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Antón Castro

JOSÉ IGNACIO BAQUÉ, EN BANTIERRA

JOSÉ IGNACIO BAQUÉ, EN BANTIERRA

[Esta tarde, en la sala de Bantierra, José Ignacio Baqué (Zaragoza, 1941) inauguraba su exposición de pintura figurativa, ’El arrebato de vivir’, que recorrerá otras localidades aragonesas. Este es el texto del catálogo.]

 

EL ARREBATO DE VIVIR

 

Antón CASTRO

José Ignacio Baqué es consciente de que tiene una vida nueva. De que ha sobrevivido a los latigazos de la enfermedad más cruel, el cáncer, y quiere que eso, su condición de superviviente, se note en su pintura. Pinta como vive. Pinta como resiste. Pinta con esperanza. Con alegría, con vocación, como quien exalta los minutos y las horas, y las sensaciones inefables de cada día. El pintor abstracto de antaño, matérico y de texturas tan elaboradas, ha dado paso a otro tipo de creador, figurativo y esencial: el resucitado Baqué exalta la sencillez, los objetos, una mirada o el cuerpo cimbreante de una mujer que se entrega, en cuerpo y carne, a un violonchelo, pongamos por caso.

La felicidad, tan trabajada, empieza en el estudio, en ese aroma de hogar y refugio donde hay muchas cosas: sus propios lienzos, mayoritariamente abstractos, aunque también su galería de retratos avanza por el pasillo; sus libros, historiados por el tiempo y por la belleza, sus manuales de pintura, sus insólitas enciclopedias; la compañía de María José, que va y viene por la casa, de la pintura a la vida y de la vida a la pintura, con la seguridad del humor y la buena compañía. José Ignacio Baqué es un pintor con atmósfera, con memoria, con antepasados ilustres (en la familia y en la historia general del arte: desde la pintura medieval, tan frontal, y el holandés hasta Picasso o Morandi), y es un pintor que trabaja en un espacio con vistas, acristalado, un gabinete de mago de la luz que registra el color y el temblor del cambio de las estaciones.

Quedémonos un instante en su estudio: ante su último cuadro, una marina más bien gigante que contiene muchas cosas: el mar insomne, un barco que fluye y que flota, las perspectivas del roquedal y quizá la premonición del faro y del farero. Aquí, en esta soledad tan luminosa, José Ignacio Baqué es el artista, el soñador, el marino y el farero que se debate entre el olor de la trementina y el acordeón de todas las mareas. De vez en cuando, para recordarle que la vida se derrama de modo incontenible como un gozo para la vista, sus nietos y nietas le dan ideas, le corrigen, le exigen la claridad esencial que debe tener un lienzo: esa claridad que está más allá de la materia, de la composición o del asunto. Esa claridad que es candor, búsqueda, sutileza, gracia y riesgo: el puro placer de existir contra los presagios del azar.

A José Ignacio Baqué le gusta decir que cada cuadro es una aventura. Un viaje hacia lo incógnito y por tanto un descubrimiento. De aquí que uno de sus personajes preferidos sea el tuareg. Cuando cree que el cuadro está concluido, lo mira por última vez e intenta olvidarlo. Así tiene la sensación de que cada obra que empieza es rigurosamente nueva, de estreno absoluto, desconectada de su propia biografía, que tiene poco que ver con las anteriores creaciones o con las que tengan que venir. Pintar es un extravío del alma y de la mente. Pintar es dialogar con el olvido y vencerlo. Pintar, para José Ignacio Baqué, es mirar en derredor y singularizar los pequeños dones cotidianos. Así, como si no tuviera un cuaderno de bitácora propiamente o un diario de intenciones de artista, capta cuanto ve. Lo inmediato que se vuelve simbólico. Una silla, una botella, una maternidad, una sardina, una cabeza de mujer, los sucesivos paisajes de interior, bodegón, mar abierto o bosque entrevisto.

La pintura de Baqué también tiene algo teatral: a él le gustan mucho la Comedia del Arte y sus figuras, los actores y los toreros, le atraen especialmente el circo con sus figuras y sus historias secretas: domadoras, volatineros y acróbatas, payasos, mujeres que pasean su beldad melancólica bajo la carpa. Niñas de seda y luna. Le interesa el reino de las muñecas, tan amado por los surrealistas, tan inquietante y tan sutil. Un mundo dentro del mucho pespunteado por el escalofrío. Le gustan las marionetas: las sueña, las construye, les da otra vida más allá de la ficción en sus lienzos. Y por si no quedara claro un último matiz: a José Ignacio Baqué le interesan los seres humanos: las niñas, las mujeres, los hombres con una historia detrás, los pescadores y pescadoras, los músicos, los solitarios. Y sus retratos, o sus criaturas, atesoran las claves de su arte: vibración, color, encuadre, hondura, ecos de la pintura de los años 20 y una gracia especial que tiene mucho de arte expresionista que busca sugerir, transportar, contar con los atributos eternos de la pintura. Ahí están dos piezas que destacan en la muestra: el retrato de María José, la musa y la compañera y la esposa del pintor, una composición equilibrada de tono, serena y elegante, un cuadro de emoción contenida que nace de la complicidad y de la confianza, y ‘La violonchelista’, quizá el cuadro más emblemático, el que con mayor rotundidad define al Baqué que canta y exalta cada nueva oportunidad que le concede la vida.

Además de esos temas tan narrativos, tan explícitos, por decirlo así, a Baqué también le gusta hacer pequeños guiños de contenido o de pensamiento profundo, casi  de crítica social: por ahí anda el ‘Asceta’, el tríptico ‘Los moralistas’, ‘La mala reputación’ o la pieza ‘No ver, no oír, no hablar’, que también es un manifiesto y un acorde de rebeldía y de sarcasmo en este tiempo de imposturas y silencios tan medidos como obscenos. Eso sí, todo ello, el desarrollo intuitivo de este mundo se aborda con enorme sutileza, con dulzura e incluso, y así le gusta decirlo a José Ignacio Baqué, con ternura, aunque no esté de moda.

Baqué, uno de los ocho magníficos del grupo ‘Azuda-40’, un pintor de una dilatada trayectoria, está en esta muestra en plenitud. La creación nace de la incertidumbre y de la búsqueda. Y de esas certezas que se conquistan de modo un tanto inadvertido. Como quien no quiere la cosa. Como quien sale a pescar o a cazar el poniente más exuberante de oro y sangre. Baqué goza y se renueva. Se vuelve otro y él mismo. El pincel y sus sueños son el arrebato constante de una vida nueva.

 

JOSEMA CARRASCO Y LOS LIBROS

JOSEMA CARRASCO Y LOS LIBROS

Josema Carrasco me envía esta nota de elogio a los oficios del libro:

 
 

Mis héroes son los libreros que aguantan doce horas a la intemperie un día del libro y sueñan con mantener su negocio, los escritores que han publicado y los que no y llevan un manuscrito escondido que un día será un libro de cuentos o una novela, los que hojean libros y no pueden comprarlos, los que siguen haciendo de la lectura un lujo necesario, los poetas jóvenes y adultos que sueñan con tipografías y revoluciones, los autores que te regalan una dedicatoria y una sonrisa, los editores valientes que arriesgan y se ilusionan con cada proyecto, los que siguen empeñados en leer abriendo cada página como una puerta o una ventana, los ilustradores a los que admiro y que hacen trabajos preciosos aunque tengan que trabajar en otros oficios y los dibujantes que por un día salen de sus viñetas y de sus bosques de lapiceros, acuarelas y rotuladores y te hacen un dibujito que es una maravilla. A todos ellos GRACIAS

FIRMAMOS EN ANTÍGONA Y NALVAY

FIRMAMOS EN ANTÍGONA Y NALVAY

Hoy es el Día del Libro y Día de San Jorge. En el Paseo de la Independencia, por la mañana, Javier Hernández, ilustrador, y yo firmaremos el libro ‘El niño, el viento y el miedo’ (Nalvay) en el puesto de la librería Antígona, de doce a dos; por allí también estará David Mayor con su poemario ’31 poemas’ (Pre-Textos). Si alguien lo desea, firmaré ejemplares de ‘Cariñena’, una novela de formación que transcurre en diez días de octubre de 1978 en Cariñena y Alfamén, ‘Versión original’, el poemario que me publicó Isla de Siltolá con el título genérico de un poema dedicado a Félix Romeo, y ‘El testamento de amor de Patricio Julve’ (Xordica), que reeditó ese libro que sucede en el Maestrazgo entre 1833 y 1995. Por la tarde, estaremos en el puesto de Nalvay de seis a ocho. Feliz Día para todos: lectores, paseantes, amigos, escritores, libreros...

[Por cierto, hoy se adelanta el suplemento ’Artes & Letras’ de Heraldo de Aragón y publica un especial de 24 páginas con el título genérico de Librerías, libreros y libros. La segunda foto la he tomado de Radio Huesca.]

MANU BRABO, POR PICOS LAGUNA

 [Ayer, en el suplemento dominical de ’Heraldo de Aragón’, Picos Laguna publicaba esta entrevista con Manu Brabo (Zaragoza, 1981), premio Pulitzer de fotografía. La traigo aquí al completo].

MANU BRABO: “Sin mis padres no hubiera llegado a ningún lado”

[Acaba de lograr un Pulitzer, el premio de fotografía más prestigioso del mundo, por una imagen tomada en Siria. Nacido en Zaragoza y criado en Gijón, es uno de los últimos reporteros de guerra]

 

TRES FRASES

«Siempre quise ser lo que soy, aunque no supiera cómo conseguirlo»

«Lo dejé todo: mi trabajo, Madrid, a mi novia, y me volví a Gijón»

«Envías tu trabajo y nadie te contesta y llegas a cuestionarte como persona»

 

Por Picos LAGUNA.

Coordinadora de Heraldo Domingo de HERALDO DE ARAGÓN

 

 

Esta es una de esas entrevistas que podía haber sido interminable, en la que la bonhomía del entrevistado acaba llegando al corazón y te terminas enrollando por cualquiera de los caminos que se abren a lo largo de la conversación. Un encuentro que arranca con la imagen con la que ha ganado nada menos que el premio Pulitzer, una demoledora fotografía hecha en una Siria hoy olvidada y llena de muerte. Un galardón que es el sueño de miles de personas en todo el mundo, que es (casi) inaccesible y que le ha convertido en el segundo español en conseguirlo después de Javier Bauluz en 1995, por su trabajo en Ruanda. Pero es que Manu Brabo (Zaragoza, 1981) tiene el espíritu de los viejos reporteros a los que les quema el alma ante el dolor que tanto han fotografiado; de quien nunca abandona los conflictos, de los que vuelven una y otra vez cuando el circo mediático ya se ha retirado y olvidado de ellos.

Usted nació en Zaragoza y vive en Gijón.

Yo nací en Zaragoza y aquí viví  unos pocos meses porque mis padres sacaron plaza de médicos en Pola de Siero, primero, y Gijón, después. Vivían aquí y aquí se conocieron estudiando Medicina; mi padre es radiólogo y mi madre pediatra.

Pero siguió viniendo por aquí.

Claro, porque mis abuelos paternos vivieron muchos años en Jaca y mi abuela en Zaragoza, en la calle Corona de Aragón. Veníamos por vacaciones, pero con los años los viajes se iban espaciando y con el tiempo a mi me iba dando mucha pereza, porque era un viaje muy pesado, lleno de curvas y me mareaba mucho; era un suplicio. Hoy es diferente con la autopista. Sigo teniendo familia y además está mi novia que también es fotógrafa. Es curioso, porque desde Navidades he ido tres veces...

Acaba de ganar un premio Pulitzer, el sueño para un fotógrafo.

Sí, sí, aunque he sido consciente de la importancia del premio solo cuando me he visto desbordado a llamadas y mensajes. Es una locura y puede que no hubiera calibrado la realidad de su prestigio y dimensión.

El premio es por una foto tomada en Siria en la que se ve a un padre llorando la muerte de su hijo. Un hecho tremendo y universal.

Es una imagen muy fácil de entender porque está al revés, porque deberíamos ser los hijos quienes lloremos la muerte de los padres; una imagen contra natura y que denuncia también la violencia sin sentido.

Además, de un conflicto que está abandonado.

Nunca he entendido los picos mediáticos, porque entre septiembre y octubre fue una auténtica inundación de noticias sobre Siria y ahora por desgracia la gente se ha olvidado de él, y siguen produciéndose muchas muertes

A usted le retuvieron en Libia durante 45 días, y sigue volviendo.

No me gusta abandonar los conflictos. A Libia también viajé varias veces, para la revolución y para las elecciones.

¿Cómo se inició en la fotografía de guerra?

Siempre me atrajo, pero recuerdo un reportaje en un semanal de imágenes de fotógrafos que habían muerto trabajando en conflictos, Kappa..., y me quedé impactado porque hablaba de gente que se ganaba la vida yendo por esos sitios y contando lo que sucedía. Yo estaba en Primero de BUP, unos 14 años, y me enteré de que podía estudiar fotografía, así que mi objetivo se centró en conseguir aquello. Era muy mal estudiante.

Pero estudió Fotografía.

Tengo que decirle que yo era un ‘vagoncio’ que prefería estar en el patio del colegio jugando a voleibol, fútbol, a cualquier deporte, el que fuera; o en el bar con mis amigos. Estudié fotografía que era lo que me gustaba y lo hice en Oviedo y cuando intenté trabajar en ello vi que era muy complicado, así que como no sabía qué hacer, pero sí quería ser lo que soy hoy, me fui a Madrid y comencé a estudiar Periodismo, porque pensé que si no podía ganarme la vida con la fotografía al menos lo haría con la escritura. Pero con el tiempo llegué a la conclusión de que el dinero que me costaban las matrículas podía invertirlo en viajes.

Casi acaba Periodismo.

En la Facultad de Comunicación estuve 3-4 años y al final solo me matriculaba de lo que me interesaba, así que tengo asignaturas aprobadas de casi todos los cursos. Estaba trabajando en una agencia haciendo fotografía deportiva y durante cuatro años compaginé ese trabajo con viajes que después intentaba vender, como el terremoto de Haití, Kosovo...

Trabajar para viajar, algo por lo que han comenzado muchos corresponsales de guerra.

Es la única manera, porque por más ganas que tengas de trabajar nadie te va a llamar para decirte que te vayas a un sitio y que envíes las fotos, o estando en algún lugar para que les envíes tu trabajo.

¿Cómo es de complicado vender una foto para un ‘freelance’ como usted?

Ahora me parece más fácil. Al principio no, y es muy duro y frustrante; te sientes un novato, un ‘primo’ y solo te centras en los medios de comunicación; intentas hablar con ellos y no obtienes ninguna respuesta, como si el correo electrónico fuera un gran agujero negro. Es muy desilusionante porque piensas que no haces bien tu trabajo, que eres un mal fotógrafo y un mal periodista, un trabajo que haces con todo el cariño y por el que te dan la callada por respuesta. Te cuestionas a ti mismo y todo, absolutamente todo, por un acto tan sencillo como es que alguien te responda a un correo electrónico. Así fue durante mucho tiempo, porque además tuve muchas respuestas esquivas. Hasta que hice un viaje a Palestina y conocí a dos periodistas navarros impresionantes, Alberto Pradilla y Aritz Intxusta. Ellos son plumillas y yo fotógrafo, así que comenzamos a trabajar juntos. Hice un reportaje sobre el psiquiátrico de Belén y me lo compraron y ví que sí, que había editores que creían en mi trabajo. Me hizo mucha ilusión, porque soy como un niño y me entusiasmo cada vez que me publican algo. A partir de ahí es cuando comienzo a no cuestionarme y a trabajar mejor.

¿Cuándo sintió que podía vivir de ello?

Yo estaba en Madrid pero vivía  una situación que me quemaba vivo. Fotografiaba deporte de todo tipo, de motociclismo a golf, fútbol... y aquello acabó por asfixiarme. ¿Que si me gustan las motos hoy? Mucho, pero ahora, francamente, me dan igual. Llegó un momento en el que decidí dejarlo todo: Madrid, mi trabajo, mi novia, y me volví a mi pueblo, a Gijón, a reestructurar mi vida y fue cuando comenzaron los conflictos en Túnez, El Cairo y lo de Libia, pero yo no tenía dinero para ir. Un amigo me pidió que hablara con unos contactos míos para ir él y cuando les llamé ellos mismos me sugirieron que fuera yo también quien cubriera esos conflictos. Me organicé el viaje ya con previsiones de venta de mis trabajos, pedí un crédito a  mi madre y me fui a Túnez.

Siempre están los padres detrás en los momentos más importantes de nuestra vida.

Es una suerte tener gente así, como mis padres, que te apoya incondicionalmente. Sin ellos no hubiera llegado a ningún lado; siempre generosos, apoyándome de manera desinteresada, creyendo en mi. En ese viaje empiezo a colaborar con la agencia Efe, en Libia, con la DPA, y la cosa comienza a rodar y un día estando trabajando con tres periodistas tengo la mala suerte de caer en una emboscada y con un resultado que la gente sabe: 3 presos y uno muerto.

¿Cómo le afectó estar retenido en una prisión durante tantos días?

Cuando me soltaron lo difícil fue  encontrar el equilibrio entre la persona que era cuando me retuvieron, la que fui mientras estuve preso y el que era al salir en libertad. Porque después de 45 días en una cárcel tus patrones de comportamiento cambian mucho. A las tres semanas de regresar me salió un trabajo para una ONG en Honduras y me fui, porque entendí que era la mejor manera de empezar a centrarme, y encontrar el equilibrio pasaba por trabajar y desarrollarme profesionalmente. La batalla de Trípoli coincide con el fin de mi trabajo en Honduras y desde allí me voy a la frontera con Libia.

De nuevo, otra vez a empezar.

Era lo que más temía, que me quedara alguna secuela emocional, algún miedo que me impidiera trabajar. Decidí que si los tenía me enfrentaría a ellos, y estuve desde la batalla de Trípoli hasta el final de la guerra en Libia.

Usted vive en Gijón, una ciudad tranquila, y supongo que será porque le da la tranquilidad que necesita después de un conflicto.

Gijón es para mí un paraíso; es un lujo, porque cuando vuelvo tengo a mi familia, que es muy importante en todos los sentidos; a mis amigos de siempre que no tienen nada que ver con mi mundo profesional, que son instaladores eléctricos, marinos..., porque hay poca gente que entiende lo que hago. Para mi es una descompresión total, vivo tranquilo y si un día estoy agobiado, salgo de mi casa y paseo, y, como vivo frente al mar, solo tengo que mirar el horizonte para lograr serenidad.

¿Quién le da estabilidad? 

Dentro de mi inestabilidad, lo que me tranquiliza es mi gente, mis incondicionales a quienes les da igual quién seas, porque para ellos no eres el fotógrafo que secuestraron ni el premio Pulitzer; y mi novia... Ella también es fotógrafa y es de Zaragoza, y hemos estado trabajando juntos durante meses en Siria.

 

DESPIECE

«Ya no podía aguantar ni una matanza más»

Comparte el Pulitzer, el premio de fotografía más prestigioso del mundo, como parte de un equipo de cinco fotógrafos de Associated Press que cubren el conflicto en Siria, junto a Rodrigo Abd, Narciso Contreras, Khalil Hamra y Muhammed Muheisen y, a pesar de su juventud, tiene ya tres guerras a su espalda: Egipto, Libia y Siria.

Dice que quiere seguir trabajando: «Porque tengo 32 años y mucha tela que cortar. Espero que el premio me sirva para afianzar mi trabajo. He llegado hace poco de Siria y lo que me apetece estos días es descansar, disfrutar de mi gente, de mi familia, comer..., porque soy de los que cuando viaja se compra las patatas y los huevos para hacer tortilla». Ahora, espera organizarse para irse a vivir una temporada a El Cairo y desde allí cubrir todo Oriente Medio.

Y recuerda la carta que le envió a Gervasio Sánchez, también periodista de guerra, porque pensó que él era el único que podía entender «por lo que estaba pasando cuando en Siria llegué a plantearme, junto con otros siete periodistas, qué demonios hacíamos allí entre tanta muerte, porque yo ya no podía aguantar una matanza más. No éramos íntimos ni mucho menos, pero sabía que no había otra persona a la que contarle todo eso».

 

 

*La foto premiada y un retrato de Diego Ibarra, fotógrafo zaragozano que da vueltas alrededor del mundo con el compromiso, la denuncia y la vida por bandera.

GUILLERMO BUSUTIL: LEER, LOS LIBROS

GUILLERMO BUSUTIL: LEER, LOS LIBROS

  El escritor y periodista y buen amigo Guillermo Busutil publica hoy en 'La Opinión de Málaga' un excelente artículo sobre la literatura, la lectura y los libros. Aquí lo traigo.

 

UN HOMBRE, UN LIBRO

 

 

Guillermo Busutil

Leer en presente es un indicativo de cultura. Yo leo, tú lees, él lee, nosotros leemos, vosotros leéis, ellos leen. En los autobuses, los metros, los trenes, los aviones, los barcos, las bibliotecas, los parques, las salas de espera, las cafeterías, en las casas de este día que celebraremos libro adentro. Y también libro afuera, porque cada calle es una página de la ciudad por la que transitamos como personajes, como la huella impresa de una forma de sentir y de pensar. Lo mismo que las que nos dejaron las lecturas con las que aprendimos a emanciparnos de la realidad, a tener más amplitud de miras y a soñarnos héroes a la vuelta de la esquina, donde siempre empieza la imaginación. Todos somos el producto de nuestros juguetes, nuestros viajes y nuestras lecturas. Incluso, cada amor que igualmente me hizo, además de su marea en la memoria de mi piel, tiene también sus libros, su poema en mi escritura. Sé de gente que todo lo ha vivido en ellos, que su error fue abrir uno un día o que su retrato es una biblioteca. Y proceso afecto admirativo a Caballero Bonald, Cervantes de Argónida, por su manera de marinar el lenguaje, por enseñarnos sobre el imposible oficio de leer y recordarnos que siempre habrá un libro esperando.

El próximo martes es el día perfecto para buscarlo. Puede ser un título de moda o premiado; alguno de Defoe, Salgari, Kipling o Verne para recuperar la infancia y defender la memoria de lo leído; el Ensayo sobre la ceguera de Saramago, En la Orilla de Chirbes o el de Bonilla acerca de Maiakovski, el mejor subversivo colocando bombas para hacer estallar el poema. Libros adecuados, peligrosos o inoportunos, según quién los lea, en este tiempo de crisis en el que alguien del PP puede llamar a la puerta para comprobar nuestro ayuno, la ducha fría, el cinturón apretado y nuestra austeridad también en la lectura- el ideal orden doméstico del gobierno-. También hay cuentos, poemarios, diarios, ensayos o Las aventuras de un libro vagabundo de Paul Desalmand. La narración autobiográfica y picaresca de un libro que nació el 7 de junio de 1983 con 224 páginas, 230 gramos de peso, unas medidas de 16,5x 12,5 cm, tipografía Garamond y cuerpo 12. Toda una declaración de buena salud y de libro de clase media, cuya voz nos desvela sus peripecias, otras historias, como la de un taxista que convierte su coche en una biblioteca ambulante o la de una chica que lo utiliza para cubrirse el sexo cuando hace nudismo en la playa, y que los libros hablan de noche sobre su miedo a la guillotina. El futuro condenado de una gran parte de los títulos que el martes estarán en las calles de Barcelona, llena de rosas y de escritores, en las de Madrid con interminables lecturas de noche, en las de otras capitales con un 10% de descuento, deseando ser escogidos. Pero como en el cuento de los Grimm, a las doce y una campanada o un par de copas más tarde, el libro se volverá Cenicienta y sin príncipe que lo salve poniendo en la puerta el cartel: No molesten, estoy leyendo.

La burbuja editorial estalló hace tiempo pero empezamos a darnos cuenta el pasado año, cuando la venta cayó un 40%. Y éste, sigue pendiente abajo, llevándose por delante librerías, algunos sellos independientes, otros pequeños, títulos que no pasaron la ITV y los anticipos de más de cuatro cifras para los autores. También amenaza a los escritores más literarios, cuyos lectores fieles los mantienen vivos en el mercado. Ya se sabe, en este país, la literatura vende poco. Aunque el cine diga lo contrario, nadie busca a Nemo. Menos aún la maravillosa biblioteca del Nautilius. A las editoriales le interesan más los mega sellers y, mientras los encuentran, las intrigas, dramas, batallas épicas, amores, enigmas esotéricos, fábulas sexuales y aventuras con fondo histórico que se vendan bien en las grandes superficies. Poco espacio queda para la literatura como un golpe al estómago, armada con un lenguaje de atmósfera y orfebre, que explore otra manera de contarnos historias. Conseguir que un libro, como dijo Kafka, sea como el hacha que rompe el mar de hielo de nuestro corazón. Hace lustros que la sociedad demostró que, en España, la lectura no goza de un apoyo mayoritario. Baja es la cifra de personas que la entienden como una forma de progreso, un espacio íntimo, el tiempo en el que uno está menos solo. Si se mantiene el hábito en el alambre es porque existen mujeres, clubs femeninos donde se lee mensualmente y bibliotecas rurales en las que se han esforzado en hacer de la lectura una forma de superación, de libertad y de placer. Pero en la enseñanza es, desde hace décadas, la asignatura pendiente de alumnos y profesores poco dados a valorar que con los libros se aprende a leer el mundo, la vida, el misterio de las personas. Sin olvidar a muchos jóvenes autores convencidos del éxito del escritor buen salvaje, ignorantes de que escribir es una lectura eterna. A estos síntomas graves, hay que añadir el poder de sugestión de la televisión y de la red. Artífices de la inmediatez, del impacto, de la brevedad, de la estética de la aparición que paradójicamente también es la estética de la desaparición, y de la primacía de la imagen como una representación del mundo que no conlleva la necesidad de razonar un argumento. La nueva cultura líquida de la imagen, representación poderosa del mundo cada vez más victoriosa sobre la comunicación a través de la palabra.

La salud del libro tiene un pronóstico reservado. Un mal desenlace conlleva la desaparición del discurso, de la crítica, de la opinión fundada en el pensamiento, en el lenguaje y en la escritura. La creencia en el libro como tierra firme en épocas de naufragio e incertidumbres. En la lectura como una forma de felicidad y un acto de resistencia en los tiempos del miedo a pensar, del farenheit 451 que siempre acecha un viento favorable. No podemos dejar que nos desahucien de leer. Hay que contraatacar. Este 23 de abril, con 103 años de antigüedad, hagamos que en la paz -al igual que en la guerra- se repita la consigna: un hombre, un libro; un clavel en el fusil.

Leámonos!!

PREMIO A 'LOS ILUSOS' EN BUENOS AIRES

FRANCESCO CARRIL, MEJOR ACTOR EN BUENOS AIRES

POR LA PELÍCULA ’LOS ILUSOS’ DE JONÁS TRUEBA


Francesco Carril, protagonista de la segunda película de Jonás Trueba, ’Los ilusos’, fue galardonado en el Festival de Cine Independiente de Buenos Aires, BAFICI, con el premio al mejor actor. La película de Jonás, una reflexión y un juego sobre el arte de hacer cine y la pasión por el cine, se estrenó el pasado fin de semana en Madrid y levantó mucha expectación. Es una película sin guión, realizada con mucha libertad, con escasos medios, mucha inventiva y toda la frescura y el riesgo de un equipo joven. Francesco Carril está vinculado a la Joven Compañía de Teatro Clásico y a la Compañía de Teatro Clásico Nacional.

LAFARGA, DESDE HOY, EN CAROL ROJO

LAFARGA, DESDE HOY, EN CAROL ROJO

[Esta tarde, a las 20.00 horas, en la galería de Carolina Rojo, se presenta la exposición ‘Pequeño’ de Paco Lafarga. Admirador de Enrique Bunbury, sonarán canciones de ese álbum. La muestra alude a los pequeños formatos, a los dibujos: desnudos, retratos, interiores, paisajes, sueños. El mundo de Lafarga, que tiene un gran talento. Pongo aquí el texto que le he escrito. Lafarga, casado con Ana Pilar Herrero, vive en Utebo y ahí trabaja, ahí y en su estudio de Zaragoza.]

PEQUEÑO. Exposición de dibujo de Paco Lafarga. Fechas: 18 de abril al 26 de mayo

 

PACO LAFARGA

LENTITUD, BELLEZA E INTENSIDAD

 

Antón CASTRO

Hay artistas muy especiales que se enfrentan a su oficio como si estuvieran en otro mundo. Y por ello están volcados con la invención, con la manufactura, con las sensaciones, con la búsqueda. Paco Lafarga (Zaragoza, 1977) es un perfeccionista y un buscador de estados de ánimo, de revelaciones. Le gusta derramarse en pura emoción, en lentitud, en belleza y en intensidad. Para él, en la pintura o en el dibujo la vida va completamente en serio: late, se encrespa y se enmaraña entre la agonía y el éxtasis. No hay medias tintas. O quizá haya medias tintas, colores más suaves aquí y allá, tinieblas y claridades dibujadas con el puro blanco del papel, pero lo que no hay es negligencia, abandono, caídas.

Paco Lafarga se enfrenta a su oficio como si cada cuadro fuese el último, o como mínimo el penúltimo. Y eso explica su forma de trabajar  y su forma de vivir la pintura. Pintura y vida en él son casi lo mismo: dos incidentes esenciales del ser, dos accidentes íntimos del alma y sus vahídos. Uno pronto percibe lo que le gusta, lo que ama, lo que anhela: quiere que en cuanto ejecuta haya temblor, verdad, el arabesco definitivo de un corazón vapuleado por la incertidumbre. Se arriesga. Ensaya. Se entrega. Uno percibe que viene de clásicos incuestionables: de Rembrandt, claro, que quizá sea el pintor que le embruja, el pintor, el dibujante, el grabador, el creador constante de cuentos de pintura y de representaciones artísticas. El pintor subyugante. Y de Goya, y de Pradilla. Y de Velázquez, de Durero, claro, y quizá de Morandi, fíjense en esa minuciosa búsqueda de una tensión casi antigua, de los románticos y de los modernos. También tiene otros ecos: le gusta Lucian Freud, y esa piel que parece haber sido erizada por el dolor o por un tormento inconfesable de amor, sexo y locura; le gustan David Hockney y Antonio López. Ha asistido a cursos del artista manchego, ha trabajado cerca de él y ha visto las claves del maestro: la paciencia, la vocación, la sedimentación de la luz de todas las horas, la vocación que es casi ritual y posesión. Y sentido de la trascendencia. En cierto modo, a veces, en esos raptos de confusión o de felicidad ante la genialidad del pintor parsimonioso, Paco Lafarga se queda traspuesto, vencido hacia la hermosura elaborada rasgo a rasgo, trazo a trazo, con el silencio inefable.

Paco Lafarga es, ante todo, pintor. Pintor. Con todo lo que eso conlleva. Pintor figurativo. Interpreta la realidad, la crea, la compendia y la traduce a su modo. Pero ahora acaba de dar un salto. Un pequeño salto que tiene el marchamo de un gran salto. ‘Pequeño’ es la ratificación de un mundo: Lafarga ofrece una amplia selección de dibujos de diversos tamaños. Dibujos pequeños que invitan a la intimidad, dibujos medianos, algunos dibujos grandes, no demasiados. Dibujos que son el espejo de su universo en expansión. Y de sus temas: paisajes, interiores, interiores despojados o metafísicos o con un desnudo dentro, instantáneas casi hiperrealistas, bodegones, figuras en la piscina, cuerpos, paisajes abiertos que avanzan hacia el horizonte, paisajes casi abstractos y oníricos, y babuinos. Paco Lafarga trabaja por intuiciones: se deja arrastrar por percepciones inmediatas, por imágenes que intuye, que sueña, que le persiguen, como la de la niña en la piscina, como esas naturalezas que parecen grabados holandeses o esas mujeres tranquilas y confiadas que se asoman a la ventana o que muestran su trasero. Dice que no hace hiperrealismo ni pretende ser un pintor hiperrealista, aunque haya rescatado antiguas fotos, aunque casi todos sus dibujos tengan una mirada fotográfica y un aroma intemporal y moderno, donde, además, se “explora el valor del papel en blanco”.

A Paco Lafarga le gusta decir que para este proyecto, que tiene mucho de aventura y de ensayo, ha trabajado en cuerpo y alma, sin fechas. Volcado hasta la extenuación y a la vez entregado al puro placer de pintar, de jugar con el lápiz y el carboncillo, sin un camino trazado. Improvisando más que nunca: en el asunto, en el tratamiento del dibujo (si hay que rascar se rasca; si hay que crear una atmósfera suave se difumina; si se adivina un camino allá se va, por él y entre sombras...) y en la expresión o en la expresividad. Paco Lafarga se siente aquí más expresionista que nunca, más libre, como si encarase ejercicios de estilo, pruebas que no sabe adonde llegarán y que son, en el fondo, una culminación. La meta es el propio camino: elegancia, tiempo, memoria. Una conquista y una confirmación. Lafarga es un artista que jamás se conforma. Iconoclasta a su modo, rebelde consigo mismo, incansable y lento, un inconformista que no se da tregua. Bueno, en realidad, para esta exposición de Carolina Rojo, tan singular, Lafarga ha sido “un pintor de instantes, más rápido y expresivo que nunca”, un dibujante que se atreve a desdibujar, a progresar sin la obsesión enfermiza del detalle. No le preocupa tanto desarrollar un discurso teórico como elaborar una obra, avanzar, descansar, disfrutar, zambullirse de nuevo en su mundo cotidiano, frondoso y enigmático, corriente y natural, de pequeños gestos decisivos.  

 

FERNANDO SINAGA EN ALICANTE

 

MACA de Alicante presenta el 12 de enero Ideas K, una muestra retrospectiva del artista radicado en Salamanca Fernando Sinaga, comisariada por Gloria Moure. La exposición recoge, a través de más de cuarenta obras en diversos soportes expresivos, el imaginario subyacente en la obra de Sinaga a lo largo de gran parte de su etapa creativa, desde 1984 hasta la actualidad. Ideas K persigue poner de manifiesto tanto el carácter específico y experimental de la obra de Sinaga, como su carácter transversal y diversificado, mediante una contundente ordenación de las conexiones y vínculos existentes en su trabajo a lo largo de los últimos 26 años.

Sobre la obra de Fernando Sinaga

Uno de los campos de profundización poética definitorios de las artes plásticas de la segunda mitad de los sesenta, que tuvo y tiene en la actualidad importantes repercusiones, es la consideración de la percepción y sus procesos como motivos en sí mismos. Fernando Sinaga se sumerge en éste ámbito con una sutileza reseñable, utilizando para ello principalmente el color y los desplazamientos perceptivos. Es importante subrayar, además, que esa poética perceptiva, al ser tratada como proceso, abre los confines materiales de las obras y las define como interferencia con las audiencias. Adicionalmente, ésta aproximación “abierta” plantea la experiencia de la escultura como operación mental, en cuanto a pensamiento y no entendimiento.

La idea de percepción y creación interactivas conlleva en Sinaga un aspecto directamente relacionado, que también le coloca en la avanzadilla de su generación. Frente a la “serialización” y asepsia típicamente minimalista, Sinaga adopta una posición que podría calificarse de naturalista, en el sentido de que mediante contrapuntos mínimos y soportes adecuados trata de desencadenar procesos complejos de concatenación perceptiva irreversibles. Nada es dejado al azar, sino a la interdependencia infinitesimal, típica de los procesos naturales. Así, en la obra de Sinaga, la apertura interactiva hacia las audiencias se conjuga con el tono naturalista de las pequeñas variaciones desencadenantes, para conformar un claro paisajismo de interiores, en alianza con la arquitectura, en el que frecuentemente el color no sólo activa la composición, sino que la define en planos abiertos a partir del juego de correspondencias entre los espacios y las formas.

Sobre Ideas K La exposición retrospectiva Ideas K, de Fernando Sinaga, en el MACA de Alicante busca recoger el imaginario simbólico, geométrico, óptico, material y cromático que subyace en el trabajo del artista desde El Desayuno Alemán (1984) hasta su obra más reciente. A través de los variados soportes expresivos que el artista usa, la propuesta expositiva mantiene de forma simultánea tanto el carácter específico y experimental de la obra, como su carácter transversal y diversificado.

El proyecto revindica el talante independiente de Sinaga y persigue hacer patentes la riqueza y complejidad de su obra. El traspaso de límites en el proceso creativo de Sinaga supone no sólo la interactividad entre obras, sean objetos o imágenes, sino la apreciación del espacio como un elemento visual y plástico, más que como contenedor neutral de creaciones, lo que a su vez implica valorar el arte más como experiencia estética en la que se participa, que como contemplación distanciada.

A lo largo de las salas de MACA se desplegará, por un lado, un bloque de piezas conformado por los trabajos fotográficos, escultóricos y audiovisuales de Sinaga, que se acompañarán de obra sobre papel a modo de trayecto o pequeños gabinetes que salpicarán el recorrido.

Desde Una parte de la realidad (1985), los objetos y las pinturas sobre metal, primordiales e insoslayables en el recorrido por la aproximación creativa de Sinaga, fueron creados para acentuar y reconformar espacios preexistentes, a la vez que obras como Deuteroscopia (La segunda vista) (2008) demarcan zonas de esfuerzo y reflexión perceptiva.

Ideas K pone de manifiesto que Sinaga se sumerge en una ideológia individual, cambiante, favorecedora de las diferencias y no de la homogeneidad, y que responde al imperativo estético en el sentido de creación y no de belleza, por un lado a través de la expansión del concepto de escultura, y por otro, en obras como Lo blanco en lo negro (1995), a través de la revisión de la idea de abstracción.

 

Sobre Fernando Sinaga (Zaragoza, 1951) Vive y trabaja en Salamanca. Su formación artística transcurre en la ciudad de Zaragoza hasta el comienzo de sus estudios de Bellas Artes en Barcelona, donde obtiene la Beca Amigó Cuyás en 1972 y la Beca Castellblanch en1973. En 1976 finaliza sus estudios en la Escuela Superior de Bellas Artes de Madrid y obtiene el Premio de la Dirección General de Bellas Artes. En 1983, y debido a su interés por los estudios goetheanos, obtiene una Beca de la Fonds für freie Erziehung, de Zürich, para proseguir sus estudios sobre la teoría del color. En 1984 obtiene una nueva Beca de Investigación para estudiar la Escultura Pública en USA y a su vuelta de Estados Unidos obtiene una plaza de profesor en la Facultad de Bellas Artes de Salamanca, fijando su residencia en esta ciudad hasta el momento presente.

La exposición de Sinaga El Desayuno Alemán (1984), celebrada en la Galeria Villalar de Madrid reveló la obra de este artista dentro de la escena española de los 80 y desde entonces su obra se ha expuesto en diferentes galerías y museos de España, Francia, Alemania y U.S.A. En 1989 participa en la XX Bienal International de Sao Paulo, Brasil y en 1992 en la 5 Triennale Fellbach, Alemania. En el año 2000 su obra representa a nuestro país en el Pabellón de España de la Expo de Hannover y poco después su obra "Cuerpo Diamantino" se exhibe en la exposición Arte en España, 1997-2002, Obras de la Colección Arte Contemporáneo del Patio Herreriano en la Sala de Exposiciones Manege de Moscú.

Entre sus últimas exposiciones en España podemos destacar, On Prediction (2005), Museo Vostell Malpartida; La Estancia inhóspita, (2005), IVAM, Valencia; Cor Duplex (2005) Museo Pablo Serrano de Zaragoza; God Dog (2006), Galería Adoración Calvo, Salamanca o Zona (2006) en el DA2, Domus Artium de Salamanca. Pueden encontrarse catálogos razonados sobre su trabajo en la Fundació Miró a Mallorca (1996); Palacio de los Condes de Gabia, Granada (1998); Palacio de Revillagigedo, Gijón (1999); Sala Amárica de Vitoria (1999); IVAM de Valencia (2005) Museo Pablo Serrano de Zaragoza (2006) e Ideas K (2012) MUSAC de Leon y (2013) CAC de Braganza

Su trayectoria artística ha recibido el reconocimiento público de la Fundación Valparaiso de Almería, del Premio Villa de Madrid a la mejor exposición de escultura celebrada en esta ciudad en el año 2001 y del Premio Aragón Goya 2010, otorgado por el Gobierno de Aragón por su trayectoria artística destacada.