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Antón Castro

TONI TELLO HABLA DE BORIS VIAN

TONI TELLO HABLA DE BORIS VIAN

Juan Antonio Tello (La Almunia, Zaragoza, 1965) es poeta, traductor y profesor. Acaba de trasladarse a trabajar en Tánger con una valiosa novedad bajo el abrazo, la ‘Poesía completa’ de Boris Vian (1920-1959), que ha publicado en Renacimiento.

“Boris Vian posee un gran espíritu poético”


En Boris Vian, vida y poesía
forman un todo inseparable”

 




Antón CASTRO

¿Qué lugar ocupa la poesía en la obra de Boris Vian?
Como digo en el prólogo de esta edición, cuantitativamente ocupa un lugar pequeño, algo más de dos centeneras de poemas escritos en el trascurso de las décadas de los 40 y 50, divididos en cinco colecciones, de las que solo dos vieron la luz en vida de Boris Vian. Cualitativamente, su obra literaria está impregnada de poesía y muchos de los temas tratados en sus poemas reaparecen tanto en sus novelas como en sus obras de teatro. Vida y poesía forman un todo difícilmente separable.


-¿Existe relación entre su poesía y su condición de cantautor?
Sí, totalmente. De hecho, algunos de sus poemas pasaron a ser canciones y viceversa. En la edición de las ‘Obras completas’ de Fayard, de donde parte mi traducción, algunas piezas aparecen tanto en el volumen de poesía como en el de canciones, prueba inequívoca de que a veces es muy complicado establecer diferencias entre géneros. Tal vez el caso más famoso sea ‘El desertor’, un canto procivil que Vian paseó en sus giras por Francia y Bélgica. No es en todo caso el único.


¿Cuántos libros escribió y publicó en vida?

Si pensamos que toda su obra fue publicada en dos décadas, la obra literaria de Boris Vian puede calificarse de monumental, al tiempo que sorprenderte. Dos centenares largos de poemas, más de quinientas canciones, cinco novelas, cuatro novelas negras, buen número de relatos, cuatro obras de teatro (se lo digo de memoria), escritos sobre jazz, sobre ciencia ficción, traducciones de novelas anglosajonas, etc.


Tuvo una vida breve, de apenas 40 años. ¿Cómo es la poesía de Vian?

Una parte de la crítica calificaba su novela de poética y su poesía de prosaica. Esta aparente paradoja no debe ocultar una sensibilidad literaria de primer orden. Vian empieza a escribir sonetos cuando ya nadie lo hacía en Francia, si exceptuamos algunos nombres concretos que no servirían para marcar una tendencia, a pesar de que Louis Aragon, unos años después, intentara lo contrario queriendo elevar el soneto a la altura de canto nacional. Pero Vian lo hace con una intención meramente lúdica, dinamitando este marco noble desde el interior y sirviéndose de él para disfrutar del arte de versificar. Luego seguirán, ya a finales de los años 40, dos colecciones difícilmente calificables, ‘Barnum’s Digest’ y ‘Cantinelas en jalea’, la primera fruto de su colaboración con el pintor y dibujante Jean Boullet, la segunda en plena efervescencia de Saint-Germain-des-Prés.


Dejó mucha bastante poesía inédita, entonces, ¿no?

‘No quisiera palmarla’, publicada a título póstumo, puede ser considerada como su obra cumbre si hablamos estrictamente de género poético, escrita en un periodo difícil de su vida, acuciado por las consecuencias penosas del escándalo que había provocado en una Francia ultraconservadora la publicación de su novela negra ‘Escupiré sobre vuestra tumba’ y por la escasa repercusión de sus últimas novelas, de tirada reducida y mal distribuidas. A todo ello hay que añadir un buen puñado de poemas que salpican aquí y allá una vocación intermitente en cuanto a dedicación pero firme en su espíritu.


¿Pertenecería a alguna corriente específica?

De su obra no puede deducirse adscripción alguna, si no es la que tuvo voluntariamente con el Colegio de Patafísica, pero sí podemos vincularlo con nombres propios como Raymond Queneau y Jacques Prévert, amigos y compañeros del Colegio de Patafísica, y vecino este último en Cité Veron, sobre los tejados del mítico Molino Rojo. Desde un punto de vista diacrónico, la obra de Vian pertenece a una estirpe de la literatura francesa que tiene picos a lo largo de su historia, algunos de los cuales se llaman nada menos que François Rabelais o Alfred Jarry.


¿Qué dificultades entraña un proyecto así al que le ha dedicado una larga década?

La publicación de la ‘Poesía completa’ de Boris Vian culmina un trabajo que comencé el año 2000 y que ahora, más de una década después, toca a su fin. Entre tanto, ha habido unas primeras versiones de ‘No quisiera palmarla’ (2003) y de ‘Barnum’s Digest’ y ‘Cantinelas en Jalea’ (2005), publicadas en Hiperión, un dossier dedicado al autor en el número 70 de la revista ‘Turia’, artículos y conferencias sobre su obra, tanto desde el punto de vista literario como desde el de la traducción.


Dicho de otro modo, ¿qué le ha supuesto traducir a Boris Vian?
Traducir a Vian es la prueba de fuego con la que todo traductor puede encontrarse en un momento dado. Las características de su lenguaje poético hacen que en ocasiones sea extremadamente difícil, si no imposible, encontrar una solución definitiva a los problemas lingüísticos que plantea, pero, después de darle muchas vueltas, estoy relativamente contento del resultado final.


¿Cuál sería la vigencia de este fascinante personaje, por qué nos sigue interesando?

Después de haber trascurrido 75 años de su muerte, y pasado el gran interés que suscitó su literatura entre el gran público en los años 60 y 70, asociado sin duda a ese espíritu de libertad que se respira en toda su obra, puede decirse que, considerado ya como un clásico heterodoxo del siglo XX francés, su literatura no ha envejecido y sigue atrayendo a sucesivas generaciones de lectores. Algo tendrá. Y ese algo para mí es principalmente su gran espíritu poético y esa capacidad que posee de crear universos radicalmente personales.

 

*Boris Vian con Juliette Grecò en Saint German-des-Pres. Esta entrevista apareció a principios de otoño en Heraldo de Aragón.  

 

Otra selección de sus poemas:

SI FUERA POETA…
Si fuera poeta
Sería un borracho
Tendría una nariz roja
Una gran caja
En la que apilaría
Más de cien sonetos
En la que apilaría
Mis obras completas.

No quisiera morir, 1962 (póstumo). Traducción de Juan Antonio Tello.

 

SI J’ÉTAIS POHÊTEÛ…

Si j’étais pohêteû
Je serais ivrogneû
J’aurais un nez rougeû
Une grande boîteû
Où j’empilerais
Plus de cent sonnais
Où j’empilerais
Mon noeuvreû complait.

Je voudrais pas crever, 1962.

UN POETA…

Un poeta
Es un ser único
En montones de ejemplares
Que no piensa más que en verso
Y no escribe más que en música
Sobre motivos diversos
Unos rojos otros verdes
Pero magníficos siempre.

No quisiera morir, 1962 (póstumo). Traducción de Juan Antonio Tello.

UN POÈTE…

Un poète
C’est un être unique
À des tas d’exemplaires
Qui ne pense qu’en vers
Et n’écrit qu’en musique
Sur des sujets divers
Des rouges et des verts
Mais toujours magnifiques.

Je voudrais pas crever, 1962.

SI LOS POETAS FUERAN MENOS TONTOS…

Si los poetas fueran menos tontos
Y si fueran menos perezosos
Harían a todos felices
Para poder dedicarse en paz
A sus sufrimientos literarios
Construirían casas amarillas
Con grandes jardines delante
Y árboles llenos de pájaros
Mirliflautas y lisosos
Parongros y verderones
Y pequeños cuervos muy rojos
Que dirían la buena ventura
Habría grandes chorros de agua
Con luces dentro
Habría doscientos peces
Desde el crusco hasta el ramusón
De la libela al pepamulo
De la aguja al rara curul
Y de la avela al cañizón
Habría aire completamente nuevo
Perfumado con el olor de las hojas
Comeríamos cuando quisiéramos
Y trabajaríamos sin prisa
Para construir escaleras
De formas nunca vistas
Con maderas veteadas de malva
Suaves como ella bajo los dedos

Pero los poetas son muy tontos
Escriben para comenzar
En vez de ponerse a trabajar
Y eso les da remordimientos
Que conservan hasta la muerte
Encantados de haber sufrido tanto
Les dan grandes discursos
Y se les olvida en un día
Pero si fueran menos perezosos
Sólo en dos serían olvidados.

No quisiera morir, 1962 (póstumo). Traducción de Juan Antonio Tello.

SI LES POÈTES ETAIENT MOINS BÊTES…

Si les poètes étaient moins bêtes
Et s’ils étaient moins paresseux
Ils rendraient tout le monde heureux
Pour pouvoir s’occuper en paix
De leurs souffrances littéraires
Ils construiraient des maisons jaunes
Avec des grands jardins devant
Et des arbres pleins de zoizeaux
De mirliflûtes et de lizeaux
Des mésongres et des feuvertes
Des plumuches, des picassiettes
Et des petits corbeaux tout rouges
Qui diraient la bonne aventure
Il y aurait de grands jets d’eau
Avec des lumières dedans
Il y aurait deux cents poissons
Depuis le croûsque au ramusson
De la libelle au pépamule
De l’orphie au rara curule
Et de l’avoile au canisson
Il y aurait de l’air tout neuf
Parfumé de l’odeur des feuilles
On mangerait quand on voudrait
Et l’on travaillerait sans hâte
À construire des escaliers
De formes encor jamais vues
Avec des bois veinés de mauve
Lisses comme elle sous les doigts

Mais les poètes sont très bêtes
Ils écrivent pour commencer
Au lieu de s’mettre à travailler
Et ça leur donne des remords
Qu’ils conservent jusqu’à la mort
Ravis d’avoir tellement souffert
On leur donne des grands discours
Et on les oublie en un jour
Mais s’ils étaient moins paresseux
On ne les oublierait qu’en deux.

Je voudrais pas crever, 1962.

 

 

HOY, EN CÁLAMO, CITA CON BORIS VIAN

HOY, EN CÁLAMO, CITA CON BORIS VIAN

'POESÍA COMPLETA' DE BORIS VIAN, HOY EN CÁLAMO, A LAS 20.00
Hoy viernes, a las 20.00, en la librería Cálamo, se presentará la 'Poesía completa' de Boris Vian, en el sello Renacimiento, que ha traducido al castellano el poeta y profesor Juan Antonio Tello. Antonio Ansón y yo conversaremos con Tello. Os dejo aquí algunas fotos de Boris Vian, un personaje que hizo muchas cosas: escribió novelas, varios libros de poesía, fue cantautor, músico de jazz y murió demasiado joven. Nació en 1920 y murió en 1959, el año que nací yo, antes de cumplir 40 años.

Dejo aquí una pequeña selección de sus poemas:

POEMAS DE BORIS VIAN. Trad. de JUAN ANTONIO TELLO

 

[POURQUOI QUE JE VIS]

Pourquoi que je vis

Pourquoi que je vis

Pour la jambe jaune

D’une femme blonde

Appuyée au mur

Sous le plein soleil

Pour la voile ronde

D’un pointu du port

Pour l’ombre des stores

Le café glacé

Qu’on boit dans un tube

Pour toucher le sable

Voir le fond de l’eau

Qui devient si bleu

Qui descend si bas

Avec les poissons

Les calmes poissons

Ils paissent le fond

Volent au-dessus

Des algues cheveux

Comme zoizeaux lents

Comme zoizeaux bleus

Pourquoi que je vis

Parce que c’est joli.

 

[ POR QUÉ VIVO... ]

 

Por qué vivo

Por qué vivo

Por la pierna ámbar

De una mujer rubia

Apoyada en la pared

A pleno sol

Por la vela redonda

De un barco picudo del puerto

Por la sombra de los estores

El café helado

Que se bebe en un vaso de tubo

Por tocar la arena

Ver el fondo del agua

Que se vuelve tan azul

Que baja tan abajo

Con los peces

Los tranquilos peces

Pacen en el fondo

Vuelan por encima

De las algas cabellos

Como pájaros lentos

Como pájaros azules

Por qué vivo

Porque es bonito.

*

LE DÉSERTEUR

 

Monsieur le Président

Je vous fais une lettre

Que vous lirez peut-être

Si vous avez le temps

Je viens de recevoir

Mes papiers militaires

Pour partir à la guerre

Avant mercredi soir

Monsieur le Président

Je ne veux pas la faire

Je ne suis pas sur terre

Pour tuer d’autres gens

C’est pas pour vous fâcher

Il faut que je vous dise

Ma décision est prise

Je m’en vais déserter

 

Depuis que je suis né

J’ai vu mourir mon père

J’ai vu partir mes frères

 

Et pleurer mes enfants

Ma mère a tant souffert

Qu’elle est dedans sa tombe

Et se moque des bombes

Et se moque des vers

Quand j’étais prisonnier

On m’a volé ma femme

On m’a volé mon âme

Et tout mon cher passé

Demain de bon matin

Je fermerai ma porte

Au nez des années mortes

J’irai sur les chemins

 

Je mendirai ma vie

Sur les routes de France

De Bretagne en Provence

Et je dirai aux gens

Refusez d’obéir

Refusez de la faire

N’allez pas à la guerre

Refusez de partir

S’il faut donner son sang

Allez donner le vôtre

Vous êtes bon apôtre

Monsieur le Président

 

Si vous me poursuivez

Prévenez vos gendarmes

Que je n’aurai pas d’armes

Et qu’ils pourront tirer.

 

EL DESERTOR

Señor Presidente

Le escribo una carta

Que leerá tal vez

Si tiene algo de tiempo

Acabo de recibir

Mis papeles militares

Para ir a la guerra

El miércoles por la tarde

Señor Presidente

Yo no quiero hacerla

Yo no estoy en la tierra

Para matar a otra gente

No es para hacerle enfadar

Pero tengo que decirle

Que mi decisión es firme

Y voy a desertar

 

Desde que yo nací

Vi morir a mi padre

Partir a mis hermanos

 

Y a mis hijos llorar

Mi madre sufrió tanto

Que dentro de su tumba

Se burla de las bombas

Se burla de los gusanos

Cuando fui hecho preso

Me robaron a mi mujer

Me robaron mi alma

Y mi querido pasado

Mañana muy temprano

Yo cerraré la puerta

En la nariz a los años muertos

Iré por los caminos

 

Mendigaré mi vida

En las carreteras de Francia

De Bretaña a Provenza

Y diré a los demás

Negaos a obedecer

Negaos a hacerla

No vayáis a la guerra

Negaos a partir

Y si hay que dar la sangre

Vaya usted a dar la suya

Es como un buen apóstol

Señor Presidente

 

Si me persiguen

Avise a sus gendarmes

Que no llevaré armas

Y que podrán disparar

*

LES ISLES

[À Lucien Coutaud]

 

Il y a des isles dans la mer Noire

Elles sont en pierre froide et pâle

On y est toujours tout seul

Et on entre dans des châteaux

Pleins de chambres dans des murs

Et on trouve des femmes molles

Des grosses femmes blanches douces

Étalées sur des lits ouverts

Il monte un fumet de leurs poils

En minces volutes frisées

Bleu dans l’air incolore des chambres.

Il ne faut pas s’arrêter

Car elles sont là, elles attendent

Elles peuvent faire n’importe quoi

Elles prennent toutes les formes

Elles coulent comme de l’eau.

 

Il ne faut pas aller dans les isles de la mer Noire

Il vaut mieux acheter du jambon.

 

LAS ISLAS

[A Lucien Coutaud]

 

 

Hay islas en el mar Negro

Son de piedra fría y pálida

Allí siempre se está solo

Y uno entra en castillos

Llenos de cámaras dentro de muros

Y se encuentran mujeres blandas

Mujeres gordas blancas suaves

Acostadas en lechos abiertos

Sube un humillo de sus pelos

En delgadas volutas rizadas

Azul en el aire incoloro de las cámaras

No hay que detenerse

Porque están allí, esperan

Pueden hacer cualquier cosa

Adquieren todas las formas

Fluyen como agua

 

No hay que ir a las islas del mar Negro

Vale más comprar jamón.

 

*Boris Vian. ’Poesía completa’. Traducción de Juan Antonijo Tello. Editorial Renacimiento. Sevilla, 2014.

DAVID MAYOR, CUATRO POEMAS

DAVID MAYOR, CUATRO POEMAS

Estos días, PUZ (La Gruta de las palabras), ha publicado varios títulos: de Angélica Morales, ‘Monopolios’; de José Ángel Cilleruelo, ‘Tapia con mirlo¡; de Enrique Cebrián Zazurca, ‘La chica del  verano’, un volumen realmente bello y sugerente, lleno de encanto, de imágenes que te persiguen, de viajes, de instantes tamizados por la atmósfera cinematográfica y el recuerdo, de algunas mujeres, como la madre; de él ya publiqué aquí algunos textos. Y el último título es ‘Conciencia de clase’, sin lugar a dudas el libro más ambicioso y voluminoso, y creo que el más logrado, de David Mayor (Zaragoza, 1972). Es un libro dedicado a su padre, y también a su madre, al núcleo familiar, a algunos viajes, a algunos cines como el Elíseos (juraría que este texto lo escribió David para un proyecto de poemas de cine en La Almunia, que se leyó una mañana de primavera), es un libro sobre Zaragoza, sobre los sueños, de la amistad y de la escritura misma. También creo que es un libro de madurez: la cronología emotiva y sentimental de alguien que ha pensado mucho, que soñado más y que ha encontrado instantes de lucidez: “Vivir es dos veces. / El aire que respira un niño es el mismo / que respira el viejo sentado a su lado”. Selecciono aquí tres o cuatro poemas cortos.

 

ESCRITORIO

 

Escribir como si dejaras una flor perdida

entre las páginas de un libro, con el orden

olvidado, como ocurren las cosas en el tiempo.

 

Igual que los pájaros buscan

el hermoso sol transparente de la mañana,

un secreto cotidiano, cada día febril

y nuevamente poroso.

 

DERECHO FUNDAMENTAL

 

Un amigo es agua para beber,

cierta manera de pedir un vaso, el grifo

que se abre, las líneas de un río

en el que sumergirse

a leer el claro lado de la vida.

 

ARETÉ

 

Uno se afilia a quien le enseña

donde abunda el peligro.

Ese ha sido oficio de escritores,

cartógrafos de la emoción y la muerte

-mecánica de la supervivencia-, paranoicos

de la vida sin vivir.

 

Y según Hölderlin,

donde abunda el peligro crece lo que nos salva.

 

ARITMÉTICA

 

Quien se siente solo es

menos de uno.

 

*La foto la tomo de aquí.

http://doorsonperceptionseminar.blogspot.com.es/

LUIS ALEGRE: 'CERCA DE CASA'

LUIS ALEGRE: 'CERCA DE CASA'

LUIS ALEGRE: PERFIL DE UN MAESTRO DEL RETRATO
Luis Alegre es un hombre con orquesta cuyo mejor vocalista es él. Siempre está ahí dispuesto a dirigir la fiesta y cerrarla con las mejores canciones, ya sean ‘Rocío’, ‘Te lo juro yo’, ‘La bien pagá’ o una melodía incesante de risas y de chistes. Desde niño fue un ser especial, inclinado a la fascinación: su padre Luis Alberto, un hombre de aldea capaz de recitar a Marcial o un diálogo de Ingrid Bergman y Bogart, le llenaba la cabeza de sueños: mujeres bellas, poemas, canciones y otras sendas hacia la felicidad y la tarde hecha confidencia.

El cine, la literatura y la radio le estremecieron desde muy pronto. Y también el fútbol. Cuentan los amigos, y su propia memoria inundada de recuerdos, que fue un estiloso interior derecho y que empezó a amar al Real Zaragoza en las tardes heroicas en el bar El Chato. Luego, en la Laboral de Cheste, empezó a convertirse en un cinéfilo empedernido que deslumbraba a sus compañeros; era tan imprevisible y fabulador que incluso impartía lecciones de sexo al calor de algunas páginas de ‘Lib’ y otras publicaciones eróticas. Y cuando llegó a Zaragoza («es imposible que no te conmueva el lugar donde vive tu madre», dijo en una ocasión), sucumbió al hechizo de José Luis Violeta, ‘el león de Torrero’, al magisterio de Manuel Rotellar, ese hombre que parecía saberlo casi todo del cine aragonés y del cine fantástico y de terror, y a los intelectuales de ‘Andalán’, con Eloy Fernández Clemente y José Antonio Labordeta a la cabeza. Ellos le revelaron los caminos del cierzo y de la historia. Aprendía de todo y de todos. Era, y es, un voraz lector y recortador de periódicos y de revistas.

Convertido en profesor universitario, disciplina de Economía, ha hecho de la amistad y de la búsqueda de la felicidad el faro de sus días. Su campo de intereses es enorme. Nunca quiso ser crítico de cine, pero ha escrito reportajes, entrevistas y apuntes de cientos de películas y peliculeros, y ha revelado, con la contención debida, algunos secretos de tocador de actrices como Aitana Sánchez-Gijón, Penélope Cruz, Beatriz Rico, Ana Belén o Ana Álvarez, pongamos por caso. Ha cantado como nadie con Imperio Argentina, ha reestrenado la caja sonora del Teatro Real. Es el hombre de los prodigios inadvertidos: el amigo más entrañable de Pep Guardiola, Cani o de Víctor Muñoz, ha recibido llamadas inesperadas de Luis Figo antes del partido más importante de su vida y ha sido (y es) compañero de viaje, en el arte, en el delirio y en la vida, de gente tan variopinta como Fernán Gómez, Agustín Sánchez Vidal, Fernando y David Trueba, Jorge Sanz, Gabino Diego. A Javier Tomeo lo acogió en su casa durante meses como a un hermano mayor al que perturban los despertadores.

Admiró y amó a mujeres de ensueño y radio como Concha García Campoy, con quien codirigió ‘La gran ilusión’. Ha sido un puntal inolvidable de ‘El día de Aragón’ y sus anuarios y ha trabajado, y trabaja, en la SER. Es el colega constante del pelotón de escritores aragoneses del último cuarto de siglo: desde Ignacio Martínez de Pisón o José María Latorre hasta Félix Romeo, Ismael Grasa, Cristina Grande, Pepe Melero o Daniel Gascón. Y otro tanto cabría decir de los cineastas y de los músicos, de los libreros, de los artistas y de los animadores de los festivales de cine de Aragón. Con Luis Alegre todas las listas resultan insuficientes; la frase no es una desmesura: es la cifra exacta de los hechos. Es un dinamizador, un entusiasta, el director de las verbenas del afecto y de la camaradería, uno de esos seres «de otra galaxia» que siembra generosidad y ensancha la ciudad en que vive. Al orador lúcido y envidiable, nadie le ha oído hablar mal de otros.

No lo precisa porque apunta siempre al corazón, «al lujo total de la amistad», y es capaz de escribir un libro como ‘Cerca de casa’ (Xordica. Aparece 20 años después de ‘Besos robados’), que ha ido desgranando aquí, en HERALDO, página a página. Es una amorosa destilación de palabras, de emociones, de retratos y de historias con corazón. ‘Cerca de casa’ es uno de esos libros conmovedores que son un álbum inagotable de su vasta familia (tan infinita) y de su pasión por vivir con otros, a ser posible entre carcajadas.

*Este texto se publicó en Heraldo Domingo, el suplemento que dirige Picos Lagunas. Luis Alegre con Borau y Agustín Sánchez Vidal. Mañana martes, a las 20 horas, en el teatro de la Estación, se presenta su libro 'Cerca de casa' (Xordica).

EL ENIGMA JULIETA ALWAYS

Un libro intenta desvelar la rebeldía,

la vida y el arte de Julieta Always

 

Antonio Buil y Antonio Abarca publican una biografía de la pintora enigmática, loca y mendiga de Barbastro

 

“Julieta Always tenía, ante todo, una cualidad excepcional: nos interpela a nosotros mismos, nos invita a conocernos mejor. Le sucedió al pintor Modest Cuixart, a la escritora Ana María Navales y al periodista Luis García Bandrés”, dice Antonio Buil, uno de los biógrafos de Julieta Aguilar Coscuyuela (Barbastro, 1899-1979), una mujer con aureola que ha sido bailarina de cabaret, pintora y, finalmente, una mujer solitaria que se movía entre la excentricidad, la locura y la mendicidad. Dejó ecos, en su voz o a través de testimonios, de su carácter, de su promiscuidad, de su pasión por la vida y de una inteligencia que mezclaba el arte, la espiritualidad, el esoterismo y un sentido de la libertad que desembocó en la soledad.

“Yo la defino como rebelde y artista, como nuestro libro”, señala Antonio Abarca. Ambos, Toni Buil y Antonio Abarca publican ‘Julia Aguilar Always, rebelde y artista’ (que se presentará el jueves en la UNED), en el que han trabajado durante cuatro años y que ofrece varias novedades. Abarca las resume así: “Las aportaciones corresponden a la ficha policial y las pruebas de cargo contra ella porque estuvo tres días detenida en septiembre de 1931 por escándalo; los hoteles donde se alojó en Madrid; las noticias del manuscrito inédito de Julieta ‘Ríe y sé feliz’, que prueba el humor de su autora y que por desgracia se ha perdido; los diálogos en la cuarta dimensión de Julieta con Krishna Venta, un iluminado que se decía El Mesías”. Aunque la gran novedad sería la ordenación del copioso anecdotario que ya se conocía en un todo armonioso.

Toni Buil explica que estudió en la Escuela Normal de Huesca y que enamoró al farmacéutico y profesor de dibujo Jesús Gascón de Gotor. Estuvo al menos en dos ocasiones en París. Una, en los años 20, y frecuentó el universo de las variedades, “donde tenía la impresión de haber fracasado”, y la segunda vez en plena Guerra Civil, “debía estar ya en 1937”. A raíz de un desengaño, “o de una cadena de causas adversas que la sumieron en la confusión y en el desconcierto”, regresó a Barbastro y ahí fijó su residencia a partir de 1941, aunque realizó algunas salidas, sobre todo a Madrid, “donde la reconoció otro vecino trabajando de camarera”. Julieta había vivido en Barcelona y Madrid: conoció a gente principal de la política y el ejército y el arte. Toni Buil cuenta que fue amante de Miguel Primo de Rivera; en una ocasión le preguntaron si había seducido a su hijo José Antonio y ella dijo: “¡Cómo iba a hacerlo, si quise tanto a su padre!”.

En Barbastro vivió en pisos, en una bajera, en el palacio de los Argensola, estuvo casi un año en el Hospital Provincial y pasó los tres últimos con las monjas, que la cuidaron hasta su muerte en 1979. En Barbastro se convirtió en un mito local: encarnó la figura de la artista y la harapienta. “En los años 40 se entregó a la pintura con absoluto fervor; la absorbía y era una de las razones de su vida”, explica Buil. Al parecer su hermano Mariano, con quien no se llevaba muy bien, de vez en cuando intercedía por ella a hurtadillas.

Antonio Abarca señala: “La pintura de Julieta Always ha sido encasillada con cierta ligereza en el estilo naíf. Julieta no era nada ingenua y al parecer había sido modelo de pintores y escultores en París, por lo que pudo familiarizarse con la pintura aunque solo fuera por ver trabajar a otros artistas. En su pintura hay mucho más que ingenuidad e inocencia: hay amor, hay humor, que se manifiesta en el hecho de pintar a algunas de sus figuras desnudas para luego irlas vistiendo y bajarlas de su pedestal. Hay panteísmo, misterio... pero sobre todo hay belleza y verdad. ¡Julieta es inclasificable!”.

Julieta, que a veces firmaba Julieta Chelin Always, fue descubierta a mediados de los 60 por el pintor Modest Cuixart, que le dedicó su cuadro ‘Bruixa de Barbastro’ en 1976. A raíz de ese lienzo atrajo a Luis García Bandrés, que le hizo una entrevista inolvidable en HERALDO, y a Ana María Navales, que le dedicó la novela ‘El regreso de Julieta Always’. Luego su obra sería expuesta, la última vez en 2010, pero esta mujer –que “fue bellísima en su juventud y poseyó unas piernas largas, de asombro”- tiene una facultad: de cuando en cuando se empecina en volver. “Para el Barbastro de su época, Julieta Aguilar fue un escándalo. Para el de hoy, es un honor contar con una mujer y pintora excepcional como ella”, dice Abarca.

 

*Este artículo lo publiqué el pasado lunes en Heraldo de Aragón.Mil gracias por su generosidad a Antonio Buil y Antonio Abarca.

ANTÓN CASTRO, DIÁLOGO DE 'LA LEYENDA DE LA CIUDAD SUMERGIDA'

ANTÓN CASTRO, DIÁLOGO DE 'LA LEYENDA DE LA CIUDAD SUMERGIDA'

El lunes 15, en la librería Antígona (calle Pedro Cerbuna) se presenta mi nuevo libro, ‘La leyenda de la ciudad sumergida’ (Nalvay), ilustrado por Javier Hernández, un argentino con antepasados oscenses que reside en Siétamo (Huesca). El libro es una aventura juvenil donde un niño, con poderes, debe enfrentarse a un cataclismo: en su pueblo, Baladouro, acaba de desatarse un diluvio universal que está a punto de inundarlo. Debe encontrar al Nubeiro, el hombre que gobierna las lluvias, las tempestades, las nubes. Y en esa aventura va a contar con alguna ayuda: una anciana que ve el demonio, un ciego llamado Cidre Oután, la sombra de una molinera, unos fantasmas, un matrimonio de naturalistas... El libro es un elogio de la aventura, del paisaje, de la lectura, de amistad y de las bibliotecas y, por supuesto, de algunos mitos galaicos vinculados con los bestiarios y la brujería.

 

-La presentación será a las 20.00. Intervendrán los editores, los autores y Julia Millán, librera y especialista en literatura infantil y juvenil.

 

 

ENTREVISTA CON ANTÓN CASTRO

 

Por ALONDRA RAMOS

Publico en Nalvay la novela juvenil ‘La leyenda de la ciudad sumergida’ con ilustraciones del argentino, afincado en Aragón, Javier Hernández, ilustrador también del libro ‘El viento, el niño y el miedo’. La periodista madrileña Alondra Ramos me ha mandado algunas preguntas y estas son las respuestas.

 

 

-La leyenda de la ciudad sumergida es una historia de aventuras. Como ocurre en las leyendas, el nacimiento del protagonista está lleno de presagios. ¿Quién es exactamente Esteban, el protagonista y cuál es su misión?

-El libro abarca desde el nacimiento del niño hasta sus primeros años. Y es un niño que, poco a poco, se va haciendo especial. Es curioso, le apasiona leer, posee un gran sentido de la amistad y un infinito cariño hacia los suyos. Una de las figuras que le marca es el ciego de Baladouro, Cidre Oután, que es un contador de aldea, un músico ambulante, un soñador y alguien vinculado con lo enigmático. Le regala El Libro Rojo, que le cambiará la vida y la percepción de las cosas: descubrirá que posee varios dones. Casi antes de que se dé cuenta, Esteban se verá enfrentado a una misión inesperada. En su pueblo, Balaldouro, llueve sin parar, parece que se acerca el diluvio universal y a él le tocará evitar que Baladouro se inunde para siempre y se convierta en una ciudad sumergida.

-Este es un libro que escribió originalmente en gallego y que ahora ha traducido y reescrito. ¿Cómo nació y en qué ha cambiado?

-El libro nació en un tiempo en que estuve a punto de regresar a Arteixo, mi pueblo gallego, para siempre en los años 80. De repente convocaron un cursillo de dos o tres meses de biblioteconomía que impartía el poeta y bibliotecario Miguel González Garcés; me sugirieron que si lo hacía podría presentarme a la nueva plaza y allá me fui. El libro es un homenaje a los libros, a los bibliotecarios y a las bibliotecas, a la lectura como una de las aventuras más fascinantes, y es un recuerdo de aquellos días que compartía con el escritor y traductor Darío Xoán Cabana. El libro nació también en un tiempo en que yo escribía en gallego y buscaba mi propia lengua y un estilo, un modelo personal y léxico de expresión. El libro ha cambiado poco: he rebajado barroquismo, he eliminado acciones morosas y todo fluye de prisa. Y creo que tiene bastante más humor.

-El mundo de La leyenda de la ciudad sumergida es un mundo repleto de magia, de seres fantásticos. Tiene mucho que ver con el mundo céltico y gallego, con autores como Cunqueiro, el mundo de los bosques de Fernández Flórez.

Sin duda, son dos escritores que me han marcado mucho. Como también fue capital para mí Rafael Dieste y libros como ‘Historias e invenciones de Félix Muriel’ y ‘Dos arquivos do trasno’ (De los archivos del trasgo), y Ánxel Fole y su universo de fábulas, noches y lobos. Y fue muy importante recordar mi propia infancia: allí estaba todo. Incluso lo inverosímil. La imaginación en su estado más deslumbrante.

-Baladouro y alrededores es una zona llena de sabios locales, de escritores e historiadores, que recopilan secretos, viejas historias. Es un libro de aventuras, pero también es un libro de bibliotecas.

Sin duda. Algunos de los sabios que aparecen existen o existieron. Tengo muchos amigos botánicos o naturalistas y trabajan un poco así, ahora con las cámaras de vídeo de fotos o con los móviles. García Buño existió, lo conocí y tenía tantos hijos como aquí se dice. Y recogía historias, leyendas, fragmentos de fábulas. La biblioteca la he situado en un lugar donde yo estudié de niño, desde los cinco años: el palacio de Mosende en Preguín. Me sigue resultando un lugar romántico, evocador, lleno de sueños, de historias, de personajes, de libros.

-Se cuentan muchas historias en el libro: hay muchos relatos intercalados en la trama principal. ¿Por qué las incluye?

Todas tienen un poco que ver con la trama principal. El cuento ‘Ornia’ casi contiene la maldición que pesa sobre Baladouro, o al menos la sugiere, y el cuento de ‘Ys’ es un intento de fijar el foco de atención en una de las ciudades más misteriosas y legendarias que existen o existieron y que cantó incluso Alan Stivell.

-¿Por qué decidió añadir ese glosario de personajes? ¿Qué son exactamente los nubeiros?

En realidad no es un glosario. Es un bestiario propiamente. No están todos los personajes del libro, solo lo los animales, que son determinantes en la acción y en la resolución del conflicto. Los nubeiros son, según la mitología gallega, unas criaturas que gobiernan las lluvias, los vendavales y las nubes. Al parecer les encantaban los zapatos nuevos, sin estrenar, y los cuentos. Aunque esto no sé si lo he leído o me lo he inventado. El Nubeiro es, aquí, un personaje capital y, en el fondo, simpático, entrañable, casi el receptor universal de las historias.

-Este es un libro que recuerda por momentos a obras como La princesa prometida y a textos de Italo Calvino. Tiene al menos dos lecturas. Se puede leer como un relato para jóvenes, pero también hay un tono irónico, espíritu lúdico y guiños literarios. ¿Era algo buscado? ¿Qué importancia tenía el humor?

Sin duda. Detrás hay una amplia tradición. Lo que dice es cierto, me gusta mucho Italo Calvino, pero también andan por ahí Borges con su ‘Manual de zoología fantástica’, Michael Ende con ‘La historia interminable’, que tanto me impresionó en mi primera juventud, Joan Perucho, con su gusto por los bestiarios. Y se le invita al lector a meterse, casi sin que se dé cuenta, por esos laberintos de la imaginación y de la literatura. El humor es capital: es un humor más bien líquido, a veces raya la melancolía, a veces el puro desternillamiento, y siempre es sutil. Invitar sonreír o a alguna que otra suave carcajada.

-¿Cómo se relaciona este libro con su literatura “para adultos”? ¿Escribe los dos géneros de manera distinta?

Hay muchas claves de mis libros para adultos. La relación con el lenguaje, los nombres, las atmósferas, la imprecisa frontera y de lo real y lo soñado, la pasión por contar y contar y oír y oír hasta el fin de los tiempos. Cuando escribes para jóvenes intentas eliminar complejidad y crear climas de sugerencia, de interés, de acción. Y creo que hay bastante de eso. Hay magia, esoterismo, naturaleza subyugante, criaturas del trasmundo, poesía y una curiosa relación entre el hombre y los animales.

-“Ante todo, sé valiente y no te pasará nada”, se dice en el libro. El temor y la valentía, como en ‘El niño, el viento y el miedo’ (Nalvay, 2013. Ilustraciones de Javier Hernández), también están presentes en el aprendizaje de Esteban.

-Por lo regular siempre estamos llenos de miedo incluso cuando parece que no lo tenemos. La valentía, el deseo de aventura, la honestidad del héroe, abren puertas al conocimiento, a la fantasía, al viaje, al sueño. La determinación es un recurso o un atributo para casi todo. Me gusta decir que el miedo es necesario para crecer. Quizá sea un poco exagerado, pero yo tuve, he tenido y tengo miedo a diario, y a veces me inflamo de arrojo, como si le construyese un disfraz, y trato de olvidarme de él.

-La amenaza (a veces consumada) de la inundación es algo que ha ocurrido en lugares de Aragón. Es una coincidencia llamativa en un libro que parece tener un imaginario gallego. ¿Hay más conexiones?

Supongo que alguna más habrá. En Aragón hay muchos lugares inundados, de los que se ha escrito: Santolea, La Tranquera en Nuévalos, diversos lugares del Pirineo, etc. Por haber, por aquellos de las conexiones, incluso hay un dragón. No es el de San Jorge pero tiene su fiereza y exige ser vencido. En otro de mis libros, Los seres imposibles (Destino, 1998), hay un niño cuyo pelo se convierte en oro y algo semejante sucede aquí.

-¿Cree que habrá más aventuras de Esteban?

La verdad es que no me lo había planteado. Pero podría haberlas. El personaje se las merecería. Yo creo que es estupendo: crea empatía con el autor y tiene un impulso de autenticidad y de coraje.

-¿Qué significa para usted trabajar con Javier Hernández?

Un placer. Estoy encantado. ‘El niño, el viento y el miedo’ fue una experiencia deliciosa. Él es un gran artista. Posee personalidad, un mundo, una forma de trabajar. No solo es ilustrador sino que también es cuentacuentos y escribe e ilustra sus propios relatos. Con él me siento cómodo. Ahí sí creo que puedo decir que habrá más aventuras... Si todo va como imaginamos, haremos alguna historia más juntos.

 

*Una foto de Rogelio Allepuz de Antón Castro, de la época en que escribió la versión gallega de ’A lenda da cidade asolagada’ (Xerais).

DE 'CULPABLE PARA UN DELITO'

UNA ZARAGOZA CON METRO Y PUERTO DE MAR

 

Historia de la película ‘Culpable para un delito’ de José Antonio Duce

 

Por Pedro Zapater. Heraldo.es

 

ProyectAragón ofrece este domingo la oportunidad de volver a los bajos fondos de la capital aragonesa, recorrer la zona portuaria, o coger el metro, tal y como planteaba el filme ‘Culpable para un delito’, dirigido por José Antonio Duce en 1966 y estrenado en el cine Coliseo de Zaragoza el 10 de abril de 1967. La película se proyecta este domingo a las 19.30 en la Sala Cai Luzán (Independencia, 10) dentro de las sesiones del ciclo ’Zaragoza, territorio de cine’, y contará con un coloquio en el que intervendrán los historiadores de cine Luis Antonio Alarcón y Francisco Javier Lázaro.


’Culpable para un delito’ fue uno de los mayores éxitos de la productora zaragozana Moncayo Films, primer intento serio de crear una industria cinematográfica en Aragón. En aquella aventura estuvieron, junto a José Antonio Duce: Emilio Alfaro, Julián Muro, José Luis Pomarón y Víctor Monreal. También se unieron a Moncayo Films, Jesús Casamián, Pedro Fernández Boado, José Otal, Epi Muro, Manuel Serrano y José Antonio Aznar. El crítico Manuel Rotellar no llegó a pertenecer a la productora aunque estuvo muy vinculado a ella como amigo y asesor.

Los orígenes de la productora zaragozana se fraguaron en los despachos de Radio Zaragoza gracias a Julián Muro Emilio Alfaro, que lograron reunir a Duce, Pomarón Monreal para concentrar su talento y cimentar una industria cinematográfica en Aragón que se mantendría durante una década, y en la que se produjeron 10 filmes (seis cortometrajes y cuatro largos).

Fernando Sancho no fue el culpable

El rodaje de ’Culpable para un delito’ fue todo un acontecimiento en la capital aragonesa. Comenzó en enero de 1966 y contó con un equipo técnico íntegramente aragonés. En el reparto también figuraban nombres de la escena cultural aragonesa como Pedro Avellaned, Manuel Labordeta, Ignacio Moreno o Pilar Delgado, entre otros. En los días previos al rodaje se publicaron anuncios en HERALDO en los que se solicitaban extras para participar en una película que un principio iba a protagonizar el actor zaragozano Fernando Sancho. Sancho no pudo compaginar las fechas debido a otros compromisos cinematográficos y, finalmente, Hans Meyer ocupó su lugar.


Uno de los reclamos de la cinta era, sin duda, Hans Meyer, un actor sudafricano de origen alemán muy conocido en la época por los anuncios de Terry, en los que aparecía bebiendo coñac y diciendo: “Terry me va”, junto a una bella modelo, Christa Päffgen, más conocida como Nico, la musa de The Velvet Underground. 

Para Hans Meyer, o ’Míster Coñac’, como se le conocía popularmente, el papel de Martín Baumer en ’Culpable para un delito’ supuso el despegue de su carrera como actor tras realizar pequeños papeles en películas francesas como ’El presidente’, de Henri Verneuil, o ’Pierrot, le fou’, de Jean-Luc Godard. Con más de 100 apariciones en cine y televisión, su carrera cinematográfica continúa hasta hoy.

 

Zaragoza, una jungla de asfalto

Junto a Meyer figuraban en el reparto tres bellas actrices: Yelena Samarina Perla Cristal, como ’femmes fatales’; y Dina Loy, en el papel de Mónica. El filme centra su argumento en las bases del cine negro norteamericano y el film noir francés, mediante la trama del falso culpable, empleada por Hitchock en filmes como ‘Con la muerte en los talones’ o ’39 escalones’, en la que un hombre acusado de asesinato deberá probar su inocencia. La película mantiene la tensión de principio a fin, pese a que las críticas de la época acusaban un ritmo decreciente en la segunda mitad del filme. Sin embargo la cinta se vendió para su exhibición comercial en EE. UU. y tuvo un notable éxito de crítica en el país norteamericano.

Con una serie de planos picados y una estética cercana al documental en algunos momentos, la película logra crear el ambiente de un thriller policiaco cuya acción transcurre en una inhóspita metrópoli. En una ficticia ciudad marítima y portuaria, con su barrio chino y conectada por metro, en la que se pueden adivinar varias localizaciones zaragozanas como la Confederación Hidrográfica del Ebro (como comisaría de Policía), la plaza del Pilar, el Ayuntamiento de Zaragoza, el puente de Hierro, la antigua Facultad de Letras en la plaza de la Magdalena, la iglesia de Nuestra Señora del Carmen, el Centro Cívico Delicias, la avenida de Navarra, el paseo de la Independencia, la iglesia de San Antonio de Padua, el paseo Cuellar y el parque de Pignatelli, el paso subterráneo de la avenida de Madrid (donde se ubica el metro), la fábrica de Chocolates Orús, la desaparecida estación de Campo Sepulcro, el Museo Provincial, el hotel El Cisne de la carretera de Madrid, la sala Oasis, la plaza Ecce Homo, una cafetería situada en elPasaje Palafox o el Club Náutico, son algunas de ellas.

En los días previos al estreno del filme se convocó un concurso anunciado en medios de comunicación en el que se ofrecían 10.000 pesetas al espectador que más localizaciones lograse descubrir al ver la película. Hubo varios máximos acertantes y se procedió a un sorteo para designar al ganador en un acto en el teatro Argensola donde, según contaba HERALDO el 12 de noviembre de 1967, “Como sorpresa final, la productora Moncayo Films reserva la presencia de Zori, Santos y Codeso con las primerísimas vedettes Anne Marie Roser y Milagros Ponty para que sean ellos los que hagan entrega del premio”.

 

Un estreno accidentado

El cine Coliseo fue la sala elegida para el estreno de ’Culpable para un delito’ aquel 10 de abril de 1967, una ’premiere’ que contaría con la presencia de su protagonista Hans Meyer. Sin embargo, una fatalidad impidió su presencia en Zaragoza para ese día: al salir en coche de París, donde se encontraba por trabajo, sufrió un grave accidente de tráfico a 30 kilómetros de la capital gala. Su vehículo derrapó en el hielo y dio cuatro vueltas de campana. Meyer sufrió varias heridas y tuvo que ser operado. Su estado era grave y por momentos se llegó a temer lo peor. Como consecuencia de los golpes se fracturó el hueso malar y todos los huesos de la nariz.

El médico le prohibió que emprendiera viaje pero doce días después Meyer se dirigía a Zaragoza. En las oficinas de Moncayo Films se recibió un telegrama: “No estoy muerto. Stop. Llegaré mañana. Stop. Estropeado, pero llegaré. Stop. Abrazos, Hans”. En una entrevista publicada el día 21 de noviembre de 1967 confesaba: “El día del accidente iba vestido como en la película. Quise presentarme en Zaragoza vestido de Martín Baumer pero...”

’Culpable para un delito’ fue uno de los filmes más exitosos de la productora. Sin embargo, los días de Moncayo Films estaban contados debido a tres factores determinantes: la muerte repentina de Víctor Monreal en un accidente de tráfico en Tarragona (tenía 28 años) afectó mucho al grupo y cada miembro emprendió caminos diferentes. Por otra parte, la ley de Fraga de 1967 que suprimía las subvenciones estatales al cine impedía contar con garantías de futuro. Algunos de sus miembros dependían de otros trabajos para subsistir y decidieron volver a ellos para salir adelante. Lo más significativo de todo es que Moncayo Films nunca contó con el respaldo de instituciones aragonesas, ni de exhibidoras, prensa o radio. No tuvieron ayuda de nadie y ese fracaso moral acabó por ahogar las aspiraciones de la productora aragonesa más importante de la historia del cine en Aragón.

 

*Este texto aparece hoy en Heraldo.es. Y es de Pedro Zapater.

UN CUENTO DE VICTORIA TRIGO

UN CUENTO DE VICTORIA TRIGO

Primer Premio.- CONCURSO DE RELATOS "FERIA DEL LIBRO ARAGONÉS” 

Por VICTORIA TRIGO BELLO



[Siempre hay un tren

que une carril y traviesa,

una locomotora que grita,

una estación que espera.]



Eran amables mis veranos en la casilla, veranos de moras y meriendas de pan con aceite. Era amable la infancia estival a pie de vía, con los trenes como péndulos marcando el paso de un tiempo que se me antojaba interminable. Era amable el transcurrir de la vida cuando todo estaba por llegar. Era amable corresponder al saludo de algún viajero que nos mostraba la sonrisa y la mano por la ventanilla. Era amable recoger briquetas de carbón para alimentar la cocina como si fuese una locomotora que no quiso crecer.

Yo era el ayudante de mi abuelo y juntos bajábamos y levantábamos las barreras del paso a nivel. Venía un carro. Venía la cabañera con su lluvia de esquilas. Venía alguna moto. Venían unos braceros. Cuando nos tocaba expedición –una tarea que se inventó mi abuelo para que me sintiera un aventurero-, recorríamos los túneles sin linterna, rozando la pared con un palo. Una vez, por un cambio de horarios que nadie comunicó, nos sorprendió un tren. Primero percibimos un sonido indefinido, algo parecido a un lamento prolongado que salía de lo más hondo de la montaña. Pero aquel trueno casi telúrico enseguida se concretó en el foco rugiente que horadaba la oscuridad y abría paso a un ejército de hierro. Entonces, el brazo de mi abuelo casi aplastándome contra el muro fue la trinchera que me protegió de aquel gigante que tenía las mandíbulas de acero.

Aquello fue un susto leve de carbonilla, porque todo estaba bien en verano, incluso empacharse de higos y mojarse pies y alpargatas en el agua rebosante del lavadero de mis barcos de periódico. El verano sabía a concierto de grillos, a luciérnaga en el seto, a renacuajo en la charca. En cambio, los inviernos eran la ventana cerrada, la escarcha en los árboles y en el camino. Los inviernos eran los meses de la resignación, la penumbra de añadir tocino a las judías, de tejer y zurcir en la cadiera. Los inviernos eran la ausencia profunda de quien no regresa, la dentellada de los sabañones, los carriles sepultados en nieve. Los trenes lo sabían. Lo sabían en aquel tránsito cansino y triste de dos máquinas arrastrando una condena, mordiendo metro a metro desde Jaca el áspero desnivel hasta Canfranc.

Pero en la casilla únicamente fui niño de vacaciones escolares. Los inviernos ferroviarios sólo salpicaban mi casa en Zaragoza templados en alguna carta. A excepción de las travesías por los túneles, mis vivencias junto a la vía fueron de sol, tragos del botijo, cepos para ratones y rodillas con rasguños. A comienzos de julio, subía en el Canfranero con unos parientes que iban a Villanúa. Mi abuelo me esperaba en el apeadero de Castiello y desde allí, como prólogo a una estancia memorable, me llevaba en bicicleta a aquella Arcadia donde mi abuela me abrazaba con su amor de delantal y jabón casero y se sorprendía al ver que había pegado otro estirón. Ese día aquello se llenaba de hombres de barba mal afeitada y mujeres con mejillas enjutas que venían a darme más besos de los que yo devolvía. Con algunos me unían lazos de sangre. Otros eran amigos y conocidos de mis abuelos y, por supuesto, también estaban relacionados con la línea férrea, porque el tren era un cordel que vinculaba a todos de una manera o de otra.

Nunca me aburrió ser testigo de aquel trasiego de toneladas pasando ante la casilla. El correo de subida. Un mercancías de bajada. El ligero de la tarde. Desde mi cama escuchaba al tempranero que pitaba con gemido de alma en pena. Entonces escondía la cabeza bajo la manta como si temiera que aquel dragón me descubriera, como alguna pesadilla me contaba que había pasado con el tío Celso. A ese tío Celso del retrato que besaba mi abuela cada noche al acostarme, se lo llevó un tren al amanecer.

De la historia del tío Celso se hablaba poco y en voz baja. En aquella década de los cincuenta yo miraba con pupilas de niño preguntón a ese joven fotografiado con americana y corbata en un estudio de Jaca y que había escrito con buena letra en una esquina: Con afecto para mis padres y hermano. Celso. Septiembre de 1940. Veinticinco años recién cumplidos, suspiraba mi abuela. Un mes más tarde, llegó un aviso para que se presentara en el cuartel de Jaca a rellenar unos documentos. Y no fue. Su mejor amigo acudió y sin mediar palabra lo metieron en una camioneta y lo fusilaron en Rapitán.

Con el tiempo, enlazando suspiros, supe que el tío Celso era muy listo y trabajador. Iba a casarse con una chica de Cenarbe, aunque en casa de ella no aceptaran el noviazgo. La guerra había terminado, pero la paz tardaba en llegar. El padre de la novia fue malmetiendo como una cangrena. Estaba muy bien relacionado y pronto encontró una voluntad a la que comprar. En el lote de la recompensa iba la mano de su hija.

Siempre me dijeron que yo era igual que mi tío. La misma frente, la misma imaginación, la misma tozudez. Él hubiera sido mi padrino. Yo nací una semana después de aquello. Aquello era lo que se contaba sin palabras. Aquello era un tren nocturno que subía conducido por un maquinista chivato que, como último favor a mi tío –quizás para apaciguar su remordimiento de delator-, aceptó la petición del maltrecho Comité Ferroviario del que ambos formaron parte, de reducir la velocidad al pasar por la casilla. Aquello era un joven con un macuto viejo subiéndose al último vagón. Aquello era un echarse al monte, un salvar la vida y perderla para siempre. Lo demás fue una alcoba vacía, el abuelo quemando papeles, mi abuela rezando. Lo demás fue la Guardia Civil registrando cajones. Lo demás fue un telegrama en casa de mis padres. Lo demás fue el silencio.

Luego llegarían los rumores. Que si lo habían visto por Francia, que si un pasaje a Argentina con otro nombre. Un pastor trajo noticias también difusas. Que si unos disparos por puerto, que si una batida de cazadores –cazadores o lo que fueran…-, que si un cuerpo que podría ser el de mi tío. Lo único cierto, según siguieron pasando trenes y calendarios, es que el tío Celso pasó a un estado que no era ni de vivo ni de muerto. El tío Celso se había convertido en una silla interrogante, un acordeón mudo en una estantería. El tío Celso era un furgón gris que se disolvía en la niebla.

Pero yo, que a mis doce años fui consciente de la amargura de aquella historia más callada que contada, anímicamente iba en búsqueda de mi tío recitando para mis adentros estos versos suyos que encontré en una cuartilla que mi abuela leía sin saber leer y que guardaba entre paños y membrillos:

Siempre hay un tren

al final del túnel,

siempre

un ojo de luz

que vigila,

una voz negra

que alienta

Seguramente eso era el comienzo de un poema que quedó incompleto, truncado como la vida de su autor. Desde entonces, recorrer los túneles con mi abuelo cobró un sentido metafísico, de una trascendencia mucho mayor que un devaneo infantil con el miedo. Recorrer aquella negrura tan opaca, sin otra guía que un palo rozando la pared, era encontrar al tío Celso aguardándonos a la salida con una gorra de ferroviario y un banderín enrollado. Porque mi tío no se hubiera limitado a ser mozo o guardabarreras. Él habría llegado a Jefe de Estación, quizás jefe de todos los jefes de estación.

El abuelo le pidió mil veces que dejara de asistir a reuniones, sobre todo cuando finalizó la contienda. Mira Celso, que estos no se conforman con haber ganado. Mira Celso, que estos quieren que los perdedores no levantemos cabeza. Mira Celso, que podrías marcharte a Zaragoza, quedarte en casa de tu hermano hasta que les nazca el crío, buscarte un trabajo, otra novia y vivir allí con tranquilidad. Pero aquel muchacho nunca renunció a sus convicciones. Mi abuela, cada vez que mi tío llegaba de madrugada andando por la vía, encendía el candil envuelta en un chal y únicamente le preguntaba si iba a cenar. De sobras sabía ella de dónde venía y con quiénes había estado. La voz de su hijo sonaba muy negra cuando le contestaba que se volviera a la cama, que él mismo se serviría un poco de leche y que ya querrían otros compañeros poder dormirse con algo caliente en el estómago. 

Pocos meses después ocurrió aquello. Aquello que siguió ocurriendo todos los días. Aquello que se mitigaba con la esperanza febril de mis abuelos de que si un tren de subida se llevó a mi tío Celso, otro de bajada lo devolvería. Pero la realidad cada vez copaba más el espacio de la fantasía. Cuando en 1970 la línea del Canfranc dejó de ser internacional, se esfumó ese sueño de un hombre apeándose del tren en una escena de final con abrazos y lágrimas de felicidad. Estanguet era una palabra fea, un lodazal en el que naufragó el ferrocarril. A partir de aquel suceso, mi abuela comenzó a encorvarse hasta casi formar un ángulo recto, convirtiéndose en paja tarde a tarde junto a la vía, mirando con sus últimas luces ese cauce de hierro por el que cada vez pasaban menos trenes. Se durmió a pocos metros de esos mismos carriles por los que se alejó el tío Celso, el de la fotografía que temblaba en sus manos gélidas de venas y huesos. Dos años después, en 1976 viviendo ya en Arañones y con la viudedad tirando de sus bronquios para reunirlo con su esposa, falleció mi abuelo mientras daba un paseo por la estación. Lo encontraron junto al queso de un cambio de agujas que yacía próximo a unos vagones retirados del tráfico.

Quizás algún día un niño recorra de nuevo los túneles rozando la pared como un palo. Quizás algún día un convoy atraviese el Somport desde Francia y en él venga mi tío Celso para atender el paso a nivel y retejar la casilla. Ya no podré acudir a recogerle, pero me gustaría que un nieto le enseñara aquel poema que él comenzó y que yo continué para que se perpetúe con otros versos generacionales que, en voz bien alta, renueven la historia del tren que se fue y tiene que volver.

Siempre hay un tren

que olvidó

marcharse,

un eco de hierro,

un farol de sangre

que sólo sabe

regresar

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