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Antón Castro

Escritores

JOSÉ VERÓN GORMAZ, UN DIÁLOGO

JOSÉ VERÓN GORMAZ, UN DIÁLOGO

[Ayer se hacía público el fallo del Premio de las Letras Aragonesas de 2013. Los candidatos eran cuatro: el poeta Fernando Ferreró, el traductor y poeta Francisco J. Uriz, el narrador y dramaturgo Fernando Lalana, también actor, y el escritor y fotógrafo José Verón Gormaz (Calatayud, 1946), que ha resultado el ganador. Mañana se publica en Heraldo la entrevista que le he hecho hoy, pero recupero esta que define muy bien el mundo y las preocupaciones estéticas de José.]

“El dolor dicta poemas: nuestro mundo es tan doloroso como una enfermedad”

 

“La poesía es un enigma que me ha dado una visión más cercana de la realidad”

 

“Ir hacia el poema es como saltar al abismo. Y eso siempre impresiona”

 

“Más que mensajes del más allá, el poeta oye mensajes del más acá”

 

 

LA ENTREVISTA

 

¿Quién es José Verón Gormaz: un poeta que hace fotos o un fotógrafo que escribe poesía?

Soy un poeta que hace fotografías. A veces siento que el poema y la imagen son manifestaciones diferentes de un mismo asunto, aunque sé que eso no es exactamente así.

¿Qué lugar ocupa y ha ocupado la poesía en su vida?

Un lugar básico. La poesía, además de un modo de expresión, es una forma de conocimiento y como tal me ha influido. También me ha proporcionado cierto sentido ético, incluso una visión mas cercana de la realidad.

¿Es un poeta intuitivo o reflexivo? ¿Cómo nacen sus poemas?

Muchos de mis poemas nacen de la reflexión, pero también los hay que surgen como un relámpago. No acudo a normas y mis hábitos cambian según las circunstancias. La creación poética es en parte un enigma. Lo que me parece incuestionable es el trabajo, la elaboración del poema. La poesía es un oasis o una reserva de la Naturaleza que pone a disposición de los lectores la otra realidad.

¿Qué poetas le han marcado, qué poetas le marcan?

Me gusta leer poesía; leo (y he leído) sin pausa. Sin embargo, distingo entre los poetas que me han influido y los que me agradan, pero sin ningún tipo de influencia. Entre los primeros puedo citar a Quevedo, Juan Ramón Jimenez, Yves Bonnefoy, Ezra Pound, T. S. Eliot, José Ángel Valente... Entre los segundos, a Allen Ginsberg, Antonio Machado, Ginferrer, Omar Khayyam... Y merece una mención especial mi paisano Marco Valerio Marcial...

Del que publica una novela: ‘Las puertas de Roma’ (Mira editores).

Sí. Está prologada por José Luis Corral. Marcial es epigramista y el epigrama es una forma poética muy adecuada a nuestra época, como lo fue en la Roma de Nerón y Domiciano. El libro sucede en Roma y también en un café actual donde se produce una tertulia literaria que da pie a la evocación.

¿Cómo se transformó en libro 'Ritual del visitante’, que edita Olifante?

Tras un periodo largo y dificil (1997-2009), quedó completa y publicada mi trilogía ‘El tránsito y la duda’. Me sentí exhausto, desorientado, sin saber qué camino tomar. El cambio de registro fue poco a poco cumpliéndose, hasta que empecé a estar de acuerdo con mis versos. En agosto de 2010, en la Casa del Poeta, bajo el castillo de Trasmoz, concluí este poemario, que todavía necesitó un ligero repaso y un pequeño reposo.

Aquí están muchos de tus temas. Por ejemplo: el paisaje. ¿Qué le debe al paisaje?

Cuando estoy en él, me siento parte del paisaje, una sensación panteísta, tal vez primitiva, que me acerca al universo inabarcable. También en el paisaje urbano me siento parte de él. Al paisaje le debo más de lo que puedo expresar.

Por ejemplo: el lenguaje. ¿Cómo es su historia de amor y desamor con las palabras?

La palabra es el elemento fundamental de esta historia de amor. El desamor surge de otros factores ajenos a ella.

En ‘Ritual del visitante’ están la vida interior, el eco de la enfermedad o la sombra del cáncer, el estupor de existir.

Soy un poeta que ha sufrido y vivido lo mismo que las personas que no lo son. Amo la vida, pero sé de mis limitaciones. Me gustan el Arte y las Letras, la música, el buen vino, los paseos por el monte y por la ciudad, las damas, la tertulias, mi familia... Todo esto y cierto estoicismo natural me han ayudado a caminar tanto con sol como con niebla.

¿Cuántos versos le ha dictado el dolor y la proximidad de la muerte?

Es cierto, ambas circunstancias me han impulsado a escribir poemas. Pero también el dolor ajeno, tan cercano, y tan lejano, tan palpable. Nuestro mundo es tan doloroso como una enfermedad. O más.

Hay una invocación al papel en blanco. ¿Le ha dado en algún momento miedo escribir?

Más que miedo, respeto. No obstante, el poema al que alude es, tal vez, el más expresivo del libro. Si mal no recuerdo, termina así: “Invoco a la palabra para sentir la realidad que tantas veces desconozco”. Hay ocasiones en las que ir hacia el poema es como saltar al abismo. Y eso siempre impresiona, aun sin padecer vértigo.

Habla mucho de la música, del canto, de los rumores. ¿Oyen voces los poetas, mensajes del más allá?

Más que mensajes del más allá, se oyen mensajes del más acá. La música es una suerte de alimento espiritual, una fuente de sensaciones y sentimientos. Los rumores y las voces están dentro de nosotros y hay que escucharlas.

 

FICHAS Y OPINIONES

FICHA:

Ritual del visitante. José Verón Gormaz. Olifante, ediciones de Poesía. Zaragoza, 2012. 90 páginas.

Las puertas de Roma. José Verón Gormaz. Prólogo de José Luis Corral Lafuente. Mira editores: colección Sueños de Tinta. Zaragoza, 2012. 196 páginas.

 

¿Qué es poesía? Dice el poeta, medalla de San Jorge de las Cortes de Aragón y Premio Nacional de Fotografía: “La poesía es misterio, adivinación, conciencia, ejercicio de palabras... y muchas cosas más. Entre otras cosas, es una forma de expresión de la realidad, una transformación de las percepciones y de los sentimientos propios, incluso del dolor más íntimo, en belleza escrita y en misterio”.

 

Olifante. “Publicar en Olifante algo muy especial para mí. Olifante es una gran editorial de poesía. Sus ediciones son muy cuidadas; en ella han publicado excelentes poetas. Trinidad Ruiz-Marcellán, la editora, merece todos los elogios. Actualmente publicar poesía y editarla con tanto esmero es toda una hazaña”.

 

'CHATTERTON' DE ELENA MEDEL

'CHATTERTON' DE ELENA MEDEL

[Elena Medel, poeta y editora nacida en Córdoba en 1985, ha ganado el premio Loewe de poesía joven. El libro se titula ‘ Chatterton’ y en él hay un poema dedicado al joven escritor inglés, Thomas Chatterton (1752-1770) que se suicidó con arsénico a los 17 años y que encarna el espíritu del romanticismo. Fue un maestro de la impostura, creó un monje medieval Thomas Rowley, que escribió muchos textos y al que Chatterton, además de inventarlo, claro, le dedicó un diccionario. Muchos poetas de su tiempo admiraron su propia obra y la atribuida a Rowley. He aquí el poema de Elena Medel. Este cuadro de Henry Wallis se titula ‘La muerte de Chatterton’, 1856.]

 

CHATTERTON

Mentí durante diecisiete años. Mentí después

en todos mis poemas. He mentido durante los diez

años siguientes. Acércate, soy

como tú. Escucha cómo late mi corazón

perverso: mudanzas en platitos

de papilla de mamá. Aliméntame,

compréndeme, yo vestía unas ropas que nunca fueron mías,

yo escribía en un idioma ajeno, pequeña, tonta,

qué mal memoricé: con mis poemas levanté un imperio.

Pero todo acabó. ¿Quién soy ahora?

Engañaste durante diecisiete años; antes de los míos

comencé yo a mentir. Un abanico con telas del Oriente

para mi hermana. Para mi madre araña compraré moldes de costura.

Tabaco que recubra los pulmones de mi padre. ¿Quién soy realmente

ahora? He soñado contigo algunas noches.

Te prometo que si salgo visitaré tu tumba. Ahora sí que

no miento. Ahora sí que no.

 

Del libro ‘Chatterton’ de Elena Medel. Visor. Premio Loewe Joven. 2014.

 

 

JAVIER SEBASTIÁN, HOY, EN CÁLAMO

Esta tarde, Javier Sebastián, autor de ‘El ciclista de Chernóbil’ e ‘Historia del invierno’, entre otros títulos, presenta en Cálamo su nueva novela: ‘Puente de Vauxhall’ (Destino), que significa su pase al sello que dirigen Emili Rosales y Silvia Sesé. Hace unos días, Javier me resumió así el libro en un mensaje privado de Facebook.

“La hermana Loretta María Semposki participa en un experimento sobre las grandes memorias del mundo. Junto a los ventanales del colegio de Shaftesbury, una ayudante del coronel Dolado va recogiendo en cuadernos los recuerdos de la monja, en apariencia inocentes. Una vez estudiados, esos cuadernos se destruyen. Salvo unos pocos, que van a parar a una casa de Dunstable, al noroeste de Londres. Pero ahora han desaparecido. Y en sus páginas no solo se lee el relato de una vida, sino algo muy comprometedor. El coronel Dolado, de los servicios secretos, sospecha de una persona de otro departamento y quiere saber qué ha descubierto. Para eso, le hace creer que la mujer de los cuadernos está de su parte y la manda a su lado. Empieza el juego. ¿Quién engaña a quién? ¿Qué es lo que resulta tan peligroso de las palabras de la hermana Loretta? Lo cierto es que la hermana Loretta era amiga y consejera de la princesa Diana y su narración podría iluminar las zonas oscuras que rodearon su muerte. Esta es la historia de cómo la gente del coronel Dolado infiltró en Highgrove House a una niña de quince años”.

 *Dos fotos de Javier Sebastián, tal como era, tal como fue, en Alta Sociedad, el grupo de principios de los 80; ahora, en un retrato de Javier Vidal.

'PASOS' DE EMILIO PEDRO GÓMEZ

[Emilio Pedro Gómez, matemático y poeta, fotógrafo y andariego, rapsoda y soñador, acaba de publicar ‘Pasos’, un diario lírico del Camino de Santiago, un libro en cinco tramos que cuenta  -de diversos modos: casi siempre desde la evocación y la intuición poética- las impresiones ypaisajes de 1.000 kilómetros de caminar, apuntar, observar y escribir. Gentilmente, Emilio me envía esta selección de textos, que fueron los que se leyeron ayer, acompañados de fotografías, en su presentación en la Sala de Música del Palacio de Sástago.]

 

 

CAMINO DE SANTIAGO

  • Emprender este camino es ponerme a prueba: saber si sé vivir de caminar.
  • En Roncesvalles. Por sorpresa -golpe de algodón en la mirada- invierno atesorado en pleno abril: una montaña de nieve en el pequeño claustro.
  • Viajar, perder países

vivir un ver constante.

  • Hablar para alcanzar la plenitud del silencio. Caminar para colmarme de quietud.
  • Soñé hacer el camino con mi hijo. El sueño comprendía estos paisajes impregnados de mutuo aprendizaje y una filial complicidad que ya nunca sabré.
  • Los hijos caminan hacia nosotros alejándose.
  • Me pasma la belleza del amanecer. Me desafía a que también yo amanezca.
  • Nunca resisto la tentación de mirar a lo hondo del río, desde lo alto del puente.

¡Qué desvelo!

¿Cómo puede estar dormido

en ese fondo sin parar de sueños?

  • La siesta sirve para soñar que el cansancio no existe. 
  • La pequeña laguna contiene la respiración. Como en la concentrada atmósfera de un cuadro de Vermeer, nada se detiene, pero todo está quieto.
  • Puente la Reina. Hay un poema grabado muy cerca de la orilla del Arga. Su resumen: “El día está bien hecho, porque yo hago bien el día”.
  • Flor de soplo

vilanito

enséñale a la viña

olvido

  • Pasión de pétalos.

Son labios del trigal

las amapolas.

  • Fuente generosa.

Saliva de mujer deshabitada.

No me calma la sed

que no tenía.

  • Me acompaña un taciturno, peregrino. Mantenemos una conversación tan silenciosa como el tañido de las manzanas.27 Se va sin decir nada.  
  • Ese peregrino arrastra una ciudad llena de nadie.
  • ¿Alcanzaré Sansol? ¡Qué rápido se ve, qué tarde llega!
  • Torres del Río, iglesia del Santo Sepulcro. En el interior del templo entrego los ojos sin sentirlo. La mirada se aloja en lo más alto (arriba de la orla ajedrezada), en la espléndida estrella de nervios de la cúpula, y se queda cautiva –elevada sin red- en su mágico círculo.
  • Cuesta abandonar el templo. Su armonía invisible es más fuerte que la visible.31 En pocos lugares me he sentido tan bien. Lugar del alma.
  • El centro del camino es una orilla. Casi balsa. Mis largas piernas no me sirven de puente  Hundo mis sandalias al fondo indescifrable de los charcos, después de haber llovido.
  • En plena soledad, brota la pluralidad del yo. Toda mi multitud recuperada.
  • El filo de una hoz acuna Venus.
  • En Navarrete, me entra la tentación de mirar en los zaguanes a la búsqueda de suelos empedrados, arcas antiguas, viejos aperos de labranza... huellas sencillas, de los antepasados.
  • Porque Hay un camino en cada cosa.
  • Y yo quiero mirar las cosas como las cosas me miran a mí.
  • En la recoleta plaza de la Alameda, siete mujeres de pelo canoso han desplegado mesa, sillas, tapete verde, monedas de 1 céntimo de euro... Cual esculturas vivas, sin pudor, juegan serenas al julepe.
  • Cuanto más me alejo, más percibo la llamada de un lejos más distante.
  • Pedro lleva en la mochila multitud de hogares. Te los entrega y se desborda como un cántaro roto. Hace el camino en soledad, pero no he conocido peregrino menos solo.
  •  Intento infundirle ánimos :Porque todo es camino-le digo-

aunque la ruta a veces parezca una traición. 

  • Montes de Oca. Comienza la ascensión (y el duende). La niebla se apodera de todo lo que miro. Amedrenta, se configura apenas unos pasos adelante, mas no se deja alcanzar nunca. ¿Será porque la llevo conmigo?
  • San Juan de Ortega. Accedo al pueblo. Sencillo, acogedor. En este lugar sería hermoso aceptar el helado celaje del invierno, ver nacer la nieve. No sé porqué huída y búsqueda se hallan aquí tan bien reunidas.
  • Placer de madrugar y estrenar el diario silencio de las cosas.
  • Ni sol ni luna, mas alguien parece alumbrarme el incierto camino. Por tres veces me paro, doy la vuelta,  miro. No hay nadie. El ángel de una luz inexistente.
  • Desde el alero cercano, una golondrina me ofrece todo su repertorio de trinos. Desde las ramas generosamente manda su melodía a la mañana...
  • Reemprendo la marcha pensativo. ¿En verdad se diferencian las palabras del piar de los pájaros?
  • Caminando entre dos hileras de amapolas, siento que la claridad viene del suelo.
  • Hipnotizado

el gallo en la veleta.

Viento en calma.

  • ¿Un tren que se aproxima? No me sucede nada, pero ¿qué me está sucediendo?. Este momento lo ha escrito por mí, José Corredor-Matheos:

Luz a lo lejos.

Infinita nostalgia

no sé de qué.

  • A la entrada de la Catedral de Burgos, los doce apóstoles ¿comentan despreocupados las sagradas escrituras o acaso el fatigado posar ante la cámara digital de los turistas?.
  • La calle Real de Hornillos: su bella austeridad, su piedra nítida...
  • No acierto con el ritmo. Aprieto fuerte el paso y luego, sin porqué, desacelero. Cuesta dejar los pies al pulso del camino.
  • De golpe, a punto de ser tragada por la tierra, aparece la torre de la iglesia de Hontanas.
  • Ofertorio de caños generosos junto al ábside. Sorbo sus voces transparentes, como quien recobrara el habla.
  • Ruinas de San Antón: ¿amanecer de piedra o piedra amanecida?
  • Asoman como una aparición.,¿Quién, con qué romántica destreza, fue deconstruyendo el monasterio hasta dejarlo así, tan espectral, con tal exacta arquitectura de umbral de la melancolía? Al pasar bajo el arco, es como si ingresara de nuevo en el ambiguo enigma del camino.
  • A orillas del Ucieza, de repente, el encarnado fulgor de unos escaramujos. Los miro con admiración, como si resumieran la belleza del mundo.
  • En el mesón de Villalcázar de Sirga, del solomillo a la ternura, del tocinillo al cielo
  • Nos demoramos en la plácida sobremesa. La comida rápida ahorra tiempo de vida pero a quién le interesa eso, salvo a la muerte.
  • En Terradillos de Templarios sobrevive el adobe, pan de barro y paja, hogar de tantos huidos campesinos.
  • Templo de “La Peregrina”. Nuestras miradas prenden en las configuraciones geométricas de las yeserías. Vislumbres del rostro impensable de Alá: sus ojos infinitos.
  • Catedral de León. En su interior, levadura visual. Espejismo sublime. Colores tallados en reflejos que atraviesan los párpados y ascienden. Vidrieras en estado de gracia: manan la gloria de una luz insobornable.
  • Me embriaga de amor esta fiesta de los ojos .
  • Regreso de mirar

transfigurado

ligero

con un regusto inédito en el alma.

  • He de salir. Van a cerrar las puertas. Me da la tentación de hacer noche, furtivo, en el lugar sagrado. ¿Cómo será sin nadie –los ecos nada más- la luz de su silencio (y se quede la catedral hablando sola)?
  • El gallo insiste en su canto de madrugada. Lo miro con sosiego. ¿Qué cabe responder a esa alegría?
  • Me adentro en el sistema vascular de la noche. Mis pasos copian la falsa lentitud celeste. El alba me halla cómplice de las sombras que, como al principio de los cuentos –consuelo del color- se desvanecen.
  • Ya la noche estocada de muerte (palidez enfermiza de las constelaciones). Reconozco el ámbar del amanecer.
  • Ayer la lluvia encendió el olor del romero. Hoy la anisada fragancia del hinojo aroma nuestros pasos.
  • En el albergue converso con Ramón. Tiene el don de elegir palabras sabias, convenientes, certeras… “En el desacuerdo, dice, comenzar por comprender que no nos comprendemos”.
  • Astorga a lejana vista de pájaro.
  • Camino hacia quién he sido y mis pasos entran en mí.
  •  Mis dedos casi tocan la memoria. El silencioso pie de la tierra natal. La luz en que nací.
  • Cuesta mirar mi ciudad, la ciudad de mi alma (primeriza) como una ciudad más.
  • Su armonía de formas,  su colectivo balcón corrido, su no se qué de piedra noble, asambleada... ¿porqué el ayuntamiento de Astorga me sigue pareciendo el Ayuntamiento por antonomasia?
  • Ahora que regreso, fugazmente, a mi tierra lo comprendo: se aprende a partir en el momento de volver.
  • Después de recorrerlo serenamente con la mirada, abandono el pórtico de la catedral convencido de la impenetrable intimidad  de la piedra.10
  • Quisiera percibir Astorga con ojos nuevos, limpios, desprendidos de la ficción de los recuerdos
  • ¿Mas acaso no continúa siendo este lugar paisaje de mí mismo?
  • Desayuno en la calle Real de Santa Catalina de Somoza, frente a la iglesia. Me consuela un olor a rosales que atraviesa el camino.
  • Cruz de Ferro. Tomo un guijarro de los alrededores y me atengo al rito de lanzarlo sobre los demás. Emociona pensar que este humilde montón de piedras junto a la endeble cruz permanezcan después de tantos siglos, mientras grandes monumentos se han convertido en ruinas.18
  • Manjarín: José Antonio se ofrece a dar un masaje a mi tobillo inflamado. Lo impregna con aceite de aloe vera. Sus manos hablan el lenguaje de la delicadeza.
  • Cuando me dice que va a continuar con un masaje radiante, sin contacto físico, percibo el ala de un ángel contra el viento helador.
  • A mis pies, El Acebo, un puñado de casas apiñadas de piedra, tejados de pizarra, espadaña,  balcones de madera… Estampa viva de un tiempo que se fue.
  • La expresión ingenua y cómplice del barquillero en bronce de la desierta plaza mayor de Ponferrada.
  • Me miran unas zapatillas que parecen apiadarse de mí. Tentación de entrar en ellas y dejar que me conduzcan placidamente a casa.
  • El Bierzo es allá donde León copula con la fruta y canta.
  • A veces, en el camino surgen imprevistas desapariciones. El aliento acechante de mis padres, por ejemplo.
  • Tal vez deseo crear mi propia estela, sin alejarme demasiado de las suyas.
  • Salgo de la frondosa vegetación a inclinadas praderas… La bondad de tanto espacio libre me deja su limosna de infinito.
  • Por la noche, en el albergue, varios peregrinos intercambiamos direcciones, teléfonos... Mañana el camino se bifurca. Intentamos cazar en una fotografía este instante de nómada amistad.
  • Alto de San Roque. El peregrino en bronce afianza su sombrero contra el viento… Firmeza del propósito frente a la adversidad.
  • Enigmático pensamiento del libro del mesón de  O Cebreiro,: “Sabemos dónde somos, pero no cuando”.
  • Perecen figuras de un belén: vacas de color palestina. Dan a la mañana una verdad que no tenía.
  • Baño de pies en el agua helada del viejo lavadero de San Cristobo do Real. Me consuelo pensando: No hay sufrimiento que no sea dolor del mundo. Mejor no evitarlo. Cada ampolla es un ojo en el que examinarme.
  • Aldeas con más vacas que vecinos, boñigas  en las calles, por las que asoma de vez en vez alguna anciana de enlutada saya, extraída de una película en blanco y negro de Cifesa. Así era la España rural en que nací.
  • Todos los pasos conducen a mis pies.. Y mis pies son mis ampollas ¿Por qué este empeño ciego en avanzar?
  • Éste es un instante perfecto para aprender a no llegar.
  • Por fin, una fuente. Descanso. Estoy con nadie, mas disfruto  la soledad de estar con todo.
  • Popular pulpo a feira de Ezequiel. Del caldero de cobre extrae el cefalópodo de lánguidos tentáculos Vierte  sal, pimentón, aceite. Parece imposible que una receta tan sencilla logre  conjugar una fusión de sabores tan perfecta.
  • El macizo de hortensias ofrece su muestrario de azules. En la gloria del verano, los colores del cielo prevalecen.
  • Acaricio el tronco del roble cubierto de honda capa de musgo. En mi mano hay un recibimiento y un adiós. Percibo lo irrepetible del instante. La alegría de no volver jamás.
  • Monte de Gozo. No percibo júbilo alguno en el lugar. Cualquier cumbre pasada fue mejor.
  • Plaza del Obradoiro. Da una bienvenida de jerarquías abismales: arriba, el poder divino de la iglesia; abajo, el austero llegar del caminante.
  •  Es el lugar del clero como institución, como poder inaccesible: los propietarios de Dios.
  • He llegado por fin; esto no es mi lugar pero he llegado.
  • Pórtico de la Gloria, gloria de todos los pórticos. Santiago tiene la expresión de un ciego que sabe donde va, y  lleva y se deja llevar hacia una eternidad sumida dentro de él.
  • La gente corriente, el pueblo llano, bienaventurado en las palabras de Jesús, aparece minimizado en la iconografía religiosa.
  •  Por fin, después de tantos  pasos de pasos, se avista el mar. Desde aquí parece  que el sendero no tuviera otra razón de ser que ponerse a su servicio. Me embarga la emoción definitiva de quien arriba a la costa azul de un infinito.
  • Los bandos de gaviotas

propagan lejanías.35

  • En el Cabo de Finisterre parece recomenzar esa sed de lo que nadie ha visto.
  • Oigo el murmullo de un pensamiento que parece no tener fin. El del otro lado del mar es uno mismo. 40
  • He visto mochilas desplegando sus alas escondidas. He visto al tren mendigar paisaje a los incendios gallegos y he visto al río incapaz de volcarse contra el fuego. He visto a gente llorar de no estar sola… ¡Hay tantas forma de volver que no conozco!
  • Al final del viaje, siento que he soltado lastre. Me he librado de rutinarias corazas y pieles superfluas. Menos arropado, soy más yo.
  • Temo que al volver pierda de nuevo la conciencia de que todos los días son viaje.47

 

            Cuando regresé, mi andamio de rutinas todavía estaba allí.

FLAVIA COMPANY, UN CUENTO

FLAVIA COMPANY, UN CUENTO

[Esta tarde, a las 20.00, Flavia Company, la escritora argentina (afincada en Barcelona desde muy joven), presenta su nuevo libro en la librería Los Portadores de Sueños, dividido en tres partes: ’Por mis muertos’ (Páginas de Espuma), donde hay piezas espectaculares, como la dedicada a los diarios de su madre, que redactóa los doce años, o una carta perdida de la escritora Andrea Mayo. Un libro de realtos que explora lo fronterizo, el amor, la amistad, el hurto, los sabores de la infancia, la memoria, etc. Uno de esos libros que también tiene mucho de tratado del cuento. Cuqui Weller y Juan Casamayor y la autora tienen la gentileza de enviarme este texto, sobre las complicidades escolares y las amistades paradójicas,  la más lista y desubicada y el más torpe y descolocado también:

 

QUÉ HABRÁ SIDO DE MOYA

 

Por Flavia COMPANY

 

Yo estaba exenta. Él no. Moya tenía que rezar, ir a

clase de religión, ponerse de rodillas con los brazos en

cruz. Moya recibía golpes en las manos y en la espalda con

una regla larga de madera a la que se le habían borrado los

números. Porque no se sabía las respuestas. Y si salía a la

pizarra, don Jesús le pegaba con la mano abierta en la cabeza,

que rebotaba en la pared como un moscardón contra

un cristal, varias veces, mientras Moya sonreía mirándose

las puntas de los zapatos, o los calcetines azul marino de

uniforme, caídos alrededor de los tobillos.

Habíamos llegado aquel curso, desde el otro lado del

océano, y era impensable que yo me adaptara a las costumbres

del lugar. Mis padres estaban en contra de la violencia

y en contra de la religión, que según cómo se mire vienen

a ser lo mismo. Cuando supieron que don Jesús pegaba a

los alumnos y que los obligaba a rezar, mi padre se su-

bió al coche –la escuela estaba a solo tres manzanas, pero

él detesta caminar–, condujo hasta el edificio gris de tres

plantas, aparcó en la puerta, tocó el timbre, peguntó por el

maestro, se encerraron en el despacho de dirección y allí

solucionaron sus diferencias. Nunca supe cómo, pero el resultado

fue que me convertí en exenta y, por consiguiente,

en la alumna más odiada el colegio. No hay mejor diana

que las diferencias. Es fácil apuntar, es fácil dar.

Moya estaba en los antípodas de mi suerte. A él le tocaba

todo. Llegué a pensar que, por una peculiar ley de compensaciones,

le caía también lo mío. A lo mejor esa fue la

razón para que nos hiciéramos amigos.

Teníamos once años. Moya era el tonto de la clase. Cabeza

de rizos oscuros pegados al cráneo. Y el más alto.

Don Jesús le decía, lo que tienes de alto lo tienes de tonto.

Y yo era la lista. Y la más pequeña. Enfundada en mi pichi

azul minúsculo, con el pelo rubio hasta la cintura, liso y

bien peinado. Don Jesús decía que, para mí, no se habían

inventado notas que bastaran. Pero me hacía leer en voz

alta para reírse de mi acento con los de la clase.

La amistad entre Moya y yo parecía rara, por lo desigual.

Destacaba como el caracol que muchos años después vivió

aislado en los azulejos amarillos de la cocina de mi abuela.

Era rara y consistía en cosas como compartir el bocadillo

a la hora del patio, sentarnos juntos en las excursiones,

regalarnos canicas, esperarnos a la salida para comer pipas

que, una vez peladas y para que no nos riñeran, Moya se

guardaba en los bolsillos de la americana azul marino, que

quedaban abultados y húmedos.

El curso siguiente dejé el centro. Como es natural, mis

padres buscaron algo más acorde a sus ideas y principios,

un lugar en que no hubiera rezos ni castigos corporales.

Luego pasaron treinta años y las cosas que pasan en

treinta años.

Y llegó un día del libro y estaba yo firmando ejemplares

de mi novela El corrector cuando, de pronto, se acercó

un tipo envuelto en un traje azul claro y camisa blanca,

abierta hasta el tercer botón, un hombre de ceño fruncido,

ajado por el tiempo, que depositó con cierta brusquedad un

ejemplar sobre la mesa ante la que estaba sentada y dijo,

anda, échale una firma al primer maestro que tuviste en

España. Lo miré a los ojos, lo reconocí y lo vi el último

día de clase, junto a Moya, de nuevo incapaz de resolver

el análisis gramatical propuesto, Moya con la tiza entre

los dedos, como si fuera a escribir algo, con la cabeza

agachada muy cerca de la pizarra, esperando no se sabe

qué, y recordé a don Jesús acercarse a grandes zancadas y

propinarle un bofetón rabioso, como si se estuviera descargando

de alguna furia secreta, y a Moya dar contra la pared

y caer al suelo con un hilillo de sangre desde el oído hasta

la barbilla, y a Moya sonriéndome antes de cerrar sus ojos

achinados de pestañas cortas, sonriéndome a mí que me

sentaba por supuesto en primera fila y era la única que podía

comprenderlo, comprender lo que suponía ser la otra cara

de la moneda, a mí como si se despidiera. Cogí el ejemplar

que me presentaba el que a sí mismo se llamaba maestro,

lo abrí por la primera página y escribí: Qué habrá sido de

Moya. Firmé y se lo devolví.

 

*La foto de Flavia es Laura Zorrilla.

LOS ECOS DE 'EL DIBUJANTE DE RELATOS' EN TERUEL Y LA ALMUNIA

LOS ECOS DE 'EL DIBUJANTE DE RELATOS' EN TERUEL Y LA ALMUNIA

DOS JORNADAS PARTICULARES EN TERUEL Y EN LA ALMUNIA

A veces cosas especiales y a la vez humildes. Cotidianas. Hacía muchos años que no presentaba un libro en Teruel: creo que el último fue ‘Los seres imposibles’ del sello Destino, de 1998. Lo presenté en el Museo de Teruel, en un acto organizado por Senda. El pasado jueves volví a la librería de María Luisa Perruca y Toni Losantos y sus familiares. Fue una presentación especial de ‘El dibujante de relatos’, ilustrado por Juan Tudela y publicado por Pregunta. Hubo muchas sorpresas: habló bellamente Conchita Hernández. Y apareció Joaquina, aquella monja de clausura de las Clarisas, que se marchó del convento con el albañil Eleuterio: se enamoraron, ella salió un día del encierro (tenía temblores y él le dijo: “No te preocupes, yo te cuidaré”) y vivieron en la torre de emisiones de Javalambre hasta 2002; Eleuterio murió en 2004. Joaquina, de 77 años, está estupendamente. Protagonizó un cuento de mi primer libro: ‘Los pasajeros del estío’  (Olifante, 1990) y le firmé un ejemplar muchos años después.

Vinieron amigos de la ciudad: Serafín Aldecoa, Elifio Feliz de Vargas, Evaristo, Paco Martín, Pascual Berniz, Miguel Ángel Artigas, Amparo de Santa Cruz de Moya (la hermana de una vieja amiga y vecina de mi infancia en Arteixo: Edelmira), entre otros muchos, y también aparecieron Diego Hernández Estopiñán y Lori Needleman, los nuevos amantes de Teruel. Estuvieron los alumnos de cuarto del Instituto de Santa Emerenciana, y pasamos una estupenda velada. Maravillosa y entrañable, que acabó con una cena de amigos en el restaurante El Óvalo.

Y ayer, mientras Fernando Sanmartín presentaba su libro ‘Notas de Zaragoza del capitán Marlowe’ (Xordica), presentamos en la librería Ixena de La Almunia de Doña Godina, de Sergio y Andrea (que cumplía 17 años de existencia) el libro ‘El dibujante de relatos’ (Pregunta). La Almunia siempre es especial: tiene uno de los mejores clubes de lectura que conozco, entrañables y cómplices, y pasamos una jornada deliciosa de más de hora y media. Nos presentaron Gloria y Mario y luego Juan Tudela y yo hablamos y leímos varios textos y hablamos de casi todo. Me recordaron que empezaron el Club hace dieciocho años y que yo fui el primer invitado: apenas había seis personas, ahora superan ampliamente las veinte y organizan recitales en las Jornadas de Cine o la noche de poesía erótica, entre otras muchas cosas. Cuando nos despedíamos, Sergio de Ixena nos reveló que Victoriano, el alcalde, era de un pueblo de Murcia, del mismo donde nació Juan Tudela; de él, con tres años, vino a Zaragoza.

 

*Uno de los dibujos de Juan Tudela para el libro: ’La maleta de William’, inspirado en un joven militar de su propio pueblo que adoraba el cine.

UN CUENTO DE JAVIER AGUIRRE

UN CUENTO DE JAVIER AGUIRRE

 [Javier Aguirre acaba de publicar un nuevo libro: ’Cupido en el Matarraña’, que es un conjunto de narraciones eróticas que forman parte de una campaña general de esa comarca para difundir su patrimonio, su capacidad turística, sus rincones con encanto y su condición de refugio para enamorados o aventureros de mil cosas, pero también del amor. Javier, gentilmente, me envía este relato que es un homenaje a Ernest Hemingway el vino.]

 

EL ESCRITOR Y SU SOMBRA

 

Francisco Javier Aguirre

 

 

Para Antón Castro,

que vendimió en CARIÑENA.

 

Sentado en el extremo de aquella bóveda infinita que conducía sus sueños de un extremo al otro del recuerdo, Hemingway volaba sin mover los pies sobre los nubarrones de sus pensamientos más oscuros. Le acosaban los fantasmas del pasado, aquel bravucón alemán a quien tuvo que liquidar para mostrarle su raza, la explosión de los obuses que mentían la caricia, las palomas fallecidas en el ansia de su hambre, todo el amasijo brutal de un pasado menos que pluscuamperfecto. Además de la florida compañía, alguien tan impreciso como un espejo sin cristal rodeaba al escritor.

De golpe se sintió muerto del revés y solo vio una senda para regresar al futuro: necesariamente el vino. Un caldo joven que restaurara su imagen de amante imaginario mientras la fiesta daba licencia al ocaso de una tarde moribunda, un caldo adulto que colmara aquellas ansiedades que le desató el Caribe y un caldo madurado en las grandes dimensiones, tierra adentro, para digerir la emoción de una carrera sembrada de adoquines o perfumes de mujer y para responder al reto denso que reside en la mirada de un toro hechizado por la sangre.

Un cargamento de soportes luminosos desfilaba por las venas de la vida, saludaba desde el tercio del peligro y alumbraba los fulgores arañados al sol. El espejo sin cristal parecía un latido vigilante. Oscilaba en torno suyo modulando los voltajes de una luz elemental.

Se mesó Ernest la barba, sonrió desde el borde de sus labios y quiso decir despacio, con su acento intemporal silabeante, que la felicidad residía en las entrañas de aquella cueva, de aquella caverna jubilosa que anidaba en el corazón de las barricas esculpidas por el silencio incoloro de los años, en la alegría que se hallaba refugiada en la canción secreta de los vendimiadores, que golpeaba en su lengua con afán de multitudes y acabaría acunando paladares infinitos sin que fuera necesario el tañer de las campanas.

Un golpe mineral en la conciencia vino a darle la clave del misterio: la letra reclamaba el hilo de sus manos, las sonoridades que brotan del milagro sinuoso de una idea preñada de ilusión. Alzó la copa, miró el decantador, pidió permiso. La licencia procedía del fondo de la tierra de donde los racimos extraen la savia que alimenta su esperanza de entusiasmo.

Toda la concurrencia asintió cuando el mago dijo sí con un gesto de cabeza iluminado tras los ojos, cuando su mano izquierda extendió la mejilla por la escala de los dedos y dirigió sus pasos en busca de la nueva copa derramada hacia dentro antes de que se agostara la amapola del verano.

Estaban por llegar en tropel las voces nuevas de las uvas hermanadas, sus racimos, el aliento febril de los vendimiadores, los delirios, los brazos abiertos de las prensas, sus afanes y el lagar, la promesa certera del silencio en los antiguos lares y manes y penates de los dioses inmortales.

Alguien contemplaba la escena amparado en la penumbra, quizá un espejo, alguien aprobaba el pasado no escrito y el futuro sin razón, quizá un cristal, alguien de cuerpo indefinido abrazaba al mismo tiempo el fuego y la ceniza: su propia sombra.

 

*Un retrato de 1959 de Antonio Ordóñez y Ernest Hemingway, protagonista de este relato.

RETRATO DE FERNANDO SANMARTÍN

[José Luis Melero Rivas y Víctor Juan presentaban anoche el nuevo libro de Fernando Sanmartín, ’Notas de Zaragoza del Capitán Marlow’ (Xordica). Mucha gente, muchos amigos, afecto y complicidad a espuertas. Fernando Sanmartín es uno de esos seres que solo suscita y excita cariño. Es elegante, laborioso y raro: quizá sea el autor aragonés que más se parece a Enrique Vila-Matas. Ama el ciclismo, los diarios, las ciudades, el arte, ama la belleza y el perfume de las mujeres, le encanta viajar alrededor del mundo y, sin embargo, siente adoración por Zaragoza: su ciudad, en la que se reconoce. Pepe Melero leyó ayer este texto; conociéndolo seguro que por aquí y por allá dejaría alguna perla improvisada de humor. Por cierto, Fernando tiene la rara facultad de hablar con Baudelaire o de sentirse, a veces, Mallarmé. Milagros de la ficción.]

 

 

Retrato de Fernando Sanmartín

 

(Presentación de Notas sobre Zaragoza del capitán Marlow, de Fernando Sanmartín. Café 7 de Copas. Viernes, 7 de marzo de 2014.)

 

 

 

Por José Luis MELERO RIVAS

 

 

 

Me gustan muchas cosas de Fernando Sanmartín: me gusta su elegancia, su porte distinguido, su capacidad de entusiasmarse por las cosas más nimias y que todo lo que le cuentes le apasione; me gusta la atención que presta cuando se lo cuentas, me gusta verlo ilusionarse y que ponga cara de niño en noche de Reyes cuando le hablo de algún poeta raro, de algún libro raro, de algún proyecto absurdo y disparatado que él y muy pocos más entienden; me gusta su fidelidad a los amigos (a Adolfo Ayuso, a Nacho Fortún, a tantos otros) y que le interesen como a mí los saberes no codificados y no previsibles (que le gusten los caballos y apostar en los hipódromos, que le gusten los sobres y el papel de los hoteles, visitar tiendas de antigüedades náuticas en Lekeitio, ver el fútbol en La Romareda con su hijo…); me gusta que le gusten las primeras ediciones de los libros de poesía que nos gustan, que le gusten muchos de los mismos autores que me gustan (Llop, Jordá, Bonet, Modiano, Fernando Ferreró, Trapiello), que le guste la buena prosa y la practique; me gusta que le guste la pintura y que escriba de vez en cuando sobre ella; me gusta que suba como yo al Pirineo (bueno yo no subo ya casi nunca, pero he subido mucho) y que como a mí le guste viajar una o dos veces al año al extranjero; me gusta que tenga ese toque cosmopolita y de viajero culto del XIX. Yolanda y yo pasamos muchos veranos enteros fuera cuando los niños eran pequeños: Roma, París, Londres, Ámsterdam… En 1993 fuimos con Ignacio Martínez de Pisón y familia a Edimburgo. A Yolanda, que el año anterior había ganado la cátedra, le habían dado una buena beca para pasar allí el verano, alquilamos una gran casa y nos fuimos las dos familias juntas. Mi mujer trabajaba y los demás holgazaneábamos. Vamos, lo habitual. Allí nos encontramos a Fernando. Por la calle. De casualidad. Ni él sabía que estábamos allí nosotros ni nosotros sabíamos que él estaba allí. Desde luego no encontramos en Edimburgo a ningún otro conocido, ni de Zaragoza, ni de Barcelona, ni de ningún otro sitio: solo a Fernando Sanmartín. Me gusta que Sanmartín haya escrito un diario zaragozano como éste, porque me gusta que lo zaragozano esté siempre unido a lo mejor y a lo más europeo. Me gustan sus libros, todos sus libros, sus trece libros ya, que casi siempre leo antes de que se impriman, y me gusta mucho cómo los titula: Los ojos del domador, Infiel a los disfraces, El llanto de los boxeadores, Heridas causadas por tres rinocerontes, Hacia la tormenta... Compárenlos con Leer para contarlo, La vida de los libros, Escritores y escrituras, Los libros de la guerra…  y comprenderán por qué admiro su facilidad para titular. Me gusta que le gusten mis amigos, que admirara a Labordeta (a quien un día le regalé un largo paseo con Fernando), que sienta debilidad por la gente agreste y poco convencional, que escriba de Pilar López Villa, David Mayor o José Manuel Marraco, y que quiera como yo a Javier Aguirre. Me gusta que le gusten los arrabales y las mujeres hermosas. Me gusta que le gusten los perdedores. Me gusta que sea un abogado con alma de contrabandista, como escribió de él una vez Julio José Ordovás. Me gusta que haya educado tan bien a su hijo y que Yorgos sea siempre tan cariñoso con los amigos de su padre. Me gusta que tenga el valor de pedirse en los bares Fantas y Aquarius de limón, siempre sin hielo, y que lo haga sin ningún pudor ni vergüenza, sin inmutarse, como si fuera lo habitual. Hay que tener mucha personalidad para pedir una Fanta como si tal cosa. Me gusta que tenga personalidad y criterio, y que eso sea precisamente lo que le distinga como director de la colección “La gruta de las palabras” de las Prensas Universitarias de Zaragoza. Me gusta que sea tolerante con todos, que no sea sectario y que no recuerde las injurias ni los agravios. Me gusta que convierta en poesía lo que toca. Me gusta que sea un poeta zaragocista y que suba a la vieja Romareda como hacía Miguel Labordeta y como hace ahora Nacho Escuín. Me gusta que escriba libros mínimos, inclasificables muchas veces, porque esos libros son siempre los que más nos gustan a los dos. Me gusta que compartamos muchas semanas página en el Heraldo y que los dos sigamos escribiendo allí por cariño y lealtad a Antón Castro. Y me gusta que no lo gusten las despedidas de soltero en un puticlub.

 

Me gusta el aplomo, la serenidad y la valentía que demostró cuando la vida le corneó amargamente y me gusta que recuerde siempre que sus amigos nunca lo dejamos solo. Me gusta sobre todo que aquella cornada hoy sea solo un recuerdo con final feliz.

 

Me gusta que le guste Zaragoza y que le haya dedicado este libro. Lo mejor es que a Zaragoza la quieran los mejores. Para que nunca puedan volver a escribir aquello tristísimo de que Zaragoza es una “ciudad de curas y militares, una madrastrona”. No hay nadie más lejos del chovinismo que Fernando. Lo hemos dicho muchas veces y hasta lo escribió nuestro llorado Félix Romeo: nos gusta Zaragoza porque aquí viven las personas que queremos. Zaragoza no es nada especial ni distinta a otras ciudades por sí misma. Es lo que es por razón de la gente que vive en ella. Si en Zaragoza hay poetas y novelistas interesantes, si hay pintores y músicos interesantes, si hay catedráticos, abogados, periodistas, actores o arquitectos interesantes, Zaragoza será interesante. Y si en Zaragoza no viviera gente interesante, Zaragoza dejaría de interesarnos y de ser atractiva para nosotros. Por eso sorprende siempre que algunos de los zaragozanos más interesantes digan que Zaragoza no es interesante. Es tanto como decir que sus habitantes, es decir, ellos mismos, no son interesantes. A no ser, claro, que piensen que ellos son lo único interesante de la ciudad. En cualquier caso, a nadie se le obliga a quedarse aquí, ya se sabe. Fernando no es de los que creen ser los únicos interesantes. Me gusta que Fernando crea que esta es una ciudad abierta, plural, en la que caben todos y en la que hay sitio para todos. Me gusta que a los mejores como Fernando no les dé vergüenza hablar de Zaragoza ni dedicarle algunos de sus mejores libros. Y es que, ¿cómo iba a sentir vergüenza para hablar de Zaragoza alguien que no la tiene para pedirse un Aquarius o una Fanta? Me gusta saber que si aún existiera la Mirinda, Fernando se la pediría, se pediría una Mirinda de naranja. Y me gusta que en este libro Fernando hable de su vida en Zaragoza, que es lo mismo que hablar de mi vida en Zaragoza: el puente de los gitanos, junto al que viví de niño, el Huerva, Sagasta, el Colegio Mayor Universitario La Salle donde estudié y donde cantó Labordeta… Y que todo ello lo convierta en literatura. Me gusta que haga literatura con su vida.

 

 

Y me gusta que, como ha podido verse, no pueda hablar de Fernando sin hablar de mí. Nuestras vidas se entrecruzan y están moderadamente unidas (él lo hace todo moderadamente) desde que éramos muy jóvenes. Me gusta que llevemos toda la vida juntos. Yo, que fui siempre más lector que escritor, colaboré en sus revistas a petición suya (El Bosque, La Expedición), y él ha colaborado siempre en mis cosas. Me gusta que un poema suyo se publicara ya en el número 2 de Rolde, allá por 1978, hace treinta y seis años, y que en el próximo número vuelva a escribir como tantas veces lo ha hecho. Me gusta recordar que en los 70 y en los 80 escribió en Rolde sobre el Zalmedina, el Compromiso de Caspe, los Fueros de Aragón, Veruela o Andrés de Li, un raro escritor aragonés del siglo XV. Me gusta que fundáramos juntos a finales de los 70 una revistilla de poesía, Crótalo, cuando éramos poco más que unos mozalbetes. Y me gusta que tantos años después esté aquí hoy yo presentando este libro. Me gusta que nos queramos, si no apasionadamente (que Fernando no es mucho de pasiones) sí muy firmemente, porque Fernando sí es hombre de afectos sólidos y firmes. Me gusta pensar que cuando algún raro Melero del futuro estudie esta época de Zaragoza, su nombre y el mío, junto al de tantos amigos como estáis hoy aquí, saldrán muchas veces juntos. Me gusta que, al final, la vida sirva para vivir momentos como éstos.

 

 José Luis Melero

 

 

 

*Fernando Sanmartín, en una foto de Columna Villarroya, reciente, y en otra antigua de Patricio Julve.