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Antón Castro

Escritores

JAVIER VÁZQUEZ Y MAR VILLAR

JAVIER VÁZQUEZ Y MAR VILLAR

Javier Vázquez es, ante todo, un hiperactivo. Le apasionan los viajes, la fotografía, el teatro (como dramaturgo y como actor) y, por supuesto, la radio. Conduce desde hace casi una década en Aragón Radio el programa vespertino ‘Escúchate’. En él ha dado muestras de su interés por las letras: ha grabado poemas y textos con la voz de los autores, ha creado premios literarios, especialmente de microrrelato en colaboración con Julio Espinosa y su Escuela de escritores, y está siempre atento a fenómenos como la literatura infantil y juvenil. De ahí que no sorprenda que también dé el salto a ese universo con un libro deliciosos, suspenso en la imaginación y en la desmesura deli berada: ‘Cuatro cuentos rusos’ (Nalvay. Ilustraciones de Mar Villar), que en realidad no son exactamente historias aisladas sino que con humor y fantasía ofrecen un hilo de continuidad. Los personajes entran y salen en todas las historias: desde esa mujer inmensamente gorda Gretzen Grotzen hasta la cocinera Feodorovna Topolinova que lleva casada catorce años con su marido Anatoli, cosmonauta, que anda por ahí dando vueltas alrededor del espacio, hasta que un día logra acercarse a la mujer con la que se había casado por poderes y le estampa uno de esos besos inolvidables. Inolvidables y largos. Y también está la rubia Monna Limoncelli, actriz y musa y organizadora de eventos, que será determinante en el cuento final, dedicado a un extravagante director de cine, Olegario Bedemille, que, de golpe, decide hacer una película convencional, cuyo título bien podría ser ‘El planeta Grotzen’. El mundo ruso, y quizá Afganesiev y sus cuentos tradicionales, es muy visible, pero también la huella de Andersen, de las ficciones de Hoffman y un universo un tanto austrohúngaro. ‘Cuatro cuentos rusos’ es, en el fondo, una pequeña novela donde todo ha sido medido, sobre todo su desbordante imaginación, la sensación de felicidad y el hilván que enlaza todas las historias, todos los personajes. Mar Villar realiza unas ilustraciones espléndidas, masas de color, estampas muy narrativas con ironía, gracia y poesía; destaca su cuidadoso sentido de la composición, la acumulación de detalles y algunos homenajes: uno a René Magritte y otro, quizá más visible, al mundo mágico de Marc Chagall, un torbellino de cromatismo y de personajes.  El volumen, para todos los públicos, contiene en códigos informáticos, la grabación de todos los cuentos por parte de Javier Vázquez.

 *La ilustración es de Gretzel Grotzen, realizada por Mar Villar.

VICENTE VALERO Y 'LOS EXTRAÑOS'

 

[Este próximo jueves, 10 de abril, en la FNAC, se presenta el libro ‘Los extraños’ de Vicente Valero, narrador, poeta y ensayista nacido en Ibiza en 1963. El libro consta de cuatro historias vinculadas a su propia familia, a su memoria y a los recuerdos de sus parientes. Los personajes, que surgen en la niebla del tiempo, son un militar africanista, un jugador de ajedrez, un bailarín que acompañó a Antonia Mercé, la Argentinita, y un militar republicano apasionado por el naturismo y por la teosofía de Mario Roso de Luna. El libro es una pesquisa, una recuperación de vidas y de leyendas y está contado por alguien que se parece mucho al autor, de niño. El libro recorre las convulsiones del siglo y las transformaciones de la isla. Y respira también misterio, cosmopolitismo y fascinación. Son cuatro historias conectadas por el pasado familiar, el tono (muy natural y fluido) y los paisajes, y, por supuesto, por las voces de sus padres, sus abuelos, por los ecos de los cuentos que le cuentan, etc. El libro es realmente estupendo: se lee con mucho gusto, con delectación, y propone un viaje a la extrañeza, a lo desconocido y, en cierto modo, a los invisibles lazos de familia.]

 

VICENTE VALERO: Los extraños.

Presentación del libro con Julián Rodríguez, de editorial Periférica, y el autor.

Fnac Plaza España Zaragoza. Jueves, 10 de abril. 20:00 h.

 

‘Los extraños’

Ya sean desdichadas o felices, es decir, diferentes o parecidas —según la célebre definición de Tolstói—, todas las familias tienen sus extraños: aquellos individuos de quienes tal vez sólo se conserva un puñado de noticias dispersas y a los que, sin embargo, se alude con cierta frecuencia por algún enigmático suceso, por su peculiar oficio o por la fuerza misma de su singular personalidad, que los obligó a permanecer alejados del devenir corriente de la familia. Rostros, por tanto, huidizos, muchas veces en la frontera del olvido definitivo.

Para rescatarlos de esta frontera última y para saciar una antigua curiosidad —la que proviene, pura e ingenua, de los relatos inconexos escuchados durante la infancia—, el narrador reúne en este extraordinario libro a cuatro de sus extraños para intentar reconstruir, sirviéndose de los pocos recuerdos heredados pero también aventurándose en investigaciones personales (viajes, documentos, etcétera), la trayectoria vital de cada uno de ellos, sus ambiciones y fracasos, así como para determinar cuál fue el motivo principal de su extrañeza y, por tanto, de su alejamiento.

Y en esta aproximación, el narrador —tal vez el auténtico protagonista de este libro— no sólo descubre hechos y confluencias sorprendentes, sino que consigue también conocer mejor la identidad y el transcurso de una familia común, con sus olvidos y sus afectos, sus temores y sus esperanzas.

Vicente Valero

Vicente Valero nació en la isla de Ibiza en 1963. Es uno de los principales poetas de su generación y autor de seis libros de poemas: Jardín de la noche (1987), Herencia y fábula (1989), Teoría solar (1992), Vigilia en Cabo Sur (1999), Libro de los trazados (2005) y Días del bosque (2008). Por este último recibió el Premio Internacional de Poesía Fundación Loewe 2007. Como prosista ha publicado el ensayo biográfico Experiencia y pobreza. Walter Benjamin en Ibiza, 1932-1933 (2001), que ha sido traducido al francés y al alemán, así como Viajeros contemporáneos (2004) y Diario de un acercamiento (2008), libros en los que confluyen la poética del viaje, la memoria personal y la reflexión artística. Se ha ocupado de la edición del libro de Juan Ramón Jiménez La estación total con las canciones de la nueva luz (1994) y de la correspondencia ibicenca de Walter Benjamin, Cartas de la época de Ibiza (2008).

 *La primera foto es del Diario de Ibiza. La segunda la tomo de aquí:

 

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DURAS: LA ESCRITURA DEL AMOR

Dos de las más grandes escritoras de las letras francesas del siglo XX se llamaron Marguerite: Marguerite de Crayencour o Yourcenar, la mujer que redactó una novela inmortal como ‘Memorias de Adriano’ (1951), y Marguerite Duras, nacida Donnadieu, que firmaría otro libro maravilloso y autobiográfico: ‘La amante’ (1984), entre otros muchos. Aunque eran como la noche y el día, a veces las confundían: por las calles, en los manuales e incluso por sus rarezas. De algún modo, las dos acabaron sus vidas vinculadas de extraña e intensa manera a dos hombres jóvenes. Yourcenar, que amaba a las mujeres y había vivido muchos años con Grace Flick, su secretaria y amante, sucumbió a una extraña pasión otoñal por un hombre más joven, Jerry Wilson, que moriría de sida, y Duras vivió casi tres lustros con Yann Andrea, un joven homosexual, que fue su confidente, su enamorado (Laure Adler lo cuenta con todo lujo de detalles en su biografía ‘Marguerite Duras’, Anagrama, 2000) y su compañero de bebida. Ambas tuvieron una infancia especialmente intensa: Yourcenar viajó, leyó y vivió bajo la fascinación de su padre, que era un ilustrado melancólico, y Duras perdió a su padre a los siete años, adoró a su esforzada madre y le perdonó alguna que otra infamia, pero conoció en Indochina (hoy Vietnam del Sur) una forma de vida exuberante y peligrosa, y coqueteó con el incesto con su hermano Paul; también tuvo otro hermano, al que detestaba y lo consideraba el malo y el perverso. Además, los Donnadieu vivían en la calle, entre charcos y aguaceros, cerca de los tigres y de las violentas mareas. Y no solo eso: Marguerite Duras, en la adolescencia, vivió una historia de amor con un hombre mayor, delicado y rico, que le adiestró en los secretos del cuerpo y del sexo y tal vez en otro concepto: la vida material, tan importante en la vida y en la obra de la autora de ‘Un dique en el Pacífico’, esa novela donde contaba sus años en Saigón, antes de marchar a estudiar a París hacia 1932. Ese hombre maduro (en comparación con ella: tenía 37 años) y silencioso dio lugar a ‘El amante’, la novela que le llevaría el premio Goncourt y la devolvería a la cima de las letras francesas, una historia que le rondaba una y otra vez, de la que daba avances, pero que finalmente fue contada con una gran energía narrativa. 

¿Por qué unimos aquí a los dos Marguerite? Quizá por capricho y por la constancia de su antagonismo, o de su escritura dispareja. Yourcenar, impregnada de sabiduría y de reflexión, ocultó sus pasiones tras la poesía, la filosofía y el viaje en el tiempo y en la historia; por ejemplo, tras ‘Fuegos’ hay un quebranto de amor que se tornó casi insoportable. Yourcenar era, en un sentido más convencional, toda una mujer de letras. Duras escribía por necesidad, por urgencia, por pulsión autodestructiva y como bálsamo inefable. Duras escribía a como a hachazos, con fogonazos de intuición y de ira.

Las dos comparten casi una fecha capital: en 1951, Yourcenar publicó ‘Memorias de Adriano’, el libro de una vida y de una obsesión, que tradujo al castellano Julio Cortázar. Y en 1950, tras una larga crisis derivada de la II Guerra Mundial y de la angustiosa situación que había pasado su marido Roger Antelme, confinado por los nazis en Dachau, Duras volvió a escribir: publicó ‘Un dique contra el Pacífico’ y ‘Un marinero de Gibraltar’. Y las dos, ahora, están unidas por algunos detalles: de Yourcenar, Alfaguara acaba de reeditar un libro delicioso: ‘Alexis o el tratado del inútil combate’, la historia de un músico que se casa y acaba revelándole a su mujer la complejidad de sus sentimientos con una inesperada revelación sobre su condición erótica. Y de Marguerite Duras (1914-1996) se cumple un siglo de su nacimiento.

Marguerite Duras fue una mujer complicada, egoísta, ensimismada y frágil. Ella se consideraba a sí misma un genio (y no parecía decirlo con ironía o con distanciamiento) y, con sus dudas y su inmenso desgarro, fue capaz de desarrollar una carrera literaria muy personal, que nunca encontró acomodo en grupos o movimientos. En su obra se perciben los ecos del neorrealismo italiano, del existencialismo y del ‘Nouveau Roman’ (con Nathalie Sarraute, Robbe-Grillet o Michel Buttor, en algún instante), pero más bien ocupa una región única: la que ella denominó “el mal incurable del amor”. O “el mal de la muerte”, título de una de sus mejores y desesperadas novelas. La muerte, el amor, el sexo, la soledad, el dolor, la melancolía, el alcohol y la locura son sus grandes temas. Y la necesidad de escribir, claro. Mujer de grandes pasiones, defensora del amor físico casi por encima de todo, llevaba la semilla de la insatisfacción en su interior. En algún momento barajó el suicidio: fue algo más que una postura estética o provocadora. La vida le golpeó en muchas ocasiones con los dardos de la desesperación. Se salvó escribiendo. Y ese es el argumento de otra de otra de sus novelas: ‘Emily L.’ Y se redimió creando personajes inolvidables, personajes que la persiguieron toda la vida, como le sucedió con Lol V. Stein, la protagonista de una de sus novelas más extraordinarias: ‘El arrebato de Lol V. Stein’ (1964), la historia de una mujer que vive una gran historia de amor y se percata de que el objeto de sus desvelos, a su vez, se enfrenta a otra pasión más o menos febril o subyugante. A ella le pasó en su vida cotidiana con Gérard Jarlot, un seductor que la enloquecía de celos. Los hombres de su vida, además del amante chino, fueron sus dos maridos, el citado Robert Antelme (tuvo un hijo con él que se murió muy pronto), Dionys Mascolo (tuvieron otro hijo), el citado Jarlot y Yann Andrea. Perteneció a la Resistencia francesa, al grupo de François Miterrand, que siempre estuvo muy cerca de ella, también se integró en el Partido Comunista, pero fue expulsada en 1955. Esas relaciones tiránicas, de intensas dependencias, abonadas al placer, también están presentes en un libro como 'El amor': el relato de tres personajes aparentemente inconexos y náufragos en una isla

De algún modo fue una solitaria. Y una soñadora que conoció el éxito y que pasó por momentos terribles, prisionera del alcohol y de la autodestrucción. Hemos citado algunos libros, pero nos olvidamos de títulos básicos como ‘El dolor’, ‘Destruir, dice’, ‘India Song’, ‘La impudicia’, ‘El caballero sentado en el pasillo’ y ‘El mal de la muerte’ o ‘Los ojos verdes, pelo negro’, dedicado a Yann Andrea. Y por supuesto ‘El amante’, para muchos su obra maestra (la llevó al cine Jean Jacques Annaud), y ‘El amante de la China del Norte’, que nace al enterarse de que su amante acababa de fallecer. Ese hecho le dio pie a reelaborar la historia: el periplo amoroso, la relación con su hermano y con su misteriosa madre. “Escribí este libro en la enloquecida felicidad de escribirlo Permanecí un año en esta novela, encerrada en aquel año de amor”. Una buena parte de sus libros están publicados en Tusquets y en Alianza editorial, sobre todo, pero también andan esparcidos en otros sellos.

Laure Adler dice que “jamás dejó de ser una mujer sublevada, indignada, una apasionada de la libertad. Libertad política, pero también libertad sexual. Pues si fue, por descontado, la escritora del amor, también fue una militante de la causa feminista y era abogada enfervorizada del placer femenino. Reivindicó sin desmayo el derecho al goce y fue, a lo largo de toda su vida, una gran amante. Le gustaba hacer el amor y supo exaltar la fuerza del amor, el goce, el abandono, la exaltación del amor. Y asimismo exploró sus límites y vampirizó sus energías: la búsqueda de lo absoluto como búsqueda del placer”.

Marguerite Duras también fue guionista y directora de cine: hizo veinte películas, cuatro de ellas documentales, y fue guionista y adaptada en varias ocasiones. En 1959 colaboró con Alain Resnais en una película perturbadora: 'Hiroshima mon Amour'. Era una mujer difícil y la relación se resintió, pero eso le pasaba siempre, quizá porque solía decir: “Solo me gusta mi cine (...) Soy un ser insólito, un ser libre que habla al margen de cualquier censura”.

 

*La primera foto la tomo de aquí:

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**La segunda de aquí:

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IGNACIO MARTÍNEZ DE PISÓN HABLA DE 'LA BUENA REPUTACIÓN'

Ignacio Martínez de Pisón acaba de publicar su novela más extensa y quizá la más ambiciosa: 'La buena reputación', que transcurre entre Melilla, Tetuán, Málaga y zaragoza, y narra la historia de una familia judía compuesta por Samuel y Mercedes, sus dos hijas Sara y Miriamb, y los dos hijos de ésta: Elías y Daniel. El libro, publicado por Seix Barral, está dividido en cinco partes, en cinco libro, y abarca más de treinta años de vida. Es, con 'El tiempo de las mujeres' y 'El día de mañana', la novela más totalizadora de Martínez de Pisón. Este jueves, a las 20 horas, la presentará en la librería Los Portadores de Sueños en compañía de Luis Alegre. Una buena parte de la entrevista apareció el jueves en la apertura de cultura de Heraldo de Aragón.

-¿Qué se te había perdido en Melilla?
-Cuando era estudiante de Filología en Zaragoza ya me interesaba mucho la historia del Protectorado, particularmente la Guerra de África y la literatura que se inspiró en ella. Yo mismo acabé escribiendo una novela juvenil ambientada en el norte de Marruecos durante los meses posteriores al Desastre de Annual. Para escribirla recorrí algunas ciudades marroquíes, entre ellas Tetuán, que es uno de los escenarios de esta nueva novela. Donde no había estado nunca era en Melilla. La Semana de Cine de Melilla me invitó hace unos años a participar en una actividad, y eso me permitió descubrir la ciudad, que me gustó mucho. Luego he vuelto en varias ocasiones.


-¿En qué medida nace de tu colaboración y visitas al Festiva de Cine de  Melilla?
Si no hubiera sido por esa invitación, supongo que tarde o temprano habría acabado yendo por mi cuenta. Pero eso me facilitó las cosas y sobre todo me permitió comocer a personas muy vinculadas a la ciuad que me han ayudado a documentarme para la novela. Por ejemplo, a Moisés Salama, que pertenece a una antigua familia sefardí de Melilla.


-¿Qué te llamó la atención de la descolonización y del Protectorado español?
En el año 56 acaba el Protectorado, y los españoles del norte de Marruecos regresan a la Península, su país aunque podía ser que no lo hubieran pisado nunca. Al mismo tiempo, muchos judíos marroquíes se organizan para instalarse en el estado de Israel, creado en 1948 y que ellos consideran su país aunque sus antepasados hubieran abandonado ese territorio cientos de años atrás... En ese marco de inestabilidad brotan sorprendentes sentimientos de pertenencia, que es uno de los temas de la novela.

 

¿Era habitual una situación como la de Samuel, con esa carga tan compleja derivada del judaísmo? ¿Existe un sustrato real de esta familia?
La comunidad judía de Melilla era importante y poderosa. Muchos de los edificios modernistas más bonitos de la ciudad los construyeron judíos ricos de Melilla. La familia que yo me invento tiene una historia muy semejante a la de muchas de esas familias. Y los hechos históricos principales, poco conocidos, son reales. Por ejemplo, la operación organizada por los servicios secretos israelíes para sacar a los judíos de Marruecos y llevárselos a Israel. Fue una operación clandestina que contó con el apoyo del régimen de Franco, a pesar de que éste nunca reconoció el estado de Israel.


-¿Qué tenía de peculiar la vida en Melilla? Parecían estar en tierra de nadie...
La historia de Melilla es en realidad muy breve. Hasta la creación del Protectorado había sido poco más que una fortaleza militar. No nace como auténtica ciudad hasta comienzos del siglo XX, y desde el principio su crecimiento es vertiginoso. A través de la familia protagonista cuento también parte de la historia de la ciudad, peculiar siempre y convulsa muchas veces. Ahora Melilla, ciudad fronteriza entre dos mundos tan distintos, sale en los informativos por los intentos de los subsaharianos de saltar la valla y acceder a Europa. Pero en el pasado hubo muchos otros episodios interesantes que tienen que ver con esa condición de ciudad fronteriza: un éxodo ya olvidado de judíos marroquíes que acabaron instalándose en Melilla a principios del siglo XX, los muy diversos avatares ligados a la Guerra de África, los disturbios de los años ochenta cuando el gobierno español negó la nacionalidad española a miles de melillenses por su condición de musulmanes... En esa tierra de nadie no han parado de pasar cosas.

 

-Vayamos con tus intenciones: da la sensación de que has querido hacer una novela clásica, con algún que fogonazo costumbrista, una saga familiar un poco a la manera de Thomas Mann pero también de Galdós, ¿es así?
Seguramente es mi novela más clásica. Su estructura se adapta a la estructura tradicional de las sagas familiares. Empiezo contando la historia del cabeza de familia, luego la de su mujer, la de su hija Miriam, la de los dos hijos de ésta... La estructura es al mismo tiempo un viaje de ida y vuelta entre Melilla y Zaragoza, la ciudad natal de Mercedes, la mujer del cabeza de familia. Eso hace que la historia acabe cerrándose en sí misma treinta y tantos años después del arranque.

 -Cómo explicarías esa distribución del gran relato en esas series: 'La  novela de Samuel', 'La novela de Mercedes', etc. ¿Quieres darle también cierta autonomía a cada fragmento, a cada biografía?
El mayor triunfo de un novelista consiste en construir buenos personajes, o al menos eso es a lo que yo aspiro. Ésta es una novela de personajes. De cinco personajes, concretamente, y cada uno de ellos es muy diferente de los demás. Intento que nos parezcan absolutamente reales, que acabemos conociéndolos como conocemos a los miembros de nuestra propia familia.

 -De golpe, de modo inesperado, entra en acción una mujer, Alegría. ¿Qué nos puedes contar de ella?
-Alegría es un nombre muy habitual entre las mujeres de las familias sefardíes. Y es un nombre que no escogí por casualidad. La historia de amor extraconyugal que Samuel vive con ella es una vía de escape de los muchos problemas que empiezan a acumulársele. Problemas de todo tipo, pero sobre todo familiares: con su propia mujer, con una de sus dos hijas... 

 -Tu obsesión, o devoción,  por la familia es ejemplar. ¿Qué encuentras ahí dentro, qué fantasmas, qué sombras, qué elementos de fascinación?

Me gustan las historias que tienen algo universal y eterno, y las historias de familias lo tienen. Cualquier lector de cualquier época y cualquier país puede sentir que hay algo de su propia vida en esas historias, aunque lo desconozca todo sobre la sociedad en la que están ambientadas.

-¿Qué es lo que mantiene la tensión del libro: lo inconfesable, los rencores, la culpa, la confrontación de padres e hijos?

No hay familia sin conflictos: conflictos entre padres e hijos, entre cónyuges, entre hermanos... Intento que mis novelas se parezcan  mucho a la vida, y en la vida de cualquier familia pasan cosas así. 

 

-¿Por qué los padres se obstinan casi siempre en repetir los comportamientos que detestaron en el pasado?

Porque los seres humanos cambian con el tiempo y acaban convirtiéndose en personas muy diferentes de las que creían que iban a ser. 

 

-Me ha parecido que ningún personaje es, en el fondo, feliz. ¿Tienes esa  sensación, te sientes conmovido por algún personaje especial? ¿Sientes debilidad por alguno de ellos?
Como los padres con sus hijos, tengo que querer a todos mis personajes por igual. Y en todos hay motivos suficientes para quererlos. También para censurarlos. No son ni buenos ni malos. Son gente que a veces se comporta bien y a veces mal.


-Una de las cosas que me llama la atención es el peso de la fatalidad: Mercedes y Samuel se alejan; las dos hijas se casan mal. Y lo saben. Y acaban enmascarándolo. ¿Por qué?

Hay historias de amor, y varias de ellas acaban fracasando con el tiempo. También eso es ley de vida, como lo es que algunos de los personajes mantenga vivo a lo largo de los años el sueño de algún amor imposible.

 

-¿Te sientes capaz de escribir de personajes felices?
Acuérdate del principio de "Anna Karenina".  Las familias que me interesan son las desdichadas, porque lo son cada una a su manera. 

 

-¿Qué interpretación haces de la sociedad española de aquellos 50 hasta avanzados los 80? ¿En qué cambió España?

La España de la que hablo en la novela es la España en la que la clase media empieza a hacerse mayoritaria. Ése es el gran cambio social de los últimos años de la dictadura franquista y, probablemente, uno de los factores que facilitaron el posterior acceso a la democracia. La evolución hacia la democracia empieza antes de la muerte de Franco y desemboca en un régimen constitucional que seguirá desarrollándose con el paso de los años. Más de la mitad de los españoles actuales no vivieron ese cambio y pueden sorprenderles cosas de esos primeros años de democracia. La ley del divorcio, por ejemplo, es de 1981, seis años después de la muerte de Franco, y su aplicación dependía muchas veces del juez de turno. Lo que cuento en mi novela sobre esa pareja que quiere divorciarse de mutuo acuerdo y el juez se lo deniega con el argumento de que tienen que "darse otra oportunidad" no era infrecuente. Ahora parece increíble, pero así eran las cosas en la joven democracia española.

 

-Zaragoza es fundamental en la novela. Hablas del bulevar, de determinadas calles, de algunos espacios, de la Base Americana... ¿Qué significa para ti esta ciudad? ¿Te resulta fácil insistir en ella como escenario de ficción?

Zaragoza es fundamental en este y en otros libros míos. Cada nueva novela es una buena razón para volver a mi ciudad, especialmente a la Zaragoza de los setenta y los ochenta. Ahí mis recuerdos de esa Zaragoza actúan como un motor para la creación de historias, la reconstrucción de detalles, la recuperación de cafeterías o cines que ya no existen. La propia memoria es con frecuencia el terreno en el que nacen las historias. En este caso, el hecho de que Mercedes, la mujer de Samuel, haya nacido en Zaragoza me facilitó ese regreso. En algún momento de su vida, se activa en su interior un atávico sentimiento de pertenencia y decide volver a sus raíces. Pero eso genera un conflicto, porque para realizar ese propósito de regresar está obligando a su marido melillense a desprenderse de sus propias raíces...

-Háblame del incendio del Corona, que aparece en tu novela.

-Fue un acontecimiento que me impactó. Una tragedia de esa magnitud, tan cerca... Siempre tienes la sensación de que esas cosas ocurren lejos, en Estados Unidos, en China... Un hermano mío estaba haciendo la mili en una oficina cerca del hotel y vio a gente que se lanzaba al vacío, a los bomberos tratando de rescatar a los que pedían auxilio desde los balcones... Es muy difícil hablar de la Zaragoza de entonces sin mencionar ese incendio. Pero en mi novela no forma parte del decorado sino de la historia misma, aunque, por supuesto, no puedo desvelar de qué modo.

- ¿Por qué pareces sentirte tan cómodo en cualquier espacio y en cualquier tiempo?

En realidad creo que no es del todo así. He ido acotando mi territorio literario: una geografía bastante concreta, unos períodos históricos determinados. Los escritores que me gustan tienden a hacer lo mismo: las historias de Anne Tyler transcurren siempre en Baltimore, las de Alice Munro en una zona determinada de Canadá... 

 

-¿En qué consiste para ti escribir?

Con el paso del tiempo me he ido inclinando cada vez más por el realismo. Escribir sobre la realidad es una invitación que se hace al lector para que se reconozca en los personajes, en las situaciones, en las reacciones de unos y otros. Yo también cuando leo novelas busco un espejo en el que ver reflejado algo de mí.

 

-¿Cómo ha evolucionado Martínez de Pisón, por qué te resulta ya tan fácil irte a las 636 páginas y quedarte tan ancho?

Las historias de familias son tan largas como uno quiera que sean. Todo depende de dónde sitúes el principio y el final y de cuántos miembros de esa familia te interesan como protagonistas. Podría haber empezado con la historia del padre de Samuel y haber continuado las historias de los dos nietos de éste, y la novela se me habría ido a las mil páginas. Intentaré no escribir novelas tan largas, pero ésta tampoco podía ser mucho más breve. De hecho, si quisiera hacerla más corta, tampoco sabría dónde meter la tijera. Desde luego, no en la prosa, que tiende a la concisión y huye de los excesos retóricos.

 

-¿Tienes la sensación de que estamos viviendo la exaltación de la realidad?

-La crisis ha cambiado la percepción de las cosas, también la de la literatura. Hace cinco o seis años se escribía mucho sobre la Guerra Civil, quizás porque el presente no reclamaba demasiada atención. Ahora se escribe y se lee más sobre la Transición, supongo que tratando de encontrar algunas claves para descifrar este desaguisado actual.

 

JAVIER TOMEO: UN DICCIONARIO

[Páginas de Espuma ha publicado uno de los libros póstumos de Javier Tomeo: 'El fin de los dinosaurios', que lleva textos de contexto y análisis de Juan Casamayor, Ismael Grasa y Daniel Gascón. Y yo he confeccionado este pequeño 'Diccionario' de Tomeo. Ya circula en el libro, pero por si alguien quiere conocer mejor a Tomeo, aquí está.]

Javier Tomeo, caricatura de Luis Grañena.

[El diccionario está basado en diversas entrevistas: de  de Ramón Acín para Rolde, de Ismael Grasa para el volumen Los nuevos ilustrados de Rolde Estudios Aragoneses (2007), de Antón Castro en Veneno en la boca (Xordica, 1994), y de Antón Castro y Daniel Gascón para Javier Tomeo. Parábolas y monstruos, publicado por el Ayuntamiento de Zaragoza en 1999. También se recogen entrevistas de Antón Castro para El día de Aragón, El Periódico de Aragón y Heraldo de Aragón, así como de Elena Pita para El mundo, de Carles Geli para El País, de Benito Garrido para Culturamas o de Elena Sierra para ABC, a las que se puede acceder en Internet.]

 

ANIMALES

“Si yo admiro a los animales por su perfección, exactitud, por ser fieles a sí mismos y no andar con hipocresías como los hombres, eso supone también un respeto. O sea, que soy ecologista sin llegar al extremo de algunos: la filantropía morbosa, eso de los cementerios de perros y demás”. (...) “Entender a los animales es la obligación de los poetas”, digo. El poeta, que no es sólo el que pone un verso debajo de otro, tiene que vivir en armonía con lo creado. La poesía es un estado de ánimo, una disposición a esa armonía. Hay que intentar entender a los animales”. (...) “Los animales te permiten conocer mejor el instinto de los hombres. Los animales son metáforas vivientes, minúsculas; te ayudan a acceder al ser humano. En el fondo hay un gran paralelismo entre el hombre y el animal. Piense en el mimetismo de los insectos; piense en el camaleón. El hombre también es un maestro del camuflaje o de colocarse al sol que más calienta. Es rojo donde más hay que serlo, pongamos por caso”. 

 

ARAGÓN

“Me marché pronto del pueblo, pero era un regresar continuo. Iba a un colegio de Barcelona. Una vez, de regreso al colegio, sugerí a un compañero de curso, con la mejor buena fe del mundo, las ventajas de besar la suela de mis zapatos porque habían pisado tierra aragonesa. Hasta tal punto era la devoción y la mitificación de Aragón. Cosa que los aragoneses que no se han ido no la sienten, ni tienen por qué”.

 

AYERBE

“Tenía un tío en Ayerbe (Huesca), Antonio Sanvicente. Tenía un hotel y estaba en una buena posición económica. En mi pueblo mi familia era de labradores, y en Ayerbe mi otro tío, casado con una hermana de mi madre, tenía un hotel, el hotel Universo. Ayerbe era entonces un pueblo importante, un cruce de caminos donde iban muchos corredores, vendedores...  (...) Yo estuve ahí muchos veranos, en la huerta de los Pie. Aquello era el paraíso terrenal. Yo vivía en el hotel, en un ambiente cómodo y confortable. Había hasta teléfono. Mi tío cazaba jabalíes, con las autoridades del pueblo, supongo. Volví a la huerta de los Pie hace tres o cuatro años. Está fraccionada, hay casas, chalés. Ya no es esa inmensa huerta de los Pie”.

 

CINE

“Nunca fui un gran aficionado al cine. Para mí el cine ha sido sobre todo entretenimiento, que es lo que sigue siendo ahora. Sólo está el dios Buñuel, que hace las películas que a mí me gustaría escribir. Hay dos o tres directores más, pero en general me interesa poco el cine. Veíamos cine colonial, Tres lanceros bengalíes, La carga de la brigada ligera, todo eso. Había una, Puerta cerrada, con Libertad Lamarque, que cantaba tango. Veía películas de indios. Había películas de indios y películas de miedo, que básicamente eran Drácula y Frankenstein, con Boris Karloff y Bela Lugosi”.

 

CUENTOS

“Escribo cuentos casi desde el principio. Empecé haciendo novela social, pero a las diez o quince páginas me cansaba. Me aburría. Me pasé a los relatos, de media distancia, aunque también he escrito microcuentos, y me pasé a la novela corta, que es el género donde me siento muy cómodo. Eso sí, siempre he escrito cuentos de anomalías, psicopáticos”.  (...) “Publiqué en los años 50, en El Noticiero Universal, una colección de relatos que se llamaba Cuentos del Sábado. Eran breves y supongo que se percibiría el influjo de las lecturas de Carson McCullers, una escritora norteamericana, y supongo que aún no habría superado la fase imitativa. Además, me publicaron otros cuentos que he perdido, por los que me pagaban 200 pesetas, que era mucho. Julio Manegat fue esencial porque me dio alas”.

 

Javier Tomeo por Santi Burgos.

 

DEFORMACIÓN

“Tengo una retina especial, un juego de espejos cóncavos y convexos, la realidad me entra por los ojos, la veo, la capto, me penetra, la siento y la devuelvo deformada en las cuartillas. Pero la devuelvo deformada no con la intención de hacer una caricatura, sino con la intención de que el lector pueda reconocerse mejor a sí mismo a través de esta deformación de una realidad que él conoce”.

 

 

ESCRITURA

“Vivo en espacios cerrados. Pocas veces, en una gran ciudad, el hombre se enfrenta con espacios abiertos. Es lógico que mis novelas se desarrollen, sobre todo, en espacios cerrados. Escribo siempre en una pequeña habitación y solo con luz eléctrica, jamás a la luz del sol”. (...) “Es cierto, me levanto siempre muy pronto, a las cinco o a las seis de la mañana, y trabajo mucho. Sigo en esto lo que decía el novelista Tomás Salvador, del que aprendí mucho; según él, escribir no es un problema de vocación, sino de transpiración, de sudar. Además, mis novelas son breves, no anoréxicas, como decía un famoso novelista mexicano. Él decía que abundan las novelas anoréxicas, la novela delgada. Yo creo que lo que abundan son las novelas obesas, excesivamente grasientas”. (...) “Me rijo por la condensación: si puedo decirlo en cuatro palabras, no uso ocho; en general, los españoles son oradores que escriben; es lo que dice Marsé con toda la razón: esa literatura de sonajero que suena mucho pero pesa poco; por eso mis novelas, por fuerza, han tenido que ser cortas, como la coz de una mula: más fuerte que la de un caballo. Escribir es como la alquimia: inalcanzable; muchos altisonantes hacen que las palabras estén iluminadas por fuera, pero la luz de las palabras ha de ser interior, cada una ha de tener esa luz interior, mágica, que le da el estar en el sitio que le corresponde. Intento seguir la Filosofía de la composición de Poe y que mis palabras nazcan, como lo hacen, de forma espontánea para luego someterlas a una gran introspección”.

 

GALLITIGRE

“El gallitigre es la expresión de la armonía universal, de la unión entre los contrarios. Gallo y tigre. El día en que sea posible el amor entre esas dos criaturas tan diferentes, y haya un fruto (que sería el gallitigre), entonces posiblemente el mundo regrese a una nueva edad de oro, suponiendo que haya existido una. Para la crisis sirve perfectamente esta metáfora; parece como que ya escribí en su momento pensando en la actual crisis”.

 

GOYA

“Me llena de orgullo esa idea de que soy heredero de Goya, pero no es fácil para mí entender en qué somos parecidos. Él es un genio universal. Quizá sea por nuestro origen aragonés, por un paisaje de fondo, por el carácter. Si de Goya me gusta todo, otro tanto me ocurre con Luis Buñuel. Siempre recordaré una frase de mi editor Jorge Herralde, de Anagrama. Dijo: «Javier Tomeo es una inesperada colisión entre Kafka y Buñuel». Ja, ja, ja. La idea es bonita. Luis Buñuel también es amigo de los monstruos y escarba como pocos en los abismos de la conciencia humana”. 

 

GUERRA CIVIL.

“Quicena estaba en zona republicana. Huesca en zona nacional. Las trincheras quedaban, poco más o menos, a la altura del antiguo manicomio. La carretera, poco más allá del Desmonte estaba cortada. Por la noche se oían los “pacos”, los estallidos de las bombas que para mí sonaban como una cohetería ajena a cualquier idea de muerte y destrucción. Luego nos refugiamos en Almunia del Romeral, en plena Sierra de Guara. Aviones de dos alas ametrallaban a los soldados que huían a Francia. Otros niños me mostraron entonces, en un ángulo del cementerio, los ataúdes de los milicianos muertos que enterraban de lado para que cupiesen más. Vi también cómo los chicos, algo mayores que yo, aprendían a disparar contra los buitres con un viejo mauser abandonado, en un barranco próximo a Quicena, al pie de La Cobertera. Aquellos no eran buenos tiempos para los ecologistas”.

 

HUMOR

“No sabría cómo definir mi humor. Es muy aragonés. Y es muy espontáneo. Me sale así, sin buscarlo, como si fuera la constatación del contraste entre lo que puede suceder y lo que sucede. El mío es más bien un humor negro que intenta hacer reflexionar. No provoca la carcajada, no es una invitación a reírse; mi humor desata una risa leve, una mueca, y poco a poco se transforma en meditación. Tampoco me gusta que la gente se desternille con mis cuentos. Y de esa reacción en cortocircuito irrumpen el absurdo, el descontrol, la sorpresa. Aún así, soy muy meticuloso escribiendo, corrijo mucho. Me tomo mi oficio muy en serio”. 

 

INSECTOS

“El niño es un criminal nato, decía Cesare Lombroso. Recuerdo que yo organizaba grandes combates de lagartijas y hormigas. Destripaba muñecas, a ver qué tenían dentro, o el caballo de cartón. En el niño prevalecen los instintos atávicos. El mundo de los insectos es fascinante. Siempre digo que los insectos, con su conducta instintiva, siguen códigos que nos sirven muy bien a la hora de interpretar conductas humanas. Los insectos son hermosísimos, su simetría es impresionante. Diría yo que la simetría solo existe en los insectos”.

 

INTERNET

“Internet significa una forma de aprendizaje ansiosa y desmesurada, y esa cultura es, sin el concurso entrañable del profesor, algo demasiado rápido: es como la comida basura frente a la buena cocina catalana o aragonesa. Está bien Internet, esa red de redes nos ha cambiado la vida, pero no nos ha librado de la soledad. Me interesó mucho una noticia: en Shanghai ya hay centros para desintoxicarse de la adición a Internet”.

 

KAFKA

“Me sacan los colores los que me comparan con ese gran genio que es Kafka, pero bueno... No está nada mal. Prefiero que digan que me parezco a Kafka que a Rafael Pérez y Pérez, por ejemplo. Bromas aparte, con Kafka coincido a través de Freud y del subconsciente. Yo soy el escritor del ello, en mis personajes lo que prevalece es el ello –atávico, irracional, agresivo- frente al yo –civilizado, contemporizador-. Y Gregorio Samsa es la gran metáfora del ello”.

 

 

LITERATURA

“La literatura puede ser una forma de protestar contra una situación. Primero llegan los poetas y luego los que luchan con las manos. Siempre ha sido así. Una misión del escritor es señalar imperfecciones, otra es la de deleitar simplemente”. (...) “Escribir es abrir una ventana y ver el paisaje y contárselo a los que no están asomados contigo”.

 

MENSAJE

“No pretendo ni quiero ser Pepito Grillo, que está siempre dando consejos a Pinocho. La palabra ‘mensaje’ me da un poco de miedo. Me sirvo de la ficción para señalar dónde nos aprieta más el zapato de nuestras imperfecciones. No pretendo dar soluciones”.

 

MATRIMONIO

“Ni yo mismo lo sé [que estuve casado]... Fue una etapa de mi vida. Yo creo en la pareja. Tal vez los escritores somos personas difíciles, vivimos mirándonos el ombligo. Tal vez exigimos más de lo que estamos dispuestos a dar. Lo cierto es que se acabó”. (...) “Mi relación con las mujeres podría ser mejor. Mi estado civil es indefinido porque una vez me casé y la unión fracasó, por mi culpa, porque los escritores somos vanidosos y egocéntricos y no somos buenos compañeros. El caso es que después firmé unos papeles en holandés y, como no los entendía, no sé si era el divorcio, la separación u otra cosa”.

 

MONSTRUOS

“La gente perfecta, feliz y simétrica, carece del interés literario que poseen aquellos individuos que revelan algún tipo de anomalía. Los pueblos felices no tienen historia. Hay que entender esta monstruosidad como una suerte de metáfora” (...) “Los monstruos son difíciles ejercicios de amor”. (...) “Yo no he superado a los monstruos, el monstruo es una metáfora, es una vía de perfeccionamiento interior; está ahí para que aprendamos a amarlo, para que nos sintamos menos disconformes con nuestras pequeñas anormalidades de burgués. Y el miope, el miope no me sirve más que para señalar lo difícil que es encontrar el camino adecuado. Lo que abunda en mis novelas son criaturas atípicas, esperpentos casi”.

 

MUJER

“De misógino no tengo nada. Lo que pasa es que el hombre está más dentro de mí y me resulta más fácil hablar sobre el hombre que sobre la mujer, que es un misterio maravilloso para mí. Quien cree que que conoce a las mujeres se equivoca. La mujer ha nacido para ser amada y no para ser comprendida. Pero siempre hay mujeres detrás, siempre hay una mujer que me inspira”. (...) “La mujer es para mí expresión terrestre de la inmortalidad. Como decía Lamartine, en el principio de todas las cosas grandes hay una mujer. Puede que, precisamente por admirarla y desearla tanto, sea demasiado exigente”.

 

PERSONAJES

“Mis personajes son seres reales, forman parte de la realidad. Pero son personajes quintaesenciados; los ofrezco en condiciones de ser digeridos plenamente. Personajes arquetípicos, con una pretensión de universalidad. Seres, por lo general, incomprendidos y solitarios”.

 

QUICENA

“Yo iba desde mi pueblo a La Cobertera. Recuerdo que una vez, después de estar unos años sin venir, entré en trance cuando regresé. Fui volando, sin pisar el suelo, desde mi pueblo hasta La Cobertera. La cobertera es una parte del monte de Quicena. (...) Hice el recorrido emocionado, en éxtasis, y sin dejar de hablar. Me gustaría tener grabado lo que dije, eran unos años de exaltación. (Iba) solo, solo. No lo digo nunca porque me da vergüenza. Me gusta contener los sentimientos. Me tumbaba en el suelo y me apretaba contra él como si fuese una mujer. No era yo. Fue mi reencuentro con la tierra después de unos años. La Cobertera es una parte muy especial, tiene forma de cobertera, con la roca arriba”. (...) “Quicena es mi pueblo irremplazable y Montearagón el castillo de mi infancia”.

 

RAMÓN

“Mi amigo Ramón dice que el parecido entre hombres y animales procede de una relación anterior entre mujeres y bichos. Es la teoría de un amigo maravilloso y confidente que me cuenta cosas extrañísimas que no sé si las sueña o no, pero que me sirven de inspiración: se llama Ramón. Puede resultar un poco ofensiva para las mujeres, pero bueno. Él dice que antes de existir hombres, la mujer se relacionaba con animales, y que de esa herencia nacieron los hombres mosca, hombres pez...” (...) “Mi amigo, y personaje de mis textos, Ramón o Ramoncito me decía siempre que había gente que sacaba a pasear a sus monstruos a las cuatro o cinco de la mañana. Decía que estaban ocultos durante el día y que salían de madrugada y por poco tiempo. Es probable”.

 

RARO

“Depende, claro está, de lo que se entienda por normalidad. ¿Qué es normal? ¿Lo que más abunda? Pues, entonces, no hay duda, soy raro. Ser raro, sin embargo, no es malo. Puede ser, incluso, un piropo. Quevedo decía que el sol, para hacerse estimar, no habría de salir cada día”.

 

El joven Javier Tomeo. De El mundo y El periódico.

 

SER ARAGONÉS

“El aragonés es un hombre que no presume de ser aragonés. Es como cantar jota, se clava en el centro del escenario y canta. No tiene necesidad de ponerse de puntillas. Se ofrece como una realidad, como un castillo roquero. Pero eso de hablar de ser aragonés, o catalán, se va a perder dentro de poco porque vamos a llegar a una mezcla de culturas y razas. Seremos todos del mismo sitio”.

 

TEATRO

“Mis novelas son situaciones dramáticas con un principio, un desarrollo y un desenlace. Pocos personajes, economía de palabra, situaciones en tiempo real… todo esto a los que hacen teatro les motiva y estimula. Algunos han dicho que mis novelas tienen una visión anticipada de lo que puede ocurrir en el escenario, y eso hace que sea relativamente fácil adaptarlas al teatro. La palabra que se escribe para ser leída a solas en la habitación tiene un peso diferente a la palabra que se escribe para ser representada, actuada, dicha. La magia de un actor que se mete en la piel de tu personaje y lo ves vivo, es algo que impresiona, pues piensas que ese personaje lo has creado tú”.

 

 

TELÉFONO Y TELEVISIÓN

“No hay nada más frustrante que un teléfono que no suena, y a la vez la telefonía móvil se vuelve alienante. La televisión es la versión eléctrica y actual del demonio”. (...) “No soy en absoluto partidario de la televisión, pero solo se puede escribir desde la mala leche, y la televisión es, en este país, el instrumento ideal para cargarse de mala leche”.

 

 

VERANO

“A mí me marcaron mucho los veranos intensos en Aragón. Yo estaba en estado de gracia, con la casa donde nací. Vuelvo de vez en cuando, pero, claro, es una casa ya transformada. Da tristeza, porque entonces pienso que cualquier tiempo pasado fue mejor, aunque sea mentira. Porque ahora se vive mejor, más higiénicamente. Nací en una casa que posiblemente había permanecido igual durante los últimos quinientos años, salvo reparaciones puntuales. Nací en la misma alcoba donde nació mi abuelo. Eran unos tiempos muy duros. Era una casa de pueblo con tinaja, sin agua corriente ni luz eléctrica, que se puso después de la guerra. Íbamos con candiles. Yo conozco la magia del candil, cuando pasas de una habitación oscura a otra. ‘Una almendra luminosa’... Luego, cuando regresabas a la ciudad, a tu casa habitual, comprendías las ventajas de la civilización”.

 

ZOOLOGÍA

“Más que un zoólogo frustrado, algunos que me quieren mal podrían tal vez pensar que en realidad soy un animal frustrado, tal vez un cerdo, quizás un asno, aunque todos sabemos que hay asnos que son más inteligentes que ciertas personas. Hablando en serio, me gustan los animales, domésticos y salvajes. Siempre he sido aficionado a consultar libros sobre la vida y las costumbres de los animales. [Si fuera animal], me gustaría ser un ave rapaz, que parecen volar sin esfuerzo y lo ven todo desde arriba”.

CHÉJOV: LO REAL Y LO INVISIBLE

CHÉJOV: LO REAL Y LO INVISIBLE

CHÉJOV

El maestro de lo real y lo invisible

                                      

Páginas de Espuma se ha especializado en el relato y suele alternar libros de cuentos inéditos, de autores españoles o hispanoamericanos, con la edición de ‘obras completas’ de Maupassant, Poe o Tomeo, entre otros. Con edición e introducción de Paul Viejo, escritor y especialista en literatura rusa, publica a uno de los grandes maestros de todos los tiempos, Antón Chéjov, y precursor del microrrelato (“La brevedad es la hermana del talento”, dirá años después), como se ve en el primer volumen de los cuatro que se han proyectado. En total, serán alrededor de 5.000 páginas y más de 600 cuentos. Esta edición ofrece importantes novedades: recuperaciones de inéditos, nuevas traducciones, ordenación cronológica, índices, etc.

Anton Chéjov (1860-1904) fue médico, tuvo una familia muy complicada de parientes alcohólicos y artistas, su propia madre fue una excepcional cuentacuentos, y él fue el más trabajador en medio del caos. La primera entrega abarca 240 cuentos de técnica, temática e inspiración diversa. Con apenas veinte años, ya se veía que Chéjov, que residía en Moscú y era estudiante, poseía un talento especial dado al humor, ingenioso y centelleante. Le costó publicar sus primeras piezas, pero luego lo hizo con tanta prodigalidad y variedad de recursos que con tan solo veintidós años ya barajó la posibilidad ordenar un primer libro de relatos, que aparecería en 1886 bajo el título de Cuentos de Melpómene.

Chéjov era un escritor imaginativo e impulsivo que concebía la literatura como un juego donde todo era posible: podía hacer cuentos-inventario, cuentos de costumbres, cuentos inspirados en notas de prensa, puras parodias o variaciones sobre cuestiones geográficas, cuentos que nacían de una interrogante o de una glosa publicitaria, cuentos que parecen un suspiro –con acción, retrato de personajes y una carga de ironía- en apenas veinte líneas.

El libro se abre con ‘Carta a un vecino erudito’ que explica el desconcierto y la soberbia de un militar anciano que le escribe a un científico que acaba de trasladarse a su mismo barrio. A partir de ahí, Chéjov crece y crece como quien ejecuta un divertimento, aunque no tardan en aparecer algunas piezas que ya llevan una carga incuestionable de profundidad como ‘Se fue’, de las mejores, ‘El gordo y el flaco’, ‘Carta a un reportero’, remitida por un sastre, o ‘Flores tardías’, que aborda la decadencia de un príncipe y de su entorno, y otro tema muy querido por él: los amores imposibles. Pocos han contado la vida y la existencia invisible, que envía sus detonaciones de ilusión, como Chéjov: la melancolía, la soledad, el desamparo, la sensación de derrota. Él, tan eficaz y tan elíptico, sabía teñir cualquier texto con un barniz de piedad. Algo que no ha pasado inadvertido para Carver, Piglia o Munro, por citar algunos de sus admiradores y herederos.

Cuentos completos. I Volumen. Antón P. Chéjov. Edición de Paul Viejo. Páginas de Espuma. Madrid, 2013. 1166 páginas.

 

*Este texto, con algunos cambios, apareció en la revista ’Mercurio’ que dirige Guillermo Busutil. 

JULIO CORTÁZAR DE LA 'A A LA Z'

JULIO CORTÁZAR DE LA 'A A LA Z'

 

Julio Cortázar, que en realidad se llamaba Julio Florencio Cortázar, nació accidentalmente en Bruselas el 26 de agosto de 1914, hace ahora un siglo, y falleció tal día como ayer, en París, en 1984, hace treinta años. Julio Cortázar, por una razón u otra, siempre está de moda: es el escritor seductor, atractivo, moderno, que conjuga un sinfín de aptitudes o características: amaba el tango y el jazz, disfrutaba con el boxeo (de joven iba a ver combates y redactaría luego varios cuentos: 'La noche de Mantequilla' o 'Torito', entre ellos), le encantaba viajar ( «Desde pequeño los viajes fueron para mí el objetivo final de mi vida», confesaría), le apasionó la política, sobre todo tras conocer a su compañera Ugné Karvelis. No solo eso: era un buen fotógrafo y entendía la existencia y la literatura como juego, como aventura, como una forma gozosa e imaginativa de estar en el mundo.

 

Eso se percibe en varios de sus libros: en 'Un tal Lucas' o 'Historias de cronopios y famas', pero muy especialmente en 'Rayuela', un ejemplo de novela abierta, híbrida, que convirtió a París en un escenario real y mental, en una región de la imaginación y del delirio donde todo era posible para La Maga, para Horacio Oliveira, para tantos y tantos otros que parecían moverse como si fueran criaturas de un espejismo de Joyce. Y se percibe, claro está, en libros como o 'Último round' o 'La vuelta al día en 80 mundos', donde explora y subvierte los géneros y donde mezcla la narración pura, la evocación, el apunte de memorias, el periodismo o la nota de ensayo. Vinculado al Oulipo, el Taller de Literatura Potencial que habían frecuentado Ray-mond Queneau, Georges Perec e Italo Calvino, entre otros, Cortázar se atrevía a casi todo: a escribir del erotismo de un modo diferente, con un ceceante susurro de ritmos e incitaciones; se atrevía a crear arrebatos léxicos, a soñar en cada frase con alma de poeta: «Te digo: 'Perdóname, estaba soñando que te acariciaba, y te toqué sin querer'. Y solo entonces me despierto de veras». En cierto modo, Cortázar vivió con el espíritu de la poesía; su lírica, dicho sea de paso, se recoge en el volumen 'Salvo el crepúsculo'.

 

El marino de Banfield, lector

Julio Cortázar vivió cuatro años en Bruselas y, con una peculiar manera de pronunciar la erre, se trasladó a Banfield, un barrio suburbano de Buenos Aires. Aunque era un niño melancólico, un lector voraz que ni quería ver el sol (un médico le aconsejó que durante cinco o seis meses no leyese), soñó con ser marino; a los ocho años escribió una novela que su madre jamás le quiso entregar: ella sospechaba que ese libro iría directamente al fuego. Hubiera sido un marino gigante de 1.92 m. Cortázar le escribió a un amigo: «... la vida me va quedando chica como los trajes cuando tenía doce años y cada semana crecía un par de centímetros». Un libro como 'Opio' de Jean Cocteau le marcaría la vida: sería como un despertar a otra concepción de la escritura y de la lectura.

Cortázar fue maestro, tenedor de libros, viajero, traductor profesional en la Unesco y de Poe, Defoe, Gide y Marguerite Yourcenar y, sobre todo, fue un explorador de la frágil membrana que comunica la realidad y la ficción a través del cuento. Quizá sea uno de los cuentistas mayores de todos los tiempos y uno de los que mayor influencia ha ejercido en todo el siglo XX, desde la aparición de su 'Bestiario', reeditado ahora en Alfaguara ala vez que 'Todos los fuegos el fuego', hasta sus últimos títulos: 'Alguien que anda por ahí', 'Queremos tanto a Glenda' o 'Deshoras', un libro en el que rinde homenaje a sus años de profesor.

El arsenal de los recuerdos

Acaba de publicarse un libro especial, amoroso y sugestivo como 'Cortázar de laAala Z . Un álbum fotográfico' que propone un recorrido por sus manías, su correspondencia, sus amigos, su casa, su afición a la trompeta, su veneración por Glenda Jackson o por la cantante de tango Susana Rinaldi: es decir, aquí, con una maquetación especial, está su fascinante vida. Es un libro en cierto modo para fetichistas, para lectores de Cortázar y para amantes de la literatura y de los libros.

 

Es un itinerario, una excursión por el dibujo, la pintura, la caligrafía, las postales, los autógrafos, las epístolas, los recuerdos, las abundantes fotografías; 'Cortázar de laAala Z ' es una cita con la incesante pulsión vitalista de un hombre arrollador, el amante de las mujeres y del amor, que tenía el síndrome de la eterna juventud. Se abra por donde se abra, los hallazgos son particulares. Por ejemplo, en el vocablo 'City College' leemos una carta que les remitió a los aragoneses Paco Uriz y su esposa Marina Torres, traductores de lenguas nórdicas: «Estuve ya en el Barnard College y en el City College de Nueva York, y me di cuenta de lo útil que es darles a esos muchachos una noción fidedigna de lo que pasa en nuestras tierras; ellos nos leen mucho, pero sólo en el plano literario, las noticias políticas las reciben a través de la prensa yanqui... y con eso queda dicho todo». Cortázar siempre estuvo preocupado por la política: era un activista de izquierdas que apoyó la Revolución Cubana, y la nicaragüense, se opuso a la dictaduras chilenas y argentina y firmó manifiestos. La novela del compromiso y la militancia sería 'Libro de Manuel'.

 

Como estamos en vísperas del Día de San Valentín queríamos acercarnos, con la ayuda del volumen y de otros materiales, a la vida amorosa de Cortázar, que declaró en una ocasión: «No soy excesivamente monógamo». Al principio, desde los años 30 hasta mediados los 40, pensó que iba a ser un solterón empedernido. Las mujeres parecían esquivarlo.

 

Aurora, Ugné y Cristina, amadas

 

En esas apareció Aurora Bernárdez, traductora e hija de gallegos de la emigración, con quien fue muy feliz durante algunos años. Se casaron en 1953. El álbum tiene una entrada 'Carol' a doble página. Cortázar dice en una carta a Eduardo Jonquieres: «Pude hablar, pude decirle a Aurora lo que tenía que decirle, y pude venirme a Francia sin ninguna esperanza, pero con una serenidad que era por sí sola una altísima recompensa a mi cariño». En otra carta posterior, le dice: «Por el momento, A . y yo damos más bien la sensación de dos camaradas que arriman el hombro (el de ella me da en las costillas) para que las cosas sean más divertidas y verdaderas. Tenemos una buena costumbre: estamos de acuerdo en casi todo lo fundamental, y discutimos como leopardos sobre lo nimio. En esa forma desahogamos los humores sin malograr nada de lo que cuenta». Vivían en París y se separaron definitivamente en 1967, cuatro años después de la aparición de 'Rayuela', aunque las divergencias -y los amores contingentes de Cortázar- venían de antes. Algunos la definen como «una señora» y fue y es, ante todo, una gran traductora y una mujer que se ha preocupado por cuidar y divulgar la obra de su exmarido. De hecho, es con Carles Álvarez Garriga, estudioso de la obra cortazariana, la encargada de este álbum.

 

A Aurora la sucedió Ugné Karvelis, con la que nunca se llegó a casar. Era lituana y germanista, 22 años más joven que Cortázar y se quedó fascinada con el escritor a raíz de la aparición de 'Rayuela'. Diría: «Acorazada tras mi ejemplar de 'Rayuela' terminé por lanzarme al asalto del gran hombre, me interpuse entre él y el mostrador de la recepción en donde iba a depositar su llave. 'Oh sorpresa: me invitó de inmediato a tomar un mojito'». Era una mujer de carácter que acabó prisionera del alcohol. Y quizá tampoco supo aceptar la amistad de Cortázar con Cristina Peri Rossi, a la que siempre consideran una de sus amantes, a pesar de su condición lésbica.

 

En el álbum y a propósito de ella, Cortázar le escribe a Ariel Dorfman y le dice: «No soy hombre confidencial, lo sabes, y te evito detalles; digamos que lo de siempre, incompatibilidades cada vez más manifiestas, de las que se desprende la infelicidad, la agresión, lo inútil de prolongar algo que fue bello y ha dejado de serlo». Peri Rossi le oyó decir a Cortázar: «Ugné es muy celosa, te va a odiar. Olvídate de publicar en Francia, lo va a impedir».

 

Cortázar tuvo otras amantes: la inglesa Edith Aron, a la que conoció en un viaje en barco hacia Europa, y la fotógrafa holandesa Manja Hofferhaus.

 

De Manja a Carol Dunlop

 

En el álbum se recoge una postal que le dirigió en francés en 1971. Le decía: «Me acuerdo con gran alegría de toda la música que hemos hecho y escuchado juntos, música de los sonidos, de los cuerpos, del espíritu (…) Me acuerdo de tu perfume, de tu sonrisa. Sí, escucharemos juntos otra vez a Mozart, ¿no?». En 1979, o quizá un poco antes, entró en su vida la escritora estadounidense Carol Dunlop: se casarían en 1981 y ella moriría al año siguiente. Se llevaban 32 años. La boda «me da una tranquilidad muy grande en este momento de mi vida», dice Cortázar en la voz 'Casamientos'. Fue un amor intenso y breve; en un poema le decía: «Te quiero tanto silenciosa hacedora de música / que no necesita sonidos para lanzarme girando / a un viaje llamado carol / llamado amor». Junto hicieron un viaje casi de despedida que se titula 'Los autonautas de la cosmopista' y que redactaron a cuatro manos.

 

Julio Cortázar murió a consecuencia de una leucemia en 1984. Algunos cronistas (entre ellos el crítico aragonés Rafael Conte y la citada Cristina Peri Rossi) dijeron que había muerto a consecuencia de una transfusión de sangre contagiada de sida. Aurora Bernárdez acudió a su lado y le cuidó hasta el final cerca de sus libros y sus discos. Fue enterrado en el cementerio de Montparnasse al lado de Carol. Quizá para hablar con ella, «a través de mi corazón», de Charlie Parker, 'Bird', el hombre que le inspiró un texto memorable: 'El perseguidor'. Le dirá: «Quiero ver tus pestañas apuntando a las estrellas / tus manos jugando con la bola de cristal que me diste».

 

FICHA

 Cortázar de la A a la Z. 'Un álbum biográfico'. Edición de Aurora Bernárdez y Carles Álvarez Garriga. Diseño de Serio Kern. Alfaguara. Madrid, 2014. 314 páginas.

 

*Este artículo se publicó en 'Artes & letras' de Heraldo de Aragón.

PEQUEÑA ANTOLOGÍA PERSONAL

PEQUEÑA ANTOLOGÍA PERSONAL

[Xavier Pintor y Xavier Seoane organizan todos los años, en A Coruña, un ciclo literario en el que invitan a un escritor o dos por sesión. A mí me juntaron con mi querido Xulio López Valcárcel, poeta, crítico y viajero, entre otras muchas cosas. El acto fue el pasado jueves. Fue una bonita experiencia para mí. Pintor y Seoane me pidieron una pequeña antología de textos. Además de otras cosas que habían seleccionado ellos, les mandé estos textos. ]

EL ESCRITOR IMPOSIBLE

 

Lo que más le gustaba en el mundo era escribir. O quizá oír el gemido del viento, sentir ese latigazo del aire y escribir luego. Las palabras eran como seres vivos, como lagartijas o como salamandras negras que brotaban de su pluma. Para él escribir era como pintar o fundar un mundo intacto, y a medida que inundaba el papel percibía una fuerza interior, una certidumbre de fuego. Al terminar, una vez que había invocado gentes, paisajes y pájaros, matices de la vida, el texto se volvía contra él: le producía espanto. Y al final el miedo se tornaba remordimiento. Decía que ya nunca podría salir a la calle o hablar con los paisanos, que llevaba años sin poder conciliar el sueño, que era incapaz de abandonarse al placer o a la pereza. ¿Qué iban a pensar de sus escritos, cómo iba a justificar los adjetivos, la ironía, la sed de más sílabas o la violencia de su pensamiento? Un día declaró que se sentía culpable de impotencia: las palabras nunca alcanzarán a cifrar la perfección que sueño, la belleza que pretendo, la realidad que me inventa, dijo. Desde entonces ya no vive: se ha quedado inmóvil y mudo ante su ventana, ajeno al río de tinta y de salamandras negras que le ha invadido la casa. Se ha quedado inmóvil y mudo mientras el látigo del viento le platea las sienes. Una mañana cualquiera, lo sabe, aparecerá convertido en un monstruo o en uno de esos seres imposibles que tanto ha soñado.

 

LOS DOS QUE DUERMEN

 

 

No sé si me gusta más levantarme a tu lado al alba

o dormir abrazado a ti. Sentir cómo lates,

cómo te arrugas sobre ti misma

como quien busca el acoplamiento perfecto de las almas.

Percibo entonces, antes de que se desaten las tentaciones,

el calor de tu espalda y tus nalgas, el torrente

 de la melena y su olor a melocotón o a mora.

Te lo digo a menudo: eres atrabiliaria con el champú.

Quedo un instante así, inmóvil como un barco que siente,

tembloroso como la luz de la sinrazón,

me quedo como si fuera un pájaro abatido

que parpadea y sueña el mejor de todos los vuelos.

A veces te duermes. Y ronroneas. Y musitas palabras

intraducibles, frases completas que me cuentas como

si estuvieras presa en la alucinación del olvido.

Estoy feliz así. En ese instante, cuando el mundo

se desmaya, le pido a la carne que no se altere,

que apacigue sus ardores, que no enturbie la noche

de gemidos y de risas y de batallas de sudor,

y me digo a mí mismo que, algunas veces, el mejor sonido

es el del silencio, el de la respiración de dos que se aman

y escuchan la música del corazón sin saber si despertarán.

 

BARRAL

 

A Diego y Jorge Rodríguez Gascón

 

Para todos era Barral. Barral el solitario,

que no iba a la escuela ni trabajó nunca,

el loco de atar, el joven extraño que conocía

el misterio de las mareas y el corazón de los pistilos.

El extraño Barral que, de repente, impartía una lección

sobre los caballos extraviados en el monte

o sobre el penúltimo plan urbanístico municipal.

Barral, el que se enfadaba con las lluvias de agosto.

Barral, el profeta: siempre sabía quién iba a ganar

en el fútbol, en el baloncesto o en el ciclismo.

Eran los años de Merckx, de Van Impe, de Poulidor.

Eran los años en que Fuente y Ocaña se odiaban

y pugnaban sin descanso en todas las montañas.

Nadie sabía más de ciclismo que Barral, que tenía

una hermana anchurosa de caderas como una odalisca,

la mejor promesa de felicidad y de tentación

para pecar cuando solo se tienen quince años.                  

En el bar o en las noches de tertulia en el campo

Barral imponía sus conocimientos: de bicicletas,

de estrategias, de holandeses y belgas, de escaladores

franceses y españoles, de contrarrelojistas como Anquetil.

Cuando se le agotaban las historias –y era capaz

de recordar los equipos, Molteni, Peugeot, Kas o Bic,

y el estado civil de todos los corredores: Coppi, casado,

 había perdido la cabeza por Giulia Occhini, la ‘Dama blanca’-

se alzaba una voz: “Y de tu hermana ¿qué nos vas a decir?”.

No decía nada. Cuando se lo preguntaban por tercera vez

sabía que era el momento de irse. Se subía a su bicicleta

de carreras y cruzaba el pueblo en dirección a su barrio.

Su débil dinamo temblaba a lo lejos como si tuviera miedo.

Un día, tras explicar la derrota de Merckx ante Thevenet,

oyó: “¿Qué nos cuentas de tu hermana, Barral?”

Dio un paso al frente y encaró a Vituco y a Lista,

que no le hacían sombra ni en las cuestas ni en el llano.

“Mi hermana se casa con el cabo de la Guardia Civil,

que es de Toledo y sobrino de Bahamontes,

el que ganó el Tour cuando vosotros nacisteis”.

Casi nadie pensó que era una invención.

Barral, el sabio, el cuerdo Barral no sabía mentir.

Dos meses después nos mostró una fotografía

con su cuñado, con el ciclista y con su hermana,

que nos pareció a todos más explosiva que nunca.

A veces me pregunto cuál de los dos, Barral o ella,

era el auténtico ídolo de nuestra adolescencia.

 

UN PUEBLO CON SIRENAS 

 

A Juan Casamayor, editor de cuentos 

 

Soy de un país de brujas y cuentos. Mi padre me decía que los aparecidos llegaban con la lluvia y que las salamandras de la fuente eran sagradas: las veía allá en el fondo, entre azulencas y doradas, en el centro mismo del manantial. Siempre me decía lo mismo: míralas, sueña con ellas, pero no las toques. Mi pueblo estaba cerca del mar y nunca había conocido una nevada. En cambio, tenía mendigos que contaban historias de amor y que bailaban diversas melodías. Un día apareció un hombre joven; llevaba unos lápices en la mano y unas tizas de colores. Llamaba a las puertas, pedía un poco de agua y de conversación, y cuando tomaba confianza se ponía a dibujar. Dibujaba sirenas: en la pared, en el suelo, en la puerta de dos hojas de las casas. Lo más extraño era que de noche, cuando nadie se lo esperaba, aparecía la sirena que había pintado en la tinaja del ganado o en la bañera. Mi propio padre me decía que eso había pasado una, dos, tres, hasta diez veces y en diez casas diferentes. Casi todas las casas tenían su sirena. Los paisanos querían ponerle el nombre más bonito: Violeta, Beatriz, Lena, Sarai, Adelina, Aura, Albaida, Rosalía… Hubo un instante en que todos querían ver la sirena del vecino, e iban en auténtica procesión, como a una romería. Yo también quise ir, pero mi padre me detuvo: “Andrés: no vayas –me dijo-. Las sirenas son más bellas cuando las imaginas”.

 

 

EL PINTOR DE DESNUDOS

 

Se llamaba Gustavo o Gustave, como Courbet, su pintor predilecto. Pintor de mujeres. Pintor de desnudos. Pintor de la piel estremecida.

No mentía acerca de su procedencia: había nacido en una aldea minúscula cerca de Compostela. Tenía un tío que era pintor de brocha gorda, que hacía unas cenefas muy bellas para las puertas y los techos, y otro tío que era cura en Compostela. Un día, el sacerdote lo llevó a la ciudad: le enseñó las calles, los balcones sobre las torres de la catedral, los soportales; le enseñó cómo la lluvia acariciaba la piedra antigua. Y cuando moría la tarde, fueron hasta la alameda. No se lo podía creer: era una imagen increíble. Toda la magia del crepúsculo parecía concentrarse en la sillería y las luces que se encendían como si construyeran el último refugio. Asomado a un mirador, vio a un pintor y su cuadro: trabajaba afanosamente, casi sin iluminación alguna. Aquella escena lo conmovió y se lo dijo a su tío. Y después a su padre.

Algunos meses después, lo mandaron a trabajar a Compostela: hacía recados para un hotel y para un restaurante, y encontró tiempo para asistir a clases de pintura. Allí intentó aprenderlo todo: la técnica, la composición, el arte del color y de la lentitud, la pericia con las sombras; se abrasaba en la sensualidad de las mujeres desnudas que ejercían de modelos. Una de ellas se llamaba Leonor y posaba siempre de cuatro a seis. Era como una actriz de cine, con el pudor justo y la rotundidad de las odaliscas: le pareció exuberante y de una suavidad de retama. Un día le dijo: “Quiero hacerte el retrato de tu vida”. Ella esperó: un año, dos, tres, hasta cinco. Al cabo de tanto tiempo le anunció: “Voy a dejar esta profesión para siempre, Gustavo. ¿Cómo llevas el retrato? Te concedo una última sesión de posado; me caso el mes que viene y mi marido no aceptaría que siguiera en este oficio”.

Él la invitó a su casa y le mostró su modesto cuarto de alquiler. De una cómoda extrajo todas las obras que le había hecho: dibujos, acuarelas, grabados, fotos, algunos collages; debajo de la cama guardaba los óleos. La mujer se conmovió, no se había imaginado que el pintor continuaba su trabajo después de abandonar el taller y no sabía que ella era, en realidad, el tamaño de su obsesión. Se desnudó solo para él y para sus sábanas: “Tócame aunque me muera. Tócame como si me fueras a pintar por última vez”.

No volvieron a verse; él murió de manera casi grotesca mientras pintaba del natural un paisaje de acantilados en Finisterre: resbaló cerca del faro y se trastabilló entre los peñascos; en apenas unos segundos voló por los aires como una gaviota y cayó sobre una roca. La sangre se desmandó vertiginosamente en la espuma.

Algún tiempo después, en la Fundación Eugenio Granell, del cual había sido amigo al parecer, le hicieron un gran homenaje. En esa exposición antológica dominaban dos figuras, muy especialmente dos mujeres: la modelo, una modelo de su primera época, pocos sabían que se llamaba Leonor, y su esposa Floralba Neira.

Al cabo de unos días, Leonor se acercó a la muestra. Paseó entre los cuadros, y se reconoció en los desnudos, realizados en distintas técnicas: óleo, acuarela, tinta y carboncillo. Estaba emocionada; uno de ellos, quizá el mejor de todos, un desnudo de espaldas, lo había firmado unos meses antes de morir. Aún la recordaba tantos años después.

De repente, se le acercó otra mujer y le dijo: “Por usted no ha pasado el tiempo, Leonor”. Se imaginó quién era y respondió: “Yo tampoco lo he podido olvidar nunca. Me separé muy pronto de mi marido, volví a ejercer de modelo, busqué otros pintores que supieran amarme o pintarme como él, pero no tuve esa suerte”. Quedaron al día siguiente, y al siguiente. Salían, tomaban una copa en El Español. Y otra en Reina Lupa. Hacia las ocho se marchaban. Con total confianza y sin rivalidad alguna, se intercambiaban confidencias y le devolvían la vida a Gustavo, o Gustave, aquel pintor que alguna vez quiso ser como Courbet. Pintor de desnudos. Pintor de mujeres. Un artista con dos modelos: nunca se atrevió a decir cuál de las dos era la más bella.

 

PRIMER AMOR

 

Amaba a todas las mujeres que se le ponían por delante. Amar era su afición: su afición, su inclinación incontenible, tal vez la razón de su vida. Necesitaba a las mujeres. Siempre recordaría a la primera: era una mujer madura, casada con el jefe de fotografía y de publicidad que le había acogido cuando apenas era un mozalbete de quince o dieciséis años. Ella venía sobre las seis. Llegaba, se sacaba el abrigo y ordenaba papeles, las tarjetas postales, los álbumes de encargo. Y él la miraba con parsimonia, casi a hurtadillas: le intrigaba una belleza tan deslumbrante y a la vez tan sosegada. Casi por casualidad, se dio cuenta de que ella también lo miraba. Un día le pidió que la acompañara a un encargo, más tarde que le llevase un paquete algo pesado; al día siguiente le dijo que tenían que ir a correos. Hablaban lo justo y aprovechaban para tomar chocolate con churros en el Café Niké y para comprar un cucurucho de una docena de castañas en el Paseo de Independencia. Una vez le invitó a jugar en los billares de La Unión. Para él era una fiesta. Se sentía protegido y mimado, se sentía el dueño de un secreto.

La jornada en que su marido se había ido a Fraga y Monzón para hacer un reportaje de castillos, ella llegó un poco antes. Hacia las cinco. Y se metió en el estudio como siempre. Antes de que él dijese nada, antes de que mostrase perplejidad alguna, lo abrazó y lo besó con violenta ternura. Una, dos, hasta seis veces, hasta el fondo de la sangre y del paladar. A él le pareció sabrosa su boca y tuvo la extraña sensación de que le habían desaparecido los dientes de gusto. Cuando se dio cuenta, estaban ambos sobre la mesa de colorear los negativos. Ella se despojó de la ropa interior y le ayudó con los pantalones. Le dejó caer el abundante pelo sobre la cara y musitó: “No te asustes aunque tiemble. Ni aunque me oigas gritar. A veces pasa y parezco una loca”.

 

 

 

EL POETA GRAVEMENTE ENFERMO

 

Lo recuerdo bien: Almería.

Una tarde infinita. El mar bramaba

a lo lejos pero no podía vencer los ruidos

de la ciudad, ni el grito salvaje de los coches y los niños.

Nos quedamos dentro. En el mundo a solas de la cocina.

El poeta bebía infusiones y contaba historias.

De niño había sido soñador.

Adoraba la lluvia y los rayos al atardecer:

la muerte, creía, viajaba en un centelleo súbito.

De joven había visto el diablo en un monasterio

y había pasado su primera pena de amor

bajos los tilos y a la sombra de las higueras.

Luego la vida le había llevado de aquí para allá.

Dijo Orense, evocó una Compostela de piedra y campanas

con olor a limonero y a camelias antiguas. Dijo Suiza,

donde había sido emigrante, superviviente

y exiliado en el centro de los bosques rumorosos.

Amó a una mujer y sufrió la afrenta del abandono.

Y luego apareció ella. Ella: una caracola de fuegos.

Apasionada, prisionera del mar y sus oleajes.

Se habían amado a sus anchas en todas partes:

por carta, en la poesía y en los lechos tumultuosos

de todos los hoteles de la tierra. En los desvanes del aire.

Le dedicó poemas. Intentó atrapar la claridad de su piel,

exaltó su color de carne membrillo, el desorden

de las siestas. Y decidió morir en el centro

de su alma sin temor al naufragio. En la rosa exacta

del templo. En la mandorla del deseo.

Así me lo dijo el poeta seriamente enfermo

mientras me confesaba que había vuelto a pecar:

de palabra, obra e imperiosa necesidad de querer.

Me miró a los ojos: «Escribo para ella. Escribo

‘como las aguas besan las arenas y tan solo

se alejan para volver, regreso a tu cintura,

a tus labios mojados por el tiempo, a la luz

de tu piel que el viento bajo de la tarde enciende’.

No tengo prisa en despedirme de sus ojos».

Antes del penúltimo té de rosas, añadió: «seguro

que entiendes mi resistencia al adiós.

Me sobrevivo en ella». Salí, avancé aturdido

y me emborraché de melancolía en el mar.

 

*La ilustración es una dibujo de ’El pintor de desnudos’ de Juan Tudela.