UNA FOTO DE JOSÉ ANTONIO DUCE
Recibo esta foto de felicitación de José Antonio Duce, con este pie:
La foto, mitad día mitad noche, puede ser una alusión a tu mitad de la vida.
Recibo esta foto de felicitación de José Antonio Duce, con este pie:
La foto, mitad día mitad noche, puede ser una alusión a tu mitad de la vida.
Trini, la compañera y musa de Santiago Arranz, me envía dos fotos en blanco y negro de Santiago en su taller de Castejón de Sos, donde pasa diversas temporadas de intenso trabajo, no solo en verano. Santiago expone en Francia, próximamente lo hará en Bruselas y prepara nuevos proyectos para Latinoamérica. Santiago Arranz (Sabiñánigo, 1959) también cumple este 2009 su primer medio siglo, 50 años, aunque él siempre tiene este envidiable aspecto de galán de cine.
Niñas y detectives
Giovanna Rivero. Bartleby. Madrid, 2009. 126 páginas
Giovanna Rivero (Santa Cruz, 1972) es una escritora boliviana distinta, filosa como una navaja, turbadora como una cantina en el desierto. Sus personajes parecen de otro mundo, o de un mundo extraño que convive con la sangre, el crimen, los locos amores, los ciegos impulsos y con una sexualidad desenfrenada. En estos cuentos hay mujeres que enloquecen por los celos y saborean una cruel venganza, hombres que pierden la cabeza de golpe por unos muslos, parejas que viven la noche como un suicidio o una ruptura definitiva, viudas y forenses, violencia y guerras sórdidas de pareja, de familia, de arrabal. Sin duda, un libro tan prometedor como su título: ‘Niñas y detectives. Y otros cuentos con sangre dulce’.
Diario de un fotógrafo. Bram 1936
Agustí Centelles. Traducción de Pepita Galvany. Península. Barcelona, 2009. 212 páginas.
Agustí Centelles (1909-1985) es el Robert Capa española. Se formó en Barcelona, donde residió desde niño, y destacó como fotógrafo de la Guerra Civil: en Belchite, Teruel o en Huesca. Tras la contienda, conoció los campos de concentración. En Bram inició un diario en catalán pensado para uno de sus hijos. Como si le hablase al oído, iba a contándole su propia historia, la de su padre, la de su madre, la de su formación, la de sus años de reportero (habla de sus “compañeros y rivales”: Merletti viajaba en coche, igual que Pérez de Rozas, y Segarra lo hacía en moto), las noticias que llegaban de España, e incluso le cuenta, tras haber pasado el día retocando: “He ido al depósito a retratar a una niña muerta”.
Deseo de ser punk
Belén Gopegui. Anagrama. Barcelona, 2009. 190 páginas.
A Belén Gopegui siempre le han interesado los jóvenes. Esta novela en primera persona podría ser una narración juvenil. Al fin y al cabo es la historia de una muchacha desubicada, Martina T., de 16 años, que no encuentra su sitio en el seno de la familia (sus padres no se entienden) ni en el mundo de los adultos. El único que parecía entenderla fue el padre de Vera, ya fallecido, y su amiga. Dice que podría acostarse con ella. Lo que marca su existencia, su formación y su código es la música. Puede hablar de Johnny Cash, de Alice Taylor, de The Enemy, Crosby y Nash, del jazz. Y así, entre canción y canción, intenta conocerse a sí misma y desarrollar su propia revolución.
Soldados en el jardín de la paz
‘Huellas de la presencia alemana en Zaragoza (1916-1956)’. Sergio del Molino. Prames. Zaragoza, 2009. 254 páginas.
Quizá sea uno de los libros del otoño en Zaragoza. Es una obra de investigación y de curiosidad por las biografías perdidas. Sergio del Molino, brillante narrador y periodista de HERALDO, cuenta la aventura la de los colonos alemanes del Camerún, de los que ya habló Ramón J. Sender, que se instalaron en Zaragoza a partir de 1919. Ellos crearon sus propios establecimientos, desde el Colegio Alemán, el Tinte de los Alemanes o las salchichas Kurt, y contaron con su propio cementerio. Hay muchos personajes, entre ellos el fotógrafo Freudenthal, o el abogado Bieger, que vino buscando a sus antepasados. Los nazis, los aliados o la División Azul asoman a este reportaje apasionante que revela una historia secreta y no tan secreta de Zaragoza.
*La foto es de Herbert List.
El martes cumplí 50 años.
Fui al cine con mi hija Sara a ver, en tres dimensiones, la película ‘Up’, que es una deliciosa pieza poética sobre el amor y la aventura.
Y luego, para sorpresa mía, aunque me olía algo, Aloma y Carmen (y también Mary Burges, que no pudo estar, y algunos otros amigos) organizaron una gran fiesta ‘sorpresa’ en casa, con muchos, muchos amigos, algunos de hace 31 años (dos de mis primeros amigos en Zaragoza: Luis Felipe Alegre y Jesús García, que vino desde Sabiñánigo tras acabar su jornada de albañil), y con disc jockey. Fue una noche preciosa, una noche inolvidable con mucha gente que ha sido fundamental en los más de 30 años que llevo en Zaragoza.
Mi madre, que les habló a casi todos en gallego, estaba feliz. Eso sí, tuvo uno de sus gestos graciosos: alguien le dio un ‘Nestea’, le preguntó si estaba bueno y ella dijo: “Está mucho mejor el agua”.
Una de las sorpresas fue que los disc jockeys pusieron un single de ‘O tren’ de Andrés do Barro.
Mil gracias a todos, por tantas cosas. Cumplir 50 años así da gusto: siempre lo he tenido muy claro, los amigos te hacen mejores cada día. La amistad es una de las puertas de acceso a la felicidad: el primer umbral probablemente. No estaban todos los amigos (había muchos fuera, de vacaciones, con compromisos, en la playa, ilocalizables estos días…), desde luego, para había mucha gente, muchísima gente imprescindible en mi vida. Gente a la que quiero y a la que le debo instantes imborrables y entrañables como todos los de ayer.
*La foto es de Gjon Mili: en ella Danny Kaye, Hans Christian Andersen, entretiene a los niños.
¡Cuánto me odiaban! Y eso que yo, como siervo sagrado, calentaba el lecho de sus esposas y les aseguraba el porvenir con mis bendiciones y pócimas, mientras mantenía con vida al heredero hemofílico. Todo me lo debieron aquellos aristócratas, upires insaciables de sangre campesina. Hasta que una noche me acorralaron entre cuatro, me dieron a comer tarta envenenada, me dispararon una bala al corazón, y después, como chacales furiosos por seguir vivo, perdieron la compostura y descargaron sobre mí todo el cargador, metiéronme en un saco que tiraron de mala manera en la limusina del Gran Duque y se deshicieron de mi cuerpo lanzándome al Neva. ¿Fue aquello el final?, ¿muerto yo, como un perro? No, porque mi cuerpo sobrevivió a los ataques, aún me retorcí bastante sobre las aguas frías y se me endureció el miembro descomunal hasta soltar el esperma divino que fue degustado por los peces que se reprodujeron llegando al mar, donde a su vez fueron deglutidos por un escuálido portentoso y mágico, uno como yo. Y así, dentro de aquel tiburón salvaje, mi estirpe marina logró cruzar todos los océanos imaginables del espacio y del tiempo, del horror y de la infamia, para colmar de sed mi existencia interrumpida. Luego, me bañé en las soleadas playas españolas donde se mataron como fieras los unos a los otros, atisbé las costas de la Dinamarca pútrida recorridas por tanques germanos, en el Japón enemigo emergí para verlo explotar en dos grandes setas blancas. Y tras morir en su cama rusa aquel georgiano salvaje que me sucedió, después de caer el muro que nos separó del resto del mundo, aún no, no tengo bastante. No, no está saciada mi ansia, aún no he visto suficiente pues ahora, dentro del pez inmenso, periscopio para tanta injuria, me dirijo a contemplar a la mismísima Libertad, reina del mundo, ya empequeñecida tras quedar sin el abrigo de sus más altos guardianes de acero.
*Ángeles Prieto Barba, escritora gaditana, apasionada de Quiñones, Borges y Medardo Fraile, entre otros cientos de escritores, me envía este relato, casi a modo de regalo de cumpleaños. Gracias, Ángeles. La foto es de August Sander.
Mi madre siempre me enmienda. Ha vuelto a hacerlo esta mañana. Andaba yo reunido para el desayuno con Carmen, Sara y ella. Y volvió a salir la historia de mi nacimiento. Me precisó varias cosas: nací en el establo, sí, la vaca estaba cerca, pero no en el mismo sitio. Era el día de San Roque, patrón de la fiesta de Larín, de donde era ella y su familia. Temprano fue a buscar un feixe de erba (un haz de hierba) para la vaca, “e cargueino ó lombo”, luego fue a recoger habas al campo y volvió a casa. Ya percibía intensos dolores. Cuando vio que mi padre se iba a ir a la feria y a la fiesta de San Roque en su bicicleta, le dijo: “Benito, non vaias hoxe a San Roque”. Ante la cara de perplejidad de mi padre, insistió: “Non me atopo ben”. No me encuentro bien. Mi padre se quedó. Haría cosas en las eras, en los campos, en el patatal: se aburría si no hacía algo. Mi madre arregló la casa, limpió aparadores y alacenas, fregó los suelos, y preparó las mantas y las sábanas. Me ha dicho: “En la cama non podía parar, por eso fun para a corte”. Y allí, en el establo, nací hacia las once de la noche cuando moría la fiesta de San Roque. Poco después vino mi abuelo, que vivía cerca, Jesús o do Touciñeiro, que era labrador, tratante de ganado (un ‘feirante’ de los de Cunqueiro, por decirlo así) y además albéitar. “Foi el o primeiro que te colleu nos brazos”, me ha recordado hoy mi madre.
Ese abuelo fue mi favorito siempre: lo seguía en el campo, lo seguía cuando iba al monte con el ganado, cuando lo veía trabajar con la sierra y el martillo. Buscaba su acercanza. Y lo vi con infinito cariño y pesar casi diez años después, cuando se despedía del mundo, mordido por un cáncer, comiendo plátanos y naranjas que mi padre le daba, entre las siete y las ocho de la tarde, después de venir de la cantera donde trabajaba. Él fue el primer muerto de mi familia.
*Esta foto es de Dorothea Lange.
CUMPLEAÑOS
Por Ángel GONZÁLEZ
Yo lo noto: cómo me voy volviendo
menos cierto, confuso,
disolviéndome en el aire
cotidiano, burdo
jirón de mí, deshilachado
y roto por los puños
Yo comprendo: he vivido
un año más, y eso es muy duro.
¡Mover el corazón todos los días
casi cien veces por minuto!
Para vivir un año es necesario
morirse muchas veces mucho.
*Hace unos días, en una antología del poeta Ángel González, oí y leí este poema del gran poeta asturiano. Hace un rato he cumplido 50 años. He nacido en el establo, en el lugar de Vilarnovo, con vistas a Santa Mariña de Lañas, Armentón y el lejano mar de Barrañán: entre la vaca, los cerdos y los conejos. Siempre había pensado que a mi madre le había sorprendido el parto allí, mientras arreglaba los animales, que no había tenido tiempo a reaccionar. El año pasado, en medio de una reunión familiar, le pedí que nos contara cómo había sido todo. Y, sin temor alguno a restarle romanticismo (le encanta deshacer mis historias reinventadas: ella no sabe mentir), dijo que poco antes de sentir un dolor insoportable, bajó al establo con sábanas y mantas y lo que hiciese falta, y allí se aplicó a la faena, en medio de la sangre, los olores del estiércol y el vaho. Eran las once de la noche del 25 de agosto de 1959. Lo que también ratificó es que unos meses más tarde, cuando yo empezaba a hablar (es decir, podrían haber pasado dos años o más), se iba a buscar comida para la vaca o a trabajar en una finca próxima. Yo bajaba de la cuna, metía la cabeza por la gatera y gritaba a quien quisiera oír: “Mamá, o neno. Mamá, o neno”. Siempre se lo contaban: los de Fillazós, la mujer de Clemente, su suegro Jesús do Touciñeiro, las hermosas rubias de Malage, que parecían dos gemelas de cine, su cuñada Pepita. Un día cuando regresaba con un haz de hierba al lomo de O Limpeiro lo oyó ella: primero una queja lejana en medio de la niebla, luego más nítida a medida que se acercaba: “Mamá, o neno. Mamá, o neno”.
*La foto es de Allan Grant.
VENENO
Por Julio José ORDOVÁS
Debe de llevar sus buenas horas arrastrándose bajo el sol. Adivino hacia dónde se dirige, pero no me explico de dónde viene, ni qué le habrá hecho abandonar el agua para deslizarse por un camino de fuego decidida a tragarse todo el polvo del mundo. Acuclillado, admiro sus penosos esfuerzos, y no puedo reprimirme las ganas de putearla un poco. La aguijoneo con una caña, y ella se retuerce con espasmos eléctricos, mostrándome su lengua bífida, diminuta. Por mucho que se esfuerce no va a lograr asustarme. Su fiereza resulta patética: he visto lombrices más grandes y moscardones más temibles.
Está escrito que cuando el mundo se arrase solo quedarán las serpientes. Ellas serán las únicas que sobrevivirán a todas las devastaciones, y volverán entonces a reinar sobre la tierra. Pero la pequeña culebra que tengo ante mis ojos no disfrutará de ese paraíso infernal. La he cogido con cuidado, para acariciarla. He conocido a mujeres con la piel más suave, más fría y más escurridiza que la de las serpientes. Enfrentamos nuestras miradas como enemigos mortales, sin odio, casi con resignación. Yo estoy esperando a que ella me muerda y ella está esperando a que yo la aplaste. No se hace esperar: su mordedura tiene la dulzura de un último beso. La dejo libre. No se mueve. Sería ridículo y hasta deshonroso que tratara de escapar, y lo sabe. Busco una piedra que no le haga sufrir más allá de lo inevitable. La piedra más grande que encuentro no es lo suficientemente grande, y he de golpearla varias veces hasta que deja de temblar. En un pequeño agujero le doy cristiana sepultura y sigo mi camino, silbando. No me da miedo pensar que esta misma noche la culebra saldrá de su tumba y seguirá mi rastro y no descansará hasta que consiga enroscarse en mi cuello y envenenarme el corazón.
*La pasada semana el narrador, ensayista y crítico literario Julio José Ordovás publicaba este estupendo artículo-cuento en ‘Heraldo de Aragón’. Me gustó mucho. Muchísimo. Siempre he tenido una relación (una acercanza) muy curiosa con los venenos, o con las culebras. De niño, teníamos un gato, al que yo he llamado Acuña, que traía todos los días un escáncer plateado y lo dejaba en el vertedero; buscaba afanosamente escapar por el desagüe que era un caño que salía a la calle, si lo lograba, el gato volvía a traerlo al cabo de un rato. Mi madre, en verano, me decía de repente: “No fagas ruido e dame un pedrolo”. Y yo se lo daba, todo lo grande que podía: ella, de inmediato, lo arrojaba contra el suelo, y ¡zas! Había matado una culebra o una serpiente. Quizá fuera por eso que en mi adolescencia, medicado por Nitrozepan y cosas así por un amago de depresión, soñaba todas las noches con nidos se culebras o serpientes. Ahora, en Garrapinillos, veo casi todos los días una especie de lagartos o sargantanas que van y vienen por los muros. Los veo de casi todos los tamaños. Jamás se me ha ocurrido matar alguno. Ahora es mi madre, octogenaria y levemente coja de la pierna izquierda, quien me dice: “Nin se ocurra matalos. Comen os mosquitos. Estes mosquitos de merda que me están deixando doente”.
*Una foto de mujer con boa de Flor Garduño.