volver a él como si fuera ajeno. La literatura es un territorio de libertad y es, a la vez, un camino incesante de perfección, energía, comunicación y belleza.
5.- ¿Eres de los que se deja llevar por la historia o de los que lo tienen todo planificado desde el principio?
Lo he dicho antes. Sé de la historia un poco más que el lector, pero muy poco. Tengo ideas pero luego improviso sobre el texto: el texto y los personajes me condicionan, me estimulan y se adueñan un poco de mí, de mis palabras e incluso de mi voluntad. Yo soy así; no es un método general, no es retórica, soy así de inconsciente. Yo soy esencialmente miedoso e inseguro, pero en la literatura me gusta navegar, extraviarme, adentrarme en la espesura del misterio y la incertidumbre. A veces tengo la sensación de que he llegado a alguna parte.
6.- ¿Cuáles son tus autores o libros de cabecera?
Eso es bastante difícil de decir porque soy hijo de un sinfín de escritores muy distintos. De los clásicos el que más me ha emocionado ha sido Shakespeare. No me quiero poner estupendo, pero es verdad. Luego, en mis inicios, la lista sería esta: García Márquez, Bécquer, Camus, Cortázar y Jorge Luis Borges; más tarde la literatura gallega, Cunqueiro, Dieste, Ánxel Fole, Otero Pedrayo y Méndez Ferrín; y por supuesto Rosalía de Castro, que me enseñó a soñar y a sentir el dolor de los otros. Y a partir de ahí muchísimos más: citaré tres a los que vuelvo una y otra vez como son Marguerite Yourcenar, Miguel Torga y Mercè Rodoreda. Leo con devoción a Patrick Modiano y a Antonio Tabucchi. Y, como adenda, un sinfín de poetas...
7.- ¿Podrías hablarnos de tu último proyecto? Bien lo último que hayas publicado o lo último que hayas escrito o estés escribiendo.
Acabo de publicar dos libros con muy poco espacio de tiempo: una novela de formación ‘Cariñena’, que transcurre en diez días de octubre de 1978 y tiene que ver con mi propia vida, con el aprendizaje de la libertad, de la viña y del trabajo, tan lejos de casa. Lo ha publicado Ediciones 94 y la Denominación de Origen de Cariñena. Y ‘El niño, el viento y el miedo’ (Nalvay), un volumen de cuentos juveniles en los que narro mi infancia en Galicia, llena de apariciones, de miedo, de mendigos, de historias de fantasmas, demonios, lobos y espacios más o menos encantados. Las ilustraciones son de Javier Hernández.




Antón Castro (Santa Mariña de Lañas, Arteixo, A Coruña, 1959) es escritor y periodista. Coordina el suplemento ’Artes & Letras’ de Heraldo de Aragón. Ha publicado más de dos docenas de libros; entre ellos, ’El paseo en bicicleta’ (Olifante, 2011), ’Golpes de mar’ (Destino, 2006) y ’El testamento de amor de Patricio Julve’ (Destino, 1995, 2000; Xordica, 2011) y, entre otros, ’El niño, el viento y el miedo’ (Nalvay, 2013). Reside en Zaragoza desde 1978.
*La foto es de Vicente Almazán