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Antón Castro

Escritores

MIGUEL DELIBES SE APAGA

La vida de Miguel Delibes se agota. El gran escritor del paisaje y del paisanaje de Castilla está gravemente enfermo. Los médicos han anunciado que le quedan pocos días de vida a este humanista integral que es uno de los grandes narradores españoles de la posguerrra. Ha escrito novela, relato, diarios y libros de viajes (a Estados Unidos, Sudamérica o Praga, entre otros lugares), volúmenes de artículos, libros misceláneos y novelas tan valiosas como ‘El camino’, uno de los títulos suyos que siempre me han conmovido de manera especial, ‘Los santos inocentes’ y ‘El hereje’.

Cuando publicó ‘Señora de rojo sobre fondo gris’, le mandé una amplia reseña. Delibes, con su letra menuda, me contestó muy cariñosamente y me dijo que Zaragoza le recordaba, entre otras cosas, a un gran portero de su juventud: Andrés Lerín, del que habló en varios de sus artículos.

María Pilar Celma, zaragozana, es la directora de la cátedra ‘Miguel Delibes’.

UN POEMA DE XOÁN ABELEIRA

UN POEMA DE XOÁN ABELEIRA

BIBLIOTECA NACIONAL

 

Coma min, os que veñen aquí

Fano fuxindo dos seus demos

 

(E digo demos porque son tales

As formas que rebentan e supuran

En quen por fastío, desconcerto

Ou covardía adoece de si mesmo).

 

A aurora tan temida novamente

Os aboca a esa luz estrepitosa

Que sarxa de súpeto as persianas

Seladas con esmero pola noite.

 

Despois se erguen, se visten e se alfeinan

Con idéntico desleixo e sen razón,

Presas dise obsesivo malestar

Cuxas causas non desexan coñecer.

 

A maioría cruzaría xaora

O abismo cada día máis extenso

Que separa a parcela onde son

Ise algo ignorado polo mundo

Disoutro territorio inexplicable

Onde, a por de cofárense cos outros,

Se desgastan, se alteran e se perden.

 

Os máis afortunados, coma min,

Confórtanse, se cadra, por un intre,

Coa fresca, polícroma quietude

Que respiran á altura dun parque,

Pouco antes de volvérense esluír

Na opaca resaca das calellas.

 

Pero uns e mailos outros apresúranse

A agocharse niste omphalos

Cordial baixo o que reina

Unha penumbra mansa, quimérica, uterina,

Coa esperanza de acharen un saber

Que lles axude a desmentiren

Os seus pesadelos.

 

(Versión en castelán)

Como yo, los que vienen aquí
Lo hacen huyendo de sus demonios
 
(Y digo demonios porque son tales
Las formas que revientan y supuran
En quien por pereza, desconcierto
O cobardía adolece de sí mismo).
 
La aurora, tan temida, los aboca
De nuevo a esa luz estrepitosa
Que saja de improviso las persianas
Cuidadosamente selladas por la noche.
 
Después se alzan, se asean y se visten
Con idéntica desgana y sinrazón,
Presas de ese obsesivo malestar
Cuyas causas no desean conocer.
 
La mayoría habrá tenido que cruzar
El abismo, cada día más extenso,
Que separa la parcela donde son
Ese algo ignorado por el mundo
De ese otro territorio inexplicable
Donde, a fuerza de codearse con los otros,
Se desgastan, se alteran y se pierden.
 
Los más afortunados, como yo,
Se confortan, quizá, por un momento,
Con la fresca, polícroma quietud
Que respiran a la altura de un parque,
Poco antes de volver a diluirse
En la opaca resaca de las calles.
 
Pero unos y otros se apresuran
A ocultarse en este omphalos
Cordial bajo el que reina
Una penumbra mansa, quimérica, uterina,
Con la esperanza de encontrar algún saber
Que les ayude a desmentir sus pesadillas.

 

(Do libro inédito Pan de Ánimas)

TED HUGHES EN BARTLEBY

TED HUGHES EN BARTLEBY

Se publica en España El azor en el páramo, antología poética bilingüe de Ted Hughes, con traducción de Xoán Abeleira (autor de la celebrada traducción al español de la Poesía completa de Sylvia Plath).

Ted Hughes es uno de los mejores poetas en lengua inglesa de todos los tiempos. Así lo consideraron sus lectores, que transformaron sus libros en insólitos fenómenos editoriales. También los críticos, que, favorables o contrarios a él, eran conscientes de que la poesía de Hughes estaba destinada a ocupar un lugar central en la historia de la lírica del siglo XX. E incluso el propio establishment de su país, cuando, en 1984 y contra todo pronóstico, decidió nombrarlo Poeta Laureado; o, en 1998, tan sólo unas semanas antes de su muerte, al concederle la reina Isabel II la Orden del Mérito británica. Poeta de “inusual dedicación” (Ann Skea), elaboró una poesía de “dureza insoportable” (Derek Walcott), “con una capacidad de evocación, una continuidad y un poder tales que hace que la mayoría de la poesía contemporánea, comparada con la suya, parezca pálida, exangüe” (Stuart Hirschberg).



En España, por desgracia, esta obra trascendental tardó mucho tiempo en llegar, y, a pesar del creciente interés que se advierte por ella, la mayoría de los poemarios de Ted Hughes aún no han visto la luz. Esta selección de 68 poemas, uno por cada año que vivió su creador, recoge muestras de todos los períodos creativos del poeta y pretende dar respuesta a esa importante carencia. 

 

El azor en el páramo

(edición bilingüe español-inglés)

1ª Edición

Tirada: 2000 ejemplares

978-84-92799-23-7

PVP: 22 €

Año de publicación: 2010

424 páginas

Traducción, selección, introducción y notas de Xoán Abeleira

 

-Esta nota corresponde a la promoción de Bartleby. Abajo Ted Hughes con su primera esposa Sylvia Plath-.

 

 

Por gentileza del editor Pepo Paz y del traductor Xoán Abeleira avanzo aquí uno de los poemas del libro. ‘Los caballos’.

 

 

LOS CABALLOS

 

 

 

 

Escalé por entre los bosques, sumido en la oscuridad de la hora anterior al alba.

Un aire maligno, una quietud heladora,

 

Ni una sola hoja, ni un solo pájaro –

Un mundo fundido en escarcha. Salí por la corona del bosque

 

Donde mi aliento dejaba estatuas retorcidas en la luz de acero.

Pero los valles fueron drenando la oscuridad

 

Hasta que la linde del páramo – heces ennegrecidas del gris resplandeciente –

Partió en dos el cielo. Entonces vi los caballos:

 

Enormes en aquel gris espeso – diez megalitos juntos,

Quietos. Respiraban sin moverse un ápice,

 

Con las crines alisadas y las patas traseras ladeadas,

Sin emitir ningún sonido.

 

Pasé junto a ellos: ninguno bufó ni agitó la cabeza.

Grises fragmentos silentes

 

De un silente mundo gris.

 

En el alto del páramo, me paré a escuchar el vacío. 

La rabia del zarapito rajó el silencio con su filo.

 

Lentamente, algún que otro detalle comenzó a brotar de la oscuridad,

Justo cuando el sol anaranjado, rojo, rojo irrumpió

 

En silencio, y astillando hasta su cerne una nube rasgada y expelida

Con fuerza, sacudió la sima abierta, reveló el azul,

 

Y los grandes planetas colgantes. 

Yo volví,

 

Tambaleándome en un sueño febril, abajo, hacia

Los bosques oscuros, desde aquellas alturas encendidas,

 

Y me acerqué a los caballos.

                                              Allí seguían aún,

Aunque ahora humeando y fulgurando bajo el flujo de la luz,

 

Sus alisadas crines pétreas, sus patas traseras ladeadas,

Agitándose bajo el deshielo mientras a su alrededor

 

La escarcha mostraba sus fuegos. Pero ellos siguieron callados.

Ninguno bufó ni piafó,

 

Con las cabezas colgando, pacientes como los horizontes

En lo alto, por encima de los valles, bajo los rojos rayos niveladores…

 

Ah, ojalá que en el estruendo de las calles abarrotadas, caminando

[en medio de los años, de los rostros,

Pueda recordarme tal y como fui en aquel lugar tan solitario,

 

Entre los arroyos y las nubes rojas, oyendo a los zarapitos,

Oyendo persistir a los horizontes.

Un elegante y joven Ted Hughes. La ilustración incial, 'Lovesongs' corresponde al propio Xoán Abeleira.

NACE, EN ZARAGOZA, CONTRASEÑA

NACE, EN ZARAGOZA, CONTRASEÑA

Nace Editorial Contraseña con el objetivo de dar forma a un catálogo que incluya tanto obras inéditas o editadas hace mucho tiempo de autores conocidos por el lector español (Henry James, Edith Wharton, Alexandre Dumas o E.T.A. Hoffmann, entre otros) como obras de autores que permanecen inéditos en España (caso de Vladislav Vancura o John Collier).

«Aunque nos sentimos orgullosos de todos los libros que tenemos en preparación, son estos últimos los que creemos que justifican nuestra presencia en las librerías», aseguran los editores, Alfonso Castán y Francisco Muñiz, que trabajan con una divisa: «Ofrecer los textos en una edición impecable».

Los primeros títulos

· El Procurador de Judea, de Anatole France, con traducción de María Teresa Gallego Urrutia, prólogo de Ignacio Martínez de Pisón, posfacio de Leonardo Sciascia, y las ilustraciones de Eugène Grasset para la edición de 1902.

· Eugene Pickering, de Henry James, con traducción de Ismael Attrache, prólogo de Vicente Molina Foix e ilustraciones de Jesús Cisneros.

Los mejores padrinos: ilustradores y prologuistas

Los libros de Contraseña llevan portadas realizadas ex profeso, que vienen firmadas por ilustradores de la talla de Isidro Ferrer (Premio Nacional de Diseño), Elisa Arguilé (Premio Nacional de Ilustración) o Jesús Cisneros (Premio Lazarillo, entre otros).

En lo que respecta a los prólogos, confiamos la tarea de presentar a los autores inéditos en español, y la de glosar a los ya conocidos, a literatos de la talla de Ignacio Martínez de Pisón o Vicente Molina Foix. Además, en algunos casos utilizamos textos de autores extranjeros que acompañaron a la edición del libro en otras lenguas, por ejemplo, el posfacio de Leonardo Sciascia a El procurador de Judea, que apareció como «Nota» a la edición del cuento en italiano.

 

*Retrato de ETA Hoffmann.

 

 

LA MALLORCA DE JOSÉ CARLOS LLOP

LA MALLORCA DE JOSÉ CARLOS LLOP

El pasado noviembre, durante una breve estancia en Dublín, conocí a José Carlos Llop, a quien había leído con mucho entusiasmo: sus diarios, su poesía, algunas de sus novelas. José Carlos Llop tiene muchos seguidores en Zaragoza: el poeta, narrador y activista cultural Fernando Sanmartín es el presidente de su club de fans y un lector entusiasta de sus libros, como lo son Julio José Ordovás y José Luis Melero, entre otros. José Carlos Llop me causó una impresión inmejorable, igual que su mujer: es un tipo cercano, afable, con un gran sentido del humor. Parece saberlo todo de la literatura. José Carlos habló allí de su nuevo libro, La ciudad sumergida, que publica estos días en RBA. La nota que sigue pertenece al equipo de comunicación de la editorial, con Itziar de Francisco a la cabeza.

 

La ciudad sumergida (RBA) es el viaje literario que emprende José Llop por su ciudad, la ciudad de Palma de Mallorca. Como un paseante atemporal, el autor inicia un recorrido por la geografía histórica de la ciudad, a la vez que lo hace también por su geografía personal, plagada ésta de personajes cercanos, algunos anónimos, que constituyen el particular mapa de uno mismo, además de figuras como Borges,  Carlos Meneses, Zsa Zsa Gabor, Jean Seberg, Joan Miró o Miquel Barceló. Estos y otros personajes del pasado y del presente conforman el universo del palmeño con los que transita por cafés, tertulias o por los viejos locales de antaño, los cuáles contenían una banda sonora propia, antros en los que se oía de madrugada a Demis Roussos, Las Grecas o Lou Reed, corrían los años 60 y 70. Evocaciones a tiempos pasados, cargadas muchas veces de una sutil nostalgia que camina en paralelo entre la pasión y el rechazo que puede suscitar el lugar al que uno pertenece. Una mirada panorámica que rememora la ciudad de Palma, la cual respira  historia y donde habita el recuerdo latente de muchas historias vividas entre los límites de la ciudad portuaria.

 

 

José Carlos Llop Carratalá (Palma de Mallorca, 1956). Escritor mallorquín, conocido por su faceta de poeta, novelista y ensayista. Su obra destaca por tener un gran componente autobiográfico, se le reconoce como un gran diarista de su generación. Traductor en varios idiomas, crítico literario y colabora en prensa en diarios como ABC, Diario de Mallorca, entre otros. Es traductor del Premio Nobel de Literatura Derek Walcott, Llorenç Villalonga, Josep Meliá, Patrick Modiano y Biel Mesquida Amengual. Parte de su obra ha sido traducida en Francia, recibiendo el Prix Écureuil de Littérature Étrangére en 2008.

*Esta foto pertenece a los archivos de 'El mundo'.

 

SANDRA ANDRÉS BELENGUER...

SANDRA ANDRÉS BELENGUER...

¿Cómo ha sido la experiencia de ‘El violín negro’?

 

Desde que comencé a escribirlo hasta verlo editado y en las librerías, la experiencia ha sido realmente enriquecedora. Estoy segura de que a cualquier escritor novel como yo, le habrá sucedido lo mismo y en mi caso al ser mi novela una referencia a la leyenda del Fantasma de la Ópera la sensación ha sido maravillosa. Puedo asegurar que he cumplido un sueño.

 

¿Qué te ha aportado, te ha dado seguridad como escritora?

 

Evidentemente, el hecho de escribir y ser editada, te proporciona poco a poco la experiencia de entrar en este mundillo que por lógica me era desconocido hasta ahora. Es muy gratificante ir sabiendo que lo que has escrito durante meses, los lectores te dan su respaldo con comentarios y reseñas muy positivas, así como que en las librerías te digan que tu libro está siendo muy bien recibido por el público. Todo ello y de una forma casi imperceptible, me va dando fuerza y ánimos para seguir escribiendo y enfrentarme con nuevos proyectos.

 

¿Hasta dónde quieres llegar?

 

Creo que en el ánimo de cualquier escritor está el afán de superación y de intentar mejorar su literatura y sus historias. Éste es también mi caso y quisiera llegar a ser una buena escritora. Siempre trataré de crear historias que agraden a los lectores y que a mí me hubieran gustado leer. Así espero seguir haciéndolo en el futuro.

*La foto la he tomado de aquí: http://alexcampoy.blogspot.com

 

FRAGMENTO DE 'ANDÁBATA'

FRAGMENTO DE 'ANDÁBATA'

 

ANDÁBATA-  OLGA BERNAD

 

FRAGMENTO DEL CAPÍTULO “MARIPOSAS A SUS ÓRDENES”

 

Por Olga BERNAD

Acababa de cumplir trece años y empezaba la primavera. En ese preciso instante, aún no sabía qué cruel es abril. Fue un abril frío, pero yo estaba jugando a baloncesto y tenía calor. El baloncesto es un juego rápido y te envuelve, te hace pensar y, a la vez, no te lo permite. Sigues sin pausa el balón deseado, te enreda la voluntad si sabes entregarte: fuerza y reflejos, aguante y rapidez, engaños, las ágiles cinturas, el salto hacia delante, el lanzamiento y esa gloriosa manera de acertar, el ruido del balón venciendo el hueco de la red y, luego, el breve aplauso que es como una tregua. El balón para el otro y continuar; más lucha, diversiones, enfados, el dolor del cansancio y la alegría del partido. Yo me concentraba tanto que me olvidaba de mí misma. Alguna vez paré y me di cuenta de que el agotamiento estaba a punto de hacerme vomitar, pero nunca le oía acercarse porque siempre jugaba con los cinco sentidos, porque íbamos perdiendo y eso puede cambiarse, porque íbamos ganando y eso es frágil hasta el final.


Llevaba aquellos pantalones de las niñas de antes, los azules de espuma, cortos y ajustados, la camiseta blanquísima, las medias largas hasta la rodilla y las John Smith que me daban suerte. Llevaba el pelo suelto y la sangre alborotada, y el esfuerzo hacía que me ardiesen los ojos y los labios y la punta de los dedos. Tenía mucho calor.


Logré rozar el balón en un pase muy torpe, la mano surca el aire y lo consigue, rompe la voluntad del contrario; toqué la piel rugosa de aquel balón pero no pude atraparlo. El silbido del árbitro sonó a la vez que mi fastidio, y yo corrí a recuperar el balón perdido, lo lancé con rabia contra el suelo antes de devolverlo con un golpe violento hasta la pista. Entonces le miré. Y él me miraba. Me miraba desde hace mucho tiempo, estaba claro. Aquel hombre me miraba de cerca y desde lejos. Me miraba. Era alto y me miraba en silencio, con una calma rara, quieto y callado en el margen de la cancha. Recuerdo la cazadora verde con la cremallera subida hasta arriba, las manos en los bolsillos, la tensión felina que sostenía sus hombros completamente inmóviles. Mirada interceptada. Fue como una exigencia y una súplica, y un ejército de mariposas a sus órdenes se metió en mis pulmones y llegó hasta mi estómago, un golpe de sangre me inundó las mejillas y no tenía nada que ver con el rubor, pero también, y también con un extraño orgullo. El corazón me latió debajo del ombligo. Me incliné ante él, apoyé las manos en las rodillas como una jugadora más, lo que ya no era, y recé por mi aliento.


No sabía entonces que en los breves segundos que pasaron mientras mi respiración se recuperaba y yo volvía a levantar la cabeza, se me estaba escapando la inocencia. Seguí jugando a baloncesto, seguí jugando en las conversaciones de mis amigas a tenerles miedo a ellos, y seguía temiéndoles, pero ya sabía que el deseo se iba a burlar del miedo cualquier tarde y que yo era capaz. Esa mirada llamó a todas las puertas, con su ritmo nuevo de selva antigua aparecida en medio de un campo de baloncesto. Tambores para mí, vibraciones sin ruido, olor de pólvora, y yo con un sabor metálico en la boca de boticaria inquieta que acaba de chuparse un dedo envenenado. Supe lo que quería: quería más. Esa conciencia clara, y la conciencia de que no podía decirlo, me hizo sentir mayor y sucia. Fuerte y débil. La fuerza que nos da lo que aprendemos, la que nos quita una pureza que nunca tiene dos oportunidades en la misma persona.


Después fueron cayendo las miradas de los hombres como la lluvia sobre un campo mojado.

Dejé de jugar a baloncesto, niñas nuevas formaron el equipo del colegio mientras yo paseaba, camino al Instituto, con novios y carpetas. Luego la Facultad y las oficinas y todas esas cosas que nos pasan. Alguna vez le veo caminar por el barrio. Me observa y me recuerda, pues ya nos conocíamos. Pasará los cincuenta. Yo arrastro el peso de mi alma por la acera, acaricio torpemente las llaves del coche. “Hola, guapa”.


Creo que no sabe nada.

 

 

*Olga Bernad, autor ade ‘Caricias perplejas’, acaba de publicar su primera novela. Un día, el traductor, poeta y editor Antonio Rivero Taravillo leyó varios fragmentos del libro. Olga lo concluyó y en muy poco tiempo le ha preparado una bella y elegante edición. Este texto es un fragmento del libro. La foto es de Iosif Badalov.

ALBERTINA AZÓCAR DE CHILE

ALBERTINA AZÓCAR DE CHILE

Un día cayó en mis manos ‘Confieso que he vivido’ de Pablo Neruda. Y me impresionaron su vocación de escritor, una aventura de amor en el pajar, de noche y con una misteriosa mujer madura, y su ir y venir como cónsul. En la Biblioteca de la Universidad Laboral de A Coruña, alguien me descubrió un magnetófono portátil, que te dejaban llevar a casa tres días con un par de discos de vinilo. Miré lo que había y descubrí una grabación de los ‘Veinte poemas de amor y una canción desesperada’. Para entonces, Chile ya empezaba a entrarnos en la sangre a través del canto general de Víctor Jara, Quilapayún e Inti Illimani. Neruda era una referencia inexcusable para todos. Y para mí, con su voz lenta y cadenciosa, de inefable melancolía aguardentosa, sería una revelación. Aquel fue un libro y un disco especial, maravilloso, el cántico de la adolescencia con su abanico de fatalidad exagerada. Sonó muchas veces aquella voz, sonaron aquellos versos, mientras caía la lluvia y se enrabietaba el mar. Luego, hallé una correspondencia de Neruda con una mujer estilizada y elegante que se llamaba Albertina, Albertina Azócar, y que inspiró aquellas composiciones. Yo también me enamoré de aquella mujer que paseaba por Valparaíso con la displicencia desdeñosa de un ángel de Giacometti. Aparece una ‘Antología general’ (Alfaguara) de Neruda y la he abierto por uno de aquellos versos que Neruda pronunciaba con su voz arrastrada. Y he vuelto a acordarme de Albertina a caballo con “sus ojos claros como lagos dormidos”, del joven Neftalí Reyes y de tantas palabras arteriales, y de otros nombres: Rolando Mix Toro, José Donoso, Lucho Sepúlveda, Gabriela Mistral, Nicanor Parra, Víctor Jara, Allende, Isla Negra... Todos ellos fueron decisivos para que muchos, muchos, llevemos a este azotado Chile en el corazón.

*Arriba, el manuscrito original de 'Me gustas cuando callas...'