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Antón Castro

LOS TITIRITEROS DE BINÉFAR / 2

LOS TITIRITEROS DE BINÉFAR / 2

 

TRECE AL SOL de... LOS TITIRITEROS DE BINÉFAR  / 2

Paco Paricio y Pilar Amorós fundaron en 1975 la compañía Los Titiriteros de Binéfar, que recibió el Premio Nacional de Teatro para la Infancia y la Juventud en 2009. Reestrenan, en Abizanda, ‘El Bandido Cucaracha’.

 

“Una moza escandinava se coló en nuestra furgoneta”

“En el verano se regresa a ‘la verdadera patria’”

“El verano es tiempo de escuchar  historias en la noche”

 

 -1. ¿Qué hacen los actores en verano?

-Pilar y Paco. Creo que existen  actores de dos clases: los que trabajan en ciudades en temporadas y suelen tener vacaciones veraniegas, y los que hemos construido el oficio a base de rondar pueblos y adaptarnos a las necesidades del tosco medio. Nosotros somos de estos últimos, así que es tiempo de trabajo duro: “cosechamos”.

-2. ¿Dónde suelen veranear?

-Pilar y Paco. No veraneamos. Nos tomamos unos días en septiembre, o en enero tras la temporada navideña. Somos tan viajeros en lo cotidiano que nuestras vacaciones son “en casa”, pero en la casa de Abizanda, cerca de la naturaleza.

 

-3. ¿Son de playa, de montaña, de ciudad o de pueblo?

-Pilar y Paco. Somos de montaña y “de pueblo”. Nos gusta tanto ser de pueblo y nos reconocemos tanto en la expresión que cuando fundamos la compañía pusimos el nombre del pueblo como apellido.

 

-4. ¿Qué significa ser de pueblo?

-Pilar. Ir al  pueblo es siempre, aunque no sea el tuyo o el de tus padres, un viaje a la raíz, a lo que fuimos o mejor a lo que pudimos ser, a esa parte de nosotros que necesita el contacto cercano y humano.

 

-5. ¿Cuál ha sido el viaje de verano de su vida?

-Paco. Todos los veranos dejan huella, una impronta indeleble, yo no sería titiritero si además de haber conocido al titiritero  Gerardo, el viejo “Bululú” de San Esteban de Litera, no hubiera hecho campamentos y colonias veraniegas de adolescente. Recuerdo también el primer verano de ronda titiritera con el carromato de ‘El Bandido Cucaracha’  y la Orquestina del Fabirol al completo por las carreteras secundarias  de Aragón.

-Pilar. Fue en Taiwán, en la ciudad de Tainan. Estábamos de  gira por la isla, tras la función en el teatro preguntamos por un titiritero y, además de saludarlo, le dimos un regalo. Él para correspondernos nos invitó a su casa, sacó las marionetas que ya casi no usaba y las movió para nosotros; toda su familia era feliz, él y nosotros también. No utilizábamos el mismo idioma pero hablábamos el lenguaje de los muñecos. Fue una velada  inolvidable.

 

-6. El verano está asociado a la infancia y a la adolescencia. ¿Cómo ha sido esa época?

-Pilar. Sí, es así,  es un cambio, una mutación, una oportunidad que nos da la vida de verla cada año desde otra perspectiva.

-Paco. Hay veranos “transformadores” porque decides sentirte arrastrado por ellos, seguir la propuesta que te hacen... Son los veranos que te cambian la vida. Y hay veranos “de paréntesis” que te refuerzan en lo cotidiano porque sabes que lo que has vivido sale fuera, es de otro mundo, no acaba de pertenecerte. El problema es saber diferenciarlos…

 

-7. ¿Cuál es su mejor recuerdo de entonces?

-Paco. Es más una sensación... cerca del agua haciendo algo que me gustaba, mi abuelo Joaquín, próximo y trabajando en el campo y narrando algo…

-Pilar. Mis recuerdos son dos: trasnochar en la puerta de casa con los vecinos, y jugar en el río con mis hijas Marta y Eva cuando eran pequeñas.

 

-8. ¿Qué tipo de lecturas (u otras actividades) hacen en estos días?

-Paco. Estoy leyendo un libro de Joaquín Díaz sobre la tradición heterodoxa, ‘La Tradición Plural’, lo encontré en una librería de viejo.

-Pilar. Entre función y función, en la era de La Casa de los Títeres de Abizanda, leo este verano ‘Todos los cuentos’ (Mondadori) de García Márquez  y poemas del caspolino Eduardo Trelles.

-9. ¿Qué libro, qué cuadro, qué museo, qué película están asociados a un verano inolvidable?

-Pilar y Paco. No, no  tenemos  ningún elemento cultural asociado al verano, si sensaciones como “olor a tierra mojada tras la tormenta” y una vivencia  especial,  de noche, saliendo del pueblo en el que hemos dado la función. A lo lejos se oye la música de la orquesta que toca en la plaza, algún petardo, el ulular del mochuelo. Regresamos a casa tras haber sembrado la comedia.

-10. ¿Cuál ha sido el gran personaje de sus veranos?

-Pilar y Paco. Había en la primera época titiritera una orquesta navarra, se llamaba Faber, trabajaba por los pueblos del Pirineo y los Monegros, cenábamos con sus miembros en la fonda  del lugar. Nosotros habíamos hecho la función de títeres y regresábamos a casa, pero a ellos les quedaba la “sesión de noche”. Les dábamos ánimo y nos sonreían.

 

-11. ¿En qué han cambiado los veranos?

Pilar y Paco.- Tal vez la gente sigue viendo menos la tele en verano y saliendo más a callejear. No han cambiado tanto… bueno sí, ¿por qué ahora casi no se ven luciérnagas?

-12. Si tuvieran que resumir el estío en un tuit de 140 caracteres, ¿qué dirían?

-Pilar. El verano es esa parte de la vida en la que regresamos a “la verdadera patria”, esa época en la que no miramos pasar la vida, simplemente  la vivimos.

-Paco. Es esa temporada en la que no contamos sino que regalamos. Es tiempo de escuchar  historias en la noche, cuando las luciérnagas vuelan.

-13. ¿Cuál es la mejor, la más extraña o sorprendente anécdota veraniega vinculada a su profesión?

-Pilar y Paco. Pamplona, fiestas de San Fermín en  una actuación  tras el encierro: una moza escandinava se cuela en nuestra furgoneta, la sacamos, pero regresa y  permanece en ella durante la función, quiere quedarse, logramos que desista. Unos días después y en un pueblo de Teruel, aparece una muchacha  húngara que ha hecho un largo viaje, quiere ser titiritera y viajar con nosotros porque nos había visto en un festival internacional. Esta vez permitimos que se quedara.  El siguiente  bolo es una  actuación  al aire libre, nos cae encima una tromba de agua. Como locos recogemos los  decorados, los  títeres, focos e instrumentos en la furgoneta, a toda prisa; sigue lloviendo a cantaros,  aún disfrazados, salimos del pueblo. Llevamos ya unos kilómetros de viaje tratando de llegar a la nave de Binéfar para hacer el inventario del desastre. Oímos ruidos en la parte trasera de la furgoneta dónde va la carga, y una voz que dice con acento extranjero: “por aquí todo bien” “¡La húngara!”, gritamos al unísono al tiempo que estallamos en risas. Eva Vas, que así se llama, se quedó con nosotros todo el verano, conoció muchos pueblos de Aragón y ahora es titiritera en Budapest.

 

 

 

JOSIAN PASTOR: NUEVOS SONETOS

JOSIAN PASTOR: NUEVOS SONETOS

Josian Pastor, cineasta, fotógrafo y poeta, publica un nuevo libro y me envía la contraportada y tres sonetos:

[“Aquí me hallo, de nuevo, con mi obra ‘Ciento un sonetos de una vida pasajera’. Sonetos al modo elizabethiano que intentan acabar con un aforismo final. Aforismos similares a los 300 que Baltasar Gracián, en su libro titulado ‘Oráculo manual y arte de prudencia’ nos regalara allá en 1647, un ejemplo literario por el que parece no pasar el tiempo...     

            Y en parte mi obra final: ‘Los sonetos aforisíacos (301 sonetos)’  de la que forman parte este ‘Ciento un sonetos de una vida pasajera’ y mi anterior ‘Cien sonetos para cien noches de insomnio’ quiere llegar un peldaño más allá...

            De ahí surgen mis 301 sonetos que todavía no he llegado a concluir. Éste es mi pequeño homenaje a este gran autor crítico y barroco.

            También recordar los 500 años del nacimiento de Miguel Servet. Otro aragonés universal sepultado por el olvido y dado en muerte en la hoguera por el odio enfermizo de Juan Calvino en Ginebra (Suiza) debido a sus ideas progresistas.

            Y por último celebrar los 200 años del nacimiento del insigne, inconmensurable e inabarcable Charles Dickens (a quien le dedico un soneto en este libro). Espero puedan disfrutar de mi cortejo al lenguaje, de toda su musicalidad y de todas sus estampidas...”] JOSIAN PASTOR

  

 

CHARLES DICKENS

 

 

Solemne cadalso en llamas y anclado

a una infancia truncada y sin amigos;

mentor de las sombras, rezo asolado

de amargo betún, que a tantos da brillo...

 

¿Qué fue de ese viejo amor olvidado?

¿Y qué del deseo que en nos germina?

Sin más despertó el duermevela y llanto

de ésta mi ínfima y necia vida...

 

Qué aciagas mis esperanzas se hundieron

cual eco desamparado y mundano

cuando tus brillos hercúleos se abrieron

a mi alma que agriada moría en vano...

 

Goteras heladas, calles infectas,

turbios pasados, mansiones siniestras...

 

 

EL GRITO DE EDVARD MUNCH

 

 

Acrecentando su ensueño ominoso

mientras se ahoga en un mar sin confines,

vacío y varado se yergue amorfo

tentando a las Hénides que persigue...

 

Pintando arabescos y espectros lilas

bajo el auspicio del miedo y sus bardas,

la nada se aferra a esta triste vida

mientras la angustia congela su alma.

 

Siendo tu nihilismo frente al caos

un tremor de impotencia desquiciante,

¿cómo un grillo en la nieve agazapado

pernocta en tu mente hasta hacer que estalle?...

 

Me aterra tu ánima, tan enferma...

¡Persigue inconsciente al que al mal se aferra!

 

 

 

 

LA SINTAXIS DE LA NADA

 

 

No concibo el espacio entre las almas,

ni la oscura materia en detrimento...

¡Quizás un mal sueño agite mi almohada,

refugio de instintos tan macilentos!...

 

¿Por qué el nacimiento de muerte es acto?

¿La luz es amiga o nos ciega en parte?

¿Por qué nuestro espíritu es luz de llantos?

La vida es tan corta e insignificante...

 

¿De dónde la existencia emana a ríos?,

¿cómo despierta?, ¿se esconde o dormita?...

Creemos dominar nuestro destino

y es el destino quien nos domina...

 

¿Será éste el designio que al hombre asola?...

¡Que espere a morir junto al Dios que inmola!

 

*El retrato de Josian Pastor es de Miguel Lizana. Abajo, Charles Dickens, ’El grito’ de Edvard Munch y una obra de Otto Dix.

'EL DESIERTO' DE CARLOS MANZANO

[Ayer, tras pasar por Heraldo de Aragón, me crucé con Carlos Manzano, escritor y agitador cultural desde la red. Le pedí un cuento para el blog y aquí están: es algo largo pero merece la pena. Carlos me lo envía con esta nota: “Tal como hablamos ayer, te envío uno de los relatos que forman parte del libro ‘Cicatrices’, que acaba de ser reeditado en formato EPUB por la plataforma digital de venta Literatúrame (www.literaturame.net), en su apartado Literatúrate, creado para autopublicaciones y ediciones de autor. Este libro estaba hasta ahora colgado en Bubok, en formato PDF y en papel. Como dice la sinopsis del libro, ‘Cicatrices es un libro de relatos que recoge algunos de los cuentos escritos por el autor hasta el año 2008. Son relatos que fue escribiendo y publicando de manera dispersa en diversos medios, aunque también hay algunos completamente inéditos’. En libro se puede descargar por 2,95 € a través de la mencionada plataforma o directamente en la siguiente dirección: https://literaturame.net/libro/cicatrices”. Todas las fotos son de Bernard Plossu.]

 

 

EL DESIERTO

 

© Carlos Manzano

 

 

Aquella mañana descubrí asombrada un buen número de granos de arena extendidos sobre la mesa del salón y la alfombra turca. ¿Cómo era posible? Las ventanas estaban herméticamente cerradas, yo misma me había asegurado la noche anterior de no dejar ni un solo resquicio abierto, como por otra parte hacía siem­pre. No obstante, volví a comprobar de nuevo todos los cierres: estaba perfecto.

Entonces pensé que quizá la arena la hubiera traído An­drés. Le tengo dicho que antes de entrar en casa se sa­cuda bien y que compruebe que no lleva ni un solo grano encima. No hay cosa que me irrite más que encontrar ese pequeño polvo dorado bri­llando insolente en algún rincón de la casa; me desquicia, no puedo soportarlo. Y eso él lo sabe muy bien.

Me entraron unos irreprimibles deseos de despertarlo para que viera las consecuencias de su desidia, pero después pensé que era una crueldad innecesaria; estoy segura de que, en caso de haber sido él —lo cual aún estaba por de­mostrar—, no lo habría hecho queriendo. Así, pues, me con­tuve, pero no limpie la arena: era justo que Andrés también la viera cuando se levantase.

El sol empezaba a pegar con fuerza, así que corrí las corti­nas y eché los portillos. Todavía faltaban algunas horas para que estuviera permitido poner el aire acondicionado, y era importante que el calor no entrase demasiado pronto en casa; luego, si no, resultaba muy complicado hacer descen­der la temperatura.

Aquella primavera tan calurosa auguraba un tórrido ve­rano, aunque en realidad las estaciones apenas se diferen­ciaban ya unas de otras. Llevábamos así no recuerdo los años, su­friendo con es­toicismo aquellas temperaturas cada vez más elevadas y tratando inútilmente de reducir los es­tragos del ca­lor con los pocos medios que se nos permitía utilizar: la oscu­ridad y cuatro horas diarias de aire acondicio­nado.

Por si fuera poco, afuera la arena avanzaba implaca­ble día tras día, llegando hasta nuestras propias calles. Los trabaja­dores de la limpieza no daban abasto: aunque se pa­saban la noche entera recogiendo en sacos enormes el polvo que durante el día se había ido acumulando inexorablemente en aceras, es­quinas y pa­tios —una arena insolente capaz de superar los diques que el gobierno había levantado alrededor de la ciudad—, se tra­taba de un trabajo inútil, porque el polvo siempre encontraba resquicios por donde penetrar y era lle­vado por el viento hasta los rincones más inacce­sibles.

A las diez de la mañana las tuberías ya se habían ca­lentado lo suficiente para permitirme tomar una ducha tem­plada. Era éste uno de los pocos placeres que podía rega­larme en estos tiempos: sentir la piel húmeda, el agrado de las gotas livianamente frescas sobre el torso… Por muy sim­ple que pa­rezca, era el único alivio contra el sopor y la pe­reza que se po­día encontrar entre tanto calor desasosegante.

Pero era un placer demasiado breve. Las restricciones a las que diariamente estábamos sometidos limitaban el con­sumo de agua a unos cuantos litros al día, aunque se tratase de agua de mar, como la que llegaba hasta los baños de las ciuda­des. El dis­frute de cada ducha, en consecuencia, no podía alar­garse más allá de los dos minutos. Así que cerré el grifo ense­guida para no tener pro­blemas más tarde, y des­nuda, sin se­carme siquiera, salí al salón para dejar que el calor evaporase las gotas que impregnaban mi cuerpo.

A partir de esa hora, el silencio más absoluto se adue­ñaba de la ciudad. La gente se recluía en sus casas. Aquellas horas eran las mejores para dormir: la actividad en la ciudad se detenía —era difícil realizar esfuerzos físicos a aquellas tempe­raturas; los traba­jos hacía tiempo que habían pasado a de­sarrollarse en horario noc­turno—, el sopor se adueñaba de los cuerpos y la oscuridad en que necesariamente se sumían los hogares mitigaba la intensi­dad de luz del sol. Apenas unos pocos irresponsables se atrevían a salir a la calle asu­miendo el riesgo de caer fulminados por el irresistible ca­lor del mediodía. Ayer, sin ir más lejos, las autorida­des habían re­cogido dieciséis cuerpos inertes víctimas de desva­neci­mientos y deshidratacio­nes. No me explico cómo todavía hay individuos que sabiendo del peligro que entraña exponerse a temperaturas supe­riores a los cincuenta grados se arriesgan a sufrir colapsos por el solo placer de ver la ciudad a la luz del día.

Andrés solía levantarse a primera hora de la tarde. Yo, ven­cida por el insomnio e incapaz de dormir más allá de un par horas seguidas, esperaba a que se despertara para desayu­nar con él.

¡Cuánto habían cambiado las cosas en tan poco tiempo! Yo todavía recordaba aquellos desayunos matutinos a los que me en­tregaba de niña, dominada aún por el sueño y la pereza, como uno más de los quehaceres diarios a los que de­bía enfrentarme cada madrugada. Después venía el colegio, las clases aburridas, los pro­fesores casi siempre malhumorados (en aquella época, presagio de los cambios que se iban a suce­der, todo el mundo parecía mal­humorado) y más tarde, ya a última hora, los atardece­res aún agra­da­bles en el parque donde, casi agonizantes, todavía se mante­nían en pie algunos viejos árboles con sus ramas cada vez más secas y ajadas.

No tendría yo más de cuatro o cinco años, pero algu­nas imágenes permanecen en mi cerebro como huellas im­bo­rrables aunque carentes de dimensiones físicas, converti­dos en momen­tos más o menos borrosos, faltos de emoción y sen­tido. Parece como si el calor hubiera ablandado mis re­cuerdos al mismo tiempo que mi interés por el mundo. Por­que pocas cosas hay que se deseen de verdad con cincuenta y pico grados a la sombra.

Andrés se despertó más o menos a la hora de cos­tum­bre. Yo enseguida sentí el ruido de la puerta del dormito­rio al abrirse y el sonido de sus pasos en dirección al cuarto de baño; después vino el rumor de la ducha, el agua gol­peando en su cuerpo y alterando el sonido monótono de las gotas al caer sobre el plato.

Yo estaba todavía desnuda sobre el sofá, entretenida en leer una vieja novela de Truman Capote que había en­con­trado olvidada hace tiempo en casa de mis padres. En realidad, casi nunca nos vestíamos, resultaba más cómodo permanecer sin ropa; nos hacía sentirnos más frescos y además había que comba­tir el calor por todos los medios. Solo cuando enchufá­bamos el aire acondicionado me cubría con una vieja bata de seda que An­drés me regaló al primer año de salir juntos.

Cuando terminó de ducharse, me levanté y fui a la co­cina para preparar el desayuno. Las recomendaciones de los médicos eran claras: conviene alimentarse bien a pesar de la falta de ape­tito. Eso, Andrés lo llevaba sin problemas, tenía buenas tragade­ras. A mí, sin embargo, comer me costaba un gran esfuerzo, so­bre todo aquellos productos liofilizados que sustituían cada vez en mayor número a los naturales.

Pero anoche había comprado fruta fresca en el mer­cado. Por desgracia, era un producto que escaseaba. No era habitual en­contrarla en los puestos diarios de venta, además su precio exce­día con mucho las posibilidades de la mayoría de las familias, pero cuando llegaba, yo era de las primeras en comprarla: ése era toda­vía uno de los pequeños lujos que nos podíamos permitir.

Había acabado yo de colocar el café en la máquina cuando Andrés entró en la cocina ligeramente malhumorado.

—La desaladora cada vez funciona peor: estoy cu­bierto de sal por todos los lados.

Yo me había duchado poco antes que él, y aunque era ver­dad que notaba una cierta tirantez en la piel debido al sali­tre, pensé que estaba exagerando un poco.

—Este año hace más calor incluso que los pasados —ar­güí yo en un intento bastante banal por parecer razona­ble—. Es pro­bable que no dé abasto para todo el mundo. Ahora pongo el aire acondicionado y te sentirás más fresco.

Conecté el aparato e inmediatamente me puse la bata de seda encima. Me agradaba sentir las ráfagas de aire frío so­bre mi cuerpo, pero aquellas diferencias de temperatura tan bruscas me agrietaban la piel y me resecaban el cutis.

Cuando volví a la cocina, Andrés ya había comenzado a desayunar.

—El mes que viene van a restringir aún más el horario del aire —me dijo sin mostrar la menor inflexión en su tono—: no se va a permitir utilizarlo más de dos horas al día.

Aquello sí que me pareció verdaderamente grave: ¡solo dos horas al día de aire acondicionado! A este paso, nos achi­cha­rraría­mos en un par de meses.

—Dos horas es demasiado poco. Las personas mayo­res y los niños no lo van a poder soportar —protesté.

Andrés, mientras mordía una de las manzanas sin pe­larla antes, me miró con un gesto indiferente, casi gélido.

—Hay que volver a reducir la producción de energía. Este año hemos sobrepasado los límites en más de un cua­renta por ciento. Además, hay gente que abusa del aire y lo pone cuando no es estrictamente necesario.

Yo no dije nada. Me serví una taza de café frío y tomé un par de peras del frutero. Estaba realmente cansada, aun­que no había realizado en todo el día ninguna tarea que jus­tificase aquella fatiga. En realidad, mi cansancio no nacía de actividad alguna, sino del entorno opresivo y banal que me rodeaba: estaba harta de vivir de aquella manera, abando­nada, vacía, sin esperanzas de cambio alguno.

Hacía tiempo que llevaba madurándolo en la cabeza; y aunque sabía que a Andrés no iba a gustarle en absoluto, mi deses­peración iba gradualmente en aumento. No podía­mos continuar así para siempre, impávidos, reduciendo nuestra vida a unas cuan­tas horas nocturnas y refugiándonos cada vez más inútilmente en­tre aquellas cuatro paredes hasta convertirlas en una auténtica pri­sión.

—¿Y por qué no nos vamos de aquí? —solté de sope­tón, casi sin venir a cuento—. ¿Por qué no dejamos esta ciu­dad, este calor asfixiante que no nos deja vivir, y nos larga­mos a cualquier otra parte del planeta donde las temperatu­ras to­davía no pasen de cuarenta grados?

Andrés dejó de masticar y me miró como si no hubiera comprendido bien lo que le estaba diciendo.

Yo sabía que él aceptaba de mucho mejor grado que yo esta situación: disfrutaba de su trabajo como limpiador en las bri­gadas nocturnas; dormía bien a pesar del calor as­fixiante; tenía incluso su círculo de amistades, con quienes se reunía algunos fines de semana. Su vida no estaba exenta de pequeñas comodi­dades que le ayudaban a olvidarse de nuestra miseria cotidiana, del voraz cambio climático que los científicos aún se sentían in­capaces de precisar y menos aún contener y que tanto había transformado la existencia en este mundo. Pero, ¿y yo? ¿Acaso había pensado al­guna vez realmente en mí?

—¿Me estás diciendo que querrías dejar todo lo que tene­mos aquí, nuestra casa, el trabajo, nuestra posición, para aventu­rarte por Dios sabe qué extraños países que lo único que pueden ofrecerte es unos pocos grados menos de calor al día? ¿Estás en tu sano juicio?

De momento preferí no contestar. Simplemente me le­vanté, dejé la taza sobre el lavavajillas y tomé un yogur de la ne­vera. Debía mantener unas mínimas formas: era fun­damen­tal con­tener la presión arterial para evitar un acalora­miento excesivo del cuerpo. Los médicos lo aconsejaban continua­mente.

—Ayer dejaste el salón lleno de arena. Échale un vis­tazo si quieres, todavía no lo he limpiado.

Aquel cambio de registro tan brusco lo desconcertó un poco. Pero al momento volvió a morder la manzana que aún tenía en la mano como si nada.

—Eso es imposible, primero porque antes de entrar me limpio bien, y segundo porque anoche no llegué a pasar al salón. Habrás dejado tú alguna ventana mal cerrada, o es­tarán fallando los sistemas herméticos de cierre.

Entonces pensé que daba igual quién hubiera puesto la arena allí mismo; lo importante era el hecho en sí: ¡está­bamos siendo devorados por el desierto! ¡Había llegado hasta nuestra propia casa! Pero él parecía incapaz de darse cuenta de nada. Así que insistí.

—Sabes que todavía hay zonas en el norte donde los in­viernos y los veranos se diferencian algo, donde todavía quedan árboles, donde aún no ha llegado el desierto. Puede que eso no dure mucho, pero al menos de momento no están obligados a pa­sar los días enteros recluidos en sus casas como si estuvieran en una cárcel. Aquí es imposible vivir.

Observé que Andrés hacía esfuerzos por no acalo­rarse. Eso era algo que los dos lográbamos bastante bien, controlar nuestras reacciones viscerales. Pero también es cierto que aquel esfuerzo considerable había conducido nuestra relación por los monótonos lindes de la abulia.

 —Claro que lo sé —me contestó un tanto enfadado, aun­que enseguida recobró la serenidad habitual—, y sé tam­bién que mucha gente se va muy lejos buscando otros cli­mas, conozco in­cluso algunos que han llegado hasta el Bál­tico. Pero ¿sabes lo que pasa una vez están allí? Nada. Eso es lo que les pasa: ¡nada en ab­soluto! No encuentran trabajo ni un lugar donde vivir, se hacinan como puercos a las afue­ras de las ciu­dades, ni siquiera tienen donde protegerse cuando llega el ve­rano. Eso es lo que les su­cede: y muchos acaban muriéndose como perros, deshidratados y se­dientos. ¿Y te atreves a pro­ponerme que cambie esto, nuestra se­guri­dad, el saber que va­mos a comer todos los días, que dispo­ne­mos de agua corriente cada tarde, que no nos falta ni si­quiera para adecentarnos, es decir, me planteas cambiar este mundo pequeño, limitado si quieres, pero eficaz, por nada, por la miseria y la sed? Piensa bien lo que dices, María, piénsalo bien antes de hablar.

Yo me volví a callar. Andrés siempre ha argumentado me­jor que yo; sabe buscar muy bien el punto débil del ad­versa­rio y reforzar después la base de su razonamiento. Es­taba claro que mi alternativa no era nada segura, que entra­ñaba conside­rables riesgos; pero yo sabía de gente que había conseguido prosperar. Una de mis compañeras de colegio, Asunción Ro­bledo, había marchado a Siberia hacía más de dos años y, por lo que sabía, le iba bastante bien. Puede que huir fuera un mo­vimiento arries­gado, eso era cierto, pero si las cosas seguían como hasta ahora, también era muy posi­ble que la vida acabara por extinguirse completamente en no muchos años, y enton­ces sí que todo daría igual.

—Para ti todo es más fácil —le dije extremadamente cal­mada—, pero piensa un poco en mí. Desde que obligaron a las parejas a escoger un solo empleo, yo tuve que dejar el mío.

—Lo decidimos de mutuo acuerdo —me interrumpió An­drés completamente serio.

—Sí, ya sé que lo decidimos entre los dos —conti­nué—. El tuyo era mejor, cobrabas más y además era más seguro; pero yo, de momento, me quedé sin nada. Y sin nada sigo. Sin poder salir de casa durante doce horas seguidas, es­con­dida de todo y de todos, perdiendo cada segundo de mi vida sin nada interesante con que distraerme.

—Tienes el panavisor —interrumpió de nuevo, aun­que en esta ocasión no me miró a la cara—, y miles de progra­mas que ver con solo pulsar un par de teclas.

Estaba claro que no deseaba hablar del asunto, cual­quier argumento le bastaba para contradecirme.

—Sabes a lo que me refiero, Andrés; no puedo pa­sarme la vida leyendo o viendo dramas y comedias como una tonta. Nece­sito respirar, ¿me entiendes? Aquí me asfixio, me ahogo, todo se me reduce a esperar no sé qué, sin ilusiones ni ambiciones. Ni si­quiera nos dejan tener un hijo.

Esto último pareció disgustarle mucho. Era un tema del que habíamos hablado numerosas veces y que aparente­mente de­bíamos tener muy claro ambos. Por eso mi insisten­cia le resultó molesta.

—Estamos en la lista de espera, lo sabes tan bien como yo —se apresuró a contestar—. Sabes de sobras que tener un niño en estas condiciones, sin el adecuado trata­miento sanitario, es conde­narlo sin remedio a la muerte. En la Maternidad no dan abasto para todas las parejas que quieren tener hijos, y por eso nos toca esperar turno. Ade­más, ayer mismo me dijeron que, si todo va bien, en un par de años nos toca. Solo tienes que tener un poco de pacien­cia.

Dos años era bastante menos de lo que esperábamos, pero en aquel instante me pareció una eternidad. ¿Qué sería de nosotros dentro de dos años? ¿Hasta dónde habrían subido las temperaturas para entonces? Yo quería tener mi hijo ahora, quería verlo crecer, sentirlo entre mis manos, amamantarlo con mis pro­pios pechos. Pero todo eso, incluso aunque nos concedieran la licencia ahora mismo, iba a ser imposible. Desde el momento de su nacimiento, los niños quedaban in­gresados en la Maternidad hasta cumplir los tres años. A esa edad las probabilidades de so­brevivir en aquel ambiente abra­sador se consideraban lo sufi­cientemente sóli­das como para confiarlos en exclusiva al cuidado de los pa­dres. Ése era el mundo que nos había tocado vivir. Lamen­tarse era inútil.

—Asunción Robledo, aquella antigua compañera de cole­gio que emigró a Siberia, ¿te acuerdas?, tuvo un hijo el año pa­sado. Sin Maternidad ni cuidados especiales. Y ella misma pudo darle el pecho.

A continuación guardé silencio por unos segundos. Me pa­reció que había encontrado mi argumento más sólido; aquél era un aspecto que Andrés no podía pasar por alto. Eso me hizo sentirme tan segura de mí misma que decidí prose­guir con el mismo razo­namiento.

—¿Hace cuántos años que no ves un atardecer? ¿Real­mente no los echas de menos? ¿No tienes curiosidad por saber de qué color es el asfalto de nuestras calles, las persianas de las casas o las tapicerías de los coches? ¿No te das cuenta de que vivimos bajo un gran decorado, en un mundo artificial donde nada es realmente como parece?

Iban a dar las cinco. A las once de la noche, Andrés engan­charía de nuevo en las tareas de limpieza hasta las seis de la ma­ñana siguiente. Ésa era su vida. Pero hasta que el sol se pu­siera, solo le quedaba aguardar encerrado en casa, leyendo, escu­chando música, viendo el panavisor o distra­yéndose en el orde­nador con algún esquema de simulación o el último juego de rol. Y si se mi­raba fríamente, incluso podía considerarse un privile­giado.

Desde la consigna Un solo empleo por familia, puesta en vigor hará ya cuatro o cinco años, en muchas casas los ingre­sos habían caído hasta niveles casi insostenibles. En nuestro caso, el avance imparable del desierto y la consi­guiente inva­sión de arena convir­tió uno de los empleos más desprestigia­dos, el de barrendero, en una de las ocupaciones mejor consi­deradas y más remuneradas. De eso nos benefi­ciamos Andrés y yo como pocos. La factura energética se llevaba aproxima­damente la mitad de nuestros in­gresos, pero vivíamos bastante cómodamente gracias al aire acondi­cionado y al agua marina que, previamente desalada, lle­gaba diariamente a nuestra casa. Desde luego, mucha gente lo estaba pasando bastante peor que nosotros, de eso no me cabía ninguna duda.

Pero para mí todo eso no era más un espejismo, una gran mentira que solo el miedo nos obligaba a aceptar: el pla­neta es­taba transformándose tan drásticamente que todo era provisional, in­cluyendo, claro está, nuestro actual esta­tus.

Sin embargo, Andrés veía el problema desde otra óp­tica. Para él, lo fundamental era resistir. Desde que comen­zara el fulgu­rante proceso de desertización y el brutal incre­mento de tempera­turas, los científicos se habían enzarzado en espu­rias controversias acerca del origen y las causas de aquel su­ceso. Y cada cual había lanzado su propia teoría. Andrés, quizá porque se adecuaba mejor a su nueva situa­ción, había adop­tado como válida una que asegu­raba que el planeta sería capaz de producir por sí mismo una res­puesta proporcionada al ca­lentamiento global, porque la propia Tie­rra tendía a compen­sar regularmente los extremos atmosfé­ricos inclinándose hacia su contrario como si de un balancín se tratara. En este caso, la acción humana había pre­cipitado y aumentado una de las ten­dencias, pero con toda segu­ridad ello haría reaccionar al pla­neta con mayor celeridad si cabe. Así que solo se trataba de esperar un poco.

Pero a mí aquella enconada insistencia en esperar solo con­seguía desesperarme aún más. Yo intentaba hacerle ver cómo sería un tupido bosque de acacias junto a un lago azul poblado de cis­nes; que tratara de recuperar de su infancia al­gún esporádico mo­mento vivido junto a un río, mientras mo­jaba sus pies en la co­rriente aún fresca y los rayos de sol recu­peraban su cuerpecito de las secuelas del último baño. Él era cinco años mayor que yo, se­guro que había visto prima­veras de árboles espesos y ríos caudalo­sos, puede que in­cluso hubiera tenido la oportunidad de sentir el sol del me­diodía sobre su piel y disfrutado de los colores apasiona­dos de un campo de flores en toda su plenitud.

Pero también sabía que estaba malgastando el tiempo: lo más probable es que Andrés hubiera perdido la memoria. Apenas quedaba en su cerebro rastro alguno de lo que vio y vivió durante su infancia. El desierto había llegado hasta él y lo había invadido por completo. Y fue entonces, en ese preciso momento, viéndolo terminar el desayuno, apurar como po­seído por una sed infinita hasta la última gota de café, cuando comprendí que era un caso perdido. Cuando se levantó para dejar la taza sobre el lavavajillas, observé de repente cuánto había envejecido desde que nos cono­cimos.

Había engordado algunos kilos, aunque donde más se le notaba era en la cintura, y un vello blanco y robusto había surgido insolente en buena parte de su cuerpo. Continuaba desnudo, tal como había salido de la ducha, pero estaba tan acostumbrada a encontrármelo así que su visión ya no me producía sensación al­guna. Sentí como en una revelación que cualquiera que fuese el vínculo que en otro tiempo nos había unido, ahora estaba com­pletamente roto.

De repente, oí un extraño ruido en el salón y salí de inme­diato a ver lo que pasaba. Cuando llegué, quedé parali­zada por completo. Me resultó imposible mover un solo mús­culo. Andrés vino tras de mí y se detuvo a mi lado. En el te­cho se había abierto una pequeña grieta y todos los muebles del salón se hallaban cu­biertos de polvo: el peso de la arena acu­mulada sobre el tejado había conseguido resquebrajar el techo. El desierto había entrado dentro de nuestra propia casa.



 Relato ganador del I Concurso Literario Villa de Benasque para autores aragoneses (2004)

FERNANDO SANMARTÍN: UN CUENTO

FERNANDO SANMARTÍN: UN CUENTO

RESPUESTAS

 

Un cuento de FERNANDO SANMARTÍN

 

Se lo dijo una echadora de cartas: «Te llegará la felicidad muy pronto. Te llegará dentro de 45 días». No daba crédito. Pensó que era una farsa, que la cartomántica utilizaba una frase hecha, que la felicidad no es fácil de predecir. Fue a la echadora de cartas porque un amigo suyo, Billy, también iba. Fue con la inocencia del que no sabe adónde va.

Cuando volvió a casa hizo las cuentas. Cogió un calendario, tachó los días y tuvo la certeza de que la echadora de cartas le había leído el pensamiento. Es la telepatía. Porque sus vacaciones comenzaban, precisamente, en esa fecha. Y en vacaciones lo normal es ser feliz, cada cual de forma diferente, y por eso algunos se desvisten por las calles, beben cerveza como si hicieran barranquismo o buscan el sexo igual que un buscador de oro.

«Te llegará la felicidad muy pronto, en 45 días». Se le quedaron dentro esas palabras. Y pensó que, de ser ciertas, debería esperar la felicidad en un lugar apropiado. Ir, por ejemplo, al casino de Montecarlo o, más cerca, a uno de esos salones donde los adictos al juego meten sus monedas en las máquinas tragaperras como el que lanza piedras a un estanque. O ir a un monasterio para encontrar a Dios, para preguntarle por cosas sencillas cuando lo sencillo es lo más complejo. O propiciar una cita con la mujer a la que ama en secreto, una mujer que trabaja en una perfumería, una mujer a la que mira como se mira el horizonte.

Billy, su amigo, un motero del barrio de la Almozara, es quien lo llevó a la echadora de cartas. Billy se toma en serio lo de adivinar el futuro, lo de la astrología, las grabaciones espectrales, el destino trazado, los ovnis, el más allá y todo eso.

Pasaron los 45 días. Y comenzó las vacaciones. No fue a ningún sitio. No hizo nada especial. Y el primer día, cuando estaba echándose una siesta, se incendió su casa por un cortocircuito que provocó un cable pelado. Le entró humo en los pulmones. Lo llevaron al hospital y se repuso pronto. Supo, eso sí, lo que significa respirar con una mascarilla de oxígeno. Y supo lo que significa la sirena de una ambulancia cuando vas dentro. Billy acudió al anochecer. Le cogió la mano y pronunció tres frases: «La única felicidad es estar vivo. Ella te lo anunció, nunca se equivoca. La putada es que el incendio no apareció en las cartas».

 

*Fernando Sanmartín (Zaragoza, 1959) es poeta y narrador y técnico cultural de la Aljafería. Es autor de libros como ’Te veo triste’ (Xordica, 2012) y ’El llanto de los boxeadores’ (Isla de Siltolá, 2012). Este cuento aparecía ayer en ’Heraldo’. La foto es de Sylwia Makris.

ANDREU CANET: LA BATALLA DEL EBRO

[Como decía el otro día en Santander y he dicho de viva voz y en mis clases de periodismo en la Universidad San Jorge, soy un admirador de la contra de La Vanguardia, que firman Víctor M. Amela, a quien conocí fugazmente hace algunos meses, Lluis Amiguet e Ima Sanchís. Aprendo mucho de ellos. Me gusta esa combinación que tienen de diálogo y de historia, el cuento de una vida. Hoy Víctor firma una pieza maravillosa, conmovedora, un ejercicio de memoria y de tensión periodística. Abajo está su explicación de la entrevista y de un detalle familiar. La foto de Andreu Canet es de Gemma Miralda.]

  

Matadero

Por Víctor M. AMELA

Mi tío Josep Amela, de la quinta del biberón, fue herido en La Pobla de Massaluca el día en que cumplía 18 años, el 1 de agosto de 1938. Fue evacuado y así salvó la vida: curado y a punto de ser reenviado al frente, se hizo guardia de asalto para no regresar al horror. Murió hace diez años y nunca habló de lo vivido en el Segre y el Ebro, donde murieron 100.000 personas. Por eso entrevisto cada 25 de julio a un superviviente de su quinta, chavales de 17 años enviados al matadero. Quedan pocos, y los que siguen lúcidos abominan de quienes los enviaron a morir en alpargatas y son escépticos ante la humanidad, de la que conocen la peor cara. Pese a todo, decidieron aferrarse a la vida...

 

ANDREU CANET, Superviviente de la batalla del Ebro, hace 74 años.



Tengo 91 años. Nací en Barcelona y vivo en Cardedeu. Vendía encendedores y estilográficas, y ya llevo 30 años jubilado. Estoy viudo, he tenido dos hijos y tengo cuatro nietas. ¿Política? Un montaje. ¿Dios? Tengo fe, con reservas. Sobreviví a la batalla del Ebro, con sólo 17 años. . .

 

"Yo luchaba... y me obligaban a pagar los sellos de las cartas"




 

 

Le enviaron a la guerra?
Me hicieron llevar una manta, una muda, un plato, un vaso, una cuchara y un tenedor. Iba en alpargatas.

¿Guerra en alpargatas?
Sí. Tenía 17 años. Éramos pobres: mi padre era jornalero en el Poblenou. Mi madre vio marchar a sus cuatro hijos a la guerra...

¿Cómo vivió su primera batalla?
Una tarde de mayo, en el frente del Segre: en mi batallón éramos 130, y volvimos 48.

¿Pasó miedo?
El olor a pólvora y el estruendo te insensibilizan, avanzas, las balas silban... Mi amigo Carbonell se lamentaba: "Me matarán, me matarán", y yo le calmé: "No, ponte detrás de mí". Al poco rato una bala le mataba. "¡Tú sigue adelante!", me chilló el capitán.

Nada de debilidades y retrocesos.
Dos hermanos se fugaron a casa tras la batalla. Su padre se asustó: "Volved y pedid perdón". Al llegar, los fusilaron ante nosotros.

¿Estuvo en el piquete de ejecución?
No, tuve suerte. A un teniente le fusilaron porque le oyeron decirnos: "Pobres nanos, tan petits i us porten al matadero". ¡Por derrotista! Poco después nos metían en camiones: pensábamos que volvíamos a casa. La noche del 2 de agosto cruzamos el Ebro y caminamos hacia Ascó, Flix, Riba-roja, Fayón, La Pobla de Massaluca...

Es mucho caminar...
Casi 40 kilómetros en un día: estaba fuerte, cargaba unos 30 kilos entre el fusil, 150 balas, mochila con ropa, manta, pala, un macuto con 6 granadas... Aún lo conservo, mire: lo usaba de almohada. Íbamos exhaustos.

¿Qué era lo peor?
Los compañeros agonizantes llamando a sus madres, los muertos, no dormir, el hambre, la sed... He bebido mis orines, con los que llenaba la cantimplora. Un día bebimos de una balsa putrefacta y luego descubrimos el cadáver de un soldado en el fondo.

¿Qué batalla recuerda más?
En Vilalba dels Arcs matábamos a requetés franquistas, carlistas catalanes: luchaban cantando el Virolai... Les dimos tregua para que pudiesen enterrar a sus muertos.

¿En qué momento temió por su vida?
Casi me fusilan por un sargento vengativo.

¿Qué pasó?
Mientras caminábamos, él comía pan a mi lado. Yo salivaba y le pedí un poco. "¿Crees que soy tu padre?", me contestó. Me pidió un cigarrillo y le respondí igual. Y me amenazó de muerte. Y casi consigue matarme.

¿Cómo lo hizo?
Una noche nos turnábamos todos cavando una trinchera y haciendo guardias. Durante mi guardia, me dormí. Se acercó en silencio y me robó el fusil. Hizo ruido y me desperté. A pocos metros, rio: "¡Ya te he jodido".

¿Por qué le había fastidiado?
Dormirme en una guardia y perder el fusil: ¡pena de muerte! Saqué una granada de este macuto y le dije: "Cuento hasta tres y te tiro la granada si no sueltas antes el fusil: ¡uno...!".

¡Menuda tensión en las trincheras!
Le acompañaba un soldado joven que se asustó y le imploró que me devolviese el fusil, y lo hizo. Pero me denunció...

¿Cómo se salvó de que le fusilasen?
Dada mi buena hoja de servicios, el capitán rompió la denuncia.

¿Qué fue del sargento vengativo?
Ni lo sé ni quiero saberlo.

¿Qué fue lo mejor de su guerra?
El compañerismo: nos ayudábamos, repartíamos lo que teníamos. Y cuando me bajaron a Amposta, a suplir a las Brigadas Internacionales: ¡ah, qué sosiego había allí!

¿Las brigadas no se jugaron la piel?
Comían bien, bebían bien... Les han hecho muchos homenajes, y a nosotros..., ¡nada!

¿Cómo acabó su guerra?
Un mando del Estado Mayor me encañonó y me ordenó: "¡Tú y tus hombres, defended esta posición!". Y él huyó corriendo. Ya teníamos encima a los moros de Franco...

¿Y qué hizo usted?
Miré a mis hombres: "Si él tiene miedo, a nosotros nos sobra: ¡vámonos!". No quise que murieran. Y corrimos. "¡Rojillo, rojillo!", gritaban los moros, disparándome.

Pero se salvó una vez más.
Oculto en una balsa de abono. Al anochecer caminé junto a un compañero y, al alba, unos tanques franquistas avanzaron hacia nosotros. Mi amigo les tiró una bomba de mano, falló..., y un tanque le aplastó.

¿Lo vio usted?
Su esqueleto por un lado, la carne y las tripas por otro: me desmayé. ¡Eso me salvó!

¡De nuevo! ¿Por qué?
Unos legionarios pasaron junto al que creyeron mi cadáver, sin tocarme. Cuando volví a caminar, los vi delante de mí y me entregué: "Suelta tu fusil", me ordenaron. No pude: no me lavaba la cara, ¡pero bruñía cada día mi fusil! Era parte de mí. Al final lo solté.

¿Y qué le hicieron?
Sin saberlo, yo tenía tifus y pesaba unos 30 kilos. Daba tanta pena que un legionario me dijo: "Para que veas que no te haremos nada, voy a darte un abrazo". ¡No lo olvidaré!

Se le humedecen los ojos...
Un obús republicano me dejó sordo de un oído, y me dieron la extremaunción..., pero sobreviví. Tuve que hacer la mili para Franco, y pude volver a visitar a mi madre...

Se emociona usted...
Sí. Al verme, se me desmayó en los brazos.

¿Qué enseñanza extrajo de su guerra?
Que el mundo está lleno de vividores: yo luchaba... y mis gobernantes me obligaban a pagar los sellos de las cartas a mi madre.

Leer más: http://www.lavanguardia.com/lacontra/20120725/54329904176/la-contra-andreu-canet.html#ixzz21fu1rJ7v 
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TRECE AL SOL DE... JORGE ASÍN / 1

TRECE AL SOL DE... JORGE ASÍN / 1

[Ayer, en la edición digital de Heraldo de Aragón, heraldo.es, que dirige Esperanza Pamplona, comencé la serie ‘Trece al Sol’ de entrevistas veraniegas con un trasfondo vital, cultural y evocador. El primer protagonista ha sido el actor y guionista Jorge Asín. Hoy se puede leer la de Paco Paricio y Pilar Amorós, Los Titiriteros de Binéfar. Las iré colgando aquí al día siguiente de su publicación. La primera foto es de Heraldo también y la firma Guillermo Calahorra.]

 

TRECE AL SOL de... JORGE ASÍN

 

 

Jorge Asín es actor de teatro, cine y televisión, y guionista. Zaragozano con vis cómica, de 38 años, se ha hecho popular por sus apariciones en ‘Que viene el lobo’, ‘Oregón Televisión’ y por su presencia en diversos cortometrajes.

 

“El actor que tiene trabajo, pone copas en algún chiringuito...” 

 

 

Jorge Asín, retratado en Huesca por Rafael Gobantes.

 

 

-1. ¿Qué hace un actor en verano?

El actor con suerte (como está siendo mi caso este verano) hace bolos. El que no tiene suerte, se desespera buscándolos de la misma manera que en invierno. Y el actor que tiene trabajo, pone copas en algún chiringuito...


-2. ¿Dónde suele veranear?

He ido por temporadas. De pequeño pasaba todo el verano en el pueblo, en Borja. (Aunque titularmente es una ciudad; lo digo por aquello de las susceptibilidades). Más adelante estuve varios años subiendo al Pirineo de tienda de campaña. También he viajado por varios países. Últimamente (como buen ciclo que se cierra) suelo estar una semana en Borja con mi madre. Este año, como he dicho antes, toca trabajo. Así que pocas vacaciones voy a tener.


-3. ¿Es de playa, de montaña, de ciudad o de pueblo?

Soy de montaña y de pueblo. Al fin y al cabo, Borja está al lado del Moncayo...

 

-4. ¿Por qué?

La playa me gusta, lo que no me gusta es la masificación en las playas. Creo que también influye que no me gusta tomar el sol, que es la actividad principal en la playa. Me aburro soberanamente. Así que prefiero el monte, sus paisajes y sus gentes. Con el pueblo me ocurre lo mismo. 

-5. ¿Cuál ha sido el viaje de verano de su vida? ¿Y la ciudad?

Egipto. Es un país increíble. Para un aficionado a la Historia como yo, fue algo realmente maravilloso. Disfruté cual gorrino en maizal. Respecto a una ciudad, me quedo con Antigua (Guatemala). Sus casas pintadas de colores vivos, sus librerías, sus calles, sus volcanes...


-6. El verano está asociado a la infancia y a la adolescencia. ¿Cómo fue esa época?

-Esa época la pasé en Borja. De hecho, mi mejor amigo es de allí y mantenemos la amistad a pesar de que él trabaja en Mallorca. Al pasar todos esos momentos vitales entre peñas en las fiestas del pueblo, mi recuerdo visual es oscuro y el recuerdo olfativo está repleto de serrín y olor a la malta de la cerveza. Guardo un gran recuerdo de aquella época.

-7. Por ejemplo...

De aquella época me vienen todavía los recuerdos de cuando nos íbamos toda la cuadrilla a robar fruta y a vivir aventuras por los campos. Esa sensación tan grande de libertad no la he vuelto a saborear. 

-8. ¿Qué tipo de lecturas suele hacer en estos días?

Leo todos los días del año, por lo que no acostumbro a cambiar de hábitos estos días. Ahora mismo estoy con dos libros. El primero se trata de un ensayo sobre la religión cristiana llamado ‘La conspiración de Cristo’, de Acharya S. El segundo es ‘Danza de dragones’, la quinta entrega de ‘Canción de hielo y fuego’, la novela-río de George R. R Martin. Estoy enganchadísimo con este hombre. 

-9. ¿Qué libro, qué cuadro, qué museo, qué película están asociados a un verano inolvidable?

Sin duda, lo que más me ha marcado un verano fue la lectura de ‘Cien años de soledad’ de Gabriel García Márquez. Me lo leí en mi viaje a Guatemala y me marcó muchísimo.


-10. ¿Cuál ha sido el gran personaje de sus veranos?

Recuerdo que de niño, hubo un verano en el que TVE emitió la serie ‘El gran héroe americano’. Me quedé enganchado a esa serie y el protagonista (un tipo al que los extraterrestres le habían dado una especie de traje de superhéroe y él había perdido el libro de instrucciones) era mi personaje preferido. Supongo que por empatía. Yo también soy un desastre. 

-11. ¿En qué han cambiado los veranos?

Antes esperaba que llegara el verano con una impaciencia rayana en lo enfermizo. Hoy en día espero que pueda seguir trabajando estos meses. Como tanta gente, lamentablemente. No han cambiado los veranos. Los que cambiamos somos nosotros y nuestras circunstancias, que van a peor de una manera alarmante.

-12. Resuma en un tuit de 140 caracteres el espíritu del verano...

El verano es excelente para ver teatro en la calle, en las plazas o en los teatros. Les esperamos. Un poco de publicidad, a ver si funciona.


-13. ¿Cuál es la mejor anécdota veraniega vinculada a su oficio?

Hace unos veranos, tenía un bolo por la provincia de Teruel. Mi novia y yo teníamos la intención de aprovechar ese fin de semana para quedarnos por ahí, pues eran los únicos días que teníamos de vacaciones juntos. La noche de la actuación me caí del escenario y me di un golpe muy fuerte en el brazo y en las costillas. El dolor era horrible, casi no podía ni respirar. Aún con todo, esos días los pasamos allí (al fin y al cabo, uno está bautizado con agua del Ebro) pero lo pasé fatal. Así que dejo un consejo: “Nunca os caigáis desde un escenario. Es tontada”.

 

LIÑÁN DE RIAZA Y EL QUIJOTE

[Antonio Sánchez Portero, conocedor del mito de La Dolores como pocos, acaba de publicar hace poco el libro ‘Cervantes y Liñán de Riaza. El autor del otro Quijote atribuido a Avellaneda’, donde intenta demostrar que este autor, que se afincó en Aragón (Antonio “demuestra” que es aragonés), en tierras bilbilitanas, sería el auténtico autor del Quijote Apócrifo, es decir el hombre que se esconde detrás de Avellaneda. Ni Jerónimo de Pasomonte ni ningún otro nombre de los esbozados por distintos autores, entre ellos el gran estudioso Javier Blasco. Estos son algunas de las cartas y notas de apoyo y entusiasmo que ha recibido con respecto al libro. Hace poco anduve por tierras de Calatayud y estaba muy ilusionado con el libro. He aquí la carta que envía a los medios de comunicación.]

  

CERVANTES Y LIÑÁN DE RIAZA

EL AUTOR DEL OTRO QUIJOTE ATRIBUIDO A AVELLANEDA

 

            Sobre este libro, recientemente publicado, cuyo título encabeza estas líneas, reclamo un poco de atención, ¡coño! Lo que se tiene por imposible, puede ser una realidad.

            Sí, ya sabemos que durante más de tres siglos se ha intentado desvelar el misterio.

            Han intervenido multitud de investigadores, incluyendo a los más preclaros y doctos ingenios.

            Se han escrito cientos, miles de artículos, ensayos y libros; en suma, millones y millones de palabras…

            La solución a “El Quijote de Avellaneda es como la carta robada de Poe. Nada hay más claro y, sin embargo más secreto… Al autor del Quijote contrahecho lo tenemos ante la vista y no lo ven ni los más linces”, dijo Azorín.

            En el caso de que no se haya dado con la solución, en “Cervantes y Liñán de Riaza”, en este libro, se ofrece la relación más amplia de las publicadas hasta la fecha de los candidatos propuestos para ser Avellaneda, analizando sus pros y sus contras,  hasta que se llega al candidato con más posibilidades de serlo.

            También, a pesar de la inmensidad de lo publicado, se ofrecen muchos argumentos, pruebas y testimonios inéditos y convincentes; y se expone lo esencial, lo fundamental de las hipótesis de los más destacados investigadores, avalados por una completísima bibliografía. Demuestro además que Liñán de Riaza, íntimo amigo de Lope de Vega, con quien compartió aventuras galantes y literarias no es toledano, como se da por hecho, sino aragonés.

            Merece este libro que se le dediquen unos minutos para saber de qué pie cojea. Lo ruega alguien que ha sido periodista durante muchos años, y que como tal, ante un libro así, le hubiera dedicado un poco de tiempo para saber de qué va la cosa. Pido disculpas por el taco.

 

*          *          *

 

            Las siguientes líneas son de la “Introducción”:

            “La lectura de este libro me recordó aquel renombrado poema ‘Itaca’, de Constantino Kaváfis: ‘Es tan sabroso y delicioso el viaje, a través de sus páginas, que temes llegar al final.’ No me duelen prendas para decir que es un estudio exquisito sobre ‘los Quijotes’, y llega a no importar alcanzar la meta, porque el camino es estupendo. Recorrer capítulos como el de Sansón Carrasco, el de Benengeli y otros; las citas y referencias (muy buena la de Amando de Miguel), que recoge el autor, es, en suma, un verdadero placer.”

 

            Y el texto de la contraportada es el que sigue:

            “Desde que viera la luz en 1614 el otro Quijote, atribuido al Licenciado Alonso Fernández de Avellaneda, el enigma que envolvía este seudónimo, que ha provocado durante siglos el incesante esfuerzo de eminentes investigadores y océanos de tinta, ya tiene solución.

            Cervantes no quería inmortalizar, descubriendo su nombre, al adversario que le amargó los dos últimos años de su vida; pero dejó en algunos de sus libros numerosas citas y pistas sobre este autor. Y, por último, sin revelar su nombre, nos proporcionó una alusión definitiva en su Viaje del Parnaso:

            ‘Es de Calatayud su sobrenombre. / Con esto queda dicho todo cuanto/

decir puedo con que a la invidia asombre.’

            En el presente libro se demuestra, de manera apodíctica, con multitud de testimonios, cotejos y análisis textuales, grandes dosis de sentido común y una laboriosa investigación detectivesca, que el autor tan oculto y tan buscado durante casi cuatrocientos años es Pedro Liñán de Riaza.”

 

*          *          *

 

COMENTARIOS AL LIBRO

 

     “Lo he recibido y lo leeré con mucho gusto. Ya he hecho algunas calas y me parece muy interesante. Ya hace años que me parecía un candidato muy superior a otros, y al tan cacareado Pasamonte, por razones obvias, dado que es indudable que Lope está detrás. Gracias por enviármelo. Un cordial saludo.”

     Antonio Rey Hazas. Catedrático Jubilado de la Universidad de Sevilla, y uno de los más destacados cervantistas.

 

.     .     .

 

Gregorio Jiménez Salcedo, Catedrático de Lengua y Literatura, me dice:

 

     “Y voy ya con tu monumental obra. Gracias por las dos, creo que efectivamente son dos, veces que me citas.¡Muchas gracias! He leído con atención suma  un libro espléndido, feliz y certero por la portada originalísima que ha creado tu hijo. Felicítalo de mi parte.

     EL LIBRO.- Eres un titán de la constancia, una perfecta máquina de volcarte en él. Y con argumentos que no dudo que pueden ser apropiados y definitivos.

Me convences, y te lo agradezco, infinito, en un porcentaje muy alto. Pero queda un mínimo resquicio de duda que no remata todo. Tu trabajo, desde luego, es ingente, arrollador. Y te lo agradezco muy de veras.

     Último consejo. El lenguaje es exacto, perfecto. Pero huye de expresiones demasiado populacheras, que hay alguna que otra.”

 

.     .     .

 

     José María Jiménez Cano, Decano de la facultad de Letras de Murcia y director de la Revista Digital TONOS:

 

     “Muchas gracias por el magnífico ejemplar. Ya no se edita así de bien. Sin duda pasa a ser referencia definitiva de la polémica. Un fuerte abrazo”

 

.     .     .

 

     Luis Canseco, catedrático de la Universidad de Huelva, y autor de una edición del QA con magnífico estudio y notas, me dice:

 

      “Llevo una vida de locos y ando desbordado con el trabajo. Aun así tuve tiempo de ver y estudiar el libro, en el que reúnes y multiplicas los argumentos que has venido acumulando durante años. A falta del documento definitivo, los indicios son abrumadores. Y sé muy bien el enorme trabajo que has llevado a cabo, porque yo también he tenido que vérmelas con don Avellaneda. Un abrazo fuerte.”

 

.     .     .

 

     “Querido Antonio, he recibido tu libro "Cervantes y Liñán de Riaza..." Muchísimas gracias. Ya he visto así por encima que has reunido muchas de las cosas que ya conocía con otras nuevas que desconocía, como los apartados de Cide Hamete  Benengeli, por ejemplo, y te ha salido redondo.

Un fuerte abrazo”

    José Luis Canet , Catedrático de la Universidad de Valencia. Escritor e investigador. Director de la Revista Electrónica LEMIR

 

.     .     .

           21 / 7 / 2012

 

    Querido amigo Antonio:

    Acabé, ¡Por fin!, de leer tu libro; el tiempo me da muy poco de sí, se me acumulan los trabajos los compromisos... y, además, cuando llegan los finales de junio y los niños ya no tienen cole, me convierto en trapero del tiempo, aprovechando los pocos ratos que me dan libertad.
    He aprovechado mucho con la lectura de tu libro: he aprendido cosas que no sabía y he disfrutado con el tono casi detectivesco que tiene en ocasiones. Me ha permitido acercarme, además, a un escritor que conocía poco, Liñán, y que me parece muy interesante. Me han gustado menos las explanaciones que incorporas al final de algunos de los capítulos en vez de intentar incorporarlas al cuerpo del mismo: retrasan una información que el lector quizás prefiera disponer de ella en el momento. No manejas, o, al menos, no veo citado, un trabajo de Nicolás Marín que es quien, creo, mejor planteó la vinculación del prólogo y todo el Avellaneda a Lope. Lo publicó en Anales Cervantinos hace muchos años  y luego se lo publicaron póstumamente en sus Estudios Literarios sobre el Siglo de Oro (Granada: Universidad, 1994, 2ª. ed.). A mí me gustó mucho cuando lo leí. También es verdad que la vinculación lopesca no se ha defendido siempre como elemento sine qua non (Blasco)
    Veo que apenas te detienes en Baltasar de Navarrete, el autor propuesto por Blasco. Yo, he de confesar, sin seguir con todo el detalle que requiere el asunto, es la propuesta que más me convence, aunque los datos aportados por ti, como los de Alfonso Martín Jiménez en relación con Jerónimo de Pasamonte, no puieden dejarse en el olvido.
     Desde luego, tu trabajo, que sigue a los publicados previamente, sitúa a Liñán como uno de los candidatos a ser Alonso Fernández de Avellaneda, aunque este es un pez difícil de pescar. ¿Le pescaremos alguna vez?
     Te agradezco mucho el envío de tu libro, como también los correos que me envías de tiempo en tiempo. Me gustaría enviarte alguna cosa impresa, pero no acabo de encontrar tu dirección. ¿Me la podrías indicar?

Recibe un fuerte abrazo de,

José Montero Reguera
Catedrático de Literatura Española
Facultad de Filología y Traducción
Universidad de Vigo
36310 – VIGO

 

     Escritor e investigador. Autor de numerosos libros, ensayos y artículos. Fue Presidente de la Asociación Internacional de Cervantistas. Ahora es Vicepresidente.

 

.     .     .

 

Mensaje recibido de Valentín Núñez Rivera. Director de la Revista Digital ETIÓPICAS:

 

     Estimado colega. Sé que se está haciendo una reseña de tu libro para la revista. En cuanto esté lista te informaré de ello. Un saludo.

Valentín Núñez Rivera.

 

               Profesor Titular de Literatura Española, Universidad de Huelva

               Departamento de Filología Española y sus Didácticas

               Facultad de Humanidades

               Avda. de las Fuerzas Armadas s/n     21071 Huelva

 

 

.     .     .

 

     Correo dirigido a Luis Gómez Canseco:

     Querido amigo Luis: He enviado a Valentín el artículo “”Alusiones, sátiras y burlas…” por si podéis publicarlo en Etiópicas. Tengo curiosidad por conocer, aunque sea sucintamente, la opinión que te merece mi libro; y si existe la posibilidad de que se publique una reseña en la Revista. No sé si te habré comunicado que hace tres meses falleció mi esposa. Es un trance muy duro, pero dentro de lo que cabe, estoy llevándolo bastante bien. El antídoto, es estar siempre ocupado. Es lo que hago. Un abrazo. Antonio.

 

    Su contestación:

 

     “Querido Antonio: ¡Qué horror! Lo único parecido que he sufrido ha sido la muerte de mi madre y pasé dos años en barrena. Y es verdad que el trabajo le alivia a uno del sufrimiento.

     Tu estupendo libro tiene ya reseñadora. Es una alumna que hace la tesis doctoral conmigo y que está encantada con el libro. De hecho, le he propuesto a que se anime a sacar la reseña en Etiópicas y sacar luego otra en alguna otra revista más.

     Espero, de verdad, que pases unos días fenomenales en Valencia.

Yo cogeré a mi hijo en los próximos días y me lo llevaré con mi padre, que tiene ya ochenta y seis años. Un abrazo grande. Luis.”

 

*     *     *

            Sobre este libro puede informarse ampliamente en Internet, accediendo a la dirección:

 

            http://elotroquijote-avellaneda.blogspot.com

 

donde se encuentran  las páginas de crédito, Introducción, Prólogo, Índice, Bibliografía, y varias docenas de artículos o resúmenes de ellos, publicados en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, TONOS Digital, Etiópicas, Anales Cervantinos, LEMIR y en alguna otra publicación.

 

Antonio Sánchez Portero                   antonio@ladolores.eu

 

*Las dos primeras fotos de Antonio Sánchez Portero son de Aragón Digital, y la tercera es de 'El Periódico de Aragón'. 

 

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VÍCTOR JUAN RESCATA 'MARTA'

Fernando Sarría, Luisa Miñana y el equipo de comunicación de su editorial me hacen llegar esta nota: ’Marta’, la segunda novela de Víctor Juan, será recuperada por su sello digital.

La novela ’Marta’, de Víctor Juan, próximo título en Literatúrame!
(http://literaturame.net)

La plataforma de distribución on line de libros y textos literarios pone a la venta la edición electrónica, en formato epub, de la novela del escritor y pedagogo aragonés, Víctor Juan (www.victorjuan.net)



        A partir del próximo jueves, 26 de julio, el nuevo portal web Literaturame.net pone a la venta la segunda novela del aragonés Víctor Juan, 'Marta'. Se trata de una reedición del texto que el mismo autor publicara en papel hace un par de años, y que ahora inicia una nueva trayectoria en  soporte digital.

        Literatúrame! es la primera plataforma surgida en Aragón que distribuye libros y textos exclusivamente en soporte digital, en el formato universal –descargable en cualquier tipo de dispositivo, sin códigos de cautividad- epub y a precios razonables (salvo contadas excepciones, ningún libro de la plataforma sobrepasa en estos momentos los 3 euros de precio venta al público).

        Antes de realizar su compra, el lector puede acceder a una nutrida información sobre la obra que le interesa y sobre su autor, y además puede descargar y ojear un fragmento de la misma. Se trata de que el lector a quien le gusta la literatura pueda encontrar el mismo tipo de complicidad al que está habituado en sus visitas a su librería de referencia en el “universo físico”.

        Marta fue en su anterior edición en papel, a cargo de la editorialEclipsados, muy bien acogida por el público y la crítica. Una novela cuya lectura, en palabras de Luis Borras, viene a recordarnos que tenemos el compromiso con la alegría, la obligación de la felicidad. Una historia de amor atemporal que concluye siendo una historia de autoafirmación del yo individual de cada uno de nosotros.” Y es también un homenaje a Zaragoza. A sus calles, a el Tubo de la infancia y sus portales oscuros, y, sobre todo, a la orilla del Ebro, a su paisaje en extinción. Y es también la coherencia y la valentía del hombre que no se vende. Del hombre sin ambición, sin deudas, sin necesitar más que lo necesario, lo que de verdad importa. Vivir sin desear nada. Y es una novela contra la corrupción política, el dinero y la vanidad humana”
(http://aragonliterario.blogspot.com.es/2011/04/siempre-es-todavia.html)

        Igualmente, y también a partir del jueves, Literaturame.net incorpora otros tres nuevos títulos pertenecientes a otros tantos autores aragoneses y extranjeros: los libros de relatos ’Cicatrices’ (Carlos Manzano), y ’Fiesta Perpetua’ (José María Latorre, ed. Olifante), y el clásico de referencia ’Cantos Órficos’, del italiano Dino Campana (traducido para Olifante por el poeta Carlos Vitale)