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Antón Castro

CALVOMOÑACO / 26. LA MUJER AZUL

CALVOMOÑACO / 26. LA MUJER AZUL

Alberto Calvo ‘Supermaño’ ha iniciado una mudanza definitiva de domicilio. Empezó a meter borradores, bosquejos, dibujos ya finalizados en diversas cajas y carpetas. Se fijó en uno de ellos: un homenaje a Paul Cezanne en foma de mujer azul. Lo extrajo, le añadió algún detalle nuevo y escribió al pie una frase sencilla: ‘La mujer azul’. Luego, sin pereza alguna, se fue a un cíber, lo escaneó y le envío un correo a su amigo Manuel Martín Mormeneo con una nota escueta. “He vuelto a perder la cabeza con mis propias ficciones. Me enamoro siempre de novias imposibles”.

*Esta mujer azul es de Alberto Calvo 'Supermaño', y está hecha a su modo y en diálogo con Paul Cezanne.

RODIN, POR VICENTE ALMAZÁN

RODIN, POR VICENTE ALMAZÁN

De cuando en cuando, salgo a la calle Alfonso y voy hasta el fondo. Me gusta esa suerte de museo a la intemperie donde se han instalado ‘Los  burgueses de Calais’ de uno de mis escultores preferidos: Rodin. Parecen vivos. Parecen, en medio de la derrota y del desgarro, temblar, interpretar el papel real de su dolor y de sus escasas esperanzas. Son piezas grandes que muestran el arrebato del gesto, la expresión más vívida, la humanidad invulnerable. Al fondo, recortado sobre una pieza de Pablo Serrano, se alza ‘El pensador’: ese hombre que iba camino del infierno y se quedó así, no exánime sino reflexivo, ardiendo en la llama interior del pensamiento. El hombre que piensa por todos. El hombre que sufre y piensa por todos hasta hallar la luz y el tuétano del entendimiento.

 

El fotógrafo Vicente Almazán también anda por allí de cuando en cuando. Alzó sus ojos, fijó su objetivo y disparó, con esta precisión. Con esta nitidez.

SERGIO VILA-SANJUÁN, NOVELISTA

SERGIO VILA-SANJUÁN, NOVELISTA

El pasado miércoles, Josep Massot, el gran Pepe Massot, traductor, editor, periodista y autor de una de las series más bellas de la prensa española en los últimos años, ‘Vidas contadas’, entrevistaba a Sergio Vila-Sanjuán, escritor y periodista, coordinador de exposiciones y del suplemento ‘Culturas’ de La Vanguardia. Vila-Sanjuán es un incansable trabajador, afable y entusiasta, y acaba de debutar como novelista con ‘Una heredera de Barcelona’, un libro que ha merecido una atenta lectura y elogios de Carlos Ruiz-Zafón y de Arturo Pérez-Reverte, entre otros. Copio la entrevista de la red, y aquí la cuelgo. Por cariño y admiración a Sergio, a Pepe, a Barcelona y a la narrativa. El libro lo publica el sello Destino, que dirigen Emili Rosales y Silvia Sesé.

 

“LA  BARCELONA DE LOS AÑOS 20 PARECÍA CHICAGO”

 Por Josep MASSOT / La Vanguardia

Sergio Vila-Sanjuán ha dado el salto del periodismo  a la novela con un libro que, antes de ser publicado, ha creado una gran expectación: la editorial Destino pasó a los libreros una edición en pruebas de Una heredera de Barcelona y, al detectar la acogida entusiasta, decidió ampliar su primera edición a 15.000 ejemplares. "Será el libro sorpresa de Sant Jordi", decía ayer satisfecho el editor, Emili Rosales. El libro es un fresco histórico de la Barcelona de principios del siglo XX, cuando sus calles parecían Chicago, Primo de Rivera preparaba su golpe de Estado y toda una clase social, la antigua nobleza catalana, se encaminaba, sin saberlo, con elegancia, hacia su extinción.

No sé si puede desvelar al lector si se trata de novela histórica o de historia novelada.

Una heredera de Barcelona es una combinación de crónica familiar, novela histórica y crónica urbana. Empecé investigando las vivencias de mi abuelo Pablo durante los años 10 y 20 del siglo pasado. En un cierto punto llegué a la conclusión de que sería más atractivo novelar todo el material que había acumulado.

Su prólogo ¿es un recurso literario (el manuscrito hallado del Quijote) o encierra alguna verdad?

 Las dos cosas. Es una introducción literaria a un material que en parte es de imaginación y en parte es muy real. Varios de los personajes y de los hechos narrados, a la vez son y no son. En esto la técnica que he empleado es en algunos puntos deudora de la de Cercas en Soldados de Salamina, un libro clave sobre el uso novelístico de la historia.

¿Puede detallar al lector quién fue su abuelo?

Mi abuelo fue un personaje con muchos intereses. Fue periodista, abogado y político, y llegó a ser secretario personal del presidente del gobierno Eduardo Dato, un demócrata cristiano avant la lettre autor de una importante legislación social, que fue asesinado por los anarquistas. El atentado puso fin a cierta forma de entender el conservadurismo, basada en el diálogo. Una parte de los conservadores se decantó hacia la acción militar y otra parte del anarquismo, al asesinato duro y puro. Fue el triunfo de los radicalismos de ambos lados. Mi abuelo era a la vez un católico convencido, un liberal-conservador y un monárquico activo, a quien Alfonso XIII nombró Gentilhombre de Cámara. Pero el personaje de mi novela es y no es mi abuelo. Mi abuelo se llamaba Pablo Vila San Juan y el protagonista, Pablo Vilar.

El imaginario narrativo catalán, con alguna excepción como la de Vilallonga, ha polarizado dos Barcelonas, la burguesa y la anarquista. En su libro emerge el punto de vista monárquico y aparecen algunos personajes de la nobleza, la medieval, la de los Austria y la de los Borbones, ¿qué papel tenían estas aristocracias en la época en que enmarca su libro? ¿Cómo se llevó, desde su españolismo, con la burguesía de la Lliga?

El mundo de la nobleza catalana de los años 10 y 20 tuvo mucho peso social, aunque ha quedado relativamente olvidado; por eso me parecía interesante rescatarlo. Formaba un círculo activo y elegante, aunque por supuesto elitista, que se reunía y daba fiestas en sus residencias, la mayoría de las cuales han desaparecido, aunque quedan reminiscencias hoy de uso público como el Laberint d´Horta (de los Desvalls) o la escuela Eina (de los Sentmenat). Este círculo se activaba sobre todo cuando el rey venía a Barcelona, y de hecho impulsó y financió la construcción del palacio de Pedralbes para que Alfonso XIII pasara más tiempo en Catalunya. Es un mundo bastante gatopardesco, porque su proyecto político y su cohesión de grupo se hundieron con la República y ya nunca volvió a ser lo que era. A mí me gusta mucho cierta literatura británica y americana sobre las élites, con ese tono a la vez distante y cariñoso, a lo Edith Wharton o Evelyn Waugh en Retorno a Brideshead.

Se ha documentado sobre la época, y su protagonista pasa del glamur a las cuevas de Montjuïc, una verdadera corte de los milagros a la manera de Victor Hugo. ¿Cómo era aquella Barcelona de los pistoleros, 30 atentados al día y la ley de fugas de Martínez Anido?

He intentado contrastar la memoria de los círculos aristocráticos con la de otra cultura de la época, la anarquista, no sólo en su vertiente política sino también utópica. Se trata de una cultura alternativa y hasta cierto punto prehippy, que cultivaba el pacifismo, el vegetarianismo, el nudismo o el espiritismo, y que prefigura los movimientos alternativos de los años 60. Y junto a estos dos mundos, presento una ciudad que entre los años 1919 y 1923, los llamados años del pistolerismo, era una ciudad invivible, marcada por la violencia diaria y que parecía Chicago. Todo el mundo tenía el miedo en el cuerpo y un gran testigo de aquella época, Joaquim Maria de Nadal, cuenta que hasta los hombres más pacíficos, de comunión diaria, iban con el revólver en el bolsillo.

Es una Barcelona muy distinta al Madrid de Valle-Inclán. Hay menos señorito crápula, menos rosario y menos poder.

La diferencia entre la Barcelona y el Madrid de fines del XIX y principios del XX es el gran crecimiento industrial de la capital catalana, que crea mucha riqueza y a la vez unas desigualdades sociales que la convierten en una olla a presión. La Barcelona de los años 20 era la capital europea del anarquismo y el laboratorio donde se cuecen todos los problemas que estallarán con la Guerra Civil española. El epílogo, en el que algunos personajes se reencuentran en julio de 1936, intenta reflejar este carácter premonitorio de los años del pistolerismo.

Hay un personaje femenino que recuerda casi literalmente a Isabel Llorach, creadora con Carlos Soldevila del Conferentia Club. ¿Qué le interesaba del personaje?

Isabel Enrich está lejanamente inspirada en Isabel Llorach, pero en mi novela es un personaje de imaginación, muy diferente del real. Me interesaba la figura de una heredera joven porque en el contexto de los años 20 representa a una mujer verdaderamente libre, que gracias a su dinero puede hacer lo que le da la gana. Y ella es consciente de que el dinero no debe ser un fin, sino un medio para hacer otras cosas. Si hay una moraleja en el libro es que las personas están por encima de las ideologías. A mi abuelo en julio de 1936 lo salvó el aviso de un anarquista al que había defendido como abogado.

 

La entrevista también puede leerse aquí: www.lavanguardia.es/cultura. He utilizado varias fotos: una de Sergio Vila-Sanjuán, la he tomado de aquí http://www.vilanova.cat/img/img_39346173_1.jpg; otra de la Barcelona de los años 30 y una famosa y extraordinaria de Catalá Roca, que formó parte de aquella exposición Madrid-Barcelona, y que está tomada en la Gran Vía.

 

 

REDIFUSIÓN DE BORRADORES HOY

REDIFUSIÓN DE BORRADORES HOY

Hoy sábado, a partir de 9.15 de esta mañana, tras 'Bobinas', se redifunde 'Borradores' con este menú que se ve aquí abajo.

Actuación musical: Prau, banda de rock en aragonés

Plató: Agustín Sánchez Vidal e Ignacio Micolau

Reportajes: José Luis Melero, bibliófilo y escritor; Lorena Domingo, pintora.

Secciones: Los elegidos de Borradores

 

El programa ‘Borradores’ recibe esta noche, a las 0.25 horas, al escritor e investigador Agustín Sánchez Vidal, que hablará de su tercera novela, ‘Esclava de nadie’ (Espasa), donde narra la historia de Elena de Céspedes, una mujer morisca y mulata que se convertirá en hombre y en cirujano, y que se sería juzgada por la Inquisición en 1587, en uno de los primeros casos sobre la transexualidad y el hermafroditismo. El otro invitado al plató es el bibliotecario e historiador Ignacio Micolau, autor del volumen ‘Cuestiones bajoaragonesas’, donde reconstruye la historia cultural y social de Alcañiz de los últimos dos siglos. En el libro se habla de Mariano Nifo, de Clarín, de Ramón José Sender o de la ceramista Teresa Jassá, entre otros, así como de la tradición periodística de la capital del Bajo Aragón.

Además, ‘Borradores’ visita la biblioteca de José Luis Melero Rivas, escritor y bibliófilo que acaba de publicar ‘La vida de los libros’ (Xordica), una selección de artículos sobre escritores, ediciones, críticos, curiosidades, libros olvidados o raros. Melero habla de cómo es su biblioteca, de la encuadernación, de las dedicatorias, de primeras ediciones y confiesa algunas de sus pasiones: el fútbol, las bellas artes o la jota. La joven pintora Lorena Domingo, que expone estos días en Ibercaja-Patio de la Infanta, aborda la clave de sus obras, que recogen el influjo del expresionismo norteamericano y a la par acusan la huella de la pintura de Pablo Picasso, especialmente en todo lo relacionado con los payasos, los arlequines o el mundo del circo.

El programa se completa con la sección ‘Los elegidos de Borradores’, donde se recomiendan la antología ‘Avanti’, publicada por Olifante; la novela ganadora del XL premio de novela Ciudad de Barbastro, ‘Tal vez la lluvia’ (DVD) de Juan Carlos Méndez Guédez, el cómic ‘Stitcher’ de David Small, y el libro ‘Un siglo de copla’ de Manuel Francisco Reina, que incorpora una película de Emilio Ruiz Barrachina.

La actuación musical corre a cargo del grupo Prau, que canta en aragonés y publicaba en 2009 su tercer disco: ‘A fin de l’agüerro’ (El fin del otoño). Este sexteto interpreta dos temas de su característico rock sazonado con elementos célticos, no en vano usa la gaita y la dulzaina: ‘O chilo’ (El grito) y ‘A linia’ (La línea).

*La ilustración corresponde a Lorena Domingo, que expone su obra en Ibercaja-Patio de la Infanta.

'LA MADRE' DE ABEL HERNÁNDEZ

'LA MADRE' DE ABEL HERNÁNDEZ

El caballo de cartón, de Abel Hernández,

ganadora del VIII Premio de la Crítica de Castilla y León

 

El caballo de cartón -obra editada recientemente por Gadir-, del escritor soriano Abel Hernández ha sido elegida, hoy en Salamanca, ganadora del VIII Premio de la Crítica de Castilla León.

Este prestigioso premio, convocado anualmente por el Instituto Castellano y Leonés de la Lengua, ha tenido como jurado una amplia representación de la cultura de las nueve provincias de Castilla y León, que incluye críticos literarios, profesores universitarios y escritores. Entre los ganadores de anteriores ediciones se encuentran autores como Luis Mateo Díez, Óscar Esquivias, Juan Manuel de Prada o Antonio Gamoneda.

El director del Instituto Castellano y Leonés de la Lengua, Gonzalo Santonja, copresidente del jurado, indicó que se trata de una obra “magnífica” que lleva a su autor a “ser el portavoz de una sensibilidad humanística del mundo de lo rural convertido en el mundo intelectual”.

El precedente de El caballo de cartón, Historias de la Alcarama, de Abel Hernández, fue también finalista de este premio en su edición del año pasado.

 

Javier Santillán me envía un capítulo de este libro de Abel Hernández, biógrafo de Adolfo Suárez, que se presentará el día 10 en Zaragoza. Se trata del capítulo de ‘La madre’.

LA MADRE

De Abel HERNÁNDEZ

25 de Octubre. Hoy hemos celebrado el cumpleaños de mi madre. La abuela Bibiana ha hecho rosquillos y ha venido a comer toda la familia. Mi madre ha cumplido 37 años. Hace ya más de ocho que murió mi padre y aún sigue de luto. Siempre la he conocido vestida de negro. En días señalados como hoy trata de aparentar que está alegre, pero yo sé que no es del todo verdad.

 

En toda esta historia que estoy contando, mi madre desempeña un papel especial. Siempre tengo delante su fotografía, una de las últimas que le hicieron. Vuelvo a mirarla. Lleva un abrigo negro. Abundan las canas en su ondulado y brillante cabello, rematado en un moño. Como único adorno luce unos pendientes de perla que yo le regalé. Su rostro, que denota una enorme fortaleza interior, sigue siendo hermoso, ancho y armonioso; pero en sus ojos castaños hay un rictus de tristeza que refleja ya el estrago interior de la enfermedad.

Una retinopatía causada por la diabetes le ocasionó una progresiva pérdida de la vista. Poco a poco fue quedándose ciega. Al final apenas distinguía el perfil de la cara de sus nietas y el color de sus vestidos. Esto la atormentaba, aunque procuraba disimularlo con humor. Murió de cáncer a los ochenta años recién cumplidos y sus restos descansan en el cementerio del Espino de Soria, cerca de Leonor, la mujer de Antonio Machado. Ella pidió no ser enterrada hasta que pasaran cuarenta y ocho horas de su muerte por temor a que la enterraran viva, como había ocurrido en algunos casos espeluznantes que le habían contado de joven. Fue uno de los escasos caprichos de su vida.

Aquella tarde de finales de octubre, cuando bajé del Espino, vi el cielo cárdeno, ensuciado de grajos, me sentí solo en el universo, perdido en el páramo infinito como un niño desvalido y lloré a solas dulcemente como nunca había llorado. Entonces me di cuenta del milagro: el llanto del hombre nos devuelve a la condición de niños, donde la vida empieza; nos purifica y nos introduce de nuevo en el seno materno.

Recuerdo de aquel cumpleaños de 1948, que iba a ser el último que pasaría con ella en muchos años, una escena desagradable en la sobremesa. Mi madre anunció su propósito de que nosotros, mi hermano y yo, estudiáramos.

—Aquí en el pueblo no se van a quedar. Ya lo he hablado con don Juan, el maestro, y con don Livino.

—Sí, van a estudiar para amolanchines —saltó el tío Felipe—. ¿De dónde vas a sacar los recursos para que estudien? Lo mejor es que vayan pastores.

Fue una reacción brutal e inesperada del mayor de los hermanos, desmentida luego con hechos, que a mi madre le dolió ese día como si le hubieran dado una puñalada. Desde que murió mi padre y se quedó viuda con 28 años, la principal razón de su vida fue sacar a los hijos adelante como si él viviera, sin condenarlos a destripar terrones.

Mi padre, Cristóbal Hernández Ridruejo, que, como tengo dicho, era secretario del Ayuntamiento de Valtajeros, padecía del corazón y murió de repente a los 28 años —ambos eran de la misma edad— el 4 de febrero de 1940, segundo día de las fiestas de San Blas. Yo tenía dos años y mi hermano, unos meses. Por más esfuerzos que he hecho toda mi vida, no lo recuerdo, no recuerdo nada de él, pero debió de ser un gran hombre. Su muerte, por lo visto, conmocionó a toda la comarca y, según me han contado, yo preguntaba insistentemente por él con mi lengua de trapo «¿dónde está mi papa?», sin obtener una respuesta satisfactoria. Desde entonces he estado buscando a mi padre inútilmente. Sólo conservo su mortuoria, con una gran cruz en medio y unos anchos márgenes con tres franjas de negro. Es en la mortuoria de mi padre donde aparece por primera vez mi nombre en letra impresa. Los dos únicos objetos personales, que estuvieron muchos años a nuestro alcance, su reloj de plata «Louis Coppel» y su laúd, se perdieron misteriosamente en un traslado.

Margarita, mi madre, desanduvo el camino vestida de luto, con sus dos niños pequeños, y se volvió a Sarnago, a la casa de sus padres, donde ella y yo habíamos nacido. Cuando distinguí mi imagen en el espejo, me vi vestido de negro. Puedo decir que la película de los primeros años de mi vida fue literalmente en blanco y negro.

Mi condición de huérfano a tan tierna edad junto con la fuerte personalidad protectora de mi madre y la sincera compasión que despertábamos hizo que familiares y vecinos me trataran con especial benevolencia, a pesar de que eran tiempos en que los niños ocupábamos en la sociedad un lugar marginal y despreciado, lo que nos obligaba a refugiarnos en nuestro propio mundo, en un mundo aparte, salvaje e inmerso por completo en la naturaleza. Los campos, los prados y el bosque eran nuestro hábitat natural. Allí éramos libres.

Andábamos por los caminos como saltamontes. Buscábamos nidos, sacábamos de la tierra con el azadón hormigas aludas, cazábamos pájaros con cepos de alambre o con paraderas de losas y recogíamos los frutos silvestres con especial dedicación en cada temporada: moras, endrinas, calambrujos, bizcobas, perques, maguillas, arándanos, grosellas, gayubas, aciablas, amugues, magüetas… Nos masturbábamos juntos en el pradillo de altas paredes, sentados en fila entre los rosales silvestres. En verano nos metíamos desnudos en las pozas y charcas enfangadas pobladas de eneas, con las ranas croando en la orilla y saltando entre los juncos y entre nuestras piernas. Nos bastaba un mendrugo de pan con cebolla o tocino. Bebíamos agua de cualquier regajo, manantial, acequia o fuentecilla que nos encontráramos, siguiendo una norma sagrada, que considerábamos infalible:

 

Agua corriente

no mata a la gente.

Agua sin correr

puede suceder.

 

No recuerdo ningún castigo físico en casa, ni siquiera una bofetada. Cuando tenía tres o cuatro años me ocurrió algo que se parecía a ello y que se me quedó grabado para siempre. Mi madre había amasado y estaba metiendo la masa de las hogazas en el horno. Hacía calor y yo tenía sed. Le pedí a mi madre que me bajara agua de la cocina. Ella no podía en ese momento. Se ofreció a hacerlo el tío Sotero, que me quiso siempre como si fuera un hijo. Subió a la cocina y bajó con una jarrita de aluminio llena de agua fresca. Me la ofreció y yo la rechacé, a pesar de que me moría de sed.

—Yo quiero que me la dé mi madre —dije enrabietado.

—¿Quieres el agua? ¡A la de una!

—¡No!

—¿Quieres? ¡A la de dos!

—¡No!

—¿Quieres? ¡A la de tres!

—¡No!

Entonces ocurrió lo inesperado. El tío Sotero lanzó con fuerza el agua de la jarra sobre mi cara. La impresión y el susto casi me cortan momentáneamente la respiración. Estallé en llanto mientras todos reían. Fue una buena lección, que demostró la excesiva dependencia que tenía entonces de mi madre y me ayudó a no ser en adelante un niño caprichoso. Andando el tiempo me enteré de que fue idea del tío Sotero encargar a los Reyes Magos el caballo de cartón con el aparejo de carne de membrillo.

El método de mi madre cuando estaba disgustada por alguna fechoría de mi hermano o mía era poner cara de pena, pronunciar la tremenda frase «¡me vais a matar a disgustos!» y no hablarnos, ignorándonos durante varias horas, a veces días, hasta que le rogábamos encarecidamente que nos perdonara. Este silencio de mi madre era un castigo moral, casi un chantaje, muy inquietante y doloroso. Exhibía su condición de víctima y nos acusaba a nosotros de aumentar su sufrimiento, de ser cómplices de su triste destino. La temprana viudez le dejó para toda la vida un fondo de resentimiento, que poco a poco compensó con su generosidad y su coraje silencioso.

Este carácter victimista de mi madre, unido a su extraordinaria inteligencia natural y a su sentido común, no dejaba apenas resquicio alguno a mi autonomía personal a la hora de hacer planes sobre mi vida. En el pueblo los niños carecíamos de capacidad de decision sobre nuestro futuro. Ni siquiera se nos pedía directamente opinión. Asistíamos a las conversaciones de los mayores como si fuéramos los gatos que ronroneaban en torno a la mesa de la cocina.

En honor a la verdad hay que decir que mi madre no utilizaba nunca el ordeno y mando o los argumentos de autoridad. Tampoco la vi jamás perder los papeles, hablar a gritos o tener una reacción histérica. Cuando lloraba, lloraba a solas. Procuraba actuar con naturalidad y cercanía, y ser convincente. Su frase preferida si te resistías a su propuesta era: «Atiende a razones». O «no retoriquees». Te envolvía hábilmente en sus razonamientos y uno llegaba a la conclusión de que quería lo mejor para ti y que te podías fiar de ella. Nunca, en toda mi vida, lo he dudado.

La sombra de mi padre gravitó sobre nuestras vidas. El baúl con sus recuerdos más personales, forrado de seda color crema, permaneció siempre al lado de la cama de mi madre, que siguió enamorada de mi padre hasta la muerte. Cada año nos llevaba varias veces a visitar su sepultura en el camposanto de Valtajeros. No se le pasó por la cabeza volver a casarse, aunque no le faltaron pretendientes y proposiciones tentadoras. Yo mismo fui testigo de una de ellas en el portal de la casa de Sarnago. La abuela Bibiana le decía cuando los días de fiesta la veía afanada en la cocina con el delantal de rayas puesto: «La que luce entre las ollas no luce entre las otras». Pero ella lo tenía claro.

Cuando regresó, viuda y con dos niños, a la casa paterna comprendió enseguida que tenía que hacerse cargo de todo. El abuelo había superado ya los 70 años, la abuela padecía depresiones, que atribuían al susto que le dio su cuñado, el tío Nicolás, un locatis, cuando le apuntó con la escopeta («se le levantaron —decían— las alas del corazón»), aunque lo más probable es que sus desvaríos tuvieran que ver con la menopausia tardía y con una formación religiosa poblada de temores y escrúpulos; y el bueno del tío Co no era un hombre con capacidad de resolución. Para ellos la vuelta de mi madre fue una bendición del cielo.

Además de ocuparse de las tareas domésticas —barrer, cocinar, fregar, coser, lavar, planchar, hacer las camas…— vareaba la lana de los colchones en las eras, lavaba la ropa en el río, traía la hornija, amasaba el pan, lo cocía en el horno, ordeñaba las cabras cada mañana antes de que sonara la cuerna del cabrero, iba con los cántaros por agua a la fuente, uno en la cabeza y otro en la cintura, no rehuía echar una mano en las tareas del campo: la escarda, la siega, el cuidado de las huertas y la recogida de la cosecha. Comprendió enseguida que criar cerdos era entonces lo más rentable, y más de una noche pasé yo con ella en la pocilga a la luz de un candil procurando que la cochina recién parida no aplastara a los cerditos de la lechigada. Luego defendía el valor de aquellos animales hasta el último céntimo cuando el «Peña» de Cigudosa llegaba al portal con su blusa negra y su cara de pocos amigos a comprar los tetones.

Para hacer frente a aquellos tiempos de penuria montó en la cocina de abajo una pequeña tienda, que hacía también de estanco y de taberna y donde repartíamos el racionamiento en la posguerra. Los arrieros de Cervera, Igea, Aguilar e Inestrillas, que iban y venían con sus mercancías camino del mercado de San Pedro, paraban en casa, que estaba siempre abierta; cuando acababan empapados por la lluvia o les sorprendía la nieve en descampado se secaban a la lumbre, bebían una jarra de vino caliente con miel y canela y, si era preciso, encontraban allí refugio gratis para pasar la noche.

Pero la principal misión de mi madre, aparte de sacar a los hijos adelante, fue cuidar a sus padres con extraordinaria delicadeza hasta que, con más de noventa años el abuelo y unos años menos la abuela, cerraron los ojos para siempre con unos meses de diferencia, y, andando el tiempo, cuidar de su inseparable hermano, el tío Co, afectado de ictus cerebrales y que en los últimos años de su vida fue como un niño desvalido. Entonces no había ley de dependencia ni a nadie se le ocurrió concederle a mi madre la merecida medalla del mérito en el trabajo o del sufrimiento por la patria o por lo que fuera, si es que existía. Estas medallas y condecoraciones están destinadas desde siempre a los famosos y chupatintas de la capital. La excepción fue mi bisabuelo Diego al que le hicieron caballero de la Orden de Beneficencia por un acto de heroísmo.

Don Manuel, el médico de la comarca, le enseñó a poner inyecciones y, desde entonces, hizo de enfermera y practicante en el pueblo, sin cobrar un real ni recibir compensación alguna. Coincidió con la llegada de la penicilina. Traían de San Pedro a caballo las ampollas en una caja envuelta en hielo. En Sarnago había varios jóvenes tuberculosos, entre ellos dos hermanos en el barrio de abajo, y mi madre, a pesar del evidente riesgo de contagio, acudía hasta su lecho a ponerles cada noche la dosis que parecía milagrosa.

Fue una mujer fuerte, generosa y desprendida, que conectaba lo mismo con los más viejos que con la gente joven. Todo el mundo la respetaba y la quería. Era religiosa, pero nunca cayó en beaterías. En el baúl donde conservaba los recuerdos de mi padre guardaba también una colección de novelas de su autor favorito, Pío Baroja, que ella había ido adquiriendo en fascículos. Un cura tridentino, seguramente don Juan Pérez, el de Huércanos, que le escribió una carta aquel octubre del 48 con motivo de su cumpleaños y cuyo sobre azul, sin la carta dentro, con un sello de Franco de 50 céntimos, ha aparecido misteriosamente en mi arquita, le aconsejó, apelando a la salvación de su alma, que las quemara para que un autor tan impío no cayera en manos de los niños. Como fiel hija de la Iglesia, obedeció con harto pesar y las quemó lentamente en el fuego del hogar por la noche, sin testigos.

Su afición a la lectura, a pesar de no haber pasado de la enseñanza primaria, le otorgaba una superioridad moral en un pueblo sin luz eléctrica y en el que no había casi ningún libro en la mayor parte de las casas. Los libros eran objeto de culto y se trasmitían de una generación a otra con la firma correspondiente, una debajo de otra. En las largas noches de invierno, mientras las Úrguras recorrían las callejas agitando la nieve, barriendo los tejados y ululalando por las chimeneas, mi madre, con voz pausada, nos leía un libro en la cocina de mi casa, al calor de la lumbre, a la luz de un candil, bajo las varas de los chorizos y las morcillas de la matanza, que colgaban del techo. Los atentos oyentes éramos el abuelo Natalio, sentado en su silloncito a la derecha de la chimenea, la abuela Bibiana en un banquito a la izquierda, el tío Co, cuando no estaba en el trujal, y nosotros, los niños, sentados en el centro de cara a la lumbre. Un invierno nos leyó el Quijote en dos tomos, en rústica, cada noche unos cuantos capítulos, y otro, con un sonsonete inolvidable, lleno de musicalidad, los romances castellanos antiguos, que acabamos aprendiéndonos de memoria.

Llegado a este punto y pensando intensamente en mi madre, que tiene que seguir existiendo en alguna parte porque nada de lo que se ama desaparece, he vagado de recuerdo en recuerdo, formándome una imagen perenne, que ha ido cristalizando en un amor tranquilo que recorre la casa vacía entre montañas, pasa por el cerro del Espino y se eleva en el Monte de las Ánimas hasta las estrellas.

 

*Todas las fotografías que ilustran este fragmento de 'El caballo de cartón' de Abel Hernández pertenecen a un fotógrafo inolvidable: el gallego Virxilio Vieitez, ese hermano de sangre y de sensibilidad de August Sander.

 

 

 

 

 

NACE WWW.FRONTERAD.COM

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Recibo esta nota del fotoperiodista y Premio Nacional de Fotografía Gervasio Sánchez:

 

Os recomiendo www.fronterad.com, una excelente web en español que varía su oferta central los viernes y en donde escriben excelentes escritores, reporteros y blogueros.

Creo que vale la pena seguir sus pasos

Un abrazo

Gervasio Sánchez

 

*En la foto, un fotograma de la película ‘La cinta blanca’ de Haneke, a la que le dedica un artículo Álvaro del Amo.

'TESTIGOS' DE RAFAEL NAVARRO

'TESTIGOS' DE RAFAEL NAVARRO

“Testigos” muestra una serie de 30 obras, que está divida en tres partes, 18 imágenes individuales, 9 dípticos  que reflejan un diálogo  y tres trípticos , en los que la huella del hombre plantea algunas de las relaciones que establecemos con la naturaleza, a veces bellas, otras injustas o torpes. Las piezas que se exponen están realizadas con el proceso de gelatina a la plata procesada por sistema para la norma de alta permanencia, viradas al selenio, en un soporte de papel baritado.

 

El trabajo de Rafael Navarro nace de sensaciones más que de ideas concretas. Esta serie es un homenaje a la parte vegetal de la naturaleza que de algún modo es testigo de nuestra existencia, de ahí el nombre que el artista ha elegido para la misma. En el mundo natural predomina una armonía, un equilibrio exquisito que el hombre pone muchas veces en peligro. Rafael Navarro lleva muchos años interesado en este tema, recopilando imágenes y sintiendo la naturaleza. En sus creaciones muestra un mundo vegetal en calma, imágenes en blanco y negro, figuras que se transforman, bajo un juego de luces y sombras, en pura abstracción, despojadas de todo lo accesorio, que invitan a reflexionar sobre el tiempo y la belleza. Es una obra abierta, de sensaciones y vivencias, de historias vitales por las que asoma el artista. Según Rafael Navarro: “Esas imágenes son retratos de compañeros de viaje. Su ciclo de vida puede ser muy efímero o mucho más largo que el mío. Siento que mi vida es un recorrido que discurre en paralelo  a seres vivos del mundo vegetal que también me observan y, a los que yo les devuelvo la mirada”

 

RAFAEL NAVARRO

 

Rafael Navarro nace en Zaragoza en 1940. Su interés por la fotografía lo conduce, a través del reportaje, el teatro y los deportes, hasta las artes plásticas, medio en el que desarrolla un lenguaje personal. Entre sus hallazgos estéticos más significativos se encuentra el “díptico”, que consiste en la combinación de dos imágenes aparentemente diversas para ofrecer una visión fotográfica tan novedosa como sorprendente. En 1977, junto a Manuel Esclusa, Joan Fontcuberta y Pere Formiguera, funda el grupo “Alabern”. Un año más tarde es designado representante en España del Consejo Latinoamericano de Fotografía y en 1985 miembro del Consejo Asesor de la Fundación Miró de Barcelona. Su obra ha sido expuesta en galerías y museos de todo el mundo y forma parte de fondos relevantes como la Bibliothèque Nationale y la Maison Européenne de la Photographie de Paris, los museos de Arte Contemporáneo de Bruselas, México, Buenos Aires o Japón, así como las colecciones de la Fundación Pilar i Joan Miró, el IVAM o el Centro de Arte Reina Sofía.

 

Entre sus libros hay que destacar Dípticos (1986), Le forme del corpo (1997), Rafael Navarro Catalogue Raisonné 1975-1998 (2000), Don’t disturb (2001), Photobolsillo 44 (2002) y En el taller de Miró 2006. El conjunto de su trabajo ha sido recientemente catalogado en la publicación Cuerpos iluminados (2006), donde puede apreciarse el alcance de una dilatada trayectoria profesional. De 1973 al 2009 ha realizado 208 exposiciones individuales y participado en 435 colectivas

 

EXPOSICIÓN: “Testigos", Rafael Navarro

 

LUGAR: Museo Ibercaja Camón Aznar. Espoz y Mina, 23

 

FECHA: Desde el 25 de febrero al 8 de mayo de 2010

 

*Esta nota la ha elaborado el gabinete de prensa de Ibercaja. La muestra al público se inaugura esta tarde a las 19.30 horas.

 

DIÁLOGO CON PATRICIA ESTEBAN

DIÁLOGO CON PATRICIA ESTEBAN

Ayer por la tarde, en compañía del poeta y narrador Manuel Vilas y del editor Juan Casamayor, Patricia Esteban Erlés presentó su nuevo libro de relatos: ‘Azul ruso’ (Páginas de Espuma), en ese espacio tan acogedor de Los Portadores de Sueños, que dirigen Eva Cosculluela y Félix González. Ayer publiqué una extensa entrevista con la escritora zaragozana, nacida en 1972, en Heraldo. Aquí está la entrevista al completo: la que salió y lo que no pudo salir.

 

-¿Con qué estado de ánimo suele escribir Patricia Esteban Erlés?

Depende, más que escribir desde un estado de ánimo escribo desde la punta de una idea, tirando del extremo de algo que aparece de pronto, en cualquier parte, y me hace sacar el cuaderno y tomar unas notas. A veces es una frase de dos desconocidos en el autobús, la secuencia de una película, una palabra evocadora. En el caso concreto de Azul ruso, puedo decir que la literatura fue en 2008 la mejor terapia que pude seguir, en un momento difícil en el plano personal. Decidí ahorrarme el psiquiatra y escribí este libro desde la tristeza de la pérdida a veces, otras desde el deseo de hacerme reír a mí misma con una historia o de liberarme de un peso vital con el que ya no podía seguir cargando.

 -Da la sensación de que tus cuentos nacen de un mal sueño que se prolonga durante el día…

Quizás sea más aproximado decir que los cuentos que escribo nacen de miedos, que me asaltan indiscriminadamente, esté dormida o despierta. Hay una serie de obsesiones que se prolongan en el tiempo, desde la infancia, y me siguen como fantasmas. Escribir es mi manera de exorcizarlos, de burlarme de ellos y darles esquinazo. Puede que haya algo de onírico en el tratamiento que les doy, pero esto responde a que determinadas vivencias son más terribles que muchas pesadillas, y morfológicamente más complejas. Del mal sueño puedes librarte, pero de lo que te pasa en realidad es más difícil desembarazarse. Por eso, tal vez, yo prefiero reciclar esos sucesos y convertirlos en relatos.

-¿Ha sido escrito ‘Azul ruso’ como un libro unitario o es más bien un libro de distintos relatos que se suman y que organizan en torno a una manera de mirar?

Creo que Azul ruso es un libro que ha ido haciéndose a lo largo del tiempo, buscando su propia forma. En un principio yo sólo tenía claro que había una tonalidad melancólica común en las historias, un azul que lo invadía todo. De hecho, el libro se llamó en un primer momento Periodo azul, como la época pictórica de Picasso. Sin embargo, luego me di cuenta de que la presencia del gato, como compañero eterno del hombre, superviviente a las mismas catástrofes que él y un eterno enigma, estaba ahí, como una presencia silenciosa, en muchos de los cuentos. De ahí que finalmente se llamara como una raza felina muy misteriosa, el azul ruso, al igual que el relato central del libro, un cuento extenso donde hablo de una mujer que convierte en gatos a los hombres que llaman a su puerta. Pienso que sí existe una manera determinada de mirar en este libro, pero sobre todo un color, el azul, que adquiere diferentes tonalidades. Hay un fondo de tristeza, si se quiere, pero tamizado en ocasiones con el humor, o la ternura.

-¿Podríamos decir que el tema general, o la atmósfera de los cuentos, es el misterio y el dolor?

Sí, estoy de acuerdo con eso, pienso que hay una perplejidad o un desconocimiento de la vida, una incapacidad de entender o superar lo que les pasa a los protagonistas de mis cuentos, de comunicarse entre ellos. La realidad se convierte en una fotografía borrosa, que no alcanzan a ver bien. Y por otro lado el dolor es una marca  especialmente evidente en algunos personajes, a veces lo he entendido como carga interna, otras puede apreciarse incluso en su aspecto físico. Hay una belleza y una heroicidad en quien debe afrontar la vida desde la diferencia que siempre me admira, y eso también he intentado plasmarlo en el libro.

-En tu obra hay siempre una mirada malévola y, aquí, también tierna, melancólica. Pienso en ‘Piroquenisis’, por ejemplo, o en ‘Porvenir’. De dónde salen estos personajes, ese sastre enano, Renato, o ese tipo que es “el mejor artista funerario de la ciudad”, por poner dos ejemplos de rareza cotidiana?

Me interesan muchos los seres que se ven obligados a aceptar la anormalidad como compañera de viaje en sus vidas. En ese sentido, cualquier hombre o mujer que cuenta con un físico diferente sería el ejemplo más claro, y ahí podría encuadrarse a Renato. Piroquinesis surge de una vivencia personal, yo solía tomar café en un bar donde cada mañana coincidía con un señor bajito, con un rostro hermosísimo y muy triste. Siempre iba perfectamente trajeado y poseía una dignidad que me llamaba mucho la atención. A él le debo la creación de Renato, el verdadero héroe de ‘Piroquinesis’, un personaje guiado por el amor incondicional. Por otro lado, también se aprende a vivir en un contacto directo, anormal para la mayoría, con la muerte, que es lo que le sucede al protagonista de ‘La chica del UHF’, ese maquillador de cadáveres. Hace unos años emitieron en televisión una serie de culto que me encantaba, ‘A dos metros bajo tierra’. Los protagonistas eran los miembros de una saga familiar que regentaban unas pompas fúnebres, un conjunto de seres humanos que vivían a unos centímetros de la muerte y hacían de ella un objeto artístico.  Me pareció muy interesante porque reflejaba perfectamente cómo a fuerza de costumbre se asume de forma natural lo que a cualquiera de nosotros nos parecería insoportable: la proximidad de los muertos, el deber de acicalarlos y pasar largas horas en su compañía.

¿Por qué tienen tanta importancia los animales en tus libros: pienso en esa iguana que se convierte en un obstáculo para el amor de una pareja, en el gato albino de ‘Kriptonita’ o en la mujer que transforma a sus amantes en gatos?

Los animales de compañía están con frecuencia en mis textos como una especie de corifeo, de actores secundarios. En mis libros anteriores había sobre todo perros, pero en ‘Azul ruso’, ya desde el propio título, que es una raza felina, ganan los gatos. Se dice que el gato es el único animal que sobrevive a todas las catástrofes, un poco como le sucede al hombre, y siempre ha mantenido con él una relación de sociedad, no de dependencia, como el perro. En ocasiones, el animal es un símbolo, como en el caso de ‘Mudanzas’, donde esa iguana representa la conciencia del error cometido por el personaje al tomar una decisión. En ‘Azul ruso los gatos’ serían trasunto de todas las víctimas de un holocausto gratuito, causado por alguien con el poder de decidir sobre las vidas ajenas. 

 

-Cuál es la relación, o cómo es, la relación entre realidad y fantasía? ¿Cómo explicas esa irrupción de la fantasía en lo cotidiano, muy al modo de Cortázar o de Silvina Ocampo?

Para mí la realidad es un lugar poco ameno, del que intento huir siempre que tengo ocasión. A ratos siento que lo que más me interesa de ella es justo lo que no vemos, esas trastiendas de las vidas y las situaciones que no enseñamos a nadie. Citas dos autores que para mí son claves, sobre todo en el caso de Silvina Ocampo, una maestra en el arte de retratar los secretos, las puertas falsas que se cuelan en nuestra existencia. Me gusta el fantástico vinculado a la vida moderna, sin la tramoya del XIX, más ceñido a un contexto reconocible por mí y por el lector. 

-El cuento que da título al libro la protagonista lleva el nombre de un cuento y de un personaje de Jorge Luis Borges: Emma Zunz. ¿Es un homenaje, una broma?

Un homenaje, claro, humilde y sentido. Ese cuento me parece una joya, y un día me puse a pensar por qué no se me habría ocurrido a mí un nombre tan maravilloso para un personaje. De ahí pasé a plantearme qué ocurriría si en la literatura pasara como en la vida real, y hubiera otra Emma Zunz distinta a la de Borges, su doble. Cuando empecé a imaginarla salió esa mujer a medias Morgana, a medias Melusina, con un poder extraño que administra sin reparar en sus consecuencias.

 Casi todos los personajes parecer vivir en el extrañamiento constante, tiene algo de criaturas patológicas: se obsesionan con antiguos amores, buscan el amor de su vida desesperadamente, van y vienen como un clima de espejismo…

Sí, tengo debilidad por los seres extraños, por los que se pasean por la vida como si su tiempo lo rigiera un reloj blando de Dalí. Me parecen muy fotogénicas, estas criaturas atrapadas en su propia pesadilla, bien porque son incapaces de olvidar el pasado, bien porque el futuro les aterra o porque han cometido una equivocación tremenda.

 -¿En qué medida te condiciona o te inspira el cine?

El cine marcó mi infancia, es una bonita cicatriz que no puedo olvidar. Fue un gran descubrimiento en la niñez, una afición que cultivé de adolescente con auténtica locura y que ha dejado una enorme impronta, porque no concibo la literatura sino como una forma de plasmar lo que veo, las imágenes, de interpretarlas a través de la palabra. Cuando escribo un cuento, he tenido que rodarlo antes en mi mente, ya he fabricado la historia en secuencias. Me encanta el cine clásico y esa atmósfera que tienen muchas de las películas antiguas es la que a menudo me gustaría volcar en mis textos.

 Este es un libro donde se habla mucho de lo oculto. ¿Hay dentro de Patricia Esteban un demonio como sugiere Fernando Iwasaki?

Sí, seguramente uno muy bien alimentado. Yo siempre digo que la literatura es un lugar perfecto para desprenderse de las obsesiones, los miedos, la locura. Creo que todos tenemos deseos o pulsiones que nunca reconoceremos, quizás ni ante nosotros mismos, pero en una obra de ficción puedes darle alas a lo más terrible. Matar, odiar, vengarse… En ese sentido me parece la mejor terapia para tener a raya a los demonios de cada cual. 

¿Cómo defines el cuento, cuántos cuentos distintos puede escribir un escritor?

Para mí el cuento es el instante, la densidad, la fotografía de la que hablaba Cortázar. Siempre que la mires, encontrarás un detalle nuevo, algo que te intrigue o te haga pensar. Es una píldora pequeña, pero matona, que puede encerrar el sentido más profundo de la vida y que te acompañan para siempre, una vez los has leído. Respecto a la segunda parte de la pregunta, creo que todos escribimos siempre el mismo cuento, o los mismos dos o tres cuentos, dependiendo de los temas que más nos obsesionan,  sólo les cambiamos el disfraz.  

Por cierto, ¿qué les debe a los alumnos a los que das clase en el instituto o los talleres de literatura y recuerdas con tanto cariño en el libro?

Mucho. A mis alumnos de Secundaria les debo el reto diario que supone entrar en una clase donde debo convencerles de que la Lengua  y la Literatura son dos armas que pueden serles muy útiles. Hasta para pensar en números necesitamos las palabras, con lo cual el lenguaje es un instrumento que deben saber usar. En cuanto a la Literatura, existe la creencia vana de que sólo pueden escribir los novelistas, los poetas, los cuentistas. A mí me interesa que los alumnos y alumnas comprendan el maravilloso cauce de expresión personal y de vuelo imaginativo que encierran los libros. Trato de mostrarles que uno puede asumir un papel más activo que el de simple lector, armarse de un bolígrafo y escribir un diario, o un cuento en el que narre en qué monstruo querría convertirse, de tener ocasión. En los talleres de relato me llena muchísimo encontrar a adultos que han asumido el vicio de la literatura como un ocio y que tienen la valentía de querer compartirlo con otras personas. Disfruto mucho de las clases con ellos, que son lectores impenitentes que se emocionan con un título o un personaje y se pueden pasar horas hablando de obras o autores. Aprendo cada día.

¿Significa algo especial para ti publicar en Páginas de Espuma?

 Claramente, sí. Hubo un tiempo, no muy lejano, en que yo era una lectora entusiasmada de la editorial, porque me parecía estupendo que alguien se arriesgara por el cuento y le diera tanta cancha. No podía imaginar que, igual que Alicia, un día cruzaría el espejo y me convertiría en parte del catálogo, con escritores a los que admiro tanto desde siempre. Es un lujo y un orgullo enorme, desde luego, estar en Páginas de Espuma.