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Antón Castro

GUILLERMO BUSUTIL: 'ENREDADOS', ECOS DEL CONGRESO DE SANTANDER

http://www.laopiniondemalaga.es/opinion/2018/04/28/enredados/1003294.html

 

Enredados

Guillermo Busutil*  29.04.2018 | 05:00 

La red o la vida. La elección no es tan simple ni su respuesta depende de un clic. Declararse analógico o disidente con respecto a internet es tan sólo un acto de ingenuidad rebelde. Si usted ha introducido su tarjeta de crédito en un cajero o tiene un teléfono móvil su privacidad es rehén del capitalismo que convirtió a los ciudadanos en clientes. Y si posee uno de los 8.485 millones de móviles del mundo conectado a internet es también un usuario usado. Usted hace su vida normal, repite sus hábitos y es más o menos feliz desconociendo los ecos de lo que teclea en google, de lo que dice en facebook, en whatsapp, twitter o instagram, pero en realidad cuando se maquilla o se afeita la identidad frente al espejo, al otro lado tan sólo es un algoritmo. Un problema que sólo una máquina puede entender. No es una distopía, esa palabra de género con la que muchos escritores sueñan acercarse a Philip K. Dick o a Asimov, es una realidad con software en la que ya no hay sitio para Alicia ni para Robinson Crusoe. Ahora todos somos un digito con una huella de cristal. La culpa la tienen los babilonios que afilaron las matemáticas a través del álgebra y las ecuaciones con escritura cuneiforme en tablillas de arcilla húmeda. Y también Alan Turing, quien les reventó a los nazis el enigma de sus mensajes y advirtió de que en un futuro –ya estamos en su seno y combinaciones- las máquinas podrían pensar e incluso escribir poemas de amor. Otros no muy diferentes con los que se nos declara a diario la publicidad.

 

Aquel héroe que pensaba que el cerebro tenía muchas hojas en blanco –sobre las que internet traza hoy sus inputs- terminó suicidándose con una manzana envenenada. No se inspiró en él Apple, pero sí que tuvo en sus inicios la seducción de la red algo de atrayente manzana. Ese fruto de apariencia esférica que podría ser la bola de cristal medieval convertida hoy en el Palantí creado por Peter Thile donde desembocan nuestras relaciones Apps, nuestros secretos ADSL o en fibra óptica y los datos que utiliza la compañía Cambridge Analógica de su amigo Robert Mercer para que sus servicios evolucionen en función de nuestro comportamiento y demanda. Por no hablar de las piezas del tablero geopolítico que pueden mover a su antojo: el Brexit, el triunfo electoral de Trump o hackeando el destino de sabor dulce o ácido y del que sólo somos las minúsculas pepitas que escupe la sonrisa voraz del diablo con esmoquin de millonario. Nos lo contó Marta Peirano con el desparpajo de quien no quiere atemorizarnos de lo vampirizados que estamos, a los periodistas reunidos en el IV Congreso nacional de Periodismo cultural, organizado por la Fundación Santillana, para hablar del Linchamiento en las redes.

 

En Santander la realidad analógica es la hermosa postal de matices de grises calcáreos, sales azules y verdes spartinas de su bahía. También es el fondo de pantalla de ordenador donde Basilio Baltasar ejerce de chamán y proyecta cada año un ingenioso jeroglífico de temas que resolver. Este año le ha tocado a todo lo que sucede en el enjambre digital: celebración de la mentira, el acoso y la difamación, la imposibilidad del desmentido, el mercado de datos personales, el envenenamiento tóxico de la opinión, las noticias falsas, la credibilidad y el mundo off line en el que ningún hogar ni sueño de identidad están conectados. Siempre son disecciones inteligentes y amistosas donde convergen la experiencia y el cuestionamiento de veteranos y jóvenes profesionales. Nunca defraudan la intensidad, la polémica ni el análisis. Tampoco las de esta edición cuyo eje de lo anterior era el modelo de información entre la frontera de papel, el rigor, el poso reflexivo, el espíritu crítico y la creatividad del periodismo cultural y la urgencia, la competitividad por la inmediatez y la creciente banalización de los contenidos monetizados por el clic de los usuarios. La dicotomía entre la exigencia de ser periodismo o estar en la primera línea de la red, olvidando, como defendieron Joseba Elola y Sergio Vila-San Juan en el WMagazine presente en las sesiones-, que los medios deben apostar por la difusión del conocimiento, la elevación cultural de la sociedad sin plegarse a las exigencias de audiencia, y que el periodismo cultural requiere al contrario profundización, matices y respeto en la plasmación de informaciones complejas, haciéndolas comprensibles.

El ajedrez siempre es batalla: la del dominio del clic con rápida propagación frente al rigor del argumento. El profesor y articulista Manuel Arias Maldonado lo explicó más o menos igual y advirtió acerca de la necesidad de que el nivel de civilicidad domine la conversación pública porque en la red todos hablamos con todos pero no todos sabemos hablar con todos. La causa es que, evocando a Manuel Castells, hemos pasado de la comunicación de masas vertical, la prensa, a la autocomunicación de masas horizontal, donde cualquiera emite un mensaje. Aunque en muchas ocasiones se trate del ruido y de la furia de las emociones, de la percepción distorsionada de la mentira, de aquello que creemos verdadero porque lo sentimos verdadero, de estereotipos, intolerancias o simplemente desahogos. Contra este habitual trazo grueso de la red nada como el periodismo cultural o informativo, contrastado y veraz, basado en ni una raya más ni una raya menos. El mejor antídoto ante las mentiras que cosechan mucha más publicidad, el aplauso sobredimensionado en las redes, y el corifeo de la bronca o el linchamiento como el de la adolescente Amanda Todd que terminó suicidándose y sobre el que se acaba de estrenar en el Teatro Fernán Gómez de Madrid una reflexión en tablas de Alex Mañas e interpretada por Greta Fernández.

Pasiones; brecha inter generacional; las manipulaciones televisivas; el periodismo de compromiso y movilización, como el de Los artistas y su farola en defensa del litoral y del suelo público amenazado por la especulación de un rascacielos a pie de ola en Málaga; la desinformación heredada de la propaganda totalitaria y sofisticada hoy por las democracias liberales; la necesidad de una alfabetización digital; la importancia de lo que supuso el éxito del Me too o la disidencia de la red bulímica, adictiva y gregaria. Muchas controversias y reflexiones en interesantes conferencias, como las del doctor Carles Armengual acerca del acoso farmacéutico y de algunos medios a la homeopatía, o la del sociólogo Miguel del Fresno en relación a la frivolización de contenidos y la conversión de todo en modelos de negocio. Igualmente en mesas redondas escenificadas con dramaturgia radiofónica como la de Ana Borderas; la capacidad de interactuar con el público como Alex Salmón o los faros culturales de Eva Díaz que planteó sobre la red el interrogante gongorino de humo, polvo, sombra, anda, aludiendo a la simbología del cartel del Encuentro, o de Antón Castro que lo cerró con la lectura de un bello poema.

El fututo está a la vuelta. Es absurdo dudar de que seremos seres humanos guiados por algoritmos electrónicos, igual que afirma el historiador Yuval Noah Harari en Homos deus. Beve historia del mañana, dependientes de una inmortalidad sujeta a la nanotecnología, de una felicidad basada en tratamientos químicos y de una divinidad favorecía por la ingeniería cyborg. No sé si entonces, como predice Blockchain los periodistas habremos desarrollado plataformas tipo Uber con contenido en la red con unos criterios de calidad en las que nuestros lectores nos remunerarán directamente, o si sólo existirá el consenso de una única información como verdad. Ignoro si la libertad dependerá de nuestro streaming o ancho de banda, o de qué tipo de bosque habítamos virtualmente o en clandestinidad Huxley. También cuánto tiempo le queda en papel y en la red al buen periodismo y al respeto hacia los receptores sujeto a la conciencia del lenguaje, el rigor de los conocimientos y a la educación expositiva con la que cada uno hace su edición de la realidad.

Lo que sé es que de momento la creatividad y las emociones humanas no están sujetas a ningún algoritmo. Nuestra única ventaja en el incierto desenlace de la carrera entre Aquiles y la tortuga. ¿Quién lo desenredará?

*Guillermo Busutil es escritor y periodista
www.guillermobusutil.es

UN SIGLO DEL PARQUE NACIONAL DE ORDESA

[Este año se celebra un siglo del Parque de Ordesa... Por eso recupero este texto sobre un libro capital...]

 

Ordesa: el vergel de piedra, agua y luz

 

Prames publica un espectacular libro colectivo que analiza la historia del Parque Nacional, “la joya natural de los Pirineos”, con todos sus protagonistas, desde Carbonniéres a Briet o Peña Guara, cuando se cumplen 90 años

 

 El viajero y fotógrafo Lucien Briet (1860-1921) describía en 1916 el valle de Ordesa como “la venerable selva de los Pirineos” y exigía su protección y su transformación en “Parque Natural portentoso”, al cual “los soñadores acudirían de todas partes a solazarse en plena naturaleza salvaje” porque sería “como una reminiscencia de la edad dorada o del venturoso jardín del Edén”. Briet también se preguntaba: “¿No se trata de un lugar único en Europa?”. Al año siguiente, el senador Pedro Pidal, marqués de Villaviciosa y fundador de los Parques Nacionales en España, decía que “tiene el sello de la virginidad realzada con la presencia de los bucardos”.

A ambos, especialmente a Lucien Briet, que viajó por los Pirineos desde 1890 hasta 1911 y realizó más de 1.600 placas de cristal, les debe Ordesa su transformación: el 16  agosto de 1918, Alfonso XIII declaraba por Real Decreto el Parque Nacional de Ordesa o del río Ara. La inauguración oficial se produciría en agosto de 1920 con la presencia de Pidal y dos ausencias notables: la de Lucien Briet, que se encontraba enfermo, y la del monarca, que en cambio, como recuerda el naturalista y escritor Eduardo Viñuales, sí había asistido a la inauguración del Parque Nacional de la Montaña de Covadonga, en Asturias, el primero de España. Aquella fiesta campestre contó con un testigo de excepción, el fotógrafo, profesor e historiador Ricardo del Arco, que captó el momento en que se plantaron seis abetos.

De todo ello da cuenta un libro espectacular: ‘Ordesa y Monte Perdido. Un Parque Nacional con Historia. 90 aniversario’ (Prames / DGA / Prames), que reconstruye el embrujo de este espacio de “grandes rocas, nieves eternas y bosques frondosos” que se remonta a la Edad Media, aunque tiene un primer foco de esplendor en el siglo de XVIII y, en particular con la presencia de Louis Ramond de Carbonnières (1755-1827). Este político, geólogo y botánico ascendió a la cúspide de Monte Perdido el 10 de agosto de 1802, tal como escribe José Luis Acín, y merece el título de pionero del pirineísmo, o pirineísta, términos que acuñó Henri Beraldi en su libro ‘Cien años en los Pirineos’ (1898).

A Carbonnières le siguieron muchos otros que lo compaginaban un poco todo: eran exploradores de la montaña, aventureros, naturalistas, fotógrafos, científicos, escritores, geólogos o sencillamente hispanistas. Podemos citar al conde Henry Russell,  a Bertrand de Lassus, a Julio Soler i Santaló, a Violant i Simorra, a Lucas Mallada, a Ricardo Compairé, fotógrafo y farmacéutico, a los alemanes Fritz Krüger y Rudolf Wilmes, o a Franz Schrader, definido por Esteban Anía como “el pirineísta más completo, verdadero enamorado de Ordesa. Era montañero, matemático, geodésico, geólogo, topógrafo… y sobre todo, geógrafo”. Él realizó, “con trazo inmaculado” en 1874, un mapa de la región caliza de Monte Perdido.

En este primer acercamiento a la historia se rescatan curiosas anécdotas: el fotógrafo británico Farnham Maxwell Lyte (1828-1906) se trasladó en 1857 con dos hombres que le transportaban su laboratorio y alcanzó la Brecha de Rolando o Roldán, y años antes, en 1828, lo había hecho la duquesa de Berry, “quien ataviada con traje de época subió acompañada de un séquito de 50 personas, con un bastón de punta de hierro y crampones en los pies”.

El volumen, repleto de fotografías del pasado y de ahora mismo, recuerda que el 15 de agosto de 1922 se le hizo un homenaje póstumo a Lucien Briet: se instaló un monumento a orillas del río Ara y de Casa Oliván, en el camino de Turieto, en honor del “cantor del Valle de Ordesa”. Algunos años después, en 1926, el espeleólogo francés Norbert Casteret descubrió la gruta helada que llevaría su nombre. Escribiría: “Los ríos subterráneos de hielo eterno que hemos podido contemplar ofrecen un espectáculo inolvidable, uno de los más raros que se dan en nuestro planeta. En las entrañas de estos picos gigantescos, donde imperan el silencio y la quietud, todo se halla inmutablemente congelado”.

En aquellos tiempos empezaron a construirse refugios y a proliferar los grupos de montañeros y alpinistas. El esplendor de estos podría situarse entre 1940 y 1970, después de una Guerra Civil que también llevó el conflicto a las majestuosas cumbres; en 1953 se celebró una misa campestre en la cima de Monte Perdido, a 3.355 metros de altura. En el volumen se habla de los primeros guías, que eran pastores y cazadores de sarrios, y se cuentan numerosas anécdotas. En 1977, el valle de Ordesa pasó a la categoría de Reserva de la Biosfera; en 1982, el parque se amplió hasta las 15.608 hectáreas y cambió su denominación, ahora es Parque de Ordesa y Monte Perdido y se extiende hacia los valles de Añisclo, Escuain, Pineta y el macizo de Las Tres Sorores, tan vinculado a las leyendas pirenaicas.

Distintos autores recrean su historia, su flora y su fauna (se recuerda al último bucardo aplastado por un abeto en 2000) y varios fotógrafos –Javier Ara, Esteban Anía, Javier Romeo, Eduardo Viñuales o Fernando Lampre, entre otros- captan la belleza inefable de este espacio. Javier Romeo explica a sí para HERALDO sus sensaciones: “Es, en efecto, un lugar único. Cuando estás allí te sientes pequeñito, casi invisible, y se te ensancha el corazón. A mí lo que me emociona es el cambio de las estaciones. El otoño es una maravilla: la gama de colores es increíble”. En parecidos términos se manifiesta Eduardo Viñuales. “Además, hay otra cosa que me parece esencial: la sensación de grandeza y majestuosidad. No sabes adonde mirar. En las cumbres todo es desierto, a veces tienes la impresión de que estás en el Tibet. Y abajo, en el valle, todo es agua, luz, color, un auténtico vergel”.

 

FICHA:

Ordesa y Monte Perdido. ‘Un Parque Nacional con historia. 90 aniversario’. Textos: Eduardo Viñuales, Esteban Anía y otros. Fotos: Briet, Compairé, Soler Santaló, Javier Ara, Javier Romeo, Fernando Lampre, Esteban Anía… Cartografía: Luis Javier Cruchaga. Prames / DGA / DPT. Zaragoza, 2010. 254 páginas.

 

 

EL CANTO DE COLOR DE TERESA RAMÓN

EL CANTO DE COLOR DE TERESA RAMÓN

TERESA RAMÓN PINTA UN IMPRESIONANTE MURAL DE 68 METROS

EN EL MUSEO DE HUESCA: ’LE JEU DE VIVRE’ (2017-2018)

 

 

El canto de color de Teresa

 

 

Teresa Ramón (Lupiñén, 1945) recibió el Premio Aragón-Goya en 2015. Fue un galardón a su trayectoria –pintura, obra mural, escultura, dibujos, libros de poemas, bestiarios- y a la vez fue un acto de justicia poética: acababa de volver de la muerte; había cruzado el túnel lóbrego que lleva a ninguna parte o, para algunos, a las regiones ignotas de la fe. Poco después apareció Alejandro Cortés para hacer el documental ‘Carrasca’: esta mujer, fatigada, desarmada quizá por el estupor y otros dolores que no tardaron en sumarse, fue capaz de rehacerse y de pintar para sí misma y para la película.

Hace más de un año, Rafael Doctor –comisario de exposiciones, novelista, director del Centro Andaluz de la Fotografía y animalista- le propuso otro de los desafíos de su vida: desarrollar un proyecto abstracto, un gran mural, que se exhibiría por vez primera en el Museo de Huesca. Le propuso, entre otras cosas, que se alejase de la figuración, de sus animales, de sus signos reconocibles, y que se zambullese en el mundo infinito del color, de la gestualidad, de la delicadeza. Durante varios meses, Teresa Ramón trabajó con auténtico afán o quizá frenesí, y el resultado es ‘Le jeu de vivre’. El juego de vivir. Por extensión, el juego de existir, el juego de crear. El juego de ser. Lo más impresionante es que la artista, y no es una broma, ha rejuvenecido en el intento: ha pintado cuatro piezas, con solución de continuidad, de 2.20 metros de alto, por 17 metros de largo, es decir, 68 metros de pintura.

‘Le jeu de vivre’ es, de entrada, un gran homenaje a la pintura. Con todo lo que tiene: intuición, técnica, color, profundidad, capacidad de sugerencia, libre albedrío y libertad intrínseca. Indomable libertad. Teresa Ramón, a lo largo de los años, en Aragón y en países latinoamericanos, se ha medido a sí misma: ha hecho grandes exposiciones, una de las más bellas, la vimos en la Lonja de Zaragoza, ha pintado murales (uno de los más conocidos es el del Palacio de Congresos de Huesca: un documento de amor y reconocimiento a la ciudad donde se ha formado), hemos visto sus monstruos, sus figuras, sus lacas, sus impresionantes dibujos, tras el retorno de ese fugaz más allá. Y, aunque pueda parece que se juega con ventaja, todo eso está en el mural, que encaja a la perfección en el patio del museo que dirige, con tanto gozo, Ana Armillas. Están su travesía en el tiempo, el manual diverso de las emociones, una idea de la musicalidad (la pintura como el silencio tiene música), esa facilidad o inclinación para encontrar nuevos colores: Teresa Ramón los redescubre, los interioriza y los despliega con osadía, con vitalidad, con exuberancia. Con borrachera de luz.

En torno al color, desde la emoción y la energía, organiza su mural. Y no engaña a nadie. ‘Le jeu de vivre’ es un canto a la vida, es una exaltación de la condición humana y es una indagación en los códigos y atributos de la pintura. Empieza con la sangre, con los tonos rojos, rosados, burdeos, bermellones, como si se afirmase en la pasión, y el único elemento figurativo, explícitamente sugerido, podría ser un feto, la semilla, un cuerpo que se pondrá en marcha: hacia la niñez y adolescencia, hacia la plenitud, hacia el otoño de la edad, hacia la experiencia y sabiduría que se expande en rugientes cromatismos.

Los rojos avanzan hacia los verdes. Es la selva de existir. Es la selva del mundo. La naturaleza voraginosa, paraíso y precipicio insondable, bosque de fábulas. Da la sensación de que entre los dos primeras partes camina un río. Un río, sí, y se deslíe entre la sangre y la fronda como un testigo del pensamiento, y el cántico incesante del paisaje. Luego, salimos a otros territorios: amarillos, fuegos, ocres, tierras. El llano de la Hoya, tal vez, los páramos extendidos como lagartos inmensos, el limo enceguecido por el sol, las huellas de un andar casi metafísico. Y más tarde, se cierra el ciclo con otro fulgor. Podrían ser las cuatro estaciones, los ciclos vitales, podría la desnudez de la espiritualidad, el poder avasallador de la mano en el estudio, como documentó la cámara de Javier Broto, y antes la del cineasta Alejandro Cortés.

Teresa Ramón ha dado lo mejor de sí misma: el esfuerzo y la inspiración y el sentimiento. La hermosura y el abandono. El dolor y el llanto. La memoria hecha viaje. Ha entrado tan adentro con su sensibilidad y su visceralidad que no ha vuelto la cara a la materia oscura y al miedo y ha burlado con pura vida a la misma muerte. Ha jugado a vivir con el misterioso escalofrío del arte.

GALDÓS EN ARAGÓN

GALDÓS EN ARAGÓN

Aragón y Zaragoza despertaron sinceras emociones en numerosos creadores, pero una de las más vívidas la sentía el escritor canario Benito Pérez Galdós (1843-1920). Escribiría: “Me llama mucho Zaragoza, ciudad que tiene el primer lugar en mis afectos. Por ella y por todo Aragón tengo verdadera idolatría”. Si seguimos la huella de sus vínculos, desde 1868 a 1908, como lo hicieron Jesús Rubio y Brian Dendle en ‘Galdós y Aragón’ (Ibercaja, 1993), y otros especialistas como Luis Horno Liria, Javier Barreiro o Juan Domínguez Lasierra, entre otros, vemos que la frase podría ser muy exacta.

Galdós amó Aragón, vino muchas veces, le dedicó varios textos, dos capítulos de sus ‘Episodios nacionales’, como ‘Zaragoza’ y parte de ‘Napoleón en Chamartín’, estrenó en el Principal teatro y adaptó para la ópera su novela ‘Zaragoza’ con música de Arturo Lapuerta. Y ya puestos, podemos decir algo más: Galdós fue desde joven un más que correcto dibujante; a la luz de la realidad, de sus paseos y de los grabados de Gálvez y Brambila, se atrevió a retratar diversos lugares de Zaragoza como el Seminario de san Carlos, la Puerta del Carmen o una estampa sugestiva del Pilar desde la ribera y el Puente de Piedra.

Quizá sea Galdós uno de los escritores nacionales de fama, que fue propuesto para el Nobel, que más veces visitó Aragón, especialmente la capital del cierzo. La primera vez lo hizo en octubre de 1868 como joven periodista del diario madrileño ‘La Nación’. Formaba parte de la comitiva de los generales Serrano y Topete, y oyó discursos en calles y plazas, en balcones y en lo alto de un farol, en el pedestal de una estatua, tal como cuentan Jesús Rubio y Brian Dendle. En esa primera visita acudiría al Teatro Principal. Ya entonces como si fuese un agrimensor o un topógrafo descubrió muchas cosas de Zaragoza: estuvo en el Pilar y en la Seo, paseó por san Pablo y reparó en la Torre Nueva, que era uno de los monumentos más llamativos. Rccordaría que aprendió mucho en aquel viaje y conoció a Mariano Garcia, “el hombre más simpático, más ameno, que ha nacido a orillas del Ebro”. Años después, Mariahno Gracia publicó entre 1905 y 1907 unas ‘Memorias’ en Heraldo de Aragón en 70 entregas. De aquella visita parece más claro que nacería la novela ‘Zaragoza’ de los ‘Episodios Nacionales’ con sus tránsitos, acciones t aventureras de Gabriel Araceli, durante los Sitios. El libro apareció en 1874.

Casi 20 años después, Benito Pérez Galdós visitó el valle de Ansó, donde ubicó su drama ‘Los condenados’, que pasó con más pena que gloria. Se estrenó en el Teatro de la Comedia de Madrid, narra la historia de la pasión entre Salomé (que tenía un novio más formal) y el bandolero José, y las actrices principales, Elisa Méndez y Carmen Cobeña iban vestidas de ansotanas en la pieza. La pieza parece que salió de gira y llegó a Zaragoza en 1896. Galdós, más allá del éxito y de los discursos que le pedían, era feliz en Zaragoza. Solía acudir a la taberna y tienda La Reja, donde se reunía con muchos de sus amigos y por donde aparecían desde el cantante de jotas El Royo del Rabal, que era una de sus debilidades, al torero Lagartijo. Tuvo otros grandes amigos zaragozanos como Mariano Miguel de Val, que residía en Madrid y estaba muy vinculado con el Ateneo, y Mariano de Cavia. En un discurso de algunos años después, diría: “¡Viva Cavia y viva Aragón, pueblo de colosos e hidalgos!”.

En 1903, el autor de ‘Fortunata y Jacinta’ estrenó en el Teatro Eldorado de Barcelona, el 16 de julio de 1903, una drama familia en cinto actos, ‘Mariucha’. La obra toma el nombre de la hija de una familia de clase alta venida a menos. Cuando todo se desmorona, ella decide ponerse a trabajar con el consiguiente escándalo. La obra se estrenó en el Teatro Principal el 1 de de diciembre.

Pocos años después, el ya autor de ‘Doña Perfecta’, ‘Marianela’ o ‘Nazarín’, empezará a trabajar en un nuevo proyecto: la preparación de la ópera Zaragoza, en el que se implicó en cuerpo y alma. Zaragoza formaba parte de su afectividad. Jesús rubio y Brian Dendle dicen que ya empezó a venir en 1907, aunque el estreno sería el 4 de junio de 1908. Antes, la banda del Hospicio interpretará el ‘Himno de Riego’ y ‘La marsellesa’. Finalmente, sefijó el estreno para el siete de junio, y Pérez Galdós regresó acompañado por Ortega Munilla, director de ‘El Imaparcial’ y con un joven José Ortega y Gasset. Galdós se hospedó en el hotel Europa, y la gente lo aclamó y le pidió que saliese al balcón. Lo hizo y vio la muchedumbre se agolpaba bajo la lluvia.

Aquellos fueron días muy intensos: un día comió con Basilio Paraíso, otro día asistió a un banquete en la Quinta Julieta y asistió al apoteósico estreno del drama lírico en cuatro actos, donde sonaba la ‘Jota de los Sitios’. Él dio las gracias con un discurso, que se publicó en estas páginas y dijo, entre otras muchas cosas, que tenía la sensación de hallarse en “el país de la verdad”.

 

DANIEL GASCÓN FIRMA 'EL GOLPE POSMODERNO' EN ZARAGOZA

DANIEL GASCÓN FIRMA 'EL GOLPE POSMODERNO' EN ZARAGOZA

[Daniel Gascón firmará mañana en el Día del Libro su nueva publicación: 'El golpe posmoderno. 15 lecciones para el futuro de la democracia'' (Debate). Por la mañana lo hará en la librería Antígona, y por la tarde en Los Portadores de Sueños.]
Del lenguaje a la política de la identidad, pasando por los mitos fundacionales del independentismo, sus utopías contradictorias o la dureza del encontronazo con la realidad, Daniel Gascón (Zaragoza, 1981. Escritor y traductor, responsable de la edición española de 'Letras Libres') analiza un fenómeno que ha traído de regreso amenazas que creíamos superadas -la discusión por las fronteras, el conflicto étnico, la posibilidad de la violencia-, y que muestra las fragilidades y fortalezas de nuestra democracia.

SINOPSIS DEL LIBRO. CONTRAPORTADA
La deriva ilegal del independentismo catalán es el mayor desafío al que se ha enfrentado la democracia española contemporánea. Un fenómeno local pero también global: puso en cuestión nuestra forma de convivencia, mostró una tentativa de repliegue en un mundo cada vez más interconectado, explotó la confusión entre hechos y opiniones, y empleó sin escrúpulos la mentira y la manipulación.

Un proceso inédito que podría considerarse incluso un curso de política en tiempo real, un experimento donde se enfrentan dos concepciones de la democracia: una liberal pluralista, la otra iliberal y plebiscitaria. 'El procés' combina el énfasis en una identidad única con la percepción de que España es un proyecto agotado, el imaginario 'kitsch' del nacionalismo con una apuesta aparentemente hiperdemocrática, la sentimentalización de la política con las nuevas formas de comunicación, la reivindicación de la condición de víctima con la sensación de superioridad.
EL TEXTO DEL QUE ARRANCA EL LIBRO, PUBLICADO EN LETRAS LIBRES

Un golpe posmoderno

El gobierno catalán ha sido quien ha atacado la legalidad democrática, y es el Estado español quien la defiende.
21 Septiembre 2017

En el número de septiembre de Letras Libres, Miguel Aguilar explica un malentendido de la cuestión catalana. Por un lado, argumenta, está la cuestión de la financiación y del encaje de Cataluña en España. Por otro, la aventura ilegal en la que se ha embarcado el gobierno catalán.

Esa deriva ilegal es la que ha provocado la actuación de la justicia. Se puede discutir el momento o la habilidad del gobierno estos años, pero no parece que el error haya sido el exceso o la pirotecnia. La mejor manera de conservar la autoridad es no tener que imponerla. Y habla bien de nuestras sociedades la prevención ante el uso de la coerción por parte del Estado. Pero, con el respeto más escrupuloso a la ley, prudencia y firmeza, el Estado debe proteger los derechos de los ciudadanos y la legalidad democrática.

La aventura ilegal, que no se reduce al referéndum suspendido, es un golpe posmoderno. Revestido con una pátina entre kitsch y cool, ha surgido un movimiento nacionalpopulista, que se ha servido con eficacia de algunos conceptos. Entre ellos están el sintagma del derecho a decidir como eufemismo de autodeterminación, la confusión entre el voto y la democracia, el prestigio de la rebelión contra el establishment (Por supuesto, como en el Brexit, quien orquesta la rebelión contra el establishment es otro establishment, pero eso no es importante), la extraña idea de que una democracia se convierte en una autocracia cuando no ganan los tuyos. Y, como ha escrito Fernando Vallespín, se ha generado la posibilidad de que cada uno proyectara en la independencia su utopía particular, seleccionando la parcela de la realidad que menos le gustara, impulsando la causa que más le importase.

Era, para algunos, una protesta contra las políticas de austeridad, aunque los impulsores del procés fueran los primeros en implementar políticas de austeridad; era un movimiento de izquierdas aunque se presentara en forma de una alianza entre la derecha, los comunistas y una formación asamblearia, y aunque fuera un movimiento contra la redistribución, donde los ricos se pretenden liberar de los pobres; una manera de estar más integrados en Europa, aunque la UE dijera que una hipotética Cataluña independiente estaría fuera de la Unión; una protesta contra la corrupción, aunque el nacionalismo en Cataluña había creado tramas clientelares corruptas; la única salida ante la incapacidad de reformarse de España, aunque las fuerzas políticas catalanas habían sido corresponsables; un movimiento de derechos civiles, aunque el único derecho que se reclamaba era privar a los demás de su ciudadanía; una ilusionante apuesta democrática, aunque se asaltaran sedes de partidos contrarios a la independencia, cargos de la Generalitat atacaran a periodistas, la ley de transitoriedad rompiera la separación de poderes, en el Parlament se arrollara a la oposición y fuerzas políticas independentistas dijeran que hay que señalar a quien tenga las ideas equivocadas.

Existía la percepción de que todo eso era una especie de declaración de intenciones, una cosa expresiva. La táctica era que esa transgresión en cierto momento fuera para el Estado evidentemente en serio, y provocara una respuesta. La respuesta, pensaban los independentistas, siempre se presentaría como algo desproporcionado: algo que permitiera a quienes habían asaltado el Estado de derecho presentarse como mártires democráticos. (La foto de un arresto es más comprensible y reproducible que algo abstracto como el atropello de los derechos políticos de los ciudadanos.)

El secesionismo ha luchado contra un enemigo imaginario: una España autoritaria, no democrática, una país donde Cataluña no tendría un gran nivel de autonomía, una España que no es una democracia avanzada, comparable a los países de su entorno. En un momento que habría hecho sonreír a los guionistas del Saturday Night Live de los setenta, Gabriel Rufián ha dicho que el 1 de octubre sería el día de la muerte de Franco. Ese país imaginario es una España (un "Madrid", básicamente, con Castilla y algún descampado parar a echar gasolina y mear) tosca y subdesarrollada, pero al mismo tiempo maquiavélica e implacable. La imagen folclórica de España encaja con una concepción que todavía muestra parte de la prensa extranjera: una idea pintoresca de país atrasado que hace pensar que algunos editorialistas y corresponsales se han quedado en la época de Hemingway, pero que no sería tan fácil vender si nosotros mismos no la hubiéramos creído y promocionado.

Esa es la imagen de España que querían activar. Esa imagen es falsa y debemos luchar contra ella. Es un marco heredado de la guerra civil, pero el paralelismo que presenta al Estado heredero del franquismo aplastando la democracia está mal hecho. En este caso, y pese a enormes diferencias, el gobierno catalán ha sido quien ha atacado la legalidad democrática, y es el Estado español quien la defiende. Al hacerlo defiende en primer lugar los derechos de los catalanes.

Como los defensores del Brexit, los promotores de la secesión han recurrido sistemáticamente a la mentira y han hecho promesas que saben falsas. El País desmonta hoy el relato falaz que hizo Puigdemont de la actuación de la guardia civil. Artur Mas se jactó de una estrategia que consistía en engañar al Estado. Pero eso lleva aparejado engañar a los catalanes no independentistas, y también a los partidarios de la secesión. Se les engaña ahora cuando se habla de Estado autoritario, de presos políticos, de movimiento democrático, de supresión de la libertad de expresión. Es posible que, como los mejores mentirosos, algunos de los que propagan esas falsedades las crean ciertas. En ocasiones han conseguido imponer su lenguaje a quienes opinan de forma distinta: hablamos de “catalanes” como si los catalanes no independentistas no fueran catalanes, y de “unionistas” como si fueran opciones simétricas. La distorsión del lenguaje indica que, cuando llegue el momento de buscar una solución, no solo necesitaremos sentido común, respeto a la ley y las minorías, buena fe e inteligencia política. También harán falta diccionarios que nos recuerden lo que significan las palabras.

HOY, CITA CON 'LETRAS LIBRES', A LAS 19.00, EN EL PABLO SERRANO

    CITA CON 'LETRAS LIBRES' Y KARL MARX EN EL PABLO SERRANO
    [Esta tarde, en el museo Pablo Serrano, dentro de la programación de la exposición sobre publicaciones periódicos españolas, se presenta la revista 'Letras Libres', cuya edición española dirige el escritor y traductor zaragozano Daniel Gascón (1981; que dialogó ayer con Miguel Mena en 'A vivir Aragón'); el último número está dedicado a Marx., pero contiene además entrevistas, artículos literarios, de política y pensamiento y cine, poemas. Con Daniel, estarán Ricardo Dudda, ensayista y colaborador habitual de 'El País', y la escritora y bibliotecaria Eva Puyo.
    El acto será a las 19.00.]

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    Antón Castro

    LOS 200 AÑOS DE MARX EN 'LETRAS LIBRES'
    Marx en el siglo XXI, en el número de abril de 'Letras Libres'.
    Letras Libres celebra el 200 aniversario de Karl Marx. E...l número se presenta este viernes, a las 20 horas, en La Forja de las Letras de Madrid.
    La revista 'Letras Libres' dedica a Karl Marx su número de abril. Este año se cumplen dos siglos del nacimiento del pensador. Filósofo, economista, sociólogo, revolucionario y acaso profeta, era un hombre de su tiempo, marcó profundamente el siglo XX y algunas de sus ideas son relevantes en nuestra época. Marx produjo un análisis del capitalismo que todavía resulta clarividente, combinó la filosofía de Hegel con la economía política y la investigación social, y creó conceptos y teorías que han sido completadas, discutidas o refutadas. Fue un autor complejo, sería un error reducir su pensamiento a una sola interpretación: hay un Marx joven y un Marx maduro, un escritor de periódicos y un crítico de la religión, un heredero de la Ilustración y un activista, un defensor de la capacidad revolucionaria de la burguesía y un campeón del proletariado, un Marx que escribía y agitaba, y un Marx que recrearon sus herederos. Daniel Gascón entrevista a Gareth Stedman Jones, autor de una de sus más recientes biografías, 'Ilusión y grandeza'. Mercedes Cabrera, Joaquín Estefanía, Aurora Nacarino-Brabo y Félix Ovejero charlan sobre lo que queda de Marx hoy; Terell Carver traza un recorrido por cómo han sido interpretadas sus ideas en el siglo XX y lo que llevamos del XXI, y Jorge San Miguel escribe sobre la filosofía de la historia y la democracia contemporánea, a partir de las ideas de Hegel, Marx y Fukyama.
    También este año se cumplen 50 de las revoluciones de 1968. Carlos Granés escribe de '1968. El nacimiento de un mundo nuevo', el libro de Ramón González Férriz en el que cuenta lo que pasó ese año en el mundo. Antonio Elorza, traductor al español de Marcuse, recuerda sus experiencias de la época en “Vivencias del 68”, en un adelanto de su libro Utopías del 68. De París y Praga a China y México. Aloma Rodríguez repasa cómo el cine y la literatura han contado el mayo francés, desde Godard a Eustache, pasando por Wiazemsky y Assayas.
    Sara Mesa escribe de 'El cuaderno dorado', la novela más reconocida de Doris Lessing, que desborda la interpretación simplista de novela feminista: es un libro complejo, con personajes bien construidos y que trata diversos asuntos. Gabriel Zaid busca el origen de “alipuz”, nombre genérico de cualquier bebida alcohólica en México, y descubre que es un pueblo de Teruel y también un apellido.

    Ricardo Dudda escribe de 'Hotel Abismo', el libro que Stuart Jeffries dedica a los miembros de la Escuela de Frankfurt. Mercedes Cebrián lee El tiempo regalado, el ensayo de Andrea Köhler. Martín Schifino se pregunta si la identidad desvelada de Elena Ferrante cambia la manera en que hemos de La Frantumaglia. Sergio Galarza escribe de Otras tardes, un libro de relatos del escritor peruano Luis Loayza, fallecido el pasado 12 de marzo. Alejandro Higashi lee Mil palabras, el libro más reciente de Gabriel Zaid, y Pablo Sol Mora, La utilidad del deseo, de Juan Villoro.

    Rodrigo Fresán escribe una carta abierta a Guillermo del Toro. Sònia Hernández entrevista a la narradora mexicana Bárbara Jacobs. Vicente Molina-Foix escribe sobre cómo escribe cómo refleja el cine contemporáneo la homosexualidad, a partir de tres películas recientes. Aloma Rodríguez escribe de 'El arte mecánico', la exposición que acoge el CaixaForum Madrid sobre Andy Warhol y Fernanda Solórzano escribe de El hilo invisible y la persecución a los creadores por su vida personal. Lisa Bortolotti explica cómo fabulamos para explicar nuestras decisiones: es decir, por qué inventamos relatos que justifiquen lo que hemos elegido. Mariano Gistaín escribe sobre cómo serían las cosas si pudiéramos ver el pensamiento de los demás a través de una app.

 

PAULA CORROTO: 'LA NUEVA CENSURA CULTURAL'

PAULA CORROTO: 'LA NUEVA CENSURA CULTURAL'

La nueva censura cultural

Con la intención de proteger sensibilidades, sectores de todo el espectro ideológico piden la retirada o prohibición de obras de arte. Estamos ante una nueva censura cultural.
01 Febrero 2018

Los niños ya no pueden leer Matar a un ruiseñor, el bestseller de Harper Lee publicado en 1960. Palabras como nigger son demasiado insultantes y ofensivas, según varios padres que obligaron a un colegio del estado de Misisipi (Estados Unidos) a quitar esta novela de las lecturas escolares. Los visitantes del Metropolitan Museum of Art de Nueva York tampoco deberían admirar el cuadro Thérèse dreaming, pintado por Balthus en 1938. Para once mil personas, aquellas que firmaron un manifiesto exigiendo su retirada, es “sexualmente sugerente” y arroja una mirada ¿sucia? sobre el cuerpo de los menores. Tampoco es lícita la pintura que realizó la artista blanca Dana Schutz sobre la fotografía de Emmett Till, un adolescente linchado por dos hombres blancos en Misisipi en 1955. Varios artistas y comisarios de exposiciones pidieron incluso su destrucción cuando fue expuesta en la Biennial del Museo Whitney de Washington.

Todas estas manifestaciones ocurrieron en 2017 y son muestra de una nueva censura cultural. Si bien los impulsos censores siempre han estado presentes, en los últimos tiempos han tomado una mayor relevancia, en parte debido al gran altavoz que suponen las redes sociales, que consiguen agrupar a un mayor número de personas en torno a una protesta, y también al rumbo político y social que han tomado algunos de los países más desarrollados en los últimos meses. No obstante, son muchos los interrogantes que se abren en torno a estas nuevas posturas que no pueden limitarse al análisis fácil de las redes o a triunfos de políticos reaccionarios. ¿Por qué hay voces que hoy persiguen libros, cuadros, fotografías de hace más de medio siglo? ¿Qué ha cambiado para que entonces no supusieran ningún problema y hoy sean pasto de linchamientos y prohibiciones?

Causas de la “nueva censura”

Desde un punto de vista político, Manuel Arias Maldonado, profesor de ciencia política de la Universidad de Málaga y autor de libros como La democracia sentimental (Página Indómita, 2016), ofrece principalmente dos causas. La primera tiene que ver, precisamente, con su tesis sobre el nuevo sentimentalismo, es decir, “con un deseo de proteger a quien puede sentirse ofendido, que es una patología de las sociedades ricas, porque cuando hablamos de sentimentalización de los conflictos no deja de ser un lujo. Son preocupaciones no materialistas porque ya se habla menos de la distribución de los salarios, y se habla más de los códigos a partir de los cuales nos comunicamos”, argumenta. Dicho de otra manera: cuanto más ricos somos, más fina tenemos la piel. O aún más llano: cuando no hay una problemática muy grave hay que hacer un drama de cualquier cosa, a priori banal.

La segunda causa estriba en “la articulación identitaria de los grupos sociales. Uno se adscribe a un grupo y siente atacada su autoestima en la medida en la que es criticado ese grupo. Se establece un vínculo entre el sentido de nuestra autoestima y el grupo al que nos ligamos”, sostiene. Este razonamiento explicaría, por ejemplo, que, en el caso de los artistas que se manifestaban contra el cuadro de Schutz o en el caso de la novela Matar a un ruiseñor, por motivos de raza, estas personas se sintieran ofendidas por una imagen de un joven negro mutilado o unas palabras que consideran ofensivas.

En este sentido es donde cobran importancia las redes sociales como trampolín de los ofendidos y las enseñanzas de la psicología. Según Pablo Malo, psiquiatra, miembro de la Txori-Herri Medical Association y de los Beautiful Brains y autor del blog Evolución y neurociencias, en el que tiene colgados varios posts sobre la nueva indignación moral y el supuesto derecho a no ser ofendido, para explicar la relevancia que hoy cobran las “ofensas” también habría que acudir a dos motivaciones psicológicas que han tenido un enorme auge recientemente: el poder del cotilleo y la fuerza de la reputación. “El cotilleo no ha sido suficientemente estudiado y da para mucho. De hecho, los programas de cotilleo están ahí por algo. Entretienen a la gente, pero además tienen una función moral, ya que hacen que el individuo acepte la norma, transmiten unos límites y coartan la libertad individual para que el sujeto se someta a las reglas. No hay cultura que no tenga cotilleo. En la sociedad moderna nos habíamos hecho muy individualistas, habíamos perdido esa vigilancia del cotilleo. Pero con las redes nos vigilamos unos a otros. Gracias a esta posibilidad que han dado Twitter y Facebook nos hemos lanzado todos a ser los más buenos y a criticar a todo el mundo. Estamos haciendo tribu, en el fondo es un pegamento moral”, explica el psiquiatra. La reputación iría ligada a esta hipervigilancia, puesto que es el cotilleo el que destruye las reputaciones. “Si la pierdes estás muerto. Como ahora estamos todos en la famosa aldea global, tu reputación es muy importante”, añade Malo.

Los nuevos ofendidos

Ahora bien, ¿quiénes son los nuevos ofendidos? Porque ya no es (solo) un ultraconservador el que decide tapar el seno de una estatua sino que, paradójicamente, la mayoría de los nuevos ataques proceden de grupos que, en principio, han querido actuar desde la buena fe y de lo considerado “bueno” para la sociedad (no insultos a los negros, no imágenes que “sexualicen” a los menores). De hecho, este maremágnum de emociones, sentimentalismo, de preocupación por lo “políticamente correcto” que acaba llevando al lado oscuro de las libertades, a una especie de cara b –soy libre de exigir que se prohíba algo porque me ofende– y a la aparición del victimismo (otra fórmula para definir la nueva ofensa) es una copia mala de lo que ya hicieron los políticos estadounidenses conservadores en los ochenta. Así al menos lo entiende Daniel Gamper, profesor de filosofía moral de la Universidad Autónoma de Barcelona, que señala que este fenómeno fue creado por los republicanos estadounidenses en las guerras culturales. “Era un proyecto de victimización, decían ser víctimas de una censura liberal (de izquierdas) que quería imponer un lenguaje. Si en una sociedad se llega a un consenso compartido para dejar de usar determinadas palabras, sería ético, y por tanto decir que eso es censura es una beatería de la libertad. Lo que se ha producido ahora es la perversión de la otra beatería, la de las minorías, con ese paternalismo excesivo”, sostiene.

Como explica Arias Maldonado, “la izquierda antaño era un movimiento ofensivo para acabar con los tabúes, garantizar derechos humanos, etc. Y eso ya está hecho, por lo que ahora hay que cambiar el pie: ser conservador para mantener el Estado del bienestar. Cuando centras el debate en que lo personal es lo político y piensas que los sujetos se forman a partir de las experiencias que tienen, y que están inermes a la hora de reaccionar a esas influencias, te conviertes en alguien extremadamente sensible. Es el asunto de la heterosubjetividad. Tienes el temor a que se produzca el daño psicológico y emocional. La izquierda posmoderna es un poco estudiantil y adolece de una sobrerreacción, ya que cuando tus valores son hegemónicos, se compite por la atención”. O lo que es lo mismo: tocar “Imagine” al piano después de un atentado terrorista.

Para Victoria Camps, filósofa y catedrática emérita de ética en la Universidad Autónoma de Barcelona, además de autora de libros como El gobierno de las emociones (Herder, 2011), esta sobrerreacción de la izquierda se observa incluso en el lenguaje y en ejemplos como los cuentos infantiles, “que se han querido cambiar porque las historias son patriarcales o no son animalistas… Hay gente que se queja del uso metafórico de la palabra cáncer o del uso metafórico del término autismo. Con todos estos fenómenos solo empobrecemos el lenguaje y eso es negativo”, afirma. Para ella, esta discusión hace tiempo que está sobre la mesa y no siempre adquiere un carácter positivo. “Ya no decimos que alguien es subnormal. Pero al cambiarlo ocurre una paradoja: el nuevo nombre que damos a la causa acaba siendo tan despreciativo como el anterior, y tenemos que cambiarlo. Hoy ya no se acepta discapacitado sino diversidad disfuncional. El desprecio y el carácter despectivo dependen también del contexto”, alega.

Coincide con su colega Arias Maldonado en el rizo de los valores progresistas. “Hoy ningún partido deja de ser feminista o de hablar de políticas sociales. Y hacer cambios en temas sociales es mucho más complicado. Acabo de ver la serie The crown y en la segunda tempo- rada dicen que uno de los personajes es ‘marica’ porque entonces, en los años cincuenta, era la única palabra para designar a los gais. Hoy nadie la pronunciaría porque es despectivo y porque le hemos dado a la homosexualidad un reconocimiento que antes no existía. Y eso es lo importante y lo progresista. Insistir demasiado en un lenguaje correcto es falta de imaginación. Un ejemplo es el artículo neutro. En parte ha contribuido a visualizar a las mujeres, pero ahora roza el ridículo”, comenta.

España no es (todavía) país para censuras (pese a Twitter)

“Aquí no tenemos guerras culturales. Las tuvimos con el matrimonio gay, el aborto, etc., pero ahora mismo no. La sociedad española es muy tolerante con respecto a ese tipo de cosas. Con el tema de las razas, por ejemplo, no hay ningún partido que haya cogido la bandera de la xenofobia. No sé si porque somos católicos o porque nos hemos secularizado bastante. También se ha individualizado mucho la sociedad”, reconoce Gamper. “Puede que también porque en Estados Unidos son menos homogéneos. Es verdad que las redes sociales por su naturaleza polémica están contribuyendo a que esto se reproduzca aquí y hay determinadas fracturas culturales como las del animalismo con los toros y las ideológicas, el centro-periferia, izquierda-derecha. Pero hay otras que parece difícil que se reproduzcan: no creo que tengamos esa hipersensibilidad de los campus universitarios de Estados Unidos o la de los grupos étnicos. En todo caso no ha llegado a España”, añade Arias Maldonado.

Pero estos pequeños casos sí abren, al menos, el debate sobre la libertad de expresión, principalmente en las redes sociales. “Es que ahí se mezclan cosas. En las redes es una comunicación muy agresiva y una reacción hipersensible puede estar justificada. Aquí tenemos la Ley Mordaza, que es un error, porque no vamos a avalar que se pueda decir cualquier cosa, pero tampoco se puede prohibir. Hay determinadas mofas del sentimiento religioso que me parecen innecesarias porque el catolicismo ya ha perdido. Igual ofendes a mi abuela que va a mi misa, y qué necesidad. Pero esto no avala que solo un escritor negro pueda escribir sobre los negros”, dice Arias Maldonado. También Camps entiende que uno no puede decir todo lo que quiera. Existen los límites. “La autocensura es ideal en un mundo plural, abierto y libre, debe haberla antes de pronunciarse”, afirma.

Lo que viene a ser puro sentido común: pensárselo dos veces antes de ofender o sentirse ofendido. ~

*http://www.letraslibres.com/espana-mexico/revista/la-nueva-censura-cultural

**oObra de Egon Schiele.

DIÁLOGO CON MANUEL VILAS: 'ORDESA'

Manuel Vilas (Barbastro, Huesca, 1962) publica quizá el mejor libro de su carrera: ‘Ordesa’ (Alfaguara), una novela sobre sus padres, su identidad y el poder del amor y la memoria.

Antón Castro21/01/2018 a las 05:00
  
  
  
  
  
Manuel Vilas:
Manuel Vilas presentará su novela el sábado próximo por la mañana en Cálamo. Asís G. Ayerbe

¿Sabía que este año de 2018 se cumplen cien años de Ordesa como Parque Nacional?

Me he enterado estos días, a raíz de la promoción de la novela. Será un buen augurio.

¿Qué ha significado Ordesa en su vida? ¿Es una de sus magdalenas de Proust?

Sí, es el primer recuerdo claro que tengo. Tiene algo de la magdalena proustiana, sí. Es un recuerdo muy potente, salgo de un coche y mis ojos se topan con las montañas de Ordesa. Calculo que fue en 1969. A mi padre le gustaba ese valle. Por eso he titulado así el libro.

En varios libros, sobre todo en los poemarios, venía avanzando este homenaje a los padres. ¿Cómo y cuándo se le ha impuesto?

Al morir mi madre, en el 2014, comencé a escribirlo. Ya era completamente huérfano. Había escrito ya sobre la muerte de mi padre, que ocurrió en el 2005. La muerte de mi madre me trajo nuevos recuerdos, nuevos enigmas sobre mi pasado.

¿Sería este un libro de la memoria, aún de la memoria desmenuzada, pero también arbitraria, de instantes o azarosa?

Está escrito a golpe de recuerdo, siguiendo los movimientos de la memoria. Ha sido como ir de caza. He salido a cazar recuerdos. Nunca sabes si te va a asaltar un recuerdo de cuando tenía nueve años o de cuando tenías 19. La memoria es así, y el libro está escrito desde esa pulsión.

¿En qué medida ha visto, al escribir el libro, que tenía muchos vanos o vacíos sobre su propia familia y que indagar ahí, y recordar, era también una forma de buscarse a sí mismo?

Eso ha sido una de las cosas más importantes que me ha ocurrido al escribir el libro. Al explorar mi pasado buscaba mi identidad. La memoria hay que ejercitarla. El pasado es un enigma, y ese enigma afecta a lo que somos.

Como lector he tenido la sensación de que asistimos a un desnudo casi integral del escritor y ciudadano Manuel Vilas.

Sí, es un libro de la verdad. La narración de lo que te ha pasado en la vida. No es una vida extraordinaria, es una vida normal, como la de cualquiera, con sus buenos y sus malos momentos.

¿Sería este su libro más filosófico o reflexivo?

Creo que sí. Me da la sensación de que es mi libro más sentencioso, con más confidencias e intimidad.

¿Qué porción hay de invención y de evocación, cómo ha operado la memoria?

No me he servido de la ficción. Si utilizaba la ficción, la poética del libro se venía abajo. No habría catarsis. Todo lo que cuento de mis padres es verídico. No tenía sentido inventarme nada.

Tenía una curiosa complicidad con su padre, pero a la vez hay entre los dos una sensación de extrañamiento, no sé si decir de ausencia e incomunicación…

La complicidad fue desapareciendo conforme yo fui dejando de ser un niño. Ese alejamiento es misterioso. Mi padre era un artista del silencio. Sus silencios dibujaban una extraña sensación de elegancia. Como si hablar fuera algo inútil.

Su madre amaba la vida y era una fumadora compulsiva.

Amó mucho la vida, pero no asumió el paso del tiempo. Odiaba el envejecimiento, yo puedo entender eso. A mí me pasa lo mismo. Nos negamos a que la vida pase. Pero esa postura inconformista puede ser dolorosa y caótica. Mi madre no entendía por qué no se puede ser joven siempre. Era lo único que le preocupaba: la vida en sí misma.

¿Qué le enseñan sus hijos? ¿Le ayudan ellos a usted a entender mejor su condición de hijo?

Hay un eterno retorno de lo mismo, recordando a Nietszche. Los malentendidos con tus padres pasan a tus hijos, en una larga cadena de vida, inmemorial e irreparable.

¿En qué medida ‘Ordesa’ también es un autorretrato, un juicio a veces sumarísimo y una declaración de amor?

Yo lo he escrito desde el amor. Pero el amor no excluye los filos de la vida, las desdichas y los errores cometidos.

¿De qué se arrepiente?

El libro me ha servido de catarsis. Tras la catarsis, ya no existe el arrepentimiento. Ahora ya no me arrepiento de nada.

¿Por qué cuesta tanto que se entiendan padres e hijos?

Es una oscura ley de la condición humana. Está en cientos de libros. Desde ‘El rey Lear’ hasta ‘Los hermanos Karamazov’. Para mí es un misterio. Parece haber allí un agujero negro de nuestra idea de familia.

¿De cuántas maneras se puede escribir una novela? ¿O cuántos géneros puede meter en ella?

Entiendo por novela una narración más o menos extensa de la vida. A partir de allí, y desde Cervantes, cada uno que haga lo que pueda. La gracia de la novela está en que cabe de todo, siempre y cuando se narre la vida.

¿Qué aportan los poemas del final, la mayoría ya publicados?

Dudé si incluirlos. Son un epílogo. Quería que fuesen como un ‘making-of’ de la novela. Me parecía que completaban la historia desde otro ángulo.

En la última entrevista decía que quizá le hubiesen faltado lectores. ¿Ha mejorado eso?

Los escritores siempre nos sentimos huérfanos de cariño. Este libro lleva dos días en las librerías y el impacto emocional que está teniendo en la gente me maravilla, también me asusta.

Ha dicho que es un libro sobre España. ¿Cómo es esa España, cómo la vivieron sus padres, cómo los transformó?

La España de los años sesenta y setenta, la que vivieron mis padres cuando eran jóvenes, es la que más aparece en el libro. Ellos fueron felices en esa España. Era una España un millón de veces peor que la nuestra, pero fue la de ellos, y como fue la de ellos, yo la busco en el libro y la reivindico.