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Antón Castro

PEPE MELERO Y LOS DIARIOS: DIÁLOGO

PEPE MELERO Y LOS DIARIOS: DIÁLOGO

El pasado viernes, José Luis Melero (Zaragoza, 1956), que es sabio en muchas materias, presentaba su último libro: 'Manual de uso del lector de diarios' (Olifante), en compañía de Eva Puyó y de Javier Aguirre. Aquí el autor de 'Escritores y escritura' (Olifante) responde a algunas preguntas sobre el libro. Abajo un retrato de Luis Grañena

 

Dices: “He sido siempre un apasionado lector de diarios”. ¿Por qué? ¿Qué encuentras en ellos?

 

Encuentro en ellos la misma pasión que uno siente por los libros y la vida. Antes que los diarios muy íntimos y personales, esos en los que el escritor habla mucho de sí mismo, de sus sentimientos y estados de ánimo, pero muy poco de la vida, yo prefiero los diarios que miran más al exterior y, por encima de todos, los literarios, aquellos en los que la literatura está presente en cada página, esos que nos hablan de otros libros (para recomendarlos o denostarlos), de otros escritores, de las relaciones del diarista con estos otros escritores, de sus gustos literarios…

 

¿Qué diferencia hay entre diario y dietario?

 

Se llamaban “dietarios” -y así los define aún el Diccionario de la Academia- a los libros en los que los cronistas de Aragón escribían los sucesos más notables. Tal vez lo que diferencia al diario del dietario es que en este último hay una mayor exigencia literaria y el autor tiene una mayor conciencia de género. Además, en él no están tan marcadas como en el diario las secuencias temporales. En el diario uno escribe más para sí mismo, lo que supone que cuando el escritor decide entregar ese diario al editor suele suprimir aquello que le parece irrelevante para los demás, mientras que el dietario se escribe ya con vocación de publicación y pensando ya en unos futuros lectores. El dietario es, para simplificar, menos íntimo que el diario. Pero en realidad ambos términos suelen utilizarse como sinónimos.

 

¿Y entre diario, memorias y autobiografía? Ponnos algunos ejemplos claros de ello, y de ese concepto del que hablas del contexto, del paisaje...

 

El memorialista, el autobiógrafo o el diarista trabajan con la misma materia: la intimidad, la experiencia personal, el deseo de escribir o reflexionar sobre uno mismo, pero mientras en las memorias y en las autobiografías se nos habla de tiempos pasados con la mirada y la perspectiva que nos da el paso del tiempo, y no en cambio de las vivencias o experiencias más recientes, en los diarios se habla de lo inmediato, de lo próximo y carecen por tanto de una visión reposada de los acontecimientos. De ahí, por ejemplo, que la presencia del paisaje, del entorno físico, sea frecuente en los diarios y apenas aparezca en memorias y autobiografías.

 

Las entradas son muy arbitrarias. ¿De qué depende que te extiendas, que seas lacónico, que busques detalles y anécdotas jugosas? ¿Hay un criterio específico?

 

Hubiera sido imposible que me extendiera comentando todos los libros inventariados. Necesitaría diez volúmenes como éste. Lo importante era hacer una selección, arbitraria y caprichosa sin duda, pero fundamentada en muchos años de lectura. En el libro están presentes la mayor parte de los diarios que me han interesado.

 

También hablas de dos conceptos: confesionalidad y crítica. ¿Qué  quieres decir? ¿En quién estás pensando?

 

Jordi Gracia hablaba de la fragilidad de las fronteras entre los dietarios y los libros de artículos y llamaba la atención sobre el hecho de que un autor como José Carlos Llop, uno de nuestros grandes dietaristas, consiga un mayor grado de “confesionalidad y vigor crítico” en libros de artículos como Consulados fantasmas que en aquellos otros en los que practica “la más desfalleciente escritura privada”.

 

Vayamos con las curiosidades. Hablas de un diario de Alberti en verso y recuerda un recital en el Principal...

 

A Rafael Alberti lo conocí tras un recital de versos en el Teatro Principal. No debió de quedarse muy contento con la respuesta del público durante aquella lectura, pues en Versos sueltos de cada día, una especie de diario en verso que publicó en 1982, escribió: “Llovizna y frío en Zaragoza. / Como el clima, la gente / que siento en el teatro el primer día. / Incluso con llovizna en el aplauso”.

 

 

Otro bien curioso: el de Chacón y Calvo... Por ejemplo, se entretiene en describir las calles de Zaragoza...

 

Sí, describe muy bien Zaragoza. Y también lo hace José Antonio Muñoz Rojas en un diario suyo de 1995, en el que llama a Zaragoza “tosca” y “desarreglada” y dice del Ebro que es un “río fangoso”. Ángel Crespo también recogió en su diario ‘Los trabajos del espíritu’ un viaje a Huesca y Zaragoza en 1979.

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Otra curiosidad. Dices: “A Mansfield no le gustaban nada los médicos: el 22 de enero escribe ‘he visto al médico: un imbécil’, y al día siguiente anota: ‘He visto a dos doctores, un asno y otro asno?” ¿Es es humor, mala baba, certeza de que nadie le va a leer a uno?

 

Hay algunos diarios muy descarnados, en los que el autor escribe todo lo que piensa sin pasarlo por tamiz alguno. Son, en realidad, los mejores diarios. El de Katherine Mansfield es uno de ellos. Pero también el de Sylvia Plath o el de Géza Csáth, siquiatra, escritor y morfinómano, que se suicidó en 1919, a los 32 años, tras asesinar a su esposa disparándole tres tiros con una pistola, en presencia de su hija. Csáth escribía en su diario cosas como ésta: “Soy tan detestable, débil y patético que hasta me extraña que Olga siga queriéndome y no me engañe. Que no se haya hartado definitivamente de mi voz débil, apagada…, de mi pene cínico y arrugado, de mi cara demacrada…”.

 

Por cierto, ¿para quiénes se escriben los diarios?

 

Hay diarios de todos los tipos. Hay quienes los escribieron para sí, sin imaginar que alguna vez serían publicados, y quienes los escriben ya para sus lectores sabiendo que van a ser editados. Estos son hoy los habituales, pero durante muchos años buena parte de los diarios se escribieron sin intención de darlos a conocer y de ahí que se puedan leer en ellos las confesiones más íntimas y desgarradoras. Pensemos, por ejemplo, en el diario de Víctor Botas que dio a conocer José Luis García Martín. Botas escribía en él en febrero de 1987: “todos mis apuros económicos de los últimos años se deben únicamente a aquel inicial error que cometí cuando, en 1975, renuncié a seguir en el Banco. De no haber sido esto, ahora sería al menos director de una oficina y no tendría apreturas ni me estaría considerando -como a menudo me autoconsidero- un inútil que vive casi por completo del trabajo de su mujer”.

 

Uno de los personajes más impresionantes es John Cheever. ¿No?

 

Sí, su diario nos descubre su tormentosa vida interior. Ignacio Martínez de Pisón, que lo estudió muy bien, ya contaba que tras el marido y padre ejemplar, el vecino amable, el ciudadano de orden, se escondía el alcohólico compulsivo y un homosexual secreto que al final de su vida, libre ya de prejuicios, mantuvo relaciones con hombres más jóvenes. Contó Antonio Muñoz Molina que Cheever escribía a máquina su diario en hojas sueltas que luego encuadernaba y que escribía tan borracho que ni siquiera acertaba a golpear las teclas ni a formar frases coherentes.

 

¿Cuál es su diario favorito, el que se llevaría a una isla si solo pudiera llevarse un libro?

 

Me llevaría varios: Julio Ramón Ribeyro, Pavese, Kafka, Miguel Torga, el ‘Borges’ de Bioy Casares… Y no me llevaría nunca los de Robert Musil o Saramago. Aunque lo que habría que llevarse no son diarios, sino una barca hinchable para salir de allí rápidamente.

 

¿Cuál es la presencia de aragoneses en la compilación?

 

Importante, pues en Aragón ha habido y hay muchos y buenos diaristas: Ramón Acín, Antonio Ansón, Pepe Cerdá, Mariano Esquillor, Antonio Fernández Molina, Ismael Grasa, Benjamín Jarnés, Raúl Carlos Maícas, Víctor Mira, Julio José Ordovás, María Sánchez Arbós, Santiago Sancho Vallestín, Fernando Sanmartín, Gabriel Sopeña, Chusé Raúl Usón y Edmon Vallès. Por no hablar de Faustino Casamayor, de los diarios que Juan Carlos Ara acaba de recuperar de Joaquín Costa, del diario en imágenes de Isidro Ferrer ‘La galería legítima’ o de un curioso diario de la guerra de Antonio Blasco del Cacho.

 

¿Para quién es este libro?

 

Para todos los aficionados al género y para aquellos que, sin serlo, quieren acercarse sin prejuicios a él y conocerlo mejor. La “literatura del yo”, lo que algunos llaman los “egodocumentos”, está de moda. Cada día se publican más diarios, los blogs son ya una nueva forma de dietarios y son muchos los que quieren contarnos sus vidas, sus impresiones, su forma de estar en el mundo. Internet ha revolucionado y popularizado esta especie de literatura de la intimidad.

SIETE POEMAS DE ÁNGEL GUINDA

 

CRUCIFIXIÓN

 

 

¡Hablo en nombre de aquellos cuya vida es una encrucijada!

 

En nombre de quienes sólo encuentran cruces a cada paso, espantapájaros en cruz, cruceiros en su peregrinación.

 

Hablo en nombre de los que a duras penas avanzan rebotando entre cruces, apartando cruces, esquivando tumbas, atropellados por cruces.

 

¡Mujeres y hombres sin voz con los brazos en cruz!

 

Cruces andantes por los campos baldíos.

 

¡Hablo en nombre de los crucificados!

 

¿Soy una ?

 

¡Soy la crucifixión!

 

¿Cómo permanecer con los brazos cruzados viendo rodar el mundo con tanta cruz a cuestas?

LOS CABALLOS

 

 

 

Sé que el vino conduce a la embriaguez

y sé que la poesía conduce a la pasión.

Salah ‘Abd al-Sabur

 

 

 

Retumban en mi calabozo pisadas avanzando, avanzando.

 

(Será el trotar de cascos de los caballos desbocados que son mis pensamientos abriéndose paso entre la lucidez, la hostilidad, el abarrotamiento.)

 

En ese calabozo hay tantos encuentros y abandonos; tanto fragor, turbiones, mundos; tantas riadas y avalanchas, que sus barrotes van a reventar la cabeza que es mi calabozo.

 

¿Adónde lleva el espanto a estos caballos?

 

¡Trotan y trotan caballos avanzando, avanzando hacia la lejanía; atados a sus sombras, sin un destino fijo, cegados por el sol!

 

 

¿SOY LA BALDOSA que se mueve de tanto ser pisada?

 

¡Soy el tragapatíbulos!

 

Una chimenea crece en cada uno de mis pies. ¡Camino a tientas en medio de revólveres!

 

El fanático degüella por la espalda a su rehén ante una cámara.

 

Soy el teléfono que cuelga de una mano del aire. ¡El resucitado que muere definitivamente!

 

Patrullas embriagadas de furor ejecutan la masacre en una aldea.

 

¡Caen de mis ojos rascacielos mojados!

 

Tras el eco vagabundo de los tiros de gracia, soy el reguero de sangre que busca por las calles un corazón que lo contenga.

 

Mi dolor se camufla en un cromlech, como fauces salvajes en el vientre abierto de la oveja agonizante.

 

(Estas imágenes corren despavoridas dentro de mi cabeza.)

LOS INMIGRANTES

 

 

Los inmigrantes caminan por las calles con mortajas al hombro, lápidas al hombro, cruces al hombro, lágrimas al hombro, corazones en las manos, el cielo sobre un desierto en su mirada. Con una familia y un país escondidos dentro de la cabeza.

 

Los inmigrantes tienen muchos hombros, muchos corazones, muchas manos, muchas piernas.

 

Entran en las tiendas, en los bancos, en los locutorios, en los bares: con fotografías enmarcadas bajo un brazo, con féretros bajo el otro brazo.

 

Nadie ve esas mortajas, esas lápidas, esas cruces, esas lágrimas, esos corazones, esas familias, esos países, esas fotografías, esos féretros, cielos ni desiertos.

 

No nos miran a los ojos: ¡saben que somos ciegos!

 

 

¡ENTRE QUITAMIEDOS de sangre el hombre de humo viaja a la velocidad del furor en un coche con neumáticos de alcohol, llantas de irritación y cafeína!

 

Desciende a tumba abierta un puerto. Esnifa con sus ojos grageas blancas por línea discontinua.

 

(Vientos gitanos barren tierras quemadas.)

 

El hombre de humo asciende otro puerto. Brama el motor, barritan los frenos. Claman sus mordajos a la copa de los árboles:

 

-¡La realidad mata! ¡Tumbad la realidad!

 

Ya en la cumbre, el hombre agobiado sale al zaguán del abismo, aparta nubes, vocifera en zigzag:

 

-¡Eh, vosotros, hipopótamos con frac; orangutanes con pajarita, hienas con tacones de aguja; tenias adictas a la codicia! ¡Sí, vosotros: acercaos más, más! ¡Me rajaré el vientre, desenrollaré mis intestinos, los enroscaré a vuestro cuello y os estrangularán como serpientes!

 

(Dándose cabezazos contra el aire, flota por el vacío el eco descomunal del luto.)

 

[ ]

 

 

Eras el mar abierto a la obsesión del faro. Una gota de sol congelada en la noche.

 

( )

 

Eres la mancha de agua en un relámpago de sombra. La estatua de aire sobre un pedestal de niebla.

 

CERCA DE LA LEJANÍA

 

 

Estoy lejos del tiempo, estoy en todo

lo que se va tragando el infinito;

pegado a ti: ¡estoy en lo que he escrito!,

libre de horror, afán, prisa, cruz, lodo.

 

Dentro del aire me desacomodo

y a la desolación me precipito:

mudo, sereno, intenso. (Me limito

a no ser más que un espectro beodo.)

 

No veo el horizonte, nada pienso.

¿Ruedo? ¡Floto!, invisible: por el mundo

de la ausencia, que nadie ha traducido.

 

Fuera de mí, a solas con lo inmenso:

en el descanso de lo más profundo,

en el olvido que es haber vivido.

 

SOBRE 'EL NIÑO, EL VIENTO Y EL MIEDO'

[Paco Aljama ha publicado esta cariñosa nota sobre la presentación de anoche de ’El niño, el viento y el miedo’ en la Librería Anónima de Huesca.]

Aquí se puede seguir

 

http://www.atisbador.es/blog/?p=2354

RECUERDO DE LA INFANCIA EN GALICIA

 

Por Paco ALJAMA

 

Antón Castro (Arteijo, La Coruña 25 de agosto de 1959), reputado periodista y escritor gallego afincado en Aragón desde 1978, presentó ayer en la Librería Anónima de Huesca su último libro: El niño, el viento y el miedo, (Huesca: Ed. Nalvay, 2013) acompañado por el ilustrador, Javier Hernández, y por Rosa Tabernero, profesora titular del Área de Didáctica de la Lengua y la Literatura de la Universidad de Zaragoza, quien desveló algunas de las claves de esta recopilación de cuentos.

Una de las claves es la ausencia de adjetivos, aunque después de leer la obra puedo decir que, más que por la ‘ausencia’, el lenguaje utilizado se caracteriza por una sabia dosificación adjetival (ya que usa los necesarios), lo que le confiere al texto concisión y objetividad, con lo que se consigue una mayor fluidez verbal: la acción —el asunto— avanza más deprisa, que es lo que al lector medio suele interesar más y que algunos agradecemos, después de leer otros libros que se hacen largos y empalagosos por la superabundancia de la mencionada categoría gramatical, que, en general, poco suele aportar al meollo del relato; antes bien, lo estira innecesariamente y hace que se parezca más a la nota de cata de cualquier vino que a un texto literario.

En el lenguaje utilizado, aunque como en toda obra de creación predomine la función expresiva, también se cumple la función referencial, tanto por la parquedad en la utilización de los adjetivos y de otros elementos retóricos, como por el uso de las oraciones enunciativas y el léxico denotativo. Las oraciones simples y sin alteraciones estilísticas, además, dotan al texto de la claridad y de la lecturabilidad necesarias para que sea accesible a los jóvenes lectores.

 

Tal vez por ello el texto se acerque en ocasiones al estilo periodístico que el autor domina por oficio: en efecto, en El niño, el viento y el miedo se recoge un puñadito de recuerdos de la infancia en Galicia, tierra de leyendas, donde la superstición es parte consustancial del carácter de muchos de sus habitantes. Todo es misterioso, todo atemoriza la mente infantil que puede ver con la imaginación algo fantástico en cualquier objeto o animal, y este es, precisamente uno de los papeles del cuento fantástico: generar miedo.

Pero también hay que decir que el miedo es bueno, pues se convierte en un mecanismo de autodefensa imprescindible del ser humano que está bien estudiado por los psicólogos. Hay que tener en cuenta que en las tierras donde, como en Galicia, abundaban los lobos y todo tipo de alimañas, el peligro era real.

Pero el libro de Antón no es solo una recopilación de los cuentos que le contaban su madre o sus abuelos cuando era niño, sino que también supone la etopeya de los personajes que van desfilando a lo largo de las cien páginas de que consta el libro: mujeres solitarias porque han perdido a su marido en la mar o porque han tenido que irse a ‘la emigración’ para poder ganar dinero con el que sustentar a la familia, casi siempre muy numerosa, lo que era habitual en aquellos años; hombres rudos, curtidos por la dureza del entorno, que no dudan en tomar drásticas soluciones para intentar cambiar su suerte; niños con miedo, pero felices por sentirse protegidos en el hogar y jóvenes que despiertan al inocente primer amor…

Las descripciones de bosques, playas, casas y otros lugares, que tan bien ha sabido plasmar el ilustrador con su excelente técnica en el manejo de los lápices, enmarca la acción de manera perfecta, y seguro que alguien se atreverá a dibujar algún ratón, a «La mujer que veía al demonio» o a la malvada comadreja que merodeaba por «El campo de Azureiras».

Por todo lo hasta aquí expuesto, considero que el delicioso texto de Antón Castro tiene también mucho de crónica de un lugar y de un tiempo que, aunque parezca remoto, en realidad no está tan lejano.

Antón Castro

P. S.: Hasta el día 20 de abril se puede visitar en la Librería Anónima la exposición con las ilustraciones de Javier Hernández para el libro.

… à suivre.

 *La foto la he tomado de Radio Huesca.

'EL NIÑO, EL VIENTO Y EL MIEDO', EN HUESCA

Esta tarde, a las 20.00, en la librería Anónima de Huesca se presenta mi libro ‘El niño, el viento y el miedo’ (Nalvay), ilustrado por Javier Hernández, un rosarino afincado en Siétamo. Estas es una entrevista de Ana Moreno, periodista de ‘Sin ir más lejos’ de Aragón Televisión. La presentación correrá a cargo de la profesora Rosa Tabernero, especializada en literatura infantil y juvenil.

 

 

- ¿Cómo surge "El niño, el viento y el miedo"?

-En realidad nació de una invitación a un Festival de Narración Oral en Segovia. Me invitaron a que contase cuentos, me senté al ordenador y me salieron muchos recuerdos de una niñez habitada por lo maravilloso, el asombro constante, la revelación y el miedo. Y luego los conté ante 300 personas. Fue una experiencia difícil pero fascinante: en el fondo, yo era un narrador ‘amateur’.


- No es tu primera incursión en la literatura infantil, ¿qué has buscado en este en particular?

Contar historias, recrear un mundo, recuperar una atmósfera, unos personajes, con aquella sensación que tenía entonces de que la realidad y los sueños se mezclaban. Cuando creías que algo era una invención, de repente surgía un dato que te decía que el miedo tenía razón de existir. Pienso en el ‘árbol del degollado’, en la historia de mal de ojo, que mi madre siempre me contaba con un sobriedad increíble, pienso en la vecina que decía que había visto varias veces al demonio. Tuve una infancia muy parecida a lo que cuento aquí. Y estoy hablando del período 1963 a 1968 más o menos.


- Es un libro que atrapa. Los recuerdos y la añoranza de la infancia de su autor, ¿visita Baladouro de vez en cuando?

Siempre que puedo. Baladouro es un lugar imaginario que estaría entre Santa Mariña de Lañas, donde yo nací, Armentón, Barrañán, Loureda, Arteixo o Larín, lugares que existen, que se pueden ver y que, de por sí, tiene un aroma maravilloso, con una naturaleza exuberante. Baladouro quiere decir valle de Oro: se me ocurrió porque de niño siempre me contaba que había una colina en la que aparecían, cada cierto tiempo, huevos de oro... En realidad, quizá no haya salido nunca de allí, aunque lleve 35 años en Zaragoza y en Aragón.


- Me dice Eva Hinojosa... ¿un libro para los nietos?

Probablemente. Los cuentos son eternos y todos necesitamos que nos cuenten cuentos. Nos gusta escuchar y hay un momento en que también nos gusta contar. E imagino que, en el fondo, como han hecho otros autores, he vuelto a contarle cuentos al niño (al niño-nieto) que yo soy.


- Un libro también para los hijos, a los que se lo ha dedicado. ¿Qué le dijeron después de leerlo?

Hubo de todo. Pero en general les ha gustado. Mi hija pequeña se reía y me decía que, en el fondo, era un libro más bien de terror. Pero ellos, de algún modo, por aproximación, ya conocen muchas de mis historias. Como casi siempre el primero en leerlo fue mi hijo Daniel. Casi siempre es muy gentil, pero me devuelve los manuscritos con una ristra interminable de sugerencias y correcciones. Uno tampoco se puede inventar su vida todo el rato. Mi historia favorita, por cierto, es la del tío de América y la última, el relato de amor. Soy, era, un jovenzuelo melancólico, mimoso y sentimental...


- Las ilustraciones son al libro infantil, como las olas al mar... Y en el "El niño, el viento y el miedo", Javi Hernández ayuda, pero no pone freno a la imaginación. ¿Satisfecho con el resultado?

Estoy encantado con Javier Hernández. He creado su propio mundo, sus propias historias, su propio ámbito de imaginación y de fantasía. Es un trabajo muy sugerente y evocador, lleno de pequeños detalles, de sutileza, de talento. Me hace muy feliz. Desconozco el destino del libro, pero me hace muy feliz el proyecto, gracias sobre todo a Javier Hernández, que fue una decisión de Isabel Peralta y David González, los entusiastas editores de Nalvay.


- ¿Por qué leer "El niño, el viento y el miedo"?

Yo creo que se lee casi como una novela: es la historia de un niño asustado y a la vez fascinado por los seres de su entorno, por los lugares, por la lluvia y el viento, un niño enamoradizo que descubre de golpe que sueña, que se enamora y que alguien, por ejemplo en Montevideo, piensa en él y le regala una armónica. Es un libro sobre los animales (lobos, sapos, vacas, comadrejas, delfines, caballos), sobre los bosques hechizados, sobre los prados, los campos abiertos, la ribera del mar, sobre la exploración en el misterio mismo, sobre la amistad y la relación familiar... Creo que es un libro ameno, directo, con ritmo, cada historia te lleva a la siguiente..., es un libro sobre el arte de contar y de escuchar historias...


- ¿Están perdiendo los niños la magia de leer y conocer lugares desconocidos y fantásticos como  Baladouro?

Los cuentos son eternos. Quizá ahora estén más ante la pantalla del ordenador o del teléfono móvil. Pero consigues crear un personaje, le ocurre algo, hay una acción, una aventura, un riesgo, y eso interesa siempre, aunque para ellos también es muy importante el contexto: que se identifiquen con él. Leyendo el libro, releyéndolo, me parece que “el miedo es necesario para crecer”. Es un estímulo, una forma de estar alerta o sobrecogido, activa tu imaginación y tus delirios. Es un libro que tiene miedo, fantasía, que trata de la vida, y que tiene un poco de humor.

SÁNCHEZ ROSILLO, EN ZARAGOZA HOY

SÁNCHEZ ROSILLO, EN ZARAGOZA HOY

ELOY SÁNCHEZ ROSILLO,

EN ’CONVERSACIONES EN LA ALJAFERÍA’, HOY

 


Esta tarde, a las 20.00, en la sala Goya del palacio de la Aljafería, Almudena Vidorreta y yo conversaremos con el poeta Eloy Sánchez Rosillo, que acaba de publicar otro espléndido poemario: ’Antes del nombre’ (Tusquets), que es una exaltación de las pequeñas cosas del vivir: la belleza repentina, los pájaros, la convivencia, los instantes poblados de vida y de recuerdos, el amor... Escribe una poesía diáfana, con palabras necesarias y luminosas. Es, como dice hoy Juan Marqués, un poeta que ha debido acumular las desdichas inconfensables y que sabido transformar su existencia y su escritura en una búsqueda permanente de hermosura, de intensidad...

CICLOS

Amor de lo que vuelve.
Todo se va y regresa.
Abril: una costumbre
y una nostalgia, el lema
vibrante de la dicha.
Fulgor de la experiencia
que es fe y es confianza.
Invierno aún, y nieva.
Mañana –exacta y pura-
retornará la abeja.

 

De ’Antes del nombre’ (Tusquets).

ADIÓS AL ARTISTA PASCUAL BLANCO

ADIÓS AL ARTISTA PASCUAL BLANCO

Un artista del hombre y sus sombras

 

Ha fallecido Pascual Blanco (Zaragoza, 1943-2013), Premio Aragón-Goya de Grabado 1998 y objeto de una antológica en el Palacio de Sástago. El entierro será hoy martes por la mañana, a las once, en el cementerio de Torrero de Zaragoza

 

“Pascual  Blanco es un grande, grandísimo, dibujante. Pocas  veces podemos ver la perfección y la forma en algo que parece menos relevante que un torso o una cabeza: las extremidades son trazadas con una simplicidad casi de signo en los trazos, pero sin abandonar su forma, su expresividad, su movimiento y, por qué no decirlo, su belleza. Quizá en toda nuestra pintura actual no encontremos pies o manos más hermosas, más bellamente ejecutados”, escribía el historiador del arte Federico Torralba Soriano en el catálogo de ‘Del Génesis o el Paraíso Perdido’ de Pascual Blanco, que falleció el domingo de un infarto, a los 69 años.

Pascual Blanco Piquero había nacido en Zaragoza en 1943; se definió alguna como un “escolar díscolo”, pero pronto se sintió subyugado por el arte, e ingresó en la Escuela de Artes. Estudió con profesores como Luis Berdejo, de quien pareció heredar la atracción por el cuerpo humano, Félix Burriel, Dolores Franco y Alejandro Cañada. Se licenció en Bellas Artes en la Escuela de Artes ‘Sant Jordi’ de Barcelona, y pronto empezaría a mostrar su inquietud y su deseo de participar en proyectos artísticos de los inquietos y radicales años 60 y 70. Participó en el colectivo ‘Tierra’, y en 1969 expuso en Kalos, una pintura geométrica, de tamiz lírico y un gran sentido del color, algo que caracterizaría su producción. Si Pascual Blanco fue un buen pintor, encontró en el grabado un campo de pruebas para sus óleos, y al revés, halló en el óleo, en el dibujo y el gouache un terreno de experimentación para el aguafuerte.

Pascual Blanco se definía como un pintor solidario y solitario a la vez. Esa era la ecuación que definió su carrera: quería ser un pintor honesto a carta cabal, auténtico, pero jamás se olvidó de las malandanzas del mundo, aunque también era un pintor metafísico, habitado por las sombras. Dijo: “Mi búsqueda plástica es una búsqueda de la libertad en la creación. Yo deseo evolucionar. Mi vida se justifica por mi propio trabajo y siempre he deseado desarrollar, estéticamente, una coherencia íntima y vital. Por ello he intentado estar al margen de las modas, de los encasillamientos”.

Sin embargo, intervino en la agitación creativa y política de los grupos pictóricos. E integró en 1972 y 1973, por un espacio de apenas seis meses, un colectivo que daría que hablar: ‘Azuda-40’, formado por otros siete artistas reconocidos como Natalio Bayo, José Ignacio Baqué, José Luis Cano, Vicente Dolader, Antonio Fortún, Pedro Giralt y José Luis Lasala. Su empeño, que conoció varias exposiciones y algunas intervenciones conjuntas, sería recordado y recreado en 1983 en la Lonja. Para entonces, Pascual Blanco había desarrollado una pintura comprometida, de denuncia social, resistente, de alegorías políticas, inicialmente abstracta y cada vez más figurativa.

Poco a poco, despojado ya de las contingencias históricas y de la crítica del franquismo, Pascual Blanco irá deslizándose hacia la figuración y el ser humano –indefenso y fuerte a la vez, melancólico y vitalista, herido, doliente, desesperado en ocasiones, soñador casi siempre- se irá convirtiendo en el centro de su obra plástica, tanto en el óleo como en el aguafuerte. Pascual Blanco ha sido uno de los grandes grabadores del siglo XX y XXI en Aragón: con un clásico como Manuel Lahoz, como Mariano Rubio, como Natalio Bayo, Maite Ubide, Mariano Castillo... Confesaría: “Rembrandt es el monstruo total del grabado. Dios bajó a la tierra y se puso a grabar con la mano de Rembrandt. En su caso, el grabado es plenitud de vida. Durero es la perfección visible. Y Goya es la revolución máxima (...) En mi caso, el grabado introduce la vertiente de la tragedia y es una exigencia de mi propia necesidad plástica, una indagación en mis propios instrumentos de artista”.

En 1992 es uno de sus años claves con su presencia en la Lonja, con la ya citada muestra ‘Del Génesis o el Paraíso Perdido’, que él definió como “un ejercicio de riesgo”. Constaba de 25 gouaches, 25 aguafuertes y 25 óleos de gran formato, de dos metros por dos metros, que era como la llegada, la consumación de una meditación que incluía el desamparo, la añoranza, el dolor, tenía algo de compendio de una vida que no había sido fácil nunca. Pascual Blanco fue un creador con demonios y angustias, casi a la manera de Dostoievski, Van Gogh o Unamuno: la muerte de su esposa Encarni Izar, también pintora, la conciencia de la fragilidad, el intento de crear una obra intensa, comprometida, que refleja “la difícil y compleja condición de ser hombre”. Dijo en una ocasión: “Quiero reflejar el sentimiento y la emoción”.

Pascual Blanco ingresó en la Escuela de Artes en 1972 y allí impartió, hasta su jubilación en 2008, clases de dibujo y grabado. Fue un trabajador incansable y apasionado. En 1998 recibió el Premio Aragón-Goya de Grabado. Colaboró con el Museo del Grabado de Fuendetodos, donde expuso y donde dio talleres, y en 2005 fue objeto de una antológica en el Palacio de Sástago: ‘Pascual Blanco. Imágenes para el recuerdo, 1964-2005’. La exposición de su vida, que se suma a otras exposiciones en Montemuzo, Fuendetodos, la CAI-Luzán, A del Arte o en Italia, más recientemente. Se ha ido un hombre entrañable y próximo, un artista que se buscó obsesivamente y que se encontró en sus hijos Sergio y Begoña, en Encarni y Maite, sus compañeras, en tantos y tantos amigos como tuvo, y en su invencible vocación artística.

 

*Este texto se publicó ayer en Heraldo.es. La foto es de Vicente Almazán.

BIGAS LUNA POR LUIS ALEGRE

BIGAS LUNA POR LUIS ALEGRE

LUIS ALEGRE RECUERDA A BIGAS LUNA

La fiesta de la vida

 

Por Luis ALEGRE

 

La fiesta de la vida

 

 

 

La mirada de Bigas Luna no se parecía a la de nadie. Eso es lo que distingue a los grandes creadores y él sobresalió como uno de los más imaginativos y estimulantes de nuestro cine. Desde “Bilbao” (1977) quedó muy clara su atracción por los tipos obsesivos, las relaciones insólitas y las historias pasionales y fronterizas marcadas por un fuerte erotismo. Entre sus películas se encuentran adaptaciones literarias, evocaciones históricas, películas intensamente claustrofóbicas, películas luminosas, cine lírico y romántico o, incluso, cine de terror (“Angustia”). Pero, por encima de esa variedad, sobrevuela en todo su cine un mundo, un estilo muy personal y arrebatador. Nos descubrió a Ariadna Gil en “Lola”, a Penélope Cruz, Jordi Mollá y Javier Bardem en “Jamón, jamón”, a Miguel Poveda en “La teta y la luna” o a “Verónica Echegui en “Yo soy la Juani” y disparó la carrera de Leonor Watling en “Son de mar”. Son muchas las cosas que le tendremos que agradecer siempre.

 

Bigas me hizo sentir bien desde el primer instante. Tal vez porque, al conocernos, me saludó con una gran sonrisa y, luego, me dijo: “Mi película favorita es ´La edad de oro´, de Luis Buñuel”. Fue en Zaragoza, en la presentación del rodaje de “Jamón, jamón”, en el otoño de 1991. La última vez que lo vi fue también en Zaragoza, el pasado 30 de noviembre. Yo esperaba en la estación de Delicias a Ángela Molina. En el mismo AVE, casualmente, venían Bigas y su mujer Celia Orós, zaragozana militante. Bigas me lanzó la gran sonrisa de siempre y me contó, muy ilusionado, que estaba a punto de rodar “Segundo origen”. Desde ese día lo visualizaba en esa película, disfrutando como solo él sabía. Nunca me enteré de que había caído enfermo. Él pidió que, cuando muriera, no se celebrara ningún funeral o acto público de homenaje. Bigas era demasiado elegante como para molestar con algo tan vulgar como la enfermedad y la muerte.

 

A Bigas le volvía loco la vida y era un experto en gozar de ella. Su afán por convertir cada rato en una fiesta divertida y excitante hacía de él una compañía extremadamente confortable. Era imposible sentirse mal si él se encontraba cerca. Durante estos 22 años tuve la suerte de comprobarlo cientos de veces. Él me cogió de la mano muy a menudo y me empujó a ese extraño y fascinante planeta que él había creado para sus seres queridos. Metió en mi vida a Javier Bardem, Penélope Cruz, Jordi Mollá, Anna Galiena, Stefanía Sandrelli, Rosa Vergés, Leopoldo Pomés o Verónica Echegui; me encargó hacer lo imposible para que Jorge Perugorría se empapara del acento aragonés antes de interpretar a Goya en “Volaverunt”; me llevó a sus casas de Barcelona y Torredembarra y me enseñó su huerto ecológico; me regaló una comida excelsa alrededor de unos calsots en un restaurante de pueblo; me convocó a cenas con amigos que él preparaba como un rito sagrado. Bigas sostenía que lo que mejor sabía hacer era colocar a cada comensal en el lugar perfecto de la mesa.

 

Él también quiso acercarse con frecuencia a mis amigos y a mis cosas. Tuve el placer, por ejemplo, de presentarle a María Dolores Pradera y Leonor Watling. Una Semana Santa Agustín Sánchez Vidal y Ana Marquesán nos invitaron a su casa de Híjar y, vestidos de nazarenos, participamos en La Rompida de la Hora. Bigas estaba entusiasmado. Pero la ceremonia le absorbió de tal manera que, de madrugada, durante la procesión posterior a la rompida, entró en trance y se perdió tocando el tambor, solo, por las calles de Híjar. A las cuatro de la mañana nadie sabía dónde estaba. Al rato apareció, levitando y feliz. En otra ocasión, me acompañó a mis pueblos, Lechago y Calamocha. José Luis Campos tuvo una idea fantástica, que tal vez algún día se concrete: bautizar con el nombre de Bigas Luna la avenida cercana al Museo del Jamón de Calamocha, como un modo de reconocer la promoción internacional que Bigas había hecho del producto estrella de la comarca. Recuerdo que Bigas dijo: “Qué ilusión. Cuando alguien pille un taxi para ir al museo le dirá al taxista: ´Al Museo del Jamón. Por la Avenida Bigas Luna”.

 

Bigas era uno de esos no aragoneses a los que les encanta ser aragoneses. Sus antepasados maternos eran de Aragón y, después de enamorarse de su mujer, acabó prendado de nuestra tierra, nuestro carácter y nuestra gente. A él le escuché la única teoría “sensata” para explicar la increíble relación de Aragón con el cine: “Es que para hacer cine es preciso ser muy testarudo”. Celia le contagió su pasión por la Virgen del Pilar y la Ofrenda de Flores. Una tarde me deslizó algo: la Ofrenda aún podía resultar más espectacular, fluida, brillante y poderosa si se cambiaba el lugar de ubicación de la Virgen. De inmediato, se lo solté a Pilar Soria y Juan Bolea, entonces Concejal de Cultura. Juan enseguida comprendió el alcance de la idea y, con una insólita rapidez, logró que todo el mundo, y nunca mejor dicho, la bendijera.

 

A mí siempre me ha hecho mucha gracia que Bigas, en Aragón, revolucionara el icono religioso por excelencia y, también, el icono erótico-festivo que representa el cabaré El Plata, ese templo pagano. Dentro de Bigas convivían un místico, un erotómano, un surrealista, un trasgresor, un iconoclasta, un provocador, un fetichista, un hedonista radical, un vanguardista, un amante de los símbolos, ritos y tradiciones y, sobre todo, uno de los seres más cálidos y cariñosos que he conocido en mi vida. Escribo estas palabras al rato de conocer su muerte, sin tiempo para digerirla, cuando aún me siento dentro de una pesadilla.

 

e ’El Mundo’. Hoy Luis Alegre publica en ’Heraldo’ una versión reducida de este texto.

MANUEL VILAS: UN DIÁLOGO DE SEXO

¿No habría sentido celos del éxito de ‘Las sombras de Grey’?

No, en absoluto, aunque tanto “La sombras de Grey” como “El luminoso regalo” tratan el mismo tema: el erotismo. Creo que la gente quiere leer novelas sobre sexo, está en el ambiente.

 ¿Qué es lo que te lleva a escribir un libro tan descaradamente sexual, incluso pornográfico si eso se puede sostener en estos tiempos?

 El erotismo, en mi opinión, es un asunto todavía sin resolver, y de eso se habla en “El luminoso regalo”. El sexo sigue ocupando un lugar central en las relaciones humanas y en la búsqueda de la felicidad, he intentado poner el dedo en esa llaga. Hemos resuelto muchas cosas a lo largo de la Historia, pero el erotismo es una fuerza atávica y ancestral que nos devuelve al origen de la especie.

 Más allá de los términos del Apocalipsis o de sus habituales desafueros, que quizá sea tu modo de escribir en libertad, ¿qué reflexiones querías abordar? ¿Cuál es la importancia del sexo en nuestra vida y en nuestra imaginación?

Supongo que por desafueros tengo que entender imaginación y libertad radical en mi escritura; y efectivamente, en esta novela insisto en mi senda habitual de indagación sin prejuicios ni límites en aquellos aspectos que alienan la felicidad de los hombres y de las mujeres. En cuanto a la importancia del sexo, diré que no me invento nada que no esté en Sade, Freud, Jung, Bataille o Lacan, lo único que hago es narrar el misterio del erotismo. Es un libro muy influido por Lacan en el plano teórico. En mis anteriores novelas había tratado la alienación del capitalismo en los ámbitos sociales, económicos y culturales. Me faltaba el erotismo. Como dice Bataille, la civilización ha domesticado el sexo; pero su pulsión está allí y aparece inesperadamente. Es un monstruo dormido.

Vayamos con los personajes. El libro se abre con un capítulo casi apabullante y febril protagonizado por Ester, una ninfómana... ¿Cómo ves a este personaje, cuál es su función en la novela?

 Ester es una ninfómana sumamente hermosa. Es sexo en estado puro, pero también es amor. Ella representa la compleja relación entre el sexo y el amor. Es un personaje muy voluble. A veces es una mujer terriblemente enamorada y su abyección desaparece. Hay un capítulo muy complejo en donde Ester se transforma en una mujer bondadosa y humilde y conmovedoramente enamorada. He jugado con distintos planos de ficción. Ester es un enigma en “El luminoso regalo”, es una pregunta al lector.

 Entre las definiciones que le concedes, dices que es una Bruja y “una incandescencia carnívora que vuelve locos a los hombres”. Su primer antagonista, al que quizá haya que interpretar en clave irónica, es un psiquiatra o psicoanalista de vida sexual bastante disoluta, como iremos viendo. ¿Esto es broma o nadie, nadie, se escapa a poder del sexo?

 Nadie se escapa del poder del sexo. La gente, simplemente, lo domestica o lo encauza o lo racionaliza o le da un sentido moral o lo convierte en amor o en matrimonio o en relaciones de pareja. El amor a veces parece una construcción cultural encaminada a dar al sexo un sentido civilizador. De todo eso se habla en la novela. El sexo sin ley es destrucción, pero Sade no estaría de acuerdo. El sexo normalizado es un pacto social necesario para que exista la civilización.

El protagonista es Víctor Dilan. ¿Has querido que este hombre de 49 años, escritor de éxito, sea un ejemplo de Don Juan Tenorio o de Giaccomo Casanova?

He querido actualizar el mito de Don Juan, que es un mito importantísimo en la cultura europea. Víctor Dilan es un adicto al sexo. La adicción al sexo es la manera contemporánea de calificar al donjuanismo.

Dilan está casado con Elena, pero tiene una obsesión: la mujer, no dormir solo, el deseo...¿Es posible que tantas y tantas y tantas mujeres pierdan la cabeza por un hombre como él? ¿Qué les atrae: saberse queridas, la seducción, la fama, el poder, cierta animalidad, saber que estado?

 Allí es donde la novela tiene su toque de esoterismo. Víctor Dilan es un brujo, un donjuán con poderes. De hecho al final de la novela se revela su identidad. Se revela quién es en realidad. “El luminoso regalo” pasa entonces de ser una narración erótica a ser una narración sobre el enigma de la vida y el lector tiene suficientes elementos de juicio para deducir la verdadera identidad de Víctor.

Por cierto, ¿es posible ser fiel o leal en este mundo, sexualmente hablando? 

En mi novela la fidelidad es una construcción cultural más. Ahora bien, yo he escrito una novela; es decir, una obra de ficción. Creo que fidelidad y lealtad son dos cosas distintas. La fidelidad es una construcción cultural de la masculinidad. En “El luminoso regalo”, todos los personajes son promiscuos. La promiscuidad, históricamente, estaba reservada para la aristocracia. Porque como dice el psicoanálisis de inspiración marxista si se trabaja no se puede ser promiscuo. La promiscuidad solo era posible para quienes no trabajaban. En nuestra sociedad, la promiscuidad está reservada para la clase alta, para empresarios, políticos, artistas, etc. La monogamia procede del culto al trabajo. En la aristocracia no hay ni “cornudos” ni “cornudas”.

 Dilan hace el amor con casi todas sus amantes con la música de Bob Dylan de fondo. ¿Eso qué es: vicio, perversión, una excentricidad, una de tus pasiones ocultas?

Es una ironía cultural. Es un juego. Es también un homenaje inesperado a la figura más emblemática del Pop de todos los tiempos. Quería también resaltar la importancia que la cultura Pop tuvo a la hora de liberalizar el sexo.

¿Qué relación existe entre coito y desesperación? muchas veces tus personajes parecen irremediablemente desesperados...

Bataille llamaba discontinuidad a la imposibilidad de dejar de ser “yo” y entrar en “el otro”. Víctor Dilan no soporta la discontinuidad, pero el sexo no alivia su discontinuidad, su soledad. De ahí su desesperación. El coito es el momento en que se produce la pérdida de la identidad y se alcanza la fusión con el otro. Ocurría algo parecido en la película “Shame”, estrenada hace poco.

¿Qué tiene todo el libro de parodia, de gran broma?

Yo creo que por primera vez en mucho tiempo no he utilizado el humor. Creo que “El luminoso regalo” es una novela muy dura. Es un libro sobre la relación entre el Erotismo y el Mal. No es paródico ni hay humor; o en todo caso, muy poco humor. Esa ausencia se compensa con el morbo y la atracción que producen la lectura de las abundantes escenas eróticas que hay en “El luminoso regalo”.

 ¿Qué le debe a Sade y a Bataille, sobre todo? ¿Y a ‘2001. Una odisea en el espacio’ o a las novelas románticas del siglo XIX y XX?

He leído mucho a Sade y más a Bataille. A este último la novela le debe mucho en los planos filosóficos o teóricos; en los literarios no le debe nada. A Kubrick le debo la búsqueda de lo absoluto. Y a Emily Brontë le debo la locura en el amor, el amor convertido en fantasma, en enfermedad. Todas esas cosas impulsan la acción en “El luminoso regalo”.

 ¿Has querido llevar al lector a un territorio más bien desapacible: el territorio del mirón que contempla todas las guarrerías posibles y soñadas entre los amantes?

“Guarrería” es un término de jerga juvenil o masculina que banaliza el sexo. “El luminoso regalo” sitúa el sexo en el centro de la desesperación y la soledad humanas. El sexo es de una complejidad humana infinita, y eso quiere mostrar mi novela.

¿Crees que falta aquí alguna práctica sexual, incluso alguna depravación?

No es para tanto. No hay orgías. No hay zoofilia. No hay nada que no sea normalito. Quizá lo anormal sea llamar a las cosas por su nombre, eso puede extrañar en un país como el nuestro, muy dado a no hablar de sexo o hablar de sexo de una forma codificada, artificial y roma.

 ¿Tiene Manuel Vilas una desolada visión del mundo? Parece que aquí no se salva nadie, ni siquiera el sexo…

Manuel Vilas aquí no pinta nada, es inexistente y carece de interés lo que piense. Desde que el lector entra en la novela, son los distintos narradores de “El luminoso regalo” quienes deciden lo que se cuenta y lo que no se cuenta; para eso se inventaron las novelas. La ficción nos hace más libres, no tiene sentido moralizar la ficción. Moralizar la ficción es tanto como quitarle la gracia y la fuerza a la literatura. Es verdad que ha habido lectores, a lo largo de la historia, que por juzgar y moralizar han sido capaces de condenar al infierno a la mismísima Madame Bovary. Imagino que Flaubert aún se debe reír desde su tumba.

 

*El retrato de Manuel Vilas es de Vicente Almazán.