Blogia

Antón Castro

DIARIO DEL MUNDIAL / 21

El mejor equipo, el mejor rival, el mejor partido

 

 

DIARIO DEL MUNDIAL  // Del Bosque tenía un arma secreta, Pedro Rodríguez, y su selección bordó el fútbol: culmina una utopía con un partido inolvidable.

VICENTE del Bosque, el hombre tranquilo, no creyó en la profecía del pulpo y decidió aplicar la inteligencia. Había hecho creer a todos que jugaría, de nuevo, Fernando Torres e hizo un cambio estratégico: dio entrada a Pedro Rodríguez, lo colocó entre líneas, y desplazó a Iniesta a su lugar natural en la izquierda. España salió así dispuesta a arrollar.

Alemania cedió terreno, colocó hasta ocho o nueve hombres por detrás del balón y se situó, con sus torres y sus poderosos medios Khedira y Schweinsteiger, a la espera. Como un equipo agazapado que presume que tendrá su momento. España impartió una lección inicial apabullante de dominio, de combinación y control: el balón seguía el dictado de las botas de Xavi. El ataque germánico moría en las botas de Busquets, inmenso una noche más, y el juego se esclarecía una y otra vez por las bandas. Como en él es habitual, Sergio Ramos mostró su poderío en defensa y en ataque. Y Pedrito era como la piedra angular, ese faro móvil que encuentra Xavi, el reposo para el toque de Xabi Alonso, el cómplice que busca Villa. Pedrito era como un imán con su insolencia juvenil: desconoce el pánico o el exceso de responsabilidad. Villa lo buscaba y lo encontraba, porque el canario exhibió tanto desparpajo que los mejores regates fueron los suyos.

El porcentaje de posesión no dejaba lugar a la duda: España era la reina del balón. Lo tenía; si lo cedía un segundo o dos, lo recuperaba de inmediato: tejía su juego más primoroso, y los alemanes -un equipo noble, honesto, que jamás renunció a nada- intentaban contener la precisión, la elegancia, esa caligrafía impecable del tuya-mía que apenas yerra. España jugaba como había soñado Del Bosque. España avasallaba como había temido Joachim Löw, un preparador muy inteligente y humilde que siempre tuvo clara su estrategia: el contragolpe, el envío del balón a Klose y los culebreos de Özil; el jovencísimo zurdo, en uno de sus despliegues con el jabulani cosido a la bota, casi fabrica un penalti.

No es que Alemania se transformase exactamente en un equipo defensivo o amarrón. Su táctica más constante es esa: contiene, cierra espacios, alza el muro, se adueña del balón y se encomienda al contraataque. Así fulminó a Inglaterra y a Argentina. El choque era intenso, nervioso, pero a la vez limpio, deportivo, de dos grandes bloques, cuyas estéticas se revelaban diferentes y acaso antagonistas. Alemania comprobaba que no poseía la calidad individual de los españoles, y estos empezaban a notar el poderío físico de los germanos. Eso sí, ante la paciente inventiva de sus adversarios, Schweinsteiger se encontraba sin argumentos, aunque no languidecía. Siempre halla oxígeno. Es puro corazón.

A España le salía casi todo salvo el gol: encendió el campo de volcanes. Llameaba la inspiración. Y Alemania se estremecía del susto. La segunda parte tuvo veinte minutos absolutamente maravillosos. España entraba por todas partes y lo hacía armoniosamente: con jugadas elaboradas como miniaturas de futbolín, con disparos lejanos, con avances desde las bandas. El equipo alemán parecía fundido, a punto de entregarse. Sin embargo, y de ahí deriva su grandeza y la majestuosidad del partido de anoche, los teutones consiguieron engancharse a la semifinal debido a tres factores: España no había marcado, y todo era posible en una semifinal de signo claramente épico, su carácter ganador y a su condición física.

Después de una exhibición deslumbrante, dio la sensación de que el conjunto de Del Bosque se había desfondado. Los indicios eran levemente alarmantes: Iniesta cedía balones fáciles, Pedrito había perdido frescura y profundidad, Xabi Alonso se había cansado de disparar y disparar sin suerte, Villa parecía exangüe.

En ese instante, cuando las sombras se cernían sobre el conjunto español y Del Bosque no se atrevía con los cambios, Xavi Hernández lanzó un córner desde la izquierda, y ahí, como un toro o como un tigre desmelenado, irrumpió Puyol en tierra de gigantes. Golazo. Si España había resistido los contragolpes, con un Casillas oportuno por arriba y por abajo, que había recobrado sus espléndidos reflejos, el equipo encontró nuevos valladares en Busquets, Piqué y Puyol, que defendieron con seriedad, firmeza y rabia. Pedrito pudo marcar el gol de la tranquilidad, pero quizá se arriesgase en exceso.

Aún así, mientras llegaban las oleadas germánicas, España fabricó nuevas ocasiones. Y con Silva de nuevo en el campo, rehabilitado al fin, listo y técnico, España culminó su sueño y un hito: accede a la final con su mejor juego, ante el mejor rival y en el mejor partido del campeonato hasta ahora. Del Bosque, el caballero inmutable del fútbol, había vuelto a triunfar.

 

*Esta es la nota que hice anoche tras la victoria de España: 1-0. La coloco ya aquí porque ya es una hora muy avanzada.

DIARIO DEL MUNDIAL / 20

DIARIO DEL MUNDIAL / España tendrá la oportunidad de su historia ante una selección alemana que combina el poderío y la belleza y que practica, como casi nadie, el contragolpe.

 

 

El contragolpe

o cómo batir

a Schweinsteiger

 

 

 En una de las primeras notas de este ‘Diario’ escribí que este iba a ser un Mundial de estrellas más que de equipos. Gran error, creo. La ciudad de Durban está asociada para mí a una figura esencial de la literatura: Fernando Pessoa. Vivió allí entre los siete y los diecisiete años con su madre y su padrastro, y era un joven perfectamente anglófilo que leía a los poetas ingleses, que soñaba con piratas y barcos, y no sé si el fútbol, tan inglés, había logrado seducirlo. Hay una preciosa foto de Pessoa, el gran poeta portugués que siempre quería ser otro, firmada por W. B. Sherwood en la que él aparece junto a un tronco, sobre el cual reposa su sombrero de fieltro. No sé si alguien se acordará hoy, en Durban, de Pessoa (durante algunos fue un escritor de culto: leído y glosado; inspiró una espléndida novela de Saramago): él es una misteriosa figura de las letras. Su paisano Cristiano Ronaldo ha pasado sin pena ni gloria, cabría decir casi lo mismo de Messi, y por ahora en el Mundial las figuras son un tanto menores: buenos, grandes jugadores, pero no absolutamente geniales como Pelé, Di Stéfano, Beckenbauer, Platini, Garrincha, Maradona o Cruyff. A ellos, que encarnan el fulgor y la poesía del fútbol, se les unen algunos candidatos inesperados: Sneijder y Robben, Villa y Casillas, Schweinsteiger, Müller y Özil.

Hoy en Durban se enfrentan los dos equipos con mayor clase. España es un conjunto que aboga por el toque, por la hermosura y por la elegancia: en las botas de sus jugadores el gol casi siempre nace del buen juego, de la fantasía, de una deslumbrante forma de asociarse y de dibujar un laberinto cuya salida a la realidad es la red. Alemania ha sido un equipo casi siempre compensado o fronterizo: intentaba administrar a su poderío natural, a esa dureza germánica tantas veces exaltada, un poco de preciosismo. Si en la Eurocopa, demasiado pendiente de Michael Ballack, no logró alcanzar la excelencia de la sutileza, aquí es otra cosa. Los alemanes golpean como nadie: vapulearon a Australia, a Inglaterra y a Argentina con un juego soberbio, diferente: físico, sin duda, pero de factura técnica, maravillosamente armado en el contragolpe. Alemania necesita golpear pronto. Con el marcador a favor se explaya a sus anchas porque lanza a sus jugadores por las bandas, y siempre tiene a Miroslav Klose muy pendiente de todo: el ariete aspira a lograr más goles que nadie en un Mundial, y parece que este será el último. Así, en el fondo, ha ganado los partidos importantes: ante Inglaterra tomó nuevos bríos cuando el árbitro negó el empate a Lampard, ante Argentina ganó de la misma forma: marcó primero, resistió las embestidas, soportó la amenaza del empate y se alargó al contragolpe. Punto y final.

Posee un equipo sólido que ha crecido y ha hecho muy bien la transición de un fútbol pesado, sin ángel, a un discurso sugestivo que destaca por su eficacia y por su firmeza. He insistido otras veces en sus figuras como el falso displicente Özil, pero quizá no he sido justo del todo con Bastian Schweinsteiger: estuvo maravilloso ante Inglaterra y le dio una lección a Maradona y a Mascherano de intensidad, de posicionamiento y de despliegue. Eso sí, cuando Alemania estaba sin luces y sin huecos, disparaba desde cualquier sitio. Como si no supiera hacer otra cosa. Es un pulmón, no es un cerebro aunque dirija y se complemente bien con Khedira.

Quizá Alemania esté un punto por encima de España. Por encima de la España que hemos visto, atosigada en la salida del balón, presionada en todo el campo, aherrojada por una intensidad física del rival, rayana a veces en la violencia. Alemania no será una perita en dulce, pero hasta se le ve un equipo más noble, nada dado a la gresca. Y ahí, España tendrá la oportunidad de su historia: combina la clase, la juventud casi insultante con la madurez, posee un estilo definido y, curiosamente, en los dos últimos partidos pareció encontrar aire en el último tramo de partido, algo que no le había sucedido ante Honduras ni Chile. España tiene momentos de brillantez, encuentra esa caligrafía tan personal que evoca el juego del Barcelona o de la España de 2008, y sabe buscar el contragolpe. Hasta en eso Alemania y España se parecen un poco. Tiene más gol Alemania, mucho más, pero este partido tiene el sabor de un choque inédito (a pesar de tanta historia que nos precede) y a la vez parece que va a ser el gran partido del campeonato. Toda una final anticipada. La final de los poetas. La final que habría soñado, visto lo visto, Fernando Pessoa, aquel niño que miraba los barcos y a los primeros futbolistas en Durban a principios del siglo XX.

 

*Este artículo apareció ayer en Heraldo, antes de la victoria de España por 1-0, con el testarazo de Puyol.

Borradores 06-07-10

PARTE 1:

Actuación: LOS DULZAINEROS DEL BAJO ARAGÓN

Entrevista plató: LA FIGURA DEL EMBAJADOR JOSÉ NICOLÁS DE AZARA, VISTO POR MARÍA DOLORES GIMENO

Reportajes: BLAS COSCOLLAR, ARAGONESES EN MATHAUSSEN; EL GRUPO CAMALEÓN: 20 AÑOS DE DISEÑO; ACUARELISTAS: ‘CINCO MIRADAS DE AGUA’; ADIÓS A SARAMAGO

PARTE 2:

Entrevista:VÍCTOR JUAN, HABLA DE SU NOVELA ‘MARTA’ Y DE LA FIGURA DEL MAESTRO MENDIGO

Reportajes:EL GRUPO CAMALEÓN: 20 AÑOS DE DISEÑO; ACUARELISTAS: ‘CINCO MIRADAS DE AGUA’; ADIÓS A SARAMAGO

Actuación: LOS DULZAINEROS DEL BAJO ARAGÓN

UN POEMA EN 'ISLA DE SILTOLÁ'

 

TESTIGOS DEL JARDÍN BOTÁNICO

Le tengo miedo a los aviones, a los barcos y a las autopistas. Por eso no me atrevo a viajar. Me desplazo con la imaginación: a los museos del mundo, a las ciudades como Praga, Venecia y Lima, a los paisajes de la Toscana, a los cementerios lejanos y, sobre todo, a los jardines. A los jardines botánicos de medio mundo. Me fascinan, me enloquecen. Sueño con ser mota de luz, pájaro ínfimo, brizna del valle o un golpe de viento para internarme en ellos como si fueran mi hábitat, y yo un explorador incansable. Un coleccionista de aromas y de colores. Sueño con no ser, ni siquiera fantasma invisible, y hacerme un cubículo entre las plantas. Por eso te llamé: Ven. Te reservo una sorpresa. Se llama ‘Testigos’. Tampoco te dije más. No sabía si vendrías. Qué inquietud la del enamorado que espera, qué llanto sordo se deslíe en silencio por todos los rincones y, a la vez, qué ilusión, qué desvarío, qué ansiedad pervertida e infantil. Yo me decía: ¿Y si viniera, si se atreviese a abandonar sus últimos maniquíes, los poemas, los cigarrillos y el cieno oscuro de sus sueños, y viniera? Viniste. Con una resaca grandiosa de besos y de telas, de madrugada y de alcohol. Te abracé y, sin decirte nada, te empujé hacia dentro. En letras bien grandes leíste: ‘Testigos’ de Rafael Navarro. Una exposición de fotos de naturaleza, de paisajes de claridad tenue o nítida, de fronda voraginosa. Una muestra de los viajes del fotógrafo a jardines botánicos de todo el mundo: Estados Unidos, Roma, Milán, Londres, islas desconocidas. Te dije: “Vamos a besarnos ante el corazón de la hiedra. Y allí, bajo la aureola de ensueño de las corolas. Y allá, entre esa espesura de flores silvestres que huelen a mar y a lombrices”. Nos besamos. Aquí, allá, y aún bajo otra instantánea: esa que revela que una flor ha sido hendida por un insecto con su parsimonia obscena. Cuando apareció el guardia, me empujaste hacia un bosque de helechos, mojado por la lluvia. Dijiste: “Ven. Saltemos dentro. Tú y yo nunca hemos estado en el edén”.

 

*La cuidada revista de poesía 'Isla de  Siltolá', que dirige Javier Sánchez Menéndez desde Sevilla, acaba de publicar su segunda entrega. Javier, a través de su buena amiga la poeta Olga Bernad (autora de ‘Caricias perplejas’), ha tenido la delicadeza de pedirme un texto. Le he mandado este poema en prosa que forma parte de un proyecto que ya tiene varios poemas más. En la revista, entre otros, participan José de Miguel, Antonio Colinas, Ángel Guinda, José María Moreno Carrascal, Juan Cobos Wilkins, Antonio Rivero Taravillo traduce a Llywarch Hen. La lista es más larga, y se completa con una páginas de crítica literaria, donde se reseñan libros de Andrés Trapiello, José Manuel Caballero Bonald o Pedro Salinas. Este texto tiene de fondo la exposición de Rafael Navarro dedicado al paisaje que se exhibió hace algunos meses en el Museo Camón Aznar. Arriba vemos una foto de Rafael Navarro, abajo una de Tkachenko Roman.

DIARIO DEL MUNDIAL / 19

DIARIO DEL MUNDIAL // Uruguay posee dos títulos del mundo, y llegó a semifinales hace ahora 40 años. Es un país de fútbol. Como Holanda: la escuela ‘naranja’, la de Cruyff, Gullit o Van Basten, desea acabar con su maleficio.

 

 

Los hijos de Cruyff

se enfrentan a un

país de milagros

 

La selección uruguaya está acostumbrada a los milagros. Milagroso y maravilloso fue el combinado que ‘campeonó’ en las Olimpiadas de 1924 y 1928 y que luego ganó el título del Mundial de 1930; milagrosa e inesperada fue la victoria en Maracaná en 1950 ante la selección brasileña a la que le valía un empate: Obdulio Varela empujó a los suyos, autoridades incluidas, hacia un triunfo épico que ha dado mucha literatura para Mario Benedetti, Eduardo Galeano, Cristina Peri Rossi o Jorge Valdano, e incluso para Roberto Fontanarrosa, al que le enloquecían los defensas rocosos, aquellos mariscales del fútbol como José Nasazzi. En medio de tantos éxitos, una pequeña adversidad: Uruguay se enfrentó en semifinales en 1970 al Brasil de Pelé con la ausencia de su estrella Pedro Virgilio Rocha; desde entonces los uruguayos –aficionados a los motes y al mate- suelen decir que no lograron su tercer título porque no estaba él para acompañar a Luis Cubilla, Montero Castillo e Ildo Maneiro, entre otros.

Ahora, justo cuarenta años después, la selección de un país menudo, de poco más de tres millones de habitantes enfermos de fútbol y de héroes, ha vivido varios milagros en una única noche: la mano redentora de Luis Suárez, el ariete del Ajax; el fallo del penalti en el minuto 119 de Gyan, el jugador de Ghana, y el tanto antológico del ‘Loco’ Abreu, que convirtió la pena máxima a lo Panenka para dilatar su leyenda y situarse muy cerca, en goles ilustres, de Schiaffino y de Gigghia. Contra cualquier cábala, el conjunto del ‘Maestro’ Óscar Washington Tabárez está en semifinales para defender el honor del fútbol latinoamericano. A la Celeste la define la garra, la resistencia y un resorte oculto: saca fuerzas de flaqueza y sospecha que los dioses del juego siempre están con ellos. O al menos lo están a la hora de la verdad, como ya sucedió en la fase de clasificación.

Esta tarde, en Ciudad del Cabo, tendrán importantes bajas: su central y capitán Diego Lugano, a quien algunos por rango y mando ya comparan con Nasazzi y con Obdulio Varela, y Luis Suárez, que fue expulsado por detener con la mano el gol cantado de Ghana. No dejaría de ser otro regate del destino que Uruguay tumbase a Holanda y Suárez, trigoleador, igual que Forlán, pudiera plantarse en la final. Parece más que probable que sea Diego Forlán quien luzca el brazalete de capitán: en este equipo donde todos menos uno juegan lejos de casa, él es la referencia, la figura, el rematador. Uruguay es un elenco humilde y compacto, bien dirigido tácticamente, honesto, que ha solventado dos tandas de penaltis y que posee un instinto competitivo feroz. Uruguay respira fútbol por los cuatro costados: por tierra, mar, ríos y aire, y en las ruidosas habitaciones de la sangre. Es, como Holanda, un equipo simpático.

Dicen, con razón, que esta selección holandesa tiene un barniz español. Aquí han jugado los ayudantes y consejeros del míster Bert van Marwijk: Ruud Hesp, Philip Cocu y Frank de Boer. Aquí, durante cuatro años, Gio van Bronckhorst fue un estupendo lateral para el Barcelona de Rijkaard, y lo sigue siendo para los suyos; Van Bommel se proclamó campeón de la Champions con los azulgranas; y hasta otros cinco más han participado en la liga española: Heitinga (Atlético de Madrid), Robben, Sneijder, Huntelaar, defenestrados del Real Madrid (el error, sobre todo con los dos primeros, raya en lo calamitoso) y Van der Vaart, que sigue en el Madrid y ha perdido el sitio en Holanda con el retorno de Robben y con su falta de inspiración. Los hombres más determinantes son Sneijder, recuperado por Mourinho en el Inter, y Robben, que salvó la cabeza de Louis van Gaal en el Bayern y lo llevó a conseguir el título de la Bundesliga y a jugar la final de la Champions.

Holanda es un equipo sólido, no se ha atrevido con el 3-4-3 del Ajax de los últimos años, pero ha dado sensación de bloque en todas sus líneas. No tiene a Casillas en el marco, tiene a Sketelenburg; posee una defensa correcta con Van der Wiel, Ooijer o Mathijsen y Gio; en el centro, dos trabajadores como De Jong y Van Bommel le dan alas a Sneijder, y tienen de recambio a Elia y Van der Vaart; y arriba culebrean tres formidables jugadores: Van Persie, que posee una zurda maravillosa y una estupenda planta de futbolista, Robben, vertiginoso y genial, y Kuyt, que trabajó ante Brasil hasta la extenuación y aún tuvo arrestos para sentar al indomable Maicon. Si Uruguay está abonada al milagro; Holanda, hecha la salvedad del inolvidable equipo de 1988 (con Rijkaard, Gullit, Van Basten, Vanenburg y Koeman…), parece signada por el infortunio. Pese a ello, el fútbol es mejor porque ha existido Holanda. Y algún día querrá cobrarse la deuda.

 

*Este artículo apareció ayer en Heraldo de Aragón, antes de que se jugase el partido. Holanda ganó por 3-2; marcó primero Gio del más espectacular tiro lejano del campeonato, empató Forlán, y se adelantaron luego Sneijder y Robben. Finalmente, Uruguay logró reducir distancias y aún puso el alma en un puño a los holandeses que alcanzan así su tercera final. Esta Holanda es muy inferior a la de 1974 y 1978, que alcanzaron la final, y a la que ganó la Eurocopa de 1988. El partido de ayer no fue nada extraordinario, pero Holanda se planta en la final dispuesta a cobrar su vieja deuda. En las fotos Diego Forlán, el Loco Abreu y Robben, que disputará el título de mejor jugador del torneo a Sneijder y probablemente a Villa.

DULZAINEROS, BLAS COSCOLLAR, J. N. AZARA, VÍCTOR JUAN, MAUTHAUSEN, HOY EN BORRADORES

LOS DULZAINEROS DEL BAJO ARAGÓN Y BLAS COSCOLLAR, MÚSICA EN BORRADORES

 

Entrevistas: LA FIGURA DEL EMBAJADOR JOSÉ NICOLÁS DE AZARA, VISTO POR MARÍA DOLORES GIMENO; VÍCTOR JUAN, HABLA DE SU NOVELA ‘MARTA’ Y DE LA FIGURA DEL MAESTRO MENDIGO

Reportajes: ARAGONESES EN MAUTHAUSEN; EL GRUPO CAMALEÓN: 20 AÑOS DE DISEÑO; ACUARELISTAS: ‘CINCO MIRADAS DE AGUA’; ADIÓS A SARAMAGO

 

La música popular aragonesa, con la actuación de Los Dulzaineros del Bajo Aragón y una entrevista a Blas Coscollar, el gran experto en el estudio de la dulzaina, protagoniza esta noche el programa ‘Borradores’. Coscollar y el grupo acaban de publicar el libro disco ‘Música para instrumentos tradicionales’, con más de una treintena de piezas donde proponen la recuperación del sentido más festivo de las melodías y el retorno de los músicos populares a la calle. El trío interpreta un tango y una polca.

 

Además, visitan el plató la filóloga María Dolores Gimeno Puyol, editora de la monumental correspondencia del embajador oscense en Roma y en París José Nicolás de Azara: ‘Epistolario  1784-1804’ (Castalia / IFC), un personaje fascinante que se codeó con papas y con Napoleón Bonaparte, a quien regaló un busto de Alejandro Magno para el Louvre. El otro invitado es el escritor y pedagogo Víctor Juan Borroy, que hablará de su segunda novela ‘Marta’  (Eclipsados) y de la edición de las memorias del maestro Valero Almudévar, que vagó de pueblo en pueblo en un tiempo en que la educación era vista como una pesada carga para los ayuntamientos.

Además, Borradores ofrece un reportaje sobre los aragoneses que estuvieron presos en Mauthausen y que se conjuraron para contar tanto horror cómo habían padecido, como cuentan ellos, la cineasta Mirella R. Abrisqueta y el periodista Ramón J. Campo. También se visita la exposición, en el Centro de Historia, del grupo Camaleón, de la mano de Manuel Estradera, que recorre una travesía de 20 años por el universo del diseño, de la edición de carteles, discos, catálogos o montaje de exposiciones, y se ofrece un reportaje de la muestra de acuarelistas ‘Cinco miradas de agua’ en la galería A del Arte. Borradores se completa con un homenaje al escritor portugués recién fallecido José Saramago.

 

Borradores. Aragón Televisión. Noche del martes al miércoles, a las 0.15.

DIARIO DEL MUNDIAL / 18

DIARIO DEL MUNDIAL // España jugará la semifinal ante el equipo más imaginativo del torneo, el que más se le parece. Por una vez, parece que el elenco de Del Bosque se deshará del pressing catch al que la han sometido.

 

 

La semifinal de dos equipos casi clónicos

 

Viendo el formidable partido de Rafael Nadal ante Berdych en la final de Wimbledon, pensaba en los últimos campeones alemanes del torneo: un jovencísimo Boris Becker, que se alzó con el primero de sus tres títulos en 1985, hace ahora 25 años, y que luego jugaría cuatro finales más, una de ellas ante su compatriota Michael Stich, que le ganó en tres sets y contra pronóstico en 1991. Boris Becker siempre fue un seguidor de la selección alemana, hasta que los vientos de la polémica y los amores prohibidos le dejaron en un limbo de popularidad y olvido. Rafael Nadal es un gran seguidor de la selección española; su gran año, 2008, en el que fue campeón de Roland Garros, de Wimbledon y olímpico, coincide con el gran año de ‘La Roja’, que se proclamó campeona de Europa cuando se iniciaba la Expo Internacional de Zaragoza. Si sus éxitos tienen un paralelismo con los del fútbol podría ser que 2010 vuelva a ser un año mágico para ‘La Roja’, que acaba de dar un paso de gigante en sus aspiraciones.

Quizá el mejor partido de España, en el fondo, fuera el primero, ante Suiza, donde pecó de manierista y de perfeccionista. O quizá contra Portugal, en el que derrotó al equipo vecino con claridad, aunque fuera por la mínima, merced al oportunismo y a la inteligencia de Villa. España ha sido estudiada y observada por todos, ha sido analizada centímetro a centímetro en la pizarra, en el vídeo y en la moviola, y sobre el terreno. A veces, algunos equipos más que una disposición de juego, más que una táctica propia, tenían una estrategia para jugar contra España: desarrollaron un método de estrangulamiento, de estrechamiento de vías, casi de pressing catch.

Ahora espera Alemania, que quizá haya realizado el mejor fútbol del Mundial, junto a distintos momentos de magia y armonía de España. Joachim Low ni ha presumido de nada, ni siquiera se empecina en besar a los suyos: ha encontrado un equipo de partida y apenas lo ha cambiado, salvo la entrada del gigantón Boateng en la parte izquierda de la zaga. Sabía lo que quería, y en el fondo le ha favorecido la ausencia de Michael Ballack, un jugador arrogante, que iba a ser la gran estrella alemana y se ha quedado en una eterna promesa. Ha armado un equipo con un buen patrón de fútbol: atrás manda Neuer; Lahm, Mertesacker, Friedrich y Boateng componen la parte defensiva, que ha sido sólida por el centro y que ha contado con el despliegue, la alegría y el avance de Lahm, el menudo capitán que puede desbancar a Maicon en el equipo ideal. En la media juegan con dos pivotes complementarios: Schweinsteiger, un todo terreno que se ha centrado y que ofrece trabajo, pase, desborde en ocasiones aunque a menudo acusa falta de inventiva y pobreza de imaginación, y Khedira, que corre en doble dirección, especialmente hacia el área. La tercera línea está formada por Thomas Müller, un jugador rutilante y poco ortodoxo, capaz de burlar al más pintado y de abrir huecos en cualquier sitio, Ozil, que tiene algo de reencarnación de Tommy Hässler o de Hansi Müller, y Podolski, tan decisivo como impaciente. Y arriba, pelea, recibe, remata e incordia Miroslav Klose, que juega sus mejores partidos en los mundiales. Alemania no contará con Müller, y quizá lo sustituya Trochowski, que ya es el jugador número doce. El sistema de Alemania es muy claro: 1-4-2-3-1, frente al habitual 1-4-3-3 de España.

Alemania y España son los equipos que más se parecen. Son los más imaginativos: equipos de ataque, con maniobras secretas y jugadores que disfrutan con el balón. Esta Alemania no tiene nada que ver con las todopoderosas Alemanias de antaño: no tiene semejanza alguna con la de 1954, de Rahn y los hermanos Walter; no se parece a las de 1966, 1970 o 1974 lideradas por el mejor jugador alemán de la historia, Franz Beckenbauer; tampoco se parece a la Alemania de 1982, en la que convivían la fuerza del atleta Brieghel, la dirección metódica del ‘abisinio’ Breitner y el remate de Rummenigge; no evoca al equipo de los 90, donde mandaban Klinsmann, Matthaus y Brehme, ni tiene nada que ver con la del ‘panzer’ Ballack. Es una Alemania distinta: con poderío, sí, correosa y a la vez dubitativa, pero sobretodo divertida, vibrante, ambiciosa, dispuesta a dibujar jugadas al primer toque y al contragolpe sobretodo. Si tiene que humillar a Inglaterra o Argentina lo hace y se queda ancha y pancha.

Ante España todo será distinto. Hablan un fútbol semejante. Quizá Alemania, a quien no conté entre las favoritas, salga con algo de ventaja; pero lo más probable es que, como sucedió ante Rusia en la Eurocopa, este sea el mejor y quizá el partido más fácil de los pupilos de del Bosque.

LA MOV: 'PAYASOS DIVINOS' EN EL PRINCIPAL

LA MOV: 'PAYASOS DIVINOS' EN EL PRINCIPAL

LA MOV PRESENTA ‘PAYASOS DIVINOS’ EN EL PRINCIPAL

 

A partir del jueves y hasta el domingo

 

Víctor Jiménez, director, coreógrafo y bailarín de LaMov, propone Payasos divinos, una pieza basada en la hipocresía humana, en la máscara que llevamos los hombres, en el decorado suntuoso de nuestra vida. Por detrás de eso, la miseria, también humana. Miseria que se traduce en el hambre, la pobreza, la desolación, las enfermedades y la guerra. La miseria humana, que lo inunda todo y frente a la que casi todos miramos a otro lado.

Todo ello, con música de Beethoven, con el cuarteto de cuerda Grosse Fugue. Con su violín desgarrado y sus sonidos chirriantes el coreógrafo Víctor Jiménez se aproxima a esa realidad, ayudándose del movimiento y la violencia de esta pieza. A este universo de música y danza, se le suma una figura singular, la del payaso, con su sonrisa hipócrita, su mirada desconcertante y sus movimientos agresivos. Ellos, los payasos, con su maquillaje representan lo que no nos atrevemos a mostrar, la careta que todos llevamos y que nos defiende del exterior.

El resultado es una pieza que mezcla la ternura, el recuerdo de la infancia, la alegría, el placer y la pasión junto con la nostalgia, tristeza, desconfianza e, incluso, miedo. Al lenguaje coreográfico se le suma el lenguaje audiovisual para reforzar, en ciertos momentos, la crudeza de la verdad.

Con el frenético "tempo" musical de Grosse Fugue se pretende reflejar el estado de extenuación y de catarsis de los bailarines, mostrando a cada uno de ellos como a un individuo. Representa el encuentro de cada uno consigo mismo, en soledad, sin tapujos, ni hipocresías.

Esta pieza nos lleva hasta ese lugar en el que todos nos desnudamos y nos acabamos sintiendo como realmente somos.

Y… ¿cómo somos?

LaMov cía de Danza

 

www.lamov.es

 

Dirección: Víctor Jiménez

Fotografías: Alberto Rodrigálvarez