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Antón Castro

Escritores

UN SÁBADO EN HUESCA CON ALOMA

UN SÁBADO EN HUESCA CON ALOMA

El pasado sábado fue un día muy bonito para mí. Hacia las diez de la mañana, salí con mi hija Aloma para Huesca. Pasamos allí el día. Yo iba a firmar en la Feria, pero no fue el mejor día: se desató una tormenta del trópico. Nos encontramos con muchos amigos: por la mañana fuimos a ver la sugerente exposición de ‘Furtivos’ y José Luis Borau, comimos con un montón de amigos (Chusé Inazio Navarro, Joaquín Carbonell, Roberto Miranda, Carlos Castán, Cristina Grande, Hilario J. Rodríguez, Chema Aniés…), fuimos a ver a la librería Anónima la exposición de Sonia Pulido, y por la tarde, entre otras cosas, presentamos el libro ‘En ese cielo oscuro’ de Sol Acín, con su sobrina Ana García-Bragado.

 

Aloma tomó todas estas fotos.

FIRMO HOY, POR LA MAÑANA Y POR LA TARDE, EN XORDICA

FIRMO HOY, POR LA MAÑANA Y POR LA TARDE, EN XORDICA

Catorce años después Antón Castro vuelve a Xordica para ofrecernos una veintena de cuentos reunidos en un gran libro titulado Fotografías veladas. Durante más veinte años, es decir, desde siempre, Antón Castro ha construido letra a letra su universo literario, un mundo reconocible del que forman parte playas de nombres imposibles y lugares como Garrapinillos, Barrañán, Huesca, el Somontano de Barbastro, Cantavieja, Ejulve o Zaragoza, y en esos paisajes Antón hace sentir, amar, recordar y, en definitiva, vivir a unos personajes que también son ya nuestros: los masoveros, las sirenas, los aparecidos, las brujas, los fotógrafos Patricio Julve o Manuel Martín Mormeneo, escritores y futbolistas, niños que sueñan y hombres y mujeres que persiguen el amor porque saben que sólo las pasiones dan sentido a nuestra existencia.

 

VÍCTOR M. JUAN BORROY

 

Hoy, de 12.30 a 14 y de 19.00 a 20.30 firmo en la caseta de la editorial Xordica si alguien tiene la amabilidad de tener interes por Fotografias veladas. Esta veraniega foto es de Ralph Gibson.

GEORGES PEREC: RESCATE BREVE DE ALPHA DECAY

GEORGES PEREC: RESCATE BREVE DE ALPHA DECAY

Ana S. Pareja me envía un fragmento del nuevo libro de Georges Perec que publica el sello Alpha Decay, que dirige junto a Enric Cucurella. Dice Ana:

Te mando un extractito breve que aparece justo a mitad del libro, ‘¿Qué pequeño ciclomotor de manillar cromado en el fondo del patio?’, de Goerges Perec, y que creo que puede tener cierta gracia suelto.

Lo interesante del libro es que al final existe un índice de muchas figuras retóricas francamente enrevesadas, cada figura aparece en una página del libro, pero no con notas al pie, si en este índice al final.

Así que el lector debe ir al índice, mirar la figura, entender en qué consiste sin ayuda alguna, y encontrar la figura en la página correspondiente.

 

GEORGES PEREC

Permitidme recordar a grandes rasgos lo que vuestro cerebro de lector ha podido, o habría podido, o hubiera debido almacenar:

En primer lugar: que hay un individuo llamado, quizás aproximadamente, Karacosa, que se niega a irse al mar Mediteráneo (no estoy muy seguro de que se escriba así) mientras las condiciones climáticas sean las que son. Punto este que, además, se precisa poco, atentos como estamos a aquimilar piquiños misterios en torno a nuestro modesto relato; en segundo lugar: que hay una panda de buena gente entre los cuales de los cualos yo me cuento, valientes como Marignan, fuertes como Pathos, sutiles como Artemis, orgullosos como Artabán; en tercer lugar: que hay una tercera persona, de apellido Pollak, y de nombre Henri, de condición cabo furriel, que parece pasarse el tiempo yendo de uno a otros y de otros a uno, y viceversa, en un petardeante pequeño ciclomotor; en cuarto lugar: que este pequeño ciclomotor tiene un manillar cromado; en quinto lugar: que unos individuos que pueden y deben calificarse de comparsas, circulan entre los intersticios del asunto principal y ponen aqueste de relieve siguiendo los mejores preceptos que los buenos autores me enseñaron de pequeño; en sexto lugar: que estando las cosas como están, donde las hemos dejado, tiene uno perfecto derecho de preguntarse: Santo Dios, Santo Dios, ¿cómo acabará todo esto?

 

VISITA A HUESCA: FIRMA EN LA FERIA DEL LIBRO

VISITA A HUESCA: FIRMA EN LA FERIA DEL LIBRO

 

 

Hoy estaré en la Feria de Huesca, un rato por la mañana, y otro por la tarde, invitado por la Librería Anónima de Chema Aniés. En medio, se presentará el libro de Sol Acín: ‘En ese cielo oscuro’, al que he puesto un pequeño prólogo. Lo ha editado la Fundación Ramón y Katia Acín, que ha abierto una pestaña para Sol en su página web.

 

Firmaré ejemplares de ‘Fotografías veladas’ (Xordica, 2008), de ‘Jorge y las sirenas’ (Marboré, 2009) y ‘Grutas de Cristal y Puente de Fonseca’ (DGA, 2009), estos dos últimos ilustrados maravillosamente por Alberto Aragón, que participaba este fin de semana en una prueba de triatlón.

*Maria Montez en esta foto de W. C. Fields.

JUAN EDUARDO ZÚÑIGA: ENTREVISTA Y HOMENAJE

JUAN EDUARDO ZÚÑIGA: ENTREVISTA Y HOMENAJE

Esta tarde, en la Biblioteca Nacional, promovido por algunos de sus mejores estudiosos como Fernando Valls, Juan Eduardo Zúñiga recibe un homenaje. Hace algunos años, Antonio Muñoz Molina lo saludaba con el nombre de ‘Maestro’. Conocí a Juan Eduardo Zúñiga hace algunos años, gracia a María Luisa Blanco, directora entonces de ABC Cultural: hemos coincidido en varias ocasiones, lo he visitado en su casa, y le he hecho varias entrevistas. Aquí rescato una que propone un pequeño viaje por su obra y que se centra especialmente en el libro ‘Flores de plomo’, que gira en torno al suicidio de Larra y de Felipe Trigo. [Hoy, Juan Cruz entrevista al escritor en ‘El País’. Ese estupendo fotógrafo que es Gorka Lejarcegi le hace un espléndido retrato, este].

 

 

CITA CON JUAN EDUARDO ZÚÑIGA EN SU CASA

Juan Eduardo Zúñiga escribe sin prisa con los ojos puestos en el Parque del Retiro. De ahí su breve obra, en la que predomina el cuento. Como si fuese Chejov o Turgueniev, sus maestros, mira las cosas, surge la primera idea, la envuelve en sutileza, en dolor y psicología, y brotan las páginas: piezas breves, estilizadas, con temblor interior. Una anécdota que ahora se torna asombrosa marcó su vocación: cuando era niño y vivía en un chalet de las afueras de Madrid, alguien arrojó por la verja del jardín un folleto que anunciaba una nueva colección editorial y que contenía la novela completa de Ivan Turgueniev, Nido de nobles, que le produjo una honda emoción a pesar de contar "una relación entre hombre y mujer, de fracaso vital, de presentimiento de ruina". Si a eso le sumamos que en su cuarto tenía dos estampas rusas --representaban un episodio de la lucha de los zares contra los cosacos y la discusión entre Pedro I el Grande y su hijo Alejo-- es fácil de comprender su pasión por la literatura rusa, a la que le ha dedicado dos libros, Los imposibles afectos de Ivan Turgueniev (1977) y El anillo de Pushkin (1989). Aprendió el idioma en una gramática para franceses que encontró en la Biblioteca Nacional; luego también tradujo a narradores y poetas búlgaros y la prosa del portugués Antero de Quental. El otro detonante que le hizo escritor fue la Guerra Civil. En medio de aquel horrible acontecimiento de desconcierto y dolor, comenzó a redactar sus primeros cuentos con vocación de estilo, con el afán de culminar algo bellamente escrito. Si hubiese hurgado más en los secretos de su familia habría descubierto que en la farmacia de su padre trabajó un joven mancebo de botica llamado Ramón José Sender.

         --Usted empezó su carrera como novelista con El coral y las aguas (1962), que transcurría en la Grecia clásica pero que abordaba asuntos actuales.

         --Lo que hacía yo eran esas trasposiciones a ese mundo tan lejano como el mundo griego, y aprovechaba para contar circunstancias personales de los vencidos y de los vencedores. Creo que había en ella una gran riqueza de experiencia de la actualidad. Utilicé un sistema de símbolos y no fue percibida en su totalidad la carga de crónica social que había. La novela pasó sin pena ni gloria.

         --Su siguiente libro de ficción tardó en llegar fue Largo noviembre de Madrid (1980): cuentos sobre la Guerra Civil que se alejaban de la narración de trinchera al uso.

         --Yo me encontré con un pequeño tesoro de recuerdos de aquella época, pero a mí lo que me interesaba era la reacción a la lucha en la psicología de la población civil, o de la gente sin voz, en una ciudad sitiada, amenazada por el bombardeo, la falta de alimentos y todas las incomodidades de la vida cotidiana. Y comprobar qué perduraba del ser humano y de las pasiones eternas en unas circunstancias tan adversas.

         -La tierra será un paraíso (1989) se centraba en la lucha clandestina de posguerra y tenía algo de texto complementario. ¿La concibió así?

         --Creo que sí, era la continuidad histórica de los vencidos. La dolorida peripecia de los que no se resignaron a quedar vencidos. Ellos ponían en práctica un tipo de lucha y de oposición a lo que les rodeaba y yo quise recogerlo en los distintos cuentos. Recogí, por decirlo así, el pensamiento clandestino, la conciencia clandestina de oposición política, generalizada, al margen de cualquier partido.

         --Madrid seguía siendo su territorio de ficción. ¿Le ha interesado especialmente la imagen literaria de la capital, igual que ha ocurrido con autores como Mesonero, Pío Baroja, Ramón Gómez de la Serna?

         --Claro que sí, me siento muy unido y muy identificado con estos  cronistas que ha tenido Madrid. No obstante, echo a faltar el cantor de Madrid como lo ha habido en otras capitales, porque aquí lo que ha habido son cronistas, una escuela de madrileñistas, que son más bien más bien casi casi costumbristas. A Madrid le ha faltado un exaltado amoroso que la cante.

         --El grueso de su producción es el cuento, el relato, la narración breve. ¿A qué se debe?

         --Para mí el cuento está relacionado con algo de la fisiología, lo mismo que se decía de Proust acerca que su obra está relacionada con el asma que sufría, yo tengo así como una curva de creación, y hago cuentos que no pasan de equis número de folios de una manera automática. No es que me lo proponga, es que cuando termino el cuento aquello está en diez folios o menos. Probablemente mis neuronas no dan para más. Me veo encantado por esa brevedad como si estuviese esclavizado por la sensación de emotividad con que está cargada la poesía. No sé si tengo una inclinación lírica de poeta frustrado.

         --Esa concentración poética es más que evidente en Misterio de los días y las noches, y le emparenta claramente con Turgueniev y Chejov. ¿No sé si está de acuerdo?

         --Turgueniev es el gran conocedor del alma humana y de esos matices finísimos de los sentimientos, de la psicología y de la unidad del hombre con el paisaje. Eso es lo que más me ha atraído de él. Chejov posee una gran sensibilidad para la percepción del sufrimiento humano, que yo también he sentido. Es lógico que me sienta muy próximo a ambos. Con ese libro me propuse hacer como un experimento porque yo me había considerado siempre como un documentalista de la realidad y ahí asumí el reto de la fantasía, de lo imposible, de lo irreal. Y también quise tender hacia el poema en prosa. 

         --Con Flores de plomo persiste en el cuento. O en esa técnica de la fragmentación: la del cuento o secuencia que, por acumulación, acaba formando un conjunto unitario. ¿Cómo definiría este libro: una gavilla de cuentos o una novela coral en torno al suicidio de Larra?

         --Tanto Larra como el suicidio casi son dos elementos secundarios, en realidad lo que motiva el libro y lo orienta es una meditación acerca de la repercusión que tiene nuestro comportamiento en el alma ajena, en la sensibilidad que nos rodea. Estamos responsabilizados de nuestros actos no sólo con nuestra propia vida sino también con la de aquellos que conviven con nosotros o que, más o menos, nos contemplan. Y tomé esa figura pública que tuvo una importancia muy grande en el Madrid del siglo XIX porque vi que era máxima su responsabilidad. Al matarse era como si no fuera consciente que desencadenaba un dolor o cualquier reacción plenamente emotiva en las personas de su entorno. Es cierto que no son cuentos aislados, porque hay como una trama con un personaje fundamental que es un suicida, cuya sombra se percibe siempre.

         --En los años 50, ya publicó una selección de Artículos sociales de de Larra. ¿Por qué le atrae tanto su figura?

         --El libro apareció en los años 50 o 60 cuando no era muy conveniente recordar lo que Larra decía sobre la policía o la justicia social. No es que me atrajese el suicidio, no, lo que me atraía era su capacidad asombrosa de escribir sobre temas interesantes, apasionantes, humanos, con una gran belleza porque el estilo de Larra es de unas proporciones espléndidas.

         --En Flores de plomo Larra sólo aparece en el tercer cuento, en esa tarde con aguanieve de lunes de carnaval, cuando Dolores Armijo, acompañada de su amiga María Manuela, le va a pedir sus cartas de amor.

         --Ahí hay una clara referencia a la vida de la mujer en aquella época y esa travesía es como el calvario que ellas van a sufrir para ir a recoger las cartas de Dolores Armijo, que son el determinante del suicidio. A la vez expreso la idea que yo tengo de Dolores Armijo: era una muchacha de su época en el sentido de que no tenían preparación, puramente pasional, se quedó huérfana muy pronto, se casó muy joven con el hijo del Cambronero, el famoso abogado, y debía de ser un poco frívola, ligera, acaso no dramatizaba la relación con Larra como él exigiría.

         --La narración sucede prácticamente en un único día de aguanieve. ¿Y por qué ha incluido a Felipe Trigo en el capítulo final, no teme que ese relato extemporáneo rompa la estructura del volumen?

         --Quizá, pero era una forma de sugerir que unas circunstancias análogas podían motivar reacciones parecidas en dos momentos históricos diferentes. Había razones sentimentales equiparables. Trigo es el posible equivalente de un Larra actual, con algunas diferencias. Ambos fracasaron en política, y en su vida amorosa. Y en cierto modo en su propia obra: uno no pudo solucionar los problemas de España, a pesar de ser el periodista mejor pagado y más prestigioso, y otro nunca logró auténtica consideración literaria.

         --El libro también tiene una lectura política, casi contemporánea. Un personaje de clase baja dice que a Larra lo han matado los fanatismos de España.

         --Es un testigo y a la vez un conjurado de clase baja, frente a tantos personajes de clases acomodadas. Este es un hombre del pueblo, y su reacción inmediata es desconfiar y pensar que esta muerte puede ser puramente política. La historia está dada como trasfondo. Hago referencias a hechos históricos del momento como la muerte del general Quesada, el ahorcamiento de Riego, el fusilamiento de Torrijos.

         --Y también hay personajes reales como Zorrilla y Roca Togores, marcados por la muerte de Larra.

         --Zorrilla comenzó a hacerse famoso en el funeral de Larra con un poema que no pudo acabar de leer y sí lo hizo Roca Togores, diplomático,  autor efímero en nuestra literatura, que estaba disgustado por el éxito de Larra. Cuando sabe que ha muerto, se da cuenta de que el espectador de su triunfo ha desaparecido, por tanto es como si quedara inutilizada su posible victoria literaria al no tener este odiado rival. He querido poner estas figuras para sugerir el acompañamiento que realmente tuvo Larra en su época, aunque he tenido que contener la erudición.

         --¿No ha querido también meditar explicítamente sobre el poder de la literatura?

         --La importancia de la literatura me preocupa a mí como a todos los escritores: hasta qué punto lo que se hace es válido, es permanente y puede aportar algo al lector: conocimiento, placer, satisfacción de aventura puramente o bien alguna educación íntima. Eso lo que me propongo con cada uno de los libros. No me atrevo a decir que la literatura puede ser educadora, pero sí es como un amigo íntimo que nos puede servir para momentos de confidencia y de apoyo moral. Trato de escribir con el rigor que exige la literatura, que es un producto de nuestra propia conciencia.

         --Usted se ha definido como una persona más bien solitaria, ajena a capillas. Por su condición de testigo imparcial, ¿ha reflexionado sobre el actual momento de la narrativa española?

         --Estoy convencido de que ahora España tiene un movimiento literario portentoso, yo lo comparo con lo que era la literatura que se hacía aquí en los 40, 50 y 60, y es que no tiene punto de comparación. Me siento muy contento de ser contemporáneo de escritores como Antonio Muñoz Molina, Javier Marías o Belén Gopegui, que ha escrito tres novelas que indican una personalidad de escritor. El otro día pensaba yo en Juan Marsé, que es un hombre discreto, que está metido en un barrio barcelonés, que se ha salvado de cierta decadencia que había en su torno. Yo estoy contento de que Marsé haya hecho su obra con esa seriedad y esa dignidad. Vuelvo la vista atrás y pienso en Delibes, al que también admiro. Sin embargo aún no ha surgido la obra grande y genial que caracterice nuestra época. Estoy convencido de que tiene que surgir de estos talentos jóvenes.

         --Siempre había pensado que con quien más se identificaba era con Baroja...

         --Es para mí el gran escritor del siglo XX español: fue un hombre sedentario, inmóvil en su ciudad, pero con una gran fantasía y una gran capacidad de introspección y cultura. Ha dejado una obra espléndida sin necesidad de haber llevado una vida de aventurero ni de grandes peripecias como se ha alegado que es fundamental para el escritor. Es el antagonista de Blasco Ibáñez o Hemingway. Y ahí están proyectos como Memorias de un hombre de acción, sus Trilogías. Para mí es una figura excelsa, siento un gran respeto por él y creo que su estilo es irrepetible. Trabajaba mucho más de lo que aparenta.

TERESA GARBÍ: LEONARDO SE CITA CON GIOCONDA

TERESA GARBÍ: LEONARDO SE CITA CON GIOCONDA

Teresa Garbí, la escritora zaragozana residente en Valencia desde hace años, ya ha asomado a este blog en varias ocasiones. Ahora acaba de publicar en DVD el libro, novela, libro de viajes por Italia, ‘Leonardo da Vinci: obstinado rigor’. He aquí un fragmento del capítulo siete que narra el encuentro de Leonardo y Gioconda.

 

Por Teresa GARBÍ

 

 

III

 

 

Leonardo volvió puntual, como siempre, a la mañana siguiente. Sus ojos daban vida y emoción a la mía.

 

-Cuando tú te vayas, maestro, quiero morir, le dije.

 

-Entonces tardaré mucho tiempo en marcharme, contestó. Se acercó a mí y me besó en los labios.

 

-Bendita seas, mujer, porque eres capaz de no pensar el alcance de tus palabras, añadió.

 

-Porque son la verdad que tú buscas. Porque son palabras que se han forjado para ti, seguramente en tu propio corazón.

 

-Te he buscado en los muros desnudos, en las ruinas, en la profundidad de las aguas y ahora apareces de la forma más sencilla, más inesperada, dijo Leonardo.

 

Entonces pensé en lo hermosa que era su voz, que no parecía proceder de un ser humano.

 

Salaí irrumpió en la estancia.

 

-Maestro, estamos esperando abajo. Me miró con una expresión extraña, de reconocimiento y temor. Recordé lo que me había advertido el Giocondo:

 

-Leonardo se busca siempre muchachos hermosos. Aunque tuviera celos, que no los tengo, él sería, por su condición, el hombre ideal para hacerte un retrato.

 

-Es el hombre ideal porque es el mejor pintor que existe, le respondí secamente.

 

-Eso es indiscutible y por eso lo he contratado, dijo con altanería.

 

Naturalmente que era hermoso Salaí y que miraba con fervor al maestro. ¿Por qué yo no había de comprender una relación entre ambos, si estaba capacitada por mi unión con él para amar cualquier situación o sentimiento suyo, por muy complejos que fueran? Yo lo amaba por encima de las anécdotas de su vida y en cada respiración, desde siempre, desde el inicio de la vida. ¿Qué me importaba lo que pudiera suceder entre Salaí y el maestro si lo que existía ya entre él y yo abarcaba todo, mis amantes y los de él?

 

 

IV

 

-Salaí ha preparado un paseo a orillas del río, me dijo una mañana. Quiero ver la vegetación de cerca, compararla con el boceto. Quiero incorporar la tierra a tu retrato y que tu rostro esté unido a ella.

 

Aquella mañana se repitió muchas veces. Salaí iba aparte. Se detenía a dibujar. Parecía interesado en dejar a solas al maestro. En su soledad estaba incluida yo.

 

-La pintura es un poema que se ve, me dijo al mostrarme otro boceto de mi retrato. Este cielo tan azul, el azul del aire.

 

Entendí su esfuerzo por colocarme en el retrato envuelta en el aire, con aire.

 

-Con este boceto ya has escrito un poema. Dime si me equivoco, maestro: un poema debe ser siempre, por naturaleza, algo inacabado. Creo que tú puedes conseguir que un cuadro perfecto sea algo inacabado y abierto.

 

No dijo nada, pero me miró agradecido. Nadie hasta ahora le habrá hablado como si hablara consigo mismo, quise pensar. Necesitaba creer que yo era importante para Leonardo.

 

-Maestro, nos interrumpió Salaí. Permíteme que vuelva a la casa; he de coger unos pinceles y papel.

 

-Vete al estudio, Salaí, no es necesario que vuelvas, dijo el maestro.

 

Nos quedamos solos. Él me indicó que al otro lado del río había un lugar hermoso. Me disponía a quitarme el calzado. Sonrió muy contento de mi valor, pero sin darme tiempo a la más mínima protesta, me cogió en sus brazos y vadeó el río. Yo recliné la cabeza sobre su corazón y lo bendije. El joven casi anciano estaba empapado y feliz. Me depositó en la orilla. Le quité sus ropas y las colgué al sol, le puse mi capa de terciopelo y le ordené que se sentara.

 

-Soy hija de campesinos y me gusta nadar en el río. Empecé a despojarme de la ropa, pero antes de entrar en el agua, él me abrazó sobre la hierba. Conocí lo que era el abrazo del agua y de la tierra, con una inmensa dulzura.

 

-Ahora, maestro, puedo morir, sin esperar a que tú te vayas.

 

-Lo que más pesa es la existencia. Volver a la vida y comprobar que es un río que sigue su curso.

 

-En el fondo de ese río estamos nosotros, le contesté.

 

Cuando anochecía Salaí vino a buscarnos. Ya habíamos vadeado la corriente y nos despedimos ante el muchacho sin mirarnos siquiera. Cualquier gesto podría haber borrado nuestra dicha.

 

                                               V

 

Pasaron varios días más. Puntualmente acudía el maestro. Nunca daba órdenes. Se concentraba en mínimos detalles: el canto de los pájaros, el paso de las nubes. A veces se quedaba ausente o emborronaba papeles con líneas superpuestas y, luego, de la mancha oscura, extraía la línea que le interesaba. También dibujaba mandalas.

 

-Algunos creen que lo hago por distracción. También podría ser, claro está, pero tú sabes, como yo, que no es así. Me deslizo en su música de líneas; comprendo la complejidad del mundo en la complejidad y armonía del dibujo.

 

-Desearía vivir en ese dibujo.

 

-Ya estás dentro, conmigo, me respondió.

 

-También estás conmigo cuando me dibujas y yo respiro profundamente para que la humedad del paisaje, la tierra, la lluvia, pasen a través de mi cuerpo, a tu cuadro, le dije.

 

-A veces el aire es tan húmedo que parece que ha ocurrido una desgracia.

 

-Sí, es cierto, pero ahora estamos convirtiendo esas desgracias en una sonrisa, la tuya, maestro. Lo que tú pintas es tu propio dolor, tu sabiduría, tu belleza, que a mí me hacen mirarte como te miro y me hacen sonreír de dicha. Nunca antes había podido comprender la hermosura y el sufrimiento de vivir hasta que tú me has ofrecido tu rostro y te he mirado.

 

-Quiero poner en este cuadro lo mejor de mí mismo. Tal vez los que lo vean dentro de un tiempo digan: esto tenemos de Leonardo: la mirada y la sonrisa de esta mujer. Sabrán que en ellas estoy yo y que se ha cumplido la unión sagrada entre un hombre y una mujer, que son uno sólo y para siempre.

 

-Desde el fondo de mi retrato lo diré: Leonardo soy yo.

*El retrato de La Gioconda de Leonardo da Vinci.

 

 

 

MARIO BENEDETTI: UN POEMA SOBRE 'LA PALABRA'

MARIO BENEDETTI: UN POEMA SOBRE 'LA PALABRA'

Esta misma semana aparecía en Visor, el sello de Chus García,  ‘Inventario cuatro’ de Mario Benedetti, un volumen que recopila los poemarios que publicó entre 2002 y 2006. Se trata de un volumen de 492 páginas que contiene un compendio del universo poético del escritor uruguayo fallecido hace unos días. Me reencuentro aquí con uno de esos poemas himnos que siempre escribía Benedetti.

 

LA PALABRA

 

La palabra pregunta y se contesta

tiene alas o se mete en los túneles

se desprende de la boca que habla

y se desliza en la oreja hasta el tímpano

 

la palabra es tan libre que da pánico

divulga los secretos sin aviso

e inventa la oración de los ateos

es el poder y no es el poder del alma

y el hueso de los himnos que hacen patria

 

la palabra es un callejón de suertes

y el registro de ausencias no queridas

puede sobrevivir al horizonte

y al que la armó cuando era pensamiento

puede ser como un perro o como un niño

y embadurnar de rojo la memoria

puede salir de caza en silencio

y regresar con el moral vacío

 

la palabra es correo del amor

pero también es arrabal del odio

golpea en las ventanas si diluvia

y el corazón le abre los postigos

 

y ya que la palabra besa y muerde

mejor la devolvemos al futuro

*La ilustración es de Alberto Aragón para el libro 'Jorge y las sirenas'. El niño acaba de quedarse dormido: leía palabras sobre las sirenas.

'AFINIDADES': FÉLIX ROMEO EVOCA A PEDRO VILA

'AFINIDADES': FÉLIX ROMEO EVOCA A PEDRO VILA

Esta tarde, a las 20 horas, en la galería Aragonesa del Arte, que dirigen Montse y Mariano, se inaugura la exposición ‘Afinidades’, que coordina Chus Tudelilla. En ella un artista y un escritor colaboran. Las parejas se han formado así: María Buil-Ismael Grasa; Gonzalo Tena-Alejandro Ratia; Enrique Larroy-Manuel Vilas; Fernando Sinaga-Jesús Jiménez Domínguez, y Lina Vila-Félix Romeo. Ambos, Félix y Lina le rinden homenaje a Pedro Vila, padre de Lina, a quien Félix no llegó a conocer, o quizá lo viera fugazmente en Albarracín, pero sí lo ha adivinado a través de sus sueños, de sus poemas y de sus secretos. Y de lo que le han contado. Este es un hermoso texto. Yo he conocido mucho a Pedro Vila: siempre me pareció un hombre estupendo, apasionado por Aragón, por la cerámica, por la cultura. Un hombre sin pereza que admiraba profundamente a un maravilloso hombre del tiempo: Eduardo Lolumo. Siempre me lo decía. Insisto: he aquí el texto de Félix Romeo para ‘Afinidades’. La imagen, un poco pequeña, corresponde al instante en que Lina pintaba un árbol lleno de objetos e imágenes en honor de su padre.

 

 

OCULTO EN EL BOSQUE

 

    Todo lo que sé de él me lo han contado.

    Sé que le gustaba la sabina de Villamayor.

    Sé que quería plantar un sabinar en Villamayor.

    Sé que le gustaba la flor del azafrán, y que en la guerra y en la posguerra, en Plenas, ocultaban el azafrán mientras les requisaban el tocino y el pan.

    Sé que le gustaba el alabastro. Lo consideraba una piedra preciosa y lo llamaba flor de magnolia.

    Sé que le gustaban los almeces. Y a mí me gusta la definición de “almez” del Diccionario: “árbol de unos doce a catorce metros de altura, tronco derecho de corteza lisa y parda, copa ancha, hojas lanceoladas y dentadas de color verde oscuro, flores solitarias”.

    Sé que le gustaban los olivos.

    Y los laureles.

    Y las vides.

    Y las higueras.

    Y los almendros. Y la flor del almendro.

    Y el piracanto.

    Y los sauces.

    Sé que le gustaban las películas del Oeste: El hombre que mató a Liberty Valance y La diligencia. Y puedo imaginar que le habría gustado ser John Wayne.

    Sé que le gustaba conducir su furgoneta, y que prefería viajar por carreteras secundarias que por autopistas.

    Sé que en los viajes largos no le importaba dormir en el coche.

    Se que le gustaban el pan y las nueces.

    Sé que sólo usaba colonia Pino Silvestre. En julio de 2008 recorrimos todas las perfumerías de París buscando Pino Silvestre, con su envase de cristal verde, sin encontrarla. Sí la encontramos en Pau, poco más tarde: botes grandes y botes enanos en un guariche lleno de perros de porcelana. Se llama Pino Silvestre pero huele a albahaca.

    Sé que le gustaban las aliagas, con flores amarillas.

    Sé que le gustaba la alfarería, y que coleccionaba cántaros y cantaricos: barro cocido.

    Sé que le gustaban los cántaros del alfarero Alfonso Gayán y también su huerto en Fuentes de Ebro: con higueras y con cerezos.

    Sé que le gustaban las mujeres.

    Y las monjas, como a Juan Ramón Jiménez. Pero no sé si le gustaba Juan Ramón Jiménez.

    Sé que le gustaban las pinturas de Goya.

    Sé que al garaje donde escribía le llamaba La Cueva.

    Sé que decía que le habría gustado ser pastor.

    Sé que le gustaba hurgar en los motores.

    Sé que le gustaban los lápices de carpintero de dos colores: a mí también, y ahora me gustaría tener uno para escribir este texto en rojo y en azul.

    Sé que le gustaba navegar en barco, e ir en la proa.

    Sé que le gustaban las margaritas.

    Y las caléndulas.

    Todo lo que sé de él me lo han contado.

    Sé que le gustaban las cigüeñas.

    Que le gustaba observar a los pájaros, y que los distinguía por su canto.

    Que le gustaban las rosas.

    Y los cipreses.

    Y el romero.

    Y el tomillo.

    Y la lavanda.

    Sé que le gustaba el espliego.

    Sé que le gustaba Lisboa y Volterra y Venecia y Albarracín.

    Sé que, de pequeño, había trabajado en un cine, vendiendo caramelos: pero no sé si eso le gustaba. No sé si fue entonces cuando se apasionó por La diligencia y por John Wayne y por las demás películas del Oeste. Tampoco sé en qué cine trabajó.

    Sé que no pudo producir películas del Oeste pero produjo documentales.

    Sé que le gustaba esta jota:

    “La niña cuando va a misa, y ole, ay, va delante de su madre y ole, ole, carretero qué jaleo lleva el tren. Parece un ramico albahaca y ole, ay, que lo bandolea el aire y ole, ole, carretero qué jaleo lleva el tren”. Pero no sé si la aprendió en el cine donde trabajaba cuando vio Nobleza Baturra.

    Sé que le gustaba Pedro Saputo, la novela de Braulio Foz. Pero no sé si le gustaba porque a Pedro Saputo también le gustaban mucho las monjas.

    Sé que le gustaba el vino, y prefería el vino joven.

    Sé que decía a menudo:

    “Dale limosna, mujer, que no hay en la vida nada como la pena de ser ciego en Granada”.

    Sé que le gustaba la montaña negra de Carcassone.

 

    He mentido. Hay cosas que sé de él que no me han contado. Las he leído en los poemas que escribía en La Cueva. Ahora, mientras escribo con la mano derecha, toco con la mano izquierda uno de sus cuadernos de poemas. En la cubierta, escribió: “Los Viajes”. Y lo firmó: Pedro Vila Solanas.

    Sé que le gustaba escribir a mano.

    Y que le gustaba corregir obsesivamente: ajustar el metro y la rima, buscar variantes, cambiar palabras.

    Sé que le gustaba emplear las mayúsculas en las palabras que él creía importantes. Escribía:

    “de Lavanda y de Laurel.

    Del Laurel y del Olivo,

    de la Altea y el Almez,

    de la prolífica Higuera

    y el arrogante Ciprés”.

    Sé que le gustaban las listas. Escribía:

    “encinas, sauces llorones.

    cascajas y zarzamoras,

    lentisco, sabina y roble”.

    No sé casi nada de él, pero sé que su cuerpo de ceniza se ha mezclado con las raíces de la sabina de Villamayor.

    El primer verso de uno de sus poemas inacabados dice: “Te oculta un Bosque entero”.

 

    FÉLIX ROMEO