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Antón Castro

LESLEY ALDA DOWDALL EN EL MONCAYO

LESLEY ALDA DOWDALL EN EL MONCAYO

Lesley Alda Dowdall, una irlandesa

que canta a los pies del Moncayo

 

La cantante y compositora de la banda In Tua Nua repasa su trayectoria en compañía del guitarrista Iñaki Fernández y actúa el 30 en La Corza Blanca de Veruela

 

A principio de los 80, “en una época de recesión tan brutal como esta”, Lesley Dowdall concluía sus estudios en la Universidad de Dublín y se integraba en un grupo de rock céltico: In Tua Nua (Una Nueva Tribu), de siete miembros que tocaban la batería, la gaita, el violín y la mandolina. Era la vocalista y una de los tres letristas de una banda que grabaría cuatro álbumes y que compartiría escenario con grupos tan conocidos como U2, The Cure, REM, Eurythmics o The Pretenders. Con esa banda, que llegó a actuar ante 80.000 personas, Lesley Dowdall grabó cuatro discos, “el primero lo grabamos con un sello que tenían los chicos de U2, The Mother Records”, y realizó giras por Europa y por Estados Unidos. En una foto de mediados los ochenta, Lesley canta con un Bob Dylan de pelo alborotado y un Bono tocado de sombrero. “Hacíamos una música un tanto inocente: le cantábamos a la vida y al amor, y muy poco a la política. Fue una época muy bonita: los U2 eran colegas, así como otros grupos. Éramos famosos. La música en Irlanda es muy importante: se vive de una manera especial e intensa como la literatura”.

Algunos años después, Lesley Dowdall (ahora Lesley Alda Dowdall, porque se ha casado con el traductor Enrique Alda, vinculado desde hace muchos años con Zaragoza) inició su carrera en solitario y publicó dos discos: ‘Not Guilt No Guile’ y ‘Out There’, donde había una versión muy particular de ‘Angel’ de Jimi Hendrix. Y algo más tarde, fue la vocalista de varios discos de Ronan Hardiman, y colaboró con el difícil y maravilloso Van Morrison, entre otros muchos. “Mi carrera en solitario supuso un gran cambio, una transición, una forma de buscarme a mí misma. Seguía contando las mismas cosas, me interesaban el amor y la vida, pero con una perspectiva más madura. Había vivido bastante y era más observadora. Quería comunicar mis sentimientos”. Como cosa curiosa, de aquellos días recuerda que grabó algún tema en el estudio de Peter Gabriel, instalado en un molino.

Lesley Dowdall dice que ella no está en la onda mágica, y un tanto lánguida, de la canción irlandesa y de las denominadas “celtic womans”. “Aquí en España hay algo que me gusta mucho: el duende. Yo no hablo de los bosques encantados o cosas así, pero mi música es espiritual en otra dirección. Me gusta la música fuerte, poderosa. No me agrada la música de aeropuerto. Llevo un tiempo viviendo en el Moncayo, en las afueras de Tarazona, retirada, en un lugar donde solo se oye el silencio, y me gusta mucho ese paisaje. Es mágico y misterioso. Me atrae esa relación que tiene con la poesía y con las brujas, y estoy intentando meter ese ambiente en una canción”. Enrique Alda cuenta que han recorrido pueblo a pueblo: Litago, Lituénigo, Trasmoz, Vera, Veruela, Añón, etc. Luego, ante la guitarra o el órgano, Lesley le da forma a sus sensaciones.

Está llena de proyectos. Llegó a hace algo más de un mes y ha actuado en el Teatro de las Ánimas, en Drinks and Pool, en la sala Morrisey, acompañada por el guitarrista y vocalista Iñaki Fernández, el líder de Green Apples, a quien define “como un músico espléndido que conoce muy bien el mundo de Los Beatles. Me entiendo muy bien con él: sabe melodía y aprecia la belleza de la música”. Lesley se extiende algo más: “La belleza es poesía y verdad, es cantar con el corazón de la verdad con letras poéticas. Cantar es expresión, poder, conexión con los otros, alegría. Cuando canto sé que estoy conectada con el mundo. Cuando vine a España pensé que la gente no se interesaría por mi obra en inglés, pero no ha sido así. Felizmente, la música es un lenguaje universal”.

Lesley Dowdall actuará en julio en La Campana de los Perdidos, en la iglesia de Santa María de Veruela en el Festival Internacional de Poesía del Moncayo, y en la Caravana de las Culturas, en Torrellas. A primeros de agosto se trasladará a Dublín porque la banda In Tua Nua se vuelve a reunir treinta años después y va a realizar una gira por toda Europa. “A finales de ese mismo compartiré cartel con The Cure y con Patti Smith en el Electric Picnic de Stradbally. Patti Smith es una de las artistas que más me interesan, igual que Annie Lennox, Nina Simone y Kate Bush, a quien conozco muy  bien: su disco ‘Hounds of love’ es uno de los mejores que he oído nunca. O Andrea Bocelli, que es el hombre que me hace llorar y parece conectado con la divinidad. Y por supuesto Bob Dylan, que canta mal pero es un extraordinario poeta, y Leonard Cohen, que también posee el don de la poesía. Sus letras son impresionantes”.

 

ADIÓS A JOSÉ ANTONIO ENRÍQUEZ

ADIÓS A JOSÉ ANTONIO ENRÍQUEZ

Me acaba de llamar el científico Toño Enríquez Domínguez, hijo de José Antonio y de Marisa, y me da una mala noticia: su padre, José Antonio Enríquez González, catedrático de Latín y poeta más o menos secreto, falleció hace unos días en la residencia Rafael Alberti de Madrid  a los 80 años. Conocí a José Antonio en el invierno de 1978 en el Mixto-4: yo hacía COU nocturno, nos hicimos amigos (básicamente porque un día, sin venir a cuento, me dijo: “Tú tienes pinta de poeta”), me invitó a su casa, conocí a toda su familia, a Marisa y a sus cinco hijos (creo que eran cuatro chicas y un chico), que era y es de Santiago y una enamorada de la Educación, me presentó mi primer poemario en gallego (que he perdido para siempre) en el Centro Gallego y fue siempre muy afectuoso. Me hablaba de los poetas clásicos, de Rosalía de Castro, que era su debilidad; poseía una memoria espléndida, pasión por Horacio, Virgilio o Julio César, y tenía un carácter especial: podía ser vehemente, airado, le gustaba mucho el bingo (luego, lo que son las cosas, trabajé yo cinco años en un bingo) y a la vez tremendamente afectuoso y cómplice. Hubo un momento, en aquellos primeros meses de desconcierto en Zaragoza, que me sentía como en mi casa con los Enríquez. Marisa era una maravillosa cocinera. A veces tenía la sensación de que recuperaba el ambiente de mi casa, pero mucho más refinado, con mucha luz, muchos cuadros y mucha luz. Felizmente, años después, hace no mucho volví a encontrar a Marisa y le presenté unas memorias de la educación. También leí un poemario de Miryam, muy interesante y personal.

José Antonio Enríquez había nacido en Toro, pasó su infancia y adolescencia en Zamora. Más tarde, se trasladó a Galicia, en concreto a Compostela, donde daba clases de Latín y allí conoció a Marisa. Luego estuvo en Zaragoza, en el Instituto Pignatelli, luego en el Mixto-4 de San Vicente de Paúl, en la Universidad Laboral y, hacia 1982, José Antonio se incorporó a la Universidad de Vitoria. De ahí pasó a Madrid, atravesó por algunos períodos de desconcierto y depresión y enfermedad, y poco a poco fue recuperándose hasta hace un mes exactamente, en que falleció a consecuencia de un aneurisma.

He recordado en muchas ocasiones a José Antonio Enríquez y por supuesto a toda su familia. Que descanse en paz en su tierra natal: en Zamora. Amparo Enríquez le escribió este texto a su tío, y se publicó en ‘El día de Zamora’

 

Elliott Erwitt: ’Provence, 1955’.

 

ELEGÍA POR EL TÍO Y PROFESOR

 

 

AMPARO ENRÍQUEZ OTERINO

 

“A mi tío José A. Enríquez González. GRACIAS”

 

“… hermanas golondrinas, estoy cierto… ¡Harto Cierto!... de que un día vendréis y yo ya estaré muerto…”

…versos que escribió tu padre, mi abuelo en este caso, y que leía turbada por su profundidad

y por el mensaje tan doloroso que me transmitían al imaginármelo en su enfermedad viéndole suplicar una tregua a la vida…

…ayer, en la amargura de la espera de tu cuerpo en el cementerio, en el nerviosismo de

recibirte una vez más aunque esta vez ya sin vida y conscientes de que sería tu último viaje;

en el sufrimiento de quienes esperábamos a los tuyos para, con un abrazo eterno, sujetarnos y

consolarnos, y heridos profundamente por la sensación de haberte perdido para siempre,

miraba al cielo sobrecogida y me conmovía aquel silencio roto sólo por el trinar de las golondrinas.

Volvía a sentir aquellos preciosos versos y volvía a recordar aquellas bellas palabras que nos regaló el abuelo José, confesándose con las golondrinas, … “y aunque ya no os veré,

porque ya no seré, seguiréis engarzadas en los cables trinando”...

y allí estaban ellas, estoicas y dulces, como así las retrataba tu padre, como si estuvieran

esperándote para recibirte en trinos y para envolver de primavera nuestro baño de lágrimas.

Sin consuelo, impotentes y en carne viva nos abrazábamos exahustos de dolor, y de amor…

sabíamos que estabas, sin duda, y todos los que te amábamos te sentíamos y nos

lamentábamos, pero también reíamos porque fueron demasiadas emociones, que no

corresponden a una pérdida común… solo tú, únicamente una persona singular como tú,

pudiste formar este revuelo. Solo tú nos pudiste emocionar y juntar a todos de nuevo, a

muchos que no nos veíamos hace años, para fundirnos en besos y abrazos llenos de

sentimiento y para rememorar de nuevo lo mucho que nos hemos amado siempre…

…“pero aunque bajo el manto de la tierra esté yerto, podéis estar seguras de que os oiré el

concierto, porque allí en el misterio de la olvidada tumba, vuestra música dulce seguro que

retumba”… juntos, enamorados de tus recuerdos, de lo que fuiste y de lo que nos has dejado

al mundo, entre otras cosas, un tesoro de hijos y nietos, y una sabiduría de límites

incalculables, te vimos marchar, escapar bajo la tierra camino a lo desconocido… pero tu

energía no escapó, se quedó entre nosotros y la palpábamos. Nos escuchabas ¡seguro! Igual

que el concierto de las golondrinas que tu padre contaba. Aquel rincón estaba lleno de

sentimiento y aquellas flores que abarrotaban tu sepultura, las flores de la agonía que yo llamo,

esta vez eran del cariño y de cercanía. Porque incluso una de sus cintas tenía tu ingenio y tu

facilidad para transformar sarcásticamente el momento más terrible y duro de la despedida en

una sonrisa:

“adiós, espectadores, ahora aplaudidme”-en castellano y en latín… por si quedaban dudas…

e incrédulos mirábamos hacia los lados, no conscientes de haberte perdido, pero aturdidos por

estar despidiéndonos de una persona con tantas cualidades. Con tu aspecto desgarbado, un

genio sin prejuicios, excesivo para todo, cariñoso, enamorado de la vida, catedrático de las

lenguas clásicas, amante de todos los tuyos, inteligente, más bien superdotado. Culto y

desordenado… vividor y feliz de haber vivido… En fin, una persona tan especial y tan grande,

que claro, nos cautivó…

…y miraba hacia arriba recordando a mi abuelo, a tu padre, como se despedía de nosotros y

de la vida, aludiendo a las hermosas golondrinas…y me acordaba triste del colofón sus versos,

…“Ahora bien, ya más nunca notaré vuestra ausencia, ni anhelaré con ansia vuestra alegre

presencia… hermanas golondrinas, porque estoy cierto… ¡Harto cierto! de que un día vendréis

y yo ya estaré muerto”…

Querido tío Jose, el otro día te fuiste, nos dejaste, pero allí estabas rodeado de emociones

excesivas e incontroladas, como a ti te gustaba.

Gracías tío, estés donde estés…siempre permanecerás con nosotros.

“… Hermanas golondrinas, a vosotras os digo”…

TROPO EDITARÁ 'LA GRAN CRUZADA'

TROPO EDITARÁ 'LA GRAN CRUZADA'

Recibo esta nota de Óscar Sipán: "En octubre publicaremos en Tropo la novela alemana LA GRAN CRUZADA, de Gustav Regler, con prólogo de Hemigway y que sucede en parte en Zargoza y Huesca. Esta novela de 500 páginas sobre las brigadas internacionales se traduce por vez primera al castellano. Regler fue el enemigo nº 19 de Hitler".

 

 

Das große Beispiel (La gran cruzada)

Autor: Gustav Regler (1898-1963)

Prólogo: Ernest Hemigway

1ª edición 1940 en inglés (traducido del original en alemán)

1ª edición en alemán 1976

1ª edición en castellano 2012. TROPO EDITORES.

Páginas: 500.

 

“La gran cruzada es mi homenaje a los compañeros y amigos

de la XII Brigada, y a todos los combatientes de la

libertad”.

 

GUSTAV REGLER

“Esta novela trata de la edad de oro de las Brigadas

Internacionales, de cuando su oro era hierro. Trata de

aquel tiempo en el que la XI y la XII Brigada defendieron

la capital, Madrid, en las batallas de Boadilla del Monte,

el puente de Arganda, el Pardo, en Algora y Mirabueno y

finalmente en Guadalajara. Nadie está tan en su derecho

como Gustav Regler de hablar de estas batallas que

salvaron Madrid. En todas estuvo él.[…]No he dicho mucho

del libro de Regler. Hay que leerlo, no describirlo. […]

Hay acontecimientos que son tan grandes que un escritor que

los ha vivido está moralmente obligado a contarlos lo más

fieles a la realidad que se pueda, sin pretender cambiarlos

a través de la ficción. Acontecimientos de ese valor son

los que han originado el libro de Regler”.

FRAGMENTO DEL PRÓLOGO DE ERNEST HEMINGWAY

 

“Como un Malraux alemán, pero menos afortunado, [Gustav

Regler] se involucró en todas las guerras, en todas las

revoluciones, en todas las causas”.

TIME MAGAZINE

 

“Regler era el hombre más fotografiado de la España

republicana”.

ALFRED KANTOROWICZ.

 

La gran cruzada es posiblemente la más espléndida y

desconocida de cuantas se han escrito sobre la contienda

española, y desde luego con las Brigadas Internacionales

como protagonistas”.

CARLOS FORTEA.

 

 

EL ENEMIGO Nº 19 DE HITLER

Gustav Regler nació en Merzig/Saar en 1898. Participó en la

primera guerra mundial de la que regresó herido y

conmocionado. Estudió Filosofía, Francés e Historia. En 1929, un año después

de conocer a la que sería su segunda esposa, entró en el

partido comunista. Tras el incendio del parlamento en 1933, huye de la Gestapo

hacia París. En estos años aparecen sus primeras novelas.

Muy implicado en la campaña política a favor del Status quo

y contra Hitler, la derrota de su facción en enero de 1935

le obliga a abandonar su país, pues desde noviembre de 1934

ya aparece Regler como enemigo del estado alemán número 19.

Las visitas a la Unión Soviética son numerosas. El que a

los ojos de sus colegas escritores es un alumno comunista

modelo, sufre un cambio a partir de 1936, que le lleva a su

abandono del partido en el momento de la firma del Pacto

Hitler-Stalin en 1939.

Regler participó como brigadista internacional en la Guerra

Civil española. Fue comisario político de la Brigada XII, y

participó activamente en las ofensivas del frente de

Aragón, hasta que el 11 de junio de 1937, cuando está a

punto de empezar la ofensiva sobre Huesca, un obús cae

sobre el coche que transporta al escritor y al brigadista

húngaro Maté Zalka, “General Lukacz”. Lukacz muere en el

acto y Regler, herido de gravedad, es operado en el

Hospital de Barbastro. Las anotaciones que realizó en sus

diarios son la base de la novela que aparecería en 1940 en

inglés con el título de The great crusade, con prólogo de

Ernest Hemingway.

Al inicio de la Guerra mundial, fue internado en un campo

de concentración francés del que logra escapar, y del que

emigra hacia Estados Unidos, asentándose en Méjico a partir

de 1940.

Tras la muerte de su segunda esposa, su matrimonio con la

americana Margret Paul, le permitió dedicarse a su carrera

literaria hasta su muerte en Nueva Dehli en 1963.

 

 

 

“Los edificios nuevos e impolutos hacían resaltar de manera

especialmente desagradable el trabajo destructivo de la

artillería, y los hierros esparcidos entre los edificios

volvían el paisaje más esperpéntico si cabe. Ante la mirada

de los soldados se alzaba el barrio en toda su extensión

como la enorme maqueta de un arquitecto que la hubiera

acabado en un momento de enajenación mental. Todo el

entorno pedía a gritos algo de vida; la sola presencia de

un perro lo hubiera hecho más real, pero allí no había ni

un perro, ni un pájaro, ni una persona”.

FRAGMENTO DE “LA GRAN CRUZADA”, DE GUSTAV REGLER.

 

*En la foto, Regler, Hemingway e Iya Ehrenburg. Cortesía: TROPO EDITORES

CARLOS VITALE: POEMAS BREVES

Carlos Vitale nació en 1953 en Buenos Aires (Argentina). Es licenciado en Filología hispánica y Filología italiana. Ha traducido a muchos poetas. Ha publicado Códigos (1981), Noción de realidad (1987), Confabulaciones (1992) y Autorretratos (2001), recogidos en Unidad de lugar (Prólogo de Luisa Cotoner, Editorial Candaya, Canet de Mar, Barcelona, 2004). Es autor, además, de Descortesía del suicida (prólogo de José María Merino, Editorial Candaya, Canet de Mar, Barcelona, 2008). Me envía una selección de poesía suya.

 

CARLOS VITALE: LA PARTE POR EL TODO

 

Yo soy Nadie, ¿tú quién eres?

Emily Dickinson


LA RESPUESTA ADECUADA

Responder al hielo.
No con sonrisa, sino con misterio.


PASOS EN LA BUENA DIRECCIÓN

Estalla la condena: subasta
del límite.


LIBRE DE POLVO Y PAJA

¡Exceso de pureza!
¡Primicias de corrupción y goce!

COSECHA LENTA

Tendré que esperar a una flor
tardía.


EN CABEZA AJENA

De todos modos mi sueños están
en vosotros.


LA CUESTA DEL TIEMPO

Parte en dos la tribulación.
Mitad en cada bolsillo.

 

 

*Todas las fotos son de Christian Coigny, un fotógrafo suizo, nacido en 1946, que trabajó en Estados Unidos y que ahora reside en los alrededores de Lausanne. Es una maestro del blanco y negro. De la belleza, del desnudo, del paisaje, de la initmidad.

ANGÉLICA MORALES, CINCO POEMAS

ANGÉLICA MORALES, CINCO POEMAS

 

La poeta y narradora Angélica Morales, también actriz, acaba de publicar el poemario ‘Desmemoria’ (Gobierno de Aragón, 2012), con el que ganó el premio Miguel Labordeta de poesía. Tiene la deferencia de mandarme cinco poemas y este retrato suyo. Angélica vive desde hace años con un gran artista y fotógrafo: José Manuel Ubé. Todas las fotos de los poemas son de la joven fotógrafa sueca Julia Hetta.

 

25-10- 2037

                           

Hay otoños que pudren la dorada fruta de los soles.

Y hay mujeres que chupan cigarrillos o paren monstruos de corbatas azules.

Existen, bajo el suelo de los jardines, sueños que ansían bocas como flores.

Pero yo te busco en las montañas, más allá de todo vértigo, entre la ausencia del tiempo que se mide en los granos de arena, en la huella sucia sobre un patio nevado.

Hay ojos que esperan otros ojos entre las piernas de las frías estatuas.

Existen peces sin espinas y dinosaurios dormidos sobre las rocas de un acantilado.

Pero yo te busco bajo la tierra, más allá de las edades del mundo, de los bastones con cabeza de león, te busco.

  

19-10- 2037

En el interior de las postales flotan los cadáveres de ayer.

Una mano ya muerta me sigue escribiendo mensajes de amor.

Dentro de las postales huele a café y a perfume de violetas.

Te busco también dentro de las postales, entre la furia parisina y bajo aquel palacio en llamas (no recuerdo su nombre ni el tuyo).

Llueve dentro de las postales, agua destilada, llanto de cocodrilo

que rueda sobre las mejillas de una muñeca recién llegada de San Petersburgo,

flaca y ausente, tan pálida como las madrugadas.

¿Qué hacer con las postales que aúllan como una loba hambrienta?

Dentro de una boca vacía ha estallado mi locura.

Sucedió esta mañana, quizá hace dos siglos o puede que aún esté por venir.

Los soldados desertan de los ejércitos, dentro de las postales.

Y las niñas abren sus piernas para que los viejos se asomen a un abismo de hiel y terciopelo.

En el interior, en mi interior, sólo los pájaros.

 

17-11- 2037

Mi padre tocó el cielo con su boca en su último viaje hacia la eternidad del whisky.

Dos días después tuvimos que enterrarlo.

Hacía sol y las moscas rondaban los escotes.

Ahora, sin embargo, no hay cielo en mi habitación.

Solo un techo agrietado del que cuelgan tres farolillos chinos.

Soy extranjera de mí. Soy huérfana de mí.

Mis manos viajan por países recónditos, aman y se prostituyen en otras habitaciones tan ciegas como el alcohol.

El misterio reside en la boca, eso escribió Pessoa sobre el pecho de tres cadáveres femeninos.

Una de esas tres mujeres (eso nunca lo supo mi padre) era yo.

 

15-12- 2037

Tras mi sombra hay una muerte blanca, casi insignificante,

con ojos de mujer dormida.

Hay caminos sembrados de huellas y babas de hombres.

Hay una lápida acogedora, y flores de plástico, y mis pensamientos convertidos en tinta detrás de los búcaros.

Hay frío al respirar, y una bata roja (transparente y maldita) que perteneció a una puta enferma.

Hay un night club abierto a las cuatro de la tarde y mi primer cigarrillo.

Un vomito sobre el edredón y tres orgasmos solitarios.

Hay, a veces, otros mundos metalizados y postales florecidas y chicles de menta con sabor a clorofila.

En esencia soy una rosa oscura que murió en el pasado: hay mucha sombra detrás de mi sombra.

 

22-10- 2037

 

Había un perro que ladraba dentro de un cuarto oscuro,

gordo y gris.

Y montones de leña desordenada en el suelo y arañas que perdían el rumbo entre agujeros y mantos metalizados.

También había una muñeca rota, con su único ojo apuntando al cielo.

Y un tren sin pilas, y zapatos solos y una hamaca dormida con mi abuelo dentro.

Había veranos largos y una vecina sorda, mi fiesta de cumpleaños y un cuchillo impregnado de azúcar.

Había una madre que no estaba y un señor, a lo lejos, que gritaba.

También gordo y gris.

Había música en el patio y una mujer de cojera feliz.

Un albaricoquero, había, acariciando los pensamientos de la abuela.

Y flores, y una muralla sin Roma y sin triunfo.

Y había una niña escondida entre las sombras, al lado del perro gordo y gris, hablando con las arañas, lamiendo la cicatriz de la muñeca rota, viajando en el tren sin pilas, probándose los zapatos solos, escuchando los ronquidos del abuelo en el hamaca, olvidando la sordera de la vecina, bailando con la música del patio, robando las desdichas del albaricoquero, escalando por la muralla, esperando a la madre, desoyendo los gritos del señor.

Había, a lo lejos, un cuchillo que le ladraba a la niña dentro de un cuarto oscuro.

 

 

 

JUAN LUIS GALIARDO EN ZARAGOZA

[Hace algo más de año y medio comí con Juan Luis Galiardo, Anabel Mateo y Luis Alegre en Casa Hermógenes. Entonces aún existía ‘Borradores’, uno de los proyectos más bonitos que he vivido en mi vida. La comida fue preciosa. Esa noche escribí esta nota. No tiene ni la profundidad ni la exactitud de la de Luis, uno de sus amigos constantes desde hace más de veinte años, pero también ayuda a entender mejor el personaje.]

 

 UN ACTOR EN CASA HERMÓGENES

 

Comí ayer en Casa Hermógenes –la casa de Hermógenes Carazo y de su compañera Carolina: entrañables por igual- con Luis Alegre, la representante Anabel Mateo y el actor Juan Luis Galiardo, que está en Zaragoza, en el Teatro Principal, haciendo varias funciones de ‘El avaro’ de Moliere, junto a otros catorce actores, una función que concibió y dirigió Jorge Lavelli, que reside en París. Juan Luis Galiardo empezó siendo un galán del cine español y, por lo tanto, también fue un gran seductor. Es un hombre simpático y arrollador, capaz de embelesar a las piedras (luego se le quedarán mirando tres mujeres en la calle, las saluda y les recuerda, con una inmensa sonrisa, que tiene cuatro funciones este fin de semana. Las besa y ellas le prometen que irán a la representación) o de descolgar abruptamente su teléfono móvil para decirle a Jorge Sanz que la serie que interpreta y está dirigiendo David Trueba es estupenda. O para decirle simplemente, a voz en grito: “Te quiero, Jorge. Qué bien me lo he pasado en tu serie”. Juan Luis sale, creo, en el capítulo cinco. Yo he visto el primer capítulo con mi hijo Jorge y creo que podría definirse como una serie “genial y patética”.

Juan Luis Galiardo estuvo a punto de partir a Estados Unidos, a Hollywood. Trabajó con Sofía Loren en ‘Blanco, rojo, negro’ y se quedó fascinado con ella, aunque él era muy joven (ella tenía como un sueño amoroso y sexual con él, que terminó casi abrasado por accidente), y también realizó dos películas con Charlton Heston, una de ellas fue ‘La llamada de la selva’, basada en el texto homónimo de Jack London. Galiardo sufrió una especie de ataque de pánico ante uno de los perros lobos de la película y tuvo una reacción extrañísima, no quiso rodar, y además se dice que en medio de ese arrebato estuvo a punto de estrangular a Heston. Eso dice la leyenda negra, o lo que le han contado a Luis Alegre, porque Galiardo no lo recuerda con precisión. Con esa precisión al menos. Después de estas aventuras y algunos amores con bellas y famosas mujeres del cine español, cayó en una especie de pozo, entre la depresión y el desconcierto; se recuperó poco a poco y rehízo su carrera en México, hasta que la reemprendió en España de la mano de directores como Luis García Berlanga, José Luis García Sánchez (en alianza con Rafael Azcona), Manuel Gutiérrez Aragón (que lo dirigió como Don Quijote) o Fernando León de Aranoa, que le dio un extraordinario papel en ‘Familia’. Para todos ellos tiene palabras de cariño. García Berlanga solía decirle: “Aún no tienes suficientes arrugas para aparecer en mis películas”; cuando creyó que las tenía lo contrató para ‘Todos a la cárcel’. Otros nombres que aparecieron en la tertulia fueron María Luis San José, María Luisa Merlo, Carmen Sevilla, Vicente Haro, que hace de padre de Jorge Sanz en la serie y que falleció hace poco, y Antonio Giménez Rico. Juan Luis Galiardo es, por cierto, un estupendo imitador de voces.

Juan Luis Galiardo ha perdido a dos mujeres y desde hace una década vive con María. Le gusta recordar que es padre de cinco hijos y abuelo de tres nietos, quizá por eso, por su condición de abuelo de 70 años, ha querido que haya funciones infantiles, hoy y mañana, para niños. Él es un apasionado del teatro y de sus magias, y con Harpagón está haciendo uno de los papeles de su vida: un papel oportuno, que Moliere –actor también: murió en escena- escribió para él y que quizá admita hoy una lectura particular. Galiardo es excesivo a veces, candoroso siempre, incontinente una y otra vez, amoroso con los amigos, expansivo por naturaleza y exuberante. Zaragoza es una ciudad que le suscita cariños y el Teatro Principal es uno de sus favoritos de España. Está muy ilusionado con la obra, y con sus compañeros de reparto, y además está como quien vuelve de un naufragio o de una resurrección: hace algo más de un mes sufrió un ictus que lo llevó a interrumpir el espectáculo.

Está feliz. Comió alcachofas con una placer absoluto, bebió vino blanco Borsao y se mostró radiante. Cariñoso con Anabel, que es como una madre joven que le ha salido, como una cuidadora, y cómplice con Luis Alegre, que lleva ahora una libreta roja donde apunta las ocurrencias o las frases felices de los otros. Una de ellas, de Juan Luis Galiardo, podría ser parecida a esta: “Los golfos nunca mienten: siempre miran de frente”. La frase auténtica, que no recuerdo con exactitud, era mejor.

 

*Juan Luis Galiardo como Fidel Castro en 'I love Miami', de 2007. He tomado la foto de lahiguera.net.

GALIARDO: RETRATO DE LUIS ALEGRE

Recibo, a las tres de la mañana, esta nota de Luis Alegre que viene acompañada de un maravilloso artículo-retrato. Dice: “Ayer viernes murió Juan Luis Galiardo, una de las personas más increíbles que he conocido. Hace un año y medio escribí esto sobre él, donde tú apareces. Te lo envío como una manera de recordar aquella comida estupenda y de aliviar mi pena. Un besazo”

 

 

EL PARACAÍDAS DE JOHN GALLI

 

 

Por Luis ALEGRE

Es mediodía en la calle Libertad de Zaragoza. Juan Luis Galiardo irrumpe en “Vinos Nicolás”, la cantina de Hermógenes y Carolina. Viene hacia mí con los brazos extendidos y yo le recibo como se merece, de rodillas. Juan Luis se ríe, me levanta, me abraza y dice: “No sé si voy a poder soportar tanta emoción”. Le presento a Paula, la chispeante camarera chilena. Se dan un beso y, casi sin mediar palabra, el actor se pone a bailar con ella. Enfrente de la cantina, en la bodega del restaurante, hemos quedado con Anabel Mateo, su jefa de prensa, y Antón Castro. Juan Luis ha venido a Zaragoza a representar “El avaro” de Molière en el Teatro Principal y Antón le va a hacer una entrevista. La comida dura dos horas. Se pasan volando. El volcán Galiardo es mucho volcán.

 

Entre la gente de la farándula, Juan Luis Galiardo es toda una leyenda. Tiene fama de gran actor pero, también, de excesivo, torrencial, histrión, intenso, arrollador, tierno y loco. Se cuentan alrededor de él un montón de historias increíbles que son verdad. Y Juan Luis casi nunca decepciona. Acostumbra a estar a la altura de su leyenda.

 

A su lado, el delirio brota con una facilidad asombrosa. No está nada dotado para pasar desapercibido. Un día, yo estaba con él en un cine de Tudela, en un coloquio con los espectadores. Galiardo hablaba sentado en una mesa, sobre el escenario. Entonces, una mujer del público se levantó y se dirigió a la salida. Al verla, Galiardo dejó el micrófono, bajó del escenario y se puso a correr detrás de ella: “Pero señora, ¿dónde va?, vuelva¡¡¡”.

 

Juan Luis ha cumplido este año los 70. Él podría decir que tiene 60 y todo el mundo le creería. Sin embargo, le gusta presumir de que están a punto de caerle los 71. Continúa fuerte, poderoso. Entre sus logros, figura uno muy curioso: el campeonato de España de natación para mayores de 60 años. Estos días, en Zaragoza, ha ido a nadar todas las tardes.

 

Jamás pensó en llegar a la edad que tiene. Tal vez por eso arrastra esa alegría incontenible. Juan Luis creía que iba a morir joven. Vivía todo con tal ansiedad y tanta pasión que tenía claro que pronto acabaría destruido.

 

“Tú te has reinventado”, le dice Antón Castro. Esa es una de sus grandezas. En los años 60 y 70 Juan Luis fue el galán de referencia. Trabajó con Carlos Saura o Sofía Loren. Luego, huyó a México y se hartó de interpretar cine y telenovelas de baja estofa. En mi agenda del móvil lo tengo como “John Galli”, el seudónimo con el que aparecía en los repartos de películas de serie Z. A mediados de los 80 regresó a España y, arropado por gente como Mercero, Giménez Rico, Matji, García Sánchez, Azcona, Gutiérrez Aragón o Fernando León, se consolidó como un grande de la interpretación.

 

Una de las personas decisivas para él ha sido Manuel Trujillo, un psiquiatra. Juan Luis lo señala como el responsable de haber salvado el pellejo durante sus crisis y depresiones. Sus conflictos consigo mismo estallaron muy pronto. Había sido un niño feliz. Mitificaba a su padre y adoraba a su madre, a la que recuerda como el colmo de la ternura. Pero su mamá murió cuando él tenía 15 años y todo se vino abajo. Se le desató un profundo rencor hacia el mundo y, también, hacia su padre, quien, sin su madre, se le apareció como un ser pequeño, débil, despreciable.

 

Juan Luis se abandonó a la tarea de devorar la vida, sin tener a mano ningún tipo de freno. Su casa eran los bares y los casinos de Madrid. Buscaba a su madre en todas las mujeres a las que seducía. Le resultaba fácil ligar pero cuando llegaba a la cama, lo que más le gustaba era charlar con las chicas hasta el alba. Él solo quería afecto y hacer más llevadera su insoportable soledad. Aún hoy, uno de sus reproches más cariñosos es este: “Quiéreme más”.

 

Cuando su padre murió, Juan Luis ya había quedado en paz con él. Era el año 69. Entonces, durante la filmación de “Fortunata y Jacinta”, sufrió uno de sus arrebatos. Juan Luis tenía que fingir pasión por Emma Penella en una escena. Y, de repente, gritó: “Cómo voy a sentir pasión por esta gorda. Que la quiten de mi vista”. Emma era la mujer de Emiliano Piedra, el productor de la película. Ese episodio fue el preludio de una depresión terrorífica. Poco después, mientras, con Charlton Heston, rodaba con un perro en la nieve dijo: “Ese perro me mira mal y me quiere matar”. Y se fue.

 

Juan Luis es un espectáculo porque, entre otras muchas cosas, no tiene ningún reparo en airear lo más golfo y oscuro de su pasado y en reírse de sus taras y debilidades. Con total naturalidad –y mucha gracia- habla en público de su ludopatía, de su alopecia “difusa”, de la eyaculación precoz de su juventud, de su deterioro o de sus desequilibrios. Hubo un tiempo en que decía: “Estoy loco y te lo puedo demostrar”. Y te sacaba un certificado médico que lo acreditaba.

 

Pero quién no está un poco loco. Ojalá todos estuviéramos tan locos como él. Ojalá a mí, por ejemplo, se me pegara algo de su sensatez y clarividencia.

 

En los momentos más furiosos de su ludopatía, cuando olió su ruina, Juan Luis tomó una decisión para controlar su adicción: autodenunciarse en la policía para que no le dejaran entrar en ninguna sala de juego de España. Ahora bien, si iba a San Roque, su pueblo de Cádiz, saltaba a Gibraltar para jugar en sus casinos, donde no tenían registrado su DNI. Un día, Juan Echanove casi se encana de risa mientras me contaba una anécdota de Juan Luis y el juego. Parece que Juan Luis fue a grabar con Pepe Sancho una serie a Marbella, un paraíso para cualquier jugador. Una noche, Juan Luis no pudo resistir la tentación y salió a jugar. Sabía que con su DNI no le permitirían entrar y le cogió el DNI a Pepe Sancho. Llegó a un casino y, como si nada, entregó el carné a la chica de recepción, tratando de evitar su mirada. La chica miró el carné, lo miró a él y le soltó esta bomba: “Hombre, señor Galiardo, a quién se le ocurre venir con el carné del señor Pepe Sancho, que también se ha denunciado”.

 

A veces Juan Luis, para relajar el drama, recuerda lo que un día le dijo su idolatrado Rafael Azcona: “Juan Luis, no te lamentes tanto. Con tus tragedias Dostoievski no hubiera escrito ni una línea”.

 

Hace tiempo que Juan Luis se ha sacudido de encima muchas de sus debilidades, incluidas la ludopatía y la eyaculación precoz. Qué tipo tan extraño y formidable. Resulta muy excitante la sensación de sentir que alguien te está contando exactamente lo que se le pasa por la cabeza. Yo daría cualquier cosa por poder meterme en su cerebro y estar un rato investigando las raíces de la extrema lucidez, que tan a menudo se confunde con la locura.

 

Juan Luis sabe muy bien cómo es el precipicio. Más de una vez lo ha mirado desde el borde. Pero ahí sigue, a sus casi 71 años, con todo su talento, su dulzura y su delirio. El otro día, en la cantina, le dijo a Hermógenes Carazo una frase de esas que retratan una vida: “A mí, al final, siempre se me abre el paracaídas”.

 

*En la foto, Juan Luis Galiardo con su único premio Goya por 'Adiós con el corazón'. Retrato de Andrea Comas, REUTERS.

 

HA MUERTO JUAN LUIS GALIARDO

HA MUERTO JUAN LUIS GALIARDO

ADIÓS AL GRAN JUAN LUIS GALIARDO, ACTOR

Acabo de enterarme de la muerte de Juan Luis Galiardo a los 72 años, el gran actor, el hombre que lo fue casi todo en el cine, que trabajó con muchísimos directores como José Luis García Sánchez, con Fernando León de Aranoa (lo dirigió en una película excepcional: ‘Familia’), con David Trueba, con Manuel Gutiérrez Aragón, con Luis García Berlanga, con Paco Regueiro, con González Sinde, con Santiago Segura, con Antonio Artero, con Antonio Mercero, un actor internacional que fue ‘El Quijote’, un caballero inolvidable, un galán, un tipo entrañable que poseía la leyenda del indomable. Le había pasado de todo: le murieron dos de sus mujeres, tuvo muchas historias de amor y de amistad (le gustaba recordar que había trabajado con María Luisa Merlo, María Luisa Sanjosé, Carmen Sevilla...), era un contador inagotable de anécdotas, como aquella en la que recordaba que había estado a punto de matar a Charlton Heston en 1972. Era gracioso, ingenioso, chispeante, histriónico, siempre deslumbraba. Lo entrevisté varias veces, una de ellas en el Teatro Principal, tras haber comido con Luis Alegre y Anabel Mateo en Casa Hermógenes. Fue para ‘Borradores’ y estuvo genial, divertido, apenas había que preguntarle. Le dabas un pequeño pie y te lo contaba todo. Poseía una memoria espléndida y siempre tenía un punto de vista original sobre el teatro, sobre los dramaturgos, sobre su condición de intérprete. Cuelgo aquí el hermoso retrato que le hace Juan Cruz en ‘El País’. Cuando venía a Zaragoza te llenaba el móvil de llamadas, de avisos, de pequeñas urgencias. Amaba la vida por encima de todo, y le gustaba contarse y recrear su vida, que había sido una vida arrebatada, chispeante. Descanse en paz. Esta foto se la hizo T. G. para Heraldo de Aragón en el Paraninfo.

Se puede ver la entrevista en http://borradores.blogia.com/2010/121501-borradores-141210.php, en la primera parte a partir del minuto 25. Habla de ‘El avaro’ de Moliere, con dirección de Jorge Lavelli. Está espléndido.

 

 

 

UN CUERPO LLENO DE LUCHA, LEYENDA Y MELANCOLÍA

 

Por Juan CRUZ. El País.

Cuenta la leyenda (la suya, él creó su propia leyenda) que Juan Luis Galiardo se despojó un día de toda su ropa y se plantó desnudo y flaco como don Quijote ante Manuel Gutiérrez Aragón cuando el cineasta estaba buscando encarnadura para el protagonista de la más famosa locura de la historia de la literatura. “Estos son mis depojos, no me digas ahora que no soy el Quijote”.

Tuvo el papel. Su historia comenzó en la costa andaluza, y es mezcla de extremeños y andaluces. Extremado en casi todo, estuvo a punto de sepultar en el hielo de Finlandia a Charlton Heston, y en medio de esa locura (de la que obtuvo certificados) halló a un psiquiatra benefactor, el doctor Manuel Trujillo, al que le juró gratitud y fe eterna. Fue, en los años de su esplendor, el don Juan del cine que en el franquismo distrajo las tardes de los españoles, pero aquel incidente con Heston (en 1972) le volvió la cabeza a la insensatez y a la aventura, así que dejó de ser un galán para convertirse en un actor atormentado y un ciudadano que no cesaba de quejarse (y de reírse) de su destino.

Un día le contó algunas de sus desventuras a Rafael Azcona, que inventó muchos papeles para él, y a José Luis García Sánchez, que lo envolvió en esos papeles como su director más habitual; al término del relato, Galiardo se quedó en silencio como si el maestro de los guionistas españoles le fuera a dar un abrazo o la bendición. Le dijo Azcona:

- Con eso que me cuentas Dostoievski no hubiera escrito ni media línea.

Cuando le vio los dientes al desenlace fatal de la vida (en torno a 2009, cuando tenía 69 años), se rodeó de medicinas pero sobre todo de alimentos que creía saludables, capaces de otorgar la salud eterna, y los ingería con la desesperación divertida con la que buscó el equilibrio que la vida siempre le hurtó.

Era muy ocurrente, y muy trabajador, un empecinado. No paró jamás; fue productor, director, actor… En los últimos años de su vida, despojado definitivamente, o casi, del cuerpo glorioso que le dio la naturaleza, buscó papeles como aquel quijote desmejorado o como el avaro de Moliére, e incluso buscó en Shakespeare y en Cervantes compañeros de juegos y de asuntos que él abordaba como si acabara de llegar a este mundo.

Ese fue su rasgo, la grandilocuencia, el entusiasmo. No se arredró ante nada, y mucho menos ante la ruina. Conducía su coche, un jaguar que olía a cuero viejo, como si estuviera paseando por Hollywood o por Berlín, mirando hacia el asiento de al lado, gesticulando como si delante lo estuviera filmando una troupe de directores famosos pendientes de su dicción perfecta. Un día me dijo, ya en esa fase de desconsuelo ante la salud esquiva, hablando de su ego famoso: “Pues mi ego está en un 10% de lo que fue. No es nada. Ahora ha muerto mi primera mujer, Juana, la madre de mis dos hijos. Y fuimos a buscar las cenizas. Cuando ves que alrededor disminuye tu mundo a hachazos, como el de la muerte de Rafael, no hay ego que valga, se va al suelo”.

Pero su ego no se fue al suelo; esa era una manera de luchar para seguir. Buscó papeles de decrepitud, pero pensando que su cuerpo, el que sentía la necesidad de seguir actuando, era el verdadero Galiardo, no el que estaba amenazado por el embate crucial de su vida. En aquella ocasión de remembranza recordó aquellos años en que se lo rifaban las chicas en las platós y aún más cerca. Cumplía entonces la famosa edad, 69, “dos números tan hermosos; le he jugado mucho en la ruleta, y en el juego sexual he sido 6 y 9, he sido todo. Ah, y no te he dicho, la película que ruedo ahora, Asesino a sueldo, de Salomón Chanh, es la número 169 de mi vida”.

Hizo de todo, ni la psiquiatría logró pararlo. Era temible, por su energía, por su facundia. “La anécdota que mejor me representa”, me dijo en otra entrevista, “es aquella que me sucedió en México, cuando actuábamos María Luis Merlo y yo recitando versos en el Hotel Camino Real. Un político mexicano me interrumpía cada vez que empezaba Verde que te quiero verde, y él gritaba Ázul, manito, hasta que María Luisa me miró, como alentándome, Súper, mátalo, y el tío tenía una pistola, pero me armé de la hidalguía de la raza, de la vergüenza torera, así que me abalancé sobre él, y el tío se achantó… Me salió la fuerza del huérfano, ese momento de la vida en que eres o héroe o cucaracha, y sales héroe… Luego supe que el tío se había achantado porque tenía una placa de plata en la cabeza, así que si yo caía sobre él, aunque fuera ya cadáver, lo mataba seguro”.

Fue un gran actor de teatro, hizo muchísimo cine (alimenticio y del bueno), y tuvo una gran oportunidad (aprovechada) en televisión, con la serie Turno de oficio, donde se sintió “reciclado por Antonio Mercero”. Era un perpetuo insatisfecho que picó su entusiasmo en muchos ríos, y fue actor de gente como el citado García Sánchez, José María González Sinde, Antonio Giménez Rico, Francisco Regueiro (“aquella excelente Madregilda”), José Luis Cuerda, Méndez Leite… “Yo no sería nada sin el espíritu que me regalaron… Y después vinieron los más jóvenes, Fernando León con Familia, Santiago Segura, David Trueba… Han sido tan importantes para mi como la psiquiatría”.

Tenía miedo y tenía miedos, y eso le confirió una ternura que él disimulaba detrás de un vozarrón que amainaba gracias a una risa que dominaba su cuerpo y se concentraba en los ojos. Fue muy querido, tan querido que parece imposible buscar ahora, en los recuerdos que dejó, otra cosa que leyendas benévolas de un testigo y un actor del tiempo oscuro y de los años turbulentos que acompañó con sus llantos y con sus carcajadas quijotescas de hombre desnudo frente al mundo.

 

*La foto grande es de T. G. de Heraldo de Aragón. Las otras las he cogido de Internet: de series y de TVE.