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Antón Castro

Escritores

MICROCUENTOS DE JESÚS ESNAOLA

MICROCUENTOS DE JESÚS ESNAOLA

MICRORRELATOS DE JESÚS ESNAOLA

 

 

El hatillo

Aquella misma noche, tras escuchar la decisión de Marta, subí a la azotea de casa con el fusil de precisión que usaba cuando iba de caza mayor. Saqué los prismáticos y miré con ellos alrededor de todo el edificio, intentando descifrar cuál sería la ruta más probable.
Hasta el amanecer no las oí acercarse. Venían dos juntas. Aguardé a que se separaran. Todo se complicaría mucho si no lo hacían. Tras unos segundos de tensión, una de ellas viró hacia el sur mientras que la otra siguió directa hacia mí. Cargué el fusil. Coloqué la rodilla derecha en el suelo y encajé bien la culata en mi hombro. Un disparo. Tal vez no me diera tiempo de hacer dos.

Apareció su cabeza en la mira telescópica. Contuve la respiración y mi dedo índice apretó suave el gatillo. La cabeza de la cigüeña reventó y el hatillo que llevaba en el pico con mi hijo, con nuestro hijo dentro, se precipitó al vacío. Cuando estaba a mitad de camino del suelo, desapareció como la pólvora de un fuego artificial pero sin luz, sin ruido.

Paréntesis  

Este es un hombre. Pasa por una esquina y la mujer de la esquina le dice (vive). El hombre se pone a vivir, como recién salido del útero materno. El hombre sigue yendo por la esquina y la mujer le sigue diciendo. Le dice (ama), le dice (perdona), le dice (odia), le dice (olvida). El hombre ama, perdona, odia y olvida. Es feliz.
Un día la mujer dice (muere) y después añade un día, una hora, un lugar.
Hoy es el día, el hombre está en el lugar, casi es la hora (espera).

 

Estampa

Seguro que a vosotros se os ocurren un montón de motivos por los que un hombre puede decidir saltar desde la azotea de un edificio de cristal de cuarenta plantas. No os aburriré con eso.
Lo que me importa es que salta, que comienza un vuelo desgarbado, picado con la vida, convertido en una lágrima de carne y hueso que recorre la fachada del edificio.

Lo que me asombra es el público expectante que aguarda el desenlace, no por conocido menos hipnótico, señalando la trayectoria con el dedo para que ni los más miopes se pierdan el descenso.

Lo que me sorprende es que el suicida desaparezca a la altura de la ausente planta trece, residuo supersticioso del dueño del monstruo de cristal.

Lo que me aturde es el sentimiento general de decepción.

 

Grietas

El abuelo ya no habla. Ni siquiera responde a todos los recuerdos que le hemos devuelto con mimo. Se le ha quedado la mirada clavada, hacia dentro. Sólo su corazón nos recuerda que está vivo, bum-bum, inundando con sus latidos toda la casa, bum-bum, hinchando y desinflando las estancias, las paredes llenas de crujidos.

Los vecinos han comenzado a quejarse de lo vivo que está el abuelo.

 

Familia tradicional

Miren se despierta en mitad de la noche. Siente vacía la otra mitad de la cama. Se incorpora y se sienta en el lateral, las manos frotándose la cara. Alza la cabeza, escuchando, y le llegan el rumor de la teletienda y los ronquidos de Peio que se ha vuelto a quedar dormido en la sala, con el televisor encendido. Rebusca a oscuras en la mesilla hasta encontrar un pitillo suelto y un mechero. Se pone en pie, despacio, y camina con cuidado, evitando los listones de madera que crujen. Entra en el baño, cierra la puerta tras de sí y abre la ventanita que da al patio. Le tiemblan las manos cuando intenta encender el cigarrillo. Da una profunda calada y exhala el humo hacia el patio, espantando moscas después para que el humo no se cuele dentro a delatarla. Entonces oye un gemido, casi inaudible para unos oídos que no sean los de una madre. Otro. Tira el pitillo por la ventana y va a abrir la puerta del baño cuando Jon empieza a llorar. No cariño no llores, por favor, y los gritos son de Jon pero Miren pone las lágrimas, agarrada al pomo de la puerta del baño, sin saber si salir a callar al pequeño o hacer caso a sus piernas y quedarse sentada en el suelo, no llores cariño, vas a despertar a papá.

 

Drama urbano (en tres partes)

Soy insignificante. Como un campo de fuerza que ocupa un espacio físico, pero en quien nadie repara. Una presencia transparente que sólo es lo que, cada vez, tengo detrás. Un rostro irreconocible. Un mudo entre sordos. Un extraño entre amigos.

 
Soy insignificante.

Sólo en el bar de Antonio me siento alguien. Me acodo en la barra y le digo, eh Antonio, pon lo de siempre. Antonio me señala con el índice de su derecha y sin dudar, sin preguntar, me sirve lo que le da la gana. Como cada día.

 
Nota del autor: Este breve texto, acaso fragmento de algo más largo, fue recuperado del disco duro de… vaya, queridos lectores, disculpadme pero, en este momento, soy incapaz de recordarlo.

 

 

Laberintos

Las aceras embaldosadas con líneas rectas paralelas a la calzada me llevan rápido de esquina a esquina. Las que trazan diagonales me invitan a parar en cada escaparate. Las que dibujan ondas, como en Las Ramblas, convierten mi devenir en un solo de Charlie Parker.

 

*Le he pedido a Jesús Esnaola una pequeña selección de sus microrrelatos (ver el link al lado) y ha tenido la amabilidad de enviarme estos. Las fotos son de Arnold Genthe; salvo la primera, ese espléndido, también, retrato de Dorothy Lamour.

AVEDON: ASÍ VIO A ISAK DINESEN

Anoche, tras el debate en torno al zaragocismo en Aragón Radio, fui a casa de Daniel y Aloma. Daniel se había ido a correr, y Pipi estudiaba ante el ordenador los secretos de la danza haka; en casa de Aloma, que se había ido a un café a orillas del Ebro y a un cumpleaños, estaba David, que acaba de colgar un montón de estupendas fotografías.

 

Vi en unas de las estanterías de Aloma un precioso libro de Richard Avedon, uno de los más grandes fotógrafos del siglo XX. Tomé el catálogo, lo repasé. Y esta mañana, casi por puro azar, me reencuentro con esta maravillosa foto de mi adorada Isak Dinesen. Uno de los primeros textos que publiqué en Aragón, en ‘El día de Aragón’, fue sobre ella, Karen Blixen. Ha escrito algunos de mis libros más queridos: ‘Cuentos de invierno’, ‘Anécdotas del destino’ y ‘Lejos de África’.

 

Traigo al blog esta estupenda foto de Richard Avedon (1923-2004).

LIBROS DEL LINCE: CARTA DE ENRIQUE MURILLO

Andy Oram y Juan Pablo Silvestre con Enrique Murillo, de negro, azul y amarillo. Enrique es escritor, traductor y editor de Libros del Lince.

 

Queridos amigos:

Inicio hoy con este envío una carta sin periodicidad fija en la que, si me lo permitís, os contaré algunas de las cosas que hacemos en Los libros del lince.

Foto de Tim Krabbé, tomada por Koos Breukel.

Gracias a todos los que nos habéis ayudado a convertir la novela de Tim Krabbé “El ciclista” en un inesperado éxito de crítica y de ventas. Esta semana sale de imprenta la tercera edición, para pasmo del propio editor, que si bien confiaba en este libro no esperaba que las cosas ocurrieran tan rápidamente.

 

Lo mismo ha ocurrido con “Lo que hay que tragar”, la minienciclopedia sobre temas de alimentación y globalización, de Gustavo Duch, que anda también por la 3ª edición.

 

Para una editorial tan pequeña como la nuestra, y en momentos en los que la crisis comienza a afectar directamente el mundo de los libros, parece casi una hazaña. Como mínimo, nos ayudará a sobrevivir en tiempos de grandes devoluciones.

 

Ha sido magnífico también ver las reseñas de “Paz”,  la novela de Richard Bausch publicada en la colección “Literaturas”. Han tardado en aparecer, pero finalmente ahí están, y son unánimemente elogiosas. ¡Se agradece!

 

Y permitidme una recomendación:

entrad en youtube/user/loslibrosdellince y ved y escuchad el relato de Raj Patel sobre su libro CUANDO NADA VALE NADA.

Es una producción organizada por la editora norteamericana del libro (Francis Coady, vieja amiga y descubridora de Naomi Klein, y ahora de Patel), a la que hemos añadido subtítulos en español. En pocas palabras, quien quiera saber por qué padecemos esta gravísima crisis económica, que pregunte al simpático Mr. Greenspan y otros chicos de Chicago.  Por cierto, el título de Patel se basa en una frase de Oscar Wilde: “Conocemos el precio de todas las cosas, y no conocemos el valor de ninguna.” Que a todos los lectores de Antonio Machado les recordará aquella frase suya de “Campos de Castilla”: Solo el necio confunde valor y precio.

De eso trata el magnífico ensayo de Raj Patel, del que muchos recordaréis el seminal “Obesos y famélicos”, que inauguró los estudios sobre agricultura y alimentación en el mundo globalizado

 

Y ahora os hablo de un libro que entra en imprenta en pleno agosto y saldrá a librerías a comienzos de septiembre.  Como sabéis muchos de vosotros, he sido y aún soy periodista, y eso se lleva en la sangre incluso cuando se deja de ejercer. Como editor que no ha dejado nunca de ser periodista, suelo fijarme en ciertos libros que otros colegas ignoran, pero que a mí me llaman la atención, como un buen titular.

 

Por eso leí y contraté el libro de Terry Gould que nos habla del “peligroso oficio de informar”. Gould, periodista especializado en mafias y corrupción,  investigó durante cuatro años, en los lugares en donde transcurrían sus vidas, las historias de siete periodistas que fueron asesinados por el solo hecho de publicar informaciones que molestaban a alguien.

MATAR A UN PERIODISTA. EL PELIGROSO OFICIO DE INFORMAR, es un libro estremecedor.

 A veces recuerda aquel relato brillante de Hemingway joven, “Los asesinos”, en donde un hombre no huye a pesar de que sabe que alguien intenta matarle.

Los periodistas cuya vida y obra cuenta Gould con riquísimo detalle y gran fuerza narrativa, no se arrugaron, no cedieron al chantaje, no se ocultaron siquiera, renunciaron a veces al guardaespaldas. Y, sobre todo, siguieron investigando y siguieron publicando informaciones que delataban a los mafiosos, los corruptos, los gángsters y los políticos. La más conocida es, naturalmente, Anna Politkovskaya. En el libro conocemos, además, a otros dos periodistas rusos, una periodista de Filipinas, y otros de Colombia, Bangla Desh e Irak.

 

Gould  no cuenta vidas de santos. Habla de la vida y del trabajo de estos siete periodistas de todo el mundo sin tratar nunca de ocultar defectos. Y además de reconstruir sus vidas y su actividad profesional, a través de testimonios directos a los que visitó en donde estos informadores vivían, cuenta esas historias que alguien decidió que era mejor (para él, no para el mundo) que no se contaran.

 

Terry Gould viajará a nuestro país y visitará Madrid y Barcelona durante una semana a partir del 12 de septiembre.

 

Si alguien desea un ejemplar para escribir una reseña o preparar una entrevista, puede enviarme un mail a: enrique.murillo@loslibrosdellince.com

 

 

Enrique Murillo

editor

Los libros del lince

www.loslibrosdellince.com

 

MAYUSTA: POEMA CON AMOR Y COCHE

 

 

 

MI DESCAPOTABLE DE JUGUETE

 

De niño quería un gran descapotable blanco.

Soñaba con él, tal vez lo había visto

en alguna película lejana.

Y sólo en sueños pude conducirlo.

Luego fui un aturdido adolescente;

las horas pasaban tan lentas que a veces

se paraba el reloj del tiempo en la impotencia.

Durante algunos años, fui a un colegio de curas:

recuerdo largas tardes, interminables estudios sin retorno,

sopapos y rosarios,

escapadas al váter del patio en los recreos

donde, a oscuras, descubrimos el sexo,

pobre placer de frutos inmaduros.

Y el olor rancio de la soledad

en el amanecer sobre el colchón mojado.

Hasta que un día decidí de pronto

que ya era casi un hombre y todo un bachiller.

Después, la rebeldía,

mi querido París donde se abrió la vida,

los besos y los senos de mujeres soñadas,

las orillas del Sena llevándose la mugre

acumulada en años de tinieblas.

Era la libertad de vivir sin permiso.

Y en ese punto justo o no pude o no supe

hacer, sencillamente, mi gran revolución

y me hicieron discípulo del convencionalismo.

Visto correctamente,conduzco un coche nuevo,

tengo una casa grande, buena calefacción,

viajo y amo a mujeres que tal vez también me aman...

Mas cuando por la noche llego tarde a mi casa,

solo en mi habitación, en la suave penumbra

aún me siento al volante de aquel descapotable

en el limpio y hermoso ensueño de mi infancia...

 

*Miguel Ángel Yusta incorpora a su libro ‘Ayer fue sombra’ (Premio de Delegación del Gobierno de Aragón) este poema tan sugerente y evocador. Lo ilustro con dos fotos de París de Brassaï y con una de Jacques Henri Lartigue. Mayusta es el poeta del amor y de la nostalgia.

LA DAMA DE SHALOTT. CUENTO

 

INTERNET, EL REY ARTURO Y LA VANIDAD

Por Ángeles PRIETO BARBA. Escritora gaditana

Espejito, espejito mágico, ¿quién es la más hermosa, simpática, inteligente generosa?, ¿quién luce la foto más bella, quién escribe o se expresa mejor?

 

            No revelo nada si afirmo que todos los días, varias horas, millones de personas se asoman a una pantalla de ordenador, ojo que todo lo ve o espejito mágico de obsidiana, con la esperanza de escuchar a un ente lejano pronunciar ese “tú” que tanto ansiamos. El problema es que nos responden, si acaso se molestan en atendernos y contestarnos, unos seres humanos que andan inquiriendo lo mismo que nosotros y que, al igual que nosotros, no son exactamente lo que parecen tras el espejo.

 

            Sin embargo esta cuestión, por muy novedosa que pueda parecernos, dada la vertiginosa velocidad en que se ha instalado en nuestras vidas estos medios cibernéticos, soma entrevisto en el siglo pasado por las sagaces plumas de Aldous Huxley y George Orwell, es tan antigua como el hombre y su legítimo deseo de vencer la soledad sintiéndose querido.

 

            Porque las advertencias contra los peligros de una vanidad insatisfecha, que nunca tiene bastante, fruto indudable del tiempo de ocio y de la comodidad característica de nuestro estilo de vida, fueron constantes a lo largo de la Historia, dardos de moralidad siempre dirigidos hacia unas clases sociales poderosas y adineradas, las élites de cada época, las únicas que podían adquirir ese objeto de lujo que hasta fechas muy recientes siempre fue un espejito.

 

            Aunque ocurre que al otro lado de él, además de vanidad, también buscamos satisfacer nuestros sueños, que podemos dividir en tres clases: los  que visionamos sin intervenir, como meros espectadores observando escenas que escapan a nuestro control; esos otros en los que somos protagonistas conscientes de estar volando, ser enterrados vivos o estar siendo perseguidos por un monstruo en los que debemos tomar decisiones; y finalmente, los más penosos, aquellos en los que soñamos ser amados o queridos o bien, en los que podemos conversar cariñosamente con alguien que había muerto pero está vivo en el sueño, como si todo hubiera sido un error. Y en esos casos, despertar y volver a la realidad, es la más horrible y dolorosa de las pesadillas.

 

            A veces, es muy difícil por Internet determinar donde empieza lo que llamamos “vanidad” o donde termina el legítimo deseo de saberse leído y con ello, apreciado o querido, puesto que la competición por la llamada visibilidad mediática es intensa y tantas veces, falaz. Y no podemos, en modo alguno, fiarnos de las amables palabras de elogios y alabanzas que normalmente se vierten en las conversaciones simples, corteses y educadas que nos gastamos en esos foros. Hay que atenerse a los hechos, a nuestro comportamiento real con los demás, al debe y al haber que en toda relación, también en las cibernéticas, se establece.

           

            Es por ello muy frecuente establecer relaciones frágiles de dependencia emocional, que no podrán menos que acabarse en cuanto el ábaco de las atenciones o desatenciones, entre dos personas, se descompensa notablemente hacia uno de los dos.

 

            Es entonces cuando nuestro espejito, instrumento de nuestra vanidad o engaño que utilizamos para disimular la soledad que sentimos, se raja de parte a parte.

 

            Lo que le ocurrió a la dama de Shalott, un personaje secundario y poco conocido del ciclo artúrico, si no fuera porque fue rescatado magistralmente en época victoriana. En primer lugar, con un bello poema de Alfred Tennyson que los ingleses convirtieron en balada: Lady of Shalott, y en segundo lugar, con un hermoso cuadro de John William Waterhouse, uno de los más destacados representantes del movimiento prerrafaelista, actualmente en la Tate Britain de Londres.

 

             La historia cuenta que  la dama de Shalott, Elaine, encerrada en una torre, tenía prohibido contemplar al brillante Camelot porque una maldición se abatiría sobre ella. A Elaine nadie la conocía, y nadie la había visto, tan sólo la oían cantar por las mañanas, creyéndola un hada. Pero le regalaron un espejito y vuelta de espaldas a la vida y a todo bullicio, no pudo menos que con él concentrarse y avistar Camelot y en él descubrir al hermoso Lancelot, del que se enamoró, sufriendo la maldición porque acto seguido se derrumbó la torre, ella huyó, cogió una barca y en ella se ahogó.

 

“Escucharon una tuna lastimera, implorante,

tanto en voz alta como en voz baja.

Hasta que su sangre se fue helando lentamente,

Y sus ojos se oscurecieron por completo,

Vueltos hacia las torres de Camelot;

Y es que antes de que fuera llevada por la corriente

Hacia la primera casa junto a la orilla,

Murió cantando su canción,

La Dama de Shalott”

 

            ¿Por qué miró nuestra Elaine, en qué soñaba o a qué aspiraba: conocer y participar en la gloria, pompa y circunstancias de Camelot (vanidad), o bien conseguir el amor del imposible Lanzarote?, ¿o quizá sólo la perdiera la curiosidad?, ¿o acaso no fuera más que una rebelión mental contra su mundo verdadero, encerrada y aislada de todos, habiendo por ello renunciado antes a otro ser más social y activo, ese que tuvo que dejar atrás, como la sombra temible que a determinada edad nos acompaña siempre a todos?

 

            Dentro del amplio ciclo artúrico, iniciado aproximadamente en 1136 con Geoffrey de Monmouth, Elaine será un figura tardía, asociada al cambio de costumbres impuesto a las mujeres hacia el siglo XIII, cuando se desterró del todo la amplia libertad sexual que existía antes para identificar doncellez con virginidad, convirtiéndose este requisito en necesario a la hora de tomar esposa un joven caballero.

 

            Así, no nos encontraremos con lady Elaine de Astolat  hasta que apareció en la obra “La muerte del rey Arturo” de sir Thomas Malory (1400-1471), especie de transición del romance o libro de aventuras medieval hacia la novela moderna, muy influido por el Lanzarote en prosa o Vulgata artúrica, la gran recopilación del s. XIII.

 

            Edgard Allan Poe, gran admirador de la literatura y cultura medieval, sabía perfectamente que la muerte de una mujer joven y hermosa es el recurso poético más conmovedor y efectivo para agitar nuestras conciencias. Y la  muerte de Elaine, presa de un amor imposible que nunca debió intentar, o de otra yo misma para la que no estaba capacitada, nos pone en guardia contra los peligros de las dependencias emocionales cuando éstas chocan de frente contra la realidad. Pues el primer requisito del amor verdadero es que sea posible, es que pueda hacerse realidad.

 

            Pero además había otros caballeros hermosos, gallardos e imponentes que se sentaban ante la famosa Mesa Redonda, ¿por qué Elaine elegiría al infiel Lanzarote como objeto de su amor?

 

            Pues porque con él avistamos quizá al más extraño de los personajes artúricos, el más dúctil y cambiante, el ejemplo mítico más evidente de que no sólo no somos lo que parecemos, sino que nos transformamos notablemente con el paso del tiempo como resultado de las decisiones fundamentales que hemos de ir tomando.

 

            Un personaje que se presenta en Camelot de improviso y sin ser esperado, con grandes cualidades de valor y generosidad, idénticas virtudes de prudencia, justicia, fortaleza y templanza, con el añadido de la humildad, capaces de rivalizar y aún vencer, a las del mismísimo rey Arturo, pero que irá adquiriendo matices sombríos, hasta desterrar del todo sus ideales.

 

            Porque a partir del adulterio con la reina Ginebra y la traición a su más leal amigo, del que fuera servidor, Lanzarote será presa de crueles remordimientos, abandonando la orden caballeresca expresada en la utilización del arnés guerrero (compuesto de espada, escudo, lanza, yelmo, loriga y calzas de hierro), para abrazar la religión cubierto con los andrajos propios de un monje apocalíptico.

 

            Y  que por su arrepentimiento y penitencia, terminó redimiéndose tras convertirse en el padre de sir Galahad, uno de los tres caballeros que alcanzaron el Grial en parte por ser hijo de quien era y también, por mantener la castidad como enseña y voto en cada momento de su vida.

 

            Por lo tanto Lanzarote no era, ni muchísimo menos, el espléndido reflejo de virtudes que un espejo nos puede transmitir, ni Elaine pudo alcanzar aquella que soñaba ser en un claro paralelismo con Ofelia, la enamorada de Hamlet, aquella que perdiera la razón y también muriera enajenada, ahogada en sus propios sentimientos.

 

Por eso, cuando algo se nos revuelva, cuando nos encontremos mal ante nuestros sueños, toca apagar el ordenador y sus promesas intangibles de otras vidas. Porque no sólo de espejitos mágicos vive el hombre. Ni la mujer tampoco.

 

*Dos cuadros de Waterhouse: 'Eliane' y 'Lady of Shalott', y abajo un retrato del poeta Tennyson.

POEMA DE PAU LLANES

POEMA DE PAU LLANES

 

 

POEMA

 

De Pau LLANES

 

Si preguntas qué palabra
me gusta decir primero
al despertar por la mañana
te diré que es “mar”…

Si preguntas qué frase
me hizo dudar de la eternidad por primera vez
te confieso que fue este epitafio:
“Lo desconocido está al final de la vida
y al comienzo de la muerte”…

Si preguntas qué fue
lo que me hizo recordarte hoy
fueron estas palabras: “El olvido fecunda”.

 

*Acaba de entrar en mi blog el enigmático viajero, ‘curator’ y tuareg sentimental Pau Llanes. El retrato es de Evelyn Castro. Me recuerda un viejo amigo de Zaragoza. Entro en su viejo blog de antaño y encuentro este poema suyo que me hace pensar en Robert Louis Stevenson.

El blog es: http://arterapiasentimental.blogspot.com/

DOS BELLEZAS EN EL PRADO

 

BELLEZAS ETERNAS

Por Mónica Gutiérrez Sancho

 

Caminar sin seguir el plano de los siglos. El laberinto organizado para transitar por la historia de una manera ordenada. He decidido perderme entre épocas, gente que deambula entre obras de arte, cuadros, que cuelgan de paredes que les observan por la espalda sin poder llegar a asumir lo que atrapan entre sus manos.  Observo obras de arte que a pesar de haberlas visto tantas veces como a un vecino de escalera, no permiten que tu boca permanezca cerrada. Debes parar. Saborear y paladear los trazos con sabor a ocres, bermellón y claro oscuros.

Me encuentro delante de ella. La imagen de esa Inmaculada de Murillo, con una pureza tal que hace pensar que quién plasmó ese rostro tuvo que sufrir por tener que soltarla entre pinceladas. Ahí está, preparada para subir al cielo montada en una luna. Empujada por esa infinidad de angelotes regordetes con el culo al aire y esa eterna apariencia infantil.  Es inevitable sentir una feroz envidia a todo aquel que tenga además la suerte de contemplarla con la fe que otorga la creencia en algo. Yo no la tengo. Y miro por todas partes intentando encontrarla. Al menos por un momento.  Ese momento.

No la encuentro. Allí tampoco, pero al girarme la veo. Es una mujer tan bella como el pecado. Con mirada melancólica. Larga melena, ondas y rasgos que me doy cuenta tienen una diferencia absoluta con los suaves y delicados movimientos de Inmaculada que asciende a los cielos. Ella es atemporal. Ni pasado ni futuro. Junta las manos con un gesto de contrición tal, que me hace estremecer, como lo grandes, y profundas que son sus ojos. Ojos, que sufren. No están tranquilos y parecen suplicar un constante perdón. Si es que alguien tan hermoso ha sido capaz de hacer algo malo. Esas manos y esa mirada que implora clemencia es tan hiriente, tan bella a la vez que tan desoladora que si me dejaran lanzarme a la pared, la abrazaría y le pediría que dejara de sufrir de esa manera. ¿Quién eres? ¿Qué te ocurre? Sólo puedo mirarla. Y leerlo: “La Magdalena” de Ribera. Acaso podría tener ser otra. Ingenua de no haberme dado cuenta antes que era ella. La mujer que aún espera un perdón que ni tan siquiera le corresponde pedir.  Miro a una y a otra. Miro sus rostros y me siento. No sé qué he encontrado, pero aún no quiero marcharme. No puedo.

 

*Mónica Gutiérrez Sancho es novelista y apasionada a la música de jazz. Actualmente reside en Barcelona, muy cerca del Mediterráneo. Acaba de terminar su segunda novela; tuvo magníficas críticas con ‘Si vuelves te contaré el secreto’ (Caballo de Troya). Hace unos días visitó el Museo del Prado y estos dos cuadros de Murillo y de Ribera le sugirieron este texto.

UN POEMA EN 'ISLA DE SILTOLÁ'

 

TESTIGOS DEL JARDÍN BOTÁNICO

Le tengo miedo a los aviones, a los barcos y a las autopistas. Por eso no me atrevo a viajar. Me desplazo con la imaginación: a los museos del mundo, a las ciudades como Praga, Venecia y Lima, a los paisajes de la Toscana, a los cementerios lejanos y, sobre todo, a los jardines. A los jardines botánicos de medio mundo. Me fascinan, me enloquecen. Sueño con ser mota de luz, pájaro ínfimo, brizna del valle o un golpe de viento para internarme en ellos como si fueran mi hábitat, y yo un explorador incansable. Un coleccionista de aromas y de colores. Sueño con no ser, ni siquiera fantasma invisible, y hacerme un cubículo entre las plantas. Por eso te llamé: Ven. Te reservo una sorpresa. Se llama ‘Testigos’. Tampoco te dije más. No sabía si vendrías. Qué inquietud la del enamorado que espera, qué llanto sordo se deslíe en silencio por todos los rincones y, a la vez, qué ilusión, qué desvarío, qué ansiedad pervertida e infantil. Yo me decía: ¿Y si viniera, si se atreviese a abandonar sus últimos maniquíes, los poemas, los cigarrillos y el cieno oscuro de sus sueños, y viniera? Viniste. Con una resaca grandiosa de besos y de telas, de madrugada y de alcohol. Te abracé y, sin decirte nada, te empujé hacia dentro. En letras bien grandes leíste: ‘Testigos’ de Rafael Navarro. Una exposición de fotos de naturaleza, de paisajes de claridad tenue o nítida, de fronda voraginosa. Una muestra de los viajes del fotógrafo a jardines botánicos de todo el mundo: Estados Unidos, Roma, Milán, Londres, islas desconocidas. Te dije: “Vamos a besarnos ante el corazón de la hiedra. Y allí, bajo la aureola de ensueño de las corolas. Y allá, entre esa espesura de flores silvestres que huelen a mar y a lombrices”. Nos besamos. Aquí, allá, y aún bajo otra instantánea: esa que revela que una flor ha sido hendida por un insecto con su parsimonia obscena. Cuando apareció el guardia, me empujaste hacia un bosque de helechos, mojado por la lluvia. Dijiste: “Ven. Saltemos dentro. Tú y yo nunca hemos estado en el edén”.

 

*La cuidada revista de poesía 'Isla de  Siltolá', que dirige Javier Sánchez Menéndez desde Sevilla, acaba de publicar su segunda entrega. Javier, a través de su buena amiga la poeta Olga Bernad (autora de ‘Caricias perplejas’), ha tenido la delicadeza de pedirme un texto. Le he mandado este poema en prosa que forma parte de un proyecto que ya tiene varios poemas más. En la revista, entre otros, participan José de Miguel, Antonio Colinas, Ángel Guinda, José María Moreno Carrascal, Juan Cobos Wilkins, Antonio Rivero Taravillo traduce a Llywarch Hen. La lista es más larga, y se completa con una páginas de crítica literaria, donde se reseñan libros de Andrés Trapiello, José Manuel Caballero Bonald o Pedro Salinas. Este texto tiene de fondo la exposición de Rafael Navarro dedicado al paisaje que se exhibió hace algunos meses en el Museo Camón Aznar. Arriba vemos una foto de Rafael Navarro, abajo una de Tkachenko Roman.