Blogia

Antón Castro

DINO VALLS: UN CUADRO DE 1978

DINO VALLS: UN CUADRO DE 1978

 

Dino Valls (Zaragoza, 1959) me escribe desde Madrid, donde vive y trabaja desde finales de los años 80 con motivo de mi novela ‘Cariñena’, que transcurre en diez días de octubre de 1978. Y me envía uno de sus primeros cuadros, precisamente de ese año. Dice Dino: “El 78, una cosecha en la que también yo maduré, a mitad de mis estudios de medicina, y en los fascinantes momentos en los que empezaba a andorrear ambientes artísticos de Zaragoza, mis primeros contactos con pintores, mis primeros cuadros colgados en la Lonja, todos jóvenes inquietos llenos de ilusiones y melenas. El primer cuadro que pinté después de ese octubre, fue ya mi primera obra su(i)rreal, dejé paisajes, pueblos, naturalezas muertas, y comencé a deambular por pasadizos mentales, menos acierzados pero más fangosos. Todo nuestro porvenir que iba aquellos días encaminándose tan inciertamente, era el de toda una generación, el de una democracia que, dando traspiés, fue medrando por nosotros, junto a nosotros o a pesar de nosotros, vete a saber, pero se iba avanzando con avidez, huyendo de pasados embotados y carpetovetónicos”.

VÍCTOR JUAN A CABALLO

VICTOR JUAN PRESENTA

‘LAS MANOS DE JULIA’ A CABALLO

Original y divertida presentación de «Las manos de Julia», la novela de Víctor Juan. Editorial Sabara, en Literaturame, en el formato ebook. No es nada frecuente ver a alguien presentar una novela a caballo ni hablar por teléfono con un tal Valance, que podría ser nada más y nada menos que el Liberty Valance que soñó John Ford. El jinete, como si fuera aquel programa de Mariano Gistaín en TVE-Aragón, dice “No me esperes a comer”. Y añade: “‘Las manos de Julia’. Una novela que nos llevará hasta la Guerra Civil, pero que no es una novela sobre la Guerra Civil, sino sobre la memoria, el olvido, el amor, la bondad, la maldad y el odio”

Aquí está el enlace:

http://www.youtube.com/watch?v=IFepH4MOr90&feature=relmfu

 

*La foto es de Jacek Gasiorowski.

FÉLIX Y LABORDETA, POR LUIS ALEGRE

FÉLIX Y LABORDETA, POR LUIS ALEGRE

 

Luis Alegre publica hoy en la contraportada del suplemento de Domingo de Heraldo este artículo de homenaje a dos de sus grandes amigos. Félix Romeo y José Antonio Labordeta.

 

 

José Antonio Labordeta y Félix Romeo eran dos seres imprescindibles en mi vida pero la muerte me ha obligado a prescindir de ellos

 

Cómo les echamos de menos

 

Por Luis ALEGRE.

[Heraldo de Aragón. 30.09.2012]

 

La segunda mitad de septiembre y la primera de octubre serán ya para siempre días extraños. El 19 de septiembre de 2010 murió José Antonio Labordeta y el 7 de octubre de 2011 murió el escritor Félix Romeo. No me gusta nada conjugar el verbo morir. Siempre ando con rodeos. Pero también hay que perder el miedo a eso.

 

José Antonio y Félix eran dos seres imprescindibles en mi vida pero la muerte me ha obligado a prescindir de ellos. En los últimos años, sobre todo desde la muerte de mi padre, se han acumulado demasiados seres imprescindibles que se han marchado. Eso, perder a los seres más queridos, es lo más duro de esta vida, el pánico número uno. Nunca se acaba de estar preparado para algo así, por mucho que te prepares.

 

La muerte no solo forma parte de la vida sino que es lo que le da sentido. Somos capaces de valorar la vida porque sabemos que acaba. Sin la muerte, la vida sería tan insoportable como una película sin fin. Pero ser consciente de esa obviedad no logra evitar que maldiga la vida cada vez que muere alguien a quien quise mucho, salvo que la vida se hubiera convertido para ellos en una tortura. En ese caso, la maldigo antes. Siempre te parece pronto para que se vayan los seres queridos, por muy tarde que lo hagan. Pero si, como sucedió con Félix, la muerte ataca de modo tan prematuro, tan inesperado, tan absurdo, entonces el dolor es de otra clase, de la peor clase posible.

 

Cuando pierdes a alguien fundamental, no solo te parece mentira, lo extrañas todo el tiempo y sueñas a menudo con él. También sientes que tu vida se devalúa y que tú eres otro. A mí Félix y José Antonio me mejoraban mucho, cada uno por su lado, y, también, como la pareja formidable que formaban. La melancolía tiene varias caras: evocas lo que viviste con ellos pero, sobre todo, lamentas lo que ya no podrá ser a su lado. Forman parte de ti para siempre pero nunca te volverás a reír con ellos.

 

Félix y José Antonio eran dos fueras de serie que habían sido muy generosos con la gente. Hay muchos que lo saben muy bien y que procuran que, al menos, no se vayan de la memoria de la gente. José Antonio ha recibido multitud de homenajes desde que, hace unos cinco años, se difundió su enfermedad hasta ahora mismo. La abrupta muerte de Félix desató un aluvión de reconocimientos, que aún no han cesado: el viernes 5 de octubre, dos días antes del primer aniversario, se presenta una selección de sus relatos titulada “Todos los besos del mundo”, una de las expresiones de Félix que mejor le retrataban.

 

Este verano, en Lechago - el pueblo del padre de Félix y el mío-, se inauguró la “Biblioteca Félix Romeo”. Lechago, como la inmensa mayoría de los pueblos aragoneses, nunca había tenido una biblioteca. Un día de mediados de los 90, cuando se decía que un pantano iba a inundar las casas del pueblo, Félix improvisó una idea surrealista, muy suya: crear la “Biblioteca sumergida de Lechago”, formada por los libros que arrojaríamos al fondo del pantano. Al final el agua no llegó a las casas pero, tras la muerte de Félix, se pensó que sería maravilloso que se abriera una biblioteca con su nombre: hay pocas cosas que le peguen más a Félix que una biblioteca. Y así se hizo, en uno de esos días imborrables de la vida de Lechago.

 

El martes 18 de septiembre, en el Teatro Principal de Zaragoza, se festejó la aparición de un disco libro, “M´aganaría”, que recoge los textos y canciones de Labordeta sobre el aragonés. Y el miércoles 19, el día del segundo aniversario, Joaquín Carbonell presentó “Querido Labordeta”, su retrato biográfico de José Antonio. Lo hizo en la sala San Jorge del Palacio de la Aljafería, el lugar por el que desfilaron unos 50.000 aragoneses para despedir al Abuelo, en aquella histórica exhibición de cariño. Joaquín estuvo arropado por Juana de Grandes y Eloy Fernández Clemente, dos seres clave del mundo Labordeta, e invitó a cantar a Eduardo Paz, el otro miembro del trío que Labordeta rebautizó como “Los tres terrores”. Se pueden escribir muchas biografías de José Antonio pero la de Carbonell solo la podía escribir él. Joaquín fue alumno suyo en el Teruel de los 60, compañero de aventuras musicales desde los 70 y cómplice eterno. Para Joaquín, el Abuelo fue siempre alguien a quien mirar. Como ocurría en sus trabajos sobre El Pastor de Andorra y Joaquín Sabina –otros dos espejos de Carbonell-explicar a Labordeta es también una manera de explicarse a sí mismo.

 

Esa semana de septiembre incluyó un rito: la cena anual a la que José Luis Melero, una de las personas más cercanas a José Antonio y a Félix, nos quiere convocar en cada aniversario de la muerte de Labordeta. La cena se celebró en el restaurante Casa Emilio, el escenario de muchas de nuestras grandes veladas con el Abuelo y con Félix. Cada vez que volvemos allí su imagen sobrevuela a cada rato y hacemos toda clase de sobreesfuerzos para que no se nos note nada raro. Soltamos disparates, gritamos y cantamos, como hacíamos con ellos. Pero cómo les echamos de menos.

 

Me obsesiono con no venirme abajo, me he prohibido dejarme vencer por el abatimiento. La tristeza y la melancolía son inevitables pero también son inútiles. La tristeza solo sirve para generar más tristeza. La melancolía tiene a veces cierto encanto pero no nos puede ahogar: si arruina nuestro instinto de alegría la melancolía se convierte en una cosa espantosa.

 

Fernando Fernán-Gómez, muy poco antes de morir, dijo algo que se me quedó grabado a fuego: “De lo que más me arrepiento en esta vida es de no haberle dicho a la gente que quería hasta qué punto la quería”. Esa sensación es la que se apodera de mí cada vez que muere un ser querido: de repente pienso que nunca le dije hasta qué punto le quise. Todos los tributos que les rindo, este artículo incluido, son un pálido intento de aliviar mi mala conciencia.

 

*Las dos caricaturas son de Luis Grañena.

 

 

LUIS ALEGRE: PREGÓN DEL TUBO

[Ayer viernes 28, en Puerta Cinegia, y rodeado de muchos amigos, Luis Alegre fue el pregonero de las fiestas del Tubo, que se acaban de inaugurar. Miguel Ángel Almau ofreció de maestro de ceremonias, y Luis rindió homenaje a mucha gente y a la historia del Tubo. Aquí está su pregón.]

PREGÓN DE LAS FIESTAS DEL TUBO

Por Luis ALEGRE

 

EL TUBO, EL BARRIO DE LA ALEGRÍA.

 

Vecinos de Zaragoza, ciudadanos del Tubo, queridos amigos

 

Cuando hace unas semanas Miguel Ángel Almau, con la complicidad de mi querido Hermógenes Carazo, me ofreció ser el pregonero de las Fiestas del Tubo, no tardé ni un segundo en aceptar una proposición tan estupenda y halagadora.

 

El Tubo es mucho más que un barrio o una zona de Zaragoza. El Tubo es un lugar mítico pegado al paisaje sentimental y lúdico de todos nosotros.

 

En realidad, para mí, el Tubo era ya un sitio legendario mucho antes de conocerlo. Cuando yo era un niño y vivía en Lechago y en Calamocha, allí llegaban a menudo ecos del Tubo. La gente que volvía de Zaragoza contaba historias fantásticas alrededor de unas calles, unos bares y unos locales que desprendían un perfume muy castizo, muy popular y que a mí me sonaban a diversión, a jaleo, a risa, a bullicio, a golferío y a bocadillo de calamares. Hablaban con especial arrobo de Casa Lac, de casa Pascualillo, de Bodegas Almau, del Texas, de una tienda de condones llamada Ortopedia la Francesa o de un local, El Plata, donde se podía ver a mujeres que cantaban y bailaban muy ligeras de ropa. El Tubo disparaba con mucha facilidad la imaginación del niño fantasioso que yo era. Tenía muy claro que yo, el Tubo, no me lo podía perder.

 

Y no me lo perdí. Al llegar de adolescente a Zaragoza, enseguida me sumergí en el Tubo y lo adopté como uno de mis refugios favoritos. El Tubo me deslumbró. Me fascinó su ambiente, su aroma, sus tiendas, sus sex shops, sus bares y restaurantes, sus tapas, sus calles, la inolvidable librería de viejo de Inocencio Ruiz Lasala y, por descontado, el Plata, un local donde pasé algunos de los ratos más surrealistas de aquellos años. Pero, sobre todo, me fascinó su gente, la fantástica arquitectura humana del Tubo. Todo en el Tubo me parecía diferente, especial, excéntrico, excitante y mágico.

 

Me decían entonces que el Tubo había conocido tiempos mejores pero, aunque ya no viviera su edad dorada, a mí El Tubo me enamoró. Me hacía mucha gracia, además, que el Tubo –y, concretamente, el Plata, templo del erotismo- estuviera tan cerca del Pilar y de La Seo, dos templos tan radicalmente diferentes.

 

Es verdad que poco después El Tubo, como buena parte del casco histórico zaragozano, sufrió un periodo de deterioro y de decadencia y que se convirtió en un lugar con poca alma. La gente le dimos la espalda. Pero El Tubo no solo no murió sino que, al cabo de un tiempo, resurgió de forma espectacular y se ha vuelto a consolidar como lo que siempre fue, el colmo de la alegría y de la vida, la metáfora de lo mejor de Zaragoza.

 

El alcance simbólico del Tubo es enorme. Zaragoza se ha distinguido desde siempre por su carácter abierto, acogedor y hospitalario, por su amor por la calle y por la fiesta en la calle, por ser una ciudad donde su gente es muy rocera y encantadora. Pues bien, el Tubo es la antología de todo eso. El escritor Juan Benet escribió que los zaragozanos eran la gente más simpática de España y a mí me huele que eso lo debió pensar después de pasar un día en el Tubo.

 

Pero el Tubo es una metáfora de otras muchas cosas: de la necesidad de reinventarse, de redescubrirse, de mirar hacia delante, de no arrojar la toalla, de no dejarse arrollar por los tiempos, por muy complicados que sean.

 

Vivimos ahora tiempos muy raros, muy endiablados, muy modorros, como dirían Marisol Aznar y Jorge Asín, dos ilustres asiduos del Tubo. Son tiempos donde sobra la tristeza, la precariedad y el pánico al futuro. Estamos necesitados más que nunca de alegrías, tenemos verdadera urgencia de que nos pasen cosas agradables, necesitamos reír, callejear, tocarnos y mirar a los ojos de la gente mientras tomamos una tapa. Aún no nos podemos descargar de Internet un revuelto de ajos tiernos.

 

Porque, también vivimos tiempos donde se están imponiendo formas de relación personal a veces demasiado virtuales, muy poco roceras, en las que resulta imposible eso tan hermoso e insustituible que es el cuerpo a cuerpo.

 

De algún modo, el Tubo supone un desafío a la crisis, a la tristeza, a lo virtual y a la soledad. El Tubo es una celebración de lo mejor de la vida. El Tubo es el barrio del roce y de la alegría.

 

 Hace muy poco vine al Tubo con un amigo que no había estado nunca. Era un viernes hacia las nueve de la noche. Mi amigo, al ver el ambientazo, dijo: “Pero bueno, ¿dónde está la crisis?”. Me pareció algo formidable. Porque, desde luego, la crisis existe y es brutal pero, en el Tubo, por algún instante, puedes tener la ilusión de que la crisis es solo una pesadilla. En esos momentos del Tubo en los que la gente llena los bares, las terrazas y las calles y se forma en el aire ese jaleo de voces y de risas tan difícil de describir pero tan inconfundible, cuando se produce ese ambiente mágico, puedes llegar a pensar que la realidad es mucho más bonita de lo que en realidad es. Y, eso, cómo no, también tiene un gran encanto.

 

El escritor, matemático y filósofo francés Pascal sostenía que la mayoría de los males le vienen a los hombres por no quedarse tranquilos en casa. Pero a nosotros nos encanta contradecir a Pascal y salir de casa y que nos pasen cosas. El Tubo es uno de los lugares donde mayores posibilidades existen de que te pasen cosas que te hagan pensar que la vida merece la pena. Por eso vengo tanto. A veces tengo la impresión de que en este barrio he pasado más horas que en mi cuarto de estar, como si me empeñara en seguir al pie de la letra esa frase genial que le escuché al actor Antonio Gamero: “Como fuera de casa no se está en ningún lao”.

 

Tengo miles de recuerdos asociados al Tubo. He compartido ratos extraordinarios con mucha gente. Pero esta tarde quiero recordar especialmente a dos que desde hace muy poco ya no están con nosotros y a los que extraño mucho: al escritor Félix Romeo, que amó Zaragoza y el Tubo mejor que casi nadie, y a José Antonio Labordeta, que, como el propio Tubo, fue y sigue siendo un espejo en el que mirarnos, que representó lo mejor de nosotros mismos, que fue nuestra quintaesencia.

 

También quiero rendir un tributo a los empresarios, hosteleros, comerciantes y profesionales que han contribuido tan decisivamente a que el Tubo haya vuelto a ser lo que es, uno de los sitios más importantes de nuestra vida. Y, cómo no, quiero brindar por la gente, por todos vosotros, que hacéis que el Tubo sea un lugar donde te da la impresión de que puedes llegar a ser feliz.

 

¡Vivan las fiestas del Tubo¡¡ ¡¡Viva Zaragoza¡¡

'FISURAS' DE PILAR PERIS

 

PILAR PERIS: ‘FISURAS’ EN CÁLAMO EL JUEVES

Este jueves, a las 20 horas, en la librería Cálamo de Paco Goya, la poeta Pilar Peris presenta su nuevo poemario: ‘Fisuras’. Hay fisuras en el alma, en el corazón de la música, en la memoria, en las pequeñas cosas de cada día, fisuras en el amor, en “la escritura líquida” a la que se asoma la autora. Pilar alterna la filosofía con la música, la poesía con una búsqueda nada pretenciosa de la trascendencia.

 

Dice en la solapa la poeta Silvia Castro Méndez (que la acompañará en la presentación con Julio García y con la interpretación musical de Santiago Hernández.]:

 

[En su libro "Poesía y realidad", Roberto Juarroz afirma que "el poeta es un cultivador de grietas", un artífice de fisuras, de espacios donde poder despojar a la realidad de su apariencia inmediata para desentrañar lo más profundo: aquello que reside más allá del simulacro constituido por el simple acontecer de los fenómenos.

En este nuevo poemario de Pilar Peris -atravesado por referencias literarias y plásticas que rinden homenaje a otros creadores y contribuyen a ampliar la dimensión simbólica del texto- la fisura aparece como aquello que permite el brote desde lo interior, la herida a través de la cual se manifiesta el fervor de la sangre, la hendidura que, provocada por el impacto de la vida, deja a la persona expuesta y sin corazas. ] 

 

PILAR PERIS, CASI UNA POÉTICA:

Pilar me explica, por correo electrónico algunas claves, de su libro ‘Fisuras’:

“Te envío dos poemas que resumen  bastante bien la idea que me exige la poesía. Mis textos demoran mucho tiempo en su realización.  Habría multitud  de historias gravitando alrededor de los poemas del Libro ‘Fisuras’. Pero la poesía evidentemente requiere otro proceder que la prosa. Creo que fue el poeta francés R. Char quien dijo que las palabras de un poema que no vienen a perturbar nada, no merecían ni su consideración ni su aprecio. Es un trabajo de cantero, desde la dureza pétrea u oscura del silencio. Un trabajo de criba y escucha. De restauración porque el lenguaje poético hoy está tremendamente gastado. Y rescatar el lirismo sin caer en el narcisismo, el exceso y la sentimentalidad fácil parece una labor abocada al fracaso. En mi caso los poemas actúan como bisagras, brechas, puntos ciegos donde pensamientos y palabras se transgreden mutuamente hasta tocar fondo en el poema. Y como símbolos y ejes poéticos determinantes estarían el aire, el agua, el fuego, y la tierra siendo base y marco fundamental de muchos poemas”.

  

Te paso los poemas BOCCA NUOVA (así se llama uno de los cráteres del volcán Etna) y PRANAYAMA (respiración en sanscrito).

 

PRANAYAMA

  

Soplo. No respiro.

Horado el vacío.

Las páginas sin palabras que  

escribe el libro de cada acontecer.

 

Desde el iglú de mi mudez magiar

golpeo la mampara de tu transparencia,

como mosca cegada por la luz.

 

Soplo. No respiro.

Amalgamo el dolor al vértice luminoso de la risa.

Modelo vidrios y cálices mercuriales pletóricos de nubes,

mares sin senda contra el légamo de la aurora y su tunante rocío.

 

Voy donde la mañana no lleva.

Asida a las raíces que el árbol ignora.

Prendida a la enramada que dibuja sensuales pinceladas,

verdes llamaradas, estertores piramidales

en los confines cenitales de la tarde.

 

Soplo contra los templos sagaces y

sus confusos escuadrones de polillas.

 

Contra las bocas enharinadas y pusilánimes.

 

Contra el goteo de  redes y pértigas que

decapitan al girasol impidiendo su giro.

 

Contra la arena que cubre el cielo de dunas, 

la escalera sin peldaños,

la tez sin gesto, 

los túneles infernales que cada estación

atraviesa Perséfone para nacer.

 

Contra la leprosería del amor.

 

                          Soplo para reparar mi fuga,

desde el hueco neumático de

campanas que tiemblan en mis manos

como algas sinuosas ventilando oxígeno.

 

Ofrezco resistencia al tiempo incoercible,

a la losa marmórea que fragua

aquello que el alma no necesita abastecer.

 

Soplo para irrigar en la mirada

el lagrimal esmerilado de una luz extinta.

Para no sucumbir a la succión, el golpe y la deriva.

 

Las palabras traen aire y aliento.

 

Respíralas conmigo.

 

Que no las coagule el olvido

 

Que el ruido no las mutile.

 

Que ardan con el mismo soplo vital

que alimenta y mueve mis ventrículos.

 

Y desde la pira del silencio,

cimbreantes y firmes,

sus cenizas fermentarán

contra la nada y el miedo a morir.

 

 

 

BOCCA NUOVA

  

En la desnudez flagrante de la astilla.

Ahí. JORGE RIECHMANN

 

 

 Ahí donde va la palabra con su mancha torda.

Ahí donde su emanación golpea y perpetúa sensaciones

que resquebrajan el fuselaje de lo que vemos.

Ahí donde el tiempo preterido salta

como el mandril, de rama en rama,

y el día nos dirime su noche refractaria.

 

Ahí donde lo imprevisto habla.

Oscura incandescencia de confrontaciones.

Conmoción de lo real que asoma

a través del enjambre angular

en el envés del ser y su caída.

 

Bajo el brezo y la pérgola

de aquello que decidimos amar.

Incorporada, híbrida,

absorta a la luz vegetal.

Junto al gusano que teje su hilo

contiguo al mío y habita la

manzana que probablemente morderé.

 

En el bajel que avanza imperturbable

hacia el confín de la isla bockliniana.

 

Ahí donde va la palabra,

umbilical y flamígera,

hija del agua, el aire y el relámpago,

escanciada en escritura mordaz,

huella palmaria que al duelo releva.

Vendetta entre palabra y mundo.

 

Asida al trapecio de las interrogaciones últimas,

junto a la sandalia que el filósofo olvidó

al pie de un inhóspito y activo cráter.

 

Ahí quiero llegar 

para rozar la plenitud de la belleza.

Cuerpo a cuerpo contra la idea intangible y

escurridiza que reclama hacerse real

a base de inspiración, trabajo y sacrificio.

 

 

 

 

*Portada del libro de Pilar Peris; los otros son fotos de Vivian Maier.

 

 

'CARIÑENA', POR PEPE MELERO

Presentación de CARIÑENA,  de Antón Castro

Paraninfo de la Universidad de Zaragoza, 27-9-2012

 

José Luis Melero

 

        Éste es un libro de encargo. Un encargo del Consejo Regulador de la Denominación de Origen Protegida Cariñena. Cualquiera podría pensar, que tratándose de un libro de encargo, de un libro de los que se escriben pro panem lucrando, Antón habría escrito un libro menor. Pues bien, nada más lejos de la realidad. Cariñena es un libro magnífico, apasionante, tal vez uno de los más sentidos, hondos y delicados de todos los que ha escrito. Y eso, si repasamos la enorme bibliografía de Antón, es decir mucho.

        Quien conozca los primeros años de Antón en Zaragoza sabrá que al llegar aquí, con apenas 19 años, vivió en una especie de comuna de objetores de conciencia y pacifistas, muchos de ellos artesanos y vegetarianos, de esos que se pasaban la vida hablando de Gandhi y discutiendo sobre si devolverían o no una agresión. No sé si ese ambiente tirando a místico, tan propio de muchos jóvenes de la época (entre los que yo desde luego no me contaba, primero porque me gustan los riñones al jerez y las madejas, y segundo porque no hay más que verme gritar al árbitro en La Romareda para darse cuenta de que un forofo como yo no podría ser uno de ellos), haría de él el hombre bueno, amable y paciente que hoy es, o si ya vendría así de bueno de Galicia. Lo cierto es que para hacer frente a sus gastos y aportar algo de dinero a esa comunidad de objetores y pacifistas, Antón decidió un día irse a vendimiar a Cariñena y ese iba a ser su primer empleo. Esta es la historia del libro: la historia de la aventura de Antón en la campaña de la vendimia en Cariñena, en octubre de 1978, hace nada más y nada menos que 34 años.

        El libro -y sentiría que esto sonase a retórica- te atrapa de forma fulminante ya desde la primera página. Todos los libros importantes tienen un comienzo importante. Las primeras líneas de un libro, como cualquiera sabe, son las que nos incitan a leerlo y las que hacen que sigamos adelante sin poderlo abandonar. Todos recordamos aquel comienzo maravilloso de El guardián entre el centeno de Salinger o el de La metamorfosis de Kafka, o el de tantos otros. El comienzo de Cariñena es extraordinario: “Llegué a Cariñena por azar, por puro desconcierto y por necesidad. Tenía 19 años y acababa de irme de casa”. ¿Quién no seguiría leyendo para saber por qué el joven protagonista se ha ido de casa, por qué tiene necesidad, por qué está desconcertado y qué va a hacer en un lugar como Cariñena? A partir de esas dos líneas uno ya no puede abandonar la lectura del libro. Y más todavía cuando Antón describe al protagonista como un antihéroe, como uno de esos personajes con los que todos nos identificamos porque sienten, dudan y padecen como nosotros. Dice el protagonista en primera persona, contando el abandono de su casa y su llegada a Zaragoza: “No logro recordar cómo me atreví a hacer todo lo que hice; estaba sobrecogido por el miedo y la incertidumbre, y tenía la sensación de que no sabía hacer nada. Absolutamente nada”. Y un poco más adelante nos dice que, mientras hacía autoestop para llegar hasta Cariñena, el dueño de la gasolinera de Valdespartera  se compadeció de él porque: “yo no parecía un tipo con demasiadas agallas ni con mucho poder de convicción”.

Es decir que Antón ya desde el principio logra que nos identifiquemos con el personaje protagonista, que nos guste, que le tomemos cariño: porque está sobrecogido por el miedo y dominado por la incertidumbre, porque cree que no sabe hacer absolutamente nada, porque no tiene agallas. Es decir, lo mismo que nos pasa a la mayoría de sus lectores cuando nos miramos a solas al espejo. Esas primeras páginas del libro funcionan ya por tanto como una captatio benevolentiae, ese viejo recurso retórico merced al cual el libro consigue ya atraerse la buena disposición del lector. Y siempre, a lo largo de todo el libro, el personaje protagonista, trasunto evidente del propio Antón, seguirá despertando nuestra simpatía y nuestro afecto. Así, cuando se encuentre con otro muchacho que va a vendimiar, el riojano Miguel Setién, que es todo confianza y seguridad en sí mismo, que miente lo que haga falta con tal de que lo contraten, que anda sobrado de autoestima y se pone el mundo por montera, nuestro protagonista se verá definido como el pusilánime con buenos modales frente al descarado, el pazguato frente al impostor, el primaveras frente al autosuficiente.

        Y por si esto fuera poco para que esas primeras páginas te atrapen, en ellas están ya presentes esas frases redondas, lapidarias, marcas de la casa, tan propias de Antón, que a mí me gustan mucho (“Alguien que lleva una camisa tan blanca parece de fiar”) y desde luego el humor, ese humor especialísimo de Antón, que a veces parece imperceptible pero que tanto nos divierte a quienes conectamos con él. Dice: “No era la primera vez que oía aquel nombre: Cariñena. Cariñena. Tierra de vinos: fuertes, de grado, ideales para el jamón, las carnes, los olorosos y densos quesos”. Y añade. “Nada que a mí me gustase”. Uno ya comienza a sonreír, pues no deja de ser gracioso que al protagonista-autor de un libro sobre Cariñena no le guste nada de lo que se come al beber un vino de Cariñena. Y luego está lo del farcino. Cuenta el protagonista que le dijeron que para ir a Cariñena a vendimiar tenía que comprarse un farcino, esa navaja parecida a una pequeña daga o alfanje que se utilizaba para cortar los racimos. Lo buscó por el Mercado Central, por ferreterías…, y dice “y aunque parezca extraño encontré uno en un quiosco de la calle Bretón”. Estas humoradas, estas cosas increíbles más próximas a la fantasía que a la realidad que solo le pasan a Antón, encontrar un farcino en un quiosco de prensa y chucherías de la calle Bretón, donde cualquiera sabe que todo el mundo va a comprar los dichosos farcinos, a mí me divierten mucho. Y hacen que el libro comience ya con una sonrisa en los labios. O directamente, como es mi caso, con una carcajada.

        El libro pasa a relatar a continuación las andanzas del protagonista para encontrar trabajo en la vendimia. El friso de personajes con el que nos encontramos y la caracterización de los mismos son extraordinarios: Lalo, el muchacho que le acompaña a las casas de los bodegueros para ver si le dan trabajo sin éxito, porque como le dice una señora en una de esas casas: “con esas pintas de señorito tristón nadie le contratará”. Y es que nuestro joven vendimiador no engañaba a nadie: esos días leía Sombra del paraíso de Vicente Aleixandre, que como a cualquiera alcanza es la lectura apropiada para ir a vendimiar a Cariñena; Eusebio (“un tipo entre inocentón y lenguaraz”, que había trabajado en un circo ambulante y había tenido “amores estorbados” con una funámbula que montaba en bicicleta, sin red, sobre una cuerda), hermano de un rico bodeguero, que les busca un sitio para dormir en una cueva y les invita a cenar; el ya citado Miguel Setién, pícaro y estratega, que formará con nuestro protagonista una colla de dos; el anciano que leía Interviu pero no el Lib, porque él no era un degenerado; o las dos chicas que se les juntan, Mar y Cris (no de Cristina sino de Crisálida), que también andan por la vendimia y que dormirán castamente con nuestro protagonista y con Miguel en la cueva, para acabar desapareciendo de sus vidas para siempre.

        Por fin nuestro protagonista encontrará trabajo en Alfamén y se convertirá en vendimiador, pero lo que allí ocurra ya no debo desvelarlo porque ustedes lo descubrirán leyendo el libro. Solo diré que allí aparecerán algunos de los personajes más enternecedores del libro a pesar de que solo los conoceremos al final del mismo: Pepe Mainar, hombre del campo y hombre de letras, y Palmira, su mujer, que le preparará a Antón tortillas de atún y de patatas. Todos los personajes del libro son buena gente y eso ayuda a que éste se lea siempre con una sensación placentera.

        Son muy hermosos y conmovedores los recuerdos a su padre, ese hombre que se bebía todos los días una botella entera de vino en las comidas pero que nunca se emborrachaba, con el que veía los combates de boxeo de Joe Frazier y Cassius Clay, de Perico Fernández o José Legrá, y que le insistía para que se dedicase a la electrónica o montase una frutería para repartir la fruta a domicilio con una furgoneta. Y hay algunas cosas que quiero pasar por alto y hacer como que no las he leído, como cuando nos recuerda que iba a buscar leña al monte y que desde allí contemplaba “un furioso mar de delfines” (al menos esta vez solo los contemplaba y no se bañaba con ellos como en otros libros), que hubo un portero uruguayo en el Granada que se llamaba Ladislao Mazurquiewicz (la erudición futbolística de Antón es una de las cosas que más me encorajina, pues siempre me desvela lo que yo ya tenía olvidado o simplemente no supe nunca), o que su madre siempre le metía un diente de ajo en el bolsillo del pantalón como amuleto infalible contra los malos espíritus. De ser esto cierto, que nunca se sabe tratándose de Antón, todavía me pregunto cómo alguien culturalmente tan distante ha podido integrarse tan bien en esta tierra tan diferente, en la que ya no es que no se crea en los malos espíritus, es que no se cree en nada.

        El libro es un canto a la inocencia y a los sueños de la juventud, al amor y a la amistad, a la búsqueda de ese lugar en el mundo que cada uno debe encontrar y ocupar. Es una vez más -y van tantas- un libro lleno de amor por este territorio (yo digo muchas veces que parece que Antón viniera de Galicia solo para enseñarnos a amar a Aragón a los aragoneses), y es un libro muy generacional, que describe muy bien una época concreta: la época de la transición, en la que todos teníamos un loco afán por saber y aprender. Y así se citan periódicos (Andalán, Aragón Exprés, El Día de Aragón), revistas (Lib, Interviú, Ozono, Integral), cantantes (Silvio Rodríguez, Labordeta, Carbonell, Paco Ibáñez, Joan Báez, María del Mar Bonet, Lluís Llach, Serrat, Cecilia, Hilario Camacho, Bob Dylan) actrices (Pilar Velázquez, Nadiuska, Irán Eory, Dominique Sanda), cineastas (Liliana Cavani, Visconti, Pasolini), poetas a los que entonces leíamos (v.g. Hölderlin, Aleixandre, Miguel Hernández, Cernuda o Celso Emilio Ferreiro y su Longa noite de pedra), lugares a los que íbamos (el Café Windsor), políticos del momento (Adolfo Suárez, Carrillo, La Pasionaria, Simón Sánchez Montero), pensadores y catedráticos de la época (Julio Caro Baroja, Tuñón de Lara, Pierre Vilar, Antonio Ubieto, José María Lacarra), todo un sinfín de referencias culturales e intelectuales que serán familiares para quienes vivimos aquellos años y que despertarán el interés por conocerlas a quienes no lo hicieron.

Termino ya. En los pueblos que integran la denominación de origen Cariñena han nacido grandes tipos: en Encinacorba el botánico Mariano Lagasca; en Paniza nada más y nada menos que Ildefonso Manuel Gil, María Moliner y Julio Palacios; en Cariñena el hacendista José Larraz, que llegó a ministro de Franco, y en Alfamén el cura Pérez, que acabó de comandante en jefe de la guerrilla colombiana; y en Aguarón mis abuelos paternos y todos sus ascendientes, razón sin duda por la que yo debía presentar este libro, el violinista Simón Tapia Colmán, uno de los más grandes músicos aragoneses de todos los tiempos, y el pintor Luis Marín Bosqued, los dos exiliados en Méjico tras la guerra, y desde luego el gran e irrepetible Mariano Sebastián, alias “Pichorretas”, aquel confitero de Aguarón que tuvo el valor de poner en el frontispicio de su único libro de cantas o colección de cantares, a principios del siglo XX, que era el “autor de lo peor que se había publicado hasta el día” y que llegó a publicar afamadas coplas sin rima como éstas que todos conocían en el campo de Cariñena: “Si por cada misa que oyes / cosieras medio minuto / no andaría tu marido / con la ropa destrozada” “Te di un beso en el corral / y otro te di en la cocina / y no te quise dar más / porque olías a cebolla”, “Dos cosas en este mundo / me hacen a mí suspirar / el recuerdo de mi amada / y un bastonazo que me dio su padre”, o la inolvidable, que siempre oí en casa de mis abuelos: “En tu casa llora un chico / y tú casada no estás / y ya empieza a decir la gente / que si esto… que si lo otro…”.

Pues bien, y acabamos, Antón Castro, aunque haya nacido en otras tierras, más líricas sin duda, lo cual no es difícil después de escuchar lo que acabamos de escuchar, ha pasado ya con este apasionante, bellísimo y delicado libro a formar parte para siempre del imaginario colectivo del campo de Cariñena, y será ya por los siglos de los siglos parte indisoluble de él (como ya lo es del Maestrazgo, al que también ha dedicado algún otro libro memorable). Yo, emulando, al gran Pichorretas, y siguiendo su estilo (bravío y bizarro, sin duda, pero casi suicida pues me pueden tirar ustedes de todo), me atrevería a dedicarle a Antón una copla de despedida, que es como se terminan en Aragón siempre las rondas y, como a partir de ahora, se van a terminar las presentaciones: “Antón en Garrapinillos / y Melero en Zaragoza / siempre que van a sus casas / suelen entrar por la puerta”. A ver quién supera esto. Muchas gracias. Y perdónenme si pueden.

 

HOY 'CARIÑENA', EN EL PARANINFO

HOY 'CARIÑENA', EN EL PARANINFO

HOY, A LAS 20.00, EN EL PARANINFO CITA CON ‘CARIÑENA’

Ángel Pascual en su blog anuncia así la presentación de mi libro ‘Cariñena’. La foto es de Vicente Almazán. [Hoy jueves 27 de septiembre, a las 20:00h, en la sala María Pilar Sinués del Paraninfo de la Universidad de Zaragoza (Pza. Basilio Paraíso, 4), se presentará ‘Cariñena’, la nueva novela de Antón Castro, que edita el Consejo Regulador de la Denominación de Origen de Cariñena. José Luis Melero hará de presentador. Tras el acto habrá una degustación de vinos de Cariñena en el Café del Sur, en el Paseo Sagasta.

Se trata de un libro de 120 páginas, dividido en 21 capítulos, que narra la historia de un joven de 19 años que pasará diez días en Cariñena, en octubre de 1978. Al final, el joven, con su amigo Miguel Setién, logra trabajar seis días hasta que descubre la existencia del cierzo.

El libro cuenta, con agilidad y transparencia, la aventura de un joven que busca trabaja en la vendimia. ‘Es un libro sobre el primer empleo, sobre la amistad, el amor y la fascinación por ese mar de viñedos que era y es Cariñena. Es también un libro sobre la espera y la esperanza, sobre la inocencia y la necesidad de hacerse con un lugar en el mundo’”.

 

http://blog.ociourbanozaragoza.es/2012/09/26/anton-castro-presenta-carinena-en-el-paraninfo-de-la-universidad/]

 

Esta simpática ilustración, tomada en ’Borradores’, es de Amor Pérez Bea.

RETRATO DE JAVIER NAVARRETE

RETRATO DE JAVIER NAVARRETE

Me gustaría decir que soy amigo de Javier Navarrete (Teruel, 1956), pero resultaría excesivo. Lo conocí, en compañía de su hermana Pilar, a principios de los años 90 cuando trabajaba en un disco muy especial sobre el canto de las ballenas. Exhibía un amplio bagaje a sus espaldas: se había formado en la música electrónica y se sentía afín a compositores como Stockhausen, Ligetti o Luciano Berio. Vivía en Barcelona aunque también lo había hecho en Madrid. Años después, coincidiendo con su candidatura al Óscar y al Goya por la música de ‘El laberinto del fauno’ de Guillermo del Toro, que guardaba semejanzas con la banda sonora de ‘El espinazo del diablo’, visité a Navarrete en su casa de las afueras de Barcelona con un equipo del programa ’Borradores’ (Aragón Televisión). Era un estudio refugio: la naturaleza parecía invadir, a través del cristal, su casa y él, tan observador y concentrado, estaba vuelto hacia el silencio sonoro y sus propias sensaciones. Por aquellos días, Javier compaginaba la música con una pasión más secreta: una pintura más o menos abstracta, próxima al mundo de Mondrian o de Malevich. Javier se formó con el músico chileno Gabriel Brnic y colaboró con Alberto Iglesias, pero él trabaja a su ritmo. La suya es una música un tanto oscura, difícil en una primera audición, de escasa melodía, pero de golpe se perciben sus matices: el lirismo, la intensidad, la hondura, la inquietud, el cultivo de una atmósfera turbulenta, la tensión cromática. Eso se ve siempre en su obra. Es meticuloso y hondo. Personalísimo. Y eso se ha podido oír en ‘Atolladero’, en ‘Yo puta’ o en ‘El mar’, otra película de Villaronga. Con el éxito, Javier se trasladó a Los Angeles y acaba de ganar el premio Emmy con la banda sonora a la miniserie ‘Hemingway & Gelhorn’. Como hace siempre, Javier fue fiel a sus principios.

*Este artículo apareció ayer en ’Cuentos de domingo’ de Heraldo de Aragón. En las fotos de lastfm, Javier Navarrete con Philips Glass y abajo Clive Owen y Nicole Kidman, Hemingway y Martha Gelhorm.