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Antón Castro

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'EL BARRANCO' DE NIVARIA TEJERA

'EL BARRANCO' DE NIVARIA TEJERA

[Murió en París, la poeta y narradora cubana Nivaria Tejera (Cienfugos, 1929-París, 2016). Con su padre, tinerfeño, se trasladó antes de la Guerra Civil a Tenerife. Regresó a la isla, huyó de la dictadura de Batista, volvió a su país con Fidel Castro, tras la revolución; desengañada se fue se instaló en París, en el exilio. Allí conoció al pintor bilbaíno, formado en Zaragoza, Hanton González y han vivido juntos hasta su muerte. Es autora de varios libros importantes: ‘Sonámbulo al sol’, ‘Espero la noche para soñarte, revolución’, que leyó Cortázar pero no se atrevió a prologar, o ‘El barranco’, quizá su novela más famosa, sus memorias de la Guerra Civil. El libro apareció en 1959 y fue reeditado en Córdoba por la editorial El Olivo Azul en 2010; la editorial también rescató ‘Espero la noche para soñarte, revolución’, que es la crónica de un desengaño. A ‘El barranco’ pertenece este fragmento, en concreto a la página 67. Así arranca el capítulo VIII.]

 

‘EL BARRANCO’. Nivaria Tejera. VIII

Hoy he venido con papá a conocer el mar del puerto. El mar respirando en el muelle ancho. (Fíjate cómo rueda hasta allá. Si nosotros pensamos hasta allá, también rodaremos. Papá, has de sentirte en el muelle ancho y libre como él. Por eso me vestí de lino, para estar contenta, y dije de venir al mar).

Doy brincos alrededor suyo salpicándolo y sonando, como si fuera de espuma. Aprieto su mano dura y me cuelgo de ella. (¿Harás que dé brincos altos para mirar sobre aquella línea extraña donde el mar y el cielo se unen?) ‘Desde allí suben los barcos y muy atrás hay otro mundo semejante a éste y también un padre pasea con su niña’. Y sonríe tanto porque avanzamos a lo largo de la muralla subiendo de diez en diez los escalones que llevan a la punta y porque hace buen tiempo. (Te tragarás el mar y te quedarás verde azul y amarillo).

Nos asomamos detrás del muro. En la orilla de las rocas están los pescadores con rostros de piedra. Las olas se levantan y nos tocan. Papá me sacude el vestido. (Deja, déjalas vivas en mi vestido). 

 

*Nivaria Tejera en la galería Costa-3, en 1983. Foto de Carlos Barboza y Teresa Grasa.

DE 'LOS ENEMIGOS DE LOS LIBROS'

DE 'LOS ENEMIGOS DE LOS LIBROS'

[Ese estupendo editor que es Javier Jiménez, más conocido ya como Javier Fórcola, acaba de publicar 'Los enemigos de los libros' de William Blades. Y tiene la cortesía enviarme el epílogo que él añade al texto, que lleva un prólogo de Andrés Trapiello, un sabio de libros en toda la extensión del término.]

 

Los enemigos de los libros

Contra la biblioclastia, la ignorancia y otras bibliopatías

William Blades

Traducción de Amelia Pérez de Villar

Prólogo de Andrés Trapiello

Epílogo de Javier Jiménez

Fórcola, 2016

 

EPÍLOGO

 

Por Javier JIMÉNEZ (Javier Fórcola)

 

«Decía Bernardo de Chartres que somos como enanos a los hombros de gigantes. Podemos ver más, y más lejos que ellos, no por la agudeza de nuestra vista ni por la al­tura de nuestro cuerpo, sino porque somos levantados por su gran altura.»

Juan de Salisbury

Si algo se desprende de todo lo dicho por William Blades en este breve tratado contra los enemigos de los libros, o alegato en defensa de los libros, es que nos encontramos ante un buen bibliómano o un bibliómano bueno. Su manía, la de los libros, y en concreto de los libros antiguos, es una manía amable, que lo convierte en un defensor no sólo de la libre circulación de los li­bros y las ideas, contra todo tipo de censuras y fanatismos, sino de la preservación y cuidado de esos objetos mismos, los libros, que tanta enemistad han atesorado a lo largo de los siglos.

Como bibliómano, pues, Blades cataloga, cual Porfirio mo­derno, los distintos enemigos de los libros, bien sean natu­rales, esporádicos y tangibles, bien sean histórico-culturales, persistentes e intangibles. Y por ese orden, aborda su estu­dio y clasificación, comenzando por los enemigos naturales, a modo de los cuatro elementos clásicos –fuego, agua, aire/gas y tierra/polvo–; continúa con la descripción de los distintos animalillos –microscópicos y no tanto– y plagas que amena­zan, por mala conservación, los libros en sus bibliotecas; y cie­rra con unos capítulos dedicados a destructores de libros a los que Blades muestra una especial inquina: por un lado los en­cuadernadores y los coleccionistas, que tratan y maltratan los libros a capricho, movidos por intereses que nada tienen que ver con el amor a los libros sino puestos al servicio de la codicia o la moda; y por otro, el personal de servicio doméstico y los niños, verdaderas «plagas» humanas que, en grupo o en solitario, provocan catástrofes sin fin en nuestras bibliotecas personales. Además, todo ello explicado, como habrá comprobado, estimado lector, con un tono a veces desenfadado, otras veces ciertamente chusco e hilarante, con un genuinamente británico sentido del humor.

Blades, con mentalidad científica e ilustrada, aborda la catalogación exhaustiva de los enemigos de los libros en un combate sin descanso que tiene como finalidad la conservación, restauración, cuidado y custodia de los libros. ¿De todos?, podríamos preguntarnos. Obviamente no, de todos no, pero sí, sin lugar a dudas, de los bellos libros, a los que considera un bien en sí mismo, a los que sigue la pista por abadías, graneros, cocinas y desvanes. Lograr rescatar un Caxton de las garras de una cocinera analfabeta o de un comerciante tahúr bien merece el riesgo, los viajes y las horas invertidas en ello. En este afán, Blades rebela la paciencia y el tesón de un buen cazador, que arriesga todo por conseguir una gran pieza.

En términos clásicos, el espíritu y el empeño que alientan a Blades son «kalokagáticos», es decir, que su búsqueda es la de lo bello y lo bueno en lo relativo a los libros antiguos. De su padre aprendió el oficio artesano de impresor y también el oficio de editor. El amor a los bellos libros orientó vocacionalmente su carrera, lo que le llevó a investigar y estudiar la vida y la obra de uno de los grandes impresores británicos: el diplomático, mercader, escritor e impresor William Caxton, y a coleccionar, para su localización, restauración y catalogación, las joyas bibliográficas que salieron del taller de impresión de éste a lo largo del siglo xv. Podemos citar a Rilke: «La buena obra de arte surge de la necesidad»; pues bien, el «oficio» de bibliómano surgió en Blades de la necesidad de preservar el legado de Caxton.

Su bibliomanía no le hizo egomaníaco ni egoísta, sino que su pasión, pues de pasión hemos de hablar, por los libros antiguos, valiosos y bellos la puso al servicio de la sociedad. Si el «cazador de libros» conseguía una nueva «pieza» bibliográfica, valiosa por su encuadernación, su tipografía o su policromía, no era para llevársela a su biblioteca y guardarla como un tesoro personal, vedado a ojos ajenos. Blades tuvo, quizá por británico, un alta conciencia de lo público, es decir, de que su labor, altruista, era en beneficio de la comunidad, y que el rescate de esas joyas bibliográficas no tenía mejor fin que el de engrosar y proteger el patrimonio cultural de la sociedad en la que vivía. Así, Blades fue un gran defensor de la existencia y labor de las bibliotecas públicas: en ese sentido, apoyó firmemente la creación de la Library Association de Reino Unido, fundada en 1877 como resultado de la primera Conferencia Internacional de Bibliotecarios.

Blades, discípulo y heredero de la cultura clásica, escribe estas páginas con un regusto neoplatónico –pues en su concepción estética, que recorre todo el tratado a modo de bajo continuo, prima la belleza– pero también neoaristotélico –pues su respeto por el método científico se deja ver en sus observaciones de la naturaleza microscópica y en su afán catalogador–. Por un lado, efectivamente, no hay estética sin ética, y el amor por los bellos libros lo sustenta una idea humanista de la cultura, cuyo enemigo primordial es la ignorancia. Por otro, en su clasificación de los enemigos de los libros cobran especial relevancia sus investigaciones a pie de microscopio –siguiendo la estela marcada por Robert Hooke–, de aquellos animalillos que amenazan constantemente la buena salud de los libros. La catalogación, finalmente, y su gusto por la razón, que ilumina tanta tierra baldía llena de ignorancia, muestran a Blades como digno heredero del legado humanista de la Ilustración, y amante de la ciencia y el progreso.

 

'FIN DE POEMA' DE JUAN TALLÓN

Juan Tallón (Vilardevós, 1975) publica ‘Fin de poema’ (Alrevés), un libro muy personal basado en los momentos finales, o desesperados, de grandes poetas que acabaron suicidándose: Cesare Pavese, Anne Sexton, Gabriel Ferrater o Alejandra Pizarnik, que llama a deshoras al diario ‘La Nación’ para anunciarles su próxima despedida. Le dice el periodista, que la reconoce: “Es un gusto hablar con usted. He leído alguno de sus libros. ¿En qué puedo ayudarle a estas horas”. Y la escritora quiere saber si ya está avanzada o preparada su necrológica. “Es conocido que hay obituarios que conviene ir adelantando, para que la muerte no tome a la redacción con todo por hacer”, les dice.

En esa misma página, 81, leo este texto:

[Cuando en silencio y lentamente se recobra de la sorpresa –como si acabase de conocerse del todo después de este incomprensible gesto de humor negro-, advierte que por la ventana de la habitación se intuye el amanecer. Recuerda cuando el mayordomo de Juan Ramón Jiménez, durante su exilio en Puerto Rico, entraba a media tarde en la biblioteca, donde se hallaba trabajando el premio Nobel, y anunciaba con gravedad, sin rastro de humor, mientras corría a un lado las cortinas del gran balcón: “Señor, el crepúsculo”. Derrotada sobre la cama, la poeta mira a través del cristal y descansa en el horizonte que alcanzan sus ojos, como quien se apoya en una pared. El amanecer”.]

 

De ‘Fin de poema’. Juan Tallón. Alrevés. Narrativa. Barcelona, 2015. 158 páginas. 

 

NIVARIA TEJERA: DE 'EL BARRANCO'

NIVARIA TEJERA: DE 'EL BARRANCO'

UN LIBRO CADA DÍA / 7. 'EL BARRANCO' DE NIVARIA TEJERA
[Ayer fallecía en París, la poeta y narradora cubana Nivaria Tejera (Cienfugos, 1929-París, 2016). Con su padre, tinerfeño, se trasladó antes de la Guerra Civil a Tenerife; su padre fue asesinado. Regresó a la isla, huyó de la dictadura de Batista, volvió a su país con Fidel Castro, tras la revolución; desengañada se fue se instaló en París, en el exilio. Allí conoció al pintor bilbaíno, formado en Zaragoza, Hanton González y han vivido juntos hasta su muerte. Es autora de varios libros importantes: ‘Sonámbulo al sol’, ‘Espero la noche para soñarte, revolución’, que leyó Cortázar pero no se atrevió a prologar, o ‘El barranco’, quizá su novela más famosa, sus memorias de la Guerra Civil. El libro apareció en 1959 y fue reeditado en Córdoba por la editorial El Olivo Azul en 2010; la editorial también rescató ‘Espero la noche para soñarte, revolución’, que es la crónica de un desengaño. A ‘El barranco’ pertenece este fragmento, en concreto a la página 67. Así arranca el capítulo VIII.]

‘EL BARRANCO’. Nivaria Tejera. VIII
Hoy he venido con papá a conocer el mar del puerto. El mar respirando en el muelle ancho. (Fíjate cómo rueda hasta allá. Si nosotros pensamos hasta allá, también rodaremos. Papá, has de sentirte en el muelle ancho y libre como él. Por eso me vestí de lino, para estar contenta, y dije de venir al mar).
Doy brincos alrededor suyo salpicándolo y sonando, como si fuera de espuma. Aprieto su mano dura y me cuelgo de ella. (¿Harás que dé brincos altos para mirar sobre aquella línea extraña donde el mar y el cielo se unen?) ‘Desde allí suben los barcos y muy atrás hay otro mundo semejante a éste y también un padre pasea con su niña’. Y sonríe tanto porque avanzamos a lo largo de la muralla subiendo de diez en diez los escalones que llevan a la punta y porque hace buen tiempo. (Te tragarás el mar y te quedarás verde azul y amarillo).
Nos asomamos detrás del muro. En la orilla de las rocas están los pescadores con rostros de piedra. Las olas se levantan y nos tocan. Papá me sacude el vestido. (Deja, déjalas vivas en mi vestido).

*La foto como se ve es de Edouard Boubat y está tomada en 1956 en Portugal.

 

ALDONZA Y BERENGUER: AMOR Y MUERTE

Cuentos de domingo / Antón Castro

 

Aldonza

y Berenguer

 

 

Hace algunos años, en Teruel se redescubrió el mito de los Amantes y se fundó la fiesta de Las Bodas de Isabel, que tienen a Santiago Gascón como guionista. Ahora ha sido en la villa turolense de Montalbán: allí también tenían a sus enamorados, Aldonza y Berenguer, sus Romeo y Julieta, sus Diego e Isabel. Su relato, recogido en varias versiones por Agustín Ubieto en su libro ‘Leyendas para una historia paralela del Aragón medieval’, transcurrió en el siglo XV, durante el reinado de Alfonso V, ‘el Magnánimo’. Podría resumirse así: Aldonza se había quedado huérfana y el noble Jaime de Bolea asumió la condición de tutor. Era hermosa, audaz y poseía una valiosa herencia. Su amor Berenguer de Azlor combatía en Nápoles con los ejércitos de Aragón. El gran sueño de ambos era casarse y todo iba viento en popa porque Berenguer estaba a punto de regresar. En esas, viendo que su boda era irremediable y quizá enamorado de la joven, Jaime de Bolea mandó falsificar un documento que probaba que Aldonza y Berenguer eran hermanos. Ninguno de los dos se lo podía creer; ella se quedó estupefacta, dolorida. Y él, tras intentar poner fin a su vida, hizo votos de castidad y se marchó de comendador o de caballero de Santiago a Montalbán. La desesperación haría mella inmediata en ambos. Aldonza huyó del palacio y se fue, no se sabe si a caballo o a pie, hasta la villa. Se instaló cerca de la gran iglesia-fortaleza de la Encomienda de Santiago donde residía su amado: vivía a la intemperie, con el cielo constelado por único techo y la maleza, la sombra y el cántico del río Martin por compañía, como si fuera Genoveva de Brabante. Un día, cuando miraba el horizonte, vio el desfile de un entierro. Se temió lo peor. A los pocos días penetró en la cripta de la iglesia y vio la tumba de Berenguer. Y allí mismo, con un pequeño puñal, se abrió el pecho y el corazón. ¿Quién sabe cómo se matan los heridos de amor? No tardaron en hallar su cuerpo y el sacerdote, o quizá el nuevo comendador, mandó que enterrasen a la joven Aldonza en el interior en el mismo panteón con una leyenda en latín que decía: “Justo es que reposen juntos en la muerte los que tanto se amaron en la vida”. Este relato, con sus variaciones, es el que ha dado pie a la película ‘El hada de Montalbán’ de Moncho Delgado: todo el pueblo, niños, jóvenes y mayores lo han hecho suyo.

 

*La foto de la iglesia de montalbán está tomada de Aragón Mudéjar.

NIVARIA TEJERA, MUY ENFERMA EN PARÍS

[El artista, diseñador y editor Paco Rallo recibe una nota de París, de la hija de Nivaria Tejera, la autora de 'El Barranco' (1959), donde le dice que está muy grave. Hace algunos años, Nivaria estuvo en Zaragoza en compañía de su compañero Antón González, que exponía en el Camón Aznar. Fueron unos días muy intensos y preciosos. Recuerdo que a Antón le grabamos para 'Borradores'. Ella estaba muy feliz con el retorno de su esposo, integrante del Grupo Zaragoza, a su tierra. A modo de homenaje, ante un desenlace que se presume fatal, recupero aquí esta magnífica entrevista que se publicó en 'La Opinión' de Tenerife, que le hizo Eduardo García Rojas.]

NIVARIA TEJERA / ENTREVISTA EN “LA OPINIÓN DE TENERIFE”

“MI VIDA HA IDO DESEMBOCANDO EN UN PERSISTENTE EXILIO”

Nivaria Tejera (Cienfuegos, Cuba, 1930) plasmó parte de sus recuerdos de infancia en Tenerife en la novela El barranco, desgarrador testimonio de la Guerra Civil en la que su padre fue una de sus muchas víctimas. Exiliada con su familia a Cuba, colaboró en la revista Orígenes bajo la sombra de Lezama Lima, donde dio a conocer sus primeros poemas mientras se mostraba crítica con la dictadura de Fulgencio Batista. Tras el triunfo de la revolución castrista, que Nivaria Tejera apoyó en un principio, optó por el exilio a París al no poder soportar una sociedad marcada, resalta en esta entrevista, por “demasiado fusil, demasiada vigilancia individual y colectiva, demasiado uniforme, demasiados patria o muerte”. Tejera es autora también deInnumerables vocesLa barrera fluídica o París escarabajo y Huir de la espiral, entre otros títulos.

EDUARDO GARCÍA ROJAS: La experta María Hernández-Ojeda escribe que su universo literario gira en torno a Canarias y Cuba, zona de su imaginario secreto. ¿Está de acuerdo con esta percepción de su obra?

–En el amplio prisma desde el que la experta María Hernández-Ojeda –como usted la califica– analiza mi universo literario, sobresale el esfuerzo por descomponerlo desde su intrínseca insularidad, sin restricciones, observándolo con distancia, tanteando sus diversos matices y contenidos, cuidando de no reducir su imaginario a Canarias o Cuba, lo que sería limitar la trayectoria de esa escritura que, en sus múltiples análisis, ella considera estar impulsada por un aliento universal…

Su vida está marcada por el exilio (la dictadura franquista y las de Batista y Castro en Cuba). ¿Hasta qué punto esta experiencia ha marcado su literatura?

–A causa de esas diversas dictaduras que me han apresado desde la infancia, mi vida ha ido desembocando en un persistente exilio, y es claro que esa anomalía aparezca y marque mi escritura como parte esencial de su mensaje: es decir, cierto desquicio impulsivo que rebote la denuncia tajante de cuanto me fuera opresivo, lo que a su vez encamina mi instinto a una búsqueda lingüística en que la atmósfera predomina sobre la anécdota, lo que únicamente la intensidad de un estilo fragmentario puede condensar. Quiero decir, lo que Pierre Klossowski señalaba con inigualable exactitud sobre los aforismos kafkianos: “nada más dramático que esa intensidad sin cesar interrumpida por la insatisfacción, sin cesar recuperada por la esperanza, con la certeza de una totalidad por conquistar”, “…porque capta lo que percibe bajo los escombros donde ve algo más que los otros…él murió de estar vivo y de ser esencialmente el sobreviviente”.

La mayoría de los investigadores no se explican por qué sus textos narrativos han sido publicados antes en Francia que en España. ¿A qué se debe?

–Tal vez hay algunas razones para explicarlo: en el año 54 me trasladé a París y en esta ciudad, y por primera vez, el editor de Les Lettres Nouvelles, Maurice Nadeau, publicó El Barranco –aunque ya la revista Orígenes había dado primicias con el capítulo sobre la prisión de mi padre–; en el 65, al regresar a esta misma ciudad escapando a la persecución castrista, el mismo Nadeau editó Sonámbulo de sol; más tarde la editorial Actes-Sud sacó Huir de la espiral –que ahora edita por primera vez en Madrid la editorial Verbum– y aún hace pocos años L’Harmattan publicó a su vez Espero la noche para soñarte, Revolución. Creo que ese azar contradictorio en apariencia es otra de las reafirmaciones de mi exilio, aunque también se deba acaso al excesivo, abrupto abuso de indiferencia por parte de los editores españoles –lo que resulta una inexplicable injusticia para la autora de Insularidad– a pesar del premio Biblioteca Breve de Seix-Barral a mi novela Sonámbulo del sol (para colmo lo catalogaron como premio-escándalo por obtenerlo el 71, año del escándalo Padilla, hecho que al parecer mi libro ponía en evidencia. Y ahí quedó en suspenso el impulso editorial que espero reanude la edición madrileña en Verbum de Huir de la espiral.

Nos gustaría que hablara también de la importancia de la insularidad, de vivir en islas, en su literatura. ¿Hasta qué punto le ha marcado el hecho de nacer en islas?, ¿distingue en algo al escritor nacido en el continente?

–Acaso esta particularidad de nacer y crecer en las islas, en la exuberancia que les es propia, conlleva su convulsión… Es decir, una recreación incontrolable de dotes y defectos no siempre de fácil control, lo que exige en ciertos espíritus una inclinación a la fuga, es decir, esa robusta soledad que ayuda a perennizar una identidad. En mí la isla, las islas, son un espacio mental extenso como la masa arenosa, rocosa, que las protege, he dicho alguna vez, y esta imagen acopla in profundis en calcomanía mi vida interior donde pulula a ciegas el balanceo a ese inconmensurable desconocido poético que almacenan los sueños, caudaloso espejo destilador en donde reposan vivencias que emergen luego en un desvelo creador. Para arrostrar una obra el escritor sea-isla en su inventiva con la misma dualidad que resiente el isleño ante el feroz océano al que se lanza como un suicida para limpiarse de su calcáreo. Pienso que nacer en el continente es tan casual como nacer en un archipiélago, pero en ambos casos es la sensibilidad la que marca el ritmo de las brazadas. Eso sí, habrá inclinaciones, hábitos, un paisaje mental más o menos recio que los diferencia, pues en el continental las vivencias son extraídas de otros giros geográficos, más constreñidos en el isleño por el maravilloso cerco del mar. Tal vez por las colonizaciones, tanto en Cuba como en Canarias, la llamada identidad a veces resulta un escollo.

Su primera novela describe a través de los ojos de una niña lo que significó la Guerra Civil. ¿Qué significa para usted El barranco? ¿Y qué supuso vivir aquella pesadilla a tan pronta edad y en una isla como Tenerife?

–Leyéndolo se pude captar a fondo la desmedida pesadilla… Ya lo dejé explicado en el pequeño prefacio que acompañó la última edición canaria de El barranco, al que le remito, pero copio aquí algunas líneas: “Comencé a aislar sensaciones vagamente conservadas ahondando en ellas fragmentariamente, multiplicándolas, adivinándoles tentadoras bifurcaciones. Así, inédita y sorpresiva, la intuición, con su magia de transmitir pensamiento a los recuerdos, avanzó en aquel evasivo acervo: es decir, asalto a un supuesto desconocido que fue ya siempre, para mí, la escritura… preguntándome si no sería ese abstracto deseo el que configura una escritura, y, su necesidad de transmitirlo, la elaboración de un estilo. La poesía protegería en su trapecio los vocablos… ellos transmutaban las absurdas realidades de la cotidiana guerra en una inédita sacudida, en un exaltante azar”. Esta cita, reducida, fue incluida en la dúctil y matizada entrevista que me hiciera el escritor Pío Serrano para la revista Encuentro de la cultura cubana.

–También ha sido determinante la influencia de su padre. ¿Qué recuerdos tiene de él, hasta qué punto fue decisivo para que escribiera?

–Tengo tantos recuerdos que…es mejor remitirle a un libro sobre mi padre de la cubana Victoria Sueiro editado por el Departamento Cultural del Cabildo de Fuerteventura: Bio- bibliografía del tinerfeño Saturnino Tejera. Allí hay todo cuanto pueda decirse de su vida y obra y, entre líneas, mucho de la secreta afinidad que nos unía hasta su temprana muerte a los 56 años, producto de la injusta prisión que padeciera entre los mismos trances y lugares que el poeta García Cabrera, una de sus entrañables amistades.

Regresa a Cuba, pero también tiene que dejar Cuba. ¿Cómo se plasma esta sensación de desarraigo en su obra?

Nivaria Tejera en compañía de Manuel Díaz Martínez.

–El desarraigo es evidente pero no creo que incida esencialmente en mi escritura, aunque forme parte de su paisaje y ocupe visceralmente el centro de mis reflexiones más secretas. Los ires-venires políticos de mi vida son tan frecuentes y repetitivos que uno ya se vuelve un espectador, y como espectador un crítico feroz de tanta farándula dictatorial. Uno deja de ser lo que ha sido fibra a fibra y sin saberlo deviene su propio desconocido, un ser a la deriva a redescubrir, a rehacer en cada vericueto. En mi libro Espero la noche para soñarte, Revolución describo ese estado que en definitiva orienta lo inconcluso o fragmentario de esa escritura. La existencia, el instinto de conservación, el sistema inmunitario, protector, te conduce a otro ritmo respiratorio en el que recuerdos armoniosos e inesperados encuentros van modelando otra vitalidad, tan secreta como espontánea, que sin cesar absorben ese desarraigo como la llama consume la cera y donde el tiempo que pasa se convierte en el cómplice fiel, en el sentido de lo que dijo alguien que olvido ahora:Le temps c’est le detour des jours/ mais la durée c’est le temps de chaque instant/ L’acte/ de se prolonger dans le temps.

Y llega a París. ¿Una isla dentro de otra isla? ¿Cómo se ubica en la capital francesa?

–Sí, Paris ya era mítica para mi padre y mirando lejos sólo hubiera podido llegar a esta ciudad que desde siempre acogiera a tantos exiliados o rebeldes de este mundo. ¿Soy una isla dentro de otra isla? Tal vez sí porque detesto los tumultos castradores y Paris puede llegar a ser un lugar de aislamiento donde el anonimato procrea cierta libertad de actuar y de ser que le hace sentir a uno protegido y donde también, de vez en cuando, se producen contactos esenciales que me han propulsado a escribir dentro de ese vértigo existencial que es la reflexión à petits pas que conlleva el tomarse un poco en serio. Nathalie Sarraute, Beckett, Geneviève Serreau y su compañero Jean Marie Serreau, que propulsara el teatro del absurdo con Ionesco, Maurice Nadeau, André Breton y Benjamin Peret, han sido mis amigos en momentos de gran desconcierto “entre la vida y la muerte”. Su presencia de espíritu amparada por LA OBRA me contorneaba del desastre interior. El que ellos la habitaran hace que esta ciudad se expanda, se aleje de pronto y vuelva otra vez a protegerme, haciendo del vacío de su ausencia un tesoro a conservar.

En cierta ocasión le preguntaron que usted como escritora ha evolucionado hacia un género indefinido, hacia un cierto hermetismo. ¿Está de acuerdo? Y si es así, ¿por qué?

Volteo siempre en espiral lecturas maravillosas de escritores que en el mundo han sido y este ejercicio es el mejor aliado de mi pretendido hermetismo, pues sólo el dilucidar el torbellino de su interioridad ocupa y rastrea mi organismo poniéndolo en vilo para costear como un faro lo que me ha colmado inconscientemente, poniéndome en alerta del imprevisto abismo de los vocablos que amenazan la espontaneidad con su oscurantismo racional. Y ya metida en ese torbellino me animo a tantear con avidez los sutilísimos contornos de la irrealidad cóncava y convexa: un confín de los vértices que mantienen a sangre viva mi facultad del asombro. “Yo experimentaba en el terreno de la palabra con la esperanza de que la lengua me descubriera algo aún desconocido que yo tendría la alegría de despertar”, decía Robert Walser en el candor de su secreta demencia.

¿Qué huella canaria y cubana cree que puede encontrar el lector en su obra?

–La huella canaria tanto como la cubana viajan en la obra a lo vivo: cada línea, reflexión, injerto lingüístico, imagen o perspectiva poética tal vez la revelen aquí y allá, pero todo ello ya anda disperso en la abstracción de la escritura que, por sí misma, disuelve en su complejidad el injerto autóctono. El lector las descubrirá si se identifica con sus diversos contenidos.

¿Cuál es su visión de Cuba?

–De la Cuba actual –fidelista-raulista– mi visión es la de UN CAOS sin fin.

¿Qué originó que rompiera con el régimen de Castro?

–Una espantosa realidad: ¡¡cohabitar por tercera vez en mi vida con otra dictadura!! Demasiado fusil, demasiada vigilancia individual y colectiva, demasiado uniforme, demasiados patria o muerte opresivos usurpándonos la simple libertad de respirar, soñar, viajar, amar las cuatro estaciones, “el mundo ancho y ajeno” que loaba Ciro Alegría como meta de poeta; sí, todo ese carnaval de dictadores que como plantas carnívoras pululan desde siempre en nuestra América Latina impidiéndonos visualizar en la distancia una ruta luminosa que nos recuerde sus ríos, sus cielos, sus mares. Nada, sólo oscurantismo y castración.

¿Piensa entonces que los dictadores, independientemente de su signo ideológico, están vestidos con el mismo disfraz?

–¿Que si están vestidos con el mismo disfraz independientemente de su signo ideológico? La imagen y semejanza entre los dictadores es total: cada dictador es el calco del que le antecede gracias a los huecos discursos altisonantes para sumergir y ahogar sus víctimas… Sí, todos llevan el mismo disfraz: travestidos en espantapájaros, en espanta-libertades, con el uniforme militar y medallas al cuello, pistolas en el cinturón, todo lo que les insufle una autosuficiencia aletargadora de masas desamparadas que la represión cotidiana, las prisiones y el tiempo, inmunizan de tal barbarie. Todo en ellos es banalmente truculento, y si alargan el poder es porque el brillo de las botas les deslumbra sus ombligos. Su principal atuendo es de tejido orgánico: palabristas vocingleros, posturas con índices acusadores, ojos saltones y pulso saltón, y LA VOZ, sin cesar LA VOZ como una baba escurriéndoles todo el cuerpo (evocar a Hitler, Mussolini, Franco, Fidel) como un estentóreo estertor sin fin que abarca a veces casi el período de la vida de un hombre (¡¡50 años!!), y más…pues como decía el poeta peruano … hay algunos que nacen y no mueren… porque los conservan en salmuera en ciertos hospitales revolucionarios para que –quién sabe– puedan durar aún otros 50 años y colmar así la leyenda de su astuto camarada Gabo: ¡Cien años de soledad… !

¿Está en estos momentos trabajando en algún nuevo libro?

–Siempre trabajo un nuevo libro que no deja de ser a la vez todos mis libros… lo que me consuela siempre de la conspiración de silencio española a la que tanto alude la autora deInsularidad… a lo largo de sus análisis. Y es que sigo creyendo –con los antiguos– que el desconocido es la distancia… Esa distancia que puede traducirse como una ruta sin fin en que lo inalcanzable se convierte en lo inesperado puesto que la ferocidad de los instintos asume sus filtraciones en la creación perpetuándola más allá de los silencios limitadores. Como nos confesaba sobre sus páginas de Feuilles d´Hypnos el poeta René Char… elles furent écrites dans la tensiôn, la colère, la peur, l’émulation, le dégoût, la ruse, le recueillement furtif, l’ilusion de l’avenir, l’amitié, l’amour: Un feu d’herbes sèches eût tout aussi bien été leur éditeur…

(La Opinión de Tenerife, 6/2/2010,)

 

CUATRO POEMAS DE ADA SALAS

CUATRO POEMAS DE ADA SALAS

UN LIBRO CADA DÍA / 4. ADA SALAS EN EL ‘LIMBO Y OTROS POEMAS'
Ada Salas (Cáceres, 1965) reside en Madrid desde hace muchos años. Es profesora de literatura española y una de las voces más personales de la lírica española. Hemos coincidido en Moscú y es tan afectuosa como la recordaba. Le apasiona el arte contemporáneo. Cercana a Antonio Gamoneda y José Ángel Valente, en 2009 recogió su lírica en el volumen ‘No duerme el animal’ y en 2013 apareció uno de sus mejores libros, ‘Limbo y otros poemas’, un poemario de amor, del misterio, un libro de homenaje a la poesía y tal vez crónica de una gran pasión, escrita sin sentimentalidad ni el arrebato amoroso habitual. Es uno de esos libros donde la poesía se esculpe verso a verso, donde la vida y la muerte se tocan, donde la palabra intenta fundar y fecundar un universo propio, trenzado a la luz de la meditación, la filosofía, la búsqueda de metáforas tan poderosas como sutiles. Y por ahí, como un ave inesperada, asoma y se balancea el enigma.

Copio aquí algunos de sus poemas. Empiezo con ‘Albada’. Uno de los más bellos. Casi un estremecimiento

(ALBADA)
Dispusimos el cuello como quien mira
pájaros. Un filo descendió
justo
hacia
la amapola de amor que habíamos
tragado. No cerramos
los ojos

tú rozaste
mi herida hasta la aurora.

******

LA línea
o cicatriz. Una frontera. Una distancia
entre
lo que un ojo ve
y otro imagina
(aquello
lo que está
al otro lado
siempre
al otro lado).
Y ahora una grieta
entre tú misma y tú
un pensamiento un corazón
estrábicos
como aquel doble azul que atormentó a tu hermana.

*****


Y sólo
ahora –instante
hacia lo que perdura-
lo que mi cuerpo
es: una forma
sin tiempo
de la fulguración
mordida por tu abrazo.

*****


[...voraz el vasto reino de la sombra”. José Ángel Valente]

OYES
bajo la quieta respiración del mar
el secreto perfil
de los ahogados.

En un centro infinito
en una oscuridad que no se mueve

unen

la rara luz de todos sus extremos.

-De ‘Limbo y otros poemas’. Ada Salas. Pre-Textos. Valencia, 2013.

**La foto es de Regina Reland: de la actriz Ingrid Mirbach de 1949.

RAFAEL SOLER: CINCO POEMAS

RAFAEL SOLER: CINCO POEMAS

RAFAEL SOLER

 

 

Para que nadie olvide el tamaño de su miedo

 

En un sueño caben todas las palabras

que nunca pronunciaste

y el decoro de haberlas olvidado

cuando se hizo la luz

 

niño crucial

mujer al son de todas

joven almado con estatura suficiente

hombre que nace en su coyunda fértil

dispuestos  a vestir la carne que les llama

 

                   pues todo empieza ahora

 

en la axila un trueno

en la boca cien semillas precintadas

en la espalda liviano el peso de su nombre

 

y abajo

zurcido el pantalón

junto a la pelvis anhelante

alzado en su escote el pregón de las discordias

 

un fruto escondido

una espina crucial enarbolada

un testimonio accidental definitivo

 

tú a la espera

atónito de hombros

todavía inguinal superlativo

en el caldo nutricio que te acoge

 

 

                    pues todo empieza ahora

 

y siempre será el silencio la única respuesta

cuando proclames exigente

que el aire que respiras

las manos con que amas y el cielo que te cubre

son tu manera de estar alzado entre las cosas

 

que sólo para ti

futuro perdedor de cuanto tienes

fue trazada la dimensión del agua

y el espanto azul de la estrellas

 

                          pues todo empieza ahora

 

aunque lejos resuene indiferente una carcajada

al comprender que apenas fuiste

un liviano envase desechable

burbuja que por brillar estalla

 

una costura

en la arpillera universal del frío.

 

                                                                        (En Ácido almíbar)

 

  

Metabolismo basal de un edificio adolescente

 

Nacerás cuando ames

y por amado tomarás posesión de cuanto venga

con esa solvencia del que ignora

que habla por él un ignorante

 

pero ahora

que tiene tu latido

el peso de un discurso

 

ahora que no has pedido nunca prórroga

y no eres todavía un asunto general

un pie de página en cursiva

 

ahora que de glándulas opíparas colmado

te basta con salir al mundo

para salir del mundo

 

y la verdad de un colibrí no es suficiente

 

lánzate escúchate atrévete

cuando enciendan la luz

y justo a tiempo empiece el infinito.

 

                                                                       (En Ácido almíbar)

 

 Prohibido correr por el pasillo

Abuelo bebía a sorbos lentos

aguachirle de coñac y manzanilla

un caldo raro para un pueblo sin ventanas

 

y recién amanecido amanecía

de moscatel vestido con una chispa encima

 

cordial y entrometido

jugaba como un dandy al dominó

blasfemaba cuando el viento fumaba su tabaco

 

sabía de putas y de erizos

y jamás se dejaba acompañar en los domingos

 

un verano se clavó un anzuelo

en otro le clavaron un desplante

y el tercero lo pasó desprovisto tiritando

 

en legítima defensa  de padre no me acuerdo

 

pero tenía boca y dedos

sopló los noventa con sus velas

y dicen que amaba en la distancia a su manera

 

un verano me clavó un anzuelo

otro le clavé un desplante

 

y el resto lo pasamos dicho queda

solitarios enfrentados tiritando.

 

 

                                                                  (En Ácido almíbar)

 

Desprendimiento indoloro de un cercano tóxico

                                    

El amarillo es algo más que un indicio hepático

o el jubiloso corazón de un girasol en llamas

o la camisa de agosto para el trigo

 

hay tipos amarillos

como hay bancos cargados de intención

y naves vacías de interés

y préstamos a ciento veinte vidas

que no se cobran nunca

 

tipos de tersa faz sin una greña

hidratados solventes decididos

y amarillos

 

tipos en suma a su manera dialogantes

uncidos a un reproche como otros a la nieve

tramitadores de afectos calculados

hereditario el beso

parca la saliva

 

tipos solidariamente amargos

decretando la expulsión de los ausentes

en la boca ortogonal una sintaxis

que nunca dice toma 

 

faltos de lumbre

fingirán el entusiasmo con que nace la sed

aunque luego se desfonden al conocer el agua

 

y severamente tóxicos

recibirán un día tu saludo en navidad

su lengua de membrillo desconchada

y sus hombros con espalda a tus espaldas.

 

                                                                       (En Ácido almíbar)

 

Receta para una biopsia consentida

Tomad la víscera completa

desprovista de piel y de esperanza

digamos por ejemplo el tiempo incompleto

de una vida

 

que corra el agua

limpiando con esmero su pasado

la válvula espinal de los reproches

cualquier rastro de besos y de hambre

 

cortad después en láminas severas

el lado más oscuro del rencor

los entresijos solemnes del orgullo

la huella que dejaron los errores

 

pronunciando en voz baja la palabra corazón

entero vuestro ajado corazón

perdido corazón

 

hasta doscientas veces.

 

                                                                (En Las cartas que debía)

 

Nacido en Valencia, Rafael Soler reside en Madrid, donde ha trabajado como profesor titular en la Universidad Politécnica. Poeta y novelista, en los años ochenta tuvo una intensa producción literaria, que fue recibida como una de las más interesantes de la nueva literatura española, y que inició con la publicación en 1979 de su novela “El grito”, y el libro de poemas “Los sitios interiores” en 1980, a los que siguieron títulos como “El corazón del lobo”, “El sueño de Torba” o “Barranco”, última de sus publicaciones en Cátedra en 1985, así como dos libros de relatos. Vino luego un largo silencio editorial, que decidió romper en 2009 con la publicación del libro de poemas “Maneras de volver”, al que siguió en 2011 “Las cartas que debía” y en 2012 “La vida en un puño”, antología publicada en Paraguay, y “Pie de página”, publicada también en 2012 por la Institución Alfons El Magnànim. En enero de 2.014 publicó el libro de poemas "Ácido almíbar". (nota de wikipedia)

 

*La foto la tomo de allí. Es de Quiquecomba.