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Antón Castro

Escritores

CARMEN LLERA, POR LUIS ALEGRE

[Luis Alegre publica hoy, en la contraportada de ’Heraldo Domingo’ este estupendo artículo sobre una de las mujeres más famosas de los años 70 en Zaragoza.]

 

LA ESCRITORA CARMEN LLERA ES UNA LEYENDA MUY PECULIAR DEL ARAGÓN DE LA TRANSICIÓN. ESTUDIÓ EN ZARAGOZA Y LUEGO SE CASÓ CON ALBERTO MORAVIA.

 

 El mito de Carmen

 Por Luis ALEGRE. Profesor, cinéfilo y escritor

Cuando llegué a Zaragoza en 1980 Carmen Llera ya no vivía en la ciudad. Pero no tardé en oír hablar de ella a mucha gente que conocí en esos años. Todos se referían a Carmen con una fascinación que saltaba a la vista. Esa mujer había dejado una huella muy honda. Carmen era la musa de una generación de aragoneses muy especiales. Carmen era una leyenda. Eso es algo que me quedó muy claro desde el primer momento.

 

En enero de 1986 Carmen Llera saltó a la fama internacional. A los 31 años se iba a casar con el gran escritor italiano Alberto Moravia, 47 años mayor que ella. Se habían conocido en 1978, cuando Carmen, que estudiaba en Catania, recibió el encargo de entrevistar al escritor para Il Giornale di Sicilia. El enlace se celebró en secreto, el 26 de enero, al amanecer, en el Campidoglio de Roma. El matrimonio estaba en boca de toda Italia: Moravia era toda una institución y los italianos también habían cedido al embrujo de su joven esposa, a la que llamaban “La Ibérica”. Un periodista escribió que la pareja había desatado “la fantasía fálica de los italianos”. Carmen no se había cortado un pelo al airear su forma de ver la vida y de entender las relaciones sentimentales. En las entrevistas confesaba cosas como que su vida había estado dominada siempre “por el principio del placer”, que lo que más le había apasionado de Moravia era “el contacto corpóreo y sexual”, que “el pecado es un concepto que no entiendo” o que “una mujer no puede llenar su vida con un solo hombre”. Estas bombas verbales dividieron a la sociedad italiana –y española- pero contribuyeron a disparar el enorme morbo que su figura provocaba. Por si fuera poco, la escritora Elsa Morante, que había sido mujer de Moravia durante 20 años, le dijo, poco antes de morir: “Eres demasiado bella”. La chica arrastraba, cómo no, la aureola de ser una gran seductora. Entre sus romances figuraban Klaus Kinski, Bettino Craxi o el líder druso Walid Jumblatt. Y, encima, se llamaba Carmen. Casi no podía tener otro nombre.

 

En ciertos círculos de Zaragoza sus andanzas se seguían con auténtico fervor. En esos días de 1986, en las cenas de la revista Andalán en Casa Emilio, no se hablaba de otra cosa. Gente como Emilio Gastón, José Antonio Labordeta, Emilio Lacambra, Juan José Carreras (padre e hijo), Gonzalo Borrás y Carlos Forcadell habían conocido bien, o muy bien, a Carmen Llera.

 

Carmen había nacido en Tudela en 1954 (o 1953, quién sabe). Estudió en Pamplona en un colegio de monjas y luego en un instituto. Se casó a los 17 años con Luis Álvarez, su profesor de Literatura, con el que tuvo un hijo, Héctor. En 1972 vino a Zaragoza y se matriculó en Filosofía y Letras. Enseguida confraternizó con la gente más brillante del Aragón de la Transición: intelectuales, artistas, profesores universitarios, periodistas o políticos, buena parte de ellos asociados a la tríada Andalán-PSA (Partido Socialista de Aragón)-Casa Emilio. Pero también conoció de forma muy estrecha a Enrique Tierno Galván, Alejandro Rojas Marcos, García Trevijano o Adolfo Marsillach. Su mejor amiga era la periodista Margarita Barbáchano. Con Carmen como pretexto, Margarita podría escribir una fenomenal crónica de esa época. Sería un buen retrato de un clima social, cultural, político y, desde luego, moral. En aquellos años los vientos del Mayo del 68 no habían logrado tumbar a la España profundamente rancia, enlutada, reaccionaria, intolerante, reprimida, machista y puritana. En ese ambiente, Carmen era una revolucionaria de primera categoría.

 

Alberto Moravia murió en 1990. Carmen trabaja desde entonces en la Fundación Moravia y ha continuado su actividad como escritora. Algunos de sus libros son relatos más o menos camuflados de su vida. En mayo de 2011 Carmen publicó una carta en un diario en la que defendía abiertamente a su amigo Dominique Strauss-Kahn, el ex presidente del FMI, acusado de violencia sexual. Carmen escribía que su amigo no era un hombre cruel, primitivo o sádico y que la violencia no formaba parte de su cultura. Y añadía: “Ama el sexo. ¿Y qué?”. Esa es mi Carmen.

Tomo la foto de aquí:

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La Transición está en el aire desde hace tiempo. No sé si esa es la razón secreta por la que, últimamente, Carmen Llera se me aparece a menudo en conversaciones con amigos que la conocieron. Todo empezó cuando, hace un año, Andrés Cuartero nos habló de ella a Antón Castro y a mí. Antón insinúa que el personaje podría dar para una gran novela. Muchos la recuerdan como una buena chica, simpatiquísima y arrolladora. Emilio Lacambra refiere a menudo la noche en la que Carmen conoció en su restaurante al cantante cubano Silvio Rodríguez. Eloy Fernández Clemente coincidió con ella una sola vez: le tocó a su lado en un autobús pero cedió su asiento a uno de los que pugnaban por viajar pegados a ella. Gonzalo Borrás, que - como Guillermo Fatás o Carlos Forcadell-  la tuvo de alumna, no ha olvidado el día que acudió a clase de Historia del Arte con su hijo de dos años, de pelo rubio y rizado. Se sentó en la primera fila y así siguió la clase, con el niño en brazos. Gonzalo la evoca como una joven con alma de líder y da una clave de su personalidad: “Lo que más le atraía a Carmen era la gente insólita, diferente. Rechazaba lo anodino, lo mediocre”. Forcadell brinda otra pista fundamental: “Carmen sufría grandes carencias emocionales desde niña. Eso explica muchas cosas”. Gonzalo recuerda una mañana de los años 90 en la que entraron en su aula para pedirle que interrumpiera un momento la clase: Carmen estaba de visita en la Facultad y quería saludarle.

 

Me he encontrado con gente –sobre todo mujeres- que, sin haberla conocido, no soportan el modelo de mujer que representa. Como casi cualquier personalidad realmente interesante, Carmen es compleja, controvertida, insondable, misteriosa y ambigua. Cumple todos los requisitos para ser mitificada pero, también, para resultar condenada. Nos vuelve locos juzgar a los demás. Y eso es lo que nos pierde. Carmen, vuelve, anda.

*Esta foto es de Flickr.com; la otra la tomo de este dominio de internet:

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GOLDMAN Y AURA ESTRADA, SU AMOR

GOLDMAN Y AURA ESTRADA, SU AMOR

LA ESCRITORA QUE SE PERDIÓ EN UNA OLA

 

Francisco Goldman, Quico Goldman para sus amigos, es un escritor de Boston, nacido en 1954, hijo de padre norteamericano y de madre guatemalteca, que ha sido corresponsal de guerra. Ha firmado varios libros, entre ellos ‘La larga noche de los pollos blancos’, novela de la que habló en la Universidad de Zaragoza a principios de los años 90 y que trasladó al cine John Sayles, y de un libro de investigación periodística, ‘El arte del asesinato político. ¿Quién mató al obispo?’, donde cuenta la historia del obispo Juan Gerardi, que fue asesinado a golpes en abril de 1998.

Francisco Goldman, que también imparte clases de periodismo y de literatura, conoció en 2003 a una joven escritora mexicana, Aura Estrada (1977-2007), que tenía entonces alrededor de veinticinco años; poco después, se irían a vivir juntos, y se casarían en 2005, en una ceremonia pintoresca, llena de amigos, donde el vestido de la novia parecía relumbrar. Apenas dos años después, Francisco y Aura se fueron a las playas de Oaxaca, en Mazunte, y allí, cuando practicaban ‘bodysurfing’, se produjo un accidente terrible y al día siguiente Aura fallecía en un hospital de México D. F. En 2011, tras viajar al infierno y ser acusado por la familia de Aura de su muerte, Francisco Goldman publicó una impresionante libro sobre su duelo, la culpa, la memoria de la amada: ‘Say her name’. ‘Di su nombre’, que publica Sexto Piso con estupenda traducción de Roberto Frías.

Ha recordado Goldman que, en los últimos tiempos, la literatura del duelo se ha convertido casi en un subgénero. Aquí están libros espléndidos como ‘El año del pensamiento mágico’ y ‘Un hombre de palabra’ de Imma Monsó, por citar dos ejemplos. Goldman ha dicho que ‘Di su nombre’ es un libro de ficción, porque hay muchos personajes recreados y reinventados. El género, aspecto poco importante en realidad, es impreciso: es un libro híbrido, de memorias, de exaltación y recuento de una pérdida, es una elegía, y también es una novela sobre la pérdida. Una novela más bien desordenada donde los recuerdos y las imágenes fluyen, o llegan, con cierto capricho: a Goldman no le preocupa contar varias veces, de forma diferente, cómo se conocen, cómo inician el coqueteo, cómo pasean por París. Recuerda noches y días concretos, ofrece imágenes de la belleza de la joven, latigazos de convivencia e incertidumbre, viaja en su busca por las carreteras de la pesadilla y evoca a su primer novio, a otros novios que tuvo, describe su espíritu burlón y cruel con algunos compañeros de clase. Y, sobre todo, va buscando detalles, instantes, lecturas, besos, coitos; repasa las casas en las que han vivido en Nueva York, en México, en París. Y repasa, muy especialmente, las cosas que ella le decía, sus afanes, sus quimeras, esos rasgos que le conferían una personalidad muy especial: Aura Estrada (que ahora ha dado nombre a un premio para menores de 35 años) quería, por encima de todo, ser escritora. Tras su muerte aparecería en Argentina Admiraba muy especialmente a Clarice Lispector, leía a Nabokov, a Cortázar (le encantaba su cuento ‘Axolotl’) y cuando murió, con la violencia de una ola inesperada, estaba leyendo ‘La vida breve’ de Juan Carlos Onetti. Goldman constata, al repasar la existencia feliz que tuvo con su mujer y su pasión por la música, desde Los Beatles a Los Smiths, cuántos signos y cuántos presagios iban asediando sus días. Los días de la joven, que escribía relatos muy diferentes, que anotaba personajes de novelas, que redactaba diversos diarios a lo largo de los años que aparecen en el libro. Con carácter póstumo aparecerá su libro misceláneo ‘Mis días en Shanghai’.

La novela es esencialmente conflicto. La novela es un tapiz de personajes que tienen problemas: que se aman, que se oponen, que se pelean. Y aquí hay una clara novela de amor, un amor en plenitud, un amor lleno de fotografías y álbumes de felicidad. Una novela sobre el origen del amor y una novela sobre la primera y la más radical vivencia de la muerte. Recuerda que en su boda, regalaron a los invitados cámaras desechables y que un día las llevó a revelar y vio cómo la gente había tomado instantáneas de una especial intimidad que ahora le conmueven. Y hay también la crónica de un aprendizaje de la joven: la relación de dependencia con su madre, la huida del padre, su formación, los cambios de residencia, su pasión por Nueva York. Y hay, no podía ser de otro modo, un intenso conflicto tras el óbito: la madre y su abogado le hacen la vida imposible al escritor, que también recibe la desdeñosa mirada del tío Leopoldo, aquel que hablaba en aforismos.

Después, Goldman busca afanosamente cómo superar su dolor. En ese proceso febril de huida, pensaba o escribía: “Me aterra perderte en mi interior”. Querría que la gente la recordase dando saltitos por las calles. En un estado casi febril, de insoportable dolor, le pregunta en la novela: “¿Qué pensaste sobre esa larga noche, mi amor, mientras yacías allí moribunda con heridas tan terribles como las de un soldado de guerra y totalmente sola? ¿Me culpaste? ¿Pensaste en mí con amor al menos una vez? ¿Pudiste ver o escuchar o sentir cuantísimo te quería?”. Ella, camino del hospital, le había dicho: “No quiero morir” y “quiéreme mucho, mi amor”. ‘Di su nombre’ se soporta mejor por dos cosas: por la belleza y por la gratitud, nada empalagosa, del escritor hacia su amada. Gracias a ella se ha vuelto otro: su risa resuena en su interior y en su lenguaje.

Di su nombre. Francisco Goldman. Traducción de Roberto Frías. Sexto Piso. México / Barcelona, 2012. 420 páginas. Las fotos son del álbum de Goldman y Estrada.

AHMAD YAMANI: ALGUNOS POEMAS

Ahmad Yamani

Ahmad Yamani (El Cairo, 1970) es poeta, y traductor del español al árabe y profesor. Reside en Madrid. Publico aquí algunos poemas suyos, por gentileza del autor y de su gran amigo Ángel Guinda, que han aparecido en la revista 'Alambique'.

 
La utopía de las tumbas

 

 

1

 

Paredes sin pintar,

suelo lleno de guijarros,

huesos débiles que no se sostienen,

y mis huesos acorralados en el medio.

Pienso en una pequeña manifestación

para protestar ante los ángeles que han prohibido

el calcio que nos es necesario.

Dios, en el hoyo, tiende su sombra sobre nosotros,

y nos deja retrasarnos en el sueño;

cae una mancha de luz entre sus manos,

entra un cuerpo oscuro,

se seca la mancha,

y conocemos a nuestro nuevo compañero:

con un corazón abierto

nos da cigarrillos con una generosidad creciente,

nos gusta su voz cuando susurra al principio:

¿qué diablos está pasando aquí?

 

 2

 

No hay nalgas aquí,

ni sangre,

¿cómo me imaginaré, entonces, el aspecto de una mujer?

¿cómo podré masturbarme satisfactoriamente?

Hasta las lágrimas de nuestros ojos

se han secado aquí,

sólo queda una calma asesina,

serpientes que nos torturan con su imagen,

sin que pronunciemos ni una sola letra.

La tierra es muy amplia,

pero ello no nos ayuda nada

a respirar bien.

  

3

 

Escupí a lo alto

y la saliva se pegó al techo de la tumba.

En los cadáveres de mis vecinos observé miradas cariñosas,

explosiones de tripas como una risotada.

Los restos de comida fabricaron muchos gusanos

que se tragaron nuestra sangre,

aunque nuestros huesos seguían siendo fuertes.

Se marchó mi amada con los dolientes,

pero, ¿qué haré con sus lágrimas?

¿Se aligerará mi odio a las habitaciones cerradas?

¿Valdrán las inyecciones de tranquilizantes

para bajar la fiebre?

Las tinieblas han descendido sobre nosotros como una gallina,

pero no seremos más que muertos

que sólo saben charlar

y orinar por la tarde.

 

 

4

 

Los gritos que dimos al alba

no los escuchó nadie.

Los ladridos del exterior

nos incitan a la ternura.

Reptamos para que se rocen nuestros huesos

y nos amemos más;

cada uno de nosotros habla de su negra infancia...

mientras intercambiamos risas,

pues no tenemos un reloj de pared

para saber cuándo será la hora.

 

 

5

 

Madre mía,

te lo ruego,

cuando sepas que he entrado en mi nueva casa,

no llores,

pues quiero atesorar tus ojos para los días venideros.

Estate tranquila,

mueve la cabeza tres veces,

y envía un beso de aire.

Haré un alboroto con mis amigos aquí,

y ellos me felicitarán por mi nueva casa.

Entornaré la puerta,

a la espera de tu beso.

Y cuando tengas una nueva casa, como yo,

que esté cerca de mí, te lo ruego,

para que pueda oír tu respiración.

Respiraré casi sin dolor,

y mi muerte tendrá esa imagen final

que me he esforzado mucho en hacer.

 

 

6

 

En la habitación vecina,

separada solo por una cortina de tela,

se tienden las mujeres, desnudas de sus sudarios,

y permanecen muy blancas.

Conseguimos, después de desesperados intentos,

abrir un agujero en el panel.

Nuestros huesos se alzan de pronto,

cuando vemos a la primera mujer que se desnuda

y coloca sus ropas en un rincón de la habitación.

En esa noche

intentamos romper la cortina,

pero es cada vez más fuerte,

y nos conformamos con observar los blancos huesos

que siguen estando lejos de nosotros.

 

 

7

 

La puerta de la habitación está abierta,

y la familia está completamente dormida en el exterior.

Hay pasos militares sobre nuestras cabezas,

destruirán nuestras casas para alzar un puente.

Lloraremos con nuestros amigos,

y colocaremos los libros debajo de las almohadas,

sonreiremos a nuestros absurdos recuerdos

y al sentimiento que se seca poco a poco.

 

 

 

 

8

 

Cerraron bien el lugar

y arrojaron las llaves al estómago del sepulturero.

¿Por qué nos abandonáis en las afueras de la ciudad?

Debemos estar juntos

cuando caigan las lluvias,

para cantar debajo.

Podremos hablar sobre vehículos

que nos han llevado por largos caminos para volver vacíos.

Pero las lágrimas que se han reunido en ellos

son suficientes para remojar nuestros huesos,

y no hallamos nada para calentarnos.

Cuando uno de nosotros se deslizaba para robar una cerilla

alumbrábamos la tumba,

y la mitad de las tumbas se iluminaban en el mundo durante tres días.

Mas después vomitó el sepulturero,

y pasamos en una ordenada fila,

cantando a coro los mosquitos

que dormían en nuestros oídos,

y nuestra figura, que seducía a las adolescentes,

y nuestras repetidas masturbaciones

en un gran barril que denominan vida.

 

                                                                       (Traducción de Milagros Nuin)

 

 

UN SONETO DE ÁNGEL GUINDA

UN SONETO DE ÁNGEL GUINDA

UN SONETO INÉDITO DE ÁNGEL GUINDA

Tras la experiencia casi inefable, casi mística de ‘Espectral’ (Olifante, 2011), Ángel Guinda, transido de nuevo de fantasmas de luz, de sombras y de pasión por la vida, el amor y sus puñales, está trabajando en otro libro increíble. Y si no al tiempo. He aquí un avance. Aquí está una joya para conservar: este soneto. La vida en un hilo: la vida, colgada de la ficción y la quimera. [Esta foto es de ese gran amigo y maravilloso fotógrafo que es José Miguel Marco].



CERCA DE LA LEJANÍA


Estoy lejos del tiempo, estoy en todo
lo que se va tragando el infinito;
pegado a ti: ¡estoy en lo que he escrito!,
libre de horror, afán, prisa, cruz, lodo.

Dentro del aire me desacomodo
y a la desolación me precipito:
mudo, sereno, intenso. (Me limito
a no ser más que un espectro beodo.)

No veo el horizonte, nada pienso.
¿Ruedo? ¡Floto!, invisible: por el mundo
de la ausencia, que nadie ha traducido.

Fuera de mí, a solas con lo inmenso:
en el descanso de lo más profundo,
en el olvido que es haber vivido.

LUIS POUSA: EL BUS DE LA ALCARRIA

LUIS POUSA: EL BUS DE LA ALCARRIA

‘BREVIARIO DEL BUS’ DE LUIS POUSA:

FICCIÓN, MEMORIA Y TRANSPORTE

[Luis Pousa Rodríguez es escritor (narrador y poeta) y periodista en ‘La voz de Galicia’. Trabaja en un delicioso libro sobre el transporte, un libro de ficción y de memoria, que ha colgado en buena parte en el blog de Enrique Vila-Matas, en el texto ‘Breviario del bus’, dividido en 19 partes, por ahora. ]

http://www.enriquevilamatas.com/escritores/escrpousal1.html

 

DE ‘BREVIARIO DEL BUS’

Luis POUSA RODRÍGUEZ

XVIII. EL BUS DE LA ALCARRIA

El Cela andarín de 1946 poco tenía que ver con el CJC de sus postrimerías, aquel literato a quien el Nobel tumbó sobre la lona de una sola hostia y que acabó sus días imitándose a sí mismo, como esos personajes que adoptan los tics y los absurdos de sus propias caricaturas. Tengo otros nombres con idéntica patología hirviéndome en la cabeza, pero mejor me los callo, porque los políticos tienen rencor para rato largo. A los políticos les das media galleta en un siglo y, ya puestos, los tíos te esperan al doblar la esquina del siguiente milenio, con el machete preparado para seccionarte las gónadas, sin perder ni por un solo segundo esa sonrisa blanqueada que tanto brilla en los cartelones electorales.

Pero estábamos hablando de seres con neuronas, no de esos transistores averiados que ocupan escaño en la carrera de San Jerónimo. Estábamos con CJC, que antes de disfrazarse de su propia caricatura era un escritor de tomo y lomo, de esos que se recrean con la muleta en la mano, exhibiendo una destreza que solo se adquiere meneándosela mucho (y con mucho tino) mientras con la zurda se sostienen y se escrutan las palabras de los gigantes de la literatura.

En 1946 Cela todavía era Cela y decidió echarse al camino para contarnos la Alcarria a pie de arroyo, a pie de quejigo, a pie de Tajo, río literario hasta su extremaunción en la impagable Lisboa de todos los Pessoas.

Tajo arriba, en las tierras de la Alcarria, cuando Zorita era Zorita de los Canes y no el estéril sinónimo de una añosa central nuclear, CJC en una de las curvas de su camino se sube al bus, que según la cita de Josep Pla que planta el autor en el arranque del décimo capítulo de este libro proporciona al viajero un “vuelo gallináceo”. CJC, que aún no es el Cela último de las palanganas y las farándulas televisadas, salta al estribo de un coche de línea y se hace un hueco entre los bulliciosos gitanos y las modistillas:

“Cuando el autobús echa a andar, la gente se va acoplando. El acoplamiento es, a veces, doloroso”.

Aquel bus de 1946 daba otra dimensión del tiempo al viajero, que hoy en día se teletransporta casi sin observar el paso acelerado de los postes de telégrafos plantados entre su origen y su destino. Es más, ya no sé ni siquiera si todavía existen aquellos postes telegráficos que adornaban el paso de los trenes por las llanuras de Castilla. A lo mejor sólo es un recuerdo que se ha quedado atrapado en un rincón de las meninges. El camino, en 1946, no era un estorbo, sino que era parte del viaje mismo. Así, el Cela andarín llega a las once de la mañana a un pueblo llamado Tendilla y recibe el aviso de que tiene que aguardar hasta las siete y media por el coche de línea que va a Pastrana. O sea, que lo que el automovilista del 2010 despacha en unos minutos de autopista clónica, en 1946 permitía al caminante demorarse en “un pueblo de soportales planos, largo como una longaniza y estirado todo a lo largo de la carretera” y “donde tiene un olivar el escritor don Pío Baroja, para poder tener aceite todo el año”. Hay tiempo para todo, hay horas largas por delante hasta echar a andar hacia el empalme de Tendilla, donde tropieza con una tabernita en medio del campo que “era algo muy parecido al paraíso terrenal”.

Era 1946, otro siglo, otro mundo. En Zorita de los Canes los átomos sólo bailaban en el agua tiznada del Tajo.

 

FRANCISCO URIZ: UN DIÁLOGO

FRANCISCO URIZ: UN DIÁLOGO

[Francisco Uriz cumple hoy 80 años y lo celebra por todo lo alto: con la publicación de su libro ’Poesía reunida’ (Libros del Innombrable). hace un par de semanas publiqué esta entrevista, con pequeñas variaciones, en Heraldo de Aragón. La traigo aquí a modo de conmemoración y de felicitación para Paco y sus amigos. La foto es de mi compañera Esther Casas, en sus tiempos en Heraldo.]

 

"MI RELACIÓN CON LOS ESCRITORES

NÓRDICOS HA SIDO MARAVILLOSA"

 

Francisco Uriz (Zaragoza, 1932) vive en una casa llena de libros, de música y arte. Y de fotos de familia: de su hijo Juan, de sus cuatro nietas, del álbum disperso de una existencia casi itinerante. Su mujer Marina Torres, traductora de lenguas nórdicas como él, pone el orden. Sobre una mesa de cristal del amplio y soleado comedor se ve una foto de los años 60 o 70 con ambos en medio de una manifestación. He aquí varias de las razones de la vida de Uriz, o las claves para forjar un retrato: es un hombre esencialmente político, que dedicó un poemario a Vietnam, militó durante años en el Partido Comunista de España desde Suecia, y es un traductor de todos los géneros (ha traducido más de 150 autores, hasta cartas a los brigadistas), pero sobre todo de poesía. Ha ganado en dos ocasiones el Premio Nacional de Traducción: en 1996 y este año. Estos días sale a la calle su ‘Poesía reunida’, más de 600 páginas que publica uno de sus lectores más amados: Raúl Herrero, de Libros del Innombrable, con quien ha colaborado en más de veinte publicaciones. En ese sello ha publicado, entre otros, a Gunnar Ekelöff, Marta Tikkanen o Jörn Donner, el escritor finlandés con quien descubrió el cine de Ingmar Bergman. Otro amigo esencial e inolvidable de Paco Uriz es el recientemente fallecido José Luis Borau.

-¿Empezamos por él?

-José Luis fue un amigo muy entrañable. Siempre lo llevo dentro. En los tiempos de la Universidad, los dos cursábamos Derecho y luego nos reuníamos con los amigos, con Pepe Pérez Gállego y Román Escolano, entre otros. Íbamos y veníamos por el bulevar de Independencia: nuestra charla era cine y literatura, literatura y cine. Siempre así. Borau era una persona admirable, deslumbrante, querido por todos. Lo sabía todo y nos contaba historias de cineastas, de escritores. Era un avanzado de la época. Él se fue a Madrid y yo a Suecia...

¿Cuándo volvieron a verse?

Más de veinte años después, en 1976. Él acababa de estrenar ‘Furtivos’ y a mí me encargaron que organizase una Semana del Cine Español en Suecia. Pensé en los clásicos: Bardem, Berlanga, Gutiérrez Aragón, y entre ellos también estaba Borau. Me trasladé a Madrid, y un día le llamé y le dije: “Señor Borau, soy Francisco Uriz, nos conocimos hace veinte años”. Y él, desde el otro lado del teléfono, me dijo con esa voz afectuosa y quizá un poco bruta, expansiva: “Pacooo, coño, amigo”. Y me riñó, claro, por haberme puesto tan ceremonioso. “¿Cómo iba a olvidarme de ti?”. La Semana de cine se convirtió en un mes de cine español en Suecia.

¿Tuvieron algún otro contacto?

Volvimos a contactar con motivo de su película ‘La sabina’. Un día me llamó Borau para decirme que había pensado en contratar a Harriet Anderson para la película. Yo, no sé por qué, siempre pensé que hablábamos de Bibi Anderson. Las dos habían sido compañeras de Ingmar Bergman. Accedí a Harriet, la mujer preciosa y joven de ‘Un verano con Mónica’, porque era la compañera de un gran amigo mío: Jörg Donner. Crítico de cine, productor, director, novelista. Años atrás yo había ido a Finlandia tras una mujer; allí conocí a Donner, nos hicimos amigos y recuerdo que una vez vimos todo el cine de Ingmar Bergman, cuando solo era conocido como dramaturgo. Lo vimos solos los dos y tomamos muchas notas. Y discutíamos. Donner escribió un libro sobre  Bergman, que he traducido para Libros del Innombrable; y yo no he escrito nada con mis notas. Luego he traducido muchas cosas de Bergman: sus memorias, ‘La linterna mágica’, por ejemplo.

Sabemos que Borau contrató a Harriet Andersson.

Sí. Y no solo eso: el propio Donner fue coproductor: aportó dinero, a la propia Harriet y algunos técnicos de fotografía y sonido. Sin embargo, la película fue destrozada en su estreno en Suecia: Donner tenía demasiados enemigos en Suecia. Era y es un hombre con personalidad, autoritario, que dice las cosas directamente, y solían recordarles a los suecos: “Los pactos están para cumplirlos”. Donner fue muy importante en mi vida por otras cosas: él me regaló un libro de Pablo Neruda de la editorial Losada y me puso en contacto, a través de su compañera de entonces, la escritora Sun Axelsson, con Artur Lundqvist...

A Sun Axelssson también la ha traducido su esposa Marina Torres en Zaragoza: los poemas de ‘Arena’.

Era una mujer menuda y rubia, de gran personalidad. Tenía una complicada historia: había sido amante de Nicanor Parra. Se la llevó a Chile y ella descubrió que el poeta ya estaba casado. Allí la acogió y la protegió su hermana Violeta Parra, tradujo a Pablo Neruda al sueco...

¿Quién fue Artur Lundkvist?

Un personaje capital de la Academia Sueca al que le fascinaba el español, nuestros escritores, y era poeta. Yo he traducido su lírica: ‘Textos para la nieve’. Era un enamorado de la poesía española y latinoamericana: un día se enteró de mi existencia y me propuso que hiciéramos juntos una antología poética de hispanoamericanos al sueco. Estaban César Vallejo, Borges, Huidobro... Me dijo los autores que había escogido, me pasó sus libros, me dijo qué selección había hecho él y me dijo que hiciera yo la mía. Fue muy generoso y apenas hizo correcciones a mi trabajo. Titulamos la selección ‘Cóndor y colibrí’ (1962). Luego tradujimos al sueco a Pablo Neruda, a los poetas españoles contemporáneos y recuerdo que también hicimos una versión de ‘Así que pasen cinco años’ de García Lorca.

Era una hermosa manera de empezar...

Desde luego, aunque luego yo lo que he hecho es traducir, en concreto, lenguas nórdicas al castellano. Un día le dije a Lundkvist que tenía fijación por Aragón: había escrito de Luis Buñuel, había publicado una novela sobre Goya y ahora trabajaba con un aragonés, de Zaragoza. Se rio...

¿Cómo fue su relación con los escritores suecos?

Maravillosa. Con los suecos y con los nórdicos en general. Ellos están muy agradecidos por nuestro empeño: no es lo mismo escribir para ocho millones que para 300 o 400. Antes de volcarme de manera exhaustiva en autores concretos, hice antologías de literatura sueca para España y Cuba, y de literatura nórdica en general. Y eso siempre lo agradecían mucho.

¿Siente predilección por alguno en concreto?

Desde luego. Incluso por aquellos a los que no conocí: por ejemplo Gunnar Ekelöff. He publicado varios libros suyos, entre ellos aquí en Zaragoza su antología ‘Non serviam’. No lo fui a conocer por timidez y porque tenía fama de difícil. Conocí a su viuda y me ayudó muchísimo: es una mujer excepcional. Ekelöff está considerado el poeta sueco más importante del siglo XX.

Demos un pequeño giro. ¿Siempre le ha interesado la política?

Mucho. En España, en Suecia, allá donde iba, pero Suecia fue decisiva en mi  vida por la aportación política. Veníamos del franquismo. En 1963, tras entrar en contacto con los brigadistas internacionales suecos, nos sumamos al Partido Comunista. Marina, mi mujer, y yo. A la Guerra Civil española vinieron a combatir 500 suecos y murieron más de 200; los que volvieron fueron represaliados por el régimen sueco no en un campo de concentración pero sí los dejaron en una especie de refugio o ghetto. Poco a poco se fueron incorporando a la vida normal, pero nosotros supimos donde se reunían, empezamos a ir, vencimos suspicacias (vieron que no todos los españoles eran fascistas; les traducíamos sus cartas) y nos aceptaron y nos contaban muchas cosas. Con ellos, participamos en una campaña, en vano, para salvar a Julián Grimau, por ejemplo. Permanecimos en el partido hasta 1980.

Uno de los grandes proyectos de su vida fue la fundación de la Casa del Traductor.

En cierto modo nació en una comida en Casa Emilio. Allí conocí a mucha gente vinculada a ‘El día de Aragón’, en un momento en que estábamos buscando casa. Vicente Sánchez, empresario, gran amigo y uno de los personajes más entusiastas que conozco, un personaje-esponja, nos habló de Tarazona y de un chalé. Me inspiré en Elmar Tophoven, un alemán que había creado una Casa del Traductor: decía que los traductores debían tener un sitio para reunirse, para hablar, para trabajar.  Con otra compañera traductora, francesa, Françoise Campo-Timal, en Arlés, hablamos de ello. Y allí hablamos de la importancia que había tenido el Rey Juan Carlos I en la fundación de la Casa del Traductor de Alemania: en uno de sus discursos, elogió la labor del traductor y Elmar Tophoven lo supo usar muy bien.

¿Cuál es el balance de la Casa del Traductor?

Bueno. Muy bueno. Se convirtió en una factoría de palabras y de profesionales. Contamos con muchos apoyos decisivos: el alcalde Moreno Lapeña, Juan José Vázquez, jefe de área de la Diputación de Zaragoza, Juan Manuel Velasco, Director General del Ministerio de Cultura, que nos ayudó mientras estuvo en el cargo. Y el Gobierno de Aragón, sobre todo en la época de Pilar de la Vega. Y por supuesto ha sido muy importante el apoyo de la Comunidad Europea: allí se eliminaban burocracias y facilitaban el trabajo.

¿Qué hacían en la Casa del Traductor?

En la Casa del Traductor hemos hechos muchas publicaciones, revistas, hemos publicado a escritores y hemos defendido el estatuto del traductor, algo por lo que venía luchando desde hacía mucho tiempo Esther Benítez. La gente venía y se marchaba encantada. Y aún me lo recuerdan. Y le dábamos prestigio a Tarazona. Ahí hemos traducido a mucha gente, entre ellos un futuro premio Nobel como Seamus Heaney. Vino una vez Bernardo Atxaga y no se lo podía creer. Nosotros contribuíamos a la difusión de la cultural española y aragonesa en el mundo y al revés: el mundo entraba en Aragón a través de la traducción. Fueron diez años estupendos. Pero aquí es muy difícil combatir con la burocracia y con el caciquismo: la gente no cree en los proyectos y las autoridades decían que te daban a ti la subvención, por “ser tú quien eres”. Eso desgasta mucho.

¿Y ahora?

Cumplo 80 y sigo trabajando. Estudio, leo, escribo, recorto prensa. Uno de mis próximos trabajos será Ekelöff de nuevo, que ilustrará Natalio Bayo.

 

 

DE OLOF PALME, DE LA POLÍTICA Y EL FÚTBOL 

La vida de Francisco Uriz es tan caudalosa como inagotable. Ha viajado mucho, ha emprendido aventuras con Peter Weiss en busca de los hospitales de los brigadistas, ha traducido no solo poesía, sino novela y teatro, especialmente de August Strindberg. Y uno de sus mejores recuerdos está vinculado a Olof Palme, el primer ministro sueco que fue abatido. De repente decidió emprender un viaje por Latinoamérica, México y Nicaragua, entre otros países, y le pidió a Uriz que fuera con él. Le haría de intérprete, de compañero, le daría sus opiniones sobre política e incluso le sugería matices de estrategia política. “Olof Palme era un hombre valiente, solidario, comprometido, que también tuvo que enfrentarse a la burocracia. Yo lo había invitado para la revista ‘Tiempo’ y se acordaba. Decía sus discursos en español y a veces los corregíamos en los últimos momentos. Creía en al valor de la solidaridad, creía en la democracia, y humanamente me ha dejado una huella imborrable. He traducido una selección de sus artículos, y ahí se ve quién y cómo era: Olof Palme encarnaba la vivencia apasionada de una verdad política”.

Otro de los asuntos claves de Paco Uriz es el fútbol: le ha dedicado un libro completo, ‘El rectángulo de hierba’ y dos antologías. “En realidad se inspira en el libro ‘¡Un círculo de hielo’ de Jan Erin Vold, que es un enamorado del patinaje. El fútbol no me ha dado nada especial, pero lo disfruto. Sobre todo lo que me apasiona es el juego, el acto de jugar, y ahora todo eso se ha derrumbado”.

Paco Uriz se confiesa poco ordenado. Incluso como traductor. “No resisto la comparación con Marina. Ella es metódica, lee el libro antes, lo subraya, lo analiza, y luego trabaja y apenas corrige nada. Yo voy traduciendo casi por intuición, poco a poco. Y luego corrijo y le doy sentido al conjunto”. Así, con calma y entusiasmo, con horas y horas y pasión por la poesía, por la palabra, en suma, ha traducido a más de 150 autores y varios miles de páginas.

XUAN BELLO: UN DIÁLOGO

XUAN BELLO: UN DIÁLOGO

[Xuan Bello es uno de los grandes escritores de Asturias. Un escritor universal que tiene en Paniceiros y en Asturias el epicentro de sus ficciones, el alimento de los sueños. Autor de numerosos libros de poesía, narrativa o ensayo, uno de los más conocidos es ‘Historia universal de Paniceiros’. Y ahora, con impecable traducción de José Luis Piquero, acaba de publicar en Xordica ‘La nieve y otros complementos circunstanciales’. Xuan, un tipo encantador y entrañable, un animal literario, responde así a unas cuantas cuestiones que quieren saber más de él y del libro. Un resumen de esta entrevista salió el lunes en ‘Heraldo de Aragón’. La foto está tomada de aquí: Sol Pau.http://micasaesmimundo.blogspot.com.es/2012/01/la-tentacion-del-silencio-de-xuan-bello.html]

 

“Quien no escribe por rebeldía no escribe para nadie”

 

 

 

 

-Empecemos a la manera cunqueiriana: ¿Qué está pasando ahora en Paniceiros? ¿Habrá pájaros cantando, se oirá el latido de los pinos o las lágrimas de la piedra no tan inerte?

En Paniceiros predomina el color blanco –lo sé porque un vecino ha colgado en el facebook una foto con este pie: “Ha nevado un poquito de nada”; el silencio, efectivamente, sólo lo rompe el graznido de las urracas, pero eso me lo imagino yo; de vez en cuando, el diamante del día lo rasga también la acatarrada tos de un tractor. Serán los del Sueiro, o los de Casa Santones, que van a recoger leña a algún bosque. En Paniceiros, como en todo el mundo, la vida se mueve y, como en cualquier otra parte, es fácil adivinar hacia adónde se mueve. La única diferencia es que allí, sucediendo lo mismo, las cosas suceden de otra manera. En la adolescencia yo leía La estación violeta de JRJ observando los delicados matices morados de los bosques en noviembre. ¿Le he dicho que hoy predomina el blanco? Sí, pero con el delicado color violeta de las ramas desnudas de los castaños. Busque cualquier cuadro de Anselm Kiefer y podrá verlo con cierta exactitud.

¿Qué le debes a Paniceiros, cómo defines, tanto tiempo después, esa región literaria, física y mental?
Decía Chesterton, con muy buen criterio, que un inglés era aquella persona que naciese donde naciese, en una ciudad civilizada o en las antípodas del mundo, siempre llevaba una aldea inglesa en el alma. Los asturianos, en esto, somos como en otras cosas --como en el sentido del humor-- algo británicos. Es evidente, a estas alturas de mi vida, que existe un Paniceiros real, comprobable, y otro literario; pero la vida y la literatura se mezclan comúnmente: París no sería París sin Paul Verlaine. París es distinto, por lo menos para mí, después de haber leído los Apuntes de París de Fernando Sanmartín. Yo he convertido, pues así lo he querido, a mi aldea natal en el centro del mundo. Allí se entrecruzan todos los caminos. ¿Qué le debo?

Eso te había preguntado, sí...

Todo. Para la portada de un libro de poemas mío, ‘Los nomes de la tierra’, dibujé muy torpemente una isla en cuyo centro estaba Paniceiros. No muy lejos, en aquella ficción tan verdadera, estaba la Roma y el Cartago de los libros. Hace ya casi veinte años de esto. Yo le he ido añadiendo barrios a Paniceiros: Nueva York, Braga, Roma, Barcelona, Madrid… Son ciudades por las que he pasado con mayor o menor intesidad; pero en mis libros no aparece la Nueva York de la postal, sino el Brooklyn de Whitman y el de Auster, el Manhattan de José María Conget; no aquella Braga donde viví un largo año, sino la que minuciosamente describe Altino do Tojal; y así todo. Colecciono identidades, y las sumo, sin renunciar a nada de lo que he sido. A mí me va bien.

¿En qué medida está en ‘La nieve...’ ese espacio?
En ‘La Nieve y otros complementos circunstanciales’ se habla aparentemente menos de Paniceiros que en otros libros míos puesto que los paisajes –recuerdo ahora Roma y Oporto—son más variados. Conocer de alguna manera es conquistar para el alma terranovas de la emoción; pero las nuevas tierras encontradas siempre las vemos desde una perspectiva distinta, local si quiere, patrimonio del individuo sin duda. Cesare Pavese decía que en todas las playas del mundo él veía la primera playa que vio en su infancia de secano; también veo yo así las ciudades, las personas: a poco que se rasque, Zaragoza, una gran urbe, es como Paniceiros, una pequeña aldea de dieciséis casas. No exagero: un día un historiador inglés me preguntó mi opinión sobre la Guerra Civil Española y yo le comenté lo que sabía, la memoria del consenso fundamentalmente, y me dijo que no entendía nada; pasé a contarle después, con cierto detalle, lo que durante la Guerra Civil había sucedido en Paniceiros y me contestó entusiasmado: “¡Ahora lo entiendo todo!”.

¿Qué le debe un escritor como tú a la geografía y a sus accidentes e incidentes: la tierra, los ríos, los bosques, la llegada del mal tiempo? ¿Cómo te influyen las estaciones? Lo digo a propósito de ‘Elogio del otoño’, de la nieve, y de tantos y tantos golpes de viento o de mar...
Decía Josep Pla, uno de mis maestros, que los seres humanos somos climatológicamente dialécticos. En Asturias, por ejemplo, el carácter de la gente cambia por algo tan simple como es nacer en la vega, entre las paredes del valle, o en lo alto, junto al cielo y divisando las cumbres de otros valles llenos de niebla. Yo nací en lo alto y la imagen de la amplitud del mundo acompaña mi mirada desde que veo. Siento curiosidad por el mundo aunque, está claro, no me he inventado eso de que el paisaje puede funcionar a veces, si se mira mucho y bien, como correlato anímico del escritor. Simplemente es una idea antigua que sigue funcionando. Vivo en el campo, actualmente en Caces, y aunque estoy a quince minutos escasos del centro de Oviedo veo discurrir una tras otra las estaciones. Veo como renace la vida tras su muerte. Eso tiene su importancia existencial: todo renace tras su muerte excepto nosotros. Esa idea desvela y revela.

¿Cómo defines ‘La nieve y otros complementos circunstanciales’? ¿Es un diario, el testimonio de las confidencias, el acta notarial de la incertidumbre de un escritor?
Es todo eso que dices, Antón; es todo eso. Un diario por que concibo la literatura como un borrador apresurado de los momentos escasos de intensidad que me toca vivir; testimonio de confidencias pues la literatura es confidencia apenas, palabras encendidas que se le dicen en voz baja a alguien, con los ojos un poco achispados, en son de amistad; ¿acta notarial de un escritor? Pues está bien dicho y lo que está bien dicho algo de razón ha de tener. Yo, amigo mío, soy un perplejo. He leído mucho sobre la condición humana, he vivido algo y sé de nuestras miserias. ¿Cómo no sorprenderme ante quien puede convocar, a pesar de ser tan mísero como es, la maravilla tantas veces? Anoto y callo. Ese es mi oficio.

 

Hay muchas historias íntimas, familiares. Por ejemplo evocas a tu abuelo, evocas los cuentos que te cuentan, los cuentos que te cuentas...

La memoria familiar, para mí, es tan importante como la memoria literaria. Las confundo a veces, la verdad; leyendo a Willian Shakespeare, por ejemplo su Lady Macbeth, recordé a una prima mía, de Paniceiros, a la que habían puesto de delegada en la escuela. Además, no hay que olvidarlo, el campesinado tiene una memoria prodigiosa. En los pueblos de Asturias todavía se asusta a los niños evocando a un tal Carixu como en otras partes se le dice Coco; pero resulta que Plubio Caro Carisio fue un general romano que ordenó, hace más de 2.000 años, lo que hoy llamaríamos una limpieza étnica. Escucho eso de “Va llevate Carixu” y sé que no nos limpiaron del todo.

¿En qué medida este es un libro que se alimenta de lecturas, de otros escritores?

Un poema siempre nace de otro poema. Una historia siempre se entrelaza con otra historia. A mí me gusta la literatura manchada de vida como me gusta la vida manchada de literatura (la frase feliz es de José Luis Piquero, un gran poeta que ha sido mi traductor al castellano en esta ocasión). La nieve y otros complementos circunstanciales es, muchas veces, una reflexión sobre las lecturas que iba haciendo o iba recordando. Si medito sobre la playa de Llucalcari, en Mallorca, donde fui tan feliz y estuve tan enamorado, ¿cómo no recordar cada accidente del alma de esa playa? Y entre los accidentes de esa alma, entre el cuerpo de la amada y el aliento del dios del mar, estaban salpicados de arena los versos de Robert Graves. ¿Aprender a leer la vida como se lee un libro? Bueno, en realidad en mi caso es justamente al revés. De todo aquello que te cuento, por cierto, lo único real que perdura son los poemas de Robert Graves. Ni el mar ni la amada de entonces –afortunadamente—están aquí conmigo; pero los versos, y mi viva con quien quiero, sí.

 

¿Qué te da la poesía, qué lugar ocupa en el diario y en tu trayectoria?

La poesía es el arte de reunir en unas pocas palabras toda la intensidad del mundo. La poesía –como narrador hablo y no como poeta—me lo ha dado todo, incluso procedimientos narrativos. Soy un lector devoto de poesía y a veces descorro el triple velo de la Diosa Blanca y escribo un poema, pero cada vez menos. Le debo más a Celso Emilio Ferreiro o a Francisco Quevedo que a Kafka o a Faulkner. Soy de natural tímido y me siento muy agusto en las fronteras. De no haber sido escritor me hubiese gustado ser contrabandista. De esos contrabandistas de vuestro Aragón que fornicaban a ambos lados de la raya.

 

¿Cuál es la importancia del viaje en tu escritura y en tu vida?
Decía Agustín de Hipona que sufrir en el presente no era demasiado importante; pero que haber sufrido en el pasado era lo mejor que le podía suceder a una persona. La misma relación la encuentro yo con el viaje: no importa tanto viajar como haber viajado. Viajar, por otro lado, siempre es una metáfora de la vida: sabemos nuestro destino pero nos demorarnos, todo lo que podemos, en el trayecto.

 

¿Cómo vives la relación entre vida y literatura?

La vida vivida y la vida escrita a la postre se acaban pareciendo. A la taberna de Tuña, en Tineo, llegó un día un mercader con un borrico cargado con unos pellejos de vino. Un borracho los vio a la puerta y, frotándose las manos, dijo: “¡Cuántas palabras nuevas han llegado hoy!”.

 

¿Son los libros, podrían serlo, la mejor patria del hombre, la más segura, la menos fanática?

En muchos aspectos sí. Patria más segura no, puesto que los libros tienen la vocación y la virtud de la incertidumbre; menos fanática sin duda: quien lee a otro se hace otro puesto que leer es igualarse.

 

¿Por qué escribes en asturiano?

A mí me gusta coleccionar identidades sin renunciar a ninguna anterior. Un coleccionista, ¿quemaría el cromo de Gento porque ha conseguido el de Villa? Pues no a no ser que sea tonto de remate. Escribo en asturiano y en castellano porque son mis lenguas y puedo y sé hacerlo. Todo me empujaba a no escribir en asturiano: pero yo leía y eso me acercó a la tentación de lo difícil y necesario. Quien no escribe por rebeldía no escribe para nadie

 

ADIÓS AL POETA IGNACIO CIORDIA

ADIÓS AL POETA IGNACIO CIORDIA

El pasado martes, tras la presentación de ‘El encantamiento’ de Alberto de Lacerda y ‘yo’ de Augusto dos Anjos, en Librería Antígona, Eloy Fernández Clemente me hizo una llamada. No me di cuenta. Me decía, hacia las 22.20 de la noche, que había fallecido el poeta José Ignacio Ciordia Bozal, nacido en Graus en 1930, autor de dos libros: ‘Cafarnaum’ y ‘Estuario’ y de algunos poemas sueltos, que recogió Ignacio Escuín Borao en su ‘Poesía completa’ en Larumbe, en 2009. Ciordia –a quien Pepe Melero llama hoy el ‘Bartleby’ del grupo del Niké- vino a Zaragoza en los años 50, frecuentó al grupo y estableció amistades locas y entrañables con Julio Antonio Gómez, con Joaquín Alcón, con los Labordeta.

Chispeante e ingenioso, conocido como ‘El Búho’, de vez en cuando iba dejando por aquí y por allá los gestos de su sabiduría, de sus curiosidades: Larrea, los hermanos Labordeta, Vicente Aleixandre, los expresionistas, quizá los poetas underground. Vivió peligrosamente y logró rehacer su existencia en el colegio Santo Tomás. Se instaló en una fonda en la calle Bretón y allí se convirtió en un personaje solitario: miraba el mundo desde la mesa de un bar de la calle Bretón, leía sus libros y la prensa, tomaba café con leche y de vez en cuando recibía visitas de distintos autores y amigos: Antonio Pérez Lasheras, Antonio Ibáñez, Miguel Ángel Ordovás, Ignacio Escuín. Hoy será incinerado.

Fue un poeta rebelde, iconoclasta, partidario de la tensión poética, de la experimentación, irreductible. Conocía muchos de los secretos del grupo, pero nunca tuvo demasiadas ganas de contarlo. Fue entrevistado por Antonio Pérez y Pepe Melero, por Ordovás, por Nacho Escuín, yo le dediqué una página en 1994 (hablamos en su café largo y tendido), con unas maravillosas fotos de Rogelio Allepuz,  dentro de un monográfico de ‘El periódico de Aragón’ dedicado al 25 aniversario de la muerte de Miguel Labordeta. Ha sido un solitario, un observador, acaso un escritor secreto. Y un testigo de palabras, de imágenes, de anécdotas, de bromas...

 

Enrique Cabezón le publicó el pasado verano, en una de sus páginas, este poema: ‘Incunable’. Lo tomó de ahí.

http://blogs.larioja.com/pequena/2012/06/28/%C2%ABincunable%C2%BB-un-poema-de-jose-ignacio-ciordia/

sombras mórbidas sobre desiertos aragoneses
libros escribimos inútiles para el hambre polvoriento
manjares y perfiles
derrotadas escuadras

claveles desamados si armoniosa perjura identidad
esclavitudes sin raíces
navegaciones lunares acaso de los muertos

los dolorosos labios barrocos inaudibles aún
ignorando las formas singulares mausoleos celestes
el Absoluto Diluido éter naciente

sería como huir al principio del miedo
nuestras almas ascienden
bárbaros sacrificados
con su rocioso llanto de aires extendidos
proximidades de tu historia desterrada

fosas únicas del pensamiento

ingravidez onírica

nunca

 

José Ignacio Ciordia, ‘Poesía completa’ (Larumbe, 2009).