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Antón Castro

Artistas

ROMY & ALAIN: CERCA DEL CORAZÓN

A PLENO SOL / 8. En 1956, Walt Disney le entregó el galardón “La mujer más bella del mundo”. Fue Sissí.  En 1958 inició una historia de amor con Alain Delon que apenas duró cinco años. Nunca pudo recuperarse de la ruptura y del dolor, que abrirían el maleficio de su vida: la presencia de tanta muerte en directo.

 

 

ROMY SCHNEIDER, CERCA DEL CORAZÓN

 

Una de las parejas más bellas de la historia del cine, y acaso de la vida real, fue la compuesta por la actriz austriaca Romy Schneider (Viena, 1938- París, 1982) y Alain Delon (Sceaux, Altos del Sena, 1935). Eran de procedencia muy distinta: ella era hija de actores, Wolf Albach-Retty y Magda Schneider, que se separaron pronto. La joven quedó con la madre, controladora y exigente, que fue amiga de Hitler y de Eva Braun, de ahí que a menudo se recuerde que la niña Romy paseó de la mano del líder nazi. A los quince años debutó en el cine y demostró que tenía un encanto especial: candor, encanto y suavidad. Sus primeros éxitos le llegaron con tres películas sobre la emperatriz Sissí, que la convirtieron en una mujer famosa que no tardaría en cosechar elogios de cineastas como Luchino Visconti y Orson Welles.

En 1958, la reclamó Pierre Gaspard-Huit para hacer su película ‘Amoríos’. Allí iba a citarse con uno de los galanes de moda del momento: Alain Delon, un joven que procedía de una familia modesta, que se había hecho a sí mismo desde el arroyo y que mezclaba el encanto varonil y los aires del canalla y seductor. El propio Delon fue a buscar a Romy al aeropuerto de Orly con un ramo de flores. Se dice que en un principio, no le resultaba muy simpático, pero sucedió algo inesperado y ella se enamoró locamente. Fue correspondida. No hay más que ver las fotos, las numerosas fotos que se hicieron: encarnan la pareja ideal, dos guapos enamorados y felices, con los ojos incendiados de felicidad, picardía y plenitud. Encarnan el embeleso recíproco.

La actriz austriaca quiso instalarse en París con él, pero su madre se opuso, salvo que se comprometiesen. Lo hicieron en Lugano en marzo de 1959 y ese mismo año Romy acompañó a su amado al rodaje de ‘A pleno sol’ de René Clement. Incluso sale un instante. Casi a la vez, Alain Delon fue llamado por Luchino Visconti para que participase en ‘Rocco y sus hermanos’. A partir de entonces, la relación empezó a llenarse de sombras, de fantasmas, de equívocos. Algunos han escrito que el director de ‘El Gatopardo’ y Delon tenían una compleja y secreta relación amorosa, algo que jamás se ha confirmado. En cambio, sí está claro que Alain Delon era muy promiscuo y se sentía atraído por distintas mujeres, y vivió peligrosamente, entre la mafia y las drogas, en diversos momentos de su vida: por ejemplo nunca se aclaró cómo murió en 1968 su secretario personal Stefan Markovic, asesinado en su propia casa.

Orson Welles reclamó a Romy Schneider para su película ‘El proceso’, inspirada en la novela de Franz Kafka, y ella se marchó a Estados Unidos a rodar. Ocurrieron algunas cosas que arrojaron por la borda una historia de pasión y glamur que tenía en vilo a toda Europa: en primer lugar, en 1962, Delon vivió un romance con la cantante Nico, de la que nacería un niño, Christian Aaron; poco después, al regresar, Romy se enteró por carta de que su enamorado se había casado con la actriz Nathalie Canovas. Destrozada, Romy se cortó las venas, pero la llevaron a tiempo al hospital.

En 1966 se casó con el director de cine alemán, Harry Meyen; de la unión nacería su hijo David Christopher. La relación se fue enturbiando poco a poco y se divorciarían en 1975. Antes, en 1969, Romy Schneider y Alain Delon coincidieron en la película ‘La piscina’. Aunque la obra es un tanto tediosa y respira un extraño clima incestuoso, Delon y Romy están muy bien y parece que su vínculo y su complicidad van más allá de lo profesional. Había química, poderosa atracción, una sensualidad inefable y obvia. Coincidieron de nuevo en el cine en ‘El asesinato de Trotsky (1971) de Joseph Losey.  

Con todo, Romy no volvió a levantar cabeza. Tuvo algunos amantes como Claude Sautet, que la dirigió, como los actores Jean Louis-Trintignant o Bruno Ganz, entre otros, pero una gran pena le horadaba el corazón. Fumaba hasta tres cajetillas de Marlboro al día, bebía mucho, redactaba notas para todo y consumía pastillas y estupefacientes. Eso sí, seguía haciendo películas impresionantes: en 1972 encarnó a Sissi en ‘Ludwig’ de Visconti; en 1974 actuó en ‘Lo importante es amar’ de Andrej Zulawsk, que le valió el Premio César. También participó en ‘Una mujer en la ventana’ (1976) de Pierre Granier-Defere, en ‘Una vida de mujer’ de Claude Sautet; actuó en ‘La muerte en directo (1979. Premio César) de Bertrand Tavernier y en ‘Testimonio de mujer’ (1982) de Rouffio.

Su trabajo era de una intensidad descarnada: Romy encarnaba una belleza madura, vulnerable e irresistible, el talento y la inspiración, sin perder ninguno de los encantos de sus orígenes: mezclaba la emoción y la fotogenia con el erotismo y la melancolía, el candor y el desamparo de una existencia maldita labrada con auténtico dolor y otros matices. “No soy nada en la vida, pero lo soy todo en la pantalla”, dijo. Romy hizo 58 películas.

Se casó con su secretario Daniel Biasini en 1975, con quien tendrá a su hija Sarah, y en 1979 recibió una noticia inesperada: su ex marido Harry Meyen se había suicidado. La fatalidad no se alejaba: en 1981, poco después de separarse, su hijo David sufrió un aparatoso accidente en la reja del domicilio de sus abuelos y falleció en la mesa de operaciones del hospital, poco antes de que ella llegase. Un año más tarde, cuando vivía con Laurent Petit, Romy Schneider aparecería muerta, a consecuencia de un paro cardíaco, tras haber consumido barbitúricos con alcohol. Alain Delon fue el primero en hacerle tres polaroids a su cadáver que jamás ha enseñado a nadie. A veces le gusta decir que Romy fue el gran amor de su vida y que lleva esas fotos en la cartera, muy cerca de su corazón.

 

el anecdotario

 

El cuaderno íntimo. A Romy Schneidier la enterraron en el cementerio de Boissy Sans Avoir, a 50 kilómetros de París. Su tumba fue profanada y el diario íntimo que llevaba habría desaparecido. A veces se ha dejado caer que tenía datos comprometedores sobre Delon y Visconti, sobre la muerte de su secretario personal y sobre el tráfico de drogas. Cuando se comprometió en Lugano con Delon, en 1959, Romy declaró: “Siempre me lo juego todo, llevo las cosas hasta las últimas consecuencias. Me entrego y amo con todo mi corazón”. Alain Delon publicó sus memorias, que se titulan ‘Las mujeres de mi vida’ (Editorial Carpen). Algunas fueron Nico, Dalila, Nathalie Canovas, Mireille Darc o Marisa Mell. De Romy dice que conserva “recuerdos llenos de dulzura y su sonrisa, pues cuando sonreía, el mundo se llenaba de alegría. Pero ella era muy inocente y yo un lobo endurecido por mis años en la guerra de Indochina y no supe serle fiel”.

 

-La foto 1, la cojo de aquí: 

https://antoncastro.blogia.com/upload/externo-0c86a6571d13e272fc14701cc6ce06f1.jpg

-La foto 2, la cojo de aquí:

https://antoncastro.blogia.com/upload/externo-8c0c79e7772adcd073a2b8a99677e653.jpg

EL COLECCIONISTA DE ADIOSES

EL COLECCIONISTA DE ADIOSES

CUENTOS DE DOMINGO / Antón Castro

 

El coleccionista de adioses

 

Antonio Tabucchi es uno de mis escritores favoritos. Sobre todo por dos libros, ‘Dama de Porto Pim’, que sucede en las Azores con un fondo de amores tumultuosos y de ballenas, y ‘Sostiene Pereira’, donde cuenta la historia de un hombre viudo que habla a su mujer cada noche y malvive redactando necrológicas en un periódico. Pereira, al que encarnó Marcello Mastroianni, tenía algo perturbador: padecía la enfermedad portuguesa de la saudade y a la vez tenía algo de nihilista y absurdo; hace pensar en Bartleby, el personaje que imaginó Melville que anticipa a Kafka. Conozco a alguna gente que lo primero que hace es leer las esquelas, fijarse en la eufonía de los nombres y en la edad. Y no solo eso, pueden hacer chistes o juegos de palabras con los apellidos del finado. En Pedrola, o quizá sea en Torres de Berrellén o Sobradiel, no me quedó claro, vive un coleccionista de necrológicas, que no un escribidor. Compra dos o tres diarios, especialmente cuando se produce una defunción. El domingo finaba Lorin Maazel, uno de los grandes directores de orquesta de la historia; él anotó en su cuaderno de defunciones que también había dicho, como Zubin Metha, Baremboim o Teresa Berganza, que el Auditorio de Zaragoza posee la mejor sonoridad del mundo. Al día siguiente moría la escritora Nadine Gordimer, Premio Nobelde 1991: publicada y querida en España; sus libros, valientes e intensos, defienden la libertad, la tolerancia y la convivencia en Sudáfrica. Mandela pedía que se los llevaran a la cárcel. También falleció Johnny Winter, el ‘bluesman’ albino que recogió el legado de Jimi Hendrix, en cierto modo, y grabó discos espléndidos: de versiones y originales, con energía y un sonido desgarrador y apasionado. Se fue Alice Coachman Davis, la primera mujer negra que logró una medalla de oro olímpica. Saltó 1.68 de altura, en Londres-1948. Le hicieron un gran homenaje en Albany, aunque los blancos y los negros estaban separados. Han matado a medio centenar de niños inocentes en Gaza. El coleccionista de necrológicas también había puesto en su agenda granate: “Adiós al Real Zaragoza”. Ha tachado y, con tinta roja, ha escrito: “Hay esperanza”.

 

TRES DÍAS DE CINE CON ÁLEX ANGULO

TRES DÍAS DE CINE CON ÁLEX ANGULO

[Jorge Rodríguez Gascón trabajó con el fallecido Álex Angulo en el corto ’El hueco de Tristán Boj’ (2008), de Paula Ortiz, en 2005. Tras enterarse de su muerte, ha querido recordar aquellos tres días de rodaje, de afecto y de complicidad del actor nacido en Erandio en 1953.]

 

TRES DÍAS DE CINE CON ÁLEX ANGULO

Por Jorge RODRÍGUEZ GASCÓN

 

Mi afición por el cine no tiene mucho que ver con Álex Angulo. A los 12 años era un obseso de las películas del oeste y me sabía los diálogos de las grandes películas de John Ford. Estudiaba la ficha técnica de las películas y aún recuerdo el año de realización y el reparto de muchas de las obras del western. Solía vestirme de vaquero y tenía un colt 44 que acabé por romper en uno de mis tiroteos ficticios. Veía las películas de un modo enfermizo. Mi madre estuvo cerca de prohibirme ver Centauros del desierto cuando le recité los diálogos en gallego. Creo que fue en ese momento cuando decidí que quería ser actor como John Wayne o Henry Fonda.

Mi hermano mayor se movía en un entorno cinematográfico. Había escrito algunos cortometrajes y observaba con curiosidad mi obsesión por el cine. No sé si llegué a decirle que quería ser actor. En cualquier caso, se lo comentó a su amiga Paula Ortiz, que me dio la oportunidad de trabajar en dos cortos: El rostro de Ido y Fotos de familia. En el primero era un extra que daba toques al balón en una de las escenas y en el segundo era una especie de niño de la calle que cuidaba de su gato.

En mi tercera participación Paula Ortiz me dio un papel importante y la oportunidad de aprender de un actor veterano: Álex Angulo. Trabajamos en el Centro de Tecnologías Avanzadas, en un corto detallista en el que sucedían dos historias paralelas. La primera era una historia de amor entre marionetas, en la segunda el dueño de la tienda (Álex Angulo) le mostraba la realidad de la vida a un niño caprichoso que solo quería la avioneta más nueva.  

Recuerdo la llegada de Álex Angulo al centro. Para mí era lo más parecido a una estrella de cine que había visto. Llegó con una gorra y la barba sin recortar. Arrastraba una maleta por el suelo del plató y nos enseñó con ojos emocionados la foto de una niña oriental a la que acababa de apadrinar. Me saludó con un firme apretón de manos y una amplia sonrisa. Casi sin tiempo para presentarnos, fuimos a ensayar. Nos metimos en un aula amplia y en dos frases Angulo ya parecía llevar toda una vida como dueño de una tienda de marionetas. Cambió el tono de voz y no tardé en echarme a reír. Era divertido y sencillo, te miraba intensamente a través de unas gafas demasiado bajas.

Reconozco que durante unas horas sus palabras me imponían mucho respeto. Pero cuando empezamos a grabar me ayudó en todo lo que pudo. A su lado tuve la sensación de que nunca llegué a ser actor, pero su complicidad fue clave para no destrozar el corto. Le sorprendía mi afición por el western.

Me hablaba muy bien de los cortometrajes y me decía que el teatro es uno de los grandes barómetros para los actores. “Te encuentras solo en un escenario ante un público que en pocos segundos te muestra su opinión acerca de tu trabajo, no hay nada más real que eso”. Me decía que en la televisión estaba la pasta y que en el cine era el lugar en el que más te aproximabas al arte. Me hablaba con gratitud de Álex de la Iglesia y me decía que no debería limitar mis conocimientos cinematográficos al western. Cuando acabó el rodaje me dio la sensación de haber asistido a un curso de interpretación. Álex Angulo se despidió de mí con una sonrisa y un abrazo. Se marchó con la misma gorra con la que llegó, esta vez con la barba bien recortada y arrastrando una maleta aún más pesada.

En el estreno sentí cierta vergüenza de mi interpretación: no me gustaban mi voz ni mi aspecto ni mi entonación. Sentí también mucha admiración por Álex Angulo. En la pantalla me impresionaron sus gestos y su voz firme. Le agradecí a Paula Ortiz la oportunidad que me concedió. Pero quizá al ver a Ángulo ante las cámaras tuve la sensación de que yo no servía para el cine. Me alejé de ese mundo, y le perdí la pista a Álex Angulo.

 

Ayer estaba viendo Celebrity, de Woody Allen, uno de los directores que Angulo me recomendó, cuando mi padre me dio la mala noticia. Álex Angulo falleció en un accidente de tráfico en las cercanías de la localidad de Fuenmayor. Venía en dirección a Zaragoza, el lugar en el que coincidimos hace 7 años. No había vuelto a verlo. Pero siempre que le veía en pantalla intentaba imitar esa sonrisa con la que se había despedido de mí.  

 

*Esta foto es cortesía de Ignacio Estaregui. Álex Angulo estaba trabajando en ’Bendita calamidad’ con Gaiza Urresti, acababa de hacerlo con Ignacio Estaregui en ’Just&cia’, también lo ha hecho con Alejandro Cortés y había trabajado con Paula Ortiz en ’De tu ventana a la mía’. Le daba la réplica a Luisa Gavasa. Y la amaba en silencio.

UN POEMA DE VLADIMIR HOLAN

VLADIMIR HOLAN, UN POEMA; GERMAINE KRULL, UNA FOTO
Cerca de la mesilla de noche está uno de esos libros a los que siempre apetece volver. perderse, viajar, soñar, imaginar lo que un poeta como Vladimir Holan ha soñado. Se trata de ’La gruta de las palabras’ (Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores, 2010), en traducción y edición de Clara Janés, que lo conoció, que lo visitó y que lo amó. De alguna manera su poesía, la lírica de Janés, está tocada por su presencia y su inspiración. Copio aquí, precisamente, un poema ’Hacia la poesía’, y ponto una foto de las más poéticas, soñadoras, quizá melancólicas que conozco, esta de Berthe Krull, de 1927, realizada por su propia hermana Germaine Krull, una gran fotógrafa.

HACIA LA POESÍA

No sabes de dónde viene este camino
que a ningún sitio te conduce.
Pero te importa poco, ya que estuvo hecho de hechizos,
mujeres, milagros y ansias de libertad.
Viste como si hubieran dado muerte a un caballo bajo un ángel
y el ángel continuara a pie; éste es el camino del olvido de sí mismo;
sólo después conociste el sufrimiento humano
y el de Dios que también va en busca de la felicidad,
Dios, ese amante no correspondido... 

*De ’La gruta de las palabras’. Vladimir Holan. Traducción de Clara Janés.

EL 'DAVID SALAS', MÚSICO, DE JUAN VERÓN Y ROBERTO MALO

EL 'DAVID SALAS', MÚSICO, DE JUAN VERÓN Y ROBERTO MALO

REPORTAJE

¿Quién es David Salas?

Literatura y música se funden: la novela El último concierto de David Salas de Roberto Malo cobra vida en el disco “A escondidas” compuesto por el músico Juan Verón

RAQUEL MARTÍNEZ. Maaszoom

David Salas se define a sí mismo como un golfo, un drogadicto –que no un yonki– y un pésimo cantante; obnubilado por las pastillas, la marihuana y el alcohol, vive en un mundo en el que lo más importante es conseguir una mujer con la que acostarse y, si puede ser,  un bolo con el que continuar su gira intermitente como cantautor.

Pero David Salas no volverá a tocar su guitarra ni a desafinar ante las féminas del público; porque David Salas no existe, al menos, no físicamente. Este oscense de gran desfachatez que admite estar todo el día “colocao” es fruto de la imaginación del escritor zaragozano Roberto Malo, quien dice haber “llevado la broma demasiado lejos” y dado voz a su personaje. El culpable de esto último ha sido el músico y compositor Juan Verón, que decidió aunar letras y acordes y grabar el disco de David Salas “A escondidas” a partir de los versos del poeta.

 

Esta idea se les antojaba una locura a Malo y Verón cuando se conocieron en el encuentro “Copa de letras” que se celebró el año pasado en Calatayud, de donde es originario este último. Pero ese “podrías hacer alguna canción” se convirtió en “he hecho una canción”. Es así como Roberto Malo le envió a Juan Verón la novela de la que tanto le había hablado, El último concierto de David Salas, y este quedó literalmente prendido de ella: “bebí del personaje”, recalca el músico.

En marzo se puso manos a la obra y para julio ya había compuesto otras cinco piezas con las que completar el disco de doce pistas del personaje ficticio. “Esto es muy raro, ya que de normal me cuesta mucho más tiempo componer”, señala Verón, aún sin creérselo. Además, esta vez, probaría nuevos estilos. En “A escondidas” hay de todo: rock, baladas, heavy, blues… de algunas de las canciones dice que son gamberras, “pero no horteras”; Roberto Malo también las describe como “bastante golfas, incorrectas”. Otra de las novedades que presenta su último disco ha sido contar tan solo con una voz cantante, en este caso, la de Juan Manuel Lassa Vergara. Los padres de David Salas querían que su creación tuviera un único timbre.

¿Su obra preferida? La que da nombre al disco. “Sería el single, –explica orgulloso su compositor– es muy divertida y tiene mucho ritmo, a mitad de canción se descubre el pastel, lo mejor es la primera vez que la escuchas, cuando aún no sabes de lo que está hablando”. Habrá que darle al Play para desentrañar el misterio.

Si Juan Verón afirma que “se lo ha pasado bomba” con el proyecto, Roberto Malo no se ha quedado atrás. El cuentacuentos asevera que ha sido una experiencia muy rompedora: “Que salga un disco de un libro ya es un poco insólito, pero crearlo expresamente para una novela es `un regalazo´”. Desde luego, el zaragozano ni se imaginaba que David Salas tendría su propio álbum cuando estaba escribiendo esas trescientas historietas que hilvanó “como un collar de cuentas”. “Se me ocurrió crear un personaje que fuera poeta-cantautor con el que cargar las tintas sobre los tópicos que hay sobre este gremio”, apunta el animador sociocultural.

De ahí viene la adición a las drogas, la perdición por las mujeres y el alter ego –en lo que a su aspecto físico se refiere– de David Salas. Pero aún hay más detrás de este protagonista: “Analizándome a mí mismo me he dado cuenta de que lo he creado por propia frustración. Yo no tengo oído musical, así que me curé en salud: creé lo que en otra vida me hubiera gustado ser”, confiesa Malo. Eso sí, matiza que las drogas, la golfería y el alcohol no van con él: “en ese aspecto no hay nada de mí en David Salas, soy una persona bastante sana, no soy un mujeriego”.  Por su parte, Juan Verón reconoce que “sí que hay bastante de Roberto Malo y de David Salas” en sus composiciones. Y es que no en vano fue la novela la inspiración del músico.

Tras el éxito de este original proyecto, que presentaron recientemente en Zaragoza y Calatayud, cada uno tiene sus propios planes de futuro. El músico Juan Verón, de momento, quiere descansar. No es así en el caso del cuentacuentos, quien lanzará en septiembre su séptimo libro infantil. Además, mientras que Verón dice que “las segundas partes nunca fueron buenas”, Roberto Malo deja la puerta abierta y afirma que no le importaría que se volviera a repetir la experiencia. Quién sabe si volveremos a oír hablar de David Salas.

 

CARMEN ESTEBAN, EN BARCELONA

Carmen Esteban Navarro siempre da gracias a la vida porque le ha permitido descubrir la pintura y uno de sus atributos esenciales: el color. Desde muy joven sintió el magisterio de su tío Manuel Navarro López, vinculado a la Escuela de Bellas Artes y al Estudio Goya. “Era un hombre exigente y trabajador. Al principio parecía no darle importancia a las cosas que yo hacía. Pero a poco a poco me llamaba y me decía: ‘hace días que no me enseñas lo que haces. Quiero verlo’. Siempre me animaba. Solía darme un consejo: ‘Sé fiel a ti misma y a tu sentido del color. Eso es fundamental. No copies a nadie’”.

Así, con su magisterio y con la búsqueda constante, con su pasión por Mark Rothko, Van Gogh y Sorolla, con su atracción hacia el arte oriental y los jardines japoneses, Carmen ha ido buscando sus formas, sus tonalidades y su mundo. Ha tenido una vida itinerante que la llevó por diversos lugares, pero en cuanto pudo fijó su residencia en Zaragoza, instaló su taller y empezó a sentirse muy cómoda con el óleo. Recuerda que hasta su madre tenía facilidad, “aunque no pintó nunca, y en la misma casa, durante un tiempo, vivía mi tío”.

Carmen acaba de terminar una exposición en Miami, de una treintena de piezas que siguen la gira por Estados Unidos de la mano de un galerista que ya la llevó dos veces a Nueva York; se ha hecho un libro catálogo de casi un centenar de página. A la vez expone en Barcelona, en Crisolart galleries (Balmes, 44-46), en una amplia colectiva con el escultor Hernández Pellisa y con la pintora Mercedes Castro. Su pintura mezcla la figuración y la abstracción, pero le gusta decir que línea, “y el tratamiento de las flores”, es cada vez más abstracta.

“Me ha costado encontrar mi sitio. Como pintora busco la emoción y la belleza. Transmitir, contagiar sensaciones. Busco un registro propio, una forma personal de acercarme a la pintura”, señala, como si quisiera subrayar la medida de su ambición, y explica que en Miami ha expuesto, además de óleos de sus temas esenciales, obras en un papel especial de Samarkanda, con el que hace una producción más íntima: fulguraciones cromáticas, sensaciones, flores, espesuras de oro y sueño, intuiciones abstractas...

“En Barcelona expongo una selección de piezas de los tres últimos años: hay dos cuadros de orquídeas del Japón, y uno de mis cuadros más queridos, ‘Casa del lago’, cuadros de flores. La naturaleza me encanta. El paisaje forma parte de mi vida y de mi sensibilidad, y lo traslado siempre a mi pintura. Me interesan las posibilidades de la realidad”, recuerda. Pero hay más cosas: casi una docena de cuadros de fondos marinos, que tanto le interesan y le estimulan. “El mar es otra forma de paisaje. A mí me emociona y me gusta situarme ahí, en ese lugar, donde puedo jugar con la abstracción y la figuración. Me ha costado mucho llegar aquí, a esta estética, a este modo de trabajar. No vivo de la pintura, pero me alimento de ella, tengo una ilusión inmensa, y mi gran sueño es que se valore mi pintura. Que llegue al espectador y a la crítica”. Por ello, cada exposición es una oportunidad y una confrontación, “sobre todo conmigo misma y con mi evolución”, anota. El artista se mide a diario con la luz y el color estremecido. Y ella, tan soñadora, también lo hace con la delicadeza y con los olores del edén que escapan de sus lienzos. 

 

*La foto del cuadro la tomo de aquí:

https://antoncastro.blogia.com/upload/externo-3891d14133a04f0a55147945e6631cd4.jpg

CANO: ARTE ORIENTAL EN AGUARÓN

CANO: ARTE ORIENTAL EN AGUARÓN

PINTURA. José Luis Cano. Expone, desde el pasado jueves, una colección de sumi-e, pintura con tinta, en la Casa del Gaitero de Aguarón.

 

“Estoy asimilando la mentalidad

oriental, a la hora de crear”

 

 

José Luis Cano (Zaragoza, 1948), como Goya, siempre está aprendiendo. Su última aventura han sido unos cursillos de sumi-e con la artista japonesa Kumiko Fujimura, que reside en Zaragoza. La experiencia ha cristalizado en una exposición que se inauguraba el pasado jueves, a las 20.00, en la Casa del Gaitero de Aguarón. 

¿En qué consiste la exposición, de qué obras está compuesta?
Sumi-e quiere decir pintura con tinta. Se trata de pintar con tinta china sobre papel de arroz. La exposición está compuesta por 20 obras de sumi-e. Les llamo sumi-e aragonés porque en lugar de pintar los motivos tradicionales de la pintura oriental (flores de cerezo, bambú, nenúfares...), he pintado motivos propios de nuestra tierra: chopos, cardos...

¿Qué textos o poesía incorpora a la obra y por qué?

Asimismo, los textos que incorporo, escritos en vertical para remedar la apariencia de la escritura oriental, son muy diversos, desde citas de Antonio Machado a estribillos de canciones o incluso alguna frase mía. En cualquier caso, suelen ser textos irónicos.

 ¿Cómo ha sido esta experiencia con el arte oriental?

De siempre me ha interesado la pintura oriental como se puede rastrear, con un poco de atención, a lo largo de mi obra. Hay dos pintores que me interesan especialmente: Zhu Da (siglo XVII) y Qi Baishi (siglo XX).

Todos tenemos en  la cabeza a algunos maestros y a Hokusai, especialmente. ¿Qué tiene el arte japonés que no estuviera antes en su obra?

El jubilarme me ha permitido apuntarme a dos cursillos de sumi-e con Kumiko Fujimura, una pintora japonesa residente en Zaragoza, con la que he aprendido todo lo referente a la técnica y el concepto del sumi-e. En sus clases he llegado a comprender algunas cosas que había leído con anterioridad y no sabía cómo interpretar.

¿Echa de menos la prensa, el chiste, aunque lo siga haciendo en su  blog?

Estoy asimilando la mentalidad oriental, a la hora de crear, tan diferente de la nuestra, y me siento a gusto. Practicar Tai Chi, también ayuda.

¿Por qué expone en la Casa del Gaitero de Aguarón, por cierto?

Expongo en la casa del gaitero por amistad con Eugenio Arnao, que es una bellísima persona.

¿Tiene otros proyectos a la vista?

Algunos hay, sí. Preparo una retrospectiva en la UNED de Calatayud para septiembre, otra exposición en el Hemisferio en 2015 y alguna cosa más que ahora no recuerdo.

AURORA CHARLO DE LOS BOSQUES

[El pasado sábado, en el Teatro Principal, se le rindió un homenaje sorpresa a la aucarelista Aurora Charlo, promovido por su marido Salvador. Me pidió un texto sobre ella, su personalidad, su pintura. Aquí está.]

 

AURORA DE LOS BOSQUES

 

 

zón. La primera vez que vi a Aurora Charlo fue en Albarracín. La vi pintando: saboreaba el paisaje con su gorra, con sus ojos ávidos de luz y piedra arcaica, con sus botas de caminante o de andariega de bosques y pedregales. Entonces, si el recuerdo no me traiciona o superpone fecha sobre fecha, exponía en el museo del pueblo. Entré y me impresionaron sus obras de gran formato: pintaba como casi nadie, arañaba el papel y desleía el agua y el color para trazar paisajes. Alguna que otra marina, montañas, senderos en el monte que conducían hacia espacios de misterio. Disfrutaba en ese diálogo con la naturaleza, de la contemplación de la flora y de las estaciones.

Más tarde visité su taller y sus exposiciones. Trabajadas, pictóricas, minuciosas hasta el último acontecimiento de luz. Me habló de su pasión por esa técnica vertiginosa, me habló de la búsqueda de la belleza, del vértigo de atrapar sensaciones, estados de ánimo y atmósferas allá donde iba. La acuarela, tan compleja y tan exigente, era y es su reino: el territorio de sus mejores sueños, el torbellino de su imaginación en libertad, la rapidez de los suspiros. Me habló de sus viajes: de parajes europeos, de sus paseos a la orilla del mar, de su atracción por las ciudades y sus manchas de claridad o de esas sombras desveladas que se proyectan entre las farolas de la noche; me habló de que el Pirineo, tan absorbente, era uno de sus condados predilectos para la creación. En su taller, en todas las paredes hay cuadros suyos: de distintas épocas, de variados formatos, cuadros que rezumaban plasticidad, perspectiva y enigma. Pocas veces he visto a una artista de semejante prodigalidad: se funde con lo que ve, lo interpreta y lo desarbola en un sinfín de matices y detalles, y siempre, siempre, ofrece transparencia, tensión cromática, entereza.

Hay muchas formas de mirar, de sentir, de implicarse: Aurora Charlo desconoce la pereza. Se transforma. Busca. Se zambulle en la espesura con la versatilidad de las ninfas. Y encuentra: cada uno de sus papeles huye de lo previsible. Mezcla y mancha sin complejos, con conciencia de hermosura, con la suavidad del silencio, con esa apetencia de anudarse con los elementos y de ser. Mezcla y mancha con el fulgor del arrebato, piedra y cielo, cumbre y regato, memoria de un instante decisivo donde se perciben el llanto de las hadas, la música de las colinas y los vaivenes del corazón.