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Antón Castro

Escritores

SEMPRÚN: NOTAS PARA UN RECUERDO

SEMPRÚN: NOTAS PARA UN RECUERDO

Ayer fallecía Jorge Semprún en París, a los 87 años.

Era un hombre cordial y elegante,

distante y ensimismado,

un hombre de muchas vidas públicas,

alguien que siempre se sintió un deportado,

un combatiente clandestino y un luchador.

Un europeísta por actitud vital.

Un europeísta por optimismo.

Un europeísta contra las sucesivas formas del odio.

Paradójico, rebelde, vivió muchas existencias y episodios

 que se han prestado al equívoco:

sobrevivió al nazismo, al comunismo

(su lugar de resistencia y de residencia durante años),

fue ministro de Cultura con Felipe González,

guionista de cine, compañero accidental de Sartre y Camus,

colaborador de ‘Ruedo Ibérico’,

amigo de Marguerite Duras y de Montand,

y fue, ante todo, un buen novelista, en francés y en español,

y un estremecedor memorialista en libros

como ‘El largo viaje’ o ‘La escritura o la vida’.

Fue un hombre de perfil atractivo, con misterio y encanto,

que amó a sus anchas y nunca hizo ostentación de ello.

Creó un ‘alter ego’: Federico Sánchez, el otro y el mismo,

el disidente íntimo y de los otros, el desvelado

que iba de aquí para allá en la clandestinidad

para decir, al viento o a los últimos camaradas:

“Aquí estoy. Aquí me quedo. Semprún ha vuelto”.

Jorge Semprún se queda para siempre en la memoria,

En los libros, en el temblor de la lucidez.

 

*Esta foto es de Daniel Mordzinski, el fotógrafo de los escritores.

EL ZARAGOZA: UNA HISTORIA DEL SIGLO XXI

Chema González, periodista y apasionado al fútbol y al cine (y a un firmamento de mujeres que empieza en Paula...) acaba de abrir un blog y, entre otros textos, firma este homenaje al Real Zaragoza.

 

Un equipo de fábula y buen juego: Cáceres, Poyet, Cedrún, Solana, Nayim y Xavi Aguado. Abajo: Esnáider, Higuera, Belsué, Aragón y Pardeza. Vencieron en París el 10 de mayo de 1995 al Arsenal.

 

 

Breve homenaje escrito a un Real Zaragoza, que no siempre caminó en el alambre. Estos días se cumplen 14 años de mi llegada a la ciudad del viento. Desde el principio me encantó la afabilidad de sus gentes y dejé un hueco en mi corazón futbolero para el color blanquiazul.

Nayim, 'el elegido', alza la Recopa. El suyo es uno de los goles del siglo XX: un trallazo al cielo en el último segundo casi que batió a Seaman. El hombre del mar.



Por Chema GONZÁLEZ

Una historia del siglo XXI

-Llorar por culpa del fútbol. Es lo último que me esperaba de ti. No es para tanto.

-¡Claro! Tú eres del Madrid y no sabes lo que es perder, perder de verdad. Y lo de hoy ha sido lo peor. Ni siquiera puedo imaginar a mi Zaragoza en Eibar o en El Ejido.

-Ya, pero sigo sin entender la llorera.

-Es igual, es inútil que te lo explique otra vez. Llegaré de madrugada con el autobús de la peña. Adiós.

Cuando Laura colgó el teléfono, supo que su novio nunca comprendería sus lágrimas. Ella no pudo estar en París y el único alegrón se lo había dado en La Cartuja un año antes. Sus padres le habían aconsejado que no fuera a Sevilla, que no merecía la pena porque el Celta iba a ganar de calle, pero no les hizo caso y acertó. Desde entonces, de derrota en derrota, pero no hasta la victoria final, sino hasta el desastre más grande, hasta aquella tarde de Villarreal. La vuelta fue una pesadilla. Los nombres de los campos de Segunda División, el examen que llevaba mal preparado por culpa del viaje, su novio y sus no sé cuántas Copas de Europa. Su cabeza no paraba de dar vueltas, pero al final siempre había un lugar confortable en el que pensar, París. Allí había estado su hermano mayor, que a la vuelta le contó con detalle lo ocurrido. Ella era una niña, le escuchaba con los ojos abiertos como platos, y le obligaba a contárselo una y otra vez. El ilusionante viaje de ida; el paseo por las calles y el encuentro en cada esquina con pequeños grupos de personas que portaban las mismas bufandas, las mismas banderas; el bocadillo bajo la Torre Eiffel; la llegada al estadio; el inmenso gol de Esnaider; el empate de los ingleses; la prórroga; y, claro, el gol de Nayim. Bueno, el gol, lo que se dice el gol, no pudo contárselo bien. Quedaba tan poco para el final que bajó al baño para ver los penaltis con más tranquilidad. Él siempre dice que nunca ha habido ni habrá un momento más placentero en un servicio que aquél en el que coincidieron el alivio físico y el sonido del gol en las gradas. Sin embargo, Laura sabe que eso es un recuerdo exagerado de su hermano y que, en realidad, se abrochó como pudo los pantalones y subió las escaleras hacia la grada con la enorme duda de qué equipo había marcado. Miles de gargantas habían gritado gol o goal y ni él ni nadie podía reconocer el origen. Por eso, su relato de aquel miércoles de mayo del año 1995 sufría un inexplicable corte. Él recordaba cada detalle desde que se subió al autobús cerca de la Chimenea hasta su apurado ascenso al graderío mientras miles de personas abrazaban y amaban a Nayim. Pero a partir de ahí, aparecía la niebla. No sabe si fue por el cansancio acumulado, por el estado de calma que sigue a un momento de gran excitación o por la tristeza de haberse perdido el gran instante de la noche y, quizás, de su vida. Sus recuerdos se apagaban con Seaman tumbado en aquella extraña pose de probador de colchones. París.

Laura desoyó, otra vez, los consejos y acompañó al equipo a Soria, Terrassa,  Leganés. El resto, por la radio. Y los de casa, en su localidad de siempre y más aburrida que otros años. Los rivales, cuyos nombres le eran desconocidos, se metían atrás y a verlas venir. Era una competición a escondidas, sin focos, ni luces. Por eso, tampoco celebró demasiado el ascenso, le daba apuro. La vuelta a Primera no había sido fácil y el retorno estaba lleno de dificultades. Había momentos en los que el precipicio andaba  muy cerca, pero algo sucedió que cambió las cosas. Hoy lo recuerda con cariño, pero aquel miércoles se sintió mal por ser tan pesimista, por creer que los galácticos les iban a golear. Montjuic estaba precioso, cada afición ocupaba una mitad del imponente estadio, pero ella recuerda que se oían mucho más los gritos de los zaragocistas. Nunca se había arrepentido de dejar a aquel novio que tuvo, nunca hasta el gol de Galletti. Hubiera estado bien reírse de él, después de sus intentos para que adoptara al Madrid como segundo equipo. Y no, ella no le tenía manía a los merengues ni a los culés, pero en su corazón sólo cabían el blanco y el azul. Aquella noche de marzo, como le había ocurrido dos años antes, muchas ideas se agolparon en su cabeza. Cómo sería el recibimiento en la ciudad, quiénes serían los rivales en Europa y, en el último momento, siempre París.

Laura ya ha terminadola carrera. Ya no lleva la carpeta decorada con las fotos de Higuera o de Poyet. Ha aprendido que los futbolistas no se mueven por los colores, sino por el dinero. Y lo entiende, que para eso ha estudiado las leyes del mercado. Las derrotas le duelen, pero ahora es distinto porque las reviste de un barniz racional, que en el fondo le fastidia. En ocasiones, recuerda con nostalgia alguna lágrima furtiva, que le dejó sin postre en la cena. Esto no significa que no sufra y si no, había que verla después de la final de Copa con el Espanyol o tras los dos últimos fracasos europeos. Simplemente, lleva puesta una coraza, que le permite no mostrarse del todo, no enseñar más de lo que ella quiere enseñar. 

Ya no es la niña que no pudo ir al Parque de los Príncipes, ni la chica que lloró con amargura en Villarreal, pero cuando está sola en su recién alquilado apartamento suele abrir su álbum de fotos. Ahí está su abuelo, que le contaba historias del viejo Torrero y del mejor jugador que vistió la camiseta blanquilla, Lapetra. Su padre, que la llevó siempre a La Romareda y que un día consiguió que Juan Señor posara con ella en brazos. En el fondo, él hubiera querido estar en el lugar de ella y, si no en brazos, por lo menos al lado. Las de su año de Erasmus en Edimburgo, donde se llevó la camiseta avispa. Recuerda que algunos escoceses cuando se enteraban de que era de Zaragoza, le decían: “¡Nayim!, ¡París!”. Y eso que ya habían pasado algunos años. ¿Cuándo viviría ella su París? Sí, Montjuic fue mágico, pero Laura soñaba con una noche europea, con su noche europea. Había oído contar que el equipo de Los Magníficos tuvo que volver al campo y saludar a la afición del Leeds, que no se fue hasta que eso ocurrió; que Señor le marcó varios goles de penalti a la Roma en una eliminatoria gloriosa; que nunca hubo tantos aragoneses juntos fuera de España como en la final de la Recopa. Historias de su abuelo, de su padre, de su hermano. Ella quiere la suya, una que empiece así: “Érase una vez…”.

 

POEMAS DE EDUARDO MARTÍNEZ CARNICER DE 'HOJAS DE NIEBLA'

El pasado sábado, en la Feria del Libro de Huesca, se presentaba una nueva entrega de los pliegos de poesía que edita el Instituto de Estudios Altoaragoneses y la Diputación de Huesca en colaboración con Aveletra: ‘Hojas de niebla’ de Eduardo Martínez Carnicer; el pliego está ilustrado por su hermana Pilar Martínez Carnicer, que lleva algún tiempo trabajando sobre un proyecto denominado ‘Domus’, donde se mezcla la casa, la silla, el paisaje, la intimidad, y que ahora expone en Barbastro. Eduardo me envía estos dos poemas:

 

                                                                                 

DOS POEMAS

 

Por Eduardo MARTÍNEZ CARNICER

 

 

Escribo en fuera de juego

Porque leer es un oficio extraño

Escribo cuando oigo desafinar a la orquesta

Lejos del mar, de las modas, en tiempos prosaicos

Escribo los días de insomnio, las noches lúcidas

Escribo de lluvia, de pájaros, de tristeza

Escribo los sábados cuando cierran los estancos

Escribo si veo a la estanquera exhalar humo

Escribo bajo los puentes los días nublados

Miro en los contenedores la luz de la basura

Robo versos a las cajeras que me ofrecen comida

Escribo convencido de la fugacidad de las palabras

Escribo inerte y me oigo palpitar

Escribo cuando el mundo se disfraza de amarillo.

 

  

 

SU DINERO, GRACIAS

Les sienta mal el cajero

A los pobres

A las prisas

¿A los poetas?

Cuando tecleas el pin

La cámara te vigila

Flotas como un astronauta

Desconfías del pestillo

Los segundos se alargan

Espere, por favor

No olvide su tarjeta

No olvide su dinero

Vuelva cuando quiera

Deseas arrugar los billetes

Te apetece contestarle al cajero

Dejar tu voz donde duermen los mendigos.

 

 

*Las fotos son de Julia Klem.

POESÍA Y PRESENTACIÓN EN HUESCA

Día de la Poesía en la Feria del Libro de Huesca

-Hoy, sábado, 4, a partir de las siete de la tarde

19 horas  Presentación de Hojas de niebla, de Eduardo Martínez Carnicer (imagen de Pilar Martínez Carnicer). Colección "Pliegos Literarios Altoaragoneses", n.º 45.con Antón Castro.  I.E.A y Aveletra.

19.30   Presentación de ‘El paseo en bicicleta’ (Olifante)  de Antón Castro con José Domingo Dueñas y Elba Mairal

20 horas Recital presentación:--Lengua de mapa, de Almudena Vidorreta--Que caiga el favorito, de Ramiro Gairín. También interviene Fernando Sanmartín,  poeta y director de la colección “La Gruta de las palabras” de Prensas Universitarias.

 

Firman

    Jesús Castiella

    Óscar Senar

    Francisco Ferrer Lerín

    Antón Castro

    Ana Alcolea

    Begoña Oro

    Eduardo Martínez Carnicer

    Almudena Vidorreta

    Ramiro Gairín

    Fernando Sanmartín

    Joaquín Sánchez Vallés

 

*Esta foto se llama 'La bicicleta muerta' y la firma Max. Está realizada en Fagernes, Nord Aurdal, Norway. Y la he tomado del blog La Elipa de wordpress.

 

HOY FIRMO EN LA FERIA DEL LIBRO

HOY FIRMO EN LA FERIA DEL LIBRO

Esta tarde, a partir de las seis y media o siete menos cuarto de la tarde, firmaré ejemplares de ‘El paseo en bicicleta’ (Olifante), uno de mis libros más especiales donde hablo de la sensación de montar en bicicleta, de mis recuerdos en Galicia, de la primera noche de pánico, de cine, de amor, de Garrapinillos y del Canal Imperial, Zaragoza, un libro en el que también interpelo a personajes como Nico, Laurent Fignon, Pierre y Marie Curie, Horacio Quiroga, la fotógrafa Miss Aniela, Alberto Contador o el escultor y profesor de digujo Ramón Acín. Mañana sábado, por la tarde, en compañía de Elba Mairal y José Domingo Dueñas lo presentaré en la Feria de Huesca; antes de mi presentación, intervendré en la puesta de largo de una plaquette de Eduardo Martínez Carnicer.

 

*La foto es una cortesía de Elías Moro.

ÁNGELA ABÓS, NOVELISTA DE LA MEMORIA

ÁNGELA ABÓS, NOVELISTA DE LA MEMORIA

 

De niña a mujer en la España de luto

 

[Ángela Abós publica la novela ‘Artículo determinado’ (Mira), el relato de una vida que tiene mucho que ver con su propia autobiografía y con el aprendizaje sentimental]

 

 

Ángela Abós escribe desde hace muchos años: poesía, textos sobre la copla andaluza y el corrido mexicano, notas más o menos autobiográficas emparentadas con la gastronomía y la memoria, y ha redactado a lo largo del tiempo algo así como la novela de su vida: una novela crónica, una novela de contexto, la novela de una existencia que tiene mucho que ver con la suya y con la de muchos españoles que conocieron la esperanza de la II República, el estupor de la Guerra Civil y las sombras de aquella contienda, que se extendió en el tiempo de todos como un estorbo continuo, como una pesadilla o como un espectro que reaparecía cuando menos te lo esperaba. Esa novela se titula ‘Artículo determinado’ (Mira editores. Zaragoza, 2011. 190 páginas) y es la historia de “una superviviente de numerosas batallas íntimas pero también de abundantes vivencias producidas en sus espacios exteriores, siempre tan presentes”.

Ángela Abós es una mujer con un exuberante bagaje personal: madre feliz de muchos hijos, casi una madre coraje, licenciada en Filología Romana, catedrática de Instituto, exconsejera de Cultura, presidenta del Consejo Social de Aragón, y es, ante todo, una mujer en el camino. Una criatura amorosa que atesora una sensibilidad muy especial y una inclinación casi vehemente hacia la literatura, hacia la poesía en particular, y en un sentido más amplio hacia el mundo de las ideas y de la cultura.

Todo esto está presente una novela medida en todos sus términos que cuenta la vida de Laura Labastida, hija de Aurora y Juan. Aurora es una mujer apasionada, rebelde e inclinada hacia el conocimiento y los desheredados de la tierra; Juan es un minero que llega y que pronto se vinculará a la Falange. Entre ambos hay un evidente desencuentro, salvado por un amor tranquilo, más bien, por los convencionalismos y por el afán de entenderse más allá de los puñales del odio. Y en medio de eso, y del clima de angustia e impunidad que ha instalado Franco y los vencedores (la página 77: una ejecución sumaria nada improbable), crece Laura.

Crece, empieza a atisbar qué sucede en su entorno, descubre las paradojas de aquella España que había conocido el éxodo hacia Francia –esos son los ‘puntos de fuga’- y que parecía vivir un poco a la desesperada, con las palabras justas y el miedo oceánico. Laura vive historias espeluznantes, asiste a la atmósfera irrespirable de las dos España, descubre los fogonazos del amor, se muda de un núcleo rural más bien angosto a una ciudad que podría ser Jaca. Y poco a poco, se adentra en la juventud ya en Salamanca, que significará para ella una auténtica explosión de vitalidad, de lecturas, de escritores, de paisajes, de personajes lejanos pero tan presentes en Salamanca, adonde se traslada a estudiar, como María Zambrano, Miguel de Unamuno, pero también Dionisio Ridruejo, Laín Entralgo o Tovar.

La novela consta de ocho capítulos: reconstruye, con algún desequilibrio en el número de páginas, la infancia, la adolescencia, la juventud y la madurez de Laura, que culmina en la actualidad con una mirada ante el espejo, aunque también ofrece una mirada sobre el golpe de Estado del 23 de febrero. La novela está llena de peripecias, de personajes, de historias simbólicas, de dolor, y a la vez es la aventura sentimental de alguien que se atreve a desafiar el maleficio del país. ‘Artículo determinado’ es una novela con buenos diálogos, con calas gastronómicas, con una percepción especial de la naturaleza y es, ante todo, un libro que resume medio siglo de vida española, preñada de contradicciones, al fin y al cabo, es una novela sobre la dolorosa “síntesis de contrarios” de este país de todos los demonios.

 

‘Artículo determinado’. Ángela Abós. Mira editores: Colección Sueños de Tinta. Zaragoza, 2011.190 páginas. [El libro se presentaba el pasado martes en el Instituto Goya con la presencia de la autora, el editor Joaquín Casanova, José Antonio, el director, Túa Blesa, catedrático de Literatura, y Antón Castro] La foto es de Capa.

'EL BOXEADOR Y EL LEÓN' DE CARDIEL

'EL BOXEADOR Y EL LEÓN' DE CARDIEL

[Antonio Cardiel está escribiendo un libro sobre boxeo. Es una historia fantástica, que participa del periodismo, de la pesquisa, de la literatura; en el volumen hay un cruce de caminos donde la realidad y la ficción se mezclan. La realidad es más inverosímil que la ficción. Aquí, en cierto modo, puede verse un ejemplo de  este relato donde Cardiel sigue los pasos del gran Lenda.]                                            

 

EL BOXEADOR Y EL LEÓN

 

Por Antonio CARDIEL

 

 

De nuevo en marcha por el barrio de Sants hasta la esquina de Vallespir con Bethencour, donde me habían asegurado que estaba el comercio de coches de Vicenç Febrer, el boxeador del león. Pregunto en un bar y el camarero me manda a una bodega, Celler de Gelida, en la misma calle Vallespir, que dice que es propiedad de la hija de Febrer. También me dice que el león de Febrer no tenía dientes ni garras, ya que se habían visto obligados a arrancárselos, lo que quizá pueda explicar la desenvoltura con la que su dueño se introducía en su jaula. ¿Y qué comía este león sin dentadura?

Más arriba, en la calle Vallespir, 65, efectivamente encuentro la bodega que me han indicado. El señor Toni Falgueras, que es su dueño y marido de la hija de Febrer, me recibe, como siempre hace todo el mundo, amablemente. Reconoce a su suegro en las fotos que le muestro, con el león, en celebraciones de ex boxeadores, pero no sabe nada de Lenda. Pero a pesar de lo infructuoso del intento me entero de que Febrer murió hace ya unos veinte años. Salió un día con un amigo a navegar, pues era propietario de un pequeño barco amarrado al puerto de Barcelona. Se sabe que se tumbó, como siempre hacía, a tomar el sol en su barca hasta que cayó al mar. Era un buen nadador, por lo que la familia sostiene que debió sufrir un ataque al corazón o algún desfallecimiento antes de morir ahogado.

Esta foto del álbum de Lenda nos muestra a Febrer con su león, Vicentet, y unas bombonas de práctica de submarinismo. Eso explica el bañador que viste el boxeador, incluso el cuchillo que lleva ceñido en su pierna izquierda. Es una foto curiosa, resumen de las aficiones de Febrer, por un lado, su pasión por el mar y los deportes náuticos, por otro, su león de la tienda. Además, la foto está dedicada por Febrer: “Al gran Lenda campeón de todos los tiempos.”

Se da la circunstancia de que en la Inglaterra de finales del siglo XVIII y principios del XIX, los grandes boxeadores solían asociarse a la figura del león, y muchos de ellos están enterrados en panteones que tienen esculturas que representan a este felino. Es por eso que le pregunto al señor Falgueras el origen de la afición de su suegro, y me responde que era un amante de los animales, ya desde su infancia, pues su familia era propietaria de una vaquería en esta misma calle, Vallespir. Que tuvo caballos, chimpancés, cocodrilos y todo tipo de animales exóticos, y que a Vicentet, su león, se lo trajo de África, adonde fue a pelear en cierta ocasión, cuando era todavía un cachorro. Que era tal su unión con el animal que hasta llegó a practicar el esquí acuático con él sosteniéndolo entre sus brazos, cosa realmente extraordinaria, ya por más vueltas que le doy no logro imaginar la escena. Que en cierta ocasión, para San Antonio, se lo llevó metido en una jaula, y sobre un carro, a la romería del barrio, para sorpresa del público en general que acudía con sus perros y gatos. Que lo tuvo muchos años en el escaparate de su tienda de venta de automóviles, motos, bicicletas y electrodomésticos hasta que las quejas de los vecinos, molestos por los rugidos nocturnos de Vicentet, le obligaron a llevárselo cada noche hasta el cuarto piso subterráneo de un garaje que había en la Avenida Infanta Carlota, ahora Tarradellas, donde molestaba menos. Para tal fin, lo metían en su jaula y esta en un camión que estacionaban en el garaje, en donde sus rugidos debían pasar desapercibidos. Finalmente, cuando fue nombrado concejal, donó su mascota al parque zoológico, aunque solía visitarlo de tanto en tanto. El señor Falgueras me dice que en la tumba de su suegro no hay ninguna simbología relacionada con el león, cosa que hubiera sido magnífica, un retrato de su Vicentet que lo relacionara con aquellos campeones y aristócratas ingleses de hace doscientos años.

 

ROSENDO TELLO REGRESA A LA POESÍA

[El Premio de las Letras Aragonesas, que acaba de cumplir 80 años, publica un nuevo poemario en Prames: ‘El regreso a la fuente’]

 

Hacía algunos años que Rosendo Tello (Letux, Zaragoza, 1931) no publicaba poesía. Recogió su lírica completa en ‘El vigilante y su fábula’ (Prames, 2005), que ya llevaba el marbete que lo acreditaba como Premio de Las Letras Aragonesas de 2005, y en 2008 apareció el primer volumen de sus memorias: ‘Naturaleza y poesía’ (Prames), centrado en su inicial deslumbramiento ante el paisaje, la música, la lírica y el presagio feliz de algunos cuerpos femeninos, rotundamente hermosos: “Una mujer desnuda entre mis brazos”, una imagen en la que sigue insistiendo. Luego Rosendo tuvo un infarto y le han quedado algunas secuelas que le han afectado al habla, sobretodo. De ahí que, recuperado en todas sus facultades salvo en esa, tan determinante para él, elocuente, fabulador y barroco, apenas le hayamos visto. Rosendo Tello pasea a diario, queda con algunos amigos, conversa con Maribel, que siempre ha sido su musa y su ángel tutelar, lee y escribe.

Estos días, coincidiendo con la feria, acaba de aparecer un nuevo poemario: ‘El regreso a la fuente’ (Prames, 2011. 62 páginas), que es un libro inequívocamente de Rosendo Tello. Un libro que se sitúa en un territorio mágico y simbólico, ese país del alma gobernado por la luz lunar y el destello del sol, presidido por la memoria y la melancolía, la presencia de la música y los ruiseñores (más del alba aquí que de la noche), la búsqueda del edén, el temor a la desaparición o el diálogo encorajinado con la muerte. Un libro que resume muchas de las virtudes del poeta: la elección de un lenguaje pulcro y rico, la creación de una trama que se desarrolla en un espacio mental de fulgor onírico, el sentido del ritmo y una inclinación incesante a la belleza. Rosendo Tello es un poeta que atiende a la pureza del decir: en la construcción de la metáfora, en el uso de los vocablos, en el nudo alquímico de los términos de cada verso.

Este libro es un compendio de muchas cosas. Incluso de la enfermedad. Incluso de la incertidumbre, del desconcierto de existir contra las ruinas del cuerpo. Y es un poemario donde Rosendo Tello –lector apasionado de Paco Brines, de Juan Gil-Albert o de Luis Cernuda, entre otros- también reflexiona sobre el lenguaje y la lengua misma en un poema portical. Dice: “Mil lenguas no podrían expresar el enigma / del sueño del amor o del sentido del sueño. / Tratando con las cosas no acierto a darles nombre, / deseando me pierdo en un mar de arrecifes; / así que toda lengua me lleva a un territorio / inexplorado aún, donde sólo es real / el silencio que mentan el olvido y la muerte”. Tres asuntos evidentes aquí: el lenguaje es insuficiente, considera el escritor, y la doble asechanza del olvido y de la muerte. Y por extensión, Tello también medita, cuando menos alegóricamente, de la lengua que ha perdido, o que se ha desposeído de la nitidez de antaño como consecuencia de la dolencia inesperada.

A partir de ahí, el libro se organiza en cuatro secciones, que parten de cierto pesimismo, del dolor de vivir. En la primera parte, Rosendo habla de la condición del extranjero del hombre en su propia vida, extraño de sí y extraño en todo, del pálpito de la sombra, de la vejez y de esa terrible desaparición del futuro. Los poemas de esta parte se titulan ‘Lejanías’, ‘Rosas negras’, ‘Desparecer’, ‘El final de una época’, ‘El ruiseñor que calla’, que vendría a ser por extensión el propio poeta, o ‘Tiempo vacío’, un poema clave en el conjunto. Títulos que son casi estados de ánimo. Anota: “El lugar que resiste es el más frío; / cae la noche lentamente en él / y lloran los fantasmas que habitaban / los desvanes del cielo”.

Este estado de desánimo y amargura persisten en la segunda parte del libro, aunque ahora está teñido de una búsqueda que se mezcla con la añoranza. En la tercera parte ya se percibe un camino hacia la luz y la esperanza, con algunos poemas de evocación y de exaltación del mundo, como ‘Magia’, que contiene muchos elementos de la poética de Rosendo Tello: la música que salta, las flores del jardín, el piano que suena en la noche temblorosa, la oscilación del corazón del mar. La última parte culmina la travesía hacia una plenitud que integra a todos, “habladores; todos, fabuladores, /animales y cosas y hombres, de mirar extasiados, / (…) El tiempo que ahora llega y resplandece / en esta palpitante y serena plenitud”.

La Feria del Libro de Zaragoza nos trae otra excelente noticia: Rosendo Tello, que cumplió 80 años en enero, sigue en plena forma: en la gran forma de la poesía, escrita con emoción, verdad y latido de hermosura. Él retorna al manantial de la inspiración y del verbo.