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Antón Castro

Deportistas

CRÓNICA BARCELONA-VALENCIA

[El joven Jorge Rodríguez Gascón, 21 años y estudiante de Filología Hispánica, me envía algunos de los artículos sobre varios partidos de este fin de semana. En este caso una crónica del choque Barcelona-Valencia, que ganó el equipo de Pizzi por 2-3. El Barcelona, desganado y sin punch, pasó de la superioridad absoluta de los primeros treinta minutos al desconcierto. Así lo narra él.]

 

EL VALENCIA VENCE A UN BARÇA APÁTICO

 

Por Jorge Rodríguez Gascón

La derrota del Barcelona ante el Valencia dejó un clima de cierta preocupación en el seno de la plantilla culé. La liga está en un pañuelo y cualquier tropiezo puede ser decisivo. El Atlético se alzó como líder en solitario y el Madrid alcanzó al Barça en la segunda posición. Los blaugranas esperan que la sombra de la derrota no sea muy alargada y su afición no quiere volver a ver los fantasmas del pasado. La pitada quizá fuera injusta para un equipo que ha perdido tan pocos puntos en lo que lleva de liga. Pero en el fútbol solo prima la actualidad. El partido a partido que se está imponiendo en la competición tiene mucho de tópico pero algo de cierto. Las victorias pasadas sirven de poco y solo se aprecia el partido más reciente.

Todo esto puede condicionar al Tata Martino como entrenador del Barcelona y eso es lo que debió de pensar el argentino hace unos días, cuando el Camp Nou dedicó una sonora pitada a su equipo. Lo cierto es que el conjunto blaugrana pecó de falta de ambición. Y su juego, aproximadamente desde el minuto 40 de la primera parte, dejó mucho que desear. En el seno barcelonista, no se ha hecho caso de las señales de mal juego que se han dejado ver en momentos puntuales de la temporada. Pero, probablemente, la parroquia catalana no silbaba solo por eso. La gente del Barça sabe que en el Camp Nou no se pita por perder, sino por cómo se pierde.

Pongámonos en antecedentes. El Barça se encontró pronto con el primer gol, en un centro de Messi que remató Alexis en semifallo. La fortuna quiso que el balón se elevara de un modo circense por encima de Diego Alves, un gato con mechas. El curso del encuentro parecía de lo más tranquilo para el Barça. Cuajó 20 minutos en los que mostró sus virtudes: presión rápida arriba, recuperación fácil de balón y despliegue de los extremos.

Las ocasiones llegaban con cierta continuidad, el campo estaba húmedo y rápido, como les gusta a los barcelonistas, y sólo un par de estiradas del portero brasileño impedían que la ventaja blaugrana aumentara. En el Camp Nou, cuando se gana uno cero y se fallan un par de ocasiones claras, esta vez en respectivas arrancadas de Messi y remates de Alexis, se origina un tímido murmullo. La parroquia blaugrana ha visto muchos partidos que se han escapado por no cerrar el marcador cuando se tiene la oportunidad. A la memoria de muchos barcelonistas viene el gol de Tamudo que le privó de la liga al entonces equipo de Frank Rikjaard. El equipo del Tata parecía ser consciente de que con paciencia el gol de la tranquilidad llegaría.

 Sin embargo, el Barça pecó de los mismos errores que siempre ha tenido. Llegada la mitad de la primera parte, el Barça empezó a tardar más en la recuperación. El Valencia encontró un filón por la banda derecha y Feghouli parecía dispuesto a retar a Jordi Alba a un vals vertiginoso. El Valencia aprovechó también la rapidez del campo y le duraban cada vez más las posesiones. Messi, que al principio, parecía destinado a marcar las diferencias, fue retrasando cada vez más su posición.

Señal inequívoca de que algo iba mal. Messi es letal pasados los tres cuartos de campo, pero si se retrasa, pierde capacidad para decidir los encuentros. Que Messi reciba el balón tan lejos del peligro es un lujo que ningún equipo debería permitirse. Lo puede hacer, porque el argentino es el mejor asistiendo, pasando e incluso organizando; pero Messi es más peligroso cerca de las áreas.

El Valencia se desplegó por los costados y apretó a un Barça que vio como su arreón inicial iba siendo sofocado. Xavi perdió peso en el partido, Cesc andaba desaparecido, Busquets se despistó en la salida de balón y Pedro y Alexis no conectaban con Messi a la hora de desequilibrar. El equipo se partía con facilidad y tenía que preocuparse de recuperar, en lugar de decidir cómo administrar las posesiones.

Y en un error de Busquets en la salida de balón, Parejo recuperó y cedió a un descarado Feghouli que una vez llegado a línea de fondo cedió atrás. Parejo, astuto y en mejor forma que nunca, siguió la jugada y batió con autoridad a Valdés. El meta blaugrana miró a un Jordi Alba afectado que había perdido la posición ante la acometida del francés. El gol del Camp Nou fue acogido con frialdad, la grada clamó con el mismo silencio que en el homenaje dedicado a Luis Aragonés.  

Es curioso el caso de Feghouli, al que el público de Mestalla silba con regularidad. No es de extrañar, por tanto, que el francés rinda mucho más alejado de la capital del Turia. Y el otro día fue junto con Piatti el hombre más importante de los valencianistas. Hay que reconocer que Pizzi ha sabido reconstruir el ánimo de un jugador que andaba alicaído.

El partido llegó al descanso. Pero la reanudación albergó a un Barça igual de somnoliento que al final del primer envite.  El Valencia siguió poniendo en jaque a la defensa, especialmente en un error en la salida de Valdés y en la marca de Dani Alves.  Piatti, el más pequeño de la liga, se elevó por encima de todos para hacer un gol que puso patas arriba la competición. El Camp Nou reaccionó y animó a su equipo. Dos minutos más tarde, el Barça, impulsado por Messi, empató el  partido.

El argentino tenía ante sí la oportunidad de empatar el partido y acabar con su racha de 4 meses sin anotar en liga. El árbitro además, le había regalado el penalti.

Messi se frotó el pelo y se mostró impasible cuando Diego Alves se acercaba para intimidarle. Temí que lo fallara. El argentino lo ajustó a la escuadra y el portero ché no llegó. La grada respiró aliviada. Pese a ello, el espejismo duró poco.

La defensa del Barça mostró una fragilidad evidente, que hizo recordar a los partidos del Ajax y del Athletic de Bilbao; parecía un púgil herido, que poco tardó en desfondarse, y pareció dócil a la hora de besar la lona. El Valencia volvió a aparecer en la jugada siguiente ante un Barça despistado. Feghouli fue un puñal por los costados y esta vez apareció Alcácer, que había pasado de perseguir sombras, en la primera parte, a ser la sombra perseguida. El centro del francés lo remató a gol el valenciano y la grada volvió a enmudecer.

Un halo de pesimismo cubrió el Camp Nou. El Barça tenía que volver a remar a contracorriente, pero no poseía ni los medios ni la actitud para hacerlo. Estaba aturdido y lento, muy lento en la circulación. Perdió varios balones en el centro que mostraron las debilidades de una zaga remolona a la hora de recular. El Valencia se replegaba con maestría y tenía armas para volver a herir a la retaguardia culé.

Messi, que seguía actuando veinte metros más atrás de lo que debiera, perdió un par de balones peligrosos en el centro. Las ocasiones no llegaban de forma fluida en ninguna de las áreas. El Barça volvió a evidenciar ciertas carencias en la circulación, su rival escupía los centros de los extremos culés con solvencia y sus contras inquietaban a la grada culé.

La salida al campo de Iniesta se tradujo con mayor velocidad en la circulación, y aunque solo él y Messi parecían capaces de desestabilizar la compleja muralla defensiva del Valencia. Solo una preciosa combinación entre Messi, Alves e Iniesta, al primer toque, levantó la expectación generalizada de los culés. Fue una doble pared en menos de dos segundos. Messi aceleró tras la dejada de tacón de Iniesta y nadie pudo seguirle, dribló a su último adversario pero su remate con la derecha fue repelido por Diego Alves. La parada con el pie del portero brasileño recordó a la de Casillas ante Robben en la final del Mundial.

El partido tuvo dos fases. En la primera, el Barça demostró las virtudes que ha exhibido este año. Ha perdido en velocidad de circulación, en control de los partidos y en tiempo de posesión. Pero ha ganado en efectividad, velocidad en los extremos y en la aparición de los teóricos secundarios. Actores de reparto que están cada vez más acostumbrados a los primeros planos.

Sin embargo, tras el primer gol valencianista, se reabrieron viejas heridas en la plantilla blaugrana. Pierden la posición con facilidad, exponen una fragilidad defensiva impropia de un equipo que opta a todo y parece faltar un mediocampista; se echa de menos cada vez más a Thiago Alcántara. O eso o el Tata empieza a dar más protagonismo a la figura de Iniesta, en posible detrimento de Cesc Fábregas; pero es necesario que el argentino haga coincidir más a menudo a Xavi y Andrés.

 Entre otras cosas, porque si Messi ha de hacer de Iniesta y Xavi, no siempre puede hacer también de Messi.

La grada del Camp Nou suele silbar más por las formas que por el contenido. Y la afición es soberana, no sólo importa que se gane sino cómo se gane. Pero al menos hay que hacer bien una de las dos cosas.

 

 

 

 

MIGUEL PARDEZA, UN DIÁLOGO

30 AÑOS DE ’LA QUINTA DEL BUITRE’

[Ayer compré el último número de la revista ‘Panenka’, que dedica un monográfico a los 30 años de la Quinta del Buitre: Butragueño, Rafael Martín Vázquez, Míchel, Sanchís y Miguel Pardeza, que hizo su carrera, tan exitosa en el Real Zaragoza. Conversé con Pardeza en el Estadio Bernabéu y de ahí salió esta entrevista. En el número, por ajustes de maquetación, han suprimido la parte final de análisis del equipo y de los jugadores. Aquí está la versión más completa.]

 

ENTREVISTA CON MIGUEL PARDEZA

Miguel Pardeza (La Palma de Condado, Huelva, 1965) fue integrante de ‘La Quinta del Buitre’, jugó en el Real Madrid, fue cinco veces internacional absoluto y estuvo en el Mundial de 1990. Triunfó en el Real Zaragoza, donde obtuvo dos Copas del Rey (1986 y 1994) y una Recopa, en París, el 10 de mayo de 1995. Gracias a una llamada de Jorge Valdano, ingresó en el cuadro técnico del club blanco. Antes de nada, como si pidiera disculpas, Miguel se confiesa “hiperactivo, distraído, alguien a quien le cuesta concentrarse, alguien que pierde la cabeza por los libros”; acaba de trasladar a Madrid sus 15.000 volúmenes. La literatura es una pasión y una necesidad. De vez en cuando, como si fuera un pensador del balompié, suelta pequeños aforismos o conclusiones que ha ido sacando a medida que ha repasado su carrera.

-¿Hubo un entrenador o alguien especial que le marcase?

-Hay dos personas claves en aquella época. Uno era Sánchez, que era como un prohombre organizador de los torneos de mi pueblo, y el otro sería el entrenador de un equipo formado un poco espontáneamente con el que conseguimos llegar a aquel programa que se llamaba Torneo de TVE, que presentaba Daniel Vindel. Se llamaba Martínez. Fue un ex jugador que estuvo en la cantera del Sevilla probando suerte.

-¿Por qué le marcó tanto Martínez?

-Porque simbolizaba parte del sueño que uno tenía cuando estaba en el pueblo. Era de La Palma, había tenido su oportunidad, no había logrado prosperar, pero él tenía un talento innato para jugar. Hablamos ya del año 78 o 79. Recuerdo que conducía un Seat 127 que hoy lo llamaríamos ‘maqueado’ porque tenía tapacubos especiales, el volante forrado. Martínez fumaba Winston. Para los niños de trece o catorce años era un moderno un poco hortera que lo representaba todo.

-¿Qué consejos le daba?

-Él me dio uno de los consejos que yo nunca he olvidado. En un partido en el que me había puesto de extremo y no había tocado muchas pelotas, me cabreé. Él me lo notó y me dijo: “Más vale hacer poco, pero hacerlo bien y que sea trascendente, que intervenir muchas veces sin conseguir nada”. Es verdad que, al fin y al cabo, el fútbol consiste en una depuración de tu propio juego o estilo. Consiste en afinar mucho tu instinto selectivo porque es evidente que este es un juego de equipo, la dinámica tiene que ser colectiva, y resolver todo solo está al alcance de muy pocos. Incluso esos necesitan del aparato colectivo.

-¿Quién le descubrió para el Real Madrid?

-Torneo fue un punto de inflexión porque era una ventana. Me dieron el trofeo al mejor jugador. Cuando acabó hicieron una ‘selección española’ de los chicos que habíamos jugado, y yo fui capitán de esa selección. Luego me llamaron para venir al Real Madrid a través de los ojeadores que el club tenía distribuidos por toda España. En agosto de 1979 me vine para Madrid. Los ojeadores siguen existiendo. Nosotros tenemos 27 distribuidos en toda España.

-¿Qué pasó?

Vine asustado, porque hay que situarse en el año 1979. A las nuevas generaciones les costará creer que no había autovía de Madrid a Andalucía, que no había AVE, que los vuelos de avión eran muy escasos, que venir desde mi pueblo costaba no menos de diez a once horas. Era un chico de pueblo, del sur de España, y la capital te impresiona. Lo primero que recuerdo fue el hostal Ideal; el nombre parecía una pura ironía... Era un hostal donde en ese momento el Real Madrid tenía alojados a los chicos que veníamos de fuera a jugar en categorías inferiores. Finalmente me quedé en el infantil A, y ahí conocí a Manolo Sanchís, por ejemplo. Tenía mi misma edad, jugaba de extremo derecho y ya empezamos a entrenar en la Ciudad Deportiva, que estaba entonces en La Castellana. Estudiaba, entrenaba y jugaba. En el fútbol todo iba bien: en ese primer año me subieron a un juvenil ya, y al año siguiente me subieron directamente al juvenil A.  Era un salto grande.

-¿Cómo era usted entonces como jugador?

-Muy impaciente. Era ansioso, tenía la equivocada convicción de que tenía que resolverlo yo todo. Técnicamente era rápido, intuitivo. Lo que siempre me contrariaba era el orden táctico, tener que jugar por un espacio determinado. Me gustaba ir a mi aire, moverme con libertad. Con la edad aprendí algunas lecciones y me hice más humilde.

-¿Qué pasó en juveniles?

-Ahí empecé a encontrarme a Míchel, luego coincidí con Martín Vázquez, llegó Ochotorena también, el central Francis. Aquel año quedamos campeones en la Copa del Rey, jugamos contra el Atlético de Bilbao y le ganamos 2-1. Y luego al año siguiente hice la pretemporada con el Castilla. La verdad es que yo acorté muchísimo los plazos. Ese año jugaba con el Castilla y con los juveniles. Con el Real Madrid debuté en diciembre de 1983: siete minutos contra el Español. Tenía 18 años.

-Con el Castilla fueron campeones de Segunda División.

-Fue en la temporada 1983-1984 y ahí estábamos los cinco. Ahí se forjó ‘La Quinta del Buitre’. Míchel, Sanchís, que llevaban años aquí; Martín Vázquez, que entró algo más tarde. Acababa de entrar Butragueño...

-¿Cómo era ese Castilla?

-A mí me gusta hacer sociología. La conformación del grupo fue un poco por generación espontánea. El famoso artículo de Julio César Iglesias coronó a cinco, pero hubo mucha gente de calidad que se quedó por el camino... Todos encarnábamos unos valores. Lo que pasaba es ‘La Quinta del Buitre’ cobró una cierta dimensión porque el Madrid estaba pasando una época difícil, quizá hacía tiempo que no salían jugadores de cierta brillantez, el equipo no terminaba de funcionar en aquel momento... Todo hay que situarlo en el momento político de España, que vivía la resaca del franquismo y de alguna manera era un país que se estaba reinventando y que daba un grito de esperanza hacia el futuro. Nuestra generación se convirtió en una referencia dentro del mundo del deporte. En una referencia de cambio. Como pudo ser “la movida madrileña” u otros movimientos culturales o sociológicos. Creo que los fenómenos no pueden explicarse solo desde dentro sino también desde fuera.

-¿Qué consejos les daban, cómo se jugaba en el Real Madrid?

-No había un programa heredado de una cultura determinada. Lo que sí había era la transmisión de unos valores que percibías de inmediato: el Real Madrid era un equipo que aspiraba a ganarlo todo, era un equipo humilde, sacrificado, que intentaba ser solidario. Nunca se rendía. El entrenador, Amancio, estaba muy encima de nosotros. Nos pulía defectos. Aunque yo creo que el mayor aprendizaje lo hace uno solo: por atención, por concentración; se aprende de los propios errores.

-Vamos con ese Castilla de ‘La Quinta del Buitre’. ¿Que tenía de especial en su fútbol?

Había un Castilla anterior, maravilloso, que llegó a la final de la Copa del Rey ante el Madrid; ya fue un gran antecedente. Recuerdo que éramos una panda de tíos jóvenes, muy entusiastas, con una idea parecida de jugar. El fútbol, al fin y al cabo, es una forma de lenguaje. Y soy de la opinión de que en un equipo cuantos más jugadores hablen el mismo idioma mejor. Todos sentíamos el fútbol de la misma manera, lo veíamos igual, sabíamos cuándo había que soltar la pelota a la primera o a la segunda, cuándo había que regatear, cómo nos desmarcábamos cada uno. Teníamos una intuición comprensiva del deporte muy parecida. Y eso te facilita la tarea y es un motivo de satisfacción porque a mucha gente se le olvida que esto no deja de ser un juego al fin y al cabo. Y que el disfrute tiene mucha relación con la obtención de los éxitos. Un equipo que sufre no digo que no sea capaz de vencer, pero seguramente va a transmitir mucho menos que uno que disfruta. Disfrutar no es una idea banal o frívola: es una manera de hacer bien tu trabajo y eso te reporta la felicidad. ‘La Quinta del Buitre’ cambió la mirada del espectador español. Me gusta relacionar su eclosión con el fracaso de la selección española en el Mundial de 1982. España había dado muchos tumbos siempre fascinada por el equipo de moda, había carecido de personalidad y de proyecto. Y ‘La Quinta’ trajo una nueva perspectiva. A mí también me gusta pensar que ‘La Quinta del Buitre’, a la que luego sucedería el Barcelona de Cruyff, es un antecedente directo del fútbol brillante de ahora.

-El Madrid de ‘La Quinta’, en esta línea que usted dice, hacía un fútbol estético, preciosista, divertido, era imaginativo...

-Desde luego. Butragueño era capaz de parar el tiempo. Eso era un milagro. Pocos jugadores eran capaces de pisar el área y dejar a la gente con la boca abierta: a ver qué iba a hacer, qué se le iba a ocurrir. Generalmente cuando más te acercas a la portería más prisa tienes, y Butragueño era lo contrario. Cuando más se acercaba al área, menos prisa tenía. Y eso dejaba a la gente perpleja: buscaba soluciones nuevas e inesperadas a la jugada de ataque.

-Había otra cosa curiosa: el juego que hacían Hugo Sánchez y él, tan complementarios...

-Hugo Sánchez era muy inteligente. Los dos eran muy inteligentes: Hugo, más rematador, menos elaborador, pero sabía cómo y en qué momento iba a terminar la jugada. Esa es una virtud de un gran goleador. Es un poco como Raúl. Raúl quizá haya sido el jugador más inteligente que ha pisado un campo de juego. Tenía la línea del desarrollo de la jugada en la cabeza. Llevaba siempre un segundo adelante con respecto a los demás. Es como si en un espacio oscuro tú tuvieras unas gafas que te permiten ver en la oscuridad. Aunque la gente no se lo crea, el juego muchas veces está enmarañado, ofuscado, entre tinieblas. El juego puede ser un espacio oscuro y tienes que ir buscando espacios llenos de luz. Y hay gente que va por delante, con la intuición, con un sexto sentido, con un talento especial. Raúl es el principal representante de esa escuela de jugadores. Un futbolista que ilumina el túnel del juego. Y Hugo Sánchez, claro, que tenía un gran remate con las dos piernas.

-Usted estaba en ‘La Quinta del Buitre’, pero es el único que no ha llegado a triunfar o a consolidarse en el Real Madrid. ¿Cómo lo vivía, le dolía?

-Al principio sí, claro. Yo había estado con Di Stefano prácticamente un año entero, luego por composición de la plantilla se pensó que debía estar un año más en el Castilla. Al año siguiente el equipo se había conformado... Se me planteó la posibilidad de quedarme o de irme cedido al Real Zaragoza en la campaña 1985-1986. Y eso fue lo que elegí. Me encontré con un equipo fabuloso: hicimos un año extraordinario, fuimos cuartos en la Liga y ganamos la final de la Copa del Rey al Barcelona. Entonces el Zaragoza venía de una tradición de grandes jugadores y plantillas, quería jugar bien al fútbol. Para irse fuera del Real Madrid si había atractivo en ese momento era el Real Zaragoza. Volví a Madrid para la temporada 86-87 y me encontré con el equipo todavía más consolidado, con gente joven, con mucho talento. Se estaba forjando el que iba a ser un ciclo irrepetible de hegemonía absoluta en el fútbol español.

-Usted llegó a ganar una Liga, ¿no?

-Sí, la del 1986-1987, y bueno estuve aquí ese año, participé en 26 o 27 partidos, los titulares arriba eran Butragueño y Hugo Sánchez. Nadie quería que me marchara, pero por mi temperamento y por la ansiedad me planteé irme. Yo quería jugar. Comprendí que solo había un periodo para jugar al fútbol y hay que aprovecharlo. Sobre todo quería jugar. En Zaragoza había sido feliz, me habían tratado muy bien y decidí comprometerme con el club de una manera más firme.

-Y estuvo muchos años...

-Yo tuve suerte. Cogí una época extraordinaria del club. Se llegó a hacer una plantilla muy competitiva, con jugadores de grandísimo talento. El Zaragoza jugó muy bien al fútbol y consiguió llegar a tres finales seguidas, dos de Copa y una Recopa. Yo fui internacional absoluto en el Zaragoza, conseguí meterme en la lista del Mundial del 90, así que me considero un afortunado.

-¿Por qué no triunfó el equipo de ‘La Quinta del Buitre’ en Europa?

-Yo creo que eso lo explica la mala suerte, en un principio. Hubo momentos en que se pudo llegar a la final de la Copa de Europa como mínimo, especialmente en aquella semifinal contra el PSV, el Madrid fue claramente superior... Para ganar se necesita también tener algo de suerte; luego, cuando salió de ese proceso de mala fortuna, se encontró con el Milan de Arrigo Sacchi, que era un equipo excepcional, casi inimitable, que revolucionó el fútbol por el juego de conjunto y por sus individualidades. Entre esas dos cosas se explica esa decepción. Pero fíjese si era grande aquel equipo que sin ese título estelar se sigue hablando de él como uno de los grandes momentos del Real Madrid y del fútbol español.

-Una sospecha, ¿era un equipo un poco frágil?

-No. Se ha quedado esa sensación porque cuando un equipo se queda a las puertas del triunfo en Europa, o con algo por decir, se habla de frustración o aparecen las conjeturas más amargas. Ese equipo ‘frágil’ ganó cinco Ligas seguidas. Se dice pronto.

Háganos, por favor, un retrato de sus compañeros. ¿Butragueño?

Era un tipo de una creatividad inmensa. Con un desparpajo insólito. Butragueño vino virgen de tácticas, consignas y trabas al Real Madrid, vino tarde, con casi 19 años, y esa falta de bagaje académico le permitió desarrollar su talento de una manera muy natural.

-¿Rafael Martín Vázquez?

-Era un portento de facultades físicas y técnicas. Con una elegancia y una plasticidad fuera de lo común.  Tenía un tren inferior fortísimo que le permitía no solo jugar, sino hacer cambios de ritmo, tenía salida con las dos piernas, y le permitía quitarse a los contrarios con gran facilidad. Poseía un juego de cintura extraordinario.

-¿Míchel?

-Es el jugador más fino que yo he conocido. Toda la técnica que se pueda concentrar en un jugador creo que la tenía Míchel. No era especialmente rápido pero tenía una habilidad enorme para buscarse ángulos para sus centros medidos...

-¿Sanchís?

-Era un tío motorizado. Lo hacía todo bien. Con una personalidad impresionante. Empezó de extremo. Era un todo terreno. Lo que más me gustaba de él era la salida de balón que tenía, poseía una gran potencia en las piernas. Se anticipaba bien.

-¿Y usted? ¿Cómo fue Miguel Pardeza?

-Si al principio era explosivo, veloz, ansioso; luego sufrí dos lesiones, una de menisco y una de osteopatía de pubis, perdí velocidad... Y fui perdiendo volumen o presencia de juego. A mí me costó comprender que el fútbol al final también son números. No solo es el puro recreo del juego, no solo es dejarte llevar por tu instinto y tu imaginación. A mí me gustaba abarcar más campo que el que debía, y los años te van reconvirtiendo. Me hice un jugador más sensato. Más definitivo, en cierto modo.

 

*Las dos primeras fotos son del archivo Marca; la del Real Zaragoza del blog ’20 minutos’.

 

PHELPS O EL TIBURÓN 22

 

 

 

¿De qué están hechos algunos deportistas? ¿De carne y de músculos, de algo invisible y abstracto que va más allá del cerebro, de la piel y de los tendones? ¿Estarán construidos de quimeras, de sacrificios, de una aleación especial que les hace ser más resistentes, de una energía casi oceánica? ¿Existirá una fuerza enigmática, un ciclón de sueños que se inyecta en el cuerpo y en él ánimo en algún instante de la infancia? ¿Cómo se explican la obstinación y la furia de Paavo Nurmi, capaz de correr montañas, desiertos y valles con varios kilos a la espalda durante horas? ¿Cuál era el secreto de la rabia y la agonía de Emil Zatópek, aquel extraterrestre de Kopřivnice que ganó los 5.000, los 10.000 y la maratón como si nada o como si estuviese a punto de morir? ¿Quién le concedió a Carl Lewis el don de volar, el atributo de acelerar más rápido que el viento en medio de la multitud? ¿Dónde se estudia la elasticidad que dibujaban en cada uno de sus movimientos Nadia Comaneci o Vitaly Scherbo o aquella Larisa Latynina que ha resucitado en la niebla del tiempo con la belleza de la garza y la acrobacia sonámbula de la culebra?

¿Cómo podríamos definir a Michael Phelps? Le han llamado “el tiburón de Baltimore”, pero también podría ser el tornado o el tritón de la piscina, o un animal del bestiario fantástico que es tiburón, sí, y pez espada y albatros y delfín a la vez. Y que es, ante todo, un prodigioso nadador. Fuerte, tenaz, un amasijo de talento, de clase y de determinación, la apología de la belleza hecha brazada, proeza continua y deslizamiento de músicas y espumas.

 Hijo de policía y de una maestra que se separaron en 1994, desde muy pronto se aficionó a la natación, apoyado por sus dos hermanas mayores. Era hiperactivo y presentaba falta de concentración; para no crear desbarajustes en la casa, lo ideal era que se agotase. Sus hermanas le aconsejaron que probase con el agua: lo hizo con siete años, y desde entonces no paró. Se convirtió en una auténtica máquina y pronto aprendió a marcarse metas. A desafiarse a sí mismo. Ya en Sidney 2000, recién cumplidos los quince años, iba a reclamar atención sobre él: obtuvo un quinto puesto. En Atenas 2004 se presentó dispuesto a superar el récord de Mark Spitz: las siete medallas de oro que logró en Múnich 1972. Estuvo a punto de lograrlo. En Phelps algo había sobrehumano. Cosechó seis oros y dos bronces.

Ese año tuvo uno de sus primeros disgustos: a finales de año, Michael fue arrestado por conducir ebrio. Se declaró culpable y lo condenaron a realizar una especie de servicio social durante año y medio, pagó una pequeña multa y hubo de efectuar una gira por colegios con la misión de disuadir a los jóvenes sobre los usos del alcohol, del tabaco y otras drogas. Volvería a pasarle algo semejante en 2009: se fotografiaría con una pipa de marihuana. Nueva polémica, pero entonces ya era rico y famoso, y un mito.

El gigante de la piscina resucitó el viejo afán: intentó superar a Mark Spitz. Ahora sí. Había madurado: tenía 23 años. Era su momento. Y en Pekín 2008 logró lo que parecía imposible: ocho medallas de oro. Algunas ‘in extremis’, desde luego, como su batalla ante Milorad Cavic (por cierto, le ha vuelto a ganar en Londres), y tras tomar una decisión insólita: se entintó las gafas de oscuro, algo que ha hecho en los últimos años y, por supuesto, en Londres, donde ha logrado lo que parecía imposible: empezó mal ante su odiado amigo Ryan Lochte, pero poco a poco ha ido recuperando su fuelle, su clase, su confianza.

Se ha despedido a la grande: con cuatro medallas de oro (4 x 100 y 4 x 200 libres; 100 mariposa y 200 estilos), dos de plata (4 x 100 libres y 200 mariposa) y una amplia sonrisa de felicidad mientras apoyaba la mano sobre el corazón. Ha superado el récord de Larisa Latinina (ella tenía dieciocho medallas, nueve de oro) y se ha convertido en el mejor atleta de las Olimpiadas de todos los tiempos. No es fácil definir a un nadador así: se enfrentó siempre a los mejores y sus victorias han tenido algo más que la tiranía de los campeones incontestables; han tenido una conexión mágica con el triunfo y con los dioses secretos del deporte, básicamente porque ha ganado lo posible y lo imposible. Siempre aspiró a la prueba perfecta. Quizá porque ya no se siente con fuerzas suficientes ha decidido irse: en su adiós le brillaban los ojos húmedos de emoción.

 

*De la serie 'Cantera de campeones' que ha aparecido en Heraldo durante las Olimpiadas.

ELEANOR HOLM: LA SIRENA EBRIA QUE ENAMORÓ A HITLER

Londres 2012 es especialmente suspicaz con los comentarios de los atletas. Por algunos de sus ‘tuits’ se han ido a casa el futbolista suizo Michel Morganella o la triplista griega Paraskevi Papahristou; otros, como la vallista Lolo Jones, han levantado alguna que otra polvareda. No han podido participar el maratoniano portugués Ornelas Helder o el húngaro Zoltan Kovago, entre otros, por doping. En distinto lugar está Ángel Mullera: España no quiere que corra en 3.000 vallas y las autoridades internacionales exigen que lo haga. No es la primera vez, mucho antes de la era twitter, que un atleta resulta expulsado de los Juegos Olímpicos. Una de los casos más famosos sucedió hace más de 75 años con la nadadora y campeona olímpica Eleanor Holm (1913-2004), de una belleza irresistible. Ricardo Márquez C. la define así en su libro ‘Olímpicos’ (Debate, 2012): “Sonríe la nadadora de labios carnosos y dorada cabellera. Sus ojos son hermosos y de mirada altiva. La tela suave y adherente de su largo vestido acentúa su figura estilizada y sensual”.

Su padre era el jefe de los bomberos de Nueva York, y cerca de su casa había una piscina. Allí empezó a practicar y pronto demostró su talento; en 1928 ya fue seleccionada para Amberes en la prueba de 100 metros espalda. Quedó en quinta posición. Cuatro años después fue a Los Ángeles 1932 y ganó la medalla de oro ante la británica Joyce Cooper y la austriaca Bonny Mealing; la que iba a ser su gran adversaria, María Braun, recibió una picadura de insecto durante las pruebas masculinas y quedó fuera de combate. ¡No es broma!

Una mujer así no pasaba inadvertida: era hermosa, poseía desparpajo, fotogenia y ganas de vivir. Y un punto de rebeldía y de insolencia. Los estudios de cine, a través de Warner Brothers, la tentaron y ella se dejó arrastrar: tomó lecciones de interpretación con mucha gente famosa, como Jacqueline Dillon, Carole Lombard, Edward G. Robinson o con el director Mervin Le Roy. Carecía de expresividad escénica y le ofrecieron encarnar papeles de nadadora, pero ella rehusó. No quería convertirse en profesional de la natación porque que tenía un anhelo: repetir medalla en Berlín 1936. En 1933 se casó con el músico Art Jarret, que tenía una banda propia que tocaba en los night club. Eleanor y Art cantaban a dúo, ella llevaba un bañador blanco y, con su aspecto y sus movimientos rítmicos y sensuales, provocaba suspiros en todas las mesas.

En 1936, como era de esperar, la seleccionan para defender su medalla olímpica. Llevaba siete años imbatida y ostentaba dos récords del mundo. Su belleza llamaba la atención. Subió con sus compañeros de expedición al buque Manhattan, y allí se encontró con un ambiente mundano: participó en las fiestas de la tripulación y de los periodistas. Dos noches al menos, acabó ebria, tan borracha que rozó el coma etílico. Su entrenadora advirtió a los médicos y estos, alarmados, a Avery Brungade, presidente del Comité Olímpico de Estados Unidos. La expulsaron en medio del estupor general. Ella les recordó que “soy joven, blanca y tengo 22 años” y les advirtió que se lamentarían si perdían la medalla de oro. Los compañeros hicieron piña, firmaron un manifiesto, etc., pero no hubo nada que hacer. Años después, Eleanor diría que Avery Brundage, próximo al movimiento nazi norteamericano (el mismo que excluyó a un atleta judío de correr, en vez de Jesse Owens, el relevo 4x100), le había cerrado las puertas. La odiaba porque no había aceptado sus propuestas sexuales.

Estados Unidos no ganó. Pero Eleanor Holm tuvo algunas oportunidades para vengarse: un periódico la contrató para escribir una columna cada día y se sentaba muy cerca de las autoridades nazis. Fue requerida, según sus palabras, por Hermann Goering, por Joseph Goebbels y por Adolfo Hitler, que la invitó a pasar un fin de semana en su casa de campo. Avery Brundage la miraba con los ojos inyectados de odio.

En 1939 se separó de su marido y se comprometió con el empresario Billy Rose. Y no solo eso: volvería a cantar, volverían a llamarla del cine, grabaría cuatro películas o series sobre Tarzán, aunque al fin solo se estrenaría sin éxito ‘La venganza de Tarzán’ con el campeón olímpico de decathlon, Glenn Morris. Algunos años después, se separó de Billy Rose, y fue tan ajetreado el proceso que divorcio que fue bautizado como “la guerra de los Rose”. Murió en 2004, con noventa años.

 

*De la serie 'Cantera de campeones' que ha ido apareciendo durante las Olimpiadas en 'Heraldo de Aragón'.

ALGUNOS NADADORES DE LEYENDA

En las fotos Shane Gould, Mark Spitz y Michael Phelps.

 

Las Olimpiadas son sinónimo de natación, de nadadores de leyenda. Pensamos, de inmediato, en Johnny Weismuller, el ‘Tarzán’ más famoso de todos los tiempos, en Mark Spitz, en Kornelia Ender, en Roland Matthes, en Matt Biondi, en Pieter van den Hoogeband, en Inge de Brujin, en Shane Gould, en Ian Thorpe, en Martín López-Zubero, en Jim Montgomery (el hombre que bajó por primera vez de los 50 segundos en los 100 metros libres), en Vladimir Salnikov, el rey de las largas distancias, o cómo no, en Michael Phelps, al que han apodado como “el tiburón de Baltimore”.

Hijo de policía, o de profesional que trabaja para la policía, y de una maestra, desde muy pronto se aficionó a la natación, apoyado por sus dos hermanas. Era hiperactivo y presentaba falta de concentración. Ya en Sidney-2000, recién cumplidos los quince años, iba a reclamar atención sobre él: obtuvo un quinto puesto. En Atenas-2004 se presentó dispuesto a superar el récord de Mark Spitz: aquellas siete medallas de oro que logró en Munich-1972. Spitz, con su bigotito que le hacía parecer un galán de Hollywood, realizó una exhibición portentosa. Phelps no le fue a la zaga muchos años después: se quedó con seis oros y dos bronces.

El gigante de la piscina resucitó el viejo afán: intentó superar a Spitz. Era su momento. Y en Pekín-2008 logró lo que parecía imposible: ocho medallas de oro. Algunas ‘in extremis’, desde luego, y tras tomar una decisión insólita: se entintó las gafas de oscuro, algo que ha hecho en los últimos años y que también está haciendo aquí: no quiere que le moleste nada. Es el nadador zen. No quiere que se le empañe el cristal. Solo quiere avanzar y avanzar, marcando bien la brazada, soltando con fuerza su enorme pie y alcanzando el ritmo adecuado: la armonía del oleaje, el estrépito silencioso del agua, la dirección exacta del torbellino interior de la piscina. Es el perfecto pez humano de poderosa envergadura.

Phelps cuenta con varios rivales o adversidades: primero su compañero, y sin embargo amigo, Ryan Lochte, que parece más en forma que él: le ha ganado en los trials. Y después él mismo, el propio Phelps. Ha entrenado poco en los últimos tiempos, ha competido menos, aunque ha buscado su puesta a punto, su incontenible y sincopado impulso, durante algunos meses en Colorado. Además tuvo algunos problemas: dio positivo en una prueba de alcohol mientras conducía y levantó sospechas al dejarse fotografiar con una pipa de cannabis entre las manos. Para resarcirse hubo de dar algunas charlas sobre el deporte, el alcohol y las drogas.

Phelps es impredecible. Es un prodigio y quiere superar otro récord antes de despedirse: igualar a la alada Larissa Latynina, que posee dieciocho medallas: nueve oros, cinco platas y nueve bronces. Eso sí, Phelps tiene catorce medallas de oro, más que Paavo Nurmi (diez) o Carl Lewis (nueve) y quiere convertirse en el mejor atleta olímpico de todos los tiempos, si no lo es ya. Ayer entró en acción y accedió a la final milagrosamente. Fue la primera advertencia. Tiene que recuperar toda su energía, su potencia, afinar su estilo y rescatar, a ciegas o no, con toda la determinación del mundo, el brío. En la primera final vencería Lochte y él solo se quedaría cuarto.

Casi a ciegas dispara el surcoreano Im Dong-Hyun, el récord del mundo de tiro con arco. No quiere convertirse en un espectáculo o un animal de maravillas, pero lleva camino de ello. Ve poco y acierta más que los demás. Se ha superado a sí mismo y ha agolpado al público para ver el impacto de sus flechas. Y no solo eso: la gente quiere observarlo al menos por televisión. A quien sí vimos, desde luego, ha sido al veterano Alexandre Vinokurov que a los 38 años se ha coronado campeón olímpico merced a dos golpes de inteligencia: el primer cuando decidió irse con el colombiano Urán y el segundo cuando este miró hacia atrás, y el ‘kazajo’ salió como una centella. Fue el arrebato de la picardía y la inteligencia del veterano ambicioso. Acababa de anunciar su despedida.

CANTERA DE CAMPEONES / 2

Fanny Blankers-Koen:

el “ama de casa voladora” de Londres

Londres ya tuvo una Olimpiada en 1908 y otra en 1948, tras la gran tragedia de la II Guerra Mundial. En la última, en 1936 en Berlín, se habían producido algunas anécdotas memorables: el desencuentro de Jessie Owens y Hitler, la complicidad entre el gran campeón norteamericano y el atleta alemán Luz Long, que moriría en 1943, a los treinta años, en el frente de Sicilia (Owens diría: “Se podrían fundir todas las medallas y copas que gané, y no valdrían nada frente a la amistad de 24 quilates que hice con Luz Long durante la prueba de salto de longitud”), y una de esas anécdotas inadvertidas, pero llenas de simbolismo y de poesía: una joven holandesa, llamada entonces Fanny Koen, que había participado en salto de altura y en relevos con el equipo holandés, se acercó a Owens y le pidió un autógrafo que iba a conservar para siempre.

Fanny quedó quinta en ambas competiciones. Entonces tenía 18 años. Desde muy joven había mostrado una inclinación natural hacia el deporte: los practicó casi todos, luego pareció optar por la natación pero al final uno de los preparadores le aconsejó que eligiese el atletismo. Ahí podría desarrollar toda su potencia. Fanny, rubia y desgarbada, era una mujer alta y fuerte, de larguísima zancada. Al principio probó suerte en 800 metros lisos, pero alguien le aconsejó que la velocidad y la longitud serían mejores para ella. Y lo fueron: conquistó títulos nacionales (al final serían 58, nada menos), varios títulos europeos y mundiales, y sufrió lo suyo durante la invasión de Holanda por los nazis.

Se casó con su entrenador, Jan Blankers, un hombre que le llevaba quince años que había sido periodista deportivo y que había participado en triple salto en la Olimpiada de 1928 en Amberes. En 1941, a los 23 años, Fanny tuvo a su primer hijo, Jan Jr., y en 1946 a su segundo, la niña Fanny Jr. En diversos momentos de su vida barajó abandonar el atletismo: recibía cartas agresivas, con el insulto de “mala madre”, para que dejase el deporte y, además, debía hacer un esfuerzo mayúsculo: iba a entrenar con sus hijos en una bicicleta a la que había añadido una canasta con ruedas donde iban los niños, pero tenía un sueño en su cabeza y en su corazón: quería emular a su idolatrado Jessie Owens, cuyo autógrafo guardaba como oro en paño.

Tras doce años de interrupción, Londres, en el estadio de Wembley, organizó las Olimpiadas, y allí acudió ella con la selección holandesa. Estaba en posesión de varios récords mundiales, y aunque tenía ya treinta años iba a ser la gran atleta a batir. Participaría en 100 y 200, en 80 metros vallas y en longitud.

El dos de agosto de 1948 Fanny hizo historia: venció con relativa facilidad en los 100 metros con 11.9 y logró la primera medalla olímpica para Holanda. Era, por otra parte, la mujer de mayor edad de los juegos. Dos días después, se enfrentó a la norteamericana Maureen Gardner (entrenada también por su marido Jan) en 80 metros vallas. Llegaron igualadísimas, tras una pésima salida de Fanny. La fotofinish reveló que ella había vencido, aunque se produjo un equívoco: poco segundos después de la prueba, empezó a sonar el himno británico. Fanny se sintió derrotada, pero en realidad era que había entrado la familia real en el estadio.

El viernes, tras resistir la presión y la llamada de sus hijos, que la echaban de menos, corrió los 200 y ganó, en un día de aguacero y sobre una pista embarrada, a la británica Audrey Williamson y a la norteamericana Audrey Patterson, que fue la primera mujer negra en el podio. En relevos, Fanny tomó la última posta con cinco metros de desventaja: aceleró cuanto pudo con sus interminables piernas y obtuvo su sueño: las cuatro medallas olímpicas. Años después se cruzaría con Owens y él le dijo que siempre recordaba a aquella muchacha tímida y rubia, “el ama de casa voladora”, a la que le había firmado un autógrafo.

Holanda le rindió diversos honores. Y lo que aún es mejor, tal como recuerda Ramón Márquez C. en ‘Olímpicos’ (Debate, 2012), sus vecinos le regalaron una bicicleta “para ir por la vida a un ritmo más lento y para que no tenga que correr tanto”. A Sebastián Coe le habría gustado darle un abrazo, pero Fanny Blankers-Koen murió en 2004. En 1999 la habían nombrado “la mejor atleta femenina del siglo XX”.  

CANTERA DE CAMPEONES / 1

 

Un superviviente del Titanic,

un Nobel y la pierna de madera

 

 

Hay pocas cosas tan emocionantes como los Juegos Olímpicos. Por allí, en las distintas pruebas, pululan esos deportistas que aspiran a la gloria, a un instante único, a la emoción máxima. Las Olimpiadas están hechas de belleza, de armonía, de lucha, de ambición, de coraje, de intensidad, y están trabajadas con los meandros de la casualidad. La suerte se alía con los atletas. O los esquiva y sobreviene la derrota o su rostro más amargo: el fracaso.

La muchedumbre rugiente está con los ídolos, sean o no de su país. ¿Quién no corrió con Carl Lewis, ‘el hijo del viento’? ¿Quién no se sintió alguna vez hermano del agónico Emil Zatópek, ‘la locomotora humana’, o de aquel campeón de todas las distancias, incansable, ‘el finlandés volador’ Paavo Nurmi? El público, más que en ninguna otra competición, está con el deportista y sus múltiples virtudes: el talento, la gallardía, la rabia, el afán de conquistar un sueño y un lugar en la eternidad.

A mí me apasiona la bibliografía olímpica. Uno de mis libros favoritos, si nos remontamos a uno un poco antiguo, es ‘Olympic Portraits’ de Annie Leibovitz, una colección de fotos en blanco y negro aparecida en 1996, donde están las grandes figuras norteamericanas: el saltador de longitud Mike Powell, los velocistas Michael Johnson, Gwen Torrence, Carl Lewis o, entre otros, aquella completísima atleta llamada Jackie Joyner-Kersée.

Más completo es ‘Olímpicos. Álbum. Los juegos Olímpicos desde 1896 hasta hoy’ (Endeavour, 2012), con el fondo de Gettyimages. Hay fotos extraordinarias: si pensamos en Barcelona-1992 me quedaría con la caída de Gail Devers cuando estaba a punto de coronarse campeona de 100 metros vallas. De 2008 destaca la cara alucinada de Usailt Bolt al correr más rápido que el aire. El libro ‘30 leyendas olímpicas. Historias de esfuerzo y superación’ (Anaya, 2012), profusamente ilustrado, es un acercamiento de Silvia Roba (le hurtan el nombre en la portada) a grandes campeones a través de tres categorías: Héroes (Bikila, Greg Louganis, Jessie Owens o Wilma Rudolph, y, con algún humor, el nadador imposible Eric Moussambani); Mitos (Spitz, Clay, Nadia Comaneci o el citado Zatópek, entre ellos, a quien Jean Echenoz le dedicó la novela ‘Correr’ en el sello Anagrama, 2011) y Dioses (Bolt, Phelps, Manuel Estiarte, el único español, o Al Oerter, el discóbolo que ganó cuatro medallas de oro). Otro libro excepcional es ‘Héroes de nuestro tiempo. 25 años de periodismo deportivo’ (Debate, 2012), de Santiago Segurola, una antología preparada por Pedro Cifuentes y Pablo Martínez Arroyo del probablemente periodista deportivo español más completo desde la democracia. Segurola habla de casi todo, y eso le permite glosar a Jessie Owens, el hombre que desafió a Hitler, a maravillosos campeones como Hicham El Guerruj, Kenenisa Bekele, Michael Phelps, al que llama “Hércules en bañador”, a la neozelandesa Cathy Freeman, a Carl Lewis, Mike Powell y Bolt, o a Sebastián Coe, aquel elegante mediofondista que ganó dos veces 1.500 y fue dos veces plata en 800, y que también ha sido el alma de Londres 2012.

Pero quizá uno de los libros más especiales y sorprendentes sea ‘Olímpicos. Historias asombrosas y divertidas anécdotas sobre medallistas olímpicos’ (Debate, 2012), que firma el periodista mexicano de ‘Excelsior’ Ramón Márquez C. Cuenta increíbles peleas de Eddie Eagan contra Jack Dempsey; o como Philip Noel Baker fue campeón olímpico de 1.500 en 1920 y algunos años después recibiría el Premio Nobel de la Paz y de Cooperación Internacional: le entregó el diploma el Rey Olaf, que había sido campeón olímpico de vela en 1928. Se cuenta la historia de Richard Norris, que naufragó en el Titanic, se negó a que le cortasen las piernas a pesar de una evidente amenaza de gangrena y lograría ganar la medalla de oro de dobles mixtos en tenis en 1924 con Hazel Wightman, rebasada la treintena. Años atrás, George Eyser, un norteamericano de origen ruso, ganó tres medallas de oro, una de plata y dos de bronce en gimnasia con una pierna de madera. Larisa Latynina se redimió de la miseria y de la enfermedad a través de las olimpiadas: ha ganado más títulos que nadie. Y Wilma Rudolph, entre otros, superó una enfermedad de nacimiento y deslumbró en Roma en las pruebas de velocidad: allí, con tres medallas de oro al cuello, fue apodada “la gacela negra”.

 

*En la foto Wilma Rudolph.

BELLAS OLÍMPICAS / 2

Otras candidatas a las más bellas mujeres de la Olimpiada de Londres.

-Yelena Isinbayeva, la doble campeona olímpica de salto de pértiga.

-La tenista rusa Maria Sharapova.

-La ciclista inglesa Victoria Pendleton.

-La lanzadora de jabalina Leryn Franco, colombiana.