DIÁLOGOS EN CAUTIVIDAD, EVA ARMISÉN
DIÁLOGOS EN CAUTIVIDAD
Eva Armisén, pintora e ilustradora.
DIÁLOGOS EN CAUTIVIDAD
Eva Armisén, pintora e ilustradora.
UN DIÁLOGO CON MIGUEL PARDEZA, CON 'ANGELÓPOLIS' DE FONDO
Hace una semana escribí un artículo sobre el ya difunto proyecto del Fondo para las Artes de Madrid, al hilo de la liquidación del FONCA1 en México y como colofón de mi anterior publicación: “Un Plan postCovid19 para las Artes Visuales”. No lo publiqué, más que nada porque tengo la cabeza en otros asuntos, pero la noticia del “Plan” de verdad, el del Ministerio, me ha arrancado de mis abstrusas lecturas literarias, tan apropiadas para estos tiempos eremitas, y me ha empujado a tomar parte de nuevo en el debate público sobre las (des)políticas culturales. España tiene al menos eso de bueno: la estabilidad, la continuidad. Gobierne quien gobierne, si te dedicas al arte contemporáneo sabes que caminas solo por el mundo.
El gobierno, del cual soy votante para que quede todo claro, ha aprobado una dotación extraordinaria para socorrer al sector —si es que hay tal cosa— de la cultura con 76,4 millones de euros. No hay que dejarse engañar por el titular, porque los 780 millones que anuncia son en realidad para garantías para créditos. Documentos que rara vez se convertirán en obligaciones de pago. El detalle del dinero de verdad, que se presenta incompleto, es como sigue: 38 millones para las artes escénicas y la música; 13.252.000 para las salas de cine; 4 para las librerías “independientes” (¿Independientes de qué o de quién? ¿De las distribuidoras?). UN MILLÓN para las artes visuales:
En relación a las Bellas Artes, el Real Decreto Ley incorpora ayudas extraordinarias por valor de 1 millón de euros para la promoción del arte contemporáneo, y en concreto para el desarrollo de proyectos de innovación digital que fomenten la difusión de las artes visuales, la creación artística, la comunicación, la difusión internacional y la adquisición de arte contemporáneo español.
Los destinatarios de estas medidas incluyen a los artistas visuales, las galerías de arte, críticos y comisarios, así como la dotación para compras de arte contemporáneo español a través de la Junta de Calificación, Valoración y Exportación de Bienes del Patrimonio Histórico del Ministerio de Cultura y Deporte.
Antonio Altarriba (Zaragoza, 1952) es guionista de cómic y de fotografía, donde trabaja al alimón con su compañera Pilar Albjar, es novelista e historiador del cómic. Es autor con Kim de El arte de volar, Premio Nacional de Cómic en 2010, y El ala rota, donde cuenta la historia de sus padres; con Keko firmó Yo, loco, Yo, asesino, publicados los cuatro en Norma Editorial, y El perdón y la furia, también con Keko; este último lo editó y lo presentó el Museo del Prado.
¿Cómo está viviendo el confinamiento?
Estoy confinado en buenas condiciones. Solo, en un piso espacioso, con escasos pero muy amistosos contactos y con una buena reserva de lecturas.
¿Qué ha pensado en estos 50 días de reclusión? ¿Qué reflexiones se le han pasado por la cabeza?
En realidad, pocas reflexiones distintas a las habituales. Comparto esa línea de pensamiento por la que han transitado Pascal, Cyrano de Bergerac, La Rochefoucauld, Schopenhauer, Baudelaire, Beckett, Cioran… y que rebajan cualquier pretensión demiúrgica del ser humano. Así que estas circunstancias han venido a reforzar, en cierta medida a escenificar, todo aquello de la fragilidad humana, nuestra insignificancia ante el Universo y hasta el absurdo de la existencia. Han sido, pues, confirmaciones más que revelaciones. Naturalmente, esa sonrisa, estilo Oscar Wilde, para sobrellevar las miserias de la humana condición se me ha descompuesto un poco, pero, en lo sustancial, la pandemia no está cambiando mi visión del mundo ni de las personas.
¿En alguno de sus libros o sus cómics se le había ocurrido algo semejante?
No. Como recurso narrativo la epidemia está muy identificada con escenarios del pasado, las siete plagas de Egipto, la peste negra, la gripe española… Si buscamos escenarios apocalípticos, tendemos a explicarlos por conflicto nuclear, crisis climática, algo que tenga connotaciones más actuales. Soy hijo de la vacunación generalizada contra el sarampión, la polio, la viruela. Creíamos que la ciencia nos había liberado de estas infecciones universales y catastróficas. Sin embargo, exploré las posibilidades dramáticas de una situación de enclaustramiento. Hasta pensé en hacer mi tesis sobre este tema cuando nadie aceptaba dirigirme una tesis sobre cómic.
¿A dónde nos lleva el aislamiento?
El aislamiento por epidemia empuja a la ficción como demuestra Giovanni Bocaccio en su Decamerón. Además, como en este caso, a una ficción vital y gozosa. La vida con contacto es la mejor fórmula para exorcizar la muerte por contagio. Y es lo mismo que pasa hoy, que no paramos de intercambiarnos o suscribirnos a las más diversas ficciones. También investigué algunas obras literarias cuya historia se basa en las posibilidades y, sobre todo, las imposibilidades de un encierro. El existencialismo o el llamado “teatro del absurdo” ofrecen muchos ejemplos. A puerta cerrada de Sartre, La peste de Albert Camus, Esperando a Godot de Samuel Beckett… También hay películas magistrales que explotan este tema como El ángel exterminador de Luis Buñuel, Quién teme a Virginia Woolf de Mike Nichols, El sirviente de Joseph Losey o la reciente saga Saw, que ha tenido varios directores. Un grupo de personajes sin posibilidad de salida constituye un cóctel explosivo. Metes en la redoma del relato envidias, resentimientos, ambiciones, amores y frustraciones, lo agitas bien y casi siempre sale una historia intensa, a menudo desgarradora. Ni siquiera nos imaginamos la cantidad de situaciones dramáticas que se estarán viviendo estos días.
¿Qué es lo que le impresiona más: la psicosis general, la certeza de la fragilidad del ser humano, o que, en realidad, no somos los dueños del mundo?
El vacío, las ausencias, el silencio… Contemplar los espacios públicos sin público, todo lo que ha sido concebido para la cohabitación bulliciosa convertido en un desierto me tiene muy desconcertado. Hay una especie de “a-funcionalidad” surrealista, estilo Giorgio De Chirico, que me fascina. Y, como consecuencia colateral, escuchar los pájaros y sospechar que la naturaleza, sin nosotros, recuperaría rápidamente su feracidad planetaria.
Cuando pasan cosas así, ¿cabe pensar que nuestra libertad es un espejismo?
No hace falta que pasen cosas así para comprobar que nuestra libertad es un espejismo. Basta con desear algo con la suficiente intensidad para sentir los límites de la libertad, porque demasiado a menudo no conseguimos lo que deseamos. Nuestra vida está llena de frustraciones por la distancia entre lo que queremos y lo que podemos. La imposibilidad de lograrlo proviene casi siempre de nuestra falta de libertad, de prohibiciones o de sutiles bloqueos que, a veces, son circunstanciales y otras, esenciales. Luego o, al mismo tiempo, viene la resignación, la distracción o el simple entretenimiento que nos ayudan a desdramatizar esta permanente insatisfacción. Vienen, incluso, esas filosofías de la resiliencia y la autoayuda que, con una argumentación de juego malabar, nos convencen de que lo que tenemos es lo que queremos. Pero eso no son filosofías sino estrategias, a menudo muy estudiadas, para fomentar la alienación y extender el conformismo.
Algunos dicen que la pandemia es el fin del estado del bienestar, que saldremos de aquí hechos unos zorros, entre ERTES y recortes, más desamparados que nunca. ¿Cómo lo ve usted?
No creo que sea para tanto. Existen recursos y sobre todo políticas monetarias para paliar los daños. Al capitalismo le gusta mucho meter miedo. Y le funciona. Solo pensar en la posibilidad de perder lo poco que tenemos ya nos amedrenta. Hay muchos intereses económicos en juego y muchas voluntades decididas a que se mantengan. No creo que se vaya a producir una catástrofe. Tampoco creo que estemos aprendiendo la lección y que, como algunos vaticinan, se vayan a abrir las puertas del paraíso con la desaparición de la explotación, las injusticias y las desigualdades. Después de un periodo de crisis y reajustes volveremos a las andadas. Es lo que hemos hecho desde el comienzo de la historia y no creo que sepamos hacer otra cosa. Después de toda gran crisis surge un firme propósito de no volver a hacer lo que nos llevó a ello. Ninguno más firme que el de la sociedad de naciones después de la Primera Guerra Mundial. Todos estaban firmemente convencidos de que, después de semejante masacre, no habría más guerras. A los pocos años el propósito se diluyó y nunca ha dejado de haber guerras. Somos dóciles, olvidadizos y con una gran predisposición a dejarnos engañar, una y otra vez, con las mismas mentiras.
Pasar el virus en Vitoria, lejos de su compañera Pilar Albajar, ¿supone algo especial, más doloroso si cabe?
No. Somos una pareja que siempre hemos vivido nuestra relación con mucha libertad y con gran respeto de la individualidad del otro. De hecho, hace tiempo que vivimos separados. Esta es una modalidad de relación en auge en la sociedad actual. Quererse no tiene por qué obligar a compartir el mismo retrete. Mantenemos muy buena relación y estamos en contacto casi constantemente.
Algunos dicen “mi trabajo lo hago en reclusión, en soledad. O sea que esto es llevadero”. ¿También le sucede algo semejante?
No. Debería haber sido la realización del sueño de mi vida, abandonar todo compromiso social para ponerme al día en trabajos, proyectos, lecturas y otros deberes solitarios. Sin embargo, la terrible dimensión de lo que ocurre se infiltra en mi confortable cobijo y me desanima. Me siento desmotivado. Rindo poco. Me parece que hay demasiado dolor alrededor como para mantenerme imperturbable en mis tareas. Leo más, duermo más… Actividades pasivas, pero emprendo con gran dificultad las activas o creativas.
¿Qué se hace mal desde el Gobierno? ¿Se ha reaccionado tarde, se improvisa mucho o al final, como vemos en Italia, en Francia, en Estados Unidos y otros lugares? ¿Tan difícil es tomar decisiones?
No es fácil tomar decisiones en estas circunstancias. Tuvimos mala y tardía información de los orígenes de la pandemia y no reaccionamos con la suficiente rapidez. Vivimos en una época en la que cuesta dar malas noticias, aún más desde la política por el temor electoral, y eso, seguramente, también influyó. Ahora no queda otro remedio que improvisar vista la dudosa fiabilidad de cifras, la escasa experiencia y el desconocimiento científico. Pero no cabe duda de que algo se habrá hecho mal cuando España tiene la tasa de mortandad más alta del planeta. Eso, desde luego, no justifica las posturas del PP y mucho menos las mentiras de Vox y de sus granjas de ‘bots’.
¿Existiría en España algo que nos uniese a todos o estamos condenados a confirmar el verso de Gil de Biedma: “España, este país de todos los demonios”?
El fútbol. Eso es lo único, al menos lo que más, une a todos los españoles, salvo los pocos disidentes que quedamos. Pero no creo que esta escenificación constante del enfrentamiento político sea estructural, histórica e indefectiblemente arraigada en la sociedad. Hay quien se encarga de afilarlo y envenenarlo todos los días. Tenemos una oposición controlada ideológica y estratégicamente por FAES. José María Aznar ha sido una de las peores cosas que nos ha ocurrido en los últimos treinta años de vida política. Y sigue controlando el PP, ahora más que nunca. Aprendió que solo una sociedad en shock cambia de gobierno y no duda en mantenernos en la confrontación, aunque la situación sea tan difícil como la actual. Mientras dure su influencia, la política del PP alimentará la tensión. Distinto es el caso de Vox, que llevan el odio y el sometimiento ya de serie, desde los tiempos de Franco.
¿Cómo deben ser las críticas o las enmiendas de la oposición en situaciones como esta?
Naturalmente, deberían hacer una crítica más constructiva, dejar de pensar que todo sirve para ganar elecciones e impregnarse de la solidaridad requerida por una emergencia mundial como esta. Desafortunadamente, en los sectores más conservadores la lucha por el poder se impone por encima de cualquier noble renuncia.
¿Le ha sorprendido la reacción de los españoles: el aplauso a las ocho, los diálogos de ventana a ventana, la música, las corrientes de solidaridad, el torrente de actuaciones y lecturas en las redes sociales?
Sí. Y no solo para bien. Soy de poco escenificar y de más hacer. Se aplaude a los sanitarios desde muchos balcones que aún exhiben la bandera española de apoyo al PP en la crisis catalana, una crisis que sirvió de cortina de humo para ocultar corrupción y recortes, en sanidad de manera muy especial. No creo que los sanitarios quieran ser héroes sino profesionales bien equipados y amplia plantilla. En cuanto a la avalancha de recursos culturales “desinteresadamente” puestos on line, hay de todo. Hay alguna iniciativa interesante, pero también flagrante voluntad de recolocar productos desechables, que no quisimos consumir hace diez años. Para este tipo de males, enclaustramiento, aburrimiento, sufrimiento me parecen más eficaces las búsquedas personales, lamerse las heridas con recursos propios. Desde luego, mejor que buscando bálsamos ajenos. En el mejor de los casos pueden proporcionar distracción, pero no fuerza ni aprendizaje frente a la adversidad.
¿Cuál es el lugar de la cultura en un momento así?
La soledad, el tiempo libre, la voluntad de hacer es un magnífico caldo de cultivo para acercarse a la cultura. Pero siempre he entendido el acercamiento a la cultura como una pulsión individual, no como una consigna colectiva. En la mayor parte de sus modalidades funciona como placer solitario, no como distracción coyuntural para soportar, sin mucho trauma, un problema como este. En cualquier caso, plantearla como paliativo a la epidemia o a la desocupación no me parece buen punto de partida. De hecho, una buena parte de la efervescencia cultural que abunda hoy en las redes funciona más como acontecimiento social que como enriquecimiento cultural o estímulo de la inteligencia.
No sé si firmó el manifiesto de los Premios Nacionales. Usted lo fue de cómic en 2010 por El arte de volar, la impresionante historia de su padre que se arrojó al vacío. ¿Qué le ha parecido esa llamada de atención desde el mundo de la cultura?
No firmé. Nadie se puso en contacto conmigo para hacerlo. Pero me parece bien la iniciativa. La cultura está clamorosamente ausente del discurso político, incluso cuando se trata de salvar los muebles en una emergencia. Hay una incompatibilidad de fondo entre política y cultura. Y no lo digo solo por la evidente falta de formación de una buena parte de nuestros políticos. Consecuencia de la adquisición de cultura es el pensamiento crítico, la resistencia a la uniformidad ideológica, incluso la transgresión creadora. Y eso no suele gustar a la “autoridad competente”. De hecho y como puede comprobarse fácilmente, en España el PP la considera enemiga y la yugula cuando está en el poder y el PSOE le da mucha coba, pero pocos recursos.
¿Ha sido la cultura, la creación, la gran olvidada en el paquete de medidas? ¿De qué se queja y qué pediría usted?
Sí. Y así lo han tenido que reconocer. Ahora se apresuran a enmendar la pasividad del ministro del ramo. Las políticas culturales no se construyen a partir de la financiación de actos o de infraestructuras, iniciativas puntuales y casi siempre con pretensiones electoralistas. Se trata de crear un estado de opinión, una actitud generalizada de interés por la cultura. Eso es el resultado de unas políticas transversales, duraderas en el tiempo, que van desde los planes de estudios, una educación concebida no tan solo para la empleabilidad, apoyo de medios de comunicación que den cobertura a los actos culturales, discursos y prácticas políticas basadas en la argumentación, en el fomento del criterio y no en la descalificación o el vitoreo. Crear un circuito de difusión y una aureola de dignificación haría crecer la sed de cultura, que es un impulso (repito una vez más) individual y escaso en este país.
Ha escrito mucho de erotismo, fue galardonado en el Premio La Sonrisa Vertical. ¿Qué nos recomienda? ¿Es la reclusión la prueba del nueve para las parejas o puede ser el pretexto ideal para recuperar el tiempo perdido?
Puede que cuando dobleguemos la curva de infecciones, se dispare la de divorcios. Para las parejas que conviven en esta situación resultará una prueba importante. Les reforzará o les distanciará. En cualquier caso, estoy convencido de que, en este nivel sentimental-sensual, se están viviendo situaciones muy intensas. Dicen que el tiempo libre, incluso la proximidad de la muerte estimula la libido. Puede que algunas parejas hayan convertido el encierro en una orgía perpetua. Viéndolo desde el lado positivo, podemos tomarnos el tiempo y el placer de explorar una sexualidad con tendencia a la rutina, hasta descubrir alguna satisfactoria perversión, al menos una pequeña innovación. Hasta quienes pasamos el confinamiento en solitario podemos encontrar maneras distintas de darnos placer. Los Satisfyer ya estaban conociendo un auge de ventas antes de la epidemia. Ahora se han disparado. Desde la perspectiva contraria puede que contribuya a extender la creciente tendencia a la asexualidad.
RETRATO DE INGRID BERGMAN
EN BLANCO Y NEGRO
COMENTARIO DE UNA FOTOGRAFÍA
DE INGRID BERGMAN
POR ALEJANDRO ALAGÓN
Ésta es otra de esas poderosas instantáneas que llaman la atención. Fue tomada por Gordon Parks durante el rodaje de la película Strómboli en Italia. La radiante imagen de Ingrid Bergman cautiva a la cámara, a pesar de que siente incómoda y ladea la mirada al oír lo comentarios o murmullos de tres mujeres enlutadas que la miran con envidia. Mujeres de distintas edades y estaturas, pero unidas en ese atuendo común que incluye, zapatos. medias, faldas, chaquetones, abrigos y pañuelos negros. Es la modernidad enfrentada al pensamiento arcaico, primitivo, de una sociedad cerrada. Una forma de pensar atávica, ancestral, heredada de madres a hijas en una isla, un entorno aislado. Y frente a esa forma de pensar rancia y anticuada irrumpe el volcán de una belleza nórdica, juvenil.
Conviven en el rostro de Ingrid Bergman la sombra del reflejo y la claridad, la sombra como metáfora de la críticas de una sociedad cerrada hacia una forastera, que se atreve a llevar un jersey blanco y un cabello sin pañuelo, desafiando a las estrictas normas de un ambiente rudimentario, prehistórico. Quizás murmuran que es una actriz y que ese oficio es sinónimo de una vida sucia, frente al estricto cumplimiento de los mandamientos religiosos que ellas cumplen a rajatabla. Tras esos comentarios áridos se insinúa un secarral, un conjunto de matorrales llenos de espinas, cuya máxima aspiración es recibir una gota de agua que los resucite, ya que sus raíces siempre estará unidas a ese suelo que carece de ambición y que, a veces, se desespera en un conato de erupción.
Entre Ingrid y el coro de seres, que parecen cornejas, se abre un profundo cráter. A la derecha de la imagen aparecen hombres sentados o asomados en la parte superior a una barandilla, que miran con lujuria a esa belleza, de paso efímero, que ha llegado para rodar en la isla. Son las contradicciones del mundo que empuja a sus gentes hacia la falsedad, la crítica fácil, frases destructoras de mordisco fácil, y miradas lascivas alejadas del catecismo de la escuela rural. Arriba en la colina, se sitúan las casas blancas que quizás cobijan a las mujeres vestidas de negro, como cuervos. Otra contradicción más, el enigma de los seres humanos, su color interior y su color exterior, los valores y los recelos, la suspicacia y la aprensión hacia los nuevo. Cobran vigencia aquí los imponentes versos de Garcilaso de la Vega en este soneto.
Coged de vuestra alegre primavera
el dulce fruto antes que el tiempo airado
cubra de nieve la airosa cumbre.
Marchitará la rosa el viento helado,
todo lo mudará la edad ligera
por no hacer mudanza en su costumbre.
Hoy en Heraldo.es y en la página 5 de Heraldo
Amparo Martínez Herranz:
“Es muy peligroso, en tiempos de crisis, entregarse en las manos del populismo político”
“Ahora a nosotros nos corresponde afrontar otro cambio histórico a comienzos del siglo XXI”
Amparo Martínez Herranz es profesora de Cine y otros medios de la Universidad de Zaragoza. Ha publicado, entre otros tíutlos, ‘Los cines de Zaragoza (1896-1936)’, ‘Los cines de Zaragoza (1939-1975), ‘Teatro Principal’, ‘La arquitectura teatral de Zaragoza’ (2 volúmenes) y ha coordinado libros corales como ‘La España de Viridiana’. Ha comisariado exposiciones de Buñuel, Goya, Carlos Saura, Ramón Masats, y trabaja desde hace varios años en un ambicioso proyecto de investigación sobre Luis Buñuel.
¿Se habría imaginado alguna vez que una fuerza invisible, tan instalada en nuestras vidas pero invisible, podría detener así el mundo y paralizar las vidas?
Desde luego que no. Solo hay que pensar cómo estábamos viviendo hace pocos meses. Probablemente sí a cualquiera de nosotros nos hubieran descrito la situación por la que ahora estamos pasando, la reacción había sido pensar que era una broma pesada o que la persona que nos la contaba era un excéntrico amigo de las teorías de la conspiración. Sin embargo, si lo pensamos con más calma, no nos tiene que resultar tan extraño. Hay una especie de temor atávico qué hace que desde tiempo inmemorial nos contemos historias sobre desastres de origen misterioso, desde el Apocalipsis a las películas de catástrofes. Tal vez sea una manera de exorcizar los miedos o de entrenarnos psicológicamente para los infortunios. Quizás las dos cosas.
Cuando alguien habla de que el Apocalipsis ha llegado, ¿está diciendo una frase o la pandemia en realidad refleja la vulnerabilidad de la sociedad y del planeta por completo?
Hablar de Apocalipsis creo que es exagerado. Pero lo que está claro es que esta situación nos ha obligado a hacernos conscientes de que somos vulnerables. Son terribles todas las pérdidas humanas que se han producido y también los proyectos empresariales y personales que se han quedado en el camino. Pero sospecho que a muchos nos sirve para aprender de lo que está pasando, incluso con toda su dureza. Es un buen ejercicio caer en la cuenta que no lo tenemos todo controlado, que no somos infalibles.
Desde hace algún tiempo, está haciendo un proyecto de investigación en torno a Luis Buñuel. ¿En qué medida estamos viviendo tiempos buñuelescos?
A Luis Buñuel le tocó vivir situaciones mucho más terribles que las que nosotros estamos experimentando. Era un adolescente cuando estalló la I Guerra Mundial, sufrió en primera persona la Guerra Civil Española y también los efectos de la II Guerra Mundial, ya como exiliado en los EEUU. Consideraba que el ser humano después de la aniquilación de los campos de exterminio nazi y de l os bombardeos de Hiroshima y Nagasaki había quedado anestesiado para la sorpresa o el escándalo. Todas estas experiencias le llevaron al desencanto por las ideologías políticas concretas y a confiar exclusivamente en los valores y principios personales. Le tocó vivir cambios tremendamente importantes dentro de la historia del siglo XX: el fascismo, el nazismo, el franquismo, la constitución de la URSS, la reconstrucción quebradiza del mundo y de sus valores tras dos guerras de dimensiones globales. Él mismo fue partícipe de los cambios operados en la cultura por las vanguardias, que transformaron nuestra manera de entender el arte y la realidad. Ahora a nosotros nos corresponde afrontar otro cambio histórico a comienzos del siglo XXI.
Él ya fue un poco precursor de una situación así con ‘El ángel exterminador’. ¿Qué le ha hecho pensar esa película en estos días?
Me coge trabajando sobre ella, precisamente. Buñuel tenía una inteligencia intuitiva verdaderamente admirable qué le permitía sintetizar en imágenes los problemas o las grietas claves de la sociedad, para ponerlos en cuestión. En ‘El ángel exterminador’ fue capaz de identificar el peor de todos los encierros posibles, el que se impone uno a sí mismo. Retrató una sociedad burguesa encerrada en sus propias convenciones, ciega a los problemas que le rodeaban, limitada por el miedo. Lo que el encierro de ‘El ángel exterminador’ cuestiona es el encierro al que nos someten las inercias establecidas, la pérdida del espíritu crítico con nosotros mismos y con lo que nos rodea. Es fácil trasladar parte de este diagnóstico a la sociedad de consumó en la que ahora vivimos, que ya había empezado a emerger con toda su fiereza a comienzos de los sesenta. Eso es lo que puede tener en común la película con la situación que estamos viviendo, mucho más allá de la materialidad de no poder salir de nuestras casas. ‘El ángel exterminador’ nos obliga a revisar nuestras propias inercias personales y sociales. Esas inercias cotidianas o estructurales que tal vez deberíamos pensar y cambiar cuando salgamos. Sí no, terminará sucediéndonos lo mismo que a los personajes de la película de Buñuel, saldremos para volver a estar encerrados en nuestras desidias y en nuestros errores.
¿Cuáles serían las lecciones de Luis Buñuel para entender el presente?
Cuando pienso en Luis Buñuel me lo imagino resistiéndose a ser maestro de nada o a impartir doctrina. Pero es inevitable extraer del conjunto de su obra y de su actitud vital aprendizajes que ahora pueden ser valiosos. No renunció nunca al espíritu crítico, tampoco al humor, ni a la curiosidad, ni a la libertad de la imaginación. Concedió siempre una enorme importancia a la amistad, que fue uno de sus asideros vitales, especialmente en el exilio. Y se preocupó de cuidar de sus amigos, discretamente, sin alardes ternuristas. Les apoyó especialmente cuando pasaron por momentos difíciles, tal y como hizo con Rubia Barcia, José Bergamín y también con Katia y Sol Acín, las hijas de Ramón Acín, que le pagó con la lotería la película ‘Las Hurdes. Tierra sin pan’.
Seguro que ha dado un repaso al mundo del cine y del arte para acercarse y entender mejor la pandemia. ¿Qué ha encontrado, qué títulos, en el cine, qué situaciones le han interesado especialmente?
Las epidemias y los confinamientos son un tema recurrente en el arte, pero te pongo algunos ejemplos de obras con las que he estado trabajando últimamente. En pintura hay dos piezas íntimamente vinculadas a lo que estamos viviendo. La primera es ‘Peste en Roma’ (1869) de Jules Elie Delanuy, protagonizada por el ángel justiciero y destructor que ya estaba en la Antiguo Testamento y que vuelve a aparecer en el Apocalipsis. En esta obra misteriosa y dramática, para Delanuy lo importante no era hablar de una enfermedad que ya estaba erradicada a mediados del XIX, lo que de verdad le interesaba era reflexionar, utilizando la enfermedad como coartada, sobre conceptos más elevados como la divinidad, el poder, la vida y la muerte, todo ello dentro de un simbolismo de tono fantástico.
¿Algún cuadro más?
Por otro lado, asociada a la idea de encierro y de naufragio de la civilización está ‘La balsa de la Medusa’ (1819) de Géricault. Buñuel la utilizó como una de sus fuentes de inspiración para construir el guion de ‘El ángel exterminador’. No debe sorprendernos porque, tal y como ha señalado sabiamente Agustín Sánchez Vidal, ambos creadores Géricault y Buñuel compartieron una fascinación casi obsesiva por explorar los límites de la conciencia humana. De ahí su interés por trabajar con la restricción espacial, que generaba una situación extremadamente compleja en términos narrativos, un reto similar al que Hitchcock se propuso en 1944 en ‘Náufragos’, y que Buñuel llevaría todavía más lejos en ‘El ángel exterminador’.
Vayamos, pues, con el cine...
En el territorio del cine convendría distinguir entre aquellas películas que hablan de epidemias o pandemias y las que se refieren a encierros de todo tipo. Entre las primeras están ‘La amenaza de Andrómeda’ de Robert Wise, protagonizada por un germen mortífero de procedencia misteriosa. O ‘Contagio’ de Soderbergh, producida en 2011, que nos sitúa ante un virus tremendamente contagioso y difícil de controlar, una distopía futurista que ha terminado haciéndose cierta con la covid-19. Pero creo que todavía puede ser más interesante aquellas películas que especulan sobre el comportamiento humano en confinamiento.
¿En qué otros títulos se ha fijado?
Por ejemplo, ‘La ventana indiscreta’ de Hitchcock, en la que el protagonista ha de desenvolverse en un espacio restringido. Todo para explicar y explorar nuestra condición innata de ‘voyeurs’ en situaciones de hastío, como las actuales. También merece la pena mencionar ‘La zona’ de Rodrigo Plá que aborda el aislamiento voluntario en una urbanización residencial por miedo a lo que sucede en el exterior. Da que pensar. Y por supuesto ‘Canino’ de Lanthimos, una historia terrible de encierros en el ámbito familiar a medio camino entre el mito de la caverna de Platón y ‘El ángel exterminador’.
¿Qué le emociona de la reacciones de la gente, de esa nueva vida de balcón a balcón? A veces parece que nace una nueva forma de narrativa o de oralidad…
Me emociona cada día salir aplaudir y ver a mis vecinos y a la gente que vuelve de su trabajo aplaudiendo mientras camina. Me gusta como ejercicio colectivo en el que reconocemos que nos necesitamos unos a otros. Y en el que damos las gracias. Todo esto sin importarnos a quien vota el del balcón de enfrente.
Ensalzamos mucho al sector sanitario, a los profesionales en general, y luego parece que están un poco solos ante el peligro, sin equipos adecuados. ¿Qué piensa, conoce casos cercanos de entrega que le conmuevan?
Tengo buenos amigos y sobrinos médicos o sanitarios al pie del cañón que se lamentan de la escasez de medios materiales, pero no por eso dejan de esforzarse en su trabajo, invirtiendo mucha energía física y emocional. Por ejemplo, Menchu, que asistió a uno de los primeros casos de coronavirus en su centro de salud y que tiene que enfundarse en un buzo sanitario para asistir a domicilio a sus pacientes. Jose Mari, que trabaja muchas más horas de las que le corresponde y todavía le parece que hace poco. Y que nunca deja de estudiar para hacer las cosas mejor. O Rocío, que estaba contratada en un colegio como enfermera y acudió a la petición de ayuda de una residencia de ancianos, que necesitaba refuerzos. Seguro que les está revitalizando con su energía. Sospecho que cada uno de nosotros tiene una Menchu, una Rocío o un Jose Mari de los que sentirse orgulloso y de los que aprender.
El Gobierno de España ha sido criticado con severidad. Para algunos actúa regular y tarde, se ha equivocado con las Comunidades Autónomas, dice y se desdice… ¿Somos muy rigurosos o jugamos siempre a la política con el adversario, aunque Italia lleve 20.000 muertos, y Estados Unidos también sea cuestionado?
Yo solo sé que cuando veo comparecer algunos de nuestros responsables políticos en una rueda de prensa, pienso que por nada del mundo me gustaría estar en su lugar. Lo que nos está sucediendo era algo difícil de prever y creo que es complicado de gestionar. No obstante, tengo que confesarle que me parecen escandalosos actitudes como las de Donald Trump, toda una contradicción en sí mismo y obsceno tomando decisiones como la de suspender la ayuda a la Organización Mundial de la Salud. Un gesto populista muy dañino.
Es profesora universitaria… ¿Cuál es su relación con los alumnos?
Con otros muchos compañeros de la Universidad de Zaragoza hemos continuado con la docencia a través de distintas plataformas. Está siendo toda una experiencia que nos ha obligado a reciclarnos y transformar nuestro sistema de enseñanza. Pero de todo se aprende. Las clases ‘online’ a veces resultan duras porque es mucho más difícil sentir la reacción de los alumnos. Pero en esta situación se ha producido un curiosos estrechamiento de las relaciones con nuestros estudiantes. Muchos de sus mensajes comienzan o acaban preguntado si te encuentras bien. Los alumnos también nos cuidan. Todos estamos haciendo un enorme esfuerzo por adaptarnos y quiero pensar que ambos, profesores y alumnos, sentimos que es nuestra forma de contribuir a superar esta crisis. Para algunos alumnos la situación está siendo especialmente complicada, porque han tenido que hacerse responsables de sus mayores en casa. Otros se han quedado solos en sus pisos de estudiantes. Hace un par de semanas, en una clase de máster, una de las alumnas nos confesó que la hora de docencia era su único evento social de la semana.
También es madre de tres hijas. ¿Cómo lo llevan ellas, qué le dicen, y cuál es su reflexión sobre los jóvenes?
Estoy aprendiendo de la capacidad de adaptación de mis hijas. Ya se habían marchado a trabajar o a estudiar fuera de casa, pero han tenido que volver a Zaragoza. Al principio les costó situarse, pero han terminado estableciendo sus rutinas y construyendo una sólida complicidad entre hermanas. Procuran hacerse el día a día llevadero entre ellas y nos lo hacen llevadero a los demás. A través del teléfono y de las videollamadas están pendientes de sus abuelos. Esta situación les ha enseñado a valorarlos todavía más.
¿Qué libros, qué autores le están haciendo compañía?
Como los días son poco variados, hago variadas mis lecturas, que van de los ‘Cuentos desde el confinamiento’ del HERALDO a los cuentos de Gabriel García Márquez y también la poesía de José Luis Puerto, que es profundamente humanista e invita a confiar. Para seguir ahondando en cuestiones artísticas estoy disfrutando de ‘Los hijos del agobio’, de Antonio Ansón y de ‘Las ciudades históricas y la destrucción del legado urbanístico español. Fernando Chueca Gotia’, escrito por Ascensión Hernández Martínez. Y me queda poco para terminar ‘El orden del día’ de Eric Vuillard, una novela que resulta escalofriante leer estos días, porque habla de la inacción social que permitió el ascenso del nazismo en Alemania. Merece la pena tener bien presente que es muy peligroso, en tiempos de crisis, entregarse en las manos del populismo político, sea del signo que sea.
¿Tiene miedo, inquietud, desánimo?
Lo que más miedo me da es el miedo, porque nos paraliza.
*En mi libro ’Seducción’ (Olifante, 2014) publiqué este texto de Vicente. que se aleja en la foto por la estepa.
PASABA POR AQUÍ
Para el fotógrafo Vicente Almazán,
un paseante y un soñador de la luz
Vicente dedicó muchas horas de su vida a su trabajo a y su familia: una mujer, Rosa, y tres hijos: Pablo, David y Carlos. Trabajaba en un despacho dedicado al diseño y a la publicidad. Hacía carteles de exposiciones o de conciertos, maquetaba libros, dibujaba letras y palabras, y de cuando en cuando preparaba anuncios de publicidad para las revistas y los periódicos.
A Vicente le gustaba su trabajo y el de los demás. Se conformaba con poco y a la vez quería mucho. Era curioso: leía los periódicos, oía la radio a cualquier hora, escuchaba y escuchaba programas de músicas raras –o no tan raras: clásica, Mozart, Beethoven y todo eso; también escuchaba jazz, rocanrol, fado o tango-, pero además tenía los sentidos alerta: le interesaban un lagarto que asomaba a un muro, la resaca del mar, la luna llena o las calles de su ciudad. A veces quería saber por qué tal o cual sitio se llamaba Agustina de Aragón, Basilio Paraíso o Callejón del Caprichoso Duende, por qué un esbelto edificio era La Adriática o por qué una pasarela temblaba en el aire, sobre las aguas turbulentas del río Ebro.
Vicente se puso enfermo. Porque sí. Bueno, enfermo, enfermo enfermo, quizá sea mucho decir. Se volvió insomne: no podía dormir por las noches. Intentaba oír la radio y sus músicas, se asomaba a la ventana para ver la luna y las estrellas arriba y las callejas y las farolas, abajo. Iba a la cocina a tomarse un vaso de leche o a comer una ciruela claudia. Abría un libro, recitaba un poema en el salón, encendía la tele. Pero, en realidad, estaba como angustiado: no podía concentrarse en nada. Además de insomnio, padecía ansiedad, que consiste en querer hacerlo todo a la vez y de prisa. Lo que deseaba Vicente, sobre todo, era dormir.
Fue a un médico. Y después a otro. Acudió a más de media docena de médicos. Todos le decían cosas distintas, pero uno de ellos, además de darle pastillas e inyecciones, le dijo: “Distráigase. Practique con moderación la actividad que más le guste. No hay que cansarse para dormir. Camine, sueñe, resuelva crucigramas, haga fotos con el móvil”.
Le gustó la idea. Hacer fotos con el móvil. Tenía muchos amigos fotógrafos e incluso había organizado una exposición de un fotógrafo francés que había llegado a su ciudad y había retratado a un montón de gente del Casco Antiguo. Gente modesta que vivía con lo justo y que tenía toda la alegría del mundo. Gente que tomaba el sol a la fresca, que tocaba palmas en las plazas, y que cantaba y tocaba la guitarra en cualquier sitio.
Vicente era muy pudoroso y tímido. Iba costarle empezar a tomar fotos, pero comenzó y no paró. Le encantaba todo: los cielos y sus colores; las calles con los autobuses y los vecinos; los edificios y sus ventanas o un fragmento de ventana; los aleros y los balcones; un mendigo que se había quedado dormido sobre un cartón o en el porche de una casa. Los carteles de los bares, el movimiento de los coches. Y, por encima de todo, le gustaban sus vecinos.
Vicente estaba fascinado. La vida bullía a su lado como un terremoto incontenible. Llegaba y vaciaba el teléfono en el ordenador; le dedicaba dos o tres horas, o más, mientras sonaban en su casa óperas completas, arias de María Callas y a veces una canción de Billie Holiday. Vicente era así. Si su mujer se fijaba en una foto que editaba en el ordenador, él se encogía de brazos y le decía: “Pasaba por aquí”.
Otro día su hijo David vio sus fotos en el ordenador. Sabía que llevaba dos o tres meses realizando instantáneas. Y se quedó sorprendido: su padre tenía madera de artista, aunque pensó que todas las fotos salían un tanto borrosas. David es experto en arte oriental. El móvil estaba bien, rendía mucho en sus manos, y aquellas eran mucho más que las fotos de un paseante. Pocos días después, fue el cumpleaños de Vicente y Pablo le regaló una cámara Lumix, con objetivo Leica.
Vicente estaba maravillado. No podía creérselo. En un día podía tomar cincuenta, ciento cincuenta o mil quinientas fotos. De todo: de lo visible y de lo invisible. Cuando le interesaba un rostro, de hombre o de mujer, le pedía permiso para dispararle. Casi siempre le decían que sí, porque es amable y cariñoso. Y pronto se daban cuenta de que estaban ante un artista. O ante alguien muy especial y despacioso.
Vicente ha hecho fotos de casi todo: de gente anónima que descansa en un banco, de escaparates, de artistas en su estudio, de escritores que firman libros, de viejos amigos a los que se encuentra por las calles. De comercios con sabor, de farmacias antiguas, de mujeres que miran cuadros, de los piragüistas que descienden por el río. De las flores y arbustos que ve en los jardines botánicos que visita y en los descampados de las afueras. Ha hecho series de casi todo: de números, de sirenas en la ciudad, de caracoles y mariposas, de hojas que caen, de las pisadas en otoño, de los poemas que aparecen en los periódicos, de jóvenes artistas que abrazan sus lienzos o un invento inefable. Vicente no para. A modo de justificación o de disculpa, que con él nunca se sabe, le dice al médico, a su mujer o a los amigos: “Pasaba por aquí”.
Acaba de estar una semana en París. Ha disparado exactamente dos mil doscientas once fotos. El río Sena y sus riberas ha sido su escenario predilecto, pero hay muchas más cosas: tabernas, pintores del natural, novios que se besan al sol y bajo los árboles, bañistas, gente que pasea con sus perros. Extranjeros en bicicleta. Y hay distintas tomas de la torre Eiffel, que siempre le ha gustado mucho.
A sus amigos les manda una postal por email. A mí me acaba de mandar una de un tabernero sentado ante su establecimiento. Dice: “París. La Marine. Pasaba por aquí. Vicente”.
Ha muerto el fotógrafo y publicista Vicente Almazán (Zaragoza, 1949), el hombre que nos enseñó a ver y entender y sentir mejor Zaragoza y la creación, el amigo discreto que siempre “pasaba por aquí”, y parecía estar en todas partes. En las librerías y las presentaciones de libros, en las galerías de arte y en los estudios de los artistas y los diseñadores, en las tertulias de café, en cualquier velada, en los mercados, o sencillamente caminando y atento a cualquier sombra, a una línea en el suelo, a un detalle, a la caída de las hojas o al ajetreo de la inauguración de una muestra.
Era un narrador, un cronista y un artista conceptual, un retratista maravilloso y discreto, inadvertido y sentido (ha retratado a cientos de creadores en la ciudad), un enamorado de los viajes, adoraba ir a Madrid o a Barcelona, sentía un cariño especial por Francia, especialmente por Tarbes. Padre de tres hijos, era un abuelo cariñoso y atento, dispuesto a la mejor de las historias y de las sonrisas. Jamás se advertía en un él un feo gesto, un enojo. Era un lector personalísimo, como se ve en su página ‘Mis adarmes’, en sus dictados (en el último reproducía fragmentos, el último un cuento de Leonora Carrington), en sus foto-collage, en tantas y tantas conversaciones, en su pasión por las palabras o la filosofía del arte. Era tan afectuoso como generoso, y cedió fotos a muchos amigos. Se entusiasmaba con los rostros, con las vidas, con las obras, con las miradas. Se entusiasmaba de existir.
Nos vimos en La Reserva, en la calle Cádiz, poco antes de la cuarentena. Me pasó una foto que sería portada de ‘Artes & Letras’ de Heraldo, hizo varias portadas y publicó varios reportajes, y me contó que le estaba pasando algo muy bello: su mujer Rosa, su compañera, su enfermera, la madre de sus tres hijos, le atendía de la mejor manera posible para él: le leía todos los días, y experimentaba un goce inefable. Decía que era como un penúltimo regalo. Sabía que le quedaban los días contados y lo contaba con la serenidad de quien sigue dando gracias a la vida hasta el último aliento.
Me dijo también que deseaba encontrar tiempo para ordenar su inmenso maravilloso archivo y blog fotográfico, http://www.misadarmes.com/, que siguió alimentando hasta el pasado 24 de abril en varias seres, al menos. Expuso en la Casa Amarilla e hizo una edición corta de algunas de sus fotos para amigos.
Ahí, en misadarmes.com, donde vemos una foto suya de espaldas adentrándose en la estepa, escribe: “Un adarme es una cantidad mínima de algo. He titulado el blog Mis adarmes porque lo que en él muestro son cosas pequeñas. Paseos por aquí y por allá. Sin rumbo fijo. Siempre con una pequeña cámara fotográfica. Capto imágenes que tienen significado para mí. No me interesa ni lo bonito ni lo feo. Me gusta el blanco y negro. También el color. Por eso tengo otro blog, Mis cromos, de idéntica filosofía. Ocasionalmente escribo unas líneas. Nada profundo. Acabo de encontrar el valor de lo superficial y no me gustaría perderlo. Gracias por tu visita”.
Gracias a Vicente Almazán por tanto que nos dio y nos da, por tanto que nos seguirán dando su recuerdo y su obra, gracias por haber estado, sin protagonismo alguno y con toda la ilusión del insomne, ahí, aquí y allá, paseando, mirando, conversando, soñando. Siempre con la sensibilidad de los elegidos.
Todo mi afecto y mi consuelo para Rosa y sus hijos, todo mi afecto y mi consuelo para tantos amigos que quisisteis y queréis a Vicente Almazán Arribas.