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Antón Castro

Escritores

MARCOS GIRALT TORRENTE: UN DIÁLOGO

MARCOS GIRALT TORRENTE: UN DIÁLOGO

MARCOS GIRALT TORRENTE / Escritor. Nacido en Madrid en 1968, nieto de Gonzalo Torrente Ballester e hijo del pintor Juan Giralt, acaba de publicar un impresionante y elegíaco homenaje a su padre, ‘Tiempo de vida’ (Anagrama), que se presentaba ayer en Los Portadores de Sueños, con Ismael Grasa.

 

“He escrito una crónica de la reconciliación

a través del amor y del dolor”

 

“Sin el rencor hacia mi padre no sería

 ni el escritor ni la persona que soy”

 

 

 

 “El año en que mi padre enfermó publiqué una novela en la que lo mataba”. Así empieza ‘Tiempo de vida’. ¿Se ha arrepentido alguna vez de escribir eso o, sencillamente, te dio mala espina?

Un amigo escritor al que frecuenté en una época ya pasada me decía que hay que tener cuidado con lo que se escribe porque tarde o temprano sucede. Lo tuve muy presente mientras escribía ‘Los seres felices’ (Anagrama) y aún así maté al padre de la novela. Evidentemente fue una necesidad estructural lo que me llevó a ello, y no ninguna suerte de siniestro conjuro, pero la prueba de que dejó alguna huella en mí es que necesité dejar constancia por escrito cuando empecé a tejer el manuscrito que luego sería ‘Tiempo de vida’.

¿Por qué sólo le era posible escribir sobre tu padre, tras ‘Los seres felices’?

Mi literatura, aunque desde la ficción, siempre ha estado muy ligada a mis preocupaciones vitales. Es normal, por tanto, que una experiencia tan radical como la muerte del padre necesitara interiorizarla mediante la escritura.

Habla una y otra vez del resentimiento, del rencor. ¿Cómo han condicionado su propia vida y tu escritura?

Absolutamente. Sin esa experiencia no sería ni la persona que soy ni el escritor que soy. No sé cómo sería, ni siquiera sé si sería también escritor, pero estoy seguro de que sería distinto.

Habla de un enfado perpetuo con su padre. ¿De dónde nace, qué es lo que no podía perdonarle?

Supongo que la ausencia. Haber pasado, en mi primerísimo infancia, de un trato cotidiano con él más allá de lo que suele ser habitual, pues era pintor y trabajaba en casa, y mi cuarto de juegos era su estudio, a no tenerlo, a no poder disponer de él en momentos cruciales y tener la sensación, supongo que no siempre justa, de que me postergaba.  

¿Cómo era su padre?

Era una persona tremendamente atractiva, con duende, a quien le gustaba disfrutar y era capaz de encontrar motivos de disfrute en cosas muy diversas, en una comida de tasca y en una tabla renacentista. Culta en el sentido más amplio de la palabra, el que comprende la alta cultura pero también lo que desdeñosamente se llama cultura popular. Y también enfermizamente sensible, que no supo, quizá por su exceso de sensibilidad, lidiar con las partes más sucias e incómodas de la vida. Que no supo defenderse.  

¿Qué le dejó en herencia?

Cosas buenas y malas. Entre las primeras, la falta de prejuicios, la curiosidad, el disfrute con la belleza en todas sus formas. Entre las segundas, la principal, una tendencia a la insatisfacción que puede ser muy fértil en términos artísticos pero que es también muy destructiva si dejas que invada todos tus días. Creo que nos parecemos mucho, en efecto. En ello influye tanto la genética como el desencuentro entre nosotros. Al no poder disponer cotidianamente de él, a la vez que me rebelaba en su contra, me dediqué a observarlo y sin darme cuenta puede que hiciera mías buena parte de sus actitudes. Lo imitaba inconscientemente. 

Hay una frase que insiste en ello: “Nuestra oscuridad es parecida, pero la luz nos viene de lugares diversos”.

Su luz era un hedonismo y un talento mayores que los míos. La mía es mi mayor fortaleza y que estoy menos solo.

Este también es un libro sobre la fragilidad y los secretos de familia. Hay otra frase que parece englobarles a usted, a su madre y a su padre: “¿Qué va  a ser de mí?”

Esa frase, “¿qué va a ser de mí?”, es la expresión de mi desconcierto en un momento de mi vida en el que me quedo sin asideros. Para un hijo único como soy yo, la única familia son los padres y, si estos fallan, nos quedamos sin recursos. Me he criado en un ambiente burgués, con libros, con discos, con obras de arte a mi alrededor, pero con la fragilidad económica de la bohemia tradicional. Todo podía cambiar de un día para otro. De pronto nos quedábamos sin dinero y había que malvender los libros, los cuadros o lo que tuviéramos. Por ser hijo único, y no tener la pantalla protectora de otros hermanos, fui desde demasiado pronto consciente de esa fragilidad y por momentos me traumatizó.

 ¿Cómo fueron esos meses del reencuentro?

Estuvieron llenos de dolor, pero también, aunque parezca mentira, de muchos instantes de felicidad. Y en lo más prosaico y egoísta me dieron la posibilidad de demostrar, a través de mi entrega, que todas mis quejas pasadas no estaban mediatizadas por el interés. Que, aunque mi padre me hubiera faltado en momentos cruciales, era capaz de estar a su lado sin rencores en el momento más difícil de su vida. Lo importante es que para que eso se produjera era necesario que él correspondiera a mi esfuerzo con un esfuerzo parecido y lo cierto es que lo hizo. Los dos ganamos, nos ganamos el uno al otro, pero a costa de no pocos sacrificios.

 ¿Podríamos decir que ‘Tiempo de vida’ es la consumación una frase que se repite varias veces: “Tu padre vive ahora en ti”?

Esa frase me la dijo al poco de morir mi padre Francisco Calvo Serraller, el crítico de arte, a quien tengo en gran estima, y, como digo en el libro, en un principio no me la creí, pero ahora veo que es así. Mi padre vive en mí y en quienes lo conocieron y en su obra. Esa es la única posteridad en la que un agnóstico como yo puede creer. 

¿‘Tiempo de vida’ es la crónica de un exorcismo, de un desahogo, el encuentro decisivo con un padre escurridizo, una elegía?

Es la crónica de un reencuentro que parecía que jamás se produciría, de una reconciliación a través del dolor y del amor. Los dos tuvimos que poner de nuestra parte para que se produjera. Gracias a eso nos salvamos.   

El libro tiene muchos temas, más allá de la relación padre e hijo: habla de la enfermedad, del desamparo, de la felicidad y de la construcción de un escritor que parece vivir en el alambre.

Sí. Me sorprende ese olvido por parte de muchos. En realidad, más que un libro sobre mi padre, es un libro sobre los dos en el que yo me expongo mucho más de lo que lo expongo a él. Aparecen mis miedos, mis inseguridades, la génesis de mi material literario, mis dificultades económicas, mis dudas acerca de mi profesión...   

**La foto pertenece a Luis Asín.

 

 

'HOJA DE RUTA' DE JEAN DEBERNARD

'HOJA DE RUTA' DE JEAN DEBERNARD

Acabo de llegar de Madrid –ayer entrevisté a Cees Nooteboom en el Círculo de Bellas Artes- y me encuentro con un correo de Javier Burbano. En él venía esta foto de Daniel Gascón, que firma un libro del escritor y librero Jean Debernard, ‘Hoja de ruta’, que tradujo para Xordica. Ahora Daniel está traduciendo, entre otros, a V. S. Naipaul.

CON CEES NOOTEBOOM, EN MADRID

CON CEES NOOTEBOOM, EN MADRID

Entrevista con Cees Nooteboom

18 de mayo de 2010, 20 h. – Sala Ramón Gómez de la Serna –

Círculo de Bellas Artes. Moderador: Antón Castro



El internacionalmente famoso escritor Cees Nooteboom es sin duda alguna el principal exponente de la literatura neerlandesa actual, y en cierto modo el símbolo del cosmopolitismo de esa literatura. Su pasión por España se expresa en su libro El desvío a Santiago (Siruela), en el que arrastra al lector en su vagabundeo por España. En honor al Año Santo Xacobeo 2010 se ha publicado una edición especial limitada con fotos de Simone Sassen. Esta tarde, dentro del ciclo Café Amsterdam, en el Círculo de Bellas Artes, conversa con Antón Castro.

 

 

Cees Nooteboom

Con dieciséis títulos traducidos al castellano, Cees Nooteboom es sin duda el escritor neerlandés más traducido y de más éxito en España. Nooteboom, con una trayectoria de más de cincuenta y cinco años, es autor de una obra extensa y diversa que le ha merecido el reconocimiento internacional como escritor y como pensador cosmopolita. Los relatos de viajes, los ensayos y las novelas de Nooteboom no sólo se caracterizan por una pasión por el mundo visual, sino también por una visión heterodoxa del tiempo, la historia y la memoria. Y se caracterizan además por una pasión por la lengua, el estilo y la forma; no en vano este escritor es, por encima de todo, un poeta cuya poesía ensalza J.M. Coetzee como la parte más importante de su obra.


La novela con la que debutó, Philip en de anderen (1955), constituye el inicio de una obra en la que los personajes, al igual que el propio Cees Nooteboom, siempre están en camino. Ese camino ha llevado a Nooteboom a ganar diversos premios internacionales, entre los que destacan el Pegasus Prize de Estados Unidos por Rituales, el Aristeion European Prize for Literature por Het volgende verhaal y la Medalla de Oro del Círculo de Bellas Artes.

El año pasado recibió de manos del rey Alberto II de Bélgica el Prijs der Nederlandse Letteren, el premio más importante a la totalidad de la obra de un escritor que se concede en los Países Bajos y Flandes. Recientemente se hizo público que también se ha concedido a Nooteboom el premio literario de la Konrad Adenauer Stiftung. Entre las obras de Nooteboom que se han traducido al español fi guran El día de todas las almas, Perdido el paraíso, Tumbas, Hotel Nómada y Lluvia roja, todos ellos publicados por Siruela.

 

Antón Castro

 

Antón Castro (Santa Mariña de Lañas-Arteixo, A Coruña, 1959) es escritor y periodista. Ha publicado más de una veintena libros de narrativa y poesía, de entrevistas, biografías, ensayos, entre ellos El testamento de Patricio Julve (Destino, 1995, 2000), Golpes de mar (Destino, 2006) y Fotografías veladas (Xordica, 2008). Desde mayo de 2006 dirige y presenta el programa cultural Borradores, en Aragón Televisión. Coordina el suplemento ‘Artes & Letras’ de Heraldo de Aragón. Acaba de publicar el poemario Vivir del aire (Olifante: La Casa del Poeta).

 

Más información en http://www.nlpvf.nl/cafe-amsterdam/madrid/pagina2.php

TED HUGHES POR E. FDEZ. SANTOS

La estupenda periodista de ‘El País’, especializada también en cine, Elsa Fernández Santos publica hoy este reportaje sobre Ted Hughes, con motivo de la aparición de dos libros suyos, y su relación con Sylvia Plath y Assia Wevill.

 

 

EL ÚLTIMO PERDÓN A TED HUGHES

La repetida tragedia marcó la vida de un poeta gigante - Dos nuevos libros reconcilian a los lectores españoles con el viudo de Sylvia Plath

 

Por Elsa FERNÁNDEZ-SANTOS

 

Ted Hughes (Yorkshire, 1930-Devon, 1998) poseía una cualidad animal, una intensidad callada que atraía las miradas. Era un poeta y un hombre de una ferocidad misteriosa y primitiva, que entroncaba con su obsesión por la naturaleza. Todos querían estar cerca de él, pero casi todos se sintieron alguna vez abandonados por él. Un niño que se crió pegado a su hermano mayor, que le enseñó a cazar, pescar y vivir entre animales; un joven que memorizaba palabra por palabra a Shakespeare y un marido fatalmente marcado por la tragedia. Cuando su primera mujer, la poetisa estadounidense Sylvia Plath, se suicidó en 1963, Ted Hughes escribió a su suegra: "No quiero que se me perdone jamás. Si existe la eternidad, estoy condenado a ella". Siete años después, cuando su segunda mujer, Assia Wevill, también se quitó la vida junto a la hija de ambos, Shura, el poeta enmudeció. Años más tarde se sabría que comparó aquel dolor con enormes puertas de hierro que golpeaban sin tregua su pecho.

Siempre pensó que el suicidio de su primera mujer estaba escrito

La tragedia aplastó la figura pública de un poeta gigante y su obstinado silencio no contribuyó a mejorarla. Pero Hughes nunca dejó de hablar, lo hizo a través de lo único que de verdad entendía: la poesía y sus enigmas. Dos nuevos libros del poeta se publican ahora en España: El azor en el páramo, antología editada por Bartleby, y Gaudete, uno de sus textos más singulares que rescata Lumen (editorial que en 2004 publicó su obra póstuma Cartas de cumpleaños). En ambos asoma el genio de alguien que se consideraba un chamán en busca de un hombre y una naturaleza perdidos. "Escribir es igual que cazar", solía decir, "y el poema no deja de ser un animal, una forma de vida ajena".

Con Sylvia Plath.

Durante años Hughes fue un poeta atacado y rechazado (sobre todo en Estados Unidos) y ese "vacío" se ha dejado sentir en España, donde su extensa bibliografía ha llegado con cuentagotas. "Librerías, bibliotecas y editoriales de todo el mundo rechazaban sus libros. Algunas universidades se negaron a incluirlo en sus planes de estudio o en sus ciclos de lecturas", apunta Xoán Abeleira, traductor y prologuista del volumen de Bartleby, que también apunta la enorme dificultad que entraña traducir su poesía: "Hughes fue un escritor realmente portentoso e innovador en todos los campos: semántico, sintáctico y metafórico. Y, como Plath, un poeta dotado de una imaginación vigorosísima. Por eso, en su caso las dificultades propias de cualquier traducción se multiplican. Además, sintácticamente, emplea mucho las elipsis, rompe la lógica gramatical, para crear otras clases de ritmos, y juega con los dobles sentidos de las frases, de los versos. Su obra es tan rica que casi cada poema plantea varios problemas, y las soluciones que sirven para un texto no valen para otro".

Con Assia Wevill y su hija.

Desde la publicación, en 2007, de su correspondencia (aún inédita en España), la figura de Hughes se ha ido reconstruyendo. Además, el ensayo de Janet Malcolm La mujer en silencio (Gedisa, 2003) también obliga a revisar la responsabilidad de Hughes en el fatal desenlace de la autora de Ariel. "No sólo tenemos mucha más información privada que antes era desconocida sino que sabemos la enorme presión que supuso para él mantener un digno silencio", asegura Christopher Reid, amigo, editor de la correspondencia y uno de los grandes expertos en su legado. Reid recuerda el brutal impacto que el poeta provocaba en quienes le conocían: "Más allá de lo evidente, su físico, Ted poseía una cualidad que le hacía enormemente atractivo, hipnótico incluso, y era su capacidad de atención cuando mantenía una conversación con alguien. Él escuchaba y hablaba como si su interlocutor fuera la única persona en el mundo. Se entregaba de una manera tan rotunda e intensa que todos los que le trataban se quedaban sorprendidos y fascinados con él. Aquello tenía que ver con su generosidad de espíritu, pero también con una manera muy particular de evadir esos juegos de miradas de las reuniones sociales que él rechazaba". "Las mujeres lo adoraban y los hombres lo envidiaban. Tanto las unas como los otros temblaban en su presencia", escribe Xoán Abeleira. Lo que parece evidente es que la poderosa personalidad de Hughes creó, al menos en sus dos mujeres suicidas, una fatal dependencia que derivó en celos, depresión y un insoportable vacío. Pese a todo, él siempre pensó que el final de Plath estaba escrito. Sobre el desenlace de su segunda mujer fue menos autoindulgente. Condenarle durante décadas como único culpable fue sólo una cruel osadía histórica.

Hughes creía en lo sobrenatural y quizá por eso la realidad se le fue de las manos. Él y Plath solían utilizar una tabla güija y él siempre llevaba un tarot. Reid cree que se trata de una afición fundamental para comprenderle con la que él nunca logró empatizar. Abeleira, sin embargo, afirma: "Hughes y Plath creían que un creador es una suerte de médium y de ahí su interés por el tarot, la astrología, el espiritismo y lo demás: también la psicología freudiana y junguiana. Para ellos la poesía era, como el arte, cuestión de fe".

Con Sylvia Plath.

MACHADO, SORIA Y DOS POETAS

MACHADO, SORIA Y DOS POETAS

 

Abdul Hadi Sadoun:

“Oh viajera hacia Soria // no olvides traerme // los pañuelos del hechizo // por si la noche me despierta// y me acaricia la brisa”

 

Subhro Bandopadhyay:

“No logramos ni luz ni sombra pura dentro de la memoria, sólo se crea una armonía y la lamemos como la hembra animal a su cría. Todavía no puedo escribir, no puedo decir con fuerza que todo es vacío sin ti”.

 

 DOS POETAS EN SORIA Y EN OLIFANTE

TRAS LAS HUELLAS DE ANTONIO MACHADO

 

Subhro Bandopadhyay es de Kolkota (India), donde nació en 1978, maneja cinco idiomas, y es biógrafo de Neruda en bengalí. Abdul Hadi Sadoun es iraquí, nacido en 1968, profesor de literatura árabe en la Universidad de Madrid y traductor de español. Ambos tienen en común su amor por Antonio Machado y Soria, y a la vez inauguran una nueva colección en Olifante: la beca Internacional Antonio Machado. Subhro Bandopadhyay, seudónimo de Subhransu Banerjee, biólogo, investigador y traductor del jefe de Estado de Bengala, publica ‘La ciudad leopardo’ (Olifante, 100 páginas), en edición bilingüe (en la traducción ha contado con la ayuda de Violeta Medina). Y Abdul Hadi es autor de ‘Siempre todavía’ (Olifante, 160 páginas). Los dos han residido en Soria casi seis meses de 2008 y de 2009 respectivamente. Los dos libros están prologados por la poeta Amalia Iglesias.

Subhro Bandopadhyay recuerda que fue su padre quien le puso en contacto con Pablo Neruda, cónsul en la India. Su lírica lo condujo hacia los poetas del 27: Alberti, Lorca y Miguel Hernández, que “aunque no es de este grupo exactamente me conmovió con ‘Vientos del pueblo’. Yo soy un serrano al que un día llevaron a Calcuta y por eso me siento identificado con un libro como ‘Marinero en tierra’ de Alberti”. Más tarde, descubrió que Zenobia Camprubí Aymar había traducido, con ayuda de Juan Ramón Jiménez, poemas del bengalí de Rabrindanath Tagore. “Gracias a Juan Ramón y a una canción de Paco Ibáñez, ‘Tus ojos me recuerdan las noches de verano’, descubrí la obra de Antonio Machado. De algún modo, por él y por mi estancia en Soria redescubrí las piedras perdidas de mi niñez y de mi adolescencia. Yo tuve y tengo la sensación de ser un refugiado en Soria”, dice el poeta indio. El suyo es un poemario de misteriosos acentos marcado por una obsesión: las imágenes. Declara: “En ‘La ciudad leopardo’ hay como una especie de república de las imágenes. El libro tiene dos partes: una inicial donde aparecen los personajes de la India en el entorno soriano, yo vine de Calcuta a Soria y traje mis fantasmas y los instalé allí. La segunda parte, ‘La ciudad leopardo’, es como mi interpretación personal de Soria. Un día me subí a un lugar alto y miré hacia abajo: la ciudad, con sus contrastes de luz y de sombra, me recordó a un leopardo, que no es una animal que dé miedo: es un entrañable felino del entorno y un símbolo de luz brillante”.

Abdul Hadi Sadoun es un exiliado político que huye de la guerra desde Bagdad. Descubrió a los Machado en una traducción al árabe en Damasco, y se quedó fascinado, más con el autor de ‘Campos de Castilla’. Optó a la beca y le fue concedida. “He pasado más de cinco meses en Soria, y así nació ‘Siempre todavía’. La ciudad y la provincia han sido como un descubrimiento. No me sentí extraño ni fuera de lugar. Me sentí renacer de nuevo ante el Duero, entre los fantasmas de Machado y Leonor, y todo ese mundo ha sido el anzuelo de mi libro. Para alguien como yo, marcado por el destierro y por el exilio, Soria ha sido como el edén, el paraíso”. Si la poesía de Subhro Bandopadhyay tiene algo metafísico, la de Abdul Hadi es una poesía cotidiana “que festeja las cosas, los colores, los paisajes, los símbolos de la vida y de los animales. De algún modo allí me he curado un poco de las sombras de la soledad, del destierro, del dolor y de la guerra”. Abdul, enamorado de las letras españolas, revela que lee todos los años a Cervantes y que otro de sus poetas favoritos es Vicente Aleixandre.

 

 

 

UN POEMA DE PILAR PERIS

PALLAKSCH 


Por Pilar PERIS
 
 
  
 

Debería contar hasta diez.

Frenar el ímpetu de mis acaloradas reacciones.

Domesticar la furia.

Anestesiar la torpeza espontánea de cada afecto

antes que la insensatez los sumerja en

una irrefrenable y desafortunada cascada

de palabras que hieren como dardos. 

Debería usar comodines y trampantojos.

Guardar los triunfos de la baraja.

Sustituir la confrontación y el diálogo

por el silencio ambiguo y cómplice. 

Debería esperar paciente a que el habla

encaje su momento propicio.

Husmear como el topillo y el lémur

sin hacer ruido.

Cubrir el corazón de rábanos, cominos y madreselvas.

Esquivar la verdad

para dormir tranquilo.

Callar para no dañar al amigo.

Y sacudir en la trastienda

el mantel de las emociones

lejos de los actuales sistemas protocolarios. 

Debería ratificar el sí y el no con el silencio de los actos.

Pues quizá exista un lenguaje vacío que

diga y oculte terriblemente, sin palabras,

lo que somos y no queremos ver.

 

*La poeta y profesora Pilar Peris leyó hace unos en La Campana de los Perdidos y a la vez prepara un nuevo poemario. Pilar me pide que no ponga imágenes a su texto. Le hago caso.

 

DIÁLOGO CON JOSÉ LUIS RODRÍGUEZ

La poesía encarna la libertad,

la política demanda gregarios,

orden y disciplina"

 

  

"La ideología comunista está

más llena de monstruosidades

que de otra cosa"

 

 

José Luis Rodríguez García (León, 1949) ha burlado dos veces en los últimos tiempos a la negra sombra. Superó una grave dolencia en el corazón y otra en el pulmón, y encuentra energía y entusiasmo en la enseñanza, en la amistad, en la investigación y en su familia. Y en su creación literaria: igual redacta ensayos que compone libros de poesía y concluye novelas como ‘Parque de atracciones’ (Akal, 2009) o ‘El tercer concierto’ (Eclipsados, 2010), un libro que tiene mucho de biografía novelada del compositor Federico Chopin, del que se cumplen 200 años de su nacimiento. José Luis se alza una y otra vez contra las tinieblas del destino: gracias a su complicidad con el joven editor Ignacio Escuín, dirige una cuidada colección de ensayos: ‘Herramientas’ en Eclipsados. En los últimos meses, ha descubierto una vocación oculta: el mitómano de antaño, el enamorado de Sarah Bernhardt, es capaz de pintar una noche oscura, o retratar a la acuarela al escritor que le reveló París y Buenos Aires: Julio Cortázar. Ahora come y bebe poco, y ha dejado de fumar: sueña con dar la primera bocanada a algún cigarrillo que se enciende a su lado.

¿Cómo vino a parar a Zaragoza?

Casi por casualidad. Aquí tenía una amiga, Carmen Asiaín, vinculada con el profesor y poeta Eugenio Frutos, me llamó a Madrid y me dijo que había una plaza vacía en Filosofía. Ella se acababa de casar y se marchaba a Cádiz. Obtuve la plaza y empecé a trabajar aquí a los 25 años.

¿Había estado antes en Zaragoza?

Una vez de paso, en autoestop, hacia Venecia. Sería el año 1971 o 1972, en agosto. Recuerdo que me hospedé en una pensión de la calle Cádiz. Pasé tanto calor que me dije: “Si en alguna ciudad no viviré nunca será en Zaragoza”. Años después, de aquí me llegó la primera oferta de trabajo. Me instalé en una pensión de Fernando el Católico y le he rendido homenaje, con el nombre de pensión Alabama, en mis libros. El ambiente de la Universidad me pareció un poco sórdido…

¿Qué relación tuvo con Eugenio Frutos?

Estupenda. Me acogió maravillosamente y él me causó una impresión gratísima. Era afable y sabio, intentaba comprender a los jóvenes. Tenía un pasado ambiguo, pero siempre se portó con generosidad. Durante mucho tiempo iba todos los domingos a comer con él, con su mujer Lola Mejías, que era una fumadora empedernida, poseía una gran personalidad y hablaba con una voz rota de un sinfín de historias, y con su hijo y con su nuera.

¿Ya era escritor?

Había ganado el premio de poesía ‘Café de Marfil’ de Elche y había sido finalista del premio Nadal en 1974, el año que Luis Gasulla ganó como ‘Culminación de Montoya’ (Destino). Intentaba compaginar la enseñanza, la escritura y la política. Yo estudié los dos cursos de comunes en Valladolid, donde me detuvo la policía por participar en una manifestación, y luego viví varios años en Madrid, compartí casa con Gabriel Albiac, donde concluí la carrera. Hice mi tesis doctoral sobre estética.

Usted era comunista ¿no?

Era comunista, de orientación trotskista en una primera etapa, y luego maoísta. Cuando vine a Zaragoza me integré en el Movimiento Comunista (MC) y entré en contacto con gentes como José Ignacio y Esperanza Lacasta, Merche Gallizo, Ángela Duplá, Jesús Membrado, Ricardo Berdié... En aquellos días aún vivía Franco y la política estaba sometida a todo tipo de presiones y no tenía posibilidades de una vida pública normal. Si te encontrabas en un bar con Ricardo Berdié o Membrado, por ejemplo, casi pasabas de largo para no levantar sospechas.

¡Qué raro, no! Habla del 74.

Yo en la clandestinidad era ‘González’. Tenías la paranoia de que te perseguían y te vigilaban, y yo en realidad no salía con los amigos más cercanos. Vivíamos entre la acción y la simulación, el partido, las reuniones políticas y la confección de folletos.

¿No fue también el tiempo de la gran promiscuidad?

Yo creo que eso vino luego: entre la muerte de Franco y el finales de los 70. La izquierda por lo regular era muy puritana; al menos en mi formación estaban muy mal vistos la promiscuidad y el sexo. Yo tenía amigos homosexuales que entonces lo llevaban con el máximo secreto, tanto que me enteré luego. Las nuestras eran formaciones muy dogmáticas y burocratizadas, de estructura piramidal y eclesiástica, que ejercían el poder con despotismo y con escasa capacidad para la autocrítica.

¿Sigue siendo  marxista?

Me sigo sintiendo comunista, o al menos inmerso en la tradición marxista, pero siempre desde una postura crítica.

¿Lo es a pesar de que el comunismo ha fracasado en todas partes y de que sus líderes son, como mínimo, muy cuestionables?

Soy marxista por análisis filosófico, por tradición personal. La ideología comunista está más llena de monstruosidades que de otra cosa. Es cierto. Yo no me identifico con Mao ni con Lenin ni con Stalin. No me siento identificado con ninguno de sus líderes, quizá con José Martí. Pero tampoco el capitalismo tiene muchos motivos para presumir: líderes como De Gaulle, Kennedy o Miterrand no son demasiado ejemplares.

Vayamos un poco más allá. ¿Cómo ha sido la relación entre la poesía y marxismo?

Como mínimo conflictiva. Algunos de los grandes poetas comunistas, como Esenin o Maiakovski, por citar un ejemplo, llevaban todas las de perder en esa pugna y acabaron suicidándose. La poesía encarna la libertad, la alegría, debe ser heterodoxa, desafiante, y la política es todo lo contrario: exige incondicionalidad, demanda gregarios, es orden y disciplina. Pasolini es comunista y no se entendió con los comunistas; Cernuda era de izquierdas. ¡No lo pasaron bien los poetas comunistas! Ni yo tampoco: me resulta incongruente que la sociedad mantenga su idolatría por el poder.

¿Cómo fueron sus años en ‘Andalán’?

Fueron buenos. Escribí sobre todo crítica literaria, algunos editoriales conflictivos, y ese periodo me permitió integrarme perfectamente en Aragón, donde fui muy bien acogido por Eloy Fernández Clemente y José Antonio Labordeta, entre otros. Recuerdo que se sometió a votación mi incorporación y la de Agustín Sánchez Vidal, la aprobaron, y nos marchamos a Calaceite, con la que iba a ser mi segunda y actual mujer, Mar, en su Citroën de dos caballos, a entrevistar a José Donoso.

¿Qué pasó?

Por allí andaba también Mauricio Wacquez, el escritor y traductor chileno. La cosa no fue bien: Donoso bebía mucho y yo tampoco me quedaba atrás. Donoso me dijo que volvía a Chile, controlado por el dictador Pinochet. Discutimos por eso, y al final salió una entrevista tensa. Se la mandé y él me llamó enfadado pidiéndome que no la publicase. Así lo hice. Poco después, gracias a Wacquez, publiqué en Barcanova mi libro sobre Antonin Artaud.

El loco Artaud, el visionario, el dramaturgo, el actor en ‘Napoleón’ de Abel Gance. ¿Qué se le había perdido con un personaje tan extremado?

Tenía su sentido. Cuando estaba en Madrid, el profesor Muñoz Alonso me había recomendado el libro ‘Genio y locura’ de Jaspers, y me quedé colgado de ese libro. Me interesó mucho la vida de Vincent Van Gogh y sus ‘Cartas a Theo’, las de August Strindberg, Hölderlin y Antonin Artaud. Para mí la literatura es contacto, misterio, comunicación y confesión, pero aún así me interesan algunos de esos autores difíciles, complejos, como Artaud y Hölderlin, al que también le he dedicado muchas páginas y muchos artículos. Son dos referencias para mí: escritores de la complejidad, de la locura, del abandono del mundo. Hölderlin buscaba algo nuevo y su obra tiene algo de mágica, profética, que me sigue atrayendo.

Uno de sus maestros y una de sus obsesiones es Jean Paul Sartre. ¿Por qué?

Yo sé que lo real es algo muy complejo y que no puede manifestarse en un nivel de representación sencillo. Mi propia obra y mi propio estilo es una apuesta estilística que contiene propuestas transversales donde convergen lo poético, lo narrativo y lo ensayístico. Y en eso en buena parte lo he aprendido de Sartre. El Sartre que más me gusta no es el filósofo, ni tampoco el dramaturgo, su teatro ya está obsoleto, sino al que ama la noche, las artes populares, el cine, el jazz, a figuras como Boris Vian. Me gustan de él la trilogía ‘Los caminos de la libertad’ y los artículos que dedicó a sus amigos, Albert Camus, Paul Nizan, Merleau-Ponty, o a figuras más lejanas como Tintoretto.

¿Qué le ha llevado ahora a Federico Chopin (1810-1849) en su nueva novela: ‘El último concierto’?

Es un personaje contradictorio, conflictivo, tuvo relaciones difíciles con Berlioz y con Liszt. Era extraño, parecía sentimental y vulnerable, y a la vez era celoso y huraño. Se va de Polonia a los veinte años y ya no volverá, y sin embargo tenía una copa con tierra polaca que llevó toda la vida a todas partes. He escrito una especie de novela en ocho partes, centrada en su estancia en París, donde murió en 1949. Escriben de él, en cada capítulo, autores muy diferentes: el poeta Heine, su amante George Sand, el pintor Eugene Delacroix, un amigo de la infancia, un bufón. La novela es también un retablo de París de esa época.

¿Qué le pide a la literatura?

La literatura me ha permitido expresarme. No soy muy bueno para las relaciones cotidianas, y la literatura me ha permitido expresar pensamientos y emociones. Yo no he tenido aspiraciones exageradas en la literatura, y tengo una relación apacible con ella y con la vida. Me gusta la enseñanza y no tengo prisa en jubilarme. Mi relación con los alumnos es apacible, gratificante, me llena mucho y también me ayuda a combatir los malos momentos de la enfermedad y de las caídas de ánimo.

 

Los veranos, el hermano, Zaragoza y el barrio

José Luis Rodríguez nació en León, pero apenas vivió en la ciudad. Desde muy joven se marchó interno a un colegio religioso de Guernica y durante años pasaba los veranos en A Coruña, en una fonda de la plaza de María Pita. “Mi padre era militar. Mantuvimos una relación difícil durante años, y la hemos mejorado ahora. Tiene 95 años y está bien de cabeza. Después de la Guerra Civil estuvo un tiempo en Zaragoza, en la Academia General Militar, donde dio clases de matemáticas. Le gustaba mucho A Coruña, y yo he pasado muchos veranos en la playa de Santa Cristina, jugando entre las dunas, y en los alrededores de la torre de Hércules”.

El mundo familiar aparece en distintos libros de José Luis Rodríguez, especialmente en un poemario: ‘En la noche más transparente’ (Olifante, 1993), dedicado a un hermano suyo que se murió de sida, con el que había convivido en Madrid y al que volvió a recibir en su casa en Zaragoza. “Mi hermano leyó algunos de los poemas y los comentaba con ironía, que era una forma de enmascarar el afecto”. También habla de otro libro suyo: ‘Voces en el desierto’ (Eclipsados, 2008), que refleja una crisis, la proximidad de la muerte, el grito de rebeldía ante el dolor a través de distintos monólogos dramáticos e historias de carretera. Ha publicado poesía, narraciones, novelas (“fue muy importante para mí ‘Las manos negras’, en el sello Alfaguara, una novela de trasfondo policial”, dice) y distintos ensayos. Fue director de Prensas Universitarias de Zaragoza.

 “He pasado por momentos muy duros, de gran desamparo existencial. Las revisiones me producen depresión, me hunden, pero a la vez me siento muy acompañado de amigos y de mi familia, Mar y Gabriel”. Un afecto particular lo percibió cuando publicó ‘Parque de atracciones’ (Akal, 2008), una novela policíaca en torno a la representación de ‘El Rey Lear’ de Shakespeare. Regresa a Zaragoza, donde ya forma parte del paisaje y del paisanaje, y dice: “Es una ciudad extraña. Parece desapacible, poco acogedora, dura, y a medida que vas conociendo a la gente esa impresión se desvanece. Aquí he logrado ser feliz en mi barrio, en mis bares, en mis librerías, rodeado de un sinfín de afectos que percibo de veras”.

'TIEMPO DE VIDA' DE MARCOS GIRALT

*El próximo martes 18, en Los Portadores de Sueños, en compañía del escritor Ismael Grasa, Marcos Giralt Torrente presenta su nuevo libro: ‘Tiempo de vida’, una narración que es una confesión, una confidencia, un exorcismo y una novela acerca de la relación entre él y su padre, pintor, viajero escurridizo, y a menudo un enigma. Libro de profunda huella autobiográfica, es el recorrido por una compleja relación de amor y complicidad, sobre todo en su tramo final. Marcos Giralt Torrente es un escritor personalísimo, elegante, y aquí alcanza el nivel máximo de emotividad, de revelación y de desnudez. Su familia –su madre, él mismo desde su niñez hasta la adolescencia y hasta ahora mismo, su padre, su madrastra- es objeto de un retrato intenso, lleno de matices, de sombra, de dolor y, también, de felicidad. Marcos Giralt y María Teresa Slanzi, de Anagrama, han tenido la gentileza de enviarme este fragmento que anuncia muchas cosas del libro: ‘Tiempo de vida’ (Anagrama), probablemente uno de los más hermosos libros sobre la figura del padre que se han escrito en los últimos años.

 

TIEMPO DE VIDA

 

Por Marcos GIRALT TORRENTE. Anagrama. Páginas 15 a 17.

 

 

Hay lugares que desconozco y lugares a los que no quiero llegar. No todo puedo contarlo. No todo quiero contarlo. Mi vista tiene que ser de pájaro. Intento abrir una ventana; enseñar una porción de nuestra vida, no la totalidad.

Mis padres se casaron en 1964. Mi padre tenía veintitrés años y mi madre veinticinco. Meses antes mi padre había comprado un apartamento en la calle Infanta Mercedes de Madrid con una herencia de su abuelo materno. El dinero para los muebles, como parece que era tradición, lo puso el mío. Años después, ya enfermo, mi padre me dijo que lo que le atrajo de mi madre fue su elegante belleza y el misterio imperturbable de su mirada. Llevaba desde los veinte años viajando por Europa, había vivido en Ámsterdam, Londres y París, y en ningún sitio le había faltado compañía femenina, como atestiguan sus fotos de esa época. Mi madre, en cambio, todavía vivía en la casa paterna, y no había tenido un novio propiamente dicho, amistades románticas todo lo más, con un marino, con un alemán, con un poeta amigo de su hermano. No sé qué la atrajo de él, su pelo rubio, que fuera pintor... El hecho es que se casaron y que después se marcharon a Brasil, donde vivieron dos años en São Paulo. Mi madre no trabajaba. Mi padre había expuesto sus pinturas en galerías de Madrid y Londres y Ámsterdam, y participó en la Bienal de Arte de São Paulo. Hay fotos de los dos, engalanados, en cenas y fiestas, en restaurantes, en galerías, en la embajada de España; hay fotos en las que aparecen acompañados de amigos en casas particulares o en la playa; hay fotos suyas haciendo turismo en Brasilia o en Bahía o en São Paulo, vestidos con sandalias y vaqueros; hay fotos en la selva, donde vivieron con los indios karajás. En todas aparecen sonrientes y en algunas, incluso, hacen bromas a la cámara. Es la juventud de su matrimonio.

En Brasil mi padre conoció a la que, separado ya de mi madre, sería su mujer durante los últimos veinte años de su vida. Pero ésa es otra historia y sucedió tiempo después.