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Antón Castro

Escritores

DANIEL GASCÓN ESCRIBE DE JAVIER TOMEO

Ayer sábado, a primera hora de la tarde, fallecía el escritor Javier Tomeo (Quicena, Huesca, 1932- Barcelona). Acababa de publicar ’Constructores de monstruos’, en el sello Alpha Decay de su gran amigo Enric Cucurella, al que él siempre llamaba "el cucu". El pasado septiembre, Páginas de Espuma, la editorial de Juan Casamayor, publicaba casi mil páginas de sus ’Cuentos completos’, algunos levemente reescritos o con pequeñas correcciones. Daniel Gascón fue el responsable de la edición y el prólogo, que cuelgo aquí porque creo que define muy bien la obra de Tomeo.

EL MUNDO DE TOMEO

 

Daniel Gascón

Hay muchos escritores buenos. Pero no son tan frecuentes los que inventan una manera de ver el mundo y consiguen contagiarla a los lectores. Javier Tomeo (Quicena, Huesca, 1932) es uno de ellos. Es también un escritor raro, que produce una literatura “situada en la periferia”, en palabras de Félix Romeo. Ocupa desde hace más de cuatro decenios una posición singular en nuestras letras: es un escritor que prefiere la alegoría al realismo, el zarpazo de la intuición a la reflexión intelectual. Ha creado un universo rabiosamente personal, difícil de incluir en clasificaciones generacionales o sociológicas. Según Rafael Conte, “viene del mundo de las pesadillas, de lo fantástico y lo onírico, recuerda en suave –y subrepticio- a Kafka, a Buñuel, al surrealismo, a Charlot, a Buster Keaton o al gran Ramón Gómez de la Serna”. Esa rareza es también extraliteraria, y se aplica a la recepción de su obra: Tomeo es un narrador que ha tenido grandes éxitos con las adaptaciones teatrales que se han hecho de sus novelas, primero en el extranjero y después en España.

Tomeo ha escrito grandes novelas breves, como El castillo de la carta cifrada (Anagrama, 1979), El cazador de leones (Anagrama, 1989) o El crimen del cine Oriente (Plaza y Janés, 1995). Cuando Christopher Hitchens escribió en Unacknowledged Legislation: Writers in the Public Sphere que La víctima, de Saul Bellow, incluye “la madre de las entrevistas laborales horribles”, probablemente no conocía una entrevista todavía peor: la de Amado monstruo (1985), uno de los libros más poderosos de Tomeo. Pero el aragonés también domina con maestría el relato: la distancia corta es muy adecuada para un escritor que opera a menudo con la sugerencia de una amenaza imprecisa e inminente. Esta recopilación, que reúne textos breves publicados en libros –Bestiario (1988), Historias mínimas (Mondadori, 1988), Problemas oculares (Anagrama, 1990), Zoopatías y zoofilias (Mondadori, 1992), Los reyes del huerto (Planeta, 1994), El nuevo bestiario (Planeta, 1994), Cuentos perversos (Anagrama, 2012), Los nuevos inquisidores (Alpha Decay, 2004)- y dos colecciones nuevas, donde Tomeo ha incluido reescrituras de antiguos relatos y numerosas piezas inéditas, Cuentos de la luna verde y Cuentos de la luna roja, recoge algunos de sus mejores textos.

En muchas de estas piezas, Tomeo se encuentra a medio camino entre Kafka y La Codorniz: José-Carlos Mainer lo ha definido como “un Kafka entreverado de comicidad algo gruesa y esperpéntica y un Camus horro de trascendentalismos”. Para Antón Castro, se trata de “un visionario, un visionario modesto concedamos, que construye alegorías de trasfondo metafísico sobre la modernidad, a través de lo anómalo, la identidad y el absurdo”.

Sus personajes son seres incompletos, incapaces de encajar en el mundo. Escribe sobre animales y, en una afición que lo emparenta con algunos surrealistas, los insectos ocupan un lugar privilegiado en Bestiario (1988) y El nuevo bestiario (1994). Tomeo combina una descripción zoológica precisa con el repaso a la interpretación simbólica y mitológica que se ha dado a la especie. Sin embargo, esos animales parlantes echan a menudo algo en falta. Ser lo que son tiene un componente de condena metafísica, y eso los hace humanos. La mantis flor cuenta:

Más de una vez, contemplándome en el espejo del estanque, me pregunto: ¿Y si yo no fuese ese insecto cruel que pienso ser? ¿Y si yo fuese, en realidad, una flor?

El tisanuro explica:

Lo que nos distingue, sin embargo, es nuestra invencible repugnancia a la luz. En este sentido, algunos podrían tildarnos de ser unos insectos oscurantistas. Sorprendidos por alguna lámpara que se enciende inesperadamente, quedamos como petrificados horrorizados por la idea de que alguien pueda ser testigo de nuestra fealdad. Un instante después, sin embargo, corremos ya en busca de nuestro tenebroso refugio. Porque sólo en la oscuridad que anula los colores podemos pensar en las mariposas sin que nos sintamos morir de envidia.

Atormentada por su “conciencia escrupulosa”, la cantárida teme acabar convertida en un “insecto hipocondríaco”; la salamandra añora el tiempo en que podía enfrentarse al fuego; la luciérnaga se lamenta de que “la injusticia es universal”; el termes explica que “la eficacia y grandeza de nuestra monarquía se basa en la esterilización del proletariado”, y los caracoles de viña se muestran en el amor “lentos como grandes duques abrumados por la gota”.

De manera simétrica, los protagonistas humanos tienen a menudo un elemento animal. En Historias mínimas (1988), un libro de breves escenas teatrales, una acotación describe al Duque diciendo que tiene “algo de cefalópodo” en la mirada. En otra pieza de ese libro, una mujer le dice a un hombre: “La verdad es que, desde el primer instante que le vi, me sentí incomodada por su mirada de fauno”. La mirada de un camarero vuela “como una paloma”; otros tienen “ojos de buitre”; en “El fondo del mar”, a la madre de Carlitos le brillan las piernas “como dos anguilas recién sacadas del agua”. La animalización de los protagonistas alcanza un grado superior en Zoopatías y zoofilias (1992); sin embargo, muchas de las metamorfosis de ese libro son incompletas, frustradas o, simplemente, no creídas por quienes rodean a su protagonista. Ramón, en “El hombre dinosaurio”, explica que esos reptiles tenían cuerpos “de marquesa viuda y sin corsé” y se siente vigilado por un hombre que quizá sospecha que es el último dinosaurio.

En cierto modo, todos los personajes de Tomeo son monstruosos, y en eso el autor aragonés entronca con una larga tradición española, que va desde las Pinturas negras de Goya (con quien Tomeo comparte la fascinación por el mundo de las brujas: “un modesto aquelarre, en un hotel de provincias”) hasta el esperpento. Pero más que en una lente deformante, uno piensa en uno de sus personajes, que cuenta: “con el periódico que había comprado en el quiosco del parque me hice un anteojo de papel para jugar a ver de cerca lo que en realidad estaba lejos”. Esa monstruosidad, advierte Tomeo, puede ser “una vía de purificación” y a menudo está vinculada a la deformidad física. En estos relatos hay protagonistas con seis dedos, miopes, enanos, ciegos, sordos, gente que no soporta los espejos, niñas con dos cabezas, un hombre a quien le crecen la nariz y las manos después de publicar una novela. Historias mínimas contiene textos perturbadores sobre la fragmentación:

            HOMBRE. (Mirando al frente, sin volverse hacia la mujer.) Oye.

MUJER. Qué.

HOMBRE. Dame tu ojo izquierdo.

Pausa. La MUJER se desenrosca su ojo de cristal y se lo alarga al compañero.

HOMBRE. (Recogiendo el ojo, que se guarda en el bolsillo cerillero de la chaqueta.) Ya sabes que te prefiero tuerta, Manuela. 

Esa sensación de falta de completitud está muchas veces vinculada a la soledad, que es uno de los grandes temas de Tomeo. Es un escritor de la incomunicación: en su narrativa abundan los monólogos y los diálogos, pero a menudo da la sensación de que la verdadera interlocución es imposible. (El propio Tomeo ha declarado: “No creo que existan los interlocutores invisibles. No son posibles. Los interlocutores están siempre allí, perfectamente visibles… Para quien los sueña”.) En “Los contertulios”, uno de los testigos de una discusión acalorada cuenta:

Advertí que don Emigdio miraba hacia don Antolín cuando en realidad quería mirar a don Servando, que don Florencio miraba a don Ambrosio cuando pensaba que hablaba con don Roque, que don Roque miraba a don Emigdio cuando pensaba que estaba mirando a don Servando y que don Antonio, a pesar de ser el menos miope de todos, miraba a don Servando, cuando quería mirar a don Emigdio. Descubrí, en suma, que ninguno de mis contertulios dirigía correctamente su mirada, que ya no podían distinguirse los unos de los otros y que ni siquiera eran capaces de reconocerse por la voz.

Uno de los terrenos donde la falta de comunicación se manifiesta de forma más clara es en el amor y el sexo. Aunque él no acaba de creérselo, me parece que Tomeo habla mucho de amor en sus libros. O, más bien, habla de cierto anhelo y de la imposibilidad del amor. Un personaje de Historias mínimas dice:

Todas las mujeres, mi querido amigo, acaban desapareciendo. Y no tienen necesidad de marcharse lejos. Se sientan en mitad de sus pequeños corazones y nadie es capaz de encontrarlas.

La mayoría de las veces, parece que una relación feliz es una fiesta a la que los personajes de Tomeo no han sido invitados. Son frecuentes los acoplamientos difíciles (entre humanos y animales, entre hombres y muñecas, entre gigantes y hombres), y aparece reiteradamente un animal fantástico querido de Tomeo, el gallitigre, “una criatura fabulosa, fruto de la inesperada unión de un tigre y una gallina, y que vendría a simbolizar la unión y la armonía entre los mundos opuestos y contradictorios”. En estos relatos predomina una perspectiva masculina casi paródica, y a menudo los narradores poco fiables de Tomeo atribuyen a las mujeres una sexualidad voraz y amenazadora (“Mientras tanto la vecina de los prismáticos no deja de enfocarme la entrepierna”). En “Ensueños seniles” un anciano conoce a una enfermera que se siente atraída por los hombres mayores y, aunque antes de acostarse con la joven tendrá que quitarse la dentadura postiza y la pierna ortopédica, se cita con ella en un lugar indeterminado del parque de la Reina Elisenda, “el mayor del país”. Incluso en “El reencuentro”, donde el conflicto es menos grave que en otros relatos, la pareja se ve perseguida por un saxofonista y “todo lo que sucedió luego pasó sin pena ni gloria”. Otras veces se apunta a un elemento edípico, que tenía también una presencia importante en Amado monstruo. Historias mínimas contiene un retrato económico y brillante de una madre:

            HIJO. (Descompuesto.) ¡Madre! ¡Madre!

MADRE. ¿Qué ocurre, hijo?

HIJO. ¡El guardia, madre! ¡Me persigue!

MADRE. ¿Te persigue? ¿Por qué?

HIJO. ¡Vio cómo le tiraba piedras a la luna, madre!

MADRE. ¿Y eso qué importa?

HIJO. ¡La hice trozos, madre!

MADRE. (Sonriendo tristemente.) ¿Y eso te preocupa?

HIJO. ¡La partí en cuatro pedazos!

MADRE. (Acariciando la frente del hijo.) Mira, si la luna está rota, rota está, pero tú no me sudes.

HIJO. ¿Y el guardia?

MADRE. No te preocupes, no te encontrará nunca. Sólo puedo encontrarte yo, que soy tu madre. Sólo yo puedo entrar en tu pecho y sentarme en ese extraño corazón tuyo.

Esos personajes de Javier Tomeo, a quienes les sobra o les falta algo, tienen una extraña percepción del mundo. No es extraño que a Tomeo le fascinen los miopes y los ciegos. A veces preguntan a otros que les describan lo que ven, pero puede ser una empresa condenada al fracaso: “Usted no puede ver las cosas que a mí me gustaría ver”, dice uno de los personajes de “El viajero”. En “Homicidio con atenuantes” el narrador elabora una taxonomía: en la primera categoría de miopes, “se incluyen todas aquellas personas para quienes la miopía supone la imposibilidad de encontrar una dirección válida que pueda conducirles hasta la realización de sus sueños más queridos”; en la segunda, “están los que exageran sus miopías para justificar sus tropezones, o para no ser testigos de la maldad del prójimo”, en la tercera, “se encuentran todos esos miopes dulces, tiernos, tal vez algo obesos, pero llenos de buenas intenciones, que andan siempre tropezando contra todas las puertas que encuentran cerradas o, lo que es peor, despeñándose por los abismos que algunos desalmados abren a sus pies”. En cualquiera de los tres casos, el defecto físico se convierte en algo que define su personalidad. A veces, como en “El astrónomo”, los problemas de visión producen escenas que parecen sacadas del cine mudo o de la screwball comedy estadounidense. El narrador va a visitar a un experto miope. Lo conduce un mayordomo también miope. La criada, que tampoco ve bien, le echa una taza de té en los pantalones y cae cuando intenta encontrar la salida.

Supuse que la doncella se había torcido un tobillo. Continuaba sollozando sobre la alfombra y sus lamentos pusieron por fin en movimiento al mayordomo, inmóvil hasta aquel momento. Resultó entonces de lo más patético ver cómo aquel hombrón, mientras su señor hablaba de estrellas, trataba de localizar a su compañera con los brazos extendidos y guiándose, sobre todo, por el oído.

El relato da un giro al final: la escena cómica se vuelve melancólica y levemente siniestra cuando el profesor dice: “Esos pícaros son amantes y por las noches se consuelan recíprocamente. La miopía para ellos es solo una fruslería. Yo no soy menos miope que mis sirvientes, pero le aseguro que en esta casa soy el único que enloquece progresivamente en su soledad”. En otros relatos, una mujer abandona a su amante cuando descubre que tiene mala vista y la cree bella por error, y un miope no sabe si el desconocido jadeante que se ha sentado a su lado en un banco es un ladrón o un policía, o “un hombre aficionado, como tantos otros, a los disfraces, que goza desconcertando a los infelices miopes que, como yo, tratan de ver más allá de sus posibilidades”. Esos personajes con hiperbólicos problemas oculares viven en una situación de desamparo, y comparten con otros personajes de Tomeo una duda radical que Félix Romeo llamó “casi cartesiana”. Al igual que otros protagonistas de estos cuentos, sólo pueden fiarse de su propia percepción y tienden a creer que son los otros, o la realidad, quienes hacen trampas: “No sé si serán figuraciones mías, pero tengo la impresión de que cada día que pasa se vuelve más chata”, dice de su pareja uno de los personajes; el narrador de “El apartamento” está convencido de que las chimeneas que ve desde su piso “se han propuesto volverme loco”. Actúan siguiendo una lógica paranoica que muchas veces tiene consecuencias letales o hilarantes, o las dos a la vez. En 1999 Félix Romeo estableció una distinción que también resulta válida para estos cuentos:

Durante mucho tiempo sus “antihéroes” [de Tomeo] eran personajes desplazados que no lograban, pese a intentarlo, encontrar su propio espacio en la realidad: el noble aislado en su morada de El castillo de la carta cifrada que busca la reconciliación con su viejo enemigo, el hombre de seis dedos secuestrado por el amor de su madre de Amado monstruo que quiere incorporarse al mundo laboral, o el hombre al teléfono de El cazador de leones que desea interesar a su anónima interlocutora. Sin embargo, en sus últimos trabajos, sus protagonistas son personajes que ya no pueden encontrar su lugar en el mundo, se trata de auténticos trastornados.

Este volumen ofrece una visión amplia de la obra de Tomeo. En estos relatos están las preocupaciones más constantes de su literatura: la aceptación de las reglas del azar y el absurdo, la capacidad de sugerencia y la fascinación por lo monstruoso, la animalización de los humanos y la humanización de los vegetales y los animales, la fascinación por los detalles del mundo natural y la desconfianza hacia la tecnología, la vivencia traumática del amor y el sexo, la violencia repentina y esa mirada que a Tomeo le gusta llamar “psicopática”. Como en sus novelas, también es frecuente el uso de escenarios abstractos y simbólicos, desde ciudades señaladas por una inicial a los decorados metafísicos de Historias mínimas, pasando por comunidades inquietantes, en hoteles, residencias de vacaciones o patios de vecinos. Tomeo revisa textos griegos y latinos, tradiciones orientales y egipcias; reescribe cuentos de hadas europeos y episodios bíblicos; introduce leyendas apócrifas y se pregunta en qué tipo de insecto se convirtió el protagonista de La metamorfosis. Con mucha frecuencia, recurre a elementos arquetípicos e imprecisos que forman parte de la cultura popular: en un relato el asesino de una película escapa de la pantalla, y en los cuentos abundan los aristócratas decadentes, los sabios excéntricos, los marineros o los personajes de circo. La narrativa de Tomeo es una narrativa obsesiva, que en buena parte transcurre en el interior de la cabeza de sus protagonistas, y eso lo acerca a una escritora que aparentemente tiene poco que ver con él, como Patricia Highsmith, o al Luis Buñuel de la película Él. Pero la prolongada visita al taller de Tomeo que es este libro demuestra que el narrador de Quicena también es un creador obsesivo, incluso en elementos estilísticos como el uso de determinados refranes. Conjura imágenes de pesadilla, como ciudades en llamas, y situaciones básicas que le inspiran distintas variaciones: la vida cotidiana de un hombre solo que empieza a intuir una conspiración a su alrededor; el encuentro de dos solitarios en un tren, un autobús o un banco en un parque; barberos ansioso por cortarle la yugular a un cliente; varios desastres posibles en una noche de estreno que recuerdan una confesión de Tomeo: “Me obsesiona la idea de perderme en los grandes teatros”. Hay embriones, reescritura y secuelas de otros libros. En algunos de sus cuentos más recientes (que muchas veces protagoniza “un poeta”) su prosa se decanta más claramente por la comicidad. Se ha vuelto más discursiva, frente a la concisión rigurosa de Historias mínimas, más procaz y más gamberra. Sin perder su personalidad, introduce más elementos metaficcionales, algún rasgo autobiográfico y apuntes de crítica social y cultural. Esa nueva vena ha producido relatos tan divertidos como “El apartamento”.

Otra de las características que muestra este libro es que, si Tomeo es un escritor deliberadamente limitado desde el punto de vista temático, también tiene una gran capacidad para incorporar elementos novedosos en sus relatos. Desde Plinio a las invasiones de los extraterrestres, todo tiene cabida en unos cuentos que plantean conflictos universales a partir de tramas anacrónicas y absurdas, y que presentan una admirable libertad formal.

No se puede hablar de Tomeo sin mencionar su sentido del humor, que va desde la greguería y la ironía suave (“El cielo, mi admirable Teodoro, es un inmenso queso Gruyère pintado de azul”, dice un payaso en Historias mínimas) a la brutalidad (como las niñas que le piden a su abuelo un cuento de princesas subnormales). Produce alguna carcajada, pero con más frecuencia provoca una sonrisa triste y cierto estremecimiento. “Después de leer a Javier Tomeo, viejos, jóvenes, mujeres, mayordomos, empleados de banco, conductores de autobús, tal vez no sean lo que parecen”, escribió Lillian Neuman. Con sus parábolas sobre el miedo irracional, la soledad y la incomunicación, Javier Tomeo hace que la realidad se vuelva un poco más amenazadora, pero también mucho más rica y fascinante. Es el mejor servicio que un escritor puede hacer a sus lectores.

 

CARLOS ALCORTA: DOS POEMAS

CARLOS ALCORTA: DOS POEMAS

[Carlos Alcorta es un poeta de Torrelavega, Cantabria, que posee una sólida trayectoria a sus espaldas. Es un poeta apasionado y lúcido. Un poeta de la memoria y de la invención. Un poeta de lo inmediato, de la sugerencia y del tiempo sedimentado, fértil en vivencias. Acaba de publicar un nuevo poemario, ’Vistas y panoramas’, en el sello Eclipsados que dirige Ignacio Escuín Borao. Con su gentileza habitual me envía dos poemas.

 

VISTAS Y PANORAMAS. Editorial Eclipsados, Zaragoza, 2013

 

Carlos Alcorta (Daniel Pedriza) define así su libro para este blog:


"Es un libro de poemas en prosa, un género híbrido que nace de la mezcla de los métodos narrativos insertados en la meditación del poema. Es, según decía mi admirado Ocatvio Paz, el género moderno por excelencia, y se distingue de la prosa poética tanto por la tensión del lenguaje como por la duración argumental. El libro está dividido en dos partes. En la primera, la titulada ’Vistas’, los poemas tienen un carácter más lírico, con un lenguaje más concentrado, más tenso, en los que importa más que lo expresado, la reverberación del significado en la mente del lector. Las ’Vistas’ son fogonazos, intuiciones inaprensibles, por eso en su escritura el lenguaje actúa sólo como mera aproximación a la realidad poematizada, como sí en el fondo, yo tuviera la sensación de que las palabras, en lugar de ampliar la experiencia en la página, la mutilaran.
’Panoramas’, la segunda parte, se aviene mucho mejor a lo que Steiner llama "El sistema nervioso métrico que hay en la prosa". Conviven en esta sección microrrelatos, entradas de un diario en permanente construcción, fragmentos memoralísticos, transformaciones poéticas de hechos cotidianos que pretenden no quedarse sólo en una simple enumeración, sino que indagan en lo más profundo de esa cotidianidad, buscando ese propio decir que convierta lo dicho, no en un lugar común, sino en una epifanía.
Creo que los géneros disfrutan de unas fronteras muy permeables, lo que permite al escritor vulnerarlas sin demasiada resistencia. Lo que realmente debe preocupar al poeta es escribir manteniendo la fidelidad a uno mismo, sin atender al repertorio de género en el que será incluido lo que escribe. Cada asunto, es algo ya manido pero no por ello menos cierto, busca su propia retórica, por lo tanto, creo que sobran las explicaciones de carácter teórico para justificar el por qué de estos poemas en prosa.
El primer poema pertenece a la sección ’Vistas’ y el segundo a ’Panoramas’."

 

 

 

 

 

[Imán]

 

El centro de la expectativa es un cuerpo en llamas, abrasándose entre mis manos. Lumbre temblorosa, en suspenso, que viene a mí desde su elevación, reflejada en la piel oscura como si fuera un cielo de tormenta, levantando arbitrarias fumarolas evanescentes sobre un horizonte mancillado por el pensamiento. Alzo la vista hacia el mar que me contempla, ondulado y perezoso, solidificando el instante en mis ojos desacostumbrados a tanta plenitud.

A esta hora el sol es un centro que se absorbe ensimismado hasta el origen, se succiona. Desde su altura infinita, desde su puro calor hiriente licúa la inicial consistencia de la carne, y la falta de luz que reina entre sus replegadas formas confunde espacio y volumen con las sombras que provoca su incendio. Cruje la blanca sal espolvoreada en torso y muslos cuando cambia de postura de descanso sobre la toalla, como cuando pasas las páginas de un periódico atrasado; revolotea igual que un insecto entre su curvilínea figura el aire satinado, como el que flota en un espejo antiguo.

La vida parece una burbuja ingrávida, un tiempo sin historia en el que un único deseo trata de encauzarla: sentir más allá de la razón, sentir sin comprender, sin buscar la verdad, sólo gracias al instinto.

Brotan, entre nubes, dentados perfiles luminosos que anuncian un cambio de estación, el ingreso en la realidad, en otro comienzo, pero de qué.

 

 

[Precisión de la adelfa]

Cómo situarse

para contemplar lo sublime.

WALLACE STEVENS

 

 

Se han abierto los pétalos primeros de la adelfa. Inesperadamente, esta mañana. Son de un rojo tímido, desvaído aún por la pereza del sol de resurrección que les alimenta. Será, en unas horas, su color afirmado imán de miel para mariposas y libélulas. Con cuidado me acerco a comprobar esa verdad desnuda que lleva en su seno todo nacimiento. Nace para ser vista. Con asombro y satisfacción compruebo que sus hojas disipan cualquier antigua duda. Yo la había mirado hasta ahora con ansia y recelo, como quien coge de la acera un puñado de nieve y espera que arda en sus manos. Ha florecido la adelfa en una coyuntura adversa ―días de lluvia insistente, días fríos y con una luz impedida, morigerada― y se ha convertido en símbolo de la constancia, del asombro de lo cotidiano. Parecen los cipreses que verdean a su alrededor columnas de un altar que enaltece esa perfección. No son otra cosa que abnegados súbditos esas malas hierbas que menudean en su cercanía. Relumbra ahora el jardín en la cárdena piedad de un mundo en llamas y yo entono un canto de agradecimiento, porque se impone al cielo ennegrecido y al agua encharcada de la maceta, a la inmóvil representación de un florero, el poder de la vida, de la belleza, aunque circule por su savia el veneno de lo perecedero, la morbidez de la extinción, como en mi propia sangre concluyente y yo sea incapaz, mediante estas palabras, de trasladar a mi mujer y a mi hijo, a los lectores, no mi propia gratitud, sino la que ellos deberían sentir, si el poema conserva su poder de seducción, frente al cotidiano florecer de la adelfa.

 

PEPE RIBAS: 'ENCUENTRO EN BERLÍN'

PEPE RIBAS: 'ENCUENTRO EN BERLÍN'

 

«Fueron muchos los alemanes que estaban contra Hitler»

Pepe Ribas (Barcelona, 1951). Escritor y periodista. Publica la novela ’Encuentro en Berlín’, que es un viaje a la ciudad moderna del siglo XXI y a las paradojas de la historia: el nazismo, la matanza de cosacos y la industria del gas

Pepe Ribas (Barcelona, 1951) fue, antes que nada, novelista. Novelista a los 19 años. Luego se hizo conocido como director de la revista ’Ajoblanco’, que fundó en 1974, y con un libro como ’Los 70 a destajo’ (2007), donde exhibía su memoria con un apasionado y crítico periodismo cultural. Después de ese libro, se marchó a Latinoamérica: estuvo en Chile y en Buenos Aires. «El libro me dejó una sensación de vacío. Me quedé un poco mal y, como no soy nostálgico, decidí moverme. El año 1978 fue clave en nuestra vida: un momento en que se pudo cambiar todo, o casi todo, pero la izquierda no se atrevió», dice. El martes presentaba en Cálamo (20.00), en Zaragoza, en diálogo con Concha Montserrat, su nueva novela, ’Encuentro en Berlín’ (Destino)

¿Cómo dio el paso: de ’Los 70 a destajo’ a ’Encuentro en Berlín’?

En el verano siguiente me fui, con las gentes del festival musical Sónar, a Berlín y allí me encontré con Gorka De Duo, uno de los grandes fotógrafos de la ’Movida’, el fotógrafo que eligió Andy Warhol para que le hiciese un retrato. Un día nos metimos por un pasadizo que da al patio interior del Rosenthaler y allí descubrimos el pequeño museo de Otto Weidt, que había dirigido una pequeña fábrica de escobas de ciegos y sordomudos. Me enteré de que han sido muchos los alemanes que estaban contra Hitler... Fueron miles y miles y valientes.

¿A dónde le llevó ese descubrimiento?

Durante mi estancia en Latinoamérica, iba y venía a Barcelona y Berlín, también descubrí a las abuelas, sobre todo judías, que se habían quedado en Europa, como la del protagonista Ernesto Usabiaga, Inge. Por otra parte, cayó en mis manos el libro ’Solo en Berlín,’ de Hans Fallada, y empezó a interesarme mucho ese mundo tan silenciado de los resistentes al nazismo. Me di cuenta de que en España sabemos muy poco de las culturas eslava y centroeuropea, y empecé a descubrir claves que me parecían apasionantes.

Y se fue a Polonia.

Polonia, primero, y luego Ucrania. No llegué a cruzar la frontera, porque me perdí en los Cárpatos... En esos viajes, en camioneta muchas veces, con dos traductores casi siempre (sabían polaco o ruso y alemán), me fueron contando historia de deportados, de guerras civiles, de hambrunas terribles. La historia fue cruel con los pobres polacos: fueron vapuleados por los ingleses, franceses y alemanes. Los ingleses, que tienen mejor fama, practicaron en muchos lugares el juego sucio, y también aquí. En otro orden de cosas, Ucrania perdió 22 millones de personas por todo ello: por el conflicto de 1918 a 1921, por la masacre de Stalin, por la hambruna de 1932 y por la II Guerra Mundial. A la vez seguía leyendo mucho: a W. G. Sebald.

¿Qué otros libros le marcaron?

’El último territorio’ de Yuri Andrujovich, que habla de los años de la revolución en Kiev. Y finalmente, en esa búsqueda, di con otra historia fundamental; la de los cosacos, que fueron maltratados y vapuleados. Con ellos también se produjo una auténtica matanza. A mí siempre me han fascinado los cosacos: cuando venían los circos rusos a Barcelona iba a verlos y me encantaban sus bailes. Con todo ello y con esa inmersión en una cultura riquísima descubrí la riqueza del Imperio Austrohúngaro, del cual había hablado mucho con Eugenio Trías.

¿Que tenía de especial?

Que era un imperio cultural como el romano, no era un salvaje imperio colonial como a los que estábamos acostumbrados. Francisco I favoreció una educación bilingüe y apoyó distintos modelos de convivencia. A ese contexto pertenecen figuras como los escritores Stefan Zweig o Sándor Marai... Ahora hay una reivindicación de sus ideas.

Nos hemos ido acercando un poco al contexto en que sucede la novela. ¿Qué quería hacer?

De entrada, escribir una novela contemporánea. Con las contradicciones actuales y con los personajes de hoy. Y ahí están Ernesto, el joven activista chileno, y su amigo Maksin, un cosaco de Ucrania que está vinculado con las oligarquías y con los servicios secretos. Y todas esas historias del pasado y de lugares estratéticos como Lviv o Galitzia, que es una de las patrias europeas de la literatura. ¿Sabe una cosa?

Díganos...

En España hablamos mucho de los mares. Pero en estas zonas se habla mucho de los ríos: ríos navegables que son auténticos circuitos de comercio y de cultura. Pienso en el Don, en el Danubio, en el Dniéper, tan importantes en la novela. Los ríos me llevaron a los conductos o tuberías del gas, que es algo fundamental en la novela. Son como los nuevos caminos de Europa. Detrás están grupos peligrosos, auténticas mafias. Todo se mezcla en una novela donde los personajes están en peligro, se juegan la vida y a la vez indagan en la memoria de sus familias y en el horror. El caso del cosaco Maksin es muy claro.

Alguien dice que ni la política ni el periodismo pueden cambiar nada. ¿Piensa usted lo mismo?

Este país se está desmoronando; no está peor que en 1978, pero está muy mal. La izquierda sigue pagando su traición, que se vendiese entonces, y tampoco tiene alternativa. No hay regeneración democrática, que es imprescindible, ni existe un tejido productivo. El propio nacionalismo catalán es una reacción a la impotencia y al fracaso del sistema. En este momento, España no ofrece ninguna viabilidad ni ilusión.

 

*La foto de Pepe Ribas es de Joan Alsina. Está tomada de la página de Cálamo.

 

JONÁS TRUEBA EN ZARAGOZA

JONÁS TRUEBA PROTAGONIZA UNA DOBLE SESIÓN DEL CICLO DE COLOQUIOS “LA BUENA ESTRELLA” QUE INCLUYE LA PRESENTACIÓN DEL LIBRO “LAS ILUSIONES” –EL DÍA 20 DE JUNIO- Y, EN COLABORACIÓN CON LA FILMOTECA DE ZARAGOZA, UN COLOQUIO EL DÍA 21 ALREDEDOR DE “LOS ILUSOS”, QUE SE ESTRENA EN ZARAGOZA.

 

El jueves 20 y el viernes 21 de junio se celebrará una doble sesión de “La buena estrella” que tendrá como protagonista al guionista y director de cine Jonás Trueba, que está presentando con gran éxito por diversos lugares de España y del mundo “Los ilusos” –su segundo largometraje- y “Las ilusiones”, un libro que ha escrito alrededor de esa película.

 

El jueves 20, a las 20 h., en el Paraninfo de la Universidad, (Plaza Basilio Paraíso, 4), se presentará el libro “Las ilusiones”. En esa presentación estará acompañado por el escritor zaragozano Daniel Gascón, coautor del guión de “Todas las canciones hablan de mí”, el primer largometraje de Jonás Trueba.

 

El viernes 21, a las 21 h, en la Filmoteca de Zaragoza (Palacio de los Morlanes, Plaza de San Carlos 4) se celebrará un coloquio después de la proyección a las 19.30 de “Los ilusos”. Esa proyección significará el estreno en Zaragoza de esa película, que está recibiendo todo tipo de elogios en los cines y festivales internacionales que se ha presentado. Este acto ha sido posible gracias a la colaboración de la Universidad con el Departamento de Exhibición y Difusión de la Filmoteca de Zaragoza que dirige Leandro Martínez.

 

Esta doble sesión significará la número 124 de “La buena estrella”, el ciclo de coloquios organizado por el Vicerrectorado de Cultura y Política Social de la Universidad de Zaragoza. La presentación del libro y el coloquio después de la película serán moderados por el coordinador del ciclo, Luis Alegre, escritor, periodista y profesor de la Universidad de Zaragoza.

 

La Filmoteca realizará un segundo pase de “Los ilusos” el sábado 29 de junio a las 18 horas.

 

Los ilusos es una película sobre el deseo de hacer cine, o sobre lo que hacen algunos cineastas cuando no hacen cine; sobre perder el tiempo y el tiempo perdido; sobre conversaciones, borracheras, comidas y rutinas; sobre los paseos al salir del cine; sobre estar enamorado; sobre estar solo y estar con amigos, construyendo futuros recuerdos para una película futura.

 

Jonás Trueba se ha revelado como uno de los más estimulantes cineastas españoles. Colaboró en el guión de dos películas dirigidas por Víctor García León (“Más pena que gloria”, 2001; “Vete de mí”, 2006) y en 2010 debutó como director con “Todas las canciones hablan de mí”.

 

Trueba ha escrito algunas cosas sobre su segunda película:

 

Los ilusos es mi segundo largometraje como director después de Todas las canciones hablan de mí, y a la vez es como si fuera mi película número cero.

Los ilusos es una forma de recomenzar, de aprender de nuevo.

Los ilusos es la película más lujosa que podía haber soñado hacer. Ha sido realizada exactamente como quería, con quien quería y cuando quería, sin depender de nada ni nadie, tan solo de unos cuantos amigos cineastas que me han prestado su tiempo, su generosidad y su talento.

Los ilusos es una película de entretiempo porque ha sido hecha en nuestros ratos libres, entre otros trabajos y ocupa­ciones, a lo largo de unos cuantos meses en jornadas más bien reducidas.

Los ilusos es una película sobre nosotros mismos, posibles personajes de ficción, en un tiempo de espera, de in­certidumbre, lleno de posibilidades.

Los ilusos es una película filmada en tiempo presente, mirando hacia el pasado para proyectarnos en un futuro próxi­mo.

 

“Los ilusos” - que ha conocido una distribución al margen de los circuitos convencionales-, ha sido presentada en diferentes festivales nacionales e internacionales y ha recibido grandes elogios de la prensa especializada:

 

 “No hay una película más transparente, ni más directa. Los ilusos se alza, generosa, como una película clave de este entretiempo que nos ha tocado vivir”.

Carlos Losilla, Caimán – Cuadernos de Cine

 

“Una obra surcada de literatura, que es un diario y un ensayo, que se atreve a romper las expectativas en torno a la que supuesta­mente debería ser (o representar) una película”.

Carlos Reviriego, El Cultural

 

“Las películas importantes, ésas que nos cambian el paso y nos gusta recordar con los ojos cerrados, están repletas de vida, y Los ilusos, la nueva película de Jonás Trueba, autofinanciada y deliciosa, se ha convertido, casi sin querer, en una de ellas”.

Andrea G. Bermejo, Cinemanía

 

¿POR QUÉ ESCRIBO? ¿QUÉ, CÓMO...?



Miguel Sanfeliu, en su  blog ’Cierta Distancia’, de Vida y literatura, ha tenido la gentileza de publicar esta entrevista, que él denomina ’Cuestionario Básico’. La foto es de Vicente Almazán.
Aquí se puede ver el blog:

http://ciertadistancia.blogspot.com.es/2013/06/anton-castro-cuestionario-basico.html
1.- ¿Por qué escribes?
Escribo por necesidad, porque me gusta, porque me permite soñar, crear personajes, porque necesito inventar y recordar. Escribo porque no amo como quisiera, escribo por adicción, porque me gustan las palabras, porque entiendo la vida, sobre todo, a través de las palabras. Escribo porque me siento vivo, escribo porque creo en el fututo. Hasta que no escribo lo que vivo, o lo que sueño, o lo que me cuentan, tengo la sensación de que todo es irreal. O provisional.
2.- ¿Cuáles son tus costumbres, preferencias, supersticiones o manías a la hora de escribir?
Soy muy desordenado. No tengo ningún hábito. Escribo a cualquier hora, en casi cualquier sitio, y vivo la escritura como una aventura. A veces no sé nada de lo que voy a contar o decir: solo tengo intuiciones, bosquejos, el nombre de un personaje, barruntos... Cada vez escribo más de día. Ahora me duermo antes.
3.- ¿Cuáles dirías que son tus preocupaciones temáticas?
Esencialmente los sentimientos, el amor, la emoción de las pequeñas cosas, la pasión por contar y oír historias, los fogonazos de la memoria que siempre regresan... Escribo contra la muerte, escribo contra el dolor, como un conjuro.
4.- ¿Algún  principio o consejo que tengas muy presente a la hora de escribir?
Hay que intentar siempre dar lo mejor de uno mismo. Y una vez que crees que el texto ya está, hay que pasarlo a dos o tres personas con criterio y confianza, y oírlos. Y antes de mandar un texto, leerlo en voz alta. Siempre se mejora. Dejarlo enfriar unos días, y volver a él como si fuera ajeno. La literatura es un territorio de libertad y es, a la vez, un camino incesante de perfección, energía, comunicación y belleza.
5.- ¿Eres de los que se deja llevar por la historia o de los que lo tienen todo planificado desde el principio?
Lo he dicho antes. Sé de la historia un poco más que el lector, pero muy poco. Tengo ideas pero luego improviso sobre el texto: el texto y los personajes me condicionan, me estimulan y se adueñan un poco de mí, de mis palabras e incluso de mi voluntad. Yo soy así; no es un método general, no es retórica, soy así de inconsciente. Yo soy esencialmente miedoso e inseguro, pero en la literatura me gusta navegar, extraviarme, adentrarme en la espesura del misterio y la incertidumbre. A veces tengo la sensación de que he llegado a alguna parte.
6.- ¿Cuáles son tus autores o libros de cabecera?
Eso es bastante difícil de decir porque soy hijo de un sinfín de escritores muy distintos. De los clásicos el que más me ha emocionado ha sido Shakespeare. No me quiero poner estupendo, pero es verdad. Luego, en mis inicios, la lista sería esta: García Márquez, Bécquer, Camus, Cortázar y Jorge Luis Borges; más tarde la literatura gallega, Cunqueiro, Dieste, Ánxel Fole, Otero Pedrayo y Méndez Ferrín; y por supuesto Rosalía de Castro, que me enseñó a soñar y a sentir el dolor de los otros. Y a partir de ahí muchísimos más: citaré tres a los que vuelvo una y otra vez como son Marguerite Yourcenar, Miguel Torga y Mercè Rodoreda. Leo con devoción a Patrick Modiano y a Antonio Tabucchi. Y, como adenda, un sinfín de poetas...
7.- ¿Podrías hablarnos de tu último proyecto? Bien lo último que hayas publicado o lo último que hayas escrito o estés escribiendo.
Acabo de publicar dos libros con muy poco espacio de tiempo: una novela de formación ‘Cariñena’, que transcurre en diez días de octubre de 1978 y tiene que ver con mi propia vida, con el aprendizaje de la libertad, de la viña y del trabajo, tan lejos de casa. Lo ha publicado Ediciones 94 y la Denominación de Origen de Cariñena. Y ‘El niño, el viento y el miedo’ (Nalvay), un volumen de cuentos juveniles en los que narro mi infancia en Galicia, llena de apariciones, de miedo, de mendigos, de historias de fantasmas, demonios, lobos y espacios más o menos encantados. Las ilustraciones son de Javier Hernández.




Antón Castro (Santa Mariña de Lañas, Arteixo, A Coruña, 1959) es escritor y periodista. Coordina el suplemento ’Artes & Letras’ de Heraldo de Aragón. Ha publicado más de dos docenas de libros; entre ellos, ’El paseo en bicicleta’ (Olifante, 2011), ’Golpes de mar’ (Destino, 2006) y ’El testamento de amor de Patricio Julve’ (Destino, 1995, 2000; Xordica, 2011) y, entre otros, ’El niño, el viento y el miedo’ (Nalvay, 2013). Reside en Zaragoza desde 1978.
*La foto es de Vicente Almazán


LIBROS Y LECTURA ELECTRÓNICA

PONER ORDEN EN EL FAR WEST DIGITAL,

ADAPTAR LAS LEYES A LA REALIDAD Y MUCHA PEDAGOGÍA

 

Siete reconocidos escritores se pronuncian sobre los libros y la lectura electrónica

[Nota de Lola Ferreira] Julio Llamazares, Javier Sierra, Julia Navarro, Lorenzo Silva, Milagros del Corral, Rodrigo Fresán y Elvira Lindo se han reunido esta mañana en el Centro Cultural de Círculo de Lectores de Madrid para reflexionar sobre el modo en que el la irrupción digital está modificando el proceso creativo, sobre los nuevos vínculos que las redes sociales permiten establecer entre escritores y lectores y sobre las dificultades de la protección de los derechos de autor. Este acto se enmarca dentro de la celebración del 50º Aniversario del club y la serie de debates que sobre el universo digital se están desarrollando durante esta 72ª Feria del Libro de Madrid.

 

Milagros del Corral y Rodrigo Fresán, moderados por Fernando R. Lafuente, se han ocupado de la propiedad intelectual. Milagros del Corral subrayó la perentoria necesidad de que el legislador ponga orden en el escenario digital que, poco antes, Fresán había comparado con el far west. Tarea compleja dada “la imposibilidad de distinguir entre el derecho de comunicación y el derecho de reproducción en Internet, pero es preciso buscar equilibrios entre los distintos intereses y adaptar las leyes a la realidad”, añadió Del Corral. En su opinión, se ha perdido un tiempo precioso “en la búsqueda estéril de culpables” y ahora ha llegado el momento de encontrar soluciones. Además, Milagros del Corral abogó por la pedagogía para combatir “la desafección de los jóvenes hacia los derechos del autor”.

 

Por su parte, Rodrigo Fresán afirmó que “estamos en la prehistoria de la prehistoria de una profunda mutación que se está produciendo cuando el autor, que tiene los derechos más torcidos y retorcidos, aún no entiende que sólo tenga derecho al 10% del precio de la tapa; nuestro único derecho es que no tenemos derechos y que más nos vale vender lo más posible”. El escritor se mostró especialmente escéptico ante un cambio de paradigma que invita a los escritores a “intentar vender una marca en 140 caracteres en Twitter” y a los lectores a almacenar miles de libros que no leerán en sus dispositivos. “Pronto nos invitarán  a hacer click para sentir en la boca el sabor de la magdalena de Proust", añadió. El escritor recordó que "no es lo mismo estar que ser" y celebró "el acto de justicia poética que supuso que una de las presentaciones de Steve Jobs fuese interrumpida por la noticia de la muerte de J.D. Salinger: por una vez, los inmortales libros triunfan sobre el efímero aparato".

 

"Lo digital cambiará la literatura porque está cambiando a las personas"

A la pregunta de Blanca Berasátegui sobre cuál es el impacto que está teniendo el nuevo escenario digital en el proceso de creación literario, Julio Llamazares fue rotundo: “Lo digital cambiará la literatura porque ya está cambiando a las personas y su manera de estar en el mundo. Sin embargo, la esencia del hecho literario seguirá siendo el mismo, porque permanecerá invariable desde Homero y hasta el último hombre que escriba sobre la faz de la tierra: alguien que procura plasmar por escrito, con la mayor fidelidad posible, sus sentimientos y pensamientos". Añadió que el proceso de escritura, en su caso, ha sido el mismo en su última novela, Las lágrimas de San Lorenzo, que en la primera: “Utilizo el ordenador como la Olivetti con la que escribí Luna de lobos, como una máquina de escribir que permite tachar y grabar”. Llamazares aseguró considerarse “el único lector del mundo mientras escribe”. Por el contrario, Javier Sierra admitió que en el proceso de escritura utiliza las redes sociales para ponderar las reacciones de sus lectores ante algunos elementos que planea introducir en su narración. “Antes los escritores estaban en su torre de marfil; ahora la membrana que nos separa de los lectores es cada vez más fina”, apuntó.

 

Las nuevas dictaduras de lo digital

Moderados por Juan Cruz, Lorenzo Silva y Julia Navarro ahondaron en el modo en que Internet ha modificado la relación con sus lectores. Lorenzo Silva dijo negarse a la lógica imperativa de las redes sociales: "Me niego a gestionar públicamente mi vida privada a través de las redes sociales. La cuenta de correo electrónico que figura en la web que abrí hace 13 años, esa herramienta casi rupestre, es la vía que utilizo para atender a los lectores". Y precisó: “No obstante, para escribir necesito estar off line, desatender las herramientas diseñadas para apremiarnos”. Silva reivindicó la figura del editor –“sin esta figura, un libro nace en orfandad”- y manifestó sus recelos ante las plataformas digitales que permiten a los autores la autoedición, pero que no le ofrecen ningún valor añadido, ningún servicio: “Es estar en la nada, desnudo bajo la noche”. Julia Navarro, sin embargo, mantuvo una opinión discrepante: esas plataformas representan una oportunidad para los jóvenes escritores que se ven rechazados por las editoriales. Comentando su propia experiencia, confesó que se rebelaba contra “la nueva dictadura de las tecnologías y lo digital” y no tener ningún interés en mantener presencia en las redes sociales: “Sin embargo, participo en muchas presentaciones, acudo a clubes de lectura; son experiencias que me resultan muy gratas”.

 

La intervención de Elvira Lindo, encargada de recapitular y  comentar los asuntos tratados, clausuró la jornada: "La literatura es algo personal y reflexivo. Solo se puede escribir en soledad. Las grandes corporaciones nos convencen de que la masa, que celebra la ignorancia, decide". También criticó la importancia que los medios de comunicación y la sociedad conceden a los comentarios vertidos en las redes sociales: “Son el reino de la banalidad y, desde luego, no tengo datos que corroboren que la presencia en ellas de los autores se traduzca en un incremento de ventas”.

 

INCLUYE FOTO. Autora: Amaya Aznar

 

PRENSA 50ª ANIVERSARIO

Lola Ferreira

FIRMO EN LOS PORTADORES DE SUEÑOS

[Esta mañana de domingo 9 de junio, estaré de 12.30 a 2, en la librería Los Portadores de Sueños. Firmaré, si algún amable lector lo desea, algunos de mis últimos títulos:

-’El niño, el viento y el miedo’, que publica Nalvay y ha ilustrado Javier Hernández. Un viaje a la infancia y a esos cuentos más o menos míticos o fundacionales sobre el amor, la amistad, el diablo, el viaje, la brujería, los primeros obsequios, los primeros amores... Este texto lo conté hace algunos años en Segovia en el Festival de Narración Oral. Coloco abajo una entrevista de Pedro Zapater sobre el libro.

-’Cariñena’. Ediciones 94. Una novela de aprendizaje sentimental que cuenta diez de octubre en la vendimia de Cariñena en 1978. Es la historia de un joven más o menos errabundo que se enfrenta al amor, al primer empleo... Pongo abajo una lectura del libro de Toni Iturbe.

-’Versión original’. Isla de Siltolá. Una antología de mi obra más lírica, con una veintena de poemas inéditos, entre ellos el que da título al libro, dedicado a Félix Romeo y Lina Vila. El libro recoge una amplia selección de dos libros, ’Vivir del aire’ (Olifante, 2010) y de ’El paseo en bicicleta’ (Olifante, 2011).

-’El testamento de amor de Patricio Julve’. Olifante, 2011. Mi personal homenaje al Maestrazgo, que arranca de 1833 y culmina en 1995, con el rodaje de ’Tierra y libertad’.]

 

SOBRE ‘EL NIÑO, EL VIENTO Y EL MIEDO’

 

Por Pedro ZAPATER. Heraldo.es

En su nuevo libro habla del viento y el miedo...
Hablo de una niñez en una aldea española, gallega en mi caso, entre 1964 y 1968, que es la mía, donde el viento entre los pinos parecía un acordeón melancólico, y el miedo estaba en todas partes: en los caminos oscuros, en los bosques, en tu propia casa. Allí los vecinos se reunían a contar historias que me impresionaban: historias de brujas, de vampiros, de animales, de supersticiones.

¿Y cómo lleva lo de vivir en la ciudad del cierzo?
Vivo en Zaragoza desde el verano de 1978 (también he vivido en Camarena de la Sierra, Urrea de Gaén, Cantavieja y La Iglesuela del Cid) y siento que es mi ciudad. Me gusta, me reconozco en ella, la disfruto y la redescubro cada día con una fascinación que no cesa. Y el cierzo me encanta: me asusta, me estremece, entiendo que puede enloquecer a la gente pero me parece una presencia tan decisiva en Zaragoza que para mí es como si tuviera vida autónoma, y fuera uno de los personajes legendarios de la ciudad.

¿Dónde se encuentra Baladouro, el pueblo que menciona en ’El niño, el viento y el miedo’?
Baladouro es un lugar imaginario que se halla entre Santa Mariña de Lañas, Barrañán y Arteixo, lugares del mapa muy vinculados al origen de Inditex y a la figura de Arsenio Iglesias. Baladouro quiere decir valle de oro y es como mi Macondo particular: de niño, cerca de mi casa, había un monte que se llamaba el Monte das Croas y decían que a sus pies salían de cuando en cuando gallinas que ponían huevos de oro. De vez en cuando la gente los encontraba y se volvía secretamente rica. Y a la vez había unas enigmáticas minas de wolframio. De todo ello, y de la necesidad de moverme a mis anchas por los pantanos de la imaginación, nació Baladouro.

Con esta publicación regresa a la literatura infantil, a su infancia...
Sí. Este es un libro que habla del instante y del lugar en que nacen los cuentos. Mis primeros cuentos, eso sí, con un matiz: yo entonces no sabía que eran o que podían ser cuentos. Los vivía como si fueran la única vida posible. Así fue mi infancia. Así la vivía yo, con ese embrujo, con ese miedo y con esos personajes que lo daban casi todo por una buena historia. La literatura infantil me gusta mucho. Soy consumidor compulsivo de cuentos y de álbumes ilustrados.

¿En qué género literario se encuentra más cómodo?
Lo que más me gusta es tener una historia que contar y hacerlo con todo el despojo posible. La conquista del estilo es también la conquista de la sencillez y de la claridad. Y a la vez con toda la poesía aconsejable. La poesía está en mis textos como una corriente subterránea, un leve temblor o una amable corriente de aire.

¿Qué le aporta el periodismo como escritor?
El periodismo me lo ha dado todo. Y me ha enseñado la precisión, la economía expresiva, la riqueza y los matices de la vida. El periodismo me ha enseñado a respetar a todo el mundo y a comprender que nada es blanco o negro, que la escritura consiste en explicar con transparencia la complejidad de matices. El periodismo es una escuela decisiva de conocimiento y emoción: he aprendido que las mejores historias, las más inverosímiles y hondas son las de la realidad.

¿Y la literatura como periodista?
La literatura es un campo de pruebas maravilloso, es un medio y un fin, que ayuda a mejorar el periodismo. En ese camino, en el fondo y a diario, estamos casi todos. Nuestra obligación es, siendo escrupulosos con los hechos y todo lo imaginativos con los métodos, dar lo mejor de nosotros mismos. El lector siempre lo percibe.

En su obra habla de fútbol, otra de sus grandes pasiones...
El deporte que más me emociona es el atletismo. Pero el fútbol lo he vivido desde niño. Esa pasión nació en mí cuando vi jugar al Peñarol de Lañas, compuesto por los gremios del pueblo. Los miraba desde una finca y creo que aquellos partidos eran como la primera película asombrosa de los domingos de la infancia. Mi jugador favorito era Boedo: lo llamaban ’el bombardero patizambo’. Tiraba las faltas con una fuerza increíble: era nuestro Puskas antes de saber yo bien quién era o había sido Pancho Puskas.

Además de su intensa labor periodística publica una media de dos libros al año ¿Cómo llega a todo?
Tengo la sensación de que no llego a nada. Es tan fascinante y plural la realidad que siempre te sobrepasa.

’El niño, el viento y el miedo’ está dedicado a sus cinco hijos y a Ignacio Sanz...
Es como devolverles a ellos una infancia de la que les he hablado veces y veces. Imagino que algunas de estas historias serán como pesadillas ya para ellos, como las narraciones del abuelo Cebolleta. Y se la dedico a Ignacio Sanz porque en el verano de 2006 me invitó a participar en el Festival de Narración Oral de Segovia: me planté allí, ante 350 personas, y les conté de memoria todo lo que cuento aquí. Pocos, muy pocos, se dieron cuenta de que estaba muerto de miedo y de que me temblaban las piernas. Hablé sin micrófono. Eso sí, Ignacio Sanz me dijo que algunas parejas le habían dicho algunos días después que aquella noche habían hecho el amor en gallego. Mejor recompensa no puede tener un escritor ni un contador de historias.

¿Cómo ha conseguido que un argentino como Javier Hernández ilustre los textos de un gallego?
Soy inocente. Aunque soy muy feliz. Conocía a Javier, había ilustrado la portada de ‘Artes & Letras’, había leído su libro ‘Haberlas haylas’... Posee un hermoso y evocador trazo que se ajusta muy bien al espíritu del libro. Él ha creado su propio mundo, y creo que uno de los elementos fundamentales de este libro es la fuerza de su trabajo, su calidez, esa mezcla de fuerza y suavidad, la capacidad de sugerir, la impregnación sutil de melancolía. Sinceramente, me siento muy afortunado y muy agradecido, también, a la editorial Nalvay.

 

 

SOBRE ’CARIÑENA’

 

ANTÓN CASTRO SE VA A VENDIMIAR A CARIÑENA

 

Por Toni ITURBE. Revista ‘Qué Leer’

Cuando uno mismo cae en el desaliento sobre la propia profesión periodística e incluso sobre su propia tarea como informador cultural, topar con Antón Castro es como rejuvenecer de golpe. Está su tarea en el suplemento cultural de el Heraldo de Aragón, pero también su enorme cantidad de publicaciones en prosa y poesía, su paso por programas culturales en televisión, haber sido entrenador del Garrapinillos o su actividad arrolladora en su blog. Cuando uno se asoma a su blog se hace una idea de su pantagruélica curiosidad: libros, arte, bicicletas, política, fotografía, mujeres extraordinarias…

Acaba de publicar Cariñena (DOP Cariñena) una narración con mucho de autobiográfico que nos cuenta cómo un gallego objetor de conciencia (ya nadie se acuerda de la mili e incluso ahora suena como un disparate ridículo, pero ahí estuvo tantos años) busca refugio junto al Ebro. El protagonista (nos podemos imaginar muy bien al propio Castro a poco que lo conozcas) es uno de esos pusilánimes heroicos: un muchacho de 19 años inseguro y más bien encogido, pero que no está dispuesto a ceder en su convicción de no hacer el servicio militar. Una especie de Bartleby que se rebela sin aspavientos ni soflamas. Así es Antón Castro, un revolucionario que lo pide todo “por favor”. Al enterarse de que en Zaragoza hay grupos de insumisos, decide dejar su casa en la provincia de Coruña y tratar de buscar allí acomodo. Su camisa blanca de buen chico no parece acomodarse mucho con la comuna de artesanos que venden collares por las ferias. Uno se lo imagina como un rodaballo caído en los Monegros. Pero ahí se queda, tratando de encontrar su lugar en el mundo. Y con esa camisa que le debió comprar su madre y esa timidez decidida, se va hasta Cariñena (buenos vinos recios aragoneses), porque necesita ganar dinero y le han dicho que allí cogen gente para trabajar en la vendimia. Pero la cosa no resulta tan sencilla. En seguida lo calan y ven que ese gachó tiene más pinta de chupatintas que de labriego. Aún así, logra asociarse con otro joven que busca trabajo, más desenvuelto y caradura. Mientras buscan el trabajo, incluso están a punto de ligar con dos hermanas guapísimas, pero al final todo queda en nada. Él (enamoradizo soñador) se decanta por la más lánguida de las dos: la escucha mucho, le habla mucho de libros y de música, y al final le pasa como siempre, que todas lo quieren mucho… como amigo (aunque siempre terminan liándose con otro más sinvergüenza). De todas formas, a su amigo más lanzado, la táctica directa tampoco le da otra cosecha que la de las calabazas. Al final, logra el deseado empleo como vendimiador que con tanto ahínco ha estado buscando durante días… pero dios nos castiga escuchando nuestras más fervientes plegarias: él pone toda su voluntad y su ahínco para no defraudar a su empleador, ni a su amigo, se esfuerza hasta la extenuación, pero lo que no puede ser… no puede ser.

Esto es ficción… pero es su propia peripecia personal punto por punto y uno no puede evitar ver al propio Antón Castro, que cambió el verdor de Galicia por la aspereza del cierzo y la introversión galaica por la expansividad a veces explosiva de los maños. Es fácil reconocerlo en ese chico gallego torpón y soñador que estudió electrónica pero le daba miedo la corriente: en esa voluntad de agradar aun a costa de desriñonarse (como es el caso) de la gente de bondadosa, en la timidez atrevida de los que siempre se disculpan pero no dejan de hacer lo que creen que han de hacer o en la sensibilidad para convertir los malos tragos en poesía y seguir adelante. Es una narración breve, sencilla, de trazos abocetados… pero tiene tan buen toque literario y hay prensada tal cantidad de ternura, fragilidad y a la vez de entereza, que a mí me ha emocionado profundamente.

 

DANIEL GASCÓN ESCRIBE DEL ABORTO

[Hace unos días, el escritor y traductor Daniel Gascón (Zaragoza, 1981), que trabaja en la revista ‘Letras Libres’, publicaba en su blog este artículo sobre el aborto. Es una reflexión serena que invita a mirar este conficto, que ha desempolvado Alberto Ruiz Gallardón, con sensatez, compromiso y datos.]

 

DELITOS Y FALTAS

Por Daniel GASCÓN

 

Siempre va a haber embarazos no deseados. El aborto es una realidad trágica y traumática, y el objetivo es que, como declaró Bill Clinton, sea “seguro, legal y escaso”. Para ello es necesario que existan una educación sexual y anticonceptivos disponibles, garantías sanitarias, apoyo a la maternidad y un marco legislativo, como el que proporciona la ley española de 2010, una normativa homologable a las de los países de nuestro entorno: Europa occidental, donde el aborto es legal, tiene las tasas de aborto más bajas del mundo. El Partido Popular recurrió la ley de plazos ante el Tribunal Constitucional y ha anunciado que la va a cambiar antes de que haya una sentencia.

Probablemente hay razones pragmáticas: el PP tiene que contentar a los sectores más radicales de sus votantes y las guerras culturales generan mucho ruido y distraen de otros asuntos. Se produce una curiosa paradoja: el gobierno compensa su timidez reformista con celo contrarreformista. Ese brío toma la forma de concesiones al sector más ultramontano de la Iglesia Católica. La ley que pretendía modernizar la educación española ha supuesto la reintroducción de la asignatura de Religión como materia evaluable. Según una encuesta reciente el 70% de los españoles –y el 61% de los católicos practicantes– se opone a esa decisión, que es un asalto al pensamiento científico, pero también facilita una práctica obscena: en muchos centros, los alumnos que escogen religión tienen automáticamente buena nota en esa asignatura. Ahora, ese premio a la fidelidad tribal hace media con la nota del resto de asignaturas: es un soborno mucho más jugoso, y deja en desventaja a quienes no quieran seguir una formación religiosa. En la reforma del aborto, el gobierno también se esfuerza en contentar a unos sectores que, esté dónde esté el Padre, siempre se colocarán a su derecha.

Lo que molesta a los sectores conservadores no es el derecho a la vida, sino la libertad sexual. En las democracias occidentales, la prohibición del sexo antes del matrimonio, del onanismo, del divorcio o de los anticonceptivos son ya batallas perdidas; por eso se redoblan los esfuerzos en torno al aborto. Uno de los motivos principales de que exista un debate público sobre el asunto es una cuestión de localización. El aborto se produce en el terreno que las religiones del Libro han intentado controlar con más insistencia: el aparato reproductor femenino. Si no fuera así, el aspecto político del debate habría quedado cancelado hace tiempo: el debate moral seguiría existiendo, pero sería una íntima cuestión de conciencia. Contrariamente a lo que podría parecer, que el aborto esté despenalizado no significa que sea obligatorio. Y, por otra parte, la vida está llena de cosas que son discutibles o inaceptables según algunos sistemas morales y que sin embargo no son delito. En palabras de Fernando Savater:

Las leyes contemporáneas de las democracias avanzadas no pretenden zanjartodas las disputas morales, sino impedir que lo que unos consideran pecado deba convertirse en delito para todos. Como todo reconocimiento institucional de la libertad de conciencia, ello obliga al incómodo ejercicio de convivir con lo que no nos gusta y aceptar que no se castigue penalmente las transgresiones de lo que nosotros íntimamente nos prohibimos.

La pregunta es: ¿debe una mujer ir a la cárcel por abortar? Ni siquiera lo cree el ministro Ruiz Gallardón. (Y las organizaciones ultracatólicas, abogadas de la tiranía de la mente discontinua que equiparan el aborto con el asesinato y dicen que abortar un embrión es matar a un niño presumiblemente encantador, piden que se prohíba la interrupción del embarazo, no que se clasifique como homicidio.)

Uno de los aspectos más tétricos de la postura del Partido Popular es el paternalismo con el que ha tratado el asunto. Mediante una batería de datos falsos y demagogia –que hizo que una de sus diputadas, Celia Villalobos, abandonara la sesión del Congreso, y ha incluido desde revisiones de Foucault a una pasmosa preocupación por la desigualdad económica–, se ha presentado la mujer que toma una decisión difícil como víctima, como un ser incapaz de decidir sus actos. Es un insulto a la realidad, un menoscabo a la dignidad de las mujeres que abortan y a la inteligencia de los ciudadanos. Volver a una ley de supuestos, como ha anunciado el PP, va en la misma dirección condescendiente: esa normativa, que obliga a una mujer a decir que es incapaz psicológicamente de tener un hijo para poder abortar, es una manera de declarar simbólicamente la minoría de edad mental de las españolas. Que la parte más conservadora de la derecha española, en alianza con la Iglesia Católica, afease a la izquierda su papel en la defensa de los derechos de la mujer a lo largo de la historia, como ha hecho el ministro de Justicia, recordaba por momentos al conde Drácula reprochando un chupetón.

Es posible que la especulación sobre la eliminación del aborto eugenésico sea finalmente una demostración de que el PP se ha aficionado a una de las tácticas preferidas del gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero: el globo sonda. Pero, aun así, es inquietante. No se puede impedir que una mujer tenga un hijo sabiendo que va a ser discapacitado o va a tener una malformación. Pero tampoco se le puede obligar a tenerlo. El jesuita Juan Masiá Clavel escribía:

Es ambiguo hablar de malformaciones en general, equiparando casos, desde un simple estrechamiento del conducto esofágico en un síndrome de Down hasta una anencefalia. Tampoco es coherente penalizar la interrupción del embarazo en supuestos seriamente graves, a la vez que se recorta el apoyo con la ley de dependencia a la crianza, sanidad y educación de esa vida discapacitada. Ni se puede lanzar la acusación de antivida a quienes optaron dolorosamente por un mal menor en situación de conflicto, ni es necesariamente provida la postura que impone por motivaciones ideológicas la opción contraria.

[…] un feto anencefálico carece del mínimo neurológico-estructural como soporte para formar una persona, desde respirar autónomamente hasta capacitarse para actos estrictamente humanos. Si hay razones para no interrumpir su alumbramiento, no será por considerarlo realidad humana personal. Su aborto no es comparable a matar un ser humano. Un feto con una malformación incompatible con la vida extrauterina (por ejemplo, agenesia renal irremediable) tampoco sobrevivirá.

En cambio, es delicado el caso de fetos con patología grave incurable, solo con solución paliativa. El doctor Francesc Abel, con doble perspectiva de obstetra y teólogo moral, concluía: “Ante tal diagnóstico prenatal, muchos progenitores solicitan interrumpir la gestación, acogiéndose al tercer supuesto de la ley... Aunque objetivamente cueste asentir, debemos respetar a quienes se encuentran en esta situación y sus decisiones” (Diagnóstico prenatal, Instituto Borja de Bioética, 2001, 3-26).

La consecuencia de esa cerrazón ideológica sería imponerle a una madre un hijo enfermo, y exponerlos a los dos a dificultades y padecimientos. Por ejemplo, una mujer o una pareja puede tener problemas a la hora de pensar en otros hijos: no solo por temor a que la discapacidad vuelva a aparecer, sino por la posibilidad de cargar al hijo menor con el cuidado del mayor. También supone hacerse responsable a sabiendas de que es una persona dependiente y de que te puede sobrevivir. Tampoco es lo mismo tener un hijo discapacitado si tienes dinero que si eres pobre. Y, con los recortes en las ayudas a la dependencia, todavía menos. Desgraciadamente, muchas personas sufren cada día las consecuencias de ese inhumano empecinamiento ideológico: en los países donde el aborto es ilegal no es menos frecuente, pero se realiza en condiciones menos seguras, que a menudo ponen en peligro la vida de las mujeres. Como han hecho los reaccionarios musulmanes, los fundamentalistas católicos –que combinan alegremente dos falsedades cuando se presentan simultáneamente como una mayoría social y una minoría perseguida– se apropian de un lenguaje aparentemente democrático, pero que solo funciona en una dirección: la libertad religiosa es solo la libertad para imponer su religión, y la libertad de expresión es solo la suya. En ese aspecto, los fanáticos religiosos se parecen a las personas que, como decía Groucho Marx, siempre toman bebidas caras, excepto cuando pagan ellos. Es una lástima que el gobierno de todos los españoles esté tan dispuesto a complacer a un sector atrasado y minoritario que muestra tanto entusiasmo por decretar la necesidad del sufrimiento ajeno y tanto empeño por convertir sus pecados en los delitos de todos.

 *La foto de Alberto Ruiz Gallardón está tomada de aqui:

https://antoncastro.blogia.com/upload/externo-bb3b442e08ad937b2d6ab30774ec7a93.jpg