Blogia
Antón Castro

Artistas

NACE EL ESPACIO HUECHA EN ALBERITE: LO ABRE MIGUEL ÁNGEL DOMÍNGUEZ

[El artista Miguel Ángel Domínguez inaugura mañana, en Alberite de San Juan, una nueva sala de exposiciones que quiere ser, ante todo, un espacio alternativo y plural: Huecha. Se abre con una muestra suya, de la que escribe aquí Marta Domínguez, profesora y escritora con residencia en Sevilla.]

 

 

RITUAL Y MAGIA. 15 de agosto de 2012.

 
Marta Domínguez Alonso


Al entrar en el espacio Huecha, la visión de la muestra que ofrece su fundador, el artista Miguel Ángel Domínguez (1955) nos conmociona. La obra allí presente continúa la línea de trabajo  del artista.
Domínguez como una suerte de hechicero establece un diálogo con objetos que son reliquias, desposeídos de su función primigenia, y con nosotros como espectadores en una suerte de ritual que ahonda en el sentido último de las cosas en su relación con lo absoluto que el artista pretende asir como una labor siempre perpetua e inaprehensible.
Ritual que otorga nuevos significados a objetos manidos por  el tiempo, inusuales o en desuso.  Naturalezas muertas, esqueletos, utensilios de labranza que sirvieron un día en un entorno agreste y que hoy son renombrados en un proceso creacional, que dejan de tener por tanto un valor de realidad cotidiana para sugerir oscuras relaciones de signficados. Así una bombilla vislumbrada en la distancia, una vela que conforma un claroscuro, una parrilla que encarcela el esqueleto de una rata, elementos naturales vedados que apuntan directamente a nuestra conciencia y nos invitan a una reflexión intimista con nosotros mismos mientras traslucen la fuerza del genio creador.
La música que envuelve la sala solo puede ser minimalista porque de este modo establece un pulso acompasado con los materiales precarios, naturales que emplea Domínguez.
El artista aragonés pretende con esta exposición arrojar un halo de luz hacia las concepciones artísticas de los años 70, la corriente Arte Povera, arte “precario” cuyo marbete acuñó el crítico Germano Celant, en tanto en cuanto sus materiales son humildes y cercanos: haces de leña, hojarascas, tierra, entre otros.  Jannis Kounellis, Mario Merzo o Bruce Nauman representantes de  esta corriente son fuentes necesarias de Miguel Ángel Domínguez, sin olvidar las huellas de Joseph Beuys, sus evocaciones maníacas, su identidad chamánica. Este autor es referente indiscutible en el sombolismo moderno e incluso “mágico” que hunde sus raíces en el “arte informal” variante del expresionismo abstracto, tal y como nos recuerda Sandro Bocola. Trayendo a  colación a Beuys no podemos obviar el sentido simbólico de los animales muertos, y de los materiales acumulados que poseen “un sentido profundo” e inquietan “terapéuticamente al espectador”, mediante un proceso de sanación a través del arte.
Las cruces, separadas de su codificación religiosa e integradas en el canon artístico, recuerdan que “todo arte abarca símbolos propiamente dichos, colectivamente vinculantes y establecidos por la tradición” pero su configuración “va más allá y no se agotan conceptualmente”. La cruz, como decimos, trasciende su sentido sacro y establece un eje de coordenadas, una escisión simbólica también empleada reiteradamente por Antoni Tàpies, artista no figurativo de posguerra, del mismo modo que reiterada es en Miguel Ángel Domínguez, quien se ha empapado de todos estos artistas.
Objetos, ritual, música, sacrificio en última instancia en consonancia con un último elemento más, el enclave que recibe el embrujo del Moncayo y sus pueblos, donde siempre permanecerán probablemente estas obras impregnadas de las almas de los muertos.

MARILYN POR LASZLO WILLINGER

Laszlo Willinger (Budapest, 1909-1989) fue ante todo un gran fotógrafo de las actrices de Hollywood. Algunos lo definen como el mejor fotógrafo de Vivien Leigh o uno de los mejores de Marilyn. Voy a colgar aquí una selección de sus retratos de la actriz de ‘Niágara’ o ‘Con faldas y a lo loco’.

 

 

ERSI SAMARÁ: ARTE EN BECEITE

ERSI SAMARÁ: ARTE EN BECEITE

El pasado domingo estuve en Beceite viendo la exposición colectiva de un nuevo grupo de artistas del Matarraña. Entre ellos estaba la artista griega Ersi Samará con esta obra que cuelgo aquí. Así la explica Ersi, que cuida y dirige la Antigua Fábrica Noguera, donde se ven los cuadros y el mundo de creación de Gema Noguera: “Interpreté el tema de ‘Raíces’ pensando en mis raíces culturales, ya que soy griega pero he echado raíces en España desde hace muchos años. De ahí el texto que está impreso manualmente sobre los rollos de papel del panel principal: ‘a veces echamos raíces fuera’. Los rollos de papel, a su vez, son una alusión a las raíces de la escritura, a los rollos de pergamino que se usaban antiguamente. Hago libros de artista (todavía estoy aprendiendo) y la idea vino de allí.

Coherentes con la idea de ‘fuera’, las raíces que salen de la obra cuelgan fuera del panel y llegan al suelo, donde descansan sobre una tabla de madera. Estas raíces son bolitas de tela (algodón y seda japonesa) bordadas a mano con diferentes puntos, que pueden ser interpretados como hierbajos, bulbos, gusanos, etc. El papel que utilicé como fondo en el panel principal es de fibras de lino, hecho a mano en el sur de la India.

Esta obra es muy diferente a lo que hago últimamente pero el tema me sugería algo orgánico a la vez que conceptual. Madera, ramitas, papel y materiales naturales más que pintura. Me salió medio instalación”.

SANCHO GRACIA HA MUERTO: MEMORIA DE UNA VIDA APASIONADA

SANCHO GRACIA HA MUERTO: MEMORIA DE UNA VIDA APASIONADA

Hace algunos años, tras el estreno de ‘800 balas’ en Zaragoza, en compañía de Luis Alegre y de Alex de la Iglesia, entrevisté a  Sancho Gracia para ‘Heraldo domingo’. Fue una doble página: me pareció un personaje arrollador, con mucho bagaje, mucha pasión por la vida, entereza y sentido del humor. Anoche fallecía en Madrid, a los 75 años, el actor. Recupero la entrevista que tiene algo de memoria sentimental de nuestra infancia y adolescencia. Veíamos a Sancho Gracia en series como 'Los camioneros', 'Los tres mosqueteros' o 'Curro Jiménez'. En los últimos tiempos, entre otras películas, hizo 'El crimen del padre Amaro'.

 

 

Entrevista con Sancho Gracia (Madrid, 1936)

 


-Usted nació en Madrid pero pasó su infancia en Uruguay.
-Sí, allí viví mi infancia y fui a la Escuela Municipal de Arte Dramático que lo dirigía la gran actriz española, republicana, Margarita Xirgu. La conocí, claro, y trabajé con ella. Hice el convidado sexto o séptimo del novio en ‘Bordas de sangre’, y trabajé también en “Sueño de una noche de verano”, donde hacía el alabardero 48, pero bueno, de alguna manera hay que empezar, y sí estudié con ella.

-¿Por qué se dedicó al teatro?
-Tenía vocación: siempre tuve vocación de actor. Permanecí en Montevideo quince años seguidos, luego iba y venía bastante. A mi padre se lo llevaron de aquí para trabajar en la embajada; mejor dicho, mi padre fue emigrante, primero a Brasil, y luego a Uruguay, y allí trabajó y murió enseguida.



-Entonces regresó a España, supongo. Y casi le pasa lo que cuenta en “800 balas” de Alex de la Iglesia.
-No, no. Eso será luego. Le cuento: volví a España en el año 1962; en realidad me iba para Estados Unidos, porque mi madre y mi hermana vivían a Nueva York. Y un día acompañé a un amigo mío uruguayo que estaba ensayando con don José Tamayo una obra de teatro, “Calígula” de Albert Camus. Y entonces, fíjate, le faltaba, el Escipión. José María Rodero hacía Calígula. Me presentaron a Tamayo; tuvo gracia lo que me dijo porque yo hablaba con la ese, con acento criollo puro, no, y me dijo: “¿Usted puede hablar en español?”. “Hombre, ¿en que hablo yo? Creo que sí”. En definitiva, que me contrataron para hacer Escipión y debuté en el Teatro Romano de Mérida haciendo “Calígula”, y no sólo “Calígula” sino que ya a partir de ahí me dio una serie de personajes maravillosos.

-¿Cuáles?
-Yo hacía un personaje de “Divinas palabras” de Valle-Inclán, Don Fernando en “El caballero de Olmedo” de Lope de Vega, y el Leandro de “Los intereses creados” de Jacinto Benavente, que siempre lo hacía una mujer o un actor de características sutiles, delicadas, débil. Y me hice una gira por toda España.

-Según algunos datos suyos, creo que su primera película fue del año 65.
-No, no. Fue del 1962. Había hecho algunas cosillas con Jesús Franco, con el cual hice una película en la que trabajaba yo de “negra”, digo bien de negra porque era una orquesta de negras, pintadas, y vestidas de mujer. Se llamaba “Vampiresas 1930”, con Micaela, una actriz famosa que ya murió. La realidad del asunto es que yo empecé a trabajar con un papel bueno en una película francesa, “La otra mujer”, en la que las actrices y los actores principales eran Annie Girardot, una actriz excepcional, Alida Valli, Francisco Rabal, un actor estupendo como era Antonio Casas, Richard Johnson y yo. Bueno, bueno, también trabajaba Ana Mariscal, Cándida Losada; y yo tenía un papel muy importante. La película se rodó en Almería. Ya ve que el cásting era magnífico: no funcionó.

-Recuérdeme a uno de los seres más hermosos y enigmáticos del cine: Alida Valli. Es imposible olvidar la última escena de “El tercer hombre”, cuando pasa, indiferente y bella, ante Joseph Cotten y no se para...
-Era guapa, guapa. ¡Guapa! Tenía una belleza en los ojos, eran violetas, yo que sé... Y Annie Girardot, una gran actriz.

-Demos un pequeño salto. Algunos años después empezó a hacer spaghetti western...
-Sí, sí. Hicimos “El oro maldito” con Giulio Questi, buen director, “La furia de los siete magníficos”, “Marco Antonio y Cleopatra” con Charlton Heston también. El asunto de especialista, que hago también en la película de Alex de la Iglesia, ¿sabe de dónde viene? Viene de que yo en casi la totalidad de películas de acción, casi todas las cosas de acción las hacía yo. Las sé hacer y me gustan. Realizaba cosas de especialista, no trabajé nunca, pero sabía hacerlas.

-Sé que estos días se ha vuelto a hablar de su romance con Raquel Welch durante la película “Cien rifles”.

-Sale en la película. No le voy a contar nada más. Sale. Ella vino aquí a hacer esa película y luego hizo otra en otra en Canarias. Era una chica encantadora, bellísima, ahora está haciendo teatro. Tengo un recuerdo estupendo de ella.

-Todos le recordamos por “Los tres mosqueteros”. Pertenezco a esa generación de niños que salían de colegio con el entusiasmo de ver aquella serie. ¿Qué le queda de D’Artagnan?
-Eso ya fue hacia 1970. Tengo recuerdos muy bonitos. Lo único que ocurría era que el trabajo era agotador. Al mismo tiempo estaba en Barcelona haciendo una función de teatro que se llamaba “La mamma”, que está sacada de una novela de un francés André Roussin, actuaba con Mary Carrillo. Al mismo tiempo, me levantaba a las cinco o a las seis de la mañana para hacer “Los tres mosqueteros”. Y el recuerdo es bonito: fue, tal vez, la primera serie de acción real que se hizo en Televisión Española. Y todo lo hacía yo. Nunca he tenido suplantador. Tiraba, y tiro, me peleaba, montaba, saltaba, y de ahí viene en cierto modo el rollo del “especialista”.

-Le seguíamos por la prensa del corazón: “Hola”, “Semana”, creo recordar que se casó usted por entonces por una periodista.
-¿Cree usted, sí, que salía mucho en la prensa del corazón? Me casé con una periodista y sigo casada con la misma, uruguaya.

-Ya entonces daba una sensación aplastante de seguridad, de que se comía el mundo, rozando casi la altanería. ¿O no?
-¿Sensación de seguridad, en cuánto a qué, a la vida o a la interpretación?

-A ambas cosas, me temo.
-Yo creo que había una especie de defensa. Pero el ser humano tiene momentos de seguridad y de fragilidad como cualquier vecino. Lo que pasa es que muchas veces la apariencia física, al espectador o al personaje que te ve, le da la impresión de que eres un tipo seguro, y yo tengo mis ratos de dudas. No soy ni una máquina ni un tío hecho en un laboratorio. He tenido, y tengo, mis momentos de inseguridad.

-Luego hizo “Los camioneros”.
-Sí. Era una serie preciosa y estaba dirigida por Mario Camus. Fue la primera serie que se hizo en televisión, que se filmó en 35 mm. Y a partir de ahí yo no hice nunca una serie que no fuese filmada, por eso yo no extrañaba mucho el cine. Y yo además era el productor. Y después de ésa, creo que ya hice “Curro Jiménez”. Empezamos el día de la República, el catorce de abril de 1975, aún no se había muerto Franco.

-Le hemos identificado mucho con ese personaje. Le venía que ni anillo al dedo. Era un personaje con un pasado borrascoso, decidido y con un sentido moral de la justicia tremendo...
-Tenía un sentido moral porque no había más remedio que ponerle una moralidad, pero era un perdedor total. Curro era un hombre al que se le muere el padre, le quitaban la barca, habían violado a su novia y le echan de los pueblos. No le quedaba más camino que matar a los hijos del alcalde y echarse al monte. El tipo se convierte en bandolero, pero sí tenía sentido de justicia. No hubo más remedio que poner a los franceses, porque en aquel momento no nos dejaban poner a los alcaldes. Vivía “el santo” todavía y existía la censura. Este personaje había vivido cien años antes de la Guerra de la Independencia.



-He leído que fue una idea suya hacer una serie sobre este personaje real conocido como “El barquero de Cantillana”.
-Sí. Había una biografía de Fernández y González, y otra de Bernaldo de Quirós. Pero fue una serie que me inventé yo: me leí los personajes, elegí al guionista Taco Larreta, escribimos juntos el primer guión, y yo lo presenté a televisión. Y luego ya, aparte de eso, los primeros trece episodios los produjo TVE y el resto los produje con TVE. Hombre, creo que puedo sentir un poco de orgullo. Creo que la serie estaba bien hecha. Estaban los mejores directores: Mario Camus, Pilar Miró, Antonio Drove, Giménez Rico, Romero Marchén, Emilio Martínez Lázaro...

-Lo que le envidiábamos casi todos es que se llevaba a las chicas más bonitas que había en España: Blanca Estrada, Teresa Rabal, Pilar Velázquez... Usted era casi un fauno o un sátiro.
-Total, total. Ja, ja, ja. Es cierto. Trabajaron en la serie las chicas más guapas y buenas actrices todas del momento. No faltó casi ninguna ni tampoco ilustres veteranas como Irene Gutiérrez Caba, Lola Lemos, Cándida Losada, y actores importantes.

-En cualquier caso, para usted, en caso de todavía lo necesitase, era una formidable escuela de actor.
-Para mí esa serie fue definitiva en todos los sentidos, pero aún lo es hoy porque después de 27 años usted me la recuerda, la gente me la recuerda y me dice al pasar: “Curro”. Y eso quiere decir que ha funcionado en el público y también entre los profesionales. Voy por los pueblos y aún me dicen: “Sancho, éste caballo negro es el caballo de Curro Jiménez”. Todo el mundo tiene el orgullo de tener el caballo que yo montaba, y se puede suponer que Curro no podía tener 40 caballos. Además, después de 27 años, el pobre demonio de caballo, ¿dónde demonios estará?

-Creo recordar que usted apoyó públicamente no sé si a UCD o Adolfo Suárez.
-A Adolfo Suárez. Lo hice sobre todo por amistad. Era amigo mío, es amigo mío, nos habíamos conocido cuando él trabajaba en televisión. Y aparte de eso, cuando no estaba en televisión, fue padrino de un hijo mío, de Rodolfo. Y apoyé a Adolfo Suárez.

-¿Se ha arrepentido alguna vez?
-Para nada. Pero yo siempre estuve a la izquierda, no de ahora. Adolfo lo sabía, yo no tenía ningún empacho en decirlo. Lo único es que son cosas que, a mi entender, en ese momento no se pegaban de tortas. Lo que está claro es que yo no he sido nunca del PCE, nunca, no por nada, sino porque no lo era. Era un hombre de izquierdas, socialista, pero apoyé a Adolfo Suárez porque me parecía que era la mejor opción. Y de hecho se ha demostrado que ha sido un hombre válido.

-Hay otra faceta de su vida por la que es famoso también: la bohemia, la noche, el exceso, las tertulias.
-Siempre me han gustado sí, pero ahora ya no. Ahora salgo muy poco, pero me ha gustado la tertulia por el hecho de la tal tertulia, por cambiar ideas y hablar, y mantengo una tertulia a la que voy poco ahora a la que acude el productor Elías Querejeta, el guionista Manuel Matji, filósofos, periodista, pintores.

-Usted, se lo he leído, se mira en los espejos de Paco Rabal o Fernando Fernán Gómez.
-Siempre. Son grandes amigos míos y una representación fuerte y válida de lo que es la profesión de actor en España. Ha habido otros, que ahora están muertos; he trabajado con José María Rodero, José Bódalo, con Carlos Lemos... Hice una obra de teatro para televisión, “Doce hombres sin piedad”, en la que había actores maravillosos, Jesús Puente, Ismael Merlo, y yo creo que una de las cosas básicas que los actores deben hacer es fijarse, no tanto para copiar como para tener una referencia de las cosas que se pueden hacer o no. ¿Me permite una vuelta atrás?

-Desde luego.
-Yo creo que el reflejo de mi forma de ser, llamémosle política, está muy claro en las cosas que yo he hecho y he producido. Ahí están “Los camioneros”, que es una serie sobre el trabajo, “Curro Jiménez”, que es un tipo contra el bando establecido, un bandolero; luego he hecho la película “Gallego”, basada en la novela de Miguel Barnet, que se basa en la historia de un emigrante; después he sido el productor de “Huidos”, una historia de maquis. Es decir, que mi trayectoria ha sido bastante clara. He trabajado aquí en Zaragoza con los chicos de El Temple, donde hice Goya.

-¿Qué recuerdo tiene de eso?
-Estupendo. Muy bueno. Son unos chicos estupendos. De verdad.

-Acabemos con “800 balas”...
-Para mí esta película ha sido renacer un poco, en mi carrera y de ilusión. Para mí trabajar con Alex de la Iglesia ha sido un renacimiento, no por el cariño y el amor que le profeso, no sólo por eso, sino como director. Es una persona entrañable; no entrañable, sino serio en el trabajo, sabe lo que quiere, y te transmite confianza. Ha sido muy importante para mí este papel, que además por fortuna escribió para mí. Por eso mi agradecimiento es total.

-Sancho, usted ha padecido un cáncer, le han quitado un pulmón. Creo que ha dicho que Alex de la Iglesia le ha devuelto la vida.
-Quizá haya exagerado un poco. Je, je, je. La verdad es que ahora estoy bien, pero tengo un pulmón menos y hay ciertas cosas de acción que ya no las puedo hacer ni me las dejan hacer los directores por si acaso. Pues, bueno, aquí estamos.

ROBERT HUGHES HA MUERTO

[Mi hijo Daniel me dice que ha muerto el historiador del arte y escritor australiano Robert Hughes, un personaje realmente fascinante. Recupero este artículo que le dediqué con motivo de la edición española de su libro sobre Goya.]

El punto de partida de la biografía de interpretación “Goya”, de Robert Hughes (Sidney, 1938), tiene algo de inquietante narración de corte fantástico. Autor de libros como “Barcelona”, “El impacto de lo nuevo” o “Visiones de América”, Hughes sufrió un terrible accidente de automóvil, “en el que casi perdí la vida”, que lo mantuvo cinco semanas en coma y muchos meses deambulando de hospital en hospital. Llegó a pasar una docena de veces por el quirófano. Goya siempre le había atraído, desde los lejanos tiempos del instituto, y además la primera obra que adquirió fue “una impresión débil y en mal estado del Capricho 43, ‘El sueño de la razón produce monstruos’, esa indescriptible y conmovedora representación del intelectual que, desplomado sobre su escritorio, es acosado por dudas y terrores nocturnos”. Como en un ejercicio de justicia poética, Goya se le aparecía en sueños durante su estado comatoso, lo perseguía y se burlaba de él, como si le estuviese exigiendo un libro. Y ahora el libro acaba de ser publicado en España por Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores.
Se trata de una biografía lineal, que empieza en Fuendetodos en 1746 y culmina en su doloroso exilio en Burdeos, en 1828. Hughes confiesa que “había albergado esperanzas de ‘capturar’ a Goya con mi escritura” y ahora, en esa travesía del subconsciente, era el artista quien lo provocaba. En el capítulo inicial, “Goya por accidente”, explica Hughes sus teorías y sus conclusiones. Califica al artista aragonés como “un artista moderno” y lo dice porque “constituye una figura bisagra: es el último representante de lo que ya fue, y el primero de lo que estaba a punto de venir, el último de los grandes maestros y el primer moderno”. Goya era un hombre del viejo mundo, debido a “su evidente fascinación por la brujería y su fijación por las antiguas supersticiones”. De inmediato, al compararlo con otros creadores como Delacroix o Ingres, estima que “Goya era diferente: no podía ver ni experimentar nada sin formarse una opinión sobre ello, y esa opinión se manifiesta en su obra, a menudo de la manera más apasionada. En eso consistía parte de su modernidad y otra de las razones por las que aún resulta cercano pese al tiempo que nos separa”.
Robert Hughes ahonda en algunas características del artista aragonés. Subraya que “Goya fue uno de los pocos grandes pintores del dolor físico, las crueldades y las humillaciones corporales”, y eso se percibe claramente en las “pinturas negras” y en los “Desastres de la guerra”, a los que define así: “Esos grabados estremecedores en los que el pintor da fe de los inenarrables y cruentos sucesos de la sublevación española contra la invasión napoleónica: con su testimonio Goya se convirtió en el primer reportero de guerra moderno”. Pero además, Hughes lo califica como “un epicúreo convencido” y le dedica un precioso párrafo: “Sabemos que le apasionaba todo lo sensorial: el olor de una naranja o de la axila de una niña, el aroma del tabaco y el regusto del vino, el ritmo palpitante de un baile callejero, el juego de luces sobre el tafetán, el muaré, el simple algodón; el arrebol expandiéndose en el cielo de una tarde estival o el pálido brillo de la culata de nogal finamente tallada de una escopeta”. ¿No hay aquí, en cierto modo, una definición de la pintura o de un pintor exultante que entendía los secretos del placer y admiraba la desafiante o amable sexualidad de las mujeres como Pepita Tudó o Cayetana?
“Goya” también es una magnífica crónica de un país corrupto, y ese análisis tiene otro perfecto correlato: Hughes explica al pintor que intenta instalarse en la sociedad madrileña con un cuadro luminoso como “Pradera de San Isidro” de 1788, y cómo evoluciona en una suerte de catarsis o exorcismo personal hasta la “Romería de San Isidro” (182 / 1823), que pertenece ya a las “pinturas negras”. Hughes revela, por ejemplo, que Goya vivió unos meses en Roma, cuando residía en la casa de Tadeo Kuntz, con el grabador Giambattista Piranesi; recuerda la escasa pasión marital con Josefa Bayeu o, visitando la Cartuja de Aula Dei, anota que Paul y Amadée Buffet iniciaron en 1902 la restauración de los frescos de Goya, y afirma: “La mezcla del pincel de Goya con el de sus restauradores produce una extraña impresión”. Esta frase podría resumir el espíritu del libro: “Goya era un hombre muy listo y complejo, no sólo en cuanto a los temas, las técnicas y los significados de su arte, no sólo en su relación con el arte de los otros, sino en su vida cotidiana”. Goya no tenía nada que ver con esa vieja y romántica idea de que era “una especie de campesino tocado por la genialidad”.

La FICHA:

“Goya”. Robert Hughes. Traducción de Caspar Hodgkinson y Victoria Malet. Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores. Barcelona, 2005. 478 páginas.



ANECDOTARIO

-La obra. “Goya fue excepcionalmente productivo. Realizó setecientos cuadros, novecientos dibujos y casi trescientos grabados, dos grandes series de pintura mural y varios proyectos murales menores. En su tiempo tenía pocos contrincantes, pero ningún rival verdadero”.

-El paisaje de Fuendetodos. “En cuanto se ha visto el paisaje adusto que rodea Fuendetodos, pelado, inhóspito y castigado por el sol, con sus árboles aislados y oscuros a la luz implacable, también se advierte de dónde provienen el fondo paisajístico de los ‘Desastres de la guerra’ y, todavía más, de las pinturas negras de sus últimos años”.

-John Ruskin y el fuego. “La National Gallery británica no adquirió obras de Goya hasta 1896, y en un famoso ataque de histeria moralista el más importante crítico de arte de su tiempo, John Ruskin, quemó otra serie de los ‘Caprichos’ en su chimenea, como un gesto lo que él consideraba el símbolo de la abyección moral y mental de Goya”.

-El lema. “Parte de su credo, aún más, el mismo centro de su naturaleza como artista consistía en el ‘Nihil humanum a me alienum puto’ (Nada humano me es ajeno) de Terencio. Aquí nos encontramos con la inmensa humanidad de Goya, con un nivel de compasión, casi literalmente una empatía del sufrimiento equiparable a las de Dickens y Tolstoy”.

-La Duquesa de Alba. “Pero no hay manera de saber si Goya y la duquesa cometieron alguna locura durante esos días. Es probable que la verdad sea decepcionante: no hubo roce sexual entre los dos. Cayetana era una mujer coqueta y, comparada con la condesa de Osuna, una cabeza de chorlito. (…) Y no fue la modelo para la ‘Maja desnuda’ y la ‘Maja vestida’, lo que supone una pena desde el punto de vista del folclore cultural, pero quizá también un alivio”.

RICARDO COMPAIRÉ: UN DOCUMENTAL

Un documental sobre Ricardo Compairé,

que captó “el alma del universo pirenaico”

 

 

El realizador Eduardo de la Cruz acaba de terminar ‘Memorias de una mirada’ sobre el gran fotógrafo del Alto Aragón

 

“Ricardo Compairé es un fotógrafo que transmite con pureza el amor que siente por su tierra, la dedicación en cuerpo y alma a la fotografía. Quería que sus imágenes fueran un fiel reflejo de su tiempo y a la vez que tuviesen una plástica excepcional, un sentido artístico. Compairé debería ser revisitado por los críticos e historiadores españoles de la fotografía. Si hubiera nacido en París sería universal”, dice el realizador independiente Eduardo de la Cruz, que acaba de editar el documental ‘Memorias de una mirada. Ricardo Compairé, 1883-1965’, un trabajo de 61 minutos de su productora Donde van las Nubes en colaboración con la Diputación de Huesca.

El director madrileño tiene casa en Broto y alterna su trabajo en Iberia con el cine. Agrega: “Las imágenes de Compairé siempre me han parecido fascinantes. Creo que es el fotógrafo que mejor ha sabido captar la esencia, el alma del universo pirenaico. Era un hombre que conocía a la perfección lo que fotografiaba, y en sus fotos se percibe siempre la incesante búsqueda de la luz y del contraluz, el equilibrio perfecto entre calidez y calidad. Componía muy bien y era como un director de cine tras una cámara de fotos”.

Además de estas consideraciones, a De la Cruz le vino a la cabeza la idea de hacer un documental tras visitar la muestra de Antonio López en el Museo Thyssen. “Vi sus cuadros, sus bocetos, y en una pequeña sala se proyectaba un audiovisual sobre cómo trabajaba y quién era, en realidad, el pintor manchego a través de los testimonios más cercanos a él”. De la Cruz ensayó ese método en el documental ‘El Ara. El último río salvaje’, y empezó a indagar luego en torno a la vida de Ricardo Compairé.

El fotógrafo nació en Villanúa en 1883, mostró pronto un gran amor por el paisaje; años después, mientras cursaba Farmacia en Barcelona, descubrió la pintura y la fotografía. Al instalarse en Hecho en 1908, empezó a hacer fotos con una idea central: documentar un mundo en extinción, un mundo de tipos, de trajes tan delicados como los de Ansó, de contrabandistas, de pastores, de cazadores, de campesinos, de mujeres, de objetos que en sus manos parecen bodegones... Con la ayuda del propio Carbó y de su hija Marta, Eduardo de la Cruz elaboró un guión y contó con el actor Manuel Galiana, que “ya asumía en la película anterior una voz que parece la propia voz del río”, y contactó con mucha gente.

Explica: “La filmación ha tenido lugar en gran parte de los escenarios que recorrió Compairé. Hemos estado en sus casas, en los lugares desde donde tomaba fotos. Y en el documental participan las personas que, a mi juicio, más han trabajado y profundizado en su obra: Fernando Biarge, Valle Piedrafita, Covadonga Martínez, el ya citado Enrique Carbó; pirineístas como Severino Pallaruelo, Enrique Satué o José Luis Acín; historiadores de la fotografía como Alfredo Romero y Publio López Mondéjar; el antropólogo Ángel Gari. También he recogido alguna impresión personal como la de la presentadora de TVE Pepa Bueno, la de su nieto Enrique, y los testimonios de personas aún vivas de aquellas fotografías”. Una de las novedades es la presencia de su hijo Carlos Compairé, “que no había hablado hasta ahora”; dice que su padre amaba la montaña, que se subía a los picos en busca de una posición privilegiada para sacar fotos que no se hubieran tomado antes, y subraya que Compairé era un aragonés auténtico que “lo hacía todo por Aragón y para Aragón”.

El documental recorre todas sus fases: su trabajo incansable, su traslado al Coso Bajo de Huesca hacia 1921 y su amistad con Ramón Acín y Conchita Monrás, con el escultor José María Aventín, con el joven periodista y narrador Ramón José Sender... En 1936, una bomba cayó muy cerca de su casa: se asustó, dejó la foto y trasladó sus miles de negativos a Borja. De allí pasarían, en los años 80, a la Fototeca de Huesca. Compairé murió en Huesca en 1965.

 

FICHA TÉCNICA

 Memorias de una mirada. Ricardo Compairé, 1883-1965.

Documental. Director: Eduardo de la Cruz. Voz: Manuel Galiana. Guión: Eduardo de la Cruz, Marta Ruiz y Enrique Carbó. Producción: Donde van las Nubes y Fototeca de Huesca. Dos formatos: 23’ y 61’.

  

300 IMÁGENES DE  LA FOTOTECA

Y ‘LA LLUVIA AMARILLA’

 

 

La Fototeca de Huesca ha “sido el pilar fundamental de este audiovisual. De las 4.400 placas existentes, seleccioné unas 300 en colaboración con Nana Gómez Laguna, Esteban Anía y Valle Piedrafita, su directora. Ellos son como una gran familia que hace un trabajo encomiable. Los tres conocen todo el patrimonio visual del Alto Aragón. Me han dado muchas sugerencias, y eso me ha permitido elegir obras muy representativas y algunas imágenes que nos ofrecen un punto de vista más personal, más intimo”.

El cineasta ha hecho dos versiones de la obra: una para la Fototeca y para acompañar las exposiciones itinerantes, de unos 23 minutos, solo con la voz en off de Galiana y una declaración de Carlos Compairé, y la obra de formato largo, con testimonios, de 61 minutos. “Un documental básicamente es información –dice-: es un documento audiovisual que se mueve en ese terreno un tanto ambiguo entre el cine y el periodismo”. Eduardo de la Cruz ya trabaja en un nuevo proyecto: un documental sobre ‘La lluvia amarilla’ de Julio Llamazares, que va a cumplir 25 años.

CHAVELA VARGAS: DESGARRADO CANTO

CHAVELA VARGAS: DESGARRADO CANTO

CHAVELA VARGAS: CANTO DE AMOR, LOCURA Y TEQUILA

No soy un experto en Chavela Vargas. La he oído muchas muchas veces: la oigo ahora. La oigo en ‘Luna Grande’, su homenaje a Federico García Lorca, el poeta de su vida, como fue  también su poeta José Alfredo Jiménez. La oigo en sus grandes éxitos: ‘Piensa en mí’, ‘Volver, volver’, ‘La macorina’, ‘La llorona’, ella ha sido probablemente la mejor llorona de la canción mexicana y eso es como ser campeón olímpico de canto desesperado. Nacida en Flores, Costa Rica en 1919, casi toda su vida transcurrió en México: allí cantó sola, con su guitarra y con su poncho; cantó con mariachi, cantó los temas de Jiménez y de Agustín Lara.

Bebió más que nadie: tequila. Cerraba las tabernas, cantaba con hondura febril temas eternos y amaba con locura a las mujeres. Y las mujeres la amaban a ella: Frida Kahlo la vio y despertó su anhelo antiguo; dijo que si se lo hubiera pedido o insinuado la hubiera amado. Poseía una voz lenta y arrastrada, un voz que parecía brotar de la noche y sus cuevas más tenebrosas, con su melodía hiriente y desgarrada, con una mezcla de alarido y quejío. Cantaba letanías. Cantaba al corazón sacudido. Y estremecía la sangre y el deseo a quien la oía.

Y eso le ocurrió a Joaquín Sabina, a Lila Downs, a Pedro Almodóvar, a Werner Herzog, a Luz Casal, y a tantos y tantos otros que la oyeron y ensalzaron su canto. Almodóvar la recuperó para ‘Tacones lejanos’ y recuperamos a un mito, a una mujer peligrosa y libre, de esas que tiene una conexión extraña con el sexo y la muerte y con la intensidad de vivir. Y ella descubrió la cuna de la poesía: la Residencia de Estudiantes, donde solía oír al fantasma de García Lorca en sus resurrecciones, su poeta. Su loco enamorado. Julio Alejandro de Castro, el guionista de Luis Buñuel, el amigo entrañable, me contó una anécdota maravillosa: en sus conciertos en México, en esas peligrosas noches de puñales, de locas pasiones, de pistolones y de tequila, ella cantaba y ante ella estaban todas sus amantes, o muchas de ellas: las que lo habían sido, las que lo eran, las que aspiraban a serlo algún día.

Me encantó esta foto de una de las grandes fotógrafas de prensa española, que publica hoy ’El País’: Marisa Flórez.

MARILYN: LA CHICA DE TODOS

LA CHICA DE TODOS*

  

50 AÑOS DESPUÉS DE SU MUERTE MARILYN MONROE SE MANTIENE EN UN ASOMBROSO LUGAR DE HONOR DEL IMAGINARIO COLECTIVO

 

Por Luis ALEGRE

En la madrugada del domingo 5 de agosto se cumplieron 50 años de la muerte de Marilyn. Millones de seres humanos escriben o hablan de ella estos días. Yo quiero ser uno de ellos.

 

Marilyn nació un año más tarde que mi madre y murió cuando yo tenía ocho meses, a los 36 años. Un día, yo era un niño, veíamos en la tele “Niágara” y mi padre dijo: “Mira, esa es Marilyn Monroe”. Es el primer recuerdo que tengo de ella. En esa película Marilyn estaba despampanante, con aquel vestido rojo. Mi padre comentó que era rojo. La tele era en blanco y negro.

 

A los 18 años, nada más llegar a Zaragoza, compré un póster gigante de Marilyn, lo enmarqué y ese cuadro permaneció en mi cuarto durante 25 años. La foto es un primer plano de Marilyn en el que ríe como solo ella sabía. Esa risa es lo primero que veía nada más despertarme. Mucho tiempo después mi hermana Carmen me regaló otra preciosa foto en blanco y negro. En ella Marilyn está sentada en la butaca de un cine, al lado de Humphrey Bogart y Lauren Bacall, en el estreno de “Cómo casarse con un millonario”. Lauren sonríe y Marilyn vuelve a reír. Esa foto lleva diez años colgada justo delante de mi cama. La risa de esta mujer es una de las imágenes de mi vida.

 

Yo sufro con Marilyn una variante glamurosa del síndrome de Diógenes: acumulo de modo absurdo todo lo que encuentro sobre ella. Además de mi hermana, algunos amigos conocen mi fijación y la estimulan. Uno de los últimos regalos de Félix Romeo fue un libro prologado por Antonio Tabucchi que recogía poemas, notas personales y cartas de Marilyn. Se titula “Fragmentos” y es un testimonio impresionante de su extrema sensibilidad.

 

En las navidades de 1992 viajé a Los Ángeles por primera vez. Fui con Jorge Sanz y Gabino Diego a pasar las fiestas con David Trueba, que vivía allí mientras estudiaba en el American Film Institute. Antes de dejar la ciudad visitamos a Marilyn en el Westwood Memorial Park Cemetery. Es un lugar chiquito lleno de celebridades. En el nicho de Marilyn hay una placa dorada con esta inscripción: “Marilyn Monroe. 1926-1962”. Joe DiMaggio, la figura del béisbol que fue su segundo marido, envió a ese nicho rosas rojas dos y tres veces por semana durante 20 años. Yo había leído que nunca le faltaban flores a Marilyn y el día que fuimos había unas rosas. Mis amigos y yo nos hicimos una foto y, luego, me animaron a que le dedicara a Marilyn la copla “Te lo juro yo” mientras miraba la placa. Lo hice. Los visitantes del cementerio nos miraban un poco raro.

 

Hasta que llegó Marilyn ese sitio era un cementerio normal. Pero, desde entonces, se convirtió en uno de los más visitados del mundo y, tal vez, en el más caro de todos. Ahora mismo, yacer ahí puede costar 90.000 dólares. Marilyn es un negocio interminable. Su muerte nunca se aclarará porque el negocio también se alimenta de esa ambigüedad. Dicen que Hugh Hefner, el fundador de Playboy, ha comprado un trozo de tierra próximo al nicho de Marilyn para ser enterrado junto a ella. Playboy disparó a Marilyn como bomba sexual al publicar, en su primer número, aquellas fotos de Marilyn desnuda sobre un cubrecamas de terciopelo rojo. Pero si Playboy se convirtió en Playboy fue, en buena medida, por esas fotos.

 

En ese cementerio también se pueden visitar las tumbas de Billy Wilder y de Truman Capote. Wilder supo exprimir muy bien el poderío cómico de Marilyn y su infinito encanto erótico en “La tentación vive arriba” y “Con faldas y a lo loco”. Pero, en esta última, Marilyn desesperó a Wilder: “Al llegar a mi casa después del rodaje, me entraban ganas de pegar a mi esposa solo por el hecho de ser mujer”. Marilyn se encontraba atrapada, de nuevo, en un torbellino emocional. Su indisciplina y su despiste sacaban de quicio al director. “Soy psicológicamente incapaz de ser puntual”, admitía Marilyn. Wilder ironizó con toda su mala leche: “Mientras todo el equipo esperábamos a Marilyn no perdíamos el tiempo. Yo, sin ir más lejos, pude leer `Guerra y paz´ y `Los miserables´”. Pero Wilder era el primero que valoraba su talento. Dijo otra vez: “Existen más libros sobre Marilyn que sobre la Segunda Guerra Mundial. Hay una cierta semejanza: fue el infierno pero mereció la pena”. Truman Capote publicó sobre Marilyn un reportaje para mí definitivo: “Una adorable criatura”. De vez en cuando lo releo, por si se me pega algo. Arthur Miller, su último marido, dijo cosas muy bonitas: “Marilyn tiene más agallas que una pescadería. A su lado la gente no quiere morir. Es todo mujer; la mujer más mujer del mundo”. Marilyn decía: “A mí no me importa nada el dinero. Yo solo quiero ser maravillosa”. No cabe duda de que lo logró.

 

No ha existido una mujer que, durante tanto tiempo, haya calado tan hondo en el inconsciente colectivo de todo el planeta. Habrá miles de razones para explicar el fenómeno pero tal vez se nos escapen las más importantes.

 

Marilyn simboliza un sueño imposible: el de la belleza inmarchitable. Murió en el momento preciso para que solo fuera recordada con todo su increíble fulgor. En “¿Quién mató a Norma Jean?” Bob Dylan deslizaba la idea de que a Marilyn la matamos entre todos. Alguien tenía que alcanzar esa quimera de prolongar la belleza hasta la eternidad y ella fue la elegida. Marilyn nunca se acaba.

 

Marilyn debe tocar alguna tecla muy íntima y muy universal. Tal vez lo que nos conmueve profundamente de ella es que nos sentimos retratados en su fragilidad esencial y en su pánico atroz a decepcionar. El mundo exigió a Marilyn que fuera de todos, para siempre. Ella solo tuvo que morir para conseguirlo.

 

*Este artículo de Luis Alegre aparecía ayer en la contraportada del suplemento ‘Hoy Domingo’ de Heraldo de Aragón, que coordina Mercedes ‘Picos’ Laguna. Llevaba una caricatura de Luis Grañena, autor también de este retrato.