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Antón Castro

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JULIÁN CASANOVA: UNA ENTREVISTA

JULIÁN CASANOVA: UNA ENTREVISTA

"La Transición ha sido el triunfo de la razón y de la luz"

ENTREVISTA CON JULIÁN CASANOVA, HISTORIADOR

Si a Julián Casanova (Valdealgorfa, Teruel, 1957) se le pregunta cuál es la misión del historiador alude a una frase de Eric J. Hobsbawm, “uno de los historiadores, todavía vivo, más importantes del siglo XX: somos los ‘recordadores’ profesionales de lo que los ciudadanos desean olvidar. Somos detectives que descubrimos en los restos y voces que nos llegan del pasado, a veces insignificantes, otras muy relevantes, los cambios y continuidades que han acompañado la evolución de los seres humanos”. Con esta mentalidad, en colaboración con su ex alumno (“brillante, le dirigí sus trabajos de investigación: tesis de licenciatura y tesis doctoral”), amigo entrañable y ahora destacado historiador Carlos Gil Andrés, ha publicado ‘Historia de España en el siglo XX’ (Ariel. Barcelona, 2009. 416 páginas) volumen que ya lleva tres ediciones y que define como “un libro manejable que relata los hechos esenciales y explica los cambios y los procesos fundamentales de un siglo intenso, controvertido y extraordinariamente complejo, un siglo fascinante como el siglo XX”. Añade Casanova que, entre otros temas, Gil Andrés y él comparten una preocupación por el cuidado formal, por la narración, por la divulgación de la historia. 

Usted suele decir que esta ‘Historia de España’ es un libro de interpretación, narración y sosiego historiográfico. ¿Podría explicarnos estos criterios? 

La narración sigue el hilo conductor de la historia política y el ritmo de las divisiones cronológicas convencionales para detenerse con más sosiego, al término de cada parte y en el epílogo final, en análisis que plantean y resumen algunas de las reflexiones más interesantes y de los debates más actuales de la historiografía española.

¿Qué quiere decir cuando alude al término narración?

La historia es una fuente esencial para la literatura y los novelistas y los historiadores compartimos muchas miradas al pasado. La diferencia es que los historiadores no podemos inventar, tenemos que someternos a los hechos históricos que nos transmiten las fuentes orales, escritas o visuales. Yo creo en una disciplina de la historia inspirada formalmente, en el cuidado formal de la escritura,  por la forma de construir historias de los grandes narradores. Por eso, para hacer una historia del siglo XX puede ser  muy útil leer a los grandes narradores del siglo: desde Truman Capote a Steinbeck, pasando por Faulkner o Marsé, Barea, Sender y Mendoza en el caso español.

¿Interpretación?

No hay un modo único o definitivo de ver ni de contar la historia. Pero las interpretaciones que quedan, las que dejan poso, son aquellas que pasan los filtros de las discusiones y de los debates entre los historiadores. Para construir una historia de España en el siglo XX  hay que manejar las grandes interpretaciones que hemos hecho, u otros colegas han hecho, sobre el fin del imperio, el sistema político de la Restauración, el significado de las democracias y las dictaduras...

¿En qué consiste el sosiego historiográfico?

Lo dan los años de aprendizaje, de escritura, de dar clases, de viajar y contactar con otras historiografías, la mirada telescópica, en definitiva.

¿Han querido escribir un libro contra los tópicos, como aquello de la anomalía y la fatalidad del país, tal como parece sostener Gerald Brenan, a quien aluden en el prólogo?

Elegimos a Gerald Brenan porque su libro ‘El laberinto español’, publicado en inglés en 1943 y cuya primera edición en castellano la publicó Ruedo Ibérico en París, marcó las enseñanzas de la generación de historiadores que -empezando por Raymond Carr y siguiendo por Gabriel Jackson, Hugh Thomas o Paul Preston- han elaborado una narrativa política y empírica del siglo XX español cargada de belleza y de tesis imaginativas. Todos reconocen que él fue una fuente de inspiración. Brenan además había conocido esa España primitiva, viniendo de Inglaterra, y la vio evolucionar, sufrir, modernizarse, siendo la historia viva del siglo XX. Y además nos permite trazar un paralelismo con Franco, un hombre de su misma generación que atraviesa también, más bien decide, una parte importante del siglo XX español.

 

España entra en el siglo XX en plena crisis: tras la pérdida de las colonias, con la idea de unidad nacional en crisis, con constantes conflictos.

Es verdad que la pérdida de las colonias y esa percepción de crisis abre un debate, con el regeneracionismo en primer plano, en el que parece, en cierta forma, que es un país en ruinas. Pero si se compara con Europa, todo puede matizarse. Francia acaba de pasar un debate que divide todavía más a la nación (el affaire Dreyfus), la mayoría de los países que nos rodean entran en una guerra, en 1914, que va a cambiar de verdad el rumbo de Europa (es la auténtica línea divisoria de la historia del siglo XX), y España se quedó al margen de ese proceso, que fue la gran diferencia entre la historia de España y la de Europa en esos primeros 20 años del siglo XX. De esa guerra salió una revolución, en Rusia, y el comunismo, y el fascismo en Italia, por no hablar del impacto que tiene en la militarización de la política. 

Curiosamente, ya se percibía una necesidad de afianzar la democracia. 

El gran debate del primer tercio del siglo XX en Europa, y en España, es cómo transformar la política, la forma de gobernar, para ajustarse al advenimiento de la sociedad de masas. La Primera Guerra Mundial derribó el viejo orden. A comienzos del siglo XX, todos los imperios (y el de España ya en decadencia) son monarquías, excepto Francia. En 1919, acabada la guerra, todos han desaparecido, salvo Francia y Gran Bretaña, convertidos además en repúblicas democráticas, un proceso que España sigue un poco más tarde, en 1931. El gran fracaso de la monarquía española, como el de las otras que cayeron, fue no saber ensanchar la base política de su dominio, presidir la transición desde un régimen oligárquico a otro más democrático, con todas las restricciones que la democracia tenía en esos momentos y que no podemos ver a la luz del presente.

 ¿En qué consistió la reforma o la revolución desde arriba?

 Es la gran propuesta de José Canalejas, que subió al gobierno en febrero de 1910 y fue asesinado por un anarquista, Manuel Pardiñas, en noviembre de 1912. A la democratización del régimen, Canalejas la llamaba una "República coronada", es decir, seguir el ejemplo británico, reformar desde arriba el sistema, antes de permitir la subversión desde abajo.

 En las tres primeras décadas España va de convulsión en convulsión. ¿Por qué hay tantos conflictos?

Es cierto que a finales de los años diez, comienzos de los veinte, hay una percepción clara de que el sistema político de la Restauración está agotado y que el avance de los sindicalismos y las alternativas obreras (de clase) son una amenaza. El hecho de que se acabe con eso mediante un pronunciamiento militar indica la fuerza que tiene el ejército como guardián del orden público y de las esencias de la Patria. Un ejército, por otro lado, que no ha combatido en la guerra mundial. En ese momento se está forjando el militarismo africanista (que tan bien captan Barea en ‘La forja de un rebelde’ y Sender en ‘Imán’), que al fin y al cabo decidirá la historia en 1936.

  ¿Ha sido la Reforma agraria de las maldiciones de España?

 Uno de los grandes problemas irresueltos, que tuvo que abrir en canal la República y que le complicó enormemente la vida, por la oposición desde arriba desde el principio y por la insatisfacción desde abajo ante la lentitud de la reforma. Pero la reforma agraria era una necesidad económica y social, ineludible para la modernización de España. En la práctica, nunca podía ser radical, a no ser que hubiera una revolución, porque los grandes propietarios, casi todos burgueses, que ya habían comprado tierras desde los procesos desamortizadores del siglo XIX, estaban estrechamente conectados con el aparato del Estado; pero en la teoría, era amenazante, porque se percibía como una revolución hecha en beneficio de los jornaleros, contra la propiedad, que en España tenía también un significado religioso, por la simbiosis entre orden, propiedad y religión (y la forma de percibir a quienes amenazaban ese orden como bolcheviques, ateos y subversivos)

  ¿Cómo valora los cinco años de la II República?

 Una República parlamentaria y constitucional, que acometió la organización del ejército, la separación entre la Iglesia y el Estado y tomó medidas radicales y profundas sobre la distribución de la propiedad de la tierra, los salarios de las clases trabajadoras, la protección laboral y la educación pública. Nunca en la historia de España se había asistido a un período tan intenso (porque eso se hizo todo en los dos primeros años) y acelerado de cambio y conflicto, de avances democráticos y conquistas sociales. Pero al mismo tiempo, la legislación republicana situó en primer plano algunas de las tensiones germinadas durante las dos décadas anteriores con la industrialización, el crecimiento urbano y los conflictos de clase. Se abrió así un abismo entre varios mundos culturales antagónicos, entre católicos practicantes y anticlericales convencidos, amos y trabajadores, Iglesia y Estado, orden y revolución. 

Vivimos una época de feroz desmitificación de ese período. ¿Es para tanto o es un revisionismo interesado?

 La ignorancia es libre y gratuita. Son posiciones políticas en torno a la historia. Cualquier comparación entre la República y lo que vino después, la guerra, el asesinato, la violación sistemática de los derechos humanos, la dictadura de cuarenta años.... deja en muy buen lugar a la República. Igual que puede decirse entre la República de Weimar y Hitler.. El problema es si se piensa que fue la República quien causó la guerra, y no un golpe de Estado, la raíz de todos los males.

 

¿Por qué se produjo y qué significó la Guerra Civil?

 La guerra la causó un golpe militar, que no logró su principal objetivo, hacerse rápidamente con el poder. Porque si eso hubiera pasado, no hubiera habido guerra y lo que se hubiera producido desde el principio hubiera sido una dictadura militar. Como ese golpe no triunfó del todo, pero tampoco fracasó, porque conquistó sus objetivos en amplias zonas del país, lo que hizo fue minar decisivamente la capacidad del Gobierno republicano para mantener el orden y dio paso así a la violencia abierta, sin precedentes, de los grupos que lo apoyaron y de los que se opusieron. Así comenzó la guerra civil. Si vemos la historia de Europa, la República tenía escasísimas posibilidades de sobrevivir, porque todas las demás repúblicas y democracias que emergieron de la caída de las monarquías desde 1918 acabaron derribadas por reacciones derechistas o fascistas. Pero la guerra civil sólo se entiende por ese golpe militar. Sin ese golpe, que es el que divide al ejército y al aparato del Estado, hubieran podido pasar otras cosas (y entre ellas, casi con toda seguridad, la muerte de la República), pero no una guerra civil.

 Esa guerra civil se convierte muy pronto en internacional, resume todas las batallas que tenía planteadas la sociedad europea en ese momento: guerra de clases, guerra de religión, guerra en torno a la idea de la nación y de la patria, guerra de credos. En la guerra civil española cristalizaron en suma batallas universales del momento y por eso está cargada de símbolos y mitos para muchos ciudadanos del mundo. Para los españoles, sin embargo, ha pasado a la historia por la tremenda violencia y deshumanización del contrario que generó.

Aragón fue un escenario capital: Belchite, el frente de Huesca, la batalla de Teruel, la batalla del Ebro...

 Aragón resume la guerra civil, partido en dos como España, con la revolución más destructiva, las colectivizaciones y el Consejo de Aragón  y el fascismo más radical, de exterminio del contrario, y con un frente de guerra que, sobre todo en la batalla de Aragón de marzo de 1938, marcó la contienda. Y ahí está Teruel, claro, la única capital de provincia conquistada por los republicanos en toda la guerra, Belchite, el frente de Huesca y Orwell, la batalla del Ebro...

¿Cuál es su retrato de Franco?

 Combina la esencia de la tradición conservadora, el militarismo africanista y un nacionalismo radical que bebe, aunque no él directamente, de las nuevas corrientes fascistas. Manejó bien diferentes máscaras, como Preston ha demostrado en su biografría, los vientos de la historia (y del azar, si se valoran muertes como la de Mola, José Antonio Primo de Rivero o Sanjurjo) estuvieron a su favor hasta 1945 y tuvo la bendición y el apoyo eclesiásticos en los momentos decisivos para mantenerse en el poder.  Todo lo que ocurrió en España entre 1945  (final de la Segunda Guerra Mundial) y 1975 (muerte de Franco) separó la historia de España de la de Europa, demasiados años. 

Tomo esta foto del blog de Juan Gavasa. Sobran las palabras...

En el libro aparece un análisis exhaustivo de la larga duración de la dictadura: la represión, los apoyos internacionales, la simbiosis entre el Caudillo y la Iglesia católica, los amplios apoyos sociales que tuvo, pero sobre todo el contar con un ejército unido, salido de una guerra civil, hasta el final. La división de la oposición al franquismo tampoco ayudó.

Transición y Autonomía. ¿Cómo hemos jugado ese papel?

  A la luz de la historia, de lo que ocurrió, de cómo y por qué ocurrió y de lo que podría haber ocurrido, la transición a la democracia es el triunfo de la luz y de la razón frente a la oscuridad anterior. El sueño de los regeneracionistas de comienzos de siglo se cumple al final, demasiados años después, pero se cumple. Pero no fue un proceso sólo pactado, protagonizado desde arriba... La transición tuvo legados difíciles de cambiar y cambios que hubieran sido imposibles si el proceso lo hubieran protagonizado únicamente las elites que venían de la larga dictadura.

 

 

DESPIECE:

MEMORIA DE LA TRANSICIÓN, PRESENTE Y FUTURO

 

Asistimos a la vindicación, y casi entronización de Adolfo Suárez, ¿le parece justa?

 Ajdolfo Suárez es uno de los personajes fundamentales de esa transición, porque supo desvincularse de las ideas franquistas para negociar, básicamente con quienes habían sido hasta ese momento compañeros de viaje en la dictadura, el contenido de las reformas. Eso lo hizo muy bien, porque además conocía a la perfección los entresijos del régimen y sobre todo sabía cómo manejar los tiempos de la negociación y de la comunicación. Su papel en el control de los medios de comunicación en esos años, sobre todo de TVE, de la que había sido ya director, fue fundamental.

¿No fue un presidente demasiado efímero? 

Es cierto. Es un personaje que dura poco en esa historia, menos de cinco años, y cuyo partido y proyecto se desmoronan de forma acelerada en los últimos meses de 1980, contribuyendo a la inestabilidad y crisis, hasta desembocar en el intento de golpe de Estado de febrero de 1981. No creo que merezca esa entronización, aunque es muy difícil no asignarle un papel positivo en toda esa historia. 

¿Cómo juzgará la historia a Felipe González?

 No emplearía ese término, juzgar. Pero Felipe González, desde el balance histórico, es uno de los personajes más importantes del siglo XX español. Catorce años en el poder, legitimado una y otra vez por elecciones libres, con amplios apoyos sociales y con un proyecto de reformas, con el aire de Europa a su favor, que conectaba claramente con todas esas esperanzas rotas tantas veces por la violencia durante el siglo XX: modernizar España, integrarla en Europa, hacer ciudadanos libres, redistribuir mejor la riqueza. En el balance que la historia ya hace y pueda hacer en el futuro también aparecerá el GAL, la corrupción, la importancia de los amigos políticos, pero en cualquier comparación con lo anterior y con lo posterior siempre saldrá beneficiado. Y sobre todo si se valora que es el único presidente de gobierno de la historia de España del siglo XX que tuvo proyección internacional, preocupado por la política internacional, que la conocía y le conocían. Por no hablar de su capacidad de comunicación y debate, esencia de la política, valores que, sin embargo, pocos políticos tienen o aprenden.

Volvemos a vivir en un momento convulso, dramático. ¿Cómo lo defines: es peligroso, preocupante, hemos regresado al pasado?

 No es un regreso al pasado, en absoluto. Lo preocupante es que con lo modernos que somos, o que creíamos ser, esa modernización no se plasme en una cultura cívica mayor. Hace falta transmitir mejor los valores del diálogo, la libertad y la integridad. Están fallando los políticos, pero también los educadores y los medios de comunicación. Pero también hay mucha gente que está trabajando para que esa parte más peligrosa no se convierta en fatalidad. Y estamos entre los privilegiados del mundo, afortunadamente, aunque eso no garantiza todo.

 ¿Por qué cuesta tanto aceptar que España es un país plurilingüe, con diversos rasgos de identidad, y por qué le cuesta tanto al nacionalismo aceptar una idea global de gobierno y aún de país?

 Ese conflicto resume la historia del siglo XX. Y sólo ha resultado bien cuando el centro y la periferia se han entendido. No hay en Europa occidental otro país con tantas lenguas y culturas diferentes. Y eso nos ha hecho más fuertes, cuando se ha utilizado en la buena dirección, aunque queda ETA, el único legado funesto que viene del siglo XX, de la dictadura en realidad, y demasiados malos entendidos en torno al nacionalismo vasco o catalán. Yo creo, vista la historia de las últimas décadas, que ese país plurilingüe puede funcionar, a no ser que algunos se empeñen en sacar a pasear las esencias patrias o los mitos nacionales/nacionalistas.

 ¿Podría resumirnos los personajes claves del libro y de la historia de España?

Personajes que decidieron la historia por la fuerza, como Primo de Rivera o Francisco Franco; personajes que tenían un proyecto reformista y no pudieron acometerlo (como José Canalejas); personajes que tuvieron tiempo, aunque limitado, para emprender reformas y cambios sustanciales (como Manuel Azaña); y personajes que aparecen ya en color en la fotografía, triunfantes después de tantas batallas anteriores (como Adolfo Suárez, Felipe González o el rey Juan Carlos). Pero además de esos nombres propios, la historia de España tuvo otros protagonistas: las decenas de miles de personas que murieron en el exilio y que nunca pudieron volver a su país. ¿Cómo hubiera sido una España con libertades y con la aportación de todos  esos intelectuales, científicos, profesionales, que nunca pudieron volver? Todos los presidentes de gobierno de la República, salvo Lerroux, y los dos presidentes que tuvo ese régimen, en paz y en guerra, murieron en el exilio.

*Esta entrevista se publicó el pasado jueves en el suplemento 'Artes & Letras' de Heraldo de Aragón. Las dos primeras fotos son de Robert Capa.

SERGIO VILA-SANJUÁN, NOVELISTA

SERGIO VILA-SANJUÁN, NOVELISTA

El pasado miércoles, Josep Massot, el gran Pepe Massot, traductor, editor, periodista y autor de una de las series más bellas de la prensa española en los últimos años, ‘Vidas contadas’, entrevistaba a Sergio Vila-Sanjuán, escritor y periodista, coordinador de exposiciones y del suplemento ‘Culturas’ de La Vanguardia. Vila-Sanjuán es un incansable trabajador, afable y entusiasta, y acaba de debutar como novelista con ‘Una heredera de Barcelona’, un libro que ha merecido una atenta lectura y elogios de Carlos Ruiz-Zafón y de Arturo Pérez-Reverte, entre otros. Copio la entrevista de la red, y aquí la cuelgo. Por cariño y admiración a Sergio, a Pepe, a Barcelona y a la narrativa. El libro lo publica el sello Destino, que dirigen Emili Rosales y Silvia Sesé.

 

“LA  BARCELONA DE LOS AÑOS 20 PARECÍA CHICAGO”

 Por Josep MASSOT / La Vanguardia

Sergio Vila-Sanjuán ha dado el salto del periodismo  a la novela con un libro que, antes de ser publicado, ha creado una gran expectación: la editorial Destino pasó a los libreros una edición en pruebas de Una heredera de Barcelona y, al detectar la acogida entusiasta, decidió ampliar su primera edición a 15.000 ejemplares. "Será el libro sorpresa de Sant Jordi", decía ayer satisfecho el editor, Emili Rosales. El libro es un fresco histórico de la Barcelona de principios del siglo XX, cuando sus calles parecían Chicago, Primo de Rivera preparaba su golpe de Estado y toda una clase social, la antigua nobleza catalana, se encaminaba, sin saberlo, con elegancia, hacia su extinción.

No sé si puede desvelar al lector si se trata de novela histórica o de historia novelada.

Una heredera de Barcelona es una combinación de crónica familiar, novela histórica y crónica urbana. Empecé investigando las vivencias de mi abuelo Pablo durante los años 10 y 20 del siglo pasado. En un cierto punto llegué a la conclusión de que sería más atractivo novelar todo el material que había acumulado.

Su prólogo ¿es un recurso literario (el manuscrito hallado del Quijote) o encierra alguna verdad?

 Las dos cosas. Es una introducción literaria a un material que en parte es de imaginación y en parte es muy real. Varios de los personajes y de los hechos narrados, a la vez son y no son. En esto la técnica que he empleado es en algunos puntos deudora de la de Cercas en Soldados de Salamina, un libro clave sobre el uso novelístico de la historia.

¿Puede detallar al lector quién fue su abuelo?

Mi abuelo fue un personaje con muchos intereses. Fue periodista, abogado y político, y llegó a ser secretario personal del presidente del gobierno Eduardo Dato, un demócrata cristiano avant la lettre autor de una importante legislación social, que fue asesinado por los anarquistas. El atentado puso fin a cierta forma de entender el conservadurismo, basada en el diálogo. Una parte de los conservadores se decantó hacia la acción militar y otra parte del anarquismo, al asesinato duro y puro. Fue el triunfo de los radicalismos de ambos lados. Mi abuelo era a la vez un católico convencido, un liberal-conservador y un monárquico activo, a quien Alfonso XIII nombró Gentilhombre de Cámara. Pero el personaje de mi novela es y no es mi abuelo. Mi abuelo se llamaba Pablo Vila San Juan y el protagonista, Pablo Vilar.

El imaginario narrativo catalán, con alguna excepción como la de Vilallonga, ha polarizado dos Barcelonas, la burguesa y la anarquista. En su libro emerge el punto de vista monárquico y aparecen algunos personajes de la nobleza, la medieval, la de los Austria y la de los Borbones, ¿qué papel tenían estas aristocracias en la época en que enmarca su libro? ¿Cómo se llevó, desde su españolismo, con la burguesía de la Lliga?

El mundo de la nobleza catalana de los años 10 y 20 tuvo mucho peso social, aunque ha quedado relativamente olvidado; por eso me parecía interesante rescatarlo. Formaba un círculo activo y elegante, aunque por supuesto elitista, que se reunía y daba fiestas en sus residencias, la mayoría de las cuales han desaparecido, aunque quedan reminiscencias hoy de uso público como el Laberint d´Horta (de los Desvalls) o la escuela Eina (de los Sentmenat). Este círculo se activaba sobre todo cuando el rey venía a Barcelona, y de hecho impulsó y financió la construcción del palacio de Pedralbes para que Alfonso XIII pasara más tiempo en Catalunya. Es un mundo bastante gatopardesco, porque su proyecto político y su cohesión de grupo se hundieron con la República y ya nunca volvió a ser lo que era. A mí me gusta mucho cierta literatura británica y americana sobre las élites, con ese tono a la vez distante y cariñoso, a lo Edith Wharton o Evelyn Waugh en Retorno a Brideshead.

Se ha documentado sobre la época, y su protagonista pasa del glamur a las cuevas de Montjuïc, una verdadera corte de los milagros a la manera de Victor Hugo. ¿Cómo era aquella Barcelona de los pistoleros, 30 atentados al día y la ley de fugas de Martínez Anido?

He intentado contrastar la memoria de los círculos aristocráticos con la de otra cultura de la época, la anarquista, no sólo en su vertiente política sino también utópica. Se trata de una cultura alternativa y hasta cierto punto prehippy, que cultivaba el pacifismo, el vegetarianismo, el nudismo o el espiritismo, y que prefigura los movimientos alternativos de los años 60. Y junto a estos dos mundos, presento una ciudad que entre los años 1919 y 1923, los llamados años del pistolerismo, era una ciudad invivible, marcada por la violencia diaria y que parecía Chicago. Todo el mundo tenía el miedo en el cuerpo y un gran testigo de aquella época, Joaquim Maria de Nadal, cuenta que hasta los hombres más pacíficos, de comunión diaria, iban con el revólver en el bolsillo.

Es una Barcelona muy distinta al Madrid de Valle-Inclán. Hay menos señorito crápula, menos rosario y menos poder.

La diferencia entre la Barcelona y el Madrid de fines del XIX y principios del XX es el gran crecimiento industrial de la capital catalana, que crea mucha riqueza y a la vez unas desigualdades sociales que la convierten en una olla a presión. La Barcelona de los años 20 era la capital europea del anarquismo y el laboratorio donde se cuecen todos los problemas que estallarán con la Guerra Civil española. El epílogo, en el que algunos personajes se reencuentran en julio de 1936, intenta reflejar este carácter premonitorio de los años del pistolerismo.

Hay un personaje femenino que recuerda casi literalmente a Isabel Llorach, creadora con Carlos Soldevila del Conferentia Club. ¿Qué le interesaba del personaje?

Isabel Enrich está lejanamente inspirada en Isabel Llorach, pero en mi novela es un personaje de imaginación, muy diferente del real. Me interesaba la figura de una heredera joven porque en el contexto de los años 20 representa a una mujer verdaderamente libre, que gracias a su dinero puede hacer lo que le da la gana. Y ella es consciente de que el dinero no debe ser un fin, sino un medio para hacer otras cosas. Si hay una moraleja en el libro es que las personas están por encima de las ideologías. A mi abuelo en julio de 1936 lo salvó el aviso de un anarquista al que había defendido como abogado.

 

La entrevista también puede leerse aquí: www.lavanguardia.es/cultura. He utilizado varias fotos: una de Sergio Vila-Sanjuán, la he tomado de aquí http://www.vilanova.cat/img/img_39346173_1.jpg; otra de la Barcelona de los años 30 y una famosa y extraordinaria de Catalá Roca, que formó parte de aquella exposición Madrid-Barcelona, y que está tomada en la Gran Vía.

 

 

'LA MADRE' DE ABEL HERNÁNDEZ

'LA MADRE' DE ABEL HERNÁNDEZ

El caballo de cartón, de Abel Hernández,

ganadora del VIII Premio de la Crítica de Castilla y León

 

El caballo de cartón -obra editada recientemente por Gadir-, del escritor soriano Abel Hernández ha sido elegida, hoy en Salamanca, ganadora del VIII Premio de la Crítica de Castilla León.

Este prestigioso premio, convocado anualmente por el Instituto Castellano y Leonés de la Lengua, ha tenido como jurado una amplia representación de la cultura de las nueve provincias de Castilla y León, que incluye críticos literarios, profesores universitarios y escritores. Entre los ganadores de anteriores ediciones se encuentran autores como Luis Mateo Díez, Óscar Esquivias, Juan Manuel de Prada o Antonio Gamoneda.

El director del Instituto Castellano y Leonés de la Lengua, Gonzalo Santonja, copresidente del jurado, indicó que se trata de una obra “magnífica” que lleva a su autor a “ser el portavoz de una sensibilidad humanística del mundo de lo rural convertido en el mundo intelectual”.

El precedente de El caballo de cartón, Historias de la Alcarama, de Abel Hernández, fue también finalista de este premio en su edición del año pasado.

 

Javier Santillán me envía un capítulo de este libro de Abel Hernández, biógrafo de Adolfo Suárez, que se presentará el día 10 en Zaragoza. Se trata del capítulo de ‘La madre’.

LA MADRE

De Abel HERNÁNDEZ

25 de Octubre. Hoy hemos celebrado el cumpleaños de mi madre. La abuela Bibiana ha hecho rosquillos y ha venido a comer toda la familia. Mi madre ha cumplido 37 años. Hace ya más de ocho que murió mi padre y aún sigue de luto. Siempre la he conocido vestida de negro. En días señalados como hoy trata de aparentar que está alegre, pero yo sé que no es del todo verdad.

 

En toda esta historia que estoy contando, mi madre desempeña un papel especial. Siempre tengo delante su fotografía, una de las últimas que le hicieron. Vuelvo a mirarla. Lleva un abrigo negro. Abundan las canas en su ondulado y brillante cabello, rematado en un moño. Como único adorno luce unos pendientes de perla que yo le regalé. Su rostro, que denota una enorme fortaleza interior, sigue siendo hermoso, ancho y armonioso; pero en sus ojos castaños hay un rictus de tristeza que refleja ya el estrago interior de la enfermedad.

Una retinopatía causada por la diabetes le ocasionó una progresiva pérdida de la vista. Poco a poco fue quedándose ciega. Al final apenas distinguía el perfil de la cara de sus nietas y el color de sus vestidos. Esto la atormentaba, aunque procuraba disimularlo con humor. Murió de cáncer a los ochenta años recién cumplidos y sus restos descansan en el cementerio del Espino de Soria, cerca de Leonor, la mujer de Antonio Machado. Ella pidió no ser enterrada hasta que pasaran cuarenta y ocho horas de su muerte por temor a que la enterraran viva, como había ocurrido en algunos casos espeluznantes que le habían contado de joven. Fue uno de los escasos caprichos de su vida.

Aquella tarde de finales de octubre, cuando bajé del Espino, vi el cielo cárdeno, ensuciado de grajos, me sentí solo en el universo, perdido en el páramo infinito como un niño desvalido y lloré a solas dulcemente como nunca había llorado. Entonces me di cuenta del milagro: el llanto del hombre nos devuelve a la condición de niños, donde la vida empieza; nos purifica y nos introduce de nuevo en el seno materno.

Recuerdo de aquel cumpleaños de 1948, que iba a ser el último que pasaría con ella en muchos años, una escena desagradable en la sobremesa. Mi madre anunció su propósito de que nosotros, mi hermano y yo, estudiáramos.

—Aquí en el pueblo no se van a quedar. Ya lo he hablado con don Juan, el maestro, y con don Livino.

—Sí, van a estudiar para amolanchines —saltó el tío Felipe—. ¿De dónde vas a sacar los recursos para que estudien? Lo mejor es que vayan pastores.

Fue una reacción brutal e inesperada del mayor de los hermanos, desmentida luego con hechos, que a mi madre le dolió ese día como si le hubieran dado una puñalada. Desde que murió mi padre y se quedó viuda con 28 años, la principal razón de su vida fue sacar a los hijos adelante como si él viviera, sin condenarlos a destripar terrones.

Mi padre, Cristóbal Hernández Ridruejo, que, como tengo dicho, era secretario del Ayuntamiento de Valtajeros, padecía del corazón y murió de repente a los 28 años —ambos eran de la misma edad— el 4 de febrero de 1940, segundo día de las fiestas de San Blas. Yo tenía dos años y mi hermano, unos meses. Por más esfuerzos que he hecho toda mi vida, no lo recuerdo, no recuerdo nada de él, pero debió de ser un gran hombre. Su muerte, por lo visto, conmocionó a toda la comarca y, según me han contado, yo preguntaba insistentemente por él con mi lengua de trapo «¿dónde está mi papa?», sin obtener una respuesta satisfactoria. Desde entonces he estado buscando a mi padre inútilmente. Sólo conservo su mortuoria, con una gran cruz en medio y unos anchos márgenes con tres franjas de negro. Es en la mortuoria de mi padre donde aparece por primera vez mi nombre en letra impresa. Los dos únicos objetos personales, que estuvieron muchos años a nuestro alcance, su reloj de plata «Louis Coppel» y su laúd, se perdieron misteriosamente en un traslado.

Margarita, mi madre, desanduvo el camino vestida de luto, con sus dos niños pequeños, y se volvió a Sarnago, a la casa de sus padres, donde ella y yo habíamos nacido. Cuando distinguí mi imagen en el espejo, me vi vestido de negro. Puedo decir que la película de los primeros años de mi vida fue literalmente en blanco y negro.

Mi condición de huérfano a tan tierna edad junto con la fuerte personalidad protectora de mi madre y la sincera compasión que despertábamos hizo que familiares y vecinos me trataran con especial benevolencia, a pesar de que eran tiempos en que los niños ocupábamos en la sociedad un lugar marginal y despreciado, lo que nos obligaba a refugiarnos en nuestro propio mundo, en un mundo aparte, salvaje e inmerso por completo en la naturaleza. Los campos, los prados y el bosque eran nuestro hábitat natural. Allí éramos libres.

Andábamos por los caminos como saltamontes. Buscábamos nidos, sacábamos de la tierra con el azadón hormigas aludas, cazábamos pájaros con cepos de alambre o con paraderas de losas y recogíamos los frutos silvestres con especial dedicación en cada temporada: moras, endrinas, calambrujos, bizcobas, perques, maguillas, arándanos, grosellas, gayubas, aciablas, amugues, magüetas… Nos masturbábamos juntos en el pradillo de altas paredes, sentados en fila entre los rosales silvestres. En verano nos metíamos desnudos en las pozas y charcas enfangadas pobladas de eneas, con las ranas croando en la orilla y saltando entre los juncos y entre nuestras piernas. Nos bastaba un mendrugo de pan con cebolla o tocino. Bebíamos agua de cualquier regajo, manantial, acequia o fuentecilla que nos encontráramos, siguiendo una norma sagrada, que considerábamos infalible:

 

Agua corriente

no mata a la gente.

Agua sin correr

puede suceder.

 

No recuerdo ningún castigo físico en casa, ni siquiera una bofetada. Cuando tenía tres o cuatro años me ocurrió algo que se parecía a ello y que se me quedó grabado para siempre. Mi madre había amasado y estaba metiendo la masa de las hogazas en el horno. Hacía calor y yo tenía sed. Le pedí a mi madre que me bajara agua de la cocina. Ella no podía en ese momento. Se ofreció a hacerlo el tío Sotero, que me quiso siempre como si fuera un hijo. Subió a la cocina y bajó con una jarrita de aluminio llena de agua fresca. Me la ofreció y yo la rechacé, a pesar de que me moría de sed.

—Yo quiero que me la dé mi madre —dije enrabietado.

—¿Quieres el agua? ¡A la de una!

—¡No!

—¿Quieres? ¡A la de dos!

—¡No!

—¿Quieres? ¡A la de tres!

—¡No!

Entonces ocurrió lo inesperado. El tío Sotero lanzó con fuerza el agua de la jarra sobre mi cara. La impresión y el susto casi me cortan momentáneamente la respiración. Estallé en llanto mientras todos reían. Fue una buena lección, que demostró la excesiva dependencia que tenía entonces de mi madre y me ayudó a no ser en adelante un niño caprichoso. Andando el tiempo me enteré de que fue idea del tío Sotero encargar a los Reyes Magos el caballo de cartón con el aparejo de carne de membrillo.

El método de mi madre cuando estaba disgustada por alguna fechoría de mi hermano o mía era poner cara de pena, pronunciar la tremenda frase «¡me vais a matar a disgustos!» y no hablarnos, ignorándonos durante varias horas, a veces días, hasta que le rogábamos encarecidamente que nos perdonara. Este silencio de mi madre era un castigo moral, casi un chantaje, muy inquietante y doloroso. Exhibía su condición de víctima y nos acusaba a nosotros de aumentar su sufrimiento, de ser cómplices de su triste destino. La temprana viudez le dejó para toda la vida un fondo de resentimiento, que poco a poco compensó con su generosidad y su coraje silencioso.

Este carácter victimista de mi madre, unido a su extraordinaria inteligencia natural y a su sentido común, no dejaba apenas resquicio alguno a mi autonomía personal a la hora de hacer planes sobre mi vida. En el pueblo los niños carecíamos de capacidad de decision sobre nuestro futuro. Ni siquiera se nos pedía directamente opinión. Asistíamos a las conversaciones de los mayores como si fuéramos los gatos que ronroneaban en torno a la mesa de la cocina.

En honor a la verdad hay que decir que mi madre no utilizaba nunca el ordeno y mando o los argumentos de autoridad. Tampoco la vi jamás perder los papeles, hablar a gritos o tener una reacción histérica. Cuando lloraba, lloraba a solas. Procuraba actuar con naturalidad y cercanía, y ser convincente. Su frase preferida si te resistías a su propuesta era: «Atiende a razones». O «no retoriquees». Te envolvía hábilmente en sus razonamientos y uno llegaba a la conclusión de que quería lo mejor para ti y que te podías fiar de ella. Nunca, en toda mi vida, lo he dudado.

La sombra de mi padre gravitó sobre nuestras vidas. El baúl con sus recuerdos más personales, forrado de seda color crema, permaneció siempre al lado de la cama de mi madre, que siguió enamorada de mi padre hasta la muerte. Cada año nos llevaba varias veces a visitar su sepultura en el camposanto de Valtajeros. No se le pasó por la cabeza volver a casarse, aunque no le faltaron pretendientes y proposiciones tentadoras. Yo mismo fui testigo de una de ellas en el portal de la casa de Sarnago. La abuela Bibiana le decía cuando los días de fiesta la veía afanada en la cocina con el delantal de rayas puesto: «La que luce entre las ollas no luce entre las otras». Pero ella lo tenía claro.

Cuando regresó, viuda y con dos niños, a la casa paterna comprendió enseguida que tenía que hacerse cargo de todo. El abuelo había superado ya los 70 años, la abuela padecía depresiones, que atribuían al susto que le dio su cuñado, el tío Nicolás, un locatis, cuando le apuntó con la escopeta («se le levantaron —decían— las alas del corazón»), aunque lo más probable es que sus desvaríos tuvieran que ver con la menopausia tardía y con una formación religiosa poblada de temores y escrúpulos; y el bueno del tío Co no era un hombre con capacidad de resolución. Para ellos la vuelta de mi madre fue una bendición del cielo.

Además de ocuparse de las tareas domésticas —barrer, cocinar, fregar, coser, lavar, planchar, hacer las camas…— vareaba la lana de los colchones en las eras, lavaba la ropa en el río, traía la hornija, amasaba el pan, lo cocía en el horno, ordeñaba las cabras cada mañana antes de que sonara la cuerna del cabrero, iba con los cántaros por agua a la fuente, uno en la cabeza y otro en la cintura, no rehuía echar una mano en las tareas del campo: la escarda, la siega, el cuidado de las huertas y la recogida de la cosecha. Comprendió enseguida que criar cerdos era entonces lo más rentable, y más de una noche pasé yo con ella en la pocilga a la luz de un candil procurando que la cochina recién parida no aplastara a los cerditos de la lechigada. Luego defendía el valor de aquellos animales hasta el último céntimo cuando el «Peña» de Cigudosa llegaba al portal con su blusa negra y su cara de pocos amigos a comprar los tetones.

Para hacer frente a aquellos tiempos de penuria montó en la cocina de abajo una pequeña tienda, que hacía también de estanco y de taberna y donde repartíamos el racionamiento en la posguerra. Los arrieros de Cervera, Igea, Aguilar e Inestrillas, que iban y venían con sus mercancías camino del mercado de San Pedro, paraban en casa, que estaba siempre abierta; cuando acababan empapados por la lluvia o les sorprendía la nieve en descampado se secaban a la lumbre, bebían una jarra de vino caliente con miel y canela y, si era preciso, encontraban allí refugio gratis para pasar la noche.

Pero la principal misión de mi madre, aparte de sacar a los hijos adelante, fue cuidar a sus padres con extraordinaria delicadeza hasta que, con más de noventa años el abuelo y unos años menos la abuela, cerraron los ojos para siempre con unos meses de diferencia, y, andando el tiempo, cuidar de su inseparable hermano, el tío Co, afectado de ictus cerebrales y que en los últimos años de su vida fue como un niño desvalido. Entonces no había ley de dependencia ni a nadie se le ocurrió concederle a mi madre la merecida medalla del mérito en el trabajo o del sufrimiento por la patria o por lo que fuera, si es que existía. Estas medallas y condecoraciones están destinadas desde siempre a los famosos y chupatintas de la capital. La excepción fue mi bisabuelo Diego al que le hicieron caballero de la Orden de Beneficencia por un acto de heroísmo.

Don Manuel, el médico de la comarca, le enseñó a poner inyecciones y, desde entonces, hizo de enfermera y practicante en el pueblo, sin cobrar un real ni recibir compensación alguna. Coincidió con la llegada de la penicilina. Traían de San Pedro a caballo las ampollas en una caja envuelta en hielo. En Sarnago había varios jóvenes tuberculosos, entre ellos dos hermanos en el barrio de abajo, y mi madre, a pesar del evidente riesgo de contagio, acudía hasta su lecho a ponerles cada noche la dosis que parecía milagrosa.

Fue una mujer fuerte, generosa y desprendida, que conectaba lo mismo con los más viejos que con la gente joven. Todo el mundo la respetaba y la quería. Era religiosa, pero nunca cayó en beaterías. En el baúl donde conservaba los recuerdos de mi padre guardaba también una colección de novelas de su autor favorito, Pío Baroja, que ella había ido adquiriendo en fascículos. Un cura tridentino, seguramente don Juan Pérez, el de Huércanos, que le escribió una carta aquel octubre del 48 con motivo de su cumpleaños y cuyo sobre azul, sin la carta dentro, con un sello de Franco de 50 céntimos, ha aparecido misteriosamente en mi arquita, le aconsejó, apelando a la salvación de su alma, que las quemara para que un autor tan impío no cayera en manos de los niños. Como fiel hija de la Iglesia, obedeció con harto pesar y las quemó lentamente en el fuego del hogar por la noche, sin testigos.

Su afición a la lectura, a pesar de no haber pasado de la enseñanza primaria, le otorgaba una superioridad moral en un pueblo sin luz eléctrica y en el que no había casi ningún libro en la mayor parte de las casas. Los libros eran objeto de culto y se trasmitían de una generación a otra con la firma correspondiente, una debajo de otra. En las largas noches de invierno, mientras las Úrguras recorrían las callejas agitando la nieve, barriendo los tejados y ululalando por las chimeneas, mi madre, con voz pausada, nos leía un libro en la cocina de mi casa, al calor de la lumbre, a la luz de un candil, bajo las varas de los chorizos y las morcillas de la matanza, que colgaban del techo. Los atentos oyentes éramos el abuelo Natalio, sentado en su silloncito a la derecha de la chimenea, la abuela Bibiana en un banquito a la izquierda, el tío Co, cuando no estaba en el trujal, y nosotros, los niños, sentados en el centro de cara a la lumbre. Un invierno nos leyó el Quijote en dos tomos, en rústica, cada noche unos cuantos capítulos, y otro, con un sonsonete inolvidable, lleno de musicalidad, los romances castellanos antiguos, que acabamos aprendiéndonos de memoria.

Llegado a este punto y pensando intensamente en mi madre, que tiene que seguir existiendo en alguna parte porque nada de lo que se ama desaparece, he vagado de recuerdo en recuerdo, formándome una imagen perenne, que ha ido cristalizando en un amor tranquilo que recorre la casa vacía entre montañas, pasa por el cerro del Espino y se eleva en el Monte de las Ánimas hasta las estrellas.

 

*Todas las fotografías que ilustran este fragmento de 'El caballo de cartón' de Abel Hernández pertenecen a un fotógrafo inolvidable: el gallego Virxilio Vieitez, ese hermano de sangre y de sensibilidad de August Sander.

 

 

 

 

 

NACE WWW.FRONTERAD.COM

NACE WWW.FRONTERAD.COM

Recibo esta nota del fotoperiodista y Premio Nacional de Fotografía Gervasio Sánchez:

 

Os recomiendo www.fronterad.com, una excelente web en español que varía su oferta central los viernes y en donde escriben excelentes escritores, reporteros y blogueros.

Creo que vale la pena seguir sus pasos

Un abrazo

Gervasio Sánchez

 

*En la foto, un fotograma de la película ‘La cinta blanca’ de Haneke, a la que le dedica un artículo Álvaro del Amo.

DIÁLOGO CON PATRICIA ESTEBAN

DIÁLOGO CON PATRICIA ESTEBAN

Ayer por la tarde, en compañía del poeta y narrador Manuel Vilas y del editor Juan Casamayor, Patricia Esteban Erlés presentó su nuevo libro de relatos: ‘Azul ruso’ (Páginas de Espuma), en ese espacio tan acogedor de Los Portadores de Sueños, que dirigen Eva Cosculluela y Félix González. Ayer publiqué una extensa entrevista con la escritora zaragozana, nacida en 1972, en Heraldo. Aquí está la entrevista al completo: la que salió y lo que no pudo salir.

 

-¿Con qué estado de ánimo suele escribir Patricia Esteban Erlés?

Depende, más que escribir desde un estado de ánimo escribo desde la punta de una idea, tirando del extremo de algo que aparece de pronto, en cualquier parte, y me hace sacar el cuaderno y tomar unas notas. A veces es una frase de dos desconocidos en el autobús, la secuencia de una película, una palabra evocadora. En el caso concreto de Azul ruso, puedo decir que la literatura fue en 2008 la mejor terapia que pude seguir, en un momento difícil en el plano personal. Decidí ahorrarme el psiquiatra y escribí este libro desde la tristeza de la pérdida a veces, otras desde el deseo de hacerme reír a mí misma con una historia o de liberarme de un peso vital con el que ya no podía seguir cargando.

 -Da la sensación de que tus cuentos nacen de un mal sueño que se prolonga durante el día…

Quizás sea más aproximado decir que los cuentos que escribo nacen de miedos, que me asaltan indiscriminadamente, esté dormida o despierta. Hay una serie de obsesiones que se prolongan en el tiempo, desde la infancia, y me siguen como fantasmas. Escribir es mi manera de exorcizarlos, de burlarme de ellos y darles esquinazo. Puede que haya algo de onírico en el tratamiento que les doy, pero esto responde a que determinadas vivencias son más terribles que muchas pesadillas, y morfológicamente más complejas. Del mal sueño puedes librarte, pero de lo que te pasa en realidad es más difícil desembarazarse. Por eso, tal vez, yo prefiero reciclar esos sucesos y convertirlos en relatos.

-¿Ha sido escrito ‘Azul ruso’ como un libro unitario o es más bien un libro de distintos relatos que se suman y que organizan en torno a una manera de mirar?

Creo que Azul ruso es un libro que ha ido haciéndose a lo largo del tiempo, buscando su propia forma. En un principio yo sólo tenía claro que había una tonalidad melancólica común en las historias, un azul que lo invadía todo. De hecho, el libro se llamó en un primer momento Periodo azul, como la época pictórica de Picasso. Sin embargo, luego me di cuenta de que la presencia del gato, como compañero eterno del hombre, superviviente a las mismas catástrofes que él y un eterno enigma, estaba ahí, como una presencia silenciosa, en muchos de los cuentos. De ahí que finalmente se llamara como una raza felina muy misteriosa, el azul ruso, al igual que el relato central del libro, un cuento extenso donde hablo de una mujer que convierte en gatos a los hombres que llaman a su puerta. Pienso que sí existe una manera determinada de mirar en este libro, pero sobre todo un color, el azul, que adquiere diferentes tonalidades. Hay un fondo de tristeza, si se quiere, pero tamizado en ocasiones con el humor, o la ternura.

-¿Podríamos decir que el tema general, o la atmósfera de los cuentos, es el misterio y el dolor?

Sí, estoy de acuerdo con eso, pienso que hay una perplejidad o un desconocimiento de la vida, una incapacidad de entender o superar lo que les pasa a los protagonistas de mis cuentos, de comunicarse entre ellos. La realidad se convierte en una fotografía borrosa, que no alcanzan a ver bien. Y por otro lado el dolor es una marca  especialmente evidente en algunos personajes, a veces lo he entendido como carga interna, otras puede apreciarse incluso en su aspecto físico. Hay una belleza y una heroicidad en quien debe afrontar la vida desde la diferencia que siempre me admira, y eso también he intentado plasmarlo en el libro.

-En tu obra hay siempre una mirada malévola y, aquí, también tierna, melancólica. Pienso en ‘Piroquenisis’, por ejemplo, o en ‘Porvenir’. De dónde salen estos personajes, ese sastre enano, Renato, o ese tipo que es “el mejor artista funerario de la ciudad”, por poner dos ejemplos de rareza cotidiana?

Me interesan muchos los seres que se ven obligados a aceptar la anormalidad como compañera de viaje en sus vidas. En ese sentido, cualquier hombre o mujer que cuenta con un físico diferente sería el ejemplo más claro, y ahí podría encuadrarse a Renato. Piroquinesis surge de una vivencia personal, yo solía tomar café en un bar donde cada mañana coincidía con un señor bajito, con un rostro hermosísimo y muy triste. Siempre iba perfectamente trajeado y poseía una dignidad que me llamaba mucho la atención. A él le debo la creación de Renato, el verdadero héroe de ‘Piroquinesis’, un personaje guiado por el amor incondicional. Por otro lado, también se aprende a vivir en un contacto directo, anormal para la mayoría, con la muerte, que es lo que le sucede al protagonista de ‘La chica del UHF’, ese maquillador de cadáveres. Hace unos años emitieron en televisión una serie de culto que me encantaba, ‘A dos metros bajo tierra’. Los protagonistas eran los miembros de una saga familiar que regentaban unas pompas fúnebres, un conjunto de seres humanos que vivían a unos centímetros de la muerte y hacían de ella un objeto artístico.  Me pareció muy interesante porque reflejaba perfectamente cómo a fuerza de costumbre se asume de forma natural lo que a cualquiera de nosotros nos parecería insoportable: la proximidad de los muertos, el deber de acicalarlos y pasar largas horas en su compañía.

¿Por qué tienen tanta importancia los animales en tus libros: pienso en esa iguana que se convierte en un obstáculo para el amor de una pareja, en el gato albino de ‘Kriptonita’ o en la mujer que transforma a sus amantes en gatos?

Los animales de compañía están con frecuencia en mis textos como una especie de corifeo, de actores secundarios. En mis libros anteriores había sobre todo perros, pero en ‘Azul ruso’, ya desde el propio título, que es una raza felina, ganan los gatos. Se dice que el gato es el único animal que sobrevive a todas las catástrofes, un poco como le sucede al hombre, y siempre ha mantenido con él una relación de sociedad, no de dependencia, como el perro. En ocasiones, el animal es un símbolo, como en el caso de ‘Mudanzas’, donde esa iguana representa la conciencia del error cometido por el personaje al tomar una decisión. En ‘Azul ruso los gatos’ serían trasunto de todas las víctimas de un holocausto gratuito, causado por alguien con el poder de decidir sobre las vidas ajenas. 

 

-Cuál es la relación, o cómo es, la relación entre realidad y fantasía? ¿Cómo explicas esa irrupción de la fantasía en lo cotidiano, muy al modo de Cortázar o de Silvina Ocampo?

Para mí la realidad es un lugar poco ameno, del que intento huir siempre que tengo ocasión. A ratos siento que lo que más me interesa de ella es justo lo que no vemos, esas trastiendas de las vidas y las situaciones que no enseñamos a nadie. Citas dos autores que para mí son claves, sobre todo en el caso de Silvina Ocampo, una maestra en el arte de retratar los secretos, las puertas falsas que se cuelan en nuestra existencia. Me gusta el fantástico vinculado a la vida moderna, sin la tramoya del XIX, más ceñido a un contexto reconocible por mí y por el lector. 

-El cuento que da título al libro la protagonista lleva el nombre de un cuento y de un personaje de Jorge Luis Borges: Emma Zunz. ¿Es un homenaje, una broma?

Un homenaje, claro, humilde y sentido. Ese cuento me parece una joya, y un día me puse a pensar por qué no se me habría ocurrido a mí un nombre tan maravilloso para un personaje. De ahí pasé a plantearme qué ocurriría si en la literatura pasara como en la vida real, y hubiera otra Emma Zunz distinta a la de Borges, su doble. Cuando empecé a imaginarla salió esa mujer a medias Morgana, a medias Melusina, con un poder extraño que administra sin reparar en sus consecuencias.

 Casi todos los personajes parecer vivir en el extrañamiento constante, tiene algo de criaturas patológicas: se obsesionan con antiguos amores, buscan el amor de su vida desesperadamente, van y vienen como un clima de espejismo…

Sí, tengo debilidad por los seres extraños, por los que se pasean por la vida como si su tiempo lo rigiera un reloj blando de Dalí. Me parecen muy fotogénicas, estas criaturas atrapadas en su propia pesadilla, bien porque son incapaces de olvidar el pasado, bien porque el futuro les aterra o porque han cometido una equivocación tremenda.

 -¿En qué medida te condiciona o te inspira el cine?

El cine marcó mi infancia, es una bonita cicatriz que no puedo olvidar. Fue un gran descubrimiento en la niñez, una afición que cultivé de adolescente con auténtica locura y que ha dejado una enorme impronta, porque no concibo la literatura sino como una forma de plasmar lo que veo, las imágenes, de interpretarlas a través de la palabra. Cuando escribo un cuento, he tenido que rodarlo antes en mi mente, ya he fabricado la historia en secuencias. Me encanta el cine clásico y esa atmósfera que tienen muchas de las películas antiguas es la que a menudo me gustaría volcar en mis textos.

 Este es un libro donde se habla mucho de lo oculto. ¿Hay dentro de Patricia Esteban un demonio como sugiere Fernando Iwasaki?

Sí, seguramente uno muy bien alimentado. Yo siempre digo que la literatura es un lugar perfecto para desprenderse de las obsesiones, los miedos, la locura. Creo que todos tenemos deseos o pulsiones que nunca reconoceremos, quizás ni ante nosotros mismos, pero en una obra de ficción puedes darle alas a lo más terrible. Matar, odiar, vengarse… En ese sentido me parece la mejor terapia para tener a raya a los demonios de cada cual. 

¿Cómo defines el cuento, cuántos cuentos distintos puede escribir un escritor?

Para mí el cuento es el instante, la densidad, la fotografía de la que hablaba Cortázar. Siempre que la mires, encontrarás un detalle nuevo, algo que te intrigue o te haga pensar. Es una píldora pequeña, pero matona, que puede encerrar el sentido más profundo de la vida y que te acompañan para siempre, una vez los has leído. Respecto a la segunda parte de la pregunta, creo que todos escribimos siempre el mismo cuento, o los mismos dos o tres cuentos, dependiendo de los temas que más nos obsesionan,  sólo les cambiamos el disfraz.  

Por cierto, ¿qué les debe a los alumnos a los que das clase en el instituto o los talleres de literatura y recuerdas con tanto cariño en el libro?

Mucho. A mis alumnos de Secundaria les debo el reto diario que supone entrar en una clase donde debo convencerles de que la Lengua  y la Literatura son dos armas que pueden serles muy útiles. Hasta para pensar en números necesitamos las palabras, con lo cual el lenguaje es un instrumento que deben saber usar. En cuanto a la Literatura, existe la creencia vana de que sólo pueden escribir los novelistas, los poetas, los cuentistas. A mí me interesa que los alumnos y alumnas comprendan el maravilloso cauce de expresión personal y de vuelo imaginativo que encierran los libros. Trato de mostrarles que uno puede asumir un papel más activo que el de simple lector, armarse de un bolígrafo y escribir un diario, o un cuento en el que narre en qué monstruo querría convertirse, de tener ocasión. En los talleres de relato me llena muchísimo encontrar a adultos que han asumido el vicio de la literatura como un ocio y que tienen la valentía de querer compartirlo con otras personas. Disfruto mucho de las clases con ellos, que son lectores impenitentes que se emocionan con un título o un personaje y se pueden pasar horas hablando de obras o autores. Aprendo cada día.

¿Significa algo especial para ti publicar en Páginas de Espuma?

 Claramente, sí. Hubo un tiempo, no muy lejano, en que yo era una lectora entusiasmada de la editorial, porque me parecía estupendo que alguien se arriesgara por el cuento y le diera tanta cancha. No podía imaginar que, igual que Alicia, un día cruzaría el espejo y me convertiría en parte del catálogo, con escritores a los que admiro tanto desde siempre. Es un lujo y un orgullo enorme, desde luego, estar en Páginas de Espuma.

 

'ESTÉTICAS DE LA CRISIS': UN CURSO

'ESTÉTICAS DE LA CRISIS': UN CURSO

‘ESTÉTICAS DE LA CRISIS’

CURSO DE LA INSTITUCIÓN FERNANDO EL CATÓLICO

 

MIÉRCOLES, 24 DE FEBRERO

16.30 h. Entrega de documentación.
16.45 h. Palabras inaugurales del Dr. D. Carlos FORCADELL
ÁLVAREZ, director de la Institución «Fernando el Católico».
17.00 h. La novela norteamericana: de la caída de las Torres a la era Obama, por el Dr. D. Francisco COLLADO (Universidad de Zaragoza).
18.30 h. Paisajes después de la batalla, por el Dr. D. Luis BELTRÁN ALMERÍA (Universidad de Zaragoza).
20.00 h. Discursos científicos en tiempos de crisis, por el Dr. D. Javier ORDÓÑEZ RODRÍGUEZ (Universidad Autónoma de Madrid).

JUEVES 25

17.00 h. Espectáculo versus racionalidad en la política contemporánea, por el Dr. D. Ignacio GÓMEZ DE LIAÑO (Universidad Complutense).
18.30 h. La crisis como historia de terror, por el Dr. D. Enrique GIL CALVO (Universidad Complutense).
20.00 h. Mesa redonda: La mutante realidad contemporánea en sus relatos. Participantes: Fernando AÍNSA, Enrique GIL CALVO, Ignacio Gómez DE LIAÑO y Manuel VILAS. Moderador: José Luis CALVO CARILLA.

VIERNES 26
17.00 h. El fenómeno de la novela negra en Suecia ¿Un producto de la crisis?, por D. Francisco ÚRIZ (escritor, poeta y traductor de poesía y novela sueca).
18.30 h. De los grandes relatos a sus migajas: vertientes de la atomización narrativa actual, por el Dr. D. Fernando VALLS (Universidad Autónoma de Barcelona).


CURSO DIRIGIDO POR EL PROFESOR JOSÉ LUIS CALVO CARILLA. UNIVERSIDAD DE ZARAGOZA.

 

*Hace unos días, la profesora y ensayista Isabel Carabantes me mandó el programa de este curso de la Institución Fernando el Católico. Cuelgo aquí una estupenda fotografía de Alberto García-Alix de 1988.

'AVANTI', MÉNDEZ, SMALL, COPLA

'AVANTI', MÉNDEZ, SMALL, COPLA

Avanti

Poetas españoles de entresiglos XX-XXI

Edición de Pablo Luque Pinilla

Olifante. Ediciones de Poesía

Zaragoza, 2009

252 páginas.

 

Pablo Luque Pinilla es poeta, crítico y divulgador de la poesía a través de una revista digital. A él se le debe uno de los últimos títulos del sello Olifante: ‘Avanti. Poetas españoles de entresiglos XX-XXI’, una antología muy personal de catorce poetas que escriben desde los años 60 hasta nuestros días. La selección incluye a Pere Gimferrer, a Jenaro Talens y a Antonio Colinas, de los ‘Novísimos’, fascinados por el culturalismo, por el cine, el cómic y Venecia; a poetas tan solitarios como Miguel d’Ors o Ángel Campos Pámpano, el gran cantor de Lisboa, ‘la ciudad blanca’. Figuran mujeres como Aurora Luque, Amalia Iglesias y Chantal Maillard. El único aragonés de la antología es Ángel Guinda. El volumen contiene poéticas de cada autor, manifiestos y análisis críticos, y poemas que destacan por “su belleza, su eufonía, su hondura emocional y su capacidad de penetración”. Como este de Ángel Guinda.

 

‘La edad de Oro’ de Ángel Guinda

 

No lamentes

haber perdido el esplendor juvenil,

los estallidos de la vida,

a cambio

de un horizonte de cenizas.

Nadie puede avanzar

en medio de un bosque en llamas,

sí a través del desierto.

 

Página 83. Fotos: Página web de Olifante, Gimferrer, Talens, Antonio Colinas, cine, cómic, Venecia.

 

Tal vez la lluvia

Juan Carlos Méndez Guédez

XL Premio Ciudad de Barbastro de Novela Corta

DVD

Barcelona, 2009

154 páginas

 

El Premio de Novela Ciudad de Barbastro ha cumplido 40 años. La novela ‘Tal vez la lluvia’, del venezolano Juan Carlos Méndez Guédez, fue la ganadora de esa edición. La narración transcurre entre Caracas, Madrid y Salamanca, y cuenta la amistad entre dos jóvenes, Adolfo y Federico, que comparten películas como ‘Casablanca’, la música de Los Beatles o de Queen. Adolfo y Federico se extravían de aquí para allá entre mujeres bonitas como Miroslawa, como Ivonne, como Luisa, que convierte la minifalda en una revolución. O Albertina, que parece escapada de un poema de Neruda y que conduce una y otra vez a la perdición. Y siempre, en los viajes, en los paseos por Caracas o Madrid, casi siempre aparece la lluvia y un Mercedes desportillado. Méndez Guédez escribe con transparencia y emotividad, con humor y con ternura.

 

Stitches

Una infancia muda

David Small

Traducción de Rocío de la Maya

Mondadori: Reservoir Books

Barcelona, 2010

330 páginas

 

David Small es uno de los grandes ilustradores del momento y ha realizado numerosos libros infantiles. Quizá ninguno tenga la hondura y el desgarro de su novela gráfica ‘Stiches. Una infancia muda’. Se trata de un libro inquietante, extraño, acaso feroz, que transcurre en Detroit. Narra la vida de un muchacho, desde los seis hasta los quince años en un ámbito muy especial: su madre siempre está enfadada, la abuela parece perturbada y su padre, médico, dedica muchas horas al hospital. Y su hermano anda por ahí apurando la pubertad mientras descubre revistas de chicas desnudas. El niño va y viene, y padece pesadillas horribles en un cómic excepcional, complejo, de increíbles imágenes, que funciona como una película que lo tiene casi todo: emoción, dolor, misterio, poesía, locura y rabia. Y un inequívoco sentido autobiográfico.

 

 

Un siglo de copla

Manuel Francisco Reina

Incluye la película ‘La España de la copla: 1908’

de Emilio Ruiz Barrachina

Ediciones B

Barcelona, 2009

392 páginas

La palabra copla, tan vinculada al flamenco, procede de cópula, que significa unión, lazo, ilación. Este género musical es como una novela cantada. Su desarrollo y esplendor está emparentado con los músicos Falla, Granados y Pau Casals, y los poetas del 27, especialmente Lorca y Alberti. Los temas de la copla son eternos: el amor, la muerte, la mujer, los celos, los toros. Manuel Francisco Reina acaba de publicar ‘Un siglo de copla’, que incluye una película de Emilio Ruiz Barrachina. El libro recorre la historia de un género tan autóctono, ofrece un cancionero y el anecdotario de cada canción, e incorpora un diccionario de compositores, entre los que figura el oscense Daniel Montorio, y de intérpretes, donde se encuentra Raquel Meller, la cupletista de Tarazona. Con ella están Concha Piquer, Estrellita Castro, Miguel de Molinos, Lola Flores, Clara Montes, Pasión Vega, incluso Joaquín Sabina o Joan Manuel Serrat. Por algo dice Reina que la copla se convirtió en el franquismo en “canción protesta” o “canción de denuncia”.

*Recomendaciones del programa 'Borradores' emitido anoche, que se redifundirá el próximo sábado a partir de las 9.15 de la mañana. Las cuatro fotos corresponden a Dmitry Chapala, que es un joven fotógrafo ruso especializado en el cuerpo de la mujer, que trabaja muy bien el procesado digital.

EN EL CASTILLO DE LORD DUNSANY

EN EL CASTILLO DE LORD DUNSANY

Hace unos días, la editora Diana Zaforteza vino a Zaragoza a presentar su editorial. Me dijo que iba a visitar con algunos periodistas el castillo de Lord Dunsany en Irlanda. Me pareció maravilloso publicar un reportaje sobre ese autor, al que he leído a través de las sugerencias de Álvaro Cunqueiro y Jorge Luis Borges. El escritor y traductor Daniel Gascón tenía la posibilidad de ir y de hacer un amplio reportaje para ‘Artes & Letras’ y para su propio blog. Este es el texto que apareció en el suplemento de los jueves de ‘Heraldo de Aragón’, que también es una reflexión y una lectura sobre la obra del escritor dublinés.

 

EN EL CASTILLO DE LORD DUNSANY

Por Daniel GASCÓN

 

EL VIAJE

Edward John Moreton Drax Plunkett, Lord Dunsany, es uno de los padres de la literatura fantástica. Su obra influyó a autores como Borges, Lovecraft o Tolkien. La semana pasada fui a visitar su castillo, que empezó a construirse a finales del siglo XII y es una de las casas más antiguas de Irlanda. Allí viven los actuales señores de Dunsany, la arquitecta retirada Maria Alice de Marsillac y el pintor Edward Carlos Plunkett, nieto del escritor.

El Dunsany Castle está en County Meath, a unos 40 minutos en coche de Dublín. Nada más entrar en la propiedad, se ve la iglesia de San Nicolás, del siglo XV, donde se rodó una secuencia de ‘Braveheart’. El día anterior me había enterado de que la actual Lady Dunsany echó a unos cazadores de sus terrenos con una escopeta en la mano, así que fue un alivio que abriera la puerta del castillo Randall, el heredero del título. Las paredes de la entrada están cubiertas de espadas y pistolas, hay dos armaduras y un mueble oriental con un par de cascos persas. En esa atmósfera medieval y bélica, un cuadro y una escultura de Edward Carlos Plunkett, con formas geométricas, parecen fuera de contexto. El de barón de Dunsany es uno de los títulos nobiliarios más antiguos de Irlanda; data del siglo XV y, como lo concedían los británicos, la familia resalta su origen normando y su vinculación con Francia: tiene un banco con una estatua de Napoleón y recuerda que tuvo que abandonar Irlanda en el siglo XVII, a causa de la invasión de Cromwell. Según Lady Dunsany –que hace de guía por el castillo porque su marido está enfermo- parte de la familia huyó por un túnel parcialmente conservado que comunica el castillo con el cercano Killeen Castle.

Autor de más de 80 volúmenes de narrativa, memorias, teatro y poesía, pintor, cazador en África y en la India (la leyenda dice que mató a dos cebras en Piccadilly Circus porque nunca pudo cazar una en libertad), político frustrado, apasionado del cricket, campeón de tiro y creador de una variante de ajedrez, Lord Dunsany fue un amateur y excéntrico profesional. Nacido en Londres en 1878, el 18º barón de Dunsany es el personaje más destacado de una familia en la que también se encuentra el arzobispo católico Oliver Plunkett, ahorcado y descuartizado en 1681 y canonizado en 1975; por el lado materno, está emparentado con Richard Burton, traductor de ‘Las mil y una noches’. Recibió el título en 1899, tras estudiar en Eton y la escuela militar de Sandhurst. Ese mismo año, después de servir en Gibraltar, participó en la segunda guerra de los bóers. Sería el primero de una larga serie de encuentros con el peligro.

En 1904 se casó con Beatrice Child-Villiers, la acaudalada hija del conde de Jersey, y se trasladó al castillo. Beatrice se dedicó a él con fervor y toleró sus rarezas: Dunsany –que pasó gran parte de su vida entre sus fincas rurales en Inglaterra e Irlanda- estaba en contra de la sal de mesa de los restaurantes y siempre llevaba la suya encima, y no toleraba que se abrillantaran los muebles. Escribía en una habitación de lo alto del castillo, o en las cabañas de la propiedad; en los últimos años, él, que había matado rinocerontes, gacelas y leopardos –en expediciones que a veces requerían 72 porteadores-, emprendió una campaña para que no se cortara el rabo de los perros. “Más que escritor, quería ser pintor”, cuenta Lady Dunsany. “Fue a París con su mujer y vieron un cuadro de Renoir. A Beatrice le gustaba, pero Edward dijo: ‘¿Para qué queremos un Renoir? Yo ya soy un gran pintor’.” Aficionado a los cuentos de los hermanos Grimm, de Andersen y Poe, en 1905 publicó su primer libro, ‘Los dioses de Pegana’, donde elaboraba una cosmogonía con ecos del simbolismo y un lenguaje arcaizante, heredado de la Biblia del rey Jacobo. En obras como ‘El tiempo y los dioses’, ‘La espada de Welleran’ o ‘Cuentos de un soñador’ elaboró un imaginario del que han bebido Cunqueiro, C.S. Lewis o Robert E. Howard.

A través de su tío Horace –un modernizador agrícola que gastó buena parte de la fortuna familiar con sus experimentos-, entabló amistad con intelectuales como Lady Gregory; Gogarty, que serviría de inspiración para el personaje de Buck Mulligan en el ‘Ulises’ de Joyce, o  el poeta nacionalista AE, que dijo que era “tan puro, fabuloso y raro como el unicornio”. Aunque luego se distanciaron, también despertó la admiración de W.B. Yeats, que prologó una selección de sus cuentos y lo animó a escribir teatro: Lord Dunsany compuso ‘The Glittering Afternoon’ en una sola tarde de 1909, y la pieza se representó un mes después en el Abbey Theatre. A Yeats le angustiaban su irregularidad e indolencia (“Es una desgracia haber nacido noble. Le vendrían bien serían cincuenta libras al año y una amante borracha”), pero aseguraba que sus obras “hacen que piense en joyas irlandesas, en una espada cubierta de arabescos indios, de San Marcos en Venecia, en palacios cubiertos de nubes al atardecer; pero todavía con más frecuencia en un estado de ánimo que alcancé durante unas semanas de sueño profundo y que desde entonces siempre he añorado y deseado”

En la creación de ese mundo también fueron importantes las ilustraciones de Sidney Sime, que están expuestas en el pasillo que lleva a una antigua capilla. En ella se ve una alfombra de tigre y medio cuerpo de un león. Hay un cuadro de Hamilton a medio restaurar y un tablero de ajedrez: Dunsany, que escribió uno de los mejores relatos sobre este deporte, ‘El gambito de los tres marineros’, empató con Capablanca. Un arcón contiene cientos de cartas en desorden (Plunkett se escribió con Kipling y Arthur C. Clarke, pero también hay cartas suyas dirigidas a su mujer); en otro lugar vemos los manuscritos. Lord Dunsany escribía a mano, con un lápiz de color, y luego repasaba el texto con tinta. “Mi marido se crió con su abuelo. A veces, después de que se mecanografiara el texto, copiaba un ejemplar a mano y lo firmaba por si la familia necesitaba venderlo.”

Vemos el manuscrito de ‘Carcasona’; de ‘My Talks with Dean Spanley’, en el que se basa la película ‘Dean Spanley’, con Sam Neill y Peter O’Toole; de ‘The Old Folk of Centuries’, lleno de dibujos de brujas y soles. También vemos un álbum de fotos de la guerra de los bóers y de la Primera Guerra Mundial. Junto a las fotos de los soldados, o de él en el frente –decía que las trincheras solo tenían 1,80 de alto y él medía 1,95-, hay dibujos de Lord Dunsany, que proponen una “Sugerencia de reorganización del vestido militar”. Se libró por poco de ir a Galípoli y perdió a un amigo en la Gran Guerra, F. Ledwidge, cuya poesía editó póstumamente. En la Segunda Guerra Mundial se enroló en la Home Guard en Inglaterra –le decepcionó que los nazis no llegaran a invadir la isla: quería combatirlos-, y ocupó la cátedra Lord Byron en Atenas, que abandonó ante el avance alemán. Sin embargo, sufrió su herida más grave en Irlanda en 1916, cuando ayudaba a las fuerzas británicas frente a los rebeldes irlandeses. Y murió de apendicitis en 1957, a los 79 años.

 

Después de comer en una sala en la que cuelgan retratos de los personajes de la familia, cerca de una colección de objetos del movimiento Arts & Crafts, subimos a la biblioteca. La piel de un tigre blanco y de un leopardo están debajo de dos mesas; los libros que poseía Lord Dunsany ocupan varios cuerpos de estanterías; en un armario hay ediciones de sus obras y en una mesilla traducciones a muchos idiomas. Es una biblioteca gótica, que contrasta con la atmósfera luminosa y femenina del salón, donde hay dos cuadros atribuidos a Van Dyck, otro a Fabrice y un pequeño Constable, pero hace el mismo frío: no me quito el abrigo en las cinco horas que paso en el castillo. Tampoco lo hace Lady Dunsany; la cocinera lleva un gorro de lana.

En un ala del castillo Maria Alice quiere construir una galería para mostrar la obra de su marido. Vamos a una sala donde se ve la vajilla que diseñan y venden, con las paredes repletas de cabezas de antílopes, de un rinoceronte y la piel de una pitón. En otra, transformada en un gimnasio, hay cuadros de Lord Dunsany: ofrecen una perspectiva inquietante de una habitación, unas flores o un árbol con una amenaza velada. Aun así, no habría estado mal que compraran ese cuadro de Renoir. Al final vemos el estudio del actual Lord Dunsany. Junto al caballete, con un cuadro sin terminar, hay un montón de armas falsas. En una percha cuelgan varios uniformes militares. El heredero de Lord Dunsany, Randall, está rodando una película en la propiedad.

 

SCOTT, CUNQUEIRO Y ZARAGOZA

Lord Dunsany escribió durante cinco decenios y al morir dejó numerosos textos inéditos. En una época, Evelyn Waugh o Elizabeth Bowen reseñaban sus obras, Yeats lo comparó a Baudelaire, cinco obras suyas se representaron simultáneamente en Broadway, y Amory Blaine, el protagonista de ‘A este lado del paraíso’ (1920), la primera novela de Scott Fitzgerald, recitaba sus versos. Después de la década de 1920, siguió teniendo éxito, pero la crítica dejó de prestarle la misma atención.

Su defensor más entusiasta, H. P. Lovecraft, admiraba sobre todo sus primeros libros, en los que “extiende una atmósfera de ingenuidad cultivada e ignorancia propia de un niño”, con “una prosa cristalina y musical”. El crítico S. T. Joshi los ha definido como “Nietszche en un cuento de hadas”. Lord Dunsany publicó colecciones de relatos sobre la guerra, ‘Tales of War’ (1918) y ‘Unhappy Far-Off Things’ (1919), se acercó a la tradición del romance, tiñó de ironía sus aproximaciones a la fantasía y sus cosmologías –o de cierto fatalismo, como en ‘La hija del rey de los elfos’ (Visión Libros, 1983)-, y escribió novelas de ambiente español como ‘Don Rodrigo’ (1922; Blanco Satén, 1991), donde figura un profesor de la reputada cátedra de magia de la Universidad de Zaragoza, y ‘The Charwoman’s Shadow’ (1926), en la que aparece un lugar llamado “Aragona” y donde algunos críticos ven un homenaje a Ramón Llull. Coqueteó con el terror, la sátira y la ciencia ficción, viajó a Estados Unidos varias veces y recibió distinciones. Creó el personaje de Joseph Jorkens, dispuesto a narrar cuentos extraordinarios a cambio de whisky, y, escribió novelas irlandesas, relatos y memorias, pero es recordado por su contribución al universo fantástico, que ha fascinado a Guillermo del Toro o Neil Gainman. Borges incluyó ‘Los días del Yann’ en su Biblioteca de Babel; Álvaro Cunqueiro, que tradujo alguna de sus obras teatrales y le dedicó un poema y varios artículos, escribió “la de Lord Dunsany es una obra riquísima y compleja, que hace de él uno de los grandes escritores de este siglo”. Él decía que había inventado sus dioses porque en la escuela se le daba mal el griego.

Lord Dunsany paseaba con un bastón de empuñadura de oro que le había regalado el Nawab de Rampur en un viaje a la India y  temía sobre todo que lo tomaran por un diletante. Según su biógrafo Mark Amory, “continuó como un superviviente de la época eduardiana, en disonancia con los tiempos modernos”. Detestaba la poesía de T.S. Eliot, y escribió a un amigo que “el genio es una capacidad infinita para no pasarlo mal”. Pese a su simpatía por el unionismo, parecía que pocas cosas podían afectarle, y no discutió con sus amigos nacionalistas ni sus vecinos por motivos políticos (cuando Yeats creó la Academia Irlandesa, solo le ofreció una membresía parcial: la completa estaba reservada para quienes hablaban de Irlanda y temas irlandeses). Amory cuenta que en 1919 empezó un cuaderno con un recorte de periódico que decía “Es una gran responsabilidad haber sobrevivido a la guerra”. A pesar de su facilidad para escribir, lo dejó en blanco.

EL LIBRO

‘El libro de las maravillas. Cuentos asombrosos’ (Alfabia, 2009) recoge muchos de los mejores relatos de Lord Dunsany. Se publicaron respectivamente en 1912 y 1916 y representan el final de su primera etapa de narrador fantástico: algunos inventan mundos imposibles; ‘La angustiosa historia de Thangobrind el joyero’ o ‘La ciudad en el Páramo de Mallington’ tienen la gravedad, la fabulación constante y el tono alegórico e ingenuo que cautivaban a Lovecraft. En otros, la fantasía irrumpe en un mundo algo más verosímil, como en ‘La ventana maravillosa’, donde un dependiente de Londres compra una ventana que da a una ciudad medieval; en ‘La coronación del señor Thomas Shap’, en el que un comercial sueña –al estilo del Walter Mitty, o incluso de Juan Dahlmann- con una vida heroica; o en ‘Trece a la mesa’, donde un cazador llega exhausto a un castillo. Son cuentos que tienen sentido del humor: uno habla de una oficina donde la gente se intercambia los males, otro de tres chistes infernales, otro de un pirata que, rodeado por barcos enemigos, escapa navegando sobre el desierto del Sáhara.

Lord Dunsany. ‘El libro de las maravillas. Cuentos asombrosos’. Traducción de María M. Ponce, Adriana Velázquez y Nicolás Valencia Campuzano. Alfabia, 2009. 295 páginas.

*Este artículo apareció en Artes & Letras de ‘Heraldo de Aragón’. Puede leerse en el blog del autor: danielgascon.blogia.com