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Antón Castro

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GUILLERMO FATÁS: UN DIÁLOGO

ENTREVISTA. Guillermo Fatás Cabeza (Zaragoza, 1944), catedrático de Historia y ex director de HERALDO, ha sido el pregonero de la Feria del Libro de Zaragoza. Aquí explica su formación, su amor a la ciudad y las claves de su elogio a la cultura y a los libreros.

 

“Declaro mi amor al libro y el librero”

“Estoy enamorado de Zaragoza”

 

¿Qué lugar han ocupado los libros en tu vida?

Como para todos los de mi oficio, son el desahogo, el esparcimiento, el utensilio, la fuente inacabable del placer y del conocimiento. Para un temperamento curioso y preguntón, como es el mío, son una prolongación del propio ser.

 

¿En qué momento te das cuenta de que es un objeto especial?

No me doy cuenta. Mi abuela paterna, Patrocinio Ojuel, era maestra especializada en párvulos. Estudió en Francia y se trajo, entre otras cosas, el método Montessori. No te dabas cuenta de que estabas leyendo y a los tres años lo encontrabas tan natural como hablar, reír o llorar. No sé bien cómo llegué al libro, todo era lectura. Mi cabeza integró las letras de los cuadernos con los rótulos de las tiendas y las páginas de los periódicos y los libros.

 

¿Qué títulos son los primeros que empiezas a leer, cómo eran las ediciones?

Tuve, que recuerde, cuentos de Saturnino Calleja,  devocionarios, a ves ilustrados con unos demonios fascinantes que se llevaban consigo al pecador; muy pronto, Guillermo Brown y Salgari, que me gustaba mucho más que Julio Verne. Con Salgari entré en la historia, lo mismo de Malasia que de Famagusta. Y las fábulas de los estupendos autores españoles. Las autorizadas para niños, claro. Nada de futrosofías. (fornicantrd

 

¿Cómo era vuestra biblioteca familiar?

Una parte era la del abogado y profesor de Derecho que mi padre fue por un tiempo. La otra era abundante y miscelánea: desde ’Manhattan transfer’ o ’Las uvas de la ira’ hasta las series policiacas de Bioy y Borges, pasando por los grandes clásicos de todos los tiempos. Bastante literatura de la guerra civil y de la guerra mundial. Me encantaban la Espasa abreviada y algunos libros de historia del Instituto Gallach. Y muchos libros de fotografía y de arte. La colección Skira me marcó mucho. Mi madre puso la parte francesa. Leía y hablaba bien francés. 

¿Eras lector de biblioteca, eras comprador? ¿Quiénes eran tus libreros de referencia?

Soy comprador, aunque he tenido que retenerme muchas veces. Ahora ya no, pero mi biblioteca profesional fue mucho tiempo mejor que la de la Facultad, qué disparate, y qué ruina. Mi primer librero de referencia fue Pepe Alcrudo, buen amigo de mi padre. Tenía la librería, después de dejar si kiosco, a un tiro de piedra de mi casa. Traía las cosas que no se podían traer. También heredé la afición de mi padre por Víctor Bailo. Y, en fin, pude construirme mi propia relación con los Marquina, Santiago, Luis, Nati, Natibel... Mi padre y Alcrudo fueron mis primeros guías de lectura.

¿Cómo lees? Lo digo porque lo corriges todo, lo subrayas todo, es como si puntuaras el libro de nuevo... ¿Ha sido siempre así o has vivido también la lectura como un placer más inmediato, casi como un abandono?

Leo con lápiz o bolígrafo en la mano y con papeletas blancas. Según sea la obra, la anoto físicamente o lo hago en las papeletas, que a menudo dejo en el interior. Tengo la costumbre (que para mí no es mala, sino buenísima y salvadora) de hacer "orejas" en ciertas páginas. Es verdad, no sé leer sin anotar.

¿Por qué has elegido la carrera de historiador y, en concreto, la Historia Antigua?

Hice bachiller superior de Ciencias y no andaba mal de matemáticas y física (la química me costaba más). Pero en el Instituto Goya descubrí qué eran las Letras, algo que no supe ver en los dos colegios anteriores donde estudié, por razones de vecindad. Los profesores del Goya eran extraordinarios, buenísimos, inolvidables. Tuve que dedicarme un verano a aprender rudimentos de griego para poder cursar el curso preuniversitario de Letras y acceder a la universidad. Eso fue el comienzo. En la Facultad, andaba boquiabiero ante el aluvión de saberes de aquellos catedráticos, estupendos con alguna excepción antipática: Frutos, Lacarra, Ynduráin, Casas Torres, Abbad, Olaechea, María Luisa Ledesma, Antonio Serrano (gran docente olvidado)... Finalmente, me atrajo más que nadie Antonio Beltrán, que me ’capturó’ un verano tórrido, en una excavación arqueológica. 

¿Tres libros decisivos de Historia? O media docena. De Aragón, de España y del mundo. Eso te lo dejo a tu criterio... Algunas sugerencias son muy estimulantes para los lectores...

Fascinante, aunque para lectores avezados, la obra de Gibbon sobre el Imperio Romano, qué talento, qué brillantez, qué capacidad de relación tan asombrosa e inimitable. Sorprendente, por la masa de conocimiento organizado, la ’Historia de Roma’ de Mommsen, que fue un hito trascendental para la gente con mis aficiones. Y, a título más particular, por lo que me descubrió personalmente, la ’Storia della Costizione romana’, de Francesco de Martino. También me llenó de ideas y sugerencias el ’Diccionario filosófico’ de Voltaire, que sigo manejando con provecho.

 

¿Cuál es el libro que más has regalado?

Aparte de alguno de los propios, escritos a veces con Concha, mi mujer, con Gonzalo Borrás, con Eloy Fernández y otros amigos y colegas, he regalado bastantes Quijotes. En los últimos años, las ediciones de Francisco Rico.

 

¿Y el mejor regalo que has recibido? Ese del que te acuerdas a menudo...

Fui muy feliz cuando José-Carlos Mainer me obsequió ’Falange y Literatura’. Por lo que fuera, aún recuerdo aquello con fruición especial. Fue una gran diana lograda por un amigo joven y sabio, la que más rápidamente lo dio a conocer.

 

Eres escritor y editor. ¿Qué te resulta más placentero: escribir o editar?

Si tuviera que elegir, editaría. Lo que yo he escrito puede que no esté mal del todo, pero es prescindible. Mi idea es que lo escrito por mí podría hacerlo otra persona, con tal de aplicarse un poco a la materia. En cambio, editar docenas de trabajos ajenos, normalmente de investigación y estudio, me ha hecho sentir como un cauce, como la herramienta que facilita el flujo del saber.

 

¿Cómo te enfrentas al libro electrónico?

El libro electrónico es un libro. Me interesan todas las maneras del libro, todas sus formas y modalidades. Espero que llegue pronto el libro holográfico, ya tardan en meterlo en nuestras casas, me muero por tener uno.

 

¿Qué ha significado Zaragoza para ti? Es casi una invitación a que nos recuerdes algunos de tus libros, en particular ’De Zaragoza...’, pero son varios, claro...

Yo estoy enamorado de Zaragoza. Me parece mentira que la maltraten así, una ciudad con una historia fantástica, conmovedora, excepcional. No todas nuestras ciudades aparecen en el Quijote, en ’Guerra y paz’, en Lord Byron, en Von Kleist... Por algo será. Mis libros favoritos son varios y casi todos hechos en compañía. ’La Sedetania’, porque puso en el mapa ese territorio ibérico; ’Aragón para ti’ -con Concha- y ’Aragón nuestra tierra’ -con Eloy- porque divulgaron honorablemente las cosas de Aragón; el ’Diccionario de Arte’ -con Gonzalo- porque ha ayudado a muchos miles de estudiantes en el mundo de habla española. Mis trabajos profesionales suenan algo más estrambóticos y los omito.

 

¿Cómo se escribe un pregón, cómo lo has escrito tú?

Declaro mi amor al libro, pero también al librero. Lo he escrito rebuscando en mi memoria remota cosas hermosas y con sustancia que han escrito quienes lo hacían con más acierto y sabiduría que yo. Sé que se puede vivir sin libros, cómo no. Pero no sé si, después de conocerlos, valdría la pena vivir sin ellos.

 

 

PREGÓN DE GUILLERMO FATÁS

[Ayer se inauguraba la Feria del Libro de Zaragoza. Guillermo Fátas fue el pregonero, y me envía su texto lleno de erudición y de claves y complicidades. También se inauguró la de Huesca, cuya pregonera fue una estupenda escritora, Clara Usón. Esta mañana y esta tarde firmaré en ’El niño, el viento y el miedo’ en Huesca y si alguien quiere otra cosa será un placer. Estaré a partir de las doce.]

Feria del Libro – Pregón - Zaragoza, 31 de mayo de 2013

Guillermo FATÁS CABEZA

Un profesor, como yo lo soy, es autor, porque escribe libros, y es librero, porque los vende, es prescriptor cuando los recomienda o exige, y proscriptor cuando les dirige reproches o los descalifica. En ese sentido, me siento  no solo cliente de mis libreros, sino librero de toda la vida.

Librero viene del latín librarius. Inicialmente, la voz designaba a cualquiera que tuviese relación profesional con la confección de escritos, jurídicos, contables o de otra especie, incluido sobre todo quien reproducía los manuscritos, mediante copia manual. No era raro que tuviera a su servicio esclavos instruidos, que dictaban en voz alta a varios más que copiaban al mismo tiempo lo dictado. En griego, estos librarii eran llamados βιβλιογρἀφοι (bibliógrafos) y quienes, además de ocuparse de hacer las copias, las vendían también, eran los βιβλιοπῶλαι (bibliópolas).

En nuestro Mediterráneo, los primeros que conocemos aparecen en Atenas, en el siglo V a. de C. Sus comercios estaban en el ágora y en ellos se hacían lecturas públicas de obras que, hasta la invención de la imprenta, eran siempre de circulación restringida. El testigo pasó de Atenas a Alejandría. En ella, los faraones de lengua y cultura griega, herederos de Alejandro Magno, crearon colecciones prodigiosas de obras literarias y científicas que eran cuidadosamente expurgadas de errores por equipos de sabios a cargo del Estado. Estos ejemplares depurados servían como modelo a las copias manuscrita, que circularon por la ecúmene mediterránea.

También viene de antiguo una tercera función del librarius: ejercer como editor, esto es, promover la redacción de libros nuevos y ponerlos en su tienda, la taberna libraría, al alcance del público interesado. Ya entonces se practicaban la piratería, la venta de copias no autorizadas, las falsificaciones, las atribuciones a un autor que no lo era, etc., de modo que esta clase de problemas solo resultan nuevos y parecen propios de ahora para quienes no se han informado bien. Nuestro Marcial, por citar a un autor cercano, se quejaba repetidamente de que le atribuían textos infames; como cuando pide a un allegado influyente que niegue esa imputación y que grite a Roma: “¡Eso no lo ha escrito mi amigo Marcial!”.[1]

Tampoco son novedad los riesgos que ha afrontado en todo tiempo el difusor del libro. Los económicos, por descontado; pero, también, los penales. En la Atenas del 411 a. C. ya hubo quemas públicas de libros y Roma no escatimó este recurso de control de los espíritus. Un caso rigurosísimo fue el que el emperador Domiciano, a fines del siglo I, aplicó al historiador Hermógenes de Tarso: condenado a muerte por supuestas burlas disimuladas al césar, los librarii que habían manuscrito el texto fueron crucificados por ello.[2]

Es decir, que, para vuestra profesión, no todo son amigos, según demuestran estos ejemplos y como puede verse en esta crítica, nacida de un autor italiano, que escribe a finales del siglo XVI, traducido y adaptado por el español Cristóbal Suárez de Figueroa en 1615.[3]

Así, les censura que vendan libros de los que él considera desaconsejables, vituperio este que a ninguno de nosotros que tenga alguna edad le sonará, por desgracia, desconocido. Esto escribe: “Por de buenos colores que se quieran pintar los Libreros, no dejan también de padecer sus defetos y vicios. Cuanto a lo primero, sin los descuidos en las obras, y costumbre de mentir que ya es hábito en ellos, les atribuyen principalmente los daños que se siguen en la República de libros legos y escandalosos. Porque, como quiera que consigan ganancia (blanco en que siempre ponen la mira), no reparan en esparcir por el mundo tan mala semilla. Encárganse con particular ansia de su impresión, comprando a veces a subido precio lo que de balde sería carísimo. Por maravilla [por casualidad] admiten libros eruditos y doctos, por ser en su conocimiento tanquam asinus ad lyram. Sólo eligen lo que les puede ser útil, y lo que, como dicen, se halla guisado para el gusto del vulgo, cuyo talento en cosas de ingenio descubre quilates de plomo pesado y vil. Mas no paso adelante, supuesto son amigos, y no es bien los irrite; siquiera porque no se muestren poco favorables en el despacho [la venta] deste libro”.

Pero también dice esto otro, consolaos: “La profesión de Librería mereció en todos tiempos ser contada entre las nobles y honrosas, según se puede probar con muchas razones y autoridades. Sin otras trae una eficacísima Polidoro Virgilio [humanista italiano del Cinquecento], diciendo, ser la comodidad de los libros la que adelgaza [afina] los ingenios, y la que abre un camino facilísimo para todas ciencias y disciplinas, incitando maravillosamente nuestros ánimos a los estudios de las letras dignísimas de toda reverencia y honor. Sácase también la nobleza de los Libreros de la grande estimación en que en todos tiempos tuvieron las librerías Emperadores, Reyes, señores particulares, y hombres doctos de toda suerte. (…) Puédese pues decir ser la profesión de los libreros por estremo noble, respeto de estar siempre en compañía de personas virtuosas, y doctas, como Teólogos, Médicos, Legistas, Matemáticos, Humanistas, y otros muchos científicos, con cuya conversación y manejo se vuelven muchas veces más agudos, inteligentes, y pláticos [prácticos, expertos], no sólo del arte, sino de las cosas de todo el mundo. Así son raros los lerdos, y en especial en vender su mercadería. También participan de nobleza, por la limpieza y curiosidad que tienen en sí. Adquiere el arte nombre del beneficio universal que produce a todos; porque de los libros se recibe el modo de entender, y saber lo que se quiere, y no sólo nos hacen poseer ciencias y artes, sino cuanto se puede desear de guerra, estado, amor, letras, manejos de papeles, oficios, y otras cosas. (…)”.[4]

Eso, el librero. ¿Y el libro? En el vestíbulo de mi Facultad la pared del fondo es un gran mural en cerámica de color azul, obra de Ángel Grávalos firmada en 1967, en cuya parte superior derecha, reproduciendo una grafía altomedieval, se lee la pregunta latina Quid est liber, ¿qué es el libro? Ponerla fue idea de Ángel San Vicente y desde entonces nos interpela al entrar, cada día, a quienes allí gastamos nuestras vidas. He seguido la pista del interrogante, con ayuda de mi colega Guillermo Redondo. Procede de un códice del siglo XI y dice así: Quid est liber. Liber est lumen cordis; speculum corporis; uitiorum confusio; diadema sapientium; honorifitentia doctorum; vas plenum sapientiae; socius itineris; domesticus fidelis; hortus plenus fructibus; arcana reuelans; obscura clarificans. Rogatus respondet; iussuque festinate; vocatur properat; et faciliter obediens. Es decir:

“¿Qué es el libro? El libro es lumbre del corazón, espejo del cuerpo, confusión de vicios, corona de prudentes, diadema de sabios, honra de doctores, vaso lleno de sabiduría, compañero de viaje, criado fiel, huerto lleno de frutos, revelador de arcanos, aclarador de oscuridades. Preguntado, responde, y requerido, anda deprisa, llamado acude presto y obedece con facilidad”.

Con el tiempo, diversas manos fueron añadiendo virtudes al listado, de forma que, al final, esta letanía en honor del libro lo hizo, según se colige del texto latino, “luz del corazón, espejo del cuerpo, maestro de las virtudes, expulsor de los vicios, corona de los prudentes, diadema de los sabios, gloria de los buenos, honra de los eruditos, compañero en el viaje, amigo en casa, interlocutor y confabulador del que calla, socio y compañero del que gobierna, alivio del yacente, vaso lleno de sabiduría, frasco de los aromas de la elocuencia, huerto lleno de frutos, prado marcado de flores, principio de la inteligencia, repuesto de la memoria, muerte del olvido, vida del acuerdo; llamado, corre; mandado, se apresura; siempre está pronto; jamás desobediente; preguntado, al punto responde; libérrimo consejero, no adula, no habla para complacer; a nadie perdona, porque a nadie teme; en nada miente, porque nada pide; jamás le molestas; revela los arcanos, esclarece lo oscuro, asegura lo incierto, resuelve lo dudoso; defiende contra la adversa fortuna, modera la favorable, aumenta las riquezas, evita la ruina; pozo inagotable, tesoro inmenso, erario inacabable, paraíso de donde no pueden arrojarte si no quisieres; amenidad de que puedes gozar mientras gustes; maestro gratificante, que te hace sabio si te halla ignorante”.

No puedo decir que no. Sirviendo al libro se sirve a la sociedad entera y eso han hecho entre nosotros libreros inolvidables, que han dejado su marca en Zaragoza en un grado no menor que los artistas y arquitectos que construyen la Zaragoza física, tangible, material. El oxígeno que insufláis en las venas de nuestra comunidad es también cuerpo de Zaragoza. Hablo, entre otros, de Inocencio Ruiz, Víctor Bailo o Luis Boya y de los creadores de linajes como Marquina, Alcrudo, Pons y Muñío. Los Muñío cumplen ahora medio siglo, seguidos por Paco Goyanes, y por Julia y Pepe, también curtidos veteranos; aunque no tanto como nuestro presidente, Joaquín Casanova, que acaba de llegar a su primer medio siglo de ejercicio profesional.

Queridos libreros nuestros: sois grandes resistentes, como herederos de una estirpe de gentes famosas por su fortaleza en los asedios, que no siempre son a cañonazos. Hagamos, todos, votos para que vuestro hermoso oficio prospere. Será señal segura de que también prospera nuestro país.

Guillermo Fatás

31 de mayo de 2013



[1] Véanse por ejemplo, algunos epigramas suyos, que citamos según traducción de José Guillén, Epigramas de Marco Valerio Marcial, IFC, Zaragoza, 2003 (2ª ed.). VII 12: “(…) Mis páginas tampoco hieren a los que en justicia odian ni a mí me gusta la fama a costa de la vergüenza de nadie.¿De qué aprovecha, aunque algunos deseen que [esos versos] parezcan míos (…) si bajo mi nombre vomita veneno viperino el que dice no soportar los rayos de Febo ni la luz del día?”. VII 72 “Y si alguien dijera maliciosamente que son míos unos poemas que rezuman negro veneno, que me aportes [habla a Paulo, importante abogado] tu voz como abogada y que, con todas tus fuerzas y sin parar, grites: “Eso no lo ha escrito mi amigo Marcial”. X 3: “Conversaciones propias de esclavos, asquerosas mordacidades, y repugnantes infamias propias de una lengua chismosa (…) las difunde cierto poeta amigo del anonimato y quiere que parezcan cosas mías. ¿Te crees esto, Prisco? ¿Que el loro hable con voz de codorniz? (…). Manténgase la fama negra lejos de mis libros (…)”. X 33: “Tú, por si acaso unos versos emponzoñados de verde cardenillo dijera una malquerencia envidiosa que son míos, apártalos de mí, como ya haces, y sostén que no escribe tales poemas cualquiera que es leído”.

[2] Lo cuenta Suetonio en su Vida de Domiciano, 10.

[3]  En efecto, su Plaza universal de todas ciencias y artes, Madrid, 1615 (el elogio del librero es su “Discurso CX. De los Libreros”) es en buena parte traducción de La piazza universale di tutte le professioni del mondo (Venecia, 1585), de Tomaso Garzoni Bagnacavallo.

[4] El autor presume también de ser perito en la presentación de la mercancía: “De sus librerías salen diferentes encuadernaciones, como llana de pergamino, dorada de pergamino, a la Italiana verdadera, dorada Breviario, llana de becerro, de Breviario, o Misal, bayo, negro, y otras colores. Breviario de cuatro cortes, dorado, embutido las tablas, matizado de colores, bordadas y matizadas las hojas. Encuadernación de cartones, llana o dorada, libro de coro de Iglesia, de caja y otros. Los instrumentos que intervienen en su magisterio son, plegadera, mazo de hierro, y piedra para batir, telar para coserle con sus clavijas, y aguja larga: reglas para enlomarle con su prensa, ingenio para cortalle, con lengüeta, tornillo, y puerquecilla; sisa para doralle, cabezadas de cordel, y baldrés; varios hierros para labrar tablas y cortes, ruedas y viradores para lo llano, cepillo, gubia, punzón, tijeras, martillo, y otros”.

JORGE GONZALVO, SOBRE 'TROPECISTA'

JORGE GONZALVO, SOBRE 'TROPECISTA'

[Jorge Gonzalvo (Zaragoza, 1972) presentó ayer en Los Portadores de Sueños su nuevo libro ilustrado: 'Tropecista', con dibujos de Elena Odriozola (San Sebastián, 1967). He aquí una extensa entrevista con el escritor y uno de los dinamizadores del proyecto Atrapavientos, vinculado a CMA Las Armas y La Casa del Lector]

 

¿Qué le pides a un cuento, qué elementos debe tener?

Un buen cuento tiene que atrapar desde el principio. Bien porque plantea una situación interesante que invita al lector a no dejar la lectura, bien porque hay un elemento de extrañamiento en el texto que consigue el mismo efecto. Yo le pido a un cuento que sea inolvidable, que se quede instalado en la memoria del lector.

¿De dónde le vienen los cuentos a Jorge Gonzalvo?

De cualquier situación, de mi libreta de notas, de la vida real, de una noticia en un medio de comunicación, de un recuerdo o de una situación inesperada. A veces los cuentos reposan mucho tiempo en la cabeza del escritor a la espera de ser escritos. Incluso muchos de mis textos vienen del fondo del cajón. Me gusta que reposen durante varios meses y retomarlos después a ver qué tienen que decir en ese momento.

Rastreo en tu blog y encuentro que este texto es de 2009. ¿Cómo surge, qué lo inspira? ¿Por qué ha tardado tanto en pasar al papel?

En realidad, el texto original es de finales del 2006. Está inspirado en una ilustración de la argentina Isol. Le pedí permiso para subir su imagen con ese texto en mi blog, que por cierto tengo completamente abandonado, y en 2009 colgué la segunda versión de Tropecista. El texto definitivo que se ha publicado ahora es una revisión posterior. Siempre reescribo. Es un ejercicio que me resulta muy útil y constructivo.

 

¿Qué sucede cuando le cambias una letra a una palabra?

Sucede que, a veces, tienes una historia. Tropecista es el resultado de cambiar una letra, establecer un juego de palabras; y la inspiración de esa imagen que mencionaba antes de Isol. Esa transformación se puede quedar en un simple ejercicio de escritura creativa o puedes tirar del hilo e ir más allá. Así nacen muchas ideas.  

Una vez que tienes los personajes y el ámbito onírico, ¿qué querías escribir una historia de amor, de viajes, de aventuras, de tropiezos?

Quería establecer la narración sobre dos personas que están condenadas a tropezar todo el tiempo. No puedo decir que sea una historia de amor, porque es un tema que no me interesa mucho como escritor; pero sí la historia de un encuentro entre dos personajes que se aceptan de manera incondicional, a pesar de sus tropiezos permanentes. Tropiezos físicos y tropiezos emocionales. Quería que el texto tuviese espacio para el sentido del humor y la ternura. Y que fuera muy “francés”.

¿Quiénes son tus maestros, tus estímulos? Parecen verse los autores del OULIPO, Perec, Queneau, Cortázar y ‘Rayuela’, alguien tan distinto como Gianni Rodari.

Adoro a Cortázar. Creo que es uno de esos autores que te cambia la vida. Quizás los personajes de Tropecista tienen algo de cronopios. Acudo con frecuencia a todos los autores que nombras. Trabajamos muchos de sus textos en los talleres de escritura, sobre todo los ejercicios de estilo de Queneau. Creo que es digno de estudio el trabajo que desarrolló en OULIPO. Y  luego está Perez, claro. Muchas de mis propuestas literarias tienen que ver con Perec y con sus “Me acuerdo”. Pero, sin duda alguna, Cortázar es el cuentista definitivo.

¿Qué diferencia tiene este texto con ‘Te regalo un cuento’ o ‘Despedida de tristeza’?

Te regalo un cuento es el primer libro y al que más cariño le tengo. No sólo porque ya camina por su tercera edición y me ha dado muchas alegrías, sino porque me permitió entablar una buena amistad con mis editores (Lóguez) y con la ilustradora Cecilia Varela. Despedida de Tristeza es un texto muy íntimo y del que me siento muy orgulloso. Era una suerte de continuación estética de Te regalo un cuento. Y Tropecista es un paso más allá en mi trayectoria como escritor: una propuesta de escritura más arriesgada pero con más calado estético. Yo diría que es un texto más complicado y más ambicioso.

¿Cuál es tu relación con la poesía?

Mantengo cierta distancia, pero respetuosa. Siempre he dicho que me parece muy complicado escribir buena poesía, y creo que no todos los escritores son capaces de abordar ese terreno con garantías. A mí se me daría terriblemente mal. Eso sí, disfruto mucho con la lectura de autores como Oliverio Girondo, Jaime Sabines y Juan Gelman.

 

¿Para qué tipo de niños escribe Jorge Gonzalvo? Diríase que para los más pequeños no...

Es que creo que no hay que escribir para edades concretas. Y sí, tienes razón, siempre se ha dicho que mis textos no son infantiles. Algunas editoriales han rechazado mis textos porque no eran infantiles. Y me parece bien y soy consciente de ello; y lo asumo.  Yo diría que el resultado final está indicado para niños de cero a cien años. Cada lector adecúa después la lectura a su vivencia personal.

¿Cómo fue el proceso de elaboración del libro?

Le mostré el texto a Elena Odriozola, y enseguida me contestó que sí, que le apetecía ilustrarlo. Lo cual fue una noticia estupenda. Eso fue en 2010 y hasta ahora. El trabajo de ilustración de Elena ha sido muy laborioso y exquisito. La técnica empleada ha requerido que el proceso de edición haya sido muy artesanal y que se alargara en el tiempo. Pero creo que el resultado final merece la pena con creces.

 

¿Cómo defines el trabajo de Elena Odriozola?

Sigo a Elena desde hace muchos años como lector. Y admiro su trabajo y su manera de enfrentarse a un texto. Tuve la suerte en 2008 de colaborar con ella como editor en un álbum que editamos para Expo. Precisamente un relato de Cortázar: Aplastamiento de las gotas. Creo que Elena es una maestra de la narración visual, plantea historias muy interesantes que transitan paralelas al texto. Siempre se ha dicho que en un álbum ilustrado, las imágenes tienen tanta importancia o más que las palabras. Pero Odriozola mejora y amplifica ese concepto. Es una ilustradora muy sutil, organizada y brillante. Me interesa especialmente su trabajo con las texturas y con su permanente búsqueda de nuevas técnicas. Tropecista es un buen ejemplo de ello. Estoy muy agradecido a Elena por haber querido trabajar conmigo en este proyecto.

 

¿Estás contento con la edición de Bárbara Fiore? ¿Queríais que fuera un libro-objeto?

Bárbara Fiore destaca por su exquisitez y por su estupendo catálogo. También por su línea gráfica y el cuidado de sus ediciones. Es genial compartir editorial con autores de la talla de Shaun Tan o Jimmy Liao.  Nosotros no hemos intervenido en el proceso de edición y hemos visto el libro una vez que estaba terminado. Pero, sin duda, la apuesta de la editorial con Tropecista ha sido la de crear un libro hermoso, casi de coleccionista. Una especie de delicatessen literaria.

 

¿Cómo va Atrapavientos y qué supone para vosotros la vinculación con el CMA Las Armas y con La Casa del Lector?

Atrapavientos es un proyecto joven y entusiasta. La plataforma online de cursos de literatura infantil y juvenil tiene cada vez más alumnos y eso nos permite trabajar con una gran motivación. El proyecto del Observatorio LIJ en CMA Las Armas uno de nuestros proyectos prioritarios y aunque hemos comenzado despacio, el interés generado es mucho. Estamos convencidos de que la colaboración entre CMA Las Armas y Atrapavientos aportará muchas iniciativas literarias interesantes en la ciudad. Y, por supuesto, poder seguir de cerca la estela de proyectos referentes como Casa del Lector nos impulsa a fijarnos en cómo mejorar y crecer. El respaldo de César Antonio Molina y su presencia en el Observatorio la semana pasada ha sido un estímulo más para trabajar en el proyecto.

 

MAGDALENA LASALA: UN DIÁLOGO

 

[Ayer, en el Patio de la Infanta, Magdalena Lasala presentaba su nueva novela, ‘La casa de los dioses de alabastro’ (Martínez Roca), en compañía de Encarna Samitier, María Teresa Fernández y Humberto Vadillo. Aquí explicas las claves del libro. Ayer se ofreció, en ‘Heraldo’, una versión resumida de la entrevista.]

 

 

Ya habías abordado el Renacimiento, pero ahora le toca a Zaragoza. ¿Qué es lo que te ha traído aquí, a tu ciudad y a esta época?

Hace mucho que quería dedicarle una de mis novelas a Zaragoza, aunque por ser precisamente la ciudad donde nací y donde vivo, me resultaba más difícil.  Al final, utilicé para ello una de las cosas que más fascinación me han causado: el Patio de la Casa Zaporta, hoy llamado Patio de la Infanta, que he estudiado durante casi veinte años.  La casa de los dioses de alabastro es mi homenaje personal a Zaragoza  rescatando una época de esplendor histórico que parece relegada al olvido, como fue el siglo XVI. Cuando el Justicia Juan de Lanuza fue decapitado en 1591, parece que a esta tierra le fuese cortada la memoria.


-Dices que aquella Zaragoza era como Florencia, otra Florencia, y sin embargo lo que más parece percibirse es el odio, la intolerancia inquisitorial, la difícil convivencia con los judíos conversos... ¿Era así o lo has exagerado por coherencia narrativa?

Zaragoza era apodada “la Harta”, y conocida como “la Florencia de Occidente”; se contaban en más de doscientas las casas nobles y palacios que la embellecían, reflejo de su poderío económico. Aragón miraba al Mediterráneo y Zaragoza recibía las modas de Flandes, Francia e Italia gracias al próspero comercio de sus mercaderes judeoconversos, pero además acogía las novedades intelectuales de Europa y albergaba a los pensadores más importantes e innovadores del momento. La Inquisición fue muy dura con la Corona de Aragón y especialmente con Zaragoza, su capital y cabeza. No he exagerado el maltrato que la “nueva” Inquisición de 1560 infligió a este territorio, al contrario, tuve que seleccionar las referencias para no hacer un relato exclusivamente centrado en los casos inquisitoriales, pero queda mucho por decir de lo que fue un verdadero ensañamiento contra la riqueza económica e intelectual que representaba Zaragoza en aquel momento.


-¿Has querido hacer una novela sobre una ciudad, sobre un amor imposible, sobre el odio, una novela de mujeres, sabias, de nuevo?

Todo a un tiempo, y algo más. Es una novela sobre el amor que narra la historia de muchos amores, como caras de un diamante que visto en su conjunto es una pieza total, el amor como origen de la maravilla y motor de la existencia, que además habla del esplendor olvidado de una ciudad que también amaba la vida en la expresión de su belleza como ciudad. El odio, la traición, la envidia, son los aspectos sombríos inevitables en el trayecto de lo humano, que acechan al amor como trabajos o escalones que han de superarse con valor, y que convierten en sabio a quien realiza su travesía. Las protagonistas de esta novela son sabias porque han aceptado el reto de amar y alcanzar el conocimiento a través del amor.


-Vayamos con los personajes... ¿Por qué las mujeres de los Santángel arrastran una maldición?

Los judeoconversos tuvieron que demostrar la sinceridad de su fe constantemente, y aun así fueron siempre objeto de sospecha y de recelo, como los miembros de la familia Santángel. En la novela se añade a esta desconfianza sobre su apellido la propia historia pasada de las muchas mujeres Santángel ajusticiadas por la Inquisición, por motivos que parecen más relacionados con su condición femenina que otra cosa.


-Una de las cosas que más llaman la atención del libro es la multiplicidad de voces e incluso la presentación del texto, en redonda y en cursiva... ¿Querías crear una polifonía de voces, de puntos de vista, de visiones femeninas?

Son tres voces narrativas las que cuentan una historia total, donde están entretejidas sus propias historias personales, que avanzan desde lo interior a lo exterior hasta completar todo lo que debe ser contado. La tercera voz se descubre al final. Las dos voces principales son Brianda de Santángel y la morisca Perla. He querido hacer un juego de tres voces como tres son las caras de las columnas del Patio de Venus, el patio de la Casa de la familia Zaporta, alrededor del cual transcurre la novela y he construido sus claves desveladas.


-Brianda de Santángel llega a Zaragoza en 1559 y morirá en 1570. De manera sencilla, y sin desvelar, cómo dirías que es, cómo la has querido retratar.


Brianda  es una joven de gran sensibilidad, sobrina de Sabina de Santángel, y viene desde Valencia como institutriz de la hija pequeña de su tía, la niña Leonor.  Brianda vivirá una intensa pasión con Luis Zaporta, el primogénito de su tío, que sirve de hilo conductor para desentrañar los misterios que envuelven la construcción del Patio de Venus, parte central de la mansión de los Zaporta,  y comprenderlo como un templo dedicado al amor y  los amantes. Brianda se parece mucho a la hermana de Sabina, muerta de adolescente, y eso hace que entre ellas se entable una relación especial de memoria restaurada y segundas oportunidades que nos va descubriendo el verdadero motivo de la presencia de Brianda en Zaragoza, relacionado con el destino de todas ellas.


-Es muy importante la complicidad entre las mujeres. ¿Es especial la amistad femenina?

La Casa de los Dioses de Alabastro recrea el universo femenino de las mujeres que conviven en la Casa Zaporta, Sabina, Perla, Brianda, la niña Leonor, Blanca, la pariente de Gabriel…, pero también de las otras mujeres que habitan su memoria.  No se habla de amistad femenina, sino de algo más profundo e intangible: ellas comparten un destino que las obliga a reconocerse, cada cual en su misión insoslayable en relación a lo que tiene que ocurrir.


-El amor está muy presente, al menos en tres historias. ¿Sabría Magdalena Lasala hacer una novela sin amor? ¿Qué significa para ti el amor?

Esta es una novela que parte del amor como elemento primordial para explicar la construcción de la Casa Zaporta, espejo del esplendor de la Zaragoza renacentista, y que utiliza el amor como vehículo para recrear todas las historias de amantes que giran alrededor de una trama muy intensa  que sólo al final se desvela, y que implica a la historia más íntima y primordial del simbolismo zaragozano.  Hay muchas historias de amor en La Casa de los Dioses de Alabastro, porque es una novela de amantes, esencialmente. Amantes que guardan y entienden el amor como un secreto que alumbra desde la oscuridad.  El amor es inacabable como camino de conocimiento y de experimentación,  así lo vivo y lo entiendo.


-Vayamos por partes: una de las historias  sugeridas, es la de Gabriel Zaporta y su segunda esposa Sabina: él decide hacerle un regalo maravilloso como el Patio de la Infanta.
Gabriel Zaporta  mandó construir como regalo de bodas para Sabina de Santángel una casa palaciega a la moda italiana siguiendo los cánones de la época, pero a la que añadió claves que sólo se han descubierto con el paso del tiempo: las ocho columnas de alabastro del maravilloso patio es una carta astral del día de su boda: 3 de junio de 1549.  Hay muchos otros secretos esculpidos en esa maravilla que hoy podemos admirar, rescatada de la demolición en 1903 del resto de la casa, y que se conoce como Patio de la Infanta.  Zaporta se ayudó de eruditos como Miguel Violante para contratar a artistas e inspirarse en motivos librescos de la época, demostrando su gran cultura intelectual y su osadía económica. Pero Sabina fue la gran inspiradora. Gabriel estaba profundamente enamorado de ella.


-Otra determinante y enigmática historia de amor es la de Perla y Jabir, el escultor y sabio... ¿Sería como la segunda novela del libro, capital, la más libresca también, la clave del misterio?


Jabir es un personaje que late a través de toda la novela desde el legado de sus profecías y desde su memoria proscrita, pero es el que conoce el secreto desde el principio, aunque sólo lo podemos descubrir al final.  Igual que Perla, su amante, la que es depositaria de su legado y,  a su pesar, tiene que sacarlo a la luz.  No se sabe quién fue el escultor de las maravillas que están talladas en el Patio  de Venus (o de la Infanta), por eso tuve que crear un personaje que diera explicación a esa incógnita, y es Jabir, mudéjar, nigromante y astrólogo, escultor de los símbolos de la casa Zaporta, que se negó a la conversión y fue asesinado por un complot.  Su amante, la morisca Perla, arrastra el peso de su recuerdo y vivirá su amor más allá de la muerte, descubriendo las profecías que afectan a Zaragoza, a la casa Zaporta y todos sus miembros.

 


-La parte central es la de Brianda y Luis. Una historia de amor imposible, pero no por ellos, sino por la envidia y la Inquisición ¿no?

El amor entre Luis y Brianda está marcado por el destino, igual que el fin de la estirpe de los Zaporta, e igual que la belleza de las mujeres del apellido Santángel. El amor entre Luis y Brianda  es inmortal, y para eso, a veces, tiene que ser imposible en lo terrenal.  Todo lo que ocurre alrededor de su amor, sin embargo, es intenso y muy hermoso, inevitable y motivo de la inmensa envidia de sus enemigos. Su historia es una promesa de eternidad.


En realidad, con esta novela ¿has querido hacer un gran homenaje al Patio de la Infanta y sus enigmas?

Comprendí que mi homenaje a Zaragoza tenía que ser a través de expresar los sentimientos que me produce el Patio de la Infanta. Hoy se llama así a lo que fue patio y parte central de la Casa Zaporta, construida por el mercader judeoconverso y noble de Aragón Gabriel  Zaporta, tesorero del emperador Carlos.  Se llama Patio de la Infanta porque Teresa de Vallabriga vivió en la Casa Zaporta desde 1793 hasta 1820; el pueblo zaragozano la quería mucho y ya para siempre identificó el patio con ella,  hoy lo vemos en la sede central de IberCaja.   Desde hace veinte años ese lugar ha ocupado una parte de mis obsesiones, he respirado sus misterios hasta comprender que necesitaba escribir sobre él, su origen, su memoria, su secreto recóndito…  Ese patio es llamado “espejo” del esplendor renacentista zaragozano.  Pero además lo siento algo mío, cada día me emociona más. Saturno, Apolo, Mercurio, la Luna, Venus, Marte, Júpiter, sus columnas de tres caras me susurran y yo las escucho.


Hay varios malos: Blanca Ramírez y el jurista Gaspar de Aliaga, próximo a la Inquisición. Parecen malos de película, antagonistas feroces de Brianda ella y de Luis Zaporta, él.

Sí, son muy poderosos, además. Representan a los enemigos de lo que todos desearíamos, que el amor sea el victorioso en la contienda entre la luz y la oscuridad.  Pero son muy humanos, encarnan capacidades humanas como la envidia, la ambición, la rabia o la maldad. En el Patio hay representados además de los planetas y los medallones de amantes, los vicios y virtudes que son connaturales a lo humano. El lado sombrío también forma parte de la vida, y los personajes antagónicos son necesarios para simbolizar esa lucha entre el bien y el mal.


También hay un enigma y un libro secreto... ¿Hay algo de verdad o es invención?

Lo tiene que descubrir el lector…


Por cierto, tal como se sugiere en uno de los capítulos más narrativos (el de la Inquisición con el cura y Gaspar y Gabriel), ¿podría ser el Patio de la Infanta un desafío a las convenciones de la iglesia o de la Inquisición?

Sí, sin duda. La belleza excesiva o suntuosidad se consideraba pecado de soberbia y había un edicto promulgado por el rey Felipe II contra los lujos de infanzones y mercaderes adinerados que pretendían imitar, según indicaba, lo que sólo a él le correspondía. Precisamente en Zaragoza, ese edicto fue desoído, lo que molestaba profundamente a los cargos eclesiásticos y emisarios reales. Ese capítulo al que alude tu pregunta es esencial en el desarrollo de la trama, porque plantea la relación de elementos decisivos para la conclusión final del enigma en torno al Patio de Venus y sus moradoras.  

 

*Las fotos son de Columna Villarroya y de Vicente Almazán.

 

LAURA FREIXAS: DEL DIARIO ÍNTIMO

LAURA FREIXAS: DEL DIARIO ÍNTIMO

[Laura Freixas (Barcelona, 1958) presentaba ayer en la librería Cálamo su nuevo libro, ‘Una vida subterránea. Diario 1991-1994’, que publica el sello Errata Naturae de Madrid. He aquí una entrevista sobre el libro y la concepción de su concepción de la escritura. Un amplio fragmento de este texto se publicó en Heraldo.es]

 

¿Por qué y para quién se escriben los diarios?

 El diario en un primer momento se escribe para una misma, para saber dónde está, quién es, para definirse, aunque en realidad ese definirse no es tanto descubrir cómo crear la propia identidad. Claro que quienes somos escritoras profesionales sabemos que es posible que ese diario salga a la luz alguna vez. Existe el riesgo de que eso falsee y limite la escritura. A mí ese riesgo me preocupa -he leído demasiados diarios obviamente escritos pensando en el público, y su falsedad, su composición de un "personaje", me irritan bastante-, y  mi manera de evitarlo es dejar un margen muy amplio entre la escritura y la publicación: un margen de tiempo (veinte años) y un margen de contenido, es decir, la posibilidad que me doy a mí misma y que uso de escribir primero con toda libertad, pero quitar luego, para la publicación, algunas cosas excesivavmente íntimas o que conciernen a terceros o juicios muy duros, etc.

 

Dices en el prólogo que “el diario es un género en la frontera, en el filo de la literatura: eso lo hace paradójico y, para mí fascinante”. En el texto mismo, también lo calificas de intimista. ¿Cuál es el ese misterio del diario? ¿Es o no es literatura?

 Precisamente uno de los atractivos, para mí, de la literatura, es que sus fronteras son fluctuantes, y que quienes escribimos podemos empujarlas. Los géneros establecidos -novela, cuento, ensayo, poesía...- tienen la ventaja de ofrecer una estructura bastante prefabricada, pero eso, que es una facilidad, les da también un punto previsible, impersonal. Yo intento hacer cosas diferentes: por ejemplo publicar mi diario, algo que hacen poquísimos escritores y casi ninguna escritora, al menos en nuestro país. Es un diario también diferente en la medida en que mezcla la materia tradicional de los diarios de escritores -que hablan de libros, de ideas, de la vida literaria...-, con temas raramente tratados en ellos, como la maternidad.

El diario está fechado entre 1991 y 1994, y responde a un periodo de incertidumbre, de búsqueda, de fragilidad. ¿Veías así tu vida?

 Sí, fue una época difícil, aunque vista desde fuera no lo parezca. Tenía una buena situación profesional, económica, personal... pero lo que para mí ha sido siempre lo más importante: mi identidad de escritora, estaba en entredicho. al releerlo me ha sorprendido cómo me hería entonces, a los 30 y tantos, el paso del tiempo, mientras que ahora, con 54, no me duele en absoluto.

¿En qué medida es un texto sobre la vocación literaria?

 Evidentemente es uno de los principales temas, si no el principal, del diario, porque lo es de mi vida. El otro gran tema son las relaciones personales, que en esa época se concretaban en el deseo de tener hijos.

Hay dos cosas curiosas: reflexionas mucho sobre la escritura de una novela y el embarazo, la necesidad de ser madre. ¿Se parece el acto de creación a la maternidad?

 Se parecen mucho, ambos son un deseo de crear algo que lleve la marca de una, aunque los libros son de una más que los hijos, que se hacen independientes y se pertenecen a sí mismos. Yo quería ser escritora más de lo que quería ser madre. De no ser madre me habría consolado; de fracasar como escritora, jamás, habría sido una tragedia. 

Dices: “Estoy desesperada con la novela”. ¿Era para tanto?

Hoy veo que un libro más o menos no es tan importante. Me obsesioné con ese porque ser escritora fue siempre el gran sueño, la mayor aspiración, de mi vida, y terminar esa novela y verla publicada era como el primer obstáculo con que me encontraba, si no lo saltaba no sabía si iba a poder seguir.

¿Es un libro, en cierto modo una novela, sobre la incertidumbre del creador? Por ejemplo, tras leer a José Donoso, constatas que “ni siquiera los escritores –los buenos, quiero decir- son invulnerables a la mediocridad y al fracaso, a la vez, a la vulgaridad, a la fealdad”...

Sí, está bien visto, es un libro sobre las dificultades de todo tipo -no sólo técnicas o de disciplina de trabajo, sino sobre todo, como tú dices, de incertidumbre- que comporta la creación. Supongo que una de las condiciones para conseguir algo en la vida es no idealizarlo demasiado (como intentaba hacerme entender mi psicoanalista), y esa lección de realismo de Donoso me vino muy bien.

En aquellos momentos la sociedad la literaria parecía no interesarte mucho...  dices, por ejemplo, que conocen las novelas de autores como Marías, Benet, Millás, Muñoz Molina..., pero “sus personas físicas me resultan, en comparación con ellas, prescindibles, irreales y hasta un poco irritantes; me estorban”. ¿Sigues pensando lo mismo?

Pues un poco sí, pero no es culpa de nadie, sino mía: me siento torpe en la vida social, o socioprofesional, supongo que por eso trabajo sola en mi casa y no formo parte de ningún cotarro, aunque con el tiempo me hecho algunas, pocas, amistades en el mundo de la literatura.

Por cierto, entre los escritores que salvas claramente figuran tres: Virginia Woolf, Carmen Martín Gaite y Mercè Rodoreda. ¿Qué les debes?

 Les debo dos cosas: una, un modelo personal de cómo ser escritora, algo que no es tan fácil ni obvio como algunos creen; dos: una literatura con personajes femeninos ricos, variados, creíbles. 

¿Qué queda de una colección como El espejo de tinta?

Dio a conocer a autoras y autores que nunca se habían publicado en España (Elfriede Jelinek, Amos Oz), difundió a otras que habían pasado desapercibidas (Clarice Lispector, Jean Rhys), puso de moda los libros de cuentos colectivos (con Cuentos eróticos, Cuentos de terror...) y fue, que yo sepa, la primera en tener una línea sostenida de memorias y autobiografías(Paul Bowles), epistolarios (SYlvia Plath, Marina Tsvietáieva con Rilke y PAsternak, Emily Dickinson...), diarios (Joe Orton). Y como se desprende de los ejemplos que he dado, fue una colección muy paritaria, con  muchas escritoras, aunque no lo hice deliberadamente: entonces no tenía la conciencia que tengo ahora de lo desigual que es la cultura reinante; simplemente publiqué a autoras que me gustaban.

 ¿Por qué en algunos casos dices los nombres de verdad y en otros lugares los enmascaras?

Pongo los nombres auténticos cuando se trata de personas públicas a las que muestro en su faceta pública. Si se trata de personas públicas en su faceta privada, o de personas privadas, he aplicado distintos criterios a la hora de poner o no sus nombres: o bien les he preguntado directamente, o he juzgado por mí misma si les gustaría o no  lo que digo de ellas o ellos.

¿Por qué escriben tan pocos diarios las mujeres?

Porque el sexismo sigue muy vivo aunque ya nadie lo defienda explícitamente, y una de las muchas normas sexistas tácitas es que una mujer se debe ante todo a sus relaciones personales, al ámbito privado; cuando expone su intimidad en una obra literaria, se la ataca, se la ridiculiza, se la rebaja... No hay más que ver lo que ha dicho la crítica, o cierto público, del diario de Susan Sontag o de las obras autobiográficas de Annie Ernaux o de las novelas y la persona de Lucía Etxebarría. 

Al releer el libro, al prepararlo para la edición, ¿cómo te has visto, en qué has cambiado?

Me ha sorprendido verme tan deprimida. Fue una época difícil, de soledad -tenía pareja, pero acababa de llegar a Madrid y no tenía amistades ni relaciones profesionales- y de doble esterilidad, literaria y en cuanto al intento de ser madre. Me siento mucho más alegre, vital, tranquila, y en definitiva feliz, hoy en día.

Tomo la portada de aquí:

https://antoncastro.blogia.com/upload/externo-aeb7f8b251cb253d4407771a7249c929.png

Y la última foto de Laura Freixas de aquí:

colorpalabras.blogspot.com

CARLOS MANZANO: UN CUENTO

CARLOS MANZANO: UN CUENTO

El narrador Carlos Manzano me manda esta nota: “Estos días voy a publicar un nuevo libro, en este caso de relatos, con Editorial Certeza. El libro se llama ‘Estrategias de supervivencia’ y será presentado en Madrid el próximo viernes 24 de mayo en el cibercafé-librería El dinosaurio todavía estaba allí (c/ Lavapiés, 8). También tenemos previsto presentar el libro en Zaragoza durante la celebración de la feria del libro, aunque a día de hoy todavía no conozco la fecha concreta".

 

La sinopsis del libro es la siguiente:

 

«La gente adapta su comportamiento a las condiciones externas para poder hacer factibles sus objetivos y ambiciones. En eso ni más ni menos consiste vivir», dice uno de los personajes del relato que da título a este libro. Esa es, quizás, una de las muchas maneras en que podemos describir la experiencia de la vida. Los cuentos que componen Estrategias de supervivencia presentan una serie de personajes que, si bien no se ajustarían al patrón de ciudadanos modélicos y responsables que todos podemos tener en mente (¿alguno de nosotros lo haría?), comparten muchos de los miedos y obsesiones que rodean nuestra existencia, a la que cada cual hace frente como puede. Desde esa perspectiva, vivir también podría entenderse como un continuo ejercicio de aprendizaje, algo así como la famosa estrategia de prueba y error puesta en práctica cada día. Pero vivir es también responder a diferentes estímulos y condicionantes: decidir, pensar, sentir, ser, incluso abandonarse. Y, en cualquier caso, vivir será siempre un ejercicio tan inexplicable como insoslayable.

 

Te hago llegar también un archivo con uno de los relatos que forman parte del libro, ‘Una historia del Japón’. En este relato se habla de uno de los fotógrafos japoneses contemporáneos más afamados, Nobuyoshi Araki. Aunque supongo que no es necesario, me permito señalarte una página donde aparecen algunas de las fotografías a las que se hace referencia en el relato: http://www.anothermag.com/current/view/2130/Nobuyoshi_Araki_Bondage

[A él pertenecen estas fotos]

 

UNA HISTORIA DEL JAPÓN

 

© Carlos Manzano

 

A Sasaki le gustaba la cerveza; de hecho, uno de sus mayores y más inocentes placeres era entrar en un bar a la salida del trabajo y tomarse una refrescante cerveza sin otra finalidad que disfrutar de su aroma y su sabor, libre de preocupaciones y a salvo de cualquier obligación. Su marca favorita era Asahi, una cerveza de producción nacional cuyas oficinas se encuentran, además, a un paso del pro­pio barrio donde vive, Asakusa. Precisamente una de las imágenes más típicas que pueden tomarse desde Asakusa es la que ofrece la silueta del edificio —con ese aire un tanto chabacano de escultura de Miró venida a menos— recortándose sobre el cielo al otro lado del río Sumida. A Sasaki le gus­taba esa ima­gen, y le gustaba mu­cho contemplarla cada vez que salía del metro, cuya pa­rada que­daba a poca dis­tancia de su casa. Sasaki se creía afortunado por vivir en Asakusa. La mayor parte de sus compañeros se veían obligados a realizar a diario largos y penosos desplazamientos de hasta más de una hora para acudir al trabajo. Él, no; él vivía cómodamente instalado en uno de los barrios más antiguos de Tokio. En ese sen­tido, podía considerarse un privilegiado.

Hoy había tenido un día bastante movido. Por la mañana, como casi siempre, había debido asistir a una reunión del Departamento de Ventas para tratar los mis­mos temas que ya fueron tratados el día anterior y que probable­mente lo serían también el siguiente. Era im­portante, en cualquier caso, no dejar nada a la improvisa­ción, aclarar con­cep­tos y unificar criterios para que el buen funciona­miento de la em­presa no se viera perjudi­cado por acciones incorrectas de los em­plea­dos y evitar las decisiones guiadas por el mero cálculo de proba­bili­dades o el pre­sentimiento, la mejor ma­nera de caer en el descon­cierto de la es­pontaneidad. Sasaki lo comprendía perfectamente, de modo que acu­día a aque­llas reuniones matutinas con la mejor dispo­sición, sin cues­tionarse ni por un se­gundo su validez.

Lo peor del día había sido sin duda alguna la co­mida con el señor Kinashita, uno de sus mejores clientes pero también un tipo tosco y rudo con el que no resul­taba nada fácil congeniar. Kinashita tenía la mala costum­bre de hablar demasiado alto a la vez que movía los bra­zos de un lado a otro, como si fuera un molinillo mal ajustado. Tampoco se privaba de expresar opiniones per­sonales so­bre aspectos que debían pertenecer a la intimi­dad de cada uno y le gustaba hacer bromas obvias y de mal gusto sobre casi todo, en especial sobre las mujeres, por las que, según había creído observar Sa­saki a lo largo de las muchas comidas celebradas, no parecía sentir de­masiado aprecio. En una oca­sión, incluso se había permi­tido aconsejarle al propio Sasaki los servicios de cierta jovencita bien dispuesta y muy complaciente que él mismo solía frecuentar a menudo.

—Se lo digo con absoluta sinceridad, Sasaki-san, uno debe también de vez en cuando darse una buena alegría, no todo van a ser obligaciones, hágame caso.

Sasaki estaba casado pero no tenía hijos. Su mujer, Hitomi, tenía no sé qué problema de ovarios que le im­pedía quedarse embarazada. No es que eso a Sasaki le importase demasiado, pero tener un hijo es algo que siempre está bien visto, ayuda mucho a la hora de ocupar el espacio social co­rrespon­diente, sobre todo ahora que algunas empresas estaban promoviendo el estableci­mien­to del llamado «Día de la familia», es decir, la reduc­ción de la jornada laboral un día a la semana para que los em­plea­dos pue­dan pasar más tiempo con sus esposas y en­gendrar más vástagos. Él, Sasaki, si esa medida fuera im­plantada en su empresa, también se beneficiaría de ella, porque nunca había dicho a nadie que su mu­jer no era fértil. Era un asunto que pertenecía a la más absoluta in­timidad.

Tras la fastidiosa comida con señor Kinashita, al regresar a la oficina se había encontrado con una grata sorpresa. Un mensajero había traído un paquete para él. Sin necesidad de abrirlo, Sasaki supo lo que contenía: se trataba de un libro ilustrado del artista Nobuyoshi Araki, uno de los fotógrafos más reputados de Japón. Sasaki admiraba a Araki, le gustaban mucho sus fotografías, sobre todo las que giraban alrededor de uno de los temas predilectos del artista: las imágenes de jóvenes atadas y desnu­das en actitud de total indefensión. El libro llevaba por título Araki by Araki: The Photographer’s Per­sonal Selec­tion, y lo había adquirido a través de Internet en una im­portante libre­ría digital que sirve a todo el mundo. Nunca había tenido un libro de Araki en las manos, así que lo desenvolvió muy despa­cio, como si temiera dañar grave­mente su contenido, y después fue pasando las hojas una a una con extrema delicadeza, en busca de esas imágenes exquisitas y sugerentes que tanto le fascinaban.

Había mucha gente que se escandalizaba al ver las fotografías de Araki. Eran duras, de eso no había duda, y también explícitas, pero no por ello dejaban de ser her­mosas, equilibradas, producto de una mirada en absoluto perversa, sino más bien directa, sin intermediaciones mo­rales, pero siempre res­petuosa y honesta. En una ocasión había oído decir que algunas de las modelos que Araki utilizaba eran jovencitas a las que sus propios padres habían llevado al estudio del artista para que las foto­gra­fiara. A Sasaki, la verdad sea dicha, le extrañaba mucho que hubiera algo de verdad en esa le­yenda, pero nunca se sabe, a veces lo más inverosímil acaba descubriéndose real. Él, al menos, si hubiese te­nido una hija, nunca la hubiera llevado al estudio de Araki. Sobre todo porque no era des­cabellado pensar que alguien podría reconocerla.

Dejó el libro en un cajón de la mesa del despacho y con­tinuó con su trabajo. Todavía le quedaba una larga jor­nada laboral por delante. Ya tendría ocasión de hojear el libro con más tranquilidad cuando saliera de trabajar. Además, le hubiera resultado humillante que alguien en­trara en su despacho y lo viera mirando el libro. Era pro­bable que supiera quién era Araki y eso, seguramente, le haría pensar mal de él. Mejor ahorrarse complicaciones.

 

 

Unos días después, Sasaki está sentado a la barra de un bar mientras se toma tranquilamente una cerveza. Lo de tran­quilamente es un decir, porque está un poco nervioso. A estas horas debería estar trabajando, pero se ha inven­tado una falsa cita con un cliente para salir del despacho antes de hora. Sabe que se juega mucho, si se enteran de que es mentira, no se lo van a perdonar: la traición a la empresa es uno de los pecados más graves que puede co­meter un em­pleado. Y él ha traicionado la confianza de sus jefes, los ha engañado. En ese aspecto, está profunda­mente dolido: sabe que ha actuado mal. No en vano, han sido muchas horas de darle vueltas y más vueltas en la cabeza, de dudas y vacila­ciones, de miedos y recelos, de muchas preguntas y pocas respuestas. Pero después de todo aquí está, lo ha hecho; se ha dejado lle­var por el corazón, ha sucum­bido a lo que de verdad deseaba y no a lo que le dictaba su sentido del deber. Al final, se ha atrevido a marcar el número y, a partir de ese instante, todo ha sucedido casi sin querer, con una precipitación extraña, como si hubiera actuado movido por un impulso externo a él, por una fuerza extraordinaria ajena a su vo­luntad.

No sabía nada de ella salvo lo que le había con­tado Kinashita: que no era una profesional y que lo hacía para permitirse algunos caprichos. Y que se llamaba Ko­haru. Le había gustado mucho, eso sí, oír el tono dulce de su voz a través del móvil. Ya solo con eso se había exci­tado un poco. Fue a par­tir de entonces cuando se con­venció de que debía llegar hasta el final.

Sasaki paga la cerveza y sale en dirección al hotel, que está al otro lado de la calle. Es un típico hotel del amor, con ese decorado exterior excesivo e indiscreto que a casi nadie parece ofender. Pero a él eso le da lo mismo, lo importante es la discreción. Tras alguna pequeña duda, reserva la habita­ción por noventa minutos. Más que sufi­ciente. Además, tiene que regresar a la oficina para que na­die sospeche los motivos reales de su ausencia. Quizá para una segunda ocasión se permita reser­var por más tiempo. Antes de subir, informa de que en unos cinco minutos vendrán preguntando por él. El recep­cionista toma nota con la mayor naturalidad del mundo y le de­vuelve una sonrisa cordial.

La habitación que ha elegido no es de las más es­trambóticas. Predominan los tonos violetas y rosas, aun­que lo que le ha inclinado a escogerla son los motivos infantiles que la decoran. Eso, piensa un tanto ingenua­mente, tal vez ayude a crear una atmósfera amable y dis­tendida, menos tensa en cual­quier caso. Se olvida de que, aunque para él es la primera vez, ella ya ha hecho esto en más ocasio­nes. De todos modos, a Sasaki le gustan los ambientes infantiles, así que la elección no le parece inade­cuada. Nada más entrar en la habitación se quita la ropa de calle y se viste con uno de los yu­kata que hay ex­tendidos sobre la cama. Así, la espera se le hará más có­moda. Además, sentir sus órganos libres, emancipados, fuera de ataduras, le produce cierto alivio.

Cinco minutos después de la hora convenida lla­man a la puerta. Sasaki se incorpora y abre. Una her­mosa jovencita aparece al otro lado. Es más atractiva aún de lo que había imaginado. No obs­tante, le parece un poco tímida, lo cual le excita aún más. Ella pasa a la habitación y él cierra la puerta. La mira un poco por encima, aunque sabe que mirar directamente a una mujer es una des­corte­sía. No importa, es la prerrogativa del que paga: tiene derecho a mirar, puede mirar sin ningún impedimento, mirar hasta que se canse. Kinashita le aconsejó bien: Ko­haru es encantadora, lo más hermoso y delicado que ha visto nunca. Pero, sobre todo, Sasaki agradece el detalle de que haya venido vestida con su uni­forme de colegio.

'A FALA': POEMA DE MANUEL MARÍA

A fala. Manuel María

O idioma é a chave
coa que abrimos o mundo:
o salouco máis feble,
o pesar máis profundo.

O idioma é a vida,
o coitelo da dor,
o murmurio do vento,
a palabra de amor.

O idioma é o tempo,
é a voz dos avós
e ese breve ronsel
que deixaremos nós.

O idioma é un herdo,
patrimonio do pobo,
maxicamente vello,
eternamente novo.

O idioma é a patria,
a esencia máis nosa,
a creación común
meirande e poderosa.

O idioma é a forza
que nos xungue e sostén.
¡Se perdemos a fala
non seremos ninguén!

O idioma é o amor,
o latexo, a verdade,
a fonte da que agroma
a máis forte irmandade.

Renunciar ao idioma
é ser mudo e morrer.
¡Precisamos a lingua
se queremos vencer!

Manuel María (2001). Obra poética completa I (1950-1979) (A Coruña: Espiral Maior)

 

*Tomo esta curiosa foto de aquí.

https://antoncastro.blogia.com/upload/externo-1cd88a227b2a4bfad91982bee205a5b1.jpg

Conocí a Manuel María en un viaje a Andorra. Fue encantador y sabio, con gran sentido del humor, un tipo de una exquisita y popular humanidad.

ROSA BURILLO LEE 'LAS MÉDULAS'

 

[La profesora y traductora María Rosa Burillo, una buena amiga de Madrid, me envía esta lectura suya del libro ‘Las Médulas’ de la escritora gallega Silvia Bardelás. Aquí está para los amigos que se acercan por aquí de cuando en cuando.]

  

El ÁRBOL, ÁRBOL

 

Por María Rosa BURILLO

  

 ‘Las Médulas’. Silvia Bardelás. Traducción de Carmen Pereiro. Pulp Books, 2013.

 

Se acaba de publicar la edición en castellano de As Médulas, la primera novela de Silvia Bardelás que editó Barbantesa en gallego en 2010 y fue seleccionada ese mismo año en Alemania para la lista de New Spanish Books. La escritora es Licenciada en Filosofía, estudió Creación Literaria y actualmente trabaja en una teoría  sobre la novela como tesis doctoral. La preocupación de la autora por encontrar una forma digna de estar en el mundo se hace extensiva a toda la trama, para ello presenta un personaje, Juan, un joven de familia acomodada, casado, que aparentemente lo tiene todo para ser feliz y que sin embargo, es incapaz de sentir.

Juan viaja a las Médulas, una cruz blanca en lo alto de la montaña como un presagio, anuncia el comienzo de algo. La novela está llena de guiños y se mueve en un mundo de sombras. El ambiente cargado de humedad sacude la mente del personaje al que llega la sensación de frío, pero lo que verdaderamente le conmueve es la naturalidad de esa chica, que atiende a los tres nombres,  Suha, Cécile, Flora, y viene a poner orden en la casa. La observa y ve que actúa sin pensar, como por instinto. Y se da cuenta de que para ella las cosas son lo que son, “solo era una escalera para ella. Solo unos armarios, solo una escalera, su mano, solo una mano.”

 Una serie de ideas interactúan en el flujo de conciencia de los cuatro personajes, que apenas se comunican porque cada uno ha de solucionar lo suyo en solitario. El discurso plantea que el pensamiento no lleva automáticamente a la acción, que las crisis son tan sólo la incapacidad de tomar decisiones cuando uno sabe que tiene que asumirlas. Hay una palabra que se repite como una necesidad, como un deseo, a lo largo del texto, colocar, poner orden, como cuando el narrador recuerda que los sensibles no pueden organizar el recuerdo, o ese rechazo visceral a las imitaciones que incluye imitar a la madre, imitar al padre, imitar al padre y a la madre porque “si una cosa no toma forma no avanza y se muere”. O la denuncia al mundo que conspira para ignorar a gente de valía: “¿Por qué es cobarde siendo inteligente? Es incomprensible. Hay algo, algo lo ha anulado, como si se le pudiese dar a un botón y dejar a oscuras una vida.” Y de pronto surgen imponiéndose, la realidad de argumentos como: “las cosas son como son… el que es alto es alto y el que es gordo es gordo y esa manía de intentar que la gente sea de otro modo, que no todos somos iguales, no entiendo que la gente se empeñe en una cosa que no es...”, o la idea de que “la identidad solo se da en la relación”. Y parece que Emerson y Ortega se dieran la mano.

 Juan aprende de la naturalidad de Suha- Cécile- Flora. Sara, su mujer, que también ha iniciado el viaje en solitario, se acerca a escuchar la voz del pueblo, los que se han hecho a base de esfuerzo, de quehacer cotidiano, pegados a la tierra, y ofrecen, sin ni siquiera proponérselo, una base práctica, ese enraizamiento que los hombres y mujeres de ciudad parecen haber perdido. Las vidas de Juan y Sara cambian porque ellos así lo han querido. Las de José y Suha- Cécile- Flora, evolucionan cuando, como un cataclismo, Juan irrumpe en sus destinos. Las montañas rojas y desnudas de las Médulas, son los testigos mudos de algo que tenía que ocurrir. El pueblo, Voces, recuerda demasiado el susurro de Juan, atronado por el recuerdo, tanto que habiendo aire, parece asfixiarse, incapaz de respirar. La voz narrativa mueve en todo momento los hilos y proporciona al lector un argumento sólido, una trama perfectamente urdida que corre a ritmo vertiginoso por momentos y termina por crear una propuesta contundente que pasa por volver al mundo de las sensaciones, “el árbol, árbol” porque “detrás de lo que no existe, todo es inventado”. En nuestras manos está asumirlo, escucharlo.

 Rosa Burillo

Universidad Complutense de Madrid.

 

*Todas las fotos son de Mark Shaw, salvo las de Silvia Bardelás, que las tomo de internet; la segunda es de ’La Voz de Galicia’. La primera es del blof brujulasyespierales.blogspot.com de Francisco Martínez Bouzas, un estupendo lector y crítico literario.