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Antón Castro

LOS PLANETA EN 'BORRADORES'

LOS PLANETA EN 'BORRADORES'

 

Los premios Planeta protagonizan esta medianoche el programa ‘Borradores’, que dirige Antón Castro: Javier Moro e Inma Chacón hablan de sus novelas: ‘El imperio eres tú’ y ‘Tiempo de arena’. El viajero y biógrafo y narrador Moro cuenta la historia del fundador del Brasil moderno, Pedro de Bragança, un personaje poliédrico que se casa con una austriaca y que mantiene relaciones con otras mujeres. Y acaba gritando ‘Independencia o muerte’, antes de convertirse en un tirano. ‘Tiempo de arena’ es el retrato de cuatro mujeres muy diferentes: mujeres que luchan por el sufragio, que militan en la masonería, que se rebelan: son Munda, Alejandra, Mariana, Xisca. El libro también plantea un debate acerca de la España de transición del siglo XIX al XX, la feroz convivencia entre tradicionalismo y modernidad.

 Borradores propone una noche de premios y premiados. También hace un reportaje a María Isabel Cintas, autora del libro ‘Manuel Chaves Nogales, el oficio de contar’, que ha recibido el premio Domínguez Ortiz de biografías, que convocan la Fundación Lara e Ibercaja. E Ignacio Pradilla ganó el Alvar de ensayo con ‘Cervantes en los infiernos’, donde el autor mexicano analiza la vida personal de Cervantes, y los infiernos que vivió en su existencia, y los infiernos simbólicos y alegóricos que pueblan su obra. Borradores, además, ofrece una reportaje sobre ‘Maestros de la Fotografía Húngara’, que se exhibe en la sala central de Ibercaja.

Visitan el plató el violoncelista ejeano, instalado en Madrid desde hace año, Eros Jaca, que se hace acompañar al piano por Patricia Arauzo. Tocan tres piezas: de Faure, de Bach y de Falla, y Eros Jaca explica su trayectoria que le ha llevado a estudiar con Penderecki o a tocar con el pianista Vladimir Askhenazy, entre otros. Y Laura Tejero, actriz de la compañía Teatro Indigesto, y el dramaturgo y actor Félix Martín, responsable de Luna de Arena, hablan de la pieza ‘Desnudos’, que se estrena estos días en el Teatro del Mercado. Se trata de una pieza de Joan Casas, escrita en 1990, que plantea la historia de tres parejas en tres relatos complementarios sobre el enamoramiento, la convivencia, la ruptura y la soledad final.

 

SAUL BELLOW Y SUS CARTAS

 

 

A Yetta Barshevsky

 

 

 

South Harvey, Michigan 28 de mayo de 1932

RESOLUCIÓN [escrita en el dorso del sobre]

Querida Yetta:

Sé que esta carta será inesperada, menos inesperada por supuesto que mi marcha improvisada, pero inesperada. Ni siquiera yo la había previsto. Solo tuve tiempo de coger mi traje de baño y unas hojas de papel. Los acontecimientos del día me han dejado la mente agitada, pero aprovecho la oportunidad para escribirte, Yetta, para decirte algo que durante semanas se ha estado congregando y fermentando en mi pecho, algo que ha estado hirviendo y bullendo en mi interior, sin encontrar una expresión espontánea. Es algo, Yetta, que, más a causa de la incertidumbre y la cobardía que de cualquier otra cosa, no he conseguido mencionar delante de ti. Cierto, soy un cobarde confeso. Todos somos cobardes intrínsecamente, pero la justificación de la cobardía reside en la confesión.

Ahora está oscuro y el viento solitario hace que los árboles susurren y silben suavemente. En algún lugar de la noche un pájaro grita al viento. En la habitación de al lado, mi hermano ronca suave, insistentemente. El campo duerme. Las olas se alzan iracundas ante la casa, no pueden alcanzarla, gruñen y se retiran. Por encima de mí, la luz se mueve hacia delante y detrás, delante y detrás. Produce sombras en el papel, en mi cara. Estoy pensando, pensando, Yetta, vagando en la noche, en el infinito, y todos mis pensamientos tratan de ti. Pero mis pensamientos sobre ti no son totalmente amables, pican, atacan. ¿O debemos ir al grano?

Pensarás, quizá: "Vendedor de palabras". Porque la tuya es una mente de la Liga de la Juventud Comunista. O: "¿Qué le ha dado al sólido y bovino Bellow?".

Pero todo el tiempo tendrás un presentimiento, y todo el tiempo rezarás. (Porque eres devota, Yetta.)

"¿Por qué escribe, por qué el muy idiota no espera hasta volver para que pueda intimidarle?".

Detesto el melodrama. Lo único que odio más intensamente que el melodrama y la espinaca soy yo mismo. ¿Piensas, quizá, que estoy loco? Lo estoy. Pero tengo mi pluma; estoy en mi elemento y te desafío. (Aquí hay una pausa prologada, un suspiro ventoso, y el indomable Bellow irrumpe con toda su plenitud y fuerza.)

Últimamente ha habido una perceptible desavenencia entre nosotros. Parece que el incorregible [Nathan] Goldstein está inquieto. Parece que en presencia de otros eres demasiado pródiga en tu afecto hacia él. La situación es crítica. (Por cierto, Yetta, debes enseñarle esta carta a Goldstein.) Tenlo en cuenta: no hago un sacrificio ni un secreto de entregarte. Aborrezco el sacrificio y el martirio: son la hipocresía dentro de la hipocresía; una expresión de dogmas y fanatismos bárbaros; su motivo, su motivo enmascarado, es repugnante: la mera ocultación del egoísmo y el individualismo.

Así que nos separamos de mutuo acuerdo. Tú a escuchar las arengas marxistas de Goldstein con un interés semifingido; yo a recostarme en los senos de los voluptuosos tiempo y espacio y a sofocar el deseo y la esperanza. El Oriental, como sabes, es un fatalista. Quizá sea el atavismo lo que me impulsa a decir: "Lo que ha de ser será". Y así estoy satisfecho. No me arrepiento de nada. Durante un tiempo me cubriré con una reserva herida. Quizá encuentre consuelo en la calma filosófica del asceta. El hombre siempre intenta justificar sus actos. Ser un recluso es una justificación de lo errado de un acierto. Durante varias semanas con una cínica inclinación del labio y una mirada cansada sobre un mundo sórdido, yo, el joven idealista, rendiré mis congojas y mi corazón a los pies de Pearl. Si los desdeña, me iré a casa, escribiré poesía desgarradora y tocaré el violín. Si no, caeré en una letárgica satisfacción que solo durará mientras el amor dure. Porque el amor idiotiza.

Así que corto las relaciones contigo.

Podemos tener una amistad superficial. Pero algún día, cuando yo esté chocho y tú tengas varias papadas y estés obesa podremos reconciliarnos. En el ínterin sé feliz: si mi infame escepticismo lo permite, yo también intentaré encontrar la satisfacción con Pearl.

Así que, Yetta,

adiós –

Puedes hacer lo que quieras con esta carta.

Claramente de vacaciones con uno de sus hermanos, Bellow acaba de cumplir diecisiete años cuando escribe misiva, las más temprana de sus cartas supervivientes. Nathan Goldstein no tardó en casarse con Yetta. Tras su divorcio en la década de 1940, Yetta se casaría con Max Shachtman. La identidad de Pearl es desconocida.

A Margaret Staats

[Chicago] 7 de abril, 1966

No lo creí posible. Probablemente pensaba que estaba demasiado dañado, o dañado por mí mismo, para esto. Fueran cuales fueran las razones, no esperaba que toda mi alma se abriera a alguien de este modo. Que me acostaría y me despertaría por amor en vez de por el sonido del reloj.

Si estoy ocupado, es porque necesito actividad y secreto. Debería estar agradecido. Y lo estoy. También estoy oprimido y melancólico. Es un caso de amo quia absurdum: el absurdo es mío, no tuyo. ¡Mi edad, mi situación! Es absurdo.

Pero mucho más absurdo sería no amarte. Siento una especie de gratitud mística. Lo haría, aunque tú no me amases después de todo.

Te volveré a escribir para contarte cómo paso el tiempo.

Evidentemente, me corté el dedo en Nueva York para tener un recuerdo. Me ha quedado una cicatriz terriblemente bonita.

 

A Margaret Staats

[Chicago] 12 de abril, 1966

Bueno, absurdo o no, cuando pienso en ti mi corazón se llena. Amo todo lo que puedo recordar de ti. Contigo tengo una sensación que no he tenido nunca antes, la de estar infinitamente satisfecho con otro y aunque no te conozco creo que yendo a lo largo de cualquier distancia y en cualquier dirección contigo no puedo encontrar nada que me decepcione. Espero amarte ocurra lo que ocurra. Aunque te asusten todas estas lúgubres dificultades. Has hecho que la humanidad y el mundo parezcan diferentes. Nunca podré pensar en las mujeres como solía hacerlo, por ejemplo. Ese es mi mensaje esta mañana. En lugar de oraciones. Ahora puedo soportar seguir con mis asuntos.

 

A Eugene Kennedy

Brookline 19 de febrero, 2004

Querido Gene:

Intenté contactar contigo por teléfono ayer. Spurlos: la palabra que empleaban los comandantes de submarino alemanes. Significa "sin dejar rastro": ni siquiera una mancha de petróleo en el seno del Atlántico. (Se me ocurre que debiste estudiar alemán bajo los expertos en alemán de Hollywood.)

No hago nada estos días y paso gran parte del tiempo en casa. De lejos mi diversión más agradable es jugar con Rosie, que ahora tiene cuatro años. Me parece que mis padres querían que creciera deprisa y me resistí, arrastrando los pies. Ellos (mis padres, no mis pies) necesitaban toda la ayuda posible. Siempre decían: "¿Qué dice el hombre?" y yo traducía a un inglés vacilante. Eso tampoco ayudaba mucho. Mis padres eran tan ignorantes del inglés como del francés canadiense. A menudo nos deteníamos ante un escaparate de zapatos de niño. Mi madre deseaba que tuviera un par de sandalias de charol con una elegantissima correa. Finalmente las tuve: las untaba con mantequilla para conservar el cuero. Eso era cuando tenía seis o siete años, un poco mayor de lo que ahora es Rosie. Es sorprendente ver cómo todo se reduce a un par de sandalias de charol.

Te mando una bendición para todo…

JUAN JOSÉ VERA: UN DIÁLOGO

JUAN JOSÉ VERA: UN DIÁLOGO

[Esta tarde, en el Museo de Zaragoza, se le hace entrega a Juan José Vera del Premio Aragón-Goya 2011. Hace poco tiempo publiqué este diálogo con él: lo recupero aquí con dos fotos de José Miguel Marco: una en su estudio y otra realizada en el balneario de Jaraba.]

 

 

El estudio de Juan José Vera (Guadalajara, 1926) parece el de un brujo postergado o el de un alquimista medieval. Está poblado de arriba abajo: de cientos de cuadros y dibujos, de carpetas, de esculturas que parecen juguetes policromados, de botellas pintadas. Una estufa antigua le confiere un aire de otra época: de avanzada posguerra. De intimidad sigilosa, de faro de fuego contra el frío. El taller de Juan José Vera es el arsenal de creación de toda una vida de arte, de música, de lecturas, de pasión por la belleza y por el color. Dice el artista: “Soy adicto al trabajo. Me levanto a las cinco o a las seis de la mañana, y me pongo a dibujar, a pintar, a crear cosas. Es mi condena y mi salvación. Hacia las diez vengo aquí y pinto. A veces pinto por las dos caras, por eso digo que a veces yo hago cuadros-gangas, o dos por uno: pinto por delante y por detrás. Y no solo eso, a veces, cuando me quedo sin lienzos, vuelvo a pintar lo ya pintado, a hacer un cuadro nuevo. Para crear necesito la inspiración, y a mí me inspiran sobre todo los niños, mis nietos en especial, y las mujeres”. Hay algo que distingue también a Vera: el interés por los cuadros ajenos, el gusto por la pintura en sí misma. En el centro de su estudio campa una arpillera de los años 60 de su gran amigo Daniel Sahún.

¿Empezamos?

Mi familia era de Guadalajara, mi padre, Gabriel Vera Oria, había sido auditor de Cuentas del Estado y maestro, y entonces era inspector de Primera Enseñanza. Una de mis hermanas se casó con el médico de Robres, Juan Valdivia, y por estar más cerca de ella nos trasladamos todos a Zaragoza, a Paseo Sagasta 78.

Siempre ha hablado usted muy bien de ese cuñado.

Fue muy importante para mí. Era dieciocho años mayor que mi hermana y algunos más que yo, pero poseía una memoria asombrosa. Él me descubrió la poesía: me recitaba de memoria todo Bécquer, la poesía clásica española. Tenía la memoria más prodigiosa que yo he conocido nunca, y era un humanista integral. Cuando se murió, hacia 1948, le dediqué un cuadro: ‘Arlequín muerto’, realizado tras ver su cadáver.

Ha dicho usted que había sido siempre un huérfano de padre…

Desde luego. A mi padre lo fusilaron en Torrero. Él era inspector de educación, fundó colegios, creía en la enseñanza en libertad. Recuerdo que una vez, en uno de los colegios a los que fui de niño, habló con el profesor; este elogió a mi hermano Miguel, pero del “rubio”, que era yo, dijo que solo hacía lo que me gustaba: dibujar. Dibujar a los reyes. Mi padre, le contestó: “Déjelo. Déjelo usted. Por algún lado saldrá”. Nada más comenzar la guerra, alguien lo denunció. Lo detuvieron, pero intercedieron por él Juan Moneva y García Atance y lo soltaron. Poco después, la misma persona volvió a denunciarlo y fue asesinado. Poco antes, en Guadalajara, le sucedió algo semejante a mi tío Manuel, que era pintor.

¿Tuvo tiempo de disfrutar de su padre, conserva recuerdos de él?

Tuve muy poco tiempo.  Pero luego me satisfizo mucho comprobar qué gran recuerdo había dejado: algunos me reconocían por parecerme a él, y me decían: “Qué gran hombre fue tu hombre. He conocido a poca gente con tanta dignidad y tanta decencia. Estaba lleno de solidaridad humana”. Se me saltaban las lágrimas.

¿Dónde pasó usted la contienda?

Me cogió en Robres, de veraneo. Volví a Zaragoza a principios de 1939, cuando estaba a punto de terminar la guerra. Entonces me enteré de la muerte de mi padre. De Robres nos llevaron a una colonia de refugiados, con dos de mis hermanos pequeños, a Igualada y a Piera. Allí estuve con una familia que se dedicaba a los tejidos, Ramón Sarauja y su mujer Carmen, que me trataron como si fuera su hijo. Un día vino a buscarnos un camión de los italianos y nos trajo a casa.

No quiero imaginarme el panorama.

Mi madre era ama de casa. Teníamos una casa grande con ocho habitaciones, y la convertimos en una pensión. ¡Fíjese, qué categoría tendría mi madre! Alquiló una habitación a la mujer de un militar con una pensión pequeña: le sacaba la lana al colchón de su cuarto y la vendía. Un día nos dimos cuenta, mi madre se enfadó y al poco rato nos dijo: “Podrecilla, qué mal lo debe estar pasando”. A mí me gustaba mucho pintar cerca de mi madre en un cuarto grande que teníamos. Ella zurcía, calcetaba, ordenaba la ropa y como empezaba a perder la vista me pedía que le enhebrase la aguja. Yo tenía los cuadros extendidos a sacar. Y de repente me decía: “¿Qué vas a hacer con todas estas mamarrachadas?”.

Usted también estudió piano.

Estudié piano y terminé la carrera con buenas notas. Me gustaba y me gusta mucho la música. Recuerdo que teníamos en casa un buen piano y organizábamos pequeños conciertos con cantantes y todo: cantaban Pascual Carreras, tío de José Carreras, Adolfo Barbacil, que era tenor y que puso a uno de sus hijos mi nombre en señal de amistad y cariño, y mis hermanos Fernando, el arquitecto, con el que yo trabajaría de delineante, y mi hermana Purita. Arriba de nuestro piso había una camisería: a veces sus clientes se sentaban en la escalera y se quedaban a escucharnos.

¿Llegó a dar conciertos de piano?

No. No podía llegar a todo: ser pintor, ser delineante para ganarme la vida y dedicarme a la música, que es muy exigente. Un día, mirando en la biblioteca de mi padre, encontré un catálogo de Paco Picasso, de una exposición que había hecho en Madrid en 1936. Empecé a pasar páginas y de repente me encontré con el cuadro cubista: ‘Los tres músicos’. Me quedé fascinado. Dije: “Este hombre ha hecho avanzar la pintura. Esto es lo que yo quiero hacer”. Y poco después, empecé a pintar abstracto: una de las primeras obras nació del impacto de ese cuadro de Picasso. Lo hice sobre la tela de un saco de aceitunas que nos enviaban desde Guadalajara. [Juan José Vera coge el cuadro, absolutamente abstracto, y comprueba que está fechado en 1946-1947]. A Fermín Aguayo le gustó mucho.

¿Ya conocía al pintor de ‘Pórtico’?

Acabábamos de conocernos en el servicio militar, en la brigada de topógrafos, que se caracterizaba por la presencia de intelectuales y de artistas: por allí andaban el citado Aguayo, Eloy Laguardia, de ‘Pórtico’ también, el cineasta y fotógrafo José Luis Pomarón, Manero… Y entre nosotros hablábamos mucho: de arte, de cine, de literatura. Quien menos hablaba era Eloy Laguardia.

¿Por qué?

Porque era poco hablador. Yo siempre he pensado que en él había un punto naïf: era un hombre tan ingenuo com excelente. Santiago Lagunas, su cuñado, diría luego que “es el más pintor de todos nosotros”. Picasso decía que su gran sueño es llegar a pintor como los niños. En Eloy había un niño oculto; se enamoró de una mujer y poco a poco iría dejando la pintura. ¿Cómo vas a dejar por el amor la pintura? El amor tiene fecha de caducidad. Te enamoras, te casas enamorado, convives con sosiego, pero el amor tiene fecha de caducidad. Yo me enamoro a diario de la belleza: me gusta mirar a las chicas jóvenes.

¿Y Fermín Aguayo?

Era un hombre muy especial, marcado por el dolor. Como yo. Llevaba una tragedia dentro, un dramatismo especial. Yo creo que nos parecíamos mucho. Los dos habíamos vivido tragedias terribles: a mí me habían ejecutado a mi tío y a mi padre, que ni siquiera estaban significados políticamente, a él le habían matado a su padre y a dos de sus hermanos en Burgos. Trabajaría con Santiago Lagunas de delineante y no se lo había dicho siquiera. Sin embargo, nosotros lo comentábamos. A los dos nos atraían los colores sordos: esos oscuros terrosos, grises, apagados, dramáticos. Nos llevábamos también que yo le dejaba que titulase mis cuadros: él fue quien tituló el de mi cuñado ‘Arlequín muerto’, otro lo denominó ‘Bodegón azteca’. Yo siempre pinto lo que vivo: soy un gran paseante, me encanta la ciudad, descubrir rincones, andar por los bosques, coger determinadas luces cuando llega la noche: algunas luces misteriosas y blancas.

Otro de los grandes amigos de su vida ha sido Daniel Sahún.

Nos conocimos hacia 1961. Un día, en un concurso de pintura, Ricardo Santamaría y yo vimos una arpillera suya y nos encantó. Ricardo Santamaría, el hombre del ‘Manifiesto de Riglos’ y otras muchas cosas, era un aglutinador, siempre quería hacer grupos. Fuimos a verlo a su casa y poco después fundamos el Grupo Zaragoza. Se sumaron Julia Dorado, pero ella vino menos.

Llegó a formar una pareja de hecho artística con Sahún.

Es verdad, pero somos muy opuestos. Yo soy más concreto, soy más obediente al pensamiento, a una idea, sigo lo que me dicen la cabeza y el corazón. Y él es más novedoso, más moderno, le dicen que su pintura es muy norteamericana. Además, tenemos incluso formas muy diferentes de ver la pintura: íbamos a El Prado o a museos europeos y parecía saberlo ya todo, quería avanzar y avanzar, y yo me quedaba embobado viendo las pinceladas, los colores, la estructura. A mí me gusta gozar la pintura con lentitud: me despierta la pasión enseguida.

En 2001 realizó una gran Antológica en el palacio de Sástago. ¿Cómo la recuerda?

Era un sueño. Me apetecía ver toda mi obra reunida, con la misma luz con que había sido pintada. Quería contemplar mi trabajo de años. Yo no le pido a nadie que entienda mi pintura: la pintura hay que sentirla, hay que verla en silencio. El silencio es la atmósfera del arte y no existe silencio más elocuente que el de la música.

FOTO SAFARI DE LA SOLIDARIDAD

FOTO SAFARI DE LA SOLIDARIDAD

[El periodista y escritor Juan Luis Saldaña, antaño músico en Nubosidad Variable, me envía este proyecto con la ilustración de Víctor Montalbán.]

 

La Fundación Canfranc celebra su XV aniversario con su Foto Safari Solidario 2.0 y un vino con sorteo solidario en el hotel Meliá.

  

El Foto Safari Solidario 2.0. que tendrá lugar el día 16 de diciembre de 11 am. a 11 pm. es un concurso fotográfico global sin precedentes en el que cada participante debe realizar 10 fotografías y enviarlas a través de las redes sociales. Por cada fotografía que se presente al concurso, la Fundación Canfranc, con el patrocinio de la Caja Rural de Teruel, dedicará 1 euro al proyecto de Mejora de la salud de 220 niños desnutridos y con necesidades especiales en Muketuri, Norh Shoa, Etiopía.

 

Se esperan participantes de China, Polonia, Etiopía, Ecuador, Costa de Marfil y, sobre todo, de Aragón.

 

Información y bases: www.fundacioncanfranc.org

 

El día 17, en el Hotel Melia a las 19 h, la Fundación Celebrará sus XV años con un sorteo solidario de regalos en el que colaboran entre otros Peletería Gabriel, Hotel Don Paco, Perfumería Yagüe, Real Zaragoza,  Muebles Rey,  Bodegas Isidro Milagro, Restaurante Gayarre, Imaginarium, Baby Mami,  Aramon,  Aston, la artista Maria Angela Vila Burch, Paquita Ors y The Dream Bag.

 

DOMINIQUE SANDA POR CARLOS FREIRE

DOMINIQUE SANDA POR CARLOS FREIRE

DOMINIQUE Y NICOLÁS:

RETRATO DE PAREJA CON PERROS

Dominique Sanda vive desde hace algunos años en Buenos Aires. Hace teatro e intenta vivir tranquila. No ha perdido la elegancia de ayer ni de anteayer. Carlos Freire les hizo a ella y a su marido Nicolás Cutzarida esta estupenda foto de paseo con perros. En una entrevista con Claudio Ratier, Dominique explicaba que vive en Buenos Aires por trabajo... “Sí, y por amor, porque en esa oportunidad encontré a mi marido, Nicolás Cutzarida. Lo conocí a través de su hermana, con quien nos hicimos amigas en París en 1988. Ella es profesora de idiomas y me enseñó el ‘porteño’ que debí hablar en la película de Becchis [‘Garage Olimpo’, 1998]. Obviamente me decidí por Buenos Aires, pero siempre con la posibilidad de regresar a Francia, donde tengo a mi familia”. Nicolás Cutzarida es rumano, filósofo y profesor universitario.

GARRAPINILLOS 1- PICASSO 2

GARRAPINILLOS 1- PICASSO 2

GARRAPINILOS, 1 (Óscar)- PICASSO, 2

 

¡TENÍA QUE PASAR!

Sabía que tendría que pasar. Llevábamos once partidos invictos: nueve victorias y dos empates. Tras la laboriosa victoria ante El Salvador, probablemente el mejor conjunto de la categoría, nos visitaba hoy el Picasso. Otro buen equipo, de los de arriba. Se había caído, por lesión, Jorge Blasco. La verdad es que hoy no las tenía todas conmigo: hicimos un par de cambios. Alberto Luna tomó el relevo de Jorge y Alberto Rubio sustituyó a Jorge Rodríguez. La primera fue una sustitución forzosa; la segunda, una oportunidad de salida para Alberto, que ha entrenado muy bien todas estas semanas, y un descanso para Jorge, que tenía pequeños problemas de pubis. Formamos de salida así: Luis; David Mateo, Jorge Lacabe, Jorge Beltrán, Dani Pequerul; Diego Rodríguez, Alberto Luna, Fran Moreno; Óscar Cambra, Eloy Mateo y Alberto Rubio. Entrarían a lo largo del partido Eduardo García Pirri, Kike Alcubierre, Jaime, Jorge Rodríguez y José Antonio Mochales ‘Pitu’.

Al Garrapinillos le costó entrar en el partido. Los azules del Picasso, muy bien situados, empezaron dominando. Además, pronto tuvimos un contratiempo muy importante: el capitán Javier Lacabe, nuestro cierre, tuvo que retirarse por lesión a los cinco minutos. Y de ese dominio nació su primer tanto. Los nuestros se estiraban y se estiraban, intentaban triangular en el centro y forzaron varias ocasiones de gol a las que respondían también los del Picasso; de repente, tras detener un contragolpe, Alberto Luna se hace con un balón en el centro del campo, ve la buena posición de Óscar, y le envía un balón medido: Oscar avanza por la izquierda y bate al portero.

En la segunda el Garrapinillos empezaba a adueñarse del choque. Ellos jugaban con seriedad, con dos jugadores: el cuatro, un veterano con calidad y un delantero centro, al que parecían llamarle ‘Canario’, realmente peligroso. Escurridizo, veloz, con buen control de balón. Los rojillos avanzaban y generaban ocasiones: el centro del campo con Diego, Luna y Fran empezaba a hacerse con el choque. Pero se produjo una tangana, y de ella salió David Mateo con la segunda amarilla. Nos quedamos con diez. Y poco después, en un otro lance en el que Fran fue objeto de falta, le soltó una tarascada a su adversario: roja directa. Con todo el Garrapinillos siguió peleando por la victoria. Siguió fajándose con internadas constantes de Óscar y de Diego, sobre todo, con los disparos y los córners de Jorge Rodríguez, pero hoy no era el día de nuestros goles, ni el de Eloy, poco afortunado de cara al gol. En un contragolpe, el Picasso marcó su segundo gol. Y aún buscamos el empate: de córner, de falta, al contragolpe, con ese componente de pasión y heroísmo de domingo vespertino. El Picasso también generó nuevas ocasiones, y el tiempo fue pasando pasando, en medio de la niebla, y acabó obteniendo la victoria por 1-2.

El Garrapinillos perdió su segundo partido. Tenía que pasar, pero lo cierto es que nunca debimos perder: lo hicimos, además de los méritos del rival, que aprovechó nuestra inferioridad numérica, por esos calentones que no conducen a ningún sitio. Ahora, el Garrapinillos tiene tres expulsados: Jesús Ángel, David Mateo y Fran Moreno, y varios lesionados: Javier Lacabe y Jorge Blasco, entre otros. Pero habrá que seguir. Todos pierden: también perdió el Madrid, eso sí, lo hizo con once jugadores, ante un equipo que jugó con sus armas.

Pese al varapalo, seguimos líderes con tres puntos sobre el A Mesa Puesta Anento, que ha vencido al Movera, y cinco sobre El Salvador, que ha empatado fuera. Nadie lo tiene fácil.

 

*Diego Rodríguez en una foto de Josean Melendo.

'DETRÁS DELTIEMPO': CINE DE ZATÓN

 

‘DETRÁS DEL TIEMPO’:

UN PROYECTO DE JESÚS ZATÓN

Esta mañana, en la clausura del Festival de Cine de Zaragoza, me he encontrado con un sinfín de amigos. Gentes de la televisión, del cine, de las letras. Entre ellos, estaba el equipo de ‘Detrás del tiempo’, una película de ficción, que será un mediometraje, de unos 45 minutos. Está basada en una idea de Jesús Zatón, escritor, guionista, ilustrador y fotógrafo, que aquí también asume la labor de director. Los productores son Fernando Yarza y Juanjo Delgado. Me decían que apenas les quedan dos o tres días de rodaje, con el actor Alfonso Pablo, creo, para una película laboriosa que luego será reducida a un formato de unos 30 minutos para realizar su recorrido en festivales. Jesús Zatón es un humanista muy completo: alterna la creación plástica y la teoría, con las letras y el cine. El proyecto tiene una estimulante página (www.detrasdeltiempo.com) con un currículo muy completo de todo el equipo, el story board e incluso el guión, que gira en torno a un hombre, un profesor, que se desenvuelve entre tres mujeres. Él es Jesús Bernal, y ellas son Natalia Diloy, Ana Portolés y Patricia López. ¡Viva el cine!

 

'LA CLIENTA' DE MARGARITA BARBÁCHANO

'LA CLIENTA' DE MARGARITA BARBÁCHANO

 

MARGARITA BARBÁCHANO

Y SUS ‘MUJERES DE EDAD INVISIBLE’

Este miércoles 14, a las 19.30, en el vestíbulo del Teatro Principal, Margarita Barbáchano presentará su nuevo libro: ‘Mujeres en la edad invisible’, cuentos ilustrados por distintas fotógrafas. En el acto de presentación estarán la cineasta Paula Ortiz, la actriz Luisa Gavasa, el editor de Mira Joaquín Casanova, la autora y las trece fotógrafas. Margarita Barbáchano define así su libro: “‘Mujeres en la edad invisible’ (Mira) son doce historias o relatos diferentes de mujeres en tránsito entre la juventud que se pierde y la vejez que llega sin avisar. Mujeres que llenan las calles, los actos culturales, los hospitales, los autobuses, los parques, la vida..., y que, sin embargo, son anónimas, invisibles para la mayoría, incluso para su propia familia muchas veces. Mujeres que hablan con voz propia y nos explican qué les pasa, cómo se encuentran en este preciso momento de su camino. Cada relato tiene una protagonista y cada capítulo se abre con la mirada personal de una fotógrafa que capta el sentimiento de esa historia narrada. En este nuevo libro hay bastante sentido del humor, algo de dolor y mucha complicidad con el género humano. El libro lleva portada de la gran Helena Almedia (Lisboa, 1934), y fotos de Pilar Albajar, Paulina Aleshkina, Cecilia Casas, Cecilia de Val, Virginia Espá, Margarita García Buñuel, Rosane Marinho, Delia Maza, Vicky Mendiz, Peyrotau Sediles, Luisa Rojo y Olga Vallejo.

Al día siguiente de la presentación del libro: el jueves 15 de diciembre a las 20 horas, estas fotógrafas colgarán su obra en la galería Spectrum, de Julio Álvarez Sotos, en una exposición colectiva, titulada ‘Mujeres’”.

Margarita me envía uno de los cuentos, ‘La clienta’, y esta foto de Margarita García Buñuel.

 

 

LA CLIENTA

 

Por Margarita Barbáchano

 

La primera vez que se puso a buscar en Internet «Contactos para

mujeres» le temblaban los dedos. Se sentía sucia o como si estuviera

haciendo algo malo. Le costó varias semanas investigar en la red esta

clase de servicios. Y, sobre todo, descartar la basura entre la no muy

amplia oferta de contactos masculinos. Para Irene todo era desechable:

anuncios de jóvenes musculosos que parecía que iban a destrozarte

entre sus brazos, cifras escalofriantes para ofrecer las medidas de sus

atributos sexuales o frases que eran de todo menos alentadoras para

cerrar un encuentro. Poco a poco fue intuyendo que los anuncios más

discretos: un nombre y un número de móvil, podían ser la pista a seguir.

Al cabo de un mes de investigación pudo hacerse con dos o tres

contactos personales, sin agencias de por medio. Vivir en una gran

ciudad facilitaba la oferta, que aun así era decepcionante para una

mujer necesitada de sexo en algún momento de su vida.

 

Las primeras citas, antes de pasar a la acción, resultaron un auténtico

desastre. O eran un compendio de músculos sin cerebro, o tenían

una pinta de pervertidos que asustaba nada más verlos. No tiró

la toalla y siguió acudiendo a las citas concertadas. En el fondo le divertía

la situación. Se trataba de una elección. Ella era la que elegía el

género. La que pagaba el producto. Descartó a todos los que iban de

profesionales del sexo.

 

Con David tuvo suerte porque en cuanto se sentaron a hablar

en una cafetería supo que aquel chico podía encajar en sus pretensiones.

Discreto, tímido, incluso con un punto de culpabilidad por estar

haciendo estas cosas con mujeres desconocidas y cobrar por ello. Irene

lo llamaba una vez al mes. Trescientos euros por encuentro. Ella ponía

las condiciones.

 

A Irene le iba bien en la peluquería. Tenía tres empleadas y las

hipotecas saldadas desde hacía tiempo. Después de su divorcio, hace

ya diez años de aquello, tuvo algunas relaciones de pareja pero ninguna

duró lo suficiente. Había asumido con total ecuanimidad que lo

mejor era estar sola y vivir su vida sin rendir cuentas a nadie. Pero no

por ello iba a renunciar al sexo. Y estaba ya harta de intentar seducir

a algún posible candidato entre su círculo de amistades, cada vez más

reducido por otra parte. Y siempre con resultados descorazonadores.

Donde Irene ponía pasión, encanto, diversión y generosidad, solo encontraba

frustración, cobardía o prepotencia y vanidad.

 

Unas Navidades hablando con su hermana le dijo: «¿Por qué no

puedo pagar a un hombre para invitarle a cenar y llevármelo a la cama

después? ¿Por qué los hombres se van de putas cuando les place y las

mujeres no tenemos esa opción?». Su hermana le contestó que estaba

loca, que dónde se iba a meter. «Seguro que en algún lío. Con lo tranquila

que vives, hija. Ya son ganas de complicarse la vida». Además, le

reprochó su frialdad. «Sin amor, sin que te guste, al menos un poco…

Follar, por follar. No lo entiendo», concluyó moviendo la cabeza y mirándola

como a un bicho raro.

 

«Pues está muy claro. Estoy cansada de intentar empezar una

relación, aunque solo sea sexual, tener un amante esporádico. Todo

son problemas. A unos les resulto demasiado mayor para pensar en

el sexo; otros quieren una relación estable con lavadora, plancha y comida

gratis todos los días; y hay un tercer tipo de hombre que te mira

como si hubiera perdido el juicio, como si a mi edad únicamente pudieran

interesarme la gastronomía o los viajes exóticos y en grupo.

Estoy harta de llevarme decepciones, de intentar resultar sexi o encantadora

para, al final, agotarme en el intento y fracasar de nuevo.

Ahora quiero pagar para que me hagan bien el amor. Es algo físico y

agradable, ¿no? ¿Por qué no voy a pagar un buen precio por ello?».

Incluso razonaba, con toda la razón, que si se paga por recibir un buen

masaje en la espalda o en los pies, no entendía por qué no se podía

«encargar» un servicio más completo. Para escandalizar más a su hermana,

le recordó una frase de Mae West: «Un orgasmo al día mantiene

lejos al médico».

 

La hermana de Irene escuchaba estos argumentos con un punto

de resignación, pensando que con su forma de ser tan libre y tan lógica

lo que hacía era asustar a los hombres. Vamos, que los acobardaba a

las primeras de cambio. Tampoco entendía muy bien por qué había

optado Irene por esa forma tan poco ortodoxa de tener relaciones sexuales,

puesto que de las dos hermanas, ella era la más agraciada físicamente

y la que desde siempre había atraído a los hombres a primera

vista. Irene conservaba una bonita figura, ágil y esbelta, y un rostro

hermoso y dulce. Razones más que suficientes, creía, para tener éxito

con los hombres, sin necesidad de «utilizar a prostitutos para un revolcón

a precio de oro».

 

Solían quedar en cafeterías distintas y de allí se iban a un hotel

(al principio); a veces frecuentaban su apartamento (muy esporádicamente);

o incluso lo hacían dentro del coche en medio de un aparcamiento

desierto. Dependía del estado de ánimo de Irene, que es la que

llevaba la voz cantante, para eso era la clienta. Por lo general, el día

que quedaba con David, le gustaba invitarlo a cenar en algún sitio agradable,

que no tenía que ser precisamente caro, para después tener la

seguridad de que la noche iba a terminar bien. Es decir, con su cuerpo

acariciado, sus músculos en acción y las hormonas en funcionamiento.

«Una puesta a punto», como solía decirse con sentido del humor. Un

capricho que le salía caro, pero que resultaba mucho más beneficioso

para la salud que gastarse 500 euros en un tratamiento facial. Estos

encuentros también tenían la ventaja de no estar pendiente de las reacciones

del otro. El chico era joven y bien dotado, por lo que cumplía

su papel a la perfección. Sabía cómo trabajar el cuerpo de una mujer.

Con una mezcla sabia de ternura y eficacia.

 

Por su parte, David estaba encantado con Irene. Era su clienta

preferida: guapa, madura atractiva, decidida y con las ideas muy claras.

Una mujer que sabía lo que quería y pagaba por ello. Sin pedir excentricidades

ni cosas raras. Simplemente, que le hiciera bien el amor. Que fuera educado y limpio.

 

Desde que llegó a la gran ciudad había trabajado en todo ese

tipo de cosas que están al alcance de un emigrante, sin poder levantar

cabeza en tres años. Hacía un año que había montado una pequeña

empresa de arreglos informáticos, con un amigo suyo como socio,

que no iba todo lo bien que exigía el pago mensual de la hipoteca.

Necesitaba dinero extra y de forma rápida. Así que se metió en esto

para probar y ganar un dinero fácil. Lo de colgar un anuncio en Internet

se lo aconsejó un amigo parisino que se ganaba sus buenos euros

al mes con cuatro clientas fijas. «Las mujeres no te dan problemas.

Suelen ser señoras con una buena posición económica; para ellas lo

más importante es la discreción y solo piden que se las quiera y se las

contemple durante un par de horas. Es el negocio perfecto, chico. Ni

lo dudes. Anímate», le había dicho Jean Paul. La verdad es que como

trabajo por horas no estaba nada mal, sobre todo para un hombre. El

francés también le había comentado que la clase de mujeres que acuden

a este tipo de contactos por lo general huyen de las agencias, de

los intermediarios y no quieren saber nada de chulos ni de putos (recuerda

que había utilizado esta palabra). Por lo visto, según Jean Paul,

este negocio no tenía nada que ver con la prostitución organizada.

«Esto es algo privé, tremendamente privé», recalcó más de una vez.

 

David se había dado cuenta de que lo más importante en este

asunto en el que andaba metido era mantener una buena forma física,

sin exageraciones de gimnasio (con no tener barriga bastaba), vestir

con discreción y ser educado. Punto. Lo demás quedaba para los gustos

de las clientas en la intimidad del trato acordado. Al principio no

llamaba nadie; pero al cabo de un tiempo empezó a sonar el móvil

con voces de mujeres al otro lado. Unas seguras, las menos, y otras

tímidas, inseguras, con temor a lo que pudieran encontrar, sin saber

muy bien cómo desenvolverse en semejante situación. Su iniciación

empezó con una señora brasileña, esposa de un conocido ginecólogo,

forrada de pasta hasta las cejas. Le citaba dos veces al mes en el

mismo hotel siempre. Y con ella hay que reconocer que se ganaba los

trescientos euros que cobraba. Era insaciable sexualmente, y manejar

un cuerpo de 85 kilos no era precisamente algo agradable; sobre todo

cuando la brasileña se empeñaba en ponerse encima y moverse a

ritmo de samba.

 

Claro que con treinta años se puede casi con todo. Poco a poco,

David fue pagando a su banco atrasos acumulados y el alquiler de su

pequeño apartamento todos los meses. Ahora solo faltaba que la empresa

empezara a funcionar con más alegría. Entonces es cuando se plantearía dejarlo.

Eso es lo que pensaba David cada vez que se subía

los pantalones y se metía los billetes en el bolsillo. Nunca en su corta

vida había ganado dinero de una forma tan sencilla, y prácticamente

sin riesgos: las mujeres a esas edades no se quedan embarazadas, son

personas que se cuidan y no suelen transmitir enfermedades contagiosas,

y la regla de oro es la discreción. Un trueque de necesidades,

sin más.

 

Todavía recordaba Irene lo mal que lo pasó con su último intento

de seducir a un hombre que le gustaba. Todo ello antes de meterse en

Internet para buscar un contacto sexual. Después de aquella decepción,

se prometió que nunca más se humillaría delante de un hombre,

ni se esforzaría lo más mínimo por acaparar su atención. Ocurrió durante

el pasado otoño, en una conferencia sobre filosofía y arte a la

que acudió por llenar una tarde que libraba en la peluquería. El conferenciante

era un señor estupendo que había copado las páginas de

cultura en la semana previa a su charla en el Círculo. Irene se decidió

a ir porque le pareció guapísimo en las fotos. Lo de menos era el contenido

de su conferencia. Quedó con una amiga y para allí se fueron.

Al natural no desmerecía en absoluto. Tendría su misma edad, alrededor

de los sesenta, más o menos. Alto, delgado, con el pelo castaño

y ligeramente canoso, vestía con esa elegancia desenfadada de los intelectuales.

Le gustó su voz y el modo en cómo explicaba sus ideas al

público. Al final de la charla se formó una larga fila de mujeres, sobre

todo, a la búsqueda de la firma de un ejemplar de su libro. Irene pensó,

con acierto, que no merecía la pena ponerse a la cola. Demasiada

competencia. Y él iba a lo suyo: sonrisa, ¿nombre? y a estampar su

firma. Mejor indagar en su página web y mandarle un mensaje algo

misterioso y halagador. A ver si picaba el anzuelo.

 

Al fin y al cabo, era un juego. Y a Irene le gustaba jugar. El

eterno juego de la seducción que tan bien le había funcionado siempre

en sus tiempos jóvenes. ¿Por qué no intentarlo ahora también? Dejó

pasar una semana y le envió un mensaje con un archivo adjunto en el

que se veía una fotografía suya en la que estaba realmente atractiva.

La foto era de hacía un año, pero no había cambiado tanto. Solo que

se la hicieron en estudio y ahí se controla muy bien la iluminación.

Esencial para fotografiar a una mujer madura. Pasaron quince días y

en su bandeja de entrada no había ningún mensaje del escritor. Su sorpresa

fue mayúscula cuando una mañana de domingo entró en su correo

y vio que tenía una contestación de él. Escueta, pero que dejaba

una puerta abierta a seguir manteniendo este tipo de correspondencia

online. Se intercambiaron varios mensajes hasta que Irene creyó oportuno

pasar a la acción: quería verlo. Propuso una cita y que él eligiera

el día y la hora. Ella estaría allí, si accedía.

 

Sonríe con un poco de amargura recordando la ilusión de los

preparativos. Sacar los billetes del AVE, reservar una noche de hotel,

pensar y repensar qué se pondría para la ocasión. Algo sencillo pero

favorecedor. Ya se imaginaba dónde harían el amor, si en su casa, si

no vivía en pareja, o en el hotel. Cómo sería el restaurante elegido

para invitarla a cenar en un ambiente romántico e introductorio de

posteriores desahogos. No le cabía otra posibilidad en la cabeza. Si

no, ¿para qué acceder a una cita en su ciudad para conocerse?, se

preguntaba a sí misma mientras se cambiaba de ropa una y otra vez,

sin encontrar nada adecuado para la situación que había provocado.

 

Ya le inquietó la hora fijada para el encuentro: a las 14:00 h en

una plaza céntrica. «Bueno, será para comer juntos. Aunque hubiera

preferido que nos encontráramos para cenar». Comieron en un pequeño

bistró cercano a la plaza en la que se habían citado. La conversación

fue amena y fluida, aunque Irene estaba nerviosa como una

colegiala. Hablaron de todo un poco, hasta de política. Pero pasaba

el tiempo y no entraban en el terreno personal, lo que a Irene le pareció

algo desalentador. En cuanto trajeron los cafés y se los tomaron,

él se levantó con un «Bueno, yo es que me tengo que ir ya…». Y, justo

antes de salir del restaurante, va el tipo y le pregunta: «¿Has

traído mi libro? Si quieres te lo firmo». Entonces a Irene a poco le entran

las arritmias y el infarto de golpe. «Pues no, no lo he comprado.

Además, pesa bastante para llevarlo en mi bolso de viaje», se le ocurrió

decir, por decir algo. «Pues, nada. Seguiremos en contacto». Un par

de besos etéreos en las mejillas y desapareció el famoso y engreído

intelectual, dejándola descompuesta y tratando de aguantar el tipo y

disimular la frustración que sentía. Eran las cuatro y media de la tarde

de un sábado en una ciudad desconocida. Una hora horrorosa para

irse a la solitaria habitación de un hotel en la que había depositado

tantas esperanzas de goce y de pasión desconocidas.

 

Irene caminó por las calles desiertas de la ciudad reteniendo la

rabia y las lágrimas ante el soberano desprecio infringido a su persona.

«Pero, bueno, este hombre se cree que alguien hace un viaje, coge

trenes, taxis, se gasta una pasta en un hotel de cuatro estrellas, para

verle dos horas en un restaurante de mierda (pagó la cuenta, eso sí),

y me firme un libro que devotamente he debido comprar antes…». Increíble,

pero existen tipos así. Hombres que si no tienen delante a una

mujer joven y espléndida, babeando ante sus prodigiosas dotes intelectuales,

y alabando su obra, reaccionan con el mayor de los desprecios.

Ni siquiera disimula que tiene prisa en irse y dejar con dos palmos

de narices a la admiradora de turno. Si, además, la tal admiradora

tiene su edad, ni te cuento…

 

A partir de entonces, Irene se prometió que nadie la volvería a

humillar así. Esfuerzo cero. Mejor pagar por tener sexo con un hombre

joven y bien dotado. Y, luego, cada uno a sus asuntos. Era triste reconocerlo

pero al parecer la seducción ejercida por una mujer madura e

inteligente no causa los efectos buscados. Y, sin embargo, en sentido

contrario funciona perfectamente. Irene no cerraba las puertas a posibles

encuentros normalizados con un hombre que se pudiera sentir

atraído hacia ella, pero mientras tanto tenía solucionada esa parte de

la vida, que, siendo importante, parece que desaparece del historial

de cualquier mujer cuando va cumpliendo años y carece de pareja estable.

Además, tenía que reconocerlo, le gustaba esa sensación de dominio

que ejercía una vez al mes.