Blogia
Antón Castro

Escritores

EL ATEO QUE HABLABA DE DIOS

[JOSÉ SARAMAGO. El autor de ‘Memorial del convento’, 'El año de Ricardo Reis' y ‘Caín’, entre otras historias, se sentía un contador de historias, “un mixtificador obstinado e impertinente”, próximo a Kafka, que exploraba la verdad de las mentiras y abordaba los temas eternos: la muerte, la religión, la vida y el amor de las mujeres]

 

José Saramago solía decir que los hombres y los escritores “vamos por el mundo contando el cuento que somos y los cuentos que aprendemos”. Todo son historias, incidencias, paisajes, personajes, sueños, aunque el escritor lleva consigo “un mixtificador obstinado e impertinente”. Es difícil saber la razón, pero el niño José de Sousa, apodado Saramago, convirtió la lectura y las bibliotecas públicas en un reino de evasión. Hijo de campesinos sin tierra, vivió una infancia especial, marcada por la naturaleza, la superstición y la pobreza. De niño nunca logró que su madre le diera un beso, tal como le confesaría a Juan Arias en ‘José Saramago. El amor posible’ (Planeta, 1997). Tejió una particular complicidad con sus abuelos que levantaron ante sus ojos un laberinto de creencias, juegos populares. Eran las cosas del campo en toda su crudeza y su magia inmediata.

Poco después la familia se trasladó a Lisboa y él, que nunca fue universitario, realizó diversos trabajos. La vocación literaria se expandía dentro de sí, hasta tal punto que en 1947 publicó la novela ‘Tierra del pecado’, de inspiración neorrealista. La edición coincidió con el nacimiento de su hija Violante, de su matrimonio con Ilsa Reis. Luego viviría con la escritora Isabel de Nóbrega y finalmente Pilar del Río sería “su compañera y musa imprescindible”. Durante casi veinte años de formación y silencio literario, Saramago fue cerrajero mecánico, diseñador, funcionario de sanidad, traductor. El escritor reapareció en 1966 con un poemario: ‘Los poemas posibles’, al que seguiría otro, ‘Probablemente alegría’ (1970). En esa época ya se vinculó al periodismo y al comunismo, y trabajó en el ‘Diario de Notícias’, del que fue director adjunto, y asumió la coordinación del suplemento literario del ‘Diario de Lisboa’. De algún modo, en esos tiempos convulsos que esclarecería la Revolución de los Claveles, empezó a preparar su salto a la narrativa. Había dirigido su mirada al Alemtejo y al universo labriego para escribir la novela ‘Alzado del suelo’ (1980): fue a conversar con los campesinos, a tomar notas, y así nació la peripecia de la saga Maltiempo, una novela de denuncia social de las condiciones de vida de los campesinos.

En medio, tuvo una especie de crisis creativa y redactó un libro, muy libre de intención, sobre la identidad y la creación, la realidad y la apariencia, o la verdad de las mentiras: ‘Manual de pintura y caligrafía’ (1977). El protagonista era un pintor que intentaba explicarse a sí mismo, y su fracaso como artista, y en ese proceso se transformaba en escritor. Era un volumen premonitorio: en el fondo, en él se encuentran muchos de sus temas. El primer momento decisivo fue la aparición de ‘Memorial del convento’ (1982), donde se narra la historia del rey Joao V que prometió construir un convento en Mafra si Dios le daba un hijo, y se narra, sobre todo, la historia del pueblo, oprimido, que edificó ese sueño, y es también la historia de Blimunda, una mujer que tenía poderes. Ese libro, vigorosamente narrativo y sensual, cautivó a muchos lectores: aparecía una voz nueva, mágica y social a la vez, sincopada, capaz de moverse en diferentes resortes –uno de ellos, capital, es el del amor; en su obra serán las mujeres quienes hacen posible la pasión- con un una escritura hipnótica y lenta, discursiva y envolvente. La novela tenía también un desplazamiento hacia el realismo mágico: poco después, en su primer viaje a Zaragoza, José Saramago reconocía su admiración hacia Gonzalo Torrente Ballester y confesaba que la novela que le habría gustado escribir era ‘La saga-fuga de JB’. El éxito fue fulminante y se acrecentó con ‘El año de la muerte de Ricardo Reis’ (1984), que lo ponía en la senda de heterónimo del gran poeta Fernando Pessoa, cuyo universo reconstruye en la misteriosa y subyugante ciudad blanca de Lisboa.

José Saramago siempre ha dicho que cada libro le orientaba hacia el siguiente en una evolución a menudo enigmática: así, como una parábola para la unión de la Península Ibérica, nació ‘La balsa de piedra’ (1986), y como un juego sobre las falsedades ‘Historia del cerco de Lisboa’ (1989). José Saramago siempre se ha declarado agnóstico, pero quizá no exista nadie que se haya sentido con tanta intensidad la atracción hacia la figura de Cristo y la religión católica, a la que fustigará una y otra vez, en libros como ‘El evangelio según Jesucristo’ (1991) y en su última novela ‘Caín’ (200). Saramago solía decir: “No creo en Dios, pero vivo en un mundo donde Dios existe para la gente y por tanto su presencia, o esa creencia, me condiciona mi propia vida”. Poco a poco, convertido ya en el escritor portugués más importante del siglo XX –rivalizó durante algún tiempo con Miguel Torga, autor de ‘La creación del mundo’ y de ‘Cuentos de la montaña’, como candidato al Premio Nobel de Literatura. Saramago lo obtuvo en 1998- y del XXI, fue ensanchando sus temas (el amor, la felicidad, la muerte, la vida, la divinidad…) y también su visión de la escritura como profecía, como compromiso permanente, como misión solidaria y como ejercicio de combate.

Saramago es un escritor que piensa y que incluso sermonea o advierte, un escritor que aspira a narrar y a despertar conciencias, un autor que explora una y otra vez la condición humana a través de grandes alegorías o metáforas: pensemos en ‘La caverna’ (2000), donde opone el mundo del alfarero al mundo del consumismo; ‘Todos los nombres’ (1997), una parábola, otra más, sobre la identidad, las falsificaciones de la historia y la posibilidad de ser otro; ‘Las intermitencias de la muerte’ (2005), donde se pregunta “qué pasaría si” la gente deja de morir. Saramago fue un escritor que estuvo con los de abajo, que se solidarizó con un sinfín de causas perdidas, un auténtica “mosca cojonera” contra el poder, gubernativo o religioso, un escritor que reconocía a Kafka como “el profeta del siglo XX”. Decía: “Si yo quiero ser absolutamente libre, me convertiré en un modelo de indiferencia y de egoísmo hacia los demás”.

Aunque había declarado que “una carta por email no puede ser emborronada por una lágrima”, creó un blog que atrajo a muchos lectores que buscaban no solo sus ideas o imágenes: lo buscaban a él porque estaba pegado con el alma y con su inefable enfermedad portuguesa a sus palabras.

 

*Este artículo se publicó ayer en ‘Heraldo de Aragón’. Hoy aparece otro, breve, de un encuentro con el escritor en Zaragoza, que se titula: ‘José se retiró a soñar’. En la segunda, Saramago posa con su mujer Pilar del Río, a la que conoció en 1986.

TRES POEMAS DE DOLAN MOR

 

Me escribe Dolan Mor, poeta cubano afincado en Zaragoza desde hace una década, dueño de un rico e inagotable mundo poético, y me dice:

 

Me han invitado a un festival internacional de poesía muy importante para que represente a Cuba y, por supuesto, a la literatura de Aragón la llevaré conmigo.

 

Este es el festival. Le pido algunos poemas nuevos y aquí están. 

 

Invitación al XIV Festival Internacional de Rumania

‘Noches de Curtea de Arges Poetry.’

 

Este Festival fue creado en 1997 y forma parte del circuito de los seis grandes festivales internacionales de poesía junto con el de Struga (República de Macedonia), el de Medellín (Colombia ) o el de Trois Rivières (Canadá).

El Festival Internacional ‘Noches de Poesía Curtea de Argeş’ se concibe como un elogio a la poesía del mundo actual y como una performance poética incesante. Poetas de diferentes idiomas y de gran valía internacional como el japonés Satoko Tamura, el irlandés John F. Deane, el francés Charles Dobzynski, o los ya fallecidos Estima Alberto de Oliveira, de Portugal,  y Erik Stimus, de Irlanda, han sido invitados y premiados en años anteriores.

En dicho Festival de Rumanía “Noche de Curtea de Arges Poetry” se entregan algunos de los galardones más destacados de la creación poética como son el Grand European Prize y el World Grand Prize for Poetry.

  

TRES POEMAS

 

 El tiempo tiene sus formas

 

El tiempo
tiene sus formas
de fragancia
(vuelve Ashbery),
en cada movimiento
de las horas
late la muerte
y late al revés
el espejo que mira
nuestro rostro.

Igual la curva
de las emociones
decae,

la carne
se hace blanda,

el pensamiento,
áspero
y cansado,
nunca nos abandona.

Es como hablar
encerrado
en un cuarto desierto
sin puertas de salida,
un laberinto
de arenas
con pétalos
en la mente
del huésped perdido.

 

El caballo y la trucha saltan

 

 

 

El caballo y la trucha
saltan en el estanque
de la muerte.
Uno a orillas del hilo
de plata,
el otro entre las costuras
del tejido de acero.

Son los factores
del desamparo
quienes me acompañan
siempre (al azar),
la válvula incluso
de la rosa líquida
lo que permite observar
el movimiento
de los animales simbólicos,
en acción.

Así el caballo
soy yo mismo
reflejado en el agua
del espejo,
y la trucha es mi espíritu
que labora y labora
contra la perpetuidad
de la Dama Violeta.

 

  

Alguien ha colocado un ramillete de orquídeas



Alguien ha colocado un ramillete de orquídeas
sobre la superficie de una cámara de hielo.
Se diría que crecen sin sentido esas flores
silvestres en la estepa blindada de la muerte,
sus pétalos de negro fuego, el perfume
amarillo de una máquina de aceites leves.

 

*

Es un contraste aquí, sobre la piedra de un cuarto
congelado, un almacén abierto de metales
con puertas donde sólo se observan carnes
de ciervo eldii, perniles desangrados, patas
de nobles liebres, rostros de un faisán hembra
que mira sin maldad (sus ojos de un cristal asustado).

 

*

Las botas de los cazadores dejan huellas sin número
sobre las charcas de sangre, el sudor que discurre
debajo de sus cueros dibuja el invisible cuño de los mercurios.

 

*

Así y todo, no sé, alguien ha colocado, junto
al ramo de orquídeas, unos guantes azules
de proteger sus manos a golpes de neveras
y todo me seduce ahora entre ese humo
que desprenden los cuerpos de muertos animales.

 

*

Veo a mi alrededor un jardín que me invita
a escribir un poema que mencione en sus versos
esas flores de orquídeas, esas gemas de luz
que nombrara Teofastro como raros testículos.

 

*

Pero no escribo nada, prefiero contemplar
las orquídeas (reales) de mi imaginación, sobre la escarcha
de la cámara de hielo, como si fueran el último
instante de eso que los hombres llaman “vida”.

 

Las fotos son de Eric Kellerman y de Eikoh Hosoe.

JOSÉ SARAMAGO HA MUERTO

El escritor José Saramago, Premio Nobel de Literatura, ha fallecido este mediodía en la localidad de Tías (Lanzarote, España) a los 87 años de edad. Sin duda, fue unos de los escritores más conocidos y apreciados en el mundo entero. Su literatura y el compromiso moral con la sociedad de su tiempo le convirtieron en una voz crítica frente a las injusticias y desigualdades del mundo. “Escribo para comprender”, confesaba el autor portugués.

 

 

La celebridad y el reconocimiento a escala interna­cional le llegaron con la aparición, en 1982, de su ya legendaria no­vela Memorial del convento, a la que siguió El año de la muerte de Ricardo Reis. En esta última, su precisa y sentimen­tal indagación del universo de Fernando Pessoa —a través de uno de sus heterónimos— se convierte casi de inmediato en una obra «de culto» que cruza todas las fronteras. El trabajo narrativo de José Saramago gozó desde entonces de una admiración sin límites.  Otros títulos importantes publicados en Alfaguara son Manual de pintura y caligrafía, Casi un objeto, Historia del cerco de Lisboa, La balsa de piedra, El Evangelio según Jesucristo, Todos los nombres, Levantado del suelo, Ensayo sobre la ceguera, La caverna, El hombre duplicado, Ensayo sobre la lucidez, Las intermitencias de la muerte, Poesía completa y Cuadernos de Lanzarote I y II. Alfaguara ha publicado también el libro de viajes Viaje a Portugal y el relato breve El cuento de la isla desconocida. En el año 1998 recibió el premio Nobel de Literatura.

 

En su libro Las pequeñas memorias (Alfaguara, 2007) Saramago decía: “De alguna forma sigo siendo un campesino. Parece disparatado decirlo pero sólo yo puedo saber lo que llevo de campesino dentro de mí. El pasado está lejos pero nunca me he podido separar de él, del niño que fui”.  Su fina ironía fue una de sus herramientas literarias más poderosas.  En su hermoso libro, El viaje del elefante (Alfaguara 2008), Saramago reflexionaba sobre la condición humana y nos hacía sonreír a lomos de Salomón, un elefante indio que parte de Lisboa para emprender un asombroso viaje a Viena. Su última novela publicada fue Caín (Alfaguara 2009) en la que, con la distancia que le permite la ironía y la cercanía que le otorga un compromiso apasionado con los hechos que narra, Saramago nos regalaba una cruda a la par que humorística parodia del gobierno del cielo.

 

  FRASES DEL AUTOR:

«Creo que en la sociedad actual nos falta filosofía. Filosofía como espacio, lugar, método de reflexión, que puede no tener un objetivo concreto, como la ciencia, que avanza para satisfacer objetivos. Nos falta reflexión, pensar, necesitamos el trabajo de pensar, y me parece que, sin ideas, no vamos a ninguna parte.» (Última entrada en el blog de José Saramago, bajo el título “Pensar, pensar”).

«Escribo para comprender, y desearía que el lector hiciera lo mismo, es decir, que leyera para comprender. ¿Comprender qué? No para comprender en la línea que yo estoy tratando de hacerlo; él tiene sus propios motivos y razones para comprender algo, pero ese algo lo determina él.»

«En cierto sentido se podría decir que, letra a letra, palabra a palabra, página a página, libro a libro, he venido, sucesivamente, implantando en el hombre que fui los personajes que creé. Considero que sin ellos no sería la persona que soy hoy, sin ellos tal vez mi vida no hubiese logrado ser más que un esbozo impreciso, una promesa como tantas otras que de promesa no consiguieron pasar, la existencia de alguien que tal vez pudiese haber sido y no llegó a ser.»

«La importancia que puede tener usar una palabra en vez de otra, aquí, más allá, un verbo más certero, un adjetivo menos visible, parece nada y finalmente lo es todo.»

«Un libro es casi un objeto. Porque si es verdad que es algo voluminoso, que se puede tocar, abrir, cerrar, colocar en un estante, mirar e incluso oler (¿quién no ha aspirado alguna vez el aroma de la tinta y el papel ya fundidos en una página?) también es verdad que un libro es más que eso, porque dentro lleva, nada más y nada menos, la persona que es el autor. De ahí que sea necesario tener mucho cuidado con los libros, enfrentarse a ellos dispuestos a dialogar, a entender y a tratar de contarles lo que nosotros mismos somos. Los buenos libros, que es de lo que aquí se trata, están hechos con la honestidad y el trabajo de autor, luego hay que tratarlos también con honestidad y sin regatear esfuerzos.»

«Llevamos siglos preguntándonos los unos a los otros para qué sirve la literatura y el hecho de que no exista respuesta no desanimará a los futuros preguntadores. No hay respuesta posible. O las hay infinitas: la literatura sirve para entrar en una librería y sentarse en casa, por ejemplo. O para ayudar a pensar. O para nada. ¿Por qué ese sentido utilitario de las cosas? Si hay que buscar el sentido de la música, de la filosofía, de una rosa, es que no estamos entendiendo nada. Un tenedor tiene una función. La literatura no tiene una función. Aunque pueda consolar a una persona. Aunque te pueda hacer reír. Para empeorar la literatura basta con que se deje de respetar el idioma. Por ahí se empieza y por ahí se acaba.»

 

*Cortesía de Rosa Junquera de Alfaguara. Mañana en ‘Heraldo’ se publica un artículo mío, extenso, sobre su vida y su obra.

JJ. ORDOVAS PRESENTA NUEVO LIBRO

JJ. ORDOVAS PRESENTA NUEVO LIBRO

Julio José Ordovás publica un nuevo dietario, ‘En medio de todo’ (Eclipsados), su libro más personal y más desgarrador. Un autorretrato donde habla de sí mismo, de sus lecturas, de sus filias y fobias, de la amistad y de un puñado de amores: amores que vive, amores que huyen, amores tumultuosos que oye en la habitación de al lado. Julio José Ordovás, crítico literario, presenta ‘En medio de todo’ el próximo lunes a las 20.00 en la librería Antígona, de Pepito y Julia. Estará acompañado por Eva Puyó, autora de ‘Ropa tendida’ (Xordica) y bibliotecaria, y por su editor Nacho Escuín. Le he pedido unos fragmentos de Julio José y estos son los que me ha mandado. El escritor busca su propia escritura, pero siempre ha reconocido afinidad con José Carlos Llop, Andrés Trapiello, Miguel Sánchez-Ostiz, Fernando Sanmartín y José Luis Melero. Cita con mucho cariño, también, entre otros, a José Antonio Labordeta.

 

 

¿QUÉ queda adherido a las páginas de un diario? Jirones. Limaduras. Barreduras. Residuos. Nada más. Un diario es el filtro del desagüe por el que se nos va la vida.

 

LOS cielos amarillos del Oeste son los cielos de mi infancia, en los que nunca se ponía el sol.

 

SE ha ido dejando hecha la cama. Me meto dentro como si me introdujera en un ataúd. Estiro las piernas. El dedo gordo de mi pie izquierdo detecta una presencia extraña. Son sus bragas. Las huelo. Las estrujo. Y sonrío: no ha sido un sueño.

  

LE he robado el helado de un manotazo. El niño se me ha quedado mirando, pasmado, con la boca abierta, hasta que al verme tirar el helado a un cubo de basura ha roto a llorar. He salido de allí corriendo. No por temor al padre. Me doy mucho más miedo yo mismo.

 

SE ha hecho de noche y han dejado de cabalgar. Preparan fuego. Se pelean por la mujer que les acompaña. Comen algo. Beben café. Luego se tumban a dormir, recostados en las sillas de montar, y cada uno se tapa con su manta. Yo me tapo también con mi manta, y desde el sofá veo las mismas estrellas y la misma luna que ellos ven. La ventaja es que yo no tengo que preocuparme por los apaches y puedo dormir con los dos ojos cerrados.

 

 NO he podido reprimirme. Cruzaba el paso de cebra y ha sido ver el caballo del escudo y soltar uno de esos escupitajos verdes que te salen de las entrañas sobre la carrocería resplandeciente. El conductor, un imbécil engominado, ha amagado con salir del coche, pero se lo ha pensado dos veces. Mejor. Quizá no fuera tan imbécil como parecía. Con el semáforo en ámbar ha pisado el acelerador del Porsche y casi se lleva por delante a un viejo despistado y a su perro. El perro tenía tres patas. Como los perros negros que se arrastran por mis sueños.

 

LA ciudad tempranamente anochecida y, por primera vez, el puente sin nadie. Corriendo solo y a oscuras sobre el río me he sentido ligero, fuerte, casi feliz. Como un ángel con las alas desplegadas, a punto de alzar el vuelo.

 

 

SI escribo este diario es porque necesito compartir todo lo que tengo, todo lo que soy. Mis mendrugos de pan y mis galletas favoritas, mis migrañas y mis lágrimas de felicidad, mis disfunciones eréctiles, mis dolores de muelas y mis extravíos. Es una forma de engañar a la soledad, y quiero creer que también un acto de amor.

 

*El desnudo es del fotógrafo Thomas Doering y el retrato de Julio José Ordovás lo realizó Hilario J. Rodríguez.

ROSENDO TELLO: MAR, MÚSICA Y LUNA

 

De entre los poetas aragoneses vivos, Rosendo Tello ha logrado una rara unanimidad en los afectos: son muchos los que consideran un excelente poeta. Un poeta de la música, de la memoria, el poeta que escucha en la noche “el mar del silencio y la luz que golpea contra el acantilado”. Nacido en Letux, entre páramos, guitarras de rondas y trinos de ruiseñor desvelado, pronto descubrió la poesía anudada al paisaje. Luego, se trasladó al seminario de Alcorisa y se sentó al órgano. Más tarde, entró en una estancia solitaria y vio un piano: creyó que tenía la potencia y la belleza de un desnudo de mujer. Pronto se convirtió en profesor, del colegio Santo Tomás primero y de varios institutos luego, y por aquí y por allá ejerció su magisterio: hablaba de los secretos del lenguaje y de su aspiración a “salvarse por la palabra”, contaba historias de Aragón, creaba revistas, frecuentaba tertulias, embrujaba a escritores en ciernes como Jesús Moncada y, sobre todo, sin prisa, redactaba su poesía, basada en la imaginación, en la naturaleza, en la beldad. Así fueron naciendo sus libros, y así se revelaba como un estudioso de Juan Gil Albert o de Luis Cernuda. ‘El vigilante y su fábula’ (Prames, 2005. Prólogo de Luis Felipe Alegre) reúne su lírica, que mereció el Premio de las Letras Aragonesas de 2005. Hace poco Rosendo Tello se vio asaeteado por una enfermedad inesperada que le hizo más vulnerable. Esta semana se ha desarollado un ciclo de homenajes en distintos sitios –Miguel Ángel Yusta y José Luis Corral y la Asociación Aragonesa de Escritores son sus promotores- a su figura, a su obra, a su humanidad. Rosendo Tello, Rosendo de las alondras y de las jotas del campo (“El campo alzaba al cielo azul su voz en humareda”, escribió él), pronto volverá por donde solía: al jardín de la palabra, al vergel de los versos.

 

*Esta foto está tomada del blog de Manuel Vilas, que le ha dedicado a Rosendo Tello un artículo muy simpático en 'Heraldo'. Arriba: Rosendo, Lorenzo Oliván y José María 'Cuchi' Gómez; abajo, Carlos Marzal, Patricia Esteban y Manuel Vilas.

TRES POEMAS DE MARIFÉ SANTIAGO

TRES POEMAS DE MARIFÉ SANTIAGO

III

 

Niñez desnuda, ¿seis, siete años? Al aire toda, sólo una braguita clara y, sobre la cabeza, un barreño lleno de ropa sucia. Llora a gritos, sin perder el paso descalzo, sin que se le caiga al suelo el castigo.

No sé, la que va tras ella puede tener doce: ya le han crecido los pechos y las caderas, ya se cubre el cuerpo con una tela de colores

y azota, furiosa,

las piernas de la chiquitina que no para de llorar:

llora ignorada por los muchachos ociosos que retozan en el río,

llora ignorada por estas madres de ojos mustios,

llora ignorada por los adolescentes que exhiben su exigente virilidad

a las niñas fértiles.

Aquí no extraña tanto desconsuelo, ni verte erguida y que las lágrimas no vuelquen el barreño. Aquí, no.

Mi piragua se aleja de ti pero yo sigo oyéndote el llanto. Verás: es que este poema deja marcas y escuece.

Tú querías jugar

con la luz del atardecer

en el Níger: eso era todo.

 

 

V

 

Viejo baobab, vigía ante el palacio de las termitas.

 

La luz tan densa, tan cansada, en el cuello de las jirafas.

 

Lagartijas antiguas: pasean sobre la única sombra de la sombra.

 

Contagiosa lentitud del sol: un pastor acompaña la ausencia del cebú.

 

Babas: la cabra pasta desierto.

 

Niña vestida de hada: los insectos se han llevado al cielo tus dientes de leche.

 

Y el Pájaro Azul cruzó la sabana como un ángel.

 

 

XII

 

Domesticar: a la cama, recoged los juguetes. Tragarte el daño; por el miedo, quédate despierta y escucha el llanto de tu corazón.

Tú: la ausencia de nombre, que la vida te robe la manta, que te destape, que se duerma en tu estómago

el dolor, ese

despótico e indolente

vagabundo.

 

Tú, también:

Delicadeza de las mujeres, lentitud del gesto suspendido en la copa del árbol,

como en la densidad y el vaho de los cuerpos: sudor,

ingrávido el destino donde la Nodriza Cósmica recita

compromisos:

memoria del trigo, abejas, las espigas, el insignificante y anecdótico deseo.

Mañana, pan y la picadura de una estrella

en los hombros,

pasteles de mundo, digo:

masticas almas, como todas las madres: luego, a la boca del hijo esa papilla de saliva y amor.

 

Una historia esperando

en la tarde de África,

limpiar de sombra oscura

cada claro de luz.

 

La Vida escribe un salmo en las acacias y en los cafetales, en el bosque de la libertad y en los pájaros: la tarde en África encendida de amor: collares de mariposas sedientas, la nada, heridas que engalanan a las mujeres dulces, estar en el amor:

intercambiamos la tristeza:

cristales de colores, semillas engarzadas, paquetitos de ternura, pulseras de silencio, la tarde africana, húmeda:

cierro las ventanillas

para que no entre

en el coche sucio

de agravios y barro

la palabra que este

trayecto no evita,

la que tú te llevabas en la cesta,

sobre la cabeza,

erguida,

olvidándome ya…

 

*Conocí a Marifé Bolaños Santiago en un viaje al Instituto Cervantes de Dublín. Paseamos una maravillosa noche con Félix Romeo y con Carmen Gascón, mi mujer. Luego hemos hablado varias veces. Es una poeta que introduce el feminismo y la filosofía en su obra, es una mujer apasionada que adora la obra de María Zambrano. Acaba de publicar ‘La orilla de las mujeres fértiles’ en el sello Calambur. He aquí una selección de tres  poemas que la cuidadísima y elegante editorial madrileña ha colgado en su blog. La foto de marifé la tomo en(https://antoncastro.blogia.com/upload/externo-c20148618e60ee28f77cbe2714cbe8e9.jpg)

ANTÓN CASTRO: UN DIÁLOGO EN LIMA

ANTÓN CASTRO: UN DIÁLOGO EN LIMA

Entrevista y foto por Gianmarco Farfán Cerdán.

Realizada en Lima en el verano de 2009.




El escritor y periodista español Antón Castro (La Coruña, 1959) vino a Lima para ofrecer una conferencia y un taller literario de varios días, invitado por el Centro Cultural de España. Tras su estadía en nuestro país se iría de inmediato a dar más talleres y conferencias a Buenos Aires, Argentina, y luego volvería muy brevemente a Lima. Castro ha publicado más de veinte obras, entre las que podemos mencionar El corazón desbordado (1990), Bestiario Aragonés (1991), Veneno en la boca (1994), Vidas de cine (2002) y libros para niños como Jorge y las sirenas (2009). Igualmente, ha dirigido el suplemento Artes y Letras en el periódico Heraldo de Aragón. Además, ha conducido diversos programas televisivos -actualmente trabaja en Aragón TV como presentador del programa Borradores, donde ha entrevistado a muchos importantes escritores y personajes del ámbito cultural de su país-. Por su trabajo cultural ha sido reconocido con el Premio de la Asociación de la Prensa de Aragón y también con el Premio de Periodismo Ciudad de Zaragoza. Por otra parte, Castro tiene un interesante blog epónimo desde el año 2005, el cual mantiene siempre actualizado. En la siguiente entrevista, el narrador ibérico nos cuenta sobre sus profundas motivaciones literarias y su labor como periodista cultural.


Antón, una frase tuya es que “a uno lo marcan los cuentos que lee”. ¿Cuál ha sido el primer cuento que te ha marcado, con cuál la literatura entró en tus venas?

Una de las primeras veces que tengo conciencia de leer un cuento creo que es un cuento que aparecía en nuestros manuales de literatura, cuando estudiábamos en educación general secundaria, que era Maese Pérez, el organista (1861) de Gustavo Adolfo Bécquer. Una historia realmente muy fantástica, a la vez de terror, a la vez de apariciones. Curiosamente ese cuento -a mí me gusta muchísimo el Bécquer narrador más que el Bécquer poeta- tiene mucho que ver con el mundo que me contaban en la infancia. Un mundo fantástico, de miedos, apariciones. Claro, eso no lo sabía en ese momento. Ni siquiera sabía que el mundo que me habían contado era ese, pero de repente vas avanzando en el tiempo, te vas dando cuenta, y dices: “Claro, esto es lo que me contaban”. Entonces, me pareció como si algo inconsciente que yo tenía dentro de mí, de repente apareciese en un cuento. Además, es un escritor que tiene una vida breve. En España es un escritor importantísimo porque es el emblema del romanticismo. Es como podría ser aquí (José) Santos Chocano.


Acá se le considera muy bien.

Exactamente. Es un hombre que además marca mucho la obra, por ejemplo, de Rubén Darío. Entonces, a mí aquel cuento me perturbó, me gustó muchísimo, y fue de las primeras veces que tuve la sensación de lo que era un cuento. Luego leí muchos cuentos. También hay otra cosa que me impresionó: recuerdo que en mi casa mis padres apenas leían, y de repente, en una oferta que salía del Círculo de Lectores, en una revista de las que yo leía, ofrecían un paquete de libros. Uno de los paquetes que ofrecían era Eugenio Sue, Madame Bovary (1857), Salambó (1862) de Flaubert, y me lo compré. La verdad es que leí con mucho placer todo aquello. Entonces, creo que la literatura empezó ahí y ya luego lo que empezó como un torrente fundamental fue la literatura latinoamericana. Sobre todo con Gabriel García Márquez. Leí Cien años de soledad (1967) y aquello me pareció como la explosión de lo que era la novela pero también lo que eran los cuentos. Porque Cien años de soledad es una novela muy unitaria, una novela cíclica, pero si te fijas está llena de personajes, y cada personaje tiene un montón de cuentos secundarios.


Aparte, es un gran cuentista García Márquez.

Por supuesto. A mí me impresionó muchísimo un libro que es Ojos de perro azul (1950). Aquel libro me reveló varias cosas: el mundo de William Faulkner, que él había asimilado con esa densidad, ese mundo de perturbación, esas pasiones telúricas. El mundo de Kafka, que ya estaba en varios cuentos. Y luego, me encantó su propio mundo, ese mundo del trópico. Siempre recuerdo uno de mis cuentos favoritos que era La siesta del martes -del libro Los funerales de la Mamá Grande (1962)-. De repente leo La siesta del martes y digo: “¡Qué maravilla!”.


Doce cuentos peregrinos (1992).

Ahí tenía cuentos preciosos. Uno de los cuentos peregrinos tenía piezas preciosas. Uno de los cuentos de Doce cuentos peregrinos primero apareció en un artículo (en 1976) en El País, se llamaba El rastro de tu sangre en la nieve. Era la historia de una mujer que se pinchaba con una especie de espina de una rosa y acabaría desangrándose.

Sí.
Nena Daconte creo que se llamaba la chica. Ahora hay un grupo de música en España que se llama Nena Daconte. Yo juraría que era una historia maravillosa, una historia de amor y desamor con ese fondo de nieve. Realmente García Márquez es un gran narrador, el hombre que construía todo un mundo, pero a la vez también tenía -como veías tú, por ejemplo, en sus libros previos- un proyecto en la cabeza que se llamaba La Casa, que luego le va a cambiar el título: Cien años de soledad. Pero hasta llegar ahí -que es un libro que escribe en un año y medio en México, encerrado en su casa- él va haciendo pasos: Ojos de perro azul, Los funerales de la Mamá Grande, todo ese mundo, e incluso La hojarasca (1955), La mala hora (1962), y todo ese mundo confluye en esa novela poderosa. Pero él va haciendo pequeños cuentos, pequeños fragmentos, y a mí eso de García Márquez me gusta mucho. Después de Bécquer, el paso siguiente que te descubre la literatura -para mí- con una potencia enorme, es García Márquez. Luego ya vienen escritores gallegos, muchos otros. Pero esos dos pasos son fundamentales. Y si quieres te cierro el ciclo de influjos: cuando descubro a (Federico) García Lorca. Sobre todo un libro que a mí me sorprendió, que se llamaba Romancero Gitano (1928). Es un libro de romances, en teoría. Pero son romances que mezclan, por una parte, el pozo popular, tradicional -lo que es el romancero hispanoamericano general- y la llegada de la poesía de vanguardia. Hace allí una fusión y tiene piezas preciosas. Y luego, en ese libro todos los romances son como historias llenas de magia, llenas de enigma. A veces no sabes lo que pasa, pero te seducen completamente, te subyugan porque tienen siempre una aureola mítica. Y eso es lo que le pasa a García Márquez, desde luego. Y también le pasa -en otro nivel- a Bécquer.


¿Te gusta leer cosas nuevas o releer clásicos?

Soy un escritor un poco clásico, si quieres un pequeño académico. No soy un escritor de rupturas. No. Soy un escritor que intenta afirmar un mundo. Me gusta descubrir todo el rato cosas. He llegado a Perú, y no sabía mucho quién era Nelly Fonseca, la descubrí, me puse a leerla como un loco. Hace años, no sabía mucho quién era Julio Ramón Ribeyro, hoy ya me voy de cabeza. No sabía mucho quién era Ciro Alegría, ¡bum!, allá me voy. No sabía mucho quién era John Fante, el maestro de Charles Bukowski, y allá me voy, porque me encanta. Es decir, me gusta siempre estar al tanto de lo que pasa. Ahora que he estado en Buenos Aires, pues he comprado lo que he podido. He estado buscando cosas y todo el rato quería saber lo que hacían los jóvenes, quiénes eran los autores importantes o escritores con personalidad. El mundo es ancho y ajeno, el mundo es inmenso, y la verdad es que lo mejor es descubrir cosas. Hay una serie de escritores que te conmueven, que son maravillosos, que te seducen siempre. Te seduce siempre Stendhal, Flaubert, Tolstoi en muchas cosas, Chéjov, algunos libros de Mario Vargas Llosa. Es tan bonito descubrir en cada lugar gente que escribe maravillosamente bien. Por ejemplo, me regalaron un libro que es una antología que ha hecho Eduardo Chirinos, que habéis publicado aquí. Es un libro -Rosa polipétala (2009)-, un título muy gracioso, y lo he estado leyendo. Descubrir cosas, encontrarme con escritores jóvenes, no jóvenes, me fascina.


Y en otro país tan lejano.

Eso ya me vuelve loco. Por ejemplo, soy muy aficionado a la fotografía. El otro día aquí estuve buscando a los fotógrafos peruanos. Ya sé que los grandes son Martín Chambi y los hermanos Vargas, pero a mí me interesan todos. En Argentina, una de las primeras cosas que he hecho es comprarme una historia general de la fotografía argentina. Lo que me interesa es hacer que el mundo sea cada vez más variado y rico. Porque el mundo es tan inagotable, ilimitado, infinito, que nunca lo puedes asumir ni asimilar por entero.

Para ti la literatura no es una manera de vivir el mundo sino una manera más de vivir el mundo.

Sí, por supuesto. La literatura para mí es muy importante, creo que soy un animal literario, tenga más o menos lectores, más o menos éxito. Creo que soy un enfermo de literatura, un letraherido -que dice a veces Vargas Llosa y que dice mucha gente-. Lo soy. Pero me interesa mucho la vida, los seres humanos. Es decir, la literatura es un elemento fundamental de la vida, pero no es el único. Me interesa el arte muchísimo, por ejemplo. Aquí he conocido algunos pintores peruanos, pero en Buenos Aires -que he tenido un poco más de tiempo- he descubierto a Antonio Berni, a los grandes ilustradores. Realmente me interesa mucho todo eso. Me gustaba Julio Ramón Ribeyro, por la visión que tenía del mundo, la capacidad de resumir las cosas en pocas frases. Esa relación que tenía como de tipo marginado, alguien que estaba fuera. El hombre escribía estupendamente bien, sabía crear personajes maravillosos. Y aquí hay otros muchos. Hoy, por ejemplo, he estado leyendo a Santos Chocano. Hay un personaje -que es un gran escritor también-, se llama Oswaldo Reynoso, también es de aquí…


En octubre no hay milagros (1966).

Exactamente, sí. También hablaban de otro libro suyo: ¿Los Inocentes (1961)?


También.
Ese tipo de cosas es un poco la manera cómo te mueves por el mundo.


Pero él (Reynoso) es el mejor escritor de los underground.

Exactamente, sí.


Y por eso hay un encontrón con el canon oficial de acá. Pero en verdad es mejor que muchos de los que están allí aceptados. Eso pasa en todos lados.

Cuando hablas del canon hablas de Bryce Echenique, Vargas Llosa, de todos estos…


Aunque Bryce Echenique -Antón, sé que lo admiras- acá en el Perú, después del problema que tuvo con los 32 plagios (ver la siguiente entrevista de Perú.21: http://peru21.pe/noticia/460221/alfredo-bryce-plagio-homenaje y esta nota de El Comercio: http://elcomercio.pe/noticia/460270/alfredo-bryce-echenique-plagio-homenaje) se vino…

Ha perdido.


…bastante abajo. Y es muy penoso para nosotros los peruanos.
Y para nosotros, también. Porque piensa que en España a Bryce Echenique lo queremos mucho. Es un hombre…


Ganó el Premio (Nacional) de Narrativa de España (en 1998, por Reo de nocturnidad).

Ha sido Premio Planeta (el año 2002, por El huerto de mi amada), es un hombre que en España se le quiere mucho. Ha vivido mucho en Barcelona, ha tenido muchísimos lectores. Me acuerdo en los años después del primer Boom -que nos llegó con Lezama Lima, Borges, Cortázar, García Márquez, Vargas Llosa, Octavio Paz un poco; ese Boom que era Sábato, Juan Rulfo, Carlos Fuentes, esos grandes autores del Boom- vino uno posterior, que eran los escritores que tenían una calidad enorme pero que eran como los hijos. Uno de ellos, desde luego: Bryce Echenique. Que no es mucho más joven que Vargas Llosa. Me parece que Vargas Llosa es del 36 y él es del 39. Pero es un escritor que nos marcó mucho, sobre todo a través de dos libros. Uno -su mejor libro para mí- que es Un mundo para Julius (1970), y otro La vida exagerada de Martín Romaña (1981). Fueron libros que en España se leían mucho por la visión que tenía, por el sentido del humor, cómo describía Lima, cómo describía la relación entre los seres humanos. Y ahora te puedo decir que una de las personas a quien ha plagiado por completo todo el texto -salvo dos palabras- es muy amigo mío, es un escritor gallego que se llama José María Pérez Álvarez.


¿Cuál texto ha plagiado?

Es un texto (titulado Las esquinas habitadas) que publicó en Jano (en marzo del año 2005), un texto además que he publicado en mi blog. Es un texto que tiene un folio y medio.


Bryce plagió a este señor.

Sí, entero. Le cogió el texto entero.


Si lo ha hecho con 32…

Con muchísima gente, sí. Lo sé, perfectamente. Le cogió el texto entero. Es decir, un texto literal en completo, y le cambió dos palabras. Es una cosa realmente tremenda, porque no es necesaria. Un hombre de su talento… Ahora yo -no quiero aquí meterme con él ni nada, sino al contrario, darle un punto de ternura- creo que esto que le está pasando es el relato de un hombre enfermo seguramente de alcoholismo. Es un hombre que ha perdido -para mí- el norte. No creo que sea un desalmado, que haga eso por pura perversidad -él no lo necesitaría, tiene talento para hacer otras muchas cosas-, pero yo creo que es el producto de alguien que de repente se abandona en algo, y además, padece una enfermedad que no sé si es exactamente descontrol, alcoholismo o algo así. La cosa va un poco por ahí. Incluso hay alguien que me ha dicho aquí que los plagios nacen de su enfermedad. Es un hombre que bebe mucho. Si puedo decir esto -dicho con la ternura debida-, tengo la sensación de que Alfredo Bryce Echenique ha perdido un poco el respeto a sí mismo. No sé si por dinero, creo que más bien deriva de una cuestión patológica, de una enfermedad. Yo escribí un artículo contra Bryce, de manera irónica, sobre este tema que te digo. José María Pérez Álvarez es autor de varias novelas. Una se llama Nembrot (2002). Es un escritor conocido, pero tampoco muy conocido. No es Juan Goytisolo. Has entrevistado tú a Juan Bonilla, tampoco es Juan Bonilla. Es un buen escritor pero no tiene esa proyección pública. Yo escribí un artículo diciendo que de repente –la ironía, entiéndeme- Bryce Echenique se había puesto generoso y cariñoso: le gustaba mucho ese autor y como veía que ese autor que era muy bueno no acababa de salir, lo había plagiado completo. Para que surgiese este follón (lío) y en este follón la gente conociese mejor a José María Pérez Álvarez. Lo escribí en un artículo, con un poco de ternura y de mala leche. Y sobre todo con la perplejidad de no entender por qué a un hombre sobrado de talento, trayectoria, libros, respeto internacional en el mundo de la literatura, le ocurre eso.


¿Qué te causa temor en tu relación con la literatura? Esta relación -que se nota es muy intensa por la vasta memoria que tienes sobre libros, autores, épocas y corrientes literarias-: ¿te causa algo de reticencia o te entregas por completo?
No, yo me entrego por completo. Hay veces que la vivo como dices tú, con esta pasión, esta sinceridad apabullante, a veces casi avasalladora. A veces no sé muy bien dónde está la ficción y la realidad -me refiero en mi propia vida-. Entonces, la literatura la vivo como si fuera una forma más de respirar. Me confío mucho en la vida, la literatura y la gente. Dentro de esta pasión me entrego a la literatura también con un gran candor. Miedo no tengo a nada. Hoy, por ejemplo, me ha pasado una cosa muy curiosa: he inventado varios personajes -lógicamente en mis libros-, he creado un fotógrafo que su procedencia sería de un pueblecito de Teruel. El fotógrafo se llama Manuel Martín Mormeneo. Acabo de recibir una carta de una señora de Bahía Blanca, en Argentina, que se llama Isabel Mormeneo, y quiere saber si ese personaje que me he inventado es un antepasado suyo. Estas cosas me pasan constantemente en la literatura. Todo el mundo quiere saber si algunos personajes que invento y son de determinados lugares tienen que ver con antepasados suyos, si son reales. Pero en general, hombre, intento no molestar, no zaherir a nadie cuando se puede ver que alguien está ahí detrás. Intento no meterme con nadie porque creo que tampoco es necesario.


De repente esas personas que te piden datos de tus personajes ficticios -creyendo que son verdad- en el fondo quieren perennizarse a través de algo. Y ven que un escritor los puede perennizar con su apellido, su familia, con algo que se parezca a ellos.

Eso tiene razón. Me pasó por ejemplo cuando inventé un personaje que ahora aparece en todos mis libros -en Golpes de mar (2006), en Fotografìas veladas (2008), antes apareció en Album del solitario (1999), en Los seres imposibles (1998)- y lo creé en un libro que llevaba su nombre: El testamento de amor de Patricio Julve (1995). Te hablo de un fotógrafo ciego de un ojo, cojo de una pierna, se llama Patricio Julve, que tiene sus raíces también en un lugar de Aragón -aunque soy gallego llevo treinta años en Aragón-. Y entonces, recibí muchas llamadas. Mucha gente quería saber si ese personaje era su bisabuelo… Todo el mundo tenía un antepasado fotógrafo. Es una cosa que me deslumbraba. Y lo más gracioso que me pasó fue que un catedrático de universidad –cuando a partir de este libro, la historia de un fotógrafo, se habla de sus fotos- me preguntó que teníamos que hacerle una gran exposición antológica a ese fotógrafo porque teníamos que recuperar sus obras y presentarlo al público. Una cosa que me pareció muy bonita es cómo los personajes de ficción de repente se convierten en seres reales y cómo la gente -como dices tú- quiere tener un parentesco con ese elemento de ficción. Porque de alguna manera estos personajes acaban teniendo cierta inmortalidad a través de los textos. Una de las cosas que hace la literatura, en mayor o menor grado, con mayor o menor éxito, mayor o menor reconocimiento público, es conferir a los personajes cierta aureola de inmortalidad. Están ahí.


Mencionaste a Teruel (ciudad de Aragón). ¿De qué forma y por qué te había marcado Teruel?

Teruel es una provincia despoblada, que tiene todos los paisajes. No tiene mar pero tiene lagos, llano, serranía, alta montaña, páramos maravillosos. De entrada es una especie de mosaico de naturaleza muy variada. Allí llegaba el mar. Hubo dinosaurios en la zona de Teruel. Entonces, por distintas razones -básicamente porque soy marido de médico- durante quince años he estado viviendo en distintos lugares de Teruel. Primero viví en un lugar que se llama Camarena de la Sierra, una zona de alta montaña. Estamos hablando de 1500, 1600 metros, no estamos hablando de las montañas de los altiplanos del Perú. Era un lugar absolutamente paradisíaco. Un lugar frondoso que tenía pequeños ríos que atravesaban el paisaje. Vivir con la naturaleza, vivir con esa sensación de grandiosidad, que no es un Machu Picchu pero es grandioso a nuestra medida. Uno vive los paisajes que vive. Uno no vive en los Andes, no vive en la cordillera, vive otra cosa. De entrada, ese lugar me fascinó. Y me pasó una cosa muy bonita -que luego fue casi un método de trabajo-: mi mujer pasaba a consulta, yo estaba en casa cuidando a los niños que teníamos entonces, y la gente salía de la consulta y me venía a contar historias -como estamos tú y yo ahora aquí-, me contaban todo…


¿Era una costumbre en Teruel?

No. Es que mi mujer les dijo que su marido era periodista y escritor. Y que por qué no me venían a ver y contarme cosas. Entonces yo sacaba la cuaderna -como tú tienes ahora aquí- y empezaba a tomar historias. A veces me servía una frase: con una frase creaba un mundo. Y de esa estancia que fueron tres meses en tres años sucesivos –88, 89 y 90- yo escribí un libro que se llamaba Los pasajeros del estío (1990). Un libro muy especial, publicado en una editorial que se llama Olifante. Ahí nació la relación con un mundo muy sudamericano, porque a Teruel lo veía con esa textura sudamericana, esa envoltura mítica. Ese lugar que no sabes por qué hay tanto misterio, por qué la naturaleza es tan deslumbrante, por qué los personajes son tan extraños, y yo con eso hice mi primer libro. Luego nos fuimos a otro pueblo que se llama Cantavieja, que es una montaña impresionante, y ahí surgió El testamento de amor de Patricio Julve. En este caso ya no venía la gente a contarme historias. Era yo el que salía a las calles a hablar con la gente, a hacer un trabajo documental que luego llevaba a mi terreno. Hacía periodismo en el método de trabajo pero luego inventaba y creaba historias. Aunque algunas historias, la mayoría de gente me decía -cuando salió ese libro el año 95, que tuvo tres ediciones y publicó Destino-: ”es que tú has traído el mar a Teruel”. Porque como yo era gallego, yo al mar y tal. Teruel me marcó tremendamente porque es un lugar muy vinculado con la guerra civil, con distintos reyes medievales, con los maquis -esa gente resistente que cuando triunfa Franco se van al monte y hacen la guerra de guerrillas desde el monte-. Tenía un montón de cosas. Todo ese mundo me marca muchísimo, me gusta muchísimo y la verdad es que me dio todo. De niño me encantaba el paisaje con locura. Yo hacía dos cosas: me iba al bosque y me internaba a pasear solo, con un miedo infinito pero me apetecía hacer eso. Llevaba siempre una especie de amuleto. Luego en mi casa, cuando llovía, teníamos una especie de voladizo que nos cubría, y yo aplicaba el oído en la tierra, me quedaba allí tumbado, acurrucado como en posición fetal y escuchaba el estremecimiento de la tierra. Me quedaba ahí. Escuchaba el golpe de la lluvia contra el suelo, esa especie de golpe de tambor. Escuchaba -vamos a poner un poco de imaginación-…


Es una imagen bien cinematográfica.

…cómo se estremecía la tierra. Esto lo hacía yo cuatro o cinco veces al año como mínimo, porque me encantaba. De repente se pone a llover, se despiertan unos olores de borrasca, y yo me aplicaba ahí, me quedaba así acurrucadito, como si no hubiera nacido. Y escuchaba, veía, cómo caía la lluvia, escuchaba la música, para mí era una sensación maravillosa. Es decir, ahora, muchos años después me acuerdo de esa imagen como una que define mi amor a la naturaleza, mi búsqueda de captar el misterio, mi relación casi telúrica con la tierra, como superficie matricial, como matriz del mundo.


“…Avanzó hacia el interior de las rocas como si quisiera recorrer por última vez los escenarios de una pasión extinta ya, pero que no acababa de consumirse en su interior con calma y sin avivar el espanto de la decepción…”

De Golpes de Mar de Antón Castro



Hablaste de Golpes de mar que antes se llamaba Marinos y mujeres
Sí.

…y dijiste que era tu autobiografía como escritor, y que te costó más de veinte años terminarla, en tres versiones distintas. ¿Cómo se escribe un mismo libro tantos años? Uno a veces siente que pesa el libro porque lo tiene ahí…

Cuando digo que es mi autobiografía de escritor quiero decir que es el primer libro que escribo o empiezo a escribir -por lo menos en los primeros cuentos- y es el último libro ahora. Ya he publicado otro más, pero hasta el año 2006 es el libro que me acompaña siempre. Yo primero publico en el año 87 cuatro cuentos que se llamaban Mitologías -que era el germen de Golpes de mar-. Diez años después, en el año 97, en gallego esta vez, publico un libro que ya tenía once cuentos y se llamaba Vida y muerte de las ballenas. A esos cuatro cuentos iniciales yo le añadí otros siete. Y ahora, diez años después, el 2006-2007 publico Golpes de mar, la edición definitiva en castellano.


No va a haber una segunda edición definitiva.

Creo que no voy a ampliarlo más. Es decir, ya está redondeado el tema. Y entonces, ¿qué ocurre? Primero aparecen cuatro cuentos. En el segundo libro, en gallego, aparecen once. Cuatro y siete. Ahora aparecen dieciséis, pero he quitado algunos cuentos del libro segundo y he añadido otros cuentos nuevos. Es decir, es un libro que al principio escribí en gallego, lo traduje, lo publiqué en gallego, y finalmente he seguido trabajando ya en castellano y he completado Golpes de mar. ¿Por qué digo que es mi autobiografía de escritor? Porque es el libro que -de alguna manera- condensa mis obsesiones, mi mirada sobre el mar, los autores que me han gustado -y muchos están ahí presentes-. Es un libro de muchos homenajes, explica cómo un escritor que empieza con veinte años, veintidós, veintitrés, veinticinco, empieza a trabajar y va ampliando el mundo pero sigue siendo ese escritor siempre. Es un libro que me gusta mucho. No tiene nada que ver con mi autobiografía personal. Sólo hay un texto autobiográfico ahí, se llama Dos tardes con Beatriz de Sousa. Es mi libro que refleja más cómo soy yo. Cómo miro, cómo me interesan los personajes, el mundo del mar y el mundo irlandés, el amor, la muerte -casi como temor y mito-. Me parece que ese libro, si tuviéramos que hacer un autorretrato de Antón Castro como escritor, posiblemente sería el más perfecto. Aunque hay otro libro mío que me gusta mucho también, el último, Fotografías veladas. Otro libro mío que me encantaría regalar a todos los lectores -pero está agotado y la editorial no lo quiere reeditar- es el que más éxito ha tenido, se llama El testamento de amor de Patricio Julve: se inicia en 1835 y termina en 1996. Tiene como 160 años de historia, y son 160 años a través de distintos relatos, de un hilo conductor que sería ese fotógrafo Patricio Julve, a través de un paisaje muy teruelense, plenamente. Un paisaje montañoso, escarpado, fascinante, que se llama el Maestrazgo (una comarca histórica).


De Golpes de mar me llama mucho la atención que tiene un ritmo muy pausado y es muy poético. Por ratos hubiera sido un poema y por ratos una narración…
Sí.

…pero va combinado.

Eso es una cosa que hago siempre. Hay mucha gente que dice que mis textos son siempre muy poéticos. Yo escribo con esa naturalidad. Me interesa muchísimo el mundo de la poesía. De repente he empezado a escribir poesía de nuevo. Porque empecé escribiendo poesía de joven pero estuve como veinte años sin la poesía y ahora quiero hacer poesía. He escrito ya unos poemas. Pero hay una textura de la prosa que me gusta mucho. Intento que la carga poética no perturbe, que no moleste sino que dé matices nuevos. Para mí es muy importante en lo que hago la narratividad, la amenidad, el que te interesen unos personajes, lo que se cuenta, las situaciones, el color, el olor, el sabor. Y todo eso, ¿cómo lo doy? Primero, con un tratamiento especial del tiempo, que casi siempre en mis libros es muy intemporal -nunca sabes con certeza en qué momento están pasando las cosas-. Hombre, sabes que estamos en el siglo XX posiblemente pero no sabemos en qué nebulosa exacta está. Y me interesa mucho la poesía. Esas imágenes que de repente te abrazan, te envuelven, te crean un clima especial. Y sobre todo te meten en un lugar que estás cómodo, que estás bien. Mis textos son muy líricos, como dices; son reflexivos sin ser filosóficos, muy poéticos y narrativos. Yo no quiero que nadie se aburra nunca con mis textos.


Entrando a tu lado periodístico: cuando entrevistas a escritores – porque también entrevistas a gente de otros ámbitos de la cultura-, ¿has pensado que alguno de ellos te puede decir un secreto que tú no sabías o quisieras saber sobre literatura?
Mucha gente. Porque todos vivimos la literatura de manera especial, quiero decir que todos tenemos una pulsión íntima, reflexiva. Siempre hay mucha gente que te descubre cosas. Siempre aprendes. Incluso aprendes de escritores que tú sabes que son malos. Hay muchos escritores de éxito que son muy malos escritores, la relación con el lenguaje es muy mala. Son escritores que ni tienen un don poético, y sin embargo funcionan muy bien porque la gente busca en sus textos otra cosa. Busca entretenimiento fácil, fragmentos de historia, creaciones inmediatas. La verdad es que siempre me ha interesado mucho cómo los diferentes escritores van construyendo su mundo, qué es lo que les interesa. Hay escritores que te interesan mucho más. No es lo mismo entrevistar a Enrique Vila-Matas -que tiene una relación con la literatura increíble, llena de hechizos, de sortilegios, con una poderosa carga de azar- que entrevistar a escritores que no tienen un mundo literario. Son escritores que ven la literatura como instrumento para otra cosa. Me gustan más los escritores que tienen la enfermedad de la literatura, que tienen una relación muy especial, llena de recodos, secretos, laberintos, encrucijadas, con la literatura. Eso es lo que me gusta.


¿Entrevistar a Antonio Gamoneda también resultó igual de grato que entrevistar a Vila-Matas?

Sí. Es muy diferente. Hay como dos Gamonedas. La primera entrevista que le hice a Gamoneda no fue la que le hice en el año 2008 -coincidiendo con la Exposición Internacional de Zaragoza- sino que lo entrevisté por primera vez en el año 88, hace 21 años. Lo entrevisté en un viejo café de Zaragoza que está dentro de un restaurante donde va mucha gente. Es un lugar muy literario. Por allí ha pasado todo el mundo de la cultura, del arte, de las variedades. Todo el mundo ha pasado por allí. Lo entrevisté allí. Yo lo conocía, él acababa de publicar un libro que era como su antología poética total, se llamaba Edad (1987), por la que había recibido el Premio Nacional de la Crítica. Había sido una revelación que se conociera como un poeta de provincias y de repente sale con toda la fuerza del mundo. Un poeta de León, aunque él nació en Oviedo. Me perturbó mucho aquel hombre. Primero porque no era un poeta fácil, lo veías torturado. Era un poeta del conocimiento, del silencio, la muerte, de un paisaje desabrido, de nieve, un poeta del páramo. Estos poetas donde los elementos simbólicos son símbolos –valga la redundancia- de sentimientos del alma: la soledad, la pérdida.


Conceptuales.
Sí. Muy conceptuales. Él es un poeta que construye unas imágenes deslumbrantes, muy buenas, estupendas. Pero por otra parte es un poeta de todas estas cosas: soledad, vacío, pérdida, desamor, conocimiento, un poeta del hielo. Del hielo como elemento fundamental de la nieve, como elemento fundamental de desamparo en el mundo. Me sorprendió muchísimo aquello. Cuando lo he vuelto a entrevistar muchos años después, cuando ya era Premio Cervantes, él se acordaba. Nos hemos escrito muchas veces. Inclusive le he traducido algún poema al gallego. Es un hombre con su mundo, sigue un poco en sus trece. Me pasó una cosa muy curiosa cuando lo entrevisté esta vez. Él es un poeta que tenía una vena social, también. Leyó un poema sobre la memoria, sobre el rescate de la memoria en Galicia, en España, sobre los muertos -la gente que ha sido enterrada y no sabemos dónde-.

Por la guerra civil.

Por la guerra civil, sí. Y la verdad es que su poema fue impresionante. A la gente le impresionó. En España ha habido hace poco un debate, una especie de malentendido. Porque le preguntaron (a Gamoneda): “se muere Mario Benedetti”. Y entonces él dice -con muy buena educación- que es un poeta necesario, que su conciencia cívica ha sido muy importante, que es un hombre al que le tiene mucha admiración, pero que lo que él hace para él no es poesía, es otra cosa. Lo que vino a decir -más o menos- es que Mario Benedetti no era uno de sus poetas afines, él prefería otro tipo de poética. Le pasa a mucha gente. Mario Benedetti: hay gente que le gusta mucho y hay gente que no le gusta nada. Entonces, a raíz de eso ha sido muy insultado, muy vituperado…


Pero tiene unos poemas muy buenos, los últimos que escribía Benedetti…
Sí.

…no eran de “codo a codo”, eran mucho más elaborados.

No. Exactamente. No era aquello de “si te quiero es porque sos / mi amor mi cómplice y todo / y en la calle codo a codo / somos mucho más que dos…”. Eso sería lo que se ha llevado a la música…


A los colegios, también.

A los colegios, también. Hay una cosa que no le puedo negar a Mario Benedetti -me puede gustar más o menos-: es un hombre que manejaba el lenguaje muy bien, tenía una facilidad… Era un poeta que tiene capacidad de convertir la poesía en un instrumento, que la gente hace suyo y lo vive de manera especial.


Como Ernesto Cardenal, también.

Y Ernesto Cardenal. Sí. Es muy difícil hacer tuya la poesía de Antonio Gamoneda. Me refiero a hacer tuya en un sentido colectivo, popular, es otra cosa, es un poeta…

Es muy individual.

Muy individual. Es un poeta que te obliga a pensar, un poeta que muchas veces no entiendes lo que dice pero te gusta cómo lo dice, y eso te lleva a pensar, a indagar. Porque hay una cosa que también me gusta: esa poesía que tú no entiendes nada de lo que te cuentan.

Todo es pura metáfora.

Sí, que es pura metáfora, que es encadenamiento de imágenes, que es un poco el aroma del lenguaje. El lenguaje tiene aroma, sabor, un montón de cosas.


Leíste un texto tuyo (en el taller literario que ofreció en Lima), “Las cartas de mi padre”, y fue muy emotivo. Digamos que ese agradecimiento que le haces a tu padre y que te decidiste por la literatura cuando viste que tu madre estaba emocionada por uno de los textos que habías escrito: esas dos imágenes son tus pilares emocionales para la literatura.

Sí. Mi padre apenas sabía leer. Mi madre leyó poco -fue al colegio tres o cuatro meses-, pero esa primera imagen, que de repente nos cambiamos de pueblo y yo de repente me pongo a escribir en la mesa de la cocina y hago una narración contando cómo recordaba nuestra vida anterior, y se la leo y mi madre se pone a llorar, eso me pareció tremendo. Entonces, efectivamente, fue como una revelación. La literatura agita, excita, moviliza estos sentimientos tan profundos, esta emoción. Eso para mí fue como si hubiera descubierto la piedra filosofal. Fue muy importante porque en ese momento mi padre ya había vuelto a casa, pero cuando mi padre estaba en el extranjero -mi padre escribía muy mal y empezaba sus cartas así-: “Querida familia, espero que vuestra salud esté bien, quedando la mía bien, también”. Siempre empezaba así las cartas. Y a mí me llamaba el rey de la casa. Había un momento que contaba cómo le iba, si trabajaba de barrero de sábados, si había hecho tal jardín, tal otro, y al final preguntaba por el rey de la casa. Y el rey de la casa, el chico pequeño, era yo, que tenía entonces entre seis y diez años, en esa franja de edad. Para mí era muy emocionante. Mi padre: nunca le he oído una palabra de cariño. Por ejemplo, me ves que soy muy afectuoso con toda la gente, que le animo y tal: mi padre era todo lo contrario. No nos animaba nunca a nosotros, parecía como si fuéramos un poco extraños para él. Éramos sus hijos pero a la vez era como si no le hubieran enseñado cómo hay que ser cariñoso.


No había comunicación física.

Le costaba, le costaba. Porque mi padre se marchó de casa a los seis, siete, ocho años, a trabajar de criado. No había vivido ni con sus hermanos ni con sus padres. Y cuando vuelve a vivir con sus padres y hermanos es muy poquito tiempo: tiene 23 años. Quince años ausente de casa, y se casa. Realmente, lo que es el núcleo familiar no lo llega a tener. Sin embargo, una cosa que me impresionó mucho de él y que me ha pasado también, es que él tenía a su padre –que al final de su vida padeció un cáncer- y lo iba a ver todos los días. Y todos los días se sentaba al pie de su cama, le daba plátanos, hablaba con él, intentaba mantener una conversación. La imagen más poderosa que tengo de mi padre -al margen de las cartas, de ir con él alguna vez, que me llevaba de la mano- era ver cómo cuando mi abuelo tenía setenta años, se estaba muriendo, él iba todos los días. Salía del trabajo e iba diez, doce kilómetros en su bicicleta -o en lo que fuera- a verlo y estar con él. Fíjate hasta qué punto estaba poseído y perturbado (su abuelo) por su enfermedad que -nosotros vivíamos en un segundo piso- un día llamó, empezó a subir escaleras, llamó en el quinto, otro día llamó en el cuarto y otro día llamó a la peluquería. Le abrieron, no vio nada. Iba tan absorto en sus pensamientos que entró hasta donde estaban peinando a las mujeres y la peluquera, con mucha tranquilidad, le coge del hombro y le dice: “Señor Benito, me parece que usted se ha equivocado de casa, usted vive abajo”. Esas imágenes son muy importantes para mí. Ya sabes que los escritores -cuando antes me preguntabas si me habían revelado cosas- tienen una relación muy especial con la literatura. Hay gente que la literatura ha sido un exorcismo contra la pobreza, hay gente que ha sido una manera de escapar de malos momentos, ha sido una manera de sublimar el amor, y ha sido también -a veces- un refugio contra ti mismo, contra la parte más destructiva. La literatura en mí tiene muchos lugares, muchas esquinas. Dos fundamentales son estas que tú has avanzado: esa vez que escribo un texto y se lo leo a mi madre, y esas cartas de mi padre -que eran un folio por las dos caras escritas- que leíamos ante la ventana de la cocina. Me emocionaba tanto cuando mi madre leía las cartas en voz alta -casi a trompicones-, tanto que se me caían las lágrimas. Yo era un niño. Mi madre me veía y, ¿qué me decía?: “¿Qué te ha pasado, te ha caído una mota en un ojo?”. Y yo le digo: “Sí, mamá. Un mosquito se me ha caído en el ojo”. Porque no quería decirle que lloraba de la emoción de oír las cartas de mi padre, pero eso era lo que me pasaba.


La última pregunta: ¿qué te pareció esta experiencia por Sudamérica?
Sólo había estado una vez en Latinoamérica -el año 97 en La Habana- y ahora ha sido maravilloso. Voy a empezar por Perú, porque he estado en Lima -he hecho algunos pequeños viajes, pero básicamente he estado en Lima- y la verdad es que he entendido mejor muchas cosas. Los peruanos son gente más humilde, aparentemente, que también te da -desde el silencio, desde esa mirada profunda- un gran cariño. Es gente muy meticulosa, y me ha tratado todo el mundo maravillosamente bien. En términos de experiencia: preciosa. Los talleres: me lo he pasado muy bien. No porque yo pensara que acertábamos sino porque tenía la sensación de que la gente estaba muy a gusto, muy feliz. Un poco rompiendo lo que sé que a veces son los talleres literarios canónicos. Hicimos unos talleres muy constructivos, muy diferentes, donde la gente dio lo mejor de sí mismo, con una gran creación general, colectiva. Donde hicimos un viaje por la literatura de todos los tiempos, por todos los géneros, a través de los textos. Para mí eso fue maravilloso. Y luego, el encuentro con la gente en la conferencia fue muy bonito porque yo estaba muy pendiente de la gente -teníamos una hora y pico, nos hubiéramos quedado ahí hasta mañana- y se veía feliz. No veías a nadie que se durmiera -siempre hay alguien que se duerme-. Creo que fue muy bonito, muy emocionante, y veía que la gente disfrutaba. Para mí fue estupendo y la ciudad me encantó, me encanta. Y en Buenos Aires me la he pasado muy bien -aquí tuve tres intervenciones, en Buenos Aires cinco-. Primero, un encuentro con los editores, luego, una charla con la gente del Centro Gallego, dos talleres de televisión y una charla. Hubo menos gente en Buenos Aires, una ciudad mucho más complicada. Quizá los argentinos no tienen ese cariño hacia el extranjero que se muestra aquí en Perú. Aquí la gente, los periodistas, todo el mundo, es muy cariñosa. Los argentinos están muy contentos de haberse conocido y menos contentos de conocer al que viene. A mí me da igual, yo he sido muy feliz. En general, me han tratado muy bien, han sido muy cariñosos y ha sido una experiencia maravillosa. Son dos ciudades muy diferentes. Buenos Aires es una ciudad enorme, grandísima; esta es una ciudad más destartalada pero con muchísimas riquezas, un pasado fantástico y -sinceramente te lo digo- he sido muy feliz. Mi mujer dice que este es uno de los viajes de su vida, que se lo ha pasado muy bien, que nos hemos sentido muy queridos y que al estar aquí se han consumado muchos sueños, muchas imágenes que teníamos a través de la literatura, a través de personajes como Martín Chambi, que tanto me gusta.


Muchas gracias por la entrevista, Antón, y esperamos que puedas volver en alguna otra oportunidad al Perú.

Yo espero que pueda volver, que ya estén aquí mis libros y la gente me conozca un poquito más. Muchísimas gracias.


Gracias.


Nota: esta entrevista fue realizada en el año 2009.

MARCOS ANA: CÁRCEL, POESÍA Y MEMORIA

MARCOS ANA: CÁRCEL, POESÍA Y MEMORIA

[LITERATURA / MARCOS ANA. Escritor y político nacido en Salamanca en 1920, que pasó 23 años en la cárcel y recogió su vida en ‘Decidme cómo es un árbol’, que Almodóvar llevará al cine. Participó, el pasado sábado, en la fiesta del PCA-PCE y en un homenaje a Miguel Hernández.]

 

“No alimento ni el odio ni la venganza”

“Sigo siendo comunista y marxista”

 

 

 “Yo no tuve nunca una relación muy especial ni muy directa con Miguel Hernández –declara el poeta y político Marcos Ana (Salamanca, 1920), que permaneció 23 años en la cárcel, como narró en ‘Decidme cómo es un árbol’ (Umbriel)-. La primera vez que lo vi fue en el año 1937, vivía yo en el Alcalá de Henares, era responsable de la Juventud Socialista Unificada de la región y él era de la unidad del ‘Campesino’, era su agregado cultural, y paraba muchas veces allí. Luego lo fuimos  a buscar para que hiciera un recital y lo conocí. Me impresionó mucho, primero por su poesía, ha sido uno de los grandes, y luego le vi, ya de paso, en la cárcel de Conde de Toreno, donde Miguel estaba condenado a muerte. Me lo presentaron, le di un abrazo y le recordé que nos habíamos visto años atrás, cuando yo era un chaval en Alcalá de Henares. Fue un hombre que murió de franquismo cuando se abría a la juventud”. 

Usted fue el promotor de un homenaje especial a Miguel Hernández en la cárcel.

Sí, sí, en 1960 en la cárcel de Burgos pensamos en hacerle un homenaje a Miguel Hernández con motivo de su 50 aniversario. Era un montaje insólito, clandestino. Construimos un escenario con sábanas y con mantas, muy bien organizado, y unos compañeros, cuatro o cinco relatores, iban narrando su homenaje a Miguel: su vida y sus versos. No crea que era una cosa fugaz: tenía tres actos que tomaban el título de sus libros principales. El primero, ‘El rayo que no cesa’, era sobre el amor; el segundo, ‘Vientos del pueblo’, sobre la política, y el tercero, ‘Cancionero y romancero de ausencias’, sobre la cárcel y la muerte. La obra se llamaba ‘Homenaje a voz ahogada para Miguel Hernández. Sino sangriento’. Ahogada por dos razones: no podíamos levantar mucho la voz para no ser sorprendidos por los centinelas, que estaban algo alejados, y ahogada porque estábamos emocionados. Yo creo que nunca se hará un homenaje con tanta pasión y tanto riesgo.

¿Cuándo se hizo?

Era octubre. No recuerdo si era noche lunada o no, pero sí que los presos estaban sentados en el suelo con una pasión casi religiosa. Teníamos un pequeño coro, habíamos hecho unos instrumentos, a modo de flautas, con  los rabos de las escobas, y detrás del escenario estaba la banda. Cuando en el segundo acto llegaban las Brigadas Internacionales y los franceses sonaba ‘La marsellesa’; cuando aparecían los muralistas mexicanos, sonaba ‘la Cucaracha’; cuando venían los rusos sonaba ‘la Internacional’. En medio del silencio de la cárcel lo único que se oía era la alerta de nuestros centinelas. Yo era el director y redacté el guión. Ahora la función se ha vuelto a montar y da vueltas por España.

Cuando usted entró en la cárcel tenía 18 años. No sabía lo que era la vida, ni el amor…

Era hijo de campesinos muy pobres, analfabetos, y yo sabía leer y las cuatro reglas y poco más. La cárcel sería mi universidad. A los doce años mi familia me puso a trabajar en una tienda de cordelería e iba por los sitios con un carrito vendiendo cosas: hoces por los segadores, cuerdas. Me sorprendió la guerra y me marché al frente desde el primer momento como mascota al batallón Libertad.

Ha dicho usted que un día un día oyó a alguien que daba un mitin y pensó: “Este hombre habla para mí”.

En mi juventud yo era muy católico, mi padre también lo era. Un día fui a un acto a repartir la revista católica ‘Hosanna’, y mientras repartía me quedé a escuchar a un joven socialista que estaba hablando: era Federico Melchor. Me di cuenta de que estaba hablando de mí, de mi familia, de las condiciones de pobreza que rodeaban nuestra. Y me quedé enganchado, e iba a los mítines de los partidos socialistas hasta que ya di el paso al comunismo. Fue un paso difícil porque durante el día cumplía con las obligaciones de militante, y por la noche rezaba a solas.

¿Sigue siendo comunista?

Sí, no un comunista de cuartel o de secta, sino un comunista abierto, que quiere vivir su tiempo y escuchar a los demás, porque desgraciadamente a veces veo compañeros honorables que siguen utilizando hasta el mismo lenguaje que teníamos hace años. No te puedes dirigir a los jóvenes como lo hacías antaño, con una especie de catecismo político. Hay que oír a la juventud y hablarle. Ahí nace todo. Si no somos capaces de entender y de escuchar a la juventud no seremos capaces de cifrar los signos del futuro. Sigo siendo comunista y marxista.

Cuenta usted que le estaban torturando y alguien le tiró el retrato de Lenin…

Eso fue así. Yo estaba en los calabozos la dirección General de Seguridad en Madrid, soportando una paliza terrible y alguien arrojó un papel con el rostro de Lenin. Me pareció una señal. Eso es que hay una mística revolucionaria también.

¿Quién le tiró el retrato?

No lo sé. No fue un sueño. Tras recibir las palizas y hacerme con aquel papel doblado con el rostro de Lenin, me sentí fortalecido y comprometido con aquel retrato. Como por la mañana nos sacaban a hacer nuestras necesidades, al pasar ante otro calabozo lo tiré por la ventanilla a otro compañero para que siguiera luchando. Yo sé que existe una mística revolucionaria, y la he vivido cuando he sido torturado –con máscaras antigás, con corrientes eléctricas, con palizas brutales-: de repente te haces fuerte, lo resistes casi todo hasta perder la conciencia. No querías volverte indigno o delator de tus compañeros.

¿Cómo pudo resistir tanto dolor?

Teníamos nuestros trucos. Pero, después, nunca he cultivado el odio ni la venganza. A mí no se me ocurrió buscar a quien me torturó para romperle la cabeza. Una vez me preguntó uno de mis agresores: “Vosotros, ¿por qué cojones lucháis?”. Yo les dije: “Yo lucho por una sociedad donde, entre otras cosas, no le puedan hacer a usted lo que usted me está haciendo a mí”. En la cárcel también escribí poesía sobre el dolor y la esperanza de mis compañeros, para despertar la conciencia a los compañeros.

Publicó usted ‘Decidme cómo es un árbol’ (Umbriel) y ese libro cautivó a Almodóvar, especialmente la historia de la prostituta Isabel de Peñalva. ¿Cómo está el proyecto?

Va adelante. Tenemos un contrato firmado por tres años. A Pedro le gustó mucho la historia: salí de la cárcel después de 23 años de reclusión y dos condenas a muerto. Un amigo me dio mil pesetas para que conociera el amor y me lo gastase con una prostituta. Fui, ella se quedó fascinada con mi historia, salimos a cenar y me estrené con ella. A la mañana siguiente me dejó las mil pesetas y me decía que le gustaría volverme a ver esa noche. Salí a la calle y le compré mil pesetas en flores. Esta escena va a ser el hilo rojo del libro: todo va a suceder en una noche. Pedro y yo somos amigos, nos vemos con frecuencia, y yo creo que se hará la película.

*Esta foto es de David Francisco, el activísimo reportero de la poesía, el hombre de Panda de Tolos.