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Antón Castro

Escritores

ARDE EL MAR. DELFINES EN COMBOUZAS

 

 

Hace algunos años, cuando los ojos se acostumbraban a ver el océano y su horizonte, avanzaba por una calzaba, atravesaba los bosques y llegaba al mar. Era el mar embravecido del fin del mundo, poblado de fábulas y de mitos; era el mar adormecido en la piel de la marea que alisaba sus olas como se planchan las sábanas. Era el mar como un animal insomne salpicado de brillos y de bañistas: allá se zambullían en la corriente, allá jugaban al fútbol (de aquella playas habían salido unos hermanos legendarios: José y Manuel, uno era derecho y otro zurdo, gemelos que se habían casado con gemelas que tenía dos barcos de pesca con sus propios nombres Lucita y Deolinda de Deus), allá corrían mujeres indómitas, en las rocas alguien se afanaba en buscar cangrejos, mejillones o percebes. El mar era un escenario: encarnaba un tiempo de solaz y tenía un aire familiar. Nuestras madres se bañaban en combinaciones claras o azulencas en un ritual que hacía pensar en una película de cine mudo. Y luego, tras haber surcado ese mar real y los mares remotos, de tesoros y piratas y nadadores incansables, llegaba la merienda. Uno de mis recuerdos inventados, que tantas veces he contado, era que en la playa de Combouzas aparecían hacia las seis o las siete los delfines: se acercaban a la orilla, y se movían entre nosotros con movimientos tan vertiginosos como inofensivos. Aquello no puede ser cierto. Pero estos días, un amigo de entonces me ha enviado un álbum de fotos, tomadas por Blanco & asociados, de aquellos días: lo ha titulado ‘Tal como éramos entre delfines’. Lo miro y lo miro, y no veo más que a los delfines. Lo miro y lo vuelvo a mirar y solo nos veo a nosotros, tal como fuimos, menudos y mentirosos, furiosos de sol y de fantasía. Y me doy cuenta de que, otra vez, comienza el verano lejos de aquel mar.

AUTORRETRATO DE ELÍAS MORO

AUTORRETRATO DE ELÍAS MORO

AUTORRETRATO EN 50 PALABRAS

Por Elías MORO

La teta materna. Mis hermanos. Escarcha y bochorno. Arroz y sandía. Operación pulmonar. Baloncesto. Amor y amistad. Literatura. Viajes. Mérida. Lali, Sara y Alba. Los Marx, Woody Allen, El Padrino. Lisboa. Vidal. Copla, fado y tango. Música y poesía. La muerte. Un beso inolvidable. Y su mirada marrón. Stop.

 

*Uno de mis blogs favoritos es El Juego de la taba de Elías Moro. Es como un hontanar de palabras e imágenes, de pequeños detalles, de sensibilidad y de curiosidad ante el mundo. Me ha gustado mucho este género: esta manera de mirarse y de resumirse. La primera foto es de Gerald Bloncourt y la segunda de Robert Doisneau.

SOBRE 'LA HIJA DE ROBERT POSTE'

Me escribe Enrique Redel, a propósito del éxito

de ‘La hija de Robert Poste’ de Stella Gibbons

 

Hace ya unos meses, como sabrás, publicamos LA HIJA DE ROBERT POSTE, de Stella Gibbons, una novela ya considerada un clásico en el ámbito anglosajón (donde se publicó en 1932 bajo el título de ‘Cold Comfort Farm’), y que, a pesar de su fama, no había sido traducida nunca al castellano. Lo cierto es que yo apostaba fuerte por el libro (hice una campaña amplia de librerías, porque se trataba del típico libro que a priori podía funcionar: sencillo, divertido, con una fama aquilatada en los países de habla inglesa, literatura de calidad —al menos un decente middle brow— y, por lo que venía comprobando, con un tremendo poder adictivo entre los lectores en español a los que les fui pasando las pruebas), pero los resultados superaron con creces las expectativas. Cinco semanas seguidas como el libro más vendido en Casa del Libro (por delante de Reverte, Dueñas o Asensi, e incluso de Meyer), y actualmente con 20.000 ejemplares vendidos y nueve ediciones. Algo que nunca nos había pasado y que es extremadamente inusual tratándose de un libro de una editorial independiente como Impedimenta.

 Lo que a mí me parece realmente noticiable es que una pequeña editorial como Impedimenta (con persona y media en nómina) sea capaz de poner en el mercado un libro de calidad, que se mide en estos momentos en las mesas de novedades con productos de naturaleza comercial descarada, y lo haga sin arrugarse. La hija de Robert Poste es literatura inglesa de la buena. Y lo que es más importante: el libro todavía no ha sido apenas reseñado. Eso sí, en Internet arrasa, y hay foros y páginas dedicados al título.

Enrique REDEL. Editor de Impedimenta

 

Stella Gibbons

La hija de Robert Poste

Traducción de José C. Vales

«Deliciosa… La hija de Robert Poste posee la mordaz ligereza de Wodehouse

y el descarado aplomo de Evelyn Waugh.»

(The Independent)

«Probablemente la novela más divertida jamás escrita.»

(Sunday Times)

 

Ganadora del Prix Femina-Vie Hereuse en 1933, y mítico long-seller, La hija de Robert Poste está considerada la novela cómica más perfecta de la literatura inglesa del XX. Brutalmente divertida, dotada de un ingenio irreverente, narra la historia de Flora Poste, una joven que, tras haber recibido una educación «cara, deportiva y larga», se queda huérfana y acaba siendo acogida por sus parientes, los rústicos y asilvestrados Starkadder, en la bucólica granja de Cold Comfort Farm, en plena Inglaterra profunda. Una vez allí, Flora tendrá ocasión de intimar con toda una galería de extraños y taciturnos personajes: Amos, llamado por Dios; Seth, domina­do por el despertar de su prominente sexualidad; Meriam, la chica que se queda preñada cada año «cuando florece la parravirgen»; o la tía Ada Doom, la solitaria matriarca, ya entrada en años, que en una ocasión «vio algo sucio en la leñera». Flora, entonces, decide poner orden en la vida de Cold Comfort Farm, y allí empezará su desgracia.

 

BIOGRAFÍA DE STELLA GIBBONS

Stella Gibbons nació en Londres en 1902. Fue la mayor de tres hermanos. Sus padres, ejem­plo de la clase media inglesa suburbana, le dieron una educación típicamente femenina. Su padre, un individuo bastante singular, ejercía como médico en los barrios periféricos más pobres de Londres, aunque tenía tendencias suicidas, le encantaba el alcohol y el láudano, y era dado a los ataques de odio hacia el género femenino en general. Esta turbulenta infancia marcó a Stella Gibbons, que utilizó parte de ese material para crear a los grotescos Starkadder, protagonistas de su obra maestra, La hija de Robert Poste. En 1921, Stella se matriculó en periodismo, y luego empezó a trabajar en la British United Press. En 1926, Maudie, la madre de Stella, murió, y su padre la siguió pocos meses después. En 1930, mientras trabajaba en el Evening Standard, publicó un libro de poemas, The Mountain Beast, que recibió elogios de la mismísima Virginia Woolf. La hija de Robert Poste fue publicada en 1932 y su éxito fue instantáneo (aunque fuera prohibida en la recién nacida República de Irlanda por su vela­da defensa de la contracepción). En 1934 la novela fue galardonada con el Prix Femina-Vie Heureuse. De hecho, Gibbons es conocida casi exclusivamente por esta obra, que conoció varias secuelas y adaptaciones cinematográficas, y que está considerada la novela cómica más perfecta de la narrativa inglesa del XX. Stella Gibbons es autora de veinticinco novelas, entre las que destacan Basset (1933), Enbury Heath (1935), Nightingale Wood (1938) o Here Be Dra­gons (1956), amén de tres volúmenes de relatos y cuatro libros de poesía, la mayoría de ellos muy vendidos y celebrados en el mundo anglosajón. Estuvo casada durante más de veinticinco años con el actor y cantante Allan Webb, que murió en 1959. Dejó de publicar en 1972, aunque escribió dos novelas que fueron publicadas a su muerte, hecho que aconteció en 1989 en Lon­dres. Está enterrada en el cementerio de Highgate.

 

*Este material lo envía Enrique Redel. Las fotos son de Stella Gibbons y una escena de una de las películas que se han hecho de la película, con la actriz Kate Beckinshale.

 

RETRATOS DE JOSÉ MIGUEL MARCO / 9

RETRATOS DE JOSÉ MIGUEL MARCO / 9

 

Así vio José Miguel Marco a Agustín Sánchez Vidal en el bufé libre de ‘Las palomas’. Combinó el fondo con el color de la bufanda del catedrático, escritor e investigador. Su última novela es ‘Esclava de nadie’ (Espasa).

ÁNGEL ARTAL VISTO POR CRISTINA GRANDE

ÁNGEL ARTAL VISTO POR CRISTINA GRANDE

Cristina Grande es escritora y fotógrafa. Acaba de enviarme esta fotografía de Ángel Artal Burriel; el otro día en el artículo que colgué puse dos fotos de autores clásicos italianos. Aquí está este retrato tomado en el Café de Levante.

HOY, PRESENTACIÓN EN BARCELONA

 

Esta tarde, a las 20.00 horas, en el Centro Aragonés de Barcelona se presenta el libro que he escrito sobre ese espacio con motivo de su centenario. El libro lo ha publicado el Gobierno de Aragón, consta de más de 200 páginas y numerosas fotografías de gente tan distinta como Mariano Mayral, Paco Martínez Soria, Ángel Orensanz, Ramón y Cajal, los dibujos de Jorge Gay, Guillermo Pérez Baylo y Manuel Bayo Marín,, etc.

 

Participarán en el acto Ramón Salanova, el presidente del Centro Aragón Jacinto Bello y yo, entre otros.

 

NOTAS SOBRE EL LIBRO Y EL CENTRO

El Centro Aragonés de Barcelona contó desde el principio con un ‘Boletín’ donde ha ido dando cuenta de sus actividades, de su programación y del clima de ebullición permanente en que se ha movido. Se apostó por la enseñanza, por la música, por el deporte, por el ajedrez, por la jota, por el excursionismo y la montaña (tres de sus socios descubrieron las impresionantes Grutas de Cristal de Molinos, en Teruel), se apostó por la creación y por el arte. Un repaso somero a un siglo fecundo permite ver que en 1924, bajo la dirección de Mariano Mayral, nacía el Orfeón Goya, que se presentó en los más importantes teatros de Cataluña, con mención especial al Liceo: allí actuó el trece de marzo de 1930. Antes, se había puesto en marcha el Teatro Goya, que ha vivido distintas remodelaciones, la última en 2008; actualmente está gestionado por la empresa Focus, bajo la dirección artística de Josep Maria Pou. Por allí han pasado desde un jovencísimo Carlos Gardel, hasta Raquel Meller, desde Margarita Xirgu, que estrenó a Manuel Azaña y que visitó por ello el Centro, hasta espectáculos de las nuevas vanguardias.

El libro ‘Cien años del Centro Aragonés de Barcelona’ no es una tesis doctoral. Es un aperitivo muy visual. Es un libro coral, un libro de muchas gentes, un libro colectivo, lleno de fotos, de carteles, de cartas, de dibujos, de pequeños recuerdos, es un libro de libros en cierto modo, un álbum de ciudadanos. Todo ello conforma una gran expedición colectiva a lo largo de un siglo. En su redacción han participado mucha gente: Cruz Barrio, que ha sido la auténtica animadora de su redacción porque puso a nuestra disposición todos materiales; Aloma Rodríguez, que ha trabajado mucho o quizá más que yo; Ramón Salanova, que se entusiasmó desde el primer instante; el equipo de Ino Reproducciones con Paco Ortiz; el equipo directivo del Centro Aragonés con Jacinto Bello al frente.

 

Por supuesto que si alguno andáis por ahí será un placer veros.

 

RETRATO DE ÁNGEL ARTAL

 

Aragón produce ciudadanos especiales. Hace casi veinte conocí a un señor, de humor inglés y fina ironía, Ángel Artal Burriel, que seguía la pista del pintor Rafael Barradas (1890-1929). Lo buscaba en memorias ajenas (las de Alberti, las del escenógrafo Santiago Ontañón, en las páginas de Benjamín Jarnés), lo buscaba en conversaciones con sabios y libreros; el pintor uruguayo había frecuentado Zaragoza, había ilustrado portadas de la revista ‘Paraninfo’ y, enfermo, se había recluido en Luco de Jiloca, donde no solo se dedicó a realizar retratos de paisanos sino que se enamoró y se casó con la pastora Simona Láinez, para él siempre Pilar. Aquel caballero de ciencias y de letras era cardiólogo, y poseía otras debilidades: las peripecias de su vecino Procopio Pignatelli y su quinta exuberante de frutales y de amazonas a caballo al atardecer, el Real Zaragoza, el placer de conversar y de callejear, y las historias locales. Antes, mucho antes de que la historia académica valorase su importancia y organizase congresos, Ángel Artal ya adquiría, leía, rebatía y coleccionaba historias locales, escritas a menudo por cronistas apasionados, por historiadores improvisados, aunque también por estudiosos rigurosos que, en un envés del camino, miraban hacia sus raíces. Tras años de pesquisas, Ángel publica ‘Historias municipales aragonesas’ (IFC), con portada del pintor Jorge Gay. Recoge más de 350 localidades e historiadores que van desde Diego Murillo hasta hoy. Ángel dice que la vida le ha dado muchas alegrías, amistades, hijos y lugares que le enorgullecen: Calamocha natal, la frondosa ribera del Jiloca, y Zaragoza, la novia del viento. Y él transfiere a la vida curiosidad, pasión por los otros y un libro como este, sobre lo menudo, sobre los seres y los pueblos inadvertidos que empujan el mundo desde Aragón.

 

Las dos fotos, no tengo de Ángel Artal, son de dos grandes fotógrafos italianos: Fulvio Roiter y Federico Patellani.

RETRATOS DE JOSÉ MIGUEL MARCO / 7

RETRATOS DE JOSÉ MIGUEL MARCO / 7

Ángel Guinda (Zaragoza, 1948) es poeta, traductor, crítico literario y ahora profesor de literatura recién jubilado. Ultima sus memorias literarias y avanza un nuevo poemario, tras el estupendo libro ‘Poemas para los demás’ (Olifante. Los Papeles de Trasmoz).

 

Para algunos este es uno de sus mejores poemas. Para mí también. José Miguel Marco lo retrató de perfil: un perfil clásico, de poeta romano o medieval casi, como Cecco Angiolieri, al que tradujo en Olifante.

 

NO

Soy un claro interior, el porvenir
de una puerta que siempre está atrancada.
La trampa de vivir y ver morir.

Contra la destrucción de la conciencia
bramo, reviento, clavo en Dios los codos.
Soy un zarpazo roto de paciencia.

Una luz que, arañando los escombros,
borra la niebla y sigue hacia adelante.
Un hombre con la sombra hasta los hombros.

Como hambre y bebo sed con todos
los condenados a escarbar la nada.
Esto no es un poema, es un desplante.

Profundamente grito un no rotundo.
Yo no quiero vivir en este mundo.