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Antón Castro

Escritores

UN CUENTO DE SANTIAGO GASCÓN

UN CUENTO DE SANTIAGO GASCÓN

Para Adela Sluger Bohoslavsky, en su tierra prometida.

 

MOISÉS BOLDSTEIN

Por Santiago GASCÓN

 

 

 

 

Una noche más, Moisés Goldstein ve marchar la corriente del Hudson, como si se tratara de algo más que simple agua, como si no fueran millones de gotas de lluvia, sino un cuerpo oscuro que corre decidido a encontrar la bahía, del mismo modo que las lágrimas han buscado el camino de sus ojos, tantas veces, sin encontrarlo.

Hoy su llanto se ha abierto cauce violentamente. Se desbordó esta mañana en el Café d´Ángello, cuando todas las cadenas de noticias mostraban, una y otra vez, la cara de ese niño aterido de espanto en medio de un tiroteo en Jerusalén. Una bala ha destrozado los sueños, ha disparado las pesadillas contenidas de Moisés y le ha obligado a vomitar en la acera con la misma fuerza que su memoria arrojaba los recuerdos que tan bien había guardado bajo llave. Al descorrer la persiana de su relojería, el vidrio ha vuelto a mostrarle el rostro del miedo y desde ese instante no ha cesado de llorar, de escuchar voces y de ver caras que no quería ver.

 

Moisés Goldstein nunca fue salvado de las aguas, ni llegó a tratar con Dios cara a cara; pero sabe que alguna vez cruzó un océano y que erró durante más de cuarenta años por el desierto de la vida, buscando su tierra de promisión. Su tierra prometida en nada se parece a Canán, ni ha llegado a encontrarla en la próspera América donde se instalaron sus hermanos. Su tierra prometida tiene el candor de la leche y una mirada de miel, su tierra prometida se llama Hanna, a quien una vez, sólo una vez, pudo abrazar y besar.

Él sólo era un muchacho retraído al que se le amontonaban las palabras, un aprendiz de relojero sin horizonte. Comprendió pronto que la vida le había colocado a Hanna demasiado lejos de sus brazos y aún así, nadie se explicó que reuniera coraje para pedirle al viejo Kolberg la mano de su hija menor, ni menos que el padre se tomara en serio sus pretensiones.

Aceptó aguardar cuatro años, en los que se desposaran las cuatro hermanas mayores, en los que tuviera ocasión de prosperar en su negocio para ofrecerle el hogar que merecía. Cuatro años en los que contó los días y las horas con sus minutos en los infinitos relojes que multiplicaban la espera y, cada vez que pensaba en ella, un relámpago le recorría los brazos desatendidos.

Fue en ese tiempo cuando destrozaron las lunas de su comercio, las de cualquier tienda hebrea y le cosieron la estrella de David a su abrigo. Después, fue obligado a mudarse al gueto y no sintió ningún miedo porque, desde su ventana, podía observar, más de cerca, cómo Hanna encendía los atardeceres.

La fecha de su boda se había fijado para el final del Sawot, pero nunca llegó ese día, su sueño saltó en pedazos como estallaron los cristales aquel nueve de noviembre. Entonces sí se alarmó y cuando marchaban en aquel tren atestado de gente muda, pensó que se había detenido el péndulo de sus vidas. Para siempre se detuvo, aunque los relojes del taller se empeñen en seguir andando inútilmente y su cuñada observe, en cada Rosh Hashana, que los años vuelan cada vez más rápidos.

Todo eso lo recuerda, lo que vino después, no. No porque tenga enferma la memoria, sino porque decidió no grabar esas imágenes para poder seguir viviendo.

Hoy, los ojos de un niño palestino le han roto los diques y sus recuerdos han dejado de ser sensaciones sueltas, fotogramas mutilados. Ha vuelto a ver a todos sus parientes con los ojos afiebrados y convertidos en esqueletos vestidos a rayas, escucha a cada momento, los gritos de los militares y los culatazos, el sonido de las armas. Ha comprendido por qué siempre le despierta una bala cruzando la madrugada. Hanna, Hanna, Hanna, ya nunca podrás hablarme. Tiene ante sí otra vez esa pirámide de cadáveres y el humo negro saliendo de las chimeneas. Recuerda, ahora con todo detalle, unos tanques vomitando a aquellos hombres que hablaban ruso y, sobre todo, regresa a las orillas de su memoria, la imagen de haber estrechado entre sus brazos a su tierra prometida, a ese cuerpo de leche y miel que tan sólo era un montón de huesos al que los rusos pretendían dar sepultura.

Pero sabe que todo eso es un mal sueño, una pesadilla insana que quiere volverle loco. El número de su muñeca no es ninguna alucinación, lo lleva marcado en la piel, igual que las reses - AU-3821-M -, por eso ha vestido siempre camisas largas, porque no le gusta que sus clientes se le queden clavados con la mirada humedecida, como si no pudieran ofrecerle nada más que compasión.

No, Moisés no recuerda, nunca ha querido recordar el tiempo de las plagas. Sabe, eso sí, que atravesó el mar, aunque no pueda ofrecer pruebas de si fue en barco o a pie; y que su hermano David y Hëide, su cuñada, se han ocupado de él hasta la fecha, permitiendo que trabaje en el taller y se siente a la mesa cada noche para dar gracias a Dios por el pan.

Sus hermanos descolgaron los espejos de la casa y de la tienda, para que Moisés siga siendo, por siempre ese muchacho taciturno que todavía vive en el gueto atento a espiar los movimientos de Hanna. No hay aparato de televisión, no llegan los periódicos y sólo hablan de temas intrascendentes, porque saben que el tiempo se detuvo, para siempre, en ese ser.

Pero esta mañana Moisés quiso desayunar en D´Ángello, y sus ojos quedaron atrapados en las noticias, en las imágenes de un tiroteo, en una bala que hería para siempre los sueños de un niño, y vomitó en plena calle, y a su conciencia afloraron las más terribles pesadillas, y apenas reunió fuerzas para levantar la persiana y ver a ese anciano de pelo blanco que lloraba frente a él.

 

Moisés Goldstein observa en la oscuridad la masa negra del Hudson, sabe que todas sus lágrimas se fundirán para siempre en el río, lo decidió al ver que la luna del comercio le devolvía la imagen de ese viejo asustado y hubiera deseado que estallaran los cristales, y no esa cosa extraña que se ha roto tan adentro, haciendo que su vida salte en mil pedazos. Hanna, Hanna, Hanna… ya nunca podré besarte.

No está triste, no está más triste que otras noches, siente próximo ese país de leche y miel que se llama Hanna. Confía en que ella, convertida en la hija del faraón, lo rescate de entre los juncos y le entregue las caricias y los besos que la vida le ha robado.

 

NURIA RUIZ DE VIÑASPRE: POEMAS

NURIA RUIZ DE VIÑASPRE: POEMAS

EXTRACTOS DEL LIBRO ‘TABLAS DE CARNICERO’

(LUCES DE  GÁLIBO 2010)

Nuria Ruiz de Viñaspre

 

 

(pág. 28)

¿por qué razón habrá el caballo

de parecernos siempre desnudo

y no el ganado vacuno?

M. A. Ortega

 

no la toquéis más

no despellejéis la costumbre de su traje

su cuerpo es hoy el tesoro

que exprime la mano más cobarde

esta res que yace a vuestro lado

lleva su futuro despedazado

en alguna pradera o calle bombardeada

soltad sus pequeños trozos de carne

saltando por los aires

soltadlos

 

 

(pág. 28)

 la sospecha de su muerte

ni crece ni decrece

la espera asfixia la propia ambigüedad

del camino confuso de su boca

su estómago reposa en el eje de una báscula

y ahora toda ella es esfera acuosa de silencio

es hora de contar la desesperanza

de romper el hielo para diluir la espera

de disolver otras redes de tortura

ayer su cabeza predecía su huida

pero ahora yace acomodada e inédita

en esta balanza de imaginería antigua

 

(pág. 46)

¿seguiremos comiendo hígado?

dicen que es el órgano interno más grande

y que puede llegar a pesar varios kilos

dicen también que en cada cien gramos

de hígado de res

hay cuatro gramos de carbohidratos

con una luna de cuchilla corva

como una luna guillotina suspendida en aire

tramaron el corte limpio en la oscura tarde

ya lo hacía antaño el cirujano

y como el carnicero —más mugriento—

poda la carne en su jornada

con ese acunado láser de cuchillo

separaron limpiamente la carne de tu hueso

para sazonar lo uno y degradar el resto

pero recuerda que en esta tundra de hambrientas bocas

tú eres lo que comes

por eso por eso la osificación

será siempre nuestra herida más elocuente

 

(pág. 62)

si los mataderos fueran transparentes,

acabaríamos todos siendo vegetarianos

Paul McCartney

aquella vaca tenía la fuerza

de un gran barco encallado

en el océano enfermo de una vitrina

y ahora

ahora se extingue sola

suspendida dentro de ese cristal en equilibrio

pobre vaca ciega

 

 

*La foto es de Martin Munkacsi.

 

CHRISTIAN PERIBÁÑEZ: 4 POEMAS

CHRISTIAN PERIBÁÑEZ: 4 POEMAS

Mi soledad transversal

Más profunda que la vida

Planté un Raíz desnuda

mi presencia entre vosotros.

Soñaba con trascender,

escucharme sin escribir,

ser la chica en el puño del gorila.

¿Cómo confiar en tu magia

Cuando conozco tu repertorio

de abracadabras?

Mi despecho es retorcido,

la herida, superlativa.

 

Esta soledad es el precio de mi exilio,

de la elipsis infinita y la anemia en la memoria.

Crecen alfileres sobre mis pestañas

Y en cuanto cierre los ojos, me vaciaré.

 

 

Hoy, el perro se ha comido tus deberes.

Ayer bajaste por un tabaco.

Yo corrí a la puerta y volví a observar el mundo

a de una Través Mirilla:

PENSABA que si fuera del tamaño de una aguja

nada de lo suyo Podría hacerme daño.

Me recreo escuchando tu colección de portazos

y disfruto de Nuestra eutanasia como si fuera

un veneno exquisito y caro.

Tú, que fuiste nunca Capaz de CREAR nada,

engendras el dolor que me fecunda como una

explosión nuclear.

 

 

Te acuestas a la ventana o al filo de una copa

Porque en la calle hay voces que saben hacer

daño.

Prefieres su batallar contra Wondratschek y

Tribu reductora de palabras,

Aunque un día redujiste tu Vida a un símbolo

y te Aterro Tuviera Que esquinas.

Yo, en su orilla, sigo siento un boomerang tu sonrisa

Porque sólo "Jamás saldremos de este sótano"

y las fotos se arrugan sobre sí MISMAS

O se confunden con el color beige de la pared.

 

 

 

 

* Christian Peribáñez (Zaragoza, 1979). Del libro 'Cuando éramos reptil' (Resurrección. Comuniter) de Christian Peribáñez. [Las fotos son de Alexander Bergstrom, y las tres últimas de Cecil Beaton: Marilyn, Audrey Hepburn y Gwili André.] Mil disculpas. Hay un problema en el sistema que me disloca los textos, pero eso apareció ayer con errores esta nota.

 

CAZADORES DE MONSTRUOS

CAZADORES DE MONSTRUOS

MELUSINA PUBLICARÁ EN BREVE

‘CRIPTOZOOLOGÍA. CAZADORES DE MONSTRUOS’

 

Mantícoras, basiliscos, grifos, serpientes acuáticas, calamares descomunales, faunos, ogros y otros monstruos y criaturas inauditos pueblan las páginas de este ameno y riguroso ensayo. Desde la Biblia hasta nuestros días, el avistamiento de criaturas ignotas ha sido una constante. Pero ¿qué hay de cierto en todo ello? Hoy sabemos que los griegos enterraban como cadáveres de gigantes y héroes lo que, probablemente, no eran más que restos de animales prehistóricos extinguidos.

También ha quedado probada la existencia de calamares de hasta cuarenta metros de longitud en las profundidades abisales. Todo esto, y mucho más, constituye el objeto de estudio de esta joven y fascinante ciencia denominada «criptozoología», la ciencia de los cazadores de monstruos ocultos...

 

Rafael Alemañ Berenguer  es licenciado en Química (Bioquímica) por la universidad de Valencia y en Física por la uned, es actualmente investigador, colaborador honorífico y doctorando en el departamento de Ciencia de Materiales, Óptica y Tecnología Electrónica, en la universidad Miguel Hernández. Es autor de diversos artículos y libros de divulgación, de entre los que destacan: Tras los secretos del Universo, Ciencia y Apocalipsis, Relatividad para todos, Física para todos, Evolución o Diseño, y Fronteras de la Realidad. Actualmente colabora como articulista y recensor (referee) en la revista Latin American Journal of Physics Education, en la revista Llull, así como en el PhilSci Archive y en la revista electrónica eVOLUCIÓN.

www.melusina.com

Melusina, vista por Russell Gilder.

CARLOS MONCÍN RETRATA A LORÉN

CARLOS MONCÍN RETRATA A LORÉN

En el post anterior no he podido colocar la foto de Santiago Lorén. La pongo ahora, pequeña, tomada por Carlos Moncín el pasado viernes en su casa. En sus años en Calatayud, Lorén ejerció de médico ginecólogo y ayudó a venir al mundo al jefe de fotografía de ‘Heraldo’. Y también a Carmen Gascón, la madre de cinco hijos que vive en esta casa.

LORÉN Y ESQUILLOR AÚN SUEÑAN

LORÉN Y ESQUILLOR AÚN SUEÑAN

Dos autores nonagenarios que sueñan

 

El novelista Santiago Lorén y el poeta rebasan los 90 años y son los patriarcas de las letras aragonesas, con Francisco Carrasquer

 

Santiago Lorén (Belchite, 1918) y Mariano Esquillor (Zaragoza, 1919) son, con Francisco Carrasquer Launed (Albalate de Cinca, 1915), los patriarcas de las letras de Aragón. Los tres son nonagenarios: Loren cumplirá pronto 92; Esquillor, 91, y Carrasquer, Premio de las Letras Aragonesas en 2006 y residente en Tárrega, 95 años. Los dos primeros viven en Zaragoza y han realizado en ella el grueso de su obra. Santiago Lorén ha sido un auténtico escritor profesional, periodista y médico ginecólogo que trabajó en hospitales y clínicas privados y públicos: en 1953 ganó la segunda convocatoria del Premio Planeta con ‘Una casa con goteras’, su segunda novela; la primera, ‘Cuerpos, almas y todo eso’ (1952), la leyó y la publicó José Janés y le envío una carta donde le preguntaba: “¿Está usted seguro de que nunca ha publicado nada antes?”. Con su segunda narración ocurrió una anécdota contada muchas veces por él y por su activa esposa Carmen Berdusán, que se presentó en la sede de Planeta con el manuscrito, pidió ver a José Manuel Lara, y le espetó: “Si en este galardón no valen las recomendaciones, ahí tiene la novela ganadora de este año”. Y así fue. Carmen lo ha sido todo para Santiago Lorén: la compañera, su mejor agente, la musa y su esposa, y también su segunda voz. Santiago Lorén la mira y asiente: “Llevamos 70 años viviendo juntos. Cuando empezó la Guerra Civil habíamos partido peras, pero cuando había avanzado el conflicto, mi padre, republicano atrapado en Híjar, me dijo que fuera a traerle noticias de su hermano Manuel, que desaparecería años después en Mauthausen”. Añade Carmen: “Es cierto. Vino a verme y ya no nos hemos separado”.

A Santiago Lorén ya le cuesta mantener una conversación, escribir y leer. “¿Qué dices, mujer? Como escritor yo siempre he pensado en quién me iba a leer. He intentado escribir para todos, y a mí me ha interesado mucho la realidad. Lo que ocurría. Como era médico me contaban muchas cosas que me servían para mis ficciones. Como escritor siempre he tenido en cuenta el humor. Más que ser cómico o gracioso, he intentado escribir con humor. Uno de mis escritores favoritos ha sido Wenceslao Fernández Flórez”, dice y mira, cerca del televisor, la pequeña escultura del Planeta. Musita: “Ahora ya no me salen muchos más nombres”.

Mariano Esquillor reside en la Casa de Amparo desde 1993. Se había jubilado de su oficio de albañil a los 60 años –“lo hice porque ya estaba casado de trabajar en las obras”, explica-. Años después se trasladó a la residencia de Predicadores 96 en compañía de su esposa, Fuensanta o Fanny, a quien le dedicó, entre otros libros, ‘Elegías a Fuensanta’. Esquillor es un hombre feliz, de hábitos fijos. “Vivimos juntos aquí siete años. Nos habíamos casado en 1948, el año en que nació otro gran poeta y amigo: Ángel Guinda. Tras su muerte, yo sigo trabajando: he publicado muchos libros, gracias sobre todo al editor Raúl Herrero, de Libros del Innombrable. Él me ha dado a conocer en España. Hace poco el poeta José Antonio Conde vino a ver y me trajo uno de mis libros. Me dijo: ‘Quería que me firmases este ejemplar que he comprado en una librería de Barcelona. Lo tenían en el escaparate’. Un cosa así se la debo a Raúl Herrero”. Mientras Santiago Lorén inició su carrera de escritor y se codeó con un sinfín de autores la posguerra española, en 1978 fue finalista del Premio Espejo de España con ‘Memoria parcial’ (Planeta, 1978), Mariano Esquillor tardó más en incorporarse a la literatura. Y lo hizo a través de diversas lecturas, Víctor Hugo le fascinó muy pronto y también Rabindranath Tagore, y contó con un maestro, que le servía de estímulo: Manuel Pinillos. “Él me enseñó cómo se cortaba el verso y a no alargarme ni en el poema ni en la frase. Una vez vino a casa, me preguntó qué estaba escribiendo y le enseñé un libro. Lo cogió, tomó un lápiz y lo corrigió entero. Tachó aquí y allá. Al final, le dije: ‘No lo quiero, Manuel, llévate ese libro. Es tuyo’. Me lo pidió de nuevo y borró todo cuando había anotado”. Mariano Esquillor dice que ha publicado en torno a 25 o 26 libros y que ha escrito 80. “Los tengo ordenados en cajas. Perfectamente. Sin embargo, cuando empezaba publiqué con Luciano Gracia mi primer libro, ‘Poemas internos’. Luego publicaría algunos más con él. Cuando lo vi editado, no me gustaron nada los poemas, y acabé arrojando al río Huerva todos los ejemplares, más de 300, en un paquete muy bien atado”.

Lorén conoció otros momentos de éxito y de impacto con libros de artículos vinculados a su oficio como ‘La Rebotica’ y ‘Diálogos con mi enfermera’. “Era un acontecimiento en los congresos médicos. Todos querían conocerlo y oírlo. Era muy famoso”, dice Carmen Berdusán, que fue galerista de arte y conserva una habitación con obras de ‘Pórtico’ y de la ‘Escuela de Zaragoza’, y Santiago sonríe. Declara: “Estoy satisfecho con mi vida. He tenido libertad para hacer lo que me gustaba, a pesar de pertenecer a una familia modesta”. Mariano Esquillor también es feliz: “No tengo resentimiento alguno. La ciudad me ha dedicado una calle de 51 metros, inmensa, y recibo homenajes y visitas de amigos de mis tiempos de albañil y de poetas. Además, no me aburro ni un minuto. Escribo tres poemas al día y dibujo. Y vivo feliz en Zaragoza, esta ciudad a la quiero como a mi madre. Ni pienso en ella ni temo a la muerte. A veces me digo: ‘Qué descansado me quedaré cuando me muera”. 

 

DESPIECE

 

La vida y la carrera de Santiago Lorén y Mariano Esquillor han sido muy diferentes. Lorén ha publicado muchas novelas, ensayos, libros de medicina, colaboró con José María Forqué en los rodajes de la series ‘Ramón y Cajal’ y ‘Miguel Servet’ para TVE (a ambos personajes les dedicó sendas biografías), y escribió mucho en la prensa: en revistas médicas, en diarios como HERALDO, la edición aragonesa de ‘Pueblo’, de la que fue director, en ‘Diario 16’ y en ‘El Periódico de Aragón’. Recibió a Ramón José Sender en su casa, y fue su esposa Carmen quien le hizo alguna vez de taxista a él y a su acompañante Luz Campana de Watts. Mariano Esquillor era presentado por Antonio Fernández Molina “como el mejor poeta vivo de Aragón. Es un visionario”. Durante algunos años alternó la albañilería con la poesía, y ha publicado en distintos sellos. Considera que uno de sus mejores libros es ‘Desde la torre de un condenado’ y siente un cariño especial por ‘Columpio autobiográfico’. “Mi poesía es básicamente autobiográfica. Escribo de lo que vivo, de lo que sueño y de lo que oigo. El amor es un motor constante”.

*Mariano Esquillor, retratado en la Casa de Amparo por Carlos Moncín. Este artículo, con leves cambios, apareció el lunes en 'Heraldo de Aragón'.

 

HOMENAJE A MIGUEL HERNÁNDEZ

HOMENAJE A MIGUEL HERNÁNDEZ

La Biblioteca de Aragón

y

Olifante Ediciones de Poesía

se complacen en invitarle al Homenaje a Miguel Hernández en el Centenario de su nacimiento

Intervendrán Lucía Izquierdo (nuera del poeta), Ángel Guinda (conferenciante) y los actores y escritores Rafael Campos, María José Moreno, Geraldine Hill, Octavio Gómez Milin, Reyes Guillén, Ana Alcaraz, Inmaculada Marqueta, Carmen Ruiz, Aloma Rodríguez y, de la Asociación Aragonesa de Escritores, Manuel Forega y Luisa Miñana.

El acto tendrá mañana martes da 2 de marzo de 2010 a las 19,00 horas

Salón de Actos de la Biblioteca de Aragón

(Doctor Cerrada 22)

ZARAGOZA

 

Esta foto, bien se ve, es de Carlos Gracia Escarp y está tomada de temadictos.com. En ella, Serrat posa con Miguel Poveda.

Serrat canta a Hernández

 

Hace más de treinta años, Joan Manuel Serrat dedicó un inolvidable disco a Miguel Hernández (1910-1942), el poeta pastor de Orihuela que se había muerto en las cárceles del mundo tras escribir de amor, del hambre, del futuro imposible. Aquel disco contenía varios himnos, la fuerza telúrica del campesino y del combatiente, la melancolía inefable de quien ama la vida y se despide de ella de agonía en agonía. Serrat, que conserva imágenes imborrables del viejo pueblo de Belchite, de donde era su madre, ha grabado un nuevo disco con trece temas de Hernández, más íntimo. Un homenaje, y una reinterpretación, del poeta en su centenario. Serrat, que pasó algunos veranos en las Delicias e hizo la mili en Jaca, abunda en los asuntos clave: la guerra, el dolor de querer y de existir, la naturaleza, el cántico a la esposa (en la mejor canción del conjunto: ‘Hijo de la luz y de la sombra’, la que da título al álbum), el elogio a la condición de pastor en un tema logrado como ‘Las abarcas desiertas’, y se acompaña de la voz de Miguel Poveda, y abre otras vetas. El disco se oye con gusto, posee varios estilos musicales, algunos tan leves y aleteantes como ‘La palmera levantina’, y posee ese fraseo especial y trémulo del cantante. Resulta menos épico que el anterior, menos grandilocuente, pero expone con limpidez y suavidad el mundo lírico del escritor, lo expande y le da otra profundidad. Frente al poeta político y al guerrillero, el poeta hondo y variado, el ser doliente y martirizado y a la vez luminoso. Este martes, Miguel Hernández será homenajeado en Zaragoza, en la Biblioteca de Aragón, donde un conjunto de escritores y rapsodas se reunirán con Lucía Izquierda, nuera del vate, y pondrán voces a una voz que proclamó casi como una profecía: “Solo quien ama vuela”. O “Tened presente el hambre”.

 

*Este artículo apareció en ‘Heraldo’ en mi sección ‘Cuentos de domingo’. El retrato de Miguel Hernández lo realizó Antonio Buero Vallejo.

POEMAS DE R. VÁZQUEZ-PRADA

POEMAS DE R. VÁZQUEZ-PRADA

Ricardo Vázquez-Prada es periodista, narrador, poeta y cantante, que suele hacer versiones de Georges Brassens. Estos días acaba de publicar un libro de poemas, ‘Como el viajero herido’, y ha grabado diez temas para un álbum con su hijo Miguel Ángel Prada a la guitarra. Me envía tres poemas. El primero, de amor y erotismo, glosa un par de años de estudiante en Estrasburgo.

 

 

 

Tiemblas cuando recorro

la comisura de tus labios,

te estremeces cuando exploro

la piel turbada de tu cuello.

Ríes aún cuando te beso

quedamente en el oído;

no fue fácil conquistarte,

los primeros besos, la primera noche.

Lo compartimos todo

en la ciudad de piedra roja,

tarta de fresa en las esquinas,

besos furtivos, ansias secretas.

Quisiera oir el latido del mar en tu vagina,

el rumor del viento entre tus senos de ámbar,

esparcir mi semen presentido

en la pradera virgen de tus nalgas.

Abrasar la anémona turbia de tu ombligo

con un beso de amor desesperado;

llegar tan lejos en ese ciego abrazo

como el pecado de una diosa de fuego.

Añoro tu voz estremecida,

siento el fluir de mi lengua de arena

mientras derramo sobre tu piel dormida

la vía láctea de mi ciego instinto.

 

 

 

HE DE VIAJAR AL ALBA

 

He de viajar al alba

a la tierra baldía

en la que nada crece,

en la que nada espiga,

al olvidado yermo

en que mis manos de cera

no encontrarán más pulso

que la noche infinita,

ni una brizna de hierba,

ni un soplo de vida,                                                                                   

ni el arcano de un sueño,

ni una brisa perdida.

Cuando en la oscuridad

esa sombra me cubra,

se adherirá a mis huesos,

espectro de luz cautiva;

mi noche se hará más noche,

más cerrada, más oscura,

en mi habitación

de paredes desnudas.

Sé que al llegar el alba

con su túnica amarga,

me alcanzará el silencio,

el sabor de su espuma.

Llegaré hasta allí

con mis manos vacías

y en mi rostro no habrá

lugar para las lágrimas.

 

 

 

 

MAR OCULTO

 

 

Mar oculto

que escondes tu secreto,

¿has leído mi nombre

en la herida de los astros?

Estoy ante ti,

olas de esmeralda y fuego,

sin saber si la muerte

es condena o refugio.

¿Conoces acaso mi destino?

Esa fuerza que te impulsa,

¿es ciego corazón,

mirada inerte?

Quisiera acariciar con mi piel fría

tus escamas de nácar,

surcar la inmensidad de tus ausencias

sintiendo en mis entrañas

el latido destructor del viento.

Estoy frente a ti;

escucho el batir de las olas

contra las rocas de oro y algas

y me pregunto

por cuánto tiempo aún

las caracolas

entonarán su canto de desolación y muerte.

*Esta foto es de Amanda Zackem.