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Antón Castro

Escritores

TRECE AL SOL DE... LUIS ALEGRE / 5

TRECE AL SOL DE... LUIS ALEGRE / 5

 

TRECE AL SOL de... LUIS ALEGRE

 

Luis Alegre (Lechago, Teruel, 1962) es profesor de economía, escritor y agitador cultural del universo del cine. Ha sido director de programas de televisión, en Tele 5 o Aragón Televisión, y de documentales como ‘La silla de Fernando’, y es responsable del Festival de Cine de Tudela. Dirige el ciclo ‘La Buena Estrella’. (Este retrato de Luis Alegre se lo hizo José Luis Cano para celebrar sus 50 años. La foto de abajo es de Gustaff Choos.)

 

 

“Lo peor es la melancolía de la gente que ya no está”

“¿El momentazo? Mis charlas sobre sexualidad en el bar El Chato”

 

 -1. ¿Qué hace un artista en verano?

Un artista no lo sé. Yo, pensar hasta que me quedo dormido.

 

-2. ¿Dónde has veraneado a lo largo de los años?

En mi infancia y adolescencia, en Lechago y Calamocha, mis dos pueblos, con un paréntesis de dos años en los que vivimos en Fuentes de Jiloca. Luego, en Zaragoza y en los lugares a los que he viajado. En 2004 arreglamos la casa familiar de Lechago –en la que nos parió mi madre, que también nació en ella- y desde entonces ese es nuestro refugio.

 

-3. ¿Es de playa, de montaña, de ciudad o de pueblo?

Soy un chico de pueblo.

 

-4. ¿Cuál ha sido el viaje de verano de su vida? 

He tenido suerte con mis viajes de verano. Uno de los más inolvidables lo hice con Mariano Gistaín y José Antonio Labordeta el 18 de julio de 1986. Fuimos a Toulouse, a la conmemoración del 50ª aniversario del comienzo de la Guerra Civil. Unos anarquistas de la CNT invitaron a Labordeta y él nos animó a acompañarle en su coche. Fue delirante el viaje y fue delirante nuestra estancia en Toulouse.

 El primero inolvidable fue uno del verano del 79. Tenía 17 años. Hice el viaje “a dedo” desde Calamocha para ir a las fiestas de Villanueva de la Jara (Cuenca), el pueblo de Emiliano Albarrilla, compañero de bachillerato. Era la primera vez que viajaba solo.

También recuerdo muchos otros que asocio a los amigos con los que los compartí: con David Trueba, los viajes a Lisboa, Praga o al impresionante Karlovi Vary; con Javier Gurruchaga a La Habana; con José María Gómez, ‘Cuchi’, al Festival de San Sebastián; con Maribel Verdú a Venecia; con Javier Tomeo y Blanca Carvajal a Segovia; con Concha García Campoy, Andrés Vicente Gómez y Verónica Forqué a París; con Concha a Marbella, a la casa de Antonio Banderas y Melanie; con David y Santiago Segura a Ibiza, durante muchos veranos, a la casa de Concha; con Penélope y su familia, a la Toscana y a las Bahamas. Un verano fui a ver a Penélope a Cefalonia, una isla griega, del archipiélago de las Jónicas, donde rodaba una película. Tal vez haya sido el lugar que más me ha impresionado. Qué belleza.

 

-6. El verano está asociado a la infancia y a la adolescencia. ¿Cómo ha sido esa época?

Me recuerdo de muchas maneras: en Lechago, con mi madre cantando jotas mientras ella fregaba; con mi padre enseñándome a jugar al ajedrez y corriendo detrás de mí cuando me quemé las manos al caerme en la hoguera de su huerto; la mañana en la que mi madre echó un bando porque creía que me había perdido con Merceditas, mi amiga y hermana de leche; con mis hermanos Salvador y Carmen en la cama en la que dormíamos los tres juntos; la muerte de Caracola, nuestra perra, el primer gran sofoco de mi vida; en el bar del Calamochilla y en el de mi tío Eduardo, con todo el pueblo jugando al guiñote y la tele en blanco y negro de fondo; en brazos de mi tío Paco, con dos años; con mi tía Amalia en casa de su amiga Juana viendo por la tele las corridas de El Cordobés y El Viti. Luego, en Calamocha, las tardes lentas, los ratos tontos que perdíamos mirando las matrículas de los coches que pasaban; las clases particulares que daba a chicos del pueblo; los cromos del fútbol; las carreras con la bici entre Lechago y Navarrete; las revistas ‘Lib’ e ‘Interviú’, grandes estrellas de los 70; los partidos de fútbol con los amigos; mis tíos y primos; las peñas; los bailes agarrados; las fiestas de Calamocha y Lechago; la piscina; los futbolines; el ping pong; el tenis; las discotecas, las primeras chicas que te volvían loco, los encuentros furtivos; los bares, la gramola, las canciones del verano. Y, como momentazos cumbre, las charlas sobre sexualidad que daba a mis amigos y amigas en el bar El Chato, después de leer el Consultorio sexológico que el doctor Luis Serrat llevaba en ‘Interviú’. Casi todas estas cosas las viví con Pascual Peiró, mi inseparable amigo de la infancia y adolescencia.

 

-7. Y entre tantos recuerdos, ¿cuál es el mejor?

La primera vez que una chica de Lechago, Conchita, me dijo que sí cuando la saqué a bailar en una peña del pueblo. Estaba muy oscuro y sonaba ‘Michelle’ de Los Beatles en el radiocassette. Fue muy emocionante. Tendría unos 13 años. También fue muy eufórica la tarde en la que en Calamocha recuperé una bicicleta azul que me habían robado.

 

-8. ¿Qué tipo de lecturas hace en estos días?

 Me han encargado el prólogo de la nueva edición de ‘El tiempo amarillo’, las memorias de Fernando Fernán-Gómez, de 720 páginas. Con ese pretexto, las releo. Menuda delicia.

 

-9. ¿Qué libro, qué cuadro, qué museo, qué película está asociados a un verano inolvidable?

En los veranos de finales de los 70 y primeros 80 iba mucho a Madrid. A cada rato iba al Museo del Prado. Un día fui a ver ‘El Guernica’ de Picasso con mi tía María, que no entendía por qué estábamos tanto tiempo delante del cuadro. También fueron más que inolvidables los veranos en los que devoré ‘El largo adiós’, ‘Cosecha roja’ y ‘El guardián entre el centeno’, tres de las lecturas de mi vida.

 

-10. ¿Cuál ha sido el gran personaje de tus veranos?

Las chicas de las que me enamoraba en la adolescencia.

 

11. ¿En qué han cambiado los veranos?

Ahora transcurren a una velocidad desesperante. Es para cabrearse.

 

-12. ¿Cómo resumiría en un tuit el espíritu veraniego?

Los veranos siempre pasan demasiado rápidos. Hasta cuando pasaban lentos.

-13.¿Cuál es la mejor, la más extraña o sorprendente anécdota veraniega vinculada a su profesión?

En el verano de 1987 Mariano Gistaín y José Antonio Ciria escribieron un libro sobre Perico Fernández, ‘La vida en un puño’ (El Día-Ediciones del Valle). Me pegué a ellos con el pretexto de echarles una mano. Pasamos un verano formidable, al lado de Benito Escriche y de Perico, uno de los tipos más surrealistas y divertidos que he conocido. Al verano siguiente, 1988, volví a ayudar a Mariano en ‘No me esperes a comer’, un programa que Pepe Royo le encargó para el centro regional de TVE. Con nosotros estaba la fantástica Pilar Labadía. Por las noches no salíamos de dos bares, ‘La avenida de la Ópera’ y ‘La Marioneta’, en la calle del Olmo. Ese fue uno de los grandes veranos de mi vida. También fueron muy divertidos los veranos que, con mi amigo de la infancia José Luis Campos, presenté el programa especial que la tele de Calamocha dedicaba a las fiestas de agosto. Yo salía de madrugada a hacer reportajes por las calles y peñas, tratando de poner el micrófono a los que más mamados iban. Y, luego, también, recuerdo muy bien algunos cursos de verano. Por ejemplo, uno sobre cine español que, con la ayuda de Cristina Palacios, dirigí en El Escorial para la Universidad Complutense. Fue en el 2005. A ese curso asistieron, entre otros, Luis Berlanga, Rafael Azcona y Juan Luis Galiardo. Eso es lo peor. La melancolía de la gente que ya no está.

 

 

 

RAMÓN GARCÍA MATEOS: UN CUENTO

[Ramón García Mateos (Salamanca, 1960) es poeta, narrador, profesor de literatura y raposa teatral con compañía propia. es un gran conocedor de la obra de José Agustín Goytisolo y ha traducido al castellano a Gerard Vergés. Reside en Cambrils, Tarragona y destaca por su intensa actividad y por su compromiso constante con la creación. Acaba de ganar el premio Tiflos con el libro 'Baza de copas. Ajuste de cuentas', donde se incluye este texto que cuenta la historia de un profesor de Ariza. ‘Don Atilano’. Las dos fotos son de Robert Doisneau, de quien se cumple un siglo de su nacimiento en 2012.]

 

 

DON ATILANO

Por Ramón García Mateos

 

 

 

Don Atilano era maestro nacional en Ariza, a la orilla izquierda del Jalón, en las tierras aragonesas que abren la puerta soriana de Castilla. Don Atilano, en realidad, no parecía don Atilano. Sus apenas treinta años y aquel aire ensimismado y ajeno, siempre fuera del mundo, alejado de la vida social que se le suponía al señor maestro, le imprimían un halo de poeta tísico y neorromántico. Desde que llegó, al final del verano, cuando las eras estaban ya barridas y se hacían los preparativos para la inminente vendimia, estuvo de patrona con la señora Eloína, la vieja sacristana que tradicionalmente recibía en su casa a los funcionarios interinos, o sustitutos, de paso por el pueblo. Su vida se repartía entre la espaciosa y lóbrega habitación con alcoba donde su maltrecho baúl de viaje —heredado del tío Antón, que lo había recibido como dote al ingresar en la Guardia Civil— esperaba nuevos horizontes; el viejo edificio de las Escuelas Nacionales, gemelo de otros muchos de cuando la dictadura de Primo de Rivera; y los largos paseos, siempre en soledad, por los alrededores de Ariza, hasta más allá de la ermita de la Virgen del Amparo, donde, sentado en un berrueco, se pasaba las horas contemplando impasible el horizonte. No es de extrañar, pues, que creciera a su alrededor el murmullo y la maledicencia. Don Atilano no frecuentaba la tertulia del casino, punto de encuentro de las autoridades locales, las fuerzas vivas que decían, ni tenía tampoco demasiado trato con sus compañeros maestros: doña María Luisa, una solterona con aire de lesbiana; doña Cruz, casi al borde de la jubilación; y don Argimiro, el maestro, así, sin adjetivos, el maestro de Ariza. No, nunca tuvo don Atilano cercanía alguna con sus colegas de magisterio. Y la verdad es que la vocación que creyó tener un día se fue diluyendo, poco a poco, en los sucesivos destinos, en las repetidas escuelas, en los diferentes pueblos, siempre distintos, siempre los mismos, monótonamente distintos, desesperadamente iguales. Sus ilusiones juveniles, tampoco desorbitadas, todo hay que decirlo, chocaron con la piedra de mármol que la mayoría de los alumnos tenían en sus cabezas y con la cazurra sumisión de sus familias, que respetaban la dignidad social del maestro pero no su saber. Vocación e ilusiones acabaron en el sumidero de la frustración. Y engordaron las habladurías. Del que si don Atilano es raro de cojones, que si don Atilano está enfermo, que si don Atilano purga penas de amores, se pasó al que si don Atilano no se preocupa por los muchachos, que si mi chico sabe ya más que don Atilano, que si don Atilano no les enseña nada. Y don Atilano, que percibía en el ambiente el reproche colectivo, la acusación múltiple de su incompetencia docente, sobrellevaba esa cruz, palabra por palabra, con más pena que gloria. Dan para mucho las largas noches de invierno en un pueblo de Aragón, para que bulla el magín y se acelere la rueca que hila las hebras del ingenio. Y el invierno trae consigo muchas noches para la soledad y el pensamiento.

Una tarde de mayo —como en las canciones infantiles para danzar en corro—, don Atilano llamó la atención de sus alumnos, un muy nutrido grupo de zagales que se afanaban en solucionar las interminables multiplicaciones dispuestas sobre el encerado, y desde la breve tarima, que anhelaba ser cátedra, comenzó a desabrocharse el cinturón que sujetaba sus pantalones, el cierre de la cintura después, para acabar con los botones que atrancaban la bragueta, ocultos tras la portañuela. Los pantalones de paño cayeron a sus  pies y, mientras se bajaba los calzoncillos, difusamente amarillentos y con rastro de humedades pretéritas, vació su corazón en aquellas palabras envenenadas: Ahora ya podéis decirle a vuestros padres que os lo he enseñado todo. Los muchachos, atónitos, contemplaron como don Atilano, recompuesto su atuendo y con las manos en los bolsillos, se dirigía con paso quedo hacia la estación del ferrocarril. De todos es sabido que la villa de Ariza fue, durante mucho tiempo, un importante nudo ferroviario. De don Atilano nunca más volvió a saberse nada.

 

RAMÓN GARCÍA MATEOS

De Baza de copas. Ajuste de Cuentas (Premio Tiflos de Cuento 2012), Edhasa/Castalia, Barcelona, 2012.

 

FRAN PICÓN: CUATRO POEMAS

[El poeta y coordinador de recitales y proyectos poéticos –tanto en bares y locales como en editoriales- Fran Picón acaba de publicar un nuevo poemario en Sabara-Literaturame. He aquí cuatro poemas breves. El retrato de Fran Picón está tomado de franciscoacuyo.com; las restantes fotos son de Loretta Lux, una fotógrafa nacida en Dresde, Alemania, en 1969, que trabaja y vive en Mónaco. Sus fotos tienen un turbador aire surrealista y a la vez de fábula.]

FRUNCES EN LA RIMA

 

FRANCISCO J. PICÓN

 

Sabara. Literaturame

 

 

 

 

FRUNCES EN LA RIMA

 

Surca mi frente

una recua de arrugas

que da impronta  a mi rima

 

otoños en la alforja

decolorada en los caminos

de versos polvorientos

 

indocilidad en la métrica

perdurable de la memoria

desubicada de tiempo

 

y un regusto a fiasco

en el paladar de mi poesía

anega el mutismo de mis palabras

 

 

****

 

 

 

EL SECRETO DE LOS BOSQUES

 

Encumbro la mirada,

paulatinamente,

más allá de la distancia

en busca de un cómplice

solitario.

 

Le susurro a los árboles

que compartan, tenues,

mi deleite con el viento

y las mariposas

frenéticas.

 

Un imperturbable paisaje

resguarda ese instante

compartido con el follaje

soterrando de identidades

el silencio de mi voz.

 

La brisa contumaz

que magulla mi quietud

avisa a mi consciencia

del paso del tiempo

a golpes de realidad.

 

Y mi mirada sucumbe

ante el poder de las prisas

y la alimaña urbana,

mas en mis pupilas descansa

el secreto de los bosques.

 

 

 

ME HAN MIRADO LAS ACERAS

 

Me han mirado las aceras

con indolencia,

como si mis pisadas

ultrajasen su sosiego

y no mereciese la pena

la queja insondable.

 

La sombra de mi reflejo

se evade por las vidrieras

de la intransigencia,

en busca de perfiles

faltos de abrazos.

 

Mi ausencia

escolta al silencio

de una ciudad inconsciente,

entre bullicios y efluvios

podridos de soledad.

 

Y mi cuerpo,

huérfano de linaje

o sonrisas,

abandona la esencia

de las aceras,

deshonrado y apocado,

para hibernar

en la morada del egoísmo.

 

 

 

 

 

CONTEMPLACIÓN

 

Si no te miro

anochece entre mis labios

matizados con la saliva

de tu ausencia.

 

Si te miro

las nubes se esconden

tras el velo de mis dudas

en la distancia.

 

Mis párpados

son la frontera de mi realidad

y de los sueños.

 

Tan sólo cierro los ojos

para no renunciar a contemplarte.

 

 

MARIBEL MIR ALVIRA: DOS POEMAS

 

El sello colectivo, digital y de papel, Literaturame, que conducen Fernando Sarría y Luisa Miñana, entre otros, publica el poemario 'Trece poemas a Norbert' de Maribel Mir Alvira.

http://www.literaturame.net/libro/trece-poemas-a-norbert

 

 

LA AUTORA: MARIBEL MIR ALVIRA

Maribel Mir Alvira (Lleida 1967) es licenciada en Filología Hispánica. Su interés y sus inicios en la escritura son relativamente recientes. En 2007 abrió su blog de poesía (carlota ex nihilo), que le sirve para interactuar con otros escritores y escritoras sin límite de fronteras. Forma parte del grupo de poetas Adictos al Verso, con los que comparte dos jueves al mes en el Smiling Jack de Lleida, así como un certamen nacional anual, Vers-Arte.

 

  

DE 'TRECE POEMAS A NORBERT'

 

EL PRIMER SOL DESPUÉS DE QUE LA PIEDRA

BOMBEE AGUA CRISTALINA A TRAVÉS DE TUS OJOS

Pitágoras y tú. Y Susheela. Y mi corazón bailando
al son de los números que contiene el universo.
Algún campo de amapolas tímidas, no como antes,
cuando coleccionaba rojos deseos con mis trenzas de gitana
de ojos tristes una mañana de otoño.
Amapolas, hormigas, romero y el lila de lavandas exclusivo,
una aquí, otra dos parpadeos más allá.
La música y tú. Y los mensajes cifrados de lo que no hemos aprendido
todavía. El primer sol después de que la piedra bombee agua
cristalina a través de tus ojos.
El silencio y tú. Y todo lo que desconozco de mí misma. Lo que la piel
va dejando al descubierto. Qué exclamaciones contienen las esquinas
de tu pelo, el tranvía que traspasa y desintegra todos mis miedos.
Palabras. Música. Silencio.
Y tú.

 

DESDE LA HÚMEDA SEGARRA MIENTRAS

GORRIONES ATREVIDOS SALTAN EN LA PLAZA

 

Los oráculos no nos son propicios y, sin embargo,
no me decido a romper este lazo. Hay algo
en tus ojos que me retiene.Va más allá
de estas dos soledades. Cuando huelo a despedida
busco tu piel con más ahínco: tu olor, tu fuerza,
el verde de tus ojos húmedos, tus manos que me calman
y me alteran. Hoy me ha gustado despertarme
y pegarme a tu costado, buscando la costilla de Adán
de la que reniego y por la que me crucifico.
Hay que cuidar lo que comemos tanto como las palabras
que decimos. Huyo de los itinerarios marcados en los mapas
y navego sin brújula, imprudente, a la deriva. Sé que eso
es mi tormento y también mi salvación. Gracias
por regalarme tiempo en tu cabeza, en tu piel. Luego
hablaré contigo, aunque aborrezco el teléfono desde antes de nacer,
y parecerá que somos colegas bien avenidos, bromearemos
y sacaremos nuestro puntillo cínico, escondite de todo
lo que tú y yo sangramos entre las sábanas. Deo gratias.

*Todas las fotos son de Georges Dambier.

 

 

ANTONIO FERRES: POESÍA EN GADIR

 

 

[Hace unos días, Pepito Fernández Moreno de Librería Antígona  me habló el nuevo libro de Antonio Ferres (Madrid, 1924), un hermoso poemario: ‘La urraca y los días iluminados’, que ha publicado Javier Santillán en el sello Gadir. Le pido una selección de textos y aquí están seis poemas del volumen. La foto de Ferres es de El imparcial.es]

 

EL FUSILADO

 

Era finales de marzo, y hacía viento… Pasaba

una fila de prisioneros… Llevaban los monos rotos, con

las insignias arrancadas.

(De Los vencidos, Primera parte)

 

 

He llegado a la tapia

donde he muerto joven

 

marzo aún

y retoñan los árboles.

 

He llegado alegre

hasta la muerte

 

sin ser viejo nunca.

 

He llegado mirando

la calle donde tú naciste

el portal fresco de tu casa

donde te besé un día.

 

He llegado contento

como si la revolución triunfase

y ya fuéramos libres.

 

He llegado a la tapia

y he mirado los ojos de los otros

cerrados mientras disparaban

los fusiles.

 

He mirado sus párpados oscuros

y he visto a contraluz las torres

las campanas en las que se posan

los pájaros

 

marzo aún

todavía.

 

He llegado a la tapia

donde he muerto joven

he llegado pensando

otra vida que existe en otra parte

en otra ciudad contigo

como en el portal fresco y callado

de tu casa.

TE HE ESPERADO EN

LOS CONFINES

 

A Isabel García

 

Te he esperado siempre

como leche o pan o agua

 

te he esperado

desde antes de que fueras tú

 

te he esperado

desde que me nace la memoria

y del cielo caían astros

y se estremecía la tierra.

 

Te he esperado

igual que en la avenida

donde oigo el temblor de los pasos

de las tropas enemigas

 

Te he esperado como los pájaros

que miran de perfil el mundo.

 

Te he esperado aún

cuando veo la tarde adormecida

en el espejo del café

que todavía existe como una estampa

antigua.

 

Te he esperado rezando

en un tiempo escondido en las partículas

y que a la vez se expande a los confines

 

un espacio que llega

hasta donde a lo mejor estás

 

donde te he esperado siempre

como leche o pan o agua.

 

EL INSTANTE

 

A Lana

  

En este instante

está deshaciéndose la nieve

en el tejado de este año

 

está tan tibio el sol

en este instante

que vienen conmigo hombres

como recién resucitados

 

y mujeres con sudarios blancos.

 

En este instante

canta un gorrión en el tejado

y está deshaciéndose la nieve

 

mientras la tierra brilla como fuego

en este instante

 

mientras hay caminos

con hombres iguales que nosotros

 

y ciudades donde aún no he nacido.

  

 

 

EL ALIENTO BRILLANTE DE LA VIDA

  

 

Estar en el aliento brillante de la vida

el tiempo inmenso de la tarde

donde aún somos jóvenes desnudos

 

estar cuando las sombras tiemblan

en la alcoba

 

cuando el viento agita los nogales

en un sueño de años como nubes

 

y se oye la alarma ronca del tornado

y no te importa otra vez vivir conmigo

 

otra vez otro año y otra vida

 

vivir en el aliento brillante de los árboles rojos

del verano indio

 

en el siguiente mundo y tu suave piel

en las praderas abiertas a los vientos.

 

 

 

LAS ESTRELLAS DESHECHAS

 

 

Mira, nosotros somos esas hojas que caen..

No, somos esto, sin más.

¿Te refieres a todo esto, el aire,

las hojas, el sol en la arena..?

Sí.

Miguel Ángel Bernat

 

 

Ha pasado sin ti el mundo

y busco aún la esperanza

el temblor del aire

el vacío que dejaron

las deshechas estrellas

 

y no sé cuándo nacerán

de nuevo los árboles

que nos cobijen

ni en qué montañas

encender un fuego.

 

 

HASTA LOS MESONES CON VINO Y DANZAS

 

Quizás haya un poema

una voz nacida detrás del fuego

de las estrellas

que cuente por qué es terrible el mundo

 

por qué lloramos o nieva

 

por qué ansío el camino contigo

cabalgando a lomos de caballos

que mueren

 

por qué devoramos la vida cada día.

 

Quizás una voz del Universo

que cuente imágenes temblorosas

 

el hambre interminable

 

leves seres que siguen

reglas nacidas del fuego

del átomo primero

 

hasta llegar al jardín de Melibea

a mesones con vino y danzas

hasta esta hora

cuando pienso en una voz

jamás nacida.

 

*Todas las fotos son de Max Dupain.

JOSIAN PASTOR: NUEVOS SONETOS

JOSIAN PASTOR: NUEVOS SONETOS

Josian Pastor, cineasta, fotógrafo y poeta, publica un nuevo libro y me envía la contraportada y tres sonetos:

[“Aquí me hallo, de nuevo, con mi obra ‘Ciento un sonetos de una vida pasajera’. Sonetos al modo elizabethiano que intentan acabar con un aforismo final. Aforismos similares a los 300 que Baltasar Gracián, en su libro titulado ‘Oráculo manual y arte de prudencia’ nos regalara allá en 1647, un ejemplo literario por el que parece no pasar el tiempo...     

            Y en parte mi obra final: ‘Los sonetos aforisíacos (301 sonetos)’  de la que forman parte este ‘Ciento un sonetos de una vida pasajera’ y mi anterior ‘Cien sonetos para cien noches de insomnio’ quiere llegar un peldaño más allá...

            De ahí surgen mis 301 sonetos que todavía no he llegado a concluir. Éste es mi pequeño homenaje a este gran autor crítico y barroco.

            También recordar los 500 años del nacimiento de Miguel Servet. Otro aragonés universal sepultado por el olvido y dado en muerte en la hoguera por el odio enfermizo de Juan Calvino en Ginebra (Suiza) debido a sus ideas progresistas.

            Y por último celebrar los 200 años del nacimiento del insigne, inconmensurable e inabarcable Charles Dickens (a quien le dedico un soneto en este libro). Espero puedan disfrutar de mi cortejo al lenguaje, de toda su musicalidad y de todas sus estampidas...”] JOSIAN PASTOR

  

 

CHARLES DICKENS

 

 

Solemne cadalso en llamas y anclado

a una infancia truncada y sin amigos;

mentor de las sombras, rezo asolado

de amargo betún, que a tantos da brillo...

 

¿Qué fue de ese viejo amor olvidado?

¿Y qué del deseo que en nos germina?

Sin más despertó el duermevela y llanto

de ésta mi ínfima y necia vida...

 

Qué aciagas mis esperanzas se hundieron

cual eco desamparado y mundano

cuando tus brillos hercúleos se abrieron

a mi alma que agriada moría en vano...

 

Goteras heladas, calles infectas,

turbios pasados, mansiones siniestras...

 

 

EL GRITO DE EDVARD MUNCH

 

 

Acrecentando su ensueño ominoso

mientras se ahoga en un mar sin confines,

vacío y varado se yergue amorfo

tentando a las Hénides que persigue...

 

Pintando arabescos y espectros lilas

bajo el auspicio del miedo y sus bardas,

la nada se aferra a esta triste vida

mientras la angustia congela su alma.

 

Siendo tu nihilismo frente al caos

un tremor de impotencia desquiciante,

¿cómo un grillo en la nieve agazapado

pernocta en tu mente hasta hacer que estalle?...

 

Me aterra tu ánima, tan enferma...

¡Persigue inconsciente al que al mal se aferra!

 

 

 

 

LA SINTAXIS DE LA NADA

 

 

No concibo el espacio entre las almas,

ni la oscura materia en detrimento...

¡Quizás un mal sueño agite mi almohada,

refugio de instintos tan macilentos!...

 

¿Por qué el nacimiento de muerte es acto?

¿La luz es amiga o nos ciega en parte?

¿Por qué nuestro espíritu es luz de llantos?

La vida es tan corta e insignificante...

 

¿De dónde la existencia emana a ríos?,

¿cómo despierta?, ¿se esconde o dormita?...

Creemos dominar nuestro destino

y es el destino quien nos domina...

 

¿Será éste el designio que al hombre asola?...

¡Que espere a morir junto al Dios que inmola!

 

*El retrato de Josian Pastor es de Miguel Lizana. Abajo, Charles Dickens, ’El grito’ de Edvard Munch y una obra de Otto Dix.

'EL DESIERTO' DE CARLOS MANZANO

[Ayer, tras pasar por Heraldo de Aragón, me crucé con Carlos Manzano, escritor y agitador cultural desde la red. Le pedí un cuento para el blog y aquí están: es algo largo pero merece la pena. Carlos me lo envía con esta nota: “Tal como hablamos ayer, te envío uno de los relatos que forman parte del libro ‘Cicatrices’, que acaba de ser reeditado en formato EPUB por la plataforma digital de venta Literatúrame (www.literaturame.net), en su apartado Literatúrate, creado para autopublicaciones y ediciones de autor. Este libro estaba hasta ahora colgado en Bubok, en formato PDF y en papel. Como dice la sinopsis del libro, ‘Cicatrices es un libro de relatos que recoge algunos de los cuentos escritos por el autor hasta el año 2008. Son relatos que fue escribiendo y publicando de manera dispersa en diversos medios, aunque también hay algunos completamente inéditos’. En libro se puede descargar por 2,95 € a través de la mencionada plataforma o directamente en la siguiente dirección: https://literaturame.net/libro/cicatrices”. Todas las fotos son de Bernard Plossu.]

 

 

EL DESIERTO

 

© Carlos Manzano

 

 

Aquella mañana descubrí asombrada un buen número de granos de arena extendidos sobre la mesa del salón y la alfombra turca. ¿Cómo era posible? Las ventanas estaban herméticamente cerradas, yo misma me había asegurado la noche anterior de no dejar ni un solo resquicio abierto, como por otra parte hacía siem­pre. No obstante, volví a comprobar de nuevo todos los cierres: estaba perfecto.

Entonces pensé que quizá la arena la hubiera traído An­drés. Le tengo dicho que antes de entrar en casa se sa­cuda bien y que compruebe que no lleva ni un solo grano encima. No hay cosa que me irrite más que encontrar ese pequeño polvo dorado bri­llando insolente en algún rincón de la casa; me desquicia, no puedo soportarlo. Y eso él lo sabe muy bien.

Me entraron unos irreprimibles deseos de despertarlo para que viera las consecuencias de su desidia, pero después pensé que era una crueldad innecesaria; estoy segura de que, en caso de haber sido él —lo cual aún estaba por de­mostrar—, no lo habría hecho queriendo. Así, pues, me con­tuve, pero no limpie la arena: era justo que Andrés también la viera cuando se levantase.

El sol empezaba a pegar con fuerza, así que corrí las corti­nas y eché los portillos. Todavía faltaban algunas horas para que estuviera permitido poner el aire acondicionado, y era importante que el calor no entrase demasiado pronto en casa; luego, si no, resultaba muy complicado hacer descen­der la temperatura.

Aquella primavera tan calurosa auguraba un tórrido ve­rano, aunque en realidad las estaciones apenas se diferen­ciaban ya unas de otras. Llevábamos así no recuerdo los años, su­friendo con es­toicismo aquellas temperaturas cada vez más elevadas y tratando inútilmente de reducir los es­tragos del ca­lor con los pocos medios que se nos permitía utilizar: la oscu­ridad y cuatro horas diarias de aire acondicio­nado.

Por si fuera poco, afuera la arena avanzaba implaca­ble día tras día, llegando hasta nuestras propias calles. Los trabaja­dores de la limpieza no daban abasto: aunque se pa­saban la noche entera recogiendo en sacos enormes el polvo que durante el día se había ido acumulando inexorablemente en aceras, es­quinas y pa­tios —una arena insolente capaz de superar los diques que el gobierno había levantado alrededor de la ciudad—, se tra­taba de un trabajo inútil, porque el polvo siempre encontraba resquicios por donde penetrar y era lle­vado por el viento hasta los rincones más inacce­sibles.

A las diez de la mañana las tuberías ya se habían ca­lentado lo suficiente para permitirme tomar una ducha tem­plada. Era éste uno de los pocos placeres que podía rega­larme en estos tiempos: sentir la piel húmeda, el agrado de las gotas livianamente frescas sobre el torso… Por muy sim­ple que pa­rezca, era el único alivio contra el sopor y la pe­reza que se po­día encontrar entre tanto calor desasosegante.

Pero era un placer demasiado breve. Las restricciones a las que diariamente estábamos sometidos limitaban el con­sumo de agua a unos cuantos litros al día, aunque se tratase de agua de mar, como la que llegaba hasta los baños de las ciuda­des. El dis­frute de cada ducha, en consecuencia, no podía alar­garse más allá de los dos minutos. Así que cerré el grifo ense­guida para no tener pro­blemas más tarde, y des­nuda, sin se­carme siquiera, salí al salón para dejar que el calor evaporase las gotas que impregnaban mi cuerpo.

A partir de esa hora, el silencio más absoluto se adue­ñaba de la ciudad. La gente se recluía en sus casas. Aquellas horas eran las mejores para dormir: la actividad en la ciudad se detenía —era difícil realizar esfuerzos físicos a aquellas tempe­raturas; los traba­jos hacía tiempo que habían pasado a de­sarrollarse en horario noc­turno—, el sopor se adueñaba de los cuerpos y la oscuridad en que necesariamente se sumían los hogares mitigaba la intensi­dad de luz del sol. Apenas unos pocos irresponsables se atrevían a salir a la calle asu­miendo el riesgo de caer fulminados por el irresistible ca­lor del mediodía. Ayer, sin ir más lejos, las autorida­des habían re­cogido dieciséis cuerpos inertes víctimas de desva­neci­mientos y deshidratacio­nes. No me explico cómo todavía hay individuos que sabiendo del peligro que entraña exponerse a temperaturas supe­riores a los cincuenta grados se arriesgan a sufrir colapsos por el solo placer de ver la ciudad a la luz del día.

Andrés solía levantarse a primera hora de la tarde. Yo, ven­cida por el insomnio e incapaz de dormir más allá de un par horas seguidas, esperaba a que se despertara para desayu­nar con él.

¡Cuánto habían cambiado las cosas en tan poco tiempo! Yo todavía recordaba aquellos desayunos matutinos a los que me en­tregaba de niña, dominada aún por el sueño y la pereza, como uno más de los quehaceres diarios a los que de­bía enfrentarme cada madrugada. Después venía el colegio, las clases aburridas, los pro­fesores casi siempre malhumorados (en aquella época, presagio de los cambios que se iban a suce­der, todo el mundo parecía mal­humorado) y más tarde, ya a última hora, los atardece­res aún agra­da­bles en el parque donde, casi agonizantes, todavía se mante­nían en pie algunos viejos árboles con sus ramas cada vez más secas y ajadas.

No tendría yo más de cuatro o cinco años, pero algu­nas imágenes permanecen en mi cerebro como huellas im­bo­rrables aunque carentes de dimensiones físicas, converti­dos en momen­tos más o menos borrosos, faltos de emoción y sen­tido. Parece como si el calor hubiera ablandado mis re­cuerdos al mismo tiempo que mi interés por el mundo. Por­que pocas cosas hay que se deseen de verdad con cincuenta y pico grados a la sombra.

Andrés se despertó más o menos a la hora de cos­tum­bre. Yo enseguida sentí el ruido de la puerta del dormito­rio al abrirse y el sonido de sus pasos en dirección al cuarto de baño; después vino el rumor de la ducha, el agua gol­peando en su cuerpo y alterando el sonido monótono de las gotas al caer sobre el plato.

Yo estaba todavía desnuda sobre el sofá, entretenida en leer una vieja novela de Truman Capote que había en­con­trado olvidada hace tiempo en casa de mis padres. En realidad, casi nunca nos vestíamos, resultaba más cómodo permanecer sin ropa; nos hacía sentirnos más frescos y además había que comba­tir el calor por todos los medios. Solo cuando enchufá­bamos el aire acondicionado me cubría con una vieja bata de seda que An­drés me regaló al primer año de salir juntos.

Cuando terminó de ducharse, me levanté y fui a la co­cina para preparar el desayuno. Las recomendaciones de los médicos eran claras: conviene alimentarse bien a pesar de la falta de ape­tito. Eso, Andrés lo llevaba sin problemas, tenía buenas tragade­ras. A mí, sin embargo, comer me costaba un gran esfuerzo, so­bre todo aquellos productos liofilizados que sustituían cada vez en mayor número a los naturales.

Pero anoche había comprado fruta fresca en el mer­cado. Por desgracia, era un producto que escaseaba. No era habitual en­contrarla en los puestos diarios de venta, además su precio exce­día con mucho las posibilidades de la mayoría de las familias, pero cuando llegaba, yo era de las primeras en comprarla: ése era toda­vía uno de los pequeños lujos que nos podíamos permitir.

Había acabado yo de colocar el café en la máquina cuando Andrés entró en la cocina ligeramente malhumorado.

—La desaladora cada vez funciona peor: estoy cu­bierto de sal por todos los lados.

Yo me había duchado poco antes que él, y aunque era ver­dad que notaba una cierta tirantez en la piel debido al sali­tre, pensé que estaba exagerando un poco.

—Este año hace más calor incluso que los pasados —ar­güí yo en un intento bastante banal por parecer razona­ble—. Es pro­bable que no dé abasto para todo el mundo. Ahora pongo el aire acondicionado y te sentirás más fresco.

Conecté el aparato e inmediatamente me puse la bata de seda encima. Me agradaba sentir las ráfagas de aire frío so­bre mi cuerpo, pero aquellas diferencias de temperatura tan bruscas me agrietaban la piel y me resecaban el cutis.

Cuando volví a la cocina, Andrés ya había comenzado a desayunar.

—El mes que viene van a restringir aún más el horario del aire —me dijo sin mostrar la menor inflexión en su tono—: no se va a permitir utilizarlo más de dos horas al día.

Aquello sí que me pareció verdaderamente grave: ¡solo dos horas al día de aire acondicionado! A este paso, nos achi­cha­rraría­mos en un par de meses.

—Dos horas es demasiado poco. Las personas mayo­res y los niños no lo van a poder soportar —protesté.

Andrés, mientras mordía una de las manzanas sin pe­larla antes, me miró con un gesto indiferente, casi gélido.

—Hay que volver a reducir la producción de energía. Este año hemos sobrepasado los límites en más de un cua­renta por ciento. Además, hay gente que abusa del aire y lo pone cuando no es estrictamente necesario.

Yo no dije nada. Me serví una taza de café frío y tomé un par de peras del frutero. Estaba realmente cansada, aun­que no había realizado en todo el día ninguna tarea que jus­tificase aquella fatiga. En realidad, mi cansancio no nacía de actividad alguna, sino del entorno opresivo y banal que me rodeaba: estaba harta de vivir de aquella manera, abando­nada, vacía, sin esperanzas de cambio alguno.

Hacía tiempo que llevaba madurándolo en la cabeza; y aunque sabía que a Andrés no iba a gustarle en absoluto, mi deses­peración iba gradualmente en aumento. No podía­mos continuar así para siempre, impávidos, reduciendo nuestra vida a unas cuan­tas horas nocturnas y refugiándonos cada vez más inútilmente en­tre aquellas cuatro paredes hasta convertirlas en una auténtica pri­sión.

—¿Y por qué no nos vamos de aquí? —solté de sope­tón, casi sin venir a cuento—. ¿Por qué no dejamos esta ciu­dad, este calor asfixiante que no nos deja vivir, y nos larga­mos a cualquier otra parte del planeta donde las temperatu­ras to­davía no pasen de cuarenta grados?

Andrés dejó de masticar y me miró como si no hubiera comprendido bien lo que le estaba diciendo.

Yo sabía que él aceptaba de mucho mejor grado que yo esta situación: disfrutaba de su trabajo como limpiador en las bri­gadas nocturnas; dormía bien a pesar del calor as­fixiante; tenía incluso su círculo de amistades, con quienes se reunía algunos fines de semana. Su vida no estaba exenta de pequeñas comodi­dades que le ayudaban a olvidarse de nuestra miseria cotidiana, del voraz cambio climático que los científicos aún se sentían in­capaces de precisar y menos aún contener y que tanto había transformado la existencia en este mundo. Pero, ¿y yo? ¿Acaso había pensado al­guna vez realmente en mí?

—¿Me estás diciendo que querrías dejar todo lo que tene­mos aquí, nuestra casa, el trabajo, nuestra posición, para aventu­rarte por Dios sabe qué extraños países que lo único que pueden ofrecerte es unos pocos grados menos de calor al día? ¿Estás en tu sano juicio?

De momento preferí no contestar. Simplemente me le­vanté, dejé la taza sobre el lavavajillas y tomé un yogur de la ne­vera. Debía mantener unas mínimas formas: era fun­damen­tal con­tener la presión arterial para evitar un acalora­miento excesivo del cuerpo. Los médicos lo aconsejaban continua­mente.

—Ayer dejaste el salón lleno de arena. Échale un vis­tazo si quieres, todavía no lo he limpiado.

Aquel cambio de registro tan brusco lo desconcertó un poco. Pero al momento volvió a morder la manzana que aún tenía en la mano como si nada.

—Eso es imposible, primero porque antes de entrar me limpio bien, y segundo porque anoche no llegué a pasar al salón. Habrás dejado tú alguna ventana mal cerrada, o es­tarán fallando los sistemas herméticos de cierre.

Entonces pensé que daba igual quién hubiera puesto la arena allí mismo; lo importante era el hecho en sí: ¡está­bamos siendo devorados por el desierto! ¡Había llegado hasta nuestra propia casa! Pero él parecía incapaz de darse cuenta de nada. Así que insistí.

—Sabes que todavía hay zonas en el norte donde los in­viernos y los veranos se diferencian algo, donde todavía quedan árboles, donde aún no ha llegado el desierto. Puede que eso no dure mucho, pero al menos de momento no están obligados a pa­sar los días enteros recluidos en sus casas como si estuvieran en una cárcel. Aquí es imposible vivir.

Observé que Andrés hacía esfuerzos por no acalo­rarse. Eso era algo que los dos lográbamos bastante bien, controlar nuestras reacciones viscerales. Pero también es cierto que aquel esfuerzo considerable había conducido nuestra relación por los monótonos lindes de la abulia.

 —Claro que lo sé —me contestó un tanto enfadado, aun­que enseguida recobró la serenidad habitual—, y sé tam­bién que mucha gente se va muy lejos buscando otros cli­mas, conozco in­cluso algunos que han llegado hasta el Bál­tico. Pero ¿sabes lo que pasa una vez están allí? Nada. Eso es lo que les pasa: ¡nada en ab­soluto! No encuentran trabajo ni un lugar donde vivir, se hacinan como puercos a las afue­ras de las ciu­dades, ni siquiera tienen donde protegerse cuando llega el ve­rano. Eso es lo que les su­cede: y muchos acaban muriéndose como perros, deshidratados y se­dientos. ¿Y te atreves a pro­ponerme que cambie esto, nuestra se­guri­dad, el saber que va­mos a comer todos los días, que dispo­ne­mos de agua corriente cada tarde, que no nos falta ni si­quiera para adecentarnos, es decir, me planteas cambiar este mundo pequeño, limitado si quieres, pero eficaz, por nada, por la miseria y la sed? Piensa bien lo que dices, María, piénsalo bien antes de hablar.

Yo me volví a callar. Andrés siempre ha argumentado me­jor que yo; sabe buscar muy bien el punto débil del ad­versa­rio y reforzar después la base de su razonamiento. Es­taba claro que mi alternativa no era nada segura, que entra­ñaba conside­rables riesgos; pero yo sabía de gente que había conseguido prosperar. Una de mis compañeras de colegio, Asunción Ro­bledo, había marchado a Siberia hacía más de dos años y, por lo que sabía, le iba bastante bien. Puede que huir fuera un mo­vimiento arries­gado, eso era cierto, pero si las cosas seguían como hasta ahora, también era muy posi­ble que la vida acabara por extinguirse completamente en no muchos años, y enton­ces sí que todo daría igual.

—Para ti todo es más fácil —le dije extremadamente cal­mada—, pero piensa un poco en mí. Desde que obligaron a las parejas a escoger un solo empleo, yo tuve que dejar el mío.

—Lo decidimos de mutuo acuerdo —me interrumpió An­drés completamente serio.

—Sí, ya sé que lo decidimos entre los dos —conti­nué—. El tuyo era mejor, cobrabas más y además era más seguro; pero yo, de momento, me quedé sin nada. Y sin nada sigo. Sin poder salir de casa durante doce horas seguidas, es­con­dida de todo y de todos, perdiendo cada segundo de mi vida sin nada interesante con que distraerme.

—Tienes el panavisor —interrumpió de nuevo, aun­que en esta ocasión no me miró a la cara—, y miles de progra­mas que ver con solo pulsar un par de teclas.

Estaba claro que no deseaba hablar del asunto, cual­quier argumento le bastaba para contradecirme.

—Sabes a lo que me refiero, Andrés; no puedo pa­sarme la vida leyendo o viendo dramas y comedias como una tonta. Nece­sito respirar, ¿me entiendes? Aquí me asfixio, me ahogo, todo se me reduce a esperar no sé qué, sin ilusiones ni ambiciones. Ni si­quiera nos dejan tener un hijo.

Esto último pareció disgustarle mucho. Era un tema del que habíamos hablado numerosas veces y que aparente­mente de­bíamos tener muy claro ambos. Por eso mi insisten­cia le resultó molesta.

—Estamos en la lista de espera, lo sabes tan bien como yo —se apresuró a contestar—. Sabes de sobras que tener un niño en estas condiciones, sin el adecuado trata­miento sanitario, es conde­narlo sin remedio a la muerte. En la Maternidad no dan abasto para todas las parejas que quieren tener hijos, y por eso nos toca esperar turno. Ade­más, ayer mismo me dijeron que, si todo va bien, en un par de años nos toca. Solo tienes que tener un poco de pacien­cia.

Dos años era bastante menos de lo que esperábamos, pero en aquel instante me pareció una eternidad. ¿Qué sería de nosotros dentro de dos años? ¿Hasta dónde habrían subido las temperaturas para entonces? Yo quería tener mi hijo ahora, quería verlo crecer, sentirlo entre mis manos, amamantarlo con mis pro­pios pechos. Pero todo eso, incluso aunque nos concedieran la licencia ahora mismo, iba a ser imposible. Desde el momento de su nacimiento, los niños quedaban in­gresados en la Maternidad hasta cumplir los tres años. A esa edad las probabilidades de so­brevivir en aquel ambiente abra­sador se consideraban lo sufi­cientemente sóli­das como para confiarlos en exclusiva al cuidado de los pa­dres. Ése era el mundo que nos había tocado vivir. Lamen­tarse era inútil.

—Asunción Robledo, aquella antigua compañera de cole­gio que emigró a Siberia, ¿te acuerdas?, tuvo un hijo el año pa­sado. Sin Maternidad ni cuidados especiales. Y ella misma pudo darle el pecho.

A continuación guardé silencio por unos segundos. Me pa­reció que había encontrado mi argumento más sólido; aquél era un aspecto que Andrés no podía pasar por alto. Eso me hizo sentirme tan segura de mí misma que decidí prose­guir con el mismo razo­namiento.

—¿Hace cuántos años que no ves un atardecer? ¿Real­mente no los echas de menos? ¿No tienes curiosidad por saber de qué color es el asfalto de nuestras calles, las persianas de las casas o las tapicerías de los coches? ¿No te das cuenta de que vivimos bajo un gran decorado, en un mundo artificial donde nada es realmente como parece?

Iban a dar las cinco. A las once de la noche, Andrés engan­charía de nuevo en las tareas de limpieza hasta las seis de la ma­ñana siguiente. Ésa era su vida. Pero hasta que el sol se pu­siera, solo le quedaba aguardar encerrado en casa, leyendo, escu­chando música, viendo el panavisor o distra­yéndose en el orde­nador con algún esquema de simulación o el último juego de rol. Y si se mi­raba fríamente, incluso podía considerarse un privile­giado.

Desde la consigna Un solo empleo por familia, puesta en vigor hará ya cuatro o cinco años, en muchas casas los ingre­sos habían caído hasta niveles casi insostenibles. En nuestro caso, el avance imparable del desierto y la consi­guiente inva­sión de arena convir­tió uno de los empleos más desprestigia­dos, el de barrendero, en una de las ocupaciones mejor consi­deradas y más remuneradas. De eso nos benefi­ciamos Andrés y yo como pocos. La factura energética se llevaba aproxima­damente la mitad de nuestros in­gresos, pero vivíamos bastante cómodamente gracias al aire acondi­cionado y al agua marina que, previamente desalada, lle­gaba diariamente a nuestra casa. Desde luego, mucha gente lo estaba pasando bastante peor que nosotros, de eso no me cabía ninguna duda.

Pero para mí todo eso no era más un espejismo, una gran mentira que solo el miedo nos obligaba a aceptar: el pla­neta es­taba transformándose tan drásticamente que todo era provisional, in­cluyendo, claro está, nuestro actual esta­tus.

Sin embargo, Andrés veía el problema desde otra óp­tica. Para él, lo fundamental era resistir. Desde que comen­zara el fulgu­rante proceso de desertización y el brutal incre­mento de tempera­turas, los científicos se habían enzarzado en espu­rias controversias acerca del origen y las causas de aquel su­ceso. Y cada cual había lanzado su propia teoría. Andrés, quizá porque se adecuaba mejor a su nueva situa­ción, había adop­tado como válida una que asegu­raba que el planeta sería capaz de producir por sí mismo una res­puesta proporcionada al ca­lentamiento global, porque la propia Tie­rra tendía a compen­sar regularmente los extremos atmosfé­ricos inclinándose hacia su contrario como si de un balancín se tratara. En este caso, la acción humana había pre­cipitado y aumentado una de las ten­dencias, pero con toda segu­ridad ello haría reaccionar al pla­neta con mayor celeridad si cabe. Así que solo se trataba de esperar un poco.

Pero a mí aquella enconada insistencia en esperar solo con­seguía desesperarme aún más. Yo intentaba hacerle ver cómo sería un tupido bosque de acacias junto a un lago azul poblado de cis­nes; que tratara de recuperar de su infancia al­gún esporádico mo­mento vivido junto a un río, mientras mo­jaba sus pies en la co­rriente aún fresca y los rayos de sol recu­peraban su cuerpecito de las secuelas del último baño. Él era cinco años mayor que yo, se­guro que había visto prima­veras de árboles espesos y ríos caudalo­sos, puede que in­cluso hubiera tenido la oportunidad de sentir el sol del me­diodía sobre su piel y disfrutado de los colores apasiona­dos de un campo de flores en toda su plenitud.

Pero también sabía que estaba malgastando el tiempo: lo más probable es que Andrés hubiera perdido la memoria. Apenas quedaba en su cerebro rastro alguno de lo que vio y vivió durante su infancia. El desierto había llegado hasta él y lo había invadido por completo. Y fue entonces, en ese preciso momento, viéndolo terminar el desayuno, apurar como po­seído por una sed infinita hasta la última gota de café, cuando comprendí que era un caso perdido. Cuando se levantó para dejar la taza sobre el lavavajillas, observé de repente cuánto había envejecido desde que nos cono­cimos.

Había engordado algunos kilos, aunque donde más se le notaba era en la cintura, y un vello blanco y robusto había surgido insolente en buena parte de su cuerpo. Continuaba desnudo, tal como había salido de la ducha, pero estaba tan acostumbrada a encontrármelo así que su visión ya no me producía sensación al­guna. Sentí como en una revelación que cualquiera que fuese el vínculo que en otro tiempo nos había unido, ahora estaba com­pletamente roto.

De repente, oí un extraño ruido en el salón y salí de inme­diato a ver lo que pasaba. Cuando llegué, quedé parali­zada por completo. Me resultó imposible mover un solo mús­culo. Andrés vino tras de mí y se detuvo a mi lado. En el te­cho se había abierto una pequeña grieta y todos los muebles del salón se hallaban cu­biertos de polvo: el peso de la arena acu­mulada sobre el tejado había conseguido resquebrajar el techo. El desierto había entrado dentro de nuestra propia casa.



 Relato ganador del I Concurso Literario Villa de Benasque para autores aragoneses (2004)

FERNANDO SANMARTÍN: UN CUENTO

FERNANDO SANMARTÍN: UN CUENTO

RESPUESTAS

 

Un cuento de FERNANDO SANMARTÍN

 

Se lo dijo una echadora de cartas: «Te llegará la felicidad muy pronto. Te llegará dentro de 45 días». No daba crédito. Pensó que era una farsa, que la cartomántica utilizaba una frase hecha, que la felicidad no es fácil de predecir. Fue a la echadora de cartas porque un amigo suyo, Billy, también iba. Fue con la inocencia del que no sabe adónde va.

Cuando volvió a casa hizo las cuentas. Cogió un calendario, tachó los días y tuvo la certeza de que la echadora de cartas le había leído el pensamiento. Es la telepatía. Porque sus vacaciones comenzaban, precisamente, en esa fecha. Y en vacaciones lo normal es ser feliz, cada cual de forma diferente, y por eso algunos se desvisten por las calles, beben cerveza como si hicieran barranquismo o buscan el sexo igual que un buscador de oro.

«Te llegará la felicidad muy pronto, en 45 días». Se le quedaron dentro esas palabras. Y pensó que, de ser ciertas, debería esperar la felicidad en un lugar apropiado. Ir, por ejemplo, al casino de Montecarlo o, más cerca, a uno de esos salones donde los adictos al juego meten sus monedas en las máquinas tragaperras como el que lanza piedras a un estanque. O ir a un monasterio para encontrar a Dios, para preguntarle por cosas sencillas cuando lo sencillo es lo más complejo. O propiciar una cita con la mujer a la que ama en secreto, una mujer que trabaja en una perfumería, una mujer a la que mira como se mira el horizonte.

Billy, su amigo, un motero del barrio de la Almozara, es quien lo llevó a la echadora de cartas. Billy se toma en serio lo de adivinar el futuro, lo de la astrología, las grabaciones espectrales, el destino trazado, los ovnis, el más allá y todo eso.

Pasaron los 45 días. Y comenzó las vacaciones. No fue a ningún sitio. No hizo nada especial. Y el primer día, cuando estaba echándose una siesta, se incendió su casa por un cortocircuito que provocó un cable pelado. Le entró humo en los pulmones. Lo llevaron al hospital y se repuso pronto. Supo, eso sí, lo que significa respirar con una mascarilla de oxígeno. Y supo lo que significa la sirena de una ambulancia cuando vas dentro. Billy acudió al anochecer. Le cogió la mano y pronunció tres frases: «La única felicidad es estar vivo. Ella te lo anunció, nunca se equivoca. La putada es que el incendio no apareció en las cartas».

 

*Fernando Sanmartín (Zaragoza, 1959) es poeta y narrador y técnico cultural de la Aljafería. Es autor de libros como ’Te veo triste’ (Xordica, 2012) y ’El llanto de los boxeadores’ (Isla de Siltolá, 2012). Este cuento aparecía ayer en ’Heraldo’. La foto es de Sylwia Makris.