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Antón Castro

MACHADO, SORIA Y DOS POETAS

MACHADO, SORIA Y DOS POETAS

 

Abdul Hadi Sadoun:

“Oh viajera hacia Soria // no olvides traerme // los pañuelos del hechizo // por si la noche me despierta// y me acaricia la brisa”

 

Subhro Bandopadhyay:

“No logramos ni luz ni sombra pura dentro de la memoria, sólo se crea una armonía y la lamemos como la hembra animal a su cría. Todavía no puedo escribir, no puedo decir con fuerza que todo es vacío sin ti”.

 

 DOS POETAS EN SORIA Y EN OLIFANTE

TRAS LAS HUELLAS DE ANTONIO MACHADO

 

Subhro Bandopadhyay es de Kolkota (India), donde nació en 1978, maneja cinco idiomas, y es biógrafo de Neruda en bengalí. Abdul Hadi Sadoun es iraquí, nacido en 1968, profesor de literatura árabe en la Universidad de Madrid y traductor de español. Ambos tienen en común su amor por Antonio Machado y Soria, y a la vez inauguran una nueva colección en Olifante: la beca Internacional Antonio Machado. Subhro Bandopadhyay, seudónimo de Subhransu Banerjee, biólogo, investigador y traductor del jefe de Estado de Bengala, publica ‘La ciudad leopardo’ (Olifante, 100 páginas), en edición bilingüe (en la traducción ha contado con la ayuda de Violeta Medina). Y Abdul Hadi es autor de ‘Siempre todavía’ (Olifante, 160 páginas). Los dos han residido en Soria casi seis meses de 2008 y de 2009 respectivamente. Los dos libros están prologados por la poeta Amalia Iglesias.

Subhro Bandopadhyay recuerda que fue su padre quien le puso en contacto con Pablo Neruda, cónsul en la India. Su lírica lo condujo hacia los poetas del 27: Alberti, Lorca y Miguel Hernández, que “aunque no es de este grupo exactamente me conmovió con ‘Vientos del pueblo’. Yo soy un serrano al que un día llevaron a Calcuta y por eso me siento identificado con un libro como ‘Marinero en tierra’ de Alberti”. Más tarde, descubrió que Zenobia Camprubí Aymar había traducido, con ayuda de Juan Ramón Jiménez, poemas del bengalí de Rabrindanath Tagore. “Gracias a Juan Ramón y a una canción de Paco Ibáñez, ‘Tus ojos me recuerdan las noches de verano’, descubrí la obra de Antonio Machado. De algún modo, por él y por mi estancia en Soria redescubrí las piedras perdidas de mi niñez y de mi adolescencia. Yo tuve y tengo la sensación de ser un refugiado en Soria”, dice el poeta indio. El suyo es un poemario de misteriosos acentos marcado por una obsesión: las imágenes. Declara: “En ‘La ciudad leopardo’ hay como una especie de república de las imágenes. El libro tiene dos partes: una inicial donde aparecen los personajes de la India en el entorno soriano, yo vine de Calcuta a Soria y traje mis fantasmas y los instalé allí. La segunda parte, ‘La ciudad leopardo’, es como mi interpretación personal de Soria. Un día me subí a un lugar alto y miré hacia abajo: la ciudad, con sus contrastes de luz y de sombra, me recordó a un leopardo, que no es una animal que dé miedo: es un entrañable felino del entorno y un símbolo de luz brillante”.

Abdul Hadi Sadoun es un exiliado político que huye de la guerra desde Bagdad. Descubrió a los Machado en una traducción al árabe en Damasco, y se quedó fascinado, más con el autor de ‘Campos de Castilla’. Optó a la beca y le fue concedida. “He pasado más de cinco meses en Soria, y así nació ‘Siempre todavía’. La ciudad y la provincia han sido como un descubrimiento. No me sentí extraño ni fuera de lugar. Me sentí renacer de nuevo ante el Duero, entre los fantasmas de Machado y Leonor, y todo ese mundo ha sido el anzuelo de mi libro. Para alguien como yo, marcado por el destierro y por el exilio, Soria ha sido como el edén, el paraíso”. Si la poesía de Subhro Bandopadhyay tiene algo metafísico, la de Abdul Hadi es una poesía cotidiana “que festeja las cosas, los colores, los paisajes, los símbolos de la vida y de los animales. De algún modo allí me he curado un poco de las sombras de la soledad, del destierro, del dolor y de la guerra”. Abdul, enamorado de las letras españolas, revela que lee todos los años a Cervantes y que otro de sus poetas favoritos es Vicente Aleixandre.

 

 

 

JORGE GAY: CARTEL DE LIBROS

JORGE GAY: CARTEL DE LIBROS

Jorge Gay (Zaragoza, 1950) es el autor del cartel de la Feria del Libro de Madrid que se inicia el próximo 28 de mayo.

 

Como se ve, está muy en sintonía con su obra y con su mirada feliz y acaso melancólica sobre el mundo. El hombre y su perro se eleva sobre una montaña de libros y mira los dones del cielo: la lluvia. Es el paseante descalzo que lee.

UN POEMA DE PILAR PERIS

PALLAKSCH 


Por Pilar PERIS
 
 
  
 

Debería contar hasta diez.

Frenar el ímpetu de mis acaloradas reacciones.

Domesticar la furia.

Anestesiar la torpeza espontánea de cada afecto

antes que la insensatez los sumerja en

una irrefrenable y desafortunada cascada

de palabras que hieren como dardos. 

Debería usar comodines y trampantojos.

Guardar los triunfos de la baraja.

Sustituir la confrontación y el diálogo

por el silencio ambiguo y cómplice. 

Debería esperar paciente a que el habla

encaje su momento propicio.

Husmear como el topillo y el lémur

sin hacer ruido.

Cubrir el corazón de rábanos, cominos y madreselvas.

Esquivar la verdad

para dormir tranquilo.

Callar para no dañar al amigo.

Y sacudir en la trastienda

el mantel de las emociones

lejos de los actuales sistemas protocolarios. 

Debería ratificar el sí y el no con el silencio de los actos.

Pues quizá exista un lenguaje vacío que

diga y oculte terriblemente, sin palabras,

lo que somos y no queremos ver.

 

*La poeta y profesora Pilar Peris leyó hace unos en La Campana de los Perdidos y a la vez prepara un nuevo poemario. Pilar me pide que no ponga imágenes a su texto. Le hago caso.

 

LA PINTURA, SEGÚN MINGOTE Y MARINA

 

Marina y Mingote recrean

la memoria universal del arte

 

Publican una ‘Historia de la pintura’ (Espasa) en dos ediciones: una en gran formato y otra para niños, ambas profusamente ilustradas

José Antonio Marina es un hombre curioso que defiende la inteligencia creadora en todas sus formas. Dice: “No soy un historiador. Soy un aventurero, un buscador de tesoros, un explorador, un detective”. Ahora publica, con ilustraciones de Antonio Mingote, un aragonés nacido en Sitges en 1919, ‘Historia de la pintura’ (Espasa, 2010), que intenta desvelar “la pasión por pintar”, “el inagotable impulso que mueve a los pintores a pintar”. Agrega: “En este libro quiero contar como la Humanidad ha intentado satisfacer uno de sus apremiantes y complejos deseos: conjurar a los dioses mediante imágenes, representar la realidad, jugar con líneas y colores, recordar los momentos perdidos, demostrar la habilidad personal, provocar una experiencia estética, crear belleza”.

En realidad, este trabajo se publica en dos formatos: en una colección para niños (que incluye enlaces con páginas web sobre pintores) y en un libro de gran formato. Marina recorre todos los periodos, desde los inicios, cuando empezó a constatarse que la pintura es un objeto mágico y el pintor un mago. Recorre los primeros pobladores del mundo, el antiguo Egipto, la Creta del minotauro y la Grecia del canon y del escorzo, la Grecia de los pintores Zeuxis y Apeles. Dice Marina: “Apeles fue el pintor de Alejandro Magno, del que se cuenta que solo se dejaba retratar por él y que iba a visitarle todos los días al taller”. Los griegos identificaban lo bello y lo bueno. De aquí que Platón pensara “que el alma asciende desde la contemplación de los cuerpos bellos, a la contemplación de las almas bellas, hasta llegar a la Belleza en sí”.

El detective Marina tras viajar a Roma, donde “pintaban feos a los feos”, va en pos de los pintores lejanos de India, China y Japón, los artistas sin prisa, que entendían su oficio como “una manera de perfeccionarse interiormente. (…) Pintar se convierte en una actividad espiritual”. Marina cita al tenaz Hokusai, que decía: “¡Qué bien voy a dibujar cuando tenga ciento diez años!”.

Marina, que siempre está dando definiciones del arte, describe la atmósfera y se acerca a “los primeros reporteros” de la Edad Media, aquellos ilustradores de libros “que dibujaron la realidad en que vivían” y que dejaron fabulosos testimonios sobre la construcción de catedrales. Aborda figuras como Giotto, al que Alberti le dedicó un poema; era amigo de Dante y del pintor Simone Martini, quien hizo “al parecer, el retrato de Laura, la mujer que inmortalizó Petrarca en sus poemas”. En ese capítulo aprovecha para elogiar a su compañero de viaje Antonio Mingote: “Cada uno de los dibujos de Antonio Mingote que ‘ilustran’ este texto es un alarde de síntesis. Funcionan como un muelle. Cuando lo comprimimos, su energía está especialmente concentrada Pero estalla en cuanto le dejamos. En el caso de los dibujos, en el momento de comprenderlos”.

Visita aquella concentración de genios y de rivalidades del Renacimiento (Miguel Ángel, Tiziano, Rafael, Leonardo da Vinci, Giorgone), artistas que parecían seguir una máxima: “Somos aquello que queremos ser”. Matiza: “Este sentimiento de poder es el secreto de la vitalidad del Renacimiento. De su afán liberador”. Presenta a otros pintores: dice que “El Greco habría sido un estupendo pintor de fantasmas”; recorre El Prado, donde se acuerda que Gracián escribió: “Velázquez pintaba a lo valentón”; dialoga con Vermeer y Durero, se cita con Goya –dice: “Goya, buen dibujante, es un adelantado del triunfo del color, de la mancha…”- y la revolución, con Ingres, Delacroix y Gericault, entre otros, e incluso se asoma al lago de nenúfares de Monet, y al mundo de los impresionistas: Renoir, Pisarro, Degas, Sisley. “Hay también dos mujeres, Berthe Morisot y Marie Cassart”, recuerda.

El ‘tour’ estético sigue, en compañía de los peculiares trazos de Mingote, y el espectáculo de la creación plástica llega hasta Miró, Picasso, Duchamp o Joseph Beuys, que dijo: “Cada hombre es un artista”. He aquí un manual entretenido, erudito y profundo para niños y mayores, destinado a amar la pintura apasionadamente, al que Antonio Mingote, criado en Teruel, le da coherencia gráfica y en el que rinde homenaje a los grandes cuadros de todos los tiempos. (Este texto apareció ayer viernes en ’Heraldo de Aragón’)

 

 

 

UN POEMA DE AMOR A GENE TIERNEY

El poeta y cinéfilo Marcos Vicente Callau rinde homenaje, con este bello y sugerente poema, a una de las diosas del cine: Gene Tierney, cuyo rostro frecuenta a menudo este blog. Él, además, coloca un buen puñado de hermosas fotos de esta mujer fotogénido, de hermosa e intensa mirada. Copio aquí el poema.

 

GENE TIERNEY

 

Por Marcos CALLAU

He querido mirarla a los ojos tan sólo un instante
y he creído ver en ellos el rastro de cien cines cerrados
La brevedad de los buenos tiempos, de un sueño inacabado
Un bulevar de faroles apagados con un final por escribir

Sabía mirar como el último sol del atardecer
al precipitar sus párpados como el telón de una noche oscura
En su mirada guardaba millones de besos regalados
En su piel, la suavidad de su voz
y en sus labios mi locura

He querido mirarla a los ojos y he visto en ellos
la primera dama de mis sueños
Guardaba en sus pupilas la luna llena
y sólo amanecía cuando ella quería
Guardaba en su nombre una melodía eterna
y en su cabello nocturno la eterna primavera
Guardaba el rumor de un parque abandonado, olvidado y nunca paseado

Es curioso que en blanco y negro
pudiera exhibir tantos colores
pues, al mirarla a los ojos, no he sabido
si ella despertaba o un nuevo sol amanecía

JOAN LLACER EN PILAR GINÉS

JOAN LLACER EN PILAR GINÉS

Estimado Antón:

Actualmente  en la Galería de arte Pilar Ginés  está  exponiendo el ceramista Joan Llacer, hasta el 30 de Mayo. Exposición integradadentro de las actividades culturales la Feria Internacional de Cerámica, CERCO 10, que se celebrará del 27 al 30 de mayo de 2.010.

 

Pilar Ginés


El título de la exposición es "ROTOS"


“Somos rotos, y eso es lo genial de nuestra existencia, la perfección no existe, aunque sí existen los que desean  que nos lo creamos para lograr dominarnos más fácilmente: la obra no puede ser solamente un objeto más ó menos bueno, es nuestra voz, intento que comunique lo que pienso, nos han metido siempre, pero nos salva que somos rotos”.
                                                                                       

 

Crítica de Mercedes Hernández

Profeta en su tierra para romper tópicos, porque él no podía ser menos y porque los dichos, las profecías, no van con él. Irreverente con los cánones establecidos y con su
entorno convencional, Joan Llacer ha madurado siempre por necesidad o bien por espíritu de contradicción. Contra corriente, ha supeditado lo cómodo a lo onírico, y además, ha disfrutado enormemente con ello.


Terrible, niño respondón ante lo establecido, su necesidad de dar una réplica a sus preguntas, la búsqueda necesaria entre la materia y el espíritu, y sobre todo, el hallar la diferencia en un mundo estético en el que casi todo está dicho.


Cajitas, cuentos, ánforas, y una nueva recopilación de sus “Gordas” entre mayúsculas, que tanto conocemos y han hecho disfrutar al espectador, y esos panes que pueden saciar el apetito de los más hambrientos de arte.



“Irreverente con los cánones establecidos. Llacer ha madurado por necesidad o por ir contra corriente”.


Una constante evolución, de un trabajo bien realizado y el ejemplo de la utilización del material cerámico para sacar el máximo aprovechamiento creativo. Barro, agua y unas manos que trabajan a impulso de un pálpito emocional. Nace la magia que junto al sortilegio del fuego hace fructificar la creatividad del maestro cerámico, del alfarero.



Llacer sabe siempre sorprender, provocar e innovar. Para él la vida siempre es una sor- resa, un juego eterno a través del cual nos ofrece su creatividad. El motivo tiene su importancia, pero lo que a él de verdad le interesa son sus emociones y los resortes que las impulsan, y de ellos es la expresión y la creación que engendra cada una de sus obras, culminación de una necesidad íntima.

 

 

JOSÉ LUIS, POR PASCUAL BERNIZ

 

Este retrato de José Luis Rodríguez García (León, 1949) lo hizo Pascual Berniz en 2005, dentro de un ciclo ‘Versos en el jardín’ que coordinaba el escritor y profesor Antonio Losantos en la bella, íntima y mudéjar ciudad de Teruel.

 

Lo repito aquí, en este nuevo post, con dimensiones más pequeñas. Pascual Berniz hizo una preciosa serie de poetas y escritores. Ahora, ha sido incluido en la exposición de artistas turolenses que podrá verse en el Museo de Teruel.

DIÁLOGO CON JOSÉ LUIS RODRÍGUEZ

La poesía encarna la libertad,

la política demanda gregarios,

orden y disciplina"

 

  

"La ideología comunista está

más llena de monstruosidades

que de otra cosa"

 

 

José Luis Rodríguez García (León, 1949) ha burlado dos veces en los últimos tiempos a la negra sombra. Superó una grave dolencia en el corazón y otra en el pulmón, y encuentra energía y entusiasmo en la enseñanza, en la amistad, en la investigación y en su familia. Y en su creación literaria: igual redacta ensayos que compone libros de poesía y concluye novelas como ‘Parque de atracciones’ (Akal, 2009) o ‘El tercer concierto’ (Eclipsados, 2010), un libro que tiene mucho de biografía novelada del compositor Federico Chopin, del que se cumplen 200 años de su nacimiento. José Luis se alza una y otra vez contra las tinieblas del destino: gracias a su complicidad con el joven editor Ignacio Escuín, dirige una cuidada colección de ensayos: ‘Herramientas’ en Eclipsados. En los últimos meses, ha descubierto una vocación oculta: el mitómano de antaño, el enamorado de Sarah Bernhardt, es capaz de pintar una noche oscura, o retratar a la acuarela al escritor que le reveló París y Buenos Aires: Julio Cortázar. Ahora come y bebe poco, y ha dejado de fumar: sueña con dar la primera bocanada a algún cigarrillo que se enciende a su lado.

¿Cómo vino a parar a Zaragoza?

Casi por casualidad. Aquí tenía una amiga, Carmen Asiaín, vinculada con el profesor y poeta Eugenio Frutos, me llamó a Madrid y me dijo que había una plaza vacía en Filosofía. Ella se acababa de casar y se marchaba a Cádiz. Obtuve la plaza y empecé a trabajar aquí a los 25 años.

¿Había estado antes en Zaragoza?

Una vez de paso, en autoestop, hacia Venecia. Sería el año 1971 o 1972, en agosto. Recuerdo que me hospedé en una pensión de la calle Cádiz. Pasé tanto calor que me dije: “Si en alguna ciudad no viviré nunca será en Zaragoza”. Años después, de aquí me llegó la primera oferta de trabajo. Me instalé en una pensión de Fernando el Católico y le he rendido homenaje, con el nombre de pensión Alabama, en mis libros. El ambiente de la Universidad me pareció un poco sórdido…

¿Qué relación tuvo con Eugenio Frutos?

Estupenda. Me acogió maravillosamente y él me causó una impresión gratísima. Era afable y sabio, intentaba comprender a los jóvenes. Tenía un pasado ambiguo, pero siempre se portó con generosidad. Durante mucho tiempo iba todos los domingos a comer con él, con su mujer Lola Mejías, que era una fumadora empedernida, poseía una gran personalidad y hablaba con una voz rota de un sinfín de historias, y con su hijo y con su nuera.

¿Ya era escritor?

Había ganado el premio de poesía ‘Café de Marfil’ de Elche y había sido finalista del premio Nadal en 1974, el año que Luis Gasulla ganó como ‘Culminación de Montoya’ (Destino). Intentaba compaginar la enseñanza, la escritura y la política. Yo estudié los dos cursos de comunes en Valladolid, donde me detuvo la policía por participar en una manifestación, y luego viví varios años en Madrid, compartí casa con Gabriel Albiac, donde concluí la carrera. Hice mi tesis doctoral sobre estética.

Usted era comunista ¿no?

Era comunista, de orientación trotskista en una primera etapa, y luego maoísta. Cuando vine a Zaragoza me integré en el Movimiento Comunista (MC) y entré en contacto con gentes como José Ignacio y Esperanza Lacasta, Merche Gallizo, Ángela Duplá, Jesús Membrado, Ricardo Berdié... En aquellos días aún vivía Franco y la política estaba sometida a todo tipo de presiones y no tenía posibilidades de una vida pública normal. Si te encontrabas en un bar con Ricardo Berdié o Membrado, por ejemplo, casi pasabas de largo para no levantar sospechas.

¡Qué raro, no! Habla del 74.

Yo en la clandestinidad era ‘González’. Tenías la paranoia de que te perseguían y te vigilaban, y yo en realidad no salía con los amigos más cercanos. Vivíamos entre la acción y la simulación, el partido, las reuniones políticas y la confección de folletos.

¿No fue también el tiempo de la gran promiscuidad?

Yo creo que eso vino luego: entre la muerte de Franco y el finales de los 70. La izquierda por lo regular era muy puritana; al menos en mi formación estaban muy mal vistos la promiscuidad y el sexo. Yo tenía amigos homosexuales que entonces lo llevaban con el máximo secreto, tanto que me enteré luego. Las nuestras eran formaciones muy dogmáticas y burocratizadas, de estructura piramidal y eclesiástica, que ejercían el poder con despotismo y con escasa capacidad para la autocrítica.

¿Sigue siendo  marxista?

Me sigo sintiendo comunista, o al menos inmerso en la tradición marxista, pero siempre desde una postura crítica.

¿Lo es a pesar de que el comunismo ha fracasado en todas partes y de que sus líderes son, como mínimo, muy cuestionables?

Soy marxista por análisis filosófico, por tradición personal. La ideología comunista está más llena de monstruosidades que de otra cosa. Es cierto. Yo no me identifico con Mao ni con Lenin ni con Stalin. No me siento identificado con ninguno de sus líderes, quizá con José Martí. Pero tampoco el capitalismo tiene muchos motivos para presumir: líderes como De Gaulle, Kennedy o Miterrand no son demasiado ejemplares.

Vayamos un poco más allá. ¿Cómo ha sido la relación entre la poesía y marxismo?

Como mínimo conflictiva. Algunos de los grandes poetas comunistas, como Esenin o Maiakovski, por citar un ejemplo, llevaban todas las de perder en esa pugna y acabaron suicidándose. La poesía encarna la libertad, la alegría, debe ser heterodoxa, desafiante, y la política es todo lo contrario: exige incondicionalidad, demanda gregarios, es orden y disciplina. Pasolini es comunista y no se entendió con los comunistas; Cernuda era de izquierdas. ¡No lo pasaron bien los poetas comunistas! Ni yo tampoco: me resulta incongruente que la sociedad mantenga su idolatría por el poder.

¿Cómo fueron sus años en ‘Andalán’?

Fueron buenos. Escribí sobre todo crítica literaria, algunos editoriales conflictivos, y ese periodo me permitió integrarme perfectamente en Aragón, donde fui muy bien acogido por Eloy Fernández Clemente y José Antonio Labordeta, entre otros. Recuerdo que se sometió a votación mi incorporación y la de Agustín Sánchez Vidal, la aprobaron, y nos marchamos a Calaceite, con la que iba a ser mi segunda y actual mujer, Mar, en su Citroën de dos caballos, a entrevistar a José Donoso.

¿Qué pasó?

Por allí andaba también Mauricio Wacquez, el escritor y traductor chileno. La cosa no fue bien: Donoso bebía mucho y yo tampoco me quedaba atrás. Donoso me dijo que volvía a Chile, controlado por el dictador Pinochet. Discutimos por eso, y al final salió una entrevista tensa. Se la mandé y él me llamó enfadado pidiéndome que no la publicase. Así lo hice. Poco después, gracias a Wacquez, publiqué en Barcanova mi libro sobre Antonin Artaud.

El loco Artaud, el visionario, el dramaturgo, el actor en ‘Napoleón’ de Abel Gance. ¿Qué se le había perdido con un personaje tan extremado?

Tenía su sentido. Cuando estaba en Madrid, el profesor Muñoz Alonso me había recomendado el libro ‘Genio y locura’ de Jaspers, y me quedé colgado de ese libro. Me interesó mucho la vida de Vincent Van Gogh y sus ‘Cartas a Theo’, las de August Strindberg, Hölderlin y Antonin Artaud. Para mí la literatura es contacto, misterio, comunicación y confesión, pero aún así me interesan algunos de esos autores difíciles, complejos, como Artaud y Hölderlin, al que también le he dedicado muchas páginas y muchos artículos. Son dos referencias para mí: escritores de la complejidad, de la locura, del abandono del mundo. Hölderlin buscaba algo nuevo y su obra tiene algo de mágica, profética, que me sigue atrayendo.

Uno de sus maestros y una de sus obsesiones es Jean Paul Sartre. ¿Por qué?

Yo sé que lo real es algo muy complejo y que no puede manifestarse en un nivel de representación sencillo. Mi propia obra y mi propio estilo es una apuesta estilística que contiene propuestas transversales donde convergen lo poético, lo narrativo y lo ensayístico. Y en eso en buena parte lo he aprendido de Sartre. El Sartre que más me gusta no es el filósofo, ni tampoco el dramaturgo, su teatro ya está obsoleto, sino al que ama la noche, las artes populares, el cine, el jazz, a figuras como Boris Vian. Me gustan de él la trilogía ‘Los caminos de la libertad’ y los artículos que dedicó a sus amigos, Albert Camus, Paul Nizan, Merleau-Ponty, o a figuras más lejanas como Tintoretto.

¿Qué le ha llevado ahora a Federico Chopin (1810-1849) en su nueva novela: ‘El último concierto’?

Es un personaje contradictorio, conflictivo, tuvo relaciones difíciles con Berlioz y con Liszt. Era extraño, parecía sentimental y vulnerable, y a la vez era celoso y huraño. Se va de Polonia a los veinte años y ya no volverá, y sin embargo tenía una copa con tierra polaca que llevó toda la vida a todas partes. He escrito una especie de novela en ocho partes, centrada en su estancia en París, donde murió en 1949. Escriben de él, en cada capítulo, autores muy diferentes: el poeta Heine, su amante George Sand, el pintor Eugene Delacroix, un amigo de la infancia, un bufón. La novela es también un retablo de París de esa época.

¿Qué le pide a la literatura?

La literatura me ha permitido expresarme. No soy muy bueno para las relaciones cotidianas, y la literatura me ha permitido expresar pensamientos y emociones. Yo no he tenido aspiraciones exageradas en la literatura, y tengo una relación apacible con ella y con la vida. Me gusta la enseñanza y no tengo prisa en jubilarme. Mi relación con los alumnos es apacible, gratificante, me llena mucho y también me ayuda a combatir los malos momentos de la enfermedad y de las caídas de ánimo.

 

Los veranos, el hermano, Zaragoza y el barrio

José Luis Rodríguez nació en León, pero apenas vivió en la ciudad. Desde muy joven se marchó interno a un colegio religioso de Guernica y durante años pasaba los veranos en A Coruña, en una fonda de la plaza de María Pita. “Mi padre era militar. Mantuvimos una relación difícil durante años, y la hemos mejorado ahora. Tiene 95 años y está bien de cabeza. Después de la Guerra Civil estuvo un tiempo en Zaragoza, en la Academia General Militar, donde dio clases de matemáticas. Le gustaba mucho A Coruña, y yo he pasado muchos veranos en la playa de Santa Cristina, jugando entre las dunas, y en los alrededores de la torre de Hércules”.

El mundo familiar aparece en distintos libros de José Luis Rodríguez, especialmente en un poemario: ‘En la noche más transparente’ (Olifante, 1993), dedicado a un hermano suyo que se murió de sida, con el que había convivido en Madrid y al que volvió a recibir en su casa en Zaragoza. “Mi hermano leyó algunos de los poemas y los comentaba con ironía, que era una forma de enmascarar el afecto”. También habla de otro libro suyo: ‘Voces en el desierto’ (Eclipsados, 2008), que refleja una crisis, la proximidad de la muerte, el grito de rebeldía ante el dolor a través de distintos monólogos dramáticos e historias de carretera. Ha publicado poesía, narraciones, novelas (“fue muy importante para mí ‘Las manos negras’, en el sello Alfaguara, una novela de trasfondo policial”, dice) y distintos ensayos. Fue director de Prensas Universitarias de Zaragoza.

 “He pasado por momentos muy duros, de gran desamparo existencial. Las revisiones me producen depresión, me hunden, pero a la vez me siento muy acompañado de amigos y de mi familia, Mar y Gabriel”. Un afecto particular lo percibió cuando publicó ‘Parque de atracciones’ (Akal, 2008), una novela policíaca en torno a la representación de ‘El Rey Lear’ de Shakespeare. Regresa a Zaragoza, donde ya forma parte del paisaje y del paisanaje, y dice: “Es una ciudad extraña. Parece desapacible, poco acogedora, dura, y a medida que vas conociendo a la gente esa impresión se desvanece. Aquí he logrado ser feliz en mi barrio, en mis bares, en mis librerías, rodeado de un sinfín de afectos que percibo de veras”.