Blogia

Antón Castro

JOSÉ LUIS LASALA HACE MEMORIA DE SU TRABAJO (DIÁLOGO RECUPERADO)

JOSÉ LUIS LASALA HACE MEMORIA DE SU TRABAJO (DIÁLOGO RECUPERADO)

JOSÉ LUIS LASALA

"Nunca hubo tan buenos pintores con las ideas tan claras como ahora"

Ha sido uno de los responsables de la Obra Social de Ibercaja desde 1989. Hace balance en la hora de su jubilación y mira hacia el futuro con optimismo.

*[Actualizada 23/08/2010 a las 12:43. Recupero esta entrevista a José Luis Lasala, que ha sufrido tiempo atrás un ictus e intenta recuperarse y volver a la pintura.]

 

 

 
 

 

 
 

 

 
 

 

 
 

 

 

José Luis Lasala, en el patio de la Infanta de Ibercaja, institución que deja después de 21 años para jubilarse.OLIVER DUCH

 

José Luis Lasala (Zaragoza, 1945) fue llamado en 1989 para dirigir una nueva política cultural de Ibercaja. Era responsable de una sucursal de la entidad, y tenía un perfil casi incómodo. "Había sido militante del PSA, me había presentado a las elecciones sindicales en Ibercaja y había sido socio fundador y colaborador de ’Andalán’. Siempre he sido leal a mi casa y cuando me llamaron lo acepté de muy buen grado", recuerda. Se quería renovar "una política cultural que se había quedado trasnochada y falta de compromiso".

Desde entonces han pasado 21 años, y Lasala -integrante del casi legendario y fugaz grupo pictórico Azuda 40- hace balance en la hora del adiós. Dentro de unos días alcanzará la jubilación.

¿Cuál es el balance de estas dos décadas en la Obra Social de Ibercaja?

Yo creo que no ha ido mal. Podría haber ido mejor. ¿Qué ha ocurrido? Que ha habido cosas que en determinados momentos no me han dejado hacer, por diversas circunstancias, y otras que no he sabido hacer, como acomodar iniciativas a la propia conveniencia no solo de Ibercaja sino de la ciudad, abordar no diría mercados, porque estaría mal dicho, pero sí yacimientos de clientes culturales que no hemos sabido tratar. Y aquí me refiero específicamente a los jóvenes?

¿Por qué?

Quizá porque entre los jóvenes hay muchas tribus diferentes conviviendo y no se pueden diversificar los esfuerzos tanto como para dar satisfacción a todas las tribus a la vez, sobre todo en la música.

¿Pasó lo mismo con el arte?

En el arte optamos por un nicho de actividad. Creíamos que había que fijar una política de exposiciones. Hemos tenido en cuenta varias cuestiones. Una ha sido que no debíamos competir con las galerías privadas, era un mundo de negocio que debíamos respetar y lo hemos hecho, y tampoco podíamos invadir el territorio que otras instituciones estaban abarcando. Optamos por realizar exposiciones sobre las vanguardias históricas. Eso sí, siempre hay pequeños cambios?

¿A qué se refiere?

A veces era sencillo y hasta sensato renunciar a la contemporaneidad más rabiosa, y dábamos un paso atrás de 40 o 50 años, y eso nos permitía exponer a Sorolla, Fortuny, que también eran parte de lo que sería después la vanguardia histórica, el pilar de partida. También hemos apoyado al arte aragonés en general y al arte joven.

¿Ha habido varias fases en su gestión?

No ha sido una línea continua, pero no se entendería la historia de la realidad cultural de Aragón de estos últimos veinte años sin el papel que han jugado las cajas de ahorros, a la que luego se han sumado los bancos.

¿Qué ha sido lo que más éxito ha tenido?

Siempre he tenido la teoría de que la exposición más cara en términos absolutos puede resultar el acto cultural más barato en términos relativos. Y una de las más baratas fue una muestra de Pablo Picasso. Muy rentables han sido las exposiciones de Sorolla, o una exposición como la de Kubota, de los kimonos japoneses.

¿Cuáles han sido los éxitos inadvertidos?

Yo creo que hemos sabido tejer un complemento educacional para los niños e incluso para los ancianos con programas didácticos de música clásica, de teatro, de patrimonio, de medio ambiente. Ibercaja se ha comprometido desde hace años a conectar a los escolares con la naturaleza mediante visitas a espacios protegidos, centros de interpretación, etc.

¿De quién ha aprendido más en estos años?

De los compañeros, del amplio equipo de colaboradores: Magdalena Lasala, Gonzalo de Diego, Elena Usán, José María Barceló, Alberto Sánchez, con el que logramos darle protagonismo al cine en Ibercaja y crear modelos y ciclos que utilizan hasta en el Festival de Cine de San Sebastián. He aprendido de la gente exterior, de los creadores. Hay que ser permeable: lo peor que te puede ocurrir es creer que lo sabes todo. Entonces te conviertes en un personaje que produce efectos endogámicos y eso es muy peligroso porque trabajas para ti mismo y no para un proyecto.

¿Un artista que le haya emocionado?

El contacto con la gente y los creadores me enseñó que la mayor gilipollez es el prejuicio. Yo recuerdo que tenía prejuicios: por ejemplo, no podía ver a Joaquín Rodrigo; tuve la oportunidad de conocerlo y me di cuenta de que era un hombre con un impedimento físico que lo hacía muy vulnerable, pero que era una persona y un músico excepcional. Me impresionaron José Saramago, Antonio López, y María Kodama, una mujer deslumbrante que me convenció de que había amado profundamente a Borges.

¿Podemos extraer conclusiones sobre la realidad cultural aragonesa?

A mí me parece excelente. En música clásica, gracias al Auditorio y gracias al Conservatorio Superior de Zaragoza y con todo lo que se programa, es excelente. Zaragoza está en un nivel superior a las ciudades similares de Francia o de Italia. ¿Sabe cuál es el acontecimiento artístico en estos momentos en Milán? ’Goya y el mundo moderno’, que se ha inaugurado y se ha producido aquí.

¿Por qué estamos tan quejosos, entonces?

El fenómeno de la abundancia en actividades culturales se ha debido a la pugna que se produce entre instituciones para realizar una oferta cultural de alto nivel. La competencia fomenta la superación entre los competidores. En Zaragoza, tenemos la Lonja, el palacio de Sástago, el Centro de Historia, el Pablo Serrano, el Museo de Zaragoza, el Paraninfo, Ibercaja tiene la Infanta y el Museo Camón Aznar, la CAI la sala Luzán, etc., y las instituciones que los gestionan se diversifican y se ramifican. Los aragoneses no valoramos a los aragoneses ni lo que tenemos.

¿Cuál es el nivel de nuestros creadores?

Espléndido. La gente joven de Zaragoza y Aragón está en un momento óptimo. Nunca había habido tan buenos pintores con las ideas tan claras: María Enfedaque, Javier Riaño, Eduardo Lozano, Javier Joven, Lina Vila, Mapi Rivera, Pilar Martínez Carnicer, Marta Aguirre, Natalia Laínez, David Latorre, Jesús Bordetas ? Y muchos más.

¿Qué falta entonces?

Lo que ha faltado siempre: un mercado interno consumidor que facilite la trascendencia de esos pintores, de nuestros creadores, desde aquí.

 

*La foto de José Luis Lasala es de Oliver Duch. Esta entrevista apareció en 2010 en Heraldo de Aragón.

EL SILURO FANTÁSTICO DE MAIDEVERA

ALGUNOS 'LUGARES MÁGICOS DE ARAGÓN'
Con Eduardo Viñuales, publico el libro 'Aragón. Excursiones a lugares mágicos de Aragón' (Sua), 30 sitios de Zaragoza, Huesca y Teruel, 30 leyendas inscritas en un guía práctica para viajar, pasar un fin de semana, adentrarse en el mito y en las fábulas y en el paisaje, y también en alguna invención. El libro lleva más de 150 fotos espectaculares de Eduardo Viñuales Cobos. He aquí cuatro de ellas: Peña Canciás en Fiscal, por donde asomaba el Hombre-Choto; una de las grutas del monasterio de Piedra; el cielo de San Benito de Orante y una vista nocturnal de Trasmoz, por donde anduvieron los hermanos Bécquer. Mañana domingo hablaremos de él en el programa 'A vivir Aragón', en la Ser, con Miguel Mena.

 

EL MONSTRUO DE MAIDEVERA

 

[Los siluros fueron arrojados al pantano de Mequinenza hacia 1974. Luego llegaron al Ebro y más tarde a otros lugares, quizá al embalse de Maidevera, inaugurado en 1981, entre ellos. El siluro, para algunos, encarna al auténtico monstruo de este pantano de Aranda de Moncayo.]

 

 

A Damián Gurpide le enseñaron desde niño a amar el embalse de Maidevera en las afueras de Aranda de Moncayo. Su padre, campesino y pescador, le explicaba que riega muchos pueblos de la comarca, que ocupa más de ciento sesenta hectáreas y que en su parte más honda tiene cuarenta metros, aunque la profundidad media es de unos diez metros. Le hacía dibujos y le indicaba donde están el aliviadero, los desagües, la torre de tomas y los canales de riego. Y le gustaba contar que allí hay truchas comunes y truchas arco iris, madrillas, carpas, barbos y tencas. Le decía que el embalse, por desgracia, no tiene ni bosque ni olmeda de ribera, pero que eso le permitía admirar mejor las puestas de sol, contemplar el baño de la luna en el agua y tener una mejor perspectiva de esa forma de lengua, encajonada entre montañas.

Un día, cuando caía la tarde, el padre le dijo al hijo que iban a vivir la aventura más bella de su vida. Salieron de casa y alcanzaron la orilla: allí estaba la barca. El padre acomodó sus objetos de pesca y situó al niño en un lugar seguro. Durante muchos minutos, quizá más de dos horas, Damián vio a su padre remar y remar, con un ritmo sosegado, como si no se fatigase y en cada impulso expresase una infinita sensación de placer. Navegar en el embalse de Maidevera con luna llena era una sensación inexplicable. Si existía la felicidad debía parecerse mucho a aquella noche. De repente, el padre dejó de remar y cogió la caña. La lanzó y esperó. Si el niño mostraba ansiedad, le pedía que callase, que las truchas se espantaban con la voz humana. A la vez recogía y lanzaba el anzuelo, e invitaba al muchacho a hacerlo él mismo con suavidad. En esas andaban cuando, de repente, un animal de formidable boca salió del agua y pareció atrapar a una paloma o a un pato. El padre, algo asustado, le dijo al chico: “El pantano de Maidevera tiene un monstruo. Quizá sea un siluro. Pueden vivir hasta los 80 años, son de una gran voracidad y destruyen la flora y la fauna. Se alimentan de barbos, truchas, carpas. Tendremos que pescarlo o acabará con nosotros”. Esa noche no pudieron hacerlo. Ni las siguientes, aunque trajeron otros anzuelos y otros aparejos.

Damián Gurpide creció con esa obsesión. Se convirtió en el centinela y en el protector del embalse. Lo era todo para él: el lugar de juegos y aventuras, la mejor playa, el refugio de sus aún inocentes amores con Cristina Subías y, sobre todo, el escenario de la luz, del color y de una increíble belleza de agua, montaña y cielo. Un lustro después sintió que ya estaba preparado para darle a su padre una gran alegría. Había ahorrado para adquirir hilo trenzado y resistente, la mejor caña y el clonk, una pieza de madera para golpear en el agua y producir un efecto sonoro semejante al del siluro. Eligió un día de junio. Exploró la superficie en su barca hasta la medianoche. Y esperó hasta las tres de la mañana, que era la hora propicia, para lanzar su sedal. El monstruo no tardó en picar. Lo arrastró un rato, lo aproximó lentamente y, bien provisto de guantes y de valentía, lo subió a la barca y lo inmovilizó como pudo.

El monstruo del embalse de Maidevera era algo más pequeño de lo que había pensado, pesaría 30 kilos, tenía la boca hosca y tosca de un depredador insaciable, pero lo que más le impresionaron fueron sus ojos: cegadores, tristes, melancólicos. En un tris estuvo de devolverlo al agua, pero pensó en su padre y en lo inmensamente feliz que se iba a poner en cuanto viese al inquietante siluro. 

CARLES DOMÈNEC ESCRIBE DE MI LIBRO 'GOLPES DE MAR'

El fotógrafo y periodista Carles Domènec ha escrito este texto sobre mi libro de cuentos marinos 'Golpes de mar' (Ediciones del viento), que se publicó a principios del verano. Incluye cinco textos nuevos con respecto a la edición de 2006 que apareció en Destino y que se agotó muy pronto.

 

https://revistabearn.com/2017/12/18/golpes-de-azar-mar-y-memoria-de-anton-castro/

 

Golpes de azar, mar y memoria de Antón Castro

 

CARLES DOMÉNEC

Antón Castro (Santa Mariña de Lañas, Arteixo, A Coruña, 1959) se inició en la literatura como poeta. Conoció a un grupo de objetores de Zaragoza y descubrió, a los 20 años, que quería ser escritor, en gallego. Trabajando de cajero en una sala de juego aragonesa, se puso a escribir sobre papel de envolver cartones de bingo lo que sería el primer borrador del conjunto de relatos que aglutinaba Golpes de mar. Era el año 1986. Debía sentir el peso de la añoranza y su origen cercano al mar. El proyecto fue evolucionando, con cambios y mejoras. El libro cogió forma en castellano. Veinte años más tarde, se publicó en Destino. Se agotó en pocos meses y se reeditó. Ediciones del viento publica, otra vez, Golpes de mar, con nuevas revisiones e incorporaciones.

En estos relatos, la llamada del mar nos persigue. El lugar donde se habita nos protege, a veces nos devora. En algún cuento, al desaparecer el protagonista de su pueblo y aventurarse en tierra ignota, se acaba cruzando con la muerte, estado final y consustancial al contar el significado trascendente del mar. El autor coleccionó libros marinos. Hay algo muy bonito en las narraciones de Castro: parece desconfiar de los que mandan y comprensivo e inocente con los que, aparentemente, tienen menos fuerza y que, a su vez, son los que merecen ser protagonistas de las historias más bellas.

anton_castro03_w

Antón Castro en Mallorca. Fotografía de Carles Domènec.

Y da igual si lo que cuenta Castro es cierto o inventado, en este juego equilibrado de magia y realismo, donde resuenan Álvaro Cunqueiro, Antonio Tabucchi o Mercè Rodoreda. La buena literatura es siempre verdadera. En los relatos de este periodista cultural hiperactivo hay fatalidad, pasión, ruralidad, inocencia y siempre hay algún elemento inquietante, perdido y hermoso. Tienen estos textos una cualidad: te hacen mella. Al terminar cada cuento, el lector sentirá que lo que ha leído se va desvaneciendo, sin desaparecer del todo, como si la imagen que ha visto fuera desenfocándose. ¿No es tal vez, la memoria, una fotografía desenfocada? La sensación solo se curará, por momentos, con la relectura. Pero será un alivio efímero porque cada vez que se retomen las palabras escritas, el lector tendrá menos respuestas y más preguntas sobre lo que ha leído. La literatura de Castro es una invitación al universo latente, de un autor culto y curioso con las aristas más discretas de la vida.

Carles Domènec.

 

JOSÉ LUIS MELERO INGRESA, CON DISCURSO, EN LA A. DE SAN LUIS

[Esta tarde, a las 18.30, José Luis Melero Rivas (Zaragoza, 1956; el pasado domingo cumplía 61 años) ingresa en la Real Academia de Bellas Artes de San Luis y pronunciará un discurso en el que ha estado trabajando en los últimos meses. Un centenar de páginas. Le responderá Ramón Acín Fanlo, escritor, profesor y animador cultural de los ciclos de la Diputación de Zaragoza. Recupero esta entrevista que le hice a Pepe con motivo de la reedición, en 2015, de ’Leer para contarlo’.]

De manera sencilla, ¿quién te contagió la pasión por los libros?

Nadie. Comencé a leer desde niño y hasta ahora. Una vez, una señora, amiga de mi madre, le dijo a la que iba a ser mi suegra, a modo de informe: “Es muy buen chico, pero un poco raro: está siempre leyendo”. Así debían de verme.

 ¿Desde cuándo te decides hacer bibliófilo, o en qué momento?

Desde que, poco después de cumplir los veinte años, descubrí el universo de los libros viejos. Observé que muchas veces las ediciones antiguas costaban menos que las modernas cuando las comprabas en los rastros y las almonedas, y que había montones de libros y de escritores sin reeditar y sin recuperar. Siempre he seguido leyendo las novedades editoriales que me interesan, pero la labor detectivesca de descubrir viejos libros y viejos escritores olvidados tiene un enorme atractivo.

¿Qué diferencia hay entre un lector feliz y un bibliófilo, qué serías tú?

Para mí son la misma cosa, pues solo entiendo la bibliofilia como una pasión por los libros y la lectura. Por lo tanto, el buen bibliófilo es un lector feliz. Pero es verdad que hay bibliófilos -sobre todo entre los amantes de los libros anteriores al siglo XVIII- que apenas leen los libros que compran. Esa bibliofilia, de marcado perfil coleccionista, a mí nunca me ha interesado, aunque, desde luego, si me regalaran un incunable zaragozano no le haría ascos. Aunque  no lo fuera a leer nunca.

¿Qué quisiste decir en ‘Leer para contarlo’ y qué has añadido a esta nueva edición?

Quise contar buena parte de mi vida dedicada a buscar libros raros y curiosos, a leerlos y a comentarlos. Y hablar de muchos libreros y de muchos bibliófilos, de autores desconocidos u olvidados y de mi pasión por la letra pequeña de los manuales y por las literaturas periféricas y suburbiales. En esta edición he añadido nuevos datos y nuevas anécdotas, aunque en lo sustancial el libro es el mismo que se editó hace ya doce años.

¿Ser bibliófilo es sinónimo de buscador de tesoros, de rarezas, de encuadernaciones especiales, de olvidados?

Hay bibliófilos para todo. El librero catalán Josep Porter escribió en ‘Los libros’ sobre las especialidades bibliofílicas que conocía y superaban las dos mil quinientas. Hay compradores compulsivos que lo compran todo y hay compradores coleccionistas que solo compran una clase determinada de libros. Así los hay que solo compran Quijo­tes (Neruda compraba Quijotes), o libros de un de­terminado autor (Monterroso, por ejemplo, compró durante mucho tiempo primeras ediciones de Joyce, Vallejo o Eliot), o solo de una colec­ción (crisolines, Aguilares en piel), o solo libros escola­res, o solo góticos o elzevirianos. Los hay también que solo coleccionan Ibarras o incu­nables, o libros impresos por Benito Monfort. O solo ser­mones, como el padre de Miguel Herrero y Rodríguez de Miñón, que llegó a tener más de 20.000. Pedro Salinas coleccionaba tratados de urbanidad, y Walter Benjamin buscaba libros escritos por dementes y cuentos de hadas para niños. Están también los que solo compran libros antiguos y los que solo compran libros modernos, los fetichistas que buscan dedicatorias… 

¿Ser bibliófilo es sinónimo de ser mitómano? Tú buscas las casas de escritores, tumbas en los cementerios, ediciones dedicadas...

Yo puedo hablar por mí, y en mi caso ese perfil es desde luego muy acusado. Me gustan las dedicatorias autógrafas, los libros que han pertenecido a escritores importantes y que llevan ex libris u otros signos de propiedad… Y, sí, también visito las casas de los escritores y los cementerios donde yacen. Cómo ir a La Habana y no visitar la casa de Lezama o de Hemingway, y cómo ir a París y no llevar flores a la tumba de Cortázar en Montparnasse.  

¿Cuál es tu responsabilidad social como sabio de libros, por decirlo así?

De sabio, nada. Yo estoy todos los días aprendiendo y todos sabemos que cuanto más leemos más nos damos cuenta de lo poco que sabemos. En cualquier caso, hay dos condiciones para considerar relevante la función social del bibliófilo, además de la común a todos ellos de rescatar libros que de otro modo se perderían y pro­porcionales refugio contra peligros y adversidades: la primera es que sus libros sirvan para investigar y que de ellos salgan publicaciones que interesen o sirvan a la sociedad, razón por la que el bibliófilo no debe ser ágrafo; y la segunda es que sus libros estén a disposición de los estudiosos, es decir que sus bibliotecas puedan ser consultadas. Hay quienes los prestan o quienes los dejan consultar en casa. Si se prestan, hay que hacerlo con mo­deración.

¿Cuál o cuáles son las dedicatorias que más valoras?

Tengo muchas que me gustan. Pero me quedaría con una de Neruda en el ‘Canto General’, con la de Dámaso Alonso en ‘Hijos de la ira’ y con las de Borges, Bioy Casares, Cirlot y Machado. De los aragoneses, una de Miguel Labordeta a Carlos Edmundo de Ory y las de Braulio Foz, Jarnés, Sender, Seral y Casas y Juan Ramón Masoliver. 

¿Cuál es el libro que más has buscado y que al fin has encontrado?

 ‘Vida de Pedro Saputo’, de Braulio Foz. La primera edición, de 1844. Me costó más de treinta años encontrarlo.

¿Y el más raro?

El más raro, Fonds Perdu, un libro de poemas escrito en francés por el mequinenzano José Soler Casabón. Se lo compré a un bouquiniste de Albi. Solo se tiraron 34 ejemplares, que no fueron compuestos tipográficamente sino facsimilando un manuscrito del autor en color violeta. Se imprimió en Toulouse en diciembre de 1939, poco después de que Soler saliera del campo de concentración de Argelès. Soler Casabón no era en realidad poeta sino músico, un músico de vanguardia que vivió buena parte de su vida en París y que fue amigo de Apollinaire, Picasso, Reverdy, Juan Gris y sobre todo de Pablo Gargallo. 

Hablas de muchas librerías de todo el país. Citas a Inocencio Ruiz, Pérez, Hesperia... ¿Qué pasaba en esas librerías?

Esas librerías de viejo y cualesquiera otras son lo más parecido al paraíso, pues cuando menos te lo esperas puedes encontrar ese libro que llevas años buscando, esa dedicatoria autógrafa de tu autor admirado, esa encuadernación admirable que salvó la vida a un libro que, de no ser por ella, tal vez no hubiera sobrevivido. En Zaragoza he conocido a tres grandes libreros de viejo: Inocencio Ruiz, maestro de libreros y gran bibliógrafo, hombre humilde y discreto que, como se dijo de un viejo director de ‘Heraldo de Aragón’: “Mereció brillar. Lo evitó obstinadamente”, Luis Marquina y Pachi Asín. Fuera de Zaragoza, mis preferidas han sido siempre la Librería del Prado, de Madrid, Antonio Mateos, de Málaga, y la de José Manuel Valdés en Oviedo. En ellas he pasado horas inolvidables.

Este es un libro de historias de amor... ¿Cuáles son las que más te han conmovido?

La mía. Mi historia de amor con mi mujer. Entre las mejores, ella es la mejor. No creo que ninguna otra mujer hubiera aceptado que le llenara la casa de libros y me hubiera consentido lo que ella me ha consentido. Es imposible encontrar un bibliófilo de mi perfil sin una gran mujer detrás.

Los escritores son raros y maniáticos, ¿No? Pienso en Gálvez, en Fernando Villegas, en Fernando Villalón, en Ana María Martínez Sagi...

Bueno, los hay raros, muy raros y rarísimos. A mí me han divertido siempre los rarísimos, esos que hicieron de sus vidas su gran obra literaria. Esos que citas son de los más raros desde luego, pero hay muchos más: Armando Buscarini, Rafael Lasso de la Vega, Pedro Boluda, Eliodoro Puche, Iván de Nogales, Dorio de Gádex… No suelen ser, en general, grandes escritores (Gálvez, Villalón y Lasso de la Vega sí fueron buenos poetas), pero tuvieron unas vidas tan apasionantes, disparatadas y pintorescas que acabas seducido por ellos, no tanto por su literatura como por el personaje. 

¿Para quién escribes tus libros y tus artículos, en qué público piensas?

Pienso cuando escribo en lo que me gustaría que me contaran a mí. Y a ello me aplico. Yo creo que soy apto para todos los públicos, como las antiguas películas toleradas. Y, efectivamente, entre mis lectores hay desde gente muy joven hasta gente mayor. Procuro ser entretenido y poco solemne. Y reírme siempre que puedo de mí mismo y de mi absurda bibliomanía.

Mucha gente se ha desprendido de buenas bibliotecas. A Vicente Martínez Tejero el Gobierno de Aragón le rechazó una, excepcional, de más de 20.000 volúmenes. ¿Has pensado alguna vez qué pasará con tus libros?

Esa es una de las preguntas más desasosegantes que se le pueden hacer a un bibliófilo. Si lo de Martínez Tejero hubiera salido bien, tal vez otros habríamos poder seguir en el futuro por ese camino. El fracaso de esa donación cierra muchas puertas y nos causa una gran desazón. Pero como me dice mi mujer: “Tú has sido feliz con tus libros. Lo que pase después igual te va a dar”. Y tiene razón. Aunque a todos nos gustaría que nuestras bibliotecas de tantos años pudieran quedarse en Aragón y estar al servicio de los aragoneses.

 

*La foto de José Luis Melero es de Oliver Duch. Más abajo el retrato que le hizo Pepe Melero y que se colgó en la exposición de la Lonja.

CARLOS ZANÓN. UN DIÁLOGO

http://www.heraldo.es/noticias/ocio-cultura/2017/12/19/carlos-zanon-taxista-no-trozo-maquina-pegado-asiento-1214664-1361024.html

“El taxista no es un

trozo de máquina

pegado a un asiento”

 

Carlos Zanón (Barcelona, 1965) publica la novela ‘Taxi’ (Salamandra) en la que cuenta la historia de un antihéroe que pierde el camino a casa

 

-¿Cómo nació ‘Taxi’? Se aleja de la novela negra aunque no del antihéroe urbano…

-Tenía clara una cosa: no quería hacer una novela negra. Había una historia que me interesaba mucho: el héroe que quiere volver a su casa pero que se distrae. No sabe bien dónde está su casa ni su corazón. Uno de mis libros favoritos es ‘La odisea’ de Homero. Y hay una novela de un escritor que adoro, John Updike, que es ‘Corre conejo’…

-También he visto quizá a John Fante y su antihéroe Arturo Bandini.

-Sí, claro, y Bukowski. Pensé en ‘Ulises’ de Joyce, ese personaje que intenta volver a a su casa y la curiosidad le puede. Y por otro lado quería escribir una novela que me permitiera hacer cosas que no había hecho hasta ahora.

-¿Cómo cuáles?

-Salir de determinados barrios, mezclar varias clases sociales, que la violencia no fuera tan importante en la novela. El taxi puede entrar y salir de todos esos sitios. Mi padre y mis dos abuelos eran taxistas. Yo de pequeño pensaba que el oficio de mi padre era genial: no tenía jefe, podía hacer lo que quisiera. Y una vez mi padre me dijo: “Mi oficio es muy duro porque en el fondo te da igual ir a un sitio que a otro y dependes de los demás”. Me decía, además, que uno salía cada día y que era como una bola de billar.

-¿Eso es lo que pasa en ‘Taxi’?

-Claro. Sandino, mi protagonista, es un hombre que va a la deriva de sí mismo, quiere volver a casa pero no hay nada que le estimule lo suficiente, está medio bien  y medio mal en cualquier sitio, y en el fondo el trabajo de taxista es ese.

-Es como un Ulises urbano, sin norte…

-Sí, claro. Incluso la estructura tiene ese simbolismo: las mujeres son islas, las sirenas, las diosas, hay un caballo de Troya. La estructura de fondo es la estructura del mito.

-Sandino es un tipo que se pasa la vida dando la vueltas con los otros y, bien mirado, está todo el rato dando vueltas alrededor de sí mismo.

-Esa podría ser la definición de un taxista. El taxista es un símbolo de la ciudad y uno de los signos de la ciudad moderna es la soledad. Estás completamente desarraigado. Eres una máquina y la soledad es uno de los temas de la novela y uno de los temas que a mí me importan. La ciudad tiene el anonimato y la soledad por bandera, como atributos de la metrópolis. Y Sandino es un ser estrictamente solitario que vive en su cabeza y que escucha historias todo el tiempo.

-Hay una idea existencialista de fondo, no sé si vinculada a la fatalidad…

-Yo quería hacer un personaje vulnerable cuya principal debilidad es que no se siente atado a nada. Le da igual estar con una mujer que con otra, le da igual hacer una cosa u otra. Y en este sentido sí que era de un existencialismo casi clásico. Ese es su drama. Y él lo que busca es encontrar algo o alguien que le ate, que puede fijar un sitio que puede identificar como su hogar. Y no lo encuentra.

-¿Qué le han dicho los taxistas?

-Les ha gustado. Sobre todo porque doy una imagen que no deja de ser una convención literaria: el taxista no es un trozo de máquina pegado a un asiento. Es un ser humano.  De lo que más se quejan los taxistas es de la gente que sube al coche y se olvidan de que ahí delante hay una persona. Que hablen como si no existiera, que se desnuden, que tengan un coito rápido…, como si fuera un mueble quien les llevase.

-Esta novela exterior, desarraigada, es muy importante la familia: su esposa, la complicidad con su hermana, sobre todo esa abuela…

-Quería hacer una novela en la que hubiese muchas novelas. Y una de ellas es la novela familiar o de saga; son los lazos que le atan, minúsculos, pero los únicos que le retienen: la familia, el amor y la lealtad. Son los hilos muy deshilachados que aún le ayudan a no perderse en el espacio y en la ciudad. Me permitió abrir otra vertiente de la novela: social, de clase, donde rindo homenaje a Juan Marsé y a su abuela, que son paralelas, que envenena a su marido.

-¿Cómo está viviendo la crisis catalana?

-No soy independentista. Lo llevo de una manera muy estresante, porque ha sido la primera vez que no sabías que podía pasar. Yo entiendo que dos millones de personas en la calle es un problema político, no policial ni judicial.  Negarse a hablar de eso por parte de los dos bandos lleva a un conflicto y una ruptura social que es evidente y es traumática.

-¿Ha perdido amigos?

-No, pero sí que es verdad que hemos tenido que dejar de hablar de este tema para seguir adelante.

 

*http://www.carloszanon.com/imgs/autor/zanon5.jpg. la foto es Ana Portnoy.

Hoy en heraldo publicamos otra de Asís G. Ayerbe.

DIÁLOGO CON PABLO J. RICO

DIÁLOGO CON PABLO J. RICO

Pablo J. Rico Lacasa (Zaragoza, 1955) regresa a Zaragoza, tras más de un cuarto de siglo dando vueltas por el mundo: Mallorca, Alicante, Nueva York y México, donde ha vivido casi una década. Aquí resume algunas de las actividades y sensaciones de estos años.

-Vuelves a casa tras más de veinticinco años dando vueltas por ahí… ¿Qué significa para ti reencontrarte con Zaragoza?

 Extrañas sensaciones y sentimientos. Ha sido media vida trabajando en el mundo del arte, que es el mío, por medio mundo, valga la redundancia. Han sido más de 300 exposiciones en 22 países del planeta. Regreso no sólo para jubilarme en unos pocos años sino también para morir aquí, es un decir, ojala dentro de mucho tiempo. He elegido voluntariamente regresar a mi tierra y cerrar un círculo virtuoso personal y profesional.

-¿Qué has hecho en estas primeras semanas? ¿Qué sensaciones te ha dado la ciudad?

Caminar, caminar y caminar hasta cinco horas al día. Recorrer la ciudad con los ojos de plato y recordar sin melancolía. También reencontrarme con viejos amigos (literalmente, viejos de aspecto todavía juvenil)... La ciudad ha cambiado mucho, para bien. Ahora es una ciudad más amable. Paseable. Más cálida aun el frio que hace...

-Se te ha visto en el Museo Pablo Gargallo, donde casi empezaste y donde fuiste director. ¿Qué te pareció, qué te pasó por la cabeza?

 Pasé allí unos años muy intensos y felices. Quise entrar de corrido y, por supuesto, el conserje me paró en seco y preguntó dónde iba. Fue un acto inconsciente, automático, como hice durante años. Pero él no tenia por que conocerme ni recordarme. Caí del guindo en un santiamén...

-Recuérdanos, muy someramente, qué has hecho en todo este tiempo lejos de casa.  Por ejemplo: ¿cuál es tu balance en la Fundación Miró?

 En 1992 gané el concurso internacional para dirigir la Fundación Miró en Mallorca. Los primeros meses me tocó terminar de diseñar del nuevo edificio que había proyectado Rafael Moneo y organizar la Fundación. Fui director durante seis años y llegamos a hacer más de 200 actividades anuales, no sólo exposiciones y cosas de arte. En otoño de 1997 me fui a vivir a New York y a trabajar, sobre todo, como productor y curador de buena parte de las exposiciones de Yoko Ono, 15 en total. Luego regresé a España como comisario de grandes exposiciones, digamos, de Estado, con el Instituto Cervantes, Asuntos Exteriores, ICEX, etc. En aquellos años de Comisario independiente llegué a vivir más de 250 días al año fuera de casa, sobre todo en América y Asia.

-¿Y en Alicante?

El Ayuntamiento de Alicante me encargó el diseño y programa museológico del Museo de Arte Contemporáneo de Alicante y poco después me la dirección artística del Castillo de Alicante, un lugar excepcional, con unas vistas increíbles sobre el Mediterráneo y once salas para exposiciones. En tres años hice 42 exposiciones realmente memorables. Luego hubo elecciones municipales y el nuevo concejal tenía otras ideas para el Castillo y me fui. No me veía organizando cenas o justas medievales, por supuesto...

-De manera sencilla, casi como un apunte, ¿cómo ha sido tu trabajo con Yoko Ono, Marina Abramovic, Rebecca Horn?

 ¡Qué decir! Tener la amistad y las complicidades de tres de las artistas más grandes e influyente del arte contemporáneo es un privilegio al alcance de muy pocos. Cada una es muy distinta. Sus procesos de trabajo también. He tenido la fortuna de participar del mundo del arte contemporáneo internacional no sólo con mis exposiciones sino también compartiendo los recuerdos y experiencias de ellas tres y otros artistas igualmente significativos. Se aprende y participa también por ósmosis.

-Volviste en 2000, creo recordar, con Yoko Ono. ¿Es uno de tus mejores recuerdos?

 Sín duda, sí. Regresar a Zaragoza de la mano de Yoko Ono es un lujo, se mire como se mire. Recuerdo a Yoko en la rueda de prensa antes de la inauguración diciendo “He venido a Zaragoza porque me lo pidió Pablo que es amigo mío y cómo no venir a su ciudad que tanto quiere”... Yo lloraba... Fue una gran exposición, de las más completas de Yoko Ono, una de las grandes del arte contemporáneo. Ella la recordó también en su inauguración en el Guggenhein de Bilbao. Tiene tan buenos recuerdos que me ha pedido que hable con las autoridades de Zaragoza y Aragón porque quiere donar una gran instalación permanente aquí. Para mí sería una enorme satisfacción hacer posible este deseo de Yoko en mi tierra.

-Has estado en México mucho. ¿Con quién has trabajado allí?

 Más de nueve años felices e intensos. He comisariado pocas exposiciones pero muy grandes. Acaso la más compleja fue Los Parra-Gironella, una macro exposición de tres generaciones de artistas mexicanos unidos por vínculos familiares. He expuesto a artistas mexicanos en Beijing y en USA, también en Guanajuato y Oaxaca. Y a Valerie Campos, una joven artista mexicana muy brillante con una carrera ya internacional. Pero sobre todo me he dedicado a escribir, he publicado en estos años seis libros, a dar conferencias y seminarios... y sobre todo, a cultivar el arte de la vida...

-¿Quién es Valerie Campos? ¿Qué vínculo tendría con Goya?

 Es uno de los más satisfactorios encuentros que he tenido en mi vida artística. La conocí en Oaxaca   hace unos siete años y de inmediato me fascinó su voluntad de arte y su inventiva, su frescura para ensamblar asuntos goyescos, por ejemplo, con estampas de mangas japoneses e imágenes de ingenuo-perverso erotismo. Parecía la hermana menor de los Chapman... He dirigido cuatro de sus exposiciones y escrito dos libros sobre ella. Valerie debería estar una temporada en la tierra de Goya. Participar en el programa de artistas contemporáneos influidos por Don Francisco...

-¿Sabes qué vas a hacer en Zaragoza? ¿En qué cometidos te gustaría implicarte?

Pues he podido ocupar una plaza provisional de técnico sociocultural  en el Servicio de Juventud tras veinticinco años de excedencia voluntaria como funcionario. Por supuesto, yo quiero terminar mis días como técnico cultural dando a mi ciudad lo mejor de mí y mi experiencia de cuarenta años dedicados al arte y la cultura. Pero no depende de mí... En todo caso, quisiera crear o hacer posible un legado artístico en mi tierra. Tengo una biblioteca de 15.000 libros y catálogos que quiero donar a Zaragoza o a Aragón, también parte de mi colección de arte. Y, si es posible, lograr que algunos de mis amigos artistas y otros creen obras permanentes para esta tierra. Y, desde luego, acabar mis días haciendo lo que mejor sé hacer. Soy un enfermo crónico de Arte...

Trabajas desde hace años en una novela. ¿Qué nos puedes avanzar?

 Después de diez años de documentarme y trabajar los distintos aspectos de esa historia, por fin en enero pasado comencé a escribir. Hasta mayo había escrito 800 páginas en 31 capítulos, pero tuve que parar y solamente tomar notas de acontecimientos de estos últimos meses porque la acción transcurre en tiempo real desde abril. Curiosamente, en febrero decidí que el desenlace final de la novela iba a ser el 30 de noviembre de 2017. Y el final de mi aventura personal como independiente  terminó precisamente esa fecha. El 1 de diciembre me incorporé al servicio activo en el Ayuntamiento. Son esos caprichos y decisiones mágicas del Destino... Es la “biografía” de un libro en concreto que encontré en New York en 1998. Esa biografía, la de sus primeros propietarios y la de un tipo que se parece bastante a mi se trenza durante toda la novela. Los últimos capítulos son de una acción trepidante con inesperados giros. Yo mismo me sorprendo al escribirlos... El libro tiene vida propia.

-Después de andar de aquí para allá. ¿Qué crees que has aprendido, qué te ha enseñado el mundo del arte?

 Todo... y no es una exageración. Creo firmemente que Arte=Vida=Arte... Toda mi vida he intentado ser digno de este mundo de artistas y locos por el arte, ser y estar en el mundo con dignidad artística, es un decir.

-Es morbo casi o pura envidia. ¿Qué relación has tenido con Jessica Lange, un mito del cine y ahora fotógrafa, en todos estos años?

 La conocí en Oaxaca hace unos años. Estaba haciendo fotos con su mítica Leica m6 de un proyecto del que yo era su curador, MATRIA, una antigua casona porfiriana en la que creamos una especie de territorio “arterapeútico” con huerto colectivo y todo. Me pidió fotografiar las instalaciones la víspera del Día de Muertos, en realidad se trataba de un gigantesco altar de muertos en un palacio en ruinas... Le bromeé y me siguió la broma. Por ejemplo, que en todas las casas que he habitado siempre hay una gran mesa en la cocina... Luego vinieron amigos comunes y seguimos riendo y disfrutando de la vida en el Día de Muertos. Jessica es una de las mujeres más fascinantes que conozco y una gran fotógrafa, sobre todo de México y sus singulares tradiciones

-¿Quién o quiénes serían los artistas que más te han impresionado y por qué?

 Además de mis tres superwomen, YoKo, Marina y Rebecca, Xu Bing, el gran artista chino, más influyente y reconocido incluso que Aiwei, auténtico responsable de la explosión creativa en China en los últimos años, del que soy su brother desde hace casi veinticinco años y he hecho con él tres exposiciones y un libro antológico. También el maestro Nagasawa, al que considero mi maestro y amigo, y a Kawamata. Joseph Kosuth seguramente es el artista más brillante intelectualmente que conozco... Richard Serra, al que conozco desde 1984 en París es el más carismático... Y a Chillida lo traté como Aita Chillida, como si fuera un padre. Me dio grandes consejos...

-Creo has tenido un vínculo profesional con la premio Velázquez Concha Jerez. ¿Cómo lo resumirías?

 Es una gran amiga y cómplice desde principio de los 80´. Hemos trabajado juntos en un par de exposiciones y en media docena de acciones en Mallorca, Berlín y New York. Nada más llegar a Madrid desde México cené con ella y José Igés, su compañero personal y artístico desde hace décadas. Ese premio es una justa recompensa a una de las trayectorias artísticas más serias y coherentes del arte español. Concha ha dedicado toda su vida a un arte nada complaciente, nada fácil para el gran público. Pero ha sido fiel y leal a sí misma y al arte experimental. “Insisto, luego existo”...

-Aquí tenemos, ahora en concreto, creo, una sensación un poco pesimista del arte y del universo de las galerías. ¿Interesa el arte, cuál es su función hoy? ¿Estamos más abajo que nunca o solo es un espejismo?

Difícil pregunta y compleja respuesta... El arte siempre es puro optimismo, incluso lingüísticamente. Los objetos y las prácticas artísticas son en realidad prótesis para ver más y mejor, para penetrar más profundamente en nuestras ocultas oquedades, para hacer pensar más intensamente, para reflejarnos o proyectarnos de modo más extenso y detallado, por ejemplo. Son prótesis ópticas, seguramente cuánticas. Y optimismo tiene la misma raíz que óptico. En arte no se puede ser pesimista, eso hay que dejarlo para el resto de la vida. En arte, sólo mirar lejos te salva de la catástrofe...

 

*La foto de Pablo J. Rico es de José Miguel Marco.

MARÍA ANGULO HABLA DE 'INMERSIONES'

María Angulo, una madrileña afincada en Zaragoza, se ha especializado en los estudios y teorías del periodismo, especialmente la crónica y el reportaje, el periodismo narrativo. Acaba de publicar ’Inmersiones’ (Universidad de Barcelona, 2017), libro que presentó en la librería Cálamo. Aquí explica las claves del volumen, que es realmente fascinante: una pequeña historia del periodismo y de algunos periodistas. Parte de esta entrevista apareció en ’Heraldo’ de Aragón.

-¿Cómo empezó tu idilio, tu historia de amor con el periodismo?

Es una historia que viene de largo; que empieza en el ámbito personal y de investigación y termina de materializarse en el terreno profesional cuando en el 2005 llego a Zaragoza y entro a trabajar en la Facultad de Comunicación de la Universidad San Jorge, que se iniciaba en ese mismo año. Luego vino mi estancia de nueve meses en Buenos Aires en donde la crónica y el periodismo narrativo terminaron de enamorarme.  A mi regreso al Grado de Periodismo de la Universidad de Zaragoza he podido desarrollar este potencial con libros como Crónica y Mirada (libros del KO, 2014) y ahora con Inmersiones (Ediciones de la Universidad de Barcelona, 2017).

-¿Qué ha significado Mariano de Cavia en tu trayectoria? ¿Qué te ha interesado de él?

Mariano de Cavia me abrió los ojos al articulismo y la crónica y me sirvió para comprender la calidad literaria excepcional que existe en el periodismo español desde sus primeros tiempos. Con el estudio de su producción pude entender gran parte de la idiosincrasia española. Me sirvió también para analizar recursos y estrategias narrativas fundamentales a la hora de pensar y desarrollar buenos artículos y columnas. Trabajar junto con la profesora Rosario Leal en la edición de Azotes y Galeras (Asociación de la Prensa de Zaragoza e Ibercaja, 2008) fue sumamente enriquecedor. Pude observar la importancia de lo aparentemente accidental y anecdótico como estrategia de arranque para entrar a contar lo esencial. Y fue extraordinario dar con ese artículo de “periodismo ficción” en el que Cavia daba cuenta de un incendio en el Museo del Prado, para denunciar las malas condiciones de seguridad del Museo. Un artículo que sacó a la población madrileña a la calle, asustada porque se incendiaba su principal pinacoteca. Y un texto que sirvió para que el Gobierno tomara medidas para mejorar las instalaciones y las condiciones de seguridad del Prado. Una de esas ocasiones en las que una mentira sirve para denunciar una verdad silenciada. Con un cronista de este calibre una solo puede enamorarse del periodismo. 

-Para abrir boca: ¿en qué consiste el periodismo de inmersión, de cuántas maneras puede uno zambullirse en la realidad y en la escritura?

He seguido los pasos del trabajo previo de Antonio López Hidalgo y María Ángeles Fernández Barrero en Periodismo de inmersión para desenmascarar la realidad (Comunicación Social, 2013). Allí se planteaban tres modos de adentrarse en un territorio, en una realidad. Tiene que ver en primera instancia con el trabajo de campo, del reporterismo que realiza el periodista. Existe una gradación inmersiva que abarca desde la “observación directa” que requiere de la empatía para su mejor desarrollo, pasando por la “observación participante” que se ha practicado mucho desde concepciones antropológicas y etnográficas con maestros como Bronislaw Malinowski en “Los Argonautas del Pacífico occidental”. Y por último estaría la infiltración: que es aquella en la que el autor se transforma en otro para entrar en espacios conflictivos y obtener una información que no podría conseguir como periodista. Es un periodismo de denuncia. La infiltración en estos últimos tiempos de crisis, precariedad y explotación laboral ha dado ejemplos de periodismo encubierto tan señeros como el realizado por Bárbara Ehreinreich en Por cuatro duros. O cómo (no) apañárselas en Estados Unidos (Capitán Swing, 2014) o como el llevado a cabo por la francesa Florence Aubenas con El muelle de Oistreham (Anagrama, 2011). Dos investigaciones sobre las condiciones laborales de las clases más pobres.

 Para llevarlas adelante, estas periodistas deciden infiltrarse a fin de experimentar en carne propia este régimen de vida. Subsistir realizando los trabajos peor remunerados. Un periodismo de riesgo y de denuncia. Dentro de esta inmersión extrema, también estaría el denominado periodismo gonzo, término acuñado por Hunter S. Thompson como una variante del New Journalism defendido por Tom Wolfe, en el que sujeto y objeto se convierten en una misma cosa. Ya no hay disfraz o performance. El periodista es el protagonista, narrador  y objeto de análisis de la crónica. Aquí destaca sobremanera el periodismo de Gabriela Wiener, que cuenta con un capítulo completo en Inmersiones. El único capítulo del libro hecho a cuatro manos con la periodista Inés Escario con quien compartimos la pasión por la producción de Wiener.  

-¿Cómo definirías apuestas tan distintas como las de Nellie Bly, Josefina Carabias o Magda Donato?

Bueno, no son apuestas tan distintas. Les unía una pasión clara por el periodismo; por el periodismo con una clara intención de servicio social.  Muestran ese compromiso con el entorno, con las clases más desfavorecidas, con los trabajadores y sus necesidades. Además, las tres parece que se construyeron como periodistas a pesar de que las circunstancias no eran excesivamente favorables para una mujer en la prensa, con una abrumadora mayoría de varones. Con todo, finales del XIX y principios del XX fue un período glorioso para el periodismo norteamericano y español y es donde emergen estas profesionales. Años prósperos para la profesión. Para Nellie Bly en el New York World de Joseph Pulitzer en los momentos de emergencia de la prensa de masas norteamericana. Para Magda Donato, y Josefina Carabias en sus inicios, que surgieron en la etapa republicana y en plena Edad de Plata de la cultura española. En concreto Bly fue pionera del periodismo encubierto con Diez días en un manicomio en 1887 y Magda Donato también realizó su serie de “reportajes vividos”, publicados en el diario Ahora que dirigía Chaves Nogales entre 1932 y 1936. Carabias también se animó con la infiltración en “Ocho días como camarera en un hotel de Madrid” en 1934. Asímismo, las tres tenían un instinto de lo noticioso muy desarrollado.

-¿Qué es la crónica? ¿Cuáles serían sus contactos con el reportaje?

La crónica es un género muy concreto que requiere de un narrador testigo que dé cuenta de un acontecimiento. Que lo narre con propiedad y exactitud. Existe por lo tanto un sujeto explícito que cuenta y muestra emociones y sensaciones y que se sitúa en un espacio y tiempo concreto: el lugar y la temporalidad del suceso que narra. Esto simplificando al máximo. Lo que está claro es que la crónica cuenta con la fuerza de lo testimonial y con un narrador que construye un relato en el tiempo. En el reportaje interpretativo no emerge ese yo narrador explícito, ni ese carácter testimonial. Si nos vamos al periodismo narrativo: A sangre fría de Truman Capote sería un reportaje novelado y El Interior de Martín Caparrós, una crónica.

 

Ahora bien, en los últimos tiempos en España se ha extendido la palabra crónica para hablar de crónicas y reportajes porque se emplea el término, al igual que en algunos países de Latinoamérica, como sinónimo de periodismo narrativo o literario.  Un macrogénero que permea a prácticamente todos los géneros periodísticos. En España, contamos históricamente con auténticas joyas de periodismo narrativo en el articulismo y en el columnismo.

-¿Qué cronistas te interesan y por qué? ¿Cuáles serían para ti libros o textos modélicos en el concepto más amplio de crónica?

Me cuesta escoger porque me interesan cronistas por muy distintos motivos. Unos porque son gigantes del periodismo narrativo, con los que disfruto y aprendo; otros porque realizan algo en concreto interesante y novedoso; otros porque son ejemplos productivos para el aula; varios por los temas que abordan porque me conciernen personalmente; algunos por la fuerza de lo que denuncian; y finalmente, otros por la capacidad narrativa que despliegan.

 

Cronistas como Martín Caparrós, Emmanuel Carrère, Gabriela Wiener, Juan Villoro, Alberto Salcedo Ramos, María Moreno, Leila Guerriero, Jorge Carrión, Josefina Licitra, Pedro Lemebel, Javier Sinay, Rodolfo Palacios, Alejandro Almazán, Silvia Cruz Lapeña, Roberto Arce, June Fernández, Ander Izaguirre, Gabi Martínez, Cristian Alarcón, Sergio González, Isabel Fonseca… Y en cuanto a libros modélicos. Para trabajar la crónica en un sentido amplio, se acaba de editar en España Larga distancia de Martín Caparrós, toda una joya; también hay que volver a Operación masacre de Rodolfo Walsh; los perfiles de Leila Guerriero son fundamentales, por ejemplo, Frutos extraños. Pero sobre todo acudir a revistas como Altäir Magazine, Anfibia, Gatopardo, Etiqueta Negra… y leer lo que vienen publicando. Y en plan regalo navideño, ya que estamos, dos libros preciosos y valientes que tienen a la luna como protagonista: Una luna de Martín Caparrós y Nueve Lunas de Gabriela Wiener.

 

-Quizá él no haga crónica, pero sí reportaje, o haga reportaje y crónica en ’Diez días que estremecieron al mundo’. ¿Qué aportó John Reed al periodismo? Hablas de él, lo citas, ¿tiene vigencia su propuesta?

Sí, lo tengo en cuenta. En Inmersiones aparece como un ejemplo del reporterismo de denuncia que surge sobre todo en Norteamérica a principios del siglo XX con los denominados despectivamente por Theodore Roosevelt como muckrakers, “rastreadores de cieno”, por lo que removían y rebuscaban entre la basura de los poderosos. Denunciaron casos diversos de corrupción. Samuel Hopkins en “The Great American Fraud” (1906), denunció la fabricación y venta de medicamentos peligrosos. Ray Stannard Baker, en “Following de Color Line” (1908), denunció el racismo que sufrían los ciudadanos negros. Y México insurgente (1914) y Diez días que revolucionaron al mundo (1919), sobre la revolución rusa, de John Reed, responde también al modus operandi de este grupo de activistas reporteros, fuertemente ideologizados. Cuando he impartido la asignatura de Periodismo de investigación siempre he acudido al reportaje Diez días que revolucionaron al mundo porque me parece muy representativo de un periodo y de una forma comprometida y política de hacer periodismo que hay que conocer. Este año, como estamos con el bicentenario de la Revolución Rusa no es de extrañar que hayan publicado este trabajo de John Reed de nuevo, pero esta vez en una versión ilustrada de Fernando Vicente.

 

Con el texto final ’Bienvenida al paraíso’, ¿ha nacido una escritora de viajes, una cronista o una escritora de ficción, sin más?

Bueno, he realizado mi particular inmersión en un territorio al que he ido en muchas ocasiones como es Caños de Meca en Cádiz. Es una crónica de viaje y estoy segura de que habrá muchas más. Pero estas crónicas requieren tiempo de documentación y de reporterismo y luego además un proceso de escritura reposado y cuidadoso, así que será algo que pueda hacer muy de vez en cuando.

 

¿Qué tiene de peculiar la crónica de viajes?

En realidad cualquier crónica es un viaje, aunque sea por nuestro barrio. Pero los viajes hay que poder narrarlos y no resulta fácil ya que recorrer el mundo se ha convertido en una experiencia nuclear, cotidiana, incluso vulgar. Conocer lugares y dar testimonio de ello no resulta ya muy novedoso ni para los periodistas ni para los lectores. Hay que saber narrar de algún modo el desplazamiento, el encuentro con el otro, el espacio en el que se sumerge: “el relato del propio viaje” es lo que nos queda para poder contar en la actualidad, como apunta Claudio Magris en El infinito viajar. Por ello una crónica de viaje no es una guía turística ni tampoco un cuento para los amigos, pero debe recoger parte de lo informativo de la guía y parte de lo íntimo del cuento, pero luego debe desarrollarse como cualquier otra crónica con una mirada y voz personal y en un tiempo concreto y delimitado.

 

-¿Qué tiene el periodismo latinoamericano que no tenga el español?

El periodismo narrativo latinoamericano lleva cierta ventaja al realizado en España en lo que se refiere al desarrollo de la crónica y del reportaje, que son dos géneros clave y que permiten una implicación y desarrollo estilístico amplio. En lo que se refiere al articulismo y al columnismo literario, ahí creo que España se sitúa por delante. Y ahora, que vienen polinizando tanto las formas del reportaje y la crónica latinoamericanas, vamos teniendo cada vez más periodistas españoles, medios y editoriales estupendas dedicadas a llevar adelante un buen periodismo narrativo.

-¿Qué tres autores les recomendarías a los periodistas jóvenes?

Gabriela Wiener, Silvia Cruz Lapeña, Virginia Mendoza.

-¿Qué tres proyectos o libros recomendaríais para ser buen periodista?

Digamos que tres libros importantes, teóricos, que hay que leer si se quiere saber de periodismo narrativo y de sus técnicas. La invención de la crónica (2005) de Susana Rotker, Escribiendo historias: El arte y el oficio de narrar en el periodismo (2003) de Juan José Hoyos y Periodismo Narrativo (2012) de Roberto Herrscher.

 

 

*La foto de María Angulo la tomo de aquí.

CHEMI. UNA DESPEDIDA EN HERALDO.ES

El periodista José Miguel Pérez Bernad, ‘Chemi’ (1950-2017), un periodista especializado en sucesos y tribunales, fallecía este martes a consecuencia de un cáncer. Fue un gran cronista de la vida cotidiana y sus múltiples paradojas, y un hombre que mimaba sus fuentes y no las traicionaba jamás, ni eso, ni el secreto profesional, que no revelaba ni a su director.

Trabajó en diversos diarios: 'Aragón Exprés', donde llegó a hacer crítica de cine, entrevistas y notas culturales en 1969; 'El Noticiero' (siempre manifestó su admiración por Antonio Coll, y recordaba que le pagaban 150 pesetas, poco más de un euro, por llenar una página); más tarde ingresó en 'El Día de Aragón', hacia 1985, donde se especializó en crónica social y delictiva, y de ahí pasó a 'Diario 16 de Aragón', con Miguel Ángel Liso al frente. En 1993 ingresó en 'El Periódico de Aragón', donde acabaría jubilándose en 2009.

Fue un periodista al que le gustaba “sentir y vivir el latido de la calle”, con contactos hasta bajo las piedras (en la policía, en la magistratura, en todos los sectores, incluso los más sórdidos o periféricos), comunista de corazón y sindicalista muy activo durante años, un hombre de izquierdas, con sentido del humor y una inmensa agenda de teléfonos y complicidades. En realidad era un tipo silencioso hasta en sus afectos; no hacía ostentación de casi nada. Trabajador sigiloso, con un especial sentido ético, suscitaba admiración por su artesanía, su pulcritud sigilosa, su condición y convicción de periodista de oficio, clásico, que jamás quería ofender y al que no le importaba ocultar un nombre bajo las iniciales, si así evitaba un disgusto familiar, como le contó al periodista Joaquín Marco.

Era un tipo muy literario, de esos que aparecen en las novelas de Chandler o Hammett o en las fotos de Wegee, con sorna, entrañable bajo el aspecto de enojado o cascarrabias ocasional, con apariencia de escéptico, que tenía una idea romántica y pragmática a la vez del periodismo, un sentido ejemplar del oficio y que defendía la idea de presunción de inocencia. Quería contar. Contrastar siempre las informaciones con varias fuentes. No escribía en vano. “Parecía refugiarse al final de la columna de breves pero fue un profesional de primera plana. El periódico no era tal hasta que entraba en la redacción”, ha dicho su compañero Alfonso Hernández.

Fue el primero en llegar a algunos sitios donde había estallado el drama o la tragedia, como la discoteca Flying. Era un gran lector y le apasionaban la historia y la política (recordaba que había sido militante del Partido Comunista y de Comisiones Obreras, y que había escrito en ‘Mundo Obrero’, hasta que no pudo soportar más la senda unidireccional de la información), especialmente la Guerra Civil española, la historia contemporánea de Rusia y la II Guerra Mundial y sus múltiples ecos. Este mismo año, la Asociación de la Prensa de Aragón le concedió el premio a la Trayectoria Profesional.

Una de sus últimas salidas públicas, enfermo de cáncer, fue en el reciente reencuentro de integrantes de la redacción y administración de ‘El Día de Aragón’ en el Tres Mares. Restaurante Náutico. Se le veía emocionado y feliz. Los relámpagos de la memoria se le instalaron en sus ojillos azules de pícaro y de colega que parecía proteger, aunque refunfuñase, a todos sus compañeros. Desde este miércoles reposa en el cementerio de Torrero.