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Antón Castro

MARÍA TORRES-SOLANOT VIAJA A NUEVA ZELANDA

La fotorreportera María Torres-Solanot, que ha trabajado varios años en Heraldo de Aragón, emprende una de sus habituales aventuras fotográficas y humanas. Me manda esta nota:

 

Hola Antón! ¿Cómo estás?  Espero que bien.


Te envío el link de un blog que me he abierto recientemente con fotos de diferentes viajes y en el que voy a escribir un diario de viaje desde Nueva Zelanda.


Vuelo para allá mañana y estaré hasta el 30 de marzo. Voy a hacer varios reportajes varios. En la bitácora quiero hacer un reflejo del itinerario, temas, anécdotas  etc.

 

Éste es el enlace:

mariatorressolanot.wordpress.com

EL GARRAPINILLOS EMPATÓ EN EL DESCUENTO: 3-3

EL GARRAPINILLOS EMPATÓ EN EL DESCUENTO: 3-3

GARRAPINILLOS, 3-ZUERA, 3 (Tantos locales: Pirri, 2; y Mario, de penalti).

Tengo que empezar la crónica del partido Garrapinillos-Zuera casi donde dejé el del pasado domingo: el Marianistas ganó tras el último segundo, y hoy, nosotros, los rojillos del Garrapinillos, empatamos de penalti, no sé si después del último segundo, o poco antes de que se acabasen los tres minutos de descuento. El magnífico arquero zufariense le hizo penalti a Adrián Serna y Mario Calvera, de un disparo potente y esquinado, igualó un partido que se puso cuesta arriba desde el primer minuto. Poco más se llevaría, o quizá aún no se habrían cumplido los 60 segundos del choque, cuando el portero rival lanzó de puerta, desde fuera el área, Marcos falló en la recepción del balón, el delantero rival se anticipó al arquero Juan y marcó. Durante cinco o seis minutos, el Garrapinillos tomó el dominio del partido, fabricó varias ocasiones claras, pero no logró empatar.

 

El campo estaba en mal estado. Para ellos y para nosotros, pero daba la sensación de que a nosotros nos afectaba más su inestabilidad. O por lo menos nos mostramos más inestables. Antes de los diez primeros minutos, un disparo lejano del Zuera fue repelido por Juan, la defensa no acudió al rechace, el portero quizá pudiera hacer algo más para proteger su propio desvío, pero otro delantero contrario se adueñó de la indecisión y puso el marcador 0-2. Así fue como acabó el primer tiempo. El Garrapinillos quiso y no pudo: fabricó ocasiones por las bandas y por el centro, Pirri erró varios balones, igual que Jorge y Diego, y el Zuera fue tomándole aún más la medida al partido y a nuestra débil defensa hoy: contragolpeó con mucho peligro y acarició, casi tanto como nosotros, el tercer gol. Felizmente no se produjo. Estábamos poco precisos en el marcaje por los costados, había inseguridad por el centro, inseguridad, zozobra y resbalones continuos, la media no contenía el juego del adversario (no fue el mejor partido ni de Jorge ni de Diego; Mario se cansó de lanzar faltas a la olla y acarició el travesaño en una falta), pero el susto –que ya era abundante, casi mayúsculo- no fue a mayores.

 

Ajustamos algo las líneas en la segunda parte. Intentamos corregir algunos errores el marcaje y recordamos que necesitamos el balón. Que teníamos que apurar la recuperación, triangular con precisión, asociarnos en corto. Apelamos a nuestra coordenada: combate, pelea o brega; orden y talento. No nos sobraba de nada de ello. Y en la mejor jugada del partido, que inició Diego, y en la que participó casi toda la delantera, Alex Fernández centró con precisión para que Pirri marcase su tanto 16. Aún nos quedaba un mundo de fútbol. Más de 35 minutos. Cuando parecía que íbamos a igualar, el Zuera ensanchó su ventaja. Pero aún logramos reducir la diferencia al 2-3, de nuevo Pirri marcó. Ellos estuvieron a punto de sentenciar en un fallo del arquero Stalin, que sustituyó a Juan, pero su jugada acabó en el palo, algo que parecía más difícil que marcar. La suerte ahí acudió a nuestro lado, y volvió a favorecernos cuando moría el partido en forma de penalti en un lance entre Serna (que quizá arrancase en fuera de juego) y el espléndido portero, que jugó como un veterano. Fue, por otra parte, su mejor líbero, su mejor central y, si me apuran (y con ello no quiero desdeñar al conjunto contrario en absoluto ni a sus medios, que pararon a los nuestros bastante bien), su mejor centrocampista de empuje. A Mario no le tembló la pierna. Disparó a la derecha del portero, seco y duro, con la máxima superficie de empeine como exige el canon, y gol. El arquero intuyó el lugar y se tiró muy bien, pero el disparo era imposible de atajar.

 

El Garrapinillos tuvo el premio al coraje, al esfuerzo, a la convicción, cosechó el galardón a esa oscura fe de no dar el partido por perdido nunca. No se desmoronó anímicamente, aunque no brilló. La suerte, y esa constancia ciega, arregló el desaguisado. El Zuera es un equipo serio y trabajador, sólido en todas sus líneas, no se vino abajo nunca, ni siquiera cuando parecía estábamos en un tris del empate. Sus jugadores vieron que hoy teníamos un problema: la mayoría de jugadores no llevan tacos de aluminio, y el campo estaba especialmente difícil, un tanto impracticable por el centro. Y eso lo acusamos. El campo esta tarde fue el segundo adversario: tras el rival, el Zuera, el campo de San Lorenzo. El partido acabó con expulsión del arquero y con gran enojo del entrenador. Lo puedo comprender perfectamente. A nosotros nos pasó el otro día en un partido importantísimo ante el líder.

 

Nosotros no encontramos hoy el sitio de manera sostenida. Hubo destellos, buenas jugadas, combinación, pero el tono general fue más bien irregular, de un aprobado justo. Solo nos podemos sentir satisfechos, y levemente orgullosos, de la honestidad de nuestro trabajo, pero no de nuestro fútbol.

Formamos con: Juan; Alex Velilla, Alfredo, Marcos, Aitor;  Diego Rodríguez, Mario; Diogo, Jorge Rodríguez, Alex Fernández; Pirri. También jugaron el portero Stalin (que debutó y permaneció bajo el marco 25 minutos, más o menos), Jaime, Alex Navarro, Jorge David y Adrián Serna. Diogo, el interior portugués, otro (no Diego Cali, que estaba enfermo), también debutaba hoy y realizó un buen partido en el juego de ataque; por ahora le falta sentido táctico, pero su debú ha sido más que correcto.

 

El partido de hoy era el último de la primera vuelta. Creo que quedamos terceros, por detrás del Pina de Ebro, segundo, y del Marianistas, primero, holgadamente destacado. Nuestro balance podría haber sido algo mejor: hemos ganado diez partidos (ocho de ellos de manera consecutiva), hemos empatado dos y hemos perdido tres. En total llevamos 32 puntos. El próximo sábado o domingo, nos enfrentamos a La Puebla de Alfindén.

(En la foto de archivo de José Antonio Melendo, Mario Calvera, el capitán, lanza una falta ante el Marianistas).

JORGE GONZALVO: PORTADA DE UN CUENTO INFANTIL

JORGE GONZALVO: PORTADA DE UN CUENTO INFANTIL

El editor y escritor Jorge Gonzalvo, un estupendo cuentista como se verá en breve (o como ven los que siguen su blog), va a publicar un relato infantil ‘Te regalo un cuento’, en la editorial Lóguez, ilustrado por la argentina Cecilia Varela, que “esta dando mucho que hablar en Argentina y México”. El libro se distribuirá en varios países de habla hispana.

 

Esta es la portada del volumen que saldrá en España la última semana de marzo.  

PÍO FERNÁNDEZ CUETO: TRES NOTAS SOBRE EL TEATRO

PÍO FERNÁNDEZ CUETO: TRES NOTAS SOBRE EL TEATRO

Entre los papeles que he encontrado estos días en mi arsenal de desórdenes de más de veinte años de periodismo, está un pequeño regalo del inolvidable Miguel Ángel Brunet Larroche, periodista y escritor de teatro (a él le dijo Gala: “No te quejes, Brunet, que tú estrenas todos los días”): tres hojas redactadas a mano por Pío Fernández Cueto, el rapsoda y actor que divulgó en la posguerra la poesía en Zaragoza, gracias a la ayuda y a la generosidad de Miguel Labordeta.

Miguel Ángel me escribió en un pos-it amarillo: “Antón, nadie mejor que tú para guardar, con amor, esta pequeña reliquia de Pío Fernández Cueto. Antes de hacerme profesional del lapicero, yo tenía una tienda y la mujer de Pío compraba en ella la ropa de sus hijos. Su marido me pagaba con esta hermosa moneda. Capitales sentencias. M. Á. Brunet”.

 

Son tres fichas en octavo, donde Pío dice lo siguiente.

 

“El arte del acto está creado para que actualice el latido presente o pasado del hombre y su drama histórico. Todo teatro que no actualiza su tiempo no es teatro. El actor como el autor de teatro debe huir de toda literatura y deben de ser activantes directos. No creo en los actores aficionados. El actor debe ser profesional y jugarse la vida si eso es necesario para serlo. Tengan en cuenta que el arte del acto se realiza a la fuerza de oficio y un pequeño tanto por ciento de inspiración creadora. El arte del actor-recitado es más importante por estar menos dotado de retórica en luminotecnias y utilajes (sic) de guardarropía. Para un verdadero actor la decoración menos importante ha de ser la del público. Para un genial actor el público no cuenta en su formación y desarrollo, muy al contrario el público es el que necesita de él para su purificación y redención social.

El director de teatro nació de un mal parto de un director cualquiera de cine en 1903.

La actriz suele ser mejor que el actor porque la mujer en el escenario está justamente en su ambiente de exhibición y ganas de ser vista en todo momento.

Basta”.

 

Me ha parecido casi simbólico que me hayan aparecido estas notas. Este próximo jueves, el actor y rapsoda Luis Felipe Alegre actuará en Borradores, recitará a Nicolás Guillén y a Juan Gelman, y hablará del ciclo ‘Poesía con acento de América’ y de algunos proyectos de El Silbo Vulnerado, como la representación de ‘Poeta en Nueva Yokr’ en Buenos Aires. Uno de los temas de tertulia es la figura de Pío Fernández Cueto. A principio de los 70, cuando era un pipiolo y alumno de Rosendo Tello, acudió a un recital suyo. En la foto, que pertenece al diario La verdad, Luis Felipe Alegre.

ÁNGEL ORENSANZ PREMIADO EN SUNDANCE

ÁNGEL ORENSANZ PREMIADO EN SUNDANCE

Ángel Orensanz me envía esta nota acerca del premio que acaba de recibir en el Festival de Sundance. Ángel ha realizado distintas intervenciones artísticas sobre la nieve en París, cerca del Louvre, en Nueva York y en Moscú. Básicamente, al margen de realizar otros montajes, ha pintado unos expresionistas rostros en la nieve; más que pintar parece haber trazado unas grandes incisiones en la nieve.

 

 

ANGEL ORENSANZ AWARDED IN SUNDANCE FESTIVAL FOR HIS FILM  “SNOW OF THE WORLD. EVERYTHING DISSOLVES UNDER OUR FEET”

Park City, Utah.  Yesterday, January 25, at the Egyptian Theater of Park City, Angel Orensanz was awarded the prize “New Art Horizons” for his film “The Snows of the World” by the circle of new directors and writers from the Sundance Festival. The event took place in the early hours of January 25.

This short has been photographed and produced in its entirety during the last two weeks of this months  in Paris, Moscow, New York, and the last and longest sequence in he mountains of Park City, the sea of the Festival.    

In a feat of preproduction and postproduction, the Spanish sculptor and his team has extensively work in the esplanade in front of the Musee du Louvre Paris; he worked with a tractor, plowing the snow in front of the Museum of the Soviet Exploration of the Space in Moscow and in a  park in Lower Manhattan, in New York. The last sequences, the longest,  in the Mountains in Park City. Asked for the reason of this intensity of sculpture and film in the snow, Orensanz answered: “I do not see an interpretive model more clarifying of what is going on around us than the snow cape that envelops now large areas of the world. It is evocative of the fragility that envelops so many countries. It is not just an ecological crisis but an economic and structural one. Everything dissolves under our feet”.

The movie was presented very early this morning at the Egyptian Theatre in front of an avid audience.

 

'LAS MANOS DE JULIA' DE VÍCTOR JUAN BORROY. TROZO

'LAS MANOS DE JULIA' DE VÍCTOR JUAN BORROY. TROZO

 

 

Víctor Juan tiene tres novelas entre manos: una ya publicada, Por escribir sus nombres (Prames), y dos más: una ya culminada, y en busca de editor, y otra en proceso de gestación. Hoy, en su página, publica un fragmento de una de ellas, la segunda: Las manos de Julia, que reproduzco aquí. La foto es de Fulvio Roiter y está tomada en México. 

 

LAS MANOS DE JULIA

Una mañana vino a verme un carpintero. La lectura de un artículo que firmé en el suplemento dominical de un periódico sobre la violencia de los primeros días de la guerra civil le animó a visitarme. Enseguida llegué a la conclusión de que era una de esas personas que necesita tiempo para contar, para contarlo todo a su manera. Me explicó que suele detenerse a repasar los muebles que se amontonan en las aceras esperando que los lleven al basurero. Busca tesoros entre los despojos de esta sociedad de la opulencia. Cree que todo puede servir para algo, que a todo se le puede encontrar una segunda utilidad. En algunas ocasiones recupera un tirador, unas bisagras, un trozo de cristal, el marco de un espejo o las baldas de un armario... Otras veces recoge muebles enteros que alguien hizo con sus manos utilizando madera de nogal, de roble, de pino o de abeto… Disfruta devolviéndoles la vida. Tras unos meses en la carpintería, aquellas piezas que arrastran una historia de dignidad, un pasado de esplendor, de servicio, de vergüenza, de abandono o de sufrimiento vuelven a ser útiles, vuelven a existir, están en condiciones de conquistar de nuevo un espacio, un hueco en el universo de la materia viva.

Así encontró una mesa de roble. Enseguida se dio cuenta de que se trataba de la mesa de alguien que escribía, leía o pensaba apoyado en ella. Tenía cajones a ambos lados del hueco preparado para las piernas. En uno de esos laterales descubrió un pequeño rectángulo metálico en el que leyó “Ministerio de Instrucción Pública. Madrid, 1924”. Era la mesa de un maestro. Y le gustó que fuera una mesa que había estado en una escuela, sobre la tarima, junto a la pizarra. Seguro –pensó– que alrededor de ella se congregarían los niños. Esa mesa había soportado el peso de los libros, de los trabajos escolares, del borrador y la tiza, de la hucha con forma de cabeza de chinito, de la botella para preparar la tinta. Era la mesa de un maestro que habría disfrutado de la monotonía de la lluvia en esas tardes de escuela cuando llovía. Así lo escribió Machado. Decidió que la restauraría para que su hija Irene, una niña de diez años, empezara a estudiar sobre ella. La cargó en su furgoneta y la llevó al taller.

Siempre tenía encargos pendientes. Los entregaba irremediablemente con retraso porque nunca sabía qué iba a pedirle la madera. No podía predecir el momento en el que una ventana, una escalera, una caja o una estantería estarían terminadas. Él trabajaba mientras la madera reclamaba sus cuidados. Era incapaz de dar por concluido un trabajo hasta que tenía la certeza de que sus manos no podían hacer nada más por cada mueble, por cada pieza de madera por pequeña que fuera. “Sabe –me decía para que entendiera cómo hacía su trabajo–, cuando alguien entra en mi taller, yo dejo que me cuente, que me explique qué quiere, y después decido si acepto el encargo”.

La mesa se quedó arrinconada en el taller, esperando pacientemente que llegara su turno junto a los restos de lo que parecía haber sido una puerta, entre maderos y listones, sepultada bajo una capa de serrín cada vez más espesa que amenazaba con ocultarla totalmente.

Una mañana el carpintero tomó un trapo y se dirigió a la mesa del maestro. Al quitar el serrín pudo ver la madera surcada de líneas, las esquinas astilladas, la huella que el paso del tiempo había dejado en el tablero… La madera aún estaba viva… Abrió y cerró algunos cajones. Como si sus ojos no le bastaran para conocer el estado de la mesa, la acarició demoradamente con sus manos decididas y firmes. Sonrió. Le gustó mucho más que cuando unos meses atrás la recogió de la basura. “Hoy –dijo para sí– me pondré con la mesa de Irene”. La empujó hacia la zona de trabajo, el espacio en donde lo más importante de aquel universo lo tenía al alcance de la mano: la lijadora y el cepillo, las escuadras y las reglas, los formones y las gubias, las barrenas, los martillos, los destornilladores de todos los tamaños, los lapiceros y los compases, los serruchos, las fresas, los sargentos, las tenazas, el bote de cola blanca… Antes de hacer nada contempló nuevamente la mesa, se acercó al calendario y trazó con su lápiz rojo un círculo sobre el día 20 de septiembre. Encima escribió: “Mesa de Irene”. Aquel acto no tenía ninguna importancia práctica. El 20 de septiembre, la víspera de estrenar el otoño, no iba a ser la referencia de nada. Él trabajaba sin plazos y sin límite como si el trabajo no tuviera que ver con él. Pero quería saber cuánto tiempo era necesario para que la mesa decidiera nacer. Sus manos trabajaban silenciosas sobre el roble. Acuchillaban, lijaban, cepillaban, volvían una y otra vez sobre los bordes, pulían los cantos, eliminaban algunas manchas de tinta que habían teñido el tablero de la mesa…

Después de unos días en el pequeño taller del artesano todo giraba alrededor de la mesa. El mundo se reducía a la relación del carpintero con ese mueble. Parecía que conversaban, se estremecían, sufrían y disfrutaban al unísono. Lo que sentía el uno lo percibía también el otro. Cuando se sumergía en sus proyectos, el carpintero sólo podía pensar en el modo de responder a las preguntas que le hacía la madera, como si las virutas que se extendían por el suelo impregnaran también sus sueños.

Cuando ya había concluido los trabajos más urgentes por el exterior de la mesa, sacó los cajones y comenzó a prepararlos para recibir el barniz que protegería la madera. Entonces, al darle la vuelta completa a la mesa fue cuando descubrió, pegado en el fondo de la cajonera, un sobre marrón. Lo arrancó cuidadosamente procurando no romper el papel y comprobó que había algo en su interior. Abrió el sobre y sacó una fotografía y una papeleta electoral en la que bajo el título de “Elecciones a Diputados a Cortes. Coalición de Izquierdas” había escritos cuatro nombres. Con ese patrimonio se presentó en mi despacho.

* Fragmento de la novela Las manos de Julia. Siempre es difícil encontrar editor para las historias. Pero es más difícil escribirlas. Y esta novela ya está escrita.

 

 

SÁNCHEZ VALLÉS Y 'EL JUGLAR DEL LANGUEDOC'

SÁNCHEZ VALLÉS Y 'EL JUGLAR DEL LANGUEDOC'

Afirmaba Joaquín Sánchez Vallés en la presentación en Madrid de su última novela: “El juglar de Languedoc (Ediciones Irreverentes), que transcurre a comienzos del S.XIII, se sitúa históricamente en el tiempo en el que nace el amor cortés, que es un amor feudal. Hasta entonces, el amor era algo físico, no se concebía el amor espiritual como ahora se puede entender, y los juglares y trovadores convierten a la mujer en objeto de adoración. Trasladan el respeto de la época por el señor feudal, a la mujer, a la que convierten en un ser superior al que rinden vasallaje.”

            En ese contexto se mueven el juglar y el trovador protagonistas de esta novela histórica que se desarrolla en plena herejía cátara, en el territorio del Languedoc, entre Toulouse y Marsella, en plena guerra de los señores feudales y de la Iglesia Católica contra el Sur refinado y culto, que acabará con las hogueras del Santo Oficio y la muerte de miles de cátaros.”

            Sánchez Vallés respondió a los medios sobre lo que hubiera podido suceder con España de ser otro el resultado de la batalla de Muret: “Los señores del Languedoc eran vasallos de la Corona de Aragón. Pedro II, hijo de Alfonso II, se casó precisamente con María de Montpellier con la voluntad de extender sus territorios por el sur de Francia. El deseo de la Corona de Aragón era extenderse por el Languedoc y una vez reunidos los terrenos de Aragón con el Languedoc, dar por concluida la extensión territorial y hacer un país. Pero la derrota de Pedro II en Muret, que además le costó la vida, hizo que su hijo Jaime I, se decidiera por emprender la conquista de Valencia y Mallorca. Si Aragón se hubiera anexionado aquellos territorios del sur de Francia, sin duda el mapa de Europa, y por lo tanto el concepto de España, sería muy distinto.”

            Llama poderosamente la atención el modo en que aparece la prostitución en la novela, ya que según el autor, “no era la prostitución una práctica tan mal vista como ahora, sin duda por nuestra tradición romana. La imagen de la prostitución fue ensuciada por la Iglesia católica en la Edad Media, pero estamos hablando del sur de Francia, refinado, culto, abierto, tierra de paso, y en una época donde el amor sentimental estaba naciendo. Antes el amor era algo carnal. Una de las protagonistas es prostituta y a nadie le extraña, y cuando tiene necesidad de ayuda en el negocio, echa mano de su prima. Y nadie se escandaliza. Cualquiera debe saber que todos los ejércitos, al hacer un sitio de cualquier ciudad, iban acompañados de las suficientes putas para satisfacer a los soldados. La prostitución era tenida como algo normal y necesario.”

            Esta novela es un canto a la derrota, en tiempos en los que sólo los vencedores merecen atención; “los protagonistas son todos derrotados, los cátaros muertos a manos de la Iglesia Católica; Pedro II de Aragón muerto en Muret; la Corona de Aragón sin el Languedoc; el Languedoc perdiendo su riqueza cultural, artística, su brillante modo de vida para beneficio de la Iglesia y de los nobles del norte; y el juglar y el trovador siempre sin fortuna. Si lo pensamos bien, aquel tiempo es como ahora. Nada ha cambiado.”

 

Joaquín Sánchez Vallés (Huesca, 1953). Licenciado en Filología Románica, es profesor de Lengua y Literatura en el instituto “Félix de Azara” de Zaragoza. Ha publicado dos novelas: La ciudad junto al río, que resultó finalista del Premio “Azorín” (Ed. Aguaclara. Alicante. 1990), y La costa de las perlas, Premio “Francisco Ayala” (Universidad Popular. San Sebastián de los Reyes. 1997). Su más reciente incursión en la prosa es un libro de relatos: “El hombre-lobo de Huesca” (Ed. Certeza. Zaragoza. 2008).

 

*Nota remitida por la editorial Ediciones Irreverentes. Hace unos días, en ‘Artes & Letras’ de Heraldo de Aragón, Ramón Acín publicó un extenso comentario sobre la novela de Joaquín Sánchez Vallés, también un estupendo poeta. Por cierto, esta novela se mueve en el lugar y los espacios históricos en que se mueve otra ambiciosa novela: El Rey Conquistador. La crónica oculta de Jaime I (Edhasa) de José Damián Dieste y Ángel Delgado.

 

LEONCIO GASCÓN Y AQUELLOS VIAJES A LA JOTA

LEONCIO GASCÓN Y AQUELLOS VIAJES A LA JOTA

Esta tarde, desde las cinco y media he estado seleccionando papeles, revistas, cosas que he ido guardando desde 1985 más o menos. He tirado un montón de recuerdos. Mis sobrinos, mis cuñados, mis hijos, Carmen: todo el mundo ha echado una mano. He encontrado este texto, inspirado en mi suegro Leoncio Gascón, que apareció en Heraldo de Aragón en 2002. Pensaba en la niñez de mi hijo Daniel (yo creo que en un homenaje de inmenso cariño se ha puesto su apellido) y en la relación tan particular y mágica que ambos tuvieron.

PROMESAS DE ABUELO

 

 

Mi abuelo está ahí, inmóvil ante el televisor, pero muy vivo, con su imaginación de poeta y su torrente de recuerdos. Tuve suerte con él: me enseñó a conocer los animales y a viajar por las enciclopedias. Cuando no sabíamos una palabra o la fecha de una batalla las buscaba, y me pedía que le leyese las entradas en voz alta. Así conocí mejor vocablos como núbil, secuencia, Trafalgar o Cervantes. Me gustaban los coches y conocía todas las marcas. Un día entré en un concesionario y dije: “Quiero ese Volkswagen Vento. Ahora viene mi abuelo y lo paga”. Y mi abuelo llegó con su muleta y dijo: “Te lo compraré, sí, pero antes debes sacarte el carné”.  Cada día íbamos al barrio de La Jota: él era el cajero de SPAR, el cajero, el asesor del jefe, el empleado más veterano, quien más hambre tenía. Antes había sido carbonero. Íbamos en un Renault 8 al principio, y luego en un SIMCA 1200. Siempre lo conducían mis padres o mis tías. Conozco a la perfección las calles de Pascuala Perié, Felisa Galé o José Oto. Cuando volvíamos a buscarlo, al final de la tarde, quería que fuésemos a la plaza y me decía: “Mira bien ese edificio. Ahí tengo el piso que un día será para ti”. La foto es de Willy Ronis.]