Blogia

Antón Castro

DANIEL GASCÓN EN TIPOS INFAMES

DANIEL GASCÓN EN TIPOS INFAMES

DANIEL GASCÓN PRESENTA 'ENTRESUELO' EN TIPOS INFAMES, MADRID

 

[Foto de Daniel Mordzinski realizada en México.] Esta tarde, a las 20.00 en la librería Tipos Infames de Madrid, (calle San Joaquín, 3, en el barrio Malasaña, antiguo barrio Maravillas) Daniel Gascón presentará su novela ‘Entresuelo’, que ha publicado el sello Mondadori. Lo acompañará el realizador y guionista Jonás Trueba.


“Honesto, humilde, cercano. Maravilloso paseo por la vida” ha escrito en el muro de su Facebook Elena Ramírez, editora de Seix Barral. Daniel, en este libro fronterizo, híbrido en su estilo, de capítulos cortos y una suerte de apoteosis final en esa cena familiar de casi una veintena de personas, cuenta la historia de su abuelo Leoncio Gascón (mi suegro), masovero, listero de mina y cajero de SPAR, romancero y fabulador constante; cuenta la historia de su familia, con su esposa Isabel Brumós a la cabeza, y cuenta cómo vivió en el Entresuelo familiar, cómo descubrió las palabras, la memoria ajena, los recuerdos, las ficciones, un sinfín de parientes que iban y venían como espectros y aparecidos, y por contar también se cuenta a sí mismo y algunos amores posibles e imposibles que pasaron por su vida o por su imaginación.

MARÍA ZAMBRANO Y GREGORIO DEL CAMPO: AMOR Y MUERTE

 

LITERATURA. Gregorio del Campo (Ambel, 1901-Pamplona, 1936) fue el amor silenciado de la pensadora. Fueron amantes durante ocho años, tuvieron un hijo, y él, leal a la causa republicana, fue fusilado. Su sobrina Maite Villa del Campo reconstruye la dramática historia familiar

 

Zambrano y su novio de Ambel

 

Gregorio del Campo Mendoza (Ambel, Zaragoza, 1901- Pamplona, 1936) ha sido el amor secreto de María Zambrano (1904-1991), la mujer que aunó poesía y filosofía y que se hizo acreedora al Premio Cervantes de 1988. Gracias a su familia, con Maite Villa del Campo a la cabeza y su hermana Gloria, la poeta Marifé Santiago Bolaños prologó y editó una auténtica primicia: 'Cartas inéditas (a Gregorio del Campo )' de María Zambrano , que publicó hace pocas semanas el sello orensano Linteo.

 

María y Gregorio se conocieron en Segovia y fueron novios desde 1920 hasta 1928. Ella jamás había hablado de esta relación que le marcó con intensidad: en esa correspondencia narra el torbellino de la pasión, el amor y las discusiones, los sueños y los desengaños, con otra novedad inesperada: María y Gregorio del Campo fueron padres de un niño que se murió a las pocas semanas.

 

El hijo del fundidor de campanas

 

Pero, ¿quién fue Gregorio del Campo , en realidad? Para contestar esta pregunta es decisiva la colaboración de Maite Villa del Campo , sobrina del ingeniero y militar que ingresó muy joven en la Academia de Artillería, que vive entre Galicia y Ambel. Esta fascinante historia empieza con nombres propios: Pablo del Campo , que era fundidor de campanas de origen cántabro, «un gran artesano que consiguió contratos en distintos lugares de Aragón, en Soria, en Cataluña». El otro nombre decisivo es Fernanda Mendoza, hija de agricultores de Ambel.

 

Pablo y Fernanda se conocieron probablemente en Magallón y se casaron en 1898 en Ambel, de donde era ella. En 1901 nació su primer hijo, Gregorio ; la leyenda familiar constata que empezó a andar durante unos trabajos en el monasterio de Montserrat. Pablo y Fernanda tendrían cinco hijos: el primogénito; Gloria, que «se implicó en la lucha política, fue detenida en 1934, durante la Revolución de Octubre, y sería fusilada en Torrero, a comienzos de la Guerra Civil»; José, que fue leal a la II República y que «murió en Guernica en ominosas circunstancias en abril de 1939»; Visitación, la madre de Maite y Gloria, y Mario, que pudo salir de España con los soldados republicanos y vivió en Toulouse.

 

Gregorio destacó muy pronto en el colegio. Era un zagal activo e inteligente, al que le apasionaba la naturaleza y la lectura; tenía vocación literaria y hacía dibujos de muebles y de caras. Era tan brillante en clase que el profesor llamó a su padre y le dijo que lo sacase de allí, que con él ya no podía aprender más. «Resulta extraño o chocante que lo mandase a la Academia General Militar. Pero así fue. Mi madre, Visitación, siempre me decía: 'Para mí era un auténtico ídolo. Creo que hasta lo idealizaba un poco'. Era elegante, poseía buen corazón y siempre estaba dispuesto a dar un consejo. Una familia como la nuestra no pasaba inadvertida en un mundo de nobleza y terratenientes. Mi abuelo decía que había ganado más dinero que un torero. Jamás reveló el secreto de su ciencia».

 

Gregorio se marchó primero a Zaragoza. Luego lo hizo Gloria, que quiso estudiar magisterio y se matriculó en la Academia Künhel, para cursar mecanografía; José quiso estudiar algo pero se vinculó a la tierra y se quedó con su padre. Mario optó a varias oposiciones. Hubo un momento en que los hermanos mayores vivían todos en Zaragoza con su madre; a lo largo de los años residirían en Madre Sacramento, en General Mayandía y en la calle Campoamor.

 

Al poco tiempo de estar en Zaragoza, hacia 1918 o 1919, Gregorio del Campo Mendoza se trasladó a la Academia de Artillería de Segovia. ¿Cómo conoció a María ? Maite no lo sabe con certeza, pero se atreve a lanzar una hipótesis. «Eran los tiempos en que Antonio Machado daba clases en Segovia y Blas Zambrano , padre de María y de Araceli, organizaba tertulias y era un gran pedagogo. Sospecho que Gregorio debió ir a ellas y que se conocieron así».

 

El militar y la joven pensadora, de apenas dieciesete años, se enamoran. Se desean. Se echan de menos. Se reprochan instantes de frialdad y de ausencia, y a través de la correspondencia vemos cómo maduran ambos. Vemos cómo crece como intelectual y como mujer María Zambrano . «Es una lástima que no tengamos las cartas de mi tío. En una carta a su madre, muchos años después, desde San Sebastián, le dice que 'mi alma no entiende de egoísmos'. Él se va la guerra de África, se escriben, vuelve, tienen un hijo, le buscan una nodriza y lo registran con su nombre y apellidos».

 

El grado de intimidad entre los dos jóvenes era inequívoco, hasta el punto de que María le escribía a su futura suegra e incluso lo hizo alguna vez su hermana Araceli. Dice Maite Villa del Campo : «Mi madre siempre me dijo que mi abuela le mandó un jamón en una ocasión y otra vez, como cosía y bordaba muy bien, le hizo una prenda para dormir, un 'buenas noches' que guardó muchos años en una bolsita». Maite recuerda que en Ambel había un vecino que conoció a María Zambrano por aquellos días y que solía decir: «Yo conocí a la Zambrano . ¡Y qué mujer, qué mujer!».

 

Del noviazgo al drama

 

Gregorio del Campo y María Zambrano rompieron su noviazgo hacia 1928. Luego él estuvo en distintos sitios: en San Sebastián celebró la llegada de la República; de ahí se trasladó a Mahón, donde se casó con María del Carmen Fernández Moysi, que le daría una hija en 1934, y posteriormente se trasladaría a Zaragoza.

 

Aquí iba mucho al cine, leía, se sacó el carné de socio del Real Zaragoza y del Casino Mercantil. Se instaló con su familia en la calle General Mayandía y tenía su puesto, de capitán, en el Cuartel General Palafox. Allí lo fueron a buscar el 19 de julio de 1936, a él y a cuatro oficiales leales al gobierno constitucional, los llevaron al fuerte de San Cristóbal de Pamplona y les aplicaron la ley de fugas. Los ejecutaron el 6 de septiembre de ese mismo año. Su cuerpo sigue en paradero desconocido. Su mujer y su hija habían partido a París. Ocho días después, María Zambrano se casaba con Alfonso Rodríguez Aldave. El 6 de diciembre su hermana Gloria correría la misma suerte: sería ejecutada en Torrero.

 

Una última revelación de Maite Villa del Campo . «Nunca he tenido coraje para leer esas cartas. Ni siquiera lo he hecho ahora. Era algo muy íntimo. Muy personal». Desde luego. María solía usar el diminutivo ico para dirigirse a su amor: le llamaba morronguico, majico, nenico mío. Vidica mía.

 

*Este artículo lo publiqué en Heraldo de Aragón.

DIÁLOGO CON PÉREZ ZÚÑIGA

DIÁLOGO CON PÉREZ ZÚÑIGA

 

LITERATURA. Ernesto Pérez Zúñiga. El escritor madrileño ganó el Premio Torrente Ballester con ‘La fuga del maestro Tartini’ (Alianza), una novela de espadas, amor, demonios y música.

 

La belleza es lo único capaz de anular el tiempo”

Al escribir de Tartini, viví dos vidas y dos siglos”

 



Ernesto Pérez Zúñiga (Madrid, 1971) es poeta y narrador. Trabaja en el Instituto Cervantes en Madrid. Un día, mientras estudiaba las relaciones entre música y literatura fantástica, oyó la ‘Sonata del diablo’ de Giusseppe Tartini (1692-1770). Allí empezó una búsqueda que le ha llevado a la redacción de ‘La fuga del maestro Tartini’ (Alianza Editorial), que mereció el Premio Torrente Ballester de 2012. Pérez Zúñiga presentó su novela en Cálamo.

-¿Qué es lo que te llevó a Giuseppe Tartini?

Primero fue Madam Blavastky, hace 15 años, a través de un relato llamado El alma de un violín, donde recoge algunas historias que inspiraron parte de esta novela. Por otro lado, siempre me ha interesado el mito de Fausto, quizá uno de mis arquetipos favoritos: la necesidad de conocerlo y vivirlo todo. Hace ocho años estaba recogiendo en un ensayito las relaciones entre música y literatura fantástica y entonces escuché la Sonata del diablo de Tartini. Me impresionó, se me quedó dentro. Quise escuchar el resto de su música, las pocas grabaciones que existían entonces. Su música me llevó a perseguir a un músico con una biografía casi secreta, que había sido maestro con la espada antes de serlo con el violón, con parecida destreza en la misma muñeca: la muerte se convertía en creación, en belleza. Esa fue la clave. 

 

-¿Cómo definirías su música, sus constantes, su estética?

Mi Tartini es una invención basada en una existencia. La música del verdadero Tartini es prerromántica, apasionada, capaz de trasladar cualquier emoción, intimista, pero sublime. Trata de encontrar en ella los secretos de la naturaleza y de los afectos humanos. La de mi personaje, además, trata de enlazarse con el sentido de la vida y de la existencia. Que el mundo, el visible y el invisible, suene a través de sus cuerdas. Aquí está también su lado fáustico: la ambición por componer la música más bella posible, superando todos los artificios, buscando el corazón de la autenticidad; y a la vez la certeza final de saber que lo más lejano estaba en lo más cercano. 

 

-Creo que ha sido un proceso de documentación tan prolijo como fascinante, con muchos viajes a Italia y a librerías de viejo. ¿Qué encontraste de este personaje tan enigmático?

Lo mejor de los viajes, y de todas las búsquedas fue ir convirtiéndome en él. Había tan pocas publicaciones y documentos, y yo preguntaba tanto a tanta gente y en tantos sitios, que acababa pr sentirme una especie de delegado suyo, un alias, un doble, un encarnado... El proceso de identificación se iba intensificando, hasta el punto de me sentía él, ya aprendida su música de memoria, pisando los mismos trayectos que él recorría. Al final descubrí una serie de hitos fascinantes: fugas, provocaciones, encierros en conventos, búsquedas, renuncias, amigos, amores, músicos, admiradores, bastardos, etc. Todo ello está en esta novela, como los picos que vemos en las montañas. Lo demás, la montaña completa, es invención. Otra cosa importante: del pasado solo me interesaba lo que sigue vivo en nuestro presente. 

 

-La novela tiene muchos poros o registros. Por ejemplo, el autor emprende un viaje, mental, a su infancia. ¿Qué buscabas ahí, qué elementos le marcarán decisivamente?

Tartini fue un músico tardío para cualquier época. Empezó a tocar con veinte años y se acabó convirtiendo en el llamado Maestro de las Naciones. En su infancia, tenía que estar una clave oculta: su atención por todos los sonidos. También el primer presentimiento de la figura sombría, ante la escultura de San Jorge y el Dragón. Y el origen de la rebeldía que le llevaría a enfrentarse o rechazar, a lo largo de su vida, las convenciones de su época, empezando por las que le marcaba su familia: aquí el aprendizaje de la esgrima es fundamental como vía de escape. Y los movimientos que aprende, adecuados a la personalidad de cada enemigo, luego los aplicará en la expresión de los afectos a través del violín.

 

-Luego está la pasión por la música. ¿Cómo se le reveló, por decirlo así, y con qué fuerza, con qué embrujo?

La música para él fue el descubrimiento de su verdadera identidad, una vez que huye de todo lo que le ata. Fue el primer desenmascaramiento de su yo falso, al que le irán sucediendo otros. Fu el primer encuentro con la parte sagrada e inconsciente de sí mismo, que de alguna manera le estaba esperando desde el pasado y que fluiría hasta este futuro. La música le dio la posibilidad de comunicarse con verdad y belleza consigo mismo y con el resto del mundo. Igual que el virtuosismo le llevó a los mejores auditorios de su época, su extremada sensibilidad y anhelo le sirvieron de vehículo espiritual para conectar con algo que nos une a todos. 

 

-El libro tiene otro registro fascinante: el componente fáustico, ella, Elisabetta y el diablo. ¿Qué hay ahí de realidad y de invención, y cómo te has planteado la historia de amor?

Elisabetta, la esposa de Tartini, existió. Casarse con ella en secreto y ser perseguido por ello, fue el desencadenante de que aquel fugitivo se convirtiera en músico. Se reencontraba con ella, y la volvía a abandonar. En la novela he buceado en esa relación, en los sentimientos de ella, una mujer humilde que se ve envuelta en situaciones terribles muy difíciles de controlar: el sueño del amor, de una posición, del abandono: una mujer bella y deseada por otros. Amor, poder, obligación, convivencia forzada, libertad, reconciliación, entrega. Tartini tarta de disculparse con ella una vez que ella ha muerto, pero hay cosas que no le perdona. El diablo tampoco. Para el diablo sui generis de la novela, Elisabetta es una debilidad de Tartini, que solo le estorba. Por eso, él le facilita encuentros con otras mujeres. Por cierto, Catina, la posadera con la que tiene un hijo bastardo, también es real. 

 

-¿Qué le debe esta novela a Marlowe, a Goethe y a Thomas Mann, por ejemplo?

Mucho. Incluye a los principales Faustos literarios, todos los que nombras, versiones medievales, también el maestro de Bulgakov. Están integrados, y hay guiños a la mayoría de ellos. Creo que la principal diferencia es que el diablo de Tartini es un demonio interior, no externo y menos evidente. Y, sin embargo, es una voz propia, que complementa la de Tartini y nos cuenta lo que él no puede conocer. Además, no le interesa conseguir su alma en el sentido tradicional: sino que Tartini se encuentre con su alma, con el alma de músico. Lo que le revienta es todo lo que le aleja de su autenticidad. Porque está enamorado de la belleza de su música, previamente. Aquí hay un juego temporal importante, porque es una voz que viaja en el tiempo, tratando de anular las diferencias entre pasado y futuro: la belleza es lo único capaz de anular el tiempo, y también de fundir el bien y el mal. 

-¿Qué supone el violín en su vida y en su música? ¿Por qué, por decirlo así, lo conduce hacia un laberinto de sombra?

El violín es el camino hacia la autenticidad de su arte, pero a veces las decisiones que toma en su vida no le acompañan. Cada vez que se deja llevar por otras razones (personas, pasiones, debilidades), el violín le conduce hacia la sombra, hacia la enfermedad, hacia la locura. Y el violín es un instrumento de una expresividad tal que es capaz de comunicar todo lo que se puede conseguir con la música: además, las cuerdas del violín están hechas por un material especial, que reúne lo mejor y lo peor: amor y materia finita. La búsqueda conduce al laberinto, y el laberinto al sentido.

 

-¿Qué te aportaron sus memorias?

Escribirlas en primera persona me permitió vivir su pasado y mi presente. Yo me había convertido en Tartini y al escribir sus memorias él se convirtió en mí. Le di mi manera de ser y él a mí la suya (la que yo encontraba en su música): preocupaciones, euforias, enfermedades, felicidad, amistad. Escribiendo esta novela, he vivido dos vidas, y dos siglos.

 

-En tu cabecita loca e inspirada, ¿cómo te has planteado la fusión de literatura y música? ¿En qué medida la literatura es música y viceversa?

Literatura y música están totalmente fundidas: en la estructura de fuga de la novela, construida con dos voces que juegan entre sí. Luego en la música de cada voz: una suena a sonata, clásica; y la otra, más vaguardista, suena más a jazz. Por otro lado, la búsqueda estética de Tartini en la música refleja la mía con la literatura y con la poesía: atrapar y expresar lo esquivo, lo no evidente, lo más auténtico y (esto no lo sabía al comenzar a escribir la novela) lo que a todos nos conecta.

 

-¿Qué ha supuesto para ti enfrentarte a una época como esta, a una novela que tiene lo suyo de aventura de capa y espada, y a un personaje escurridizo como Tartini?

Escribir esta novela me ha transformado, he jugado con muchos fantasmas, he encontrado sentidos que desconocía, se han abierto nuevas preguntas. El XVIII es un siglo muy parecido al nuestro, donde desaparecen las viejas certezas y existe una búsqueda de nuevas: lo viejo se está derrumbando mientras todavía no ha nacido del todo lo nuevo. Tartini lucha en ese cambio, como hacemos nosotros ahora. Porque esta novela sostiene que el pasado no existe si no nos incumbe, y que el futuro es la armonía o el caos que construimos entre todos.

 

*La foto es de José Miguel Marco.

 

 

MARÍA ZAMBRANO Y GREGORIO DEL CAMPO: SUS CARTAS, SU HIJO, SU AMOR

MARÍA ZAMBRANO Y GREGORIO DEL CAMPO: SUS CARTAS, SU HIJO, SU AMOR

Recuperan las cartas a Gregorio del Campo,

el amor aragonés de María Zambrano

 

Linteo publica el epistolario desconocido del militar de Ambel y la pensadora, que fueron novios siete años y tuvieron un hijo

 

Antón CASTRO / Zaragoza

María Zambrano (Vélez-Málga, 1904-Madrid, 1991) tuvo un amor aragonés, el ingeniero y militar Gregorio del Campo Manzano, nacido en Ambel (Zaragoza), y mantuvieron su relación entre 1921 y 1928. Se conocieron en Segovia y ella le escribió más de ochenta cartas que exploran los vaivenes del amor y del desamor, de los sueños y de la ausencia, de la espera y del deseo. La poeta y especialista en la pensadora malagueña Marifé Santiago acaba de publicar en Linteo ‘Cartas inéditas (a Gregorio del Campo)’, un epistolario que conservó la madre del joven alférez zaragozano, Fernanda, que luego cedió a su hija Visitación, y de ella pasó sus hijas Teresa y Gloria, que son quienes se las han mostrado y han permitido su publicación. Durante todos estos años nada se supo de esta correspondencia; cuenta la editora en que varias ocasiones, tras el regreso de María Zambrano a España, intentaron citarse con ella sin éxito.

Marifé Santiago dice que siempre se consideró a Miguel Picazo, primo de la pensadora, su gran amor: empezaron a quererse hacia 1917, cuando María Zambrano tenía trece años, luego la relación fue consentida por el padre de María, don Blas, gran amigo de Antonio Machado, y el joven desapareció de su vida en 1921 porque se marchó a Japón. Casi a la vez entró en escena el alférez Gregorio del Campo, con quien debía verse en Segovia y en Madrid. No deja de resultar extraño que María Zambrano no hablase de su enamorado aragonés (que combatió en África) porque las cartas prueban la intensidad de la pasión y documentan el crecimiento intelectual de la futura autora de ‘Claros del bosque’: le habla de teatro, de su pasión por el conocimiento y las ideas (a veces alude a que puede parecer o resultar fría), de la condición femenina, cita a Ortega & Gasset, y se percibe un diálogo entre dos personas que maduran, que se pelean, que sueñan juntos.

En la primera carta, ya se percibe que hay una relación más o menos consolidada: “Con decir que nos queremos y darnos besicos todo lo arreglamos. Pero hay algo superior a eso y q. une infinitamente más. Bueno, majico, esta tarde no vengas hasta las cinco y media o así, ¿sabes?, pues estaremos solicas mi hermana y yo”. Su hermana se llamaba Araceli, falleció en 1972 y, tras la estancia en Italia de ambas en los años 50, donde coincidirían con el cineasta zaragozano Alfredo Castellón Molina, Araceli inspiraría la novela homónima de Elsa Morante.

María Zambrano utiliza siempre los diminutos en ico, tan aragonés: le llamará a su amor “nenico”, “espantajico mío”, “mira guapico, estoy muy tontica”, “feíco” o “querido morronguico”. Y ese silencio en torno a Gregorio del Campo resulta más inquietante todavía cuando en una de las cartas leemos que María Zambrano y él han sido padres. Ella le escribe y le pregunta: “Dime, ¿será posible mi nenico, que estemos juntos alguna vez, como maridico y mujercita, con nuestro nene chiquitín”. Sin embargo, en la carta XVII, María Zambrano le escribe a su hijo que acaba de morir: “Nene, ¿por qué te has ido sin despedirte de tu madre, por qué te has ido sin que tu padre te dé un beso?”. Se mezcla la ternura, con las suspicacias y los reproches: “Veo que tienes muy arraigada la idea de que mis padres piensan mal de ti, diríase que tu conciencia te dice que así debe ser...” O: “Hablas con una indiferencia, con una falta de pasión, de interés por nuestros asuntos que me deja fría. Parece que se trata de la novia de un amigo y no de la tuya. Ves las cosas y las comentas, con una falta de emoción, verdaderamente aterradora. Esto también dice mucho”. En las cartas también hay meditación, intuición poética y el consabido balanceo del me quiere-no quiere de los amantes.

María Zambrano se trasladó a Madrid. Miguel regresó y ella no tardaría en recuperar la relación. Hacia 1928 puso fin a sus amores con Gregorio, y en 1936 se casaría con Alfonso Rodríguez Aldave, un compañero de las Misiones Pedagógicas. Sería una unión demasiado breve. En 1934, Gregorio del Campo residía en Mahón, casado y con una hija de catorce meses. El 19 de julio de 1936, fue detenido por un comando nacional en el Cuartel Palafox de Zaragoza, lo trasladaron al Frente de San Cristóbal, en Pamplona y allí, tras la aplicación de la Ley de Fugas, lo ejecutaron el 3 de septiembre. Tres meses después otra de sus hermanas fue fusilada en Torrero. Sus padres vivieron algunos años en Ambel, con un poderoso secreto: las cartas de amor que le había escrito a su hijo una mujer que recibiría en 1988 el Premio Cervantes.

 

DESPIECE

FRAGMENTOS

 

“Te quiero tigre que no gato mimoso”

 

Ausencia. “Si te tuviera a mi lado con qué fe te abrazaría y con qué pureza! Te abrazaría solo con el alma. ¡Qué hermoso es, queridísimo mío, sentirse el cuerpo transparente y sin peso, sin personalidad propia, sólo sostén del alma, su expresión material”. (Pg. 64).

Loco amor. “Ya los sabes, queridico: yo te quiero siempre, a todas horas, esté como esté mal o bien o más espiritual o más material, siempre. Un besico en la frente de tu... María” (Pg. 68).

Sueño. “Yo te quiero así; te quiero y te admiro así; duro y seco, más te quiero tigre que no gato mimoso; no sabes lo que mi alma siente por ti, eres lo más puro y salvaje que yo he visto y así es vidita mía como yo te quiero. Tu rudeza para mí es la mejor virtud...” (Pg. 115)

El obsequio. “Mira se me ha ocurrido mandarte un poquito de pelo, que ahora me voy a cortar, porque es lo único ‘mío’ que puedo mandarte (...) Adiós riquín, vidita mía. No sigo porque cada vez me estoy poniendo más loquita y voy a perder hasta la noción del sitio donde me encuentro”. (Pp. 155 y 156).

FERNANDO AÍNSA: PREMIO 'IMÁN'

FERNANDO AÍNSA: PREMIO 'IMÁN'

[El pasado viernes, en Cajalón, Fernando Aínsa recibía el premio Imán de la Asociación Aragonesa de Escritores, a la que pertenece desde hace años. Aínsa, que ha recorrido medio mundo, ha vivido en Montevideo y en París, muy especialmente, leyó este texto. Había estado ingresado meses atrás. Y poco a poco se recupera.]

Palabras pronunciadas por Fernando Aínsa

al recibir el Premio Imán

 

Zaragoza, 29 noviembre 2013

Por Fernando AÍNSA

Lo primero que debo decir al recibir este Premio que me honra en varios sentidos es agradecer a los miembros de la Asociación Aragonesa de Escritores que han votado en voto secreto y democrático esta distinción para la cual habría tantos y buenos candidatos. Una Asociación donde he forjado fieles amigos y donde he encontrado una atmósfera de camaradería y cooperación como pocas veces he experimentado. Una Asociación que es para mí parte de una gran familia en la que me encuentro cómodo trabajando y contribuyendo en algunas de sus actividades, especialmente en la revista IMÁN que habéis tenido la confianza de encomendarme y donde formamos un buen equipo los miembros de la redacción: Miguel Angel Yusta, Emilio Quintanilla, Luisa Miñana, Javier Barreiro y al que se incorporará Mónica Goremberg a partir del próximo número.

Y en segundo lugar, debo agradecer que este premio se llame IMÁN en recuerdo de un escritor, Ramón J.Sender que fuera autor leído en mi juventud en Montevideo donde circulaban las ediciones de Proyección, una editorial argentina fundada por anarquistas españoles en el exilio. Un Ramón Sender al que he dedicado varios trabajos publicados en El Heraldo de Aragón y en Imán, cuando la dirigía nuestro recordado Ricardo Vázquez Prada. Un Sender a cuya Crónica del alba vale la pena regresar como fuente inagotable de reflexión sobre uno de los períodos más duros y sangrientos de la historia de España.

Quisiera añadir además algo que considero muy importante. Por segunda vez en mi vida, hecha de mudanzas, viajes, forzado cosmopolitismo, errancias, desarraigo, hoy no me siento un extranjero, sino un aragonés que —como el Candido de Voltaire—vuelve al final de su vida a “cultivar su jardín” tras haber recorrido el mundo, un libro —el Cándido— que me acompaña, desde hace muchos años, como ejemplo de mi propia existencia. A “cultivar mi jardín” —entre Zaragoza y Oliete— he regresado en “esta hora de plegar”, como dicen en Teruel los campesinos al atardecer, tras una jornada dura de trabajo.

Vale la pena que recuerde someramente algunas de las etapas de esta “extranjería” sobre la que he reflexionado en muchos de los texto que he escrito y sobre la cual he pretendido construir una “poética”.

Desde el día en que nací fui un extranjero en mi propia tierra. Hijo de padre aragonés y madre francesa, al nacer en plena Guerra Civil española en Palma de Mallorca, era un “forastero” entre mis compatriotas mallorquines, calificativo —forastero— que solo oiría luego en las películas del Oeste y sus héroes mitificados, imponiéndose con aplomo y pistola en mano en pueblos donde no impera la ley.

Forastero sometido a una cerrada insularidad, al franquismo opresor y al catolicismo ultramontano aliados en esa hidra que asfixiaba toda diferencia, crecí en un hogar heterodoxo construido sobre lecturas de libros prohibidos por el régimen, con mirillas abiertas al pasado reciente que oficialmente se ocultaba y a las tierras de mi madre más allá de los Pirineos. No fue fácil, lo repito, al recordar con mal sabor como en la escuela era el “forasté da merda” a quién mandaban “hacer puñetas” por cualquier fútil pretexto, condición que me valió encerronas y agresiones. Mis únicos amigos en aquel universo hostil fueron “peninsulares” de origen como yo mismo: un bilbaíno, un castellano y, como no podía ser menos, un chueta, judío mallorquin, también extranjero en su propia tierra.

Extranjero en la ciudad en que había nacido, aprendí desde pequeño a mirar el mundo desde los márgenes, esa “mirada oblicua” y “descolocada” que me apasionaría luego en literatura: de Kafka a Onetti, de Dostoievski a Beckett y Cortázar, el ángulo del absurdo y la parodia, ese “extranjero” paradigmático de la obra homónima de Camus.

En plena represión franquista, la emigración se impuso y el apacible Uruguay de un diciembre de 1951, esa “Suiza de América” como se lo había engañosamente bautizado, nos acogió en forma tan generosa que me olvidé de inmediato de mi infancia insular mallorquina a la que desterré a los sótanos de la memoria. En Malvín, el que sería mi barrio montevideano para siempre, me integré a una “barra” e hice rápidamente esos amigos que son para toda la vida.

Pese a que sentía que no me correspondían las generales de la ley por haberme transformado en uruguayo, en aquel mundo de exiliados y emigrados españoles, la única España válida y legítima era la “España Peregrina”, la del exilio, la de los transterrados —ese feliz neologismo acuñado por José Gaos— la de los empatriados en ese país generoso que nos había acogido sin ambivalencias, donde tantas facilidades tenían los españoles. “Uno es del país donde ha estudiado el bachillerato” decía Max Aub y yo lo estudié en Montevideo.

Mi integración en Uruguay fue total y apasionada y me volqué al periodismo, al aprendizaje, práctica y crítica de la literatura uruguaya, vocación inicial de inserción que se ha mantenido en el tiempo, más allá de avatares personales. Resultado de ello han sido seis libros que se han ido escalonando a lo largo de cuarenta años, escritos entre Uruguay, Francia y Aragón, en todo caso en contacto permanente con escritores y amigos, muchos de los cuales se han adherido desde Montevideo a esta celebración de hoy.

Las ilusiones poco durarían. A partir de fines de la década de los sesenta, los “niños de la guerra” española empezamos a vivir en carne propia el destino de nuestros padres. Una historia cíclica parecía repetirse ineluctablemente. El fascismo derrotado en Europa resurgía en América, a veces disfrazado con falsas notas populistas.

Descubriría, no sin cierta resignación, que un destino no se cambia tan fácilmente como podemos quererlo. Si había nacido extranjero y creía haber dejado de serlo, al volverse el aire irrespirable en el inefable “como el Uruguay no hay”, otra emigración, la segunda, se impuso.

“Partir, “repartir”. Parto mi corazón en pedazos y lo reparto”, escribiría años después en mi libro Travesías y así me fui de Montevideo en 1973: con el corazón partido, pero repartido. Un escritor amigo me despidió cariñosamente en un periódico montevideano que título “Adiós al gallego de Malvín”. En ese adiós con el apelativo de “gallego”, gentilicio que se usa para todo español emigrado al Río de la Plata, se recordaba mi nacimiento y con Malvín, mi entrañable enraizamiento. Entre dos mundos estaba, tenaz y nuevamente situado.

Un nuevo trasterramiento me llevó a Francia donde recuperé la lengua de mi madre, aunque condenado a hablarla “con acento extranjero”, el que sería título de una novela que publiqué pocos años después en la editorial Nordan que un grupo de exiliados uruguayos —Comunidad del Sur— había fundado en Estocolmo y que años después, reescrita, se ha publicado en Mira Editores con el título Los que han vuelto.

El 14 de junio de 1974 conocí en París a Mónica, la que sería desde entonces mi compañera y primera y rigurosa lectora de todo lo que he escrito desde entonces, incluidas estas palabras. En todo caso, el exilio volvió a ser el tema cotidiano en la diáspora no sólo uruguaya, sino chilena y de la Argentina a partir de 1976. En muchos casos, eran los hijos de los exiliados españoles los que emprendían la ruta del retorno a los orígenes, la difícil recuperación de las “raíces rotas” de que había hablado Arturo Barea al intentar su imposible reinserción en España. El círculo se cerraba, paradójicamente, en el punto de partida.

Tal fue mi experiencia entre 1973 y fines de 1999, trabajando en la UNESCO y afianzando una vocación internacional que inevitable y felizmente abrió mi espíritu a otras culturas.

Habiendo llegado a la misma conclusión, extranjero aquí y allá, decidí en esos años que mi literatura no podía sino reflejar esta condición. De aquí y de allá, un conjunto de textos breves que había ido publicando en México, Portugal, Las Palmas y Aix–en­–Provence, y luego Travesías condensaría los trozos recuperados de un itinerario vital hecho de un viajar asumido como destino.

Decidimos con Mónica a fines de 1999 un regreso a la patria de nuestra lengua —el español o castellano, para ser políticamente correcto— única patria en la que me reconozco.

Al llegar a Zaragoza el 2 de enero del año 2000, conocía a pocas personas: a Rosa Pellicer y a Leonardo Romero Tobar de la Universidad de Zaragoza; a Paco Uriz al que había encontrado en el exótico escenario de Macao; a mis vecinos, familiares y amigos de Oliete, donde habíamos levantado una casa sobre las ruinas de una masía de mi familia paterna y donde veraneábamos desde 1976 y veníamos muchos inviernos a plantar los árboles que ahora pueblan esa tierra con la que me siento tan consustanciado.

Sin embargo, integrarme a la vida cultural de Zaragoza fue más fácil de lo que había imaginado. Manuel Vilas, al que conocí el día en que presentó Travesías en la FNAC; a Luisa Miñana a la que también conocí el día en que presentó Aprendizajes tardíos en El Corte Inglés; a Rosa Pellicer que me facilitó publicar en las Prensas Universitarias de Zaragoza mi libro Del espacio vivido al espacio del texto y a su director de entonces, Antonio Pérez Lasheras; el círculo de profesores de literatura española e hispanoamericana, Daniel Mesa y Enrique Serrano; Juan Domínguez La Sierra que me abrió las páginas de El Heraldo, me hicieron sentir rápidamente que mis orígenes paternos aragoneses habían encontrado finalmente un espacio hecho de convivialidad donde enraizarse definitivamente. Aquí he escrito y desde aquí he publicado más de la mitad de mis obras. Entre Zaragoza y Oliete he descubierto una tardía vocación de poeta y ya van cuatro libros editados desde 2007, el último gracias a la hospitalidad de Trinidad Ruíz en Olifante.

Llegó luego el ingreso a la Asociación Aragonesa de Escritores y la amistosa generosidad con que fui recibido. La propuesta de integrar el comité de redacción de IMAN en el Congreso de Calayatud, la de formar parte de la junta directiva en el congreso de Fraga y las etapas sucesivas de una “militancia” —esa palabra caída en desuso— de la que la jornada de hoy, recibir el premio Imán, espero que sea solo un jalón de un largo camino todavía por recorrer.

En esta jornada, en la que la alegría me embarga, solo puedo deciros: muchas gracias, queridos colegas, por vuestra confianza y amistad.

'SEDA': EL LIBRO OBJETO PERFECTO

'SEDA': EL LIBRO OBJETO PERFECTO


Edelvives acaba de crear una nueva colección. Se abre con ‘Seda’ de Alessandro Baricco, y lleva ilustraciones de la artista francesa Rebecca Dautremer (www.rebeccadautremer.com). Al autor le habían pedido ilustrar el libro en varias ocasiones y no cedió los derechos hasta que apareció esta talentosa mujer francesa, autora de numerosos proyectos sobre hadas, princesas o ‘Alicia en el país de las maravillas’, entre otros muchos. La edición de Edelvives es un libro formidable, increíble, que prueba la variedad de registros de esta mujer: dibujos, pintura, arte de la sugerencia, capacidad de evocación, sutileza..., y que ensalza algo muy especial: los poderes del papel en textura, calidez, posibilidades infinitas, plasticidad, hermosura. El libro objeto en su estado más perfecto.

El texto de Baricco es lacónico y sutil, está organizado en torno a capítulos cortos, pero así, en este conjunto, es un libro más frondoso e intenso, de una belleza inefable. He aquí algunas ilustraciones del libro del sello zaragozano Edelvives... ‘Seda’ está ambientada en el siglo XIX y narra la historia de un francés llamado Hervé Joncour, que viaja repetidamente a Japón, para adquirir huevos de gusanos de seda con el fin de surtir a la industria de Lavilledieu, su pueblo, de ese tejido. Algo especial ocurre en la localidad, donde hay varios tejedores y un hombre, tan fascinante como enigmático, empeñado en desarrollar el mundo de la seda. Hervé Joncour está casado con Elena. ‘Seda’ es un libro de viajes, es una historia de amor y de melancolía, y es el relato de tres mujeres.


Durante uno de sus viajes a España, Rebecca Dautremer le dijo al diario ABC: «Cuando era más joven trabajé como ayudante de un fotógrafo, y aquello siempre ha marcado mi trabajo. Siento que soy como un fotógrafo sin cámara pendiente de los detalles y de cuestiones como la profundidad de campo, la luz, el color y la composición por encima incluso del dibujo». También se siente influenciada por el cine (el trabajo de ‘Seda’ es como mínimo cinematográfico, de gran calidad, cautivador) y la pintura antigua, como los cuadros del pintor flamenco Vermeer.

'EL DIBUJANTE DE RELATOS': PREGUNTA

'EL DIBUJANTE DE RELATOS': PREGUNTA

[El próximo día doce, jueves, en el Colegio Joaquín Costa, Paseo María Agustín, se presenta el libro ’El dibujante de relatos’ (Pregunta), que lleva una treintena de textos míos y 36 ilustraciones, a toda página, de Juan Tudela. El libro nació de las ilustraciones de Juan, diseñador, publicista y pintor, ganador varias veces del concurso del cartel de las fiestas del Pilar de Zaragoza. Poco a poco fuimos dando cuerpo a un libro que es un homenaje a Zaragoza, a la fabulación y al arte de contar y de ilustrar, un libro que nació en la cabeza, en las manos y en la memoria de Juan Tudela, antes que nada. Coloco aquí una ilustración de Juan Tudela y un cuento. De amor, de poesía, de librerías. De despedidas. El libro, de unas 160 páginas, lleva un prólogo de José Luis Cano. La primera presentación será el domingo ocho en la Feria del Libro Aragonés de Monzón.]

 

CASI UN CUENTO DE AMOR

 

La vio allí, en la librería, tan hermosa como siempre, tan frágil, como ensimismada. La vio como la había visto tantas veces, en la cocina, en el coche cuando viajaban, leyendo poesía o sonriendo con unos ojos desmesuradamente alegres y pícaros después del amor. La vio sigilosa, como si tuviera el corazón en otra parte. El corazón y el pensamiento. Le dolía mirarla. Le dolía recordar los días inolvidables que habían pasado juntos y las sucesivas y lentas formas del adiós. Tras la ruptura, él no hacía más que preguntarse qué era el amor, por qué sobreviene la catástrofe, por qué alguien a quien deseas con locura, con toda la sed de la noche sin fondo, deja de quererte de golpe, tres horas, veintisiete minutos y algunos segundos después del último beso. No podía soportar ni un segundo más su presencia: su olor le llegaba como una ráfaga de aliento o de asfixia, como una invasión de olor a membrillo. Pensó: “La belleza a veces se vuelve insoportable. Uno nunca está preparado para el dolor de la despedida”. Al irse, pasó ante ella con la mansedumbre animal del vencido.

 

 

 

 

JOSÉ ORTIZ EN EL TORREÓN FORTEA

JOSÉ ORTIZ EN EL TORREÓN FORTEA

[El pasado jueves, con casi dos centenares de amigos, José Ortiz inauguraba su exposición 'Divinas comedias' en el Torreón Fortea. Visité a José en su preciosa e interminable casa de Longares, una maravilla, y le escribí este texto que acompaña la muestra.]

 

EL NOMBRE QUE EMPAPA LA PINTURA

 

 

José Ortiz Domingo (Santa Eulalia del Campo, Teruel, 1951) es un artista intuitivo y soñador. Se vuelca en la pintura con energía y esfuerzo. Sabe que en la manufactura de un cuadro, en esas horas y horas, en esa labor parsimoniosa en la que el tiempo parece suspenderse, hay un instante en que cruza un ángel. O una ráfaga de felicidad. O un incendio salvaje de colores. Ante todo, antes que nada, José Ortiz, ya sea en Zaragoza o en su casa poblada de fantasmas de Longares, es un artesano que imagina, un cerebro apasionado que trabaja y trabaja hasta el fin de la noche. Su taller es el primer indicio de su retrato: apenas se percibirá un caballete. Suele operar sobre el suelo o sobre una mesa alargada, volcado con sus pinturas distintas, con sus arenas, y ahí deja que todo fluya: el torrente de la imaginación, la densidad del desvelo, el arrebato de la inspiración, sus gestos y sus signos. Y con ellos se confunden los acrílicos, los pigmentos, las resinas, los barnices, su caligrafía personal y arborescente.

José Ortiz, como muchos otros artistas, suele trabajar por series. Busca y encuentra. Halla un asunto por puro azar o por exigencia y lo somete a un sinfín de variaciones: las tauromaquias, el mundo de Goya, Lorca, el paisaje, las imágenes obsesivas. Así le ocurre a menudo y le ha ocurrido con Divinas comedias. Este es un proyecto largamente acariciado y concebido para el Torréon Fortea, para su atmósfera de intimidad y misterio y para su cripta donde se encierran las luces del sueño. Hay algunos lugares comunes o características acuciantes de su obra: la pasión por el texto, por el aforismo o la frase, la presencia pugnaz de un nombre, Monique. Sus sílabas siempre están sobre la madera: no se sabe si es en la primera, en la antepúltima o en la última capa de pintura, pero ahí está, Monique, Monique, como un talismán, un conjuro, un reconocimiento a la musa más decisiva. Además, hay otro matiz esencial: Divinas comedias, que alude a Dante Alighieri y quizá a Valle-Inclán en menor medida, es una exposición que tiene algo de laberinto literario, de homenaje a escritores como Antonio Machado, García Lorca, Flaubert, el ya citado Dante y Miguel de Cervantes. Todos ellos en la epidermis de la obra o en una de las capas del brumoso mar de la madera, esmaltado una y otra vez, rallado, herido, hendido, azotado o acariciado con sutileza. Y está, sobre todo, André Pieyre de Mandiargues (1909-1991), un poeta, escritor y crítico de arte que coqueteó con el surrealismo, amó a Leonor Fini y acabó sus días con la pintora Bona Tibertelli de Pisis. A José Ortiz, profesor de francés, su universo le dejó un rastro indeleble.  Tanto que hay al menos dos piezas que están inspiradas en él y su mundo. Mandiargues era un gran enamorado de la pintura, del erotismo y un miembro del grupo surrealista. De algún modo, tutela o ampara la febril imaginación del pintor turolense. José le dedicó su tesis doctoral, prologó Gris perla, la antología que preparó Manuel Martínez Forega en Olifante y resumió así algunas de sus constantes: “Mandiargues modela su mundo onírico al estilo de los surrealistas pero también al de los prerrománticos alemanes. Descendiente de los grandes románticos del siglo XIX, surrealista de la escuela de André Breton, imbuido del espíritu barroco y fantástico de la familia de Poe y de Nodier, admirador del teatro isabelino, sabe fundir todas estas afluencias e influencias y dar a luz una obra que destaca por su originalidad”. Citamos a un personaje clave en los motivos y en el desarrollo de su pintura.

Hay más cosas en el punto de partida de José Ortiz: es un pintor de sugerencias y de evocaciones que se amasan y se agrupan en una gran superficie de técnicas mixtas donde está todo: la pintura como artesanía, materia y arrebato; la pintura como una masa informe de colores que se ordenan como en una plataforma cerámica con su brillo, con su textura y su relieve; la pintura como torbellino de incitaciones. La pintura como terapia y como acción vital. Sus cuadros evocan un vendaval, los relámpagos de una noche de galerna o la naturaleza bamboleante de un otoño; sugieren mapas, ríos, pesadillas o sencillamente una estructura musical, inasequible a la soledad y al silencio más tenebroso.

José Ortiz cita otros nombres: no de escritor exactamente sino de pintor. Pintor con personalidad cromática. Pintor de estructuras. Pintor de sinfonías. Pintor de hemisferios oníricos. El nombre que acude a su boca no es otro que el alemán de origen suizo Paul Klee. Recuerda su modo de trabajar, sus cuadros evanescentes como alegorías del sol, su pasión por el color. Klee dijo en una ocasión: “El color me posee, no tengo necesidad de perseguirlo, sé que me posee para siempre... El color y yo somos una sola cosa. Yo soy pintor”. José es pintor de color, de sustancia, de vuelo. Para José Ortiz el color también es una posesión. Podría hablar de Paul Cézanne, de Piet Mondrian,  de Vassily Kandinsky, de Joan Miró, de Andrés Galdeano (“esencial en mi carrera, me enseñó muchas cosas, fue un amigo y un maestro”, dice José) o de Kazimir Malevich: son, con el citado Klee, artistas que han ejercido un magisterio en su trayectoria.

Divinas comedias es una muestra y una marea de dípticos y de trípticos, como ‘Sinfonía inacabada’. Una forma de entender el mundo y la creación. Un amasijo de suavidades airadas, un tumulto de delirios. El pulso de una vocación. Un diálogo con la forma sin forma: los trazos de una canción interior que nacen de un flujo incontenible de visiones y arabescos. La melodía de una emoción sostenida durante meses, durante años, una militancia en la luz. El artista se funde con el azar y con el capricho de la inspiración. José Ortiz posee un exquisito gusto para titular sus cuadros: ‘Soledades’ alude a Antonio Machado; ‘Salomé’ a La Biblia y a Gustave Flaubert; ‘El hombre de la triste figura’, a Cervantes; ‘Tercio de varas’ y ‘Matador’ hacen pensar en su pasión por los toros; ‘Metamorfosis del objeto’ podría ser un diálogo con Pablo Serrano; ‘La novia del viento’ sería su homenaje personal a Zaragoza, porque así la bautizó Eugenio d’Ors. ‘El eco de la lluvia’ o ‘El despertar del alba’ revelan esa afición del pintor a cultivar la sugerencia y la poesía.

Regresamos un instante a su casa-palacio de Longares: es un espacio ideal, inmenso, un regalo de los dioses y un laberinto inagotable de las cosas del tiempo. Allí tiene un sinfín de rincones y estancias tocados por la memoria del arte. Allí se refugia, con las voces y los ecos, con las copias de Ramón Casas o de Velázquez, y de cuando en cuando sube a su galería en busca de las diversas claridades del día. Allí se enfrenta a la piedra, a la colmena de tejados, al vaivén de las callejas, a la torre de la iglesia y a los senderos, apenas entrevistos, que se pierden entre la bruma. En cierto modo, allí, dueño del mundo y sus secretos, se enriquece de cromatismo, de sentimientos, del puro placer de mirar y mirar sin ser visto.

Divinas comedias nace de una obsesión, de una búsqueda, y se conforma como un relato íntimo, de amor y creación, que se cuenta en colores, en emoción y en los gestos palpitantes de la entrega. La vida es generosa con José y José le devuelve un mundo pictórico vigoroso y muy elaborado que no deja de crecer y expandirse como los ríos arteriales que empapan la tierra en su camino hacia el mar.