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Antón Castro

ENRIQUE VILLAGRASA: DOS POEMAS

ENRIQUE VILLAGRASA: EL CIRCO EN CALAMOCHA

[Enrique Villagrasa, Burbáguena, 1957, publica un nuevo poemario: ‘Palabra y memoria’ en las Ediciones del 4 de agosto de Enrique Cabezón y Carmen Beltrán. Me envía un par de poemas. Las fotos son de Michael Garlington.]

 

 

 

UNA TARDE EN CALAMOCHA

 

 

Como agua de manantial fría y dura

los sonidos de la pista se deslizaban.

Qué frío hacía aquella tarde en el circo,

que sin carpa inundaba la plaza de toros

de aquel industrial pueblo del Jiloca.

 

Llegó el calor al contemplar

al ágil acróbata que en el portor se apoyaba,

y cuántos aplausos cuando el anciano jinete

rompió el círculo de papel en su salto.

 

Y Arnau, en el asombro de sus ojos,

reía de puro gozo;

pues, el payaso en su cómica salida

con sus zapatones y maleta tropezaba.

 

Ya el acordeón suena

en la puerta caoba del otoño:

qué melancolía de gestos

con aquel payaso de lentejuelas y cara blanca

y con el del vestido grotesco y maquillaje exagerado.

Qué gestos de belleza con la luz

que iluminaba la pista, la comedia y el musical.

 

Y con las manos cargadas de pasión y esperanza

los niños aplaudían con sus sonrisas y carcajadas.

 

Qué frío hacía aquella tarde

en el circo, a orillas del Jiloca.

 

 

TU VIDA

 

I

El corazón desea en silencio,

del convento queda la distancia. 

El Jiloca siente nostalgia de su lecho

y la campana de su Burbáguena:

así incrementa el alma su fervor.

Asombrado por Francisco de Asís

y mecido por los querubines

todo fue verso en Benisa y Pego,

latitud alicantina.

Eres tarde otoñal

en el claustro de Teruel.

Su belleza, tu melancolía,

su decadencia, tu vida,

su soledad, tu alma.

Encerradas tras los labios

las palabras esperan

la luz del día y su brisa.

El tiempo estremecido

anhela otras teologías.

Inquieto todo. Oración y letanías

en el sentir de los frailes.

Volver a tenerte, ángel de la Guarda.

Duerme novicio tus sueños:

tus  pensamientos son tuyos.

Espejo puro, filósofo-teólogo,

de la memoria abismo.

Realidad universitaria

de lúcidos encuentros.

Poética única: Tronos,

Dominaciones y Potestades,

Ángeles y Arcángeles.

Todos ellos para ser

se miran en el Amor.

Sentimientos, emociones,

levadura de tu vida.

Caridad, palabra inventada.

El rostro del serafín desaparece.

Calla el teólogo

en la brevedad del instante.

 

II

Hoy, el mar vive el crepúsculo.

Las sombras, de nuevo,

levantan el vuelo.

Se adueña la luz de tus poros

y ves, otra vez, el ángel

caído. Eco de tu voz,

¿y la palabra ida?

Palpita el momento:

melancolía de gestos

en arrasadas lágrimas,

para ocultar

el rechinar de dientes.

Ocaso, más estrellas.

La botella deja caer

su última gota.

Emborracha el poema

de lágrima angelical.

Su aroma te arropa.

Tu corazón anhela.

Acaricias el momento

de vacías celdas

y te refugias en el silencio

de las olas de la tarde,

por descifrar el poema.

Lentas, graves las oraciones,

se repiten insaciables:

el ángel -tal vez- no ha muerto,

queda Valencia olvidada.

El estudiante ya no es

un fraile franciscano.

 

 

 

 

 

WILLIAM WALLING JR. Y SUS ESTRELLAS

WILLIAM WALLING JR

William Walling Jr. era hijo de actor. Llegó a Hollywood de una manera más bien casual. Empezó haciendo labores de limpieza, luego logró su sueño, intervenir en algunas películas, sobre todo mudas, y más tarde se afianzó como fotógrafo de las estrellas, desde los años 30 hasta los 70, en Paramount y Universal. Había nacido en 1904 y falleció en 1983.

 

Las fotos son de Carole Lombard (2), Marlene, Ida Lupino y Marlene, de nuevo.

ROBERT HUGHES HA MUERTO

[Mi hijo Daniel me dice que ha muerto el historiador del arte y escritor australiano Robert Hughes, un personaje realmente fascinante. Recupero este artículo que le dediqué con motivo de la edición española de su libro sobre Goya.]

El punto de partida de la biografía de interpretación “Goya”, de Robert Hughes (Sidney, 1938), tiene algo de inquietante narración de corte fantástico. Autor de libros como “Barcelona”, “El impacto de lo nuevo” o “Visiones de América”, Hughes sufrió un terrible accidente de automóvil, “en el que casi perdí la vida”, que lo mantuvo cinco semanas en coma y muchos meses deambulando de hospital en hospital. Llegó a pasar una docena de veces por el quirófano. Goya siempre le había atraído, desde los lejanos tiempos del instituto, y además la primera obra que adquirió fue “una impresión débil y en mal estado del Capricho 43, ‘El sueño de la razón produce monstruos’, esa indescriptible y conmovedora representación del intelectual que, desplomado sobre su escritorio, es acosado por dudas y terrores nocturnos”. Como en un ejercicio de justicia poética, Goya se le aparecía en sueños durante su estado comatoso, lo perseguía y se burlaba de él, como si le estuviese exigiendo un libro. Y ahora el libro acaba de ser publicado en España por Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores.
Se trata de una biografía lineal, que empieza en Fuendetodos en 1746 y culmina en su doloroso exilio en Burdeos, en 1828. Hughes confiesa que “había albergado esperanzas de ‘capturar’ a Goya con mi escritura” y ahora, en esa travesía del subconsciente, era el artista quien lo provocaba. En el capítulo inicial, “Goya por accidente”, explica Hughes sus teorías y sus conclusiones. Califica al artista aragonés como “un artista moderno” y lo dice porque “constituye una figura bisagra: es el último representante de lo que ya fue, y el primero de lo que estaba a punto de venir, el último de los grandes maestros y el primer moderno”. Goya era un hombre del viejo mundo, debido a “su evidente fascinación por la brujería y su fijación por las antiguas supersticiones”. De inmediato, al compararlo con otros creadores como Delacroix o Ingres, estima que “Goya era diferente: no podía ver ni experimentar nada sin formarse una opinión sobre ello, y esa opinión se manifiesta en su obra, a menudo de la manera más apasionada. En eso consistía parte de su modernidad y otra de las razones por las que aún resulta cercano pese al tiempo que nos separa”.
Robert Hughes ahonda en algunas características del artista aragonés. Subraya que “Goya fue uno de los pocos grandes pintores del dolor físico, las crueldades y las humillaciones corporales”, y eso se percibe claramente en las “pinturas negras” y en los “Desastres de la guerra”, a los que define así: “Esos grabados estremecedores en los que el pintor da fe de los inenarrables y cruentos sucesos de la sublevación española contra la invasión napoleónica: con su testimonio Goya se convirtió en el primer reportero de guerra moderno”. Pero además, Hughes lo califica como “un epicúreo convencido” y le dedica un precioso párrafo: “Sabemos que le apasionaba todo lo sensorial: el olor de una naranja o de la axila de una niña, el aroma del tabaco y el regusto del vino, el ritmo palpitante de un baile callejero, el juego de luces sobre el tafetán, el muaré, el simple algodón; el arrebol expandiéndose en el cielo de una tarde estival o el pálido brillo de la culata de nogal finamente tallada de una escopeta”. ¿No hay aquí, en cierto modo, una definición de la pintura o de un pintor exultante que entendía los secretos del placer y admiraba la desafiante o amable sexualidad de las mujeres como Pepita Tudó o Cayetana?
“Goya” también es una magnífica crónica de un país corrupto, y ese análisis tiene otro perfecto correlato: Hughes explica al pintor que intenta instalarse en la sociedad madrileña con un cuadro luminoso como “Pradera de San Isidro” de 1788, y cómo evoluciona en una suerte de catarsis o exorcismo personal hasta la “Romería de San Isidro” (182 / 1823), que pertenece ya a las “pinturas negras”. Hughes revela, por ejemplo, que Goya vivió unos meses en Roma, cuando residía en la casa de Tadeo Kuntz, con el grabador Giambattista Piranesi; recuerda la escasa pasión marital con Josefa Bayeu o, visitando la Cartuja de Aula Dei, anota que Paul y Amadée Buffet iniciaron en 1902 la restauración de los frescos de Goya, y afirma: “La mezcla del pincel de Goya con el de sus restauradores produce una extraña impresión”. Esta frase podría resumir el espíritu del libro: “Goya era un hombre muy listo y complejo, no sólo en cuanto a los temas, las técnicas y los significados de su arte, no sólo en su relación con el arte de los otros, sino en su vida cotidiana”. Goya no tenía nada que ver con esa vieja y romántica idea de que era “una especie de campesino tocado por la genialidad”.

La FICHA:

“Goya”. Robert Hughes. Traducción de Caspar Hodgkinson y Victoria Malet. Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores. Barcelona, 2005. 478 páginas.



ANECDOTARIO

-La obra. “Goya fue excepcionalmente productivo. Realizó setecientos cuadros, novecientos dibujos y casi trescientos grabados, dos grandes series de pintura mural y varios proyectos murales menores. En su tiempo tenía pocos contrincantes, pero ningún rival verdadero”.

-El paisaje de Fuendetodos. “En cuanto se ha visto el paisaje adusto que rodea Fuendetodos, pelado, inhóspito y castigado por el sol, con sus árboles aislados y oscuros a la luz implacable, también se advierte de dónde provienen el fondo paisajístico de los ‘Desastres de la guerra’ y, todavía más, de las pinturas negras de sus últimos años”.

-John Ruskin y el fuego. “La National Gallery británica no adquirió obras de Goya hasta 1896, y en un famoso ataque de histeria moralista el más importante crítico de arte de su tiempo, John Ruskin, quemó otra serie de los ‘Caprichos’ en su chimenea, como un gesto lo que él consideraba el símbolo de la abyección moral y mental de Goya”.

-El lema. “Parte de su credo, aún más, el mismo centro de su naturaleza como artista consistía en el ‘Nihil humanum a me alienum puto’ (Nada humano me es ajeno) de Terencio. Aquí nos encontramos con la inmensa humanidad de Goya, con un nivel de compasión, casi literalmente una empatía del sufrimiento equiparable a las de Dickens y Tolstoy”.

-La Duquesa de Alba. “Pero no hay manera de saber si Goya y la duquesa cometieron alguna locura durante esos días. Es probable que la verdad sea decepcionante: no hubo roce sexual entre los dos. Cayetana era una mujer coqueta y, comparada con la condesa de Osuna, una cabeza de chorlito. (…) Y no fue la modelo para la ‘Maja desnuda’ y la ‘Maja vestida’, lo que supone una pena desde el punto de vista del folclore cultural, pero quizá también un alivio”.

RICARDO COMPAIRÉ: UN DOCUMENTAL

Un documental sobre Ricardo Compairé,

que captó “el alma del universo pirenaico”

 

 

El realizador Eduardo de la Cruz acaba de terminar ‘Memorias de una mirada’ sobre el gran fotógrafo del Alto Aragón

 

“Ricardo Compairé es un fotógrafo que transmite con pureza el amor que siente por su tierra, la dedicación en cuerpo y alma a la fotografía. Quería que sus imágenes fueran un fiel reflejo de su tiempo y a la vez que tuviesen una plástica excepcional, un sentido artístico. Compairé debería ser revisitado por los críticos e historiadores españoles de la fotografía. Si hubiera nacido en París sería universal”, dice el realizador independiente Eduardo de la Cruz, que acaba de editar el documental ‘Memorias de una mirada. Ricardo Compairé, 1883-1965’, un trabajo de 61 minutos de su productora Donde van las Nubes en colaboración con la Diputación de Huesca.

El director madrileño tiene casa en Broto y alterna su trabajo en Iberia con el cine. Agrega: “Las imágenes de Compairé siempre me han parecido fascinantes. Creo que es el fotógrafo que mejor ha sabido captar la esencia, el alma del universo pirenaico. Era un hombre que conocía a la perfección lo que fotografiaba, y en sus fotos se percibe siempre la incesante búsqueda de la luz y del contraluz, el equilibrio perfecto entre calidez y calidad. Componía muy bien y era como un director de cine tras una cámara de fotos”.

Además de estas consideraciones, a De la Cruz le vino a la cabeza la idea de hacer un documental tras visitar la muestra de Antonio López en el Museo Thyssen. “Vi sus cuadros, sus bocetos, y en una pequeña sala se proyectaba un audiovisual sobre cómo trabajaba y quién era, en realidad, el pintor manchego a través de los testimonios más cercanos a él”. De la Cruz ensayó ese método en el documental ‘El Ara. El último río salvaje’, y empezó a indagar luego en torno a la vida de Ricardo Compairé.

El fotógrafo nació en Villanúa en 1883, mostró pronto un gran amor por el paisaje; años después, mientras cursaba Farmacia en Barcelona, descubrió la pintura y la fotografía. Al instalarse en Hecho en 1908, empezó a hacer fotos con una idea central: documentar un mundo en extinción, un mundo de tipos, de trajes tan delicados como los de Ansó, de contrabandistas, de pastores, de cazadores, de campesinos, de mujeres, de objetos que en sus manos parecen bodegones... Con la ayuda del propio Carbó y de su hija Marta, Eduardo de la Cruz elaboró un guión y contó con el actor Manuel Galiana, que “ya asumía en la película anterior una voz que parece la propia voz del río”, y contactó con mucha gente.

Explica: “La filmación ha tenido lugar en gran parte de los escenarios que recorrió Compairé. Hemos estado en sus casas, en los lugares desde donde tomaba fotos. Y en el documental participan las personas que, a mi juicio, más han trabajado y profundizado en su obra: Fernando Biarge, Valle Piedrafita, Covadonga Martínez, el ya citado Enrique Carbó; pirineístas como Severino Pallaruelo, Enrique Satué o José Luis Acín; historiadores de la fotografía como Alfredo Romero y Publio López Mondéjar; el antropólogo Ángel Gari. También he recogido alguna impresión personal como la de la presentadora de TVE Pepa Bueno, la de su nieto Enrique, y los testimonios de personas aún vivas de aquellas fotografías”. Una de las novedades es la presencia de su hijo Carlos Compairé, “que no había hablado hasta ahora”; dice que su padre amaba la montaña, que se subía a los picos en busca de una posición privilegiada para sacar fotos que no se hubieran tomado antes, y subraya que Compairé era un aragonés auténtico que “lo hacía todo por Aragón y para Aragón”.

El documental recorre todas sus fases: su trabajo incansable, su traslado al Coso Bajo de Huesca hacia 1921 y su amistad con Ramón Acín y Conchita Monrás, con el escultor José María Aventín, con el joven periodista y narrador Ramón José Sender... En 1936, una bomba cayó muy cerca de su casa: se asustó, dejó la foto y trasladó sus miles de negativos a Borja. De allí pasarían, en los años 80, a la Fototeca de Huesca. Compairé murió en Huesca en 1965.

 

FICHA TÉCNICA

 Memorias de una mirada. Ricardo Compairé, 1883-1965.

Documental. Director: Eduardo de la Cruz. Voz: Manuel Galiana. Guión: Eduardo de la Cruz, Marta Ruiz y Enrique Carbó. Producción: Donde van las Nubes y Fototeca de Huesca. Dos formatos: 23’ y 61’.

  

300 IMÁGENES DE  LA FOTOTECA

Y ‘LA LLUVIA AMARILLA’

 

 

La Fototeca de Huesca ha “sido el pilar fundamental de este audiovisual. De las 4.400 placas existentes, seleccioné unas 300 en colaboración con Nana Gómez Laguna, Esteban Anía y Valle Piedrafita, su directora. Ellos son como una gran familia que hace un trabajo encomiable. Los tres conocen todo el patrimonio visual del Alto Aragón. Me han dado muchas sugerencias, y eso me ha permitido elegir obras muy representativas y algunas imágenes que nos ofrecen un punto de vista más personal, más intimo”.

El cineasta ha hecho dos versiones de la obra: una para la Fototeca y para acompañar las exposiciones itinerantes, de unos 23 minutos, solo con la voz en off de Galiana y una declaración de Carlos Compairé, y la obra de formato largo, con testimonios, de 61 minutos. “Un documental básicamente es información –dice-: es un documento audiovisual que se mueve en ese terreno un tanto ambiguo entre el cine y el periodismo”. Eduardo de la Cruz ya trabaja en un nuevo proyecto: un documental sobre ‘La lluvia amarilla’ de Julio Llamazares, que va a cumplir 25 años.

CHAVELA VARGAS: DESGARRADO CANTO

CHAVELA VARGAS: DESGARRADO CANTO

CHAVELA VARGAS: CANTO DE AMOR, LOCURA Y TEQUILA

No soy un experto en Chavela Vargas. La he oído muchas muchas veces: la oigo ahora. La oigo en ‘Luna Grande’, su homenaje a Federico García Lorca, el poeta de su vida, como fue  también su poeta José Alfredo Jiménez. La oigo en sus grandes éxitos: ‘Piensa en mí’, ‘Volver, volver’, ‘La macorina’, ‘La llorona’, ella ha sido probablemente la mejor llorona de la canción mexicana y eso es como ser campeón olímpico de canto desesperado. Nacida en Flores, Costa Rica en 1919, casi toda su vida transcurrió en México: allí cantó sola, con su guitarra y con su poncho; cantó con mariachi, cantó los temas de Jiménez y de Agustín Lara.

Bebió más que nadie: tequila. Cerraba las tabernas, cantaba con hondura febril temas eternos y amaba con locura a las mujeres. Y las mujeres la amaban a ella: Frida Kahlo la vio y despertó su anhelo antiguo; dijo que si se lo hubiera pedido o insinuado la hubiera amado. Poseía una voz lenta y arrastrada, un voz que parecía brotar de la noche y sus cuevas más tenebrosas, con su melodía hiriente y desgarrada, con una mezcla de alarido y quejío. Cantaba letanías. Cantaba al corazón sacudido. Y estremecía la sangre y el deseo a quien la oía.

Y eso le ocurrió a Joaquín Sabina, a Lila Downs, a Pedro Almodóvar, a Werner Herzog, a Luz Casal, y a tantos y tantos otros que la oyeron y ensalzaron su canto. Almodóvar la recuperó para ‘Tacones lejanos’ y recuperamos a un mito, a una mujer peligrosa y libre, de esas que tiene una conexión extraña con el sexo y la muerte y con la intensidad de vivir. Y ella descubrió la cuna de la poesía: la Residencia de Estudiantes, donde solía oír al fantasma de García Lorca en sus resurrecciones, su poeta. Su loco enamorado. Julio Alejandro de Castro, el guionista de Luis Buñuel, el amigo entrañable, me contó una anécdota maravillosa: en sus conciertos en México, en esas peligrosas noches de puñales, de locas pasiones, de pistolones y de tequila, ella cantaba y ante ella estaban todas sus amantes, o muchas de ellas: las que lo habían sido, las que lo eran, las que aspiraban a serlo algún día.

Me encantó esta foto de una de las grandes fotógrafas de prensa española, que publica hoy ’El País’: Marisa Flórez.

ENRIQUE CEBRIÁN: CUATRO POEMAS

Enrique Cebrián, poeta y narrador y profesor universitario en Zaragoza, me envía cuatro poemas con esta nota: “Te mando cuatro poemas antiguos, que tratan, de un modo u otro, del verano y de las vacaciones y que hablan de un hombre que ya no existe, pero al que conocí bien”. Todas las fotos son de Clifford Coffin.

 

  LA FRUTA

 

 

Por aquel entonces jugábamos a creer

que no había límites en el fuego confuso

en el que ardíamos.

Éramos extranjeros en el país de lo correcto

y lo debido,

de lo que se esperaba de nosotros.

 

 

A veces,

en las tardes más lentas del verano,

huíamos muy lejos, y tú

me acariciabas y guardabas silencio.

 

 

Por aquel entonces reíamos

y leíamos el In illo tempore de de Cuenca

y probábamos –jugosa– la fruta agridulce

de la infidelidad.

 

CABO DE GATA

 

Irse de vacaciones cuando nadie lo hace  

–nadie lo negará–

tiene muchas ventajas: la vida

es más barata, los viejos se excitan

y bailan en hoteles y el tiempo,

con suerte, puede serte

benigno.

 

Cuando nadie lo hace,

irse de vacaciones

es mirar como un niño.

 

Una semana, solo,

en el Cabo de Gata,

y el mundo se paraba atando

la cuerda a sus relojes.

 

Una semana los teléfonos lejos, lejos

Internet,

la radio, las noticias,

sin tele ni periódicos,

en el Cabo de Gata.

Las aguas del mar tan cristalinas.

El cielo, las nudistas.

Una semana.

 

No eché de menos nada.

Tan sólo los espejos. Una semana estuve

en un lugar sin ellos.

Dejé crecer mi barba, como un ciego

lavaba mi cara en la mañana.

Quién era yo no sé,

quién fui en aquellos días

–Narciso asesinado–

en que aprendí la sed y el egoísmo.

 

 

ESTACIÓN DE PASO

 

Como el otoño apunta 

las hojas hacia el suelo,

así te quise yo.

Con convicción

y un algo de marchito.

Con la certeza implacable

dura

de las flores de un día,

un yogur caducado en la bolsa

de la compra

que todavía sabe a fresa

en la garganta.

 

Pese a todo

(o puede que por eso),

nos dio tiempo

de hacer algunas cosas memorables:

celebramos la juventud

de nuestro cuerpo en los billares,

fundamos un país que se llamó verano,

comimos cacahuetes.

Vivimos semanas como años

por las calles,

el puerto, las farmacias.

 

Sabíamos –como dicen

en el cine–

que lo nuestro habría terminado

antes de las primeras lluvias.

Los billares echaban la persiana

aquellos días.

No hubo aspavientos.

Lo bueno, si breve

–como dijo el maestro–,

sabe dos veces bueno,

dos veces sabor fresa aquellos días.

 

Como el otoño apunta

las hojas hacia el suelo,

así nos despedimos,

así te dije adiós

al cabo de los besos.

 

 

SÍNDROME POST-VACACIONAL

 

Deshacer las maletas, 

deshacer los recuerdos,

desayunar, de nuevo, en el café de abajo,

conservar tus señas, por si acaso,

por si otra vez,

desenterrar jerseys,

ir al trabajo,

comprobar en la ducha

cómo se va marchando la marca del moreno.

 

 

MARILYN: LA CHICA DE TODOS

LA CHICA DE TODOS*

  

50 AÑOS DESPUÉS DE SU MUERTE MARILYN MONROE SE MANTIENE EN UN ASOMBROSO LUGAR DE HONOR DEL IMAGINARIO COLECTIVO

 

Por Luis ALEGRE

En la madrugada del domingo 5 de agosto se cumplieron 50 años de la muerte de Marilyn. Millones de seres humanos escriben o hablan de ella estos días. Yo quiero ser uno de ellos.

 

Marilyn nació un año más tarde que mi madre y murió cuando yo tenía ocho meses, a los 36 años. Un día, yo era un niño, veíamos en la tele “Niágara” y mi padre dijo: “Mira, esa es Marilyn Monroe”. Es el primer recuerdo que tengo de ella. En esa película Marilyn estaba despampanante, con aquel vestido rojo. Mi padre comentó que era rojo. La tele era en blanco y negro.

 

A los 18 años, nada más llegar a Zaragoza, compré un póster gigante de Marilyn, lo enmarqué y ese cuadro permaneció en mi cuarto durante 25 años. La foto es un primer plano de Marilyn en el que ríe como solo ella sabía. Esa risa es lo primero que veía nada más despertarme. Mucho tiempo después mi hermana Carmen me regaló otra preciosa foto en blanco y negro. En ella Marilyn está sentada en la butaca de un cine, al lado de Humphrey Bogart y Lauren Bacall, en el estreno de “Cómo casarse con un millonario”. Lauren sonríe y Marilyn vuelve a reír. Esa foto lleva diez años colgada justo delante de mi cama. La risa de esta mujer es una de las imágenes de mi vida.

 

Yo sufro con Marilyn una variante glamurosa del síndrome de Diógenes: acumulo de modo absurdo todo lo que encuentro sobre ella. Además de mi hermana, algunos amigos conocen mi fijación y la estimulan. Uno de los últimos regalos de Félix Romeo fue un libro prologado por Antonio Tabucchi que recogía poemas, notas personales y cartas de Marilyn. Se titula “Fragmentos” y es un testimonio impresionante de su extrema sensibilidad.

 

En las navidades de 1992 viajé a Los Ángeles por primera vez. Fui con Jorge Sanz y Gabino Diego a pasar las fiestas con David Trueba, que vivía allí mientras estudiaba en el American Film Institute. Antes de dejar la ciudad visitamos a Marilyn en el Westwood Memorial Park Cemetery. Es un lugar chiquito lleno de celebridades. En el nicho de Marilyn hay una placa dorada con esta inscripción: “Marilyn Monroe. 1926-1962”. Joe DiMaggio, la figura del béisbol que fue su segundo marido, envió a ese nicho rosas rojas dos y tres veces por semana durante 20 años. Yo había leído que nunca le faltaban flores a Marilyn y el día que fuimos había unas rosas. Mis amigos y yo nos hicimos una foto y, luego, me animaron a que le dedicara a Marilyn la copla “Te lo juro yo” mientras miraba la placa. Lo hice. Los visitantes del cementerio nos miraban un poco raro.

 

Hasta que llegó Marilyn ese sitio era un cementerio normal. Pero, desde entonces, se convirtió en uno de los más visitados del mundo y, tal vez, en el más caro de todos. Ahora mismo, yacer ahí puede costar 90.000 dólares. Marilyn es un negocio interminable. Su muerte nunca se aclarará porque el negocio también se alimenta de esa ambigüedad. Dicen que Hugh Hefner, el fundador de Playboy, ha comprado un trozo de tierra próximo al nicho de Marilyn para ser enterrado junto a ella. Playboy disparó a Marilyn como bomba sexual al publicar, en su primer número, aquellas fotos de Marilyn desnuda sobre un cubrecamas de terciopelo rojo. Pero si Playboy se convirtió en Playboy fue, en buena medida, por esas fotos.

 

En ese cementerio también se pueden visitar las tumbas de Billy Wilder y de Truman Capote. Wilder supo exprimir muy bien el poderío cómico de Marilyn y su infinito encanto erótico en “La tentación vive arriba” y “Con faldas y a lo loco”. Pero, en esta última, Marilyn desesperó a Wilder: “Al llegar a mi casa después del rodaje, me entraban ganas de pegar a mi esposa solo por el hecho de ser mujer”. Marilyn se encontraba atrapada, de nuevo, en un torbellino emocional. Su indisciplina y su despiste sacaban de quicio al director. “Soy psicológicamente incapaz de ser puntual”, admitía Marilyn. Wilder ironizó con toda su mala leche: “Mientras todo el equipo esperábamos a Marilyn no perdíamos el tiempo. Yo, sin ir más lejos, pude leer `Guerra y paz´ y `Los miserables´”. Pero Wilder era el primero que valoraba su talento. Dijo otra vez: “Existen más libros sobre Marilyn que sobre la Segunda Guerra Mundial. Hay una cierta semejanza: fue el infierno pero mereció la pena”. Truman Capote publicó sobre Marilyn un reportaje para mí definitivo: “Una adorable criatura”. De vez en cuando lo releo, por si se me pega algo. Arthur Miller, su último marido, dijo cosas muy bonitas: “Marilyn tiene más agallas que una pescadería. A su lado la gente no quiere morir. Es todo mujer; la mujer más mujer del mundo”. Marilyn decía: “A mí no me importa nada el dinero. Yo solo quiero ser maravillosa”. No cabe duda de que lo logró.

 

No ha existido una mujer que, durante tanto tiempo, haya calado tan hondo en el inconsciente colectivo de todo el planeta. Habrá miles de razones para explicar el fenómeno pero tal vez se nos escapen las más importantes.

 

Marilyn simboliza un sueño imposible: el de la belleza inmarchitable. Murió en el momento preciso para que solo fuera recordada con todo su increíble fulgor. En “¿Quién mató a Norma Jean?” Bob Dylan deslizaba la idea de que a Marilyn la matamos entre todos. Alguien tenía que alcanzar esa quimera de prolongar la belleza hasta la eternidad y ella fue la elegida. Marilyn nunca se acaba.

 

Marilyn debe tocar alguna tecla muy íntima y muy universal. Tal vez lo que nos conmueve profundamente de ella es que nos sentimos retratados en su fragilidad esencial y en su pánico atroz a decepcionar. El mundo exigió a Marilyn que fuera de todos, para siempre. Ella solo tuvo que morir para conseguirlo.

 

*Este artículo de Luis Alegre aparecía ayer en la contraportada del suplemento ‘Hoy Domingo’ de Heraldo de Aragón, que coordina Mercedes ‘Picos’ Laguna. Llevaba una caricatura de Luis Grañena, autor también de este retrato.

JESÚS MONCADA: RETRATO LITERARIO

Jesús Moncada (1941-2005) quiso ser un orfebre del lenguaje, un contador de historias, un coleccionista de voces, un fabricante incesante de criaturas y de sucesos. Por eso se dedicó solo a las letras: a la ficción y a la traducción. Para él el mejor encargo era una traducción: de Alejandro Dumas, de Roger Martin du Gard, de clásicos eróticos y galantes del siglo XIX, que en buena medida era el siglo de escritores en los que reconocía: Balzac, Flaubert, Stendhal. También se reconocería en Lampedusa, Yourcenar, Cunqueiro, Pla, García Márquez o Alejo Carpentier. Moncada traducía porque eso le permitía extender su vocabulario, ensayar frases y metáforas que luego le servían para armar sus narraciones: los cuentos de ‘El café de la Granota’, ‘Historias de la mano izquierda’ o sus novelas: ‘Camino de sirga’, esa obra maestra que es el núcleo desde el que se expande su universo, ‘La galería de las estatuas’ o ‘Estremecida memoria’. Firmaba sus traducciones con una especie de seudónimos que tenían algo de broma: Cornelius Pi, Máximus Mínimus. Moncada escribía en un mequinzano universal: en un catalán depuradísimo y propio que excede los contenidos de cualquier diccionario. Había una voz antigua que le volcaba en el cerebro y en el corazón la música, el olor, el relámpago de todas las evocaciones, la exactitud y el vértigo de vivir.

Jesús Moncada nació en Mequinenza en 1941 y estudió en el Colegio de Santo Tomás, de la familia Labordeta, en Torrelloba / Zaragoza. Con nueve años ya había imitado a Julio Verne y su novela ‘Cinco semanas en globo’. Allí conoció la oratoria y la poesía musical de Rosendo Tello; conoció a Miguel Labordeta, que le dio su primer premio por un cuento; poco después contactó con Edmón Vallès, y más tarde con Pere Calders, en Montaner y Simón. También quería ser pintor, y expuso su obra vanguardista, de matices expresionistas y surrealistas; una obra que, en ocasiones, también se aproximaba hacia los bestiarios y el tenebrismo de Goya. Lo dejó y se centró en la literatura, y en la recreación de una pérdida: las historias del pueblo viejo de Mequinenza. Historias de amor y de tabernas, de mineros, de navegantes y sus laúdes, historias anudadas con humor, ironía, con fabulosas excursiones de la imaginación y con un sentido intemporal. Historias que explican el mundo, la memoria, la necesidad de abordar la historia con un punto de desafuero y de invención. Moncada, que amaba las estilográficas y los perros, fue un creador de mitos y como algunos de sus maestros sigilosos, Llorenc Villalonga o Miguel Torga, escribía con un sentido telúrico y poético incomparable, con esa caligrafía esencial que brota del alma, de la conciencia y de la voluntad de desplegar la palabra como un abanico y como un refugio. Su obra, traducida a una veintena de lenguas, es una crónica, un legado narrativo portentoso y una elegía. Mequinenza ocupa un lugar de honor al lado de Castroforte de Baralla de Torrente, de Miranda de Cunqueiro, del condado de Jefferson de Faulkner, de la Santa María de Onetti, de la Lisboa de Saramago y Tabucchi, y del Macondo de García Márquez. Él también creó una geografía imaginaria en la enciclopedia de la literatura.

 

 

[Ayer, en la mesa redonda de Valderrobres, Chusé Aragüés anunció que 2012 es para Prames como “un año Moncada”. El sello que dirige ha publicado ‘Jesús Moncada: el universo visual. Lápiz, tinta y óleo’, con textos de Pedro Pablo Azpeitia, y publicará una edición ilustrada por el propio Moncada de ‘Estremecida memoria’ y recuperará la fotografía de su padre, ‘El vell’, y del propio Jesús. El primero hizo retratos de la gente, del paisanaje, y Jesús detalles, recuerdos, estampas que quedaban de lo que había sido el Poble Vell.]