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Antón Castro

ELÍAS MORO CUÉLLAR Y SU INVENCIÓN

ELÍAS MORO CUÉLLAR Y SU INVENCIÓN

Elías Moro Cuéllar es un estupendo escritor. De muchos tramos. Le apasionan especialmente los tramos cortos, la literatura que se mezcla, la literatura que enreda, la literatura que tira del relato corto, del poema, del aforismo, de la cita. Acaba de publicar un libro realmente estupendo, al que se puede entrar desde cualquier página, casi al azar: ‘El juego de la taba’ (Calambur, 2010), donde reconoce le influjo y los consejos y las afinidades con dos buenos amigos: Cristina Grande y Fernando Sanmartín. Con la gentileza habitual, Elías Moro (que ya tiene muchos, muchos amigos en Zaragoza) me envía unos fragmentos de un volumen que se fue amasando, expandiendo y consolidado en el blog del mismo título.

 

 

El juego de la taba

(fragmentos)

 

 

Elías Moro Cuéllar

 

Te asalta un pensamiento, un aforismo brillante, un argumento certero acerca de cualquier asunto; lo construyes en tu mente, lo ordenas sintácticamente, lo catalogas en una u otra categoría. Pero te pones a escribirlo y, a poco que te descuides, todo ese andamiaje se viene abajo con estrépito arrastrándote en su caída.

Y sales de la nube de polvo y cascotes sacudiéndote el fracaso a manotazos y sabiendo que tampoco era esto, que tampoco era este.

 

*

 

Siento, en la sien, latirme un verso.

 

*

 

Sostén

Sostiene tu mirada un instante más esta vida en derrumbe.

 

 

*

 

Días como islas, tan iguales, tan distintos.

 

*

 

Últimamente, echo mucho de menos el buen carácter, esa antigualla.

 

*

 

Todo hombre es su pasado, todos los pasados de todos los hombres. Mientras intentamos ser, sólo conseguimos -fiera y torpemente- haber sido.

 

*

 

Merienda

Pela una naranja en la tarde, y ese aroma que se esparce por todo el cuarto te acompañará para siempre.

 

*

 

Naturalismo y poesía

No me digáis que no es poético que una medusa tóxica se llame “carabela portuguesa”.

 

*

Menos mal que, disimulado entre otras muchas cosas, aprendemos el idioma de pequeños, casi sin esfuerzo, apenas sin darnos cuenta.

Porque como tuviéramos que hacerlo de mayores a base de estudio, el porcentaje de mudos y analfabetos crecería de modo espectacular.

 

*

 

Aviso

Cada vez que te dicen “es por tu bien”, prepárate a sufrir.

 

 

*

Variación sobre Sócrates

Ya no sé si sé lo que sé.

                                                      

*

 

Toda la poesía se acaba cuando llego con mi guadaña.

 

*

 

Mal de ojo

Mirar de rebote, al zigzag, al bies, al tresbolillo…

Y al poco tiempo, empezar a sentir los síntomas de algo malo.

 

*

 

Esa castiza expresión de mujer de bandera, digo yo que vendrá por las ganas de quitarse la camisa y ondearla cuando pasa a nuestro lado, como un espontáneo y peculiar homenaje a sus magníficas hechuras.

 

*

 

 Caigo ahora en la cuenta de cómo en muchas ocasiones, en las frases que pronunciamos a diario, utilizamos de continuo características o rasgos de animales para referirnos a cosas que no tienen nada que ver con ellos.

Piel de sapo, por ejemplo, para citar una variedad de melón; panza de burro para nombrar el color de algunas nubes preñadas de nieve y frío; color de hormiga para describir la tonalidad del rostro de los enfermos…

   Y así.

 

*

 

Cielo

Guarda el cielo en sus azules la memoria de las aves, las formas infinitas del vuelo.

 

*

 

La ironía y la inteligencia, una del brazo de la otra, guapísimas las dos, han salido juntas de fiesta.

 

TRES POEMAS DE ALMUDENA VIDORRETA

La poeta Almudena Vidorreta, que trabaja en investigación literaria en el siglo XVII, acaba de publicar su poemario ‘Lengua de mapa’ (PUZ: La gruta de las palabras). Selecciono aquí tres poemas.

 

COSAS QUE PARECEN

pero no son,

como los mapas,

que parecen lugares;

como mi lengua que no es un mapa

pero pudo aprender a guiarse

por las sendas de tu cuerpo.

Solo si te perdiera

sería capaz de decirte

(en el dolor)

que ya no logro descansar si no es contigo,

que no hay aire más allá

del que alcanzas a llenar con tus palabras,

que no hay camino

sino el que queda entre tus piernas

y que si me hicieran la pregunta tópica

de qué me llevaría a una isla desierta

adivina qué respondería.

 

 

NO ME GUSTA LO QUE DICES EN OCASIONES

y, cuando eso pasa, te muerdo la boca

sin darme cuenta de que al hacerlo

quedan por un tiempo restos de tu voz

en las grietas de mi lengua de mapa.

Siempre acabo mordiéndote la boca

sin pensar en las consecuencias.

 

 

YO HE REVESTIDO DE TI EL APELLIDO MALDITO,

he hecho de tu cuerpo

un sayo a medida de la sangre,

el único equipaje posible

en este viaje que emprendimos

a cambio de la saliva

con que humedezco tus labios.

Ven,

quítame esta arena que me sobra,

hazme tu destino.

 

 

Las fotos son de la fotógrafa vienesa Trude Fleischmann, que realizaría su carrera en Estados Unidos.

JOSÉ ANTONIO ADELL Y LOS MORISCOS

JOSÉ ANTONIO ADELL Y LOS MORISCOS

NOVELA HISTÓRICA. José Antonio Adell dio el salto a la narrativa de ficción con ‘El último templario de Aragón’. En la pasada Feria de Monzón presentaba ‘Regreso al alba’ (Pirineo), una novela centrada en la expulsión de los moriscos y en la brujería.

  

“He escrito un alegato contra

la guerra y un canto de amor”

 

“La ficción me permite hacer

más popular nuestra historia”

 

 

¿Qué ha querido contar con ‘Regreso al alba’ (Pirineo)?

La trama está a ambientada en el siglo XVII en el Altoaragón oriental y nos muestra las dificultades de los dos protagonistas, Omar e Isabel, en un escenario histórico que abarca cuarenta y dos años  (1610-1652) y en el que se viven como hechos más significativos la expulsión de los moriscos (1610), el ajusticiamiento de siete mujeres acusadas de brujas en Tamarite (1626), la entrada del ejército francés (1642-1643) y la peste bubónica declarada pocos años después (1652). Todo ello dibuja un panorama de grandes dificultades para los moradores de esta zona.

 

¿Cuál sería la idea general del libro?                                    

La novela quiere ser un alegato contra la guerra y las discriminaciones por razón de cultura, sexo o condición social, y es una reflexión sobre lo variopinto de la condición humana. Aquí se habla de amor, deseo, traición, valentía, hipocresía, miedo, coraje…

 

Vayamos con los protagonistas. Hay muchos…

Son Omar, morisco de Monzón, e Isabel, hija de una de las brujas que será ahorcada en Tamarite. Junto a ellos aparecen personajes reales: el general la Motte, el general Da Silva, jurados de Tamarite, Margarita Escuder y Juana Bardají, que son dos de las mujeres acusadas por brujería, el fraile y adivinador Francisco de Andrada. Y hay otros de ficción que contribuyen a crear la atmósfera adecuada para mantener en vilo al lector. 

 

¿Cómo entiende usted la novela histórica?

La novela histórica da ciertas licencias a los autores y el relato, nacido de la creatividad y de la consulta a fuentes, camina con libertad entre los sucesos datados históricamente y los creados por la ficción. Es una manera de hacer nuestra historia más popular y que así llegue a más lectores. Soy docente y existe una voluntad didáctica en la novela, pero pretendo que el lector se enganche con la historia y le cueste abandonar su lectura, y que aprenda algo que no sabía y que posiblemente no olvidará.

 

¿Por qué le han interesado los moriscos después de haber firmado ‘El último templario de Aragón’?

En el año 2010 se cumplía el cuarto centenario de la expulsión de los moriscos del reino de Aragón. También por la tradición de la fiesta del bautizo del alcalde que se celebra todos los años en Monzón, el día de Santa Bárbara, según la cual un niño morisco fue dejado por sus padres, cuando fueron obligados  a marchar,  a una familia de la ciudad pues estaba muy enfermo. Tras la recuperación de Monzón por el general Da Silva la población estaba sin ningún tipo de autoridad. Entonces se decidió nombrar alcalde a este joven morisco que entonces tenía treinta y dos años y era tenido por un hombre prudente y de  bien.

 

¿Podríamos decir que la obra quiere ser una defensa de los moriscos?

Es una denuncia por la expulsión de quienes estaban arraigados en una tierra y la trabajaban, por los miedos ancestrales -temor a las actuaciones de la justicia ordinaria o la inquisición en el caso de las mujeres acusadas de brujería-, por la falsa moralidad de los jurados y su manifiesto abuso de poder, por el sometimiento de la mujer o las duras condiciones de vida de las clases más humildes. La novela es un alegato contra la guerra, como le digo, y a la vez es un canto al amor, a la amistad, a la solidaridad y a los valores de quienes se entregan a los demás.

 

La novela transcurre en Monzón y Tamarite…

Es mi particular homenaje a estas dos poblaciones muy vinculadas a mi historia vital. Nací en una torre del municipio de Tamarite y esta población fue mi primer destino como maestro. En Monzón llevo trabajando dieciséis años, he estado vinculado al club de atletismo local durante treinta y dos años. Otros escenarios de la novela son Binéfar (donde resido desde hace cuarenta años), Barbastro, Albalate de Cinca, etc.

 

¿Qué autores de novela histórica son su modelo?

Ken Follett, especialmente por ‘Los pilares de la tierra’, y Umberto Eco, y en España, Arturo Pérez-Reverte, y los aragoneses José Luis Corral, Lorenzo Mediano y Ángeles Irisarri. El género está atravesando un buen momento.

 

COSTA O EL NEBULOSO TITÁN SABIO

COSTA O EL NEBULOSO TITÁN SABIO

Ariel rescata la mejor biografía de Costa

 

El hispanista inglés George J. G. Cheyne firmó en 1972 un libro que revelaba “la auténtica dimensión de la tragedia personal” del polígrafo aragonés y que se reedita en el centenario de su muerte

 

FICHA

Joaquín Costa, el gran desconocido. G. J. G. Cheyne. Prólogo de Josep Fontana. Epílogo de Eloy Fernández Clemente. Ariel, en coedición con IFC, IEA y otros. 288 páginas.

 

 

De Joaquín Costa (1846-1911) se ha dicho casi de todo. Desde quien lo vio como un prócer fascista hasta Giner de los Ríos, que lo definió como “el más adorable baturro que existe”. Y Josep Fontana lo describió como “un titán nebuloso”, fiel a sí mismo, “un hombre que buscó la renovación de su país a través de una política avanzada: por una vía revolucionaria, si fuera preciso”. Fontana lo perfila así en el libro ‘Joaquín Costa, el gran desconocido’ de George J. G. Cheyne, publicado en 1972, un volumen que deja al descubierto “la auténtica dimensión de la tragedia personal de Costa” y que sigue siendo “la mejor biografía” del polígrafo montisonense que falleció en Graus el ocho de febrero de 1911, hace ahora un siglo.

El ‘costista’ Eloy Fernández Clemente, en un extenso epílogo que hace inventario de los trabajos en los últimos treinta años, dice que “Cheyne ha sido no solo el mejor hispanista inglés sino sencillamente el mejor de todos los estudiosos de la vida y la obra de Joaquín Costa”. ‘Joaquín Costa, el gran desconocido’ acaba de aparecer de nuevo el sello Ariel, en coedición con diversas instituciones aragonesas: la Institución Fernando el Católico, el Instituto de Estudios Altoaragoneses y la Fundación Joaquín Costa.

Hijo mayor del campesino ‘El Cid’, todo un personaje en Graus y Monzón, Joaquín Costa nació en Monzón en 1846 y vivió en Graus entre 1852 y 1863, donde se reveló como un chico aplicado y superdotado, que intentaba aliviar a través de la cultura una vida áspera y monótona. Escritor desde muy joven de diarios, un tanto deslavazados, confesaba: “Mi afición a los libros era desmesurada. Los que podía encontrar en Graus no servían ni bastaban a llenar ese deseo infinito de saber que bullía en mi alma”. Leía libros y libracos sin parar, y mostraba su mal genio cuando se veía obligado a dejar de hacerlo. Desde muy pronto, Costa se reveló como un joven afanoso y apasionado, que se siente desdichado, que a veces barajó la idea del suicido y que vivía en una extrema pobreza, que nunca le iba a abandonar. Muchas páginas más adelante, dirá Cheyne: “Costa, sin duda, no fue feliz. Sus sueños no se vieron nunca satisfechos ni en el terreno académico, ni en el político, ni en el de los afectos”.

Se revelará como un gran luchador: en 1863 viajó a Huesca para servir al cacique Hilario Rubio. Hizo de todo: trabajó de peón en la reconstrucción del castillo de Montearagón, fabricó jabón, levantó los planos para  instalación de una bodega y para crear una verja en la catedral. Escribe Cheyne que lejos de mostrarse resentido, buscaba la perfección en su quehacer. A la vez que trabajaba asistía a las clases del instituto, y lograba medallas en las diversas asignaturas, aprendía francés e italiano e impartía clases de inmediato, y redactaba cuentos, poemas en prosa, pequeños libros, e incluso proyectó un ‘Tratado práctico de Agricultura’, del que solo esbozó algunas páginas.

Unas de las principales aventuras de ese momento fue que presentó su candidatura como albañil para asistir “de artesano discípulo observador” a la Exposición Universal de París de 1867. Gracias al oscense Manuel Camo le dieron una de las doce plazas, lo que le iba a posibilitar permanecer nueve meses en París. Escribiría: “Aquí fue mi golpe de gracia: mi viaje a París y la Exposición Universal (…) En Francia he concluido de aprender lo que son grandes obras y grandes empresas”. Poco después, se trasladaría a Madrid e iniciaría su carrera de tantas direcciones y de tantos obstáculos, algunos de índole personal, derivadas de su carácter montaraz y retraído y de una penosa enfermad: la distrofia muscular progresiva, que le llevó a acudir a un curandero de Laluenga. Amó a varias mujeres: a la enigmática Pilar, a Fermina Moreno, que jugó el doble papel de amante y madre, a Concepción Casas, la joven oscense cuya familia le rechazó por sus ideales republicanos, a Elisa, que le daría su única hija: Antígone, también conocida por María Pilar.

Costa intentó muchas cosas: escribió sin cesar, fue uno de los grandes oradores de su tiempo, se vinculó a la Institución Libre de Enseñanza, ingresó en la Real Academia de la Historia y nunca llegó a ser catedrático. Vivió como pudo: como oficial letrado, de profesor más bien ocasional, fue pasante de Gabriel Rodríguez, notario, abogado, etc. Y se convirtió en uno de los apóstoles del Regeneracionismo porque tenía “un programa para una revolución de ideas en el País”. Firmó libros como ‘Oligarquía y caciquismo’. Intentó crear un proyecto político con Unión Nacional, al que se sumaron su paisano Basilio Paraíso y Santiago Álvarez, pero al final quedó fuera, en tierra de nadie, en la ardiente oscuridad de una pugna íntima entre la conciencia y la conveniencia.

En 1904, se retiró a Graus, y allí vino a buscarlo Lerroux, pero no quiso volver a la política. Poco antes de morir, según Cheyne, dijo enigmáticamente: “Ya sudó”. El director de HERALDO José Valenzuela la Rosa recreó la disputa que hubo por su cadáver entre Madrid y Zaragoza: Canalejas, que temía una impresionante manifestación republicana en Madrid, autorizó a que se detuviese el tren en Zaragoza y los ciudadanos se apoderaron de su féretro, que reposa en Torrero en un monumento de “ambicioso simbolismo”.

GUINDA, ORENCIO BOIX, LOUISIANA Y CLARA CARNICER EN 'BORRADORES'

[Esta noche, a las 0.45, Borradores. Aragón Televisión. Invitados al plató: Ángel Guinda, Premio de las Letras Aragonesas 2010, y Orencio Boix, director del Festival de Cine de Huesca y autor del documental ‘Los chicos de provincias somos así’. Reportajes: Clara Carnicer en la galería Carolina Rojo y ‘Transformaciones’ en el Centro de Historia. Actuación musical y entrevista: Louisiana, que publica su primer álbum.]

 

Ana Muñoz es poeta, autora de ’Solo para la noche’, y vocalista y guitarrista de Louisiana.

 

ÁNGEL GUINDA, PREMIO DE LAS LETRAS ARAGONESAS 2010, Y ORENCIO BOIX, DIRECTOR DEL FESTIVAL DE CINE DE HUESCA, INVITADOS A ‘BORRADORES’

  

El poeta Ángel Guinda, Premio de las Letras Aragonesas 2010, es uno de los invitados al programa cultural Borradores. Guinda publica ahora el poemario ‘Espectral’ (Olifante. La casa del poeta, 2011), quizá el más particular de su trayectoria, y habla de su vida: de la muerte de su madre, de sus visitas al cementerio de Torrero, de sus años de formación poética, de la condición de “poeta maldito”, que rechaza, y de la condena que sufrió en 1987 por escribir un verso obsceno en el Café de la Infanta.

Ángel Guinda. Por Columna Villarroya.

El otro invitado a plató es el realizador y nuevo director del Festival de Cine de Huesca Orencio Boix. El cineasta habla de sus planes de trabajo y de los proyectos que trae para el certamen, así como del documental ‘Los chicos de provincias somos así’, la historia de la música popular en Huesca, desde los pioneros Los tres Carino, los hermanos Solanes, hasta grupos como Kiev cuando nieva, Copiloto o Pécker, pasando por conjuntos claves como Orni, Escoria Oriental, Mestizos, Javier Carnicer, Willy Giménez, etc. Orencio Boix comenta cada grupo y se pueden ver secuencias del documental.

Foto de Los Tres Carino, los hermanos Solanes, cuya historia contó Miguel Mena. La foto es del blog del Capitán Lillo.

El programa ofrece un reportaje con la pintora Clara Carnicer, que acaba de inaugurar una muestra en la galería Carolina Rojo, que ha abierto la sala de su propio nombre. Y desde el Centro de Historia, también se emite un reportaje sobre ‘Transformaciones’, las fotografías de la instalación del teléfono, realizadas por grandes maestros como Alfonso, Ramón Luis Marín, Juan Mora Insa, Claret, Gaspar, etc.

Carolina Rojo y Clara Carnicer, en una foto de Vicente Almazán. 

La actuación musical corre a cargo de Louisiana, el grupo de Luis Cebrián y Ana Muñoz, que acaba de publicar su primer álbum. Luis y Ana se hacen acompañar de Raúl y Richi y explican las claves de la banda que toca dos temas: ‘No hay valor’ y ‘Que me desamor’.

NOTAS DE UNA GRABACIÓN

José Manuel Blecua, director de la RAE. Foto de 'El país'.

Ayer grabamos un nuevo programa de Borradores con el siguiente menú: actuó el grupo de fusión y tecno pop BColors, formado por músicos franceses, colombianos y zaragozanos, que tocó dos temas ‘Regard le ciel’ y ‘Mis colores’, (hablan en la entrevista Doty Moine, cantanten francesa, y el bajista colombiano Edu Arenas) y acudieron al plató el narrador Luis Antonio Puente, autor de ‘Desterrado de Cierzo’, y la poeta Almudena Vidorreta, que acaba de publicar ‘Lengua de mapa’.

Almudena Vidorreta, en un retrato de José Antonio Melendo.

Se ofrecen reportajes y entrevistas con José Manuel Blecua, director de la Real Academia de la Lengua, con Juan Casamayor, director de Páginas de Espuma, y con Andrés Neuman, Ismael Grasa y Cristina Grande, con motivo de la aparición del libro ‘Pequeñas resistencias 5’, y con Valeria Bergalli, directora de Minúscula. En el capítulo de artes, se ofrece un reportaje sobre las micro-performances Fra-accion (hablan, entre otros, Juan Escós y Antonio Chiprana) y una visita a la exposición de ‘El pez dorado’, que celebra los 25 años de Caleidoscopio en el Centro de Historia.

Este programa se emitirá el próximo martes 25 de enero.

ADIÓS AL MARINO VÍCTOR GRACIA Y A OTROS AMIGOS

Esta mañana, al abrir ‘El Periódico de Aragón’, me encontré en la sección de necrológicas que redacta Javier Ortega con otra noticia desoladora –el sábado por la tarde me llamó Félix para decirme que había fallecido Angelines, la mujer de José Luis Lasala, una criatura estupenda y luminosa, enamorada de los viajes, que además se sentía muy feliz en su casa de San Mateo de Gállego, una casa con jardín, su paraíso personal de música, libros, de arte, de hijas y nietos…; también falleció el abuelo de Sergio Calvo, portero del Garrapinillos senior-: el viernes pasado fallecía Víctor Gracia. Lo había visto hacía poco por Garrapinillos y me dijo que no andaba bien, creo que en el bar Juliki, y juraría que me dijo que ya no podía fumar. Hace algunos años publiqué este reportaje sobre él, su vida en el mar y su experiencia en el Urquiola, que naufragó en 1976. Retomó aquí el artículo como forma de homenaje. Por desgracia, no tengo una foto de Víctor.

 

 

 

EL MARINO QUE NO PERDIÓ LA GRACIA DEL MAR

 

Víctor Gracia naufragó en el petrolero Urquiola

el 12 de mayo de 1976 en el puerto de A Coruña

 

 Aragón también es tierra de marinos: Martín Cortés, Pedro Porter y Casanate, Félix de Azara o, entre otros, aquel “Divino calvo” que era como un héroe en la calle Pradilla de Zaragoza, a finales de los 50 y principios de los 60. Aquel hombre dejaba un reguero de fábulas por donde iba: en la peluquería, en las verdulerías, en los bares del barrio. Y varios jóvenes de la zona, atraídos por el halo del navegante y por sus historias de puertos del Mediterráneo y del Norte de Europa, decidieron seguir sus pasos. Los chavales oían hablar de los burdeles de Rotterdam y se quedaban estupefactos. La alegría y la vida estaban allá lejos, tras el desierto, después de cruzar el corazón del mar. “Me hice marino por él. Primero se marchó un compañero a estudiar Náutica a Barcelona, y yo, que era hijo único, me fui a Portugalete porque la Escuela estaba entre Portugalete y Santurce, y teníamos allí una familia amiga. Recuerdo que el Divino Calvo, como le llamábamos, organizaba sus tertulias los fines de semanas en la peluquería y nos quedábamos todos boquiabiertos con sus aventuras”, dice Víctor Gracia. Víctor Gracia ingresó en la Escuela de Náutica, donde estudió para oficial de agregado. Permaneció dos años en tierra y realizó otros dos años de navegaciones en el mar. “Allí me casé y anduve un poco escondido, porque no quería irme a la mili. En 1969 ya era profesional y me incorporé como alumno en prácticas al Monte Urquiola, que era un navío mixto: transportaba 8.000 toneladas de tomate, plátano o pepino y, además, a 60 pasajeros que viajaban en primera clase en camarotes de caoba. Un día se nos juntaron los tomates o los plátanos con los pepinos, y aquello fue un auténtico desastre: todo sabía a pepino. El barco tenía un aire decadente. Era lo que se llama un buque motor (un ‘bm’) y hacía la ruta Vigo, Tenerife y Las Palmas, Liverpool, una travesía de unos quince días”.

Víctor Gracia Royo, que había nacido en la calle Cádiz en 1949, permaneció en el barco 60 días. Por entonces, verificó que la leyenda del Divino Calvo se extendía por los siete mares, y conoció también a un personaje que fue determinante en su vida y en esta historia: Francisco Rodríguez Castelo, de apodo “Paquito el alemán”. El mar y las montañas de olasComo aquéllos eran tiempos en que se demandaban marinos, un día recibió una llamada de la naviera Eco que le ofrecía un puesto en el Eco Luisa. Y se embarcó el primero de mayo de 1973. Aquel barco se había especializado en la ruta del vino: Cádiz, Oporto, Brighton. Era capaz de transportar alrededor de 1.200 toneladas de vino y coñac, pero también chirucas y latas de mandarina en almíbar muy apreciadas lejos de España. Navegando en esa embarcación, que arribaba mucho a Cartagena y a Cádiz, aprendió las primeras faenas del pícaro: comprobó que se practicaba el contrabando de tabaco, “que venían a recoger las propias furgonetas de la Guardia Civil, ha oído bien”, e incluso televisores en color. El día que recibió sus primeras cinco mil pesetas (30 euros de ahora) de ganancias, entendió que aquello iba en serio. “Estuve seis meses navegando y recuerdo esa estancia como una gran experiencia. Realicé algunos de los viajes más raros de mi vida y recuerdo algunas anécdotas inesperadas: el mismo día que mataron a Salvador Allende detuvieron a unos de mis compañeros bajo la acusación de robo, y todo porque había cambiado novelas de Marcial Lafuente Estefanía por plátanos en Trípoli. Hubo de intervenir el cónsul y todo”.

Víctor Gracia desea explicar los secretos del mar: cómo se vive en los barcos, qué siente un marinero cuando el mar se encabrita o cuando se avanza por un océano tranquilo, sembrado de islas. “El día que empecé a aburrirme del mar, lo dejé. He tenido miedo muchas veces. Ese mismo día, también me dije: ‘Ya no tengo edad y me sobra el dinero’. Tengo el recuerdo espantoso de una noche en la cual el oleaje era realmente impresionante, el mar se convirtió de inmediato en una montaña de olas infranqueables. Te sientes perdido. De golpe, te das cuenta de que el barco no responde aunque pese 10.000 toneladas, que las sillas no se aguantaban de pie. También recuerdo las noches del Índico, en el canal de Mozambique y Madagascar: una noche tranquila, el mar fosforescente. Todo era ideal: la calma, la temperatura, el ambiente en las islas, el plenilunio. A veces consigues una sensación semejante en la montaña, pero no es tan perfecta. El mar es inigualable”. Víctor Gracia aprovechaba ése y otros viajes para desembarcar en Nueva Orleáns, para ver aquel ambiente musical y vitalista, asomarse al Mississippi, “donde cumplí mis primeros 30 años”, y escuchar jazz.

En octubre de 1973, Víctor Gracia sintió melancolía de su joven esposa y desembarcó en Francia. Como no había hecho el servicio militar y era reclamado por aquí y por allá, lo atraparon y lo obligaron a cumplir con la patria: cumplió con sus obligaciones por un espacio de 18 meses en El Ferrol y en Santander; estaba asignado en la fragata Legazpi, “pero en realidad sólo navegué cinco días. En cambio, me convertí en el secretario del comandante”.El 20 de abril de 1975, separado ya de su primera mujer, se dejó tentar por un barco de Santander, el Baitin, de 2.200 toneladas, en el que iba a Liverpool y Rotterdam, pero también a Durban y a Mozambique. Abandonó ese barco porque quería asistir a la agonía de Franco en España, y se desplazó a Madrid, nada más ni nada menos que a la casa de un joven comunista que quiso destrozar y quemar su archivo el día que murió el general. Entonces, Víctor no intuía que estaba a punto de iniciar la gran aventura de su vida: el 28 de diciembre de 1975, se embarcó en el Urquiola de la Naviera Artola en La Coruña.

El viaje fatídico del “Urquiola”

“El ‘Urquiola’ era grande, muy grande, pero no era exactamente un superpetrolero, como tantas veces se ha dicho. Tenía un peso muerto de 110.000 toneladas, consumía 40 toneladas al día de fuel y efectuaba una ruta única: la del transporte de crudo desde Arabia Saudí a la refinería de La Coruña, a Petrolíber. Cada viaje duraba 34 días de ida y 34 de vuelta, y a eso había que sumarle entre 24 y 30 horas de carga y otras 48 o 72 de descarga”. El petrolero Urquiola había sido construido en Astilleros Españoles, en Sestao, y había sido botado el dos de junio de 1973. Sólo realizaba aquel trayecto, y lo había efectuado 16 veces. De eslora total (largo) medía 276 metros, y de manga (ancho), 39 metros. La tripulación estaba compuesta por 38 hombres y cumplía órdenes de Francisco Rodríguez Castelo, “Paquito el alemán”. “Era un gallego rubio, de ojos azules, de La Coruña. Se había casado algo tarde y tenía dos niñas. Creo que acababa de cumplir los 42 años. Tenía un aire de alemán insobornable y rígido, pero era un pedazo de pan. Era el único que se ponía el traje y los galones cuando llegábamos a puerto. También venía con nosotros, como segundo de a bordo, Arturo “el Legionario”, un tipo de Calatayud que había vivido en Vitoria y acusó las muertes de una manifestación que hubo por aquellos días”. Víctor Gracia recuerda que no se produjo ningún incidente reseñable tras 68 días de navegación. 

“No parábamos hasta llegar al Golfo Pérsico para cargar y al puerto de La Coruña para descargar. Sí hacíamos una pequeña trampa en la vuelta: nos deteníamos en Tenerife y, así, entrábamos en la bahía gallega como si aquel fuera un transporte nacional”.El marino aragonés, que obtuvo la licencia de capitán en 1985, había concertado una cita con una novia madrileña, y sólo esperaba llegar a tierra para verla. Antes había que vaciar las 107.676 toneladas métricas de crudo. Todo discurría con absoluta normalidad. “Algunos ya nos habíamos duchado y todo. El Urquiola estaba equipado con camarotes individuales y con duchas. En La Coruña hacía, con el alba, un tiempo espléndido, el mar estaba tendido, había olas largas de calma chicha. Recuerdo que subí al puente a las ocho, que le dije algo al capitán, algo de la chica que me esperaba, Pilar era su nombre. Entrábamos perfectamente enfilados, pero de repente uno de los dos timoneles dijo: ‘Don Francisco, que no gobierna el barco’. No sólo no gobernaba, sino que había tocado fondo y dejaba una negra mancha de crudo”.Víctor Gracia dice que no recuerda todos los detalles. Han pasado 30 años exactos. Me enseña el relato del accidente que hizo de la tragedia el Sindicato Libre de la Marina Mercante, en cuya fundación participó: “Urquiola, la verdad de una catástrofe”.

“El Urquiola ha tocado fondo. De sus planchas desgarradas surge el maldito oro negro que, además de contaminar, es sucio, viscoso y se ve a simple vista. El buque recibe orden de la Comandancia de alejarse cien millas mar adentro llevándose su sucio cargamento. Orden recibida con una celeridad en verdad digna de mejor suerte. Celeridad que no es eficacia, sino precipitación, desconocimientos, incompetencia. En la maniobra de huida, el Urquiola vuelve a tocar fondo, ahora de forma definitiva. La mancha de petróleo, insignificante tras la primera tocada, se extiende con rapidez”.La tripulación abandona el barco. Toda, salvo el capitán y el práctico del puerto. Mientras Víctor pregunta por su amor, le dicen que el hotel donde lo esperaba se quemó hace un mes. Y casi en ese mismo instante, se oye una explosión que conmueve La Coruña. Una nube inmensa y negra oscurece el cielo de las ensenadas. Más tarde, mientras el crudo se extiende hacia Betanzos y Ares y entinta la costa, Víctor Gracia sabrá que el práctico apareció completamente tiznado pero vivo, y que Francisco Rodríguez Castelo, que apenas sabía nadar, apareció ahogado en otra playa algunos días después. Gaston Bachelard escribió una vez: “El héroe del mar es el héroe de la muerte”. Paquito el alemán se comportó como un héroe. Aquello hizo correr ríos de tinta, hubo juicios y polémicas, pero al final se vio que había habido un encadenamiento de errores de la Comandancia de Marina y del Instituto Oceanográfico, que les llevaron a perder el juicio. El Urquiola, sólo parecía ser el principio: luego vendrían el Mar Egeo, el Cason y el Prestige. 

 

EL HONOR DEL CAPITÁN 

“Me parece que este barco ha muerto”, se dijo aquella mañana del 12 de mayo de 1976 en Seixo Blanco. Apareció un remolcador y la tripulación abandonó el Urquiola “de manera ordenada y sin histeria. La historia de la tragedia es fascinante: al final gracias al abogado Ruiz Soroa, se comprobó que había sido un error del Estado por no advertir la existencia de la roca aguzada que se levantaba dejando sólo once metros para navegar, entre ella y la superficie, cuando nosotros necesitábamos 19. Y además porque se tomaron mal demasiadas decisiones”. Sin embargo, uno de los detalles más conmovedores fue la defensa que se hizo del capitán, que había entrado varias veces en esas aguas y con idéntica carga, y que se comportó con un coraje extraordinario. Se quedó hasta el final, hasta que se desmandó el fuego. “El sindicato logró restituirle el honor a Francisco Rodríguez Castelo, su buen nombre, y no sólo eso. Tras mucho batallar, su viuda y sus hijas acabaron recibiendo una indemnización de diez millones de pesetas de entonces”, 60.000 euros de hoy. “Recuerdo a su mujer y a sus hijas. La recuerdo a ella, rubia, diciendo: ‘Ay, mi Paquiño, ay mi Paquiño’. A mí aquello me marcó mucho también. Le cogí miedo al avión. Le cogí mucho miedo al avión. No es un chiste”.

 

SIEMPRE HAY UNA PERRA AL ACECHO*

SIEMPRE HAY UNA PERRA AL ACECHO*

Siempre he entendido muy bien a un amigo al que perturban los perros. No es que los odie, o quizá sí, pero no se siente cómodo entre ellos. A mí me ocurrió igual desde pequeño y durante años: me ponían nervioso y casi siempre me ladraban al pasar. A veces con una fiereza desconcertante que era también la medida de su propio miedo. Un día, mientras yo andaba lejos de casa, un familiar nos trajo un cócker azafranado, de largas orejas y ese pelo que el sol bruñe con sus hilillos de oro. Decían que aquel era un perro loco, extraño y soñador, amigo de las aguas, de los lagos y de internarse entre los matorrales. Siempre andaba de aquí para allá en un puro devaneo: vivía aventuras por doquier. Pluto se puso malo y se quedó completamente inválido. Años más tarde, otro amigo nos metió en casa una perra: algodonosa, simpática, como un suave oso de las nieves. A medida que crecía, mostraba algunas rarezas: se enfurecía, se metía debajo de la mesa y se quedaba allí, acotando su territorio entre gruñidos. Al atardecer, ladraba de manera obsesiva. Cuando nos cambiamos al campo, ladraba a todas las horas y especialmente de noche. Noa, una mastina del Pirineo, ni siquiera cambió sus modales cuando le trajimos una perra bóxer, Zara. Hace poco, de madrugada, oí la respiración cavernosa de Noa. Apenas podía moverse y ninguna de las piernas le respondía. Los ojos se le habían vuelto cenagosos y exhalaba un olor denso y fúnebre. Hubo que sacrificarla. Y ahora, su compañera Zara está deslocalizada (por cierto: Joaquín Sánchez-Vallés acaba de publicar en Huesca un precioso cuento de poesía, genialidad y suplantación, ‘Deslocalizado’), desamparada y mimosa. Tiene una mirada triste. A cualquier hora se asoma a la verja a ver si aparece, desde los campos, su amiga, a la que también sentía como una madre.

 

*Este título está tomado de un cuento de Ignacio Martínez de Pisón. Uno de los más tremendos de los suyos. El texto se publicó ayer en 'Heraldo' en vísperas del día de San Antón. El animal no es Zara, pero tiene una cara igual de taciturna.