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Antón Castro

Escritores

DE FÉLIX ROMEO Y GUTIÉRREZ ARAGÓN

DE FÉLIX ROMEO Y GUTIÉRREZ ARAGÓN

Cuentos de domingo / Antón Castro

 

Vivir, soñar, leer y contarlo

 

Casi todos hemos elaborado listas en el fin de año. Listas de películas, de discos, de instantes cómicos o patéticos. En las listas de libros ha aparecido de todo, en algunas aparecen dos aragoneses adoptados como Sergio del Molino, con ‘La hora violeta’ (Mondadori), una novela conmovedora, distinguida y elogiada por doquier, a cuyo tema, el duelo, regresa Ricardo Menéndez Salmón en ‘Niños en el tiempo’ (Seix Barral, 2014), donde también habla de la pérdida de un hijo y reescribe la historia de Jesús, y Carlos Castán con ‘La mala luz’ (Destino), una novela intimista que narra una vida, una amistad y un crimen. Más allá de estos títulos, y de otros escogidos –‘Técnicas de iluminación’ de Eloy Tizón, ‘En la habitación oscura’ de Isaac Rosa o ‘En la orilla’ de Rafael Chirbes-, hay dos que me han conmovido: ‘Por qué escribo’ de Félix Romeo, que han preparado con mimo e inteligencia Ismael Grasa y Eva Puyó para Xordica (que cumple veinte años con casi dos centenares de libros en catálogo), el mejor libro de Félix y el mejor Félix también: el que vivía, leía, soñaba y lo contaba como nadie; y una novela envolvente, ‘Cuando el frío llegue al corazón’ (Anagrama) de Manuel Gutiérrez Aragón, un relato de iniciación donde hay un personaje especial como Ludi, hijo de veterinario republicano, y secundarios magníficos como el fraile profesor de griego que fue boxeador, la lánguida y bella tía Eva Rosa, el tío Pelayo, que posee una tienda y es un magnífico vendedor de garbanzos. Y, por supuesto, está ese padre, más bien enigmático, capaz de perder la cabeza por amor y en las calladas rebeldías contra el régimen. La novela plantea el despertar a la pasión y a la vez revela el poder de las trastiendas de familia y el misterio de unas cartas donde a la enamorada la llaman Falena. O mariposa. Tiene el aire de un guion de cine, donde no sobra ni falta nada: un ambiente social represivo, un torbellino de sensualidad, un paisaje cántabro espectacular, los coqueteos y las tardes en la playa con merienda, la idolatría, las vacas, etc. Una de esas novelas donde el silencio es tan elocuente y poderoso como los secretos del corazón y la libertad de los veranos.

 

*Este texto aparece hoy en mi sección dominical de 'HERALDO DE ARAGÓN'. Este cuadro es de Friedrich.

MARISA LÓPEZ MOSQUERA: UN CUENTO

MARISA LÓPEZ MOSQUERA: UN CUENTO

 

Marisa López Mosquera (A Coruña) es autora de un libro de relatos, ‘Si no creyera en la locura. Relatos cortos’ (El Desembarco, 2007; en la portada, avanza ella de la mano de su padre), entre otros textos. Tiene un espléndido blog que se titula ‘Y sigue nevando’, donde da cuenta de sus estados de ánimo, de sus lecturas, de sus impresiones, de su sentido de la amistad y de la belleza. Este cuento es un homenaje a ‘El hombre tranquilo’ de John Ford y quizá a su propio mar de A Coruña. Su trabajo se caracteriza por su sentido poético, por su sensibilidad, por su forma de mirar y por el uso de un lenguaje muy elaborado. La instantánea es del fotógrafo y poeta griego Andreas Embirikos.

 

 

 

LA NOCHE TRANQUILA

Por: Marisa LÓPEZ MOSQUERA

 

Parpadeó con fuerza pero nada cambió, sin duda se acercaba algún desastre. Desde el portal de su casa podía ver la calle hasta el final, justo donde el paso a nivel la bloqueaba para convertirla a continuación en una gran vía, con una preciosa y florida rotonda en el medio, un pequeño oasis de color en el asfalto infinito. Los coches circulaban despacio, la nieve descendía perezosa, recién llegada a la ciudad, las luces de los escaparates parpadeaban con suavidad, pero ni aún así llegaba hasta sus oídos la música especial de la navidad. Un siseo dulzón, cantarín, melodías internas que se encadenaban en sus oídos desde la infancia pero que este año no conseguía escuchar. Otro síntoma del desastre era la cantidad de palabras que se amontonaban en su garganta, amordazadas con el invisible lazo de una simple pregunta, la desnuda y sencilla intención de saber. ¿Por qué..? Pero el definitivo y más terrible de todos ellos era que tampoco había destellos en las fachadas, las farolas, los árboles iluminados que bordeaban las aceras. Ni una sola luz sesgada, una chispa rebelde escapándose de algún cigarro. Ninguna estrella alocada jugando en la noche azul.

 

Camino de casa saludó a distintas personas, vecinos animados con la inminencia de la  cena familiar en Nochebuena. Las tiendas apuraban las ventas, en breve pondrían el cartel de Cerrado y la calle se sumiría pocas horas después en un silencio repleto de ecos. Voces con distintos acentos, risas explosivas, cubiertos sobre platos cayendo al descuido, tapones de corcho rebotando en los techos, aplausos. Sonidos que escaparían por las rendijas de las ventanas, danzando en una espiral festiva sobre el barrio, colándose por las delgadas paredes de los pisos, la fina línea desprotegida en la base de las puertas de algunas casas,  las ventanas semiabiertas de las cocinas, todavía aireando el humo de los hornos donde se habían cocinado pescados que tardaban horas en evaporar su olor. Deliciosos asados que provocaban una inspiración profunda en quien percibía el aroma de lejos. Mariscos en planchas que descansaban para su limpieza cerca de las corrientes de un aire juguetón, impertinente, que se unía a los sonidos en su curioseo y descargaba un fuerte soplido sobre el cabello del anciano Morse, aturdido mientras cerraba el ventanuco del baño. Apagaba una y otra vez la vela central del adorno de la hermosa viuda Hughes, quien cada poco llevaba algo nuevo a la mesa y advertía sorprendida, alzando el arco delicado de sus cejas, la sombra de la llama; un ondulante reguero de humo que parecía burlarse de ella cuando la veía echar de nuevo la mano al bolsillo de su mandil de volantes y prender la mecha con un gesto adorable, como quien huele una flor, la expresión limpia, paciente, serena. El mismo viento que le hacía correr en ese instante tras su sombrero, al que veía dando pequeñas volteretas antes de alcanzarlo, incrustado desesperadamente en el contenedor del vidrio.

 

Fue al colgar la gabardina en el perchero de la entrada, exactamente cuando el cuello se acopló a la madera, como quien deja caer la cabeza, aliviado, en una almohada mullida. La sensación duró unos segundos, lo suficiente para desubicarlo, para dejarlo sin aliento, deslumbrado. En cuanto sus dedos tocaron la percha su cuerpo sintió el mismo efecto, el abrazo inesperado de una prenda sobre sus hombros, un calor reconfortante, el peso exacto de la seguridad, la confianza, pero no estaba allí sino en un lugar diferente aunque vagamente familiar. Cuando el efecto desapareció se sumó al juego de sonidos cacharreando en la cocina, desmoldando un pastel, terminando la salsa en la batidora. Por inercia sacó dos copas que chocaron, abriendo un poco más el abismo de su soledad, al brotar imágenes de tiempos no muy lejanos en los que había motivos para celebrar, manos dispuestas colocando detalles, labios que dejaban fugaces besos en su mejilla al pasar cerca de él. Vivir solo no sería tan demoledor a veces si no hubiese probado antes la dicha de hacerlo con quien había considerado la compañía perfecta, erróneamente. La cena le distrajo, disipó sus reflexiones, mientras veía en la tele un documental sobre la migración de las ballenas. La vida en el mar había formado parte de su pasado también y le agradaban estos programas. El whisky era estupendo, giró el vaso creando una pequeña marejada de licor, intentando buscar una respuesta a la pregunta que le atenazaba la garganta. Y no era que la echase de menos, no, su matrimonio había muerto años atrás, era la autocompasión de una noche perfecta para ello. Por qué él. Por qué no más de otras cosas después, felicidad para variar. 

 

- El desastre, Thornton - se levantó para recoger la mesa, la servilleta al hombro, nombrándose con el mote que le habían puesto en el gimnasio por sus similitudes con el personaje de la película de Ford - es que estás solo. Varado en esta maldita ciudad. Y ahí mismo, frente a tu casa, está otra vez esa mujer que no consigues sacar de tu cabeza, tan inquietante, tan deseable..

 

La viuda Hughes miraba absorta el escaso tráfico de la calle, abrazada a sí misma con la exquisitez con la que siempre se movía. Cerca de ella brindaban una vez más, la llamaban para que se uniese al grupo. Se giraba sonriendo pero volvía sus ojos soñadores hacia la gran vía, la rotonda, rodeándola mentalmente mientras tenía aquellas locas fantasías con .. El anciano Morse limpiaba su pipa en la palma de la mano, el último golpe lo dio en el bureau, cerca de la ventana. Su vecino, el boxeador, recostaba su largo cuerpo en el ventanal de la sala, apoyado en el brazo, una pierna flexionada, fumando un cigarro. Se le veía relajado pero de una forma lánguida, nostálgico. Qué desperdicio, se dijo al meter una nueva carga de tabaco en la pipa, tanta gente sola en el barrio, tanto silencio, tantos días iguales. En ese instante, en el que el viejo miraba a su vecino, éste a la mujer y ella hacia los dos, abiertamente, se desprendió un adorno pesado de la fachada y en cuanto empezó a caer también ellos fueron engullidos por una grieta del tiempo que los transportó a una estación de tren sesenta años atrás.

 

Thornton se encontró cerrando las puertas de los vagones con una ira inusitada, sin saber realmente qué buscaba hasta que llegó a uno de ellos y vio a la viuda Hughes, encogida, intentando esconderse de él. Incluso en aquella postura forzada estaba preciosa. Su bolso de mano por delante, una protección extra que ya no tenía sentido. En la estación la gente se impacientaba por presenciar el desenlace pero ellos no habían visto la película. Sean conocía algunos detalles sobre ella por las bromas del gimnasio pero desgraciadamente era un irlandés poco aficionado al cine y no podía ni imaginar que lo que aquellas personas querían era nada menos que ver cómo arrastraba a la mujer que llevaba meses en su mente, tan inalcanzable para él como un faro en medio del mar durante un temporal y la estampaba en el suelo contra su hermano, el tacaño. Tampoco ella sabía qué hacían allí ni por qué le temía, cuando las veces que le había encontrado en el edificio le parecía siempre tan espectacular, tan atrayente y sobre todo tan accesible, como si estuviese esperando una seña suya para complacerla. Aún así se replegó sobre el asiento al ver su mano extendida, esperando que el mismo fenómeno insólito que los había colocado allí se los llevase de vuelta pero el tiempo pasaba y nada sucedía así que se dejó conducir por él hacia el andén y caminó a saltos a su lado, enredándose los pies, porque su paso era mucho más largo que el suyo y no conseguía ponerse a la par.

 

Lo extraño era que por donde pasaban la gente les seguía, gritándose consignas que ellos no comprendían. La mano de su vecino comenzó a cerrarse sobre la suya de una forma protectora que le infundió valor y también ella se aferró a él, sintiendo un placer especial al ver cómo el contacto les afectaba a ambos. Desconocían la inocencia de todo aquel despliegue por lo que se veían en peligro, perseguidos por una horda de gente enfebrecida, en un mundo anticuado, un día de sol radiante, tan lejos de la noche solitaria y nevada de su barrio. Una noche en la que cada uno soñaba con un cambio, un giro en sus vidas, algo que terminase con la mediocridad de su presente. Horas después, en su carrera ya por una colina empinada, apareció el viejo Morse a caballo, con otro de refresco para ellos que Sean montó de un ágil salto, como si fuera John Wayne, acomodándola de un tirón a su espalda. Aquello era demencial, tras ellos había cientos de lugareños gritando combinaciones numéricas y la palabra ¡Danaher!  Poco antes de llegar a la cima, donde les esperaba la otra parte del pueblo, con un hombre fuerte y decidido al frente, algo asustó a los caballos que, encabritados, lanzaron su carga por los aires. Lejos de controlar el cielo y el suelo, esperando que su cuerpo recibiese un buen golpe de un momento a otro y que aquellos hombres llegasen por fin hasta ellos y los hicieran prisioneros, de nuevo les envolvió una nebulosa oscura de la que salieron justo a tiempo de escuchar el boqueo del desprendimiento, un corto jadeo de la piedra al chocar con la tierra del jardín del patio.

 

Morse agitó la mano tras el cristal, saludando con calidez a Sean, que le respondió desde su ventanal, todavía confuso, levantando el pulgar en una señal de victoria. Se sentía ligero, el nudo de las palabras había desaparecido y hacia donde mirase surgían poco después intermitentes puntos de luz flotando. Por la ventana de la viuda Hughes salió una música pegadiza pero ni rastro de ella. Bajó las escaleras del único piso que los separaba, llamando enérgicamente a todos los timbres, no sabía cuál sería su apartamento pero estaba dispuesto a averiguarlo. Entre disculpas y suaves rechazos a una copa, finalmente llegó a su puerta. Se había soltado el cabello, sus mejillas todavía estaban rosadas, nunca la había visto más bella, ni más dispuesta. Sin tiempo para una escena la sujetó por la muñeca con firmeza y echó a correr con ella, bajo la mirada atónita de sus vecinos. Poco después escucharon el portazo arriba y unos segundos más tarde un sensual gemido, largo y ronco, seguido de unas carcajadas felices. El viejo Morse sacó la basura al contenedor del rellano, mordiendo su pipa de medio lado. Poco antes de entrar en casa sonrió al mirar hacia el techo, movió la cabeza hacia los lados y masculló entre dientes "¡Homérico!", radiante, cerrando el cuento.

 

JUAN JOSÉ PARCERO: TRES POEMAS

JUAN JOSÉ PARCERO: TRES POEMAS

Juan José Parcero Aznar acaba dede publicar su poemario Piedras que no llegan al mar (Latas de Cartón, el sello de José Orna) y la presenta en la librería Cálamo, este martes 14, a las 20 horas, con la poeta y activista cultural Pilar Manrique.

Su primer poemario, Viento y desamor (1990) fue parcialmente publicado por la Institución Fernando el Católico en un volumen colectivo en 1992. El segundo fue En arte de magia (Velasolas, 2000), llevaba un prólogo de Túa Blesa e ilustraciones de tres artistas, entre ellos Ángel Aransay.

Afirma: "Creo con total convencimiento en el poder de la palabra, en la poesía que es auténtica (bella, o fea por necesidades del guión), y sobre todas las cosas, en el placer de la lectura".

Me envía tres poemas del volumen y nos recuerdas que posee perfil en Facebook: 

https://www.facebook.com/profile.php?id=1510156528

 

MARAÑA

 

Y volvía a sentir el vértigo de los besos, el amor, los nervios, la presión, las mariposas,

la soledad, la resaca, el orgasmo, las despedidas,

la culpa o la inseguridad, las llamadas de casa, la pasión, los besos,

el vértigo de volver a sentir.

  

TIJERAS

 

Como si fuera verdad que los celos sí existen,

como si solo de repente, solamente y repentino,

todos los modos de enamorarse fluyeran en uno,

en mí. Y entonces, un corte               en canal           porque puede que

otras noches lleguen más allá que la otra,                              y así

pretender que nunca hemos dejado de amarnos.

 

BICICLETA

 

¿Te he dicho alguna vez antes o después sinceramente de veras a

renglón seguido

que te quiero?

Y seguro que de otras maneras principales y sorprendentemente

ciertas

te lo he dicho un millón de veces.

No como hoy, no como aquí.

Sirvan estos versos

como encendida declaración de amor

sobre ruedas de amor

y sobriedad, te quiero.

 

*La foto es de Anne B.

ANTONIO BÁEZ: 'REVELADO', CUENTO

ANTONIO BÁEZ: 'REVELADO', CUENTO

[Antonio Báez, narrador y buen especialista en microrrelatos, me envía este cuento.]

REVELADO 

Fui un niño enfermo y pasé mucho tiempo en la cama observando los objetos que me rodeaban.

Un niño mirón. No tuve hermanas ni primas ni amiguitas de mi edad.

Pero un día (no creo que tuviera más de diez años) descubrí a las mujeres, y con ellas, su misterio.

Quiero decir que descubrí que las mujeres tenían un misterio. Fue a través de la hermana menor de mi padre, que nos visitó y entró a mi cuarto a darme un beso.

Era el aire que entraba por la ventana, era la luz de la tarde, era el olor de la hermana menor de mi padre, era la caricia de su melena en mi cuello.

Era todo eso.

 

Pero el misterio era el coño.

 

Me di cuenta enseguida de que la vida sin misterios, sin religión, era un juego sin gracia.

 

Intenté los caminos de la vocación.

Estuve en grupos parroquiales y aprendí todas las oraciones dedicadas a la Virgen, pero fracasé estrepitosamente, pues para mí, por encima de todos los misterios, el del coño era el misterio fundador.

 

Por uno de mis cumpleaños (yo ya andaría por los dieciséis) mis padres me regalaron una pequeña cámara fotográfica.

Aprendí a manejarla disparando a mi familia, a las nubes que adoptaban formas caprichosas, en muchas de las cuales yo imaginaba coños, apenas entrevistos en alguna revista de las que cambiaba Rogelio, un enano del barrio que se ganaba la vida con esos trueques y con la rápida, que era una lotería ilegal.

 

Después de varios carretes que entusiasmaron a mi padre, pensé que había llegado el momento de resolver, por edad y porque mi arte así me lo reclamaba, el nudo secreto bajo el que mi vida estaba amarrada: los coños.

 

Pero no sabía cómo hacerlo. Ni a quién proponérselo.

Yo sabía que las chicas de mi edad, sus madres, sus abuelas, sus hermanas mayores y menores, protegían su misterio con el escándalo. Me propuse ser discreto, indirecto, alusivo.

 

Fotografié en primer lugar a mi madre.

 

Allí estaba. Comprendí a mi madre. Era una mujer.

El pudor me impidió indagar en ella. Tardé muchísimo tiempo en contemplar con detenimiento su fotografía. Pero ya estaba hecha. De ahí en adelante tendría que ser pan comido.

 

La hermana menor de mi padre, la mejor amiga de mi madre, y dejé que la voz se corriera como la pólvora.

No abandoné los objetos, balones, automóviles, herramientas de trabajo, no dejé de interesarme por las nubes, por los gamberros del barrio, que posaban orgullosos, y así conseguí retratar la sombra de ese misterio que toda mujer exhibía ajena a cualquier intención.

Allí estaban ellas, hermosas o no, como un triángulo invertido, señalando, con una mirada que eludía el asunto corporal, el centro de su misterio.

 

Hasta que un día me acerqué a las putas. Y descubrí que su coño estaba en su cara. Y de ahí adelante busqué en el rostro de todas las mujeres su coño. Y en el rostro de cada mujer que conocía la puta que yo anhelaba.

 

Antes de convertirme en un hombre infalible, en un pedante o en un experto, tuve la suerte de enamorarme y desmoronarme.

 

De alguna manera comenzamos a hablar sobre apuntes y asignaturas y de alguna manera el italiano quedó con ella en mis narices, por lo que supe que acababa de llegar de un pueblo y que vivía con unos familiares.

El italiano me buscaba. Era un tipo solitario al que a veces la soledad le amargaba. Me buscaba y enganchaba una cháchara con otra para darse un poco de distracción. Pero nunca me contaba lo que hacían cuando quedaban. Según él los tres componíamos un grupo, los tres éramos amigos, pero no me invitaban a sus salidas, que planeaban ante mí sin pudor.

Yo iba siempre con mi cámara al cuello y fotografiaba los pupitres, las pintadas callejeras, las espaldas de los estudiantes. Un día me lo preguntó: por qué no quieres hacerme una foto. Eso fue cuando ya estaba cansada del italiano.

Yo sonreí. Cuando me negaba a hacer una cosa, sonreía y no la hacía.

Ella estaba siempre en mi cabeza. Cuando le hacía una foto a un árbol, cuando en el tronco del árbol encontraba su cuerpo, cuando en las ramas veía sus brazos y en un nudo o pliegue de la corteza hallaba su coño. El italiano me dijo que ella tenía en su pueblo un novio con el que se iba a casar.

Entonces decidí llamarla. 

 

Fuimos al cine y nos tuvimos que sentar en una de las primeras filas. A la salida entramos en una taberna, pero un humor sombrío se abrió sobre nuestras cabezas como si fuese un gran paraguas. Una de las peores citas en una carrera posterior de citas nefastas. Cuando por fin nos despedimos me sentí verdaderamente a solas con ella.

El italiano se enteró inmediatamente de aquella salida y me preguntó si es que me gustaba.   

 

No todas las chicas tenían el coño entre las piernas o en la cara. Había que ser muy habilidoso y muy paciente para dar con el coño.

Besé a una que mordía. Cuando nos quedamos desnudos sobre el jergón estudiantil comprendí lo desvalidos que estábamos y se me vino a la cabeza un bodegón con dos liebres desolladas. Mordía porque era muy nerviosa y me causó heridas que se me infectaron.    

Ella me preguntó cómo me las había hecho. Yo sonreí.

 

Empezaron a contar conmigo. Ella y el italiano. Nos citábamos y muchas veces aparecía sólo el italiano. Ella sola nunca. Descubrí que eran unos encuentros aburridos, decepcionantes.

Un día les dije: Os voy a hacer una foto. Yo mismo me encargaba de revelar las fotos que hacía en blanco y negro. Ella era una mujer misteriosa y frágil. El italiano apostaba por un pragmatismo hiriente. No me los podía imaginar follando, pero el italiano aseguraba habérsela tirado.

Cuando ella contó que se lo había mirado en un espejito como aconsejaban algunos manuales de sexualidad, se me hizo la luz: el coño de ella estaba en otra parte, mucho más allá, al otro lado de su cuerpo, en la foto que jamás les enseñé.

 

 

Microbiografía: Antonio Báez ha publicado un libro de relatos titulado ‘Mucha suerte’, una novelita corta, ‘La memoria del gintonic’, participó en la antología de Fernando Valls, ‘Mar de pirañas’ (Menoscuarto), centrado en el microrrelato, y hace poco más de un año el híbrido ’Griego para perros’, en Sabara Editorial. La foto es de Alfred Cheney Johnston.

 

2014: ALGUNA EFEMÉRIDES LITERARIAS

2014: ALGUNA EFEMÉRIDES LITERARIAS

QUÉ BELLO ES VIVIR

Comienza el año 2014 y ya se amontonan las celebraciones y los aniversarios: Paz, Cortázar, Hrabal, Burroughs...

 

El año en que recordamos a Marguerite Duras

Bioy, Cortázar, Paz: un trío de ases de América

 

Ya está aquí el 2014. Como siempre será un año de celebraciones y de recuerdos. Si de letras hablamos, 2014 será el año del primer centenario del nacimiento de tres grandes autores hispanoamericanos: Julio Cortázar (1914-1984), al que se ha recordado mucho en 2013 porque se cumplían 50 años de la aparición de su novela ‘Rayuela’ y porque es uno de esos escritores que siempre están de moda o siempre parecen modernos; Octavio Paz (1914-1998), uno de los grandes poetas y ensayistas del siglo XX, distinguido en 1990 con el Premio Nobel, y Adolfo Bioy Casares (1914-1999), ese finísimo narrador que fue no solo fue el mejor amigo y el contertulio ideal de Borges, sino que pareció su ‘alter ego’.

Son tres escritores indiscutibles: Cortázar es un maestro del cuento y de la libertad de creación, fascinado por el jazz, el boxeo, los viajes, la fotografía y la fusión entre realidad y ficción. Paz es el creador de un libro de libros como ‘Libertad bajo palabra’, uno de los empeños líricos más impresionantes del siglo XX, y Bioy era un maravilloso cuentista, un enamorado del amor y un tipo inclasificable que adoraba a las mujeres, los coches y jugar al tenis.

El 2014 también será el año de grandes escritores europeos. Pensamos en Marguerite Duras, autora de novelas como ‘El amante’ o ‘El arrebato de Lol V. Stein’, y guionista y directora de cine. Ella, como Virginia Woolf, encarna la escritura de mujer y la búsqueda de un lugar en el mundo desde la tenacidad, la búsqueda, el deseo y la sombra de la autodestrucción. Será el año de Dylan Thomas, el poeta que murió tras tomar 18 whiskies antes de los 40 años; y de William S. Burroughs, el autor de ‘El almuerzo desnudo’ y ‘Yonqui’, que figura en el peligroso club de “escritores asesinos”, él mató a su esposa por accidente.

Será el centenario de Romain Gary, que también firmó como Émile Ajar y fue el marido Jean Seberg. También es el año de Bohumil Hrabal, el gran escritor checo que se cayó (o se arrojó) al vacío mientras daba de comer a las palomas: firmó libros excepcionales como ‘Bodas en casa’, ‘Una soledad demasiado ruidosa’ y ‘Trenes ruidosamente vigilados’. Si el cuerpo le aguanta, el poeta chileno y Premio Cervantes Nicanor Parra celebrará su centenario. En 2014 se cumplirá un siglo de la prematura muerte del poeta George Trakl y dos siglos del óbito del marqués de Sade.

En las letras españolas, hay dos celebraciones muy concretas: de entrada el centenario de la publicación de ‘Platero y yo’ de Juan Ramón Jiménez, un libro que ha desaparecido de las aulas y que es un paradigma de una prosa poética, miniada y sensorial, que habla de la relación con los animales, con la naturaleza y que aboga por aquellos que sufren la injusticia. El realizador aragonés Alfredo Castellón convirtió el texto en una película y la rodó en la casa del poeta en Moguer.

También se celebrará, con diversos actos y congresos, el aniversario de la Generación del 14, que incluía a personalidades tan diferentes como Manuel Azaña, Ramón Gómez de la Serna, Ramón Pérez de Ayala, Ortega y Gasset, Gabriel Miró o Gregorio Marañón, entre otros. El Premio Cervantes José García Nieto habría cumplido un siglo y se evocará a un antropólogo que ha parecido llevarse el viento: Julio Caro Baroja, autor de libros tan inolvidables como ‘Los Baroja’, ‘El laberinto vasco’ o ‘Las brujas y su mundo’. También en su centenario se hablará del filósofo Julián Marías y, entre otros, del poeta catalán Joan Vinyoli. Como cosa un tanto pintoresca, Quino ha anunciado que Mafalda cumple 50 años: habría nacido en septiembre de 1964.

En Aragón, se cumplen cien años de la muerte del poeta costumbrista Marcos Zapata y del nacimiento de Víctor Bailo, galerista de Libros. Si nos gusta jugar con los números redondos, también hará 80 años de la muerte, en Reus, de Pablo Gargallo. Y, por supuesto, 2014 estará dominado por los ecos, películas y publicaciones de la I Guerra Mundial.

ALMUDENA VIDORRETA, TRES POEMAS

ALMUDENA VIDORRETA, TRES POEMAS

[Hace unos días publicaba aquí el poema que da título al nuevo libros de Almudena Vidorreta, ‘Días animales’. Más tarde, con conexión ya, la joven poeta y profesora, residente en Nueva York, me envió estos tres poemas y esta foto. Siempre es difícil hablar de un poemario: este habla del amor, de la pérdida, del desencuentro, de la ferocidad y el extrañamiento de la pasión, del adiós y la ruptura, de la relación entre la palabra y la poesía, entre el verbo y la emoción, y tiene abundantes guiños a los mitos (Antígona), a Adorno, a la filología y al conocimiento, el general y el de uno mismo. He aquí, pues, tres nuevos poemas del libro de La Gruta de las palabras (Prensas Universitarias de Zaragoza), la colección que dirige Fernando Sanmartín. El libro también admite la comparación con un bestiario de amor.]

 

RABIA

 

Nadie dijo que fuera fácil,

pero el ser humano se empeña

y se deja llevar por los días

animales

y los meses

más feroces aún:

tiempos como criaturas

recién salidas de su jaula.

Perro sin dueño,

tengo los dientes recién afilados

y el público desea

vernos sufrir.

A mí no me han abandonado todavía

pero llevo de todo por dentro

y por descuido.

Muerde,

deja de acechar y ataca pronto,

a ver si te paso la rabia.

 

LATET ANGUIS IN HERBA

 

Hoy soy la sierpe con las fauces rotas

que estaba latente entre la hierba

y quiso devorar de un solo gesto

a un ejército entero de ratones.

Pasando con esfuerzo la garganta,

aquellos indefensos animales

gritaban en el momento de su muerte,

porque son descendientes del cisne,

que, aunque hermoso, ataca.

Soy la destructiva cazadora

hambrienta de presas débiles,

frágiles, tanto como tú,

y cambio de piel más fácilmente

gracias a su paso por mi cuerpo.

 

LOST IN TRANSLATION

 

Yo, que ya no tengo nada que decirte,

me llego a ti nerviosa,

como una despeinada,

y tiño de ciruelas frescas

tu lecho carcomido.

Ato a las ramas de este árbol

un papel donde pone tu nombre

y rezo una oración a nuestros muertos

para que los vivos nos perdonen

por haber soñado.

Estaban los cerezos en flor

y fuimos allí a perdernos.

 

*Esta foto es de Vicente Almazán.

 

ALEJANDRA PIZARNIK Y SUS 'DIARIOS'

ALEJANDRA PIZARNIK Y SUS 'DIARIOS'

QUÉ BELLO ES VIVIR. Alejandra Pizarnik es una autora de culto en medio mundo. Redactó unos intensos ‘Diarios’ que publica Lumen.

 

AMOR, MIEDO Y LOCURA DE UNA POETA

“El invierno da miedo, miedo a que se vaya”, escribió la poeta y traductora Alejandra Pizarnik (Buenos Aires, 1936-1972), una de esas mujeres que pertenece al que algunos han llamado “el club de las poetas suicidas”, que acoge a autoras tan importantes como Sylvia Plath, Anne Sexton, Marina Tsvetaieva, Ana Cristina César, Florbela Espanca o a su propia compatriota, a la que tanto admiró en sus inicios, Alfonsina Storni; dice de ella: “Pienso en su muerte y me acongojo”. Alejandra Pizarnik fue una mujer especial, con mucha fuerza en medio de la inclinación hacia la melancolía: una gran lectora desde niña, capaz de hablar de su pasión por César Vallejo (glosaba sus poemas y en un momento lo comparó con Antonio Machado, de quien dijo: “Me aburre”), por Proust, por la citada Storni o por los poetas Mallarmé y Rimbaud, muy especialmente, y los surrealistas. Y también Vicente Huidobro. Y Neruda. Ya desde muy joven aseguraba que sus modelos o referentes eran Dante Shakespeare, Goethe, Bach y Goya, casi un quinteto insuperable. También podría haber añadido a Van Gogh, de quien escribe con mucho cariño.

Pizarnik llevó desde los 18 años un “diario de escritora”. Hace algunos años, Ana Becciú, publicó una amplia selección de este proyecto. Ahora, en vísperas de Navidad, llegaba una nueva edición de más de mil páginas de sus ‘Diarios’ (Lumen) con otras aportaciones, aunque la prologuista dice que ha sido respetuosa con Pizarnik, con su familia y con terceras personas. Es decir, aún quedarían textos íntimos sin publicar.

Alejandra Pizarnik es una escritura de culto. Obsesionada por la palabra y por encontrarse a sí misma. La escisión del yo es su tema capital. Vivía en la incertidumbre y en el vacío. Bebía agua sin parar, quería estar siempre muy delgada, tendía a compararse con su hermana y estaba dispuesta a abordarlo casi todo: el periodismo, la pintura, la filosofía y las letras, sobre todo la poesía. Dijo: “Poesía es lirismo, es experiencia de la palabra”. La relación con sus padres, sus historias de amor (con chicos y con chicas; declara en varias ocasiones que se siente atraída por ellas) y sus orgasmos, su búsqueda constante, su atracción hacia Buenos Aires, su doliente impresión de soledad.

Todo el rato, a los 18 y poco antes de la despedida, sigue buscando su ser. Era capaz de escribir así: “El viento es un trozo de oxígeno disfrazado de fantasma que vaga silbando una canción que nunca pasa de moda”. Y, de repente, con insólita lucidez, confesaba: “La miopía exalta la individualidad. Verme a mí perfectamente y a los ‘otros’ como pobres seres borrosos”. Cursó varias carreras, pero no acabó ninguna. Y finalmente convirtió a la literatura en su pasión. Le interesaron el periodismo, la filosofía pura, que no abandonaría jamás, y las letras. Mostrará un obsesivo intento de componer un libro perfecto, una novela. Escribió: “Quisiera pensar en algo sublime”.

Quizá por ello siempre tenía una sombra: “Me duele la existencia”, era una de sus frases favoritas. También era sincera: “Siento un espeso vacío y una gran oleada de euforia sexual”. Entre 1960 y 1964 vivió en París y allí hizo de todo: colaboró y publicó en revistas, redactó poemas, tradujo a grandes poetas como Aimé Cesaire, Henri Michaux o Antoni Artaud, se sintió afín a Paul Celan y estableció algunas amistades muy hermosas y fructíferas con Octavio Paz, Julio Cortázar o Rosa Chacel. Años más tarde, se cartearía con el escritor y artista manchego, afincado en Aragón, Antonio Fernández Molina.

Al principio, la novela en marcha de la existencia de esta mujer peculiar -que leyó con gusto al místico aragonés Miguel de Molinos y que sentía la urgencia de “apaciguar mi furiosa necesidad del amor”- era prolija en detalles y sensaciones. Poco a poco la prosa fue adelgazándose como su propia poesía: lo mismo escribía “dormí todo el día” que confeccionaba listas, decía en forma de telegrama que había leído a Djuna Barnes, que sufría “desequilibrio” o que debería “conseguir un empleo”. Poco antes de tomar 50 pastillas de barbitúricos (Veronal), intuyó: “El arma del poeta es la locura”. No en vano, uno de sus mejores libros es ‘Extracción de la piedra de locura’ (1968).

 

DOLORES REDONDO, AMAIA, EL BAZTÁN

DOLORES REDONDO, AMAIA, EL BAZTÁN

QUÉ BELLO ES VIVIR. Dolores Redondo publica la segunda entrega de la inspectora Amaia Salazar: ‘Legado en los huesos’

 

UNA MUJER INTRÉPIDA EN EL BAZTÁN

Dolores Redondo Meira tiene una infancia marinera. Nacida en San Sebastián en 1969, conoció muy de cerca el universo del mar de Pasajes, el aroma salobre del puerto, la agitación de los muelles con sus grúas y sus historias de navegantes. Además, tiene una abuela gallega de la zona de Laxe, en la Costa de la Muerte, que le llenó la imaginación de historias del más allá: de aparecidos, de sendas tenebrosas en el bosque, de faros y mareas, de esa frágil relación entre lo real y lo fantástico. Su existencia la llevó después a Navarra y empezó a dedicarse a la literatura. Su primera novela era un libro sobre el duelo: sobre la pérdida, en su niñez, de una hermana por leucemia infantil: ‘Los privilegios del ángel’. Poco después escribió otra novela, ‘El guardián invisible’ (Destino, 2013), donde creaba una inspectora de la Policía Foral, Amaia Salazar, que tiene otras dos hermanas y una complicada vida familiar, llena de sombras, de desolación y de ese clima inquietante y sutil que a menudo suelen crear las mujeres.

Ahí presentaba el universo mitológico navarro a través de una criatura, el ‘basajaun’, que encarna el espíritu del bosque y que, eso creen algunos, era capaz de ensañarse con los humanos. La primera novela contenía muchos elementos turbadores: crímenes rituales de muchachas, psicologías complejas y un sinfín de enigmas. ‘El guardián invisible’ tuvo mucho éxito y la autora, asombrada del interés que suscitó en toda Europa, anunció que era el primer volumen de una trilogía que tenía por escenario el valle del Baztán y el pueblo de Elizondo. Acaba de aparecer la segunda entrega, ‘Legado en los huesos’ (Destino, 2013), que arranca prácticamente donde concluía la anterior: con el juicio contra el padrastro de la joven Johana Márquez.

Ahora hay algunas novedades importantes: Amaia Salazar está embarazada de su marido James, un escultor tranquilo de origen norteamericano, y asistiremos a su parto. Le habían anunciado que iba a ser una niña, pero será un niño: Ibai. En la nueva entrega, Amaia vivirá distintas aventuras, muchos momentos de tensión, que se suman a su afán de llegar a tiempo para darle el pecho a su criatura. De ese hecho se derivarán algunos conflictos, o malentendidos, con su marido, que la sorprenderá con un regalo inesperado: una casa en el lugar donde nació y donde nacen tantos recuerdos, no siempre apacibles.

En ‘Legado de los huesos’ convergen varios hechos: tres suicidios un tanto extraños donde los tres muertos dejan un mensaje con una única leyenda: ‘Tarttalo’. El ‘tarttalo’ es un cíclope de la mitología popular navarra. La autora cuenta su historia y su vínculo con un pastor y un lago, y su voracidad. Pero, además, hay otro hecho que enturbia la convivencia del Baztán: la profanación de la iglesia de Arizkun. El hecho podría estar vinculado un grupo religioso llamado de los agotes, “el mismísimo Camilo José Cela se interesó por el tema” y obtuvo el silencio de la población. Un joven, que tiene un blog, también podría estar detrás de este hecho que conmueve al párroco y a las autoridades eclesiásticas.

Amaia Salazar es una mujer de armas tomar: es obsesiva, minuciosa, apasionada, es inteligente y tiene un mundo interior complejo. Aquí vemos cómo se relaciona con sus compañeros, vemos qué reivindicativa es y su voluntad de llegar hasta el fondo de las cosas. Tiene un sexto sentido. La novela plantea otro asunto: la difícil convivencia de la maternidad con una profesión tan fascinante y tan esclava como la suya. Dolores Redondo ensancha una y otra vez su campo de acción, y en su novela hay denuncia, enigma, esoterismo, miedo, personajes complejos y mucha tensión. Y muchos personajes. El peso del pasado irrumpe una y otra vez con sus múltiples matices. Por haber aquí incluso hay un intento de seducción del juez Markina, tan atractivo como ambiguo. Esta novela les atrapará. Piensa la inspectora: “La calidez de la luz solo consigue mostrar el horror con toda la crueldad de una herida abierta”.

 

*Dolores Redondo en una foto de ABC de Jaime García.