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Antón Castro

Escritores

'MOSQUITOS' DE WILLIAM FAULKNER

'MOSQUITOS' DE WILLIAM FAULKNER

La editorial Alfabia, que dirige Diana Zaforteza, entre otros, acaba de publicar ‘Mosquitos’, la novela de William Faulkner, en traducción de Daniel Gascón (Zaragoza, 1981), que también acaba de traducir a Christopher Hitchens. Le pido un fragmento del libro y aquí está.

 

William Faulkner, visto por Henri Cartier-Bresson.

[La señora Maurier –una rica aficionada a las artes de Nueva Orléans- y su sobrina adolescente van con el señor Talliaferro –un seductor sin suerte, vendedor de ropa de señoras, que imposta un acento cockney y se ha cambiado un poco el nombre para darle más clase- al estudio del escultor Gordon: quieren que los acompañe en la excursión en el yate de la señor Maurier.]

 

Circularon despacio, pasaron bajo farolas espaciadas y por esquinas estrechas, mientras la señora Maurier hablaba constantemente de su alma, de la del señor Talliaferro y de la de Gordon. La sobrina iba sentada en silencio. El señor Talliaferro era consciente de su olor limpio y joven, como el de los árboles jóvenes; y cuando pasaban bajo las farolas podía ver su forma esbelta, la revelación impersonal de sus piernas y sus rodillas desnudas y asexuadas. El señor Talliaferro se deleitaba, agarraba su botella de leche y deseaba que el paseo no terminase. Pero el coche volvió junto a la acera, y debía bajarse, por mucho que le pesara.

            -Entraré y lo traeré –sugirió con tacto premonitorio.

            -No, no, subimos todos –objetó la señora Maurier-. Quiero que Patricia vea cómo es el genio en casa.

            -Vaya, tía, ya he visto esos antros –dijo la sobrina-. Están por todas partes –dobló su cuerpo sin esfuerzo, rascándose las rodillas con sus manos morenas.

            -Es muy interesante ver cómo viven, querida. Te encantará –el señor Talliaferro protestó de nuevo, pero la señora Maurier se impuso con meras palabras. Así que, a su pesar, encendió cerillas para ellas y las llevó por las escaleras tortuosas y oscuras, mientras sus tres sombras los imitaban, subiendo y cayendo monstruosamente sobre la pared antigua. Mucho antes de que llegaran al último piso, la señora Maurier jadeaba y resoplaba: el señor Talliaferro sintió una pueril alegría vengativa al oír su respiración trabajosa. Pero era un caballero y apartó esa sensación, reprendiéndose a sí mismo. Llamó a una puerta, le dijeron que entrara, abrió.

            -¿Ha vuelto? –Gordon se sentó en su única silla, mientras masticaba un sándwich, con un libro entre las manos. La bombilla desnuda refulgía salvajemente sobre su camiseta interior.

            -Tiene visita –el señor Talliaferro ofreció su tardía advertencia, pero el otro ya había visto tras su hombro el rostro interesado de la señora Maurier. Se levantó y maldijo al señor Talliaferro, que había empezado de inmediato su infeliz explicación-. La señora Maurier insistió en venir…

            La señora Maurier lo derrotó de nuevo.

            -¿Señor Gordon? –irrumpió en la habitación, con su cara de feliz asombro como un plato redondo apoyado sobre un borde-. ¿Cómo está? ¿Podrá alguna vez perdonarme por importunarle así? –continuó, con sus cursivas demasiado afectuosas-. Acabamos de encontrarnos con el señor Talliaferro en la calle, llevaba su leche y hemos decidido enfrentarnos al león en su jaula. ¿Cómo está? –le puso encima su mano efusiva, miró atentamente a su alrededor con alegre curiosidad-. Así que aquí es donde trabaja el genio. Es precioso. Muy… muy original. Y eso… -indicó una esquina tras un biombo de harapienta tela ribeteada- es su dormitorio, ¿verdad? ¡Qué agradable! Ay, señor Gordon, cómo envidio su libertad. Y una vista. También tiene una vista, ¿verdad? –le cogió de la mano y miró extasiada a una ventana alta e inútil, que enmarcaba dos cansadas estrellas de cuarta magnitud.

            -La tendría si midiera dos metros y medio de alto –corrigió él. Ella volvió la vista hacia él rápidamente, feliz. El señor Talliaferro rió con nerviosismo.

            -Eso sería encantador –respondió con entusiasmo-. Tenía tantas ganas de que mi sobrina viera un estudio de verdad, señor Gordon, en el que trabaja un artista de verdad. Querida –se detuvo, sin dejar de apresar su mano, mirando por encima del hombro- querida, voy a presentarte a un escultor de verdad, del que esperamos grandes cosas… Querida –repitió más alto. La sobrina, a la que las escaleras no habían molestado, había caminado sin rumbo tras ellos y ahora estaba frente a la pieza de mármol-. Ven a hablar con el señor Gordon, querida –bajo la modulación de sacarina de su tía había un rastro de algo que, después de todo, no resultaba tan dulce. La sobrina volvió la cabeza y asintió ligeramente sin mirarlo. Gordon liberó su mano.

            -El señor Talliaferro me cuenta que tiene usted un encargo –la voz de la señora Maurier había vuelto a ser miel atónita y feliz-. ¿Podríamos verlo? Sé que a los artistas no les gusta enseñar una obra inacabada, pero, entre amigos… Los dos saben lo sensible a la belleza que soy, aunque se me haya negado el impulso creador.

            -Sí –dijo Gordon, observando a la sobrina.

            -Hacía mucho que tenía intención de visitar su estudio, como prometí, seguro que lo recuerda. Así que aprovecharé esta oportunidad para echar un vistazo. ¿Le importa?

            -Adelante: Talliaferro puede enseñarle cosas. Perdone -se tambaleó de una manera característica entre los dos y la señora Maurier canturreó:

            -Sí, es cierto. El señor Talliaferro, como yo misma, es sensible a lo hermoso en el arte. Ah, señor Talliaferro, ¿por qué se nos dio a usted y a mí el amor por lo bello y se nos negó la capacidad de crearlo a partir de la piedra y la madera y la arcilla…?

            Su cuerpo, enfundado en su vestido breve y sencillo, estaba inmóvil cuando él se acercó hasta ella. Después de un rato dijo:

            -¿Le gusta?

            De perfil, su mandíbula era pesada: había algo masculino en ella. Pero de frente no resultaba pesada, sólo tranquila. Tenía labios gruesos y descoloridos, sin pintar, y sus ojos eran opacos como el humo. Ella afrontó su mirada, percibió el azul gélido de sus ojos (como los de un cirujano, pensó) y volvió a mirar el mármol.

            -No lo sé –respondió lentamente-. Es como yo.

            -¿Como usted? –preguntó con seriedad.

            No respondió. Después dijo:

-¿Puedo tocarla?

            -Si quiere –contestó, examinando la línea de su mandíbula, su nariz firme y breve. Ella no hizo ningún movimiento y él añadió:- ¿No va a tocarla?

            -He cambiado de idea –dijo con calma. Gordon miró por encima del hombro hacia el lugar en el que la señora Maurier estudiaba algo meticulosa y locuazmente. El señor Talliaferro le daba la razón con pasión contenida.

            -¿Por qué es como usted?

            Ella dijo, como si fuera irrelevante:

            -¿Por qué no tiene nada aquí? –su mano marrón destelló esbelta en la elevada ausencia de énfasis del pecho del mármol, y se retiró.

            -Usted tampoco tiene mucho –ella afrontó su mirada insistente-. ¿Por qué debería tener algo? –preguntó.

            -Tiene razón –asintió con la imparcial amabilidad de una igual-. Ahora lo veo. Por supuesto que no debería. No lo… entendí por un momento.

            Gordon examinó con creciente interés su pecho plano y su vientre, el cuerpo de chico que su desenvoltura y la delgadez de sus brazos ocultaban. Asexuada, aunque de alguna manera vagamente perturbadora. Quizá sólo joven, como un ternero o un potro.

            -¿Cuántos años tiene? –preguntó Gordon abruptamente.

            -Dieciocho, si es asunto suyo –respondió sin rencor, mientras contemplaba la escultura de mármol. De pronto volvió a mirarle-. Me encantaría que fuera mía –dijo, con repentina sinceridad y añoranza, como una niña de cuatro años.

            -Gracias –dijo Gordon-. Eso era bastante sincero, ¿verdad? Pero por supuesto no puede ser suya. Lo sabe, ¿no?

            Ella estaba callada. Él sabía que no podía encontrar ninguna razón por la que no debiera ser suya.

            -Creo que sí –asintió al fin-. Pero he decidido que lo pensaría.

            -¿Para no pasar por alto ninguna oportunidad?

            -Bueno, seguramente mañana ya no la querré de todas formas… Y si todavía la quiero, puedo conseguir algo igual de bueno.

            -Quiere decir –corrigió él- que si la sigue queriendo mañana, puede llevársela, ¿verdad?

            Como si fuera un organismo distinto, la chica alargó la mano y acarició lentamente el mármol.

Esta foto es uno de los motivos del collage de portada del libro de Alfabia. La foto inicial es de Faulkner y Eudora Welty, realizada en 1962.

LA CIUDAD AIREADA

 

Salgo hacia Huesca la mañana del viernes. Paseo, gracias a la radio, por Sedano, el pueblo veraniego de Miguel Delibes: me imagino el río, el románico castellano, el páramo casi lunar y ocre en la tarde del cazador. Y me desplazo, gracias a Carlos de Hita, al parque de Doñana y a África con los sonidos que captó Félix Rodríguez de la Fuente, aquel naturalista de voz engolada y una pasión invencible por la naturaleza y sus criaturas. Alguien recuerda qué tipo de cazador era Delibes: podía disparar a esos pequeños seres que componen un bodegón de Arellano o de Sánchez Cotán, como la perdiz roja, pero no soportaba la mirada estupefacta y glacial de una corza abatida entre la enramada. En el palacio de Congresos de Huesca, el dibujante Enrique Flores, Montse Domínguez, director de ‘A vivir que son dos días’, y el cronista José Martí Gómez hablaban de viajes, de historias eternas del periodismo y de atracadores. Albert Rueda, un sabio de internet móvil y de e-books, ultimaba su puesta a punto: quería enseñar el iPad tan esperado (era broma) para leerlo casi todo, incluso a oscuras. Petón divertía con sus historias de fútbol y, con sutileza, renunciaba a su poderoso carisma para que se lucieran los otros. Fernando García Mongay volvía a triunfar con su equipo y sonreía a una reportera: Celia. Sus fiestas del periodismo digital se cuentan por éxitos y por una constante ampliación del campo de batalla. Javier Rioyo, tras anunciar el paulatino fin de la era Gutenberg, se fue de exposiciones: en el CDAN habló de su documental sobre Pepín Bello. ‘Preferiría no hacerlo’ y vio la muestra sobre la basura; se trasladó a ver la ‘Obra gráfica’ de Katia Acín, pasó por la librería Anónima, de Chema, Ana y Marta, y adquirió ‘En ese cielo oscuro’ de Sol Acín. Se despidió de de las ‘pajaritas’ de Acín con una frase de Pepín Bello: Huesca es una ciudad aireada bajo el anchuroso cielo.

*Foto de archivo de internet: Luis Lles, Samantha Appleton y Fernando García Mongay.

JAVIER RIOYO Y PEPÍN BELLO

JAVIER RIOYO Y PEPÍN BELLO

Pepín Bello: Vida y memoria de un amigo inmortal

 

Javier Rioyo estrenaba el pasado lunes en la Residencia de Estudiantes su documental ‘Pepín Bello. Preferiría no hacerlo’, sobre el intelectual oscense del 27

 

 

Javier Rioyo estrena hoy el documental sobre José Bello Lasierra (Huesca, 1904-Madrid, 2008), que ha pasado a la historia como Pepín Bello. Enrique Vila-Matas lo incluyó en su libro ‘Bartleby y compañía” como un ejemplo de los escritores que no escriben, o que dejan de escribir, de esos que parecen decirle al mundo, igual que el amanuense nihilista de Herman Melville: “Preferiría no hacerlo”. Ese es el título que Javier Rioyo le ha dado a su documental sobre el coleccionista de amigos memorables, el amigo dilecto de Lorca, Buñuel y Dalí. ‘Pepín Bello. Preferiría no hacerlo’ se estrena esta tarde en la Residencia de Estudiantes de Madrid, que fue de joven el espacio ideal de Pepín y de la cultura española de vanguardia, y volvería serlo muchos años después cuando se recuperó. “Así arranca el documental: con Pepín Bello en la Residencia, entre becarios jóvenes y amigos casi tan ancianos como él”, dice el director y periodista madrileño.

Recuerda Javier Rioyo (Madrid, 1952), que estuvo el pasado viernes en el congreso de Periodismo Digital, que Pepín Bello era una fuente de asombros para su propia familia. Cuando se trasladaba a Huesca, de repente empezaba a decir que conocía a tal o cual persona que hablaba en la tele: escritores, filósofos, actores, políticos. Poco a poco iba revelando los secretos de su vida. “Pepín Bello ni hizo películas, ni escribió guiones, ni redactó una novela –subraya Javier Rioyo-. No sintió esa necesidad. Siempre aparcó cualquier conato de vanidad, aunque al final tuviera algunas manifestaciones en las que daba a entender que había estado detrás de numerosos proyectos. Tenía un carisma personal increíble, encanto, gracia, tal como dice María Asquerino. Vivió por el placer de vivir como quiso. Era noble, sin ser aristócrata; sabio, sin parecer un intelectual; elegante, sin pedantería. Y, sobre todo, era refinado, pulido, un maravilloso conversador que fue decisivo en el desarrollo del surrealismo y que influyó en la película ‘Un perro andaluz”. En el documental, que recorre Huesca, Madrid y un poco Sevilla, hablan distintos familiares de Pepín, intelectuales como Ian Gibson, Andrés Soria, Pepín García Velasco (que fue una de las personas que colaboró en la recuperación de su figura); hablan Antonio Garrigues Walker, el escritor Enrique Vila-Matas, varios integrantes de la familia Benet, y dos oscenses: Ricardo Lapetra, “que lo recibía en la ciudad y salía a pasear y a conversar”, y el pintor José Beulas. Rioyo recuerda Beulas y Bello se conocieron en los años 50 en la Academia de España en Roma en el único viaje que Pepín Bello hizo al extranjero.

“Insisto: Pepín Bello vivió a su aire. Solo tuvo tres trabajos: lo contrataron para la Exposición Iberoamericana de Sevilla de 1927, y él aprovechó para invitar a sus amigos poetas, y logró que se hiciera la famosa foto de la Generación del 27. Luego, permaneció escondido en Madrid durante la Guerra Civil. Él era un liberal azañista, un hombre de centro más bien, pero se quedó en España, y en cierto modo se quedó solo. En la posguerra, intentó recuperar la elegancia del cordero castellano y creó una peletería de mutton, que intentaba suplantar al astracán y a las pieles más caras, y finalmente montó un cine al aire libre de coches en las afueras de Madrid”.

Dalí, Lorca y Pepín Bello, tras grandes amigos en La Residencia de Estudiantes.

Rioyo recuerda que apenas se le conocen amores a Pepín Bello: podría haber vivido una gran pasión en Sevilla, sugiere, pero su gran pasión fue la bella Araceli Durán: “Le pidió a Rafael Alberti que le escribiera un poema para interceder por él y el escritor gaditano le redactó un soneto”, y en la posguerra se sintió atraído por la belleza de Ava Gardner y por Lucía Bosé. “Su gran amigo, sin duda, por su aragonesismo tan vital fue Luis Buñuel. Pepín ejercía una atracción especial, era gracioso y muy original en su manera de ver el mundo. Eso explica que fueran grandes amigos suyos escritores tan serios como Juan Benet o políticos y abogados como Antonio Garrigues Walker”. En los últimos años fue objeto de varios libros, entre ellos de uno de José Antonio Martín Otín, ‘Petón’.

Uno de los detalles más entrañables de este proyecto fue que en una de las fotos que Aurelio Grasa tomó sobre la inauguración del pantano de La Peña, proyecto que realizó su padre, el ingeniero Severino Bello, aparece el niño Pepín y otro amigo. Al final, Javier Rioyo dio con ese amigo en una residencia de Huesca, “esa ciudad aireada y central, tan cerca de Francia, tan diferente a la vega de Lorca y al mundo mediterráneo de Dalí, o a la cerrada y aislada villa de Calanda. Así la definía Pepín Bello, que solía presumir de ciudad”.

 

EL AUTOR

Javier Rioyo, colaborador de ‘Hoy por hoy’ y director del programa ‘Estravagario’, es autor de varios documentales sobre el mundo de la literatura. Con José Luis López Linares firmó ‘Asaltar los cielos’, sobre el asesino de Trotski, y ‘Extranjeros de sí mismos’, sobre los brigadistas y algunos voluntarios en la División Azul. Juntos también han hecho ‘A propósito de Buñuel’, y ‘Un instante en la vida ajena’. Además, es autor de ‘Lorca, así que pasen cien años’, ‘Alberti para caminantes’ o ‘Un Quijote cinematográfico’. Ahora trabaja en un documental sobre el cartelista Enrique Herreros, y prepara la producción de otro trabajo sobre José Manuel Caballero Bonald.

 

*Esta fotografía de Javier Rioyo me la facilitó Silvia Martínez Peñas.

UN HOMBRE, UN PAISAJE, UNA PASIÓN

UN HOMBRE, UN PAISAJE, UNA PASIÓN

UN HIOMBRE, UN PAISAJE, UNA PASIÓN

EL GRAVE RETRATISTA DE ALMAS HERIDAS

 -Miguel Delibes (Valladolid 1920-2010) ha practicado casi todos los géneros: novela y relato breve, libros de viajes, diarios, ensayos, manuales de literatura, textos políticos y diversos volúmenes de esto y de aquello que recogen sus artículos de prensa o sus impresiones de actualidad, incluyendo su pasión por el fútbol y en concreto por el arquero del Real Zaragoza de los años 40 Andrés Lerín, al que evocó varias veces. E incluso ha sido, de modo más o menos diferido, un memorialista muy personal en ‘Señora de rojo sobre fondo gris’ (Destino, 1991), donde recreaba la muerte de su mujer Ángeles Castro y el insondable dolor posterior, y en ‘Las ratas’ (Destino, 1962), un compendio de experiencias personales en un medio rural que agoniza. Delibes ha sido un narrador fundamental de la posguerra, muy querido por el cine y por el teatro, un abogado de los perdedores, que ha conjugado como nadie ética y estética. Su texto más barroco, y quizá estilísticamente más bronco, fue el primero, ‘La sombra del ciprés es alargada’ (Destino, 1947), un inesperado Premio Nadal que le vinculó al sello Destino y a su editor Josep Verges; la amistad de ambos y las diversas tribulaciones de la relación las desveló en un libro como ‘Delibes-Vergés. Correspondencia 1948-1986)’ (Destino, 2002). Delibes solía fotografiarse casi siempre ante la colección, en tapa dura, del sello ‘Áncora y Delfín’ de Destino. Esa era su casa de fondo: el sello y el puerto donde le gustaba publicar sus libros.

Desde sus inicios ha sabido alternar su preocupación por Castilla, el territorio constante de su vida, por su paisaje y su paisanaje, con retratos muy complejos de personajes muy diferentes y con agudas y meditadas visiones de la realidad española.  Delibes era un grave retratista de almas heridas que decía que una novela exige un ser humano, un paisaje y una pasión. Al lado de novelas como ‘El camino’ (1950), que cuenta el tránsito del mundo rural al mundo urbano, casi una elegía del paraíso perdido, las narraciones de ‘Viejas historias de Castilla la Vieja’ (1964), la magistral ‘Los santos inocentes’ (1982) o su novela histórica ‘El hereje’ (1998), que le devolvió a la máxima actualidad, hay que situar libros tan personales como ‘Diario de un cazador’ (1955), ‘Diario de un emigrante’ (1958), ‘Mi idolatrado hijo Sisí (1953), ‘La hoja roja’ (1959), ‘Cinco horas con Mario’ (1966),  ‘La mortaja’ (1970) o ‘El príncipe destronado’ (1973). Entre sus libros de viajes y de crónicas sociales y políticas se encuentran ‘Por esos mundos: Sudamérica con escala en las Canarias’ (1970) y ‘La primavera de Praga’ (1970). Delibes fue un hombre de palabra, valiente y decidido, un maestro de periodistas y un humanista, en el sentido más extenso del término, que criticó el franquismo y que luchó contra la censura a la vez que arropaba el talento de José Jiménez Lozano, Manuel Leguineche, José Luis Martín Descalzo y Francisco Umbral, entre otros. Escribió del amor, de los desheredados y acosados por el poder y el destino, escribió de la vida, de la vejez y de la muerte con un estilo transparente y hondo, y su obra fue un cántico constante al castellano: una prosa antigua y moderna de campo, paseo y caza. Le gustaba hablar con todo el mundo, “pegar la hebra”, oír al cazador (es, sin duda, el gran escritor cinegético de España) y al campesino, y sabía contar como nadie ese momento en que el niño, el adolescente o el anciano se quedan como náufragos, sin asideros, estupefactos ante el curso de los acontecimientos. Como los niños de ‘El camino’, como el viejo Azarías y su ‘Milana, bonita’. Era un hombre discreto y cálido, uno de los nuestros, distinguido con todos los premios y con el absoluto fervor de los lectores. En los últimos años contó con una activa cátedra universitaria, en la Universidad de Valladolid, que dirigía la aragonesa María Pilar Celma.

 

II. EL REPORTERO

 

El periodista de todas las secciones

 

Miguel Delibes dijo en una ocasión que “el periodismo era como un borrador de la literatura”. Lo fue para él, sin duda, porque desde las páginas de El Norte de Castilla, donde se inició y se forjó, aprendió dos cosas fundamentales: la valoración humana, sociológica e histórica de los hechos, y la labor de síntesis que exige la prensa. Delibes añadía que su misión era buscar al otro, al lector, y para ello en muchas ocasiones se tenía que valer de una máxima, que es casi una aspiración: “Se trata de decir lo máximo con las menos palabras posibles”. Explicaba que la redacción de un suceso puede contener todo el arte de narrar y que una entrevista es una magnífica escuela para hacer hablar a los personajes, un campo de pruebas del diálogo narrativo.

        El joven estudioso de Derecho Mercantil sintió desde muy pronto la llamada de las linotipias. En 1941, inició su colaboración con El Norte de Castilla como caricaturista y dibujante, aunque también realizaba el diseño de rótulos de secciones. Dos años después, se convirtió en redactor y realizó distintas funciones vinculadas con el periodismo literario: fue crítico de cine, comentarista de libros, en particular de novela española y extranjera. El director Francisco de Cossío estimuló su vocación y el uso de la creatividad. De ahí pasaría, algún tiempo después, a ser editorialista.

        Desde muy pronto, eludiendo la censura como podía, manifestó una inclinación hacia los postergados, los parias del mundo. Con sus reportajes, viajes por Castilla, su preocupación por la situación social del campo, su resistencia a aceptar consignas o lugares comunes que difundía el régimen, Delibes trazó su propio camino. Dirigió el periódico de su ciudad desde 1958 a 1963. En ese periodo animó y formó a una espléndida generación: Martín Descalzo, Umbral y Leguineche. Delibes escribió de todo en la prensa: realizó varios viajes alrededor del mundo, redactó unos textos sobre la primavera de Praga (que publicó en Triunfo), realizó entrevistas a personajes locales, opinó de deportes: caza, natación, automovilismo, ciclismo y fútbol, por supuesto. Miguel Delibes corrigió al gran Di Stéfano cuando éste dijo que en las victorias sólo el 10 % era mérito del entrenador, y en las  derrotas, el demérito alcanzaba el 40%. Delibes, observador y comprometido, sutil en la esquiva de los censores, dijo: “El alma del equipo es el alma del entrenador”. Muchos dirían que Delibes, que recogió sus textos de prensa en “Pegar la hebra” (1990) o “He dicho” (1991), entre otros volúmenes, también encarna el alma del periodismo, su honda transparencia. “Soy un hombre que escribe sencillamente”, confesó una vez.   

*La primera foto es de 'Diario de León' y la segunda se halla en los blogs de Rtve.  

 

'VIVIR DEL AIRE': DOS POEMAS

'VIVIR DEL AIRE': DOS POEMAS

EL PASEO Y LOS OLIVOS

 

El poeta Rosendo Tello me dijo una vez: “El misterio vive ensortijado en la oscura sombra de los olivos”. Aquella frase se me quedó en la cabeza. Cuando pienso en los olivos, siempre pienso en el poeta lunar de Letux, siempre busco ese enigma entre las ramas. Y si no lo encuentro no importa. Avanzo entre los árboles, lentamente, hollando los cantos de la tierra, aspirando un olor poco definido. Avanzo como quien persigue algo, como quien presiente que, a derecha o izquierda, en la perfecta simetría de los campos, de un momento a otro se hará evidente la revelación. Y esa revelación tendrá la melodía de una música o el canto de un ruiseñor, la densidad de la espesura, el rostro inefable de un dios invisible. Avanzo, sin miedo, a favor de la claridad de la mañana. Me refugio en una olivera y me enredo en sus ramas. Entonces, miro al cielo y me sé seguro en el mundo.

*Este es el primer poema del libro.

VIVIR DEL AIRE

 

Nunca he sabido qué me duele. No he sabido ponerle palabras a este vago estupor de existir y resistir. Intento reinventarme a cada hora. Hago acopio de felicidad: si no la atisbo, la creo, la busco afanosamente en cualquier sitio, en cualquier objeto, en un jirón de nubes negras, en los almendros que muestran sus flores deslumbrantes cuando se despereza marzo. Me fajo como un púgil o un erizo furioso contra el airado descontrol de la soberbia. Sueño que la felicidad que ansío está en todo: en cuanto me ve al pasar, en la cigüeña que despliega sus alas en el torreón, en medio de la corriente, en el pato que anda, vuela y nada en el Canal antes de ocultarse bajo el tronco de un gran abedul. Nunca he sabido qué me duele, pero percibo un agobio dentro, un cosquilleo de rabia, una perplejidad de metales en la lengua y en la sangre. Vivir, a veces, es abandonarse, prescindir de la impostura, despojarse de la ambición y del vértigo: dejarse ir, hacia la inalcanzable montaña de nieve, con las manos en los bolsillos...

 

**Último poema del libro. En 'Vivir del aire' se mezcla los poemas en verso con los poemas en prosa. Esta portada ha sido tomada por Vicente Almazán en su blog de fotos en color.

 

 

 

FOTO DE 'VIVIR DEL AIRE'

FOTO DE 'VIVIR DEL AIRE'

He recibido un puñado de cartas y de mensajes de amigos que han leído ya mi primer poemario, ‘Vivir del aire’, que ha publicado Olifante en su colección, Casa del Poeta. Juan Marqués, por ejemplo, me ha dicho que lo ha comprado en Hiperión esta misma semana.

 

Estoy muy contento con el libro. Ha quedado un objeto delicado.

 

Lleva esta foto del gran Vicente Almazán. El fotógrafo insomne. El poeta del contraluz. Está tomada en Rubielos de Mora.

LA DESPEDIDA DE MIGUEL DELIBES

LA DESPEDIDA DE MIGUEL DELIBES

 

 

d e s p u é s    d e    e l    h e r e j e

 

por Miguel Delibes

 

 

Aunque viví hasta el 2000..., el escritor Miguel Delibes murió en Madrid el 21 de mayo de 1998, en la mesa de operaciones de la clínica La Luz. Esto es, los últimos años literariamente no le sirvieron de nada.

 

El balance de la intervención quirúrgica fue desfavorable. Perdí todo: perdí hematíes, memoria, dioptrías, capacidad de concentración... En el quirófano entró un hombre inteligente y salió un lerdo. Imposible volver a escribir. Lo noté enseguida. No era capaz de ordenar mi cerebro. La memoria fallaba y me faltaba capacidad para concentrarme. ¿Cómo abordar una novela y mantener vivos en mi imaginación, durante dos o tres años, personajes con su vida propia y sus propias características? ¿Cómo profundizar en las ideas exigidas por un encargo de mediana entidad? Estaba acabado. El cazador que escribe se termina al tiempo que el escritor que caza. Me faltaban facultades físicas e intelectuales. Y los que no me creyeron y vaticinaron que escribiría más novelas después de El hereje, se equivocaron de medio a medio. Terminé como siempre había imaginado: incapaz de abatir una perdiz roja ni de escribir una cuartilla con profesionalidad.

 

No me quejaba. Otros tuvieron menos tiempo. Al fin y al cabo, setenta y ocho años son bastantes para realizar una obra. Le di gracias a Dios, que me permitió terminar El hereje, y me dediqué a la vida contemplativa. Las cosas que intenté no eran serias. Con mi hijo Miguel hicimos un libro sobre el cambio climático, en el que no intervine más que para hacer preguntas propias de un ciudadano preocupado, pero no aporté una sola idea. En Muerte y resurrección de la novela di a la estampa algo que tenía hecho para dar la sensación de que trabajaba, de que aún disponía de una vida activa.

 

Los optimistas que sobreviven a un cáncer suelen decir que lo vencieron. Yo no me atrevo a tanto. Los cirujanos impidieron que el cáncer me matara, pero no pudieron evitar que me afectara gravemente. No me mató pero me inutilizó para trabajar el resto de mi vida. ¿Quién fue el vencedor?

 

Y bien: cuando mi obra, dicho lo dicho, está concluida, y por tal la doy, veo con satisfacción que los prestigiosos editores de Círculo de Lectores y Ediciones Destino se ocupan ahora de recopilarla y reunirla en los siete volúmenes que van a configurar esta serie. Cada volumen, además, irá prologado por un destacado estudioso de mi obra. ¿Qué hacer si no sentirme halagado y agradecido? Si mi primera novela apareció en 1948 —hace ahora sesenta años— y la última en 1998, ha sido media centuria, la segunda del siglo XX, la que me he ocupado escribiendo y publicando libros. Y siempre con el beneplácito de mis lectores. También a ellos, y a cuantos ahora se asomen a las páginas de estas Obras completas, quiero agradecer sinceramente su benevolencia y fidelidad.

 

MAYO DE 2007                  

 

 

 

Miguel Ángel Delgado y Lola Ferreira son los responsables de prensa de Círculo de Lectores, dos estupendas personas y dos magníficos profesionales que miman los libros, los autores, a los periodistas, pertenecen a ese tipo de gente laboriosa y dulce que cuida los detalles. Esta mañana he recibido este correo suyo. Y lo cuelgo gustoso. Así, con toda la lucidez del mundo, se despedía Miguel Delibes de la literatura.

MIGUEL DELIBES HA MUERTO

Ha muerto Miguel Delibes,

El enamorado de Castilla,

El hombre que decía que la novela se condensa en tres elementos:

Un ser humano, un paisaje y una pasión,

El maestro de periodistas,

El prosista que hallaba las palabras en el campo,

en los días de caza y paseo,

El viajero que quiso conocer los secretos del mundo,

El amigo de los perdedores, de los derrotados del poder y del destino,

El hombre grave y sigiloso que escribía

para reinventarse y reinventarnos,

El cantor de infancias, el observador, el humanista,

El sabio apacible que miraba en el fondo del corazón

Y extraía silencio, profundidad, dolor, memoria del alma.

Ha muerto Miguel Delibes, el jinete de Castilla, el cazador,

El peregrino en su patria. El sembrador de palabras.