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Antón Castro

CARMEN GASCÓN CUMPLE HOY 50 AÑOS

CARMEN GASCÓN CUMPLE HOY 50 AÑOS

 

 

Todo empezó en otoño, cuando llegó el primer cierzo.

Días después la ciudad se llenó de nieve en el Portillo

Y alguien, mientras me tiraban una bola,

me tomó mi primera foto en Zaragoza.

Una foto, atrapado entre los copos y una bicicleta,

que no tardé en regalarle a aquella joven menuda,

de cabello interminable y undoso y una trenka marrón,

que estudiaba Medicina y conocía el sabor de los ducados.

No sé cómo empezamos a vernos más: cuidaba niños

y a una anciana dulce e impedida por las noches,

y eso le daba libertad para inventar un nuevo amor.

 

Cuando me marchaba de Zaragoza para siempre en dirección

a Compostela y sus atardeceres de llovizna,

vino a despedirme al tren.

Lo recuerdo bien: la trajo un amigo en una vespa.

Fue  como una aparición a la desesperada y en el último minuto.

Lo que ocurrió en el interior del compartimento

nos cambió el destino y sus quimeras.

La vida puede ser eterna en cinco minutos de besos.

Apenas dos semanas después volví para quedarme junto a ella,

para pasear por la ciudad de la alegría,

para vivir cerca del Ebro y su cántico de piedra y barro.

 

Hemos sido una pareja ambulante con daños colatelares:

hijos, sustituciones, casas desvencijadas, pueblos de llano y montaña,

éxodos y regresos como si la vida pendiera de un hilo.

Día a día, el amor se alzó de la tierra como un bosque

antiguo, como un paraíso cotidiano o una pradera de sueños.

Y ahí seguimos los dos, Carmen y yo, paso a paso.

 

Ella, exactamente hoy, Carmen cumple 50 años.

Algunos de los mejores, estoy seguro, los hemos compartido.

Y aún seguimos ahí, con el afán de aumentar la cifra,

con el deseo de seguir bailando hasta el amanecer.

 

*El cuadro ’Los placeres del Ebro’ de Marín Bagüés, pintado entre 1934 y 1938. Carmen y yo hemos vivido sucesivamente en Las Armas, Toledo, Bretón, Perera Larrosa de Garrapinillos y ahora en el campo. Y en medio, en Anchuras, Camarena de la Sierra, Cantavieja, Urrea de Gaén y en La Iglesuela del Cid.

 

JOSÉ ANTONIO DUCE, PATRICIO JULVE Y LOARRE

JOSÉ ANTONIO DUCE, PATRICIO JULVE Y LOARRE

Tu Patricio Julve y Loarre me traen muchísimos recuerdos.  Conocí Loarre de la mano de Joaquín Gil Marraco que lo fotografió en numerosas ocasiones y publicó un fascículo con sus fotos editado en los años sesenta por CAZAR, mucho antes que Durán Gudiol.  De aquellos años son mis primeras fotos del castillo.  Años después, en 1987,  se me ocurrió proponer al Hermano Mayor de la Cofradía de la Entrada de Jesús en Jerusalén el realizar un concurso fotográfico sobre el tema  "La entrada de Jesús en ... LOARRE" .  Se contó con la colaboración del Pueblo Hebreo y de los Romanos, ambos de la semana santa zaragozana. Y dicho y hecho. Un domingo dos autobuses en ruta a Loarre.  Vestuario y preparación de la escena. Lo más difícil fue el encontrar una borrica para el seudo Jesús.  Nos la facilitó un labrador de Casetas y la trasladamos en una furgoneta DSKV hasta el castillo. Lo curioso, según nos informó el propietario, fue que la burra que se llamaba Antonia no trabajaba ni se movía si no se le daba un trago de vino en bota, lo cual comprobamos  sobre el terreno.  Más de mil fotografías y un excelente día de convivencia que culmino días después con el fallo del Concurso, que fue todo un éxito. Yo participé fuera de concurso ya que me correspondió presidir el jurado calificado. Te adjunto dos de mis fotos de aquel día.

*Una de las fotos de José Antonio Duce, que realizó en el castillo de Loarre.

 

PREMIO DE PERIODISMO APA / 'CIUDAD DE ZARAGOZA'

PREMIO DE PERIODISMO APA / 'CIUDAD DE ZARAGOZA'

PREMIO

ASOCIACIÓN DE LA PRENSA DE ARAGÓN -

 CIUDAD DE ZARAGOZA

2008


BASES DE LA CONVOCATORIA

 

 

1.     Se convoca el Premio Asociación de la Prensa de Aragón-Ciudad de Zaragoza correspondiente al año 2008. Este premio podrá ser concedido a un periodista individual, a un grupo de periodistas o a un medio informativo, en atención a los méritos acumulados por su ejercicio profesional durante dicho año.

 

2.     Todos los miembros de la Asociación de la Prensa de Aragón y medios de comunicación pueden presentar propuestas para la concesión de este premio, con sus correspondientes soportes documentales. No se valorarán las propuestas que carezcan de dichos soportes documentales.

 

3.     El plazo de recepción de candidaturas finalizará a las 14:00 horas del día 21 de enero de 2009.

 

4.     La valoración de las propuestas corresponderá a un Jurado integrado por cuatro miembros de la Junta Directiva de la Asociación de la Prensa de Aragón, dos periodistas no pertenecientes a dicha Junta y un representante del Ayuntamiento de Zaragoza (institución que patrocina el Premio con 3.000 euros).

 

5.     El Jurado deberá hacer público su veredicto el día 22 de enero de 2008. La entrega del Premio se realizará en el transcurso de la fiesta que la Asociación de la Prensa celebrará el día 23 de enero.

 

6.     Salvo en el caso del representante del Ayuntamiento de Zaragoza, la designación de los miembros del Jurado corresponde a la Junta Directiva de la Asociación de la Prensa de Aragón, incluidos los periodistas no miembros de la Junta que formarán parte del Jurado.

 

7.     Se reconoce a los miembros del Jurado la capacidad de presentar propuestas para la concesión del Premio. [La foto es de Paul Bowles.]

 

 Zaragoza, a 15 de diciembre de 2008

 

MARIANO ANÓS: TRES MONTES DESDE EL VALLE DE TENA

MARIANO ANÓS: TRES MONTES DESDE EL VALLE DE TENA

[Hace algún tiempo pedí a Mariano Anós algunos de sus poemas. Mariano es dramaturgo, en el amplio sentido del término, escenógrafo, pintor, poeta, actor, un hombre total de la escena. Y hoy, lo que son las cosas, Mariano me envía estos poemas escritos en el Valle de Tena. Me parecen un bello regalo de fin de año. Y aquí los cuelgo, encantado. Me encantan estas sorpresas. Espero que los que asoméis por aquí gocéis de estas deliciosas piezas.]

 

 

Mariano Anós

MONTE (VALLE DE TENA)

(tres fragmentos)

 

1

 

En la falda del monte, de mañana,

se oye llorar a un niño. De repente,

el ameno verdor de la ladera

entrechoca murmullos y colores,

desdibuja, destempla, desmemoria

la espesa ligereza de su aliento,

burlándose del ojo y del oído

que soñaban fijar algún instante

como color o como son del monte,

como cifra o verdad de su quimera.

La cima, poderosa, pensativa,

lenta, ajena a la edad y sorda al llanto

¿envidiará tal vez, por un momento,

la frágil inquietud de la hojarasca,

su condición expuesta a la mudanza?

Cuando se siente amenazado, el monte

no esconde la cabeza: la enarbola,

aleonado, retador. Sacude

los parvos matorrales con que apenas

abriga su atalaya pedregosa

y jura defender su apartamiento

de cualquier inquietud sujeta al tiempo.

Los dioses, maliciosos, cuchichean

a sus espaldas y de buena gana

consienten sus bravatas. Niño monte.

¿Será su soledad la que lloraba?

 

 

2

 

A ciertas horas, bajo ciertas luces,

el monte no se deja llamar monte.

Se encoge, se dilata, se entrevela,

se hace telón pintado o, al contrario,

se viene encima pedregoso, fiero.

Saber común: el monte nunca es monte

sino en la estrecha cárcel del lenguaje

que apenas de sí mismo se alimenta,

entre envidia y terror de la certeza

que nombra monte su ceguera última,

el dibujo más cruel del horizonte,

la esclavitud mortal de la conciencia.

O bien, por el contrario, la fantástica

nostalgia de un perdido estupor mudo

que reclamase un eco del silencio.

Sea cual sea la plegaria al monte,

o es parca o excesiva. La justicia

no le concierne. Sólo está, se yergue.

Sin dios y sin ser dios y despatriado.

Oculto en su evidencia. Memorioso.

Custodio de saberes ya inservibles,

melancólico, escéptico, el coloso

aterra a quien de sí mismo se aterra,

alienta a quien no atiende a su enseñanza,

calma a quien no ambiciona sus favores.

 

 

3

 

Sobre el azul violento del verano,

remolona, sin prisa, sostenida

en su temblor, la nube se desliza

rozando apenas la pelada cumbre,

redimiendo la seca omnipotencia

que la aflige. La roca, agradecida,

muda algunos matices innombrables

de pardos, verdes, grises azulados,

su guarnición usual, entreverada

de algún destello de pasadas nieves.

Satisfecha, la nube, sabia en luces,

danza una lenta, alegre despedida.

Cumbre y nube acompasan su leyenda,

concelebran su esquiva intimidad

y acuerdan confiar en que los vientos,

las humedades, las temperaturas

o cualesquiera azares atmosféricos

les permitan volver a acariciarse,

suaves, fugaces, disponibles, fieles.

La novedad sin fin es su costumbre.

No necesitan traducir sus tiempos,

tan dispares al ojo atareado.

Ningún deseo ya: saben ser otras

sin otro triunfo que el haber pasado.

No hay pérdida, no hay miedo, no hay espera.

Sobra toda ansiedad o toda culpa

por no estar ya, si alguna vez se estuvo.

*La foto es de Natalia Dibysz.

 

 

PIPPI TETLEY, LA JOVEN NEOZELANDESA, CUMPLE 30 AÑOS

PIPPI TETLEY, LA JOVEN NEOZELANDESA, CUMPLE 30 AÑOS

Philippa Susan Tetley, más conocida como Pippi Tetley, nacida en Nueva Zelanda tal día como hoy hace treinta años, celebra su cumpleaños. Pippi tiene ahora una exposición de joyas en el SOHO, un poco pintoresca; a su modo, ha realizado exposiciones en diversas ciudades del mundo y aquí vive más o menos feliz, giganta o no entre las españolas (como apuntaba con su habitual ironía en su blog), en Zaragoza. Escribe con mucha gracia, da clases, dibuja, tiene una preciosa mesa de taller y estos días ha recibido la visita de su hermana, little Wendy, una gran lectora de Philip Kaufmann y una apacible fumadora de Marlboro lights.

JAVIER ESPADA HACE BALANCE DE LOS 25 AÑOS SIN BUÑUEL

JAVIER ESPADA HACE BALANCE DE LOS 25 AÑOS SIN BUÑUEL


En este año que termina, se han cumplido 25 sin Luis Buñuel, sin embargo el interés que despiertan su figura y su obra continúan vigentes, prueba de ello han sido las exposiciones que se le han dedicado y a las que hemos contribuido notablemente desde el CBC, pues he comisariado cinco exposiciones, de las cuales dos en colaboración con Filmoteca Española y compartiendo la labor de comisariado con Elena Cervera: "México fotografiado por Luis Buñuel" y "Buñuel. Entre dos mundos", esta última producida por SEACEX e inaugurada por los Príncipes en México, en el marco del I Congreso de la Cultura Iberoamericana "Cine y Audiovisual en Iberoamérica".

 

La exposición "Álbum fotográfico de la familia Buñuel" comisariada conjuntamente con Asier Mensuro se pudo ver en Valladolid coincidiendo con la SEMINCI y ahora se puede visitar en el Edificio Botines de Caja España en León.

 

Acompañan a estas exposiciones sus respectivos catálogos, tres obras de notable interés por la gran cantidad de fotografías reproducidas y por los textos que las acompañan.

 

Las actividades que realizamos en el Centro Buñuel de Calanda han sido posibles por el apoyo de Ayto de Calanda, Gobierno de Aragón, Diputación de Teruel, Caja Rural, Comarca del Bajo Aragón y Ministerio de Cultura, ICAA y Filmoteca Española; pero también por la colaboración de otras muchas instituciones y amigos a los me resulta imposible nombrar: mi agradecimiento a todos ellos.

 

Entre las publicaciones que en este año se han dedicado a Buñuel, son destacables el libro editado por la Berlinale con motivo de la retrospectiva que le dedicó este festival, así como el último número de la revista Turia, lleno de interesantes artículos sobre don Luis. Mención especial merece la exposición "España. Arte Español 1957-2007" que se pudo ver en Palermo y en la que la obra de Buñuel estuvo presente junto a la de los más importantes creadores españoles, comisariada por Demetrio Paparoni también cuenta con un excelente catálogo. La edición en holandés de una obra fundamental para acercarse al cine de don Luis: "Buñuel por Buñuel" de Tomás Pérez Turrent y José de la Colina a cargo de Gijs Mulder.

 

El interés por don Luis ha estado presente en muchos festivales, entre los que cabe destacar, además de la Berlinale, el Festival de Cine de Estoril y el de La Habana, acompañados ambos de la exposición "México fotografiado por Luis Buñuel". En España, además de la SEMINCI, el festival de Medina del Campo homenajeó a Buñuel y colaboró en la producción de la exposición "Buñuel creando cine", el Festival Internacional de Jóvenes Realizadores de Granada o en el REC de Tarragona (acompañado de la exposición de fotografías de Juan Luis Buñuel "Amigos, rodajes, encuentros y algún disparate").

 

Se le dedicaron sendas retrospectivas en Ámsterdam y en Heidelberg (además, en esta ciudad alemana tuvo lugar un simposio) acompañadas de la exposición "Los Olvidados Memoria del Mundo". En el Escorial, la Universidad Complutense organizó un curso de verano dirigido por Federico García Serrano. También Aragón Televisión emitió un ciclo de películas dirigidas por Buñuel.

 

La película documental "El Último Guión" que dirijo junto a Gaizka Urresti viene cosechando excelentes críticas y comentarios del público que ha podido verla, en especial en los festivales por los que se ha proyectado una versión previa de esta película, en la que se recorren los lugares más importantes en la vida de Buñuel, en compañía de su hijo Juan Luis y de su amigo y guionista Jean Claude Carrière, en un viaje lleno de recuerdos y anécdotas, ilustrado con gran cantidad de imágenes, un viaje en el que la amistad cómplice se torna en protagonista. Un peregrinaje enriquecido por los encuentros con las actrices Ángela Molina o Silvia Pinal, con los especialistas Ian Gibson, Enrique Camacho o Javier Pérez Bazo, con el fotógrafo Gabriel Figueroa o con Rafael Buñuel. Además, también colaboraron Asunción Balaguer, Claudio Isaac e Iván Trujillo. Cabe destacar la canción compuesta por Eduardo Aute sobre un poema de Buñuel.

 

Me resulta muy difícil transmitiros mis deseos de paz y felicidad para el año que comienza, mientras el ejercito del Estado de Israel está perpetrando una matanza de palestinos, condenando al resto a la humillación, al odio y al resentimiento, sembrando la desesperación y alentando la venganza y el surgimiento de reacciones violentas que "justifiquen" futuras matanzas, al menos que esto no suceda con mi silencio cómplice....

 

 

Te deseo un futuro en paz y te mando mis mejores deseos, 

 

Javier Espada

 

JUAN MARQUÉS PUBLICA 'UN TIEMPO LIBRE'

JUAN MARQUÉS PUBLICA 'UN TIEMPO LIBRE'

 

 

Esta mañana, entre otras citas pendientes, quedé a tomar un café con Juan Marqués, el ensayista, poeta y residente en La Colina de los Chopos. Juan, zaragozano jovencísimo, estaba radiante, dentro de esa timidez suya, tan elegante como seductora. Juan acaba de publicar su primer poemario: Un tiempo libre, del que ya había publicado aquí alguno de sus poemas. El libro ha quedado realmente estupendo, con ese trasatlántico o barco que avanza, con sus luces encendidas y su mástil, por un inmenso mar azul. El libro, como objeto, produce una emoción inmediata: lo publica Comares en su colección La Veleta, que dirige Andrés Trapiello, ese hombre de letras y de tipografías que ama el diseño y la edición como el aire que respira.

 

Esta tarde fui a llevar  a mi hija Sara a su clase de lengua francesa. Me quedé esperándola en el Bar Indalecio, y leí dos veces el libro: breve, labrado en el pedernal de las emociones hondas, nada estridentes, y en la pura ausencia de adjetivación. Es un poemario de un lirismo desnudo, sin afectación. El libro tiene un prólogo y un epílogo, y dos partes extensas de una poesía que destaca por su transparencia, por su tersura cristalina, por su capacidad de sugerencia y por la elegida acumulación de atmósferas. Es un libro sobre el yo y el paisaje, sobre la exaltación de la vida en armonía con la luz, con el sol, con la noche, con los sentimientos más íntimos que hilvanan un mundo, un conjunto de sueños y de sensaciones, una travesía de recuerdos y de confidencias.

 

Un tiempo libre es un libro impregnado de vida, de conocimiento del mundo, de contemplación. Es un libro de una delicadeza impar, en el que habla el silencio, el peso de la cultura, el tuétano de la mejor poesía. Es un libro donde el sujeto poético habla con la mañana, con el mediodía, con la tarde, habla con los árboles y los pájaros (o al menos intenta oír su música, su cántico, el enigma de su música fugaz), es un libro de viajes con la imaginación donde el amor brilla con un fulgor efímero.

 

El poema portical es más que una promesa:

 

NOCTURNO (UN PRÓLOGO)

 

DETRÁS de tres de cada cuatro puertas

habita el sufrimiento

mientras sobre la noche reina

media rodaja de limbo.

 

Siempre ha sido así

y así lo será siempre.

 

Ven a dormir conmigo.

 

Voy a cantarte un cuento.

 

Me ha gustado mucho también éste:

 

UN HILO

 

LOS días han caído,

                            uno a uno,

como perlas fugadas de un collar.

 

Estamos solos:

nosotros y el agua.

A lo lejos un faro parpadea.

 

Despojados de la arena del tiempo,

como un hilo librado de sus perlas.

 

VÉRTIGO INADVERTIDO

 

DESDE su silencio, su soledad,

su quietud aparente,

los árboles conocen los caminos.

 

Vinieron de muy lejos,

hablan lenguas antiguas y remotas

que nadie puede oír.

 

No dejan de moverse.

 

Cada vez más adentro,

son las raíces las que están viajando.

 

Y acabo con éste texto:

 

ENERO (UN EPÍLOGO)

 

UNA vez me vi triste frente al mar,

contento de mi suerte.

 

Ya no había toallas en la arena

ni nacieron plegarias de la tarde.

 

Tras la fuga del sol,

el silencio me habló como a un hermano:

 

Que ya está.

Que es real.

Que todo lo vivido es una fábula.

 

Un tiempo libre. Juan Marqués. Comares: Colección La Veleta. Granada, 2008. 58 páginas.[Esta fotografía es de la fotógrafa londinense Olivia Arthur.]

 

 

QUINTA DE LA SIRENA (CUENTO)*

QUINTA DE LA SIRENA (CUENTO)*

QUINTA DE LA SIRENA

 

 

Hacía tiempo que mi mujer me hablaba de una casa con terreno. La describía, hablaba de sus ciruelos, de sus higueras, de los jardines, del atardecer de oro que surgía más allá de los altos setos. Y me hablaba de la familia que vivía en ese lugar: una pareja iraní, ella morena y hermosa, él habilidoso y simpático, con cuatro hijos de nombres casi impronunciables. Pronto me di cuenta de que lo que le gustaba no era tanto la casa como la familia, que, además, había hecho un modesto semillero de plantas árabes, ideales para las infusiones. Mi mujer insistía. Se emocionaba contando que en las últimas semanas habían venido los padres de él, o los de ella, y que preparaban al crepúsculo té y otras bebidas aromáticas. Explicaba, con evidente delectación, cómo eran sus meriendas en el porche: solo frutas (dátiles, mandarinas, nueces, uvas), zumos naturales y las infusiones, y tertulias de esto y de aquello, como un zoco improvisado de Las mil y una noches, que “es tu libro de cabecera”.

Un día, como si quisiera convencerme de algo que yo aún desconocía, me dijo: “Hay algo que te encantará: la piscina está decorada con una gran sirena. Es la casa que siempre has soñado”. Desde hace muchos años soy coleccionista de libros, cuadros y películas de sirenas; creo que he llegado a soñar con ellas. Pocos días después, me anunció que la pareja iraní se marchaba a Estados Unidos. A él lo reclamaban de una universidad importante para desarrollar complejos programas informáticos y a ella le había salido un puesto de profesora de idiomas. Los niños, dos de ellos gemelos, ya tenían colegio cerca de un aeródromo y una pista de patinaje.

No me quedó otro remedio que ir a ver la casa. La finca era cautivadora, tenía algo de paraíso en desorden entre pinos, almendros y olivos. Era fácil deducir que sus moradores habían sido felices en ella. Por aquí y por allá se percibían los gestos de una placidez doméstica: en los columpios, en el montículo de arena donde cargaban sus minúsculos camiones los niños, en la valla de madera de la piscina, en los rectángulos de tierra donde habían plantado sus hierbas aromáticas, en la ducha improvisada cerca de un avellano. Y estaba la sirena: rubia, con un busto opulento y las escamas minuciosamente trabajadas. Era bella e inocente, como si la hubiera soñado un poeta más que un pintor. Pese a todo, la casa no me convenció. O quizá sí, pero dije que no. Mi mujer insistió tanto que accedí a que nos pidieran precio. No tardaron en hacerlo, entre otras cosas porque a la pareja, que ya había compartido algunas fiestas de cumpleaños de los niños de primero de Primaria con mi mujer, le hacía ilusión que nosotros nos quedásemos la casa. Mi mujer había establecido un hilo de complicidad con ellos y decía que, en el fondo, teníamos existencias paralelas. Mi mujer siempre se enamora de las vidas de los otros. El precio me pareció abusivo, a un hermano de él le correspondía la mitad y se volvió avaro de repente, y acabé ofreciendo una cantidad bastante más baja. En realidad, la decisión fue costosa: ya habíamos dicho que no, que no podíamos mudarnos allí porque nos faltaban habitaciones, porque la fínca no estaba legalizada, pero una noche, durante la entrega de un premio literario en Toledo, recibí una llamada de mi mujer. Había soñado que esa casa debía ser para nosotros, y me pidió que realizase una oferta en serio, una oferta definitiva. Solventaríamos todos los problemas, uno a uno, desde el pozo artesiano colectivo y la caldera de la calefacción hasta la escasez de autobuses y el aislamiento. Lo hice. La cantidad era muy inferior a la cifra inicial que habían demandado los dueños. Sospechaba que me iban a decir que no. Y dijeron que sí.

Empezamos a remodelar la casa, a inventar nuevas habitaciones y escaleras. Recuperamos el sótano y el desván. Convertimos los cobertizos del garaje en biblioteca, cuarto de calefacción y taller de carpintería. Colocamos láminas de madera de pino en el techo, y pusimos ventanas nuevas. Mi mujer dijo: “No quiero rejas. Esta es una casa libre. Una casa con pájaros y golpes de cierzo. Una casa para que crezca el amor. Quiero oírlo todo, hasta el ruido de los aviones”.

Cuando nos confirmaron que ya nos podíamos trasladar, mi mujer me dijo: “Si queremos recuperar la piscina tenemos que tapar las grietas, lucirla y pintarla de azul”. Cuando llegaron los albañiles rumanos, me cogió de la mano, me empujó suavemente hacia el borde y murmuró: “Despídete de ella”. Abatido, dije adiós a la sirena.

 

Sospecho que esta frase sería el perfecto final de esta cadena de hechos que parecen un cuento. Y durante bastantes meses, prácticamente dos años completos, lo fue: acepté la pérdida deportivamente e intenté adaptarme a una nueva forma de existencia. Puedo decir que le he tomado un gran cariño a la casa, a la piscina, y especialmente a los pinos: cuando llega el otoño tengo la sensación de que regreso a mi infancia de rumores y de temores. De niño, allá en Baladouro solía tenderme en el  bosque bajo la inmensa copa de los pinos y allí me quedaba minutos y minutos con la sensación de que penetraba en una región de fábulas y de ominosas apariciones. Cuando cae la noche, y veo el extenso tapiz de las estrellas en el cielo, presiento que mi vida ha adquirido un nuevo sentido merced a la tozudez de mi mujer. Hay otros detalles: veo crecer los granados, percibo el olor distinto de las cuatro higueras, paseo entre los almendros e incluso disfruto con las hazañas domésticas de mi mujer. Un día dice que ha plantado patatas, otro día pimientos y fresas, otro día que ha logrado recoger tomates de varias clases. He aceptado sus propuestas de complicidad: a algunas de las nuevas plantas les he puesto nombres de poetisas, de ciudades e incluso de heroínas literarias: Emily Dickinson, Berna, Ofelia, Inés de Garza, Tristana.

Han pasado algunas cosas importantes en estos tiempos. He perdido a mi padre, he descubierto que ya no quiero volver a Galicia y tengo la impresión de que ya no tengo fuerzas para volver a escribir con la intensidad de antaño. Me ha sorprendido un cansancio antiguo, una sensación creciente de fatalidad y de esplín. No sé si mi mujer se ha dado cuenta de todo ello. Indicios no le han faltado. Me ha repetido tres o cuatro veces que me he vuelto autista y que vivir conmigo   no es nada fácil. “Has pasado de la amabilidad y de la pasión al silencio”, me dijo un día.

Nunca me ha preocupado cumplir años. Lo asumo como algo inevitable e indoloro. Cumplí en esta casa 47, 48, y acabo de cumplir 49. También es cierto que en los últimos tiempos se han ido muchos amigos, familiares, viejos conocidos: hemos visitado más que nunca el cementerio de Torrero. Soy temeroso. Creo que esta palabra es la que mejor me define: temeroso. Casi todo me da miedo, o una forma de pereza que es la antesala o la máscara del miedo. Me cuesta preparar un viaje, me cuesta sacar los billetes a cualquier parte, presentar un libro o hablar en público, me incomoda pensar que debo coger el coche para irnos de vacaciones a la playa. Este tenía que haber sido uno de los veranos de nuestra vida. Nos lo habíamos prometido; en realidad, tras haber trabajado hasta el insomnio y la desesperación durante un año, se lo había prometido yo a mi mujer. Como antes le había prometido una estancia de un mes en París o en el Caribe. Esta vez, le había hablado de un gran viaje familiar o de un crucero por distintas ciudades europeas. La casa, las dos perras, la piscina sin sirena pero con depuradora y mi pánico lo estropearon todo.

Sin embargo, mi mujer no es de las que se amilanan. Suscita más simpatía y cariño que yo. Eso no me molesta: al contrario, de esa certeza deriva una sensación de orgullo e incluso de buena conciencia. El fin de semana que precedió al lunes de mi cumpleaños nos fuimos a Ejulve, el pueblo turolense de su familia. Antes íbamos mucho; ahora, yo voy menos: tengo la inclinación a evocar el pasado y mitificarlo, y he perdido asideros. Es como si viviese hacia atrás. Prefiero estar en casa, entre los árboles o en la piscina, con mis dos perras Noa y Zara. Fui a regañadientes, y quizá con un levísimo malestar: habría querido comer con nuestro hijo mayor antes de la partida, y él dijo que tenía un compromiso anterior. Estaban a punto de finalizar las Olimpiadas y pensé que habría cambiado una carrera de Usain Bolt por nuestra compañía.

Volvimos el domingo y celebramos mi aniversario. En la plaza afrancesada del barrio nos dieron las doce y me cantaron el cumpleaños feliz. Mi familia al completo y una pareja de amigos. Llegamos a casa a la una y media. Se me había avivado un tirón durante un partido de fútbol sala y solo tenía ganas de coger la cama. Creo que había bebido algo más de la cuenta.

Tras lavarme los dientes, mi mujer me llamó. Había encendido las luces del exterior y el foco interior de la piscina. Refrescaba y la noche tenía una oscuridad inolvidable. “Mira bien”, me dijo. Miré, y dije, como cualquiera de mis hijos: “¡Qué pasada!”. Alguien durante el fin de semana había pintado una preciosa sirena en la pared, una sirena rubia que se reflejaba y se mecía en el agua. Mi mujer me dijo quién había pintado la sirena, y cómo lo había hecho, y como habían organizado una trama de silencios y sobreentendidos que solo a un ensimismado como yo le habría pasado inadvertida. Añadió, con la satisfacción de un triunfo muy elaborado e incontestable: “Ahora ya no podremos irnos de aquí. Sé que no querrás abandonar nunca a la sirena”.

Me entregó una carpeta bellamente encuadernada con todos los bocetos, notas mitológicas, fotos y bocetos del trabajo de la pintora Lina Vila, que contó con la colaboración de la artista neozelandesa, Pippi Tetley, la novia de mi hijo. Esas páginas y esas láminas revelaban que aquel había sido un proyecto concebido con premeditación, nocturnidad y alevosía, y ejecutado en un tiempo récord, casi a la velocidad de Usain Bolt.

A la mañana siguiente, comprobé que bajo el número 19 de mi casa, había una placa que decía: “Quinta de la sirena”.

 

[La primera parte de este relato aparece en Fotografías veladas. Por el bello azar que aquí se cuenta, el cuento siguió creciendo con la feliz sorpresa. Aloma Simpé realizó esta foto a la obra de Lina Vila, pintora y grabadora y excelente amiga, y fue ella quien pensó en que Lina Vila realizase este mural. Esta imagen, fragmentada, ha sido el motivo del volumen de relatos citado. Lina contó con la ayuda de la diseñadora y fotógrafa neozelandesa Philippa Susan Tetley, y de Carmen Gascón y Sara Rodríguez, que pintaron algunos fondos. Este relato ha aparecido así en la última entrega de la revista Rolde, que coordina desde hace varios números el infatigable Víctor Juan Borroy con ilustraciones del pintor y profesor Antonio Álvarez.]