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Antón Castro

Artistas

ISMAEL GRASA: DE MARIA KUSCHE

ISMAEL GRASA: DE MARIA KUSCHE

«Dentro, en el corredor, junto a la escalera que daba a la zona de invitados, había colgadas unas reproducciones grandes de cuadros de Sofonisba, la pintora del barroco italiano. Yo sabía que Maria era una de las grandes expertas mundiales de esta pintora, igual que del retrato español del periodo barroco. María recibía a veces llamadas telefónicas del mundo del arte que requerían su criterio. Al día siguiente le oiría gritar al teléfono “¡No es un Sofonisba!”, posiblemente a algún particular o anticuario interesado en una catalogación favorable.

El padre de Maria se había dedicado al comercio en Málaga y era también un hombre culto y coleccionista de arte. Como Maria había escrito sobre él, llegó a tener en su biblioteca una de las mejores colecciones que ha habido de literatura de viajes por España. Durante la Guerra Civil su colección de arte, y en particular sus muebles, fueron saqueados o confiscados, pero pudo después recuperar y reagrupar buena parte de ellos».

 

-De ‘Una ilusión’ de Ismael Grasa. Xordica, 2016. Un fragmento del capítulo ‘Maria y Sol’ donde el autor habla de la amistad y del epistolario entre la historiadora del arte Maria Kusche y la profesora y poeta Sol Acín Monrás, que él editó en la colección Larumbe. El libro se presenta el día uno en Los Portadores de Sueños.

*'Retrato de familia' de Sofonisba Anguissola (1535-1625)

HELENA SANTOLAYA HABLA DEL ÁLBUM 'LA PENÍNSULA DE CILEMAGA'

HELENA SANTOLAYA HABLA DEL ÁLBUM 'LA PENÍNSULA DE CILEMAGA'

Entrevista con Helena Santolaya. Autora del álbum ‘La Península de Cilemaga’, que ha publicado en el sello Pregunta de Reyes Guillén y David Francisco. (La foto de Helena es de Vicente Almazán). El libro se presentó en el Teatro Romado, en un acto organizado por la editorial y la librería Antígona.

 

 

- “Hablo las palabras, de su enigmático origen,

de su poder de evocación y de creación”

 

-"Soy una artista de andar por casa.

Trabajo con lo próximo"

 

 

¿Cómo surgió su álbum ‘La Península de Cilemaga’?

La ilustradora Antonia Santolaya, de apellido igual aunque no somos familia, me pidió hace un tiempo una colaboración que dio como resultado el álbum ‘Nada el pensamiento’ –no necesariamente infantil– que nos premiaron en Canarias. Antonia me entregó las ilustraciones y, sobre ellas, yo escribí el texto. Ese fue el orden. Más adelante me propuso una nueva colaboración en el sentido inverso, mucho más habitual: yo escribía un cuento –esta vez intencionadamente infantil– y, después, ella lo ilustraba. ‘La Península de Cilemaga’ es uno de los varios cuentos que escribí movida por la invitación de Antonia Santolaya. El que, por fin, decidimos utilizar en colaboración todavía no se ha publicado.

 

¿Cuál ha sido la idea estética que le ha movido, qué buscaba?

Yo casi siempre me muevo en el mismo territorio, el del propio lenguaje. La reflexión sobre el lenguaje está presente en gran parte de las cosas que hago, tengan un carácter más artístico o más literario, estén dirigidas a adultos, a niños, al niño que cada adulto lleva dentro o, como a mí me gusta decir, al adulto que cada niño lleva dentro.

 

¿Quería recuperar las formas de antaño de ilustración y texto, hacer una especie de álbum vintage o vinculado a los cuadernos de nuestra infancia?

 En un primer momento, cuando lo escribí, no pensaba en ilustraciones porque, como digo, respondía a una invitación de Antonia. En un segundo momento, decidido cuál sería el cuento que ella iba a ilustrar, me asaltaron las grullas caligrafiadas, vaya, tuve el impulso de ilustrar ‘La Península de Cilemaga’ yo misma sirviéndome del propio texto del cuento, dibujando con las propias palabras. Elegí como soporte un cuaderno viejo porque creo que funciona como una ilustración más, nos habla de su contenido, que no es otro que el lenguaje.

 

¿Podríamos decir que es un álbum sobre el poder de las palabras y el uso de la imaginación?

Desde luego, es un álbum que habla de las palabras, de su enigmático origen, de su poder de evocación y de creación. Trata las palabras casi como juguetes infantiles, como objetos con los que poder jugar.

 

¿Cuál es la palabra, o cuáles son las palabras, que definen su vida y su creación?

Yo siempre digo de mí misma que soy una artista de andar por casa. Trabajo con lo próximo, ¿y qué hay más próximo –junto a los materiales de desecho cotidianos, junto a las basurillas de la vida diaria– que el pensamiento y el lenguaje?

 

Hablemos de esos trazos, aparentemente primitivos, sencillos, esquemáticos... ¿Cuál es su relación con el dibujo?

 Yo, además de Filología Hispánica, estudié Bellas Artes, pero eso no me hizo saber dibujar mejor, aunque quizás sí me ayudó a darle sentido a lo que hacía. Yo no me considero buena dibujando, pero procuro encontrar el modo de transmitir lo que quiero utilizando las herramientas más sencillas y con las que me sienta cómoda. En este caso, comencé recortando texto –me encanta la tijera– y acabé utilizando las nuevas tecnologías, el ordenador.

 

¿Qué le pide a un álbum ilustrado?

Soy muy aficionada a los álbumes ilustrados. Me gustan cosas muy diferentes y hay gente buenísima trabajando en el campo de la ilustración. De un álbum me gusta que sus textos tengan la misma calidad que sus ilustraciones.

 

Es una de las protagonistas de ’La ciudad de las mujeres’. ¿En qué medida Zaragoza es una ciudad de creación y cuál es Su lugar entre las mujeres creadoras?

Estoy segura de que en cualquier ciudad donde haya una Vicky Calavia que se ocupe de visibilizarlas, habrá mujeres creadoras. Desde luego, en Zaragoza hay muchas. Yo tengo la suerte de estar rodeada de personas, en gran parte mujeres, con una enorme capacidad de creación, personas con las que me miro al espejo, con las que me nutro, con las que aprendo, con las que quiero.

 

'EL POETA' DE VINICIUS DE MORAES

'EL POETA' DE VINICIUS DE MORAES

Un estupendo amigo como Amador Palacios (Albacete, 1954), poeta y traductor,  publica en la Asociación Poética Caudal, en una de sus hojas volanderas (Manuales de Instrucciones) una selección de poemas de Vinicius de Moraes (1913-1980). Recoge varias composiciones sobre la condición de poeta y sobre la poética. Copio aquí este:

 

EL POETA

La vida del poeta tiene un ritmo diferente

Es un continuo de dolor agobiante.

El poeta es el marcado por el sufrimiento

El sufrimiento que le aclara la visión de la belleza

Y su alma es una parcela del infinito distante

El infinito que nadie indaga y nadie entiende.

 

Él es el eterno errante de los caminos

Que va, pisando la tierra y mirando el cielo

Preso por unos límites intangibles

Aclarando como un rayo de sol el paso de la vida.

El poeta tiene el corazón claro de las aves

Y la sensibilidad de los niños.

El poeta llora.

Llora amansado, con lágrimas dulces, con lágrimas tristes

Mirando el gran espacio de su alma.

El poeta sonríe.

Sonríe a la vida y a la belleza y a la amistad

Sonríe con su jovialidad a todas las mujeres que pasan.

El poeta es bueno.

Él ama a las mujeres castas y a las mujeres impuras

Su alma las comprende en la luz y en el fango

Está lleno de amor para las cosas de la vida.

Y lleno de respeto para las cosas de la muerte.

El poeta no teme a la muerte.

Su espíritu penetra su visión silenciosa

Y su alma de artista la posee llena de un nuevo misterio.

Su poesía es la razón de la existencia

Ella lo hace puro y grande y noble

Y lo consuela del dolor y lo consuela de la angustia.

 

La vida del poeta tiene un ritmo diferente

Ella lo lleva errante por los caminos, pisando la tierra y mirando el cielo

Preso, eternamente preso por unos límites intangibles.

 

 

EL ORIGINAL EN PORTUGUÉS

O poeta

A vida do poeta tem um ritmo diferente
É um contínuo de dor angustiante.
O poeta é o destinado do sofrimento
Do sofrimento que lhe clareia a visão de beleza
E a sua alma é uma parcela do infinito distante
O infinito que ninguém sonda e ninguém compreende.

Ele é o etemo errante dos caminhos
Que vai, pisando a terra e olhando o céu
Preso pelos extremos intangíveis
Clareando como um raio de sol a paisagem da vida.
O poeta tem o coração claro das aves
E a sensibilidade das crianças.
O poeta chora.
Chora de manso, com lágrimas doces, com lágrimas tristes
Olhando o espaço imenso da sua alma.
O poeta sorri.
Sorri à vida e à beleza e à amizade
Sorri com a sua mocidade a todas as mulheres que passam.
O poeta é bom.
Ele ama as mulheres castas e as mulheres impuras
Sua alma as compreende na luz e na lama
Ele é cheio de amor para as coisas da vida
E é cheio de respeito para as coisas da morte.
O poeta não teme a morte.
Seu espírito penetra a sua visão silenciosa
E a sua alma de artista possui-a cheia de um novo mistério.
A sua poesia é a razão da sua existência
Ela o faz puro e grande e nobre
E o consola da dor e o consola da angústia.

A vida do poeta tem um ritmo diferente
Ela o conduz errante pelos caminhos, pisando a terra e olhando o céu
Preso, eternamente preso pelos extremos intangíveis.

Rio de Janeiro, 1933

Vinícius de Moraes

 

JEAN ANGUERA: UNA ENTREVISTA

JEAN ANGUERA: UNA ENTREVISTA

Jean Anguera tiene alma de filósofo y de soñador al que le apasiona el trabajo en el taller. Funde la naturaleza y el cuerpo humano y lo da casi todo por un rostro, cosido de incidencias, de líneas y de vida. Nieto de Pablo Gargallo, de niño, en París, se crio con sus esculturas: metía la mano en ‘El Profeta’ y pensaba que estaba en un teatro infinito.

  

Soy un escultor

intuitivo. Si no hay

misterio, no hay

creación”

  

  

  

Jean Anguera Gargallo (París, 1953) resume quince años de su obra escultórica en ‘Caminos de la escultura’ en la Lonja de Zaragoza. Obtuvo el título de arquitecto en 1978, pero el arte pudo más: es un artista del hombre en el paisaje y del paisaje emotivo que habita el corazón del hombre.

-¿Por qué decidió ser arquitecto con esa tradición escultórica que tenía detrás con su abuelo Pablo Gargallo y su madre Pierrette?

-Porque se me daba muy mal la lengua. No tenía facilidad ni me gustaba, era difícil para mí, y en cambio me encantaban las matemáticas y la física. Me gustaba mucho hacer cosas con las manos y jugar con mis soldados, con mis gigantes, hacer figuras, paisajes. No es que no me gustase la escultura: quería jugar con las formas.

-¿Y qué pasó?

-Mi padre, de origen español y médico, me decía: “la única cosa que te interesa es el arte. Elige bien”. Y al final concilié el interés que él tenía por las humanidades y el que yo tenía por la escultura en la arquitectura, que también aglutina la filosofía, la historia, muchas cosas. Ya me gustaba hacer hombres delgados y mujeres altas. Me abría camino en la arte, que era también como una fuga, una evasión, en un tiempo en que apenas tenía amigos.

-¿En qué momento fue consciente de que era nieto de Pablo Gargallo?

-Quizá de una manera más intensa, desde que se murió mi padre. Fue un golpe tremendo. Mi hermano mayor estaba furioso, henchido de cólera. Ni lo entendía ni quería entenderlo. Nos quedamos desamparados. Mi abuela Magali Tartanson ya no tenía fuerzas para divulgar la obra de mi abuelo, prácticamente desconocida aún, y fue mi madre quien se puso en marcha. Pierrette había sido escultora figurativa en España, había expuesto y fue muy feliz, aunque eran tiempos difíciles porque mandaba la abstracción.

-La historia de la obra de Gargallo es muy curiosa…

-Desde luego. Tras la ocupación de los nazis de París se había quedado en las bodegas del Petit Palais, guardada en cajas de madera. Y no solo eso. El gobierno francés, en ese período, intentó proteger a los artistas y a alguien se le ocurrió llenar un tren con muchas obras de arte para que no fueran confiscadas por los nazis. El tren iba y venía y no paraba en las estaciones: parecía un tren fantasma. Es una historia bonita. Cuando mi abuela y mi madre regresaron a París, hallaron la obra, y el director del Petit Palais les dijo que iba organizar una exposición de mi abuelo… Hubo un instante en que mi abuela, no sé si decepcionada o qué, no sabía qué hacer con la obra de su marido. Con todo, ella y mi madre siempre que salía una escultura de Gargallo al mercado intentaban comprarla y darle coherencia a su fondo.

-¿Qué le debe usted a la obra de su abuelo?

-Supongo que el gusto por las deformaciones, su sensualidad, su sensibilidad. Su presencia. Piense que yo desde niño me crié entre sus obras. Ahí estaba ‘El profeta’ y metía la mano en sus huecos, en los lugares del vacío. Estaban sus mujeres hermosas. Era un mundo fascinante, infinito, que me permitía vivir en una fantasía: era como si estuviésemos siempre en una representación teatral. En un decorado. La obra de mi abuelo Pablo Gargallo me enseñaba la realidad de la imaginación y la habilidad de su proceso, su transparencia, su aspiración a la belleza.

-¿Considera que ahora ya tiene el reconocimiento público que se merece?

-Todo es mejorable. Tiene un museo precioso, su obra es conocida y estudiada, figura casi siempre entre los grandes escultores del siglo XX. Estoy contento. Hace unos años yo mismo sentí la necesidad de contribuir a su difusión: con el fotógrafo Jean Bescós, que es un artista de la luz, un poeta visual y un hombre que se dedica ahora a las ediciones de libros de artista, hicimos el ‘Libro Rojo de Gargallo’. Él fotografío sus esculturas, y de qué manera. Y yo escribía algunas notas sobre ella. Fue una experiencia muy bonita. Hizo las mejores fotos que conozco sobre Gargallo, las hizo muy amorosamente, como si fuera un enamorado. Jean Bescós hace algunos hizo, en Huesca, un libro de Antonio Saura.

-Regreso casi a la primera pregunta. ¿Cuál es su balance como arquitecto?

-En realidad, no he trabajado. He hecho planes, muchos dibujos, he concebidos casas e iglesias, algunos proyectos para el metro de París, pero no he tenido éxito. Y así, poco a poco, marcado por César Baldaccini y por otros creadores, la escultura adquirió protagonismo y se convirtió en mi obsesión.

-De algún modo, en su producción la escultura y la arquitectura se encuentran. ¿No?

-Desde luego. Yo no soy un hombre de teorías, ni un filósofo. Me gusta el trabajo de taller, la búsqueda de imágenes. Parto de lo pequeño para llegar al cosmos absoluto. Para del objeto, del hombre, del cuerpo, llego al edificio, a la ciudad, al mundo… Y llego a la gran función del universo que es la naturaleza. La vida es un espectáculo, es asombrosa. Magnífica. Fluye, con razón o sin explicación. Somos y no somos extraños en ella.

-De acuerdo. Explíquenos sus temas: ¿por qué sus montañas o sus moles se convierten en cuerpos o en rostros?

-Soy un escultor intuitivo. Sin intuición y gusto por la manufactura no se puede hacer escultura. Si no hay misterio no hay creación. Yo no tengo respuestas, pero es cierto que hay imágenes que se repiten, obsesiones…

-Por ejemplo, las cabezas. ¿Por qué?

-La cabeza significa muchas cosas para mí: es la posibilidad de soñar, es el lugar donde se concentran muchas líneas, relieves, arrugas, tensiones. A mí me encanta la cabeza: la cabeza, el rostro, la piel, veo que la cabeza me ofrece posibilidades infinitas y con ella abordo la complejidad. La cabeza es el continente más misterioso que existe; a veces pienso que, como una matriosca, tiene muchos cuerpos dentro. Abres uno y otro y otro y se cruzan, dentro y fuera, las apariencias con sus incisiones, heridas, cicatrices o relieves. A mí me gusta una escultura que refleje la experiencia de existir. El artista es un soñador.

-Si sus series son sugerentes y poderosas, sus dibujos no se quedan atrás. Hacen pensar en Giacometti, en Anselm Kiefer o Vieira da Silva.

-Posiblemente. Son artistas que me interesan mucho A los que admiro. Como a Pablo Serrano o a César. El dibujo es muy especial para mí: es autónomo y responde a un instante mágico. Mis dibujos no son los bocetos de la escultura. Los hago después, casi como la destilación de experiencias y vivencias tras haber hecho una escultura.

-Otro tema que le interesa: el camino, la idea del camino o del tránsito.

-Sí, es cierto. A veces tengo la sensación de que no soy yo quien busca paisajes, montañas, llanuras o un cuerpo que se ofrece, minúsculo, en medio del paisaje. Tengo la impresión de que las cosas del camino me buscan a mí. Salen a mi encuentro. El cuerpo es como un libro en el que se escribe la naturaleza. Caminar es un acto material; caminar es una actitud; caminar es estar en plena intemperie y percibir cómo se te acercan las cosas; caminar es dar una posibilidad al hombre curioso que mira. Entonces mi escultura puede definirse como un espejo de todo, un espejo rugoso, pero ya le digo que yo soy un filósofo. El mensaje de mi obra es una imagen: eso es lo máximo que podamos dar y ya me parece un magnífico logro cuando se obtiene algo rotundo o hermoso.

-En su obra también hay varias mujeres, que aluden a la maternidad y tal vez a la cópula.

-Ja, ja, ja. A veces me siento como Robinson Crusoe y pienso que la mujer es una isla y que estamos gozosamente prisioneros como en una cárcel de placer. Las mujeres son y han sido esenciales en mi vida. Mi madre Pierrete, mi esposa Laure, mi hija Camille, mi abuela Magali, aquella niña con la que iba a clase de dibujo y juntos, con muy pocos años, pintábamos a una modelo desnuda, y yo, a su lado, temblaba, sin atreverme a decirle que me había enamorado de ella…

-Ha citado a Laure de Ribier, su esposa, su musa, su ayudante, su cómplice. ¿Sigue siendo escultora?

Lo ha ido dejando poco a poco. Es una mujer silenciosa e inteligente. Para mí es Laure, Laura, decisiva en mi vida, y también es el oro de la vida. Me ayuda en ocasiones con las piezas más grandes y complejas y siempre está ahí. A veces se sienta en el taller y observa. Como una sacerdotisa. Dice algo, pocas veces, y le hago caso.

¿Y su madre, cómo está?

Es nonagenaria y vive en una residencia muy cerca de mis hermanos. Tiene algunos problemas de alzhéimer, pero hay una cosa maravillosa: lo que más le gusta todavía es hablar de arte, contar historias de artistas, recordar, explicar piezas, movimientos, recordar a Picasso y a su padre. Me lo paso muy bien con ella. El arte parece devolverle la lucidez. Y siempre ha sido mi mayor fan. Siempre, siempre me ha animado desde adolescente y aún lo hace.

-¿Qué supone esta exposición, en la Lonja de Zaragoza, para usted?

-Es un gran honor. Todo un sueño. Porque es Zaragoza, porque está muy cerca del museo de mi abuelo, por la acogida del Ayuntamiento, por la implicación de Rafael Ordóñez, un gran amigo de la familia, porque Zaragoza es muy importante para nosotros. España, para mí, es el país, es la casa, el lugar adonde me gusta retornar. España es el corazón y Francia es la razón.

  *La fotografía de Jean Anguera es de José Miguel Marco, de Heraldo.

JESUSA VEGA ESCRIBE DEL BOSCO

JESUSA VEGA ESCRIBE DEL BOSCO

La 'Mesa de los pecados capitales'

no es de El Bosco (y no pasa nada)

La autoría del pintor flamenco sólo le importa a quienes se lucran de él. El juego de las atribuciones destroza la historia y la obra de arte.

 

Por Jesusa VEGA. El español.com

Hace unos días nos desayunamos con la noticia de que el Bosch Research and Conservation Project (BRCP) ha decidido retirar unilateralmente la autoría a dos obras paradigmáticas del pintor flamenco: la Mesa de los pecados capitales y Las tentaciones de San Antonio. De nuevo la presencia de la historia del arte en los medios de comunicación se reducía a cuestiones de atribucionismo y, por extensión, de mercado.

Evidentemente es una disciplina cuya evolución debe ser inexistente para el gran público al que solo le llegan las cuestiones derivadas de la autoría, donde suele reinar la frivolidad, con frecuencia liderada por los museos (por ejemplo, la situación de Goya en el Museo del Prado); y los precios alcanzados en las ventas y en las salas de subastas. ¿Cómo explicar lo que está pasando ahora con El Bosco? Para ello parecen necesarias algunas consideraciones previas.

La década de los sesenta del siglo XX es referencial en el devenir europeo. La crisis de entonces es la que abrió un tiempo nuevo al estado del bienestar pero también posicionó al científico y su objeto de estudio ante sí mismo y su propia historia. En esa crisis participaron las disciplinas científicas que viven, o mejor diríamos malviven, bajo la etiqueta de humanidades. Hubo que aprender a aunar rigor y protocolo con la no existencia de una única verdad. En otras palabras, se desvanecieron los valores absolutos, se comenzó a dar voz a los silenciados y olvidados, y se problematizó tanto la multiplicidad como la validez de los discursos construidos y por construir.

Se desvanecieron los valores absolutos, se comenzó a dar voz a los silenciados y olvidados, y se problematizó tanto la multiplicidad como la validez de los discursos construidos y por construir

Como consecuencia de lo expuesto, la renovación metodológica que abrió la historia del arte hacia otras problemáticas transformaron la disciplina pero también la obra de arte. Así dejó de ser un ente autónomo cuyo criterio de apreciación era exclusivamente estético, para ser considerada un artefacto cultural resultado de prácticas, conocimientos, habilidades y usos.

En definitiva, los métodos asentados sobre la autonomía del arte también debían ser superados, entre otras razones, porque el formalismo —con sus propias reglas para significar las potencialidades estéticas de la obra—, y el criterio filológico —que clasificaba y establecía tanto filiaciones como características—, se habían convertido en fines en sí mismos y no en medios de conocimiento, hasta el punto de enarbolarse como señas de identidad del imaginario colectivo de los historiadores del arte.

CAMINAR CON EL PASADO

Se precisaban otros métodos que dieran respuesta a las nuevas demandas sociales pues, como es obvio, la ciencia y sus métodos se desarrollan y evolucionan a la par que la sociedad, y la Historia del arte no podía ser menos.

Pero es un sinsentido criticar, juzgar o imponer nuestros prejuicios y exigencias al pasado desnaturalizándole; por el contrario, tenemos que aprender a andar con el pasado para entenderle, explicarle y aprender de él. Hablando de la historia del arte, fue en el siglo XIX cuando se desarrollaran esas metodologías porque las necesitaba la sociedad pues daban respuesta al proceso de valorización de los vestigios materiales del pasado como partes integrantes de nuestra cultura.

Hablamos de nuestra memoria colectiva, de nuestro patrimonio. Para conservar y transmitir antes era preciso conocer, recuperar, proteger y guardar. Las herramientas básicas para llevar a cabo este proceso eran el inventario —registro de existencia, genera patrimonio—, y el catálogo —proceso de estudio, genera conocimiento. Estas herramientas siguen vigentes porque son enormemente valiosas. No parece necesario incidir en esto, basta recordar el servicio que presta el historiador del arte a la comunidad ante el riesgo de pérdida: en los conflictos bélicos, por ejemplo, su pericia es necesaria para salvaguardar; cierto que esa misma pericia sirve para expoliar, pero toda actividad humana es susceptible de ser perversa.

EL HISTORIADOR DE ARTE SE IMPONE

Por otro lado, también en la década de los setenta era innegable que la realidad que rodeaba a la obra de arte se había transformado. Hablamos del sistema del arte. El primero que se atrevió a poner en palabras la nueva organización fue Achille Bonito Oliva, una figura que todavía estará en la memoria de algunos por su activo papel en la irrupción y éxito de la Transvanguardia (movimiento italiano de los ochenta que sacudió la actividad artística y acabó con las ilusiones de la administración socialista de una proyección internacional del arte español).

El diseño del sistema del arte teorizado en 1972 por Bonito Oliva se puede resumir así: artista que crea, crítico que opina, galerista que expone, coleccionista que invierte, museo que concede la pátina histórica, los medios de comunicación que divulgan y público que contempla. Desde su enunciación este sistema se ha visto reajustado, entre otras razones por la pujante presencia del comisario/curador, figura donde encuentra su acomodo el historiador del arte. Éste, en su condición de ideólogo y seleccionador, ha ido ganando terreno, no siendo raro que se imponga sobre los artistas y las obras de arte.

Otro aspecto que también tenemos que considerar son los resultados derivados del estudio de la materialidad de la obra de arte, desarrollados en gran medida para garantizar la buena conservación de las mismas. Hoy estamos acostumbrados a escuchar que tal o cual pintura ha sido sometida a estudio en el laboratorio. Los procesos de análisis nos resultan familiares aunque no lleguemos a penetrar de verdad el pleno alcance de su significado: radiografía, cromatografía, expectometría, análisis, etc. Esa familiaridad tiene un principio explicativo que va más allá de la terminología.

TECNOLOGÍA DEL ARTE

El enorme avance que han supuesto estas pruebas para el diagnóstico médico —a partir de ellas se pueden emitir opiniones, a veces incluso contrapuestas—, los hacemos valer en su aplicación al arte. Esta práctica fue casi paralela en ambos campos desde un comienzo: Conrad Wilhelm Roentgen, fascinado con su descubrimiento sobre los rayos X, lo aplicó a todo tipo de materiales y, entre otros decidió en 1896 someter una pintura a sus efectos. Ese acto señala el comienzo de un campo de trabajo que no ha dejado de crecer desde entonces; hoy se ha propuesto que sea un campo de especialización dentro de la disciplina, su denominación sería “Tecnología del arte”.

En este contexto de la crisis de los sesenta-setenta, de la reformulación del sistema del arte, de los avances que habían tenido lugar en los sistemas de documentación y análisis de laboratorio y del desarrollo de las nuevas metodologías es donde debemos situar la creación del Rembrandt Research Project (RRP), antecedente del BRCP. Fue en 1968 cuando, con el patrocinio de la Asociación Holandesa para el Avance de la Investigación Científica, se creó el RRP con el objetivo de individualizar la mano del maestro y separarla de su taller. Se pretendía establecer un corpus que permitiera fijar, en términos absolutos, la autoría de Rembrandt.

Huelga decir que este empeño respondía a los intereses del sistema de las artes del siglo XX, que no tenía nada que ver con el del siglo XVII donde la relevancia del taller era la garantía del cliente, y el tamaño y capacidad de negocio reportaban la fama, es decir, el triunfo económico y social del propietario. Pero, en nuestra sociedad capitalista había que “limpiar” a Rembrandt aun a costa de actuar contra la historia. Lo importante era establecer unos criterios comparativos, unos patrones para la expertización, por los cuales se pudiera regir el mercado.

En otras palabras, establecer una única verdad que funcionara con suficientes garantías como valor a futuro. Para ello era preciso disfrazar la subjetividad que comporta todo juicio humano y, de nuevo, en un gesto anacrónico, pretendieron la quimera de dotar de objetividad al reconocimiento del producto a través del mito de la imparcialidad desapasionada del laboratorio.

REMBRANDT, IDENTIDAD Y DINERO

Lo que se pensó que ocuparía diez años se fue alargando en el tiempo, a la par que generaban una enorme polémica porque los criterios por los que se regían no resultaron ser ni tan objetivos, ni tan fiables. Treinta y tres años después uno de los responsables admitía el fracaso. Tuvieron que revocar algunas decisiones porque, según declaraciones hechas en 2002 por Van der Wetering, que acabó dirigiendo el proyecto, en el que comenzó como ayudante, habían convertido a Rembrandt en un artista que no era y habían descrito una evolución estilística que no se podía sostener.

También reconocía el peligro que comportaba dedicarse al “juego de las atribuciones” porque, al final, de lo que se estaba hablando era de sumas de dinero. Pero en mi opinión, el mayor peligro es que en medio de ese proceso lo que se pierde es la historia del arte —ni que decir tiene que aquellos que no participan de este juego que nada tiene que ver con la ciencia parece que no saben hacer su trabajo—, y, lo que es peor, la obra misma de arte.

En tiempo de El Bosco la cuestión de la autoría ni existía. El «yo» del artista es una construcción cultural del Renacimiento italiano y la figura del genio se crea en el siglo XIX. Demandar esa condición a este pasado es como pedir cuentas a los inventores de la máquina de vapor sobre la contaminación que ha traído su uso y aplicaciones. En cuanto a la obra, la Mesa de los pecados capitales sea de quien sea es un objeto excepcional, un mueble único donde podemos aprender sobre la moral y las costumbres, los hábitos de la vida cotidiana, los problemas de representación, la iconografía, el gusto…, y además sentir un enorme placer estético.

Nada de esto se pierde, devalúa o desvanece si El Bosco no la hubiera pintado, todo lo contrario ganaríamos la existencia de otro gran pintor al que, no me cabe duda, el mismísimo Bosco envidiaría por ser autor de semejante obra.

 

EDUARDO DE LA CRUZ Y BEULAS

EDUARDO DE LA CRUZ Y BEULAS

“Beulas es como un predicador bíblico que

muestra la belleza del paisaje que le rodea”

 

“José Beulas ha puesto los paisajes de Huesca en el mapa”

 

Eduardo de la Cruz es un madrileño con vínculos en el Altoaragón. Ha realizado ya varios audiovisuales. Acaba de terminar ‘Beulas, el explorador del horizonte’. Aquí explica sus características y sus claves.

¿Por qué un documental sobre el pintor José Beulas? ¿Qué tenía de particular el artista para usted?

José Beulas es como un predicador que ha cambiado ’La Biblia’ por los pinceles y va por el desierto mostrando la belleza del paisaje que le rodea. Ha puesto los paisajes de Huesca, y especialmente los de los Monegros, en el mapa. Su obra está repartida por todo el mundo y, sin embargo, muchos oscenses desconocen su existencia y la donación que hizo a la ciudad de Huesca de su colección. Este trabajo es algo que estaba por hacer y hemos querido rendirle tributo en vida.

 

-¿Cuáles han sido sus pretensiones, sobre todo en comparación con otros proyectos anteriores como el río Ara, ‘La lluvia amarilla’ de Llamazares o el documental sobre Ricardo Compairé?

Dar voz, ​a través de las personas de su entorno, a la obra de este artista. En este caso, los realizadores hemos sido Amalia Sesma y yo.

 

¿Qué ha aprendido de él?

Beulas es un privilegiado. Ha perseguido una ilusión y la ha alcanzado plenamente. Con su pintura, ha sido capaz de sintetizar y nos ha conmovido. Como dice el pintor y profesor Fernando Alvira en el documental: “Es tan importante lo que pinta como lo que deja de pintar en sus lienzos”. Como persona, destaco su proximidad, sus ganas de vivir y seguir con los proyectos que le rondan por la cabeza. Y algo en lo que coinciden las personas con las que hemos trabajado y que nosotros mismos hemos experimentado: su generosidad.

 

¿Cuáles serían sus etapas y cómo están reflejadas?

​Del realismo a la abstracción casi absoluta. José, comienza pintando lo que ve, incluso utilizando fotografías de Ortiz Echagüe o Adolf Zerkowitz. ​En su estancia en Roma, se decanta por el paisaje ​ y evoluciona hacia ​una impronta personal fácilmente reconocible. Llega a esa especie de expresionismo abstracto similar al de Mark Rothko, una línea por horizonte​, para dar un paso atrás hasta desarrollar un estilo propio.​

 
-Roma, Madrid, Huesca... ¿Cuál es su auténtico refugio?

​Blanes, Torla,... Aunque recuerda todos y cada uno de esos lugares con emoción y cariño, su refugio es la Naturaleza, el mar, el campo, la montaña, el desierto... “El hombre está hecho para vivir en la Naturaleza”, dice.

 

 -El término: Beulas, pintor de paisaje, ¿sería el más exacto, el que mejor le define?

​Casi me quedo con una idea semejante: Beulas, paisaje vivido, soñado.

 

-¿Quiénes han intervenido?

Mucha gente. En ‘Beulas, el explorador del horizonte’ intervienen el arquitecto Rafael Moneo, que ha diseñado el CDAN, el pintor Antonio López, el profesor y académico Fernando Alvira, la pintora Julia Dorado, Montse Navarro de la galería A de Arte, la pintora Isabel Quintanilla, el escultor Francisco López, Antoni Solà, alcalde de Santa Coloma de Farnés, el propio José Beulas, su compañera Quimeta Camï,​ Cristina Mato, de la galería Ansorena, Antonio González, director del CDAN en funciones. La narración es de Manuel Galiana, con el que he trabajado en otras ocasiones. Y el guion es de Amalia Sesma.

-¿Qué ha significado Huesca, la provincia, los Monegros y la capital para Beulas?

José se instala en Huesca al conocer a quién sería su mujer, María Sarrate​. ​Lleva ​allí toda una vida, más de 70 años, desde 1944, cuando hacía el servicio militar, y esos paisaje​s​ cercanos han sido para él como descubrir una veta, ​el filón de una geografía que pasaba casi desapercibida, que estaba por descubrir.

 

-¿Cómo ha sido la colaboración con la guionista Amalia Sesma?

Amalia ha elaborado el guión a partir de textos de poetas como José Hierro​,​ Gerardo Manrique de Lara ​ o Salvador Espriu​. Algunos de sus poemas son la pieza fundamental sobre la que gira este audiovisual. Como le he dicho también ha intervenido en la realización. La pieza dura 37 minutos.

 

Todos los rodajes tienen un anecdotario. ¿Con qué se quedaría de este?

Nos quedamos con el entusiasmo que han demostrado todas las personas que han querido participar en este documental y demostrarle a José Beulas, nonagenario ya, nació en Santa Coloma de Farnés (Gerona) en 1921,​ su cariño​,​ con su aportación. Cuando visionamos ​el trabajo junto a José y Quimeta​,​ en su casa, él se emocionó​.​ Se ​empeñó en que tenía que pagarnos por todo el tiempo empleado y la dedicación. Al final tuvimos que ponerle un precio: fueron dos vasos de agua. Ha sido una experiencia intensa y maravillosa. Y pronto empezaremos a moverlo.

 

*La foto de Eduardo de la Cruz es de Amalia Sesma.

GEORGES DE LA TOUR, CON UN ECO DE CÉSAR ANTONIO MOLINA

GEORGES DE LA TOUR, CON UN ECO DE CÉSAR ANTONIO MOLINA

Hay pintores que parecen una exhalación en la historia: trabajaron mucho, lograron éxitos, se hicieron célebres por su taller y sus discípulos y luego cayeron en el olvido, hasta que alguien repara en ellos y vuelven a salir a la luz con un centelleo especial. Ese podría ser el caso de Georges de La Tour (1593-1652), que encarna al artista local o provincial, ceñido a su localidad Vic-sur-Seille, Francia, y luego a Luneville. Acaba de llegar al Museo del Prado en una exposición deslumbrante, que procede de siete países y de una veintena de museos. Los 31 cuadros que aquí se presentan constituyen el 75 % de un total de los 40 que se le reconocen; bastantes de sus obras están sin firmar y si datar. A él lo recuperó hace un siglo, en 1915, un artículo breve de Hermann Vosch; en 1972 y en 1997 sería presentado en Francia en dos grandes muestras en La’Orangerie y en el Grand Palais con un triunfo absoluto: ahora La Tour es uno de los pintores más amados de Francia con Poussin, Monet, Rénoir y Cézanne.

Georges de La Tour es el artista barroco del claroscuro, del diurno y del nocturno, de la geometría impecable, del abandono, a veces parece próximo a Caravaggio o Ribera, pero también a Zurbarán, Vermeer o incluso Velázquez. En ese corriente de equívocos en torno a las atribuciones, los cuadros de La Tour han sido confundidos con los de cinco grandes maestros; el ejemplo más claro es que su ‘San Jerónimo leyendo una carta’ dice en el bastidor que es de Zurbarán, lo encontró César Antonio Molina en el palacio de la Trinidad en marzo de 2005, sede entonces del Instituto Cervantes, y lo autentificó José Milicua, a quien se le dedica esta muestra excepcional, montada con maestría por Jesús Moreno y comisariada por Andrés Úbeda y por Dimitri Salmón, quien afirma que la pintura de De La Tour “sobrecoge y desorienta por su misterio”. César Antonio Molina me escribe y recuerda: “Yo vi el cuadro. Me pareció muy importante. Miré en el catálogo que no lo atribuían a nadie. Hablé con Miguel Zugaza. Lo llevé en mi coche oficial del Instituto Cervantes al Museo del Prado y luego José Milicua dijo de quién podría ser”.

Recreada en cinco estancias, podría decirse que la exposición contempla tres grandes apartados: una pintura más narrativa y descarnada, de estirpe popular, donde el artista representa al pueblo que sufre, que tiene hambre y que conoce la miseria, algo que se percibe en el impresionante ‘Comedores de guisantes’, pero también ‘El juego del dinero’ (próximo a Caravaggio), en ‘Un viejo’ y en ‘Una vieja’. Y en ‘Riña de músicos’, un lienzo un tanto expresionista que registra la burla, el temor, el desafío, la crueldad. La Tour es el pintor de los músicos ciegos que parecen cantar: pese a su pobreza, todos exhiben nobleza, dignidad y concentración. Por lo regular, las criaturas de De La Tour tienen el alma absorta: están ahí, ensimismadas, pero parece estar en otro lugar, en una indecisa región del sueño. El montaje se cierra con un impresionante ‘Ciego tocando la zanfonía’, un retrato de perfil matizado, sobrio y dramático, adquirido por el Museo del Prado en 1990.

La segunda parte de la muestra recoge la aventura más luminosa del artista, su afirmación en un arte de la claridad que mezcla el asunto profano con el divino. Entre los primeros destacan las dos piezas, tan parejas, ‘El tramposo del as de tréboles’ y ‘El tramposo del as de diamantes’, con ecos también del óleo sobre lienzo de Caravaggio ‘Los tramposos’; a estas piezas se le suma la serie de ‘San Jerónimo’, tan desamparado. Y la última parte se completa con los nocturnos, por lo regular cuadros religiosos, de una inquietante y minuciosa espiritualidad, cada vez más depurados, con una característica especial: una luz interior que calienta y redondea una atmósfera de recogimiento, de aislamiento. Uno de los ejemplos más hermosos es ‘San José carpintero’. De La Tour no amaba el mundo exterior, y quizá con razón: vivió las consecuencias de la Guerra de los Treinta Años, lo perdió casi todo, aunque fue pintor de Luis XIII y estuvo próximo a Riechelieu. Murió en 1652, y antes que él perecieron su mujer y su hijo Etienne, a consecuencia de la peste. Su obra, de una beldad intensa y reconcentrada, estremece y multiplica su enigma.

 

 

 EL TALLER DE LOS ESTILITAS

Por César Antonio MOLINA

[Hace algunos años, a propósito de Georges de La Tour y del ‘San Jerónimo leyendo una carta’, el escritor y profesor y director entonces del Cervantes publicó este texto en ‘El país’.]

 

El taller de los estilitas ¿Todavía hay apariciones de santos? Y de haberlas ¿se pueden aparecer a un laico? ¿Qué es un laico? El gran escritor francés, Jules Renard, uno de los más grandes diaristas, escribió que un laico es aquel que buscaba a Dios sin parar y no lo encuentra. No todos llegamos a tener la suerte de San Pablo. En los Hechos de los apóstoles se cuenta la ida de Saulo a Damasco, la caída del caballo, su ceguera y la charla con quien perseguía. Jesús, una vez aclarado todo, aunque lo dejó invidente (el maestro Ekhart escribirá que fue porque al ver a Dios vio la nada) durante unos días, le ordenó que se levantara, entrara en la ciudad y “se te dirá lo que debes hacer”. En realidad, sin querer corregir a Renard, un laico es aquel que está esperando que se le diga lo que tiene que hacer, pero nadie se lo dice. Evidentemente esa voz tiene que venir de lo más alto. El caso es que a mí se me apareció un santo y no cualquier santo. Nada menos que el santo que vela por los escritores: San Jerónimo. Al principio no me di cuenta de que era él, pues estaba retratado con hábito de cardenal leyendo una carta, y yo siempre lo he tenido en mi mente más bien con poca ropa, o ninguna, encerrado en una cueva, a veces entre calaveras y, eso sí, escribiendo o leyendo que es lo que a mi verdaderamente siempre me ha emocionado. Este despiste me hizo perder con él mucha conversación, aunque los santos cuando aparecen solo dan órdenes y apenas escuchan. En este caso yo cargo con la culpa por mi descuido, también producto de lo inesperado. 

Mi cháchara no hubiera sido trascendente pues la versaría sobre asuntos de nuestro gremio. ¿Dónde aprendió tantos idiomas? ¿Por qué volvió a la hebraica veritas en vez de utilizar la Biblia griega que, más de un siglo antes, había sido apoyada por Orígenes y San Agustín de Hipona? Si le molestó que su posición estricta de limitar el canon cristiano a los libros contenidos en la Biblia hebrea, a la postre no triunfara En fin, una pequeña entrevista que, luego, hubiera tratado de publicar en exclusiva en algún periódico.No sería a un santo sino a un traductor, tan maltratado como siempre. Eso de no tener ni ropa para cubrirse y estar en los huesos, debería darnos qué pensar a quienes, ni ante esos temores de penalidades, nunca hemos cejado de seguir nuestra labor de manera igualmente santa, aunque laica, por ese mismo camino profesional. Además ¡qué poco respeto se le tiene a esta compleja labor! No dura, no perdura, no se la cuida incluso saliendo de las manos de un santo. La versión popular, la versión latina de la Biblia, acabó con la confusión que provocaban los distintos manuscritos en latín antiguo de los textos sagrados. El Concilio de Trento (1546) declaró a la Vulgata el único texto latino auténtico de las Escrituras, hasta que en 1907, bajo el Papa Pío X, los benedictinos iniciaron una edición crítica. En fin, el tiempo, que no respeta ni siquiera a los santos y los hace en sus obras tan mortales como a los humanos.

Nada de esto hablamos, San Jerónimo y yo. Él porque me ignoraba, yo porque le desconocí bajo tanta púrpura pintado por La Tour. Luego vinieron las disputas cuando lo trasladé al Museo del Prado, un lugar tan sagrado como la vecina iglesia de Los Jerónimos, otra casualidad. La santidad era lo de menos, lo importante era la propiedad ¿del santo, de la tela? Aún a sabiendas de su identidad, desconocían sus hechos. “Few men think, yet all will have opinions” escribe Berkeley en los tres diálogos entre Hilas y Filoneo. Sí, realmente, pocos hombres piensan, pero todos quieren tener opiniones.

Yo había estado en Belén, en la misma iglesia donde nació Jesucristo, y donde se supone que San Jerónimo llevó a cabo su labor. Había nacido en Italia en el 342 y murió en Palestina en el 420. Llegó a estas tierras en el 374 y, durante cinco años, vivió como un eremita. Luego, a requerimientos del Papa Dámaso, fue su secretario (382-385), lo que no le impidió predicar el ascetismo en la propia Roma, es decir, la abnegación, el autocontrol, la disciplina, la búsqueda de cosas más importantes en la vida que el mero hecho de vivir. Una comunicación más directa entre Dios y el individuo sin intermediarios. Esa preparación para la llegada del fin del mundo (tan anunciada y tan retrasada). Vigilancia, oración, ayuno, castidad, martirio, abandono de todo lo terrenal. Como la pravrajya en el hinduismo, morir la muerte antes de que esta se lleve a cabo. En el 386 se estableció definitivamente en Belén y se dedicó, durante casi veinticinco años, a la traducción de la Biblia al latín.

Sí, un desperdicio el no poder hablar con el santo. Él no me dijo nada, pero todo lo que llevé a cabo lo hice por su indicación. Y la cumplí. Todavía estoy esperando algunos dones benéficos para mi obra literaria. No los he notado, porque quizás tampoco fue mucha mi hazaña. Ahora me conformo con ir a visitarlo. A veces me lo imagino levantando su vista de la carta y sonriéndome. A veces me imagino que la carta que lee es el fragmento de una obra mía y, entonces, siempre me veo interrumpido por la presencia de otros impertinentes visitantes. San Jerónimo, en el cuadro de La Tour, está leyendo una carta ayudado de unos anteojos que sostiene con su mano derecha, mientras que con la izquierda aguanta el largo papel desplegado en varios trozos. La carta lo asocia a Hermes, a lo desconocido, a lo esotérico, a esa labor de desentrañar la palabra de Dios venida de un lenguaje desconocido para verterla al del común de los mortales. Sí, un desperdicio el no poder discutir con el santo, sobre todo, de El cantar de los cantares. ¿Quién era aquella a quien no había que despertar ni desvelar? ¿Quién era aquella que subía del desierto? ¿Quién era aquella que con su trenza tenía preso a un rey? ¿Quién era aquella que surgía cual la aurora? Pero, sobre todo, me gustaría saber si la amada, la novia, en el epílogo, afirma que el amor es más fuerte que la muerte o, por el contrario, que es fuerte el amor como la muerte. ¿Qué ponía realmente en el original? Si pusiera que el amor es más fuerte que la muerte, implicaría que el amor tiene el poder de hacernos inmortales; pero la muerte es literal y físicamente más fuerte, infinitamente más fuerte que el amor. ¿Qué ponía en el primitivo original? Seguramente San Jerónimo me remitirá al Eclesiastés donde se habla de la vanidad, de atrapar vientos y de que donde abunda sabiduría abundan penas, y quien acumula ciencia, acumula dolor. El dolor del saber que no sabe nada, o que no sabe lo único que realmente quisiéramos saber. En la primera epístola a los corintios, San Pablo habla de la resurrección de los muertos, y de que el último enemigo en ser destruido será la Muerte. “¡Qué lindos son tus pies en las sandalias,/hija de príncipe!”.

Uno de mis pintores favoritos (sin desmerecer a Georges de La Tour) es Antonello da Messina. Y de Antonello prefiero su San Jerónimo en su estudio (sin desmerecer al mío). En medio de una gran arquitectura catedralicia está centrada la figura del santo vestido de cardenal, sentado en su estudio-biblioteca, rodeado de libros y leyendo en silencio. Apoya el libro sobre un pupitre. Las baldas que lo rodean acogen otros volúmenes, algunos de ellos abiertos, además de otros instrumentos para la escritura. En primer plano aparecen representados con exactitud un pavo real, una codorniz y una bacía de barbero. En el escritorio hay un rotulito pegado, simulado. Parece contener el nombre del maestro, y, sin embargo, si se mira de cerca, no contiene letra alguna, ya que es fingida. El león avanza desde el fondo, bajo las arcadas. San Jerónimo le quitó una espina de su pezuña y se quedó doméstico con el monje. El pavimento del cuadro está maravillosamente intrincado y es el que produce la perspectiva. Sus colores armonizan con los verdes del paisaje más allá de las ventanas, los grises del cielo, las variaciones en la entrada de arco de piedra y las reflexiones de la luz sobre las superficies de los azulejos. Todo está colocado envolviendo a la figura del santo que se encuentra en una posición interiorizada, abstracta, ajena a ese paisaje exterior del mundo. Lo cercano y lo lejano, lo mundano y lo espiritual, está aquí muy bien representado.

Después de esta aventura religioso-laica-artística-literaria, después de este encuentro con San Jerónimo, el destino me llevó a Siria, a Qalaat Seman, no muy lejos de Alepo. Allí oró San Simeón el Estilita. Allí lanzó su palabra en el desierto. Fue, por pocos años, contemporáneo de San Jerónimo. Se subió a una columna de unos veinte metros y no se bajó en varias décadas. Aún hoy no se ha inventado un deporte de riesgo tan difícil y complejo como aquel. En medio de una gran basílica arruinada, me abracé a lo que resta de esa columna, todavía un buen trozo. En Simón del desierto de Luis Buñuel, el santo sufre todo tipo de tentaciones, incluso algunas más complicadas de rechazar que las de su propia vida. Un pastor enano le grita “te estás tomando atracones de puro aire”; mientras otro personaje anónimo le lanza esta desgarradora frase: “Tu penitencia sirve de poco al hombre”. Quizá por este motivo, el actor Claudio Brook acaba sus días de Simón moderno bebiendo y fumando por las taberna o cavernas de los antros neoyorkinos, atronados por la música rock. En el museo del cine de la Universidad Autónoma de México vi la columna de la película. San Simeón desafiando el principio de gravedad y manteniendo en silencio su corazón; San Jerónimo desafiando el sentido de las palabras. Ambos estilitas, ambos funambulistas.

Hace años que Eduardo Arroyo y yo venimos charlando sobre estos asuntos tan productivos. Y, a propósito de ellos, ha dado pie a esta magnífica exposición salida de su mente de gran artista iconoclasta. Una mente incluso más calenturienta que la de los propios atletas espirituales mencionados. En realidad estoy convencido de que ambos santos han hecho un verdadero milagro laico. Han reunido a dos grandes pecadores (Eduardo Arroyo con infinitos más méritos que yo) y a una gran ensayista y co-comisaria con él, además de santa, Fabienne Di Rocco.

César Antonio Molina

CELIA DE JUAN, EN EL MERCADO

CELIA DE JUAN, EN EL MERCADO

Este fin de semana, desde hoy hasta el domingo, en sesiones de 20.30 (viernes y sábado) 18.30 (domingo), la actriz zaragozana Celia de Juan representa 'Señor juez, soy una adúltera', un texto de Roberto Santiago, inspirado en 'El amante de Lady Chatterley' de D. H. Lawrence, con dirección de Víctor Ríos y producción del Teatro Mayéutico. Celia de Juan se formó en la Escuela Municipal de Teatro, fue alumna de Rafael Ortega, y se trasladó a Madrid hacia 1996. Ha vivido algún tiempo en México y desde entonces ha trabajado en todo lo que ha podido en la escena.
En junio estrenó en los Teatros Luchana esta pieza, cuyo argumento podría resumirse así: "Constance es una mujer valiente que decide romper con la comodidad, prestigio social y seguridad que suponen pertenecer a la aristocracia, asumiendo la libertad de elegir vivir su propia vida alejándose de las hipócritas convenciones de la sociedad".
Aquí puede verse un instante de la función.
https://www.youtube.com/watch?v=WRD6nko29ek